TRES
Yoko había preparado todo como si fuera una cita, aunque no se atrevía a llamarlo así. La mesa del comedor estaba despejada, con velas encendidas, aunque disimuladas como si fueran parte de una decoración casual de su apartamento. Música suave sonaba en segundo plano, Lana del Rey, sugerente pero no intrusivo. Estaba nerviosa. Más de lo que admitía.
A las 7:00 p.m. en punto, escuchó el timbre.
Cuando abrió la puerta, Faye estaba allí, con una sudadera oscura, jeans holgados y sin sus gafas. Se veía diferente, y a la vez, más ella misma que nunca. Sus ojos estaban más oscuros, su mirada más aguda. Traía consigo una libreta pequeña y una botella de vino, detalle que descolocó por completo a Yoko.
─¿Te gusta tinto o blanco? ─preguntó sin siquiera esperar a ser invitada a pasar.
─Cualquiera que no sea más fuerte que tú. ─replicó Yoko en broma, sonriendo con picardía mientras se hacía a un lado.
─Difícil encontrar uno entonces. ─murmuró Faye al entrar, en forma de coqueteo sutil coqueteo.
Se sentaron en la sala después de cenar algo ligero, pasta a la carbonara. La conversación se mantuvo suave por unos minutos; libros, música, el estrés de los exámenes. Pero Faye no era una chica que se quedara mucho tiempo en la deambulando en lo no—importante. De repente, sin previo aviso, dejó el vaso de vino sobre la mesa con un leve clink y giró el cuerpo completamente hacia Yoko, cruzando las piernas.
─¿Qué es exactamente lo que quieres de mí, Yoko?
Su voz no fue acusadora, fue directa. Como si formulara una hipótesis que ya sabía cómo probar.
Yoko se quedó inmóvil por unos segundos. La copa aún en su mano, los ojos clavados en los de Faye. Había algo en esa pregunta que la encendía. No porque fuera un reto, sino porque era un reflejo. Ella también se lo había preguntado a sí misma muchas veces, sin respuesta clara. Pero ahora, obligada a confrontarla, algo dentro de ella se removió.
─¿Eso crees que estoy haciendo? ─preguntó con calma, pero con los labios apenas curvados en una sonrisa que no sabía ser inocente.
─Lo sé ─afirmó Faye sin titubear─. Desde el primer día. Tu mirada. Tu atención repentina. Tus provocaciones disimuladas. No soy estúpida, Yoko. Sé cuando alguien me desea.
Hubo un segundo de silencio espeso. Entonces Yoko dejó el vaso a un lado y se acercó levemente. No lo suficiente para invadir su espacio, pero sí para que las respiraciones de ambas se tornaran más pesadas.
─Y si es así... ¿Eso te molesta? ─susurró.
Faye rió, suave, lejos de ser una risa con humor.
─No me molesta que me desees. Me molesta que creas que puedes jugar conmigo como si fuera una más de tu colección.
Aquello fue una daga. Pero una que, en lugar de herirla, le encendió las venas. Yoko sintió cómo algo dentro de ella se encogía y al mismo tiempo se estiraba, como un cable a punto de romperse.
─¿De verdad piensas que esto es un juego para mí?
─Creo que estás acostumbrada a obtener lo que quieres. Y que cuando alguien no encaja en tu molde, intentas hacerlo encajar a la fuerza.
─¿Y tú qué eres entonces, Faye? ¿Un acertijo más? ¿Uno por el cuál debo esforzarme para obtener algo más que una simple mirada?
─Soy alguien que no va a caer a tus pies solo porque eres la chica que todos desean.
Esa frase... Esa maldita frase golpeó algo en Yoko que ni siquiera sabía que estaba buscando. Porque en un mundo donde todo se le daba fácil, lo único que la mantenía viva era lo que no podía controlar. Y Faye... Era eso. Un misterio con fuego bajo la piel.
Yoko se inclinó aún más, ahora con sus rodillas tocando las de ella. La miró directo a los labios, y luego de nuevo a los ojos.
─¿Y si te dijera que eso es justamente lo que quiero que hagas? ¿Qué te vuelvas loca por mí? ─la morena sonrió al ver cómo el rostro de la mayor se transformaba en una expresión, seria, sin gracia.
Faye no se movió. Pero sus pupilas se dilataron apenas, delatándola por completo. La tensión entre ambas era un animal salvaje encerrado en una habitación demasiado pequeña, deseoso por salir y atacar.
─Entonces deja de fingir que esto es algo inocente porque no lo es ─dijo al fin─. Y bésame.
Yoko contuvo el aliento, pero no se lanzó a besarla como tanto anhelaba. No todavía. En lugar de eso, deslizó lentamente su mano por la mejilla de Faye, acariciando su mandíbula con los dedos. La azabache cerró los ojos un instante y cuando los volvió a abrir, fue ella quien se inclinó.
La tomó del rostro con ambas manos y la besó con una urgencia que le robó el aliento. El beso fue lento al principio, ambas descubriéndose mutuamente. Sus labios y dientes chocaran debido a la brusquedad del beso, pero ninguna se quejó. Yoko gimió suavemente contra su boca, aferrándose a su camisa mientras las lenguas se buscaban sin pudor, desesperadas por memorizarse.
Las manos de Faye se hundieron en su cintura, atrayéndola con fuerza, mientras su boca se movía con desesperación, Yoko respondió con la misma intensidad, tirando del cuello de su camiseta, temblando entre jadeos y caricias torpes debido a la posición de ambas.
Se separaron con la respiración agitada. Yoko apoyó su frente contra la de Faye, y rió bajo, temblorosa.
─Mierda... Estás más caliente de lo que jamás imaginé.
Faye sonrió con una calma.
─Te dije que no me subestimaras.
El silencio posterior al beso fue denso. Yoko no se atrevió a moverse por varios segundos, como si temiera que cualquier palabra deshiciera la magia del momento. Faye tampoco se alejó del todo, pero había algo diferente en su expresión, no era incomodidad, tampoco miedo, era analítica. Como si hubiera probado algo prohibido y ahora estuviera considerando las consecuencias.
Yoko tomó una bocanada de aire y se recostó lentamente en el espaldar del sofá, intentando que su pulso se calmara. No funcionó. Su corazón latía con violencia en su pecho, como si aún no creyera lo que acababa de ocurrir.
─¿Siempre besas así a las personas que deseas? ─preguntó Faye con una sonrisa ladeada, su tono lleno de una ironía suave pero electrizante.
─Solo a las personas que no puedo dejar de mirar, y desear cómo tú. ─contestó Yoko, sin pensarlo demasiado.
Esa frase pareció desarmar algo en Faye, porque sus hombros bajaron un poco. Se giró, tomando su copa de vino y bebió un sorbo. Su perfil se dibujaba como una sombra perfecta contra la luz tenue de la sala.
─Esto... Cambia las reglas del juego ─dijo al fin.
Yoko se incorporó, sentándose más cerca.
─¿No estabas tú misma cansada de seguir las reglas?
Faye no respondió de inmediato. La miró. Esa mirada que parecía desnudarla, pero no con lujuria... Sino con algo más profundo.
─Tal vez, pero no soy tonta. Sé lo que significas en esta universidad. Y sé cómo juegas. Solo quiero dejar algo claro ─su voz bajó, tornándose más firme—: si esto sigue, será bajo mis términos también.
Yoko sonrió. La idea de tener que ganarse a Faye con esfuerzo le resultaba casi adictiva.
─Me encantan tus términos. ─murmuró.
La conversación se suavizó después de eso. Hablaron durante una hora más, en voz baja, como si el beso hubiera removido las capas y ahora pudieran hablar sin máscaras. Yoko descubrió que Faye tenía un humor ácido, una memoria asombrosa y una pasión por el cine. Faye, en cambio, confesó que a veces se sentía invisible, incluso cuando prefería estar sola.
─Supongo que es más fácil ser la nerd ─dijo─. Nadie espera nada de ti, así que tú decides cuándo brillar.
Yoko la miró con un nuevo tipo de admiración. Ya no se trataba solo de deseo, era fascinación.
Poco antes de la medianoche, Faye se puso de pie.
─Es tarde ─anunció─. Tengo que irme.
Yoko no quiso que se fuera. Pero tampoco quiso pedirle que se quedara. Aún no. En su lugar, la acompañó hasta la puerta y la observó mientras se alejaba por el pasillo. Faye se giró una vez antes de desaparecer por las escaleras, y su mirada... Su mirada prometía cosas que todavía no se atrevían a decir en voz alta.
. . .
Esa noche, Yoko no durmió bien. O más bien, no descansó. Porque su cuerpo cayó rendido, pero su mente —su más deseo— decidió liberarse.
Faye sentada en su regazo, con las gafas puestas esta vez, y un cuaderno entre las manos. Pero no estaba leyendo, la estaba mirando a ella.
─¿Quieres saber qué he aprendido hoy? ─susurraba lentamente contra su oído.
Yoko asentía sin poder hablar. Su cuerpo vibraba bajo las caricias invisibles de la imaginación. Entonces Faye se inclinaba, dejando el cuaderno a un lado, y deslizaba lentamente las manos por sus muslos, separándolos con suavidad y presición.
Yoko gemía. Un sonido profundo, involuntario, mientras sentía los labios de Faye rozar la piel interior de sus piernas. La lengua, cálida y húmeda, dibujaba líneas invisibles de fuego. En el sueño, Faye no era callada. Hablaba con voz segura, con una mezcla de inteligencia y perversión que en la realidad, jamás imaginaría que seria capaz de ver.
─Siempre supe lo que querías de mí, Yoko. Siempre supe lo que tú necesitabas que hiciera...
Y lo hacía. En el sueño, sin pudor, su boca ejercía la dominancia total entre sus piernas, ofreciéndole castigo y alivio. Yoko se arqueaba, los dedos aferrados a las sábanas oníricas, mientras se rendía a esa versión de Faye que su mente había idealizado.
Cuando se despertó, estaba jadeando. Sudada y temblorosa. Sus muslos estaban húmedos, calientes de excitación. El cuerpo, aún vibrando con los ecos del placer soñado y deseado.
Yoko se llevó una mano al pecho. Su corazón golpeaba como si hubiera corrido kilómetros. La realidad regresaba lentamente... Pero la sensación, el fuego, seguía ahí.
─Maldita nerd... ─susurró con una sonrisa torcida, mordiéndose el labio─. No tienes idea de lo que me estás haciendo.
O tal vez sí. Tal vez Faye lo sabía todo. Y eso solo la volvía aún más irresistible.
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