03
La mañana llega con la misma solemnidad que la noche anterior. El silencio en la mansión de Faye Malisorn es casi absoluto, roto solo por el ocasional sonido de pasos discretos de los pocos empleados que trabajan allí.
Yoko se despierta desorientada, sus ojos recorriendo la habitación desconocida que todavía no siente suya. Por un momento, su mente olvida dónde está, pero la realidad la golpea con fuerza: está en la casa de Faye. Ahora, pertenece a ella.
Se sienta en la cama, sus dedos jugando nerviosamente con el dobladillo de su camisón. La noche fue larga, llena de sueños inquietos y preguntas sin respuesta. Mira hacia la puerta, temerosa y curiosa al mismo tiempo. No sabe qué se espera de ella hoy.
Un golpe seco en la puerta rompe el silencio. Yoko se pone de pie de inmediato, el corazón acelerándose. Antes de que pueda responder, la puerta se abre lentamente, y ahí está Faye, imponente como siempre, vestida con un traje negro impecable.
─Buenos días ─dice Faye con su tono frío y distante. No es una pregunta, ni un saludo amistoso. Es más una formalidad mecánica.
─B-buenos días ─responde Yoko en un hilo de voz, evitando el contacto visual.
Faye entra en la habitación con pasos medidos, inspeccionando el espacio con una mirada que parece juzgar hasta el más mínimo detalle. Finalmente, se detiene frente a Yoko, cruzando los brazos sobre el pecho.
─Es hora de establecer algunas reglas. ─Su voz es firme, dejando claro que no hay lugar para objeciones.
Yoko asiente rápidamente, sintiendo cómo su estómago se contrae.
─Primero, no saldrás de esta casa sin mi permiso. Todo lo que necesites estará a tu disposición aquí. ─Faye hace una pausa, su mirada evaluando la reacción de Yoko. Al ver que no hay señales de desacuerdo, continúa:─ Segundo, cuando estés en mi presencia, siempre me obedecerás. No me gusta repetir las cosas.
Las palabras de Faye caen como cuchillas, pero Yoko asiente nuevamente, tratando de mantener la calma.
─Y tercero… ─Faye da un paso más cerca, inclinándose ligeramente hacia ella, lo suficiente como para que Yoko pueda sentir su presencia de forma abrumadora─. Aquí, tú eres mía. No solo en el papel, sino en todos los sentidos. ¿Entendido?
Yoko siente un escalofrío recorriendo su espalda. Sus manos tiemblan ligeramente, pero logra responder:
─Sí… entendido.
Por un momento, el silencio se instala entre ambas, pesado e incómodo. Faye mantiene su mirada fija en ella, como si buscara algo más allá de las palabras. Luego, retrocede un paso y vuelve a adoptar su postura rígida.
─Te daré tiempo para adaptarte. No espero perfección, pero sí espero obediencia. ─Faye se da la vuelta y se dirige a la puerta, pero antes de salir, se detiene─. En una hora, baja al comedor. Te estaré esperando.
Sin más, Faye sale de la habitación, dejando a Yoko sola una vez más.
Yoko se deja caer en la cama, con el corazón aún latiendo con fuerza. Las reglas son claras, pero la tensión que siente no proviene solo de las palabras de Faye. Hay algo en la forma en que la mira, en el tono de su voz, que la hace sentirse atrapada, pero también… intrigada.
"¿Qué quiere realmente de mí?" se pregunta Yoko, mirando hacia la puerta cerrada.
Mientras tanto, Faye desciende las escaleras con la mente llena de pensamientos. Había sido dura, lo sabe, pero no puede permitirse ser de otra forma. Control y orden son todo lo que conoce, y Yoko… Yoko amenaza con desestabilizar eso, aunque no lo admita.
Bebe un sorbo de café en el comedor mientras espera, su mirada fija en la puerta. Por primera vez en mucho tiempo, se siente… expectante. Y eso la desconcierta.
Yoko baja las escaleras con pasos tímidos, sus manos aferrándose al pasamanos como si fuera un ancla que la mantuviera firme. A cada paso, su mente repite las palabras de Faye: "Aquí, tú eres mía." No puede evitar sentir un nudo en el estómago, una mezcla de miedo, incertidumbre y algo más que no puede nombrar.
Cuando llega al comedor, encuentra a Faye sentada al final de una larga mesa de madera oscura. La luz matutina entra a raudales por los ventanales, bañando la escena en un brillo cálido, pero la presencia de Faye parece contradecir esa calidez. Está impecable como siempre, con una taza de café en una mano y un periódico en la otra. Su postura es relajada, pero su rostro permanece inmutable.
Yoko se detiene en el umbral, insegura de si debe avanzar. Faye levanta la mirada al notar su presencia, sus ojos grises examinándola con detenimiento.
─Llegas a tiempo. ─Su tono es neutral, sin rastro de aprobación ni reproche. Señala con un gesto la silla frente a ella─. Siéntate.
Yoko obedece, moviéndose con cuidado como si temiera romper algo. La silla cruje ligeramente bajo su peso, y su mirada se mantiene fija en sus manos mientras intenta ignorar la intensidad de la mirada de Faye.
Un empleado entra con un carrito y comienza a colocar el desayuno frente a ellas. Platos decorados con frutas, pan recién horneado, y una tetera humeante llenan la mesa. Yoko no está acostumbrada a tanto lujo; el contraste con su vida anterior es abrumador.
─Come ─ordena Faye con suavidad, pero sin lugar a debate.
Yoko asiente, tomando un pequeño trozo de pan mientras sus manos tiemblan ligeramente. Cada bocado se siente como un esfuerzo, no porque no tenga hambre, sino porque el ambiente es sofocante.
─¿Siempre estás tan callada? ─pregunta Faye de repente, rompiendo el silencio con su voz grave.
Yoko levanta la mirada rápidamente, sorprendida por la pregunta. La intensidad de los ojos de Faye la hace dudar de cómo responder.
─Yo… no estoy acostumbrada a hablar mucho ─admite en voz baja, mirando de nuevo su plato.
Faye ladea ligeramente la cabeza, como si estuviera evaluando esa respuesta. Hay algo en la timidez de Yoko que despierta su curiosidad, aunque no lo demuestra.
─Eso cambiará. Si vas a estar aquí, quiero escucharte. No tengo tiempo para leer mentes.
La declaración es directa, casi brusca, pero Yoko percibe algo detrás de esas palabras. No sabe si es una orden o un intento torpe de conexión. Decide arriesgarse.
─¿Por qué me eligió? ─pregunta de repente, sorprendida incluso por su propia osadía.
Faye se detiene, dejando la taza de café sobre la mesa con cuidado. Sus ojos se clavan en Yoko, y por un momento, el aire parece volverse más denso.
─Porque quise hacerlo. ─Su respuesta es simple, pero su tono lleva un matiz que Yoko no logra descifrar.
Yoko siente un leve rubor subiendo a sus mejillas. Esa respuesta, aunque directa, no aclara nada, y sin embargo, no se atreve a insistir.
Faye, por su parte, se reclina en su silla, observándola con una mezcla de interés y frustración consigo misma. No sabe por qué dijo eso. Podría haber dado una respuesta más calculada, más fría, pero algo en la vulnerabilidad de Yoko la hace reaccionar de formas inesperadas.
─Termina tu desayuno. Hoy quiero mostrarte la casa. ─Faye cambia de tema abruptamente, retomando su taza de café.
Yoko asiente, aunque su corazón late con fuerza ante la idea de pasar más tiempo con Faye. Cada palabra, cada mirada de la alfa parece envolverla, haciéndola sentir diminuta pero, de algún modo, importante.
Mientras ambas continúan desayunando en silencio, el espacio entre ellas se siente menos frío. Hay una tensión latente, algo que ambas sienten pero que ninguna se atreve a nombrar. Sin saberlo, ambas han comenzado a cruzar un umbral del que no hay vuelta atrás.
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