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Amor y Mafia

∆25∆

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-El amor no siempre se expresa con palabras, a veces se siente en el vacío compartido-

A pesar de los silencios incómodos y los roces accidentales, nos manteníamos enfocados en lo que teníamos que hacer. La estrategia de cada día giraba en torno a localizar a su madre y desmantelar sus operaciones antes de que pudiera hacer algún movimiento drástico.

Una noche, después de uno de esos momentos de quietud, Tanjiro y yo estábamos en la habitación cuando me habló sobre un nuevo avance. Mientras él se inclinaba sobre la mesa, señalando unos mapas y documentos, yo estaba terminando de vestirme después de un baño. Me subí los vaqueros mientras lo escuchaba hablar.

-Hemos localizado un almacén de armas que controla mi madre-dijo, su voz llena de concentración-bastante bien protegido, pero creemos que podemos infiltrarnos. Me detuve por un momento, terminando de ajustar mi cinturón, y lo miré.

-¿Vas a ir tú?-le pregunté, tratando de sonar despreocupado, pero sabiendo que me preocupaba cada vez que Tanjiro se involucraba directamente en algo peligroso.-Tanjiro levantó la vista, sus ojos oscuros encontrándose con los míos.

-No, Zenitsu-dijo con calma-Sera Tokito y algunos de los otros subordinados se encargarán de la misión. Yo me quedaré.

Sentí alivió.

-Ahora mismo mi prioridad es quedarme aquí y asegurarme de que todo esté bajo control. Además, no quiero arriesgarme a ponerte en peligro innecesariamente, y si algo sale mal, prefiero estar aquí para protegerte.

No supe qué decir a eso, así que simplemente asentí en silencio. Era difícil no sentirme impotente, sabiendo que había tanto en juego y que él estaba cargando con gran parte de la responsabilidad.

Mientras me ponía la chaqueta, Tanjiro me observaba desde el otro lado de la habitación. Hubo un breve silencio entre nosotros antes de que finalmente rompiera el hielo.

-¿Vas a ver a Asahi hoy?-me preguntó, su tono lo suficientemente casual como para parecer despreocupado, aunque noté un leve matiz en su voz.

-Sí-respondí, abrochando la cremallera de la chaqueta. -Quedamos para vernos un rato. Si pasa algo, avísame.
-Tanjiro asintió lentamente.

-Lo haré.-Su mirada se oscureció por un momento, pero mantuvo la compostura. Justo cuando estaba a punto de salir por la puerta, escuché su voz detrás de mí.-Que te lo pases bien, Zenitsu.

Me detuve en seco por un segundo, sorprendido por sus palabras. Lo miré por encima del hombro, pero Tanjiro ya había desviado la mirada hacia el mapa nuevamente. No dije nada más y cerré la puerta detrás de mí, con la extraña sensación de que había algo más en sus palabras de lo que parecía.

Sin embargo, justo después de salir de la casa, escuché un leve sonido proveniente de la ventana. Me giré discretamente y, como sospechaba, vi a Tanjiro salir por la ventana y desaparecer entre las sombras. Sabía que no se quedaría quieto, pero no podía detenerme. Había hecho mi elección de ir a ver a Asahi, aunque mi mente no estaba del todo tranquila.

-Lo que nos une no es el amor que admitimos, sino el miedo a perderlo-

Cada vez que hablábamos de estrategias, de los movimientos de su madre, la sensación de que algo estaba a punto de romperse solo crecía.

Tanjiro seguía informándome de cada paso. El almacén de armas fue tomado con éxito gracias a Tokito, y eso nos dio algo de ventaja, pero no era suficiente. Sabíamos que su madre seguiría moviéndose, cambiando de lugar y ajustando sus planes.

-El próximo movimiento será hacia el este-dijo Tanjiro una tarde mientras me alcanzaba un vaso de agua.-Parece que está tratando de reagrupar a sus hombres allí. Si logramos interceptar el convoy, podríamos detener gran parte de su avance.

-¿Vas a ir esta vez?-pregunté, más por curiosidad que otra cosa, mientras bebía un sorbo.

-No- respondió él, con la misma calma habitual.-No esta vez tampoco. Me quedaré aquí.

Su respuesta me tranquilizaba, pero también me inquietaba. La cercanía de Tanjiro, aunque reconfortante, también era una fuente constante de conflicto interno. Me preocupaba que en cualquier momento todo lo que habíamos estado evitando estallara.

Los días continuaron, y cada vez que me veía con Asahi, sentía esa misma culpa dentro de mí. Tanjiro lo sabía, y aunque no lo decía, cada vez que mencionaba a Asahi, había una sutil frialdad en su tono.

Pero a pesar de todo, volvía cada noche a la cama junto a Tanjiro, compartiendo el mismo espacio, la misma tensión. Seguíamos acurrucándonos, buscando consuelo en la presencia del otro, pero sabíamos que había algo que ninguno de los dos se atrevía a decir en voz alta.

-El silencio entre nosotros grita lo que no nos atrevemos a decir en voz alta.-

Cuando volví de mi cita con Asahi, la habitación estaba sumida en un silencio casi inquietante. Me quité la chaqueta y comencé a ponerme el pijama, dejando que los pensamientos sobre la noche se disiparan.

Justo cuando me terminé de quitar la camiseta, escuché el suave sonido de la ventana abrirse. Miré de reojo y, como había esperado, Tanjiro estaba entrando sigilosamente, como si no quisiera que supiera que había estado fuera. Se movió con agilidad y se sentó en el filo de la cama, con la mirada perdida en el suelo.

Yo seguí cambiándome, notando la tensión en el ambiente, pero sin decir nada. Fue Tanjiro quien, tras unos momentos de silencio, rompió la calma.

-Hoy... era el cumpleaños de mi padre-dijo de repente, su voz tan baja que casi me costó entenderle.

Me congelé al escuchar sus palabras. Mis manos, que estaban en el proceso de subirme el pantalón del pijama, se detuvieron un segundo, como si el peso de lo que acababa de decir me hubiera golpeado de repente.

Con una profunda respiración, terminé de ponerme el pijama y me acerqué a la cama. Me metí bajo las sábanas, pero esta vez algo era diferente. En lugar de acurrucarnos como siempre lo hacíamos, Tanjiro y yo nos quedamos uno frente al otro, como si estuviéramos buscando una especie de refugio mutuo que ninguno de los dos sabía cómo pedir.

Tanjiro se movió lentamente, acurrucándose un poco más abajo de lo habitual, hasta que su cabeza quedó apoyada en mi pecho. Sentí cómo su respiración era pesada, irregular, como si estuviera reprimiendo algo.

Instintivamente, empecé a acariciar su cabello, pasando mis dedos por esas hebras negras y suaves que siempre habían sido una parte tan característica de él. El silencio entre nosotros era denso, pero en ese momento no necesitábamos palabras.

Y entonces, lo escuché. Un pequeño sollozo, apenas audible, escapó de Tanjiro. Mi corazón se apretó en el pecho al sentir su vulnerabilidad de una forma tan cruda. Sin pensarlo dos veces, me apegué aún más a él, envolviendo mis brazos alrededor de su cuerpo, queriendo protegerlo de todo lo que estaba cargando en ese momento.

-Mi padre...-comenzó Tanjiro, con la voz rota por las lágrimas que estaba intentando contener.-Él siempre... siempre quiso que yo fuera feliz. Que viviera una vida tranquila. Pero yo no pude... no pude salvarlo.

Su voz se quebró, y sentí cómo su cuerpo se sacudía levemente con otro sollozo. Mi corazón latía con fuerza, sintiendo el dolor que estaba desbordándose en él. Seguí acariciando su cabello, manteniéndolo cerca de mí, sin decir nada, porque sabía que no había palabras que pudieran sanar lo que estaba sintiendo.

-Quería protegerlo, quería hacer lo correcto, pero... lo perdí, Zenitsu. Lo perdí.

Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos también, no por mí, sino por él. Sabía lo mucho que su padre significaba para él, y el peso de esa culpa, esa impotencia, era algo que había estado cargando en silencio durante tanto tiempo.

-No tenías cómo saberlo, Tanjiro-murmuré, con la voz ahogada por la emoción.-No es tu culpa. Hiciste todo lo que pudiste... y él lo sabía.

Tanjiro se hundió más en mi pecho, sus sollozos suaves pero desgarradores resonando en la pequeña habitación. Me quedé con él, aferrándolo como si pudiera absorber parte de su dolor, como si al estar juntos en ese momento, pudiera aliviar aunque fuera un poco de la carga que llevaba.

Seguimos así, en silencio, hasta que finalmente, después de un rato, su respiración se hizo más lenta y sus lágrimas comenzaron a calmarse. Pero incluso entonces, no me alejé. Nos quedamos acurrucados, Tanjiro todavía con la cara apoyada en mi pecho, y yo acariciando su cabello, sintiendo cada pequeño temblor de su cuerpo.

Sabía que, aunque el dolor no desaparecería, estar juntos esa noche, en ese momento, le daba algo de paz. Y eso era todo lo que importaba.

-Amarnos es bailar en el borde del caos, sin saber si caeremos o volaremos.-

El coche avanzaba lentamente por la carretera vacía, mientras el paisaje desolado del norte se extendía a ambos lados. Todo estaba cubierto por una capa de nieve que parecía infinita, el cielo gris y opaco envolviendo el mundo en un manto de silencio. Apoyé la cabeza contra la ventanilla, observando cómo los árboles desnudos pasaban borrosos, el frío cristal se sentía reconfortante contra mi piel.

Conducía Tomioka, como siempre imperturbable, con las manos firmes en el volante y su mirada fija en el camino. El silencio entre nosotros era habitual, pero esa tarde se sentía más pesado, más tenso. Sabía que él estaba tan preocupado como yo por lo que íbamos a hacer, aunque jamás lo diría en voz alta.

-¿Estás seguro de esto, Tanjiro?-rompió el silencio Tomioka, sin apartar la vista de la carretera.

Giré un poco mi cabeza hacia él, mis ojos enfocándose en su perfil serio. Sabía lo que estaba preguntando, la preocupación que ocultaba detrás de esas palabras. Pero yo también sabía que no había vuelta atrás.

-Rass es la mano derecha de mi madre-respondí con calma, a pesar del nudo en mi garganta-Si lo atrapamos, podremos sacarle información. Puede ser nuestra única oportunidad de adelantarnos a sus movimientos

Tomioka asintió ligeramente, pero el silencio que siguió a mis palabras indicaba que no estaba completamente convencido. Tras unos segundos, habló de nuevo.

-Podrías haberte quedado con Zenitsu-dijo, con una nota de desaprobación en su voz, aunque muy sutil.-Tokito, Genya y yo podríamos haber manejado esto.

Mis manos se tensaron sobre mis rodillas al escuchar su nombre. Era una herida que aún no había sanado, y no estaba seguro de que alguna vez lo hiciera. Traté de ignorar el pinchazo en mi pecho y me obligué a mantener la calma.

-Está con su novio... o lo que sea que sean-respondí, tratando de sonar indiferente. Zenitsu a elegido quedarse con Asahi, y eso era algo con lo que tendría que aprender a vivir.

Tomioka no dijo nada más, pero el silencio que siguió fue más denso que nunca. Volví mi mirada hacia la ventanilla, permitiendo que el paisaje nevado me distrajera, aunque fuera por un momento.

-Nos aferramos al presente, temiendo lo que pueda traer el futuro-

El edificio que habíamos localizado parecía abandonado desde el exterior. La fachada estaba deteriorada, con ventanas rotas y grafitis cubriendo las paredes. Pero sabíamos que no era lo que parecía. Rass y sus hombres se escondían allí, esperando órdenes de mi madre o quizás tramando algo por su cuenta.

Entramos en silencio. Tomioka, Tokito, Genya y yo liderábamos el grupo, seguidos de un puñado de mis hombres, todos armados y listos para cualquier eventualidad. El interior estaba oscuro y desordenado, pero no tardamos mucho en encontrar a los primeros guardias.

El enfrentamiento fue rápido y letal. No hubo espacio para el diálogo, no había lugar para la misericordia. Los hombres de Rass cayeron uno tras otro, eliminados por nuestras balas y cuchillas antes de que pudieran reaccionar. Avanzamos con precisión, como una máquina bien engrasada, hasta que finalmente llegamos al centro del edificio.

Allí, en una sala de concreto sin ventanas, encontramos a Rass. Estaba rodeado por sus hombres, claramente sabiendo que éramos una amenaza inminente. Nos miró con una sonrisa arrogante, como si no creyera que estábamos a punto de destruir todo lo que había construido para mi madre.

La pelea fue feroz.

Sus hombres lucharon con desesperación, pero no eran rivales para nosotros. Tomioka y Tokito se movían como sombras, eliminando a los enemigos con una precisión escalofriante. Yo me concentré en Rass, mis movimientos impulsados por una rabia contenida que solo crecía con cada golpe.

Finalmente, después de lo que parecieron horas pero que en realidad fueron solo minutos, Rass cayó. Lo atrapamos antes de que pudiera escapar, sus hombres muertos o incapacitados a nuestro alrededor.

Tokito se acercó a mí, limpiando la sangre de sus manos mientras miraba a los hombres de Rass que quedaban vivos. Estaban arrodillados en una fila frente a nosotros, sus rostros pálidos por el miedo, sus ojos llenos de súplica.

-¿Qué hacemos con ellos?- preguntó Tokito, su voz impasible como siempre.

Miré a los hombres, notando cómo algunos de ellos apenas podían sostenerse en pie, temblando ante la expectativa de lo que vendría. Sus ojos me buscaban, esperando piedad, una oportunidad de sobrevivir.

Pero yo ya no era el Tanjiro que dudaba. Había aprendido de mis errores, había visto lo que la misericordia podía costar.

-Mátenlos-dije, mi voz firme y sin vacilaciones.-Y desháganse de sus cuerpos.

No aparté la vista mientras mis órdenes se cumplían. Sabía que no podía permitirme flaquear. No después de todo lo que había perdido, no con todo lo que estaba en juego.

Mientras los disparos resonaban a mi alrededor y los cuerpos caían uno por uno, sentí una frialdad envolviéndome, un muro que construía alrededor de mí mismo para no sentir. Para no dejar que la culpa me invadiera de nuevo.

Rass ahora estaba en nuestras manos, y él me llevaría hasta mi madre. Si tenía que sacrificar a más hombres para lograrlo, lo haría. Mi misión no era solo personal, era el destino de todos los que me importaban.

-Nos protegemos mutuamente del mundo exterior, pero no de nuestros propios miedos-

Zenitsu estaba furioso. Lo noté en cuanto entré a su habitación a la mañana siguiente. Estaba de pie, con los brazos cruzados, su cuerpo casi temblando de rabia contenida. Sus ojos, usualmente dulces y llenos de vida, ahora eran dos pozos oscuros, cargados de reproche.

Sí.

Le mandé un audio cuando termine con todo.

Y me dejó en visto.

-¡No puedo creer que no me dijeras que ibas a por Rass!-gritó, su voz temblando con una mezcla de ira y decepción-Te dije que me avisaras de todo, ¡de todo, Tanjiro!

Cerré la ventana tras de mí y me acerqué lentamente, sin quitarle la mirada de encima. Sabía que estaba enfadado, pero no podía dejar que eso me desconcentrara. Había esperado este enfrentamiento desde que volví la noche anterior.

-No quería interrumpir tu cita-respondí con calma, aunque sentía el peso de sus palabras sobre mí.

-¡Esa no es una excusa!-replicó Zenitsu, su rostro encendido.

-¿De verdad crees que prefiero una cita antes que saber que estabas en peligro? Me prometiste que me lo dirías todo. ¡Todo!

Suspiré, sintiendo la presión en mi pecho crecer. Sabía que tenía razón, y eso solo lo hacía más difícil. Me acerqué un poco más, mi tono intentando ser suave pero firme al mismo tiempo.

-Zenitsu, si puedo hacerte la vida más fácil de alguna manera, lo haré-le dije, tratando de apaciguarlo-No pretendía que lo de Rass fuera un secreto, te lo iba a contar, sí o sí. Solo... no quería molestarte mientras estabas con Asahi. Eso es todo

Zenitsu seguía furioso, pero ahora sus manos empezaban a moverse con nerviosismo. Jugaba con las mangas de su pijama, retorciéndolas entre sus dedos, una acción que siempre me había parecido adorable. A pesar de la tensión, una pequeña sonrisa se formó en mis labios al ver ese gesto tan característico de él.

-¡El desayuno ya está listo!-gritó su madre desde abajo

-Esto no ha terminado-dijo Zenitsu, y aunque intentaba sonar firme, su nerviosismo era evidente. Señaló hacia la puerta cuando se escuchó la voz de su madre llamando desde abajo.

Asentí, manteniendo mi compostura. Sabía que aún estaba molesto, pero al menos el ambiente ya no se sentía tan cargado como antes. Zenitsu suspiró profundamente, pasando una mano por su cabello mientras sus ojos evitaban los míos por un momento.

-Puedes quedarte a dormir aquí, si quieres-murmuró de repente, cambiando el tema bruscamente-Echaré la llave por fuera.

Lo miré sorprendido por su oferta, pero no quise rechazarlo. Asentí nuevamente, agradecido, mientras Zenitsu se dirigía hacia la puerta, todavía con una mirada de molestia en su rostro.

Me quedé allí un momento, viendo cómo cerraba la puerta detrás de él. Luego, me dejé caer sobre su cama, hundiéndome en las sábanas. Sabía que la conversación no había terminado, pero por ahora, estaba dispuesto a dejar que las cosas se calmaran un poco.

Me acosté, pensando en lo que había dicho. Zenitsu siempre había sido una mezcla de emociones fuertes y vulnerabilidad, y aunque su preocupación por mí me tocaba, sabía que no era fácil para él lidiar con todo lo que estaba pasando. Lo entendía mejor de lo que él se daba cuenta.

Cerré los ojos por un momento, escuchando el leve sonido de los pasos de Zenitsu bajando las escaleras. Sabía que tendría que enfrentarlo de nuevo más tarde, pero por ahora, al menos, podía permitirme un momento de paz en su cama, envuelto en su olor y su presencia, aunque fuera en silencio.


-El amor duele más cuando no se puede expresar plenamente.-

Mientras desayunaba con su familia, el aroma del café y las tostadas llenaba el comedor. Las conversaciones eran ligeras, entre risas y bromas típicas. Sus hermanas hablaban sobre los planes para el día, mientras su madre organizaba todo con su característico tono calmado. Milo, el ahora perro de la familia, corría alrededor de la mesa, ladrando juguetonamente y persiguiendo sus propias patas. De vez en cuando, se acercaba a Zenitsu, dándole pequeños empujones con el hocico, como si intentara que se uniera al caos.

De repente, sentí una vibración en mi bolsillo. Miré el móvil rápidamente, un mensaje de algún contacto, pero decidí ignorarlo por el momento. Lo volví a meter en el bolsillo de mi pijama, tratando de mantenerme presente en la charla con mi familia, aunque algo dentro de mí me decía que revisara.

El desayuno continuó, y como de costumbre, cuando todos terminaron, ayudé a mis hermanas a recoger la mesa. Milo seguía detrás de mí, juguetón y lleno de energía, pero finalmente decidió irse detrás de mi madre cuando esta se dirigió a la cocina. Subí las escaleras lentamente, intentando relajarme un poco después de una mañana familiar.

Fue entonces cuando el móvil volvió a vibrar, esta vez un mensaje de un número desconocido. Abrí la pantalla con curiosidad.

Por favor, borra este mensaje cuando termines de leer. Soy Tomioka, uno de los más fieles hombres de Tanjiro. Te digo esto porque tú puedes hacer que sus pensamientos se aclaren. Ayer ejecutó a varias personas que atrapamos junto con Rass. No es normal que las ejecute. Siempre, los deja inconscientes o los libera, pero ayer decidió matarlos. Eso no es típico de él. Creo que sabes a lo que me refiero.

Me quedé mirando la pantalla, el mensaje parecía tan fuera de lugar, pero algo dentro de mí sabía que había verdad en esas palabras. Leí el mensaje de nuevo, dos, tres veces más. Mis manos temblaban ligeramente mientras lo releía. Cada palabra parecía resonar más fuerte que la anterior. Eso no es típico de él...

Tomé una profunda bocanada de aire, tratando de calmarme. Me guardé el móvil en el bolsillo del pijama, mi mente girando con cada palabra del mensaje.

Caminé hacia mi habitación, cerrando la puerta tras de mí y asegurándome de echar el pestillo. Mi mirada se posó en Tanjiro, quien seguía tumbado en la cama, durmiendo plácidamente, como si el peso del mundo no estuviera sobre sus hombros. Había algo en su serenidad que me molestaba, algo que no podía ignorar después de leer ese mensaje.

Tomé una de las almohadas que había dejado sobre el escritorio y me acerqué a la cama. No pude evitar una pequeña sonrisa mientras me preparaba para despertarlo de la manera más tonta posible. Con un movimiento rápido, golpeé su cara con la almohada.

Pero lo que no recordé -y eso fue estúpido de mi parte- es que Tanjiro tiene los reflejos de un lince. En un segundo, me encontré inmovilizado, tumbado boca arriba contra la cama, con su peso presionando el mío. Sus ojos rojos, afilados como dagas, me miraban con una intensidad que me dejó sin aliento. Pero pronto esa mirada se suavizó cuando se dio cuenta de que era yo.

-¿Por qué has hecho eso?-me preguntó sorprendido.

-¿Por qué mataste a esos hombres?-solté, sin rodeos. Mi corazón latía con fuerza mientras lo veía quedarse inmóvil, su expresión cambiando rápidamente. Sabía que no esperaba esa pregunta.

Tanjiro me miró en silencio por un momento, sus ojos buscando los míos. Los vi cambiar, como si una tormenta se formara detrás de ellos, su rostro endureciéndose mientras procesaba mis palabras.

-Porque es lo que merecen-
me dijo con una frialdad que nunca había visto en él antes. Sus palabras cayeron como un cubo de agua helada sobre mí, y por un momento, me quedé sin saber qué decir.

-No...tú no eres así-logré murmurar, mi voz temblando mientras lo miraba directamente a los ojos.

Era el Tanjiro que conocía, pero al mismo tiempo, no lo era.

Algo en él había cambiado, algo oscuro que estaba empezando a asomarse a la superficie.

Tanjiro soltó una risa baja, casi amarga, y su rostro se inclinó más cerca del mío, su mirada cargada de una intensidad que me helaba los huesos.

-Tú no sabes en quién me he convertido-susurró con un tono desafiante, como si estuviera desafiándome a contradecirle.

-No, no lo creo-insistí, mi voz más firme esta vez-Lo hiciste porque estás cansado, Tanjiro. Lo sé. Tú no… No eres como ellos. No eres un asesino a sangre fría-Sentía que mi corazón latía con fuerza, empujando contra el miedo que se formaba en mi pecho. Sabía que las palabras correctas podían llegarle, que había algo dentro de él que aún se aferraba a su humanidad.

-Soy peor que ellos-dijo, y su voz era una mezcla de ira y resignación.

Su rostro se inclinó aún más cerca del mío, tan cerca que sentí su aliento caliente contra mi piel. Su mirada penetraba contra la mía, buscando algo, tal vez una reacción, tal vez una señal de que lo entendiera. Pero lo único que vi fue dolor escondido tras esa máscara de frialdad.

El aire entre nosotros se volvió espeso, casi asfixiante. Sentía el peso de su cuerpo sobre el mío, cada músculo tenso, como si estuviera conteniendo algo mucho más grande de lo que cualquiera de nosotros pudiera manejar. Pero no me iba a rendir. No podía.

-No lo eres-susurré, aferrándome a su mirada, buscando una grieta en esa armadura que se había construido-No importa lo que digas, yo te conozco. Tú no disfrutas de la violencia. No eres como ellos, Tanjiro. Estás luchando contra algo más grande, algo que no puedes controlar, pero eso no te convierte en un monstruo.

Por un momento, el silencio se hizo eterno. La tensión en el aire era palpable, cada segundo que pasaba se sentía como un abismo más profundo que nos separaba.

Tanjiro me miraba con una mezcla de emociones que no podía descifrar del todo: rabia, dolor, confusión… pero también algo más. Algo que me daba esperanza.

-No sabes lo que es...-susurró finalmente, su voz quebrada. -No sabes lo que se siente llevar el peso de tantas muertes... fallar a tanta gente. Incluido a ti-Su tono había cambiado, ya no era frío, sino roto, vulnerable.

-Entonces no te cargues con más-le dije, suavemente-No cargues con más muertes de las que ya llevas. No tienes que hacerlo solo, Tanjiro. No tienes que ser peor que ellos. Estoy aquí, siempre lo estaré.

Sus ojos se suavizaron, y por un momento, la tensión en su cuerpo pareció relajarse. Pude ver que estaba empezando a procesar lo que decía, que había algo dentro de él que aún respondía a la luz, algo que no quería caer en esa oscuridad absoluta.

Finalmente, Tanjiro dejó escapar un largo suspiro, inclinando su frente contra la mía, cerrando los ojos. Sentí su peso sobre mí, pero esta vez ya no se sentía amenazante, sino más bien como si estuviera buscando un refugio, una pausa en su tormenta interna.

-No sé si puedo parar-
admitió en un susurro apenas audible, su voz tan llena de cansancio que me rompió el corazón-Estoy...no se...furioso.

-Lo se...-repetí, acariciando suavemente su cabello.

Nos quedamos así, en silencio, mientras el peso de nuestras palabras se asentaba entre nosotros. Tanjiro no estaba perdido aún. No mientras alguien estuviera allí para recordarle quién era realmente.

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