♤28♤
Tanjiro
Estoy tumbado en la cama con Zenitsu. Escuchando música.
Como si fuésemos personas normales.
Sin cuchillos escondidos en los cajones, sin mensajes en clave y sin promesas de protegernos de nuestras propias familias.
Solo dos chicos, una manta, una habitación y una canción.
Una canción llamada:
6AM—J Balvin, Farruko.
Es una de esas canciones que hablan de fiestas eternas,
de risas altas y bajas, de perderse en una noche larga con alguien que brilla. Habla de despertarse a las seis de la mañana después de haberlo dado todo, de seguir con el sabor del alcohol en los labios,
con la música aún vibrando en el pecho, con el cuerpo aún caliente de deseo.
Habla de libertad.
De esa despreocupación juvenil que a mi me fue negada desde que aprendi a ocultar lo que soy.
Y mientras la letra retumba suavemente en los auriculares,
mientras Farruko canta sobre no recordar cómo empezó la noche,
yo pienso...cómo sería todo si pudiera vivir esa canción.
Si Zenitsu y yo pudiésemos salir una noche, a una ciudad donde nadie nos conozca, sin que nadie nos busque, sin tener que mirar por encima del hombro.
Pienso en él con una camisa abierta, riéndose de cualquier tontería, con las mejillas rojas por el alcohol y los ojos brillando por la emoción.
Pienso en cómo sería bailar con él, perdernos entre la gente,
robarle un beso sin miedo.
Pedir otra copa. Y terminar en un taxi cualquiera, su cabeza sobre mi hombro, sus dedos entrelazados con los míos.
Despertar a las 6AM.
Sin culpa.
Sin miedo.
Solo con la resaca de haber sido felices por una noche.
Pero no somos esas personas.
No todavía y quizás nunca del todo. Solo estamos tumbados en la cama, escuchando una canción que no es para nosotros, pero que por un par de minutos
nos deja imaginar.
Imaginar que el mundo es otro.
Uno donde lo único que quema…
es el amor.
Zenitsu
Tengo muchas ganas de besarlo.
Demasiadas.
Algo en mi estómago se remueve caliente y empieza a correr por mis venas como si fuera electricidad. Como si mi cuerpo supiera antes que yo que lo quiero, que lo deseo, que lo amo.
Quiero quitarme los auriculares.
Poner el altavoz.
Echar el pestillo.
Quiero quedarme con él.
Con su voz.
Con su olor.
Con su calor.
Quiero que el mundo fuera se caiga a pedazos si quiere, pero que esta habitación siga en pie mientras yo tenga su boca cerca.
Y cuanto más lo miro…Más guapo me parece. Es injusto. Es tan injusto lo bonito que es.
Sus pestañas,
su mandíbula,
su piel que parece brillar con la luz tenue del cuarto.
Y sus ojos…Esos ojos que han visto más cosas malas que buenas, que han llorado en silencio, pero que cuando me miran, parecen ver algo de luz al final del tunel..
No sé cómo he llegado a quererlo tanto. Pero aquí estoy, temblando por dentro, con el corazón golpeando fuerte, mordiéndome la lengua para no soltar un "bésame ya".
Joder, ¿qué me lo impide?
Tengo el corazón como un tambor de guerra y las venas ardiendo.
Ya no puedo más. Porque yo no quiero seguir siendo solo chispas.
Quiero ser tormenta.
Quiero arrasarlo todo.
Quiero quedarme en su piel, en su pecho, en sus noches.
Ser lo primero que piense al despertar y lo último antes de cerrar los ojos.
Y entonces lo hago.
Paro la música de los cascos.
Tanjiro me mira extrañado.
-¿Pasa algo?
Pero no digo nada.
Solo me levanto.
Camino hasta el altavoz. Mis dedos tiemblan, pero no por miedo, sino por ansias contenidas. Busco una canción.
"Not Another Song About Love" retumba en la habitación, desgarrando el silencio con sus guitarras.
Subo el volumen.
Echo el pestillo.
Y el mundo deja de existir.
Camino de vuelta a la cama.
Él sigue allí, medio incorporado, sin entender del todo, pero expectante. Me siento sobre él, a horcajadas, notando su respiración acelerarse, y mi cuerpo tiembla por todo lo que quiero hacerle sentir.
Inclino el rostro.
Nuestras frentes casi se tocan.
Mis labios están a un suspiro de los suyos.
Y entonces le susurro contra los labios, con la voz ronca de tantas emociones atravesadas:
-Dime que deseas esto tanto como yo.
Y en ese segundo, lo siento todo:
La música vibrando en las paredes, su cuerpo bajo el mío,
su olor mezclándose con el mío,
el vértigo de no saber si esto es amor o necesidad, pero sí saber que es real, que es él, y que no hay vuelta atrás.
Tanjiro
-Zenitsu, tu familia está abajo -digo lo más rápido y claro que puedo, aunque mi voz tiembla por dentro.
La habitación parece más pequeña de pronto. Más cerrada. Más…íntima. Y no es solo por la puerta con pestillo, ni por la canción acaba de cambiar.
Es él.
Es su cuerpo encima del mío, su olor, su respiración cerca, y ese fuego en mi pecho que ya no puedo apagar. Siento esa llamada ardiendo en mi interior, esa mezcla entre deseo y algo mucho más profundo, como si todo lo que he sentido por él durante tanto tiempo por fin hubiese despertado con furia.
-¿Y?-responde él con una sonrisa que mezcla ternura y osadía-
Puedo ser silencioso.
Oh…dios mío.
No ayuda que lo diga así.
No ayuda que esté tan cerca.
No ayuda que yo lo quiera tanto.
-Pero yo no quiero que lo seas -respondo antes de poder pensarlo bien.
Se me escapa.
Sincero y real.
Y él, con esa maldita forma de volverme loco, solo sonríe más y murmura:
-Entonces subo la música.
Sus manos sujetan las mías, firmes, decididas y las lleva a su cuerpo, a su culo, mientras lo aprieta contra mí.
Me arde la piel.
Mi corazón está a punto de estallar.
Es él.
Y yo lo quiero todo.
Se endereza.
Me mira desde arriba, con ese brillo dorado en los ojos. Un brillo que no había visto tan claro, tan salvaje, tan suyo.
Y yo no sé si puedo seguir respirando.
Siento mi corazón golpeando como un tambor en el pecho, como si cada latido fuera una explosión que me retumba en la garganta. Las manos todavía están ahí, aferradas a su cuerpo. A su culo. Y lo noto…Dios, lo noto todo.
El calor.
La presión.
Y ahora…el movimiento.
Sus caderas empiezan a moverse en círculos sobre mí, suaves, lentos, como si estuviera dibujando fuego sobre mi piel.
Me arde todo por dentro. El estómago se me retuerce de pura necesidad.
-Zenitsu...-susurro, pero mi voz apenas sale.
Mi respiración se acelera mientras siento el peso de su cuerpo sobre el mío, el calor de su piel traspasando la tela, la maldita fricción que me hace perder la cabeza.
Sus ojos se clavan en los míos, y no hay duda. Él sabe lo que está haciendo. Claramente.
Y yo también.
Porque el fuego que llevo dentro no quiere apagarse.
Quiere arder con él.
Con sus manos.
Con su boca.
Con su cuerpo.
Con todo él.
Zenitsu
Me sigo moviendo encima de él, despacio, como si cada gesto buscara algo más que roce. Algo que nos ate, que nos abrace desde dentro. Siento su respiración acelerada, el modo en que sus dedos se tensan contra mi culo, aferrándose, como si tuviera miedo de que desapareciera.
Su mirada me atraviesa, arde como fuego directo a mis entrañas, y aun así no me siento vulnerable. Me siento deseado. Me siento vivo.
Hay un temblor que me nace desde el estómago y se extiende por mis costillas, por mi pecho. No es miedo, no es culpa. Es algo mucho más profundo.
Es el deseo de quedarme.
-Tanjiro…-susurro, apenas audible, como si su nombre fuera una plegaria.
Y él me responde sin palabras, con sus ojos tan brillantes y oscuros como un incendio en la noche.
Y por primera vez en mucho tiempo, no me siento dividido. No estoy entre un “sí” y un “no”, entre un pasado que duele y un futuro que da miedo.
Estoy aquí, sobre él, siendo mirado como si fuera todo lo que necesita.
Y es entonces cuando me doy cuenta: este no es solo un momento de deseo.
Es un momento de verdad.
Un corazón puro no es uno que nunca se ensucia… es uno que sigue latiendo con compasión incluso después de haberse manchado
Tanjiro
Papá solía decir que yo tenía un corazón puro.
Lo decía con una sonrisa tranquila, como si pudiera ver dentro de mí algo que yo aún no entendía.
Algo limpio.
Algo bueno.
A veces me pregunto si pensaría lo mismo a día de hoy.
No confundas la bondad con la debilidad. Ser bueno en este mundo es lo más difícil que existe.
Después de todo lo que he hecho.
Después de a cuántos he mandado con mis propias manos.
Después de empuñar armas sin temblar.
De tomar decisiones que no tienen marcha atrás.
Papá tampoco era un santo.
Él me crió para esto. Para no dudar, para no mirar atrás, para proteger a los nuestros a cualquier precio.
Pero cuando me miraba, era distinto. Como si, en el fondo, esperara que yo rompiera el ciclo.
Que fuera el hijo que no se manchara como él.
Algún día, vas a tener que elegir entre lo que es justo y lo que es necesario. Y cuando lo hagas… recuerda quién eres.
Y aún así...aquí estoy.
Con sangre entre los recuerdos.
Con fuego en las venas.
Con un rostro sereno y una mente que no duerme.
A veces me pregunto si está mal matar por defensa.
Si está mal proteger lo que amas.
Si es un pecado cargar con el precio de la paz.
Pero entonces lo miro a él.
A Zenitsu y su forma de aferrarse a mí como si pudiera caer en cualquier momento. Y pienso en todo lo que daría por verlo a salvo. Por mantenerlo así, con esa calma que solo tiene cuando duerme.
Te enseñé a pelear, pero más importante: te enseñé a detenerte cuando ya no es necesario seguir
Y me repito una vez más:
No está mal proteger lo que amas.
Aunque el mundo diga lo contrario.
Aunque el precio sea alto.
Aunque mi alma se vuelva un campo de batalla.
Porque si él está bien…entonces quizás, solo quizás, mi corazón aún no está del todo perdido.
Yo no quería que fueras como yo, Tanjiro. Solo quería que supieras cómo sobrevivir en un mundo que no tiene misericordia.
Zenitsu
De un momento a otro, todo gira.
Tan rápido que ni siquiera alcanzo a pensar en lo que está pasando.
Solo siento su peso.
Su cuerpo encima del mío.
Sus manos firmes a cada lado de mi cabeza, su respiración cerca.
El mundo se reduce al calor que emana de su pecho y el tambor de mi corazón.
Qué rápido.
Pienso.
Ni siquiera tuve tiempo de resistirme, ni sorprenderme.
-Ya lo he decidido-dice en voz baja.
-¿El qué?-Me mira sin apartar los ojos.
Firme.
Ardiente.
Convencido.
-Te casaras conmigo.
Y por un momento…Siento cómo la sangre se me va del cuerpo.
Cómo el calor huye de mis mejillas y vuelve a subir en una ola brutal.
Me quedo quieto.
Atrapado entre su peso y sus palabras.
Entre lo que soy y lo que siempre quise.
-¿No deberías preguntármelo primero?-consigo decir, intentando romper el silencio, intentando ganar un segundo de aire.
-No-responde sin dudar.
-¿No?
-Sé que tu respuesta va a ser sí.
Y lo peor —o lo mejor— es que tiene razón. Porque aunque mi voz tiemble, aunque me guste hacerme un poquito de rogar, aunque todo parezca un juego...
La verdad es que ya me había casado con él muchas noches atrás, en sueños que no me atrevía a contarle.
Y esta vez, Tanjiro no espera cuentos de hadas.
Él simplemente decide, toma, ama.
Y yo simplemente… me dejo amar.
Tanjiro
Nos desvestimos lentamente, sin prisas, como si el mundo fuera no existiera. Como si la habitación fuera un refugio al que solo nosotros dos tenemos acceso.
Zenitsu es fuego e impaciencia, siempre lo ha sido. Lo noto en sus dedos temblorosos, en su respiración entrecortada, en sus ojos. Pero esta vez no dejo que el ritmo lo marque él. Esta vez, quiero memorizar cada centímetro de su piel, cada sonido suave que se escapa de sus labios.
Me tomo mi tiempo.
Porque lo amo.
Porque su cuerpo me habla de todo lo que ha callado, y yo quiero escuchar cada palabra no dicha.
Lo tengo entre mis brazos, tan cerca que puedo sentir los latidos de su corazón confundirse con los míos. Bajo la música, suave pero presente, su voz tiembla cuando me llama por mi nombre. o.
No hay prisa.
Solo nosotros.
Solo esto.
Solo amor.
Zenitsu
Me lo pregunto mientras sigo tumbado, con el calor de Tanjiro aún pegado a mi piel, aunque él ya duerme. Su respiración es tranquila, como si todo en el mundo estuviera en orden.
Pero mi cabeza no.
Mi pecho no.
Me pregunto por qué el amor por alguien puede volverse más fuerte que el amor por tu propia familia.
¿Por qué sus caricias me calman más que las palabras de cualquierde mi familia?
¿Por qué su voz tiene más peso en mi pecho que todas las promesas que me hicieron de niño?
Tal vez porque el me ha mirado con verdad incluso cuando todo alrededor era mentira.
Porque me ha elegido sin condiciones, aun cuando podría haberme rechazado por miedo, por dudas, por lo que somos.
Y mi madre…Mi madre sigue siendo un misterio que a veces me duele más que lo que me consuela.
Entonces lo entiendo.
El amor que siento por Tanjiro…
No es que pese más que el que siento por mi familia.
Es que él se ha convertido en mi familia.
Y eso lo cambia todo.
Me cambia a mí.
¿Sería capaz de matar a mi madre por él?
Solo pensarla, esa pregunta, hace que se me encoja el estómago y se me empañen los ojos. No porque no tenga la respuesta. La tengo. Y eso es lo que más miedo me da.
Porque sí.
Sí, lo haría.
No por odio.
No por venganza.
Sino por amor.
Porque si algún día mi madre se convirtiera en el filo que amenaza su vida, en la mano que quiere apagar su fuego, entonces no dudaría. Porque Tanjiro no es solo la persona que amo.
Es mi refugio.
¿Me destruiría hacerlo?
Sí.
¿Llevaría su nombre tatuado en cada remordimiento?
También.
Pero si alguna vez el mundo me obligara a elegir entre el amor que me vio nacer y el amor que me salvó...Yo elegiría a Tanjiro.
Y luego me rompería en mil pedazos.
Porque mi madre no es solo una persona.
Es muchas cosas al mismo tiempo; Es la mujer que me enseñó a atarme los cordones y a mantener la espalda recta en la mesa, es la que me miró con orgullo cuando logré leer mi primer libro en voz alta, y también la que me gritó con una furia que me rompió el pecho cuando suspendi muchos exámenes o hacia trastadas.
Es la voz que me arrullaba de pequeño y la sombra que empezó a darme confianza cuando crecí.
Mi madre no es solo una persona.
Es historia, es sangre, es miedo, es cariño. Es esa contradicción que duele.
La que me dio la vida y podría quitársela a quien amo.
¿Puedo odiarla?
¿Puedo quererla y temerla al mismo tiempo?
No lo sé.
Pero sé que no quiero que me obligue a elegir. Porque si lo hace, aunque me parta por dentro…No la elegiré a ella.
Tanjiro
El dios del fuego
Papá me contó una historia una vez.
De un tatarabuelo nuestro.
Decía que en los tiempos en que las calles ardían bajo las botas de los clanes, él era como un dios del fuego en la mafia.
No porque fuera cruel.
No porque se deleitara en la muerte o el poder.
Sino porque donde él caminaba, el mundo se transformaba.
Como si llevara las llamas dentro.
Justas.
Indomables.
Imparables.
Le llamaban así: Kagutsuchi.
El dios del fuego.
Decían que sus enemigos no lo temían por su fuerza, sino por su convicción. Que quemaba lo que debía ser purificado. Y protegía con una ferocidad casi sagrada a los que amaba.
Papá hablaba de él como si lo admirara, pero también con respeto. Como si en esa llama también hubiera dolor.
Porque el fuego da calor, pero también consume.
A veces me pregunto si esa llama está en mí.
Si lo que hago, lo que decido…es justicia o simplemente fuego desatado.
Y juro por ese antepasado lejano, por cada gota de sangre en mi linaje, que si tengo esa llama en el pecho…no la dejaré devorar lo que más quiero.
Kyōjurō una vez, mientras me preparaba la cena, me dijo algo que nunca he olvidado.
-Tú…deberías buscar caminos distintos a los de tu linaje.
Lo dijo sin dejar de remover el arroz, con el delantal aún puesto, el fuego iluminando su rostro como si su alma misma hablara.
Pero no lo dijo como el cocinero que ha servido a mi padre toda la vida.
No.
Me lo dijo como un hermano.
Como alguien que conoce el peso de nuestro apellido.
Como alguien que ha visto lo que deja el fuego cuando se extingue: cenizas, ruinas, silencio.
Kyōjurō siempre fue más que un sirviente. Fue una voz cálida en medio del frío de la guerra,
una carcajada cuando el resto solo sabían dar órdenes,
una mirada sincera cuando la mía ya estaba aprendiendo a endurecerse.
Me lo dijo sin imponerse, sin juzgarme, solo con esa honestidad que le brota como lava tranquila. Y en ese momento, entendí que me estaba regalando algo que ni mi padre, ni mis entrenadores, ni mis enemigos podrían darme: la opción de elegir.
Elegir no ser como ellos.
Elegir no ser lo que deja mi familia, sino un hombre.
Uno que ama. Que se equivoca. Que tiene miedo.
Uno que, aún ardiendo, no quiere quemar.
Zenitsu
A la mañana siguiente, cuando me despierto, Tanjiro ya se ha ido. La ventana está entornada. Las cortinas se mecen con la brisa, como si él todavía estuviera en la habitación, flotando en el aire con su aroma y su calor.
Me quedo unos minutos ahí, mirando el techo. Mi cuerpo todavía guarda el eco de su tacto, y mi piel parece más ligera…
Me levanto, me visto, y respiro hondo.
Luego bajo.
Las escaleras me parecen eternas.
Mi madre está en la cocina, como si nada, sirviendo el desayuno a mis hermanas. Ellas ríen, cuchichean, y de vez en cuando me lanzan miradas de curiosidad.
No sé si es porque me ven diferente, o porque simplemente me he vuelto malo disimulando.
-Buenos días-digo, forzando una sonrisa.
Me siento. El café está caliente, el pan huele bien, todo es normal.
Demasiado normal.
Y ahí estoy yo.
Comiendo, bebiendo, asentando con la cabeza. Fingiendo que no siento este huracán en el pecho.
Fingiendo que no he amanecido con el sabor de su nombre aún en mi boca. Fingiendo que no tengo miedo de que mi madre sepa lo que he hecho.
Fingiendo…
Fingiendo normalidad.
Tanjiro.
Salimos al amanecer.
Todo estaba aún dormido, cubierto por una niebla baja que olía a humedad, metal... y peligro.
Me llevé solo a quienes sabía que no dudarían: Genya, Tomioka y Mitsuri.
Personas de confianza, letales si hace falta. Los que entienden que una orden, a veces, también es una promesa.
Y esta vez, la mía era simple: si mi madre está aquí, la saco.
Y si alguien nos impide hacerlo, cae.
Llegamos al almacén justo cuando el sol empezaba a teñir los techos con tonos dorados.
Uno de los puntos que habíamos marcado en rojo.
Esperábamos resistencia…
La tuvimos.
Los primeros disparos sonaron apenas dimos dos pasos dentro.
Las puertas metálicas vibraron como tambores de guerra y el aire se llenó de pólvora.
Mitsuri se movió con gracia letal, su cabello rosado ondeando como una llama mientras desarmaba enemigos con una mezcla de fuerza y compasión extraña.
Tomioka era una sombra entre los disparos, seco, certero, sin una palabra de más.
Genya, en cambio, estalló como dinamita. Rugía, maldecía, tiraba puertas abajo. Su rabia lo volvía imparable, como si no pudiera permitir que nada —ni nadie— le robara el control.
Yo me abrí paso entre el humo con los dientes apretados.
Buscando.
Siempre buscando.
Pero al final…
Nada.
Ni rastro de ella.
-Dos putas horas de viaje-gruñe Genya, pateando un cajón que choca contra una pared y se hace astillas-Para NADA.
-No fue en vano-digo, limpiando la sangre de mi cuchillo-Ahora sabemos dónde no está.
-¡Lo lógico sería ir ya por la madre de Zenitsu!-explota Genya, con la voz llena de furia contenida-¡Acabar con esto de una puta vez!
-NO-Mi voz corta el aire como una cuchilla.
No le dejo espacio a la duda.
El silencio se impone.
Hasta que Mitsuri, todavía con restos de humo en las pestañas, murmura con tristeza:
-¿Y si nos cruzamos con ella en fuego cruzado? ¿Qué vamos a hacer?
Tardo un minuto.
Quizas dos...
-Si nos cruzamos con ella en un fuego cruzado…-mi voz se mantiene firme, pero se siente el peso detrás-Solo la retendremos.
Mitsuri me mira como si pudiera ver más allá de mis palabras.
Como si notara el temblor que no dejo salir.
-¿Tanjiro?-susurra, pero no digo nada más.
Genya bufa por lo bajo, frustrado, mientras Tomioka guarda su arma con el rostro más neutral que he visto nunca.
Él sabe.
Los dos sabemos lo que significa “retener” en una operación como.
Pero yo quiero creer.
Quiero creer que si la atrapamos antes de que dispare, antes de que el caos estalle, todo puede cambiar.
-Solo la retendremos-repito, más para mí que para ellos.
Como si al decirlo otra vez, pudiera hacer que sea cierto.
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