39
Dicen que las islas están desiertas.
Mienten.
Siempre hay algo observando
antes de que pongas un pie en la arena.
Damián
Mientras la barca se aproxima lentamente a la isla, vuelvo a comprobar el interior de la mochila.
Y compruebo que las estacas estén bien sujetas. Las cuento una por una. No son muchas. Pero son suficientes para defenderme si algo decide que soy una presa fácil.
Las vuelvo a guardar.
No sé qué voy a encontrar cuando ponga un pie en esa isla.
Puede que solo haya animales.
Puede que esté completamente desierta...O puede que no, quizá exista alguna tribu.
Alguien que haya vivido aquí mucho antes de que el kraken destrozara nuestro barco.
No puedo permitirme dar nada por hecho. Suelto un largo suspiro, el sonido del agua golpeando suavemente el casco improvisado de la barca es el único que rompe el silencio.
Han pasado días.
Y, desde entonces...Mi madre no ha vuelto a entrar en mi mente. No ha vuelto el pitido, no han vuelto sus órdenes, no han vuelto aquellas voces que parecían abrirse paso entre mis propios pensamientos.
Quizá no haya podido.
La proa roza finalmente la arena con un sonido seco, y espero unos segundos antes de incorporarme.
Las piernas siguen recordándome el viaje. Mantener el equilibrio sobre la barca durante horas ha castigado unas costillas que todavía no han terminado de recuperarse.
Salto con cuidado al agua poco profunda, la siento tibia, las pequeñas olas chocan contra mis botas mientras sujeto la cuerda con ambas manos.
Empiezo a tirar.
La embarcación ofrece resistencia.
La arena húmeda intenta retenerla, pero continúo arrastrándola poco a poco hasta dejarla varios metros por encima de la línea que marca la marea.
No pienso permitir que el océano me la quite, he invertido demasiados días en construirla.
Cuando termino, ato la cuerda alrededor del tronco grueso de un árbol cercano y compruebo dos veces el nudo.
Solo entonces me permito respirar.
Me giro lentamente y observo la isla, el viento mueve las copas de los árboles con suavidad.
No hay huellas visibles sobre la arena, no veo indicios de hogueras, no escucho voces. Solo el murmullo constante del mar y el canto lejano de algunas aves ocultas entre la vegetación.
Decido no internarme directamente en el bosque. Si hay alguien viviendo aquí, lo más probable es que haya pasado antes por la playa. El agua es el primer lugar al que acudiría cualquier superviviente.
Así que comienzo por la orilla.
Camino despacio, dejando que las olas mojen apenas la punta de mis botas. Mi mirada no deja de recorrer la arena, busco cualquier cosa que rompa el dibujo perfecto que deja la marea.
Una pisada.
Restos de una hoguera.
Un refugio.
Un coco abierto con herramientas.
Cualquier señal de que otro ser humano ha pasado por aquí.
No encuentro nada, la arena está limpia. Las únicas marcas pertenecen a pequeños cangrejos que desaparecen en cuanto me acerco y a las aves que bajan a buscar alimento cuando las olas retroceden.
Me agacho varias veces para asegurarme de que no estoy pasando nada por alto.
Nada.
Sigo caminando durante un buen rato, bordeando toda la costa que puedo alcanzar sin alejarme demasiado de la barca.
El paisaje apenas cambia.
Palmeras.
Rocas.
Arena.
Vegetación.
Silencio.
Vuelvo al punto donde he dejado la embarcación y levanto la vista hacia la montaña que domina gran parte de la isla.
Decido rodearla.
Si alguien ha construido un refugio, quizá haya elegido una zona protegida del viento o una pequeña cala oculta al otro lado.
El terreno empieza a complicarse.
Las rocas sustituyen poco a poco a la arena y tengo que avanzar con cuidado para no resbalar. Las costillas vuelven a recordarme que aún no están completamente curadas cada vez que necesito apoyar una mano para mantener el equilibrio.
Rodeo la montaña durante lo que me parece una eternidad. Encuentro pequeños arroyos que desembocan en el mar, algunos árboles caídos, varias cuevas demasiado pequeñas para servir de refugio.
Pero ningún rastro humano.
Nada.
Ni una huella.
Ni una rama cortada.
Ni una piedra colocada de forma intencionada.
Nada.
Me detengo.
Observo el bosque que se extiende hacia el interior, fesde aquí parece completamente distinto. Como si la propia vegetación quisiera impedir que alguien entrara.
Suspiro lentamente.
Si alguien está aquí...No vive cerca de la costa o está por el otro lado.
Aprieto la correa de la mochila sobre mi hombro, no he venido hasta esta isla para marcharme con dudas.
No dejo de observar. Cada pocos metros me detengo para escuchar.
El silencio de la isla no es un verdadero silencio. Hay insectos, pájaros escondidos entre las ramas, hojas movidas por el viento. Todo parece normal.
Las costillas siguen recordándome que no están curadas y que no me pase. Cada vez que tengo que apartar una rama gruesa o subir una roca, una punzada me obliga a apretar los dientes.
Aun así, sigo adelante. Después de casi una hora atravesando el bosque, los árboles empiezan a espaciarse.
La vegetación pierde densidad.
Y entonces...Me detengo en seco.
Hay un olor.
Muy tenue.
Casi imperceptible.
Inspiro otra vez.
Humo.
No.
Leña quemada.
Una hoguera.
El corazón me da un vuelco tan fuerte que durante un instante olvido respirar.
Hay alguien.
Mi primer impulso es echar a correr.
Recorrer los últimos metros gritando los nombres de todos.
Pero me obligo a detenerme.
No.
Eso sería estúpido. No sé quién ha encendido ese fuego, podría no ser uno de los nuestros.
Empiezo a avanzar todavía más despacio. Cada paso está calculado.
Apoyo primero la punta del pie para evitar hacer ruido. Aparto las ramas con el dorso de la mano en lugar de empujarlas de golpe. Mi respiración se vuelve tan lenta que casi desaparece.
El olor a humo aumenta.
Después aparece otro.
Madera recién cortada.
Levanto la vista.
Entre los árboles distingo una pequeña construcción.
Una choza improvisada.
El pecho se me encoge.
Está bien hecha.
Demasiado bien hecha para haber sido levantada en unas pocas horas.
Las paredes están cubiertas por hojas de palmera entrelazadas.
El techo tiene varias capas para impedir que entre la lluvia, los nudos sujetan toda la estructura con firmeza.
Quienquiera que la haya construido...Sabe sobrevivir.
Me llevo una mano al cinturón.
Las dos dagas salen de sus fundas con un sonido casi inaudible.
Continúo acercándome.
Muy despacio.
No veo movimiento.
No escucho voces.
Solo el crepitar apagado de unas brasas que todavía conservan calor.
Rodeo la choza sin dejar de observar cada rincón.
Nada.
Nadie fuera.
Solo varias ramas cortadas, algunas herramientas improvisadas y un pequeño espacio donde han limpiado el terreno para dormir.
Mi pulso empieza a acelerarse.
No sé por qué.
Hay algo que no encaja.
Llego hasta la entrada.
La tela improvisada que hace de puerta apenas se mueve con la brisa.
Respiro hondo.
Y me asomo.
Siento que el corazón cae directamente hasta el estómago.
-Roy...-La palabra apenas abandona mis labios.
Roy está arrodillado junto a alguien.
Tiene la ropa sucia, el rostro demacrado y las manos completamente manchadas de sangre.
Levanta la cabeza de golpe al escucharme. Sus ojos se abren como si estuviera viendo un fantasma.
Pero apenas puedo mirarlo.
Toda mi atención se dirige al cuerpo tendido sobre el improvisado lecho de hojas.
-Jason...
Está pálido, respira, muy despacio.
Su abdomen está cubierto por varios paños húmedos, completamente empapados y teñidos de un rojo oscuro. La sangre ha atravesado todas las capas de tela y sigue acumulándose debajo de su cuerpo, formando un pequeño charco que Roy intenta contener cambiando una tela por otra.
Hay demasiada sangre.
Mucha más de la que una persona debería perder y seguir con vida.
Durante un instante olvido el kraken.
La isla.
El hambre.
La sed.
Solo existe una idea.
Jason se está muriendo...Así que no me molesto en saludar.
Muévete.
Rápido.
Mi cabeza no deja espacio para ninguna otra cosa. Cruzo la entrada de la choza en dos zancadas y me dejo caer al otro lado de Jason, apoyando inmediatamente una rodilla en el suelo.
-¿Qué le ha pasado?
Roy tarda un segundo en responder. Tiene los ojos completamente enrojecidos, la barba empieza a crecerle y las manos le tiemblan tanto que apenas puede mantener la presión sobre el vendaje.
-No...no lo sé bien. Cuando llegamos a la orilla ya la tenía.
Asiento sin apartar la vista de Jason.
Respira.
Eso es lo primero.
Respira.
-Jason...-murmuro sin esperar una respuesta. No la hay.
Con cuidado empiezo a levantar los paños húmedos que cubren su abdomen. Son trozos de ropa, mantas rasgadas y camisetas empapadas una y otra vez para intentar limpiar la sangre.
En cuanto retiro el último...
-Joder....
La herida es mucho peor de lo que esperaba. Empieza en un lado del abdomen y desciende varios centímetros en diagonal. Los bordes están abiertos, irregulares, como si algo afilado hubiera rasgado la carne al impactar con una fuerza brutal.
La sangre ya no brota con la violencia de una hemorragia arterial, pero sigue saliendo lentamente.
Demasiado lentamente. Lo suficiente para matarlo si continúa así. Trago saliva.
-Se ha cortado contra un filo de metal...seguramente un trozo del barco. Joder...es profunda.
Durante unos segundos mi cabeza trabaja sola.
No tengo anestesia.
No tengo antibióticos.
No tengo hilo quirúrgico.
Pero tampoco puedo quedarme mirando cómo se desangra.
Me incorporo de golpe.
-Roy....-Él levanta inmediatamente la cabeza-Lava todos los paños en agua dulce. Todos-El asiente-Y cuando vuelvas, déjale solo uno sobre la herida para mantener presión. Los demás tienen que quedar completamente limpios.
-Vale.
Sale corriendo hacia el interior de bosque, su pongo que ellos también han tenido agua potable. Yo permanezco inmóvil apenas un segundo.
Obligándome a recordar.
Plantas.
¿Qué demonios ahí en esta isla?
Empiezo a rebuscar mentalmente entre todo lo que he visto desde que llegué.
Aloe vera...Sirve para quemaduras y para ayudar a cicatrizar, pero esto no basta.
Necesito algo que ayude a controlar la infección.
Algo que calme la inflamación.
Algo...Mi respiración se acelera.
No puedo entrar en pánico, si entro en pánico...Jason muere.
Salgo de la choza casi corriendo y miro el bosque. Obligo a mi memoria a trabajar.
Cada árbol.
Cada arbusto.
Cada planta que vi mientras venía.
Tiene que haber algo.
Tiene que existir alguna posibilidad.
Cada pocos metros me agacho para observar hojas, tallos y flores. Algunas las reconozco. Otras no me atrevo ni a tocarlas. Un error puede envenenarlo antes incluso de que la herida lo haga.
No. Necesito ir sobre seguro.
Encuentro el primer grupo de plantas junto a un pequeño arroyo.
Aloe vera.
Arranco varias hojas gruesas. Vale, el gel no cerrará una herida como esa, pero ayudará a mantener la piel hidratada alrededor de los bordes y puede aliviar parte de la inflamación.
Las guardo.
Sigo caminando.
Unos metros más adelante encuentro una corteza que reconozco, la parto con una piedra, el interior desprende un aroma amargo.
Salicina.
No es un analgésico potente, pero es lo más parecido a un calmante natural que puedo conseguir aquí. Arranco varios trozos de corteza y los guardo también.
-Bien...bien...
Continúo.
Encuentro un arbusto cubierto de pequeñas flores blancas. Las observo durante varios segundos.
No.
No estoy completamente seguro.
Las dejo donde están. Prefiero perder una oportunidad antes que matar a Jason por una equivocación.
El bosque vuelve a cerrarse.
Sigo buscando.
Empiezo a fijarme en los musgos que cubren las piedras cercanas al agua. Selecciono únicamente los que crecen sobre roca limpia, lejos de la tierra. Algunos tipos pueden servir como apósito improvisado si se limpian bien. Absorben humedad y ayudan a mantener protegida la herida.
Recojo varios puñados.
Después aparecen unas hojas grandes y anchas. Las doblo entre los dedos, son resistentes. Podrán servir para cubrir el vendaje y evitar que entre suciedad.
Las corto.
Mi mochila empieza a llenarse.
Pero sigo sintiendo que falta algo.
Algo importante.
Me detengo.
Cierro los ojos.
¿Que más?
Piensa.
Piensa.
Entonces recuerdo otra explicación.
No todas las plantas sirven para curar. Algunas sirven para dormir.
Empiezo a buscar flores y frutos que reconozca con absoluta certeza. Encuentro unas pequeñas vainas aromáticas cuyo olor resulta intenso y ligeramente embriagador al romperlas. Las observo con cautela. Trituradas y en muy poca cantidad podrían ayudar a relajar, pero una dosis equivocada sería peligrosa.
Niego con la cabeza.
No.
Sin saber exactamente la concentración...No pienso arriesgarme.
No necesito que duerma.Necesito que este espabilado, todo lo posible.
Lianas finas para sujetar un nuevo vendaje y varias piedras lisas que puedan hervirse después para esterilizarlas junto con agua.
Cuando vuelvo a la choza voy tan cargado que la mochila casi pesa el doble que al salir.
Desde fuera ya escucho a Roy.
Dejo todo lo que he recogido junto a la entrada y me arrodillo de nuevo al lado de Jason. Durante unos segundos me obligo a no mirar directamente la herida. Me concentro en su pecho, en el movimiento apenas visible de sus costillas, en el aire que entra por su nariz y sale por sus labios entreabiertos. Sigue respirando.
-Roy, necesito que hiervas agua.
-¿Cuánta?
-Toda la que puedas. Utiliza la olla que he traído. Y mete dentro los paños limpios cuando empiece a hervir, pero no los dejes caer en la tierra cuando los saques.
Roy se mueve de inmediato, pero lo agarro de la muñeca antes de que salga.
-Y lávate las manos-Me mira como si esa orden fuera absurda en mitad de todo aquello-Con agua y ceniza limpia. Frótatelas bien.
No tengo jabón, alcohol ni guantes. No puedo convertir está choza en un lugar estéril, pero puedo reducir la suciedad que introduzcamos en el cuerpo de Jason. Una infección podría matarlo aunque consiga detener la sangre. Roy asiente y sale. Yo me acerco más y retiro con cuidado el único paño que queda sobre el abdomen.
La piel se me eriza entera.
Respira.
Hace calor dentro de la choza, tanto que el sudor me corre por la espalda. Es mi cuerpo tratando de apartarme de lo que tengo delante. La herida se abre entre la piel como una boca irregular. Los bordes están hinchados y oscuros en algunas zonas. Hay arena seca pegada alrededor, pequeñas fibras de tela y sangre coagulada que forma una capa espesa, casi negra. Debajo, la sangre nueva continúa apareciendo despacio, acumulándose en el centro antes de deslizarse hacia el costado.
No vomités.
El olor me golpea.
No vomités.
Hierro.
Sudor.
Agua de mar.
Algo húmedo y caliente que no debería estar expuesto al aire.
Roy lo abra hecho lo mejor que a podido. Pero no tiene los mismos conocimientos que yo o los demás.
Se me cierra la garganta y tengo que girar la cabeza. El estómago se contrae con tanta fuerza que durante un instante creo que voy a vomitar allí mismo, encima de Jason. Trago saliva una vez. No sirve. Vuelvo a tragar y aprieto la lengua contra el paladar, respirando únicamente por la boca.
No puedo vomitar.
No puedo perder tiempo.
-No mires la herida como si fuera Jason-me digo en voz baja-Es solo un problema.
Un problema puede resolverse.
Jason es mi hermano.
Y si pienso en él como mi hermano, si pienso en Bruce preguntando dónde está, en Dick buscándolo por todas partes o en la posibilidad de que muera bajo mis manos, no seré capaz de moverme.
Su piel está fría a pesar del calor. Está perdiendo sangre y probablemente entrando en shock.
-Roy-grito-trae también hojas secas o una manta. Algo que pueda cubrirlo.
No debo enfriarlo. Cuando el cuerpo pierde demasiada sangre, deja de conservar bien el calor, y el frío empeora la coagulación. Necesito mantenerlo abrigado incluso si yo siento que me estoy asando dentro de la choza.
Roy regresa con las manos aún húmedas.
-El agua todavía no hierve.
-Bien. Ponte aquí. Presiona.
Doblo uno de los paños limpios varias veces y lo coloco sobre la parte de la herida que sangra más. Después sujeto la mano de Roy y la pongo encima.
-Con la palma. Firme, pero no hundas los dedos.
-¿Cuánto?
-Hasta que yo te diga.
-Damián...
-No levantes el paño para comprobarlo. Si lo levantas cada pocos segundos, arrancas el coágulo que está intentando formarse. Si se empapa, colocamos otro encima. No retiramos el primero.
Roy asiente, pero su respiración tiembla. Tiene la mirada fija en el rostro de Jason y no en sus manos. Quizá sea mejor así.
-Háblale-le ordeno mientras saco una botella de agua-Dile cualquier cosa.
-Está inconsciente.
-Me da igual. Háblale.
No sé cuánto puede oír Jason. Quizá nada. Pero quiero mantener a Roy ocupado y necesito escuchar la respiración de ambos para detectar cualquier cambio.
-Eh, capullo...-empieza Roy, con la voz rota-Como te mueras, pienso matarte.
Suena estúpido. Y, de algún modo, exactamente a algo que yo también diría.
Humedezco un paño limpio con el agua de una de mis botellas. No la vierto directamente sobre el interior de la herida. No tengo suficiente agua limpia para irrigarla como debería y no quiero empujar arena o restos más profundamente. Empiezo por la piel de alrededor, retirando con movimientos suaves la sangre seca, el barro y las fibras visibles. Limpio desde la zona más cercana a la herida hacia fuera, utilizando una parte distinta de la tela cada vez para no devolver la suciedad al mismo lugar.
Jason emite un sonido bajo. Tan leve que podría confundirse con una exhalación.
Me quedo inmóvil.
-Jason...-Sus párpados no se abren, pero el ceño se le contrae.
-Eso es bueno-dice Roy demasiado rápido-¿Verdad? Eso es bueno.
-Significa que siente dolor-No digo que también significa que sigue vivo. No quiero permitirnos celebrar todavía-Jason, soy Damián. No te muevas.
Sus labios se separan. Sale un gemido áspero y débil.
-Te dije que no ibas a morir tan fácilmente-Le dice Roy-Y que si te pasaba algo me lo dijeras.
-¿Ha hecho muchos esfuerzos?
-Sí. Prácticamente toda la cabaña antes de no poder más.
-¿No te diste cuenta de la herida que tenia?
-¿Crees que si lo hubiera sabido lo hubiera dejado?
Al limpiar uno de los bordes veo mejor la profundidad del corte y el impulso de vomitar regresa con violencia. Una arcada me sacude el pecho. Giro la cara, cierro los ojos un segundo y noto cómo la saliva me llena la boca.
-Joder-susurra Roy.
-Sigue presionando.
-Estás blanco.
-Sigue presionando.
Me limpio la boca con el hombro y vuelvo a mirar. La herida es profunda, pero no veo nada sobresaliendo. No sé si el metal ha penetrado la cavidad abdominal o solo ha atravesado varias capas de músculo. No puedo explorarla. Meter los dedos sería una barbaridad, y tampoco puedo intentar cerrarla sin saber qué daño existe debajo. Si hay sangrado interno, no hay planta, vendaje ni habilidad que pueda arreglarlo aquí.
Esa idea intenta abrirse camino en mi cabeza. La aplasto. Solo puedo ocuparme de aquello que sí veo.
-¿Cuánto tiempo lleva así?-pregunto.
-Tres días.
-¿Ha bebido?
-Un poco ayer. Luego vomitó.
Eso no me gusta. Puede ser por el dolor, por haber tragado agua de mar, por una conmoción o por una lesión interna. No tengo manera de saberlo.
-No le des más agua mientras no esté completamente despierto.
-Pero se esta deshidratado.
-Si no puede tragar bien, puede aspirarla y ahogarse. Solo mojaremos sus labios-Roy baja la cabeza.
-Entendido.
El agua comienza a hervir fuera y le indico que mantenga la presión mientras yo voy a buscarla. Utilizo dos ramas para sacar los paños y los dejo sobre hojas limpias cerca del fuego para que se enfríen. También hiervo las tiras de tela que pienso usar para sujetar el vendaje. No meto el aloe ni ninguna de las plantas dentro de la herida. El gel puede servir más adelante para quemaduras o piel irritada, pero una herida abierta y profunda no es el lugar para experimentar. Las flores que podrían adormecerlo permanecen apartadas. No conozco la dosis exacta ni el estado de sus órganos. Podría detenerle la respiración intentando quitarle el dolor.
De la corteza solo preparo una infusión muy ligera y la dejo a un lado. No se la daré hasta que esté despierto, pueda tragar y esté seguro de que no vuelve a vomitar. Incluso entonces tendré que pensarlo. Algunos analgésicos naturales pueden empeorar el sangrado. En este momento necesito que su sangre coagule, no que fluya con mayor facilidad.
Regreso a la choza con los paños todavía calientes.
-Voy a levantar tu mano-le digo a Roy-Cuando lo haga, no apartes la vista. Dime si la sangre sale a chorros o solo rezuma.
-No sé distinguirlo.
-Si late con el pulso o llena el paño inmediatamente, me lo dices.
Retiro la mano de Roy y levanto apenas una esquina de la tela. La sangre continúa saliendo, pero más despacio. No hay un chorro pulsátil. Siento que una parte mínima de mi pecho se afloja.
-Está reduciéndose.
-¿Entonces va a sobrevivir?
-No he dicho eso.
-Pon el paño hervido encima-le ordeno-No toques la parte central con los dedos.
Él lo sostiene por las esquinas mientras yo retiro la tela empapada con el menor movimiento posible. Limpio únicamente los restos superficiales que puedo ver y coloco el nuevo apósito doblado sobre la herida. Después añado más capas secas encima para absorber la sangre y distribuir la presión.
-Levántalo un poco por el hombro-le digo-Muy poco. No dobles su abdomen.
Roy mete un brazo detrás de Jason y lo eleva apenas unos centímetros. Jason gime y su cabeza cae hacia un lado.
-Lo siento-susurra Roy.
Paso una tira larga de tela por debajo de su espalda. Tengo que introducir la mano entre su cuerpo y las hojas. La piel está pegajosa, cubierta de sudor frío. Al moverlo, el olor a sangre aumenta y vuelvo a sentir el vómito subiendo. Esta vez no puedo evitar que una arcada seca me cierre la garganta.
-¿Puedes hacerlo?-pregunta Roy.
-Sí.
-Damián...
-He dicho que sí.
Rodeo su abdomen con la tela y hago el nudo en un costado, lejos de la herida, lo bastante firme para mantener los paños en su lugar, pero no tanto como para dificultarle la respiración. Después deslizo dos dedos por debajo del vendaje para comprobar que no lo he apretado demasiado.
Cubro a Jason con una manta húmeda que Roy ha encontrado y la cambio inmediatamente por hojas secas y tela. Lo coloco de lado solo lo suficiente para que, si vuelve a vomitar, no se ahogue, pero mantengo su torso estable y evito presionar el abdomen. Pongo un rollo de tela detrás de su espalda para que no gire por completo.
Dos horas después de ponernos al día, la conclusión es desalentadora.
Ninguno de los dos ha visto absolutamente nada que indique que los demás sigan con vida.
Ni señales de humo, ni restos recientes de campamentos, ni huellas, ni voces.
Nada.
Roy recorrió buena parte de esta isla durante los primeros días buscando a cualquiera, mientras Jason montaba la choza. Yo hice lo mismo en la mía antes de construir la balsa.
No significa que hayan muerto. Pero tampoco puedo convencerme de que sigan vivos únicamente porque quiera creerlo.
La única ventaja con la que Roy ha contado es una enorme casualidad.
Cuando despertó en la playa, su arco seguía sujeto a su espalda.
Varias flechas se perdieron en el naufragio, pero consiguió recuperar otras entre los restos que el mar fue devolviendo durante los días siguientes. Después fabricó algunas más con ramas rectas, piedra afilada y plumas de las aves que cazaba.
Eso les permitió conseguir carne.
Pájaros, algún conejo salvaje, pequeños animales que se cruzaban en su camino.
Sin ese arco...Probablemente ninguno de los dos habría llegado hasta hoy.
Jason necesitaba proteínas para intentar reparar el daño que tenía dentro, por mínimo que fuera ese proceso. No era suficiente para curarlo, pero sí para darle a su cuerpo una oportunidad más de seguir luchando.
Jason jamás se habría quedado quieto y dejado a Roy haciéndolo todo.
Si Roy lo hubiera sabido nunca lo habría permitido. Lo habría obligado a descansar y si hubiera hecho falta lo habría atado a un árbol.
Y cada uno de esos esfuerzos había vuelto a abrir una herida que jamás tuvo la oportunidad de cerrar del todo.
Miro a Roy. Está sentado junto a Jason, completamente agotado, sin apartar la vista de él.
Ha hecho todo lo que estaba en su mano. Y Jason...Jason ha intentado curarse solo para que Roy no entrara en pánico.
Los dos, a su manera, han estado intentando salvar al otro desde el día en que despertaron en esta isla.
Los dos días siguientes se convierten en una rutina tan agotadora como necesaria.
El amanecer empieza siempre igual.
Antes incluso de salir el sol, compruebo la respiración de Jason y apoyo dos dedos sobre su cuello.
Después cambiamos el vendaje.
Ya no sangra como el primer día, pero la herida continúa siendo alarmante. Primero calentamos agua hasta hervirla y dejamos que se enfríe lo suficiente para no quemarlo. Limpiamos con cuidado la piel de alrededor, retirando únicamente la suciedad y la sangre seca que vuelve a acumularse durante la noche. No tocamos el interior más de lo imprescindible. Cualquier manipulación innecesaria solo puede empeorar las cosas.
Jason apenas reacciona. A veces frunce el ceño, otras emite un gemido ronco cuando tenemos que moverlo unos centímetros para cambiar las telas.
Después volvemos a colocar los paños limpios y los sujetamos con nuevas tiras de tela. Siempre comprobamos que pueda respirar con normalidad y que el vendaje no quede demasiado apretado.
Mientras uno permanece con él, el otro sale a buscar comida.
Roy sigue demostrando por qué el arco forma parte de él. Lo observo desaparecer entre los árboles con una facilidad que resulta insultante. Apenas hace ruido. Horas después vuelve con algún ave, un conejo pequeño o cualquier animal que haya conseguido cazar.
Yo me encargo de preparar el fuego, limpiar la carne y buscar frutas que ya sé que no son peligrosas. Al igual que enseñó a Roy. También lleno las botellas en el arroyo y recojo más hojas grandes para seguir sustituyendo las que usamos dentro de la choza.
No hablamos demasiado.
No hace falta. Cada uno sabe perfectamente qué tiene que hacer.
Jason despierta pocas veces. Nunca durante mucho tiempo.
Abre los ojos unos segundos, completamente desorientado, como si necesitara recordar dónde está.
-¿Roy...?-murmura una mañana.
-Aquí estoy-Roy se inclina inmediatamente hacia él.
Le humedezco los labios antes de acercarle un poco de agua.
-Despacio.
Jason consigue tragar un par de sorbos. Hace una mueca de dolor al intentar incorporarse y enseguida niego con la cabeza.
-Ni se te ocurra.
Más tarde consigue comer unos pocos bocados de carne muy triturada mezclada con agua para que le resulte más fácil tragar.
No es mucho.
Pero es suficiente.
Apenas termina, sus párpados vuelven a cerrarse y otra vez duerme. Su cuerpo parece utilizar cada mínima cantidad de energía únicamente para seguir reparándose.
La tarde del segundo día, después de comprobar que Jason descansa con tranquilidad, Roy y yo caminamos hasta la playa.
El mar va y viene una y otra vez, como si nunca hubiera intentado matarnos. Me agacho y me echo un poco de agua sobre la nuca.
El calor empieza a hacerse insoportable.
-Cuando Jason mejore nos iremos de aquí.
Mira el horizonte. Las otras islas apenas se distinguen como manchas verdes en la distancia.
-Yo encontré esta porque tuve tiempo para construir una balsa. Si el resto sigue vivo, puede que haya acabado igual que nosotros.
Roy permanece callado pero asiente.
-Una por una.
Roy
Hay algo extraño en la forma en la que el tiempo funciona aquí.
Antes un día estaba lleno de cosas: patrullas, entrenamientos, discusiones con Jason, llamadas, ciudades.
Ahora un día entero puede resumirse en cambiar un vendaje, buscar agua, cazar algo que llevarnos a la boca y esperar.
Esperar a que Jason respire.
Esperar a que abra los ojos.
Esperar a que Damián diga que la herida tiene mejor aspecto.
Y, aun así...
La espera empieza a dar resultado.
No es un cambio espectacular.
No ocurre de un día para otro.
Simplemente, una mañana, Damián tarda un poco más en fruncir el ceño cuando retira el vendaje.
Otra mañana, Jason apenas sangra.
Después llega un día en el que consigue incorporarse unos centímetros antes de que ambos lo obliguemos a tumbarse otra vez.
Todo sucede despacio.
Tan despacio que solo te das cuenta cuando miras atrás.
Damián sigue siendo increíblemente meticuloso. Cambia las vendas siempre de la misma forma, hierve agua, limpia alrededor de la herida con una paciencia que jamás le habría atribuido. Si encuentra algo fuera de sitio, vuelve a empezar. Nunca improvisa cuando se trata de Jason.
Yo, mientras tanto, me convierto en el encargado de todo lo demás.
Salgo con el arco cada mañana.
Hay días buenos y días malos.
Algunos vuelvo con dos pájaros y un conejo. Otros regreso con las manos vacías y la sensación de haber desperdiciado horas.
Pero nunca dejo de intentarlo. Cuando regreso, Damián ya tiene el fuego preparado.
No hace falta hablar demasiado.
Yo limpio la presa.
Él la cocina.
Después intentamos convencer a Jason para que coma.
Y casi siempre perdemos la discusión.
Porque Jason mastica tres bocados, protesta diciendo que ya ha comido suficiente y vuelve a quedarse dormido como si el mundo entero pesara sobre sus párpados.
Al menos ya protesta.
Eso significa que sigue siendo él.
Una tarde, Damián recoge las botellas vacías.
-Voy al arroyo.
Asiento sin levantar la vista del arco que estoy reparando.
La choza queda en silencio.
Solo se oye el viento colándose entre las hojas del techo.
Al cabo de unos minutos noto movimiento.
Levanto la cabeza.
Jason está despierto.
Tiene la mirada perdida, como si estuviera viendo algo que no existe.
La fiebre vuelve a haberle robado parte de la realidad.
Me acerco despacio.
-¿Cómo estás?
No responde enseguida.
Sus ojos terminan encontrándose con los míos.
Me observa durante un buen rato.
Como si necesitara asegurarse de que soy yo.
Después sonríe.
Es una sonrisa pequeña.
Débil.
Pero hace semanas que no la veía.
-Pensaba... que te habías muerto.
Se me hace un nudo en la garganta.
-Pues has pensado mal.
Suelta una risa tan floja que casi parece un suspiro.
Permanecemos unos segundos sin decir nada.
Entonces levanta la mano.
Le cuesta tanto que apenas consigue rozarme los dedos.
-Ven.
Me inclino un poco creyendo que quiere decirme algo.
En cambio, lo que sale de su boca es casi un murmullo.
-Bésame.
Me quedo inmóvil.
No porque no quiera.
Porque llevo demasiado tiempo queriendo hacerlo.
Pero precisamente por eso...
No.
Lo miro bien.
Tiene las mejillas ardiendo por la fiebre.
Los ojos medio cerrados.
Ni siquiera sé cuánto de lo que dice es realmente consciente.
Sonrío con tristeza y niego despacio.
-No.
Frunce ligeramente el ceño.
-¿No...quieres?
La pregunta me rompe un poco por dentro.
Le aprieto la mano con cuidado.
-Quiero. Muchísimo. Pero no ahora.
No así. Cuando estés bien. Cuando puedas levantarte para discutir conmigo.
Jason mantiene la mirada fija en mí unos segundos más. Parece querer discutir. Pero la fiebre vuelve a ganarle y sus párpados caen lentamente.
Antes de dormirse del todo, apenas lo oigo murmurar:
-Vale...-Su mano se relaja dentro de la mía y yo no la suelto.
Sigo allí sentado hasta que escucho los pasos de Damián regresar desde el bosque con las botellas llenas de agua. Sólo entonces me doy cuenta de que, durante todo ese tiempo, había estado sujetando la mano de Jason como si temiera que, al soltarla, volviera a escapárseme.
-A veces sobrevivir es la decisión más violenta que puedes tomar-
Barry
El barco desapareció bajo nosotros antes de que pudiera procesarlo.
Un segundo estaba allí-metal, motores, la familiaridad de la cubierta bajo mis pies-y al siguiente, solo había agua. Agua fría, negra, voraz que me tragó por completo antes de que pudiera gritar. El impacto me dejó sin aliento, desorientado, golpeando contra algo duro que debía ser un escombros del casco.
Sentí el sabor de la sangre en mi boca-un momento largo y terrible-estuve seguro de que moriría ahí, en medio del océano, lejos de todo, convertido en un cuerpo más que el mar devoraría sin contemplaciones.
Y entonces, la luz.
Verde. Intensa. Familiar.
Hal.
Emergí a la superficie escupiendo agua salada, jadeando, con los pulmones ardiendo. La burbuja ya estaba formándose a mi alrededor, una esfera translúcida que me arrancó del agua como una mano gigante invisible. Hal estaba a mi lado, flotando dentro de la construcción, con el brazo extendido y el anillo brillando con una intensidad que yo conocía demasiado bien.
-¡Barry!-Su voz sonó distorsionada dentro de la burbuja-¿Estás bien?
Asentí, tosiendo, tratando de hablar pero sin encontrar las palabras. Él me revisó con la mirada, esa inspección rápida que hacen los héroes cuando evalúan daños en medio del caos. Pareció satisfecho-o al menos, menos horrorizado-y entonces la burbuja se estabilizó.
El barco se había ido. Completamente. No quedaba ni rastro de la nave, de la Liga, de los Titanes. Solo estábamos nosotros dos, flotando sobre un océano que seguía rugiendo como si quisiera reclamarnos.
Eso fue hace... ¿cuánto? ¿Doce horas? ¿Dieciséis? Perdí la noción del tiempo hace mucho. El sol se ha puesto y ha vuelto a salir, eso lo sé.
Somos basura a la deriva. Somos insignificantes.
Y yo no puedo hacer nada.
Eso es lo peor. Lo absolutamente peor. Soy Flash. Corro más rápido que la luz, atravieso dimensiones, salvo ciudades enteras antes de que el reloj marque un segundo. Pero aquí, en medio de este maldito océano, soy inútil.
No hay tierra a la que correr.
No hay edificios que desplomarse. No hay villanos que detener.
Solo hay agua, interminable, infinita, burlándose de mí con cada ola que nos golpea.
Miro a Hal.
Está sentado frente a mí, con las piernas cruzadas de forma forzada, intentando parecer cómodo en un espacio que apenas nos permite estirarnos. Pero lo conozco demasiado bien. Veo la tensión en sus hombros, la forma en que su mandíbula late cada vez que una ola particularmente grande golpea la burbuja. Veo cómo su mano derecha se cierra en puño cada pocas horas, cómo su mirada baja hacia el anillo con una preocupación que intenta disimular.
Está gastando más energía de la que tiene.
Lo sé porque lo conozco desde hace años. Porque he visto a Hal Jordan sonreír mientras sostiene el mundo sobre sus hombros, fingiendo que no pesa nada. Porque he visto esa misma sonrisa cansada en otros momentos, otros desastres, otras veces en las que cargó con más de lo que debería.
Pero esto es diferente.
-Déjame ver esa herida-digo, rompiendo el silencio que se había extendido entre nosotros como una manta húmeda.
Hal levanta la vista, sorprendido. Luego sonríe, forzando la ligereza como siempre.
-Estoy bien, Barry. Es solo un golpe.
-Hal.
Suspira y se ajusta la posición, gruñendo apenas cuando el movimiento le aprieta el costado. Me acerco gateando-no hay espacio para ponerse de pie-y examino la herida con atención.
Es peor de lo que pensaba.
El hematoma cubre casi todo su flanco izquierdo, una mancha violácea y negra que se extiende desde las costillas inferiores hasta la cadera. Parece carne podrida, carne muerta. Y encima, cruzando diagonalmente, hay un corte que debe haber sido profundo. Ya no sangra, pero la línea rojiza e irregular que ha dejado parece infectada, inflamada, caliente al tacto. El agua salada no ha ayudado. Nada de esto ayuda.
-No tiene buena pinta-murmuro, sin apartar la vista de la herida.
Hal baja la cabeza para mirarse el costado y después vuelve a levantarla hacia mí. Sus ojos marrones-esos ojos que suelen brillar con tanta seguridad-están apagados, cansados.
-¿Intentas tranquilizarme?-Su voz suena ronca, seca.
-Sí-Se le dibuja una sonrisa cansada, genuina a pesar de todo.
-Me ayudaría más que me dieras un beso.
No puedo evitar sonreír también, aunque siento el peso de la situación aplastándome el pecho. Incluso aquí, perdidos en mitad del océano, con su cuerpo magullado y su anillo fallando, Hal sigue encontrando fuerzas para bromeear. Es su forma de pelear, lo sé. Es su escudo contra el miedo.
Me inclino despacio hasta quedar a pocos centímetros de él. El espacio es tan reducido que nuestros hombros se tocan, nuestros alientos se mezclan.
-Pesado...
-Pero guapo-completa, y hay algo en su tono, algo de súplica disfrazada de broma.
Pongo los ojos en blanco antes de unir nuestros labios.
Es un beso corto. Suave. No tiene prisa. Pero para mí, es también una comprobación: sus labios están secos, agrietados, demasiado calientes. Está deshidratado. Está sufriendo. Y yo no puedo hacer nada excepto besarlo y fingir que todo estará bien.
Cuando nos separamos, Hal apoya la frente contra la mía durante unos segundos. Siento su respiración, irregular, forzada, conteniendo el dolor.
-Mucho mejor-susurra.
-Lo imaginaba.
Nos quedamos en silencio. El balanceo constante del mar hace que la burbuja suba y baje lentamente con cada ola. Fuera, el océano sigue su danza indiferente. Dentro, el aire huele a ozono y a sudor, a miedo contenido.
Entonces lo veo.
Su mano derecha se cierra de nuevo, y sus ojos bajan hacia el anillo. No es una mirada casual. Es desesperación disfrazada de control. Y de repente, recuerdo.
La batería.
Su batería de poder se perdió durante el ataque, cuando el barco se partió. No ha podido recargar el anillo desde entonces. Lo que está haciendo Hal... no debería ser posible. Cualquier otro Linterna Verde habría perdido sus construcciones hace muchas horas. La burbuja debería haberse disuelto, dejándonos caer al agua, dejándonos ahogar.
Pero Hal Jordan nunca ha sido cualquier Linterna Verde.
Miro el anillo. La luz verde parpadea, débil, inconsistente. Un destello, una pausa, otro destello más tenue. Es como mirar una vela a punto de apagarse, luchando contra el viento. Y sin embargo, la burbuja sigue ahí. Sigue protegiéndonos. Sigue empujando hacia arriba cada vez que una ola intenta tragarnos.
Lo está manteniendo con pura voluntad.
Siento un nudo en la garganta, una mezcla de admiración y terror. Sé lo que esto le cuesta. Sé que cada segundo que pasa, Hal está quemando algo dentro de sí, algo que no se recarga con baterías. Está usando su esencia, su fuerza vital, para mantenernos con vida.
Y yo no puedo hacer nada excepto mirar.
Pasa un día.
Luego otro.
La luz verde pierde intensidad poco a poco, volviéndose amarillenta, casi transparente en algunos momentos. Cada vez que parpadea, mi corazón se detiene. Cada vez que vuelve, exhalo aliviado.
Hal no duerme. No puede. Si pierde la concentración, si se rinde siquiera un segundo, caemos. Así que se queda ahí, con los ojos abiertos, mirando al infinito.
Quiero hablarle. Quiero decirle que descanse, que deje caer la burbuja, que confiemos en que alguien nos encuentre. Pero sé que no lo hará. Sé que Hal seguirá adelante hasta que el anillo se quede sin batería.
Porque rendirse nunca ha formado parte de él.
Finalmente, al amanecer del segundo día-o quizás es el tercero, ya no sé-algo aparece entre la neblina.
Una línea oscura.
Primero pienso que es otra nube, otra ilusión de mi mente cansada. Pero se mantiene. Crece. Y entonces distingo formas.
Árboles.
Palmeras.
Tierra.
-Hal...-Mi voz sale como un graznido, ronca por la deshidratación.
Él levanta la cabeza inmediatamente, siguiendo mi mirada. Sus ojos se abren, y por primera vez en días, veo algo más que determinación forzada. Veo esperanza. Veo alivio.
La ve.
Y sonríe.
Es una sonrisa pequeña, temblorosa, pero real. Creo que ninguno de los dos había vuelto a sonreír de verdad desde que el kraken apareció.
La burbuja roza finalmente la arena con un leve destello verde.
Hal suspira.
No es un suspiro de alivio común. Es el sonido de alguien que ha estado conteniendo el mundo entero y finalmente puede soltarlo. La construcción verde parpadea, tiembla, y luego desaparece al instante.
Su anillo emite un último destello, un último pulso de luz que parece un adiós, antes de apagarse por completo. Negro. Silencio.
Durante unos segundos ninguno de los dos se mueve.
Simplemente permanecemos allí, tumbados sobre la arena húmeda, respirando. El sol calienta nuestra piel. El sonido de las olas es ahora un murmullo lejano, casi amigable. Un pájaro grita en algún lugar, un sonido terrenal y vivo.
Estamos vivos.
No sé cómo me empecé a enamorar exactamente de Hal. No hubo un momento definido, un rayo que cayera del cielo iluminándolo todo. Fue más bien como el desgaste del agua sobre la piedra: lento, constante, inevitable. Una gota cada día hasta que un día miras hacia abajo y descubres que se ha formado un canal donde antes no había nada.
Empezó con las visitas al laboratorio.
Aparecía sin avisar, con una sonrisa y esa chaqueta de cuero que olía a verá, fresco y algo que llena los pulmones. Decía que pasaba por allí, que tenía una hora libre entre misiones, que quería ver si quería comer algo. Siempre tenía una excusa lista, siempre tenía una historia convincente. Pero yo notaba la diferencia, notaba cómo sus ojos recorrían la habitación buscándome antes de saludar a nadie más. Notaba cómo se quedaba un poco más de lo necesario, cómo sus hombros rozaban los míos cuando mirábamos muestras juntos bajo el microscopio.
-Tienes algo en el cuello-decía, y sus dedos rozaban mi piel un segundo más de lo que la situación requería.
Yo me quedaba paralizado, sintiendo el calor de su contacto como una quemadura dulce, y luego él se alejaba sonriendo como si nada hubiera pasado.
Pero algo había pasado.
Siempre pasaba algo.
Después empezó a venir a casa.
Nunca cuando Iris estaba.
Eso era parte del código que ninguno de los dos hablaba en voz alta pero ambos entendíamos perfectamente. Aparecía los martes, cuando ella tenía turno de noche en el Picture News. O los sábados por la mañana, cuando salía a hacer yoga con sus amigas. Llamaba al timbre con ese ritmo específico que aprendí a reconocer: dos toques cortos, uno largo, como una señal secreta.
-Traje café-decía, levantando dos tazas de la cafetería de la esquina, siempre sabiendo exactamente cómo me gustaba, con un toque de canela que yo nunca le había mencionado pero él había memorizado.
Entrábamos y la casa se sentía diferente. Más grande, más íntima, más peligrosa. Iris y yo habíamos construido un hogar lleno de fotos y recuerdos, de mantas tejidas y libros compartidos. Y allí estaba Hal, sentado en mi sofá, con las piernas abiertas en esa postura suya que ocupaba demasiado espacio, haciendo que todo pareciera...más. Más intenso. Más real.
Hablamos de todo y de nada.
-Con la velocidad es fácil sentirse solo-dije una vez, mirando mi café ya frío-Todo el mundo se mueve tan despacio. A veces olvido cómo es conectar de verdad.
-Yo entiendo eso-dijo simplemente-
El espacio es enorme, Barry. Incluso con todo el Corps, a veces siento que floto en la oscuridad...
Nos quedamos en silencio después de eso. Un silencio cómodo, pero cargado. El tipo de silencio que solo existe entre personas que saben demasiado la una de la otra.
Empecé a esperar esas visitas.
Con ansiedad, con culpa, con una emoción que no me atrevía a nombrar. Revisaba el relojo constantemente los martes, calculando cuándo llegaría, me encontraba sonriendo solo en la cocina cuando recordaba algo gracioso que había dicho la semana anterior, me dormía pensando en su risa, en la forma en que se pasaba la mano por el pelo cuando estaba nervioso, en la cicatriz que tenía en la ceja izquierda y que solo se veía cuando estaba muy cerca.
Muy cerca. Eso fue lo siguiente.
Las distancias se fueron reduciendo. Primero fueron los hombros. Luego las rodillas que se tocaban cuando nos sentábamos en el sofá. Después fueron las manos, esas manos que se quedaban un segundo más sobre las mías cuando me pasaba un libro, un control remoto, una lata de cerveza.
-Eres mi mejor amigo, Barry-dijo una vez, y su voz sonó rara, forzada-Lo sabes, ¿verdad?
Asentí, pero en mi cabeza resonaba: No es verdad.
Esto no es amistad.
Esto es otra cosa.
Iris notó algo. No sé qué, pero empezó a hacer preguntas. ¿Por qué Hal venía tan seguido? ¿Por qué sonreía yo tanto cuando sonaba el teléfono? Yo me encogía de hombros, inventaba excusas, sentía la culpa como un peso en el pecho que ni mi velocidad podía aliviar.
Pero no podía parar.
Cada visita de Hal era como una respiración de aire fresco en una habitación que se estaba quedando sin oxígeno. Me sentía vivo de una forma que no recordaba haber sentido.
Llegó un martes de lluvia. Iris tenía que cubrir un evento político que se extendería hasta la madrugada. Hal apareció con una pizza y una botella de whisky que había comprado en algún lugar del espacio, según dijo, "de un planeta donde las uvas crecen en asteroides".
Reímos.
Bebimos.
La lluvia golpeaba las ventanas y el mundo exterior se desdibujaba. Estábamos en el sofá, más cerca de lo habitual. Nuestros muslos se tocaban, nuestras manos se rozaban cada vez que nos servíamos otro trago. La conversación se volvió más íntima, más peligrosa.
-¿Alguna vez sientes que estás viviendo la vida de otra persona?- preguntó Hal de repente, mirando su vaso-Como si todo lo que has construido fuera un escenario y tú solo estuvieras actuando el papel que se supone que debes hacer.
-Sí....-confesé.
Hal levantó la vista. Nuestros ojos se encontraron. El aire entre nosotros cambió, se volvió denso, eléctrico. Podía oír su respiración, podía ver el pulso en su cuello acelerándose. Era como estar en el ojo de un huracán, donde todo está quieto pero se siente la tormenta a punto de estallar.
-Barry...-empezó, y su voz se quebró.
-No digas nada-susurré, aunque no sabía si le pedía que se detuviera o que continuara.
Pero él no dijo nada más.
En cambio, se movió.
Fue lento, tan lento que pude ver cada centímetro que recorría. Podría haberme alejado. Podría haber corrido, desaparecido en un instante, dejado atrás el momento y la tentación.
Pero no lo hice.
Me quedé quieto, paralizado, esperando con cada fibra de mi ser.
Su mano tocó mi mejilla. Sus dedos eran cálidos, ásperos, reales. Me inclinó la cara hacia él, y yo dejé que lo hiciera, incapaz de resistir, incapaz de querer resistir.
Vi sus ojos cerrarse lentamente.
Vi cómo sus labios se separaban. Sentí su aliento contra los míos, cálido, con sabor a whisky y a algo indefinible que era simplemente Hal.
Y entonces me besó.
No fue un beso suave ni exploratorio. Fue un beso de hambre, de desesperación, de dos personas que finalmente dejaban caer las máscaras. Sus labios se movieron contra los míos con una urgencia que me robó el aliento. Su mano se deslizó hasta mi nuca, presionando, acercándome más. Y yo...yo lo dejé.
No, más que eso.
Yo respondí.
Mis manos encontraron su chaqueta, agarrándola con fuerza, atrayéndolo hacia mí. El mundo giró, o quizás solo éramos nosotros los que girábamos, cayendo sobre el sofá, entrelazados, sin dejar de besarnos ni un segundo. Era caótico, era perfecto, era terrible.
Cuando finalmente nos separamos, ambos jadeábamos. Su frente estaba contra la mía. Sus ojos verdes brillaban con una intensidad que nunca había visto.
-Lo siento-susurró, aunque su tono decía todo lo contrario-No pude...no pude seguir fingiendo.
Yo debería haber dicho algo. Debería haber mencionado a Iris, debería haber hablado de líneas cruzadas, de errores. Pero en ese momento, con su peso sobre mí y su sabor en mis labios, no podía pensar en nada excepto en cuánto tiempo había estado esperando exactamente esto.
-Yo tampoco-fue todo lo que pude decir.
Y volvió a besarme.
La lluvia seguía cayendo fuera, indiferente. Pero dentro de mi casa, de mí salo, en mi sofá, con Hal Jordan aferrándose a mí como si yo fuera su único punto de referencia en el universo.
Lo llevamos en secreto.
Eso suena simple cuando se dice así, como si fuera solo una palabra, un estado. Pero en realidad es un arte. Es un tejido complejo de mentiras piadosas, de horarios calculados al milímetro, de miradas robadas en reuniones de la Liga que duran un segundo demasiado largo.
Empezamos a encontrarnos en lugares que no existían. Al menos, eso es cómo se sentía. La azotea de un edificio abandonado en el distrito financiero, donde nadie subía porque las cerraduras estaban oxidadas y el ascensor no funcionaba. Hal llegaba volando, siempre con esa sonrisa que intentaba parecer casual pero que yo ya sabía que era solo para mí. Yo corría, dejando atrás mi vida normal como si fuera una capa que pudiera quitarme y colgar en un perchero invisible.
-Tienes veinte minutos-decía él, consultando un reloj que no llevaba puesto.
-Tengo veinte minutos-confirmaba yo, aunque ambos sabíamos que podía tener los veinte minutos que quisiera, porque el tiempo se doblaba a mi alrededor cuando corría.
Pero nunca los usábamos todos. Siempre había prisa.
Siempre había miedo.
Nos veíamos en mi laboratorio a altas horas de la noche, cuando los técnicos se habían ido y el edificio quedaba en silencio. Hal creaba construcciones verdes alrededor de las cámaras de seguridad, pequeñas ilusiones ópticas que mostraban habitaciones vacías mientras nosotros estábamos allí, en el suelo de baldosas frías, con las manos entrelazadas, hablando en susurros que no necesitábamos porque estábamos solos, pero que usábamos de todos modos porque así se sentía más íntimo, más prohibido.
Las primeras veces, después, me sentaba en el coche durante media hora antes de volver a casa. Miraba mis manos, las mismas manos que habían tocado a Hal, que habían memorizado la curva de su espalda, la línea de su mandíbula, y las veía como si pertenecieran a otra persona. Como si Barry Allen, el forense, el marido de Iris, no pudiera ser la misma persona que había estado desnuda con Hal Jordan en una azotea, con el viento de Gotham azotándoles la piel.
Pero lo era. Lo soy.
Y eso es lo peor.
Porque Iris...Dios, Iris. La quiero. Eso nunca ha sido mentira. La quiero cuando se despierta por la mañana con el pelo revuelto y me sonríe desde la almohada. La quiero cuando discutimos sobre quién va a lavar los platos y ella gana porque siempre gana, porque me conoce demasiado bien y sabe exactamente qué decir para hacerme reír y olvidar mi enfado. La quiero cuando me trae café a la mesa mientras reviso casos, cuando me abraza desde atrás mientras cocino, cuando duerme abrazada a mí por las noches, confiando, segura, amándome con una inocencia que yo estoy manchando cada vez que pienso en Hal.
La quiero, pero no es suficiente.
No es una cuestión de cantidad. No es que tenga amor limitado y deba repartirlo. Es algo más profundo, más desordenado. Es que Hal me toca de un modo que despierta algo que yo creía enterrado. Una parte de mí que no sabía que existía, o que había olvidado que podía existir. Cuando estoy con él, no soy el hombre responsable, el héroe confiable, el esposo devoto. Soy alguien más peligroso, más libre, más verdadero.
Y eso es adictivo.
Una vez, en el archivo del departamento, entre estanterías polvorientas que olían a papel viejo, me empujó contra la pared y me besó con una desesperación que me dejó sin aliento, con la boca abierta, con las manos temblando.
-No puedo seguir haciendo esto-dije después, pero mis manos lo agarraban con fuerza, negándose a soltarlo.
-Entonces no lo hagamos-respondió él, besando mi cuello-Déjalo. Dile la verdad. Elige.
Pero no podía elegir. Esa era la tortura. No podía elegir porque necesitaba ambas cosas. Necesitaba la estabilidad de Iris, su amor constante, su forma de hacerme sentir seguro y arraigado. Pero también necesitaba el caos de Hal, su fuego, la forma en que me miraba como si yo fuera el único objeto en el universo que merecía su atención.
La culga se manifestaba de formas extrañas. Empecé a ser más cariñoso con Iris, casi en exceso. Le traía flores sin motivo, le llevaba el desayuno a la cama, le decía "te quiero" con una frecuencia que ella notaba, que la confundía.
-¿Estás bien, Barry?-preguntó una mañana, frunciendo el ceño sobre su taza de café-Pareces...raro últimamente.
-Solo estoy agradecido-respondí, y era cierto, pero no de la forma en que ella creía-Por ti. Por esto. Por nosotros.
Ella sonrió, satisfecha, y me besó antes de irse al trabajo. Y yo me quedé en la cocina, con el sabor de su café en mis labios, pensando en que hacía solo tres horas que los labios de Hal habían estado ahí, que su lengua había saboreado el mismo lugar, que me había hecho gemir en la oscuridad mientras Iris dormía, en nuestra cama, confiando.
Me sentí enfermo.
Físicamente enfermo.
Corrí al baño y vomité, pero no salió nada, porque no había comido. Solo culpa. Solo miedo.
Pero cuando Hal envió un mensaje -"Azotea. Ahora."-corrí hacia allí. Tan rápido que el mundo se volvió un túnel de luz borrosa. Y cuando lo vi, cuando me tomó en sus brazos y me besó como si me fuera a salvar de la vida que yo mismo había construido, sentí que respiraba por primera vez en días.
-Te odio-le dije una vez, mientras yacíamos en su cama en Coast City, en un apartamento que ninguno de nuestros amigos conocía, que no existía en ningún registro.
-Lo sé-respondió, acariciando mi pecho.
Hal se quedó en silencio durante mucho tiempo. Luego se inclinó sobre mí, bloqueando la luz, y sus ojos marrones me miraron con una intensidad que me hizo querer llorar.
-Entonces déjame ir-dijo suavemente-Si eso es lo que necesitas, déjame ir. Pero no digas que no te avisé. Porque si te vas, si eliges eso, yo te dejaré ir. De verdad. Para siempre.
Y en ese momento, con él sobre mí, con su calor y su peso y su olor impregnándome, supe que no podía. Que era débil. Que era egoísta. Que quería tener el pastel y comérmelo también, aunque me asfixiara con él.
-No puedo-susurra-No soy capaz. Te necesito demasiado.
Mmmm
Lo primero que hago es aceptar la realidad: Hal no está en condiciones de hacer prácticamente nada. Su cuerpo es un mapa de moratones, el costado izquierdo es una mancha violácea que se extiende bajo la camiseta rasgada, y cada vez que se mueve más de lo necesario, su mandíbula se tensa hasta que parece que va a romperse los dientes. Así que durante las siguientes horas, todo depende de mí.
Y resulta extraño.
Estoy acostumbrado a poder hacer cientos de cosas en segundos. A construir estructuras enteras, a recorrer ciudades, a traer recursos de continentes distintos si es necesario. Mi velocidad es mi idioma nativo, mi forma de existir en el mundo. Pero aquí, en esta isla que parece haber surgido de la nada, debo contenerme. Debo moverme como lo haría cualquier otro humano. Lento. Metódico. Vulnerable.
Mi cuerpo también está cansado. Los músculos me duelen con un dolor sordo, diferente al de una pelea, más profundo. Y hay algo más: el miedo. No sé qué demonios hay en esta isla, no sé qué criaturas acechan, qué precipicios oculta el follaje, qué enfermedades esperan en el agua. No pienso salir corriendo sin saber dónde piso y terminar atravesando un barranco por ir demasiado deprisa, o peor, dejar atrás a Hal sin posibilidad de que me alcance si algo sale mal.
Así que empiezo por lo más importante. Una cabaña.
No necesito construir una casa. No es el momento para arquitectura ambiciosa. Solo necesito algo que nos mantenga fuera del sol durante el día-ese sol tropical que ya empieza a picar con fuerza-y protegidos si llueve durante la noche.
Elijo una zona elevada respecto a la playa, una pequeña explanada de tierra compacta a unos metros de distancia, pero no demasiado lejos de donde Hal está sentado. Empiezo a recoger ramas gruesas, troncos relativamente rectos que han caído de los árboles cercanos. Pesados. Torpes. Los arrastro uno a uno, sintiendo la tierra bajo las uñas, el sudor empezando a empaparme la espalda.
Cada pocos minutos levanto la cabeza para comprobar que sigue despierto.
-Sigo vivo-me grita después de pillarme mirándolo.
-No he preguntado-respondo, volviendo a la tarea, avergonzado de haber sido tan obvio.
Clavo varias ramas en la tierra formando la estructura principal. Es trabajo duro. Golpeo con piedras, uso mi peso para hundir los postes, siento las palmas empezar a formar ampollas. Utilizo lianas que encuentro colgando de los árboles para unir las piezas, anudándolas con la precisión que puedo recordar de mis días de boy scout, hace una eternidad. Después coloco otras ramas atravesadas por encima, creando un marco rudimentario, y empiezo a cubrir el techo con hojas grandes de palmera. Las superpongo metódicamente, como tejas, para que, si llueve, el agua resbale hacia los lados en vez de caer directamente sobre nosotros.
Es un trabajo lento.
Meticuloso.
Cada hoja debe colocarse correctamente.
Cada unión debe ser segura.
No puedo permitirme errores porque no tengo tiempo de reconstruir. Porque Hal necesita refugio ahora, no cuando yo termine de correr.
Cuando termino, me aparto unos pasos. La observo.
Está ligeramente torcida. Una pared inclina hacia la izquierda. El techo tiene una curva extraña en el centro. Parece más un refugio de animales que de humanos.
-Ni una palabra-le advierto a Hal, anticipando su comentario.
-No he dicho nada-responde, inocente, aunque sé que está mordiéndose el labio para contener la risa.
-Te conozco.
-Estaba pensando que tiene personalidad-dice, finalmente dejando escapar una carcajada que termina en un gemido, llevándose la mano al costado.
Después viene el verdadero problema.
Agua.
Los cocos que hemos estado bebiendo pueden mantenernos durante un tiempo, pero no podemos depender únicamente de ellos. Necesitamos una fuente constante, algo que no se agote, algo que podamos almacenar. Y necesito encontrarla antes de que el sol caiga, antes de que la noche traiga su propio conjunto de peligros.
Antes de internarme en la isla, encuentro algo que me da una idea.
Bambú.
Crece en una zona húmeda unos metros más allá de las palmeras, donde el suelo se vuelve más oscuro, más fértil. Los tallos son altos, rectos, perfectos. Corto varios utilizando una piedra afilada que encuentro, golpeando una y otra vez hasta que se separan. El trabajo es laborioso, mis manos empiezan a sangrar ligeramente en las yemas de los dedos, pero no me detengo. Algunos segmentos son prácticamente recipientes naturales gracias a los nudos que dividen el interior del tallo, creando compartimentos impermeables.
Los limpio todo lo posible, raspando la superficie con hojas, eliminando la suciedad. Si encuentro agua potable, estos serán nuestros cántaros, nuestra forma de transportarla hasta la cabaña.
Me preparo varios recipientes y regreso junto a Hal. Está donde lo dejé, con los ojos cerrados, pero se abren cuando escucha mis pasos.
-Voy a buscar agua-anuncio, intentando sonar más confiado de lo que me siento.
Su expresión cambia inmediatamente. El miedo cruza su rostro, rápido, aunque intenta disimularlo.
-Barry...-empieza, su voz baja.
-No voy lejos-interrumpo, sabiendo lo que va a decir.
-Eso viniendo del hombre más rápido del mundo significa poco-
replica, con una sonrisa forzada que no alcanza sus ojos.
Me agacho delante de él, a su nivel, mirándolo fijamente.
-Si pasa cualquier cosa, grita-digo, serio-Grita tan fuerte como puedas. Vendré corriendo.
Levanta la mano donde lleva el anillo apagado, ese anillo que solía brillar con la luz de mil soles y que ahora es solo metal frío e inerte.
-Créeme-dice, con una risa amarga-
ahora mismo gritar es prácticamente todo mi arsenal.
Me interno en el bosque.
No avanzo a máxima velocidad. Es extraño, casi doloroso, contenerme así. Recorro el terreno paso a paso, fijándome en la vegetación que me rodea, en las formas de las hojas, en el sonido de los insectos, en el olor de la tierra húmeda. Y sobre todo, observo la forma de la isla. Si existe agua dulce, la gravedad terminará diciéndome dónde encontrarla. El agua fluye hacia abajo. Siempre.
Distingo una elevación rocosa entre los árboles. Un pequeño acantilado interior, no más alto que un par de pisos, pero suficiente.
Perfecto.
Me acerco. La pared de roca está cubierta de musgo en algunas zonas, ese verde intenso que solo crece donde hay humedad constante. Paso los dedos por encima. Húmedo. Frío. Eso ya es buena señal.
Empiezo a recorrer lentamente la base del acantilado, escudriñando cada grieta, cada hendidura. Nada. Sigo caminando, el silencio del bosque presionando contra mis oídos. Nada.
Hasta que escucho un sonido.
Ploc.
Me detengo. El corazón se me acelera. Espero, conteniendo la respiración.
Ploc.
Sonrío. Es el sonido más hermoso que he escuchado en días.
Aparto varias hojas grandes, húmedas, y encuentro una pequeña grieta en la roca. El agua se ha filtrado a través de las capas superiores del terreno y brota lentamente por una abertura antes de deslizarse por la pared, formando un rastro oscuro en la piedra.
No es un río. Ni siquiera llega a ser un pequeño arroyo. Es simplemente un goteo constante, lento, paciente. Pero continúa cayendo. Una gota tras otra. Incesante.
Coloco la palma debajo, sintiendo el impacto frío contra mi piel. El agua se acumula lentamente, formando un charco en mi mano. Transparente. Limpia a simple vista. Fría como el hielo.
La huelo primero, inhalando profundamente. No huele a nada, o quizás a piedra mojada, a tierra. No huele a sal, eso es lo importante. Después pruebo una cantidad mínima, dejándola reposar en mi lengua antes de tragar. No tiene sabor salado. No amarga.
Miro hacia arriba siguiendo la pared rocosa, intentando imaginar el recorrido del agua. Probablemente sea agua de lluvia que se ha filtrado por el terreno durante días, semanas, y termina encontrando salida aquí, en este punto exacto.
Necesito ser prudente. No tengo manera de saber qué puede haber contaminado el agua antes de llegar hasta la roca, qué bacterias, qué parásitos. No pienso confiar únicamente en que parezca limpia. Recojo suficiente para llevarla al campamento y allí podremos hervirla, hacerla segura.
Coloco uno de los segmentos de bambú debajo del goteo. Empieza a llenarse lentamente, gota a gota, un ritmo que me vuelve loco de impaciencia pero que debo respetar. Después otro. Y otro.
Mientras espero, continúo recorriendo la pared, examinando cada centímetro. Encuentro dos filtraciones más. Una es demasiado pequeña, apenas un hilo de humedad. La otra, sin embargo, cae con suficiente fuerza como para llenar un recipiente mucho más rápido. Perfecto.
Cuando termino, tengo varios trozos de bambú llenos, pesados, preciosos. Los sujeto como puedo, distribuyendo el peso entre mis brazos, y emprendo el camino de regreso. Cada paso es consciente, cuidadoso, evitando tropezar, protegiendo el agua como si fuera oro.
Cuando los árboles empiezan a abrirse y vuelvo a distinguir nuestra cabaña torcida, siento una oleada de alivio. Y a Hal. Sigue exactamente donde lo dejé, apoyado contra uno de los postes, con los ojos entrecerrados contra el sol. Cuando me ve aparecer entre los árboles, levanta ligeramente la cabeza, y veo cómo su cuerpo se relaja visiblemente.
-¿Eso es...?-empieza, su voz esperanzada.
Levanto los recipientes de bambú, sintiendo el peso del agua balanceándose.
-Agua-anuncio, y mi propia voz suena triunfal.
Su sonrisa aparece inmediatamente, iluminando su rostro demacrado, haciéndolo parecer casi como antes, casi como el Hal que conozco.
-Te quiero-dice, automáticamente, sin pensar.
Me detengo en seco. Él también. El aire entre nosotros se vuelve denso, eléctrico. Durante un segundo ninguno dice nada. El mundo parece haberse detenido, suspendido en ese momento, en esas palabras que han escapado sin permiso.
Después Hal carraspea, incómodo, y mira hacia otro lado, hacia el océano, hacia cualquier sitio que no sea mi rostro.
-Quiero decir... quiero mucho el agua-tartamudea, intentando corregir, intentando borrar lo que ya se ha dicho.
-¿Te acabas de hacer el tío duro?.
-Siempre lo soy.
Entro en la cabaña y dejo los recipientes con cuidado, como si fueran bebés, como si fueran el tesoro más valioso del mundo. Porque lo son.
-El agua también te quiere a ti-digo finalmente, sentándome a su lado, sintiendo su hombro contra el mío, su calor.
Damián
Un mes después Jason está perfectamente.
Entre mil comillas.
¿De dónde saco esa teoría? De que en cuanto la fiebre desapareció no ha desaprovechado ni una sola oportunidad para hacer exactamente todo lo que Roy y yo le dijimos que no hiciera durante semanas.
Primero empezó levantándose para ir a mear solo, después decidió que podía caminar por la playa, luego que podía ir a por leña, después que podía entrenar un poco porque, según él, «llevo semanas tumbado, necesito moverme».
Y ahora está cargando troncos.
-Como se te vuelva a abrir la herida, no pienso curarte otra vez-le digo mientras aprieto con fuerza una de las raíces alrededor de dos troncos.
-Mentira.
-No es mentira.
-Me curarías.
-Te dejaría desangrarte.
Tiene razón. La herida está cerrada, aunque todavía conserva una cicatriz bastante desagradable que le atraviesa parte del abdomen. Ya no tiene fiebre, ha recuperado el apetito y vuelve a tener bastante fuerza. Pero eso no significa que esté perfectamente.
De vez en cuando lo veo llevarse la mano al costado cuando cree que ninguno lo estamos mirando.
Y Roy lo ve también.
Sobre todo Roy.
Creo que Roy podría estar mirando en dirección contraria y aun así saber exactamente cuándo Jason hace una mueca de dolor.
-Ese tronco allí-le indico.
Jason lo deja donde le señalo. Estamos construyendo una balsa mucho más grande que la que utilicé para llegar hasta esta isla. Ahora somos tres y necesitamos espacio para comida, agua, armas y cualquier cosa útil que encontremos. Además, después de haber cruzado una vez ese mar en mi montón de madera atada con raíces, no tengo ninguna intención de repetir la experiencia.
Quiero algo firme.
Algo que aguante oleaje.
Llevamos varios días trabajando en ella.
Hemos elegido troncos gruesos y relativamente ligeros, comprobando antes que flotan. Los hemos colocado juntos y estamos reforzando cada unión con varias capas de raíces y lianas. No confío en un solo nudo. Si uno se rompe, quiero otros dos manteniendo la estructura unida.
Roy aparece desde el bosque cargando otro montón de raíces sobre un hombro y el arco en el otro.
-He encontrado más.
Las deja caer junto a mí.
Después mira a Jason.
-¿Te duele?
-No.
-Te has....
-Me picaba.
Roy entrecierra los ojos.
-Jason.
-Roy.
-Como te hagas daño otra vez te juro que...
-¿Me vas a atar a un árbol?
-No me tientes.
No puedo evitar soltar una pequeña risa mientras sigo trabajando.
-Os recuerdo que necesitamos terminar esto antes de que envejezcamos.
Roy se agacha a mi lado y empieza a separar las raíces por grosor.
-Díselo al enfermo que cree que puede levantar media isla.
-Ya no estoy enfermo.
-Hace tres semanas no podías comer sin quedarte dormido.
-Eso fue hace tres semanas.
-Hace dos estabas intentando levantarte cuando yo dormía.
Jason se queda callado.
Levanto lentamente la cabeza.
-¿Qué?
Roy también se da cuenta demasiado tarde de que acaba de delatarlo.
Miro a Jason.
Él evita mis ojos.
-No hice nada.
-¿Intentaste levantarte a escondidas?
-Técnicamente...
-Jason.
-No llegué a levantarme.
Cierro los ojos.
Respiro.
No voy a matarlo.
Mi padre se enfadaría conmigo.
-Sigue trabajando-murmuro.
Jason sonríe y vuelve hacia los troncos. Pero, quieras que no, verlo así también me tranquiliza.
Prefiero esto.
Mil veces esto.
Aprieto otro nudo y tiro varias veces para comprobar su resistencia. La balsa empieza a parecer realmente una embarcación. Todavía faltan algunos refuerzos, una zona donde sujetar las provisiones y alguna forma de protegerlas del agua. También tendremos que preparar más recipientes, almacenar carne seca y decidir qué isla será la siguiente.
Levanto la cabeza hacia el horizonte.
Desde esta playa puedo distinguir otras dos.
Una bastante cerca.
Otra mucho más lejos, casi confundida con las nubes.
Y detrás de esas puede haber más.
Miro de reojo a Jason y Roy discutiendo porque Roy intenta quitarle otro tronco de las manos.
Roy
Nos dedicamos a intentar hacernos bolsas con raíces y no soy consciente de lo difícil que es hasta que me pongo manos a la obra.
En mi cabeza era simple: coges raíces flexibles, las entrelazas, formas un recipiente, listo. Como hacer cestas, pero con material de la isla. Error. Las raíces tienen grosores diferentes, nudos inesperados, puntas que se rompen cuando menos lo esperas. Y no hablamos de que están cubiertas de tierra húmeda que se mete bajo las uñas y deja las manos pringosas durante horas.
A Damián se le da increíblemente bien. Está sentado un poco apartado, con esa postura perfecta que debe haberle enseñado Batman o Talia o quien sea, y sus dedos se mueven con una agilidad que da rabia. Las raíces obedecen sus órdenes, se doblan donde él quiere, forman patrones simétricos, limpios. En media hora tiene dos bolsas terminadas, resistentes, funcionales.
-Que desesperación
-Es solo cuestión de técnica-dice cuando me pilla mirando con envidia su trabajo.
-No te creó.
Jason, en cambio, no tiene paciencia. Lo veo a mi lado, cagandose en todo cada vez que una raíz se le resiste, tirando con demasiada fuerza, haciendo nudos que se deshacen al instante. Su bolsa parece más un nido de pájaro estropeado que un recipiente útil.
-Esto es una mierda...-masculla, tirando una raíz al suelo.
-Respira-le digo, recogiendo la raíz-Solo necesitas...-Intento mostrarle cómo hacer el nudo base, pero mis propios dedos torpes no cooperan-Mierda.
Jason suelta una risa breve, esa risa ronca que me pone la piel de gallina.
-Tu deberías tener más experiencia con los dedos...-Le pego con la raíz en el hombro. Me sonríe. Y hay algo en esa sonrisa, algo de hambre contenida, que hace que el calor tropical se sienta de repente insoportable.
Damián se levanta para ir a buscar más material al bosque.
-Ahora vuelvo...-anuncia.
-¿A pensar en Jon?-Se burla Jason.
Damián simplemente le saca el dedo de enmedio mientras se aleja.
El silencio que deja atrás es denso, cargado. Jason y yo nos miramos. El sol cae sobre nosotros, húmedo, pesado. El sonido de las olas parece haberse acercado, o quizás es solo que mi corazón ha empezado a latir más fuerte.
Jason se mueve primero.
Se inclina hacia mí, y yo ya estoy esperándolo, inclinándome yo también, cerrando la distancia. Nos besamos, y no es un beso suave ni exploratorio. Es hambre, son ganas, es la necesidad de querer desnudarnos...
Su lengua encuentra la mía, y yo respondo con la misma urgencia, con la misma desesperación. Mis manos, sucias de tierra y raíces, se aferran a su camiseta, tirando de él hacia mí. Él gime contra mi boca, un sonido bajo que vibra en mi pecho, y siento que pierdo el control.
Subo la intensidad de lo que él empieza.
Si su lengua se mueve lento, yo la acelero. Si su mano se posa en mi muslo, yo la guío más arriba, presionando, mostrándole exactamente dónde lo necesitoy mordisqueo su labio inferior. Él responde agarrándome por la nuca, inclinando mi cabeza para acceder mejor, dominando el ángulo, controlando el ritmo.
Nos movemos sin separarnos, rodando sobre la arena seca, hasta que yo quedo encima de él, sentado a horcajadas sobre sus caderas. Siento su dureza contra mí, evidente incluso a través de la ropa, y me froto contra él sin pudor, buscando fricción, buscando alivio.
-Roy-jadea contra mi cuello, donde ahora está depositando besos húmedos, mordiscos que dejarán marcas-Dios, Roy...
-No pares-susurro, moviéndome más rápido, sintiendo cómo mi propia excitación presiona contra el tejido de mis pantalones-No te atrevas a parar.
Mis manos se deslizan bajo su camiseta, encontrando la piel caliente, la cicatriz que conozco ya de memoria, los músculos tensos. Él arquea la espalda, ofreciéndose, y yo acepto, recorriendo su torso con las palmas, memorizando cada centímetro.
Incluso a veces creo que vamos a acabar follando.
Aquí, en la playa, con Damián a unos minutos de regresar, con el sol quemándonos la piel y el sonido del océano como único testigo. La idea debería frenarme, debería traerme de vuelta a la cordura, pero hace lo contrario. Me excita más. La urgencia, el riesgo, la necesidad de sentirlo dentro de mí, ahora, antes de que sea demasiado tarde.
Jason parece leer mi mente. Sus manos bajan a mi cintura, desabrochando el cinturón con dedos torpes pero decididos.
-Roy-dice, y es una pregunta y una súplica.
-Sí-respondo, sin dudar, sin pensar-Sí, por favor, sí...
Pero entonces escuchamos algo. Un crujido de ramas, demasiado cerca.
Nos separamos como si nos hubieran electrocutado. Jason se incorpora rápidamente, demasiado rápido para alguien que estaba centrado en otra cosa, y yo me ajusto los pantalones con manos temblorosas. Mi corazón se golpea contra las costillas como un pájaro atrapado.
Es solo un pájaro. Un maldito pájaro que se mueve entre los árboles.
Nos miramos. Jason tiene el pelo despeinado, y los ojos brillantes por lo que acaba de pasar.
Damián regresa poco después, trayendo un montón de raíces perfectas, y ni siquiera nos mira dos veces.
No sospecha nada...O quizás sí.
Pero quizás se la suda.
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