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𝘀𝘁𝗿𝗮𝘄𝗯𝗲𝗿𝗿𝘆 𝗸𝗶𝘀𝘀 𖹭.ᐟ tknur

Capítulo 3: Día de lluvia

bbyblu

El primer trueno retumba a las 3:47 de la tarde.

Nur lo escucha desde el sofá, donde está envuelta en su cobija de felpa más grande, la que tiene estampados de ositos sosteniendo corazones y que TK le regaló en su primer aniversario. Es una cobija ridícula, demasiado infantil para una mujer de veintiséis años, pero Nur la adora con toda su alma. La adora porque es suave. La adora porque huele a suavizante de lavanda. Y la adora, sobre todo, porque la primera noche que la usó, TK se acurrucó a su lado y le susurró al oído: "Ahora tienes mi segundo abrazo favorito".

─¿Cuál es el primero? ─preguntó Nur esa noche, con los ojos brillantes de curiosidad.

─Mis brazos ─respondió TK, y luego la besó hasta que ninguna de las dos pudo seguir hablando.

El segundo trueno es más fuerte. Sacude los vidrios de la ventana y hace que la taza de té humeante que descansa sobre la mesa de centro vibre ligeramente. Nur la mira con preocupación: un té de fresa y vainilla, su favorito, recién preparado hace apenas diez minutos. No quiere que se derrame. No quiere que su pequeño ritual de tarde lluviosa se arruine.

Porque a Nur le encantan los días de lluvia. Le encanta el sonido de las gotas golpeando los cristales. Le encanta el olor a tierra mojada que se filtra por las rendijas de las ventanas. Le encanta la excusa perfecta para no salir de casa, para quedarse en pijama todo el día, para ver series cursis hasta que sus ojos se cansen. Pero lo que más le gusta, lo que realmente hace que su corazón dé saltitos de alegría, es compartir esos días con TK.

El problema es que TK no está en casa.

TK salió hace una hora. Salió con una misión, una misión que ella misma se impuso después de que Nur mencionara, casi de pasada, casi sin pensar, que le apetecían fresas con crema.

─No hace falta ─dijo Nur, enganchada a la televisión, absorta en la escena donde la protagonista finalmente confiesa su amor─. En serio, TK. No hace falta que salgas.

─Tú has dicho que te apetecen ─respondió TK desde la puerta, atándose los cordones de sus zapatillas─. Si te apetecen, las tienes.

─Pero está lloviendo.

─Llovizna.

─El pronóstico dice tormenta.

─Los pronósticos mienten.

Nur quiso insistir. Quiso levantarse del sofá, agarrar a TK del brazo y obligarla a quedarse. Pero en ese momento, en la pantalla, la protagonista y su interés amoroso se besaban por primera vez, y Nur es débil, terriblemente débil, ante los finales felices. Así que se distrajo. Parpadeó. Y cuando volvió a mirar hacia la puerta, TK ya no estaba.

Solo quedó el eco de sus pasos bajando las escaleras.

Solo quedó el perfume de su alfa impregnado en el aire.

Y ahora, cuarenta y siete minutos después, la llovizna se ha convertido en tormenta.

─Ay, no ─murmura Nur, soltando la cobija y acercándose a la ventana.

El espectáculo que ve no le gusta nada. El cielo, que hace una hora era de un gris suave y casi poético, se ha vuelto de un color plomizo oscuro, amenazante. La lluvia cae en vertical, densa, implacable, formando charcos que crecen segundo a segundo en la acera de enfrente. El viento azota los árboles, doblando sus ramas como si fueran juncos. Y en la distancia, otro relámpago ilumina el horizonte, seguido de un trueno que hace temblar los cimientos del edificio.

Nur se muerde el labio. No el labial, porque hoy no se ha maquillado, hoy es día de piel limpia y crema hidratante y esa libertad que solo te dan los domingos sin planes. Se muerde el labio y siente el sabor de su propio miedo, ese miedo pequeño y ridículo que la asalta cada vez que TK sale con mal tiempo.

Es una omega. Y como omega, su instinto le pide seguridad. Le pide refugio. Le pide tener a su alfa cerca, muy cerca, tan cerca que pueda olerla, tocarla, escuchar los latidos de su corazón y saber que está bien.

Pero TK no está cerca. TK está en algún lugar de la ciudad, bajo esa tormenta infernal, probablemente mojándose, probablemente empapada hasta los huesos, probablemente resfriándose por su culpa.

─Todo esto por unas fresas ─se dice a sí misma, negando con la cabeza─. Qué tonta soy. Debí callarme.

El teléfono descansa sobre la mesa de centro, junto a la taza de té que ya ha dejado de humear. Nur lo toma con dedos temblorosos, abre la conversación con TK, y escribe:

"¿Dónde estás?"

El mensaje se queda en "entregado". No en "leído". Solo "entregado". Nur mira la pantalla, esperando que aparezcan los dos tildes azules, pero no ocurre. Espera un minuto. Dos. Tres. El corazón se le acelera, un galope desbocado contra las costillas, y su mano vuelve a teclear:

"TK"

"Responde por favor"

"Me estás asustando"

Nada.

El silencio del teléfono es ensordecedor. Nur siente cómo la ansiedad trepa por su espalda como una araña de patas frías, cómo se instala en su nuca, cómo hace que sus ojos se llenen de una humedad que no tiene nada que ver con la lluvia. Se levanta del sofá, camina hacia la ventana otra vez, apoya la frente contra el vidrio frío.

La calle está desierta. Los coches pasan con sus luces encendidas, levantando cortinas de agua a su paso. Las farolas proyectan halos borrosos, como ojos empañados que miran sin ver. Y en algún lugar de ese caos, en algún rincón de esta ciudad que de repente se siente enorme y hostil, está TK.

TK con su chaqueta negra que no es impermeable.

TK con sus zapatillas blancas que van a quedar arruinadas.

TK con su cabello castaño oscuro que debe estar pegado a su frente, goteando, frío.

─Vuelve ─susurra Nur contra el vidrio, y su aliento empaña el cristal─. Por favor, vuelve.

. . .

El timbre suena a las 4:23.

Nur sale disparada del sofá como impulsada por un resorte. La cobija de ositos cae al suelo. La taza de té se tambalea pero no se derrama por milagro. Ella no mira nada de eso. Solo corre hacia la puerta, hacia el sonido, hacia la certeza de que al otro lado está el centro de su universo.

Abre.

Y ahí está TK.

O más bien, ahí está lo que queda de TK después de enfrentarse a la tormenta. La alfa está completamente empapada, del cabello a los pies. Su chaqueta negra gotea sobre el felpudo de la entrada, formando un charco que crece sin control. Sus zapatillas blancas son ahora de un color marrón indefinible. Y su cabello, su hermoso cabello castaño que Nur tanto ama acariciar, cae en guedejas pegajosas sobre su frente, sobre sus ojos, sobre sus mejillas.

Pero está sonriendo.

A pesar de todo, a pesar del agua, a pesar del frío, a pesar de que sus labios tienen un ligero tono azulado, TK está sonriendo. Y en sus manos, protegida dentro de una bolsa plástica atada con un nudo doble, lleva una caja de fresas.

─Llegué ─dice, y su voz es ronca, cansada, pero feliz─. Lo siento por la demora. Había mucha cola.

Nur no puede hablar.

No puede hablar porque si abre la boca, va a salir un sollozo. Un sollozo enorme, descontrolado, de esos que llevan horas gestándose en su pecho y que ahora amenazan con estallar. Así que en lugar de hablar, hace lo único que puede hacer. Se abalanza sobre TK.

Sus brazos rodean el cuello de su alfa. Su cuerpo se pega al de TK sin importarle el agua, sin importarle el frío, sin importarle que su pijama de franela favorito va a quedar empapado y arruinado. Solo importa que TK está aquí. TK está viva. TK está en sus brazos, mojada y temblorosa, pero aquí.

─Eres una idiota ─murmura Nur contra su hombro, y las palabras salen ahogadas, rotas, mezcladas con lágrimas─. Una idiota completa. Te dije que no hacía falta. Te dije que iba a llover. Te dije...

─Lo sé ─responde TK, y sus brazos, sus brazos fuertes y seguros, envuelven a Nur con la misma intensidad. Una de sus manos sube hasta la nuca de su omega, acariciando con suavidad, calmando─. Lo sé, amor. Lo siento.

─No me asustes así nunca más.

─Lo prometo.

─Mientes. Vas a volver a hacerlo. Siempre haces lo mismo. Siempre pones mis antojos por encima de todo.

─Porque tú estás por encima de todo.

Nur levanta la cabeza. Mira a TK a los ojos, esos ojos oscuros que ahora brillan con una mezcla de ternura y agotamiento. Sus pestañas están pegadas por el agua. Una gota resbala por su mejilla, y Nur no sabe si es lluvia o si TK también ha llorado en algún momento de esta locura.

─Tienes que secarte ─dice Nur, separándose con esfuerzo─. Vas a enfermar.

─Tengo fresas ─responde TK, levantando la bolsa plástica como un trofeo─. Fresas con crema, como te gustan. La señora de la frutería me dijo que eran las últimas.

─Me importan muy poco las fresas ahora mismo. ─Nur la agarra de la muñeca y la arrastra hacia el interior del departamento─. Ducha. Ahora.

─Pero...

─Ahora, TK. O juro que me enojo de verdad.

TK obedece. No porque tenga miedo del enfado de su omega -a estas alturas, sabe que los enfados de Nur duran lo que un caramelo en la puerta de una escuela-, sino porque los labios de Nur tiemblan y sus ojos siguen brillando con esa humedad que le parte el corazón. Así que se deja llevar. Se deja despojar de su chaqueta chorreante, de su camiseta pegada al cuerpo, de sus zapatillas arruinadas. Se deja empujar hacia el baño, hacia la ducha, hacia el agua caliente que Nur abre con furia.

─Métete ─ordena Nur, señalando el chorro de vapor.

─¿No te vas a bañar conmigo? ─pregunta TK, y aunque su tono es juguetón, hay un temblor en sus labios que delata el frío que todavía la recorre.

─Primero tú. Después yo. Pero métete ya.

TK no discute. Nunca discute cuando Nur pone esa voz, esa voz que no es enfado pero casi, esa voz que dice "te quiero tanto que me das miedo". Se mete bajo la ducha, y el agua caliente golpea su piel con una fuerza casi violenta, pero bienvenida. Siente cómo el frío comienza a abandonar sus huesos, cómo sus músculos se relajan, cómo el color vuelve poco a poco a sus dedos entumecidos.

Cierra los ojos y apoya la frente contra la baldosa blanca.

─¿Estás bien? ─pregunta Nur desde fuera, su voz amortiguada por el sonido del agua.

─Mejor ─miente TK.

─Mentirosa.

─Un poco.

Nur aparece en la entrada de la ducha, con las manos en las caderas. Tiene el pijama manchado de agua, el cabello ligeramente húmedo en las puntas, y una expresión que es una mezcla perfecta de preocupación y enfado contenido. Parece una furiesa pequeña y adorable, piensa TK. Una furiesa que huele a lavanda y a omega preocupada.

─Sal de ahí en cinco minutos ─dice Nur─. Voy a preparar algo caliente para que tomes.

─Sí, señora.

─No te burles.

─Nunca.

Nur desaparece, y TK se queda bajo el agua un rato más, dejando que el calor haga su trabajo. Piensa en la cara de Nur cuando abrió la puerta. En sus ojos vidriosos. En la forma en que se aferró a ella como si fuera a desaparecer. Y siente un pequeño puñetazo en el pecho, un recordatorio de que sus acciones tienen consecuencias, de que salir con tormenta no fue la decisión más inteligente.

Pero luego piensa en las fresas. En las fresas que la señora de la frutería guardó especialmente para ella porque "usted siempre es tan amable". En la crema batida que compró en la tienda de la esquina, la última que quedaba. En la cara que va a poner Nur cuando las pruebe, con esos ojitos cerrados de felicidad, ese pequeño gemido de placer que la vuelve loca.

Y decide que valió la pena.

Cada gota de lluvia. Cada segundo de frío. Cada preocupación.

Valió la pena.

. . .

Cuando TK sale de la ducha, envuelta en una toalla enorme y con el cabello todavía húmedo, Nur ya la está esperando en el sofá.

El espectáculo que la recibe es casi ridículo de tanto encanto. La mesa de centro ha sido transformada en un altar de bienestar: hay una taza humeante de té de jengibre (TK lo reconoce por el olor picante), una manta adicional sobre el respaldar del sofá, y un par de calcetines de lana dispuestos ordenadamente en el suelo, como si fueran zapatillas esperando a ser usadas.

Y en el centro de todo, envuelta en su cobija de ositos, con el cabello recogido en un moño desordenado y los pies descalzos apoyados sobre la mesa, está Nur.

─Siéntate ─dice, señalando el lugar a su lado.

TK obedece. Se sienta, y Nur inmediatamente la envuelve con la manta adicional, la rodea con sus brazos, la atrae hacia su pecho. TK apoya la cabeza en el hombro de su omega y cierra los ojos. Huele a lavanda. Huele a seguridad. Huele a hogar.

─Te voy a dar el té ─dice Nur, tomando la taza con una mano mientras la otra sigue acariciando el cabello húmedo de TK─. Pero tienes que beberlo todo.

─Sí, mamá.

─TK.

─Está bien, está bien. Todo.

Nur acerca la taza a los labios de TK, y la alfa bebe a sorbos pequeños, sintiendo cómo el líquido caliente le recorre la garganta y se instala en su estómago como una pequeña hoguera. Es un té fuerte, casi amargo, pero TK no se queja. Sabe que Nur lo ha preparado con preocupación, con cuidado, con ese amor silencioso que se expresa mejor en acciones que en palabras.

Cuando la taza está vacía, TK levanta la cabeza y mira a Nur.

─Ahora las fresas ─dice.

─¿Ahora? ¿Con el frío que tienes?

─No tengo frío.

─Tus labios estaban morados.

─Ya no.

─TK...

─Por favor. ─TK hace un gesto que rara vez usa: una pequeña inclinación de cabeza, una mirada de cachorro que sabe que Nur no puede resistir─. Las compré para ti. Quiero verte comerlas.

Nur la mira. La mira largamente, como si estuviera evaluando su estado real, como si buscara algún signo de enfermedad que justifique negarse. Pero TK tiene los ojos brillantes, las mejillas sonrosadas por el calor de la ducha, y sus labios han recuperado su color normal. Así que suspira, se rinde, y asiente con la cabeza.

─Está bien. Pero te vas a tapar bien.

─Lo que tú digas.

Nur toma la bolsa plástica, la abre con cuidado, y extrae la caja de fresas. Son perfectas. Rojas, brillantes, grandes, con ese punto justo de madurez que las hace jugosas sin estar demasiado blandas. La crema batida viene en un envase pequeño, con una tapa que Nur quita con dedos expertos.

─Abre ─dice Nur, tomando una fresa por el tallo.

TK abre la boca obedientemente. Nur sumerge la fresa en la crema, la acerca a los labios de su alfa, y TK muerde. El dulzor explota en su lengua, mezclado con la acidez de la fresa, la suavidad de la crema. Es el mejor sabor del mundo, piensa TK. No por las fresas. Sino porque se lo está dando Nur.

─¿Buena? ─pregunta Nur, con una sonrisa pequeña.

─La mejor.

─Toma otra.

─Una para ti primero.

─No, yo...

─Nur. ─TK toma la caja de las manos de su omega, elige la fresa más grande, la sumerge generosamente en la crema, y la acerca a los labios de Nur─. Abre.

Nur obedece. Y cuando la fresa toca su lengua, cuando el sabor dulce y fresco la inunda, no puede evitar un pequeño gemido de placer. Cierra los ojos, inclina la cabeza hacia atrás, y mastica lentamente, saboreando cada molécula.

─Así me gusta ─susurra TK, observándola con devoción─. Así me gusta verte.

─No digas cosas raras ─murmura Nur, pero sus mejillas están encendidas.

─No es raro. Es verdad.

Pasan los siguientes minutos en un silencio cómodo, interrumpido solo por los crujidos de las fresas al ser mordidas y los pequeños ruidos de satisfacción que ambas emiten sin darse cuenta. TK alimenta a Nur, y Nur alimenta a TK, y la caja se vacía poco a poco, y la crema se termina, y la tormenta sigue rugiendo afuera pero adentro todo es cálido y seguro y perfecto.

Cuando solo queda una fresa, la última, ambas la miran al mismo tiempo.

─Para ti ─dice TK.

─Para ti ─responde Nur.

─La partimos.

─No, la última es para quien la compró.

─La compré para ti.

─Entonces es mía y decido que es tuya.

─Esa lógica no tiene sentido.

─No me importa. Cómela.

TK ríe. Es una risa baja, ronca, que todavía lleva restos del cansancio de la tormenta. Toma la última fresa, la sumerge en lo que queda de crema, y en lugar de llevársela a su propia boca, la acerca a los labios de Nur.

─Compartamos ─dice─. Tú das el primer mordisco.

Nur muerde. La fresa se rompe bajo sus dientes, el jugo dulce se derrama sobre su lengua. TK entonces toma el resto, el pequeño trozo que ha quedado, y se lo lleva a su propia boca. Pero no mastica. No traga. En lugar de eso, se inclina hacia Nur, la toma de la nuca con suavidad, y la besa.

El beso sabe a fresa y crema y a la lluvia que todavía gotea del cabello de TK. Es un beso lento, profundo, que TK construye con la paciencia de quien no tiene prisa, de quien sabe que el tiempo es solo un concepto y que lo único real es esto, es ahora, es el sabor compartido de la última fresa.

Cuando se separan, ambas tienen los labios blancos por la crema.

─Eres un desastre ─susurra Nur, pero sus ojos están cerrados y su frente descansa contra la de TK.

─Tu desastre ─responde TK, y es la verdad más grande que conoce.

. . .

Afuera, la tormenta empieza a amainar.

El sonido de la lluvia se vuelve más suave, más rítmico, casi una nana. Los truenos se escuchan cada vez más lejos, como un gigante que se aleja arrastrando los pies. Y en el sofá, envueltas en mantas y cobijas y en el calor de sus cuerpos, Nur y TK se quedan dormidas.

Nur tiene la cabeza apoyada en el pecho de TK. TK tiene un brazo rodeando la cintura de Nur. La televisión sigue encendida, transmitiendo alguna serie cursi que nadie está viendo. La taza de té reposa vacía sobre la mesa. Y la caja de fresas, también vacía, descansa junto a ella como un testigo silencioso de esta tarde de tormenta.

Antes de cerrar los ojos del todo, TK susurra algo contra el cabello de Nur.

─Te amo.

Nur sonríe sin despertarse.

Y TK piensa que no hay mejor sonido en el mundo que la respiración tranquila de su omega mientras duerme.

Solo la lluvia.

Solo el amor.

Solo esto.

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