°•18•°
La fe es el sendero de los puros, pero también la perdición de los inocentes.
El Padre Kaoko había tomado el mando tras la muerte de Taiju, y con él, la iglesia se volvió aún más estricta. La disciplina se había convertido en la única verdad, y la penitencia en la única redención.
Ken- Nunca pensé que la muerte de Taiju traería tantos cambios...
Nada más llegar, Kaoko lo puso en su sitio.
Kaoko- Ken, esta noche harás la guardia en los jardines.
Ken- Genial…
Ken- Sí, Padre.
Uno de los monaguillos más jóvenes susurró con burla:
-Qué suerte, ¿eh?
Ken suspiró, sin ánimo de responder. No tenía ganas de hacer guardia, menos cuando sus músculos aún dolían de la limpieza de la iglesia. Pero la voluntad de Dios no conocía descanso, y él tampoco debía hacerlo.
Cuando la luna se alzó sobre los jardines, Ken cerró las puertas del templo con reverencia, asegurando cada cerradura con la solemnidad de un ritual. Caminó entre los rosales y lirios, su única compañía el suave maullido de los gatos que acechaban en la penumbra.
Ken- Al menos ellos no me juzgan.
Con el amanecer, finalmente llegó su relevo. Sin más fuerzas, se arrastró hasta su habitación, dejándose caer sobre la cama, incapaz de siquiera cambiarse.
El descanso duró poco.
Unos golpes en la puerta lo sacaron abruptamente del letargo.
-Ken, ha llegado una nueva hermana.
Ken- Ah…-Sin darle importancia, dejó caer su cabeza contra la almohada.
El Padre Kaoko reunió a todos en la iglesia. A su lado, una joven de cabellos dorados y ojos afilados esperaba con una calma que contrastaba con la solemnidad del momento.
Emma- Soy Emma.
Emma. Un nombre hermoso. Y detrás de esa apariencia angelical, el más peligroso de los pecados.
Ken, sin darse cuenta, sintió un escalofrío recorrerle la columna.
El Padre Kaoko le asignó la tarea de mostrarle la iglesia.
Kaoko- Llévala a su habitación y enséñale las reglas del templo.
Ken- Sí, Padre.
Comenzó a caminar por los pasillos, explicándole cada norma con detalle. Emma lo escuchaba con atención, aunque en su sonrisa se escondía algo más. Algo que Ken, sumido en su deber, no supo notar.
Emma- Qué alma tan pura… qué desperdicio.
Ken- Y esta es tu habitación.
Emma- Gracias.
Ken- Por cierto, hoy trabajaremos en el jardín a las cinco de la tarde.
Emma- ¿Qué plantaremos?
Ken- Lirios.
Emma- Mmm~ inocencia, pureza y piedad.
Ken parpadeó, sorprendido.
Ken- ¿Eh?
Emma- Es su significado en la fe.
Por un instante, Ken se quedó inmóvil, atrapado en la profundidad de su mirada.
Ken- Oh… bueno, nos vemos.
Se alejó con pasos apresurados, sin entender por qué su pecho se sentía más pesado.
Emma apoyó la espalda contra la puerta de su nueva habitación y sonrió.
Emma- Esto será divertido.
17:15
El sol caía con fuerza sobre los jardines. Ken trabajaba con diligencia, sin importar el calor que quemaba su espalda.
Emma- Hola~
Ken levantó la vista, viendo cómo Emma se acercaba con su caminar despreocupado.
Ken- Hola, Emma.
Emma- Veo que el Padre te da más trabajo que a los demás.
Ken- Dice que debo ser un ejemplo de fuerza y resistencia.
Emma- Entonces, te ayudaré.
Ken- Oh, no… no quiero que pienses que es porque eres mujer, pero…
Emma- Quiero hacerlo.
Ken suspiró y le sonrió.
Ken- Está bien.
Trabajaron en silencio por un rato, hasta que Emma suspiró suavemente.
Emma- Uf~ qué calor hace hoy…
Se desabrochó lentamente algunos botones de su blusa.
Ken sintió su garganta secarse y, rápidamente, desvió la mirada.
Ken- E-eh, sí…
No era ciego. Desde el primer momento supo que Emma era hermosa, pero… ella era su hermana en la fe. No debía pensar en eso.
Ken- Gracias por ayudarme.
Emma- No es nada.
Esa noche, durante la cena
Kaoko- Ken, ve a llamar a Emma.
Ken- Sí, Padre.
Caminó por el pasillo de las monjas y tocó la puerta con suavidad.
Ken- Emma, la cena está servida.
No hubo respuesta.
Esperó un momento y, con cautela, entreabrió la puerta…
Y sintió el mundo tambalearse.
Emma estaba dentro, tarareando una melodía, deslizando con calma la tela sobre su piel desnuda.
Ken sintió el ardor subirle a las mejillas. Se apartó de golpe, el corazón martilleándole el pecho.
Ken- No… no…
Giró sobre sus talones y caminó rápidamente hacia el comedor, intentando borrar esa imagen de su mente.
Ryu- ¿Dónde estabas?
Ken- Oh… fui a llamar a Emma.
Su voz tembló.
Emma, aún en su habitación, sonrió con satisfacción.
Emma- Pecado número uno… la tentación.
Era tan fácil.
Los más puros eran los que más rápido caían.
Se relamió los labios, sintiendo la culpa florecer en el alma de Ken como un lirio envenenado.
Emma- Eres tan adorable.
El alba traía consigo el peso del pecado. Draken se despertó sudoroso, con el pecho latiéndole con fuerza.
Había rezado. Había murmurado oraciones hasta quedarse dormido, había pedido perdón con cada latido de su corazón… y aun así, en su inconsciente, la imagen de Emma lo había perseguido.
La veía en la penumbra de su mente, desnuda, riéndose de él, de Dios, de la iglesia que juró servir. Lo peor no era la visión. Lo peor era que su carne tembló en deseo.
Se sintió sucio.
Indigno.
Ken-Debo confesarme. Debo…
Pero el camino al confesionario se sintió más lejano que nunca. ¿Cómo podía pararse frente a un sacerdote y decirle que miró con deseo a su hermana en la fe? ¿Cómo podía pronunciar en voz alta que en su corazón, donde solo debía habitar Dios, ahora ardía la tentación?
Lo único que pudo hacer fue guardar silencio.
Más oraciones. Más penitencias.
Más negación.
Emma- ¡Ey, kechin!-El mencionado pegó un respingo-¿Me estás escuchando?-La chica hizo un puchero, inclinando la cabeza de lado con un aire de infantil inocencia.
Ken- ¡Oh! ¡Emma! Lo siento, ¿qué decías?
Emma- El sacerdote me ha mandado a hacer la compra. ¿Me acompañas?-Ken vaciló un segundo antes de asentir.
Ken- Oh… ¡sí! ¡Claro!-El camino al pueblo fue silencioso, pero no incómodo. Emma tarareaba una melodía con suavidad, dejando que la brisa moviera su dorada cabellera.
Al llegar al mercado, sacó la lista y comenzó a tomar los productos con una calma casi calculada. Ken la seguía, empujando el carrito con una rigidez evidente.
Ken-Emma…
Emma-¿Sí?-Ken tragó saliva. Sus dedos se aferraron con fuerza al manillar del carrito.
Ken-Yo… yo… perdón…
-Emma sonrió interiormente.
Emma-¿Por qué?
Ken-Es que…-Su voz se perdió en un balbuceo.
Emma lo observó con un brillo travieso en los ojos y, con la dulzura de una hermana compasiva, inclinó la cabeza con ligereza.
Emma-Da igual lo que sea, te perdono-Ken dejó de balbucear. La miró, aturdido.
Ken-Gracias…-Pero su corazón palpitaba con fuerza.
Como si en lugar de perdón, Emma le hubiera dado permiso.
23:12
El silencio de la iglesia estaba roto por los pasos ligeros de Emma, quien caminaba por los pasillos con una sonrisa ladina en los labios.
Estaba desnuda.
Se reía de Dios en Su propia casa, con la seguridad de un depredador al acecho. Se burlaba de las almas que dormían tranquilas en sus habitaciones, pensando que estaban a salvo de la oscuridad. Sabía que uno de ellos no dormía. Sintió su presencia antes de que él mismo la notara.
Ken venía desde atrás, su alma temblorosa como una vela al viento. Con un aire de perezosa satisfacción, Emma se giró lentamente para enfrentarlo.
Ken- ¡Pero qué…!-Se detuvo en seco. Su aliento se atranco en su garganta, y sus ojos no pudieron apartarse del cuerpo desnudo frente a él.
Ken-¿Emma? ¿Qué haces aquí? ¿Y por qué estás…
Emma- Shhh…-Llevó un dedo a los labios del monaguillo, con un gesto de silenciosa complicidad.
Emma-Nos van a escuchar.
-Ken se estremeció. Su instinto le gritaba que se alejara. Pero sus pies no se movieron.
El olor a incienso y cera derretida en la iglesia fue desplazado por algo más… algo más dulce, más denso, más tentador. Emma inclinó el rostro hacia él, y con la suavidad de una plegaria susurrada en la noche, presionó sus labios contra los suyos.
El mundo dejó de existir.
Ken se paralizó. Sus manos se posaron en los hombros de Emma y la apartaron con torpeza. En un acto reflejo, se quitó su bata azul y la colocó sobre los hombros de la chica, tratando de cubrir su desnudez.
Ken- Vuelve a tu habitación.
-Su voz sonó firme. Pero su respiración era errática.
Emma-¿Por qué te niegas?
Ken-Emma, esto… no… no…
-Los ojos dorados de Emma lo analizaron.
Pudo ver el temblor de su aura.
Pudo ver el deseo que luchaba contra su fe.
Con movimientos lentos, su mano se deslizó por el pecho contrario, deteniéndose justo en el borde del pantalón.
Ken contuvo el aliento.
El monaguillo intentó alejarse… pero chocó contra la pared.
Emma- Lo deseas.
Draken.
Tus muslos se envuelven sobre mi cintura como el atardecer se acuna con el mar, tu aroma me embriaga. Me encanta. Tus manos se deslizan por mi espalda en un intento de calmarme, pero solo me encienden más.
T
us labios, tus besos, tus jadeos ahogados…Tu cuerpo se funde con el mío, y el mundo se reduce a este instante. Cuando llegamos juntos a la cima, cuando nos convertimos en uno solo… descubro un poco más del paraíso.
El sol aún no salía cuando Ken se levantó de la cama con el alma destrozada.
Había caído.
Había cometido el pecado.
Había permitido que la tentación lo arrastrara a la misma oscuridad que siempre temió.
Ken- Debo confesarme-Esta vez no lo dudaría.
Se vistió apresuradamente y se dirigió al confesionario.
Se arrodilló frente al pequeño enrejado y cerró los ojos con fuerza.
Ken- Padre, debo hablar con…-El sonido de una suave risa lo hizo abrir los ojos.
Emma salió del lado contrario del confesionario, sonriéndole con malicia.
Emma- Hola~-Antes de que Ken pudiera reaccionar, la chica se deslizó hasta él y se sentó sobre sus piernas, quedando con sus muslos a cada lado de su cuerpo.
Ken-¿¡T-tú qué haces a-aquí!?-Emma inclinó su rostro, rozando sus labios con los suyos sin llegar a besarlo.
Emma-¿Contándole a Dios nuestro secreto?
Ken tembló.
Emma sonrió.
Y el pecado reclamó su alma.
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