Capítulo 1: El labial perfecto
La luz de la mañana se cuela por la ventana del dormitorio, tibia y dorada, dibujando un rectángulo perfecto sobre la alfombra de felpa blanca. Las cortinas de tul apenas se mueven, dejando pasar ese olor a domingo que tanto le gusta a Nur: ese perfume especial que tiene el aire cuando no hay prisa, cuando el mundo exterior puede esperar y lo único que importa es lo que ocurre entre estas cuatro paredes.
Nur Desoraya Techapaibul lleva veintitrés minutos frente al espejo del tocador. Veintitrés minutos que podrían parecer excesivos para cualquiera, pero que para ella son apenas el preámbulo necesario, el ritual sagrado que merece cada una de las mañanas que comparte con su alfa.
─No ─murmura, girando el tubo entre sus dedos y dejándolo caer sobre la superficie de cristal con un clic decepcionante─. Este no.
El labial número siete. Un rojo cereza que prometía ser el indicado, pero que en sus labios se ve demasiado intenso, casi agresivo. Nur arruga la nariz, estudia su reflejo con esos ojos grandes y oscuros que siempre parecen estar a punto de pedir algo, y suspira. Demasiado dramático para una cita en el café de la esquina. Demasiado... artificial.
Su mano vuela entonces hacia el neceser de cuero rosa que descansa sobre la mesita, ese que TK le regaló por su último aniversario con una nota que decía "Para que guardes todos los colores con los que me vas a enamorar". Lo abre con parsimonia, casi con ceremonia, y extrae otro tubo.
Número tres. Fresa brillante.
─Mejor ─susurra, mientras lo desliza con cuidado sobre el contorno de sus labios─. Mucho mejor.
El espejo le devuelve la imagen de una omega sonriente, de mejillas sonrosadas y pestañas largas que revolotean como alas de mariposa. El tono es perfecto: ni muy claro, ni muy oscuro. Justo el punto de dulzura que necesita para sentirse ella misma, para sentirse bonita, para sentirse merecedora de todas las miradas que su alfa le va a dedicar durante el día.
Pero entonces su mirada se posa en el fondo del neceser.
Número once. Edición limitada. Fresa con destellos dorados.
─Oh ─exclama Nur, llevándose una mano al pecho─. Casi me olvido de ti.
Y vuelve a empezar.
. . .
En la cama, a escasos dos metros de distancia, Tangkwa Phinyanech Aungsuwan la observa.
No ha dicho nada en todos estos minutos. No ha interrumpido, no ha preguntado, no ha hecho ese pequeño ruido de impaciencia que a veces escapa de su garganta cuando las cosas toman demasiado tiempo. No. TK sabe esperar. TK sabe que cada uno de esos segundos que Nur invierte frente al espejo es una declaración de intenciones, una promesa silenciosa de que cuando finalmente salgan por esa puerta, ella será la mujer más radiante de todo el vecindario.
Y a TK le encanta eso. Le encanta ver a su omega así, concentrada, seria, como si la elección de un labial fuera la decisión más importante del universo. Porque para Nur lo es. Y si para Nur lo es, para TK también.
La alfa está apoyada sobre los codos, con las piernas enredadas en las sábanas y el cabello castaño oscuro cayéndole desordenado sobre los hombros. Todavía lleva la camiseta de dormir que Nur le regaló la semana pasada: una prenda negra con un dibujo ridículo de un osito comiendo fresa y la frase "Propiedad de una omega muy mimosa". TK la odiaba cuando la vio por primera vez en la caja. Ahora es su favorita.
Se muerde el labio inferior para no sonreír demasiado fuerte. Nur está probándose el número once, el de los destellos dorados, y lo hace con tal concentración que parece estar escribiendo un poema en lugar de maquillarse. Inclina la cabeza hacia un lado. Luego hacia el otro. Abre los labios ligeramente, los frunce, los relaja, estudia el efecto de la luz sobre el brillo metálico.
─Me gusta ─dice Nur, pero en su tono hay duda─. Creo que me gusta.
─Te queda hermoso ─responde TK, y su voz sale ronca, apenas un susurro, porque lleva casi media hora sin usarla y las palabras tienen que abrirse paso entre la admiración.
Nur gira el rostro hacia ella, sorprendida como si hubiera olvidado que no estaba sola. Sus mejillas se tiñen de un rosa intenso que ningún labial podría igualar.
─¿Cuánto tiempo llevas ahí? ─pregunta, y aunque finge molestia, en el fondo de sus ojos baila una lucecita traviesa.
─Suficiente para saber que el número tres es el ganador.
─¿El tres? ─Nur arquea una ceja, devolviendo la mirada al espejo─. Pero el once tiene destellos.
─Los destellos son para la noche. Para el café de la esquina, el tres. Es el que te hace los labios más... ─TK hace una pausa, buscando la palabra exacta, y cuando la encuentra su sonrisa se vuelve peligrosa─. Más besables.
El corazón de Nur da un vuelco. Un vuelco completo, de esos que la obligan a agarrarse al borde del tocador para no tambalearse. Lleva un año y medio con TK. Un año y medio de besos, de caricias, de noches enteras hablando hasta que el sol se cuela por las persianas. Pero todavía, después de dieciocho meses, cada cumplido de su alfa la desarma por completo.
─Eres un desastre ─murmura, volviéndose hacia el espejo para ocultar el sonrojo─. Un desastre con patas.
─Un desastre que te ama ─replica TK, y ahora sí, ahora se incorpora, ahora deja caer los pies descalzos sobre la alfombra y se pone de pie con esa elegancia felina que la caracteriza─. ¿Has decidido ya?
Nur la mira a través del reflejo. TK se acerca despacio, pasos largos y seguros, como una depredadora que sabe que su presa no tiene ninguna intención de huir. Cuando llega hasta ella, sus manos encuentran la cintura de Nur con una naturalidad que duele de tan perfecta. Los dedos largos de la alfa se posan sobre la tela suave del vestido veraniego que Nur ha elegido para hoy: uno blanco, de tirantes finos, que le queda como hecho a medida.
─El tres ─decide Nur, y su voz es apenas un hilo de aire─. El tres es el indicado.
─Bien ─dice TK, y sus labios rozan el hombro descubierto de Nur en un beso que es más caricia que otra cosa─. Porque tengo hambre, y no me refiero al desayuno.
─Tú siempre tienes hambre ─se queja Nur, pero se derrite contra el pecho de su alfa, se derrite como un helado bajo el sol de julio.
TK ríe. Es una risa grave, cálida, que vibra en el pecho de Nur y le recuerda por qué eligió a esta mujer entre todas. No por ser alfa. No por su olor a tierra mojada y pino. No por su mandíbula perfecta o sus brazos fuertes. Sino por esto. Por esta forma de hacer que cada momento cotidiano se convierta en algo especial.
─Voy a limpiarme los labios y ponerme el tres ─anuncia Nur, separándose con esfuerzo de los brazos de TK─. Mientras tanto, tú ve preparando tu chaqueta.
─¿Mi chaqueta? ─TK parpadea, confundida.
─Sí. La negra. La que te hace ver peligrosa. ─Nur le guiña un ojo, tomando una toallita desmaquillante del tocador─. Si vamos a salir, quiero que todas sepan que la omega con labios de fresa tiene dueña.
TK se queda paralizada dos segundos. Dos segundos en los que su cerebro procesa esas palabras. "Que todas sepan". "Dueña". Y luego sonríe, sonríe como solo sabe hacerlo cuando Nur dice algo que la derrite por completo, y sale del dormitorio con paso ligero a buscar esa chaqueta.
. . .
Veinte minutos después están sentadas en el café de la esquina.
Es un lugar pequeño, íntimo, con mesas de madera y cuadros de paisajes campestres en las paredes. Huele a café recién molido y a canela, y en la radio suena una canción lenta que Nur tararea sin darse cuenta. Tiene su latte entre las manos, el vapor subiendo hasta su rostro y empañando ligeramente sus pestañas.
TK la mira desde el otro lado de la mesa. También tiene un café entre sus manos, pero no lo bebe. No puede. No cuando tiene delante a la mujer más hermosa del universo sorbiendo su bebida con pequeños ruidos de satisfacción.
─¿Qué? ─pregunta Nur, notando la mirada fija de su alfa.
─Nada. ─TK niega con la cabeza, pero sus ojos no se mueven─. Solo te veo.
─Deja de verme y tómate tu café.
─No tengo sed.
─TK...
─Está bien, está bien. ─La alfa obedece, pero a regañadientes. Levanta la taza, la acerca a sus labios, y justo antes de beber, se detiene─. Espera. Te falta un poco aquí.
Señala la comisura de su propio labio. Nur parpadea, se toca la suya con la punta de los dedos, pero no encuentra nada.
─¿Dónde?
─Aquí ─dice TK, y entonces se inclina sobre la mesa.
No le da tiempo a Nur a reaccionar. Los labios de TK encuentran los suyos en un beso rápido, breve, casi un roce. Dura apenas un segundo, el tiempo justo para que la alfa pueda saborear ese dulzor artificial de fresa que tanto le gusta. Cuando se separa, TK tiene una mancha roja apenas perceptible en el borde de su boca.
─Ahora sí ─murmura, satisfecha, y por fin bebe su café.
Nur se queda congelada. La taza todavía está en sus manos, el vapor sigue subiendo, pero ella ya no está en el café. Ella está en ese beso, en ese segundo eterno en el que los labios de TK probaron los suyos y sus feromonas se mezclaron en el aire como dos notas que siempre estuvieron destinadas a sonar juntas.
─Eres... ─intenta decir, pero las palabras se le enredan en la garganta.
─¿Sí? ─TK levanta una ceja, su expresión es inocente, demasiado inocente.
─Un peligro público.
─Tu peligro público.
Nur ríe. Es una risa fresca, cristalina, que hace girar cabezas en las mesas vecinas. Una mujer mayor que está leyendo el periódico les sonríe con complicidad. Un chico joven que estudia con su laptop las mira y luego vuelve rápidamente la mirada a su pantalla, sonrojado.
Nur no le importa. Que miren. Que sepan. Que vean a una omega con labios de fresa y a una alfa que no puede dejar de besarla. Esa es su vida. Ese es su amor. Y no cambiaría ni un segundo de todo esto por nada en el mundo.
─TK ─dice, apoyando la taza sobre la mesa y estirando las manos hacia ella─. Dame otro.
─¿Otro qué? ─pregunta la alfa, aunque ya está inclinándose de nuevo hacia adelante.
─Otro beso. Pero esta vez más largo.
La sonrisa de TK se ensancha, mostrando apenas el borde de sus dientes. Sus dedos entrelazan los de Nur sobre la mesa, sus pulgares acariciando los nudillos de su omega en círculos lentos.
─Como tú mandes, amor ─susurra, y entonces besa a Nur como si el tiempo no existiera, como si el café se pudiera quedar frío y el mundo pudiera dejar de girar y nada de eso importara.
Solo el sabor a fresa.
Solo el amor.
Cuando finalmente se separan, TK tiene los labios teñidos de rojo brillante y Nur ríe al verla, saca un pañuelo de su bolso y se lo alcanza.
─Tienes manchada toda la boca.
─Lo sé ─dice TK, y no hace nada por limpiarse─. Así me gusta. Así todo el mundo sabe de quién soy.
Nur niega con la cabeza, pero sus mejillas están encendidas y sus ojos brillan con una luz tan intensa que parece que llevaran estrellas dentro. Toma su latte, bebe el último sorbo, y cuando el sabor del café se mezcla con el del labial que TK le ha robado a besos, piensa que no hay sabor más dulce que ese.
El de ser amada.
El de ser suya.
. . .
En la taza de TK, en el borde blanco donde sus labios se han apoyado, queda una mancha roja perfecta.
Ninguna de las dos la limpia.
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