Truyen3h.Co

𝗵𝗼𝗺𝗲 𖹭.ᐟ fayeyoko

uno

bbyblu

La lluvia no es fuerte, pero sí constante. Esa llovizna silenciosa que parece no tener intención de detenerse, mojando todo con paciencia. Es tarde. Las luces del hospital parpadean como si también quisieran irse a dormir. Yoko sale por la puerta principal, agotada tras un turno doble, con el cabello recogido a la ligera y los pasos lentos.

Piensa en su cama. En una ducha caliente. En el tofu que probablemente ya venció. Está tan absorta en su mundo gris y tranquilo, que casi no lo escucha.

Un quejido. Suave. Apenas audible.

Se detiene.

Frunce el ceño y gira lentamente, guiada por el sonido. Ahí, bajo el pequeño techito que protege la entrada de ambulancias, hay una caja de cartón. Yoko no recuerda haberla visto al entrar. Se acerca con cuidado, el corazón latiéndole un poco más rápido sin saber por qué.

Cuando se inclina y aparta la solapa húmeda de la caja, el mundo se le detiene.

Dentro hay un bebé.
Un recién nacido.
Envuelto con mantas delgadas, húmedas por la lluvia que ya ha comenzado a filtrarse.

─Oh, Dios... ─murmura, dejando caer su bolso sin pensarlo. Se arrodilla junto a la caja, temblando un poco.

El bebé llora. Su llanto es débil, como si llevara horas intentando llamar a alguien. Está pálido, con la carita arrugada, los puñitos cerrados.

Yoko lo toma en brazos con extremo cuidado, envolviéndolo con su propia chaqueta. Entonces lo ve: una hoja doblada, casi escondida entre las mantas. La saca con manos temblorosas y la desdobla.

Un parrafo corto, y al final una línea escrita con tinta corrida:

"Por favor, cuídala."

Yoko sostiene al bebé contra su pecho, sintiendo su calor traspasar la tela mojada de su chaqueta. Tiembla. No de frío, sino de algo más profundo. Algo parecido al miedo.

Se pone de pie torpemente, con el corazón desbocado. No puede pensar con claridad, pero sabe qué tiene que hacer. Gira sobre sus pasos y entra al hospital con rapidez, ignorando la mirada confundida de la recepcionista de noche.

─¡Necesito ayuda! ─dice, alzando la voz más de lo habitual─. Acaban de abandonar a un recién nacido en la entrada.

De inmediato, un par de enfermeras se acercan. Toman al bebé con suavidad, lo envuelven en una manta seca y lo llevan hacia el área de urgencias pediátricas. Yoko se queda ahí, empapada, con los brazos vacíos y el corazón latiéndole aún en la garganta.

Contesta preguntas. Explica lo que encontró. Entrega la nota. Todo como un protocolo que conoce bien, pero que esta vez se siente extraño, como si estuviera ocurriendo dentro de una película ajena.

─¿No había nadie cerca? ─pregunta una doctora.

─Nadie. Solo la caja... y la nota.

Horas pasan. O tal vez solo minutos, pero se sienten eternos. Yoko no se va. Se queda sentada en una banca del pasillo, mirando la puerta cerrada tras la que ahora cuidan a esa pequeña. Una enfermera le ofrece un café. Ella lo acepta, pero no lo bebe.

Más tarde, una trabajadora social aparece. Habla en voz baja, toma nota de todo y comenta que deben hacer el proceso correspondiente. Que probablemente la bebé será trasladada a un centro temporal si no encuentran a un familiar.

Yoko asiente. Lo entiende. Así debe ser.

Pero cuando la ve de nuevo, dormida en una cuna portátil con un gorrito diminuto sobre la cabeza... algo dentro de ella se rompe. O tal vez se acomoda.

─¿Puede quedarse conmigo esta noche? ─pregunta, sin saber de dónde le sale el valor─. Solo esta noche. Hasta que encuentren algo. Alguien.

La trabajadora social duda. Pero Yoko es casi médica. Tiene experiencia. Tiene una dirección estable. Está dejando que hable el instinto más que la lógica, pero no se retracta.

Al final, firman un documento. Algo temporal. Solo por una noche.

Cuando Yoko sale del hospital por segunda vez, la lluvia ha cesado. En sus brazos, la bebé respira con suavidad, acurrucada contra su pecho.

Y esta vez, no piensa en tofu. Ni en su cama.

Solo en cómo sostenerla mejor.

. . .

El edificio donde vive Yoko no es lujoso, pero es cálido. Tiene luces tenues en los pasillos, alfombras gastadas pero limpias y vecinos que saludan en voz baja si se cruzan. Cuando abre la puerta de su departamento, todo está en silencio. Lo primero que hace es encender una lámpara pequeña junto al sofá. Luz suave, acogedora.

Con movimientos cuidadosos, deja las llaves en su lugar, se quita los zapatos y coloca a la bebé sobre una mantita doblada en el centro del sofá. Ella no se despierta, solo emite un pequeño suspiro, como si supiera que ahora está a salvo.

Yoko se arrodilla frente a ella. Observa sus manitos cerradas, sus pestañas diminutas, su naricita apenas rojiza por el frío. Suspira y sonríe con una ternura que pocas veces muestra en público.

Se pone de pie. Sabe qué hacer.

En minutos, tiene agua tibia corriendo en una palangana que solo usaba para sus plantas. Usa una toalla suave, un poco de jabón neutro, y con cuidado le limpia las mejillas, las manos, los piecitos. Se mueve con experiencia, sin titubear, como si ya lo hubiera hecho mil veces.

Cuando la envuelve en una manta seca y más gruesa, la bebé se despereza, abre los ojitos por un segundo y luego vuelve a dormirse, confiada. Yoko no se lo dice a nadie, pero en ese instante... algo le late distinto en el pecho.

Más tarde, se sienta con ella en brazos, en silencio, mirando la noche a través de la ventana. No enciende más luces. No prende la televisión. Solo está ahí, acompañándola, asegurándose de que no vuelva a estar sola.

La bebé se mueve apenas. Yoko le acaricia la frente con los dedos.

─No sé cómo te llamas ─susurra─, pero no te preocupes. Vas a estar bien.

Y por primera vez en meses, su departamento no se siente vacío.

. . .

La noche es tranquila en el edificio, hasta que deja de serlo.

El llanto rompe el silencio pasadas las dos de la madrugada. Es agudo, insistente, imposible de ignorar. Faye Malisorn, desde su departamento en el piso de arriba, abre los ojos con una mueca de fastidio. No es que tenga el sueño liviano, pero sí poca tolerancia a los ruidos que no entiende.

Se sienta en la cama, el ceño fruncido.
─¿Un bebé?

No tiene hijos. No le gustan los bebés. No sabe si le molestan porque son frágiles o porque lloran sin parar. Probablemente ambas. Pero ese sonido no viene de otro edificio ni de la calle. Viene del piso de abajo.

De su vecina.

Suspira. Se pone una sudadera encima de la camiseta y baja en pantuflas, el cabello enredado, el rostro aún medio dormido. Llega frente a la puerta 204 y toca, no muy fuerte, pero sí con determinación.

Tardan unos segundos en abrir.

La puerta se entreabre y aparece ella.
Yoko.

Pelo recogido sin mucho esfuerzo, ojeras suaves pero ojos vivos. Tiene a una bebé en brazos, envuelta en una manta. El llanto se ha calmado, ahora es solo un quejido bajito contra el pecho de Yoko.

─¿Hola? ─pregunta Yoko, algo sorprendida.

─Eh… perdón ─dice Faye, más torpe de lo que le gustaría─. Soy tu vecina de arriba. Escuché… bueno, creo que todos lo hicimos. Solo quería saber si… todo está bien.

Yoko la mira. Y luego baja la vista a la bebé.

─Sí. Perdón por el ruido. Es que no… no tengo cuna, ni mamadera, ni nada de eso todavía. La encontré anoche.

─¿La encontraste?

─En la puerta del hospital. Con una nota. Me la traje a casa hasta que supiera qué hacer.

Faye parpadea. Una cosa es que una bebé llore y otra muy distinta es que tu vecina te diga eso a las dos de la mañana como si hablara del clima.

─¿Y… sabes qué hacer?

─Un poco. Estudié enfermería pediátrica antes de trabajar en el área infantil. No es lo ideal, pero… no podía dejarla sola.

Faye asiente en silencio. Mira a la bebé. Luego a Yoko. Siente una mezcla rara en el estómago, algo entre incomodidad y respeto.

─Bueno… ¿necesitas ayuda?

Yoko sonríe, sin burla. Es una sonrisa cálida, sencilla.

─¿Sabes cambiar pañales?

Faye ríe por lo bajo, negando con la cabeza.

─No tengo ni idea.

─Entonces quizás puedes empezar por sostenerla mientras preparo su leche.

Faye retrocede medio paso.

─¿Qué? No… no sé si… ¿es seguro?

Yoko da un paso hacia adelante y le extiende a la bebé con confianza.

─Confío en ti.

Faye traga saliva. Estira los brazos.

Y por primera vez en su vida, sostiene a un ser tan pequeño. Tan cálido. Tan indefenso.

─No me mires así ─susurra Faye, viendo a la bebé─. No tengo idea de qué estoy haciendo.

Pero Yoko ya está en la cocina, tarareando bajito mientras prepara el biberón improvisado.
Y la bebé, en brazos de la arquitecta alfa que siempre había vivido sola, deja de llorar.

Bạn đang đọc truyện trên: Truyen3h.Co