30
El sonido de las llaves resonando contra la puerta rompe el silencio. Faye la abre sin esfuerzo, con su típica calma imperturbable. Pero Yoko no puede ignorar el leve temblor en sus manos mientras cruza el umbral.
La habitación está oscura, iluminada solo por las luces tenues de la ciudad que se filtran por las ventanas. Faye no enciende las lámparas. Tal vez porque sabe que la penumbra oculta lo que ninguna de las dos quiere enfrentar todavía.
Yoko avanza unos pasos, sintiendo el suelo frío bajo sus pies. Su respiración aún es pesada, como si el peso de la conversación en el auto se negara a abandonarla.
"No tienes que seguir cargando esto sola."
Esas palabras siguen resonando en su mente. Faye no las dijo con lástima, ni con la condescendencia que Yoko tanto teme. Solo fue una verdad simple. Una verdad que Yoko no sabe cómo aceptar.
—¿Quieres algo? —La voz de Faye la saca de sus pensamientos.
—Agua, por favor.
Faye asiente y desaparece en la cocina. El silencio que queda es sofocante. Yoko no puede evitar fijarse en los pequeños detalles de la habitación. El espacio refleja a su dueña: sobrio, elegante y sin rastros de desorden. Todo en su lugar. Todo bajo control.
Yoko se pregunta si Faye alguna vez ha permitido que algo se salga de su control.
Pero entonces, sus ojos se detienen en el sofá.
Ese sofá.
Ahí fue donde Faye la besó por primera vez. Donde sus manos recorrieron su cuerpo con la misma determinación que la caracteriza en todo lo que hace. Yoko todavía puede sentir el roce de sus labios, la calidez de su aliento.
La memoria la estremece.
─Aquí tienes.
Faye regresa, sosteniendo un vaso de agua que Yoko acepta con un leve asentimiento. Sus dedos rozan los de Faye. Un contacto fugaz, pero suficiente para que Yoko sienta ese calor familiar expandirse por su pecho.
Faye no se aparta.
Sus ojos oscuros la observan con esa intensidad cautivadora. Como si estuviera viendo a través de cada muro que Yoko intenta levantar.
─¿Qué? ─murmura Yoko, inquieta.
─Nada ─responde Faye, pero hay una leve curva en sus labios. Una sombra de lo que podría ser una sonrisa.
La alfa se sienta en uno de los sillones, su postura relajada, aunque Yoko sabe que cada movimiento suyo está calculado. Siempre lo está.
─Sobre tu madre… ─comienza Faye, con cuidado.
Yoko baja la mirada.
─No quiero hablar de eso ahora.
Faye no insiste. No la presiona. Solo asiente.
─Está bien.
Ese respeto inesperado la desconcierta. Yoko pensaba que Faye querría obtener respuestas, que insistiría como siempre hace. Pero no. Esta vez, solo le da espacio.
Y quizás eso es lo que más miedo le da.
Porque parte de ella quiere romper ese espacio.
─Faye.
Su nombre sale de los labios de Yoko como un susurro.
La alfa la observa con paciencia, como si estuviera esperando.
─¿Por qué eres así conmigo? ─pregunta Yoko finalmente.
─¿Así cómo?
─Tan… ─Yoko busca las palabras, pero ninguna parece suficiente─. Diferente.
Faye no responde enseguida. La pregunta queda flotando entre ambas, sin prisas.
─No lo sé ─admite al fin─. Tal vez porque contigo no siento que tenga que ser otra cosa.
Es una confesión simple, pero cala profundo.
Yoko siente su corazón latir con fuerza. Faye no suele abrirse. Ella es hielo, control y distanciamiento. Pero en momentos como este, cuando baja la guardia, Yoko puede vislumbrar algo más. Algo vulnerable.
─¿Eso te molesta? ─Faye la observa con atención.
Yoko niega.
─No… solo me confunde.
Faye se inclina ligeramente hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas.
─Entonces deja de pensar tanto.
Las palabras la desarman.
Yoko sabe que tiene demasiadas preguntas. Que su mente se aferra a las dudas, a los miedos. Pero cuando Faye la mira así, con esa mezcla de ternura y deseo, es difícil resistirse.
─Ven.
Faye le extiende la mano.
Yoko duda por un instante. Pero luego, casi sin pensarlo, da ese pequeño paso. Su mano se encuentra con la de Faye, y en ese toque, todo lo demás parece desvanecerse.
No hay preguntas.
No hay dudas.
Solo están ellas.
Y por ahora, eso alcanza.
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