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𝗺𝗼𝗺𝗺𝘆 𝗱𝗼𝗻'𝘁 𝗸𝗻𝗼𝘄 𖹭.ᐟ fayeatom

08 - Doble espejo

bbyblu

El baño del casino es un lugar que Faye ha aprendido a frecuentar en los últimos días con la intimidad de quien visita un santuario. No es un baño bonito —los azulejos blancos están manchados de humedad antigua, el espejo tiene una esquina desconchada, el ambientador huele a lavanda sintética y a algo peor que prefiere no identificar— pero es un refugio. Un lugar donde puede encerrarse, apoyar las manos sobre el lavabo de mármol agrietado y respirar hondo antes de enfrentarse de nuevo al mundo.

Esta noche, sin embargo, la respiración no le alcanza.

Son las doce y media de la madrugada del miércoles. Afuera, en la sala principal del casino, Atom estará preguntándose por qué se ha ausentado con tanta brusquedad. «Voy al baño», le ha dicho Faye hace diez minutos, soltando su mano con un gesto brusco que no era propio de ella. Y ha echado a andar hacia los lavabos con pasos rápidos, casi huyendo, mientras el corazón le golpeaba en el pecho como un animal enjaulado.

Ahora está aquí, frente al espejo desconchado, contemplando a la mujer que le devuelve la mirada.

No es la misma mujer de hace una semana.

Se apoya en el borde del lavabo con ambas manos, los dedos aferrados al mármol frío, y se obliga a mirarse. A mirarse de verdad. Sin las prisas de las mañanas laborables, sin la penumbra cómplice del dormitorio conyugal, sin las mentiras piadosas con las que ha estado maquillando su conciencia durante los últimos siete días. Se mira como se mira a una desconocida en un vagón de metro, con curiosidad y con desconfianza.

La mujer del espejo lleva el cabello castaño suelto —Atom se lo ha soltado hace un rato, en un gesto juguetón, diciendo que le gustaba más así— y los labios todavía hinchados por los besos que han intercambiado en un rincón oscuro de la sala, lejos de las miradas de los escasos jugadores. Sus ojos, que siempre han sido de un tono indeciso entre la oscuridad y la luz, están ahora ribeteados por un brillo nuevo, casi febril. Sus mejillas están sonrojadas, pero no es el rubor del maquillaje. Es el rubor del deseo. De la excitación. De la anticipación de lo que sucederá cuando salga de este baño y vuelva al apartamento de Camden Town.

Pero hay algo más. Algo que no había visto hasta ahora, hasta este momento de soledad frente al espejo.

Tiene los ojos de una adúltera.

La palabra le golpea el estómago como un puñetazo. Adúltera. La ha estado evitando durante toda la semana, esquivándola como se esquiva a un acreedor, sustituyéndola por eufemismos más amables —«desliz», «aventura», «escape»— pero ahora, en la crudeza fluorescente de este baño de casino, no puede esconderse de ella. Lo que está haciendo tiene nombre. Lo que está haciendo es adulterio. Infidelidad. Traición. Ha besado a otra mujer, se ha acostado con otra mujer, ha gemido el nombre de otra mujer mientras su esposa dormía a pocos kilómetros de distancia, ajena a todo.

Y lo peor, lo verdaderamente aterrador, es lo que ve cuando se mira a los ojos.

No ve culpa.

Busca la culpa. La busca con la misma desesperación con que buscaría una herida abierta, una hemorragia, una prueba tangible de que su conciencia sigue funcionando. Pero no la encuentra. Lo que encuentra es otra cosa. Lo que encuentra es una mujer viva, vibrante, encendida por un fuego que creía extinguido. Una mujer que ha descubierto que su cuerpo todavía puede sentir, que su piel todavía se eriza bajo las caricias de otra persona, que su garganta todavía puede emitir gemidos que no sabía que existían. Una mujer que, por primera vez en años, no está representando un papel.

Se toca los labios con la punta de los dedos. Son los mismos labios de siempre, ni más gruesos ni más finos, pero han aprendido a besar de una forma nueva. Han aprendido a morder, a succionar, a recorrer el cuerpo de Atom centímetro a centímetro. Han aprendido a susurrar obscenidades al oído de una amante, palabras que nunca se habría atrevido a pronunciar en la cama conyugal.

Se toca el cuello. La piel está intacta, sin marcas visibles —Atom ha sido cuidadosa esta noche, le ha dicho «no quiero meterte en problemas» con una consideración que a Faye le ha parecido extrañamente tierna— pero bajo la superficie, en algún lugar invisible, siente el rastro de los dedos de Atom, de su boca, de su lengua. Lleva el cuerpo lleno de caricias fantasma que se superponen como capas de pintura sobre un lienzo.

Y se toca el pecho, justo donde el corazón late con un ritmo acelerado que no se corresponde con el reposo de estar de pie frente a un lavabo. Ta-ta, ta-ta, ta-ta. El corazón de una mujer que está deseando salir de este baño y volver con su amante. El corazón de una mujer que ha dejado de ser la esposa de Dakota para convertirse en algo distinto, algo que todavía no sabe nombrar.

¿En qué momento ocurrió? ¿En qué momento exacto dejó de ser Faye, la mujer correcta, y se convirtió en esta desconocida que la mira desde el otro lado del espejo?

No fue la primera noche, cuando Atom le tendió la mano sobre la mesa de blackjack y le dijo «confía en mí». No fue la segunda noche, cuando la besó bajo la lluvia y el sabor a whisky se le quedó pegado al paladar. No fue la tercera noche, cuando entró en el sótano y descubrió el submundo de póker clandestino que se escondía bajo el casino. No fue la cuarta noche, cuando se acostó con Atom y gritó tan fuerte que los vecinos golpearon la pared.

Fue esta noche. Hace apenas una hora. Cuando Atom le ha enseñado a jugar al póker y ella ha ganado su primer farol. «Has apostado como si tuvieras un full», le ha dicho Atom, y había orgullo en su voz, un orgullo genuino que no tenía nada que ver con la seducción. Y Faye ha sentido algo que no sentía desde hacía años: la satisfacción de aprender algo nuevo, de ser buena en algo que no fuera sumar columnas de números en una hoja de cálculo.

Y luego, después del farol, Atom la ha mirado de esa forma que solo ella sabe mirar —los ojos brillando bajo las luces doradas del casino, la sonrisa torcida, la voz convertida en un susurro— y le ha dicho: «Eres mucho más interesante de lo que quieres aparentar». Y Faye ha pensado: tiene razón. Llevo años aparentando ser alguien que no soy. Llevo años escondiendo esta parte de mí, esta parte salvaje y hambrienta y deseosa de riesgo, bajo capas y capas de normalidad. Y ahora que la he dejado salir, no sé si podré volver a encerrarla.

El espejo le devuelve la imagen de una mujer partida en dos. La Faye de Hampstead —la esposa responsable, la figura materna, la analista financiera— se superpone a la Faye de Camden Town —la amante, la jugadora, la mujer que gime en la cama de una desconocida— como dos fotografías expuestas en el mismo negativo. Dos versiones de la misma persona. Dos vidas que no deberían tocarse pero que conviven en su interior, separadas por una membrana cada vez más fina.

¿Cuánto tiempo podrá mantenerlas separadas? ¿Cuánto tiempo pasará antes de que las dos Fayes colisionen y todo estalle en pedazos?

El móvil vibra en su bolsillo. Un mensaje de Atom.

«¿Estás bien? Llevas mucho rato ahí dentro. ¿Te he roto algo?»

Faye sonríe involuntariamente. La preocupación de Atom es genuina, se nota en la torpeza del chiste, en la forma en que intenta disimular su inquietud bajo una capa de humor. Atom, que se hace la dura, que presume de no necesitar a nadie, que se jacta de ser un desastre sin sentimientos. Atom, que le ha dicho «me estoy enamorando de ti» con los ojos brillantes y la voz temblorosa, como si confesar algo así fuera el mayor riesgo que hubiera corrido en su vida.

«Estoy bien», teclea Faye. «Salgo en un minuto.»

Pero no sale. Se queda un instante más frente al espejo, hipnotizada por su propio reflejo.

Recuerda la primera vez que se miró en un espejo de este casino. Fue hace exactamente siete días, la noche que conoció a Atom. Acababa de ganar su primera mano de blackjack —gracias a los consejos de aquella desconocida de camisa de seda y sonrisa torcida— y se había levantado de la mesa con la excusa de ir al baño. Entonces también se había mirado al espejo. Entonces también había visto algo distinto en su rostro, un brillo nuevo, un color en las mejillas que no recordaba. Pero entonces lo había atribuido a la emoción del juego, a la adrenalina de haber hecho algo prohibido.

Ahora sabe que no era la adrenalina. Era Atom. Era la promesa de algo que todavía no había sucedido pero que ya se intuía en el aire, como la electricidad antes de una tormenta.

Siete días. Solo siete días. Y su vida ha cambiado por completo.

Faye se mira por última vez. Se mira los ojos, los labios, el cuello. Se mira las manos, esas manos que han acariciado a otra mujer, que han aprendido a mover fichas sobre un tapete verde, que han firmado informes financieros por la mañana y han arrancado gemidos por la noche. Son las mismas manos de siempre, pero también son otras. Son las manos de una mujer que vive dos vidas. Las manos de una mujer que ha descubierto que la normalidad era una jaula y que acaba de encontrar la llave para abrirla.

Se aparta del espejo. Se alisa la blusa, se recoloca el cabello, se humedece los labios. La mujer que sale del baño no es la misma que entró. O quizás sí lo es, pero ahora lo sabe. Ahora es consciente de su propia dualidad. Ahora ha visto las dos Fayes reflejadas en el espejo y, en lugar de horrorizarse, ha sentido una extraña paz.

Atom la espera apoyada contra la barra, el vaso de whisky a medio consumir, los ojos fijos en la puerta del baño. En cuanto ve aparecer a Faye, su expresión de preocupación se relaja y esboza una sonrisa de alivio.

─Pensaba que te habías caído por el retrete ─dice.

─Estaba... arreglándome.

─¿Arreglándote? ─Atom arquea una ceja─. Si estás igual que antes.

─No. Estoy distinta.

Atom la observa con atención, los ojos entrecerrados como cuando intenta leer un farol en la mesa de póker. Luego asiente lentamente, como si hubiera encontrado lo que buscaba.

─Sí ─dice─. Tienes razón. Estás distinta. Tienes cara de haber visto algo importante.

─He visto mi reflejo.

─¿Y qué has visto?

Faye se acerca a ella y le roba el vaso de whisky, dando un sorbo que le quema la garganta. Luego se lo devuelve y sonríe, una sonrisa nueva, una sonrisa que no existía hace siete días.

─He visto a una mujer que ya no quiere ser perfecta.

Atom la mira en silencio. Luego alarga la mano y le acaricia la mejilla con el dorso de los dedos, un gesto tan tierno que a Faye se le encoge el pecho.

─Bienvenida al club ─dice Atom─. Las imperfectas somos mucho más divertidas.

. . .

Salen del casino cogidas de la mano, como ya es costumbre. La calle está desierta a esta hora —la una de la madrugada, quizás más— y el frío les golpea el rostro como una bofetada. El cielo de Londres es un manto de nubes negras que ocultan las estrellas, pero a Faye no le importa. No necesita estrellas. Tiene los ojos de Atom brillando en la oscuridad, y eso es suficiente.

Caminan hacia Camden Town en silencio, los tacones resonando contra el asfalto mojado. Las farolas proyectan sombras alargadas sobre las fachadas de ladrillo rojo, y el canal de Regent's Park brilla débilmente a lo lejos, una serpiente de agua negra que serpentea hacia el este. Faye conoce este camino de memoria. Lo ha recorrido varias veces en los últimos días, siempre de noche, siempre en silencio, siempre con el corazón acelerado.

Pero esta noche es distinta. Esta noche no siente la urgencia de las otras veces, esa prisa por llegar al apartamento y encerrarse entre las cuatro paredes del estudio. Esta noche quiere saborear el trayecto. Quiere grabar en su memoria cada detalle: el olor a humedad del canal, el ladrido lejano de un perro, el frío en sus mejillas, la mano de Atom apretando la suya.

─¿En qué piensas? ─pregunta Atom.

─En nada. En todo.

─Vaya respuesta más concreta.

─Pienso en que me gusta caminar contigo. Me gusta este silencio. Me gusta no tener que fingir.

─¿Fingir qué?

─Fingir que soy feliz. ─Faye se detiene bajo una farola y se gira hacia Atom─. Llevo años fingiendo que mi vida es perfecta. Que mi matrimonio es perfecto. Que yo soy perfecta. Y esta noche, en el baño, me he dado cuenta de que ya no quiero hacerlo. No quiero volver a fingir. Al menos no cuando estoy contigo.

Atom la mira en silencio, los ojos brillando bajo la luz anaranjada de la farola. Luego alarga la mano y le aparta un mechón de pelo de la frente, ese gesto que se ha convertido en un ritual entre ellas.

─No tienes que fingir conmigo ─dice─. Conmigo puedes ser la mujer que eres de verdad. La que pierde al blackjack y gana al póker. La que se ríe de mis chistes malos. La que me folla como si se fuera a acabar el mundo. Esa mujer me gusta. Esa mujer me vuelve loca. Esa mujer es la que quiero ver cuando me miras.

Faye siente un nudo en la garganta. Las palabras de Atom son sencillas, casi brutales en su sinceridad, y sin embargo le llegan más hondo que todos los cumplidos que ha recibido en su vida. Porque Atom no le está diciendo que sea perfecta. Le está diciendo que sea real. Que sea auténtica. Que sea la mujer que es cuando está con ella, sin máscaras, sin filtros, sin la coraza de responsabilidad que se pone cada mañana como quien se pone un traje de oficina.

─Vamos a casa ─dice Faye.

─¿A tu casa o a la mía?

─A la tuya. Tu casa es mi casa ahora. Al menos por las noches.

Atom sonríe, esa sonrisa torcida que a Faye se le ha clavado en el corazón como un anzuelo, y reanudan la marcha hacia Camden Town.

El estudio está igual que siempre: las sábanas burdeos revueltas, los libros apilados contra las paredes, el cenicero rebosante de colillas con marcas de carmín. Pero esta noche Faye no lo ve como un refugio ajeno. Lo ve como un hogar. Un hogar pequeño y caótico y lleno de objetos sin valor, pero un hogar al fin y al cabo. El hogar de Atom. El hogar donde ella puede ser la otra Faye, la que no aparece en los informes financieros ni en las cenas familiares.

Atom cierra la puerta y se gira hacia ella. Sus ojos brillan en la penumbra con una intensidad que Faye ya conoce, esa mezcla de deseo y vulnerabilidad que la hace irresistible.

─¿Quieres beber algo? ─pregunta Atom.

─No. Quiero besarte.

─Eso también es beber algo.

Faye se ríe y la besa. Es un beso lento, distinto a los de las otras noches. No tiene la urgencia del primer encuentro, ni la desesperación del segundo, ni la hambre insaciable del tercero. Es un beso tranquilo, casi doméstico, el beso de dos personas que están aprendiendo a conocerse más allá de la cama. Los labios de Atom saben a whisky y a tabaco, y su lengua es cálida y perezosa, y sus manos se posan en las caderas de Faye con una familiaridad que ya no necesita pedir permiso.

─Hoy quiero hacer algo distinto ─murmura Faye contra su boca.

─¿Distinto cómo?

─Quiero desnudarte yo. Despacio. Sin prisas. Como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.

Atom se estremece ligeramente. Es un estremecimiento casi imperceptible, pero Faye lo nota porque tiene los dedos apoyados en sus caderas y siente el temblor que recorre su cuerpo.

─Nadie me ha desnudado nunca despacio ─dice Atom, y su voz es un susurro ronco, casi avergonzado─. Normalmente me desnudo yo. O me arrancan la ropa. No hay término medio.

─Pues hoy hay término medio. Hoy quiero hacerlo bien.

Faye la conduce hacia la cama y la sienta en el borde del colchón. Luego se arrodilla frente a ella —se arrodilla, como si fuera a rezar— y empieza a desabrocharle las botas. Son unas botas negras de tacón, gastadas por el uso, con los cordones anudados de cualquier manera. Faye los deshace con paciencia, uno a uno, y se las quita con cuidado, dejándolas a un lado. Luego le quita los calcetines y le besa los tobillos, los empeines, los dedos de los pies. Atom contiene el aliento.

─Eso es muy raro ─dice.

─¿Raro bueno o raro malo?

─Raro bueno. Creo. No estoy segura. No me habían besado los pies nunca.

─Pues te estaban besando mal.

Faye sonríe y asciende lentamente por sus piernas, los labios rozando las pantorrillas, las rodillas, los muslos. Se detiene en el borde de los pantalones de cuero y los desabrocha con la misma paciencia con que ha desatado los cordones. Atom levanta las caderas para ayudarla, y los pantalones se deslizan por sus piernas y caen al suelo con un susurro de cuero gastado.

Ahora Atom está en bragas, sentada en el borde de la cama, mirando a Faye con los ojos muy abiertos y el pecho agitado. Lleva la camisa de seda negra, la de la primera noche, y Faye se incorpora para desabrocharla. Botón a botón. Con una lentitud exasperante. La seda se abre y deja al descubierto el torso desnudo de Atom, sus pechos pequeños y firmes, el tatuaje de la serpiente que serpentea por su abdomen y se pierde bajo el elástico de las bragas.

─Eres preciosa ─murmura Faye.

─Ya me lo has dicho otras veces.

─Y te lo diré todas las noches que me dejes.

Atom aparta la mirada, incómoda ante el cumplido. Pero Faye le sujeta la barbilla con dos dedos y la obliga a mirarla.

─No apartes los ojos. Quiero que me mires mientras te desnudo. Quiero que veas que esto no es solo sexo para mí. No sé qué es exactamente, pero no es solo sexo.

Atom traga saliva. Sus ojos están vidriosos, como si estuviera al borde de las lágrimas, pero no llora. Atom no llora nunca, o al menos eso dice ella. Se muerde el labio inferior y asiente lentamente.

─De acuerdo ─susurra─. No aparto los ojos.

Faye termina de quitarle la camisa y la deja caer al suelo. Luego le quita las bragas, deslizándolas por sus piernas con la misma lentitud exasperante. Atom se queda desnuda frente a ella, completamente expuesta, y por primera vez desde que se conocen, parece vulnerable. No es la jugadora de póker, ni la seductora, ni la bomba atómica. Es solo una chica de veinticuatro años con el cuerpo lleno de cicatrices y los ojos llenos de miedo.

─Ahora tú ─dice Atom, la voz ronca.

Faye se desnuda a su vez, pero no se toma las mismas molestias que con Atom. Se quita la ropa con movimientos rápidos, casi bruscos, y en cuestión de segundos está igual de desnuda frente a ella. Luego la empuja suavemente sobre el colchón y se tumba a su lado, los cuerpos pegados, las piernas entrelazadas.

Esta noche no hay arneses ni juguetes. Esta noche solo hay piel contra piel, boca contra boca, dedos que exploran sin prisa. Faye recorre el cuerpo de Atom centímetro a centímetro, besando cada cicatriz, cada lunar, cada fragmento de tinta del tatuaje de la serpiente. Atom gime suavemente bajo sus labios, los dedos enredados en el cabello de Faye, las caderas moviéndose con un ritmo lento y acompasado.

Se tocan al mismo tiempo. Es la primera vez que lo hacen así, sin turnos, sin roles definidos. Los dedos de Faye encuentran el sexo de Atom al mismo tiempo que los dedos de Atom encuentran el suyo, y las dos se acarician con una sincronía perfecta, como si llevaran años haciéndolo. Los gemidos se mezclan, los latidos se sincronizan, el placer se multiplica.

Cuando llegan al orgasmo, lo hacen casi al mismo tiempo, un clímax compartido que las deja jadeantes y sudorosas sobre las sábanas burdeos. Atom se ríe, una risa floja y postorgásmica que le ilumina el rostro, y Faye la besa en la frente, en la nariz, en los labios.

─Ha sido... ─empieza Atom.

─No lo digas.

─¿El qué?

─Que ha sido increíble. Siempre dices lo mismo.

─Porque siempre es increíble. ─Atom se acurruca contra su costado, la cabeza apoyada en su hombro─. Eres increíble. Y yo soy una idiota por estar colándome por ti.

Faye no responde. No sabe qué responder. Sabe que Atom está enamorándose —se lo dijo el otro día, con los ojos brillantes y la voz temblorosa— y sabe que ella misma está sintiendo algo que se parece peligrosamente a lo mismo. Pero no quiere ponerle nombre. No quiere etiquetarlo. No quiere admitir que esto ha dejado de ser un escape para convertirse en algo más profundo, más real, más amenazador.

Se quedan dormidas así, enredadas la una en la otra, mientras la lluvia vuelve a golpear los cristales de Camden Town.

. . .

Por la mañana, Faye regresa a Hampstead con el sigilo de costumbre. El sol todavía no ha salido —en octubre amanece tarde— y las calles están envueltas en una neblina fría que lo difumina todo. Conduce con el piloto automático, la mente en blanco, el cuerpo todavía vibrando con los ecos de la noche.

Cuando entra en casa, las luces están encendidas en la cocina.

Dakota está sentada a la mesa del desayunador, con una taza de café entre las manos y el periódico abierto frente a ella. Lleva el batín de seda marfil y el cabello recogido en un moño improvisado, y sus ojos se levantan hacia Faye en cuanto esta cruza el umbral.

─Buenos días ─dice Dakota.

─Buenos días. ─Faye cuelga el abrigo en el perchero con gestos automáticos─. Te has levantado pronto.

─No podía dormir. Otra vez. ─Dakota da un sorbo a su café y la observa por encima del borde de la taza─. ¿Has estado caminando toda la noche?

─Sí. Me perdí por Camden. Ya sabes.

─Sí. Ya sé.

El tono de Dakota es neutro, pero hay algo en sus ojos que Faye no alcanza a descifrar. No es sospecha, no exactamente. Es algo más sutil, más ambiguo. Es la mirada de alguien que está esperando algo. Algo que no llega.

─¿Quieres que te prepare el desayuno? ─ofrece Faye, por decir algo.

─No. No tengo hambre. ─Dakota se levanta de la mesa y deja la taza en el fregadero─. Voy a despertar a Mateo. Hoy hay que llevarlo al dentista, ¿recuerdas?

─Sí. Claro. El dentista.

Dakota sale de la cocina sin añadir nada más. Faye se queda sola, de pie junto a la encimera de cuarzo blanco, sintiendo el peso de la noche sobre sus hombros. La casa está en silencio, salvo por el tictac del reloj de pared y el zumbido de la nevera. Todo está en orden. Todo está exactamente donde debería estar.

Pero Faye ya no está donde debería estar.

Faye está en dos sitios a la vez.

Y no sabe cuánto tiempo podrá seguir así.

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