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Para mis amantes.

Tres pecados.

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A las cenizas de mariposas en mi estomago:


Esta noche hay algo estremeciéndose dentro de mí, en este finito instante que finalmente se ha levantado la bandera de la rendición entre mis muros de vibranium.

No es placer, alivio, ni resignación. Es una sensación extraña, misteriosa y desconocida, a pesar de tener a disposición un enorme diccionario no es posible seleccionar una palabra entre tantas para definir este sentimiento. Es perceptible, latiendo contra el calor de estos dedos tecleando palabras, no hay ninguna conmoción agradable; y la pena, benevolente, no procede a consumir éstas vértebras.

El alcohol se manifiesta revoloteando juguetón, como mariposas traviesas sobre flores moribundas, ese líquido apreciable contra la corriente cálida carmesí que recorre cada una de mis aristas, quién fiel brinda claridad al director de mi cuerpo. La vejez embotellada y refinada de las uvas sumerge mis comandos en memorias pasadas que me alimentan a través de sueños. Esos sueños llenos de imágenes ahogadas en la profunda densidad de laberintos mentales íntimos en mi carne, motivados a perecer para lograr paz al sangrante tambor pulsante y a las rotas esperanzas de una hoja arrastrada entre los vientos de Noviembre.



Cosmos; vacío en los pechos de los desquiciados, en esta corriente de frustrada desesperación, me gustaría confesar algún pecado que ha vuelto onerosos a mis hombros.
Éste, el que voy a profesar es haber amado de manera desbocada entre una ceguedad fantástica.

Oh Dioses inefables, ¡aquella enfermedad crónica sin cura alguna, me atrapó entre sus filosas garras cereza!

No fui consciente antes ni después del instante en que ya besaba de forma adictiva de hambre esa droga invisible, ni del momento en que me hice rehén de la cafeína en aquellas iris brillantes como fuegos artificiales explotando a mitad del cielo, tan débil ante una creación artística y fan deplorable a contar los pestañeos hipnotizantes de mi amante.

Podría defenderme, interceder por mi. Pero, ¿qué podría decir para justificar el hecho de haber sido yo quien se lanzó contra aquella peligrosa arma?

Puesto que, fueron mis ojos los que se posaron en sus aristas encantadoras, mis dedos los que tocaron temerarios y suicidas aquella piel sedosa, mi nariz ignorante e ingenua la que percibió ese aroma morfínico en ese pecado físico, mis anhelos absurdos quienes alimentaron la creciente necesidad de mis pulmones ambiciosos a tener más de aquel ser divino, y, fueron mis labios irracionales los que en un desliz kamikaze arriesgaron la cordura en mi cráneo ante la transgresión del contacto de un paraíso infernal.

¿Qué argumento tendría la suficiente validez hacia las decisiones tomadas para consolarme sobre cada acción cometida en un proceso de amor pasional?
¿Cuántas mentiras debería recitar frente a mi reflejo para lograr el efecto de un bálsamo ante aquel primer amor fallido?
¿Debería seguir hundiendo mi conciencia para sentir la calma que siempre aparece antes de la tormenta?

¿Hasta cuántos intentos de borrar la miel de su aliento contra mi sistema, debería llegar en medio de una lucha para mantener mi orgullo vivo?

Dios, un gran fragmento en mis convicciones no cree en tu existencia, pero si lo hicieras,

¿Perdonarás mis pecados ávidos e insaciables?


Ya que con sinceridad declaro la falta de retracción a la corrupción en mi voluntad; no hay pudor ni vergüenza en ésta dermis, no la habrá si aquellos densos arcos marrones en los ojos de mi anhelo, se presentan entre la bruma de mis sueños por las noches donde la amargura arremete contra la yugular de quien ha escrito esto.

Pero entonces, me cuestiono sin cesar la causa de tal torbellino en mis sentimientos,

¿Cómo he transformado aquel regalo divino en una maldición gratificante?

Y mis pupilas viajan entre la vida en busca de una respuesta, ¿podré dejar de anhelar la suavidad de aquella mirada de terciopelo y el placer que me causa en la espalda baja la risa brotante salida de sus labios magníficos?


Mi segundo pecado, Dioses, es la negación y el orgullo herido.

La herida que tiene mi orgullo está abierta e incluso se desangra violentamente, eso sucede a menudo, cuando recuerdo la intensidad que tuve por aquel amor.

¿Acaso la idiotez flotante en la cabeza de aquella versión mía pasada era tan fuerte?

Pues el considerar recibir lo que brindaba sin duda se debía a un desequilibrio mental.
Siempre habría alguien mejor que mi persona para obtener el brillo de aquellas perlas magníficas.

Y lo habría, gemas negras, ojos cafés y siluetas confiadas que tomarían a mi inspiración, mi maravilla. Y no podría hacer nada al respecto, porque me negaría a sentir la misma seguridad que ellos.

La herida en el orgullo dormido de mi alma se desgarra aún más, lo hizo después que me abandonó.
Aquel ser me dejó.


Yo jamás intentaría retener sus alas, dejaría que volara tan alto como quisiera, ya que a Orgullo y Negación no les haría ninguna gracia el interpretar el papel de un enamorado empedernido y desvergonzado como Romeo.

Me aparté para unir las piezas rotas. Una por una hasta que volvieron a la normalidad, nada volvió a ser como antes, como dunas del desierto poco a poco cambiaron y no detuve ese proceso.
Fue la mejor decisión el salir de escena, hasta ahora, mi anhelo fue feliz sin mi, y yo avancé para probar otras divinidades.

Mi tercer pecado, es la necedad, la inseguridad y el masoquismo.

Cosmos, mi último pecado es mi condena más grande.

Hace unos ciclos lunares, este corazón encerrado en mi pecho se anestesiaba entre distracciones satisfactorias que le hacían olvidar el líquido carmesí de las heridas del pasado.

Involucré mis dedos entre otras hebras, acaricié otras pieles y busqué aquella intensidad a la que renuncié con fuego destructor.

En medio de esa aventura conocí algunas lenguas insípidas, otras igual de sosas pero poseían una pequeña esencia que logró despojar cualquier otra que no fuese la suya. Y en medio de un conflicto en el que perdí una división extensa de mi esencia, encontré una criatura que logró apagar completamente a mi anterior paraíso infernal.

Sin embargo, de alguna manera le liberé contra el vacío sin una razón justificable.

Tenía miedo de amarle.
Pero ya le había comenzado a amar.
Y la necedad me convenció de apartarle de mí antes que eligiese abandonarme.

Fui yo el puñal que rasgó un corazón.

Y a veces sigo preguntándome si me hubiese quedado creo que pude haber sido feliz por mucho tiempo.

Intenté regresar a su mundo, pero esa vez, cuando volví la inseguridad me venció. En lugar de hacerle obtener felicidad le rompí el corazón y deje la sangre fluir. Lo peor fue que mi arma tenía doble filo y termine igual de desangrada.

Dioses, ¿Saben cuál es el masoquismo en mi pecado?

Que a pesar de todo seguí, en la profundidad de mis laberintos del olvido e insensibilidad, mi condena favorita seguía latente en mí.

Suelo llamarle entre sueños a aquel ser que me arruinó tanto, cuando veo la curva de su sonrisa extenderse como una salvación en su rostro. Al posar mis iris en el café de sus ojos que siempre lograron succionar mi voluntad como un agujero negro en el universo.

Allí aparece mi masoquismo, el amor que mis huesos sienten por el dolor, en esa maravilla que fue mi primer sueño y el primer amor de mi vida.

En ese lugar mi orgullo se retuerce furioso: ¡Tanto dimos para acabar con el corazón sangrante!:
donde la negación se opone con avidez: ¡Completamente no!;  

aquel espacio-tiempo en el cual la inseguridad lucha con fervor: ¡Es una mala idea! ¡Saldrá todo peor!;

En donde la necedad aúlla a una segunda oportunidad: ¡Ten un poco de confianza! ¡No dejarán de sangrar tus heridas sino vuelves a abrirlas y las curas correctamente!.

Todos mis pecados pesan, que no sé como liberarles.
¿Debería soltar la negación y el orgullo o a mi amor desbocado y pasional?

En la profundidad de la sinceridad de la madrugadas, de mis océanos de pensamientos, reconozco que mi masoquismo me lleva ventaja.
Porque al primer amor nunca se olvida, menos a los jóvenes y a los escritores nostálgicos.

Iría por un segundo encuentro.
Mi última partida antes de elegir el verdadero olvido.

Pero, reconozco que a mi orgullo herido le costaría, mucho más.
Y sería él precisamente quien frenaría cada uno de mis intentos por devolver ese descontrol, sería mi propio orgullo aliándose de la inseguridad quienes se rendirán en medio de una jugarreta de perseverancia y dejaría al "enemigo" atacar su tablero sin luchar como antes

Así qué, noche de insomnio, ¿Me llenarás de caricias esta madrugada para conciliar consuelo y alejar mis pecados?

Porque finalmente he alzado mi primera bandera blanca, moviendola en una danza de redención.
Y esta es la carta de suicidio a mis tres pecados.
Después de todo, la especialidad en mí es arruinarlo (a lo demás y a mi misma) a través del poder de las letras.




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