HOSTAGE
Engfa despierta como si alguien hubiera pronunciado su nombre dentro de su pecho.
No hay golpe, no hay caída, no hay un "antes" del que agarrarse. Solo existe el instante: sus ojos se abren, y el mundo ya está ahí, esperándola con una paciencia cruel. El aire no huele a nada. No es un vacío limpio, es un vacío tibio, como una sábana recién sacudida en una habitación donde nunca entró el sol.
Parpadea. La vista no enfoca porque no hay nada que enfocar.
El suelo… ¿hay suelo? Siente presión bajo la espalda y bajo los omóplatos, algo que cede un poco, como si se recostara sobre una membrana. Y sin embargo, cuando intenta apoyar la palma, no encuentra textura. Es firme y suave al mismo tiempo. No duele. No consuela.
Se incorpora con lentitud, como si temiera que cualquier movimiento pudiera romper el único acuerdo que mantiene al mundo en su lugar.
─Engfa ─susurra.
Es el primer sonido. La palabra cae en el aire y no rebota. No hay eco. La palabra se la traga la neblina como si tuviera hambre.
Engfa es un nombre. Nada más. El resto de su mente es un pasillo con puertas selladas. Empuja una, luego otra. No hay llave. No hay picaporte. Ni siquiera hay la certeza de que hubo algo detrás.
Se lleva los dedos a la frente, esperando dolor, esperando mareo, esperando esa sensación de "me falta algo" como cuando se te olvida una fecha importante. Pero no hay olvido, porque para olvidar hace falta recordar primero.
Lo que siente es distinto. Es como despertarse y descubrir que no eres dueña de tu propia historia.
Se pone de pie.
La niebla a su alrededor no es blanca del todo. Tiene un matiz gris azulado, como el fondo de una piscina vacía. A veces parece moverse; otras veces, no. Como si el lugar respirara.
Camina.
No sabe hacia dónde, porque no hay norte, ni paredes que le digan "aquí termina". El espacio no ofrece resistencia, pero tampoco ofrece promesa. No hay sonidos. Sus pasos no suenan. O quizá su cuerpo no está haciendo ruido porque no existe de la manera en que debería.
Engfa levanta la mano frente a su cara. Se ve. Sus dedos están ahí, con uñas cortas, con pequeñas líneas en los nudillos. Se siente real. Se siente… suficiente.
Sigue caminando hasta que una idea la atraviesa, simple como un cuchillo: puede que no sea la única.
Y como si el lugar escuchara la idea y se riera, la niebla se adelgaza un poco, y la figura aparece.
A unos pasos —¿pasos?— hay una persona sentada, como si hubiera estado esperando desde siempre. Las rodillas recogidas al pecho. La cabeza inclinada. El cabello cae hacia adelante, escondiendo parte del rostro. La postura es tan humana que Engfa siente un golpe de alivio en el estómago.
Luego, inmediatamente, siente miedo.
Porque si hay alguien más, entonces esto no es un sueño privado. Esto es un escenario. Una decisión. Una sentencia. Una prueba.
Engfa se queda quieta, con la garganta seca, mirando.
La persona levanta la cabeza.
Los ojos se encuentran, y el mundo —ese mundo sin bordes— se tensa, como si ambos cuerpos fueran dos clavos sosteniendo la tela del espacio.
─¿Tú…? ─Engfa intenta hablar, pero la palabra se le queda a medio camino.
La otra tarda un segundo en responder. Como si también tuviera que recordar cómo se usa la voz.
─Charlotte ─dice, y el nombre suena como si le perteneciera y no le perteneciera a la vez.
Engfa traga saliva.
─Engfa.
Se miran. No hay sonrisa. No hay abrazo. La cercanía es un animal desconocido; no saben si acaricia o muerde.
Charlotte se abraza más fuerte, los brazos apretándose como una coraza. La cara es más joven de lo que Engfa espera, o tal vez es la ausencia de contexto lo que vuelve extraño cualquier rasgo.
─¿Sabes dónde estamos? ─pregunta Engfa.
Charlotte niega, muy despacio.
─No sé nada. Solo… mi nombre. Y que tú estás aquí.
Engfa siente un cosquilleo en la nuca.
─¿Cómo sabes eso?
Charlotte abre la boca, la cierra. Los ojos se le humedecen sin que caiga una lágrima.
─No lo sé ─admite─. Solo lo siento.
Engfa se sienta a una distancia prudente. No demasiado lejos. No demasiado cerca. Como si estuviera probando la temperatura del agua antes de entrar.
─¿Recuerdas algo? ─insiste, porque necesita que alguien le confirme que no es la única con la mente en blanco.
─No ─dice Charlotte─. Ni una cara. Ni un lugar. Nada.
Las dos guardan silencio. El silencio aquí no es una pausa: es una sustancia. Se instala entre ellas como una tercera presencia.
Engfa intenta pensar en lo básico.
Su cuerpo: tiene manos, piernas, respiración. Tiene hambre… ¿tiene hambre? Se concentra. No siente el hueco en el estómago. No siente sed. No siente cansancio, aunque el cuerpo pesa. Es como si el lugar hubiera apagado esas alarmas humanas para que el tiempo no tuviera manera de medirse.
El tiempo, justamente. Engfa mira alrededor buscando alguna señal de cambio. Una sombra. Una variación de luz.
No hay luz, pero hay claridad.
Como si estuvieran dentro de un amanecer permanente, que no se convierte en día.
Charlotte la observa, y de pronto habla, bajito:
─¿Tú también sientes que… si te alejas, algo pasa?
Engfa frunce el ceño.
─¿Qué cosa?
Charlotte mira hacia la nada, como si escuchara un rumor.
─No sé. Pero… cuando tú llegaste, el aire se sintió menos pesado.
Engfa prueba algo. Se inclina hacia adelante, un poco, y nota que la niebla cerca de Charlotte parece más… fina. Más respirable.
Se aparta apenas.
El aire se densifica. No es imaginario. Es físico. Como una mano grande cerrándose en torno a su pecho.
Engfa se queda inmóvil, sorprendida por la rapidez del cambio.
─¿Lo sientes? ─pregunta Charlotte, y su voz tiembla.
Engfa asiente.
─Sí.
Vuelve a acercarse. La presión cede.
No hay explicación. Pero hay una regla. Y en un lugar sin reglas, una regla se convierte en ley.
Engfa se sienta un poco más cerca. Charlotte no retrocede. Sus hombros bajan un milímetro, como si el cuerpo aceptara, al fin, la posibilidad de no luchar sola.
─Entonces… ─Charlotte traga saliva─ ¿estamos pegadas?
La palabra "pegadas" suena ridícula y aterradora.
Engfa suelta una risa corta, sin alegría.
─Parece.
Charlotte deja caer la frente sobre las rodillas.
─No quiero estar sola.
Engfa siente la frase como si se la dijeran por dentro. Porque también es suya, aunque no la haya dicho.
─Yo tampoco ─murmura.
El silencio regresa. Pero esta vez no es hostil. Es como una manta que, aunque raspa, tapa.
Charlotte alza la vista otra vez.
─¿Crees que estamos muertas?
Engfa se queda helada. El pensamiento no se le había permitido existir… hasta ahora. Pero al ser dicho, se vuelve una sombra encima de ellas.
─No lo sé ─responde Engfa, con sinceridad brutal─. No siento… nada de eso. No siento que haya terminado algo.
Charlotte asiente lentamente, como si la respuesta no la tranquilizara pero al menos le diera un punto donde apoyar la mente.
─¿Y si estamos soñando? ─pregunta.
Engfa mira su mano otra vez. Los dedos, las líneas, la piel.
─Si esto es un sueño, es uno con demasiada consistencia.
Charlotte se ríe, apenas. Una exhalación.
─Eso suena a algo que alguien diría en una película.
Engfa la mira de reojo.
─¿Recuerdas películas?
Charlotte se encoge de hombros.
─No. Solo… siento que esa frase me suena.
Ese "me suena" es una migaja. Una señal de que algo existe más allá del blanco.
Engfa se pone en pie de nuevo, lenta, y extiende una mano hacia Charlotte sin pensarlo demasiado. La mano queda ahí, ofrecida, esperando.
Charlotte la mira como si fuera un objeto peligroso. Luego, con una precaución que duele, levanta su propia mano y toca la de Engfa.
El contacto es real.
Un chispazo recorre los dedos de Engfa. No es electricidad, es memoria sin imagen. Una emoción sin origen. Algo que quiere salir a la superficie, pero se estrella contra la pared de la mente.
Charlotte respira hondo, como si también lo sintiera.
─Eso… ─dice Charlotte, y su voz se rompe un poquito─. Eso es… algo.
Engfa no sabe qué responder. Solo aprieta, suave, sin lastimar. La mano no es un agarre todavía, pero es un puente.
Charlotte se pone de pie con ayuda. Cuando queda frente a Engfa, nota que son casi de la misma altura. Se miran de cerca, demasiado cerca para ser desconocidas, y sin embargo lo son.
Engfa intenta observar detalles para anclarse: una pequeña marca cerca de la ceja de Charlotte, una forma de mirar que parece defensiva, un gesto de la boca como si hubiera aprendido a no pedir demasiado.
Charlotte mira el cuello de Engfa, como si buscara una cicatriz que explique algo. No encuentra nada. O quizá no sabe qué debería encontrar.
─No me sueltes ─dice Charlotte de repente, como si la frase se le escapara antes de poder filtrarla.
Engfa siente el impulso de responder "no" por pura lógica, por necesidad de control. Pero no lo hace. Porque en ese instante entiende algo básico: la lógica no sirve aquí. Aquí solo sirven los acuerdos que el cuerpo hace para no quebrarse.
─No te suelto ─dice Engfa.
Y es una promesa pronunciada en un lugar que no admite promesas fáciles.
Caminan juntas.
No saben a dónde, pero el movimiento les da una ilusión de dirección. Charlotte no suelta la mano. Engfa tampoco. Cuando avanzan, el aire a su alrededor se vuelve un poco más ligero, como si el espacio premiara la unión.
Es injusto, piensa Engfa. Como si el lugar estuviera diseñado para forzar eso.
─¿Te parece raro…? ─dice Charlotte, y su voz suena baja, como si temiera que la niebla la oyera─. Que el lugar se ponga peor cuando nos separamos.
Engfa asiente.
─Es como si quisiera… que estemos juntas.
Charlotte aprieta más fuerte.
─¿Y si eso es lo que somos? ─pregunta─. ¿Y si eso es lo único que tenemos que hacer?
Engfa traga saliva. La idea es demasiado fácil. Y en su experiencia —aunque no recuerde cuál— lo fácil suele esconder una trampa.
─No lo sé ─dice─. Pero no quiero depender de algo que no entiendo.
Charlotte suelta una risa amarga.
─Yo no quiero depender de nada. Pero ahora mismo… depende de ti que pueda respirar.
Engfa se detiene.
─No digas eso.
Charlotte la mira.
─Es verdad.
Engfa siente un nudo en la garganta. La verdad, aquí, pesa más.
Siguen caminando. La niebla cambia de densidad como un mar. A veces se abren espacios donde se ve más lejos; a veces se cierra, y la claridad se vuelve opaca.
De pronto, ven algo.
No es una puerta. No es una pared. Es una silla.
Una silla simple, de madera, como sacada de una casa cualquiera. Está sola en medio de la nada, tan absurda que Engfa se queda mirando.
Charlotte también.
─Eso… no estaba antes ─susurra Charlotte.
Engfa siente un escalofrío.
─¿Cómo lo sabes?
Charlotte frunce el ceño.
─Porque… yo lo habría visto. Lo habría… usado.
Engfa se acerca a la silla con cautela. La suelta de la mano solo lo suficiente para caminar un paso, y el aire inmediatamente se vuelve más pesado. Vuelve a agarrarla. La presión cede. Es como un castigo instantáneo por intentar ser independiente.
La silla está ahí, quieta. Tiene rayones en las patas. La madera está desgastada, como si hubiera sido usada durante años. Engfa pasa la mano por el respaldo.
Y algo sucede.
No es un recuerdo completo, no es una escena. Es un sonido: risas. Lejanas. Cálidas. Un golpe de luz amarilla. El olor a algo tostado. Una mesa. Una voz que dice algo que Engfa no alcanza a entender.
Engfa se aparta como si la silla quemara.
Charlotte la mira con alarma.
─¿Qué pasa?
Engfa se lleva la mano al pecho. El corazón —si es que hay corazón— le late rápido.
─Cuando la toco… siento… cosas ─dice.
Charlotte se acerca también. Sus dedos rozan el asiento.
Charlotte cierra los ojos. La mandíbula se le tensa.
─Yo también.
Ambas se quedan así, con los dedos apoyados, como si el objeto fuera un cable conectado a algo vivo.
Engfa abre los ojos.
─Entonces esto no es solo un vacío ─susurra─. Hay… objetos. Cosas que traen algo.
Charlotte retira la mano despacio.
─¿Y si cada cosa es una pista? ─pregunta.
Engfa mira alrededor, como si al pensar "pista" el lugar pudiera materializar más.
La niebla se mueve, ligeramente, como un animal que escucha su nombre.
Charlotte se sienta en la silla. Apenas lo hace el aire cambia. Hay una vibración. Como si el lugar reconociera que alguien ocupó un sitio que estaba destinado a ser ocupado.
Engfa se queda de pie frente a ella.
Charlotte, sentada, parece más vulnerable y más poderosa al mismo tiempo. Como una reina sin reino en un trono equivocado.
─Engfa… ─dice Charlotte─. No me gusta cómo se siente esto.
─¿Cómo? ─pregunta Engfa.
Charlotte mira el vacío detrás de Engfa, y sus ojos se ensombrecen.
─Como si el lugar estuviera… armando una historia. Y nosotras somos los personajes, pero no tenemos guion.
Engfa siente un frío nuevo en la piel.
─¿Y si el guion existe… y nosotras lo olvidamos?
Charlotte baja la mirada, y sus dedos se aferran al borde del asiento.
─Entonces, ¿qué hicimos para merecer olvidar?
La pregunta queda colgando. Engfa no tiene respuesta. Solo siente, de golpe, una culpa que no sabe de dónde viene. Una culpa que no puede explicar.
La niebla se espesa un poco, como si la emoción alimentara el aire.
Engfa se acerca más. Apoya una mano en la rodilla de Charlotte, un gesto pequeño, instintivo.
Charlotte levanta la vista, y hay algo desesperado en su expresión.
─Prométeme algo ─dice.
Engfa traga saliva.
─¿Qué cosa?
Charlotte habla con la urgencia de alguien que teme perder el único punto fijo del universo.
─Si recordamos… si aparece algo horrible… ─la voz se le quiebra─, prométeme que igual te quedas.
Engfa siente la trampa en la promesa. Porque prometer quedarse no es amor aquí; es entrega. Es encadenarse voluntariamente.
Pero mira a Charlotte, y ve la misma oscuridad que siente dentro: el terror a descubrir que el pasado no es un refugio, sino una condena.
Engfa se inclina hasta quedar a la altura de su rostro.
─Me quedo ─dice, suave─. Ahora, me quedo.
Charlotte suelta el aire como si estuviera conteniéndolo desde que despierta.
Y en ese instante, el lugar responde.
Detrás de la silla, a unos metros, aparece algo más: un espejo de cuerpo entero, apoyado en nada. El marco es antiguo. El vidrio está limpio. Demasiado limpio.
Engfa siente que el estómago se le hunde. Porque un espejo no es un objeto neutral. Un espejo exige una cosa: identidad.
Charlotte lo ve también. Su mano busca la de Engfa de nuevo, con fuerza.
─No quiero mirarlo ─susurra.
Engfa siente el impulso de decir "no lo mires, entonces". Pero sabe, con una certeza aterradora, que el espejo ya las está mirando a ellas.
La niebla alrededor se aquieta. Como si el mundo contuviera la respiración.
Engfa da un paso hacia el espejo, sin soltar a Charlotte.
Y el vidrio, por un instante, no refleja lo que debería.
Refleja a dos chicas distintas. Con ropa distinta. Con una habitación detrás. Con una luz de tarde entrando por una ventana. Engfa ve una mesa, ve una taza, ve una mano que suelta algo.
Luego, el reflejo se rompe.
Vuelve a mostrar solo la niebla y a ellas dos, pálidas, con los ojos abiertos de par en par.
Charlotte se tapa la boca con la mano libre, como si acabara de ver un fantasma.
─Eso… ─susurra─. Eso fue… real.
Engfa no puede hablar. Siente que el espejo acaba de disparar una bala y la dejó incrustada en su pecho para que la encuentre después.
Se quedan quietas, sin atreverse a avanzar ni a retroceder.
Y en el silencio, Engfa entiende que el limbo no quiere que recuerden de golpe. Quiere que lo ganen. O que lo paguen.
Charlotte aprieta los dedos de Engfa hasta que casi duele.
─No me sueltes ─dice otra vez, pero ahora suena como un ruego y como una orden.
Engfa mira el espejo. Mira la silla. Mira la niebla.
─No ─responde─. No te suelto.
Pero dentro de su cabeza, algo despierta. Algo pequeño, pero afilado.
Una pregunta que no se apaga:
¿Y si estar juntas no es la salvación… sino la razón por la que están aquí?
El espejo permanece en silencio.
Y la niebla, lentamente, empieza a moverse, como si el mundo se preparara para mostrarles la siguiente pieza.
El espejo no vuelve a mostrar nada nuevo.
Eso es lo peor.
Engfa se queda frente a él, esperando otro destello, otra grieta por donde se escape una verdad incompleta. Pero el vidrio permanece quieto, obediente, reflejando solo lo que ya sabe: dos cuerpos tensos, dos rostros pálidos, dos nombres flotando sin historia.
Charlotte es la primera en apartar la mirada.
─No quiero verlo más ─dice, con un hilo de voz─. Siento que… si lo miro demasiado, algo va a salir mal.
Engfa asiente. No porque esté de acuerdo, sino porque no confía en su propia capacidad de disentir ahora mismo. Hay una presión detrás de los ojos, como si el espejo hubiera dejado una huella invisible.
Se alejan juntas, pero no mucho. La silla queda atrás, el espejo queda atrás, y sin embargo Engfa tiene la certeza de que ninguno de los dos objetos ha desaparecido. El lugar no borra cosas. Las guarda.
Caminan hasta que el aire se estabiliza de nuevo, hasta que la niebla recupera esa textura tibia que no ahoga pero tampoco libera.
Charlotte sigue sin soltarle la mano.
Engfa nota algo entonces: no es solo que el aire se vuelva más pesado cuando se separan. Es cuánto se separan lo que importa. Un paso está permitido. Dos, tal vez. Tres… no.
Hay una distancia exacta que el lugar tolera.
─Creo que hay un límite ─dice Engfa en voz alta, probando la idea como si fuera un objeto frágil─. Como una cuerda invisible.
Charlotte la mira.
─¿Una cuerda?
─Sí. Si nos alejamos demasiado, tira de nosotras. No para acercarnos… ─Engfa frunce el ceño─ sino para castigarnos.
Charlotte se estremece.
─Entonces no es protección. Es control.
La palabra queda flotando, incómoda.
Control.
Engfa no recuerda haber sido controlada antes. No recuerda haber controlado a nadie. Pero la palabra le provoca rechazo inmediato, como si su cuerpo supiera algo que su mente no.
Se sientan juntas en el suelo invisible. Charlotte apoya la cabeza en el hombro de Engfa sin pedir permiso, como si el gesto hubiera sido practicado mil veces en otra vida.
Engfa no se aparta.
El silencio se alarga. No es vacío; está lleno de pensamientos que no terminan de tomar forma.
─Engfa ─dice Charlotte de pronto─. ¿Te da miedo recordar?
La pregunta es directa, sin rodeos.
Engfa tarda en responder.
─Sí ─admite─. Porque lo poco que he sentido… no es bueno.
Charlotte asiente, como si eso confirmara algo que ya sospechaba.
─Yo también siento eso. Como si lo que olvidamos no fuera un accidente, sino… una defensa.
Engfa cierra los ojos. Hay una imagen insistente que no logra concretarse: una discusión, una puerta cerrándose con demasiada fuerza, una palabra dicha tarde.
─¿Crees que hicimos algo malo? ─pregunta Engfa.
Charlotte no responde de inmediato. Cuando lo hace, su voz es apenas un murmullo:
─Creo que hicimos algo difícil.
Eso no tranquiliza a Engfa, pero tampoco la hunde. Es una respuesta extrañamente humana.
Pasan —lo que sea que pase aquí— juntas. Hablan de cosas pequeñas, como si lo pequeño pudiera construir un suelo. Charlotte dice que le gusta el sonido de la voz de Engfa. Engfa dice que Charlotte tiene una manera particular de observar, como si siempre esperara una segunda capa en todo.
No saben de dónde vienen esas preferencias. Solo saben que existen.
Con el tiempo —si puede llamarse así— aparecen más cosas.
Primero es una mesa baja, de madera clara, con una grieta en el centro. Luego, un vaso de vidrio, vacío, colocado encima. Después, una lámpara apagada, colgando en el aire sin techo que la sostenga.
Cada objeto provoca sensaciones. No recuerdos completos. Sensaciones.
La mesa trae una tensión antigua. El vaso, una espera. La lámpara, una promesa incumplida.
Charlotte se acerca a la mesa y la rodea despacio.
─Es como… ─dice─ como si estuviéramos caminando por una casa que ya fue vivida.
Engfa se estremece.
─O por una casa que dejamos.
Charlotte se detiene.
─¿Por qué dirías eso?
Engfa abre la boca para responder… y se da cuenta de que no sabe. La frase salió sola.
─No lo sé ─dice, incómoda─. Solo… se sintió correcto.
Charlotte apoya las manos en la mesa. Sus dedos tiemblan un poco.
─¿Te das cuenta de algo? ─pregunta.
─¿Qué cosa?
─Que casi todos los objetos parecen… domésticos. No hay relojes, no hay puertas, no hay armas. Hay cosas de estar. De quedarse.
Engfa siente un escalofrío recorrerle la espalda.
─Como si el lugar quisiera recordarnos algo sobre… convivencia.
Charlotte la mira, seria.
─O sobre encierro.
El aire cambia apenas. No se vuelve más pesado, pero sí más atento. Como si la palabra hubiera despertado algo.
Charlotte se aleja de la mesa, instintivamente acercándose más a Engfa. La distancia entre ellas se reduce casi sin que lo noten.
─¿Sientes eso? ─pregunta Charlotte.
Engfa asiente.
─El lugar escucha.
Charlotte traga saliva.
─Entonces tenemos que tener cuidado con lo que decimos.
Engfa no está segura de querer aceptar eso.
─¿Y si no decir las cosas es justo lo que nos trajo aquí?
Charlotte la mira, sorprendida.
─Eso sonó… importante.
Engfa se ríe sin humor.
─O peligroso.
Se quedan en silencio otra vez, pero ahora el silencio pesa distinto. Ya no es refugio. Es vigilancia.
Charlotte rompe el mutismo con una pregunta que parece inocente, pero no lo es:
─Si pudiéramos salir… ¿te irías?
Engfa la mira. La pregunta no es hipotética. Es un examen.
─No lo sé ─responde con honestidad─. No sé qué significa "salir" si no sabemos a dónde.
Charlotte asiente, pero no parece satisfecha.
─No pregunté eso.
Engfa siente un nudo en el pecho.
─¿Y tú?
Charlotte baja la mirada.
─Creo que sí ─dice─. Creo que querría saber.
La respuesta crea una fisura invisible entre ellas. No lo suficiente como para que el aire se vuelva pesado, pero sí lo suficiente como para que Engfa la sienta.
─¿Eso te molesta? ─pregunta Charlotte, con cuidado.
Engfa niega lentamente.
─No. Me asusta.
Charlotte sonríe apenas.
─A mí también.
Algo cambia entonces.
No es un objeto nuevo. Es un sonido.
Un zumbido bajo, casi imperceptible, que parece venir de todas partes y de ninguna. Engfa siente que le vibra en los dientes.
Charlotte se lleva una mano a la sien.
─Eso… no estaba antes.
El zumbido crece, se transforma en un pulso rítmico. Con cada pulso, la niebla se aclara un poco más, revelando una silueta al fondo.
Una puerta.
No está apoyada en una pared, porque no hay pared. Simplemente está ahí, vertical, cerrada. De madera oscura. Con una manija metálica.
Engfa siente que el corazón se le acelera.
─¿La ves?
Charlotte asiente, con los ojos muy abiertos.
─Sí.
El pulso se intensifica. El aire alrededor de la puerta parece más denso, más real. Como si fuera un punto de anclaje.
Charlotte da un paso hacia adelante sin soltar la mano de Engfa.
El aire protesta. No duele, pero presiona.
─No le gusta que nos acerquemos ─dice Charlotte.
Engfa observa la distancia.
─Le gusta que nos acerquemos juntas.
Avanzan despacio, sincronizando los pasos. El aire permite el movimiento, a regañadientes.
A un metro de la puerta, el pulso se detiene.
Silencio.
La puerta no se abre sola. No ofrece nada. Espera.
Charlotte levanta la mano, dudando.
─¿Y si detrás hay… algo que no podemos desver?
Engfa aprieta sus dedos.
─¿Y si detrás hay algo que necesitamos?
Charlotte la mira, buscando certeza. No la encuentra, pero encuentra compañía.
─Si abrimos… ─dice Charlotte─, pase lo que pase, ¿te quedas?
La pregunta es distinta ahora. No es miedo puro. Es negociación.
Engfa siente el peso de la promesa anterior. "Ahora me quedo", había dicho. No "siempre".
─No puedo prometerte no cambiar ─dice─. Pero puedo prometerte no desaparecer.
Charlotte cierra los ojos un segundo. Luego asiente.
─Eso basta.
Toma la manija.
Antes de girarla, el lugar reacciona.
El aire se vuelve brutalmente pesado. No como antes. Esto es distinto. Esto es advertencia.
Engfa siente un dolor agudo en el pecho, como si algo se tensara demasiado rápido.
Charlotte jadea.
─Creo que… creo que no quiere que lo hagamos todavía.
Engfa aprieta los dientes.
─¿O quiere que estemos seguras?
Charlotte suelta la manija. El dolor cede un poco.
La puerta sigue ahí, inmóvil.
─Nos está marcando el ritmo ─dice Charlotte─. No podemos correr.
Engfa asiente.
─Como una canción lenta.
Charlotte la mira, sorprendida.
─¿Por qué dijiste eso?
Engfa se encoge de hombros.
─No lo sé. Me vino a la cabeza.
Charlotte sonríe, pequeña, triste.
─A mí también me pasa eso contigo. Dices cosas que… resuenan.
Se alejan de la puerta, pero no demasiado. Ahora saben que existe. Eso ya cambia todo.
El cansancio llega de golpe, aunque no entienden de dónde. Se sientan juntas otra vez.
Charlotte apoya la cabeza en el regazo de Engfa. Engfa, sin pensar, pasa los dedos por su cabello. El gesto se siente antiguo. Correcto.
─Engfa… ─murmura Charlotte, con los ojos cerrados─. ¿Y si somos malas juntas?
La pregunta es un cuchillo lento.
Engfa deja de mover la mano por un segundo.
─¿Por qué dirías eso?
─Porque el lugar nos quiere juntas ─dice Charlotte─. Y no creo que el lugar sea bueno.
Engfa retoma el movimiento, suave.
─Tal vez el lugar solo refleja lo que somos.
Charlotte abre los ojos.
─¿Y si lo que somos… es algo que no debería repetirse?
Engfa no responde. Porque en lo profundo de su pecho, hay algo que empieza a formarse con claridad inquietante: una certeza de que estar juntas fue una elección antes. No un accidente. Y que esa elección tuvo consecuencias.
Charlotte se incorpora un poco, mirándola.
─Si recordamos que nos hicimos daño… ¿te odiarías?
Engfa la mira, y la respuesta le duele antes de salir.
─Creo que me odiaría más por no haber podido soltarte.
Charlotte sonríe, pero sus ojos brillan.
─Entonces eso ya dice algo de nosotras, ¿no?
El zumbido regresa, suave, como un latido lejano.
La puerta, a lo lejos, parece inclinarse apenas hacia ellas. No invitando. Esperando.
Engfa entiende, con una claridad amarga, que el lugar no es un castigo inmediato. Es un ensayo. Una repetición. Una oportunidad de volver a elegir… pero con memoria fragmentada.
Charlotte se acerca más, hasta que sus frentes casi se tocan.
─Sea lo que sea que venga ─dice─, no quiero atravesarlo sola.
Engfa cierra los ojos.
─Yo tampoco.
Pero en lo más profundo de su mente, una idea empieza a tomar forma, insistente, peligrosa:
Tal vez nunca estuvieron destinadas a salvarse juntas.
El limbo aprende a esperar.
Engfa se da cuenta de eso antes que de cualquier otra cosa: el lugar no empuja, no obliga, no grita. Solo espera, con una paciencia que no pertenece a los espacios vacíos, sino a las voluntades que saben que, tarde o temprano, alguien va a ceder.
La puerta permanece a lo lejos, visible incluso cuando no la miran directamente. No cambia de lugar, pero tampoco se vuelve parte del fondo. Es una presencia consciente. Un recordatorio.
Charlotte finge no mirarla.
Se mueve cerca de Engfa, demasiado cerca para que sea casual. Se sienta a su lado, se inclina sobre ella, busca contacto bajo cualquier excusa: ajustar la posición, acomodarse, apoyarse "sin querer". Engfa lo nota todo. No dice nada.
El aire responde con una suavidad engañosa. Como si aprobara.
─No me gusta ─dice Engfa de pronto, rompiendo el silencio.
Charlotte alza la cabeza.
─¿Qué cosa?
Engfa duda. No quiere señalar algo y volverlo más real. Pero el pecho le aprieta desde hace rato, y ya no cabe en silencio.
─Que el lugar se calme cuando estamos así.
Charlotte no responde de inmediato. Sus dedos siguen dibujando líneas distraídas sobre el dorso de la mano de Engfa.
─Tal vez solo… estamos haciendo lo correcto.
Engfa la mira.
─¿Y si "lo correcto" aquí no significa "lo sano"?
Charlotte retira la mano, apenas. No se aleja del todo, pero el gesto es suficiente para tensar algo entre ellas.
─¿Crees que yo no lo pienso? ─pregunta, con una dureza inesperada─. ¿Crees que no me doy cuenta de lo dependiente que suena todo esto?
Engfa traga saliva.
─No te estoy acusando.
─Pero me estás mirando como si tuvieras miedo de mí.
La frase duele porque es verdad.
Engfa suspira.
─No de ti. De lo que pasa cuando estamos juntas.
Charlotte baja la mirada. Sus hombros se encorvan, no como una defensa, sino como alguien que carga algo pesado desde hace mucho tiempo… aunque no recuerde qué.
─Yo tengo miedo de lo contrario ─dice─. De lo que pasa cuando no estamos juntas.
La honestidad cae entre ellas como un objeto frágil. Ninguna sabe dónde apoyarlo.
El limbo parece escuchar esa confesión con interés. La niebla se mueve, se organiza, como si tomara notas invisibles.
Pasan un rato sin hablar. Engfa observa cómo Charlotte se queda mirando sus propias manos, como si no terminara de reconocerlas. Hay algo inquietante en su concentración, como si buscara marcas que no están.
─A veces ─dice Charlotte de pronto─ siento que yo era la que pedía más.
Engfa la mira.
─¿Más qué?
Charlotte se encoge de hombros.
─Más tiempo. Más atención. Más… todo.
Engfa siente un pinchazo en el pecho. No es un recuerdo, pero se le parece demasiado.
─¿Por qué sientes eso?
Charlotte se muerde el labio inferior, incómoda.
─Porque cuando no estás cerca… me entra una urgencia. Como si algo estuviera mal y yo fuera la única responsable de arreglarlo.
Engfa se queda callada. La descripción le resulta peligrosamente familiar.
─Y cuando sí estás ─continúa Charlotte─, esa urgencia se calma. Pero no desaparece. Solo… se duerme.
Engfa asiente lentamente.
─Como una deuda que se pospone.
Charlotte la mira con atención.
─¿Te pasa?
Engfa cierra los ojos. Decir la verdad se siente como cruzar una línea invisible.
─Sí. Pero al revés. Cuando estás muy cerca… siento que me ahogo un poco.
Charlotte se queda inmóvil.
El aire no se vuelve pesado, pero sí expectante.
─¿Ahogo? ─repite, en voz baja.
Engfa abre los ojos.
─No porque tú hagas algo mal. Es… ─busca las palabras─ como si tuviera que sostenerte todo el tiempo. Como si no pudiera caer yo.
Charlotte traga saliva. La herida es clara, aunque no sangre.
─Entonces soy una carga.
─No ─dice Engfa rápido─. No dije eso.
Charlotte sonríe, pero es una sonrisa hueca.
─No hace falta decirlo.
Engfa siente una punzada de culpa que no entiende del todo.
─Charlotte, no sabemos quiénes éramos. No podemos asumir—
─Pero sentimos ─interrumpe Charlotte─. Y lo que siento no se equivoca tanto.
Se levanta y camina unos pasos. Dos. Tres.
El aire se tensa de inmediato.
Charlotte se detiene, molesta.
─¿Ves? Ni siquiera puedo alejarme para pensar.
Engfa se pone de pie también, dando un paso hacia ella para aliviar la presión.
─No lo hagas así.
─¿Así cómo?
─Como si el lugar fueras tú ─dice Engfa─. No eres tú la que me encierra.
Charlotte la mira, con los ojos brillantes.
─Pero soy la razón por la que no puedes irte.
La frase queda suspendida. El limbo no interviene. No castiga. No suaviza. Observa.
Engfa siente que algo profundo se resquebraja.
─¿Por qué dices eso?
Charlotte se ríe, una risa corta, casi amarga.
─Porque si ahora mismo apareciera una salida clara, limpia… tú dudarías.
Engfa no responde.
El silencio confirma lo que la palabra no quiso.
Charlotte asiente, como si hubiera recibido una respuesta definitiva.
─Eso pensaba.
Se sienta en el suelo, de espaldas a Engfa. No se aleja lo suficiente para que el aire castigue, pero el gesto es claro: distancia emocional.
Engfa se queda de pie, sin saber qué hacer con las manos.
El limbo, siempre oportunista, decide mostrar algo más.
No es un objeto esta vez. Es una sensación compartida.
De pronto, ambas sienten el mismo tirón interno, como si alguien hubiera tocado una cuerda tensa dentro de sus pechos. No duele. Pero obliga a mirar hacia adentro.
Engfa ve —no con los ojos, sino con algo más hondo— una escena incompleta: una habitación cerrada, voces alzándose, una palabra repetida demasiadas veces. Quédate. Quédate. Quédate.
Charlotte se lleva la mano al pecho al mismo tiempo.
─¿Tú también…? ─susurra.
Engfa asiente, con la respiración irregular.
─Sí.
La escena se disuelve, pero deja residuo. Un eco emocional.
Charlotte se gira lentamente.
─Yo decía eso ─afirma─. Yo pedía que se quedaran.
Engfa siente un peso nuevo.
─¿Cómo lo sabes?
─Porque la voz… ─Charlotte se toca la garganta─. Era mía.
El limbo guarda silencio. No confirma ni niega. No hace falta.
Engfa siente una oleada de compasión mezclada con miedo.
─Eso no te hace mala.
Charlotte niega, desesperada.
─Depende de cómo lo dijera. Depende de cuántas veces. Depende de si la otra persona ya no podía respirar.
Engfa recuerda la sensación de ahogo. No como memoria, sino como reconocimiento.
─¿Y yo? ─pregunta Engfa, con cuidado─. ¿Qué hacía yo?
Charlotte la mira largamente.
─Tú… te quedabas.
La respuesta es peor que cualquier acusación.
─No porque quisieras ─añade Charlotte rápido─. Sino porque no sabías cómo irte sin destruir algo.
Engfa siente que el suelo invisible se inclina.
─Eso no suena justo.
─Nada de esto lo es ─responde Charlotte─. Pero se siente verdadero.
El aire se espesa un poco. No castigo. Presagio.
Engfa se sienta frente a Charlotte. No la toca. Esta vez, el espacio entre ambas es deliberado.
─Si eso es cierto ─dice Engfa─, entonces no éramos rehenes del lugar. Éramos rehenes de una dinámica.
Charlotte asiente, con lágrimas silenciosas acumulándose.
─Yo te ataba por miedo. Tú te quedabas por culpa.
Engfa cierra los ojos. La frase encaja con demasiada precisión.
─¿Y eso nos trajo aquí? ─pregunta.
Charlotte mira la puerta a lo lejos.
─Tal vez aquí es donde las cosas se detienen cuando no supimos detenerlas antes.
El limbo parece reaccionar. La niebla se abre un poco más, revelando algo nuevo: un reloj.
No tiene números. Solo dos agujas. Una apenas se mueve. La otra está quieta.
─Genial ─murmura Engfa─. Tiempo.
Charlotte se levanta y se acerca al reloj.
─Mira esto.
Engfa se aproxima, manteniendo la distancia exacta que el lugar permite.
─La aguja que se mueve ─dice Charlotte─ se acelera cuando estamos en silencio.
Engfa observa. Es cierto.
─Y cuando hablamos de… esto ─continúa Charlotte─, se frena.
Engfa siente un nudo en el estómago.
─Entonces el lugar no quiere resolución rápida.
─Quiere que miremos ─dice Charlotte─. Sin escapar.
Engfa siente una resistencia interna inmediata. Mirar implica aceptar. Aceptar implica cambiar.
─¿Y si no nos gusta lo que vemos? ─pregunta.
Charlotte la mira, con una mezcla de tristeza y determinación.
─Entonces por fin será una elección.
El reloj emite un pequeño clic. La aguja quieta se mueve apenas.
Engfa siente un temblor recorrerle la piel.
─Eso fue nuevo.
Charlotte sonríe, nerviosa.
─Creo que… estamos avanzando.
Engfa no está segura de querer hacerlo.
Se sientan juntas frente al reloj, pero sin tocarse. El aire protesta un poco, pero no castiga. Es como si el lugar aceptara la distancia, siempre que sea consciente.
─Dime algo ─dice Engfa─. Si recordamos todo… ¿qué harías distinto?
Charlotte piensa. Mucho.
─Aprendería a soportar el vacío sin convertirlo en una jaula.
Engfa siente la frase como un golpe suave pero certero.
─¿Y tú? ─pregunta Charlotte.
Engfa mira el reloj, la puerta, la niebla.
─Aprendería a irme sin sentir que abandono.
El reloj vuelve a sonar. Clic.
La aguja avanza otro milímetro.
Charlotte deja escapar una risa temblorosa.
─Supongo que eso significa que no somos monstruos.
─Solo humanas ─responde Engfa.
El limbo no se desarma, pero se transforma. La niebla ya no es uniforme. Hay zonas más claras, otras más densas. Como si el lugar estuviera perdiendo su forma fija.
Charlotte se recuesta, mirando hacia arriba.
─¿Sabes qué es lo peor?
Engfa se acuesta a su lado, sin tocarla.
─¿Qué?
─Que incluso sabiendo todo esto… ─Charlotte gira la cabeza para mirarla─, una parte de mí aún quiere que te quedes aquí conmigo para siempre.
Engfa siente un escalofrío.
─Yo también siento algo parecido.
Se miran. La tensión no es romántica ni violenta. Es peligrosa.
─La diferencia ─añade Engfa─ es que ahora sabemos que ese deseo tiene un precio.
Charlotte asiente, con lágrimas que por fin caen.
─Y que no pagar ese precio también duele.
El reloj sigue avanzando, lento pero constante.
La puerta, a lo lejos, parece un poco menos intimidante. No más fácil. Solo… posible.
Engfa se incorpora.
─No creo que la salida sea juntas o separadas ─dice─. Creo que la salida es libres, aunque duela.
Charlotte se levanta también.
─¿Y si al final eso significa perdernos?
Engfa respira hondo.
─Entonces al menos no nos perderemos a nosotras mismas.
El limbo no responde. Pero algo cambia.
La distancia exacta entre ellas ya no provoca presión. El aire se mantiene estable incluso cuando dan un paso más lejos.
Charlotte lo nota.
─Engfa…
─Lo sé ─responde─. Ya no nos castiga.
Se miran, con una mezcla de alivio y miedo puro.
─Eso significa ─dice Charlotte─ que pronto tendremos que decidir.
Engfa asiente.
─Y que esta vez… no podemos escondernos en el "quédate".
El reloj marca otro clic.
La aguja quieta avanza un poco más.
El limbo, paciente, sigue esperando.
Y por primera vez, no se siente como una prisión.
Se siente como un espejo.
El cambio no es inmediato.
Eso es lo primero que Engfa entiende cuando deciden moverse hacia la puerta: el limbo no se abre como un telón ni se ilumina como una salida de emergencia. No hay música, no hay señal clara de "ahora sí". Lo único que hay es una resistencia distinta. No la presión sofocante de antes, sino algo más sutil. Como cuando el cuerpo sabe que va a doler, pero aun así avanza.
Charlotte camina unos pasos por delante.
No porque Engfa se lo haya pedido, ni porque quiera liderar, sino porque necesita comprobar algo con su propio cuerpo: que puede avanzar sin mirar atrás cada dos segundos. Sus hombros están tensos, como si esperara que alguien la llamara para detenerla.
Engfa la observa en silencio.
El espacio entre ellas se estira. No mucho. Lo suficiente para que ambas lo noten.
El aire no castiga.
─Sigue estable ─dice Charlotte, casi sorprendida.
Engfa asiente.
─Eso no significa que sea fácil.
Charlotte suelta una risa nerviosa.
─Nunca lo es.
La puerta parece más grande ahora, o quizá son ellas las que se han vuelto más pequeñas frente a la idea de cruzarla. La madera oscura tiene vetas visibles. Hay marcas en el marco, como si hubiera sido abierta y cerrada demasiadas veces por manos indecisas.
Engfa siente una punzada en el pecho.
─¿Te pasa algo? ─pregunta Charlotte, deteniéndose.
─Sí ─admite Engfa─. Siento que esta puerta ya fue una discusión antes.
Charlotte frunce el ceño.
─¿Cómo?
─Como esas conversaciones donde todo parece una salida, pero nadie se anima a cruzar ─dice─. Donde quedarse duele, pero irse parece imperdonable.
Charlotte baja la mirada.
─Eso… también lo siento.
Se quedan quietas frente a la puerta, sin tocarla. El reloj —ese testigo silencioso— aparece a un costado, como si hubiera decidido acompañarlas. Sus agujas avanzan, constantes.
─No creo que la puerta se abra sola ─dice Charlotte.
Engfa observa la manija.
─Creo que no se abre si la tocamos juntas.
Charlotte la mira, alerta.
─¿Por qué?
Engfa respira hondo.
─Porque todo aquí nos ha empujado a estar juntas sin pensar. Tal vez… abrirla requiere una decisión individual.
La idea cae pesada.
Charlotte aprieta los labios.
─¿Estás diciendo que tenemos que separarnos?
─Estoy diciendo ─corrige Engfa─ que tenemos que elegir, no reaccionar.
El silencio que sigue es distinto a los anteriores. No es miedo puro. Es duelo anticipado.
Charlotte se acerca a la puerta, pero no extiende la mano.
─Si abro yo… ¿tú te quedas?
Engfa niega despacio.
─No. Pero tampoco voy a irme detrás de ti por impulso.
Charlotte traga saliva.
─Eso suena… justo. Y horrible.
Engfa sonríe apenas.
─Las cosas justas suelen serlo.
Charlotte apoya la frente contra la madera. Cierra los ojos.
─Tengo miedo de lo que hay del otro lado.
─Yo también ─responde Engfa─. Pero creo que ese miedo ya no es excusa.
Charlotte se separa de la puerta y se gira hacia Engfa. Hay lágrimas, pero no caen. Se quedan suspendidas, como todo en este lugar.
─¿Y si afuera no estamos juntas? ─pregunta.
Engfa siente la pregunta atravesarle el pecho.
─Entonces aprenderemos a estarlo de otra forma. O no.
Charlotte asiente lentamente.
─Eso es lo que más me duele.
─A mí también.
Dan un paso más de distancia entre ellas.
Nada colapsa.
El aire se mantiene.
Eso, más que cualquier promesa, es una confirmación.
Charlotte exhala con un temblor.
─Creo que ese es el punto.
─Sí ─dice Engfa─. Donde ya no nos necesitamos para sobrevivir… pero todavía nos importamos.
Charlotte extiende la mano hacia la manija.
Se detiene.
La retira.
─No ─dice─. No todavía.
Engfa no se impacienta.
─Está bien.
Charlotte la mira, buscando algo.
─¿De verdad?
─Sí ─responde Engfa─. El camino a la salida no es una carrera. Es… aprender a no volver atrás por miedo.
Charlotte asiente.
─Entonces quiero caminar un poco más antes.
Y el limbo responde.
No con objetos esta vez, sino con pasajes.
El espacio frente a la puerta se abre hacia un corredor amplio, hecho de la misma niebla, pero más definida. En las paredes —si pueden llamarse paredes— aparecen sombras en movimiento. No escenas claras. Siluetas. Gestos.
─¿Qué es eso? ─susurra Charlotte.
Engfa observa con atención.
─Creo que… son intentos.
Caminan por el corredor, una al lado de la otra, pero sin tocarse. Las sombras se mueven como recuerdos que no terminan de solidificarse.
Engfa ve una figura sentada en el borde de una cama, mirando el teléfono sin escribir. Ve una espalda girada. Ve una mano levantada que nunca toca.
Charlotte se detiene frente a otra sombra: dos figuras discutiendo, una avanzando, la otra retrocediendo hasta quedar atrapada contra una pared invisible.
Charlotte se lleva la mano al pecho.
─Eso… eso era yo.
Engfa no pregunta cómo lo sabe. Lo sabe también.
─Y esa ─dice Charlotte, señalando otra escena─ eras tú. Cuando ya no podías decir nada sin que sonara a rendición.
Engfa siente el peso de esas palabras asentarse.
─No gritaba ─dice─. Me cerraba.
Charlotte asiente, con lágrimas cayendo ahora sin resistencia.
─Y yo gritaba más.
Siguen caminando.
Cada paso es un reconocimiento. No hay castigo. No hay juicio. Solo una exposición cruda de lo que fue.
─Esto no se siente como un castigo ─dice Engfa─. Se siente como un aprendizaje tardío.
─O como una despedida bien hecha ─responde Charlotte.
Llegan al final del corredor.
Allí hay otra puerta. No igual a la primera. Esta es más clara, más simple. Sin marcas.
Engfa siente algo distinto frente a ella: no urgencia, sino calma.
─Creo que esta no se abre con fuerza ─dice.
Charlotte apoya la mano.
─Se abre con honestidad.
Engfa sonríe, triste.
─Eso siempre fue lo difícil.
Se miran.
No hay promesas esta vez. No hay "no me sueltes". Hay una pregunta silenciosa: ¿estamos listas?
Charlotte asiente primero.
Engfa la sigue.
Ambas ponen la mano en la puerta, pero no juntas. Lado a lado. Cada una sosteniendo su propio peso.
La puerta se abre.
Del otro lado no hay luz cegadora ni respuestas inmediatas. Hay un espacio amplio, real, con sonidos lejanos. Viento. Algo que se mueve sin pedir permiso.
Charlotte da un paso adelante.
Engfa no la sigue de inmediato.
Charlotte se detiene y mira atrás.
─¿Vienes?
Engfa respira hondo.
─Sí. Pero no porque tenga que hacerlo. Porque quiero.
Charlotte sonríe, y esta vez la sonrisa no pide nada.
Cruzan.
El limbo no se derrumba. No grita. No castiga.
Solo se queda atrás.
Y por primera vez desde que despertaron, Engfa siente algo nuevo y verdadero en el pecho:
No miedo.
Responsabilidad.
El camino a la salida no las separa.
Las devuelve.
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