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Massacre {JonxDamian}

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No sé qué hacer. El teléfono sigue sonando, su vibración parece amplificarse con cada segundo, como si estuviera resonando directamente en mi pecho. Sé que no contestarle a Damian acarreará consecuencias. Lo sé demasiado bien. Pero mis manos están temblando y mi garganta se siente cerrada. No puedo. Estoy aterrorizado.

El sonido se detiene por un momento, y siento un leve alivio, como si hubiera ganado una pequeña batalla. Pero entonces comienza de nuevo, insistente, como una serpiente que se enrosca más fuerte con cada llamada perdida.

Me quedo quieto, como si no moverme pudiera evitar lo inevitable. El aire en la habitación se siente pesado, denso. Me apoyo contra la pared, cerrando los ojos, tratando de calmar mi respiración. ¿Por qué no puedo simplemente contestar? Es solo una llamada. Pero sé que no es solo eso. No con él.

Mi mente está llena de recuerdos, de su mirada, de su voz, de las veces que me ha dejado sin opciones, como si cada decisión ya estuviera escrita antes de que yo pudiera tomarla. Y ahora, esta llamada es otra prueba de ello.

El teléfono deja de sonar por tercera vez, y el silencio que sigue es aún más aterrador. Sé que no va a parar. Sé que esto solo es el comienzo. Y aunque cada fibra de mi ser me grita que corra, que huya, no puedo. Estoy atrapado, como un ratón frente a un depredador que ya ha decidido su próximo movimiento.

Me abrazo las rodillas, tratando de encontrar algo de consuelo en esa posición tan patética como segura. Pero no lo hay. Porque Damian siempre encuentra la manera de hacerme sentir que no hay salida. Y lo peor es que, en el fondo, una parte de mí ya se ha rendido.


Después de aquella tarde en la bolera, Damian y yo comenzamos a quedar más seguido. Quizás para comer juntos después de clase, o incluso para que me ayudara con las matemáticas, esas que tanto me costaban y que se volvían una tortura con su cercanía. Su voz baja explicándome conceptos, el roce ocasional de su brazo al inclinarse para señalar algo en mis apuntes… todo eso hacía que mi concentración se desmoronara. Mis amigos, siempre metidos en todo, no tardaron en sugerirme lo inevitable.

-Tienes que intentar besarlo, Jon. A ver qué pasa-dijo Katy un día, con esa sonrisa traviesa

-Evidentemente no-les respondí de inmediato, negándome incluso a considerar la idea. No quería arriesgarme a estropear las cosas. Estábamos demasiado cómodos juntos como para arruinarlo con algo impulsivo.

Con el tiempo, nuestra confianza creció. Tanto que un día lo invité a mi casa a ver películas. Elegí Crepúsculo, una de mis sagas favoritas, algo que Damian no tardó en señalar.

-¿De verdad esto?-dijo, mirándome con una mezcla de incredulidad y diversión. -Es un poco... cringe.

-¿¡Cómo te atreves!?-
exclamé, llevándome una mano al pecho como si me hubiera herido profundamente-Esto es una obra maestra del cine.

Damian soltó una risa suave, y yo continué con mi actuación dramática, cruzando los brazos y dándole la espalda. Lo escuché murmurar algo sobre lo exagerado que era, pero no pude evitar sonreír.

Un día, Damian decidió que era hora de enseñarme a patinar. La idea me aterrorizaba, pero su entusiasmo y su insistencia fueron suficientes para convencerme. Desde el momento en que me puse los patines y pisé la pista, sentí cómo el miedo se apoderaba de mí. Apenas podía mantener el equilibrio, y cada vez que intentaba moverme, mi cuerpo parecía querer ir en la dirección contraria.

-Tranquilo, no te vas a caer. -dijo, sujetando mis manos con una firmeza que me hizo sentir, por un instante, que todo estaría bien.

Su cercanía era una distracción peligrosa. Cada vez que me guiaba, cada vez que su voz tranquila me indicaba cómo moverme, sentía esas cosquillas en el estómago que ya empezaban a ser demasiado familiares. Damian parecía tener una facilidad natural para todo, deslizándose sobre la pista con una elegancia que me hacía sentir aún más torpe.

-¿Cómo es que se te da tan bien esto?-le pregunté, con una mezcla de admiración y frustración.

-Mi madre fue estricta. Quiso que aprendiera de todo desde pequeño-respondió, encogiéndose de hombros.

Algo en su tono me hizo saber que no era un tema del que quisiera hablar más, así que lo dejé ahí. A pesar de mis nervios, logré caerme solo tres veces, algo que consideré un logro, porque sinceramente había pensado que serían al menos cien.

Después de patinar, fuimos a comer a un restaurante de comida rápida. Yo pedí una hamburguesa con patatas, mientras él optó por algo más ligero: unas patatas y una ensalada. Nos sentamos en una mesa al fondo, compartiendo un espacio tranquilo.

En algún momento, sin pensar, tomé una de las patatas de su bandeja. Él me miró con una ceja levantada, pero no dijo nada, simplemente tomó una de las mías en respuesta. Fue un gesto tan casual que no debería haberle dado importancia, pero me acordé de lo que Jay había dicho una vez:

¿Sabes que compartir vaso es como un beso indirecto?

Me regañé mentalmente por lo infantil que sonó ese pensamiento, pero no pude evitar sentir cómo una pequeña sonrisa se formaba en mis labios. Damian parecía ajeno a mis pensamientos, y yo me esforcé por centrarme en la conversación y no en lo que pasaba dentro de mi cabeza.

Esa tarde, mientras nos despedíamos al lado de su coche, no podía evitar pensar en lo mucho que habían cambiado las cosas entre nosotros. Damian, el chico que al principio parecía tan distante, era ahora alguien con quien podía reír, tropezar, compartí vaso...y patatas fritas. Y, aunque no quería admitirlo, cada día estaba más seguro de que no quería que esto terminara.


Algo que nunca imaginé ocurrió: Damian empezó a sentarse con mis amigos algunos días. Fue extraño al principio, pero al poco tiempo se sintió natural.
Gracias a esto, Katy finalmente pudo hablar más con Ethan, algo que había deseado desde hacía muchoooo tiempo.

La dinámica entre todos iba perfecta… la mayor parte del tiempo.

No puedo negar que Damian tenía días torcidos. A veces me ignoraba por completo o me hablaba de una manera tan borde que me quitaba todas las ganas de volver a dirigirme a él. Pero, para mi suerte siempre era él quien se acercaba días después, buscando arreglar las cosas y volver a nuestra rutina.

Con el tiempo, nuestras conversaciones se hicieron más frecuentes, especialmente por mensajes. Incluso hacíamos alguna que otra videollamada mientras resolvíamos los deberes. Era raro verme tan cómodo hablando con él desde mi habitación, pero me gustaba.

Llegó el anuncio de la fiesta de Halloween que organizó Ethan. Nos invitó a mí y a mis amigos, y, claro, Katy estaba extasiada. En una videollamada, mientras discutíamos sobre la fiesta, ella casi daba saltos de alegría.

-¡Voy a disfrazarme de vampira!-anunció con emoción.

-¡Yo soy el que ama a Crepúsculo!-replique.

-¡Yo tengo una camiseta de Edward cullen!-replicó

-Vale, tú me ganas.

Su disfraz sería clásico: un vestido negro ajustado con detalles en encaje, una capa roja y colmillos afilados. Se veía espectacular, porque claro. Las vampiras siempre son sexys.

-Yo seré un zombi-Jay levantó la mano, mostrándonos los materiales para el maquillaje que ya había comprado. Planeaba llevar ropa desgarrada, manchas de sangre falsa y un maquillaje pálido con cicatrices. Jay siempre era el más creativo.

-Yo iré de bruja-dijo Maya, señalando el sombrero puntiagudo que ya tenía listo. Su disfraz incluiría un vestido negro, una capa morada y un maquillaje dramático con sombras oscuras y labios violetas.

-Y yo seré un hombre lobo-
anuncié finalmente. Mi disfraz sería sencillo pero efectivo: una camisa de cuadros desgarrada, pantalones oscuros, guantes, orejas, un collar de pinchos y un poco de maquillaje para simular cicatrices.

-¡Serás mi Jacob!-Fijo Katy

-Siempre-Respondi.

Cuando acordamos quedar en mi casa antes de la fiesta, Damian,m siendo  caballeroso, se ofreció a recogernos a todos y llevarnos juntos.

Esa noche, nos reunimos en mi sala. Katy estaba ajustando su capa frente al espejo, Jay estaba terminando de aplicar sangre falsa en su rostro, y Maya arreglaba el borde de su vestido. Yo estaba terminando de colocarme el collar cuando Damian llegó.

-¿listos?-preguntó, entrando con su típica calma y ese tono de voz que hacía que todo pareciera bajo control.

Al mirarlo, noté que también había hecho un esfuerzo para disfrazarse. Llevaba un traje negro impecable con un chaleco de satén rojo oscuro, un broche en forma de murciélago y una capa negra que caía perfectamente sobre sus hombros. Era un vampiro, pero claro, un vampiro elegante, al estilo de Damian.

-¡Pensaba que no te gustaban los vampiros!-Dije cuando salí de mi hechizo

-Los de Crepúsculo-
respondió

-¡También eres un vampiro!-Dijo Katy felizmente.

Nos subimos al coche, riéndonos y charlando sobre los disfraces mientras Damian conducía. La casa de Ethan no era muy larga, pero en ese breve trayecto, la sensación de emoción y nerviosismo en mi estómago crecía.

Si hubiera sabido entonces que esa noche marcaría el principio de mi perdición, quizá habría pedido a Damian que parase que me iba a casa.

Cuando llegamos, la casa de Ethan se alzaba frente a nosotros, enorme y resplandeciente con luces en cada ventana. Parecía que todo el insti estaba ahí. Damian aparcó cerca y bajamos. Al entrar, nos encontramos con Ethan, quien estaba disfrazado de Freddy Krueger, con su clásico suéter a rayas, sombrero y un guante con cuchillas que se veía sorprendentemente real.

La casa estaba abarrotada. Había gente por todos lados, la música retumbaba como si fuera a reventar los altavoces, y el ambiente estaba cargado de risas, gritos y charlas. Todos habían puesto un esfuerzo notable en sus disfraces. Aparte de los ya clásicos, como Chucky y Annabelle, Jason de Viernes 13, vampiros, hombres lobo y zombis, había disfraces de:

Pennywise de It, con su sonrisa macabra y globo rojo.

Ghostface de Scream, moviéndose entre la multitud con su cuchillo falso.

Beetlejuice, con su traje de rayas blanco y negro y un cabello verde alborotado.

Michael Myers de Halloween, con su máscara pálida y cuchillo en mano.

La Monja, con su expresión aterradora y ojos amarillos que parecían seguirte por toda la sala.

Sally y Jack Skellington de El extraño mundo de Jack.

Incluso había un grupo disfrazado de los personajes de Cazafantasmas, con mochilas protones que emitían luces parpadeantes.

Damián estaba justo detrás de mí, observando con esa expresión neutral que siempre parecía llevar, como si nada pudiera sorprenderlo. Katy, emocionada, señaló a Ethan desde lejos y nos arrastró a todos hacia él.

En algún momento de la noche, me di cuenta de que me había separado de mi grupo. No estoy seguro de cómo ocurrió, pero me encontré caminando hacia la cocina solo, con el ruido de la música y las risas envolviéndome. No me importó demasiado; a veces es bueno estar solo, aunque sea en medio de una multitud.

En la cocina, la mesa estaba llena de bebidas: alcohol en su mayoría, pero también había refrescos y botellas de agua. Agarré una copa y la llené de Coca-Cola, añadiendo un par de cubitos de hielo. Había prometido a mamá que me portaría bien, y cumpliría mi palabra. Ya sabéis, cosas de hijos responsables.

Con mi bebida en la mano, regresé al salón principal, donde la pista de baile estaba abarrotada. Justo entonces comenzó a sonar "Monster" de Lady Gaga. Una sonrisa se dibujó en mi rostro. Un-puto-te-ma-zo. Era imposible resistirse.

"He ate my heart, he ate my heart..."

Me uní a la pista de baile, moviéndome al ritmo de la música. Al principio, mis movimientos eran tímidos, como siempre que empiezo a bailar. Pero la energía de la canción y la gente a mi alrededor pronto me hicieron soltarme.

"He ate my heart and then he ate my brain."

Me movía con fluidez, girando ligeramente sobre mis pies mientras dejaba que mis brazos siguieran el ritmo. Cada cambio en la melodía marcaba un cambio en mis pasos. Mis caderas se balanceaban al compás de la música, y mi cabello, desordenado como siempre, seguía mis movimientos.

"That boy is a monster..."

Cuando llegó el coro, levanté las manos, dejándome llevar completamente. Me deslicé entre los demás bailarines, perdiéndome en la multitud y en el ritmo. Giré, dejé caer mis hombros al compás, y luego volví a levantarme, sintiendo cómo el suelo vibraba bajo mis pies con cada nota.

"He licked his lips, said to me, 'Girl, you look good enough to eat.' "

Cerré los ojos por un momento, dejando que la letra y el ritmo se apoderaran de mí. No estaba seguro de si alguien me miraba, pero tampoco me importaba. Moví las manos hacia arriba, jugueteando con el aire como si estuviera atrapando la energía de la música. Mis pasos se volvieron más marcados, y mi cuerpo se inclinaba ligeramente hacia adelante con cada cambio de ritmo.

"I asked my girlfriend if she'd seen you around before. She mumbled something while we got down on the floor."

A medida que la canción seguía, me sentí más ligero, más libre. Como si nada más importara en ese momento excepto el ritmo de Lady Gaga y el movimiento de mi cuerpo. Giré una vez más, permitiéndome perderme por completo en el ambiente de la fiesta.

En mitad de la canción, mientras giraba al ritmo del estribillo de Monster, choqué con alguien.

-¡Perdón!-dije rápidamente, girándome para disculparme.

Y ahí estaban, esos ojos verdes que siempre lograban desarmarme. Damian me miraba con esa mezcla de calma y diversión que parecía ser su sello personal. Estábamos tan cerca que podía sentir el leve calor de su respiración, y mi corazón se aceleró de inmediato.

-¿Te lo estás pasando bien? -preguntó, su voz apenas audible sobre la música, pero lo suficientemente cercana como para que la entendiera.

-Sí-respondí, y mi voz sonó un poco más temblorosa de lo que esperaba.

Él sonrió, dejando entrever un poco los colmillos falsos que se había puesto como parte de su disfraz de vampiro, igual que Katy. Esa pequeña sonrisa hizo que mi estómago se retorciera, como si algo dentro de mí supiera que este momento era importante.

-¿Podemos hablar un momento?-dijo entonces, inclinándose un poco para que pudiera escucharlo mejor-En un lugar más tranquilo.

Mi corazón dio un salto. Había algo en su tono, en la manera en que sus ojos me miraban, que me hizo sentir como si el suelo bajo mis pies hubiera desaparecido. Pero logré asentir.

-Claro.

Sigo a Damian escaleras arriba, cada paso resonando con una mezcla de taquicardia y nerviosismo. No tengo idea de a dónde me está llevando, pero cuando cruzamos una puerta, me encuentro en el cuarto de baño más lujoso que he visto en mi vida. Mármol blanco, espejos enormes, grifos dorados. Todo parece sacado de una película, y por un momento me quedo sin palabras.

En el fondo, la música sigue retumbando, y justo entonces escucho cómo Bloody Mary de Lady Gaga empieza a sonar. La melodía envolvente parece llenar el espacio, haciéndolo aún más irreal.

-¿Quieres que vigile mientras meas?-pregunto, bromeando para romper el silencio, acompañando mis palabras con una pequeña risita.

Pero Damian no responde. En lugar de eso, da un paso hacia mí, acortando la distancia entre nosotros. Antes de que pueda procesar lo que está ocurriendo, me sujeta de la cintura con una firmeza inesperada y me mueve hacia él, sus ojos verdes clavados en los míos con una intensidad que me deja paralizado.

Y entonces, me besa.

Sí, Damian Wayne me besa. Y yo, como un completo idiota, me quedo tan sorprendido que ni siquiera intento corresponder al principio. Mi mente está en blanco, y lo único que puedo sentir es el calor de sus labios contra los míos y el latido frenético de mi corazón.

Pero no tengo que preocuparme, porque mis hormonas rápidamente toman el control. Mis manos, casi temblorosas, se levantan y se enroscan lentamente alrededor de su cuello. Damian, en respuesta, aprieta un poco más su agarre en mi cintura, acercándome aún más. Giro la cabeza ligeramente en dirección opuesta a la suya, recordando todas esas películas que he visto, aunque estoy seguro de que lo estoy haciendo horrible.

Cuando se separa, puedo escuchar su risa suave, una que no parece burlarse, pero que me hace sentir aún más torpe.

-¿Es tu primer beso?-Escucho en su voz una mezcla de curiosidad y diversión.

Mi cara se pone roja al instante. No quiero parecer más patético de lo que ya debo verme.

-Eso es información confidencial-respondo, intentando recuperar algo de mi dignidad, aunque mi voz suena más débil de lo que me gustaría.

Damian sonríe, inclinándose hacia mí otra vez, y sus labios rozan los míos mientras susurra:

-No te pongas nervioso.

Antes de que pueda replicar, me vuelve a besar. Esta vez, intento relajarme, pero estoy seguro de que lo sigo haciendo mal. Mis movimientos son torpes, inseguros, pero si a él le importa, no lo demuestra. Sus manos permanecen firmes en mi cintura, guiándome con una seguridad que contrasta con mi propia inseguridad.

Y aunque mi mente sigue gritándome que no estoy a la altura, mi cuerpo parece estar aprendiendo poco a poco.

El beso se siente diferente esta vez, más natural, y por un momento, el mundo fuera de este cuarto de baño desaparece por completo.

No sé cuánto tiempo llevamos besándonos, pero de repente, en mi cabeza, suena una vocecilla que me dice: "No hagas tonterías." Y entonces me doy cuenta de dónde estoy. Damian se ha sentado sobre la tapa del váter y yo estoy encima de sus piernas.

Mi cerebro, mi conciencia, o lo que sea, comienza a gritarme que este no es el momento ni el lugar para lo que estoy pensando que podría pasar.

Ya habrá tiempo.

Soy joven.

No te precipites, me repito.

Pero entonces Damian vuelve a besarme, silenciando esa vocecilla con una facilidad aterradora.

Por un segundo, me pierdo de nuevo en el beso, pero reúno las fuerzas suficientes para detenerme. Corto el beso con torpeza, apoyando mis manos en sus hombros mientras mi respiración se acelera.

-Deberíamos parar-digo, mi voz apenas un susurro.

Damian me mira durante unos segundos, sus ojos verdes buscándome como si intentara entender por qué. Yo lentamente me levanto de sus piernas, quedándome de pie enfrente de el. Siento su mirada fija en mí, pero antes de que pueda decir algo, mi móvil vibra en mi bolsillo, acompañado por una pequeña canción de Demi Lovato.

Damian suelta mi cintura, y yo me alejo un poco para responder la llamada. Es Maya. Su voz al otro lado me golpea como una bofetada: está llorando.

-Jon… estoy en la cochera… me duele… ven… por favor.

Mi corazón se detiene por un momento.

-Voy-respondo rápidamente, sintiendo cómo el pánico comienza a asentarse en mi pecho. Cuelgo y me giro hacia Damian.-¿Sabes dónde está la cochera?-le pregunto, intentando no dejar que el temblor en mi voz sea evidente.

-Sí-asiente, poniéndose de pie-¿Qué pasa?

-Maya...me ha llamado llorando....No sé....no sé qué le pasa...-Sin esperar una respuesta, salgo del baño y bajo las escaleras con rapidez.

Me cruzo con Jay en el camino, quien al verme la cara deja de hablar con un chico—ni siquiera recuerdo quién es—y me sigue sin hacer preguntas. Cuando llego a la cochera, empiezo a buscar a Maya con los ojos, mi corazón latiendo desbocado.

Finalmente, la encuentro. Está apoyada contra una pared, escondida detrás de un coche. Su rostro está rojo, su maquillaje corrido por las lágrimas, y sus sollozos son desgarradores. He visto suficientes películas y leído suficientes libros para entender lo que probablemente ha pasado aquí.

Y la verdad me golpea como un puñetazo en el estómago.

Me acerco rápidamente a ella y la abrazo, sujetándola con cuidado mientras ella grita, soltando su dolor y, probablemente, una parte de sí misma que jamás
debería haber sido tocada. Mi garganta se cierra, y la rabia y el dolor se mezclan dentro de mí, pero no puedo permitirme perder el control ahora.

-Damian...-murmuro, sin soltar a Maya-busca a Katy...

Damian, que ha estado detrás de mí todo el tiempo, asiente sin decir nada y desaparece en busca de nuestra amiga. Jay está a mi lado, paralizado, sin saber qué hacer.

-Jay, ve a buscar nuestras chaquetas-le digo, tratando de mantener la calma. Mientras él corre hacia la casa, vuelvo mi atención a ella.

-Estoy aquí, Maya....Estoy contigo....Todo va a estar bien, te lo prometo-Mis palabras suenan vacías incluso para mí, pero no sé qué más decir.

Cuando Jay vuelve con nuestras chaquetas, rápidamente cojo la mía y se la pongo a Maya. Le queda grande, pero eso es lo que quiero; la cubre más y le da algo de refugio. Katy, Ethan y Damian llegan segundos después. Katy se arrodilla enfrente de nosotros.

-¿Qué ha pasado?-pregunta en voz baja, intentando no presionarla, pero desesperada por una respuesta.

Ethan y Damian se quedan un poco más lejos, dándonos espacio. Maya no dice nada al principio. Los minutos se sienten eternos, llenos de un silencio que pesa como una losa. Finalmente, su voz quebrada llena el aire.

-Quiero irme-Es todo lo que dice, pero sus palabras son suficientes para que todos nos pongamos en movimiento.

-Voy por el coche-dice Damián, girándose rápidamente para salir.
Ethan lo sigue de cerca, añadiendo:

-Abriré la puerta trasera.

La coordinación entre ellos es perfecta. En menos de dos minutos, estamos montados en el coche. Ethan le dice a Katy que irá detrás en su propio coche, y ella asiente, con una mirada que mezcla gratitud y dolor.

El trayecto hacia el hospital es silencioso. Maya está acurrucada en el asiento, su cabeza apoyada contra mi hombro. Cada sollozo contenido que sale de ella me rompe un poco más. Damian conduce en silencio, Jay está igual de callado y Katy, sentada a mi otro lado, no deja de mirarla, como si con solo observar pudiera protegerla.

Cuando llegamos a urgencias, Maya parece más asustada. Apenas puede levantar la cabeza mientras la ayudamos a bajar. Los médicos no tardan en atenderla, pero nos piden que llamemos a sus padres porque es menor de edad. Lo hacemos inmediatamente.

Sus padres llegan en diez minutos que se sienten como una eternidad. La madre de Maya, al escuchar lo que ha pasado, rompe a llorar en el acto. Verla así solo hace que el peso en mi pecho se haga más insoportable.

Estamos todos en la sala de espera. Damian está a mi derecha, Katy está a mi izquierda, con los ojos enrojecidos por las lágrimas que intenta contener. Ethan está al lado de Katy, mirando al suelo, con las manos cruzadas sobre las rodillas.

-He mandado a mis mayordomos a desalojar la fiesta-dice Ethan finalmente, rompiendo el silencio. Su voz es baja, pero clara-
Mañana por la mañana, si Maya no quiere hablar, miraremos las cámaras de seguridad.

Todos asentimos, pero sabemos que la policía probablemente pedirá esas grabaciones antes de que podamos hacer algo más.

Estoy jodidamente mal. Mientras yo estaba arriba, besándome con Damian, teniendo lo que probablemente fue el momento más feliz de mi noche, Maya estaba viviendo el peor rato de su vida. Me siento culpable, como si mi felicidad hubiera tenido un precio que nunca debió pagarse. No puedo dejar de pensar en cómo podría haber hecho algo, haber evitado esto, pero no lo hice. Y ahora todo lo que puedo hacer es estar aquí, esperando, deseando que Maya pueda salir adelante después de esto.

No sé en qué momento me quedé dormido, pero cuando abro los ojos, la sala de espera está en calma. Parpadeo, intentando orientarme. Damian está sentado a mi lado, mirando  algo en su móvil, pero cuando nota que me he despertado, sus ojos se fijan en mí.

-Los padres de Maya están dentro. La han dejado pasar porque ya está más estable -me dice en voz baja, como si no quisiera romper la tranquilidad del lugar.

Asiento, frotándome los ojos para despejarme. Miro hacia el sillón cercano y veo a Katy y Ethan dormidos juntos, encajados como si fueran piezas de un puzzle. Katy está apoyada en el hombro de Ethan, y él tiene un brazo alrededor de ella, manteniéndola cerca. La escena me provoca una mezcla de emociones: ternura por ellos y una punzada de culpa que aún no me suelta.

Saco mi móvil y noto la pantalla llena de notificaciones. Diez llamadas perdidas de mi madre. Mi pecho se aprieta al verlas, y me levanto rápidamente, disculpándome con Damian con un murmullo antes de salir hacia la entrada del hospital para devolverle la llamada.

-Jon, ¿estás bien?-pregunta antes de que yo pueda decir nada.

-Sí, mamá, lo siento mucho-Digo rápidamente- Tenía el móvil en silencio porque... bueno, estamos en el hospital.

-Ya lo sé...-dice-llamé a Katy cuando no me contestabas.

-ah....y...¿te lo contó supongo?...-pregunto

-Sí....¿Necesitas que vaya a buscarte?

-No, mamá...Estoy bien....bueno...no lo estoy...pero antes de irme quiero ver a Maya

-Llámame si necesitas algo, ¿vale?-Asiento, aunque sé que no puede verme.

-Lo haré. Gracias, mamá.

Cuelgo y respiro hondo, apoyándome contra una pared cercana. La tensión en mi pecho no se disipa, y finalmente, me dejo caer al suelo, abrazando mis rodillas y agachando la cabeza. Me siento como un desastre. Me pregunto si Katy también se sentirá así, aunque no tengamos la culpa de lo que otras personas hayan hecho. Es difícil no sentir que podríamos haber hecho algo.

El tiempo pasa lentamente. Los ruidos del hospital se mezclan con el murmullo de mis pensamientos, y pierdo la noción de los minutos. Entonces, escucho pasos acercándose. Al principio, pienso que son enfermeros, médicos, o tal vez el guardia de seguridad. No levanto la cabeza, no tengo ganas de hablar con nadie.

Pero algo me obliga a mirar. Y ahí está Damian, de pie frente a mí, con un vaso de plástico en la mano.

-Creo que esto te vendrá bien-dice, mirándome desde arriba.

Me toma un momento reaccionar, pero lentamente me pongo de pie. Mis huesos protestan por haber estado tanto tiempo en esa posición, y siento el dolor en las piernas al estirarme.

-Gracias-digo mientras agarro el vaso.

Es chocolate caliente, huele dulce y reconfortante. Lo sostengo entre mis manos, dejando que el calor se filtre a través del plástico y se extienda a mis dedos entumecidos.

-Dicen que el chocolate ayuda a la gente no deprimirse-añade Damian, cruzando los brazos y apoyándose contra la pared junto a mí. Le doy un pequeño sorbo, sintiendo cómo el líquido cálido me calienta por dentro.

Nos quedamos en silencio unos momentos. Es un silencio que no incomoda, pero que tampoco alivia del todo. Miro el vaso en mis manos y luego a Damian, agradecido por su presencia, incluso si no sabe qué decir.

La policía llega mientras estamos en la habitación de Maya. Ella está entre dormida y despierta, con el rostro aún marcado por el cansancio y el dolor. Nos habla un poco, murmurando frases cortas y desconectadas, pero pronto vuelve a quedarse dormida. Ninguno de nosotros se atreve a preguntarle qué ha pasado. Es como si todos supiéramos que no estamos listos para escuchar esa verdad todavía.

En lugar de eso, las conversaciones en la habitación son aleatorias, casi triviales, como si intentáramos llenar el aire con algo que no sea la opresión del silencio. Katy habla sobre una serie que está viendo, Ethan hace algún comentario sobre la música en el hospital, y Damian simplemente observa, su mirada fija en Maya con una intensidad silenciosa.

Uno de los policías se queda con ella en la habitación mientras el otro nos lleva a la sala de espera, que ahora está completamente vacía. El ruido del hospital se siente distante, como si estuviéramos en un lugar separado de todo lo demás.

El policía que nos acompaña saca una libreta y comienza a hacernos preguntas. Su tono es profesional pero no frío, como si intentara hacernos sentir cómodos para que podamos hablar.

-Necesitamos acceso a las grabaciones de la fiesta-dice finalmente, dirigiéndose a Ethan-Es crucial tener pruebas en caso de que la familia quiera llevar esto a juicio. Ethan asiente.

-Puedo asegurarme de que tengan las grabaciones mañana por la mañana-El policía asiente, satisfecho, antes de continuar.

-¿Tienen alguna idea de quién pudo haber sido?-
pregunta, mirando a Katy y luego a mí.

Nos miramos brevemente, y el silencio entre nosotros es suficiente para responder.

No tenemos idea.

Finalmente, soy yo quien rompe la tensión con una voz baja.

-No lo sabemos. No tenemos muchos amigos en el instituto... casi siempre nos juntamos entre nosotros-
Hago una pausa, sintiendo la necesidad de aclararlo-Es verdad que a veces tenemos que defendernos, pero Maya... ella siempre ignora a los que se meten con ella-
Katy asiente a mi lado, sus labios apretados.

-Ella no busca problemas-
añade, su voz es un susurro.
-El policía escribe en su libreta y asiente, aunque no parece sorprendido. Justo entonces, su compañero entra en la sala, con una expresión seria.

-Maya no quiere hablar. No sabemos si es por vergüenza o miedo a que le hagan algo -dice, su voz cargada de frustración contenida.

Las palabras caen como un peso en el aire. Ninguno de nosotros dice nada al respecto, pero el dolor en nuestras caras debe ser evidente.

Nos queda claro que esto no será fácil para nadie, y que lo único que podemos hacer es estar ahí para Maya, incluso si no sabemos cómo.

Maya no dice nada, ni siquiera cuando somos nosotros quienes intentamos preguntarle.

Pero da igual.

Las cámaras lo enseñan todo, dejando al descubierto lo que ella no puede o no quiere decir.

La tarde siguiente, Damian pasa a recogerme para ir a la comisaría. No hemos hablado de nosotros ni de lo que pasó en el baño aquella noche. Pero si soy sincero, lo prefiero así. No sé si tengo la energía para pensar en eso ahora mismo.

En la comisaría, nos muestran las grabaciones. Las imágenes son claras, demasiado claras. Ahí están ellos, los de siempre: Nathan Collins, Derek Henderson y Ryan Blake. Los tres cabrones que no pierden oportunidad para molestar a cualquiera que consideren más débil. Los vemos seguir a Maya, acorralarla en la cochera, y aunque el video no tiene sonido, sus intenciones son más que obvias. Mi estómago se revuelve, y tengo que apartar la mirada antes de que termine.

Katy empieza a llorar, su cuerpo temblando mientras Ethan la abraza y trata de consolarla. Yo también lloro, pero no me acerco a Damian.

No puedo.

Me limpio las lágrimas rápidamente con la manga de mi jersey, tratando de mantenerme firme, pero siento que me estoy desmoronando.

-Voy a salir un momento - murmuro, levantándome antes de que alguien pueda detenerme.

Salgo a tomar el aire, dejando que el frío de la tarde me de la cara. Respiro hondo, intentando calmar el nudo en el pecho. Pero todo lo que vi sigue ahí, cada imagen grabada en mi mente como un tatuaje.

Unos segundos después, escucho pasos detrás de mí. Giro la cabeza y veo a Damian acercándose en silencio. No dice nada, solo se coloca a mi lado. Y entonces, inesperadamente, me abraza.

Es como si algo dentro de mí se rompiera.

Toda la contención que había estado intentando mantener desaparece en un instante.

Me dejo caer contra su pecho, mis manos aferrándose a su chaqueta mientras las lágrimas salgan  sin control. Lloro como un niño pequeño, con sollozos entrecortados que apenas puedo contener.

Damian no dice nada.

Simplemente me abraza con fuerza, dejando que descargue todo lo que llevo dentro. Su silencio es lo único que necesito en este momento, un recordatorio de que no estoy solo, aunque todo se sienta tan jodidamente roto.


El juicio fue un torbellino emocional. Pasaron casi cuatro semanas desde aquella noche en la fiesta de Ethan hasta el día en que todos nos encontramos en el tribunal.

Maya estaba acompañada por sus padres, sus manos temblaban ligeramente mientras sujetaba las de su madre.

Katy, Ethan, Jay, y yo estábamos allí para apoyarla, pero incluso así, la tensión en el aire era palpable. Damian también estaba presente, sentado un par de filas detrás de nosotros. Habíamos mantenido muy poco contacto en ese mes. Ni siquiera sabía si era por todo lo que había pasado o porque ninguno de los dos sabía cómo abordar lo que había ocurrido entre nosotros.

Durante el juicio, las grabaciones de las cámaras fueron la prueba más contundente. Mostraron con claridad lo que Nathan Collins, Derek Henderson y Ryan Blake habían hecho. Sus abogados intentaron minimizar los hechos, pero no había forma de justificar lo que se veía en esas imágenes. Maya se mantuvo firme, aunque se podía ver el dolor en su cara. Cuando finalmente terminó de testificar, su madre la abrazó mientras nosotros intentábamos contener las lágrimas.

El veredicto llegó más rápido de lo que esperaba. Los tres culpables recibieron condenas que, aunque no borrarían lo sucedido, al menos traían algo de justicia. Fue un alivio, pero también un recordatorio de lo frágil que puede ser todo.

Después del juicio, Damian volvió a acercarse a mí. Al principio fue gradual, casi imperceptible. Volvimos a compartir momentos, pero ahora parecían más intensos, más cargados de algo que no sabía cómo manejar.

La manera en que me tocaba había cambiado.

A veces, mientras conducía, colocaba una mano sobre mi muslo de manera casual, como si fuera algo natural. Pero ese simple contacto hacía que mi piel ardiera. Otras veces, al dejarme en casa después de las clases, se inclinaba y me daba un pequeño beso en los labios, apenas un roce, pero suficiente para que mi corazón latiera con fuerza el resto del día.

Nuestras quedadas también tomaron un matiz diferente.

Cuando nos reuníamos para merendar, los besos se volvían más lentos, más profundos, como si ambos quisiéramos saborear cada segundo.Y cuando venía a mi casa para ayudarme con lo que no entendía en clase, había momentos en los que tenía que poner el freno, aunque todo dentro de mí gritara lo contrario.

Quería más.

Lo deseaba con cada fibra de mi ser, pero sabía que no era el momento.

Sé maduro, hay tiempo para esas cosas. me repetía una y otra vez, tratando de calmar las llamas que sentía dentro de mí.

A veces, acabábamos en mi cama, yo recostado contra su pecho mientras él me abrazaba, o sentado sobre sus piernas mientras hablábamos en voz baja. Otras veces, como aquella noche en que se quedó a dormir, el calor de su cuerpo contra el mío era tan intenso que sentía que iba a explotar. Cada roce accidental, cada susurro cerca de mi oído, era una batalla entre lo que quería y lo que sabía que debía hacer.

Damian siempre fue paciente.

Podía sentir que él también deseaba más, que había momentos en los que su control se tambaleaba, pero nunca me presionó. Siempre respetó los límites que, aunque no decíamos en voz alta, ambos entendíamos. Sus manos nunca iban más allá de lo que yo permitía, y sus besos, aunque intensos, nunca cruzaban esa línea invisible.

Esa paciencia suya me desarmaba. Me hacía sentir vulnerable, como si estuviera completamente a su merced, y al mismo tiempo, increíblemente seguro. Sabía que Damian era capaz de esperar, que no tenía prisa, y eso solo intensificaba mis sentimientos por él.

Con el tiempo, me di cuenta de algo importante: no importaba cuánto lo deseara o cuánto me costara frenarme, lo que compartíamos no se basaba solo en eso.

Era más profundo, más significativo.

Y aunque mi cuerpo clamaba por más, mi corazón sabía que Damian era alguien por quien valía la pena esperar.

3 días después Jay plantó una semilla de duda en mí, aunque no lo hizo a propósito. Estábamos hablando de una serie y comentó algo sobre cómo un personaje se había quedado solo porque llegó alguien mejor, alguien dispuesto a dar más. La idea se quedó en mi cabeza como un zumbido molesto, imposible de ignorar.

¿Y si eso pasaba conmigo?

¿Y si Damian encontraba a alguien que estuviera listo para ir más allá, para darle todo lo que yo aún no podía o no quería darle?

Esa duda me persiguió durante dos días, hasta que finalmente decidí que no podía superar más. Una tarde en la que mis padres estaban en una salida romántica, lo invité a mi casa. Damian llegó puntual, como siempre. Decidimos hacer tortitas, aunque realmente fue él quien las hizo mientras yo me limitaba a hacerle compañía, riendo por cómo siempre parecía saber exactamente lo que hacía en la cocina. El olor dulce llenó la casa, y por un rato, todo se sintió simple, tranquilo.

Después, nos refugiamos en mi habitación para ver una serie. Estábamos acurrucados contra el cabecero de mi cama, el portátil sobre una mesilla cercana. La serie era interesante, pero mi atención estaba dividida entre la pantalla y el calor del cuerpo de Damian junto al mío. En algún momento, él se giró para decirme algo sobre lo que acababa de pasar en la trama, y antes de que pudiera terminar la frase, me incliné y lo besé.

Mi corazón latía como una locomotora a toda velocidad, cada golpe resonando en mis oídos. Damian se quedó quieto por un instante, sorprendido, pero rápidamente correspondió al beso. Era diferente esta vez, porque yo estaba tomando la iniciativa. Mi confianza, aunque frágil, parecía alimentar algo dentro de él. Se separó por un momento, solo para dejar el portátil a un lado en la mesilla, y luego volvió a mirarme, sus ojos verdes brillando con una intensidad que hacía que mi piel se encendiera.

Por suerte, había hecho mi investigación. Había visto videos, leído artículos sobre cómo hacer que la primera vez fuera memorable. Sabía que no sería perfecto, pero al menos no quería sentirme completamente perdido. Mis movimientos eran torpes al principio, pero a Damian no parecía importarle. Mis besos habían mejorado, eso era evidente, y el modo en que me respondía hacía que mi confianza creciera.

Me moví para sentarme sobre él, mis rodillas en cada lado de sus caderas. Podía sentir su respiración acelerarse al igual que la mía. Lentamente, comencé a desnudarlo, deslizando mis dedos por su piel expuesta. Él hizo lo mismo conmigo, sus manos eran más firmes, se notaba la experiencia, pero preferí no pensar en eso. El contacto de su piel contra la mía era como una descarga eléctrica, y cada roce hacía que el calor en mi interior aumentara.

Cuando me moví ligeramente sobre él, sentí su miembro a través de sus pantalones de chándal. El roce contra el mío me hizo detenerme por un segundo, una oleada de nervios mezclada con un calor abrasador que subía desde mi estómago. Mi cuerpo estaba en llamas, como si algo dentro de mí fuera lava hirviendo imposible de contener. Cada movimiento, cada toque, hacía que una palpitación intensa recorriera todo mi ser, empujándome a seguir adelante.

El cosquilleo en mi estómago era peor que los fuegos artificiales, más fuerte, más insistente. Damian me miraba con una mezcla de deseo y paciencia que adore al instante, sus manos en mi cintura, guiándome suavemente, pero sin forzar nada. Podía notar que él también lo deseaba, que estaba tan perdido en este momento como yo. Sin embargo, había algo en su mirada que me decía que si en cualquier momento quería detenerme, lo haría sin dudarlo.

Y eso, más que nada, me hizo sentir seguro. Porque aunque el deseo era fuerte, sabía que estaba ahí, conmigo, no solo por lo físico, sino porque realmente le importaba.

Mis manos exploraban su piel, mi respiración entrecortada se mezclaba con la suya, creando una sinfonía íntima que llenaba el cuarto. Mis movimientos, aunque todavía tímidos, se volvieron más seguros, más decididos. Damian dejó escapar un leve gemido contra mi cuello, y ese sonido me envió una descarga eléctrica directamente al estómago, encendiendo cada fibra de mi cuerpo.

Cuando me moví ligeramente sobre otra vez, el roce de nuestros cuerpos hizo que un jadeo se me escapara, y lo sentí tensarse bajo mí. Sus manos se aferraron a mi cintura, guiándome suavemente mientras sus labios encontraban los míos otra vez, besándome con una intensidad que casi me hacía perder la noción del tiempo.

Dios mio...

Respira...

Que no se te olvidé respirar.

Damian se separó un momento, sus ojos verdes oscuros por el deseo. Sin decir una palabra, se levantó con cuidado, dejando que mis piernas se deslizaran de sus caderas. Lo observé caminar hacia su mochila, que estaba apoyada contra la pared junto a mi escritorio. Mi corazón latía con fuerza, anticipando lo que vendría, aunque todavía había una pequeña parte de mí que se preguntaba si esto era realmente lo que debía hacer.

Abrió la mochila y sacó un pequeño paquete de condones y un tubo de lubricante. Los dejó sobre mi mesilla con una calma que contrastaba con la intensidad de lo que acababa de pasar entre nosotros. No dijo nada, pero el gesto hablaba por sí mismo. Había estado preparado, probablemente desde semanas atrás, cuando nuestras caricias y besos comenzaron a cruzar líneas que antes.

Vuelve a la cama, sentándose frente a mí con esa expresión tranquila pero intensa que siempre lograba desarmarme. Sus manos, cálidas y firmes, volvieron a mi cintura, y me atrajo hacia él, esta vez con más cuidado, como si quisiera asegurarse de que yo estuviera completamente seguro.

-¿Bien?-preguntó en un susurro, su voz ronca por el deseo.

Asentí, incapaz de confiar en mi voz. Lo quería, lo deseaba más de lo que podía expresar, pero al mismo tiempo, había una pequeña chispa de nerviosismo que no podía ignorar. Damian pareció notarlo, porque sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa antes de besarme suavemente, sus movimientos lentos, casi reverentes.

Su paciencia era palpable, pero al mismo tiempo, sus manos hablaban un lenguaje diferente. Explorar mi piel con cuidado, deslizándose por mi espalda, mis caderas, y yo sentía que cada toque encendía una nueva chispa en mi interior. Los gemidos que escapaban de mi garganta eran incontrolables y cada uno parecía alimentar su intensidad.

Damian tomó el lubricante y lo abrió, calentándolo entre sus manos antes de mirarme directamente a los ojos. No hubo palabras, solo un entendimiento mutuo. Sus movimientos eran lentos, casi ensayados, asegurándose de que cada paso fuera tan cómodo para mí como para él.

Me tumbé lo más cómodo que pude sobre la cama, mi respiración todavía entrecortada, mientras Damian se colocaba entre mis piernas. Sus manos cálidas recorrieron mis muslos con calma, transmitiéndome una mezcla de nervios y tranquilidad que no sabía cómo procesar. Mi corazón seguía latiendo como un tambor desbocado, y cuando sentí sus dedos rozarme, un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo.

No tardó mucho en usar el lubricante, sus movimientos cuidadosos, como si estuviera intentando descifrar cada una de mis reacciones. Y entonces, el primer contacto más directo me hizo tensarme de inmediato. No era dolor, exactamente. Era raro, como un revoltijo en mi interior, algo completamente nuevo que no sabía cómo describir. Mis músculos parecían querer resistirse, pero al mismo tiempo, había una chispa de curiosidad que me hacía querer continuar.

-Respira, Jon-susurró en voz baja y suave, como si fuera consciente de cada uno de mis pensamientos.

Asentí, tomando aire profundamente y dejando que mi cuerpo se relajara poco a poco. Sus dedos se movieron con más facilidad después, explorando tan lentamente que desconcertaba. No había apuro, no había prisa, solo él asegurándose de que yo estuviera bien en cada momento.

El revoltijo inicial se transformó gradualmente en algo diferente. Cada movimiento suyo enviaba pequeñas oleadas de calor por mi cuerpo, y aunque todavía había cierta incomodidad, también empezaba a encontrar algo de placer en ello. Mis manos se aferraron a las sábanas, mientras mis respiraciones se volvían más profundas y más irregulares.

-¿Todo bien?-preguntó Damian, y vi su sonrisa.

-Sí...-Dije apenas en un susurro.

Damian inclinó la cabeza y me besó suavemente, como si quisiera recordarme que estaba ahí, que no estaba solo en esto. Su beso era cálido, reconfortante, y por un momento, todo lo demás desapareció. Sentí cómo mi cuerpo se relajaba más bajo su toque, dejando de lado el nerviosismo inicial.

Con cada movimiento, mi cuerpo parecía adaptarse mejor, y el revoltijo extraño dio paso a una sensación diferente, una mezcla de calor, curiosidad y un deseo creciente. Sabía que todavía estaba aprendiendo, que este momento no sería perfecto, pero no importaba.

Cuando sacó sus dedos, me dejó con una sensación de ansia que no sabía cómo manejar. Mi mente estaba llena de pensamientos dispersos, intentando procesar lo que venía a continuación. Busqué en mi cabeza, repasando todo lo que había leído, visto, imaginado, y recé porque no doliera. Porque, aunque lo deseaba con cada parte de mí, no sabía si estaba preparado para lo que iba a pasar.

El sonido del papel del condón rompiéndose llenó la habitación, seguido por el leve clic del bote de lubricante. Escuché cómo lo aplicaba sobre su miembro, y mi ansiedad creció junto con mi anticipación. Quería hacer algo, ayudar, mostrarle que estaba igual de comprometido, pero mi cuerpo estaba paralizado entre el deseo y el miedo. Me limité a observarlo, sus movimientos

Damian se colocó de nuevo sobre mí, y sin decir nada, abrí un poco más las piernas para darle espacio. Él se inclinó, sus labios encontrando los míos en un beso que intentó calmar mi respiración irregular. Sentí cómo una de sus manos se movía para guiarse hacia mi entrada, y en cuanto su miembro comenzó a presionar, mi cuerpo reaccionó.

Quise parar.

Joder, que si dolía.

Mi respiración se cortó y mis manos se aferraron a sus hombros como si fueran mi salvación al dolor.

Sentía cada centímetro como si mi cuerpo estuviera intentando adaptarse, pero el dolor inicial era real, mucho más de lo que esperaba. Damian pareció notarlo, porque se detuvo de inmediato, su mirada buscando la mía con preocupación.

-¿Quieres parar?-preguntó en un susurro.

Por un momento, dudé.

Mi mente y mi cuerpo estaban en conflicto, pero finalmente, negué con la cabeza y respondí entre jadeos:

-No…

Él pareció a punto de decir algo más, pero lo interrumpí besándolo. Era torpe y desesperado, pero también necesario. Mis labios encontraron los suyos y, al separarme ligeramente, susurré las palabras que llevaba guardando desde hacía semanas.

-Te quiero.

Damian se detuvo por un segundo, como si esas palabras hubieran cambiado todo. Luego me miró con una intensidad que hizo que el dolor en mi cuerpo se desvaneciera momentáneamente.

Sus movimientos fueron más lentos, más cuidadosos. Se inclinó para besarme  mientras una  sus manos acariciaban mi rostro, mi pelo. El dolor seguía ahí, pero poco a poco comenzó a mezclarse con algo más, una sensación que no podía describir pero que sabía que nunca olvidaría.

Sentí cómo el calor en mi interior empezaba a reemplazar el dolor con algo diferente, algo más intenso y placentero. Era como si mi cuerpo y mi mente estuvieran entrando en sintonía, finalmente aceptando lo que estaba sucediendo.

Damian comenzó a moverse, despacio al principio, casi probando los límites de lo que podía soportar. Cada movimiento enviaba pequeñas oleadas de sensaciones a través de mi cuerpo, una mezcla de placer y algo desconocido que hacía que mi respiración se volviera más rápida. Mis manos encontraron su espalda, aferrándome a él como si fuera lo único que me anclaba al mundo.

Sus labios se movieron de mi boca a mi cuello, dejando un rastro de besos que quemaban contra mi piel. Mis jadeos se mezclaban con los suyos, creando un ritmo que parecía sincronizarse con los movimientos de su cuerpo. El calor seguía creciendo, intensificándose con cada momento que pasaba. Mi mente estaba en blanco, enfocada únicamente en él: en la manera en cómo su cuerpo encajaba con el mío.

-Jon…-susurró mi nombre, su voz llena de emoción, y ese simple sonido me envió una oleada de calidez al pecho.

Sentí que el tiempo se detenía, que estábamos atrapados en este momento que parecía eterno y fugaz al mismo tiempo. Cada movimiento, cada toque, cada beso era como un eco de algo más grande, más profundo, algo que no podía entender del todo, pero que sabía que era importante.

Cuando finalmente terminó, Damian se quedó quieto, su cuerpo aún pegado al mío mientras ambos intentábamos recuperar el aliento. Sus manos acariciaron suavemente mi rostro, apartando el cabello que se había pegado a mi frente.

Me abrazó con fuerza, como si temiera que pudiera desaparecer, y yo me aferré a él de la misma manera. No había palabras para describir lo que acababa de pasar entre nosotros, pero no las necesitábamos. El silencio estaba lleno de algo más: de entendimiento, de conexión, de algo que sabía que nunca podría olvidar.

Salgo del baño con las manos temblorosas, apoyándome en el borde del lavabo por última vez antes de cerrar la puerta detrás de mí. Mi reflejo en el espejo sigue persiguiéndome, como un recordatorio de lo que no puedo cambiar. La casa está en silencio, un contraste absoluto con el torbellino que se siente dentro de mi pecho. Cada paso que doy hacia mi habitación resuena más fuerte de lo necesario, como si incluso el suelo quisiera reprocharme algo.

No debería haberme dejado llevar por lo que escuché aquella vez.

Esa conversación, esa puta conversación, plantó una semilla en mi cabeza que nunca debió crecer.

Esas palabras se colaron en mi mente y se enredaron en mis inseguridades hasta que no pude distinguir lo que era real de lo que solo estaba en mi cabeza.

Damian nunca me presionó.

Nunca me pidió nada más de lo que estaba dispuesto a dar. Pero yo… yo me dejé llevar por ese miedo absurdo, por esa idea de que tenía que ser suficiente, de que tenía que demostrar algo que ni siquiera sé si él esperaba de mí. Y ahora, después de todo, me pregunto si realmente entendí lo que significaba estar con alguien como Damian.

Paso por el pasillo, sintiendo el peso de mis pensamientos aplastarme. Me dejo caer en mi cama, mirando al techo, y trato de ordenar el caos en mi mente. Nunca debí dejar que esas palabras tomaran tanto espacio dentro de mí.

Nunca debí dejar que dictaran cómo me comportaba con él.

Porque ahora, sentado aquí, me doy cuenta de que no fue Damian quien me pidió que cruzara esa línea.

Fui yo.

Yo, con mis inseguridades, con mis dudas, con mi absurda necesidad de ser más de lo que era en ese momento.

Cierro los ojos, dejando escapar un suspiro que se siente más pesado de lo que debería.

No puedo cambiar lo que pasó, pero si pudiera retroceder, le diría a ese yo del pasado que no se acercara más a Damián.

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