epílogo
Han pasado cinco años desde aquel día en el hospital, el día en que sus vidas cambiaron para siempre. Faye y Yoko, ahora con mellizos de cinco años, se han adaptado a su nueva realidad de una manera que nunca pensaron posible. Su vida, aunque llena de responsabilidades y caos, está llena de amor y risas. Los niños, Kian y Lily, son dos pequeños rayos de sol que llenan la casa de energía y felicidad.
Es un cálido sábado por la mañana, y la familia está reunida en la terraza de la casa frente a la playa. Kian, un niño de cabello oscuro y ojos brillantes, corre de un lado a otro, riendo mientras juega con Sunny, el perro, quien está más que acostumbrado a las travesuras de los pequeños. Lily, por otro lado, corre junto a su hermano, pero se detiene cada tanto para recoger caracoles en la orilla.
Faye, ahora una empresaria exitosa, se encuentra observando a los niños desde el porche. A su lado está Yoko, con una sonrisa tranquila en el rostro, viendo cómo su mundo se despliega ante sus ojos. Ambas están sentadas en una silla doble, una pequeña hamaca que les permite estar juntas, disfrutando del día.
─¿Recuerdas cuando todo esto era solo una idea? ─pregunta Faye, mirando a Yoko con una sonrisa suave.
Yoko la mira, notando los años que han pasado, pero al mismo tiempo, reconociendo la profunda conexión que sigue presente entre ellas.
─¿Qué, cuando pensábamos en tener hijos? ─responde Yoko, acariciando la mano de Faye, quien sonríe al recordarlo─. Claro, todo parecía tan lejano... ahora veo a Kian y Lily y no puedo creer cuánto han crecido.
Faye observa a los niños jugar, escuchando las risas que llenan la casa. No puede evitar sentirse llena de amor. Ha pasado de ser una mafiosa imparable a una madre y empresaria que construye un futuro para su familia. Su vida ha cambiado, pero su amor por Yoko sigue siendo tan fuerte como el primer día.
─A veces me pregunto cómo llegamos hasta aquí ─dice Faye, abrazando a Yoko por los hombros, su voz suave y llena de amor─. Cómo, en un par de años, cambiamos tanto. Pero no me arrepiento de nada, ni de mis decisiones ni de los caminos que tomamos.
Yoko sonríe, asintiendo. Ella no podría estar más feliz. Todo lo que ha soñado está ahí, frente a ella, jugando en la arena con sus hijos, con Faye a su lado, sosteniéndola, apoyándola.
─Nunca me arrepiento de esa propuesta de matrimonio con la tapa de botella ─dice Yoko, mirando el mar mientras lo dice, recordando ese primer encuentro en el que, con una simple tapa de botella, le pidió a Faye que se casara con ella.
Faye se ríe, recordando ese momento tan peculiar y tierno, el comienzo de todo.
─Ni yo, ¿sabes? ─responde Faye, con una mirada suave pero firme─. Quiero seguir construyendo este futuro contigo, siempre.
Yoko la mira con cariño, sabiendo que esas palabras, aquellas que una vez fueron una simple broma, se han convertido en la base de su vida juntas. Sabe que todo lo que tienen ahora es más que suficiente, y es el mejor regalo que la vida podría darles.
Ambas se quedan en silencio, observando a Kian y Lily correr hacia ellas, con las manos llenas de caracoles y sonrisas radiantes. Los niños se acercan corriendo y, al instante, las abrazan con entusiasmo.
─¡Mamá! ─grita Kian, saltando sobre Faye, mientras Lily hace lo mismo con Yoko.
Faye y Yoko se ríen, rodeadas de sus hijos, sus pequeños, y todo parece estar en su lugar.
Con el sol acariciando sus rostros y el sonido de las olas de fondo, Faye mira a Yoko una vez más, sintiendo que todo, todo lo que han hecho, ha valido la pena.
─Sí, no me arrepiento para nada. ─Yoko sonríe, abrazando a Faye con fuerza, mientras sus hijos juegan a su alrededor.
Y así, rodeadas del amor de su familia, ambas saben que el viaje que comenzaron con una propuesta inocente y una tapa de botella ha dado frutos que jamás imaginaron. Y que lo que comenzó como una historia de dos, ahora es una vida llena de risas, amor y, sobre todo, momentos que seguirán atesorando para siempre.
Ahora, al mirarlos a todos, Faye siente que el brillo en los ojos de Yoko, ese que siempre había observado en silencio, ahora está reflejado en los ojos de sus hijos, Kian y Lily, como una promesa de que el amor que compartieron siempre será la luz que los guíe.
muchisimas gracias por haber leído, estoy muy feliz de que hayan apoyado esta cosa kwkdkz
los kiero muxo
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