31
El silencio sigue envolviendo la habitación. Yoko no aparta la mano de Faye. Su toque es firme pero calmado, como si sostenerla fuera lo más natural del mundo. Faye no intenta presionar. Solo espera.
La luz de la ciudad dibuja sombras suaves en sus rostros. Yoko se encuentra perdida en esos ojos oscuros que parecen contener más de lo que Faye nunca dirá en voz alta.
─¿Por qué eres tan buena conmigo? ─La pregunta escapa antes de que pueda detenerse.
Faye no desvía la mirada.
─No lo sé ─susurra─. Tal vez porque contigo puedo serlo.
Es una respuesta sencilla, pero Yoko la siente como un latigazo. No está acostumbrada a que alguien sea amable sin exigir algo a cambio. Especialmente no alguien como Faye Malisorn, quien lleva la frialdad como una segunda piel.
Yoko humedece sus labios.
─No entiendo por qué te importa.
Faye entrelaza sus dedos con los de ella. El contacto es suave, pero cada roce parece calar hondo.
─¿Siempre necesitas entenderlo todo?
Yoko aparta la vista, incapaz de sostenerla por más tiempo. Su pecho se agita con emociones que no logra ordenar.
─A veces… ─continúa Faye, con voz baja─ no hay nada que entender. Solo sentir.
La cercanía se vuelve sofocante. Pero no de una forma incómoda. Es el tipo de tensión que hace que el aire se sienta pesado, cargado de expectativas.
Faye levanta una mano y, con la misma calma que siempre la acompaña, aparta un mechón de cabello del rostro de Yoko. Sus dedos rozan la piel con delicadeza, dejando un rastro de calor.
─¿Puedo besarte? ─pregunta Faye, con esa voz profunda que retumba en el pecho de Yoko.
Yoko no responde de inmediato. No porque no quiera, sino porque la pregunta la desarma. Faye podría besarla sin pedir permiso. Podría tomar lo que quiera, como siempre ha hecho. Pero no lo hace.
Es esa espera lo que hace que Yoko sienta que la elección es realmente suya.
─Sí ─susurra.
Faye no tarda en acortar la distancia. Sus labios rozan los de Yoko en un gesto suave, casi temeroso. Es un beso que no exige, que no reclama. Solo ofrece.
Yoko suspira contra su boca. La calidez de Faye la envuelve, y después de tanto, no siente miedo. Sus manos viajan hasta los hombros de la alfa, aferrándose a la seguridad que encuentra en ella.
Faye la besa con paciencia, como si cada movimiento suyo estuviera dedicado a memorizarla. Su lengua apenas roza la de Yoko, provocando un estremecimiento que la hace aferrarse con más fuerza.
Pero no es solo deseo lo que crece entre ellas.
Es la ternura oculta en cada roce. La vulnerabilidad en la forma en que Faye la sostiene, como si temiera romperla.
Yoko siente un nudo en la garganta. Nunca pensó que alguien pudiera tocarla así. Sin prisa. Sin exigencias. Solo con la intención de hacerla sentir.
Cuando Faye se aparta, sus respiraciones se entrelazan. La alfa apoya la frente contra la de Yoko, manteniéndola cerca.
─No tienes que temerme ─susurra Faye, como una promesa.
Yoko cierra los ojos. Por un instante, deja que esas palabras la envuelvan. Porque aunque el miedo sigue acechando en su pecho, hay algo en Faye que la hace querer creer.
─No te temo ─murmura.
Y, por primera vez, es cierto.
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