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Massacre {JonxDamian}

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Sé que estás deseando saber cómo Damian se convirtió en la tormenta que devoró mi calma, en el imán que me arrastra, ineludible, hacia su órbita. Cómo cada palabra suya, cada mirada, fue moldeando en mí una necesidad tan insaciable que ni siquiera puedo pensar en huir. No puedo. Y tal vez nunca quise hacerlo.

Pero para que entiendas, debes saber que no fue inmediato.

Fue un veneno dulce que se deslizó por mis venas con lentitud, haciéndome olvidar lo que era el miedo mientras me envolvía en su oscuridad.

Damian no me atrapó con fuerza, sino con paciencia.

No me exigió nada; simplemente esperó a que yo me rindiera, a que le entregara mi voluntad envuelta en un susurro de rendición.

No fue él quien me atrapo.

Fui yo quien, con cada paso, decidió acercarme al lobo, aun sabiendo que sus colmillos estaban allí, listos para desgarrar.

Su intensidad me quemó, pero en lugar de correr, me acerqué más, dejando que el fuego consumiera todo lo que yo era.

Entregarme a Damian no fue una decisión repentina.

Fue un acto de autodestrucción, un pacto silencioso con la parte más oscura de mí mismo, la que ansiaba ser poseída, devorada, reducida a cenizas bajo el peso de su mirada.

Y ahora, con cada paso que doy, sé que el mundo podría ser un lugar seguro si simplemente me apartara.

Si tuviera el valor de escapar.

Pero no lo hago.

Porque entregarme a él, a su caos, a su abismo, no fue un error. Fue una elección. Y aunque esa elección me devore, aunque me desangre bajo su sombra, hay una paz en saber que fui yo quien decidió alimentar al lobo, aun sabiendo que sería incapaz de detenerlo.

—Intento respirar, pero su sombra está en cada esquina, robándome el aire, como si fuera un cazador jugando con su presa—

El vómito sube desde mi estómago como un torrente imparable, quemando mi garganta mientras me inclino sobre el lavabo. Escupo los restos de bilis y jadeo, con el cuerpo temblando. Miro mi reflejo en el espejo: ojos rojos, piel pálida, y un temblor constante que no puedo detener. Este no soy yo.

Todo comenzó de la manera más banal posible. Era un martes, lo recuerdo porque los martes tienen esa monotonía de ser casi invisibles. Tenía segunda hora en química y, como siempre, estaba sentado al final del aula, intentando mantener la cabeza baja. Mis padres trabajaban duro para que yo pudiera estar aquí, en este instituto privado donde cada esquina exudaba dinero y privilegio. Me esforzaba por no destacar, por encajar sin llamar la atención. Era bueno siendo invisible.

Entonces, él apareció.

La puerta se abrió con un chirrido metálico, y el profesor se interrumpió a media frase. Todos levantamos la vista al unísono, como si un imán invisible nos obligara. Y ahí estaba Damian Wayne. No necesitaba presentarse; su presencia llenaba la habitación como una tormenta inminente.

No llevaba nada especial: una sudadera negra, unos vaqueros y unas deportivas. Sin embargo, parecía que el universo entero había conspirado para que cada prenda se ajustara a él de una manera que no podía ser casual. Su cabello oscuro caía en mechones desordenados, como si el viento lo hubiese peinado, y sus ojos—Joder, sus ojos—eran una mezcla inquietante de verde y gris, como un bosque en mitad del invierno. No brillaban; ardían con una intensidad fría, calculadora, como si pudieran desmenuzar tu alma con una sola mirada.

No sé cuánto tiempo lo miré, pero fue suficiente para que mi pecho se apretara. No porque fuese guapo, que lo era, sino porque había algo en él que no podía explicar. Una tensión, una sombra que parecía envolverlo como un aura, algo que decía: "No te acerques, pero tampoco te atrevas a apartar la mirada."

El profesor carraspeó, rompiendo el hechizo.

-Clase, este es Damian Wayne-Ni siquiera intentó sonar casual; era imposible.

El apellido Wayne pesaba como un título nobiliario, y todos lo sabíamos. Damian asintió brevemente, sin molestarse en sonreír, y se sentó en el único asiento libre, justo frente a mí.

Por el resto de la clase, no pude concentrarme. Podía ver la curva de su mandíbula, la manera en que sus manos descansaban sobre la mesa, relajadas, como si el mundo entero estuviera bajo su control. Intenté apartar la vista, pero cada vez que lo hacía, mis ojos regresaban a él, como si tuviera gravedad propia.

Que no me pille como en los libros y películas por favor lo pido

El recreo llegó demasiado rápido. Salí al patio con mi almuerzo, como siempre, buscando mi lugar habitual lejos de las multitudes. Pero ese día no había espacio para el silencio. Todos hablaban de Damian.

-Debe tener una vida increíble-Dice Katy-Y....Es tan... normal, pero de alguna manera parece que lleva puesta una marca de lujo-Se rio, como si hubiera contado un chiste.

Asentí distraído, pero mis ojos estaban fijos en Damian. Estaba apoyado contra una pared, con las manos en los bolsillos y los hombros ligeramente encorvados, como si el peso del mundo descansara sobre ellos. No parecía incómodo, pero tampoco parecía disfrutar de la atención. Era como si el bullicio a su alrededor fuera solo ruido blanco, irrelevante. Varios compañeros intentaban hablar con él, pero él respondía con monosílabos o ni siquiera los miraba. No los necesitaba, y ellos lo sabían.

Yo no me acerqué.

Ni siquiera lo intenté.

Apenas me atreví a mirarlo de reojo mientras él, como un sol oscuro, atraía a todos a su órbita.

Había algo en él que me decía que cualquier intento de alcanzarlo sería inútil.

No porque no pudiera hablar con él, sino porque algo en mi interior me decía que una vez que estuviera cerca, no habría vuelta atrás.

Y tenía razón.


—Damian no es un hombre, es una tormenta. Una fuerza inevitable que arrasa con todo, dejando solo caos y cenizas a su paso... incluyéndome a mí—

Recuerdo perfectamente la primera vez que Damian me habló. Fue semanas después de su llegada, cuando ya había encajado sin esfuerzo en el instituto, como si el mundo entero estuviera diseñado para ajustarse a él. Mientras tanto, yo seguía siendo el chico con mis 3 amigos: Jay Nakamura, Katy Parker, y Maya Holland. Ellos eran mi refugio en un entorno donde todos competían por ser notados.

Era una clase de química, y el profesor acababa de anunciar que haríamos un trabajo en parejas. Estaba organizando mis cosas, mentalmente preparándome para que me emparejaran con alguien al azar, cuando una voz interrumpió mis pensamientos.

-Tú. Kent, ¿verdad?-Levanté la mirada y ahí estaba él, con esa postura segura que yo seguro nunca tendría. Asentí, nervioso.

-Sí, yo... yo soy Jon Kent-
tartamudeé, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello hasta mi rostro. Quise desaparecer en ese instante.

¿¡Quién vas a ser si no, imbécil!?. Me gritó mi conciencia.

-Bien. Tú y yo seremos pareja para el trabajo-No fue una pregunta, fue una declaración.

No podía entenderlo.

¿Por qué Damian, que estaba sentado con los chicos del equipo de fútbol, había cruzado el aula para hablarme a mí?

¿Por qué tomarse la molestia de venir hasta aquí cuando tenía a media clase deseando trabajar con él?

Era imposible no notarlo: jugaba genial al fútbol, y aunque nunca me había interesado el deporte, había descubierto que me gustaba mirar los partidos, pero solo porque él estaba en ellos.

No habíamos cruzado ni una sola palabra desde que había llegado al instituto. ¿Por qué yo? La pregunta resonaba en mi mente mientras asentía torpemente, murmurando un "sí" que apenas salió de mis labios. Quería golpearme por tartamudear. Me sentí patético, pero en mi defensa, no estaba preparado para esto.

El profesor comenzó a explicar lo que tendríamos que hacer para el trabajo, y traté de centrarme en sus palabras, aunque era imposible con Damian tan cerca.

Cuando terminó la explicación, Damian no perdió el tiempo. Arrastró su silla hasta la mía, el chirrido resonando en el aula, y colocó un folio en medio de la mesa. Sacó un bolígrafo negro de su estuche.

-Esto es lo que pienso. Tú te encargas de la preparación del material y yo puedo hacer los cálculos iniciales. Después juntamos todo para asegurarnos de que el experimento queda bien y el informe sea sólido-Hablaba con una seguridad que me dejó paralizado, como si el éxito del proyecto estuviera garantizado simplemente porque él estaba involucrado.

Mientras hablaba, se inclinó hacia adelante, y su brazo rozo el mío al inclinarse para mirar el folio. Fue como si una descarga eléctrica recorriera mi piel, seguida por un huracán de mariposas en llamas que se alzó en mi estómago. Estaba demasiado cerca, tan cerca que podía sentir su aroma—algo limpio, fresco, que no sabía describir—se mezclaba con el caos en mi cabeza.

Intenté concentrarme en lo que decía, en las palabras que apuntaba con precisión en el papel, pero mi mente estaba en otro lugar. La cercanía, el roce accidental de nuestros brazos, su voz baja mientras hablaba... todo me hacía sentir como si estuviera a punto de estallar.

Concéntrate, Jon. me regañé internamente, tratando de apartar las emociones que me quemaban por dentro. Pero era inútil. Damian Wayne era como un imán, y yo ya estaba atrapado en su órbita.

Damian no necesita cadenas para atarme. Su voz, su presencia, incluso su silencio... todo en él me aprisiona más que cualquier reja

El recreo siempre ha sido un momento de respiro, un espacio donde me siento más yo mismo, especialmente cuando estoy con mis amigos. Estamos sentados en las gradas, charlando como siempre. Maya tiene los ojos fijos en Ethan Brown, el capitán del equipo de fútbol, que está en el campo.

Ethan es todo lo que esperarías del típico capitán: alto, rubio, con una sonrisa deslumbrante que parece salida de un anuncio de modelos. Tiene un porte seguro, como si supiera que el mundo entero lo admira, pero hay algo en él que lo hace más humano, menos distante que Damian.

¡Deja de pensar en el!

Mientras Maya suspira por él, no puedo evitar pensar que no es mi tipo… aunque no voy a decirlo en voz alta. Porque, claro, no solo yo miro chicos guapos; Maya también tiene sus objetivos.

-¿Estás escuchando, Jon?-Jay me da un pequeño codazo, sacándome de mis pensamientos.

-¿Qué?-digo, parpadeando. Estaba medio escuchando su comentario, pero no lo suficiente como para responder.

Admito que también estaba jugando al comecocos. Que me quiten el móvil y me desistalen el juego. Es un mal vicio.

Antes de que pueda disculparme, escucho mi apellido resonar desde abajo. Mi cuerpo entero se tensa, y al mirar hacia el campo, ahí está. Damian Wayne. Sus ojos se encuentran con los míos, y por un segundo, siento que todo el aire se ha ido del estadio. Mis amigos y yo nos quedamos inmóviles. Incluso Maya deja de suspirar por Ethan.

-Ey...-suelto, con un tono que ni siquiera suena como mi voz.

Damian se apoya en la barandilla que separa el campo de las gradas, cada uno de sus movimientos tan fluidos que no puedo evitar seguirlos con la mirada. El sol da su pelo oscuro, dándole un brillo suave, y su postura es casual, como si no estuviera llamando la atención de todos los que están en las gradas… aunque lo está.

-¿Me das tu número para quedar más tarde y comprar los materiales?.

Mi mente se queda en blanco. Damian Wayne está aquí, hablándome delante de todos, pidiéndome algo tan simple como mi número, pero lo hace parecer un evento monumental. Mis amigos me miran, esperando mi respuesta, y yo apenas puedo moverme.

-Vale…-logro decir, aunque mi voz suena tan débil que me odio un poco por ello.

Él asiente, como si ya supiera lo respuesta, y sin decir nada más, vuelve al campo. Por un momento, me permito disfrutarlo. Sé que más tarde, en clase, cuando le esté dando mi número, me recordaré a mí mismo que solo es para un trabajo de química. Pero ahora no puedo evitar sonreír, como si esto fuera algo más.

-¿Qué acaba de pasar?-
pregunta Jay en voz baja, inclinándose hacia mí.

-¿Te acaba de pedir el número?-añade Maya, sus ojos abiertos como platos.

-Buena suerte, Jon-Suelta  Katy.

Ellos no comparten clase de química conmigo, claro...Me encojo de hombros, incapaz de explicar lo que ni yo mismo entiendo. Aún puedo sentir los ojos de todos los demás en las gradas sobre mí.

El timbre del recreo suena, marcando el fin de ese pequeño respiro entre clases. Mientras recojo mi mochila y sigo a mis amigos hacia los pasillos, no puedo ignorar los nervios que se han instalado en mi estómago desde el momento en que Damian me pidió mi número. No es nada, Jon, me repito una y otra vez. Solo es para un trabajo de química. No hay nada más.

Trato de convencerme, pero mi mente sigue jugando conmigo. Me recuerdo que no puedo dejar que mis hormonas de chico de diecisiete años controlen mi cabeza.

No puedo ser como las animadoras que literalmente pierden las bragas por los chicos del equipo de fútbol. No es que tenga algo en contra de eso; siempre he pensado que quien quiera disfrutar del sexo debería hacerlo, pero siempre con precaución.

Y claro, a veces pienso en cosas como lo que le pasó a Emma Wilson hace dos meses. Se quedó embarazada de Nolan Cooper, el capitán de béisbol. A ver, eso no es algo que pueda pasarme, pero no quiero tomarme el sexo a la ligera.

Yo quiero algo diferente.

Algo real.

Algo como lo que tienen mis padres.

Me da igual si es con un chico o una chica; lo que importa es que sea algo sincero, algo que realmente valga la pena. No puedo evitar pensar en eso mientras camino hacia la clase de Francés, donde sé que también estará Damian.

Entro al aula antes de que la mayoría de mis compañeros lleguen. Coloco mi mochila en el respaldo de mi silla en la última fila, donde sé que puedo evitar llamar la atención. Los demás entran lentamente, arrastrando los pies. Nadie tiene muchas ganas de concentrarse después del recreo. Yo intento distraerme con mi móvil, jugando al comecocos.

Pero entonces una sombra se detiene enfrente de mí, bloqueando parte de la luz. Sé quién es sin necesidad de mirar, pero evidentemente tengo que mirar. Damian está ahí, mirándome directamente.

-Hola-digo

-Hola-Me responde

Es un saludo tan básico, pero a él parece hacerle gracia. Sus labios se curvan en una leve sonrisa, y por un segundo, pienso en lo guapo que es incluso desde este ángulo...¡Céntrate, Jon!

Damian saca su teléfono y le doy mi número mientras trato de ignorar el hecho de que mis manos están ligeramente temblorosas. Él asiente con una breve inclinación de cabeza, y luego regresa a su asiento junto a Ethan y Noah.

Katy llega justo después y se sienta a mi lado. Me siento aliviado por su presencia, porque al menos en esta clase tengo alguien que me distrae. Pero aunque intento concentrarme en la lección, las tres últimas horas de Francés, Geografía y Matemáticas pasan lentas, como si cada minuto se alargara eternamente.

Cuando llego a casa, el aroma de la comida casera me recibe con los brazos abiertos. Mis padres ya están sentados a la mesa, y como de costumbre, me preguntan qué tal ha ido mi día.

-Bien-respondo, intentando sonar casual mientras corto un trozo de pollo.

-¿Qué tal las clases?-
pregunta mi madre, sirviéndome más agua.

-También bien-respondo rápidamente y añado, como si no fuera gran cosa-Esta tarde voy a salir con mi compañero para comprar unos materiales para un trabajo.

Mi padre asiente mientras mastica, como si no fuera nada del otro mundo, pero mi madre sonríe con esa mirada que parece analizar todo.

-¿Compañero?

-Sí.

-¿Seguro que no es una cita?

-Seguro.

Después de recoger la mesa, subo a mi habitación y miro el móvil. Son las tres y media cuando Damian me manda un mensaje.

Damian.

¿A las 5:30 está bien?


Te paso la ubicación.

Abro el mensaje y veo la dirección. Es el lugar donde suelo ir siempre a comprar materiales. Perfecto. Le respondo que está bien y dejo el móvil en la mesita. Respiro hondo y trato de no pensar demasiado en ello. Es solo un trabajo, nada más.

Cuando el reloj marca las cinco y cuarto, me pongo mi chaqueta blanca de borreguito y mi gorro negro con el pompón en la punta. Siempre me ha gustado este gorro; mi abuela lo hizo para mí, y aunque algunos lo consideren infantil, no me importa. Me miro al espejo rápidamente y salgo de casa. El lugar no está lejos, así que llego con tiempo.

Espero a Damian frente a la tienda y no pasa mucho antes de que llegue. Lo hace a lo grande, bajándose de un coche lujoso que brilla bajo la tenue luz de la tarde. Va vestido con un chándal negro oscuro, claramente de marca, que le queda bastante bien.

-¿No eres muy joven para conducir?-le digo mientras se acerca.

-El año que viene no pienso ir en metro a la universidad-responde, directo y sin inmutarse.

-¿No te gusta ser acurrucado por la gente?-bromeo mientras empiezo a caminar hacia la tienda.

-No. Y las pocas veces que lo he probado me ha resultado de lo más asfixiante.

-Ay, los ricos. Os falta integraros-comento con una sonrisa.

-¿Y renunciar a mi espacio personal? Jamás-responde y yo río.

Vale, nunca pensé que estaría teniendo esta conversación tan natural con Damian. Apenas habíamos cruzado palabras hasta hace poco, y ahora aquí estamos.

Entramos en la tienda y agarramos un carrito. Mientras buscamos los materiales, el silencio entre nosotros es cómodo, aunque a veces me siento un poco nervioso. Comenzamos a hablar qué materiales son mejores para el experimento, y Damian demuestra un conocimiento sorprendente. Yo, por mi parte, trato de seguirle el ritmo.

Cuando llegamos a la caja, agarro una de bolsas de esas barritas de chocolate que siempre me han gustado y las pongo junto al resto de las cosas. Justo cuando voy a pagar, Damian ya ha sacado su tarjeta.

-Podíamos haber pagado a medias-le digo mientras salimos de la tienda.

-No pasa nada. Yo he escogido los materiales, y son caros- responde con una calma.

Con una sonrisa juguetona, le doy un pequeño puñetazo en el hombro mientras él guarda las cosas en el maletero.

-Acabas de llamarme pobre, ¿verdad?-le digo con tono acusador.

-No, solo soy muy buena gente.-Dice devolviéndome una sonrisa.

Cuando llega el momento de despedirnos, comienzo a caminar hacia la acera, pero su voz me detiene.

-Súbete al coche.-No lo dice como una pregunta. Es casi una orden.

-No hace falta, vamos en direcciones opuestas.

-Súbete-repite.

Con un suspiro, cedo y me subo al coche. El interior huele increíble, una mezcla limpia y colonia.

Antes de arrancar, saco una de las barritas de chocolate y le ofrezco una. Damian la acepta, y yo le doy un mordisco a la mía.

-Si Cooper me viera comiendo esto, me daría una charla sobre calorías-No puedo evitar reírme, llevándome la mano a la boca para evitar que me vea lleno de chocolate. Damian me mira, con una sonrisa en sus labios.

-No te preocupes, no pienso delatarte-Le digo una vez trago.

-¿Seguro que puedo confiar en ti?-pregunta Damian mientras arranca el coche.

-Claro. Tu precio será ser mi taxista privado-respondo, acomodándome en el asiento mientras nos incorporamos a la carretera.

-¿Estás dispuesto a renunciar a ir acurrucado y calentito en el metro?-
replica, sin apartar la vista del camino.

-¿No me pondrías tú la calefacción?-bromeo, mirando el interior del coche. Es impresionante. Tiene una pantalla con Google Maps que le indica a Damian cómo llegar a mi casa. También puedo ver que se puede conectar el Bluetooth, además de las clásicas opciones de radio. Todo lo que esperarías de un coche lujoso.

-No. Es más, te abriría la ventana-dice, con una media sonrisa.

-Tú también pasarías frío-
respondo, alzando una ceja.

-Merecerá la pena-replica, como si estuviera completamente seguro.

-¿Sabes qué? Estás despedido. Me voy en metro.

Ambos nos quedamos en silencio unos segundos, como si no hiciera falta decir más.

-¿Puedo poner música?-
pregunto, mirando la pantalla del coche.

Él suelta una risita breve y asiente. Engancho mi Bluetooth al del coche y busco una canción. Cuando finalmente suena "She Doesn't Mind" de Sean Paul, no puedo evitar sonreír.

Damian arquea una ceja mientras escucha los primeros acordes.

-¿En serio esta canción?-
pregunta, aunque no suena molesto.

-¿Qué pasa? Es un clásico-
respondo, moviendo ligeramente la cabeza al ritmo de la música.

-Tienes un significado muy diferente al mío de clásico.

-Gracias. Me lo tomaré como un cumplido-respondo, sonriente.

-¿cuáles son tus demás gustos musicales?-pregunta de repente, rompiendo el silencio.

-Depende. Me gustan casi todos los géneros-Hago una pausa, dándome cuenta de que mi respuesta es demasiado vaga-
Últimamente escucho un poco de todo. Algo de pop, rock... incluso algo de reggae. ¿Y tú?

Él arquea una ceja, claramente entretenido por mi respuesta.

-No tengo un género favorito, pero aprecio la música que tiene sentido. Algo que no sea solo ruido. -Hace una pausa y, con un toque de diversión, añade- Aunque me sorprende que hayas puesto Sean Paul.

Me encojo de hombros, riendo un poco.

-Es pegadiza. No puedes negarlo.

-Eso no significa que sea buena-replica, pero hay una leve sonrisa en sus labios.

El resto del viaje es cómodo, con pequeños comentarios aquí y allá, hasta que finalmente llegamos a mi casa. Damian detiene el coche frente a la acera y apaga el motor. Me quito el cinturón, dudando por un segundo antes de girarme hacia él.

-Gracias por traerme-digo, sinceramente. No estoy acostumbrado a que alguien se ofrezca a hacer algo así.

-Nos vemos en clase-Me dice

-Adios.

Me bajo del coche y lo veo alejarse mientras su coche se mezcla con el tráfico de la calle.


—Es el tipo de persona que te desarma con una palabra, y yo soy el idiota que quiere entregarle las armas—

Estamos en la mesa del laboratorio, rodeados del murmullo apagado de nuestros compañeros están trabajando en sus propios proyectos. La luz blanca de las lámparas sobre nuestras cabezas crea un contraste casi teatral con la penumbra del resto del aula. Damian está sentado a mi lado, inclinado hacia mí, su voz baja, casi un susurro, mientras hablamos de los próximos pasos.

Su proximidad es abrumadora. Puedo sentir el calor que emana de su cuerpo, y cada vez que se mueve, su brazo roza el mío con una casualidad que no puede ser accidental. Mi corazón late con fuerza, un tambor descontrolado en mi pecho. Es solo por el trabajo, me digo a mí mismo, como si repetirlo bastara para calmarme. Solo estamos haciendo el trabajo.

Pero no puedo ignorar cómo su voz—grave y pausada—parece deslizarse entre las grietas de mi concentración.  Tengo que esforzarme para no mirar sus labios cuando habla. Miro el folio frente a nosotros, lleno de anotaciones y medidas, y me aferro a los números como si fueran un ancla en un mar de caos.

-Toma las medidas con cuidado-dice, señalando los frascos de líquidos sobre la mesa. Sus dedos, largos y firmes, rozan el borde de un vaso medidor mientras lo acerca hacia mí.

-Lo sé-respondo, mi voz sonando más débil de lo que me gustaría.

Me concentro en la tarea, tratando de mantener mis manos firmes mientras mido los líquidos. Los números son mi refugio, el único lugar donde puedo controlar algo en este momento. Cada mililitro cuenta, cada gota debe ser precisa, y me aferro a esa precisión para no perderme en el torbellino que Damian provoca en mí.

Sin embargo, cada vez que se inclina para mirar lo que estoy haciendo, su hombro roza el mío. Es un contacto breve, insignificante, pero mi piel reacciona como si hubiera tocado una llama. Las mariposas en mi estómago no son solo un susurro; son un huracán. Respiro hondo, intentando calmarme.

-Se te da bien esto-dice Damian, inclinándose más cerca para revisar mis notas. Su cara está tan cerca que puedo ver los detalles de sus pestañas, el tono exacto de verde en sus ojos. Es solo un trabajo, me repito una vez más, aunque las palabras ya no tienen fuerza.

-Gracias-Me esfuerzo por concentrarme.

Mis manos se mueven con precisión sobre los instrumentos, mezclando líquidos, ajustando medidas, anotando cada detalle. Me convenzo de que es la cercanía de la tarea lo que me pone tan nervioso, no él. Pero cuando nuestras manos se rozan al buscar el mismo frasco, el leve contacto envía una corriente que sube por mi brazo y se instala en mi pecho.

¡Joder, me va a dar taquicardia!

Damian me mira, sus ojos atrapando los míos por un instante demasiado largo. El tiempo parece detenerse, y el ruido de fondo del aula desaparece.

-Creo que te escogeré más veces para este tipo de proyectos.

¡Di algo ingenioso!

-¿Eso es una amenaza?-
respondo, desviando la mirada hacia el cuaderno.

Cada medida, cada mezcla es una excusa para evitar mirarlo directamente. Pero incluso mientras mis manos trabajan con precisión, no puedo ignorar la electricidad en el aire, la tensión que palpita entre nosotros. Y aunque sigo repitiéndome que todo esto es solo por un trabajo, la verdad es que nunca había sentido algo tan intenso por algo tan simple.

—Cuando sonríe de esa manera, como si supiera algo que yo no, me pregunto qué tan peligroso sería averiguarlo—

Cuando terminamos el trabajo, todo volvió a la normalidad. Damian en su mundo, rodeado por esa barrera invisible que siempre parece mantenerlo distante, y yo en el mío, tratando de ignorar la sensación de vacío que dejó su ausencia. Mentiría si dijera que no me dio un poco el bajón. Había algo en esas semanas que, aunque tensas, me habían hecho sentir parte de algo distinto. Ahora, todo eso era solo un recuerdo.

La rutina volvió, pero mis colegas, como siempre, no dejaron pasar la oportunidad de notar mi estado de ánimo. Decidieron tener "esa" conversación conmigo mientras esperábamos a que empezara la película en casa de Jay. Estábamos en el salón, las luces apagadas, con los restos de palomitas ya medio comidos.

-Jon, si te gusta tanto…-comenzó Katy-intenta quedar con él. Tienes su número, ¿no?-Me removí incómodo en el sofá, sintiendo que todos los ojos estaban sobre mí.

-Me da vergüenza-admití en un murmullo, mirando mis manos como si de repente fueran muy interesantes.

-¿No os llevabais bien?-intervino Jay, alzando una ceja, sorprendido.

-Sí... pero no sé-Mi voz sonaba insegura incluso para mí.

-¿Entonces?-insistió Maya, como si la respuesta fuera obvia.

Suspiré, queriendo acabar con la conversación, pero sabiendo que mis amigos no me dejarían en paz tan fácilmente.

-No es tan fácil, ¿vale? Damian no es... como nosotros. Es diferente. Está en otro mundo-Katy chasqueó la lengua, negando con la cabeza.

-Jon, nadie está tan fuera de tu alcance como tú piensas. Si te gusta, inténtalo. ¿Qué es lo peor que puede pasar?

-Que me ignore-respondí rápidamente.

-Y entonces sigues con tu vida-añadió Jay, encogiéndose de hombros.

Sus palabras tenían sentido, claro. Pero el miedo seguía ahí, ese miedo irracional de abrir una puerta que tal vez sería mejor dejar cerrada.

¿Y si tenían razón?

¿Y si solo era yo quien estaba complicandolo todo?

—Sus ojos no son solo una mirada; son un desafío. Uno que no estoy seguro de querer aceptar, pero tampoco puedo ignorar—

Los días pasaron como un susurro en el viento, y la tercera semana llegó con algo inesperado: los Juegos Olímpicos del instituto. Tres horas después del recreo dedicadas a actividades deportivas y juegos donde todos podían elegir participar… o no. Era una excusa perfecta para escapar un poco de las clases, aunque no tenía muy claro qué quería hacer.

Mientras estamos apartados en una zona tranquila del patio, les cuento a mis amigos lo que tengo en mente.

-Voy a intentar la carrera de obstáculos-digo, tratando de sonar más seguro de lo que realmente estoy. Katy asiente entusiasmada, mientras Jay y Maya me dan palabras de ánimo.

-¡Tienes que ganar!-dice Katy, señalándome con el dedo como si fuera mi entrenadora personal.

-Claro, porque soy un atleta nato-respondo sarcásticamente, pero no puedo evitar sonreír.

Estamos charlando tranquilamente cuando, desde nuestra posición, veo a Damian jugando al fútbol con un grupo. No lo veo  todo lo bien que me gustaría, pero lo suficiente para que mi pobre corazón dé un brinco. Cada movimiento suyo, aunque no sea perfecto, tiene una gracia natural que me deja hipnotizado. Sus compañeros se ríen, y él parece relajado.

Cuando el juego termina y dan paso a otros equipos, me despido momentáneamente de mis amigos.

-Vuelvo en un segundo-les digo, sin mirarles a los ojos para que no noten lo nervioso que estoy.

Camino hacia Damian, sintiendo el peso de cada paso. Él está con su grupo, riéndose de algo, y dudo por un momento, pero finalmente logro acercarme.

-Ey... Damian-Varios de sus amigos se giran hacia mí, y mi corazón se acelera. Joder, pienso, sintiendo cómo el nerviosismo sube por mi pecho.

-Ey, Jon-me devuelve el saludo con una pequeña sonrisa, y por un segundo siento que el tiempo se detiene.

Vale, parece alegrarse de verme, aunque sus amigos siguen mirándonos. Claro, es normal; están esperandolo.

-¿Qué tal?-pregunto, y mis dedos comienzan a jugar con los cordones de mi sudadera, un gesto que grita lo incómodo que me siento.

-Bien. ¿Y tú?

-Bien también-respondo rápidamente, sintiéndome patético.

Vamos, Jon, no es tan difícil.

Damian parece notarlo porque arquea una ceja, ligeramente curioso.

-¿Pasa algo?

Por un momento pienso en darme la vuelta y fingir que esto nunca ha sucedido, pero me grito mentalmente: No seas tímido. Haz algo.

-¿Te apetecería ser hoy mi taxista?-digo finalmente, las palabras saliendo demasiado rápido, casi tropezándose unas con otras.

Esto es patético.

Abandona el barco.

Mayday.

Pero entonces ocurre algo que no esperaba. Una sonrisa aparece en su rostro, y no es cualquier sonrisa. Es una de esas que provocan ríos de lava en mi cuerpo, una que me hace sentir como si hubiera tomado la decisión correcta, aunque no estoy seguro de cómo.

-Me encantaría. ¿A qué hora paso a recogerte?

-¿Las siete te parece bien?-logro decir, sintiendo que estoy caminando sobre una cuerda floja.

-Claro, nos vemos entonces.

Y antes de que pueda procesar lo que acaba de pasar, se gira y se va con sus amigos, dejándome allí de pie con un nudo de emociones en el pecho.

La tarde transcurre con una rutina familiar. Después de comer con mi madre, recojo la mesa y me encierro en mi habitación para hacer los ejercicios que nos han mandado. Trato de concentrarme en las matemáticas y en las páginas de historia que tengo que repasar, pero mi mente se hace dos preguntas: ¿Es una cita o solo una salida entre conocidos?

El tiempo pasa más rápido de lo que esperaba. Cuando miro el reloj, son casi las seis y media. Me doy una ducha en tiempo récord, enjabonándome como si estuviera compitiendo en los Juegos Olímpicos. Al salir, me seco rápidamente y voy directo al armario. Reviso mi ropa con prisa, buscando algo que me haga sentir cómodo pero que también tenga un toque especial. Finalmente, me decido por un jersey blanco que siempre he pensado que me queda bien, unos vaqueros azules oscuros y mis converse blancas, que están impecables.

Me miro en el espejo del baño y trato de domar el nido de pájaros en el que se ha convertido mi pelo. Con un poco de paciencia, logro que quede decente, aunque no perfecto. Suficiente, pienso mientras tomo aire. Al final, es solo una salida, ¿verdad?

Bajo las escaleras rápidamente, justo cuando recibo el mensaje de Damian: Ya estoy abajo. Cojo mis llaves y la cartera de la entrada y me despido de mi madre con un rápido "Adiós, nos vemos luego. Te quiero"

Cuando salgo, ahí está: el coche de Damian, aparcado enfrente de mi casa. Camino hacia él con una mezcla de nervios y emoción, y al abrir la puerta, no puedo evitar darle un repaso rápido y disimulado; Lleva un polo verde oscuro que resalta el tono de su piel, una chaqueta bomber negra con la cremallera bajada, unos vaqueros negros y, por supuesto, unas Jordan auténticas.

-Hola-digo, sonriendo mientras me siento y cierro la puerta.

-Hola-me devuelve el saludo, con una ligera curva en los labios.

-¿Y dónde está nuestro destino?-Me pregunta arrancando el coche con un movimiento suave

-En el centro.

-¿La calle Mayor?

-Correcto.

El coche se pone en marcha, y mientras el paisaje pasa a nuestro alrededor, no puedo evitar sentir una mezcla de emoción y nervios.

Cuando llegamos al centro, Damian aparca y salimos del coche, aunque no lo dice, puedo ver una ligera curiosidad en su mirada mientras caminamos por la calle Mayor.

-¿A dónde vamos exactamente?-Sonrío, intentando no parecer demasiado nervioso.

-Es una sorpresa.

Damian arquea una ceja, pero no insiste. Seguimos caminando, y cuando doblamos una esquina y la bolera aparece frente a nosotros, el sonríe.

-¿Una bolera?-pregunta, mirándome de reojo.

-Sí. ¿Qué? ¿Esperabas un cine?-respondo.

-A decir verdad, sí. O algo más... básico-Su tono no es crítico, más bien curioso.

-Bueno, mi primera opción era patinar sobre hielo, pero soy terrible en eso. Y la idea de estar más tiempo en el suelo que de pie no me entusiasmaba mucho- Damian deja escapar una leve risa, algo que no esperaba, pero que me hace sentir un poco más seguro.

-La bolera está bien. Pero...No he jugado en años-dice, con un toque competitivo que lo hace más humano, más cercano.

Entramos, y después de alquilar los zapatos y elegir una pista, nos ponemos a jugar. Mientras esperamos nuestro turno, las conversaciones fluyen con más naturalidad de la que esperaba.

-Entonces ¿qué tal te van las clases?-pregunto, tratando de mantener la conversación ligera.

-Bien. Aunque a veces me aburren-Se inclina hacia el marcador para apuntar su turno-Francés es un poco insoportable, pero creo que eso ya lo sabes-Río ligeramente. Es cierto que la profesora de Francés tiene una manera peculiar de dar las clases.

-¿Y tú?-me pregunta, girándose hacia mí.

-Bien también. Aunque Matemáticas me está costando un poco últimamente.

-¿Necesitas ayuda?

-No creo que seas el tipo de persona que ayuda con Matemáticas-bromeo.

-No subestimes mis habilidades, Kent-responde, con una media sonrisa.

La conversación sigue entre turnos. Hablamos de cosas simples, como qué profesor nos parece más estricto o cuál tiene las explicaciones más confusas. Descubro que Damian, a pesar de su aura intimidante, tiene opiniones bastante normales sobre cosas tan mundanas como las cafeterías del instituto o los deberes.

Cuando llega mi turno, me concentro en lanzar la bola, aunque no puedo evitar sentir su mirada fija en mí. Lanzo, y para mi sorpresa, derribo ocho.

-Nada mal-dice Damian cuando regreso a la mesa.

-Nada mal, dice el que tiró tres en su último turno
-respondo con una sonrisa burlona.

-Estaba calentando.

Para cuando terminamos la partida, no estoy seguro de quién ha ganado. Pero lo que sí sé es que, entre las bromas y las conversaciones, esta salida ha sido mucho más de lo que esperaba.

Salgo de mis recuerdos cuando el teléfono vibra y suena en mi bolsillo, rompiendo el silencio.

No quiero mirar la pantalla.

No quiero ver quién es.

Es como si, al ignorarlo, pudiera detener el torrente de emociones y pensamientos que me están devorando.

Pero no.

Solo siento ganas de vomitar.

No tarda mucho antes de que todo salga. Mis dedos se aferran al borde frío del lavabo mientras el vómito se abre paso por mi garganta. Es asqueroso...La bilis quema como si cada pedazo de mi ser estuviera siendo arrancado de raíz, dejándome vacío.

La gente con dinero puede hacer de todo.

Esa frase, repetida tantas veces como una broma entre mis amigos, ahora me pesa como una verdad absoluta.

Lo digo sin rastro de ironía, porque lo he aprendido de la peor manera.

Y Damian… Damian Wayne es la personificación de todo lo que el poder y el dinero pueden hacer.

Pero ahora, más que un chico atractivo con una sonrisa peligrosa, es un recordatorio viviente de que mi mundo nunca podrá competir con el suyo.

Su influencia, su control, su sombra... están por todas partes, incluso aquí, en mi pequeño refugio, haciendo que mi propio cuerpo me traicione.

Me limpio la boca con la manga de mi jersey, respirando con dificultad.

Aún no quiero mirar el teléfono.

No necesito hacerlo para saber quién es.

Es Damian.

Siempre lo es.

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