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𝗺𝗮𝘇𝗲 𖹭.ᐟ fayeyoko

11

bbyblu

El día avanza con una monotonía que pesa sobre los hombros de Yoko. Cada rincón de la mansión parece estar impregnado de la presencia de Faye, pero la mujer en sí es un espectro esquivo, moviéndose entre reuniones y llamadas como si todo lo demás, incluida Yoko, fuese un accesorio más en su vida.

Yoko intenta llenar las horas de alguna manera: se sienta en el jardín, hojea libros que encuentra en la biblioteca, e incluso intenta hablar con el personal de la casa, quienes siempre parecen demasiado ocupados o demasiado intimidados para entablar una conversación real.

Por la tarde, mientras está sentada junto a una ventana con vistas al lago, Faye aparece de repente. Su figura alta y elegante llena el marco de la puerta, y Yoko siente el impulso inmediato de ponerse de pie.

─Ven conmigo ─ordena Faye, con su tono habitual, firme pero sin aspereza.

Yoko asiente y la sigue, su corazón latiendo rápido sin una razón clara. Faye no da explicaciones, solo camina con pasos largos y decididos por los pasillos, llevándola hacia una parte de la mansión que Yoko no ha explorado antes.

Finalmente, llegan a una sala amplia y minimalista, decorada con tonos neutros y un mobiliario moderno. En el centro hay un piano de cola negro, reluciente bajo la luz de un gran ventanal.

─¿Sabes tocar? ─pregunta Faye, girándose hacia ella.

Yoko parpadea, sorprendida por la pregunta.

─No… no mucho. Mi madre intentó enseñarme cuando era pequeña, pero nunca fui buena.

Faye asiente y se acerca al piano, deslizando una mano por la superficie brillante antes de sentarse en el banco. Sus dedos largos y elegantes se posan sobre las teclas con una familiaridad que sorprende a Yoko.

─Siéntate ─dice Faye, señalando el espacio junto a ella.

Yoko obedece, sintiéndose extrañamente nerviosa. La cercanía de Faye siempre tiene ese efecto en ella, como si cada movimiento, cada palabra, estuviera cargado de un peso que la deja sin aire.

Faye comienza a tocar, una melodía suave y melancólica que llena la sala con una belleza desgarradora. Yoko la observa, fascinada por la concentración en su rostro, por la manera en que sus dedos se mueven con precisión sobre las teclas.

─Es hermosa… ─murmura Yoko sin darse cuenta.

Faye detiene la melodía, sus dedos descansando sobre las teclas mientras gira la cabeza para mirarla.

─¿La canción o la forma en que toco?

La pregunta es directa, casi desafiante, y Yoko siente cómo el calor sube a sus mejillas.

─Ambas… supongo.

Una leve sonrisa curva los labios de Faye, pero no dice nada. En lugar de eso, comienza a tocar de nuevo, esta vez una melodía más suave, más íntima.

─¿Por qué me trajiste aquí? ─pregunta Yoko finalmente, rompiendo el silencio.

Faye no detiene la música, pero su tono cambia, volviéndose casi reflexivo.

─Quería compartir algo contigo. Algo que no suelo mostrarle a nadie.

Yoko se queda en silencio, tratando de procesar lo que acaba de escuchar. Hay algo vulnerable en esas palabras, algo que nunca había visto en Faye antes.

Cuando la canción termina, Faye retira las manos del piano y se gira hacia Yoko, su mirada fija en ella con una intensidad que hace que su respiración se acelere.

─Escucha, Yoko… ─comienza Faye, sus palabras lentas, cuidadosamente medidas─. No me quedé después de aquello porque no quería complicarlo.

Yoko la mira, sus ojos brillantes llenos de preguntas. Sabe a qué situación se está refiriendo.

─¿Complicarlo cómo?

Faye suspira y se inclina hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.

─Tú… haces que me cuestione cosas que normalmente no me permito cuestionar.

Yoko siente cómo esas palabras resuenan en su pecho, despertando una mezcla de esperanza y confusión.

─No entiendo… ─admite en voz baja.

Faye levanta la cabeza, cambiando su posición, y la mira directamente a los ojos.

─Ni yo. Pero quiero entenderlo. Quiero entenderte.

El aire entre ellas se vuelve pesado, cargado de una tensión que ya no es solo sexual, sino algo más profundo, más complicado. Yoko siente cómo su corazón late con fuerza, pero no es solo por la cercanía de Faye, sino por lo que sus palabras implican.

Sin pensarlo, coloca una mano sobre la de Faye, que descansa en el banco. Es un gesto pequeño, pero significativo.

─Estoy aquí ─dice Yoko, su voz suave pero firme─. No sé si puedo ayudarte a entender, pero… estoy aquí.

Faye la mira en silencio, como si estuviera evaluando esas palabras, y luego asiente lentamente.

─Eso es suficiente, por ahora.

Y mientras el silencio vuelve a llenarse con el eco de la melodía anterior, ambas sienten que algo ha cambiado, aunque ninguna de las dos sabe exactamente qué significa todavía.

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