UNO
La biblioteca central de la Universidad de Yonsei era el único lugar donde el silencio pesaba más que la reputación. Allí, las miradas se bajaban, las voces se susurraban, y los pasos se medían como si alguien estuviera grabando una película en cámara lenta. Para Yoko Lertprasert era también el sitio más aburrido y nefasto del campus. O lo había sido... Hasta que la vio.
Sentada junto a una columna de mármol blanco, rodeada por una montaña de libros de literatura comparada, estaba ella. Cabello oscuro recogido en un moño flojo, lentes gruesos, labios entreabiertos en una expresión de concentración que era tan profunda como sensual. Llevaba un suéter color vino que caía un poco sobre uno de sus hombros y una falda plisada oscura que, para cualquiera, sería parte de un uniforme anodino. Para Yoko, era provocación pura. Y no de la que se hace a propósito, sino de esa que nace sin saber que está seduciendo.
─¿Esa es...? ─murmuró Yoko en voz baja, mordiéndose el labio mientras la observaba desde una estantería de filosofía francesa.
Ella, la nerd, tomaba notas con una pluma de tinta azul, rápida y precisa, mientras sus dedos rozaban el borde del libro como si estuviera tocando a alguien con delicadeza. No había maquillaje en su rostro, ni esfuerzo alguno por parecer atractiva, pero algo en esa falta total de intención era lo que más encendía a Yoko. Porque nadie más la estaba viendo así. Nadie más parecía notar lo caliente que era esa maldita nerd.
Yoko se apoyó contra la estantería, una sonrisa ladeada curvando sus labios. A su lado, su amiga Marissa hojeaba un libro sin mucho interés.
─¿Yoko? ¿Otra vez en modo cazadora? ─preguntó con tono burlón al notar hacia dónde iba la mirada de la reina del campus.
─No la había visto bien antes... ¿Es Malisorn la de economía, verdad? ─entrecerró los ojos genuino interés.
─Ajá. Faye Malisorn. Siempre está aquí en la biblioteca o en el laboratorio de idiomas. No habla mucho para serte sincera. Es rara. ─respondió sin mucho ánimo.
Yoko alzó una ceja, sin apartar los ojos de su nuevo objetivo.
Rara, no. Esa chica es un demonio con gafas, ya la había visto en clases, pero no tan bien como ahora. Muy ardiente, por cierto. Me gusta.
Marissa soltó una risa bajita.
─No sabía que te gustaban las chicas con pinta de bibliotecaria reprimida. Te estás volviendo un poco... Exótica.
Yoko se separó de la estantería, cerrando el libro que había usado como excusa para acechar.
─Me gustan las cosas difíciles. Y esa... Esa no se va a derretir con una sonrisita o una fiesta en mi apartamento. Va a necesitar otra estrategia, sabes que ganar es mi marca personal.
Marissa negó con la cabeza, divertida.
─Ten cuidado. A veces los libros pueden más que una corona.
Yoko caminó directo hacia la mesa donde estaba Faye, sin importarle que ella ni siquiera la hubiera notado. Se sentó frente a ella, cruzando las piernas con elegancia y dejando su bolso de diseñador caer con un golpe suave sobre el mármol.
Faye levantó la mirada, primero confundida... y luego incómoda.
─¿Te puedo ayudar? ─preguntó, su voz suave pero directa, sin titubeos.
Yoko sonrió despacio, apoyando el codo en la mesa y descansando su barbilla sobre la mano. Su mirada era un escáner descarado, sin vergüenza alguna.
─Depende. ¿Tienes algo que me interese?
Faye frunció ligeramente el ceño. Sus dedos se cerraron alrededor de la pluma, y sus ojos se endurecieron, sin perder ese brillo intenso que a Yoko le parecía erótico sin siquiera proponérselo.
─Estoy estudiando. Si viniste a buscar conversación, quizá te equivocaste de mesa.
Yoko se rió, un sonido bajo, gutural, casi seductor.
─Oh, no me equivoqué. Créeme. Estoy en el lugar correcto.
Faye la miró con más atención ahora. La reconoció, claramente. ¿Quién no conocía a Yoko Lertprasert? Pero lejos de intimidarse, su mirada se mantuvo firme.
─¿Buscas una cita o estás haciendo una encuesta para el campus?
─Estoy explorando una... Hipótesis.─Yoko entrecerró los ojos, divertida─. Una teoría que dice que las chicas más calladas son las más ruidosas... En los lugares correctos.
La pluma cayó sobre el cuaderno. Faye cruzó los brazos y se recostó un poco hacia atrás.
─Y tú debes ser de las que no acepta un "no" por respuesta.
─Solo si me lo dicen sin pasión.
Hubo un silencio cargado. Faye sostuvo su mirada por unos segundos más, y luego sonrió. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero estaba ahí.
─Buena suerte con tu teoría, Yoko Lertprasert. Pero te aviso, a veces, las nerds leemos cosas más peligrosas de lo que tú ves en el reflejo de tu espejo.
Yoko sintió un cosquilleo recorrerle la espalda.
¿Acaso le dijo peligrosa?
Interesante. Muy interesante.
Aquella nerd no era solo caliente... Era más inteligente de lo que pensaba. Y eso solo hacía que la idea de tenerla entre sus piernas se volviera aún más urgente.
Yoko volvió a encontrarla dos días después, en el mismo lugar, a la misma hora. Podría jurar que Faye no la había esperado, pero su cabello suelto esa tarde, las gafas ahora descansando sobre la mesa y el labial color vino que apenas oscurecía sus labios, era una declaración en sí misma.
Esta vez, Yoko no fue con Marissa. No quería testigos. Se acercó sola, segura, vestida con una chaqueta de cuero negra, jeans ajustados y una blusa blanca que marcaba apenas lo necesario para que la imaginación hiciera el resto. No hizo ruido al llegar. No saludó. Solo arrastró sutilmente la silla y se sentó sin pedir permiso, como si ese fuera su lugar desde siempre.
Faye alzó la mirada con calma, aunque su ceja izquierda se arqueó en una expresión que Yoko empezaba a reconocer como su forma elegante y sarcástica de decir, "¿otra vez tú?"
─¿No hay más sillas libres en esta enorme biblioteca? ─preguntó, sin molestia, pero tampoco con una sonrisa.
Yoko apoyó ambos codos en la mesa, como una felina que había olido carne.
─Sí. Pero ninguna con vista tan deliciosa.
Faye resopló muy suave, apenas audible. Apretó los labios como si intentara contener algo. ¿Risa? ¿Fastidio? ¿Excitación?
─No suelo compartir mesa con turistas, Yoko.
─¿Turistas?
─Gente que viene, mira, toma lo que le gusta y se va. Yo trabajo sola.
Yoko chasqueó la lengua, divertida.
─Entonces déjame ser tu distracción por hoy. Prometo no interrumpirte demasiado.
Faye no respondió de inmediato. Cerró su cuaderno, colocó su pluma dentro, y entrelazó los dedos sobre la tapa. Su mirada se volvió más penetrante, más seria.
─¿Quieres saber la verdad, Yoko?
─Siempre.
─No me caes mal. ─su voz era baja, firme─. Pero no soy una de esas chicas que puedes entretener como si fueras la única estrella en el cielo. Yo tengo mi propio universo.
El corazón de Yoko se apretó un segundo. ¿Qué era esa sensación? ¿Orgullo herido? ¿Deseo multiplicado?
─¿Y si quiero orbitar a tu alrededor?
Faye sonrió, apenas ladeando la boca. Su sonrisa no era dulce, era peligrosa. Era de esas que aparecen en personajes que uno subestima, hasta que te destruyen por dentro.
─Tendrás que aprender mi lenguaje. Y no todas saben leerme.
Yoko se inclinó más hacia ella, su perfume de jazmín invadiendo el espacio entre ambas.
─Enséñame.
Un silencio espeso se formó. Los ojos de Faye bajaron por un instante hacia los labios de Yoko. Fue un segundo, una décima de segundo, pero suficiente. Yoko lo notó. Esa mirada fue el equivalente a una caricia.
─Tal vez... ─Faye murmuró, apenas audible─ Si resuelves este acertijo.
Yoko parpadeó.
─¿Qué?
Faye deslizó un papel hacia ella. Un acertijo escrito a mano, con tinta azul. Complicado. Raro. Brillante. Muy Faye.
Yoko lo leyó en silencio, luego alzó la vista.
─¿Qué pasa si lo resuelvo?
Faye se encogió de hombros, tranquila.
─Tal vez te dé algo más que una mirada.
Yoko tomó el papel, guardándolo en su bolso como si fuera una pieza preciada.
─He aceptado desafíos más difíciles por cosas menos valiosas que tus labios.
Faye volvió a mirar sus apuntes, y sin levantar la vista, soltó una frase que dejó a Yoko ardiendo desde adentro.
─Entonces espero que tengas resistencia, Yoko Lertprasert. Porque yo no soy un juego de una sola jugada.
Yoko se quedó mirándola unos segundos más. No tenía idea si lo que estaba sintiendo era deseo o algo más que eso, pero por primera vez en mucho tiempo, alguien no solo le decía que no, le decía que no tan rápido.
Y eso, para la abeja reina del campus, era como una chispa de fuego a punto de caer sobre un camino de gasolina.
Iba a resolver ese acertijo. Iba a romper cada uno de los muros de Faye Malisorn. Y cuando lo lograra... No iba a conformarse con solo una mirada.
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