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La tarde cae suavemente sobre la ciudad, y la luz cálida de la tarde se filtra a través de las grandes ventanas de la sala de estar. Faye está sentada en el sillón, revisando algunos documentos de su empresa, pero su mente no está completamente en lo que tiene delante. Hay algo en su interior que la inquieta, algo que lleva días rondando sus pensamientos.
A lo largo de los últimos meses, ha notado pequeños gestos de Yoko. Pequeños, pero significativos. Cada vez que ve algo relacionado con bebés, ya sea en un escaparate, en un anuncio en la calle o incluso mientras navega por su teléfono, hay un brillo en sus ojos. Una chispa de esperanza, de sueños no expresados. Faye lo ha visto muchas veces: un destello de emoción cuando ve ropa de bebé o cuando un comercial de pañales aparece en la televisión, incluso cuando Yoko, sin querer, se detiene a mirar a las madres con sus hijos en el parque.
Faye sabe que Yoko ha soñado con ser madre, y que siempre ha sido directa al respecto, pero sin presionar. Cada vez que lo menciona, lo hace con una sonrisa, con esa suavidad que la caracteriza. Pero Faye, a pesar de ser consciente de sus sentimientos, no puede evitar sentir una mezcla de miedo e incertidumbre. El miedo a no estar a la altura, a que sus propios demonios del pasado puedan interponerse en algo tan importante.
Hoy, mientras están en la sala, Yoko está sentada a su lado, su teléfono en las manos, desplazándose por la pantalla sin rumbo fijo. Faye la observa de reojo, notando cómo Yoko pasa por alto la pantalla, donde una imagen de un bebé envuelta en mantas aparece. Un pequeño suspiro escapa de Yoko, casi imperceptible, pero Faye lo escucha claramente. Al mirar sus ojos, los ve brillando, llenos de algo que Faye no puede identificar de inmediato, pero que sabe que tiene que ver con ese deseo de maternidad.
Sin poder contenerlo más, Faye deja los papeles a un lado y la mira fijamente.
─Yoko… ─dice, su voz suave pero firme. Yoko levanta la vista y la encuentra mirando la pantalla del teléfono, pero rápidamente desvía su mirada, dándose cuenta de que Faye la ha atrapado.
─¿Sí? ─pregunta con una sonrisa un poco nerviosa, pero Faye puede ver en sus ojos una leve incomodidad, como si intentara esconder algo.
Faye se recuesta en el sillón, mirando a Yoko con una mezcla de ternura y seriedad.
─Te he visto, sabes… cada vez que ves algo de bebés. El brillo en tus ojos. ─Faye sonríe suavemente, pero no puede evitar que la preocupación se asome en su rostro. ─Lo he notado, Yoko. Y sé que siempre lo has querido. Lo has mencionado muchas veces, pero nunca me presionaste, nunca lo hiciste un tema de presión. Pero no puedo evitar preguntarme… ¿Lo sigues queriendo, después de todo este tiempo?
Yoko se queda en silencio, los ojos grandes y brillantes, como si estuviera buscando las palabras adecuadas. Faye la observa con atención, reconociendo esa vulnerabilidad en ella, esa necesidad de ser comprendida.
─Lo quiero, Faye. ─La respuesta sale suave, pero directa. ─Lo quiero mucho, pero… nunca quise presionarte. Sé que no es algo fácil, y si no lo quieres, está bien. Yo solo… siempre lo he soñado. Lo he visto en mis pensamientos, en las pequeñas cosas. Pero si no es algo que tú quieras, lo entiendo.
Faye siente cómo su pecho se llena de una mezcla de emoción y culpa. Siempre ha sabido lo que Yoko quiere, pero la pregunta es, ¿puede darle lo que desea? ¿Puede ella ser la madre que Yoko necesita? Las dudas la invaden, pero también siente la certeza de que ha llegado el momento de hablar, de ser honesta con ella misma y con Yoko.
─No quiero que pienses que no lo quiero, Yoko. ─Faye se inclina hacia adelante, tomando la mano de Yoko con suavidad. ─Es solo que… no me siento preparada. Mi vida ha sido tan… diferente. He estado tan acostumbrada a este mundo peligroso que no sé si puedo dar el paso para ser algo más, para ser la persona que… que críe a un niño.
Yoko aprieta la mano de Faye, sus ojos reflejando una calma que, en parte, la tranquiliza, pero también hace que la culpa crezca en su pecho. Sabe que Yoko no quiere presionarla, pero sus propios miedos la están paralizando.
─Faye… ─Yoko la mira con una ternura infinita. ─No tienes que ser perfecta. Ni yo, ni tú lo somos. Solo quiero que sepas que, pase lo que pase, yo estaré contigo. Si alguna vez decides que quieres este futuro, lo haremos juntas. No importa cuándo, no importa cómo. Siempre estaré a tu lado, y sé que tú serías una madre increíble.
Las palabras de Yoko son un bálsamo para el alma de Faye y siente que las barreras que se había puesto a sí misma comienzan a desmoronarse. Pero hay algo más, algo que Yoko no ha dicho. Algo que Faye puede ver en sus ojos. Ese deseo no pronunciado, esa esperanza latente de un futuro compartido. Y en ese momento, Faye decide que, aunque tenga miedo, está dispuesta a dar el siguiente paso.
─Lo pensaré, Yoko… ─murmura Faye, acariciando la mano de Yoko con suavidad. ─Lo pensaré de verdad. Porque verte así, con esos ojos brillantes, me hace darme cuenta de que lo que más quiero en este mundo es verte feliz. Y si esa felicidad pasa por tener una familia, entonces… juntas, lo haremos.
Yoko la mira fijamente, el brillo en sus ojos ahora más fuerte que nunca, y sus labios se curvan en una sonrisa llena de esperanza y amor.
─Gracias, Faye… no importa cuánto tiempo pase. Te espero. Y estaré aquí, siempre, esperando ese momento.
Faye sonríe, y en ese momento, todo lo que teme parece un poco menos aterrador. Porque ahora sabe que, sea lo que sea, lo enfrentarán juntas. Y con Yoko a su lado, no hay nada que no pueda enfrentar.
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