prólogo
Su voz es la misma.
Su rostro también.
Pero sé que ya no esta…
Después del trágico accidente de Wal, fui yo quien se quedó.
Yo lo cuidé.
Me quedé a su lado todo el tiempo que estuvo herido, incluso cuando los médicos dudaban y cuando él no podía abrir los ojos.
Dormía en una silla incómoda, con el miedo clavado en el pecho y la esperanza sostenida apenas por un hilo. Le hablaba aunque no respondiera. Le tomaba la mano aunque no pudiera apretarla de vuelta.
Prometí que no lo dejaría solo.
Y cumplí.
Lo que nunca imaginé… fue que el día que despertara, algo dentro de él ya no sería el mismo.
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