27
El camino de regreso es silencioso. Faye mantiene la vista al frente, las manos en el volante con la misma firmeza de siempre, pero su mandíbula está ligeramente tensa. Yoko, sentada a su lado, la observa de reojo.
La conversación en el restaurante sigue dando vueltas en su cabeza. No confundas las cosas, Yoko.
Pero, ¿cómo no hacerlo?
Ella siente que algo cambió en Faye, incluso antes de que salieran. Desde esa noche. Desde que Faye se arrodilló ante ella y le dio placer sin pedir nada a cambio.
Esa mujer que la tocó con devoción, que la sostuvo cuando su cuerpo tembló, no es la misma que ahora aprieta el volante con tanta fuerza.
La lluvia comienza a caer, ligera, cubriendo el parabrisas con pequeñas gotas. El sonido rítmico de los limpiaparabrisas llena el aire.
De pronto, Faye se desvía del camino habitual.
Yoko frunce el ceño.
─¿A dónde vamos?
Faye no responde. Solo conduce, saliendo de la ciudad, tomando una carretera más vacía. La lluvia se intensifica.
Después de varios minutos, el auto se detiene en un mirador solitario, con vista a la ciudad iluminada en la distancia. Las luces parpadean como estrellas atrapadas en el concreto.
Faye apaga el motor, pero no hace ningún intento por moverse.
Yoko la observa con cautela.
─Faye…
─Solo… quédate quieta ─murmura la alfa, apoyando la cabeza en el volante. Su voz suena cansada.
Es la primera vez que Yoko la ve así. No en control. No como la mujer imponente que siempre sabe qué hacer.
─¿Estás bien?
Faye suelta una risa baja, sin humor.
─No lo sé.
El pecho de Yoko se aprieta.
Es difícil imaginar a Faye dudando de algo.
El sonido de la lluvia es lo único que llena el espacio entre ellas.
Yoko no sabe qué hacer. Nunca la ha visto así. Pero su instinto le dice que, por primera vez, Faye no necesita a alguien que le tema, que le obedezca, que se encoja ante su presencia.
Sino a alguien que simplemente esté ahí.
Con cuidado, mueve su mano sobre la consola central y la coloca sobre la de Faye.
La alfa se tensa. Por un momento, Yoko piensa que va a apartarla, pero entonces la siente relajarse, exhalar un suspiro pesado.
─Hoy… te veías feliz ─murmura Faye, sin mirarla.
Yoko parpadea, sorprendida.
─¿En el restaurante?
Faye asiente lentamente.
─Sí. Cuando probaste la comida. Cuando miraste la ciudad desde la ventana. Por un momento… parecías realmente libre.
El corazón de Yoko da un vuelco.
Faye lo notó.
Faye siempre lo nota.
─No soy libre ─susurra Yoko, con una pequeña sonrisa amarga.
Faye se gira hacia ella, finalmente encontrando su mirada en la penumbra del auto.
─¿Por qué lo hiciste?
Yoko traga saliva.
─¿Qué cosa?
─Venderte.
Yoko baja la mirada.
─Ya te lo dije.
─Dímelo otra vez.
Yoko aprieta las manos sobre su regazo.
─Mi madre está enferma. Necesitaba el dinero.
─Eso ya lo sé ─Faye entrecierra los ojos─. Pero no me refiero a eso.
Yoko frunce el ceño, confundida.
─¿Entonces a qué?
Faye la observa en silencio por un largo momento.
Y luego, con una voz más baja, más cruda, dice:
─¿Por qué aceptaste que fuera yo?
Yoko siente un escalofrío recorrerle la espalda.
No esperaba esa pregunta.
Faye nunca ha sido del tipo que busca validación. Siempre ha actuado como si el mundo girara a su voluntad, como si todo estuviera bajo su control. Pero ahora, aquí, bajo la lluvia, con su mirada oscura clavada en ella…
Hay algo más.
Algo vulnerable.
Yoko humedece sus labios.
─Porque… ─traga saliva─. No lo sé.
Faye suelta un suspiro, desviando la mirada.
─No es una respuesta.
─Pero es la verdad.
Silencio.
La lluvia sigue golpeando el techo del auto.
Faye cierra los ojos por un momento, como si estuviera reuniendo fuerzas.
Cuando vuelve a hablar, su voz es más baja.
─Te vi.
Yoko la mira, confundida.
─¿Qué?
Faye aún no la mira, pero sus dedos se cierran sobre el volante.
─En la subasta. Antes de que empezara. Estabas sentada en la esquina, con las manos en el regazo. No te movías, no hablabas, no reaccionabas a nada.
Yoko siente que el aire en su pecho se espesa.
No esperaba que Faye recordara eso.
Faye gira la cabeza lentamente, encontrando su mirada otra vez.
─Pero cuando dijeron mi nombre… levantaste la vista.
El corazón de Yoko late con fuerza.
─¿Eso importa? ─susurra.
Faye se queda en silencio. Luego, con un susurro casi inaudible, responde:
─Para mí, sí.
Yoko siente que algo dentro de ella se rompe.
Porque en ese momento, entiende.
Faye no solo la compró por deseo.
No solo la eligió porque podía hacerlo.
La eligió… porque, de alguna forma, Yoko también la eligió a ella.
Y eso, para Faye Malisorn, lo cambia todo.
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