38
-Tu verdad no es firme, tus reglas no son justas-
Damián
Rompo la superficie del agua de golpe.
El aire entra en mis pulmones con tanta fuerza que me hace toser mientras intento llenar el pecho una y otra vez. Trago agua salada sin querer y cierro los ojos durante un segundo, dejando que el vaivén del mar me mantenga a flote.
Cuando vuelvo a abrirlos, la luz del amanecer me golpea de lleno.
El sol apenas ha empezado a salir por el horizonte y tiñe el océano de un naranja apagado que contrasta con el azul oscuro del agua. Durante un instante todo parece tranquilo.
Respiro otra vez, intentando recuperar el aire, y entonces levanto la cabeza.
El barco.
O lo que queda de él.
Una parte de la cubierta está destrozada. Los laterales tienen enormes marcas de presión, como si algo gigantesco hubiera intentado aplastarlo con todas sus fuerzas. Varios cables cuelgan rotos, una grúa se balancea peligrosamente y parte de la proa está inclinada hacia un lado.
Mi corazón empieza a latir con tanta fuerza que casi puedo sentirlo en la garganta.
No.
No podía ser verdad.
Mi mirada baja lentamente hacia el agua y entonces lo veo. Durante apenas unos segundos, una sombra inmensa moviéndose bajo la superficie.
Tan grande que el agua parece demasiado pequeña para contenerla. Uno de sus tentáculos emerge a decenas de metros del barco antes de desaparecer otra vez entre las olas, levantando una columna de espuma.
Siento cómo se me hiela la sangre.
Un kraken. Un maldito kraken había atacado el barco. Miles de preguntas me golpean al mismo tiempo.
¿Cómo era posible?
¿Por qué nadie lo había visto venir?
¿Dónde estaba ahora?
Y la peor de todas...¿Dónde está Jon?
Giro sobre mí mismo desesperadamente, buscando cualquier cabeza entre las olas, cualquier voz, cualquier señal de los demás.
Nado hacia una de las barcas salvavidas más cercanas mientras mis brazos empiezan a responder otra vez. Los pulmones todavía arden por el agua que he tragado y necesito varias respiraciones profundas antes de notar que el aire vuelve a entrar con normalidad.
Me aferro al borde de la barca con una mano y apoyo la frente unos segundos sobre el plástico mojado.
Inspiro.
Espiro.
Otra vez.
Poco a poco todos mis sentidos regresan.
Los gritos, la madera partiéndose, el metal retorciéndose, levanto la cabeza. Sobre nosotros, el cielo ya no pertenece al amanecer.
Clark atraviesa el aire a una velocidad imposible, esquivando un tentáculo que intenta atraparlo antes de responder con un puñetazo que hace temblar la superficie del océano. A su lado, Conner mantiene a raya otro de los tentáculos, obligándolo a retroceder mientras vuela en círculos para no dejarse alcanzar.
Más arriba, Jon se mueve de un lado a otro como un relámpago. Apenas puedo seguirlo con la vista. Sus ojos brillan de rojo durante un instante antes de lanzar su visión térmica contra una de las enormes extremidades del monstruo.
Kory permanece suspendida en el aire envuelta en un resplandor anaranjado. Sus estrellas de energía explotan una detrás de otra sobre la criatura, iluminando las olas con destellos verdes y dorados.
Más lejos distingo a Diana. No vuela por sí misma, pero el impulso de sus saltos es tan brutal que parece hacerlo. Aprovecha cada tentáculo que emerge para impulsarse y descargar golpes con una fuerza que hace vibrar el agua a kilómetros de distancia.
Por debajo de ellos, el kraken sigue emergiendo.
Cada tentáculo es más grueso que el mástil principal del barco, cada movimiento levanta paredes de agua.
Aparto la vista un momento. Necesito saber quién ha sobrevivido.
Roy está abrazado a un barril mientras intenta mantener el equilibrio entre las olas. Jason nada hacia él sin apartar la vista del monstruo.
Tim consigue sujetarse a otro bote salvavidas. Incluso desde aquí parece estar intentando analizar la situación en lugar de entrar en pánico.
Wally ayuda a Dick a subir a un fragmento enorme de la cubierta que sigue flotando.
Veo a Bruce agarrado a una plancha metálica mientras organiza a los que tiene cerca incluso en mitad del caos.
Más allá, Kaldur y Orin desaparecen bajo el agua una y otra vez. Ellos juegan en su terreno. Seguramente estén intentando atacar al kraken desde las profundidades o evitar que vuelque las embarcaciones.
Cyborg flota agarrado a varios restos del barco. Chispas salen de parte de su brazo mecánico.
Zatanna consigue subir a otra barca junto con Logan, que ayuda a varios de los demás a mantenerse a flote.
Detective marciano sobrevuela la zona cambiando constantemente de altura, tratando de localizar el cuerpo principal de la criatura bajo el océano.
Entonces un horrible pitido empieza a sonar en el interior de mis tímpanos.
Está dentro de mi cabeza. Es tan agudo que siento cómo me atraviesa el cerebro de un lado a otro. Me llevo una mano al oído por puro instinto, aunque sé que no servirá de nada. Aprieto los ojos con fuerza mientras el aire entra y sale de mis pulmones de forma descontrolada.
¡Tienes que volver conmigo!
La voz de mi madre.
¿Y si nunca consigo escapar de ella? ¿Y si todo este tiempo solo he estado aplazando lo inevitable? Llevo meses intentando demostrarme que puedo elegir mi propio camino, que puedo ser alguien distinto al niño que ella moldeó. Pero basta con escuchar su voz una sola vez para que una parte de mí vuelva a sentir la necesidad de obedecer. ¿Y si nunca dejo de ser su hijo antes que cualquier otra cosa?
¡Eres mi hijo!
El pitido aumenta.
Más
Más
Más
Las sienes me palpitan.
He esperado durante años el momento en que dejara de doler. Pensé que algún día despertaría y descubriría que los recuerdos ya no tiene tanto peso, que las noches de entrenamiento, la sangre y las órdenes se habrían quedado atrás. Pero sigo esperando ese final que nunca llega. Cada vez que creo haber encontrado la fuerza para seguir adelante, algo vuelve a....
¡Eres mucho más de lo que ellos creen!
Niego con la cabeza una y otra vez.
¿Y si tiene razón en una sola cosa? No en que sea un arma, sino en que oculto una parte de mí que me aterra mirar de frente. Todos confían en que siempre elegiré hacer lo correcto, pero yo conozco los pensamientos que soy capaz de tener cuando pierdo el control. Los escondo porque temo que, si alguien los viera, comprendería que el monstruo del que hablo no es una exageración.
¡Te frenan!
Aprieto con tanta fuerza el borde de la barca que siento las uñas clavarse en la palma de mi mano.
Te mataré madre.
Te mataré
Ellos nunca me han pedido que cambie para quererme. Bruce jamás me obligó a ser perfecto. Dick, Tim, Jason...ninguno lo hizo. Jon tampoco. Y, sin embargo, una parte de mí sigue creyendo que tengo que contener cada impulso, cada pensamiento oscuro, porque si alguna vez los dejo salir...quizá descubran que no soy la persona que creen conocer. Quizá descubran que mi madre no estaba completamente equivocada al crearme.
¡No dejan salir tu verdadera naturaleza!
El pitido se mezcla con el rugido del océano.
Durante un instante me cuesta distinguir qué es real.
Estoy cansado, cansado de pelear contra una voz que ni siquiera está presente, cansado de sentir que debo vigilarme a mí mismo cada segundo del día. A veces me pregunto si esta lucha terminará alguna vez o si tendré que pasar el resto de mi vida sujetando una puerta que siempre intenta abrirse desde dentro. Me aterra pensar que quizá nunca exista un día en el que simplemente...pueda descansar.
Entonces lo siento.
Algo dentro de mí tira hacia abajo.
Es una sensación...Como si hubiera un peso atado a mi pecho que quisiera arrastrarme bajo la superficie.
Bajo el agua.
Bajo todo lo que soy ahora.
Consumiéndome.
Confundiéndome.
Haciéndome dudar de dónde termina mi voz y dónde empieza la de ella.
¿Lo ves? Ellos no pueden salvarte.
No.
Te dejarán atrás en cuanto seas un peligro para ellos.
La presión en mi cabeza aumenta.
Siempre te tuvieron miedo. Solo aprendieron a esconderlo.
No...
Bruce jamás terminó de confiar en ti. Solo intentó arreglar lo que yo construí.
Mi respiración vuelve a acelerarse.
Jon solo ama la máscara que llevas puesta. Si conociera al verdadero Damián...saldría corriendo.
Siento un pinchazo en el pecho.
No.
Eso no es verdad.
No puede ser verdad.
Fuiste creado para dominar, no para obedecer. Para romper huesos, no para estrechar manos. Para gobernar desde el miedo, no para buscar cariño como un niño perdido.
Aprieto los dientes hasta que me duele la mandíbula.
Mírate. Agarrado a una barca como si necesitaras que alguien te rescatara.
Tú no eres una víctima.
Eres el depredador.
La voz parece rodearme.
Está dentro de mí.
Está en cada recuerdo.
¿Recuerdas cómo te sentías cuando dejabas de contenerte? No había dudas. No había culpa. Solo existía el objetivo.
Mi corazón golpea con fuerza contra las costillas.
Porque sí lo recuerdo.
Y odio recordarlo.
Siempre fingiendo ser uno de ellos... sonriendo...haciendo bromas... dejando que te abracen. Tú nunca fuiste hecho para eso.
Soy uno de ellos.
Son mis amigos.
Mi familia.
Algo tira de mí otra vez.
Más fuerte. Como si quisiera hundirme en lo más oscuro de mi mente.
Vuelve conmigo, hijo. Deja de luchar contra lo que eres. Cansa, ¿verdad? Fingir todos los días. Fingir que eres bueno. Fingir que mereces amor.
Cada palabra encuentra una grieta distinta.
Una inseguridad distinta.
Un miedo distinto.
Durante un instante siento que, si dejo de resistirme, todo sería más fácil.
No tendría que seguir luchando.
No tendría que seguir preguntándome quién soy.
Solo tendría que volver a convertirme en el arma que ella diseñó
¿Quién tiene el control?
Jon
El océano deja de parecer un océano.
Las olas crecen una detrás de otra hasta convertirse en montañas de agua que se alzan por encima de nosotros y tapan el cielo.
Cada vez que una rompe, el mundo desaparece bajo un estruendo ensordecedor y el agua salada me golpea la cara con tanta fuerza que apenas puedo mantener los ojos abiertos.
Intento coger aire, pero el viento cambia de dirección en el peor momento y lo único que entra en mi boca es agua. Toso mientras sigo volando, con la ropa empapada pegándose a la piel y los músculos ardiendo por el esfuerzo.
Los relámpagos empiezan a rasgar las nubes negras y, durante apenas un segundo, iluminan la inmensidad del kraken antes de que la oscuridad vuelva a tragárselo todo.
Tim
Nunca había sentido tanto miedo al agua. Me aferro a un trozo de la cubierta con los dedos completamente entumecidos, pero una ola revienta contra mí y me arranca el aire de los pulmones.
Voy a morir...
No...Vamos a morir.
Jason, Dick, Roy...Bruce. nosotros estamos condenados si nos nos sacan del agua
El mundo gira y no sé dónde está la superficie. Solo siento el frío abrazándome por todas partes mientras el agua salada invade mi boca y mi nariz. Intento contener la respiración, pero el pecho me quema y el cuerpo empieza a exigir oxígeno desesperadamente.
¿Con quien se ha aliado Talía?
¿Ella sabia que veníamos?
¿Cuando nos descubrió?
Cuando por fin consigo sacar la cabeza, apenas logro inspirar antes de que otra pared de agua vuelva a tragarse cualquier posibilidad de respirar.
Bruce
El mar ruge con una fuerza que hace parecer insignificante cualquier batalla que haya librado en mi vida.
Los restos del barco chocan unos contra otros mientras las olas los levantan y los lanzan como si no pesaran nada. Intento mantenerme sujeto a una plancha metálica, pero cada golpe del océano amenaza con arrancarme de ella.
Mis ojos buscan una y otra vez a los demás, contando cabezas, asegurándome de que siguen vivos, mientras el agua helada me golpea la espalda una y otra vez sin darme un solo segundo para recuperarme.
Wally
El agua me pesa.
Me frena.
Cada brazada parece inútil porque el mar decide devolverme dos metros atrás por cada uno que avanzo.
Siento cómo el pecho empieza a dolerme por el esfuerzo y cómo el sabor de la sal se queda pegado a mi garganta.
Giro la cabeza buscando a Dick entre la lluvia, pero la tormenta ha convertido el mundo en una masa gris donde apenas se distinguen siluetas.
Una ola me golpea de lado y siento cómo el agua entra por mi boca antes incluso de poder cerrar los labios.
Toso con desesperación mientras sigo moviendo los brazos, negándome a dejar que el océano decida por mí.
Dick
Solo pienso en no soltarlo.
Encuentro la mano de Wally entre el caos y la aprieto con tanta fuerza que casi me duelen los dedos.
-¡No me sueltes!-Le grito.
Entonces llega otra ola.
Una enorme.
Lo bastante grande como para levantar ambos cuerpos y separarnos durante un instante eterno.
Noto cómo nuestros dedos resbalan por el agua y el corazón se me detiene hasta que vuelvo a encontrar su muñeca. El viento silba con tanta violencia que apenas puedo oír mis propios pensamientos.
Conner
Cada vez que destruyo un tentáculo aparecen dos más. El aire ya no es un lugar seguro; está lleno de lluvia, de espuma y de enormes masas oscuras que salen disparadas desde las profundidades intentando atraparnos.
Mis puños golpean una y otra vez, pero el kraken apenas parece notarlo.
La tormenta me da en la cara con tanta fuerza que incluso mantener los ojos abiertos empieza a resultar difícil.
Respiro hondo...y solo consigo tragar agua que el viento arrastra hasta mi cara antes de poder llenar los pulmones.
Jason
Nunca pensé que pudiera existir un silencio tan ruidoso.
Truenos.
Olas.
Metal rompiéndose.
Personas gritando.
Todo ocurre al mismo tiempo hasta formar un único estruendo imposible de distinguir. Nado entre restos del barco mientras la lluvia cae con tanta intensidad que parece agujas clavándose sobre la piel. Cada respiración sabe a sal, a gasolina y a madera destrozada.
Joder...Vamos ha ahogarnos.
Roy
El arco pesa el doble cuando está completamente empapado. La cuerda resbala entre mis dedos y las flechas parecen ridículas frente a una criatura capaz de partir un barco de guerra.
Aun así sigo tensando.
Sigo apuntando.
Porque dejar de hacerlo significaría aceptar que no puedo hacer nada.
Una ola me golpea de frente y el agua entra hasta el fondo de mi garganta.
Toso con tanta fuerza que casi dejo caer el arco, pero vuelvo a sujetarlo antes de que el mar también me lo arrebate.
Clark
La tormenta termina de cubrir el cielo.
Ya no queda rastro del amanecer.
Solo nubes negras girando sobre nuestras cabezas y relámpagos que iluminan fugazmente el océano.
Cada destello revela una parte distinta del monstruo, y cada parte es suficiente para comprender que seguimos sin conocer su verdadero tamaño.
El agua salta decenas de metros cada vez que uno de sus tentáculos vuelve a hundirse, formando olas que amenazan con tragarse a todos los que permanecen flotando.
Y todos los niños gritaron
Diana
El océano se ha conviertido en una criatura más.
Cada ola parece tener voluntad propia, levantándose con una violencia antinatural antes de desplomarse sobre nosotros como si quisiera aplastarnos contra las profundidades.
Salto de un tentáculo a otro intentando mantener el equilibrio, pero incluso mi cuerpo empieza a sentirse pequeño y cansado.
El mar es aterrador.
El aire huele a sal, a lluvia y a algo mucho peor.
A muerte.
Bajo el agua hay una oscuridad tan densa que ni siquiera consigo distinguir dónde termina el monstruo y dónde empieza el abismo.
Y esa oscuridad parece mirarnos.
Kory
El cielo debería pertenecerme.
Siempre ha sido mi refugio.
Pero esta tormenta no deja espacio para volar. El viento cambia de dirección cada pocos segundos, la lluvia golpea mis ojos y los relámpagos iluminan figuras imposibles entre las nubes.
Lanzo una descarga de energía y durante una fracción de segundo veo decenas de ventosas deslizándose sobre un tentáculo enorme.
Después vuelve la oscuridad.
Tan absoluta que tengo la sensación de que algo podría aparecer justo delante de mí sin que fuera capaz de verlo hasta tenerlo encima.
Victor
Las alarmas de mi cuerpo no dejan de sonar.
Error.
Error.
Error.
Los sensores pierden la señal una y otra vez.
El radar desaparece.
Los sistemas dejan de distinguir dónde termina el agua y dónde empieza el cuerpo del kraken.
Chispas saltan de mi brazo mientras intento incorporarme sobre un trozo de metal flotante. Entonces el mar se queda completamente en silencio durante un segundo.
Solo uno.
Y ese silencio me asusta mucho más que el ruido.
Porque después...Algo enorme pasa por debajo de mí.
Tan cerca que toda la plancha metálica se levanta.
Sin haber visto nada.
Solo por el desplazamiento de su cuerpo.
Kaldur
Nunca había sentido el océano de esta manera.
El agua siempre ha sido un hogar.
Hoy es una tumba.
Desciendo intentando encontrar el cuerpo del kraken, pero cuanto más me hundo menos luz existe. La presión aumenta. El frío también. Entonces aparecen dos ojos.
No.
No son ojos.
Son reflejos.
O quizá quiero creer que lo son.
Porque aceptar que esa inmensidad sigue descendiendo mucho más abajo de donde alcanzo a ver resulta demasiado aterrador.
Orin
Las profundidades guardan criaturas que la superficie jamás ha conocido.
Lo aprendí siendo un niño.
Pero esto...Esto pertenece a otra era.
A otra pesadilla.
El agua vibra constantemente alrededor de su cuerpo. Cada movimiento de la criatura genera corrientes capaces de arrastrar bancos enteros de peces y hacerme perder el equilibrio.
Intento acercarme, pero siento por primera vez algo que nunca pensé experimentar en mi propio reino.
El océano tiene miedo.
J'onn
Busco una mente.
Solo una.
Nada.
Ni rabia.
Ni hambre.
Ni pensamientos.
Es como intentar entrar en la cabeza de una montaña...O de una tormenta.
Mi telepatía rebota contra un vacío absoluto que me obliga a retroceder.
Jamás había sentido una ausencia tan...antinatural.
Y si no puedo encontrar una mente...¿Qué es exactamente lo que estamos enfrentando?
N
o dejo de sacar gente del agua.
Uno.
Luego otro.
Y otro más.
Pero cada vez que creo haber encontrado un momento para respirar, una nueva ola se lleva a alguien más lejos.
Mis brazos tiemblan por el esfuerzo, las manos están llenas de cortes provocados por la madera astillada y el agua salada hace que cada herida arda como si estuviera abierta de nuevo.
Levanto la vista buscando el barco...
Y me doy cuenta de que apenas queda nada que pueda llamarse barco.
Solo restos.
Logan
No sé cuántas veces he tragado agua.
Cinco.
Diez.
He perdido la cuenta.
Solo sé que cada vez que consigo llenar los pulmones, una ola vuelve a estrellarse contra mí y el océano me obliga a beberlo otra vez. El agua está helada. Tan helada que siento los dedos cada vez más torpes, incapaces de agarrarse durante mucho tiempo a los restos del barco.
Tengo miedo de mirar hacia abajo.
Quiero salir del agua.
Zatanna
Intento pronunciar un hechizo.
La primera palabra sale.
La segunda también.
La tercera se ahoga en mi garganta cuando una ola me golpea la cara y llena mi boca de agua salada.
Toso.
Vuelvo a intentarlo.
Las sílabas salen entrecortadas.
La magia responde...durante un instante. Un destello violeta ilumina el mar y entonces lo veo.
Decenas de ventosas.
No.
Centenares.
Pegadas unas a otras sobre un tentáculo tan inmenso que la luz de mi hechizo no alcanza a mostrar dónde termina.
La oscuridad vuelve de golpe.
Como si nunca hubiera existido aquella luz y de repente deseo no haber lanzado el hechizo.
Porque antes solo imaginaba el monstruo.
Ahora sé que mi imaginación se quedaba muy corta.
Barry
He corrido delante de invasiones alienígenas, he escapado de explosiones, incluso he corrido más rápido que la muerte.
Pero aquí...No hay nada sobre lo que correr.
Solo agua.
Cada ola me obliga a nadar desesperadamente mientras la corriente decide por mí hacia dónde moverme. Intento localizar a Hal entre la tormenta, pero apenas puedo distinguir siluetas.
Entonces un relámpago ilumina el océano y durante esa fracción de segundo veo que quizás no salgamos de aquí.
Y ya no sé dónde está.
Hal
El anillo responde a mi voluntad o debería hacerlo. Creo un enorme foco de luz verde sobre el océano.
Solo quiero encontrar el cuerpo del kraken.
Solo eso.
La luz atraviesa la lluvia.
Atraviesa las primeras capas de agua.
Más abajo...
Negro.
Más abajo...
Nada.
Sigo aumentando la intensidad.
La luz desciende cientos de metros.
Y el fondo nunca aparece.
Entonces...Dos círculos gigantescos se abren dentro de la oscuridad.
No brillan.
No reflejan.
Simplemente...
Se abren.
Como si unos párpados acabaran de separarse lentamente.
Mi respiración se corta.
No sé si son ojos.
No quiero averiguarlo.
Tim
¿Así es como termina todo?
No con un plan brillante.
No con una despedida.
Solo tragando agua una y otra vez mientras el océano decide cuánto tiempo más me deja respirar.
Mis manos ya casi no responden. Intento sujetarme a un tablón que sube y baja con cada ola, pero los dedos resbalan por la madera empapada. El agua salada vuelve a entrar en mi boca. Toso. Intento inspirar y solo consigo que me arda el pecho.
Levanto la vista.
No veo tierra.
No veo el barco.
Solo un cielo negro y un mar que parece no tener fin.
¿De verdad vamos a morir aquí?
Dick
¿Y si esta es la última vez que veo a Wally?
Lo tengo delante.
Apenas a unos metros.
Y, sin embargo, cada ola consigue ocultarlo durante unos segundos que se sienten eternos.
Cada vez que desaparece entre la espuma, mi corazón deja de latir.
Cada vez que vuelve a salir, respiro otra vez.
Pero...¿Y si una de esas veces ya no vuelve?
No.
No puede acabar así.
No después de todo.
Wally
¿Alguien puede correr más rápido que el miedo?
Porque yo no.
Nunca había sentido algo así.
Es mirar hacia abajo y no ver el fondo, es sentir que algo gigantesco podría rozarme el pie en cualquier momento.
Jason
¿Cuánto tiempo puede aguantar una persona antes de rendirse?
Empiezo a entender por qué tanta gente le tiene miedo al mar.
No puedes golpearlo.
No puedes intimidarlo.
No puedes negociar con él.
Solo tienes a la suerte de tú lado.
Y hoy...Parece que la suerte nos ha dado la espalda.
Roy
Mi cabeza no deja de imaginarlo.
Imaginar unos ojos abriéndose bajo mis pies, un tentáculo subiendo lentamente desde la oscuridado, una boca tan grande que ni siquiera tendría que morder.
Solo abrirse.
Y tragarnos a todos.
He aprendido que algunos demonios
no quieren matarte.
Solo quieren convencerte
de que jamás mereciste vivir en paz.
Damián
Cuando vuelvo lentamente a mis sentidos, lo primero que noto es la arena. Está debajo de las palmas de mis manos.
Húmeda.
Áspera.
Fría.
Mis dedos se hunden unos milímetros sin que yo haga ningún esfuerzo. Tardo varios segundos en comprender lo que significa.
Estoy tocando tierra.
Sigo respirando.
Estoy vivo.
Después de todo...Sigo vivo.
Abro los ojos con dificultad. La luz me obliga a entrecerrarlos casi al instante. Todo está borroso. El cielo es de un azul tan intenso que resulta doloroso mirarlo, y el sonido de las olas rompiendo contra la orilla llega amortiguado, como si aún tuviera agua dentro de los oídos.
Intento incorporarme.
Mi cuerpo no responde.
Nada.
Ni un solo músculo.
Solo un dolor sordo que parece extenderse desde la punta de los dedos hasta la nuca.
Vuelvo a intentarlo.
Ni siquiera consigo levantar la cabeza.
Da igual...Voy a morir aquí.
El sol empieza a calentarme la espalda. Al principio resulta agradable después del frío del océano, pero enseguida comprendo que ese calor no dejará de aumentar. Dentro de unas horas mi piel empezará a arder y ya tengo la garganta completamente seca. Apenas puedo tragar saliva.
Nadie sabe dónde estoy.
Nadie vendrá.
Y aunque vinieran...Ni siquiera soy capaz de moverme para pedir ayuda.
Cierro los ojos.
Quizá este sea el final.
No en una batalla.
No atravesado por una espada.
No luchando contra un enemigo.
Solo...tumbado sobre una playa desconocida, esperando a que el hambre, la sed o el sol terminen lo que el kraken no pudo.
No.
La voz apenas es un susurro.
Tan débil que casi parece un recuerdo.
Muévete.
Quiero reírme.
No puedo.
Muévete.
No me quedan fuerzas.
Siento que hasta respirar requiere de toda mi concentración.
Siempre has sido más grande que tu cuerpo.
Las palabras resuenan en mi cabeza.
No como la voz de mi madre.
No como una orden.
Como algo mucho más antiguo.
Mucho más mío.
Siempre has sido más fuerte que el dolor que intentaba romperte.
Mis dedos tiemblan.
Apenas un movimiento.
Casi imperceptible.
Siempre has sido más grande que estos huesos.
Aprieto los dientes.
El brazo derecho se arrastra unos centímetros sobre la arena.
La piel se abre contra las pequeñas piedras, pero ya casi no noto la diferencia entre el dolor y el resto de sensaciones.
Respiro.
Otra vez.
Y otra.
No sé cuánto voy a tardar.
No sé si conseguiré levantarme.
Pero mientras todavía pueda mover un solo dedo...Me niego a morir aquí.
Empiezo con un brazo.
Solo uno.
Clavo los dedos en la arena y tiro de mi cuerpo apenas unos centímetros. El movimiento es tan pequeño que casi parece inútil, pero el peso de mi propio cuerpo hace que el esfuerzo me robe el aire. Mi pecho se arrastra sobre la arena húmeda dejando un surco irregular detrás de mí.
Me detengo.
Respiro.
Vuelvo a hacerlo.
Cada avance es una pelea distinta.
Las piernas apenas reaccionan. Arrastran los pies sin fuerza, dejando que sea el torso quien soporte casi todo el esfuerzo. Los codos empiezan a escocer. Al principio es una molestia, luego un ardor constante y, finalmente, un dolor tan intenso que deja de tener sentido distinguirlo del resto.
El sol sigue subiendo.
Lo noto sin necesidad de levantar la cabeza, la arena deja de estar fría. Primero se vuelve tibia, después caliente, y con el paso del tiempo, empieza a quemarme la piel a través de la ropa empapada por el agua salada.
El sudor se mezcla con la sal que todavía cubre mi cuerpo. Cada gota que cae sobre los cortes abiertos me hace apretar los dientes. La garganta está completamente seca. Tragar saliva resulta imposible; es como intentar mover papel de lija dentro de la boca.
No sé cuánto tiempo ha pasado.
Podrían ser horas.
Solo sé que las sombras cambian lentamente de lugar, que el sol ya no da desde el mismo ángulo, y que cada vez pesa más sobre mi espalda.
El calor termina convirtiéndose en otro enemigo, empieza a nublarme la vista, el aire parece más espeso.
Cada respiración cuesta más que la anterior, pero sigo arrastrándome.
Centímetro a centímetro.
Con los antebrazos cubiertos de arena, los nudillos abiertos y la respiración convertida en jadeos irregulares.
Entonces las veo.
Las palmeras.
Al principio pienso que las estoy imaginando.
Parpadeo varias veces.
Siguen ahí.
No están lejos.
Pero tampoco lo bastante cerca.
Vuelvo a mover un brazo.
Después el otro.
El tronco de la primera palmera parece no acercarse nunca. Cada metro recorrido revela otro más, como si la playa decidiera alargarse únicamente para ponerme a prueba.
El calor continúa aumentando.
Empiezo a sentir la cabeza pesada.
Los pensamientos se vuelven lentos, confusos, solo existe una idea.
Sombra.
Nada más.
Sombra.
Finalmente, la punta de mis dedos alcanza la tierra cubierta por las primeras hojas caídas. La arena deja de quemar tanto. Arrastro el resto del cuerpo hasta que, poco a poco, el sol desaparece de mi espalda.
La diferencia es inmediata.
El aire sigue siendo cálido, pero ya no siento que mi piel vaya a arder.
Apoyo la espalda contra el tronco áspero de una palmera con el poco equilibrio que me queda. La sombra me envuelve mientras mi respiración sigue siendo pesada y desordenada.
Cierro los ojos unos segundos.
No estoy a salvo.
No tengo agua.
No tengo comida.
Ni siquiera sé dónde estoy.
Pero, al menos...El sol ya no podrá matarme antes que todo lo demás.
Levanto la vista con dificultad.
Las palmeras siguen balanceándose lentamente sobre mi cabeza, pero ya no son lo único que veo.
A unos metros, creciendo entre la arena y algunas piedras, distingo una mata de aloe vera.
No puedo evitar sonreír.
Gracias...
Las hojas gruesas y carnosas reflejan la luz del sol. Recuerdo perfectamente por qué sobreviven en lugares donde otras plantas morirían en pocos días.
Retienen el agua en su interior.
No la almacenan como un tronco hueco ni como una bolsa. La guardan dentro de sus hojas, en ese gel transparente y espeso que utilizan como reserva para soportar semanas, incluso meses, sin lluvia.
No es agua limpia, no es suficiente para vivir durante mucho tiempo.
Pero...Es humedad, es líquido y ahora mismo, cualquier gota vale más que el oro.
Mi sonrisa desaparece cuando intento moverme.
Todavía está demasiado lejos.
Solo unos metros.
En otras circunstancias los recorrería en dos segundos. Ahora parecen una montaña imposible de escalar.
Clavo los dedos en la arena otra vez.
Mis brazos tiemblan antes incluso de hacer fuerza.
Vamos...
Solo necesito llegar hasta ella.
Solo un poco más.
No sé cuánto tardo en llegar. Pierdo la cuenta después de los primeros intentos.
Solo existe el siguiente movimiento.
Arrastrar un brazo.
Después el otro.
Descansar.
Respirar.
Volver a empezar.
Cuando por fin alcanzo la planta, me dejo caer completamente sobre la arena. Mi pecho sube y baja de forma descontrolada. Tengo los labios agrietados, la lengua pegada al paladar y la garganta tan seca que cada respiración parece rasparme por dentro.
Levanto una mano con un esfuerzo casi ridículo.
Los dedos tiemblan tanto que apenas consigo rodear una de las hojas más grandes del aloe. La noto gruesa, firme y fría en comparación con el calor que desprende mi piel.
Aprieto.
No ocurre nada.
Respiro hondo.
Vuelvo a hacer fuerza.
Esta vez la hoja se parte con un chasquido húmedo, y un gel transparente empieza a asomar por la abertura, lo acerco torpemente hasta mi boca.
Al principio apenas consigo probarlo. Mis labios están demasiado secos para reaccionar. Después apoyo la hoja directamente sobre ellos y dejo que el gel vaya deslizándose lentamente.
La sensación es extraña.
Fría.
Espesa.
Con un ligero amargor.
Pero también húmeda.
Lo suficiente para que mi garganta deje de sentirse completamente abrasada.
Cierro los ojos un instante mientras intento aprovechar hasta la última gota que sale de la hoja. No calma la sed. Ni de lejos.
Pero deja de doler tanto y eso, ahora mismo, es suficiente. Dejo caer el resto de la hoja sobre la arena.
Mis brazos ya no pueden sostener más peso. Todo el cuerpo empieza a aflojarse de golpe, como si hubiera estado resistiendo únicamente para llegar hasta aquí.
La sombra me cubre la cara y siento como el viento me mueve suavemente las hojas sobre mi cabeza.
Escucho el mar a lo lejos.
Constante.
Inagotable.
Mis párpados pesan cada vez más.
Intento mantenerlos abiertos.
Solo un poco más.
Solo hasta asegurarme de que sigo despierto.
Pero el cansancio termina venciendo.
Los ojos se me cierran lentamente.
No sé cuánto tiempo he estado inconsciente. Podrían haber sido unos minutos, podrían haber pasado horas.
Lo primero que noto al abrir los ojos es que mi respiración ya no duele tanto. Sigue siendo pesada, pero ha dejado de ser desesperada. Mi pecho se eleva con un ritmo mucho más tranquilo y la cabeza ya no da vueltas cada vez que intento pensar.
Permanezco inmóvil un largo rato, observando cómo las hojas de las palmeras se balancean lentamente sobre mí. El sonido es suave, y Hipnótico.
Durante unos segundos no hago absolutamente nada.
Inspiro profundamente.
Espiro despacio.
Dejo que mi cuerpo termine de despertar por sí solo.
El calor continúa siendo intenso, pero la sombra me protege lo suficiente para no sentir que el sol intenta cocinarme vivo. Incluso la brisa que llega desde el mar resulta agradable sobre la piel todavía húmeda por el agua salada.
Muevo primero los dedos de la mano derecha, después los de la izquierda, los brazos protestan, pero responden, las piernas siguen doliendo, aunque ya no tienen aquella sensación de plomo que me impedía moverlas.
Estoy lejos de encontrarme bien.
Pero ya no estoy al borde del colapso.
Mi mirada se va otra vez hacia el aloe vera. La hoja que había roto sigue donde la dejé.
Todavía conserva parte del gel en su interior.
Con movimientos mucho más lentos que antes, la recojo y la acerco a mi rostro. Aprieto con cuidado la parte carnosa y otra pequeña cantidad del líquido transparente resbala hacia mis labios.
Esta vez no tengo que obligarme a tragar.
Lo hago despacio.
Saboreando cada pequeña gota.
El amargor sigue ahí, pero mi garganta ya no está tan castigada y puedo notar mucho mejor el frescor del gel deslizándose hacia el interior.
No calma completamente la sed.
Eso sería pedir un milagro.
Pero sí consigue devolver algo de humedad a mi boca y aliviar la sensación constante de tener la lengua convertida en piedra.
Cuando termino aquella hoja, observo las demás.
Selecciono otra. La parto con más cuidado y vuelvo a exprimirla poco a poco, evitando desperdiciar una sola gota. Cada vez que el gel toca mis labios siento que mi cuerpo recupera una pequeña parte de la energía perdida.
Es insignificante.
Pero suficiente para convencerme de que todavía puedo seguir adelante. Cuando ya no queda nada más que aprovechar, dejo las hojas a un lado y apoyo la espalda contra el tronco de la palmera.
Cierro los ojos otra vez y permanezco allí mucho tiempo, dejando que mi cuerpo absorba toda la tranquilidad que puede ofrecerme aquel rincón de sombra. Mis músculos siguen en modo avión, pero ya no tiemblan con la misma violencia. Incluso el dolor de los brazos empieza a transformarse en una molestia soportable.
Abro los ojos lentamente.
Ya he descansado bastante.
Si quiero sobrevivir, necesito moverme. Apoyo ambas manos contra el tronco de la palmera.
Intento levantarme.
Las piernas fallan al instante.
Vuelvo a caer de rodillas sobre la arena.
Respiro hondo.
No me enfado.
Simplemente lo intento otra vez.
Esta vez me tomo más tiempo.
Primero una rodilla.
Después el otro pie.
Las manos continúan sujetándose al tronco mientras reparto el peso con cuidado, los músculos de los muslos tiemblan de forma incontrolable, las pantorrillas arden, siento los pies inseguros sobre la arena.
Durante unos segundos creo que volveré a caer.
Pero no...Poco a poco consigo estirar completamente las piernas.
Permanezco inmóvil, respirando despacio, mientras el mundo deja de girar a mi alrededor.
Estoy de pie.
Lo primero.
Agua.
No puedo permitirme pensar en otra cosa, no en encontrar a los demás.
Si vuelvo a deshidratarme, todo lo demás dejará de importar.
Levanto la vista y observo las palmeras con atención. En el entrenamiento de supervivencia aprendí que, cuando el cuerpo empieza a recuperarse, no hay que desperdiciar esa pequeña ventana de energía. Hay que aprovecharla antes de que vuelva el agotamiento.
Doy el primer paso. Las piernas protestan inmediatamente, el segundo resulta un poco más sencillo, el tercero ya no parece imposible.
Camino despacio, apoyando una mano sobre los troncos cada vez que siento que el equilibrio amenaza con abandonarme. Todavía me duele todo el cuerpo. Los músculos parecen hechos de piedra y cada articulación recuerda el castigo del océano.
Al llegar a la primera palmera, levanto la cabeza, las hojas se mecen muchos metros por encima de mí.
Ni en mi mejor estado podría trepar ahora mismo.
Dejo escapar un suspiro. Tendré que pensar en otra...Entonces bajo la mirada y me quedo completamente inmóvil. No puedo evitar que una sonrisa aparezca en mi rostro.
Hay cocos en el suelo.
Varios.
Algunos todavía conservan la cáscara verde. Otros están secos y cubiertos de arena, seguramente caídos hace poco por el viento o por su propio peso.
Me arrodillo con cuidado junto al más grande.
Lo sostengo entre las manos.
Pesa. Eso es buena señal. Lo acerco al oído y lo agito con suavidad. Dentro escucho un chapoteo.
Me pongo manos a la obra para hidratarme.
Sujeto el coco entre las rodillas mientras busco una piedra con un borde afilado. No tardo mucho en encontrar una del tamaño de mi mano. No es perfecta, pero servirá.
Coloco el coco sobre la arena y descargo el primer golpe. Nada.
Solo un ruido seco que hace vibrar mis brazos doloridos.
Respiro hondo.
Vuelvo a golpear.
Y otra vez.
Y otra.
Los impactos son torpes. Hace apenas unas horas era incapaz de moverme, y mi cuerpo todavía no ha recuperado toda la fuerza. Aun así, sigo insistiendo.
Finalmente aparece una pequeña grieta y yo sonrío. Sigo golpeando alrededor de ella con más cuidado, ensanchándola poco a poco hasta que consigo abrir un orificio suficiente para que el líquido del interior pueda salir.
No desperdicio ni un segundo. Acerco el coco a los labios y lo inclino lentamente.
El agua de coco cae sobre mi boca, está fresca, mucho más fresca de lo que esperaba.
Tiene un ligero sabor dulce que hace que mi garganta, reseca desde hace horas, deje de arder poco a poco. Trago despacio, obligándome a no beber con ansiedad. Mi cuerpo me pide vaciar el coco de un solo trago, pero sé que hacerlo solo conseguiría sentarme mal.
Así que bebo con calma.
Pequeños sorbos. Dejo que cada uno recorra lentamente mi garganta antes de tomar el siguiente. Puedo sentir cómo mi cuerpo agradece cada gota.
El dolor de cabeza disminuye, la boca deja de sentirse como papel.
Cuando el coco queda vacío, cierro los ojos durante unos segundos y apoyo la frente contra el tronco de la palmera.
Nunca pensé que algo tan simple pudiera saber tan bien.
Abro otro y después otro.
No los termino todos. Me obligo a parar antes de excederme. Lo suficiente para hidratarme, no tanto como para que mi estómago, todavía castigado, se resienta.
Dejo los cocos vacíos a un lado y respiro profundamente.
Suspiro despacio, dejando que el aire salga poco a poco de mis pulmones.
El pánico nunca ha servido de nada.
Me lo enseñaron desde que era un niño, un error cometido con miedo suele ser el último.
Así que pienso. ¿Qué es lo siguiente que tengo que hacer?
Comida.
Podrá esperar unas horas.
Refugio.
Antes de que anochezca tendré que encontrar un lugar donde dormir sin quedar completamente expuesto.
Fuego.
Si consigo hacerlo antes del atardecer, podré mantenerme caliente durante la noche, hervir agua si encuentro alguna fuente y, con suerte, generar humo que pueda verse desde el aire.
Y después...Después viene lo verdaderamente importante.
Encontrar a los demás. No quiero aceptar la posibilidad de que sea el único superviviente.
No puedo.
Jon...
Padre.
Dick.
Tim.
Jason.
Roy.
Wally.
Logan.
Conner.
Todos.
No pienso darles por muertos. Hasta que vea un cuerpo, asumiré que siguen vivos.
Puede que alguno haya llegado a otra parte de la playa.
Puede que estén heridos.
Puede que me estén buscando exactamente igual que yo tendré que buscarlos a ellos.
Empiezo por el refugio.
No necesito nada sofisticado.
Camino despacio entre las palmeras, observando el terreno antes de decidirme. Encuentro un pequeño espacio donde varios troncos crecen relativamente cerca unos de otros. No está lejos de la playa, lo suficiente para vigilar el mar, pero tampoco tan cerca como para que una subida de la marea pueda alcanzarme.
Asiento para mí mismo.
Servirá.
Empiezo a recoger ramas largas que el viento ha ido arrancando de las palmeras. Algunas son ligeras. Otras pesan mucho más de lo que esperaba.
Cada vez que me agacho, una punzada atraviesa mi espalda, cuando vuelvo a incorporarme, el dolor cambia de sitio y se instala en las costillas.
Aprieto los dientes y sigo.
Arrastro los troncos más pequeños hasta el lugar elegido. Después busco hojas de palmera caídas y las voy colocando sobre la estructura improvisada, una encima de otra, intentando cerrar los huecos por donde podría entrar el viento.
No queda bonito.
Ni mucho menos.
Pero se mantiene en pie y eso basta.
Me alejo un par de pasos para observarlo. He visto refugios mejores, también peores.
Dejo escapar una respiración lenta antes de llevarme una mano al costado, cada movimiento empieza a pasar factura. Tengo los antebrazos cubiertos de pequeños cortes, los hombros rígidos y la espalda arde como si hubiera cargado piedras durante días.
El siguiente paso es el fuego.
Recojo ramas mucho más finas, hojas completamente secas y fibras desprendidas de las propias palmeras. Las amontono con cuidado formando un pequeño nido sobre la arena.
Después busco dos piedras.
Las golpeo.
Nada.
Vuelvo a intentarlo.
Otra vez.
Y otra.
El sonido seco resuena una y otra vez entre los árboles.
Mis manos empiezan a temblar por el esfuerzo, una punzada atraviesa mi muñeca derecha.
Continúo.
El sudor vuelve a correr por mi frente. Me cae sobre una pequeña herida junto a la ceja y el escozor me obliga a cerrar un ojo durante unos segundos.
Golpe.
Golpe.
Golpe.
Finalmente aparece una chispa.
Tan pequeña que casi pienso que la he imaginado, me inclino inmediatamente sobre el montón de fibras secas.
Otra chispa.
Después otra.
Hasta que una diminuta brasa consigue aferrarse al material más fino. Soplo con cuidado, muy despacio.
La brasa se vuelve anaranjada, después roja y de pronto, una pequeña llama aparece entre las hojas secas.
Voy añadiendo ramas delgadas poco a poco, sin prisa, dejando que el fuego crezca por sí solo hasta convertirse en una hoguera modesta.
El calor alcanza mis manos.
En cuanto dejo de moverme, el dolor regresa con más fuerza. Las piernas palpitan, los hombros laten acompasados con el corazón, los dedos están hinchados por los golpes contra las piedras, la espalda parece hecha de hierro oxidado.
Mi cuerpo aprovecha el momento de descanso para recordarme todo lo que ha soportado desde esta mañana.
Cierro los ojos unos segundos.
Inspiro el olor de la madera quemándose.
Escucho el crepitar del fuego.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, el sol todavía no ha terminado de salir.
El fuego se ha reducido a un pequeño montón de brasas cubiertas por una fina capa de ceniza. Me agacho despacio y añado algunas ramas secas. En pocos minutos las llamas vuelven a cobrar vida.
He sobrevivido a la primera noche.
No sé cuántas más podré hacerlo.
Me incorporo lentamente. Todo mi cuerpo protesta. Tengo los músculos agarrotados, los hombros rígidos y las heridas de los brazos se han endurecido durante la noche. Incluso caminar resulta extraño, como si cada articulación hubiera olvidado cómo moverse.
Aun así, comienzo a andar por la costa.
El océano parece completamente diferente al monstruo que intentó matarnos. Las olas rompen con suavidad sobre la arena y la marea ha ido dejando un largo rastro de restos esparcidos por toda la playa.
Voy observándolo todo con atención.
Un tablón.
Un chaleco salvavidas.
Un cabo roto.
Fragmentos del casco del barco.
Cada objeto me recuerda que aquello ocurrió de verdad.
Sigo caminando durante varios minutos hasta que algo metálico refleja la luz del sol.
Me acerco.
Es una olla.
Está medio llena de arena y todavía flota atrapada entre unas rocas poco profundas.
No puedo evitar sonreír.
Una simple olla puede significar cocinar.
Hervir agua.
Sobrevivir.
La saco del agua y la limpio como puedo con arena húmeda y agua del mar. Cuando voy a marcharme, algo más llama mi atención.
Una bolsa de plástico transparente, enredada entre unas ramas arrastradas por la corriente.
La recojo inmediatamente.
Está cerrada.
El agua no ha conseguido entrar.
La abro con cuidado y entro solo hay unas pocas cosas. Unas barritas energéticas, un paquete de arroz, otro de macarrones.
Un tesoro.
Meto todo dentro de la olla para transportarlo con mayor facilidad y regreso despacio hasta mi refugio.
Dejo la olla bajo la sombra de las palmeras, protegida de la arena, y permanezco unos segundos observándola.
Hace apenas un día habría dado cualquier cosa por encontrar algo así.
Después vuelvo a salir.
Sigo bordeando la playa.
Voy dejando marcas sobre la arena con un palo cada cierta distancia, por si algún otro superviviente pasa por allí. De vez en cuando grito algún nombre.
-¡Jon!
El viento se lleva mi voz.
-¡Tim!
Solo responden las olas.
-¡Padre!
Nada.
-¡Dick!
Silencio.
Continúo caminando.
Cada paso empieza a hacerse más pesado que el anterior. No solo por el cansancio. El dolor vuelve a recorrerme todo el cuerpo. Las piernas tiemblan, los hombros arden y la espalda parece negarse a seguir soportando mi peso.
Aun así continúo durante un buen rato más.
Necesito encontrarlos, necesito creer que alguno ha sobrevivido. Pero cuando el sol ya está alto y el dolor empieza a superar a mi propia voluntad, tengo que parar.
Miro una última vez la inmensidad de la playa.
No hay nadie.
Solo arena, Mar, pájaros y silencio.
Regreso lentamente al refugio. Cada paso de vuelta pesa más que el anterior.
Por la tarde, después de descansar un rato y comer media barrita energética, vuelvo a ponerme en pie.
Ya no puedo seguir dependiendo únicamente de los cocos.
Necesito una fuente de agua dulce.
Miro hacia el interior de la isla.
El bosque comienza apenas unos metros después de la playa. Los árboles son tan altos que apenas dejan pasar la luz y, desde donde estoy, resulta imposible ver qué se esconde entre ellos.
Respiro hondo.
Si hay un arroyo, un río o incluso un pequeño manantial...Estará ahí dentro.
Sujeto un palo lo bastante resistente para usarlo como apoyo y aparto las primeras ramas con cuidado. La sombra del bosque me envuelve casi al instante.
El aire cambia, es mucho más húmedo y más fresco. El silencio de la playa desaparece, sustituido por el sonido constante de insectos, hojas agitándose y animales que permanecen ocultos entre la vegetación.
Esperó que no me pique nada.
El bosque me obliga a reducir el ritmo casi de inmediato.
La vegetación es tan espesa que apenas puedo ver unos metros por delante. Grandes raíces sobresalen del suelo formando auténticas trampas, las lianas cuelgan de las ramas y los arbustos me arañan los antebrazos cada vez que intento abrirme paso.
Apoyo el palo contra el suelo antes de dar cada paso.
No puedo permitirme una caída.
Con el cuerpo en el estado en el que estoy, un tobillo roto significaría el final.
Respiro profundamente.
El aire es completamente distinto al de la playa. Aquí huele a tierra mojada, a hojas húmedas y a madera. Eso también significa otra cosa. Si el ambiente es tan húmedo...El agua no debería estar demasiado lejos.
Sigo avanzando, lamentablemente cada pocos metros me detengo.
Escucho. El entrenamiento vuelve a imponerse sobre el agotamiento, no busco solo animales, busco el sonido más importante de todos.
Agua.
El viento mueve las copas de los árboles, algunas aves revolotean de rama en rama.
Escucho insectos ocultos entre la maleza. Pero ningún arroyo, ninguna cascada. Nada. El suelo empieza a inclinarse ligeramente hacia abajo.
Las raíces dejan paso a un terreno mucho más oscuro y blando. El barro se pega a las botas con cada paso, obligándome a hacer más fuerza para avanzar.
Entonces me detengo. Hay huellas, me agacho lentamente, no son mías. Las observo con atención, son pequeñas, alargadas, con cuatro dedos marcados y unas uñas finas.
Exhalo despacio.
No parecen de un depredador grande. Probablemente algún mamífero pequeño. Aun así, me recuerdan algo importante.
Sigo caminando y los minutos pasan. Quizás una hora. El dolor vuelve poco a poco. Primero en las piernas, después en la espalda, finalmente en los hombros, que empiezan a sentirse tan pesados que incluso sostener el palo requiere esfuerzo.
Justo cuando empiezo a plantearme regresar...Me detengo otra vez. Inclino ligeramente la cabeza y cierro los ojos.
Entre todos los sonidos del bosque...Hay otro, muy débil, tan débil que podría confundirse con el viento.
Pero no lo es.
Es constante.
Suave.
Rítmico.
El agua.
Abro los ojos de golpe.
Sin pensarlo dos veces, cambio de dirección y avanzo guiándome únicamente por ese murmullo. Con cada paso el sonido se hace un poco más claro.
Las ramas empiezan a separarse, la vegetación pierde densidad y finalmente, los árboles se abren lo suficiente para dejar paso a un pequeño arroyo de agua cristalina que serpentea entre las rocas.
Me quedo completamente inmóvil.
Durante varios segundos solo lo miro.
Después dejo caer el palo al suelo y camino hasta la orilla.
Me arrodillo con cuidado.
Introduzco una mano en el agua.
Está fría.
Increíblemente fría.
La dejo correr entre mis dedos antes de acercarla lentamente a la cara.
Me lavo primero la cara, la sensación es tan agradable que cierro los ojos.
Después bebo.
Un sorbo.
Otro.
Y otro más.
No demasiado deprisa, no quiero que mi cuerpo se resienta. Cuando termino, permanezco allí, de rodillas junto al arroyo, escuchando el sonido del agua correr entre las piedras.
Dos días después estoy mejor de lo que imaginaba. Pero ya puedo caminar durante horas sin sentir que las piernas van a ceder bajo mi peso. Las heridas de los brazos empiezan a cerrar, los cortes ya no sangran y el color ha ido volviendo poco a poco a mi piel.
Las costillas son otra historia. Cada vez que hago un movimiento brusco o respiro demasiado hondo, una punzada seca me atraviesa el costado. No necesito que nadie me diga que alguna está fisurada. Lo noto cada vez que me agacho, cada vez que levanto un tronco, cada vez que toso.
Aun así, sigo moviéndome. Cada mañana recorro un tramo distinto de la playa, camino despacio, observándolo todo.
La marea sigue devolviendo pequeños restos del naufragio.
Una botella de plástico.
Un cabo.
Un remo partido.
Alguna caja completamente destrozada por el agua.
Todo termina en mi refugio.
Nada parece pertenecer a ninguno de los demás.
Ni una mochila.
Ni una prenda de ropa.
Ni una sola señal.
El tercer día me detengo frente a una montaña que se alza en el centro de la isla.
Hasta ahora la había ignorado. Demasiado esfuerzo y demasiado riesgo. Pero necesito respuestas. Si quiero entender dónde estoy, necesito verla desde arriba.
Respiro hondo y comienzo a subir.
Los primeros metros son sencillos.
El terreno está cubierto de hierba y algunas rocas grandes que sirven como apoyo. Después la pendiente aumenta, tengo que utilizar las manos, me sujeto a raíces gruesas, aparto ramas y busco dónde apoyar las botas antes de cargar el peso del cuerpo.
Cada vez que tiro de mí mismo hacia arriba, las costillas protestan.
La primera punzada me obliga a detenerme unos segundos, la segunda me hace apretar los dientes, la tercera es tan intensa que tengo que apoyar una mano sobre el costado mientras espero a que el dolor disminuya.
Respiro despacio. No puedo permitirme respirar hondo. Cada inspiración demasiado profunda parece clavarme un cuchillo entre las costillas.
Continúo.
Paso a paso.
La vegetación se vuelve más baja conforme gano altura, el aire también cambia, el viento sopla con más fuerza, el sudor cae por mi frente y termina resbalando hasta la barbilla.
Las manos vuelven a llenarse de pequeños arañazos provocados por las rocas, mis piernas empiezan a temblar por el esfuerzo.
Pero sigo.
Porque necesito saber.
Después de casi una hora de ascenso, la pendiente desaparece, doy los últimos pasos casi arrastrando los pies.
Y entonces...Llego a la cima. Me quedo completamente inmóvil.
La isla es inmensa. Muchísimo más de lo que imaginaba desde la playa.
Desde aquí arriba puedo distinguir kilómetros y kilómetros de bosque. Una masa verde que parece no terminar nunca. Hay varios ríos brillando bajo el sol, zonas donde los árboles son tan densos que forman auténticas manchas oscuras y otras playas que jamás habría imaginado que existieran.
Mi refugio es apenas un punto perdido en la costa. No puedo evitar sentir un nudo en el estómago.
Si alguno de los demás ha sobrevivido...Podría estar en cualquiera de esos lugares.
Jon.
Tim.
Diana.
Dick.
Wally.
Jason.
Podrían haber llegado a otra playa distinta. Podrían estar haciendo exactamente lo mismo que yo.
Buscándonos. Mi mirada recorre el horizonte una y otra vez, intentando encontrar una columna de humo.
Un reflejo.
Cualquier señal.
Nada.
Entonces pienso en ellos.
En Clark.
En Jon.
En Conner.
En sus sentidos. Ellos habrían encontrado mi corazón en cuestión de minutos, incluso desde kilómetros de distancia.
Clark es capaz de escuchar latidos al otro lado de una ciudad.
Jon y Conner también.
Si estuvieran en esta isla...Ya me habrían encontrado. La idea hace que el pecho se me oprima con fuerza.
Solo existe una explicación.
Les ha ocurrido algo.
Algo lo bastante grave como para impedirles usar sus sentidos o...Mi mirada continúa avanzando mucho más allá del mar.
Y entonces la veo.
Otra isla.
Lejana.
Difuminada por la distancia.
Pero inconfundible.
Permanezco observándola durante varios segundos, fespués otra silueta aparece todavía más lejos.
Quizá otra isla o quizá una montaña perteneciente a la misma. No puedo saberlo desde aquí. Bajo lentamente la vista hacia el océano. Quizá la tormenta nos separó durante kilómetros.
Quizá Jon está allí.
O mi padre.
Cualquiera de ellos.
Y si detrás de esa isla hay otra...
Y detrás de esa otra...Entonces las posibilidades son infinitas. No. No voy a encontrarlos esperando en la playa.
Tengo que empezar a pensar en cómo salir de esta isla...antes de que ellos hagan exactamente lo mismo en la suya.
Esa noche el fuego crepita con suavidad delante de mí. Las llamas iluminan la arena con un tono anaranjado y hacen que las sombras de las palmeras se muevan lentamente, como si la propia isla respirara.
Sobre unas ramas improvisadas descansa el pescado que he conseguido cazar esa tarde.
La piel empieza a dorarse, la grasa cae sobre las brasas y produce un pequeño chisporroteo, el olor debería abrirme el apetito.
Pero no siento hambre.
Permanezco sentado frente al fuego con los brazos apoyados sobre las rodillas.
Completamente inmóvil. Escuchando las olas romper contra la playa, escuchando el viento, escuchando un silencio que cada noche pesa un poco más.
Bajo la mirada hacia las llamas.
Y, sin darme cuenta, una lágrima comienza a pasearse por mi mejilla, después otra y otra.
No hago ningún esfuerzo por detenerlas. ¿Para qué? Estoy triste, tan triste y asustado que quiero hasta gritar.
Llevo días aguantándolas, días obligándome a pensar únicamente en sobrevivir.
En encontrar agua.
En construir un refugio.
En pescar.
En hacer fuego.
En caminar.
En respirar.
Porque mientras mi cuerpo estuviera ocupado...Mi cabeza no tendría tiempo para pensar. O quizás no quería hacerle caso a ese dolor sentimental que ya me es imposible de aguantar.
Pero ahora...Ya no puedo seguir engañándome.
Tiene que haber sobrevivido alguien.
Tiene que haberlo hecho.
No puedo ser el único.
Jon...
Conner.
Tim.
Dick.
Jason.
Roy.
Wally.
Padre.
Clark.
Cualquiera. Me da igual quién.
Solo necesito saber que alguien más sigue respirando, que alguien también está mirando un fuego esta noche, que alguien también está intentando volver a casa.
Me llevo una mano a la cara, pero las lágrimas siguen apareciendo.
No consigo detenerlas.
Pienso en Jon.
En cómo habría sido el primero en encontrarme si hubiera estado cerca. En cómo habría aterrizado delante de mí con esa sonrisa que siempre consigue enfadarme y tranquilizarme al mismo tiempo.
Me permito imaginar la posibilidad de que alguno no lo haya conseguido. El pensamiento me atraviesa el pecho con más fuerza que cualquier golpe del kraken.
Niego despacio.
No.
No puedo aceptar eso.
Todavía no.
Mientras no vea sus cuerpos...
Mientras no tenga una prueba...
Seguiré creyendo que están vivos.
Las lágrimas continúan cayendo durante un largo rato. Hasta que el pescado termina de cocinarse, hasta que las llamas empiezan a hacerse más pequeñas.
Y aun así...Antes de cerrar los ojos, levanto la vista hacia el cielo oscuro.
Lo primero es la barca, una embarcación lo bastante resistente para soportar un trayecto corto entre islas.
Empiezo buscando troncos rectos, algunos son demasiado pesados. Otros están podridos por dentro. Los golpeo con una piedra, escucho el sonido de la madera y voy descartando uno tras otro hasta reunir los que parecen más sólidos.
Después corto lianas y raíces largas que encuentro en el interior del bosque.
Son sorprendentemente resistentes.
Las limpio, las retuerzo y las utilizo como cuerdas. Mis manos terminan llenas de ampollas, los dedos sangran en varios puntos por la fricción constante.
Cada vez que tiro con fuerza para tensar una unión, las costillas vuelven a recordarme que siguen ahí.
Hay días en los que el dolor me obliga a detenerme varias veces.
Me siento sobre la arena.
Respiro despacio.
Espero.
Y vuelvo a empezar.
No puedo permitirme abandonar.
Poco a poco la estructura empieza a tomar forma. No es bonita, ni elegante. Pero cada unión resiste cuando la pongo a prueba. Eso es lo único que importa.
Cuando el trabajo con la barca termina por agotarme, cambio de tarea. Necesito llevar provisiones.
Las raíces más finas son flexibles y, entrelazándolas con paciencia, consigo formar una pequeña mochila. Es rudimentaria, irregular y está llena de imperfecciones, pero soporta el peso sin romperse.
La observo unos segundos con una satisfacción silenciosa, nunca pensé que terminaría tejiendo una mochila con las manos desnudas.
Después organizo todo lo que he conseguido reunir desde el naufragio. Las barritas energéticas que aún no he comido, el arroz, los macarrones que quedan, la olla, algunas piedras afiladas, varias ramas secas fáciles de prender, y las tres botellas de plástico que el mar ha ido devolviendo durante los últimos días.
Cada vez que encuentro una nueva botella siento el mismo alivio que el primer día encontré los cocos.
Las limpio, y las lleno en el arroyo.
Verlas llenas de agua cristalina me transmite una tranquilidad que hacía tiempo no sentía.
Las guardo bajo la sombra del refugio para que el sol no las caliente demasiado. Al caer la tarde suelo sentarme frente a la playa.
Miro la barca.
Miro la mochila.
Miro las botellas.
Hace unos días apenas podía arrastrarme por la arena.
Ahora tengo un refugio.
Fuego.
Agua.
Comida.
Y una forma, aunque sea precaria, de abandonar la isla.
Todavía estoy solo.
No voy a morir aquí.
Voy a encontrar a los demás.
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