dos
El sol se cuela débil entre las cortinas, anunciando una mañana fresca. Faye se sirve un café cargado, aunque apenas lo prueba. Sigue pensando en la noche anterior. En los brazos torpes, en la calidez de esa bebé. En los ojos tranquilos de su vecina.
Nunca pensó que algo así le haría volver a tocar una puerta por gusto.
Pero ahí está, en el pasillo del segundo piso, con una manta doblada bajo el brazo y una pequeña bolsa con cosas que consiguió de camino. Golpea la puerta dos veces, más suave que la última vez.
Yoko tarda unos segundos en abrir, pero cuando lo hace, parece recién despierta. Lleva el cabello suelto, una camiseta holgada y los ojos aún hinchados de sueño.
─Faye ─dice, algo sorprendida.
─Hola ─responde ella, algo incómoda─. Perdón que venga sin avisar, pero… pensé que quizás te serviría esto.
Le tiende la bolsa.
Yoko la toma con una ceja alzada, pero sin dejar de sonreír.
─¿Qué es?
─Algunas cosas básicas. Biberones, toallitas, pañales… y una manta. No sabía si ya tenías todo eso.
Yoko abre la bolsa, un poco en silencio. Faye siente que tal vez se metió donde no debía.
─Perdón si me pasé. Solo pensé que—
─Gracias ─interrumpe Yoko, mirándola con dulzura─. De verdad, gracias. No tenías por qué hacer esto.
─Lo sé ─dice Faye, bajando la mirada─. Pero… no sé. Me quedé pensando en ustedes.
Yoko la invita a pasar con un gesto de la mano. El departamento huele a leche tibia y a algo suave, como talco. La bebé está dormida en una mantita sobre el sofá, con las mejillas sonrosadas.
─¿Ya comió? ─pregunta Faye en voz baja.
─Hace una hora. A veces duerme tranquila… otras no tanto.
─¿Y tú? ¿Pudiste dormir algo?
─Un poco. Estoy acostumbrada a turnos largos. Esto es diferente, claro, pero se parece.
Faye se sienta al borde del sillón, observando a la bebé con atención. Aún no se acostumbra a lo pequeña que es. A lo mucho que parece necesitar de alguien.
─¿Ya pensaste qué vas a hacer?
─Estoy esperando noticias del hospital ─responde Yoko, sentándose también─. Mientras tanto, me la dejaron a cargo. No sé por cuánto tiempo, pero no me molesta. Me hace compañía.
Faye la mira de reojo.
─¿Siempre eres así de tranquila?
─Solo cuando hay bebés cerca ─bromea Yoko.
Faye ríe por lo bajo, relajándose un poco más. No está segura de por qué volvió. Ni de qué quiere exactamente.
Pero hay algo reconfortante en ese lugar.
Algo que no tiene que ver con el diseño, ni con los planos.
Algo que se siente… como un hogar.
. . .
El silencio no pesa. Es suave. Como si ambas entendieran que no hace falta llenarlo con palabras cuando la presencia ya dice mucho.
Yoko acomoda la manta de la bebé y la observa dormir con una ternura que a Faye le resulta difícil de describir. Nunca fue buena leyendo emociones ajenas, pero eso… eso es amor, aunque no sepa de dónde nace.
─¿Tiene nombre? ─pregunta Faye, rompiendo el silencio.
─Todavía no. La nota que dejaron con ella no decía nada. Solo que su madre no podía cuidarla… y que ojalá alguien sí pudiera.
Faye baja la mirada.
─Qué fuerte.
─Sí.
La arquitecta se queda mirando el rostro dormido de la niña. Respira con suavidad, con la boca entreabierta y los deditos apretando la manta como si ya supiera que eso es lo único seguro que tiene.
─No me imagino lo que habrá sentido su madre ─murmura Faye─. Para dejarla así…
─Yo sí ─responde Yoko, sin dureza en la voz─. No la justifico, pero… hay decisiones que duelen, aunque se tomen por amor.
Faye la mira. Hay algo profundo en esas palabras. Algo que no espera de una vecina que conocía solo de vista.
─Eres… muy distinta a como te imaginaba.
Yoko sonríe, sin despegar la vista de la bebé.
─¿Y cómo me imaginabas?
─No lo sé. Callada, reservada. Siempre estás sola.
─Bueno… tampoco es que tú seas muy social.
Faye se ríe. Toca el respaldo del sofá con los dedos, distraída.
─Tienes razón. Supongo que no me llevo bien con la mayoría de la gente.
─¿Y conmigo?
La pregunta no suena como un reto. Suena genuina.
Faye tarda un momento en responder.
─No sé… todavía. Pero algo me hizo venir esta mañana, ¿no?
Yoko asiente, y por primera vez la mira de frente, con una sonrisa leve pero honesta.
─Gracias por eso.
Faye siente algo tibio en el pecho. No lo reconoce. No le teme, pero tampoco lo entiende.
─¿Puedo volver más tarde? ─pregunta, sin pensar demasiado─. Tal vez… ayudarte un poco.
─Claro ─dice Yoko─. Me vendría bien otra mano. Aunque sea torpe.
Faye sonríe, y por dentro, algo se acomoda. Como si, sin saberlo, hubiese empezado a construir algo más que una casa.
. . .
La tarde cae con suavidad, tiñendo los pasillos del edificio con tonos cálidos. Faye camina con una pequeña bolsa en la mano, esta vez más segura, aunque con el corazón latiéndole más fuerte de lo que admitiría.
Golpea la puerta. Una, dos veces.
Yoko abre rápido, como si la estuviera esperando.
─Hola otra vez ─dice Faye, sonriendo.
─Hola. Justo me preguntaba si volverías.
─Te traje unas cosas más… y, bueno, vengo dispuesta a trabajar ─dice, alzando la bolsa como si fuera una herramienta de construcción.
Yoko se ríe y la deja pasar. El departamento huele a comida casera y algo suave, familiar. En la mesa hay un par de papeles con garabatos, una taza de té medio vacía y un babero doblado.
─¿Dormida otra vez? ─pregunta Faye, mirando al moisés improvisado junto al sillón.
─Sí. Pero se despierta fácil, así que… bajito.
Faye asiente y se sienta, algo torpe, como si no supiera bien qué hacer con las manos.
─Entonces, ¿por dónde empiezo?
Yoko se sienta frente a ella, tomando una pequeña caja de pañales.
─¿Alguna vez cambiaste uno?
Faye la mira como si le hubiera preguntado si alguna vez voló un avión.
─Eh… no.
─Perfecto. Vamos a empezar por lo básico.
Yoko le explica con paciencia, usando un muñeco de trapo que tenía desde antes —“lo usaba en prácticas de la facultad”, dice entre risas—. Faye la observa atenta, y cuando le toca intentar, se toma su tiempo, dudando en cada movimiento.
─¿Así?
─Casi… pero no al revés ─dice Yoko, conteniendo la risa.
Faye niega con la cabeza, divertida.
─Esto es más complicado que un plano estructural.
─Pero huele mejor ─responde Yoko con una sonrisa tierna.
El ambiente se llena de una calma extraña, de esas que sólo existen cuando la compañía se siente bien. Cuando hay confianza, aunque sea nueva.
─Gracias por dejarme ayudar ─dice Faye en voz baja, mientras termina de ajustar el pañal de práctica.
Yoko la mira, sincera.
─Gracias por querer hacerlo.
Y por un momento, solo por uno, el mundo afuera deja de existir.
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