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Ramé | SouKoku (One-shot)

Único

YamilethWithY

Hay quienes consideran que la conexión que existe entre dos auténticas almas gemelas es algo demasiado único y etéreo para la simple mente humana.

Las almas gemelas cuyos lazos son más fuertes que otros tienen la capacidad de sentir el dolor físico del otro, incluso las cicatrices quedan grabadas en ambos cuerpos; porque estas personas no sólo deben compartir vivencias, recuerdos y amor, también dolor.

Ese sería el lazo que los ataría por siempre.

El día en que conoció a Chuuya fue —diciéndolo de la manera más suave posible— catastrófico.

El aparatoso primer encuentro se dio igual que una lluvia repentina irrumpiendo un pronóstico soleado. Antes de que Dazai pudiera darse cuenta, ya había sido arrojado hacia la pared más cercana con una fuerza brutal. Sintiendo sus extremidades inmovilizadas por el agudo dolor que azotó con ímpetu. A pesar de su rostro neutro, un profundo desagrado se arraigaba en él con cada segundo de esa fastidiosa sensación recorriendo su sistema.

Fue consciente de la pierna que empujaba con una ligera fuerza contra su pecho cuando escuchó la burlona carcajada que soltó su dueño.

—Perfecto. Eres un mocoso —dijo cargado de autosuficiencia—. La Port Mafia debe estar falta de personal.

Pudo ver su sonrisa autocomplaciente a medida que el polvo se disipaba y le otorgaba nitidez de su entorno. Era un chico de cabello pelirrojo desordenado que acababa en su nuca con mechones rebeldes. Sus ojos celestes centellaban con arrogancia alrededor del mechón pelirrojo que caía libremente por la mitad de su frente.

—Odio todo lo que duele —fue lo que respondió Dazai manteniendo su expresión hermética y sin apartarle la mirada.

Mientras la sangre volvía a empapar la venda de su ojo y el acre aroma del hierro alcanzaba ligeramente su nariz, el pelirrojo se mantenía porfiado en su labor de hacerle escupir información que ni siquiera tenía. Fue después de una muy dolorosa patada en la cara que descubrió que era el Rey de las Ovejas: Nakahara Chuuya.

—Eres un niño confiado que se cree mejor que nadie. Odio a los tipos como tú —Dazai impostó con un susurrante tono despectivo.

—Yo también odio a la escoria que menosprecia a los demás, como tú.

En un principio ni siquiera lo habían sospechado, pues no habían tenido indicios o alguna pista mínima que pudiera llegar a semejante revelación. Ni siquiera Dazai y su increíble capacidad de deducción fue capaz de anticipar algo así.

Se odiaban. Era un hecho tácito. Un acuerdo mutuo dónde se suponía que Chuuya solamente debía cumplir el papel de ser su perro y dónde Dazai no desaprovechaba cada ocasión en un intento de humillación al pelirrojo. Lo que sí era difícil de admitir pero, imposible de ignorar fue el sentimiento de conexión que se fue forjando desde su primer encuentro, eclipsado por las disputas y los pendientes por resolver.

Sin embargo, la evidente verdad salió a la luz el día en que Dazai atestiguó por primera vez la Corrupción de Chuuya. Sería una falacia parcial admitir que estuvo aterrorizado por esta nueva faceta del pelirrojo, pero si realmente hubo algún miedo fue eclipsado en su mayoría por la ardiente sensación de incertidumbre al no tener el control total de la situación, al reconocer que una nueva variable impredecible había aparecido en sus cálculos.

Su desasosiego se intensificó ante la sensación desgarradora de quemaduras en sus extremidades. Quería enfocarse en Chuuya, necesitaba enfocarse en Chuuya y ponerse al corriente de la situación para volver a tomar el control, sin embargo, el punzante dolor lo distraía de cualquier pensamiento coherente.

—¡Chuuya detente! —optó por gritar cargando ligeramente —sin querer— su voz con una tonalidad agobiante.

Sin embargo, el aludido parecía no ser consciente de sus acciones y mucho menos del desastre que el descontrol de su poder estaba provocando. Dazai volvió a sentirse perdido, sin opciones viables y aún con ese estúpido escozor en su cuerpo que lo restringía de moverse libremente. Se sintió impotente ante el infausto escenario que se desarrollaba.

—Maldito enano... —farfulló con cólera mezclada con un tinte de aflicción.

Aun teniendo en su contra la oleada de esquirlas de rocas y enormes escombros interponiéndose en su camino, sin mencionar el dolor que aún recorría a punzadas sus extremidades, corrió hacia el pelirrojo. Alcanzarlo fue una labor más difícil de lo que pensó, consiguiendo unos cuantos cortes en la piel y quizá unos cuantos hematomas, sin embargo, todo valió la pena al momento en que logró apresar a Chuuya con sus brazos.

Todo se detuvo en un segundo. Los enormes escombros que flotaban en el aire perdieron su brillo escarlata y aterrizaron abruptamente en el suelo, levantándose una densa oleada de polvo. Dazai decidió culpar a la arena en el aire por el repentino ardor de sus ojos. Notó como el dolor de su cuerpo desapareció con la misma rapidez con la que Chuuya colapsó en sus brazos.

Eso no podía ser solo una coincidencia.

No tuvo pudor para desabrocharle la camisa y detenerse a observar la lívida piel del pelirrojo, antes inmaculada y ahora profanada por marcas rojizas que hacían trazos en forma de delgadas líneas ramificadas por toda la extensión de sus brazos. Tenían el aspecto de quemaduras de sol realmente dolorosas.

Luego rasgó sus propias mangas y atestiguó como las mismas marcas que abundaban en la piel de Chuuya también penetraban su piel recorriendo exactamente los mismos caminos. Luego observó la cara del pelirrojo: una expresión sosegada, sus ojos cerrados y sus labios levemente separados; como si estuviera tomando un simple siesta. Sus mejillas estaban manchadas con diminutas gotas de sangre proveniente de los finos cortes que adquirió en algún punto. Con una mano trémula, Dazai tocó su propia cara, buscando rastros de sangre en los mismos lugares.

Y cuando los halló, sintió un miedo profundo y desconocido arraigarse en él con ímpetu.

—¿Dónde conseguiste estas marcas? —inquirió Mori revisando extrañado las rojizas marcas de sus brazos que poco a poco iban mitigando su visibilidad.

Dazai se había mantenido particularmente callado y con la mirada perdida en algún lugar del suelo. Para el médico era toda una singularidad admirarlo en ese estado tan distraído. Habían regresado hace no más de una hora, Osamu haciendo un significativo esfuerzo para arreglárselas para mantener a Chuuya colgando flácido en su espalda. Su orgullo y arrogancia de no querer aceptar ayuda externa para esa misión potencialmente peligrosa y seguramente su infantil rivalidad los llevó a ese lamentable estado, o al menos esa era la hipótesis de Mori.

Chuuya había llegado inconsciente, pero después de revisar su estado minuciosamente concluyó que no había motivos de preocupaciones; bastaría con dejarlo descansar esa noche. Dazai también estaba en perfectas condiciones, a excepción del agotamiento que seguramente debía cargar y las heridas superficiales. Sin embargo, las marcas recién descubiertas en su piel, si bien no fueron suficientes para preocuparlo, le provocaron curiosidad.

Sin embargo, Dazai se rehusaba a dar una respuesta o siquiera decir alguna palabra.

—¿Chuuya no tenía las mismas también? ¿Qué demonios les hicieron que fue suficiente para dejarte sin habla?

La interrogante apareció acompañada de un tinte irritado, por no conseguir alguna reacción de parte del menor. Mori no quiso admitir que por una fracción de segundo llegaron a su cabeza conjeturas realmente incomodas y repulsivas, pero las descartó de inmediato al recordar que la agresividad de Chuuya no dejaría que ni un pobre infeliz le pusiera un solo dedo encima si no lo quería. Sería ilógico.

Sin embargo, la actitud de Dazai hacía cabida para muchas suposiciones desagradables pero, al mismo tiempo al igual de ilógicas.

¿Qué era capaz de dejar a este chico usualmente apático en ese grado de impacto?

—Dazai —insistió esta vez usando un tono de amenazante advertencia.

Finalmente obtuvo una reacción mínima del menor: un simple encogimiento de hombros que realmente no le daba una respuesta coherente. Mori suspiró rendido y justo cuando estaba por desistir escuchó un débil susurro escapar de los labios del menor:

—Creo... creo que aparecieron en mí después de aparecer en el enano —respondió de forma retraída—. Simplemente aparecieron y ya, como si sus heridas...

—Se reflejaran en tu piel —Mori finalizó su frase, finalmente teniendo la satisfacción de tener una idea acerca del verdadero contexto.

Dazai apretó los labios y sin hacer contacto visual con el medico, asintió.

La habitación se fundió en silencio, siendo interrumpido solamente por los suaves suspiros que escapaban de los labios de Chuuya mientras dormitaba. Mori realmente no quería admitir que no tenía respuesta para tal situación tan... inesperada (por no decir extraña). Su subordinado lucía perturbado a un nivel que creyó imposible ver alguna vez en él y en realidad, estaba muy justificado.

Después de todo, enterarse de esa manera tan abrupta que la persona que menos soportaba en el mundo, resulte ser su alma gemela era un hecho digno de conmoción.

Chuuya no volvió a ver a Dazai en días posteriores a la misión casi fallida.

Fue como si el idiota se hubiera esfumado de la organización. No importa a quién le preguntara, incluso el jefe decía desconocer su paradero (aunque su relajación le hacía creer que mentía). Hirotsu, su "vigía" le había propinado algo de información ante la mala actitud del pelirrojo.

—No lo sé, niño. Lo único que sé que Dazai lucía extraño la última vez que lo vi.

—¿Extraño?

—Lucía... conmocionado. Yo diría que hasta asustado —pronunció sintiéndose inseguro de sus propias declaraciones—. El mocoso tiene emociones. Vaya sorpresa.

Luego solo se retiró murmurando un par de cosas sobre el apatismo usual de Dazai.

Chuuya no lo quiso admitir, pero floreció en él una inseguridad repentina y totalmente nueva: ¿le había hecho algo al idiota la noche en que su poder se descontroló? ¿lo había herido de gravedad?

No, eso era imposible. Estaría en cuidados intensivos y lo habría encontrado ahí de ser así, pero ni siquiera lo encontró en algún lugar común del consultorio de la Port Mafia. Sin embargo, no tenía un conocimiento exacto sobre sus acciones en ese estado caótico e inconsciente en el que entró y a su mente llegaron conjeturas abrumadoras sobre las posibilidades.

Al final del día, se obligó a erradicar su preocupación y a desistir en su búsqueda.

Dazai reapareció en la vida de Chuuya de forma tan casual que fue exasperante, como si la semana entera que desapareció jamás hubiese existido.

—¿Dónde putas has estado todo este tiempo?

Fue cuándo se acercó que finalmente pudo notar el tan pronunciado cambio de actitud de Osamu. Este solo desistió de brindar una respuesta y lo ignoró completamente, pasando a su lado. Chuuya notó como los vendajes sobresalían alrededor de sus muñecas.

—¡¿AH?! ¡¿ME ESTÁS IGNORANDO, IDIOTA?!

El pelirrojo fue tras él, intentando vanamente conseguir una reacción más profunda de parte de su compañero, pero ni siquiera consiguió una sola mirada.

¿Estaría enojado?

—Chuuya, tengo prisa. Ahora no.

El aludido se paralizó ante la respuesta con deje seco y frío. En seguida comprendió que las cosas no estaban bien y declinó de sus ganas de insistir. Dejó que el castaño siguiera su camino hacia la oficina del jefe.

Sin embargo, al día siguiente recuperó su personalidad usual; negándose a dar respuestas sobre su corta desaparición o sobre su extraño comportamiento temporal.

—¡Enano! Ve a traerme algo de beber —ordenó con ligero deje caprichoso, mientras caminaba con Chuuya por uno de los pasillos.

—Vete al infierno —respondió el otro.

—¡¿AH?! —Dazai se mostró ofendido.

—Desapareces casi una puta semana, te comportas como la mierda y ahora estás de nuevo con esa jodida actitud insolente de siempre. No estés jodiendo —reprochó en voz baja, pero lo suficientemente alto para que llegue a oídos del otro.

El silencio los rodeó y casi llegó a ser abrumador. Chuuya miró hacia atrás para comprobar si Dazai seguía ahí, encontrándose con este paralizado en su lugar. Los mechones delanteros de su cabello cubrían parcialmente sus ojos y su distancia fue suficiente para notar como sus dedos se movían nerviosos, golpeándose entre sí y rasgando su palma con leve ansiedad.

—Oye... —habló con suavidad, intentando acercarse lentamente.

—Mori nos quiere en su oficina ahora. Apresura esas piernas cortas, enano —pronunció de inmediato volviendo a su actitud usual.

Chuuya no volvió a comentar nada más en todo el camino.

Se volvió un hábito permanente contemplar a Dazai con vendas abrigando la mayor parte de su cuerpo. Incluso cuando obligatoriamente debían desnudarse frente a el otro, Osamu siempre encontraba la forma para evitar despojarse de sus vendajes.

Se descartó la opción de heridas de gravedad al ser consciente de que ninguna podría ser tan grave como para requerir vendaje por un periodo de tiempo excesivamente largo, sumando el hecho que de ser ese el caso debía visitar la enfermería al menos una vez al día para limpiar adecuadamente las supuestas heridas, pero Dazai no entró allí ni una sola vez.

Ambos dejaron de trabajar juntos. Primero comenzando con una baja en la cantidad de misiones pequeñas en dúo que realizaban, hasta que fue completamente nula. Se cruzaban de vez en cuando y se proferían unos cuantos improperios, pero al final todo seguían siendo distante.

Chuuya decidió ignorar el vacío que su pecho reclamaba con una angustia feroz.

Dazai rechazó ese sentimiento y vanamente lo rellenó con el frustrado intento de mantener relaciones duraderas con nuevos camaradas.

Para el otro se volvieron un recuerdo fantasmal que aún se mantenía porfiado a aferrarse con ímpetu a la esencia del otro. Sus almas se necesitaban mutuamente, pero sus cuerpos se repelían con desagrado.

Solo uno de ellos sabía la verdad tras ello. Y el otro lo descubrió demasiado tarde.

Chuuya finalmente fue consciente de su realidad el día de la muerte de Odasaku, también conmemorado el día de la huida de Dazai.

Naturalmente, su virulenta vida estaba llena de sangre, muertes y, sobre todo, heridas de batalla. Nunca caviló demasiado cuando descubrió sangre repentina goteando de algún lugar de su cuerpo, tampoco en las débiles sensaciones de dolor que lo surcaban inefablemente en momentos repentinos.  

Oh, cuánto deseó haberlo notado antes.

—Odasaku murió.

—¿Qué?

El esmero de Dazai en mantener su expresión hermética fue saboteado por la ligera vibración de su voz. No se atrevió a mirarlo de frente en ningún momento ni a inmiscuirse en detalles.

Esa noche algo había hecho eco en él; una especie de mal augurio que venía arrastrando desde que se había despertado esa mañana y ahora ante sus resultados mostraba una sensación de pensamientos embarullados que le impedían procesar la información, mucho menos brindar consuelo al que intentaba hacer amague de no necesitarlo.

Si bien Odasaku no tomó un papel muy relevante en su vida, fue una persona que se inmiscuyó en ella lo suficiente como para sucumbir al dolor de su perdida. Lo recordaba como un intermediario entre sus pocos pleitos con Dazai que aún se daban si alguna vez se cruzaban. En antaño fue un compañero leal que velaba con devoción por los infantiles espíritus de él y Dazai. Años más tarde esa devoción fue legada al grupo de niños que cuidaba furtivamente, del cual no tenía noticias desde hace ya algún tiempo.

—¿Cómo pasó? —preguntó en un susurro lastimero, pero que no logró provocar reacción en Osamu—. ¡¿CÓMO MIERDA PASÓ?!

—Pasó y ya, ¿qué quieres que te explique? —articuló en automático, sin sacar a relucir ni un roce mínimo de alguna emoción.

—No me vengas a decir que "murió y ya". Debe haber un puto motivo —arrebató alterado por no ser capaz de procesar el suceso con la rapidez que lo ameritaba. El pensamiento aún seguía atascado en algún lugar, sin posibilidades de digerirse pronto.

Esa turbación que sentía en su cabeza parecía hasta irreal... ¿en verdad él era capaz de sentirse así?

Miraba a Dazai y lo notaba con una calma envidiable. Sus ojos vacíos y exentos de alguna emoción. Incluso su ceño estaba relajado y su respiración era pausada.

Sin embargo, en medio de su desasosiego, Chuuya no fue capaz de notar el temblor de las manos de Dazai, ni como sus uñas rasgaban sus palmas ya bañadas en sangre, tampoco como sus labios se apretaban entre sí para evitar temblar.

Osamu sabía las consecuencias de encapsular el estallido continuo que había en su interior, pero se obligó a ignorarlas. No quería romperse frente a Chuuya, no quería mostrarle la fragilidad que cargaba en ese momento... pero, ver como toda esa avalancha de sentimientos se transportaba a Chuuya y este era incapaz de digerirlos adecuadamente, solo le provocaba más tormento.

Porque las almas gemelas deben compartir también dolor.

Y sería injusto si solamente se tratara de dolor físico.

Dazai decidió que quería ser egoísta aquel día y mantener la alusión de que todo ese sufrimiento Chuuya lo estaba sintiendo por él.

Pero, el dolor propio que se empecinaba a acompañarlo no colaboró ni un solo día.

—¿Se fue?

Esa fue la frase detonante para que la cordura de Chuuya escurriera de sus límites. Todo se sintió tan malditamente irreal por una fracción de segundo. Su mente quedó en blanco y su sistema se quedó sin emociones reconocibles.

Mori asintió una vez sin dejar de mirarlo con seriedad. Se le notaba ligeramente molesto, pero mantenía su semblante sosegado y desinteresado.

—Dazai renunció a la Port Mafia y solo se fue —narró en medio de un suspiro cargado de dramatismo y melancolía exagerada—. ¿Qué se le va a hacer? El fallecimiento de Odasaku debió destrozarlo. Pobrecito.

—¿Quiere que lo busque y lo traiga de vuelta? —cuestionó cerciorándose que su voz no se cortara.

—No, Chuuya, no te molestes. Déjalo que se vaya —respondió con una sonrisa avinagrada que estremeció al aludido—. Solo creí que como su preciada alma gemela debías saberlo.

—¿Qué está diciendo? —Alzó una ceja con profunda confusión.

Mori ensanchó su sonrisa, con un deje vengativo en ella. Un destello de diversión oscilaba en sus ojos.

—Oh, debí sospechar que Dazai nunca te lo diría. Fue un martirio para él los primeros días —soltó una carcajada sonora. Chuuya arrugó las cejas.

—No entiendo que está tratando de decir, jefe —espetó aún con una constreñida cortesía, suprimiendo el enojo que todas esa insinuaciones estaban trayendo.

—¿Qué no te has dado cuenta? Tú y Dazai son almas gemelas.

Las palabras llegaron a oídos de Chuuya pero realmente no traspasaron en él. De pronto, sus dedos se sintieron fríos; su respiración quedó atascada en su pecho y todo su entorno pareció ser irreal por una fracción de segundo.

—¿Conoces ese relato de las almas gemelas y el dolor compartido? Estoy seguro de que Koyou debió platicarte sobre él.

Lo recordaba a tal detalle que realmente deseó no hacerlo.

Ciertamente, en un inicio lo tomó como un relato sin importancia nacido de algún momento de sentimentalismo de Koyou. Había escuchado fragmentos durante su tiempo en Las Ovejas, quizá leído un par de cosas en recortes de periódicos, pero nunca indagó más de lo necesario en el tema; después de todo, pensó que no le concernía. Vivió con la idea de que alguien como él no merecía tanta benevolencia de parte del universo y eso incluía desmerecer algo tan etéreo como un alma gemela.

Tuvo recuerdos reproduciéndose en secuela y reversa. Todos cobrando un nuevo sentido y algunos apenas adquiriéndolo. Las herias de índole desconocida que aparecían misteriosamente y a las cuales siempre trató de atribuirle alguna explicación coherente, ahora tenían un significado fijo e indemne.

Su alma se regocijó ante la epifanía, pero se entristeció al darse cuenta que lo perdió sin siquiera llegar a tenerlo realmente.

Inevitablemente sus días recuperaron la monotonía habitual.

Misión tras misión, reunión tras reunión, pelea tras pelea... y la percepción de carencia nunca se extinguió. Todos los días el sentimiento de insuficiencia estaba presente y porfiado a aferrarse a él. Sin embargo, nunca lo buscó.

Dazai necesitaba sanar, aunque la posibilidad sonaba lejana.

Él mismo necesitaba hacerlo para colaborar un poco a esa tan anhelada catarsis.

Tampoco deseó que volviera. No quería transmitirle sus deseos de alguna forma. Solo se mantuvo sereno, ignorando las suplicas de su devastada alma que poco a poco lo indujeron a un suplicio en el que aprendió a vivir con comodidad fingida.

—¿Lo extrañas? —Koyou preguntaba más veces de la necesaria, cada vez que lo notaba abatido y en estado decaído.

—Por mí, puede irse al infierno.

"Y hasta allá lo seguiría"

Koyou sonreía en medio de un suspiro y negaba suavemente con la cabeza, con un ligero aire de diversión. Sabía que ella era consciente de su verdad, pero siempre optó por el silencio y unos cuantos comentarios sugerentes que intentaban vanamente liberar un poco a Chuuya de su martirio mental.

—Sabes dónde está ¿no es así?

Chuuya clavó su mirada en el suelo. Era una verdad inequívoca que él nunca dedicó tiempo a alguna búsqueda exhaustiva del paradero de Osamu, pero no se vio exento de los rumores que circulaban en la Port Mafia sobre la actual ubicación del ex ejecutivo; tampoco se libró de la curiosidad que lo embargó y casi lo llevó a acercarse.

—¿Por qué no vas a verlo? Hablar un rato no les hará daño...

—No —sentenció.

Si Dazai veía la libertad en la lejanía de la mafia, entonces se lo concedería. Sin embargo, eso no lo libraba del sentimiento de traición al que su alma se aferraba con intensidad dolorosa.  

Se volvieron a ver cuatro años después.

Ninguno mencionó nada acerca del tema. Ninguno mostró tristeza o alegría en exceso y actuaron como si nada hubiera pasado. Pelearon y se gritaron improperios, como en antaño. Se trataron con la misma nimiedad que en años pasados, ignorando su realidad; que con el paso de los años se volvió más desalentadora. 

Y si Chuuya se fijó en que los lugares que ocupaban las vendas de Dazai eran los mismo que él se lastimaba al usar corrupción, no dijo nada.

El dolor del silencio persistía, pero era eclipsado por la felicidad y calma que sus almas recibían al estar cerca de su otra mitad... aún si era ilícito y miserablemente temporal. 





***

Llevo meses escribiendo esto y estoy felih de acabarla

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