Truyen3h.Co

El problema con Damián Wayne

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Jon

Hay una diferencia bastante grande entre meterte con alguien y estar presente mientras otros lo hacen.

Al menos, eso es lo que siempre me he dicho.

-Wayne, ¿hoy no viene tu novio a recogerte?-Levanto la vista del móvil cuando escucho a Nate gritar desde el otro lado del pasillo.

No necesito buscar a quién se lo está diciendo.

Damián Wayne está delante de su taquilla, guardando un par de libros en la mochila. Lleva una sudadera negra, pantalones vaqueros y esos auriculares enormes que suele llevar colgados alrededor del cuello. Ni siquiera se gira.

-No tiene novio-dice Ryan a mi lado.

-¿Cómo sabes tú eso?-pregunta Nate.

-Porque si lo tuviera ya lo habría visto. Aquí todo se sabe.

-Igual se lo está tirando en secreto.

Los tres se ríen.

Yo también.

Una risa corta, casi automática, mientras sigo mirando el móvil.
Damián cierra la puerta de su taquilla.

Clac.

No dice nada.

Nunca dice nada.

Eso es probablemente lo que más gracia les hace. Si Damián se enfadara, quizá terminarían cansándose. Si les gritara o intentara pegarles, al menos habría una reacción. Pero normalmente se limita a mirarlos como si estuviera observando a tres criaturas especialmente estúpidas en un documental.

A mí ni siquiera suele mirarme.

Porque yo no le digo nada.

-Eh, Wayne-insiste Nate-Te estoy hablando.

Damián se coloca la mochila sobre un hombro.

-Y yo estoy haciendo todo lo posible por ignorarte. Pensaba que estaba funcionando.

Ryan suelta una carcajada.

Yo sonrío.

Nate no.

-Qué borde es el maricón.

Esta vez no me río. No porque me moleste especialmente. Simplemente la palabra suena demasiado fuerte en mitad del pasillo.

Damián se detiene.

Por primera vez levanta la mirada.

-¿Has tardado toda la mañana en pensar eso o te ha ayudado alguien?

Se me escapa una carcajada.

Una de verdad.

-Hostia-murmuro.

Nate me mira.

-¿De qué coño te ríes?

-De ti.

-Vete a la mierda, Kent-Le doy un empujón con el hombro.

-No te piques.

Cuando vuelvo a mirar, Damián ya se está marchando.

Damián no es de esos tíos que intentan pasar desapercibidos. Tampoco va anunciando que es gay por los pasillos como si fuera una especie de presentación oficial, pero jamás ha hecho ningún esfuerzo por esconderlo.

La gente se enteró durante el primer año. Creo que alguien le preguntó directamente si le gustaban los chicos y él respondió que sí.
Sin más. Como si le hubieran preguntado si prefería Coca-Cola o Pepsi.

A mí aquello me pareció raro.

No que respondiera.

La tranquilidad con la que lo hizo.

En mi casa ese tipo de cosas nunca se han tratado así. Mi padre siempre ha tenido opiniones bastante claras al respecto. Mi abuelo todavía más. Desde pequeño he escuchado las mismas bromas, los mismos comentarios cuando aparecía una pareja de hombres en televisión, las mismas frases sobre lo que es normal y lo que no.

Yo tampoco me he parado demasiado a cuestionarlo.

Simplemente crecí escuchándolo ycuando escuchas algo desde que eres pequeño, llega un momento en el que deja de parecerte una opinión.

Parece simplemente cómo funcionan las cosas.

-¿Vamos?-pregunta Ryan.

Guardo el móvil.

-Sí.

Tenemos Anatomía.

Mi asignatura favorita.

Y por favorita quiero decir que preferiría que me atropellara el autobús de la universidad.

Entramos al aula cuando quedan un par de minutos para que llegue el profesor. Nate se deja caer en su sitio habitual. Ryan se sienta a su lado y yo detrás.

Dejo la mochila en el suelo.

-Entrenamiento a las seis-me recuerda Nate.

-Ya lo sé.

-El entrenador ha dicho que hoy hacemos resistencia.

-Perfecto.

Mi cabeza funciona perfectamente dentro de un campo.

Ponme delante un esquema del sistema nervioso y de repente tengo la capacidad intelectual de una patata.

Saco mi cuaderno.

Damián entra poco después.

Va solo.

Como casi siempre.

Se sienta dos filas delante de nosotros, cerca de la ventana.

-Ahí tienes a tu novio-susurra Ryan.

Le doy una patada a su silla.

-Cállate, gilipollas.

Se ríe.

El profesor entra cargado con una carpeta y mi día empeora instantáneamente.

-Buenos días. Antes de empezar, tengo corregidas las pruebas de la semana pasada.

Joder.

Había conseguido olvidarme.

El aula se llena de murmullos.

-No voy a decir las notas en voz alta -continúa-aunque algunos deberíais plantearos seriamente dedicar más tiempo a esta asignatura.

Nate gira la cabeza hacia mí.

-Te está mirando.

-No me está mirando.

-Kent-dice el profesor.

Mierda.

Ryan se tapa la boca para no reírse.
Me levanto y camino hasta la mesa.
El profesor me entrega el examen boca abajo.

Eso nunca es buena señal.

Regreso a mi sitio.

-¿Cuánto?-pregunta Nate.

-Déjame.

-Enséñalo.

Giro la hoja.

3,2.

Me quedo mirándolo.

No.

No, no, no.

-Hostia puta-susurra Ryan.

-Cállate.

-¿Un tres?

-Sé leer.

-Yo pensaba que habías estudiado.

-He estudiado.

Ese es precisamente el problema.
Había estudiado. No muchísimo, vale, pero sí lo suficiente como para pensar que al menos llegaría al cinco.

Miro las correcciones rojas.

Todo está mal.

Bueno, prácticamente todo.

Confundí dos músculos, expliqué fatal una articulación y aparentemente mi descripción del recorrido de una arteria habría matado al paciente imaginario.

Genial.

-Wayne.

Levanto la cabeza casi por reflejo.
Damián se acerca a recoger el suyo.
El profesor le entrega el examen y le dice algo que no escucho.

Damián asiente.

Cuando vuelve a su sitio deja la hoja sobre la mesa. Desde donde estoy alcanzo a ver la nota escrita arriba.

9,8.

Me inclino hacia delante.

No puede ser.

Empollón.

Miro mi 3,2.

Luego su 9,8.

Después otra vez mi 3,2.

Hijo de puta.

-Kent.

La voz del profesor hace que levante la cabeza.

-¿Sí?

-Quiero hablar contigo al terminar la clase.

-Sí, profesor.

Durante los siguientes cincuenta minutos intento prestar atención.
De verdad que lo intento. Pero no puedo dejar de pensar en ese puto tres.

Necesito aprobar esta asignatura.

No es opcional.

Si sigo acumulando suspensos, puedo tener problemas con el programa deportivo. Y si mis notas empiezan a afectar al fútbol, mi padre va a matarme.

Bueno.

No literalmente.

Espero.

Cuando termina la clase, Nate recoge sus cosas.

-Te esperamos fuera.

-Sí.

Ryan me da una palmada en el hombro.

-Ha sido un placer conocerte.

-Que te den.

Se marchan riéndose. Yo me acerco a la mesa del profesor, paso por el lado de Damián que sigue guardando sus cosas.

-Jon-empieza el profesor-esto empieza a preocuparme.

-Ya.

-Llevas tres pruebas suspensas.

-También aprobé una.

-Con un cinco con uno.

-Pero técnicamente...

-Jon.

Cierro la boca.

-Sé que tienes entrenamientos y partidos, pero necesitas organizarte mejor. Esta asignatura requiere constancia.

-Estudio.

-Entonces necesitas cambiar tu forma de estudiar. Podrías pedir ayuda a alguno de tus compañeros -continúa el profesor-Formar un grupo de estudio, buscar un tutor...

Damián pasa junto a nosotros.

-Wayne.

Se detiene.

Yo también miro al profesor.

No.

Ni se te ocurra.

-¿Sí?

-Tú das tutorías, ¿verdad?

Oh, no.

Damián me mira. . Sus ojos bajan hasta el examen que todavía llevo en la mano. El enorme 3,2 está perfectamente visible.

Levanta una ceja.

Joder.

-A veces-responde.

-Quizá podrías ayudar a Jon.

Yo miro al profesor.

Damián me mira a mí.

Y durante unos segundos ninguno dice nada.

Que incómodo.

-No hace falta-digo rápidamente.

-Perfecto-Dice Damián y se marcha.

-Jon.

-¿Qué?

El profesor suspira.

-No puedes permitirte suspender el próximo examen.

-Ya.

-Piénsate lo del tutor.

Asiento. Salgo al pasillo. Nate y Ryan están apoyados contra la pared.

-¿Sigues vivo?-pregunta Ryan.

-Por desgracia.

Empezamos a caminar. Al fondo del pasillo veo a Damián bajar las escaleras.

-¿Qué quería?-pregunta Nate.

-Que busque un tutor.

-¿Para Anatomía?

-No, para aprender mandarín. Claro que para Anatomía-Ryan se ríe.

-Pídeselo a Wayne.

Los dos se parten de risa.

Yo también sonrío.

-Antes suspendo.

Lo digo sin pensar.

Como tantas otras cosas.

Y sigo caminando con ellos. Pero cuando llegamos a las escaleras vuelvo a mirar el examen.

3,2.

Luego miro hacia abajo.

Damián está saliendo del edificio.

Nueve con ocho.

Aprieto los labios.

Antes suspendo.

Sí.

Claro.

Eso digo ahora.

Jon

Dos días después estoy haciendo algo que, si alguien me hubiera dicho la semana pasada que iba a hacer, me habría reído en su cara.

Estoy buscando a Damián Wayne.

Y no de pasada.

Lo estoy buscando de verdad.

He conseguido dejar a Nate, Ryan y Ethan en la cafetería durante el recreo con la excusa de que tenía que ir a hablar con un profesor. Ryan ha intentado acompañarme porque quería ir a las máquinas de la segunda planta y he tenido que decirle que el profesor quería hablar conmigo a solas.

No sé ni por qué estoy montando todo este espectáculo. Bueno, sí lo sé.

Porque necesito aprobar Anatomía.
Y porque como Nate se entere de que voy a pedirle ayuda a Damián no va a cerrar la puta boca en un mes.

Recorro el pasillo mirando entre la gente. Nada, biblioteca, nada, zona de las máquinas, nada.

Estoy empezando a plantearme abandonar cuando finalmente lo veo.

Está al final del pasillo con un libro debajo del brazo y el móvil en la otra mano. Camina con esa expresión suya de estar ligeramente cabreado con el mundo incluso cuando nadie le está hablando.

Bien.

Ahora.

Solo tengo que acercarme y preguntarle. Fácil. Entonces Damián gira y entra en los baños.

Joder.

Miro el reloj.

Quedan dieciocho minutos.

Podría esperarlo fuera.

Eso sería lo normal.

Pero hay demasiada gente pasando por aquí y lo último que necesito es que aparezca alguno de los chicos.
Así que voy detrás de él. Entro en el baño justo cuando Damián está acercándose a uno de los lavabos.

Se da cuenta de mi presencia a través del espejo. Sus ojos se encuentran con los míos.

-Hola-Digo intentando ser amable.

Silencio.

Damián mira hacia la puerta.

Luego otra vez hacia mí.

-¿Es a mí?

-Sí.

-Creo que me estás confundiendo con otra persona.

-No. Necesito hablar contigo.

-Qué inquietante.

Se gira hacia mí y justo entonces escucho voces en el pasillo.

Mi cuerpo reacciona antes que mi cerebro.

Agarro a Damián del brazo.

-¿Qué coño...?

-Ven.

-¡Sueltame!

Abro uno de los cubículos, lo empujo dentro, entro detrás de él y cierro la puerta.

Clac.

Damián se queda mirándome.

Yo lo miro.

El cubículo es pequeño.

Mucho más pequeño de lo que parecía desde fuera. Estamos prácticamente pegados. Damián baja lentamente la mirada hacia mi mano.

Todavía lo estoy sujetando del brazo.

Lo suelto inmediatamente.

-¿Se puede saber qué cojones haces?

-Shh-Su expresión cambia.

-¿Me acabas de mandar callar?

-Hay gente fuera.

-Es un baño, Kent. Suele ocurrir.

Las voces entran.
No reconozco a ninguno.
Genial.

He secuestrado a Damián Wayne en un váter por dos desconocidos.

Damián intenta abrir la puerta.

Le pongo la mano delante.

-Espera-Me mira como si estuviera considerando seriamente romperme un dedo.

-Quítate.

-Solo un segundo.

-Como no apartes la mano, vas a necesitar aprender Anatomía para saber exactamente qué hueso te he roto.

-Precisamente de eso quería hablarte.

-¿De que te rompa un hueso?

-De Anatomía.

Damián me observa durante unos segundos.

-Has decidido hablarme de Anatomía encerrándome contigo en un baño.

Dicho así...

-No era el plan.

-Me tranquiliza saber que había un plan.

-¿Puedes dejar de ser un capullo durante cinco minutos?

-Tú me has perseguido hasta un baño.

-No te he perseguido.

-¿Ah, no?

-Te estaba buscando.

Silencio.

Mierda.

La sonrisa que aparece lentamente en su cara no me gusta absolutamente nada.

-¿Me estabas buscando?

-No pongas esa cara.

-¿Qué cara?

-Esa.

-Esta es mi cara.

-Pues cámbiala-Damián cruza los brazos.

-Adelante, Kent. Me muero por descubrir qué situación de vida o muerte te ha obligado a localizarme
Aprieto la mandíbula.

Fuera alguien abre un grifo.

Yo miro hacia la puerta.

Damián lo nota.

Claro que lo nota.

-¿Te da miedo que te vean hablando conmigo?

-No.

La respuesta me sale demasiado rápida. Sus ojos verdes se clavan en mí.

-Entonces abre la puerta.

No digo nada.

-Eso pensaba.

-No es eso.

-Claro.

La forma en que lo dice me molesta.

-¿Qué?

-Nada.

-Has dicho «Claro».

-Impresionante oído.

Me paso una mano por el pelo.
Esto está saliendo fatal.
Damián vuelve a tocar el pestillo.

-¿Ya hemos terminado?

-¡Necesito que me ayudes!

El agua del lavabo deja de correr y unos segundos después escuchamos abrirse y cerrarse la puerta principal. Silencio. Damián vuelve lentamente la cabeza hacia mí.

-¿Perdón?

Trago saliva.

Esto es humillante.

-Necesito ayuda con Anatomía.

No responde.

-Para clase-añado.

-Había supuesto que no querías que te extirpara un riñón.

-¿Me vas a ayudar o vas a estar tocándome los huevos?

-Estoy valorando mis opciones.

-Wayne.

-Kent, hace dos días dijiste que preferías suspender antes que pedirme ayuda...Te escuché con tus amigos

Se me congela la cara.

Damián sonríe.

-¿Cómo coño sabes eso?

-Estabais detrás de mí en las escaleras.

Oh.

Mierda.

-No sabía que me habías oído.

-Evidentemente.

Aparto la mirada.

-Era una broma.

-Claro.

-Estaba con los chicos-Damián se queda mirándome.

-Eso no mejora la explicación tanto como crees.

-Mira, necesito aprobar el siguiente examen y tú das tutorías.

-Las doy.

-Pues quiero una.

-No.

-¿Qué?

-No.

-¿Por qué?

-Porque puedo elegir a quién doy clases.

-Te pago.

-Qué generoso.

-Lo digo en serio.

-Yo también.

Se inclina hacia el pestillo.

Esta vez no lo detengo.

-Espera.

Damián suspira.

-¿Qué?

-Necesito aprobar.

-Ese parece ser un problema bastante tuyo.

-Si sigo suspendiendo puedo tener problemas con el equipo.

-¿Con el fútbol?

-Sí.

-Necesito mantener una media mínima. Anatomía me la está destrozando.

-Estudia.

-Estudio.

-Me cuesta creerlo viendo tu examen.

-¡Pues estudio!

-¿Cómo?

-¿Cómo qué?

-Cómo estudias.

-Leo los apuntes.

-Ajá.

-Los subrayo.

-Por supuesto.

-Y luego intento memorizarlo-Damián se que da en completo silencio-¿Qué?

-Nada.

-Otra vez estás poniendo una cara.

-Estoy entendiendo el tres con dos.

-Eres un cabrón.

-Y tú estudias Anatomía como si estuvieras intentando memorizar la carta de un restaurante.

Quiero mandarlo a la mierda.

En lugar de eso digo:

-Entonces enséñame a hacerlo bien.

Nos quedamos mirándonos. Tengo que reconocer que pedirle esto encerrados en un váter probablemente no ha sido mi mejor idea.

Finalmente suspira.

-Una clase.

-¿Qué?

-Te doy una clase.

Se me ilumina la cara.

-¿En serio?

-Una, Kent. Si eres insoportable, estúpido o llegas tarde, se acabó.

-No soy estúpido.

-Eso está por demostrar.

-Que te den.

Abre la puerta.

Antes de salir se vuelve hacia mí.

-Mañana. Biblioteca. Cinco de la tarde.

-Tengo entrenamiento a las seis.

-Entonces llegas a las cinco y tienes cincuenta minutos.

-¿No puede ser antes?

-No.

-¿Después?

-No.

-Wayne...

-Qué pena lo del fútbol.

Sale del cubículo.

Lo sigo.

-Vale. Cinco.

Damián se lava las manos.

Yo me apoyo contra el lavabo.

-Y otra cosa-dice.

-¿Qué?-Me mira a través del espejo.

-La próxima vez que quieras pedirme algo, puedes hacerlo en un pasillo como una persona normal.

-Había gente.

-Ese es exactamente el problema.

Se seca las manos y se marcha.

Me quedo solo.

Tardo unos segundos en entender a qué se refiere.

Cuando lo hago, algo incómodo me aprieta el estómago. Porque puedo decirme todas las veces que quiera que nunca me he metido con Damián.
Que yo no soy como Nate.
Que jamás lo he llamado nada.

Miro mi reflejo.

-Joder.

Damián

Mi vida no es especialmente interesante y no lo digo como algo malo.

Creo que durante mucho tiempo he aprendido a agradecer precisamente eso: que sea normal.

Vivo con mi madre en un piso de dos habitaciones a unos veinte minutos de la universidad si voy en coche y casi cuarenta si tengo que coger el autobús. El edificio es viejo. No viejo de esos que los agentes inmobiliarios llaman con encanto para cobrarte el doble, sino viejo de verdad. El ascensor hace un ruido preocupante al llegar al cuarto piso, una de las ventanas del salón no cierra bien cuando hace mucho frío y la vecina de arriba parece tener la necesidad fisiológica de mover muebles a las once de la noche.

Es mi casa.

Siempre lo ha sido.

Mi habitación tampoco tiene nada extraordinario. Una cama, un armario, un escritorio demasiado pequeño para la cantidad absurda de libros que tengo y varias estanterías que mi madre insiste en que van a terminar cediendo por el peso.

Probablemente tenga razón.

Mi madre suele tenerla.

Ha sido prácticamente toda mi familia desde que tengo memoria.

Nunca me ha gustado demasiado hablar de mi padre. La gente hace demasiadas preguntas cuando descubre que solo vivo con ella. Algunas personas ponen esa expresión de lástima que odio especialmente.

No necesito que nadie sienta pena por mí.

Mi madre ha trabajado muchísimo para que nunca me falte nada importante. No somos ricos. Nunca lo hemos sido. Cuando era pequeño había meses mejores y meses peores, y aprendí bastante pronto que «ya veremos» normalmente significaba que algo era demasiado caro.

Pero siempre tuve comida.

Siempre tuve ropa.

Siempre tuve libros.

Y cuando dije que quería estudiar Medicina, mi madre ni siquiera pestañeó.

Me dijo que entonces tendría que estudiar como un condenado.
Así que eso hice. Ahora tengo veinte años y estoy en segundo de Medicina.

Y sigue pareciéndome una locura algunas mañanas.

Quiero ser médico desde hace años. No tengo esa historia preciosa que algunas personas cuentan cuando les preguntan por qué eligieron Medicina. Nadie me salvó milagrosamente cuando era niño. No tuve una revelación trascendental en un hospital.

Simplemente me fascina el cuerpo humano.

Me fascina que algo tan increíblemente complejo pueda funcionar sin que tengamos que pensar en ello.

Un corazón no necesita que le recuerdes que tiene que latir, tus pulmones siguen trabajando mientras duermes, un hueso puede romperse y el propio cuerpo empieza a repararlo.

Miles de cosas pueden salir mal y, aun así, nuestro organismo pasa cada segundo intentando mantenernos vivos.

¿Cómo coño no va a parecerme fascinante?

Por eso Anatomía se me da bien.
No porque sea un genio, como parece pensar medio curso.

Estudio muchísimo.

Probablemente de más.

Kara me lo dice constantemente.
Rachel directamente amenaza con secuestrarme si paso otro viernes por la noche estudiando y Stephanie suele ser la encargada de cumplir la amenaza.

Ellas son probablemente la otra parte importante de mi vida.

Rachel es mi mejor amiga. Puede quedarse conmigo durante dos horas sin hablar y ninguno siente la necesidad de llenar el silencio. Es una cualidad sorprendentemente difícil de encontrar.

Kara es exactamente lo contrario.

Kara podría mantener una conversación con una pared y terminar consiguiendo que la pared le cuente sus problemas familiares.

Y Stephanie...Stephanie está mal de la cabeza.

Con cariño.

Nunca he entendido por qué debería ocultarlo. Descubrí bastante joven que me gustaban los chicos. Al principio no sabía exactamente qué significaba. Después lo entendí y pasé unos meses aterrorizado pensando en cómo decírselo a mi madre.

Tenía catorce años cuando finalmente lo hice.

Me preparé un discurso.

Uno entero.

Lo había ensayado frente al espejo.
Me senté con ella en la cocina, creo que estuve aproximadamente cinco minutos intentando empezar y cuando finalmente conseguí decir:

Mamá, me gustan los chicos.

Ella me miró.

Dijo:

Vale.

Y siguió cortando una cebolla.
Casi me enfadé. Había sufrido durante meses para aquello.
Le pregunté si eso era todo.

Entonces dejó el cuchillo, me miró como si yo fuera imbécil y me preguntó qué esperaba que hiciera, si lanzarme por la ventana.

Después me abrazó.

Eso fue todo.

Nunca volvió a tratarme de manera diferente. Supongo que por eso me cuesta comprender especialmente a gente como Jon Kent y sus amigos.

Bueno...No. Eso es mentira. Los comprendo perfectamente. He conocido suficientes.

Nate Miller sé exactamente qué piensa de mí porque se asegura de que todo el edificio lo sepa, Ryan tampoco requiere un análisis psicológico especialmente profundo.

Pero Jon...Jon es otra clase.
Jon nunca me llama maricón.
Nunca me pregunta estupideces sobre mi vida sexual.
Nunca me empuja.
Nunca empieza nada.

Jon simplemente está allí y se ríe.
A veces baja la mirada, incluso algunas vez parece incómodo cuando sus amigos se pasan demasiado.

Pero nunca dice nada y probablemente se va a casa convencido de que eso significa que él es diferente.

Que es bueno.

No lo es.

Quizá tampoco sea malo.

Todavía no lo sé.

Hasta hace unas horas tampoco me importaba averiguarlo. Mi vida ya está suficientemente ocupada.

Universidad.

Estudiar.

Tutorías.

Mi madre.

Mis amigas.

Intentar dormir más de seis horas de vez en cuando y mi coche.

Mi pobre coche.

Tiene doce años y hace un ruido extraño cuando arranca en invierno, pero es mío. Bueno, técnicamente también es de mi madre. Lo compramos entre los dos cuando cumplí dieciocho. Yo puse todo lo que había ahorrado dando clases y trabajando aquel verano; ella puso lo que faltaba.

No es bonito; Pero me lleva a la universidad, a casa, casa de mis amigas, me lleva al supermercado, me permite recoger a mi madre cuando sale tarde y no tengo que pedirle permiso a nadie para cogerlo.

Me gusta esa sensación de independencia. Supongo que es algo que valoro especialmente.

Quizá por eso me ha molestado tanto lo de Kent. No que me pidiera ayuda.

Eso me da igual.

Lo que me ha molestado ha sido que me escondiera. Todavía puedo recordar cómo miraba hacia la puerta del baño.

Como si que alguien nos viera juntos pudiera provocarle algún problema, como si yo fuera algo que tuviera que ocultar y después ha tenido los santos cojones de decirme que él nunca se ha metido conmigo.

No.

Jon Kent jamás se mete conmigo.
Solo se sienta junto a las personas que lo hacen, se ríe de sus bromas, camina con ellos.

Mañana a las cinco voy a darle clases. No sé por qué he aceptado.
Quizá porque realmente parecía preocupado cuando mencionó el fútbol.

Sé quién es Jon Kent.

Aunque él probablemente crea que no.

Es difícil estudiar en esta universidad y no saberlo. Para Jon no parece ser simplemente un deporte. Eso se nota después de estar en la misma uni durante un año.

Cuando habla de fútbol cambia.
Así que cuando ha dicho que sus notas podrían poner en peligro su lugar en el equipo...He cedido.

Una tutoría.

Solo una.

Cincuenta minutos.

Le explicaré por qué leer veinte veces la misma página no cuenta como estudiar Anatomía, intentaré introducir algo de información en esa cabeza y después volveremos a nuestras respectivas vidas.

Él con sus amigos futbolistas.

Yo con Medicina.

Perfecto.

Sencillo.

Además, no me gusta Jon Kent.

Es importante dejar eso claro.

¿Es guapo?

Sí.

Desgraciadamente tengo ojos.

Es alto, tiene el pelo negro siempre ligeramente desordenado, unos hombros absurdamente anchos y esa clase de cuerpo que consigues después de pasarte media vida entrenando. Y cuando sonríe de verdad le aparece una pequeña arruga junto a los ojos.

Nada de eso cambia el hecho de que es un idiota.

Un idiota atractivo sigue siendo un idiota.

Mañana le doy su clase y después se acabó.

Al menos, ese es el plan.

Al día siguiente descubro que Jon Kent puede superar mis expectativas.

Por desgracia, no en el buen sentido.

Lo veo antes de que él me vea a mí.

Está apoyado junto a la entrada de la biblioteca exactamente a las cinco menos dos, lo cual al menos significa que ha tenido la decencia de llegar puntual. Lleva una sudadera oscura, la capucha completamente puesta y unas gafas de sol.

Dentro de un edificio.

Me detengo a unos metros. No.
Me niego. Durante unos segundos contemplo seriamente la posibilidad de dar media vuelta y marcharme. De hecho, llego a girar un pie.

Porque sé perfectamente qué está haciendo. No quiere que lo reconozcan...O, mejor dicho, no quiere que lo reconozcan conmigo.
Ayer me encerró en un cubículo para pedirme ayuda y hoy aparece vestido como un delincuente especialmente malo intentando ocultar su identidad.

Fantástico.

Una tutoría, me dije.

Solo una.

Ni siquiera hemos empezado y ya quiero matarlo.

Jon finalmente me ve.

-Hola.

Lo miro unos segundos más.

-Adiós-Me doy la vuelta.

-¡Espera!

No. Definitivamente no. Doy dos pasos antes de notar unos dedos alrededor de mi muñeca. Mi cuerpo se tensa inmediatamente y Jon tira de mí.

-Ven.

Mi madre me apuntó a clases de defensa personal cuando tenía doce años. No porque pensara que el mundo estaba lleno de asesinos esperando detrás de cada esquina, según sus propias palabras, sino porque consideraba que todo el mundo debería saber qué hacer si alguien más grande intentaba sujetarlo.

Ahora mismo recuerdo con sorprendente claridad cómo girar la muñeca hacia el pulgar del atacante, dónde colocar el pie, cómo utilizar su propio impulso contra él y exactamente cuánto tendría que doblarle el brazo a Jon para hacerlo besar el suelo.

-Oye...

-Un segundo.

Tira otra vez. Mi mano libre se cierra por puro reflejo. Respira. No pienso derribar al delantero estrella del equipo de fútbol en mitad de la biblioteca.

Aunque sería divertido.

Jon atraviesa las puertas conmigo y continúa caminando.

-Suéltame.

-Espera.

-Jon.

Quizá sea utilizar su nombre lo que funciona, porque finalmente me suelta. Me froto la muñeca.

-Perdón.

-Vuelve a agarrarme así y te rompo un dedo.

Jon abre la boca. Debe de encontrar algo en mi expresión porque decide cerrarla. Bien. Al menos posee cierto instinto de supervivencia.

Lo sigo por la biblioteca hasta que llegamos a una zona bastante alejada de la entrada. Hay varias mesas individuales, estanterías altas y apenas cuatro personas estudiando.

Jon elige una mesa del fondo.

Deja la mochila.

Mira alrededor.

Y entonces, por fin, se quita las gafas, después la capucha, me siento frente a él.

-¿Qué?

-Nada.

-Me estás mirando así otra vez.

-Estoy intentando decidir si eres consciente de lo ridículo que acabas de parecer-Suspira.

-No quería encontrarme con nadie.

-Ya.

-No empieces.

Eso termina de decidirlo. Ayer estaba dispuesto a ayudarlo. De verdad. No me gusta, pero parecía preocupado y dar tutorías tampoco supone ningún sacrificio extraordinario para mí.

Sin embargo, después de verlo aparecer disfrazado para que nadie descubra que está conmigo, mi disposición a ser amable acaba de morir.

Perfecto.

Si le avergüenza tanto que lo vean conmigo, podemos ahorrarnos el problema. No voy a echarlo.

Voy a conseguir que se vaya él.

Saco mis apuntes.

-Muy bien.

Jon también abre la mochila. Saca un cuaderno, un estuche y su libro de Anatomía.

-¿Por dónde empezamos?

-Por descubrir cuánto sabes.

-Vale.

-Planos anatómicos.

-¿Qué?

-Empezamos bien. Plano sagital.

-Ese sí lo sé.

-Explícamelo.

Jon mira el libro y yo lo cierro con la mano.

-Sin mirar.

-¿En serio?

-En los exámenes tampoco puedes consultar el libro-Aprieta los labios.

-Divide el cuerpo...-Espero-...en dos partes.

-Un niño de seis años podría darme esa respuesta.

Me mira mal.

Perfecto.

-Derecha e izquierda-añade.

-¿Iguales?

-Depende. Si pasa exactamente por...-Se queda pensando-¿La línea media?

-Plano sagital medio.

-Eso.

-No. «Eso» no es terminología anatómica-Jon se echa hacia atrás.

-Joder, qué borde eres.

-Y llevamos tres minutos.

-¿Siempre das así las clases?

-Mis alumnos normalmente estudian antes de venir.

Eso no es completamente cierto.
Pero funciona. Continuamos. Cada vez que responde algo a medias, lo obligo a repetirlo, cada vez que utiliza una palabra imprecisa, lo corrijo, cuando intenta mirar los apuntes, se los aparto, cuando me dice que algo «es básicamente lo mismo», le hago explicar la diferencia hasta que deja de ser básicamente nada.

A los diez minutos ya está de los nervios. A los doce empieza a comportarse exactamente como esperaba.

-Venga, tampoco será tan importante.

-Entonces suspende.

-Solo he cambiado una palabra.

-Una palabra puede cambiar completamente el significado.

-Pareces la profe Adela.

Levanto la mirada. Ahí está. La sonrisa, esa expresión que utiliza cuando está con Nate y Ryan.
La del chico gracioso.
El futbolista.
El que siempre tiene una respuesta preparada porque sus amigos se van a reír.

-Otra vez-digo.

-¿Otra vez qué?

-Explícamelo.

-Ya te lo he explicado-Empieza decirme de manera borde

-Mal.

-Según tú.

Cierro mi cuaderno.

-Muy bien.

Me levanto.

La sonrisa desaparece.

-¿Qué haces?

-Irme.

-¿Qué?

Guardo un bolígrafo.

-Has dicho que necesitabas ayuda. Yo he venido a ayudarte. Si has decidido que sabes más que yo, no me necesitas.

-No he dicho eso.

-Lo estás demostrando bastante bien.

Cojo el libro.

-Damián.

-Adiós.

-Perdón-No respondo-En serio-añade-Perdón.

Parece incómodo.

Muchísimo.

Pero no se ríe.

-Me pongo así cuando...-Se calla.

-¿Cuando qué?

Mira hacia la mesa.

-No sé. Cuando siento que estoy haciendo el gilipollas.

-Una estrategia curiosa. Cuando sientes que estás haciendo el gilipollas decides comportarte todavía más como uno.

-Sí. Bueno. Dicho así suena peor.

-Porque es peor.

Suspira.

-Solo...siéntate-Cruzo los brazos-Por favor.

Eso sí que no me lo esperaba.

Lo observo unos segundos.

Después vuelvo a sentarme.

-Una oportunidad.

-Vale.

-La próxima vez que empieces con tus gilipolleces, me voy.

-Vale.

-Y no pienso perseguirte para que apruebes.

-Lo he entendido.

-Perfecto.

Abro otra vez el cuaderno.

-Plano coronal.

Jon respira profundamente y algo cambia. No sé exactamente qué.
Quizá simplemente deja de intentar impresionarme.

Porque de repente se concentra.
De verdad. Se inclina sobre la mesa. Me escucha. Cuando no entiende algo, pregunta en lugar de hacer una broma. Si lo corrijo, no protesta automáticamente.

Y quince minutos después descubro algo bastante molesto.

Jon Kent no es tonto.

Ni siquiera un poco.

-Espera-dice de repente. Está mirando el esquema que acabo de dibujar.

-Entonces el problema es que yo estaba intentando aprenderme cada músculo por separado.

-Sí.

-Pero si primero los agrupo por región y función...-Lo miro.

-Continúa.

Coge mi bolígrafo sin pedir permiso.
Estoy a punto de quitárselo, pero empieza a señalar el dibujo.

-Estos trabajan juntos en determinados movimientos. Así que si pienso en el movimiento antes que en el nombre...

-Puedes relacionarlos.

-Exacto.

Asiento.

-Sí.

Se queda mirando el papel.

-Joder.

-¿Qué?

-Esto tiene mucho más sentido.

Ah.

Interesante.

Le pongo delante otro esquema.

-Entonces dime cuáles utilizarías principalmente para esto-Le muestro un movimiento de extensión de rodilla.

Jon apenas tarda.

-Cuádriceps.

-Eso es un grupo muscular.

-Recto femoral, vasto lateral, vasto medial y vasto intermedio.

Lo dice prácticamente seguido.
Levanto la vista.

-¿Qué?

-Nada.

-Otra vez esa cara.

-Estoy sorprendido.

-¿Porque lo sabía?

-Sí.

-Te dije que no soy idiota.

-Todavía estamos recopilando pruebas-Me mira mal, pero esta vez no hace ningún comentario estúpido.

En lugar de eso vuelve al esquema.
Y empiezo a comprender cuál es su problema.

Jon necesita relacionarlo con algo real. Si le doy una lista de músculos y le digo que memorice origen, inserción y función, se pierde.

Pero si le pregunto qué ocurre en su pierna cuando golpea un balón, su cabeza empieza a funcionar de una manera completamente diferente.

Así que cambio de estrategia.

-Imagínate que vas a chutar-Sus ojos vuelven inmediatamente a mí.

-¿Con qué pierna?-La pregunta me hace gracia.

-¿Importa?

-Claro que importa.

-La dominante.

-Derecha.

-Bien. Descríbeme el movimiento.

Lo hace. Después lo obligo a descomponerlo.

Cadera.

Rodilla.

Tobillo.

Músculos.

Articulaciones.

Parece estar analizando fútbol y acierta mucho más.

-Otra vez-le digo.

-¿Otro disparo?

-Ahora imagina que estás corriendo.

Sonríe ligeramente.

-De eso sé bastante.

-Eso espero....Sería preocupante teniendo en cuenta tu elección profesional.

-Capullo.

-Corre.

Empieza a describirlo.

Lo voy corrigiendo.

Pero cada vez menos.

Quince minutos.

Eso es lo que he necesitado para darme cuenta de que mi primera impresión académica sobre Jon era completamente equivocada.

No suspende porque sea estúpido.
Suspende porque nadie le ha enseñado a estudiar de una manera que funcione para él.

Y eso me jode....Porque mi plan consistía en presionarlo hasta que se cansara y se marchara. Ser tan imbécil con él como él ha sido conmigo.

Pero ahora está delante mí completamente concentrado, mordiendo ligeramente el extremo del bolígrafo mientras intenta resolver una pregunta.

Ya no queda nada del capullo que se ríe con sus amigos, ni del idiota de las gafas de sol. Solo hay un chico intentando entender algo que se le resiste.

-¿El bíceps femoral?-pregunta.

-¿Estás preguntándome o respondiéndome?

Frunce el ceño.

Mira otra vez el dibujo.

-Bíceps femoral.

-Bien.

Sonríe. Una sonrisa pequeña, satisfecha. Y, por algún motivo, tengo que bajar la vista hacia mis apuntes.

Genial. Esto era mucho más sencillo cuando pensaba que era imbécil.

Aunque todavía lo es.

Simplemente resulta que no es imbécil todo el tiempo.

Jon

Ese fin de semana me voy a esquiar con gran parte de mi familia.

No es nada especial.

Bueno, supongo que para otra gente sí lo sería. En mi familia simplemente es una de esas cosas que hacemos de vez en cuando y a las que nunca les he dado demasiada importancia.

Mis padres alquilan una casa enorme cerca de Baqueira-Beret para pasar el fin de semana. Vienen mis tíos, varios de mis primos, mis abuelos y nosotros. Entre todos somos suficientes como para llenar media casa y conseguir que desayunar sea prácticamente una competición por encontrar una silla libre.

Llevamos haciendo cosas así desde que soy pequeño. Esquiar en invierno, irnos un par de semanas a algún sitio en verano, algún viaje improvisado durante las vacaciones, hoteles buenos, restaurantes caros, casas alquiladas.

El sábado me paso prácticamente todo el día en las pistas y ahí sí que mi cabeza se apaga. Me gusta. No tanto como el fútbol, evidentemente, pero esquiar tiene algo parecido. La velocidad, tener que reaccionar rápido, sentir cómo el cuerpo responde antes incluso de que termines de pensar qué quieres hacer.

Mi primo Lucas y yo hacemos carreras cada vez que podemos, aunque mi madre nos ha repetido aproximadamente quince veces que dejemos de hacer el imbécil.

No le hacemos caso.

Por la noche terminamos todos alrededor de una mesa enorme.
Mi abuelo habla de política, mi tío habla de negocios, mi padre discute con ambos, mis primos se meten unos con otros, mi madre intenta conseguir que alguien cambie de tema antes de que empiecen a gritar.

Lo habitual.

Sé cuándo mi padre está a punto de enfadarse por cómo mueve las manos, sé que mi madre me va a preguntar si quiero más comida aunque todavía tenga medio plato, sé qué primo va a intentar hacer trampas cuando juguemos a las cartas.

Sé perfectamente quién soy cuando estoy con ellos.

Eso debería hacerme sentir cómodo y normalmente lo hace.

El domingo por la tarde empezamos a marcharnos. Estoy metiendo mi mochila en el maletero cuando me doy cuenta de que me he dejado los guantes dentro.

-Ahora vuelvo-le digo a mi padre.

Regreso hacia el edificio.

Hay bastante gente fuera. Familias cargando coches, niños todavía con ropa de esquí, grupos que bajan hacia el aparcamiento y entonces veo a dos chicas.

No les presto especial atención.
Están junto a uno de los coches hablando.

Tendrán más o menos mi edad.
Una lleva un gorro blanco y la otra tiene el pelo recogido. Estoy pasando cerca cuando una le agarra la cara a la otra y la besa.

Eso es todo.

Un beso.

Ni siquiera uno especialmente largo.

Sigo caminando.

-Hostia-Escucho a Lucas detrás de mí. Me giro. Viene con otros dos de mis primos-¿Habéis visto eso?-dice.

Uno de ellos se ríe.

-Sí.

-Joder, ya no se cortan ni un pelo.

Me quedo quieto.

Normalmente me habría reído.
No necesariamente porque me hiciera gracia. Simplemente porque es lo que hacemos.

Alguien dice algo.

Los demás se ríen.

Fin.

Pero esta vez no me sale.

-Mientras estén buenas...-empieza otro.

-Calla, cerdo-dice Lucas riéndose-A saber qué hacen esas dos cuando llegan a casa.

Se ríen y yo miro otra vez hacia las chicas. Ya se han separado. Una está diciendo algo y la otra se ríe.

Y, de repente, veo a Damián sentado delante de mí en la biblioteca.

Tus amigos llevan dos años encargándose de la parte humillante, Kent.

-¿Qué pasa, Jon?-pregunta Lucas.

-Nada.

-Te has quedado empanado.

-Estoy cansado.

Entro en el edificio y mientras busco mis guantes me doy cuenta de que eso es exactamente lo que hago siempre.

Nada.

Mi familia siempre ha sido así.
No recuerdo cuándo escuché el primer comentario.

Eso es lo peor.

No puedo señalar un día concreto y decir: empezó ahí. Simplemente estaban. Desde siempre. Cuando aparecían dos hombres besándose en una película, mi abuelo hacía algún comentario.

Mi padre cambiaba de canal alguna vez cuando éramos pequeños, in tío soltaba alguna broma durante una comida, mis primos se reían de algún chico del instituto porque tenía «pluma».

Y yo aprendí a reírme también.
No hubo una conversación solemne.
Nadie me sentó cuando tenía diez años para decirme que ser gay estaba mal.

No funcionó así.
Fue mucho más sencillo.
Una cara de asco aquí.
Una broma allá.
Un eso no es normal.
Un mientras no lo hagan delante de mí.
Un yo no tengo nada en contra, pero...

Siempre había un pero.

Y cuando eres pequeño no analizas esas cosas. Las absorbes. Si mi padre se reía, debía de tener gracia, si mi abuelo decía que algo no era normal, entonces no era normal, si mis primos llamaban maricón a alguien y todos se partían de risa, aprendías que aquello era una forma de dejar claro qué clase de chico no debías ser.

Así que crecí.

Y seguí haciéndolo.

Nunca pensé que fuera homófobo.
De hecho, hasta hace una semana habría defendido que no lo soy.

Porque nunca he pegado a nadie por ser gay. Nunca he perseguido a un tío por los pasillos gritándole insultos, nunca le he dicho a Damián que me dé asco.

Para mí, los homófobos eran Nate.

Los que decían las cosas.

Yo simplemente estaba allí.

Yo me reía.

Y aparentemente había decidido que esa diferencia era suficiente.

Encuentro los guantes sobre una mesa y los cojo. Al salir vuelvo a cruzarme con las dos chicas, están caminando cogidas de la mano.

Y no ocurre absolutamente nada.
No siento asco.
No me molesta.
Ni siquiera me importa.

Entonces, ¿por qué coño me habría reído hace unas semanas si Lucas hubiera hecho ese mismo comentario?

Porque eso es lo que se espera.
La respuesta aparece tan rápido que me incomoda, porque siempre lo he hecho. Vuelvo al coche.

-Por fin-dice mi padre-Pensaba que te habías perdido.

-Estaban dentro.

Meto los guantes en la mochila.
Mis primos siguen hablando unos metros más allá.

Escucho otra risa.

No sé si siguen hablando de las chicas, tampoco pregunto. Subo al coche y cierro la puerta. Durante el camino de vuelta saco el móvil.

Tengo una foto que hice el viernes a los apuntes que Damián preparó para mí. Los abro. Arriba hay una frase escrita con su letra.

NO MEMORICES. ENTIENDE.

La miro durante varios segundos.
Supongo que se refería a Anatomía.
Pero últimamente parece que tengo demasiadas cosas que entender.

Ivy llegó en un Honda Civic plateado que debía de ser de 2015 o así, con una pegatina de una marca de ropa deportiva en la luneta trasera. Lo vi aparcar desde la ventana de mi habitación y me quedé unos segundos observándola antes de bajar.

Llevaba el pelo suelto, una cascada rubia que le caía por debajo de los hombros, perfectamente liso, brillante bajo la luz de la farola como si estuviera hecho de seda y miel. Se había puesto algo de maquillaje-no mucho, nunca se pasa con eso-y sus ojos verdes, de un verde intenso que recuerda a esas piedras preciosas que sacaba mi madre de vez en cuando, brillaban con una intensidad casi irreal. Tenía las pestañas largas, naturales, que le daban una mirada de cierva cada vez que parpadeaba. Sus labios, finos pero perfectamente dibujados, se curvaron en una sonrisa cuando me vio salir.

Llevaba una falda corta negra que dejaba ver unas piernas que parecían no terminar nunca, largas y definidas, con unas medias oscuras que jugaban con la imaginación. Un jersey de cuello alto color crema, suave, que contrastaba con la oscuridad de la falda. Se había puesto unos pendientes pequeños, dorados, que brillaban cuando movía la cabeza.

-Hola, Jon-dijo, y su voz sonó cálida, familiar, segura.

Subí al coche y el olor a su perfume-algo floral-me envolvió inmediatamente. Era reconfortante, de alguna manera, era el olor a algo que entendía, a algo que encajaba en el mundo que creía ser el mío.

-Estás guapísima-dije, y era verdad.

Se rio, un sonido claro, y arrancó.
No somos novios. Nunca lo hemos sido. Ivy y yo nos entendemos de una manera que no requiere etiquetas ni explicaciones. Nos conocemos del equipo-ella es animadora, una de las mejores-y empezamos a hablar en alguna fiesta hace meses. Después de eso...pasó lo que pasó.

No me gusta llamarla follamiga. Ni ninguna de esas expresiones que suena a que estás usando a alguien o te están usando a ti. Con Ivy es diferente. Es fácil. Ella sabe quién soy, qué familia tengo. No hay que explicar nada. No hay que descubrir nada incómodo.

Esa noche, mientras conducía hacia su piso, me di cuenta de que necesitaba eso precisamente. La simplicidad. La falta de complicaciones. Necesitaba sentirme normal otra vez, sentir que mi cabeza funcionaba como siempre había funcionado, que mi cuerpo respondía a lo que se suponía que debía responder.

Llegamos a su casa, un apartamento pequeño pero ordenado en un edificio moderno cerca del campus. Ivy encendió unas velas en la mesita del salón-siempre hace eso, dice que odia la luz eléctrica para estas cosas-y la habitación se llenó de una luz ámbar suave que hacía que todo pareciera más cálido, más seguro.

-¿Quieres algo de beber?-preguntó, ya quitándose el jersey.

Negué con la cabeza.

Me acerqué a ella y la besé. Fue un beso cálido, profundo, el tipo de beso que sabes a dónde va a parar. Ivy se dejó hacer, sus manos subieron por mi pecho, sus uñas rozando ligeramente mi nuca. Sabía a menta, a algo dulce que había comido antes de salir.

La llevé al dormitorio sin necesidad de palabras. La habitación era pequeña, con una cama de matrimonio que ocupaba la mayor parte del espacio, cubierta con una colcha de color burdeos. Ivy se sentó en el borde y me miró, y por un segundo vi algo en sus ojos-¿curiosidad? ¿sospecha?-pero desapareció rápidamente, sustituida por esa sonrisa suya que siempre parece saber exactamente lo que está pasando.

Me acerqué y ella me tomó de la mano, tirando suavemente para que me sentara a su lado. Nos besamos de nuevo, más despacio esta vez, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Sus manos recorrieron mi espalda, mi pecho, desabrochando botones con una destreza que venía de la práctica mutua. Yo hice lo mismo, levantando suavemente el borde de su falda, sintiendo la piel cálida de sus muslos bajo mis dedos.

Fue dulce. Esa es la palabra. Dulce y familiar, como volver a un lugar donde has estado muchas veces. Nos movimos juntos con una sincronía que solo viene de conocer el cuerpo del otro, de saber qué le gusta, dónde tocar, cómo respirar cerca de su oído para hacerla estremecerse. Ivy se arqueó contra mí, sus manos en mi es palda, sus uñas dejando marcas suaves que sabía que no durarían.

Cuando terminamos, nos quedamos allí, enredados en las sábanas, sudados y con la respiración agitada. Ivy apoyó la cabeza en mi pecho, dibujando círculos absentes en mi piel con un dedo. El silencio era cómodo, el tipo de silencio que no necesita ser llenado.

-¿Estás bien?-pregunta al cabo de un rato, su voz un poco ronca.

-Sí-respondo, mirando al techo.

Y era verdad, en parte. Estaba bien. Mi cuerpo se sentía relajado, satisfecho, esa calma post-sexual que debería durar horas.

Pero mientras acariciaba el pelo de Ivy, suave y rubio entre mis dedos, noté que mi mente, traicionera, se escapaba hacia otro sitio.

Cerré los ojos con fuerza, intentando ahuyentar la imagen.
Esta noche era para dejar de pensar.

Para ser yo otra vez.

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