10
La luz de la mañana se filtra a través de las cortinas de la habitación de Yoko, iluminando su rostro con un resplandor cálido. Se despierta lentamente, sus ojos parpadeando mientras el recuerdo de la noche anterior inunda su mente.
La habitación aún conserva el rastro de lo que pasó: las sábanas desordenadas, la fragancia sutil del perfume de Faye impregnando el aire. Yoko se queda tendida en la cama, su cuerpo aún vibrando con la intensidad de lo que vivió.
Sin embargo, cuando gira la cabeza hacia el lado derecho, el espacio junto a ella está vacío. Faye no está allí. Yoko ya lo sabía, pero no esperaba que esa ausencia doliera tanto.
Se sienta lentamente, abrazando sus rodillas contra su pecho. Su corazón está enredado en una maraña de emociones confusas: deseo, gratitud, pero también una punzada de soledad. La forma en que Faye la tocó, la manera en que se dedicó por completo a darle placer, fue abrumadora. Pero esa misma entrega estuvo teñida de una frialdad que ahora la inquieta.
Faye no esperó nada a cambio, no dejó que Yoko la tocara, no buscó consuelo en sus brazos. Simplemente se levantó después de dejarla en la cama, le acarició el rostro con una ternura fugaz y se marchó sin decir nada.
"¿Por qué me siento así?", piensa Yoko, apretando la tela de la sábana entre sus dedos. No tiene derecho a esperar nada más. Desde el principio, Faye dejó claro que su relación estaba construida sobre un acuerdo, no sobre promesas de amor o cercanía emocional. Pero, aun así, la ausencia de Faye pesa más de lo que quiere admitir.
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En otro rincón de la mansión, Faye Malisorn está sentada en su despacho, con un cigarrillo encendido entre los dedos. La noche anterior también está presente en su mente, aunque no deja que sus pensamientos se desborden.
Se inclina hacia adelante, apagando el cigarrillo en el cenicero de cristal con un gesto calculado. Sus emociones están bien controladas, como siempre. Pero incluso ella no puede ignorar el eco persistente de los suspiros de Yoko, de cómo su cuerpo temblaba bajo su tacto.
Faye no se quedó porque sabía que no debía. Sabía que, si lo hacía, algo en ella podría romperse. Había sentido el calor en los ojos de Yoko, una mezcla de deseo y vulnerabilidad que se sentía como un arma apuntando directamente a su pecho.
No puede permitirse eso. No con Yoko.
"La hice sentir bien. Eso debería ser suficiente", se dice a sí misma, aunque las palabras no tienen la convicción que esperaba. Hay algo en Yoko que la desarma, algo que no puede controlar del todo, y eso la aterra más de lo que está dispuesta a admitir.
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Más tarde, Yoko decide salir de su habitación. La sensación de encierro es demasiado opresiva, y necesita moverse, aunque no sabe exactamente hacia dónde.
Cuando llega al jardín interior, encuentra a Faye sentada en uno de los bancos, con un libro en las manos. La escena es tan similar a la de la otra noche que por un momento Yoko siente un nudo en la garganta.
Faye levanta la mirada al escuchar sus pasos, sus ojos grises posándose sobre ella. Hay algo indescifrable en su expresión, una mezcla de neutralidad y… ¿cautela?
─¿Dormiste bien? ─pregunta Faye, con su tono habitual, como si nada hubiera pasado entre ellas.
Yoko se detiene a unos pasos de ella, insegura de cómo responder. Finalmente asiente, aunque la verdad es mucho más complicada.
─Sí… dormí bien.
Faye asiente levemente, como si esa respuesta fuera suficiente. Pero el silencio que sigue es pesado, lleno de palabras que ninguna de las dos sabe cómo pronunciar.
─Gracias ─murmura Yoko finalmente, rompiendo el silencio.
Faye frunce ligeramente el ceño, cerrando el libro con calma antes de mirarla de nuevo.
─¿Por qué me das las gracias?
Yoko traga saliva, sintiéndose repentinamente expuesta bajo la mirada de Faye.
─Por… por lo de anoche. Por cómo… cómo te preocupaste por mí.
Faye la observa en silencio durante un momento que parece eterno. Finalmente, se levanta del banco y camina hacia Yoko, deteniéndose a solo un par de pasos de ella.
─No quiero que malinterpretes mis intenciones, Yoko. ─Su voz es baja, pero hay una intensidad en ella que hace que el corazón de Yoko se acelere─. Lo que pasó anoche… fue por ti. Porque quería que te sintieras bien. Pero eso no cambia lo que somos.
Yoko siente una punzada en el pecho, aunque no sabe exactamente por qué.
─¿Y qué somos? ─pregunta en un susurro, sus ojos buscando algo en los de Faye, alguna respuesta que no sea tan fría como sus palabras.
Faye desvía la mirada por un momento, como si buscara la respuesta adecuada. Finalmente, vuelve a mirarla, su expresión más suave, pero aún distante.
─Somos lo que decidimos ser, Yoko. Nada más, nada menos.
Yoko asiente lentamente, aunque no está segura de entender del todo lo que Faye quiere decir. Y mientras la observa alejarse una vez más, no puede evitar preguntarse cuánto tiempo podrá seguir soportando la distancia que Faye insiste en mantener entre ellas.
volví
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