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𝘂𝗻𝗵𝗼𝗹𝘆 𖹭.ᐟ lingorm

parte dos

bbyblu

La luz de la mañana se filtra por las grandes ventanas del aula de filosofía, polvorienta y dura, un mundo fuera de la penumbra íntima de su habitación. Orm Setrathanapong se siente como un espectro desplazado, una criatura nocturna sorprendida por el día. Cada hueso le duele, no de un esfuerzo físico, sino de la tensión sostenida, del desgarro emocional de la noche anterior. La caída de la máscara blanca al suelo resonaba aún en sus oídos, un eco metálico que se mezclaba con el zumbido persistente del portátil ya apagado.

Sus dedos, ahora limpios de lubricante y perfumados con una loción neutra, acarician la cubierta de su cuaderno de notas. Anotan palabras automáticamente: "Hegel", "dialéctica", "espíritu absoluto". Pero su mente está en otra parte. Está en la pantalla, en esas letras góticas que prometieron proximidad. "Y pronto no necesitarás cámaras para saberlo." La amenaza, o la promesa, le ha robado el sueño. Se siente expuesta, vulnerable, como si al quitarse la máscara digital hubiera desgarrado una capa de su piel y ahora todo el mundo, empezando por la luz cruda de la mañana, pudiera ver la marca invisible de K.

El sonido de tacones afilados que repiquetean en el linóleo del pasillo corta el murmullo de la clase como un cuchillo. Un silencio expectante se apodera del ambiente. Orm, junto con todos sus compañeros, vuelve la cabeza hacia la puerta. Y entra ella.

La profesora Lingling Kwong es una mujer que impone silencio antes de pronunciar palabra. Aunque no tan alta, de espalda recta y movimientos económicos y precisos, viste un traje pantalón de un gris oscuro casi negro, impecablemente planchado, que se ciñe a su figura delgada pero poderosa. Su cabello negro azabache está recogido en un severo moño bajo que no deja escapar un solo cabello, acentuando la línea de su mandíbula, fuerte y definida. Sus ojos, de un corte penetrante, recorren el aula con una frialdad que hace bajar la temperatura varios grados. No sonríe. Su presencia es una afirmación de autoridad absoluta.

Orm siente que el corazón se le acelera de una manera completamente diferente a la del stream. Es un latido alto, atrapado en la garganta, un nudo de ansiedad y... algo más. Algo que la avergüenza y la excita al mismo tiempo. Porque Lingling Kwong es hermosa de una manera que corta, como un diamante tallado para herir. Y Orm, en secreto, ha albergado un crush silencioso, adolescente, hacia esa figura de autoridad inalcanzable. Pero hoy, después de la noche anterior, ese crush se ha teñido de colores oscuros y peligrosos.

Mientras Lingling coloca su bolso de cuero sobre el podio y comienza a hablar con una voz clara, modulada y tan fría como su mirada, Orm no puede evitar jugar con el fuego de la comparación. El tono de K en el chat era un susurro oscuro, caliente, cargado de intimidad obscena. La voz de la profesora Kwong es pública, un instrumento de diseminación de conocimiento que no admite réplica. Pero... ¿y si? La pregunta nace de la parte más temeraria de su mente, alimentada por el agotamiento y la adrenalina residual.

¿Y si esa boca, que ahora desgrana los conceptos de la fenomenología con precisión de relojería, fuera capaz de susurrar las mismas palabras sucias, las mismas órdenes posesivas que K? La idea es un choque eléctrico que le recorre la columna vertebral. Se imagina esos labios, finos y siempre apretados en una línea de severidad, pronunciando su nombre no como "Orm", sino con el tono ronco y demandante de K. Se imagina esas manos, de dedos largos y uñas perfectamente cuidadas sin esmalte, que hojean sus apuntes con desapego, tirando de su cabello o marcando su piel con la misma ferocidad que K prometía.

La fantasía es tan vívida, tan prohibida, que un rubor sube hasta sus mejillas. Baja la mirada al cuaderno, temerosa de que alguien, sobre todo la propia profesora, pueda leer sus pensamientos. Pero no puede evitarlo. Cada gesto de Lingling lo reinterpreta. La forma en que golpea ligeramente el podio con un dedo para enfatizar un punto, ¿no podría ser la misma mano que golpeara su piel en un castigo? La manera en que su mirada se clava en un estudiante que bosteza, paralizándolo, ¿no era la misma intensidad posesiva con la que K la observaba a través de la cámara?

Orm se siente mareada. La línea entre su vida secreta y su vida real, que siempre había mantenido con tanto cuidado, se está volviendo peligrosamente delgada, y en el centro de ese desmoronamiento está la figura imposible de la profesora Kwong.

La clase avanza y Orm intenta, en vano, concentrarse. Las palabras de Lingling sobre la "conciencia desdichada" le parecen irónicamente apropiadas. Ella es la conciencia desdichada, dividida entre la omega sumisa que anoche gimió para una pantalla y la estudiante que hoy trata de pasar desapercibida.

─La autoconciencia ─dice Lingling, paseando su mirada por el aula─ solo puede encontrarse a sí misma a través del reconocimiento de la otra conciencia. Pero este reconocimiento es una lucha a muerte. Una lucha por la dominación.

Sus palabras, puramente académicas, resuenan en el interior de Orm con una fuerza devastadora. ¿No era eso exactamente lo que ocurría entre alfa y omega? ¿Una lucha por la dominación donde el reconocimiento solo llegaba a través de la sumisión? ¿Era K reconociéndola a través de la pantalla? ¿Era ella, ahora, reconociendo a una alfa potencial en la fría figura de su profesora?

La mirada de Lingling, en uno de sus barridos habituales, se posa en Orm. No es un vistazo prolongado, no es diferente al que dirige a cualquier otro estudiante. Pero para Orm, en tal estado, es como si un rayo láser la hubiera alcanzado. Esos ojos oscuros, inteligentes e impenetrables, parecen ver más allá de sus gafas de estudiante aplicada, más allá de su ropa anodina. Parecen ver la humedad que recuerda entre sus piernas, las lágrimas que secaron en sus mejillas, la marca fantasma del plug de vidrio. Siente una pulsación cálida y vergonzosa en su bajo vientre. Su esencia omega, que anoche liberó sin control, parece agitarse ahora, confundida, ante la presencia de esta alfa que emana un poder tan distinto, tan terriblemente real.

Fantasea con lo imposible: que Lingling se acerque a su pupitre, que se incline y, en un susurro que solo ella pueda oír, le repita uno de los mensajes de K. "¿Has pensado en mí hoy, omega? ¿Has tocado ese lugar donde te pertenezco?" La imagen es tan poderosa que Orm tiene que apretar las piernas bajo el asiento. Se pregunta cómo sería el aroma de Lingling. K era anónima, un fantasma sin olor. Pero Lingling... debe de oler a algo limpio, severo, como jabón neutro y talco, tal vez con un toque de tinta de papel antiguo. Un aroma que contrastaría brutalmente con la crudeza de sus supuestos deseos.

La campana que anuncia el final de la clase suena como un disparo, haciendo que Orm salte en su asiento. Los estudiantes comienzan a recoger sus cosas con rapidez, ansiosos por escapar de la atmósfera opresiva que Lingling impone. Orm hace lo mismo, con movimientos torpes, deseando fundirse con la multitud y llegar a la seguridad de su hogar, a la cueva donde puede ser Mór otra vez y procesar lo ocurrido.

Pero el destino, o la mano de una alfa que juega con ella, tiene otros planes.

─Señorita Orm ─la voz de Lingling no levanta el tono, pero corta el murmullo de la clase con la eficacia de una guillotina.

Orm se congela. Su nombre, pronunciado por esa voz, suena a sentencia. Todos sus compañeros la miran por un segundo, con una mezcla de curiosidad y lástima, antes de seguir su camino. Ser citado por la profesora Kwong nunca es bueno.

Orm alza la mirada y se encuentra con los ojos de Lingling. La profesora está de pie detrás del podio, observándola sin pestañear. No hay enfado en su expresión, solo esa frialdad habitual, pero ahora parece más intensa, más personal.

─¿Sí, profesora Kwong? ─logra articular, con una voz que le sale débil y temblorosa.

Lingling no sonríe. Su rostro es una máscara de profesionalidad impasible.

─Quiero verla en mi despacho. Ahora ─dice, y es una orden, no una invitación. Agarra su bolso con un movimiento seguro─. Es acerca de su último ensayo. Hay... aspectos que necesito discutir con usted en privado.

El corazón de Orm se hunde y al mismo tiempo se acelera hasta límites peligrosos. Su último ensayo fue mediocre, lo sabe. Lo escribió con la mente nublada por la anticipación de un stream. Pero ¿era eso todo? ¿Era solo el ensayo? La mirada de Lingling parece perforarla, como si esas palabras fueran solo un código, una excusa para algo mucho más grande, algo que Orm no se atreve a nombrar.

La profesora se da la vuelta y sale del aula sin esperar respuesta, sus tacones repiqueteando en el pasillo con una cadencia que a Orm le parece la cuenta regresiva hacia su propio fin. O hacia su principio.

El camino hacia el despacho de la profesora Kwong es el viaje más largo y corto de la vida de Orm. Sigue a la figura espigada y erguida de Lingling a una distancia de unos pasos, como un cachorro asustado. El sonido de sus propios pasos, apresurados y vacilantes, se pierde frente al eco firme y decidido de los tacones de la profesora.

Pasan por pasillos vacíos, lejos del bullicio de las aulas principales. La oficina de Lingling está en una zona más antigua de la universidad, donde la luz es más tenue y el aire huele a polvo de libros y madera envejecida. Orm siente cómo la ansiedad se apodera de ella. ¿Qué aspecto de su ensayo? Había cometido errores, sí, pero no lo suficiente para justificar una citación tan urgente. A menos que... a menos que fuera una excusa.

La idea de que Lingling sea K es una locura, un producto de su imaginación sobrecalentada. Pero la obsesión de K, su promesa de proximidad, y ahora esta citación repentina... las coincidencias se amontonan formando una imagen aterradora y excitante.

Lingling se detiene frente a una puerta de madera oscura, con un nombre grabado en una placa de latón: "Dra. Lingling Kwong". Saca una llave, la introduce en la cerradura con un chasquido seco y abre la puerta.

─Pase ─dice, sosteniendo la puerta para que Orm entre primero.

Orm lo hace, sintiendo cómo la proximidad de la profesora al pasar junto a ella le eriza la piel. El despacho es exactamente como se lo imaginaba: ordenado, minimalista, frío. Estanterías repletas de libros filosóficos perfectamente alineados, un escritorio grande y despejado con un ordenador de sobremesa y una lámpara de luz fría, y una butaca de cuero negro frente al escritorio. No hay plantas, ni fotos personales, ni ningún adorno que sugiera calidez o vida fuera de la academia. Es la guarida de una mente lógica y controlada.

Pero entonces, Orm lo huele. Un aroma. Sutil, casi imperceptible bajo el olor a libros y limpiador, pero ahí está. Es el mismo aroma a sándalo y jazmín, la misma combinación exacta de su gel de baño. El gel que usó anoche antes del stream. Su corazón da un vuelco tan violento que se lleva una mano al pecho. Es una coincidencia, tiene que serlo. Es una fragancia común.

─Siéntese ─indica Lingling, cerrando la puerta con un golpe sordo que hace temblar a Orm. La profesora se dirige a su lado del escritorio y se sienta en su silla de respaldo alto, entrelazando los dedos sobre la superficie de madera pulida.

Orm se sienta con torpeza en la butaca, sintiéndose pequeña y expuesta. La luz de la lámpara le da de lleno, como un interrogatorio.

Lingling la observa en silencio durante lo que parece una eternidad. Sus ojos recorren el rostro de Orm, sus manos aferradas al cuaderno que lleva en el regazo, su postura encogida.

─Su ensayo ─comienza Lingling, su voz tan clara y fría como en el aula─ adolece de una falta de autenticidad preocupante.

Orm baja la mirada. "Es solo el ensayo", se repite a sí misma, sintiendo una punzada de decepción irracional.

─Parece... distraída, señorita Orm ─continúa Lingling─. Como si su mente estuviera en otra parte. Muy lejos de la dialéctica hegeliana.

Orm intenta tragar saliva, pero tiene la boca seca.

─Lo siento, profesora. He estado... un poco cansada.

─¿Cansada? ─Lingling arquea una ceja perfectamente delineada─. O quizás... ocupada en otras actividades. Actividades que demandan una energía considerable. Y una cierta... entrega.

Hay una pausa cargada. El zumbido del ordenador de Lingling llena la habitación. Orm siente que no puede respirar. Las palabras de la profesora son ambiguas, podrían referirse a un trabajo a tiempo parcial, a la vida social... pero la manera en que las dice, con una entonación que parece cargada de doble sentido, la aterroriza.

─No... no entiendo ─musita Orm, levantando la vista para encontrarse de nuevo con los ojos de Lingling.

Y es entonces cuando lo ve. Algo ha cambiado en la mirada de la profesora. La frialdad académica se está agrietando. No es un cambio drástico, es sutil, como el deshielo de un glaciar: lento, implacable y mortal. Hay un brillo nuevo en esa oscuridad, una intensidad que Orm reconoce. Es la misma intensidad posesiva, obsesiva, que ha visto noche tras noche en los mensajes de K.

Lingling se inclina lentamente hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio. Su perfume a sándalo y jazmín se hace un poco más fuerte, envolviendo a Orm en una nube familiar y aterradora.

─Creo que me entiendes perfectamente, Orm ─dice, y el uso de su nombre de pila, sin el "señorita", es una intimidad brutal─. De hecho, creo que últimamente has sido extremadamente... entendible. Para un público muy específico.

Lentamente, sin apartar la mirada de los ojos aterrorizados de Orm, Lingling desliza la mano hacia un cajón del escritorio. Lo abre y saca un objeto. No es un papel, no es un libro. Es un celular. Lo coloca sobre el escritorio, justo bajo la luz de la lámpara.

En el, una imagen de el plug de vidrio azul. El mismo. El que Orm usó anoche en el stream. El que relucía bajo la luz morada antes de ser introducido en lo más profundo de ella, obedeciendo una orden.

El mundo se detiene para Orm. El aire se vuelve irrespirable. Ya no hay duda, no hay espacio para la coincidencia. La evidencia física, obscena e incontrovertible, está ahí, brillando sobre el escritorio impecable de la profesora Lingling Kwong.

La alfa ha dejado de ser un fantasma. Está sentada a un metro de distancia, y su mirada ya no es la de una profesora hacia su alumna. Es la mirada de un depredador que ha acorralado a su presa. Es la mirada de K.

Lingling Kwong permite que una esquina de sus labios se curvee levemente, en algo que no es una sonrisa, sino la expresión de quien ve confirmadas todas sus sospechas y sus deseos.

─Y ahora ─dice su voz, que ha perdido toda su frialdad académica para transformarse en un susurro tan oscuro y peligroso como los mensajes del chat─, creo que es hora de que hablemos de tu... rendición. ¿No te parece, Mór?

El uso de su nombre secreto es el golpe de gracia. Orm ya no puede pensar, solo puede sentir: un miedo paralizante mezclado con una excitación tan profunda y vergonzosa que la hace temblar de pies a cabeza. Está al borde del abismo, y al otro lado no hay pantallas que la protejan. Solo hay la realidad de la mujer que tiene frente a ella, lista para convertir todas sus palabras en acciones.

El silencio en el despacho es tan denso que parece material, como un manto que asfixia a Orm mientras se encoge en la butaca. El celular con la imagen del plug azul descansa en medio del escritorio, brillando bajo la lámpara como un trofeo macabro. No hay duda, no hay escapatoria. Lingling no solo sabe, Lingling es K.

Orm traga saliva, pero la boca le arde seca, como si hubiera tragado arena. Sus manos tiemblan sobre el cuaderno, las uñas marcando la pasta con tanta fuerza que se doblan. Quiere hablar, quiere decir algo, negarlo, inventar una excusa, pero su lengua está atrapada por el peso de esa mirada alfa que la mantiene inmóvil.

Lingling no se mueve de inmediato. Se limita a observarla, el codo apoyado en el escritorio, los dedos largos sosteniendo su barbilla con una calma que hiela la sangre. La tensión es insoportable. Orm siente el pulso desbocado en su garganta, el calor subiendo a su rostro, la humedad renaciendo entre sus piernas como una traición absoluta de su cuerpo.

─Profesora... ─balbucea, apenas un hilo de voz.

─K ─corrige Lingling con un murmullo bajo, grave, cargado de posesión─. Llámame como ya lo has hecho.

El corazón de Orm da un vuelco. El eco de sus propios gemidos de la noche anterior, pronunciando ese nombre, resuena en su memoria como un látigo. Intenta resistirse, pero sus labios tiemblan y el sonido escapa de ellos, frágil, inevitable:

─K...

La comisura de los labios de Lingling se curva, apenas perceptible. No es una sonrisa, es un gesto de satisfacción predatoria. Se incorpora lentamente, apoyando ambas manos sobre la superficie del escritorio. El perfume a sándalo y jazmín se intensifica, rodeando a Orm como una nube sofocante.

─Sabía que eras mía desde la primera lágrima que dejaste caer frente a la cámara ─dice Lingling, su tono firme pero cargado de un calor subterráneo─. Ahora quiero que me lo demuestres aquí, sin pantallas, sin espectadores. Solo tú y yo.

Orm abre la boca para responder, pero el aire se le corta cuando Lingling rodea el escritorio y se aproxima. Sus tacones repiquetean en el suelo de madera, cada paso como un disparo que la empuja más al borde del abismo. Se detiene frente a ella, demasiado cerca. Orm siente el calor de su cuerpo, la sombra de su figura erguida eclipsándola.

Lingling se inclina, apoya una mano en el respaldo de la butaca y la otra en el reposabrazos, atrapándola. El cuero cruje bajo el peso compartido. Orm queda encerrada entre la silla y el cuerpo de la alfa. No hay salida.

─¿Sabes lo que quiero, omega? ─susurra Lingling, tan cerca que el aliento tibio acaricia la oreja de Orm.

Orm cierra los ojos, intentando negarse, pero un jadeo involuntario la delata. Su esencia late con fuerza, traicionándola, llenando el aire con un aroma dulce y vulnerable. Lingling lo inhala, profundo, como si se alimentara de ello.

─Exactamente así me imaginé que olías ─dice, la voz ahora más áspera, más grave─. Jazmín y rendición.

Orm siente las lágrimas brotar de nuevo, no sabe si de miedo o de deseo. Todo su cuerpo vibra bajo esa cercanía. Quiere huir y al mismo tiempo quiere hundirse más en esa presencia sofocante.

Lingling baja la mano que estaba en el reposabrazos y la coloca sobre la rodilla de Orm. Sus dedos ascienden con calma, peligrosamente lentos, por el muslo cubierto de la tela de su falda. El roce es firme, inevitable.

─Mírame ─ordena.

Orm obedece. Levanta la mirada y se encuentra con esos ojos oscuros que ya no son fríos, sino incandescentes, devoradores. Y ahí entiende que no hay escapatoria. Su secreto está roto, su identidad descubierta, su cuerpo marcado. La única salida es rendirse.

─Di quién eres ─exige Lingling.

La voz sale de Orm como un susurro ahogado:

─Soy... Mór.

La mano de Lingling aprieta un poco más el muslo, reclamando territorio.

─No. ─Niega con suavidad, pero con la fuerza de una sentencia─. Eres mi omega.

Orm gime, un sonido bajo, desgarrado, que escapa de su garganta como si la verdad hubiera sido arrancada de lo más profundo de su ser. El calor en su vientre explota, y sabe que, aunque debería estar aterrorizada, su cuerpo ya ha tomado la decisión.

Lingling se aparta apenas para incorporarse y, con un gesto rápido, toma el celular del escritorio. Lo desbloquea con un desliz de dedos y lo gira hacia Orm. En la pantalla, se reproduce el clip de anoche: ella misma, con la máscara ladeada, lágrimas corriendo por sus mejillas mientras sus dedos la penetran y su voz gime el nombre de K.

Orm quiere cerrar los ojos, pero no puede. La vergüenza la quema, la humillación la destroza, pero también la enciende. El recuerdo vivo de esa rendición pública se mezcla con la presencia física de la mujer que ahora la domina en carne y hueso.

Lingling coloca el celular nuevamente en el escritorio y, sin previo aviso, desliza la mano hasta la barbilla de la joven, obligándola a levantar la cabeza. La presión es firme, indiscutible.

─Quiero verte llorar de nuevo, aquí ─dice Lingling, su voz un filo de acero recubierto de seda─. Pero esta vez, quiero que llores sabiendo que nadie más puede tocarte. Solo yo.

Orm tiembla de pies a cabeza. El deseo es insoportable, el miedo absoluto. Está atrapada, pero su cuerpo lo anhela. No hay pantallas, no hay anonimato. Solo la verdad desnuda de ser una omega en manos de su alfa.

─Sí... K... ─jadea, apenas un susurro.

Lingling la suelta con suavidad, pero el gesto no es liberador. Es solo el inicio. Da un paso atrás, su figura recortada contra la luz fría del despacho, y se quita lentamente la chaqueta gris, revelando la camisa blanca ceñida a su torso delgado pero firme. El movimiento es simple, pero cargado de amenaza erótica.

Orm, atrapada en la silla, sabe que está perdida. La promesa de K se cumple en este instante: ya no necesita cámaras para saberlo.

El silencio en la oficina es tan espeso que cada respiración de Orm parece un grito. El celular con la imagen del plug brilla bajo la lámpara como una prueba irrefutable de su pecado, un espejo perverso que refleja su doble vida. Su garganta se cierra. Intenta hablar, pero las palabras se disuelven antes de tomar forma.

Lingling no se mueve de inmediato. La observa con calma, como un cazador que disfruta del temblor de la presa antes de dar el zarpazo. Sus dedos largos acarician el borde del celular, lentos, precisos, como si marcaran un compás secreto.

─Así que... ─su voz es baja, grave, cargada de intención─ eras tú.

Orm se encoge en el asiento. Su piel arde, aunque la temperatura de la habitación es fría. Niega con la cabeza en un reflejo inútil, porque no queda nada que negar. La evidencia está ahí, desnuda como ella lo estuvo anoche.

─Yo... no... ─susurra, pero su voz apenas es un murmullo.

Lingling arquea una ceja. Se inclina hacia adelante, y su perfume a sándalo y jazmín la envuelve. Sus ojos son agujas que atraviesan la máscara de estudiante aplicada.

─No me mientas, Orm. ─El nombre pronunciado con ese tono íntimo le eriza la piel─. Te he visto. Te he escuchado. Has obedecido cada orden que te di.

Orm aprieta los muslos, un calor urgente naciendo en lo más bajo de su vientre. Es ridículo: está aterrorizada y, al mismo tiempo, cada célula de su cuerpo responde a la voz de esa alfa.

─Eres mi estudiante ─continúa Lingling, eligiendo cada palabra con precisión quirúrgica─. Y al mismo tiempo, eres mi omega. No puedo decidir cuál papel me excita más.

Orm ahoga un gemido, mordiéndose el labio. Sus manos sudorosas se aferran al cuaderno sobre su regazo como si pudiera protegerla. Pero Lingling se levanta. Su figura se recorta contra la lámpara, alta, recta, con esa elegancia contenida que ahora parece una amenaza. Rodea el escritorio con pasos lentos, los tacones marcando un compás de sentencia.

Se detiene justo frente a Orm.

─Párate.

Es una orden, seca, sin espacio para la duda. Orm obedece antes de pensarlo. Sus rodillas tiemblan, y siente cómo el aire en la oficina se llena de electricidad. Lingling la mira, y la diferencia de estatura, mínima, se convierte en abismo.

La profesora levanta una mano y, con la yema de un dedo, le levanta el mentón. El contacto es mínimo, pero incendia todo su cuerpo.

─Dime ─susurra Lingling, tan cerca que su aliento roza su piel─. ¿Fantaseaste conmigo, Orm? ¿Me imaginaste dándote las órdenes que tanto ansías?

Orm cierra los ojos, incapaz de sostener esa mirada. Sus labios tiemblan. La respuesta se escapa sin que pueda detenerla:

─Sí.

La sonrisa de Lingling es apenas un destello oscuro en su rostro severo. Retira la mano, pero no se aleja.

─Entonces escucha bien. Aquí no hay cámara. No hay pantalla que te proteja. Solo estamos tú y yo. Y si vas a obedecerme como lo hiciste anoche, lo harás de verdad.

Orm siente un estremecimiento que baja en espiral por su espalda hasta alojarse en su sexo. Su respiración es irregular, jadeante. No puede huir, no quiere huir.

Lingling se aparta apenas lo suficiente para caminar detrás de ella. Orm siente el roce de su presencia en la nuca, en los hombros, como un campo magnético que la paraliza. De pronto, las manos de la profesora caen sobre sus hombros, firmes, posesivas. La fuerza contenida en ese gesto es suficiente para hacerla temblar.

─Deja el cuaderno ─ordena.

Orm obedece. Sus dedos lo sueltan, y el cuaderno cae sobre la silla con un golpe apagado.

Lingling inclina la cabeza hacia su oído.

─Arrodíllate.

El corazón de Orm da un salto tan violento que casi pierde el equilibrio. Nunca, jamás, habría imaginado escuchar esas palabras de labios de su profesora. Y sin embargo, sus rodillas ceden. El suelo frío de madera golpea sus piernas desnudas bajo la falda, y el contraste le arranca un gemido ahogado.

Desde arriba, Lingling la contempla. Sus ojos se entornan, cargados de una mezcla de satisfacción y lujuria.

─Así me gusta. Así estás exactamente donde perteneces.

Orm siente que se derrumba, que cada muro que había construido entre su vida secreta y su vida académica se deshace en un instante. Está de rodillas frente a la mujer que representa ambos mundos: la profesora intocable y la alfa obsesiva que la dominaba en la oscuridad.

Lingling le acaricia el cabello, suave, casi tierna, pero con una posesión evidente.

─¿Ves lo fácil que es? ─murmura, hundiendo los dedos en su melena─. Te pasaste meses obedeciéndome a través de una pantalla. Y ahora lo haces aquí, con tu cuerpo. Con tu sumisión.

Orm jadea, sus labios entreabiertos, la respiración agitada. Siente que su cuerpo entero suplica por más. Por contacto. Por castigo. Por todo lo que Lingling le prometió en el anonimato.

La alfa sonríe, y su voz baja una octava más.

─Eres mía, Mór. Y no pienso compartirte con nadie.

Orm tiembla, incapaz de resistir. El miedo y el deseo se funden en un mismo vértigo, mientras sus rodillas se hunden más en el suelo frío. Y entiende, con una claridad devastadora, que ya no hay marcha atrás.

El silencio en la oficina es como un telón cerrado, denso, expectante. Orm sigue de rodillas, la piel erizada, la respiración rota. El suelo duro le marca las piernas, pero apenas lo siente. Lo único real es la presencia de Lingling, que se erige frente a ella como una sombra total, como una alfa que finalmente ha reclamado a su presa.

Lingling acaricia su cabello con una calma perturbadora, como quien domestica a un animal que ya sabía es suyo. Sus dedos recorren la línea del cráneo, bajan por la nuca, y de pronto tiran fuerte, obligando a Orm a alzar la cabeza.

─Mírame.

Orm obedece. Sus ojos temblorosos se encuentran con los de la profesora, y el abismo que descubre ahí le roba el aire. Ya no hay rastro de la frialdad académica. Solo queda un fuego oscuro, posesivo, que la consume entera.

Lingling se inclina, sus labios casi rozan los suyos.

─Te voy a follar, Orm. Aquí mismo. Como lo fantaseaste anoche.

El gemido de la omega es ahogado, desesperado. Su cuerpo tiembla de anticipación, el calor entre sus piernas es insoportable.

Lingling la levanta con fuerza, tomándola del brazo y la cintura, y la mueve hasta hacer que su espalda choque contra el escritorio. El golpe sordo resuena en la oficina silenciosa. Los libros perfectamente alineados tiemblan un instante antes de volver al orden. Orm se apoya con las palmas en la superficie fría de madera, su pecho oprimiéndose contra la dureza del mueble.

La profesora se coloca frente a ella. Sus manos bajan sin prisa por la línea de su costado, hasta llegar a la curva de su cadera. Aprieta.

─Siempre tan dispuesta ─susurra Lingling, y con un tirón brusco levanta la falda de Orm hasta la cintura. El aire frío acaricia sus muslos desnudos, y Orm siente que el pudor desaparece como ceniza.

─Por favor... ─jadea, apenas capaz de articular palabras.

Lingling ríe suavemente, un sonido bajo que la paraliza y excita al mismo tiempo.

─¿Por favor qué?

Orm aprieta los ojos, las uñas rascando la superficie pulida del escritorio.

─Por favor, cójame.

La confesión se rompe en un sollozo cargado de deseo. Lingling se inclina sobre ella, su cuerpo presionando contra el de Orm, hasta que su boca queda junto a su oído.

─Eso quería escuchar.

Orm está doblada contra el escritorio, las palmas sudorosas aplastadas contra la madera fría, la falda arremangada hasta la cintura. El aire del despacho se espesa hasta volverse irrespirable; cada segundo de silencio es una sentencia, cada respiración de Lingling sobre su nuca, una amenaza que la desarma más que cualquier golpe.

La mano firme de la profesora descansa en su cadera, inmóvil, como si la sujetara en su sitio únicamente con la fuerza de la voluntad. No se mueve. No la toca más allá de esa presión mínima. Pero esa quietud es peor que cualquier violencia. Orm tiembla, las piernas abiertas, la humedad corriéndole entre los muslos y delatándola sin piedad.

─Tanto suplicar... ─susurra Lingling con un filo de desprecio, el aliento tibio rozándole la oreja─. ¿Y para qué? ¿De verdad crees que mereces que te folle?

Orm aprieta los ojos, la cara ardiendo de vergüenza. Quiere asentir, quiere gritar que sí, que la necesita, pero la garganta se le cierra. Todo lo que consigue soltar es un gemido bajo, tembloroso.

Lingling se ríe, un sonido grave y cruel, y su mano sube lentamente por la espalda arqueada de la estudiante. Las uñas apenas rozan la tela fina de la blusa, dejando un rastro eléctrico que le eriza la piel. Cuando llega a la nuca, hunde los dedos en el cabello de Orm y tira fuerte, obligándola a levantar la cabeza.

─Mírame ─ordena.

Orm obedece. Sus ojos se encuentran con los de la alfa en el reflejo oscuro de la pantalla apagada del ordenador. Ve su propio rostro enrojecido, húmedo, vulnerable, y detrás de ella, la figura erguida de la profesora, la mirada encendida de posesión. El contraste la quiebra.

─Eres patética ─dicta Lingling, tirando un poco más del cabello hasta que Orm gime de dolor. Luego baja la voz, más grave, más íntima─. Y al mismo tiempo, eres perfecta. Mi omega obediente, lista para humillarse con tal de sentirme cerca.

Sus dedos se deslizan ahora por la garganta de Orm, presionando apenas lo suficiente para recordarle quién manda. La omega jadea, la saliva acumulándose en su boca, las lágrimas picándole detrás de los ojos.

─Vas a llorar para mí ─susurra Lingling─. Pero no de placer todavía. Quiero que llores de hambre, de frustración. Quiero que me ruegues hasta que tu voz se rompa.

Orm traga saliva con dificultad, el cuerpo ardiendo, la entrepierna palpitante contra la tela de la ropa interior empapada. La presión en su garganta, la mano en su cadera, la presencia implacable de Lingling encima de ella... todo la mantiene al borde de un colapso.

La profesora afloja la mano en su cuello y la desliza despacio hacia abajo, entre los omóplatos, la cintura, hasta llegar a la curva de su trasero. La palma queda apoyada sobre la tela de la falda levantada, sin avanzar. Solo descansa ahí, quemando.

─Pide otra vez ─exige Lingling, con voz baja y cruel─. Pídemelo como una perra.

Orm aprieta los dedos contra el escritorio, el pecho oprimiéndose en busca de aire. La humillación es un filo que la corta, pero el deseo es más fuerte. La voz le sale quebrada, apenas un susurro:

─Por favor... cójame...

La risa de Lingling vibra contra su espalda.

─Todavía no.

Y con esa negativa, Orm siente que se rompe un poco más por dentro.

La mano de Lingling se queda quieta sobre la nalga de Orm, firme, como una marca invisible. El silencio del despacho solo se rompe con la respiración entrecortada de la omega, el golpeteo irregular de su corazón amplificado en los oídos. Entonces, con un movimiento calculado, los dedos de la profesora se deslizan hacia el borde de la tela empapada.

─Mírate ─murmura, inclinándose para que su voz roce la nuca de Orm─. Tan mojada que podrías empapar mis libros con solo abrir las piernas un poco más.

Orm gime, la vergüenza y el deseo estrangulándola a la vez. Sus muslos se tensan, pero Lingling le da una palmada seca en la cadera.

─Abre.

Obedece al instante, separando más las piernas. La madera del escritorio cruje bajo la presión de su cuerpo. Lingling tira de la tela de la ropa interior hacia un lado, despacio, hasta que la humedad pegajosa queda expuesta al aire frío del despacho. Orm jadea, temblando.

─Qué espectáculo tan patético ─susurra Lingling, pasando un dedo lento por el borde de sus labios hinchados, sin penetrar─. Te corres delante de una cámara para desconocidos y ahora me lloras por un roce.

El dedo se desliza apenas sobre la superficie húmeda, recolectando el brillo de su excitación. No entra. No acaricia el clítoris. Solo juega, como un verdugo afilando el cuchillo frente a su víctima.

Orm arquea la espalda, intentando seguir la caricia, pero Lingling retira la mano al instante.

─Quietecita ─ordena, y la voz tiene la fuerza de un látigo.

Con la mano aún húmeda, Lingling le agarra la barbilla, obligándola a girar el rostro hacia un lado. Le unta los propios fluidos en la boca, presionando contra sus labios hasta que Orm los abre sin pensar. La profesora le embadurna la lengua con el sabor salado y dulzón de sí misma.

─Traga. Quiero que sepas cómo sabe tu desesperación.

Orm obedece, los ojos cerrados, el cuerpo ardiendo de humillación y deseo. Una lágrima resbala por su mejilla.

Lingling sonríe, cruel, y vuelve a colocar la mano en su entrepierna, esta vez apretando contra el clítoris por un segundo fugaz, apenas un destello de alivio, antes de retirarse de nuevo.

─No tendrás nada más hasta que me supliques como lo hiciste anoche en la cámara. Quiero escuchar mi nombre de tu boca, alto y claro.

Orm tiembla, las rodillas cediendo bajo ella, el escritorio sosteniendo lo único que le queda de control.

El silencio del despacho se quiebra con los jadeos de Orm, ahogados contra la madera fría del escritorio. Lingling apoya una mano en su espalda, firme, inmovilizándola en esa posición humillante. La otra desciende de nuevo entre sus piernas, los dedos largos rozando la piel húmeda, apenas un toque, un roce que la hace convulsionar.

─Dilo ─exige con voz baja, cada sílaba afilada como un cuchillo─. Dime mi nombre.

Orm aprieta los labios, pero el cuerpo la traiciona: un gemido escapa, tembloroso, suplicante. Lingling le pellizca el clítoris con la yema de los dedos, no con dulzura, sino con crueldad medida, arrancándole un grito.

─¡K! ─estalla Orm, la voz quebrada, desesperada.

Lingling sonríe. Sus dedos se mueven en círculos lentos sobre la carne sensible, jugando con la presión, alternando caricias suaves con sacudidas bruscas. Orm arquea la espalda, sus uñas arañan la superficie pulida del escritorio, lágrimas cayendo sin control.

─Más fuerte. Haz que todo el edificio escuche a quién perteneces.

─¡K! ¡K, por favor! ─gime Orm, su voz ya hecha trizas, cada repetición más rota, más entregada.

Lingling acelera apenas un segundo y luego se detiene, retirando la mano para dejarla colgando al borde del orgasmo. Orm se derrumba contra el escritorio con un sollozo crudo, temblando de frustración.

─Eso es lo que quiero ─murmura la profesora junto a su oído─. Que supliques, que llores, que me entregues cada pedazo de dignidad antes de que te deje correrte.

Su mano regresa de golpe, frotando el clítoris con movimientos rápidos, despiadados, y de nuevo lo retira justo antes de que la ola la consuma. Orm grita de impotencia, la voz rota en un gemido animal.

Lingling le agarra el cabello, tirando hacia atrás hasta obligarla a arquear la espalda. Sus bocas quedan tan cerca que Orm siente el aliento caliente de la alfa sobre los labios.

─No vas a correrte hasta que yo te lo diga. ¿Entendido?

Orm asiente, llorando, con un hilo de voz temblorosa:

─Sí... K...

Lingling la suelta de golpe, dejando que se desplome de nuevo contra el escritorio. La mano de la alfa regresa a su sexo, frotando despacio, cruelmente lento. Cada roce es una tortura.

─Vas a aprender lo que significa ser mía.

El despacho retumba con el golpe seco de una mano contra la carne desnuda. El sonido de la palmada se mezcla con el grito ahogado de Orm, que se arquea contra el escritorio, las lágrimas corriendo libres por su rostro.

Lingling levanta la mano de nuevo y la deja caer con precisión, la piel de la nalga de Orm enrojeciendo bajo la fuerza del castigo.

─Así me gusta ─dice con voz baja, cada palabra cargada de posesión─. Que aprendas a temblar por mi mano.

Orma jadea, con los dedos aferrados al borde del escritorio, los nudillos blancos. El ardor de las nalgadas se mezcla con el calor húmedo entre sus piernas, un dolor que se transforma en placer retorcido.

Lingling le agarra el cabello con fuerza, tirando de su cabeza hacia atrás hasta que el cuello de la omega queda expuesto, vulnerable. Su otra mano desciende despacio por la espalda, rozando el enrojecimiento de la piel castigada antes de darle otra palmada seca, aún más fuerte.

─¿Vas a correrte sin mi permiso? ─escupe la alfa, el aliento tibio golpeándole la oreja.

─N-no... ─balbucea Orm, con la voz quebrada.

El tirón en su cabello se intensifica, obligándola a gemir.

─Más alto.

─¡No! ¡No, K! ─grita, su voz rota por el dolor y la sumisión.

Lingling suelta su melena de golpe y le da otra serie de palmadas rápidas, cada una en un ángulo distinto, como si marcara un territorio en su piel. El sonido de los golpes resuena en la oficina, brutal, indecente.

Orm tiembla, los muslos abriéndose más, el sexo goteando contra la tela ya corrida de su ropa interior. Entre gemidos y sollozos, no puede evitar suplicar:

─Por favor... necesito...

Lingling se inclina sobre ella, presionando su cuerpo erguido contra la espalda de Orm, atrapándola con su peso. Su mano baja entre sus piernas y acaricia el clítoris con apenas un roce, cruelmente insuficiente.

─No se trata de lo que necesitas ─murmura, con voz grave y cruel─. Se trata de lo que yo decido darte.

Su palma vuelve a chocar contra la carne enrojecida, arrancándole otro grito animal, un gemido que ya no sabe distinguir entre dolor y placer.

─Vas a llorar tanto que el suelo de este despacho va a quedar marcado con tu rendición.

La piel de Orm arde, marcada por las nalgadas, y su cuerpo tiembla de pies a cabeza. Lingling la observa desde arriba, disfrutando de la vulnerabilidad exhibida en cada lágrima que corre por sus mejillas.

La mano de la alfa baja despacio entre sus piernas, los dedos encontrando el clítoris hinchado y palpitante. Acaricia en círculos suaves, demasiado suaves, arrancándole un gemido desesperado. Orm arquea la espalda, el pecho aplastado contra la madera fría, los labios entreabiertos dejando escapar un sollozo cargado de alivio.

Y entonces, ¡paf! Otra palmada seca contra la nalga roja. Orm grita, el sonido cortado a la mitad por el choque entre el dolor y la caricia que no cesa en su clítoris.

─¿Ves lo que eres? ─murmura Lingling contra su oído, moviendo los dedos con ritmo lento y calculado─. Una puta llorona que gime igual por el dolor que por el placer.

Orm niega con la cabeza, pero el gemido que le escapa contradice su intento de protesta. Su sexo palpita contra los dedos de la alfa, empapado, mientras las lágrimas le nublan la vista.

Lingling le da otra nalgada, aún más fuerte, y justo después aprieta el clítoris entre dos dedos, rodándolo con crueldad, arrancándole un grito desgarrado.

─Dime qué eres ─ordena, su voz grave y firme.

─S-soy tu omega... ─jadea Orm, temblando, la voz quebrada en un sollozo.

─No te oí.

Otra palmada, otro pellizco cruel en su carne sensible.

─¡Soy tu omega! ─grita Orm, con la garganta rota.

Lingling sonríe, sádica, y acelera el movimiento de sus dedos sobre el clítoris, llevándola al borde del orgasmo, solo para detenerse de golpe. La mano se queda quieta, húmeda, pegajosa contra su piel.

Orm solloza, desesperada, con los muslos abiertos y temblorosos, el cuerpo al borde del colapso.

─Vas a correrte cuando yo decida ─susurra Lingling, lamiendo despacio la lágrima que le resbala por la mejilla─. No antes.

Y con un gesto brusco, vuelve a darle otra nalgada, dejando su piel ardiendo mientras el clítoris late con hambre, sin alivio.

Lingling deja que el silencio pese un instante, su mano descansando aún en el sexo empapado de Orm. La omega jadea, rota, la cara pegada a la madera fría, el cuerpo rendido. Entonces, con una calma calculada, la alfa desliza un dedo entre sus labios húmedos y lo hunde despacio.

Orm gime fuerte, un sonido gutural que le corta la respiración. El cuerpo se le arquea de inmediato, recibiendo el invasor con una mezcla de hambre y vergüenza.

─Así... ─murmura Lingling, empujando más profundo, girando el dedo dentro de ella─. Tan apretada, tan ansiosa, como si hubieras estado esperando solo mi mano.

La humillación arranca lágrimas nuevas. Orm aprieta los labios, pero su cuerpo se mueve por instinto, empujando hacia atrás para buscar más. Lingling lo nota, sonríe cruel y retira el dedo de golpe.

─Puta desesperada.

Una palmada seca resuena en la piel ya enrojecida, arrancándole un grito agudo. Y antes de que pueda recuperarse, Lingling hunde dos dedos a la vez, entrando de golpe, estirándola.

─¡Ahh! ─el grito de Orm se quiebra en un sollozo.

Los dedos de la profesora se mueven despacio al principio, cada empuje calculado, profundo, obligándola a sentir cada centímetro. La otra mano se posa en la nalga castigada, apretando con fuerza, reclamando territorio.

─Llora para mí ─ordena, acelerando el ritmo de repente, los dedos chocando húmedos en el interior de la omega─. Quiero tus lágrimas en mi escritorio.

Orm obedece sin poder evitarlo, su rostro empapado mientras los gemidos se mezclan con sollozos desgarrados. El sonido obsceno de su sexo recibiendo los dedos llena el despacho, indecente, imposible de ocultar.

Lingling se inclina sobre ella, mordiendo su oreja con un roce brutal mientras la penetra más rápido.

─¿Ves lo que eres? Una estudiante de mierda que se convierte en mi omega en cuanto abre las piernas.

Otro golpe seco de su palma contra la nalga acompaña al movimiento de sus dedos dentro de ella, haciendo que Orm grite, su voz quebrada, animal.

Lingling no afloja, cada estocada es un recordatorio de quién manda, cada golpe un sello de propiedad.

─Y no vas a correrte hasta que yo te lo diga.

Los dedos de Lingling se hunden con fuerza, entrando y saliendo de Orm con un ritmo húmedo y obsceno. El sonido de su sexo empapado golpea contra las paredes del despacho, amplificando cada embestida como un eco sucio que la omega no puede silenciar.

Orm se aprieta contra el escritorio, las uñas arañando la madera, intentando encontrar un punto de apoyo mientras el cuerpo le tiembla incontrolable. Cada estocada le arranca un gemido más alto, más roto, hasta que ya no sabe si llora por placer, por dolor o por la vergüenza de estar completamente expuesta.

Lingling curva los dedos dentro de ella, buscando con precisión cruel el punto exacto que la hace convulsionar. Lo encuentra sin esfuerzo y presiona ahí una y otra vez, arrancándole un alarido desgarrado.

─Eso es... ─susurra, con la voz grave, pegada a su oído─. Grita para mí. Haz que el mundo sepa cómo se abre tu omega cuando yo la tomo.

Orm tiembla, la respiración entrecortada, el vientre contrayéndose con violencia. Sabe que está al borde, lo siente en cada músculo, en cada fibra de su cuerpo, el orgasmo creciendo como una ola imparable.

─¡K! ¡K, por favor! ─suplican sus labios, húmedos de lágrimas y saliva.

Lingling sonríe contra su cuello y, justo cuando el temblor se convierte en espasmo, retira los dedos de golpe. La pérdida es brutal. Orm grita, un sollozo de frustración que le quiebra la garganta.

Se desploma sobre el escritorio, el pecho subiendo y bajando con violencia, los muslos empapados, el cuerpo en shock por la negación.

Lingling la observa, la mano húmeda brillando bajo la luz del despacho. Se la lleva a los labios y chupa lentamente sus propios dedos, saboreando la desesperación de Orm.

─Deliciosa ─murmura─. Pero todavía no has llorado lo suficiente.

Orm llora de verdad ahora, el rostro escondido contra la madera, las lágrimas corriendo libres mientras su cuerpo sigue temblando, hambriento, sin alivio.

Lingling le acaricia la nuca con una ternura cruel, como si domara a un animal que ya ha sido quebrado.

─Cuando te corras, será porque yo te lo ordene. No antes.

Lingling vuelve a hundir los dedos en Orm de golpe, sin aviso. La omega jadea como si hubiera estado ahogándose y de pronto recibiera aire, su cuerpo arqueándose contra el escritorio. La alfa no pierde tiempo: curva los dedos y comienza a penetrarla con un ritmo despiadado, directo, apuntando una y otra vez al punto exacto que la hace chillar.

─Ahora sí ─susurra Lingling, su voz grave, un látigo que se clava en su oído─. Te vas a correr cuando yo lo decida.

Su otra mano desciende hasta el clítoris hinchado, frotándolo con presión firme, sin piedad. El contraste es brutal: una mano dentro, otra torturando fuera, cada caricia una orden, cada empuje un sello de posesión.

Orm grita, ya incapaz de contenerse, la garganta rota en gemidos que se mezclan con sollozos. Su cuerpo tiembla, los muslos temblorosos abiertos de par en par, la madera del escritorio arañada por sus uñas.

─¡K! ¡K, me voy a correr! ─ruge, casi en llanto.

Lingling acelera aún más, los dedos empapados entrando y saliendo con un sonido húmedo y obsceno que llena la oficina. Su voz se convierte en un gruñido bajo, dominador:

─¡Hazlo!

La orden explota en el aire como un disparo. El cuerpo de Orm se quiebra de inmediato: un orgasmo violento la atraviesa, convulsionando bajo el control de Lingling. Su grito retumba contra las paredes, mezcla de placer y rendición absoluta, mientras las lágrimas caen a raudales sobre el escritorio.

La alfa no se detiene al instante. Mantiene el ritmo un par de segundos más, obligando a Orm a cabalgar las ondas del clímax hasta que se deshace en sollozos desgarrados. Solo entonces retira los dedos, dejándola temblando, jadeante, hecha pedazos.

Lingling se lleva la mano húmeda a la boca y lame despacio, los ojos fijos en la omega derrotada.

─Así se hace ─murmura, con una calma cruel─. Ese orgasmo no era tuyo. Era mío.

Orm se queda derrumbada sobre el escritorio, el cuerpo sudoroso, las piernas temblando. No hay fuerza en ella, no hay resistencia. Solo sumisión total.

Lingling le acaricia el cabello con una dulzura envenenada.

─Y ahora que has aprendido... vamos a empezar de verdad.

Lingling se separa apenas un paso, lo suficiente para desabrochar con calma los botones de su pantalón. El sonido del cierre metálico al bajar llena el despacho como un trueno. Orm, todavía apoyada contra el escritorio, siente el corazón golpearle en la garganta. Sabe lo que viene, y el simple pensamiento la hace temblar de miedo y deseo.

La alfa se acomoda detrás de ella, y el roce duro, caliente y firme de su polla se apoya contra la entrada húmeda y palpitante de Orm. La omega jadea, un sollozo entrecortado escapándole de los labios.

─¿Sientes eso? ─murmura Lingling, inclinándose sobre su espalda, la voz grave vibrando contra su piel─. Esto es lo que estuviste rogando cada noche, aunque no lo supieras.

Orm aprieta los dedos contra la madera, la respiración descontrolada. Asiente con la cabeza, incapaz de articular palabra.

Lingling sonríe contra su oído y empuja apenas la punta, lo justo para estirar la entrada sensible. Orm grita, el sonido ahogado contra el escritorio, mientras su cuerpo tiembla y se contrae alrededor de ella.

─Tan apretada... ─gruñe la alfa, sujetándola de la cadera para inmovilizarla─. Tan mía.

Empuja un poco más, centímetro a centímetro, lenta y cruelmente, como si saboreara cada segundo de resistencia. El dolor se mezcla con el placer en el vientre de Orm, arrancándole lágrimas nuevas que se deslizan por su rostro.

─Por favor... ─gime ella, con la voz quebrada, jadeando─. Más...

Lingling se detiene de golpe, enterrada solo a medias, disfrutando de la desesperación que palpita en el cuerpo de su omega. Le da una palmada seca en la nalga enrojecida y tira de su cabello hacia atrás, obligándola a arquear la espalda.

─No dictas lo que recibes, Orm ─escupe, con la voz tan baja que parece un gruñido─. Te lo doy cuando yo quiero. Y si quiero, te quedas así, medio follada, llorando por mí.

Orm llora, gimiendo, el cuerpo temblando, cada músculo suplicando por más. Lingling empuja otro poco, despacio, estirando la agonía, haciéndola sentir cada pulgada.

─Eso es... sufre, gime, rompe esa garganta por mi nombre.

Orm grita "¡K!" en un sollozo desgarrado justo cuando Lingling se hunde un poco más, casi completa, pero sin darle todavía la estocada final. La omega se retuerce, presa de una necesidad insoportable, la piel empapada de sudor, la voz hecha trizas en súplicas.

Lingling muerde su cuello, gruñendo posesiva:

─Aún no sabes lo que es ser tomada por un alfa de verdad.

Y permanece ahí, enterrada en ella a medias, disfrutando de la desesperación, antes de empujar otro centímetro más, lenta, cruel, devastadora.

Lingling aprieta más fuerte la cadera de Orm, inmovilizándola contra el escritorio. Su respiración es un gruñido bajo, contenida, como un depredador a punto de dar el zarpazo. Y entonces empuja de golpe, hundiéndose hasta el fondo.

Orm grita, un alarido crudo que rebota contra las paredes del despacho. Su cuerpo se arquea con violencia, las uñas resbalando por la madera pulida, incapaz de resistir el estirón brutal que la llena de una sola vez.

Lingling se queda quieta, enterrada hasta la base, disfrutando del temblor desesperado de la omega. Su voz suena grave, ronca, como si le hablara desde dentro:

─Así. Rota, abierta, donde siempre debiste estar.

Orm jadea, lágrimas cayendo por sus mejillas. Siente el calor ardiente de Lingling llenándola por completo, un peso insoportable que al mismo tiempo la incendia de deseo.

─Más... por favor... ─balbucea, la voz rota, los muslos temblando.

Lingling obedece, pero a su manera: empieza a moverse lento, retirándose casi por completo para luego volver a hundirse despacio, milímetro a milímetro, obligándola a sentir cada borde, cada pulgada. El sonido húmedo y obsceno de su sexo llenando la habitación se mezcla con los sollozos de Orm.

Cada embestida es lenta pero aplastante, y Orm grita con cada una, como si la rompieran una y otra vez.

Lingling se inclina sobre ella, mordiendo su hombro con fuerza, dejando una marca roja en su piel.

─Esto no es un stream ─gruñe contra su oído─. Aquí no actúas. Aquí te follo de verdad.

Su mano libre sube al cuello de Orm, apretando lo justo para cortar el aire, mientras sigue moviéndose lento y pesado, destrozándola con cada empuje. La omega jadea, su voz ahogada en un gemido que se convierte en sollozo.

─Dilo otra vez ─ordena Lingling, hundiéndose con un empuje más fuerte─. ¿Quién eres?

─Soy... tu omega... ─llora Orm, apenas capaz de articular.

Lingling sonríe contra su piel, gruñendo satisfecha, y vuelve a empujar con toda su fuerza, haciéndola chocar contra el escritorio.

─Exacto. Solo mía.

Lingling ya no se contiene. Sus manos aprietan con fuerza las caderas de Orm, y de pronto comienza a embestirla con un ritmo brutal, golpe tras golpe, haciendo chocar su cuerpo contra el escritorio en una cadencia salvaje.

El sonido de la carne chocando llena el despacho, acompañado por los gemidos desgarrados de Orm, que ya no son súplicas sino gritos crudos, animales. Cada estocada la empuja más contra la madera, los pechos aplastados contra la superficie fría, las uñas dejando marcas profundas en el barniz.

─¡K! ¡K! ─gime sin control, su voz rota, como si el nombre fuera lo único que pudiera decir.

Lingling gruñe, un sonido profundo que vibra en su pecho, y la toma aún más fuerte, el golpe de sus caderas contra las nalgas enrojecidas resonando con violencia. Su mano sube a la espalda de Orm y la empuja hacia abajo, obligándola a hundir el rostro contra el escritorio, reduciéndola a puro cuerpo usado.

─Eso es ─escupe, con voz grave, sudorosa─. Así gime una omega cuando su alfa se la folla de verdad.

Orm convulsiona bajo ella, el sexo palpitante, empapado, incapaz de resistir el castigo. Cada empuje le arranca un grito más alto, cada choque la rompe un poco más. El dolor en su carne enrojecida se mezcla con el placer ardiente que se acumula en su vientre, un nudo insoportable que amenaza con estallar.

Lingling tira de su cabello hacia atrás, arqueando su espalda para hundirse más profundo, como si quisiera atravesarla por completo. Orm grita, la voz hecha trizas, lágrimas y saliva cayendo sobre la madera.

─¡Tuya! ¡Soy tuya! ─ruge, sin poder contenerse.

Lingling gruñe en respuesta y acelera aún más, su ritmo ya completamente animal, las embestidas resonando en la oficina como una sentencia final.

Orm siente el orgasmo creciendo, inevitable, devorándola desde dentro. El clímax llega como una ola violenta, rompiéndola en convulsiones húmedas y gemidos desgarrados, el cuerpo arqueándose mientras grita el nombre de su alfa hasta quedarse sin aire.

Lingling no se detiene; sigue embistiéndola durante las sacudidas del orgasmo, castigando el cuerpo sensible, prolongando la tortura hasta que Orm se derrumba sobre el escritorio, temblando y sollozando, completamente rendida.

La alfa se inclina sobre ella, mordiéndole el cuello con fuerza, dejando una marca visible, una firma brutal en su piel.

─Ahora sí ─gruñe, con voz ronca─. Ahora sabes lo que significa ser mía.

iba a hacerlo fanfic largo pero me dio paja, so, espero les haya gustado el twoshot! nos re vimos

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