Truyen3h.Co

Massacre {JonxDamian}

Fin

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Los siguientes días parecen, por fin, empezar a jugar a mi favor.

No es una mejora milagrosa, ni mucho menos. Me sigo despertando con la boca seca y esa sensación de que mi cuerpo necesita media hora para arrancar, como un coche viejo en invierno. Pero algo ha cambiado.

Empiezo a comer sin ese miedo anticipado al vómito. Al principio son bocados pequeños: tostadas, arroz blanco, manzana hervida. Todo con la delicadeza de quien no quiere provocar a un estómago temperamental. Pero los vómitos empiezan a espaciarse. Uno menos. Luego otro. Y, de pronto, una comida entera que no termina en el lavabo.

La enfermera que siempre se equivoca con mi nombre me da una palmadita en la espalda como si hubiera ganado una medalla.

-Vas bien, cariño. Tu estómago está dejando de pelear.

Incluso Damián, en su eterno modo de profesional imperturbable, lo nota. Me revisa en silencio, pasa la mano por mi abdomen como quien revisa la tensión de una cuerda, y asiente.

-Menos sensibilidad. Menos arcadas-dice, sin levantar la vista.

-Y más dignidad-le respondo, con una media sonrisa.

Me mira por encima de la carpeta.

-Pronto podrías empezar a comer cosas un poco más sólidas. Pero nada de pizza todavía.

-Cruel-murmuro-Injusto.

Pero no protesto de verdad. Porque por primera vez en semanas, no termino cada comida temiendo lo que vendrá después.
Y eso, en este lugar, se siente como una pequeña victoria.

Una que sabe-aunque sea solo un poco-a esperanza.

Y como me siento un poco más motivado -menos náuseas, menos dolor, más color en la cara según la enfermera- decido que ha llegado el momento perfecto para molestar a Damián. Nada dramático. Nada que implique sonrojos o segundas intenciones. Solo... molestarlo. Porque es terapéutico. Porque me da vida.

Una mañana entra a mi habitación como siempre, con la carpeta en una mano y su ceño fruncido como de costumbre, y antes de que diga una palabra, yo ya estoy preparado:

-Oye, si sigo así, en una semana más puedo huir del hospital sin ayuda. Vas a tener que correr si queréis atraparme.

Damián ni se inmuta.

-¿Correr? Tú te tropiezas con tus propios cordones.

-Eso era antes. Ahora mis huesos crujen solo a ratos. Ya puedo doblar el cuerpo sin escuchar sonidos de madera vieja.

Me mira de reojo mientras toma mi presión, y le noto una leve sonrisa. Muy leve. Pero está ahí.

-¿Sabías que estoy ganando peso otra vez?-le digo, mirando mi barriga como si la examinara con orgullo-Vas a echar de menos esta versión huesuda y poética de mí.

-Lo dudo-responde sin levantar la vista de la libreta-Aunque admito que verte comer sin hacer una escena de terror es un cambio positivo.

-¿Y admites que ya no soy un vampiro de Crepúsculo?

-Admito que molestas más cuando estás de buen humor.

-Ese es mi estado natural-
respondo, dándome una palmadita en el pecho-
energía, sarcasmo y evolución física.

Damián suelta una risa breve por la nariz y niega con la cabeza.

-Jon, juro que el día que te den el alta, va a ser raro no tener tus comentarios de fondo.

-Puedes ponerme de fondo como una playlist. Te grabo frases si quieres.

-Estoy empezando a replantearme todo mi criterio médico contigo.

Pero yo sé que no lo dice en serio. Porque cuando termina de revisar mis constantes, se queda un segundo más. Me mira, esta vez sin necesidad de palabras.

Y yo lo sé: en el fondo, también le gusta que vuelva a ser un fastidio funcional.

Por las noches, a veces, se queda.

Últimamente, se queda más seguido. Después de la última revisión, de las enfermeras apagando las luces del pasillo y del hospital quedándose en silencio, él se quita la bata, se afloja un poco la camisa, y se mete en la cama conmigo como si no necesitara pedir permiso.

-¿Ponemos el siguiente?-le pregunto, sujetando el móvil como si fuera una reliquia.

-Solo uno más-responde siempre. Mentira.
Ya estamos por terminar la segunda temporada de Los Bridgerton, y anoche vimos tres seguidos. Pero ninguno lo admite.

Se tumba a mi lado, y yo me acomodo sin pensarlo demasiado, pegando mi espalda a su pecho, o nuestras piernas rozándose por debajo de las mantas.

-¿Te das cuenta de que estoy emocionalmente invertido en esta serie?-murmura Damián una noche, mientras Anthony Bridgerton camina bajo la lluvia con cara de tragedia shakesperiana.

-¿Te das cuenta de que ya te he visto suspirar por él?-le respondo con una sonrisa.

-No suspiré.

-Suspiraste.

Él no responde, pero me aprieta un poco más contra su pecho, como castigo suave. Como recompensa también.

Cada vez más cerca.
Cada vez más cómodos.

Supongo que todo lo que soy está volviendo poco a poco a su sitio.

Mi cuerpo todavía se queja a ratos, y hay días en los que me duelen cosas que no sabía que podían doler. Pero ya no me siento apagado. Ya no camino como si todo pesara. Ya no miro la comida como un enemigo ni la cama como una trampa.

Están volviendo mis ganas de vivir.
Mi color.
Y sí... también mi libido, para qué negarlo.

Lo noto en cómo me río más fácil.
En cómo me molesta no peinarme.
En cómo me muevo un poco distinto cuando sé que Damián va a entrar.
En cómo me arde el cuerpo cuando se tumba conmigo a ver los Bridgerton y me pasa el brazo por encima, como si fuera lo más normal del mundo.

No quiero precipitarme, ni correr, ni quemar nada.
Pero siento algo latir otra vez en mí. Algo caliente, inquieto, vivo.

No estoy del todo bien aún.
Pero ya no me siento como un paciente esperando.
Me siento como yo volviendo.
Y eso, después de todo, es una forma muy bonita de empezar.


Hoy me tocaba un chequeo completo. De esos que no se pueden evitar, por más que uno intente hacerse el dormido.

Damián entró temprano, con el uniforme impecable y una carpeta llena de papeles que ya me daban mala espina. Iba acompañado del Doctor Druid, un hombre de barba corta, gafas redondas y una voz que parece no haber subido el volumen en veinte años.

-Hoy toca revisión completa, Jon-dijo Damián, en ese tono que parece amable pero que en realidad no da opción a negociar.

-Qué emoción-respondí, fingiendo entusiasmo-¿Incluye desayuno sorpresa y masajes?

-Incluye radiografías y evaluación osteomuscular-
agregó Druid, sin levantar la vista del expediente.

-Genial. Justo lo que soñé anoche.

Primero vinieron las pruebas básicas: tensión, frecuencia, saturación. Luego un pequeño análisis de sangre. Todo iba bien... hasta que empezaron a pedir que me moviera.

Flexión.
Extensión.
Girar el torso.
Doblar las rodillas.
Subir los brazos.
Caminar unos pasos en línea recta.
Quitarme las zapatillas y volver a ponérmelas solo.

Ahí es donde las piernas empezaron a quejarse de verdad.

Las sentía como si estuvieran hechas de plomo fino. No un dolor agudo, sino esa presión sorda que se instala en el músculo después de semanas sin moverse bien. Las pantorrillas protestaron. Los muslos se tensaron. Y la espalda...esa sí que gritó cuando me incliné hacia delante.

Damián me observaba todo el rato, serio pero con esa mirada suya que lo nota todo. Cada gesto. Cada mueca. Cada respiración que contenía.

-Las piernas son lo que más esfuerzo han hecho estos días -murmura Druid, mientras me ayudaba a sentarme otra vez-Y la espalda lo está sintiendo. Es normal. No te exijas más de lo necesario.

Después vinieron las radiografías.
Me colocaron con cuidado en distintas posiciones: de frente, de perfil, boca arriba, ligeramente torcido.
La camilla estaba fría y el cuarto olía a desinfectante, pero al menos no dolía... salvo cuando tuve que mantener la postura con la espalda recta.
Ahí sentí como si todos los huesos de la columna quisieran crujir a la vez.

Cuando salimos, me sentía agotado como si hubiera corrido una maratón, pero más liviano. Como si esa revisión fuera un corte limpio entre antes y después.

Damián caminaba a mi lado, sujetando me un poco, como dos ancianitas enebradas del brazo, sin que pareciera que lo hacía.

-¿Del uno al diez?-preguntó.

-Un siete de molestia. Pero un diez en paciencia médica.

Él sonrió apenas.

Y yo, aunque me dolían las piernas y la espalda palpitaba con suavidad, me sentí orgulloso.
Porque mi cuerpo está cansado...pero ya no está roto.

Me sigo moviendo por el hospital cuando me aburro.
Ya no me encierro en la habitación como al principio. Ahora camino. Lento, a veces sí, pero camino.

A veces cruzo los pasillos solo para saludar a la enfermera simpática del turno tarde.
O me asomo al área de pediatría solo para ver los dibujos pegados en las paredes.
O bajo a la sala común, aunque no tenga ganas de hablar, solo para sentir que estoy en el mundo.

Y a veces, cuando realmente quiero estar conmigo, subo a la planta más alta.

No a la azotea, claro. No tengo llaves. Y las escaleras... bueno, mis rodillas las odian un poco. Las bajadas las llevo mejor, pero las subidas son otra historia. Cada peldaño es como un minijefe de videojuego.

Pero llegar arriba tiene su recompensa.

Hoy, por ejemplo, el cielo parece salido de un cuadro.
Todo está pintado de naranjas suaves, rosas cálidos y un dorado que se derrama lentamente sobre las nubes. El sol se está despidiendo despacio, como si no quisiera irse del todo.

Me siento en una de las bancas junto al gran ventanal del pasillo. Desde ahí se ve todo el horizonte, y por un momento... el hospital desaparece.

Solo quedamos el cielo y yo.

Y pienso que, entre todas las cosas feas de enfermarse, esta-ver el atardecer desde un lugar tan alto y tan quieto- es de las más bonitas.
Casi como una tregua.

Estoy tan concentrado mirando el atardecer que ni siquiera escucho los pasos detrás de mí.

Hasta que dos manos se posan suavemente sobre mi cara, tapándome los ojos.

Doy un respingo, el corazón se me acelera por un segundo, y suelto, con una mezcla de sarcasmo y media sonrisa:

-¿Esto es un secuestro?

Una risa baja, conocida, me responde muy cerca del oído.

-Depende... ¿te portarías bien si lo fuera?

Reconozco esa voz al instante.
El tono. La seguridad disfrazada de juego.

-Damián-digo, sin moverme-Te recuerdo que todavía estoy débil. Si me da un ataque, te toca hacer el papeleo.

-Cállate y disfruta-responde, mientras sus manos se deslizan hacia mis hombros y me da un pequeño apretón, suave, casi como si confirmara que sigo ahí.

Entonces, tras ese pequeño juego, Damián se sienta a mi lado. Sus hombros rozan los míos, su colonia suave se mezcla con el aire tibio del final del día.

Lo miro de reojo y me fijo en lo que lleva puesto: un sweater blanco de cuello redondo, simple pero elegante, y vaqueros azul oscuro, rectos, sin una arruga. Siempre parece estar a medio camino entre casual y demasiado perfecto sin esfuerzo.

Y, por un instante, se me cruza el recuerdo.
Ese beso.
En la azotea.
Mi corazón bombeando como si no hubiera un mañana.
Suspiro suave, regresando al presente.

-¿Hoy te vas pronto?-pregunto.

-Sí-responde, sin apartar la vista del cielo-Tengo una de esas cenas aburridas de mi padre. Negocios, contactos, sonrisas forzadas... tú sabes.

-Uf. Te compadezco.

-Gracias. Siempre es mejor ir a esas cosas con un poco de apoyo emocional.

-Bueno, considera esto como tu dosis oficial.

Él sonríe, apenas.

-¿Y tú? ¿Te vas a quedar aquí subiendo escaleras como si fueras Rocky Balboa?

-Voy por la tercera parte de mi entrenamiento. En la cuarta ya salto edificios-respondo, estirando las piernas, fingiendo que no me duelen.

Damián me mira entonces. En silencio. Como si quisiera decir algo más, pero lo guardara.
Y luego se inclina hacia mí. Sin prisa. Sin palabras.

Y me da un beso en la frente.
Cálido.
Silencioso.
Cuidadoso.

-Mañana nos vemos-murmura.

Asiento, sin abrir la boca. Porque si hablo, se me va a notar demasiado lo que me acaba de provocar ese gesto.

Y cuando se levanta y se aleja por el pasillo, con las luces del atardecer tiñendo su espalda de naranja...yo solo pienso en una cosa:
sí, mañana.
Y ojalá muchas veces más.

Vuelvo un rato después a mi habitación.

Las luces ya están más bajas, como si el hospital también empezara a recogerse. Me quito la sudadera con lentitud, dejo las Converse al lado de la cama y me dejo caer sobre el colchón. Miro el techo un rato, sin pensar en nada... hasta que, sin darme cuenta, estoy pensando en todo.

Quizás deberíamos tener una segunda oportunidad.
Como Conner y Tim.
Ellos también pasaron por un caos, buenos más mi primo, y sin embargo, ahí están.
Reescribiendo su historia.
Mirándose distinto.

Tal vez yo también pueda hacerlo.
Tal vez...
Puedo olvidar todo lo malo.
Las discusiones, las palabras que dolieron, las amenazas, La frialdad...La distancia.
La forma en la que me hizo sentir pequeño...

Porque todos cambiamos, ¿no?

Todos.
Incluso yo.

Pero entonces, como un eco que viene desde el fondo de mi pecho, aparece esa otra voz.
Esa parte de mí que no se deja llevar tan fácil.

¿Realmente puedes? pregunta.

Y la pregunta se queda ahí.
Suspendida en el aire de la habitación.

No tiene respuesta aún.
Pero por primera vez...
me atrevo a planteármela en serio.

Esa noche es la primera sin Tramadol. Damián y el doctor decidieron que era momento de probar cómo responde mi cuerpo sin él. "Vamos a ver si ya no lo necesitas a diario", dijeron.
Y yo, con más valentía fingida que convicción real, asentí.

Una noche sin Tramadol.
Nada más.
Solo una.

Pero el cuerpo no olvida.

Al principio no noto nada. Me duermo viendo la mitad de un capítulo repetido de una serie de comedia, pensando que tal vez no será tan grave.

Pero a la mañana siguiente...

Me despierto y, en cuanto intento girarme, se me crispa la piel como si algo por dentro se encendiera sin permiso.
Es un dolor sordo, extendido, que no grita, pero empuja.
Una presión constante en la espalda baja, y las piernas como si las hubieran llenado de plomo frío durante la noche.

Suelto un suspiro que se convierte en un gemido involuntario al intentar estirar la pierna derecha.

-Mierda...-murmuro, con los dientes apretados.

Las sábanas se sienten más pesadas.
El movimiento, más torpe.
Y mi cuerpo... más mío, sí, pero también más presente en todo lo que le duele.

Una noche sin Tramadol... y mi cuerpo ya se lo está pensando dos veces.


Cuando Damián entra a la habitación, son exactamente las 11:30.

Yo estoy tumbado, con la cabeza hundida en la almohada y los ojos entrecerrados, sintiendo cómo la morfina baila por mi sistema nervioso como si tuviera su propia playlist relajante. Todo es cálido, medio borroso, y honestamente, me siento flotando como si fuera una nube con pijama.

-Damián...¿alguna vez has considerado la posibilidad de que soy un ángel disfrazado de paciente?

Él ni se inmuta. Se acerca a la silla junto a mi cama, se sienta con elegancia casi ofendida y abre el informe de esta mañana.

-Tu temperatura fue de 36.8, tus niveles de oxígeno están estables y tu glándula del drama sigue funcionando a tope-responde sin levantar la vista.

-Eso es porque soy una criatura celestial con capacidades teatrales. Es genético. Creo que lo heredé de una tía mística que vivía en un convento de monjas bailarinas.

Damián alza una ceja.

-¿Qué te pusieron exactamente esta mañana? ¿Morfina con sirope de fábula?

-No subestimes el poder de la buena medicación y una imaginación hiperactiva-
susurro, alzando una mano al aire como si tocara una nube invisible.

Damián niega con la cabeza, pero está sonriendo.

-Tu espalda sigue tensa. Las piernas están mejor, pero los reflejos siguen lentos-
murmura, leyendo-¿Cómo te sientes en escala del uno al "quiero casarme con mi almohada"?

-Estoy entre "tengo dedos de malvavisco" y "si pestañeo muy rápido, vuelo".

-Perfecto. Diagnóstico: Jon sigue siendo Jon.

Sigo flotando en ese suave limbo de morfina y tonterías cuando Damián termina de leer el informe. Sus ojos repasan las últimas anotaciones, su pluma deja un par de marcas rápidas, y finalmente cierra la carpeta con ese gesto que siempre tiene, entre eficiente y elegante.

Lo observo, recostado, con media sonrisa. Me muevo apenas, lo justo para que mis huesos no griten.

-¿Sabes?-digo en voz baja, como quien comparte un secreto-Deberías tener más cuidado cuando entras a mi habitación tan guapo. Es una amenaza a la estabilidad emocional de los pacientes.

Él me lanza una mirada lateral sin girar del todo la cabeza, una mezcla entre "ya estás con tus cosas" y "no me molestan del todo tus cosas".

-La morfina te pone muy simpático-responde, secamente.

-O muy sincero. Te dejo la duda-le guiño un ojo, lento, como si estuviera en una comedia romántica y la cámara me enfocara en primer plano.

Damián niega con la cabeza, pero cuando se levanta de la silla, no se va. En lugar de eso, se acerca al borde de la cama y me mira.

-¿Quieres que me siente un rato?

-Sí-respondo antes de pensarlo demasiado.

Se inclina, como siempre con cuidado, y me ayuda a moverme hacia un lado para hacerle espacio. Sus manos son firmes pero suaves, como si tuviera claro cuánto puede tocar sin romperme. Y cuando finalmente se sienta junto a mí, casi pegado, siento el colchón hundirse justo lo suficiente para que nuestros cuerpos se toquen.

Y ahí...es cuando mi cabeza empieza a hacer de las suyas.

Jay tiene la culpa.
Maldito Jay y su lista de puntuaciones y sus preguntas que no eran preguntas.

Porque ahora tengo a Damián al lado.
Damián con su sweater ajustado bajo la bata, con su perfume tranquilo, con sus muslos junto a los míos.
Y yo, drogadísimo y con el cerebro tan suelto como los cordones de mis Converse, empiezo a fantasear.
Muy sutilmente. Muy en silencio.

¿Y si se girara un poco más? ¿Y si se quitara la bata? ¿Y si me dijera que me calle porque hay mejores formas de callarme?

Pero no digo nada.
Solo sonrío al techo como un idiota.

Damián revisa su reloj, completamente ajeno a la escena cinematográfica que me estoy montando mentalmente.

-¿Qué?-me pregunta, al ver mi sonrisa tonta.

-Nada...solo agradecido con la ciencia y tu buen gusto por sentarte aquí.

-Mañana te bajamos la dosis-murmura, conteniendo una risa.

Y yo pienso: mañana bájame la dosis...pero no te vayas.
Porque en este preciso momento, no me duele nada.
Y no tiene nada que ver con la morfina.

El coche huele a limpio, a ese desinfectante suave que no es del todo médico pero tampoco hogareño. Estoy sentado en el asiento del copiloto, con el cinturón puesto y una chaqueta encima de la sudadera, porque Damián dijo que por la tarde refrescaría. No discutí. Estoy demasiado ocupado asimilando que sí, seguimos saliendo. Que después de todo, a Damián le pareció buena idea volver a sacarme a la calle.

-¿A dónde vamos esta vez?-pregunto, girando el rostro hacia él mientras conduce con una mano al volante y la otra apoyada en su muslo.

-A donde no haya escaleras-
responde sin despegar la vista del camino, con esa sonrisa apenas visible que me da cada vez que intenta hacerse el serio.

-¿Y si quiero escaleras?

-Entonces las mirarás desde abajo como un buen paciente con articulaciones traicioneras.

-Qué sexy eres cuando me insultas-comento, mirando por la ventanilla con un suspiro exagerado-Me recuerda a nuestras mejores peleas.

-No eran peleas. Eran intervenciones necesarias por tu cabezoneria.

-Romántico.

Él no responde, pero sus dedos tamborilean en el volante con un ritmo casi divertido. La radio va bajita, una canción acústica de fondo que no reconozco, pero que le queda bien a la escena: él conduciendo, yo sin quejarme de dolor por primera vez en mucho tiempo, y una ciudad que pasa lenta y cálida por la ventana.

-¿Por qué estás tan callado?-me pregunta de pronto, sin mirarme.

-Porque sigo sin creerme que estés dispuesto a soportar mis quejas otra vez. O mis bromas malas. O mis intentos de morirme en público para llamar la atención.

-Llevo años soportándolas. Ya tengo tolerancia.

-¿Y entonces qué cambia ahora?

Damián alza una ceja.

-Ahora me caes mejor.

Me río por lo bajo y niego con la cabeza.

-Mentira. Me sigues queriendo igual de mal que antes.

Él finalmente gira el rostro y me lanza una mirada rápida.

-Quizá un poco menos mal. Por eso estás en mi coche.

Y por un segundo me quedo callado, mirando el tablero, el reflejo del sol en el cristal, el movimiento de sus manos.

Tal vez sí.
Tal vez algo ha cambiado.
O tal vez simplemente estamos empezando desde otro sitio.
Uno donde hay menos gritos.
Y más paseos en coche.

Cuando el coche se para, frunzo el ceño al mirar por la ventanilla.

-¿Esto es…un spa?-pregunto, leyendo el letrero dorado con letras cursivas.

-Ajá-responde Damián mientras apaga el motor y se quita el cinturón-Relájate, no te van a meter en una bañera hirviendo. A menos que te portes mal.

-¿Y qué clase de castigo es ese?-bromeo, pero me quedo quieto-Espera. ¿Es eso lo que vamos a hacer? ¿Baños, masajes y cosas de ricos?

-Vamos a ver si conseguimos que esos huesos de papel maché dejen de sonar cada vez que te estiras-responde mientras abre su puerta.

-¡Mis huesos no suenan! Solo… hacen comentarios pasivos-agresivos cuando me levanto.

Damián da la vuelta al coche y me abre la puerta. Le lanzo una mirada suspicaz mientras me ayuda a salir con esa paciencia que me da miedo de lo acostumbrado que está ya a hacerlo.

-¿Y cómo has conseguido cita para esto con tan poca antelación?

-Soy un Wayne

-Te odio

Mientras caminamos hacia la entrada, una señora con una bata blanca y sonrisa demasiado brillante nos abre la puerta.

-Bienvenidos. Tienen reservación para el circuito termal y un masaje descontracturante para el joven-dice, refiriéndose a mí con una amabilidad casi ofensiva.

-Joven. Qué bonito suena eso -susurro-¿Puedes decirlo otra vez? Lento.

Damián solo niega con la cabeza y me empuja con suavidad hacia dentro.

El lugar huele a eucalipto, madera tibia y algo dulce, como flores en agua caliente. La luz es suave, el sonido del agua corriendo por las paredes de piedra da una sensación inmediata de calma, y por un segundo, casi olvido que estoy en un hospital la mitad del tiempo.

-¿Sabes?-murmuro mientras caminamos-Si me raptaras aquí, no pondría resistencia.

-Lo estoy considerando-
responde Damián, sin mirarme.

-Eres tan romántico cuando amenazas con secuestrarme.

-Lo intento.

Y seguimos caminando hacia las taquillas. Hoy, por primera vez en mucho tiempo… me dejo cuidar. Aunque sea un poco.

La masajista tiene manos de ángel. Literalmente. Siento cómo va trabajando cada parte de mi espalda con una paciencia que me dan ganas de pedirle matrimonio. Cierro los ojos y dejo que la camilla me trague. Solo cuando termina y me lo indica con dulzura, me levanto despacio, sintiéndome como un flan recién hecho. Me pongo la bata y salgo medio flotando hasta que una de las asistentes del spa me guía hacia los vestuarios.

-¿Cambio?-pregunto medio dormido.

-Sí, para el jacuzzi. Su bañador está en esa taquilla-dice, señalando con una sonrisa.

Abro la taquilla y ahí está: un bañador negro, con estampado de piñas doradas. Me echo a reír.

-Damián...-murmuro mientras me lo pongo, todavía sonriendo.

Al salir, lo busco con la mirada. Está sentado en el filo del jacuzzi, con un vaso de agua con rodaja de pepino entre los dedos, como si hubiera nacido para pertenecer a este lugar.

Me acerco dando pasos lentos.

-¿Por qué no has entrado al masaje conmigo?-pregunto, ladeando la cabeza.

Él gira hacia mí, sus ojos bajan un segundo a mi bañador de piñas antes de responder con una ceja alzada.

-Lamentablemente no me gusta ver cómo otros te tocan -dice sin perder el tono calmado, pero su mano se estira, me agarra de la muñeca y tira suavemente de mí hasta que termino de rodillas entre sus piernas dentro del agua.

-Ah, entiendo-respondo con una sonrisilla-¿Eres celoso de masajistas certificados?

-Sí-dice mientras me acomoda mejor, apoyándome contra su pecho dentro del agua caliente.

-Eso suena a posesivo.

-Eso suena sincero.

-¿Y qué hacemos si el jacuzzi empieza a hacer burbujas y me resbalo y acabamos en una escena digna de censura?

-Te sujeto. Como siempre.

-Deja de decir cosas que hacen que mis órganos internos hagan mariposas-
respondo, ocultando la sonrisa contra su cuello.

El agua nos envuelve como una manta tibia. Y aunque sé que mi cuerpo todavía tiene muchas limitaciones, ahí, en ese momento, me siento… ligero. Y querido. Como si, con piñas doradas y todo, tuviera un lugar al que pertenecer.

-¿Sabes qué pienso?-digo mientras dibujo un remolino con los dedos en el agua caliente, apoyado contra su pecho.

-Que estás demasiado cómodo aquí y no vas a querer salir nunca más-responde Damián con una sonrisa apenas curvada.

-No. Bueno, eso también. Pero pensaba que este bañador es una falta de respeto a mi dignidad.

-¿A tu dignidad?-pregunta, bajando la vista descaradamente-Pues creo que te queda bien. A lo mejor demasiado bien.

-Ah, así que me has traído aquí para ponerme un bañador ridículo y luego acosarme en un jacuzzi. Muy maduro por tu parte, doctor Wayne.

-¿Acosarte? No, no. Estoy siendo un ciudadano ejemplar -dice, aunque su brazo rodea mi cintura debajo del agua y tira suavemente de mí hacia él- De hecho, podría denunciarte por llevar ese bañador provocativo en un espacio público.

-¿Ah sí?-digo, girando apenas para mirarlo de frente, nuestras caras peligrosamente cerca-¿Y qué harás? ¿Me arrestarás tú mismo?

-Podría-responde con voz grave, su aliento rozando mis labios-Pero primero tendría que inspeccionar que no estés ocultando más armas.

-Inspección completa, ¿eh?

-Normas del spa.

-Me parece que estás rompiendo unas cuantas tú también-murmuro, sintiendo cómo sus manos se posan con más seguridad en mi cintura bajo el agua.

-¿Ah sí? ¿Como cuál?

-La de no besar a pacientes.

-Yo no beso a pacientes…-
susurra, acercándose aún más- Solo a ti.

La última palabra apenas roza mis labios antes de que sus ojos bajen por un segundo, y luego se inclina del todo. El beso llega como si fuera inevitable, como si lo hubiéramos estado tejiendo desde que entramos al agua. Es lento al principio, suave, una caricia templada como el jacuzzi, pero con una electricidad que recorre mi columna vertebral.

Mi mano sube por reflejo hasta su cuello y lo atraigo más. Ya no importa el agua, ni las burbujas, ni las piñas doradas.

Solo nosotros dos, y este instante suspendido, donde por fin, todo encaja.

El beso no se rompe. Todo lo contrario.

Damián profundiza apenas, inclinando su rostro, presionando con más seguridad, y mis labios se abren para recibir el ritmo que marca el suyo, lento pero seguro, como si lo hubiera ensayado mil veces. Sus dedos se afirman en mi cintura, y siento su pecho contra el mío bajo el agua caliente, firme, sólido… y cercano.

Me cuesta respirar, pero no porque falte aire.

El calor no es solo del jacuzzi. Es interno. Empieza en mi estómago y sube por mi pecho, hasta las mejillas, hasta la nuca. Un escalofrío me recorre la espalda, mezclado con ese cosquilleo bajo la piel que solo he sentido unas pocas veces. El roce de su lengua contra la mía me hace apretar los dedos en su nuca, y mis piernas se acomodan sin pensar sobre las suyas, encajando más.

Mi corazón está desbocado.

No hay ruidos, no hay conversaciones de fondo. Solo el chapoteo mínimo del agua entre nosotros y su respiración mezclándose con la mía. Siento cómo el deseo me arde bajo la piel, sutil, insinuante. No hay desesperación en el beso, solo esa presión suave, firme, que enciende sin empujar.

Y yo me dejo llevar. Me pierdo.

Me dejo arrastrar por ese calor que empieza a arder bajo mi vientre. Por el deseo que me sacude sin violencia, como una marea lenta que lo arrasa todo. Como si la punta de sus dedos marcara cada punto vulnerable de mi cuerpo sin siquiera moverse más allá de mi espalda y mi cintura.

Cuando finalmente Damián separa apenas sus labios, respirando hondo contra los míos, no me alejo. Apoyo mi frente en la suya, aún en su regazo, los ojos cerrados.

-Joder-susurro-Esto… esto se siente demasiado bien.

Y lo digo con una sonrisa tonta que no puedo, ni quiero, contener.

El calor entre nosotros se vuelve más intenso. El roce de nuestras bocas se transforma en algo más. Mi respiración se agita, y la suya también. Siento su mano moverse, sujeta mi cintura con más fuerza, y yo dejo que mi cuerpo se apoye por completo en el suyo. Nuestros torsos están pegados, mis dedos enredados en la base de su cuello, nuestras bocas repitiendo una y otra vez ese beso que ya no es solo un beso. Es una promesa. Un reclamo. Un latido que duele.

Entonces siento que él se tensa, su respiración cambia, y de repente se separa. Sus manos siguen en mi cuerpo, pero ya no hay movimiento.

-Para-Su voz suena baja, ronca, y me deja sin aliento.

Parpadeo, desconcertado, con el corazón desbocado.

-¿Qué?

-Tenemos que parar, Jon.

Me quedo quieto, todavía en su regazo, sin entender.

-Estoy bien-digo, en voz baja-Podemos seguir.

Él niega con la cabeza, serio.

-No. No así. No aquí.

-¿Por qué no?-pregunto, sintiendo el ardor en mis mejillas, pero no por vergüenza, sino por frustración-Estoy bien, Damián. Sé lo que quiero.

Él aprieta la mandíbula. Sus ojos bajan hacia el agua, luego suben de nuevo hacia mí.

-Y yo sé lo que tú mereces. Y no es esto. No como ahora, no cuando acabas de salir de una crisis, no aquí, en un jacuzzi de un spa cualquiera. No cuando aún te estás curando.

Sus palabras me atraviesan como cuchillas. Me aparto, siento cómo el agua se enfría al alejarme de su cuerpo.

-Vale-digo seco.

-Jon...

-No pasa nada. En serio-Pero no lo digo con voz tranquila. Lo digo mientras ya estoy saliendo del agua, sin mirarlo, sin detenerme.

Camino hasta los vestidores, sintiendo las gotas resbalar por mi espalda y las piernas aún temblorosas. Me cambio rápido. No sé si por rabia, decepción o algo peor. No sé si me siento rechazado, infantil o simplemente estúpido.

Cuando salgo, Damián ya está cambiándose en silencio. Me lanza una mirada, pero no digo nada. Ni él tampoco.

Salimos del local y subimos al coche. El silencio se instala entre nosotros como una manta pesada.

Yo miro por la ventana.

Y el mundo fuera sigue su curso, indiferente. Mientras el mío, una vez más, parece haberse quedado atascado.

Aparcamos frente al hospital. Las luces de la entrada parpadean a lo lejos, y por un momento, todo parece tan normal como siempre. Damián apaga el motor y yo ya tengo la mano en la manilla de la puerta cuando —clac— escucho el sonido de los seguros echándose.

Frunzo el ceño y lo miro de reojo.

-¿Me vas a secuestrar ahora o…?

Damián no sonríe. Solo se queda ahí, con las manos en el volante, mirando hacia el frente.

-Quiero hablar contigo antes de que salgas corriendo.

-¿Hablar de qué?-me encojo un poco en el asiento, cruzando los brazos-¿Del manual de cómo no parar un beso justo cuando está poniéndose interesante?

Él resopla, pero se gira hacia mí, serio.

-Sé que estás enfadado. Que te dolió.

-¿Te has graduado en obviedades o es intuición de médico?

-Jon, basta.

-¿Basta qué?-digo, bajando el tono, pero sin soltar la tensión-
¿Basta de sentirme como un idiota cada vez que tú decides cuándo sí y cuándo no?

-No era no porque no te quiera, joder-Su voz baja, tensa-Era no porque te respeto.

Trago saliva, y por un momento, no digo nada. Solo lo miro.

-¿Y crees que respeto y deseo no pueden convivir?

-Sí. Pero también creo que tienes derecho a un primer encuentro que no esté empapado de frustración, ni en un lugar que no significa nada, ni un momento en el que sientas que tienes que demostrar que ya estás bien.

-Yo no necesito que me protejas-susurro.

-No. Pero yo necesito cuidar de ti-responde él, con firmeza.

Y por un momento, me quedo en silencio. Suelto el aire por la nariz. Bajo la vista. Y odio que me tiemble un poco la barbilla, así que carraspeo y me recompongo.

-Eres un capullo.

-Puede ser-dice con una pequeña sonrisa-Pero un capullo que no te va a dejar salir de este coche creyendo que no te quiero.

Levanto la mirada, lento, y sus ojos están clavados en los míos.

-¿Y qué hago con todo esto que siento?

Él se acerca un poco, no demasiado, apenas lo justo.

-Me dejas demostrarte que esto no es sólo deseo, ni culpa, ni casualidad. Y si algún día decides que quieres todo... lo otro-se le escapa una sonrisa ladina-lo haremos cuando tú lo pidas. No cuando el cuerpo lo grite.

Me quedo callado unos segundos más.

-¿Puedo salir ya del coche o vas a seguir echando los seguros cada vez que no te convenga que huya?

-Sólo cuando vea que vas a huir con la rabia antes de que hablemos.

Suspiro.

-Pues abre, que no voy a correr. Tengo las piernas todavía medio tiesas.

Damián se ríe suavemente y quita el seguro.

-Vamos, príncipe dramático. Te acompaño arriba.

Los días pasan con una extraña mezcla de calma y pequeños sobresaltos. No hay grandes gestos, ni tormentas emocionales, pero hay algo en el aire, como si cada momento entre nosotros estuviera llenó de una tensión que ni siquiera intentamos disimular. No hablamos más del spa ni del beso. Y, sobre todo, no hablamos de lo que no llegó a pasar.

Pero estamos...mejor. Más cerca, quizás.

Damián sigue viniendo por las noches. Ya vamos por la mitad de la tercera temporada de Los Bridgerton o mejor dicho, esperando que se acueste a mi lado, que su brazo se cruce detrás de mi espalda, que me pase a veces palomitas sin mirarme pero rozando mis dedos cada vez.

Durante el día, mis huesos ya casi no se quejan. Las pastillas ayudan, claro, pero también creo que estoy mejorando. Lo siento al caminar por los pasillos sin arrastrar los pies. A veces subo las escaleras de dos en dos —aunque después lo pague, claro—. Y cada vez que Damián me pilla haciéndolo, solo levanta una ceja y suelta un resignado “tú sabrás”.

Jay y Malla me visitan menos, ocupados con sus vidas fuera del hospital, pero aún me mandan mensajes absurdos. Jay me sigue empujando con bromas incómodas: “¿Y ya has ampliado la lista o el jacuzzi fue solo un simulacro?” Yo no contesto. O le mando un sticker.

A veces bajo a la sala común, donde me siento con el portátil o hojeo revistas que alguien dejó olvidadas. Una tarde, una enfermera me pide que le eche un vistazo a los dibujos que hace su hija, y sin quererlo, me quedo media hora ayudándola a escribir un cuento con uno de los personajes. Me gusta esa sensación. De ser útil. De ser… normal.

Damián se vuelve un poco más suave. O, mejor dicho, más transparente. Tiene días en los que llega agotado, se sienta a mi lado, y no dice nada. Y yo tampoco. Solo le paso mi jugo o el control remoto, y con eso basta.

Una noche, mientras intenta explicarme un término médico en mitad de una escena de la serie, lo detengo y le digo:

-¿Siempre fuiste así de pedante o es efecto secundario del título de doctor?

Él sonríe sin dejar de mirar la pantalla.

-Fui peor cuando era adolescente.

-Lo sé...Eso explica muchas cosas-respondo, acomodándome un poco más cerca.

Y sí, poco a poco, sin darnos cuenta, las cosas van encajando. Sin prisas. Sin necesidad de decir lo que ya se siente.

Porque tal vez, después de todo, estamos aprendiendo a querernos bien.

Estoy tumbado de lado en la cama, con una pierna estirada y la otra doblada, el libro abierto entre mis manos. El sol entra por la ventana con esa luz dorada de media tarde, y estoy tan concentrado en la historia que apenas noto cuando se abre la puerta.

-¿Otra vez con un libro? Vas a quedarte ciego antes de tiempo-dice una voz conocida con tono burlón.

Levanto la vista. Damián está apoyado en el marco de la puerta, con su bata colgando como siempre de forma impecable, el estetoscopio colgando del cuello y ese gesto entre cansado y entretenido que pone cuando no sabe si reñirme o quedarse un rato.

-Es uno que me trajo Conner. Se lo recomendó Tim. Va de un chico que desaparece en un camping y empiezan a pasar cosas turbias.

-Ajá, suena ligero y relajante-
dice entrando más. Suelta la carpeta en la mesita y se acerca a mirar la portada-¿"El campamento"? He oído hablar de él. ¿Ya te has enganchado?

-Sí. Aunque… me está empezando a dar más miedo levantarme al baño de noche que los análisis de sangre.

Él suelta una pequeña risa, se agacha a recoger un bolígrafo que se le ha caído del bolsillo y luego me lanza una mirada rápida.

-¿Cómo te sientes hoy?

-Bien. Me duelen menos las piernas. Y mi culo no ha explotado, por si te preocupa que vuelva a sentarme mal la comida del hospital.

-Siempre me preocupa tu culo, Jonathan-responde sin pestañear, seco.

-¡Eres un enfermo!-respondo entre risas, tirándole un cojín.

Damián lo esquiva sin esfuerzo y se sienta a los pies de mi cama, mirándome con algo más de suavidad.

-Te ves mejor-dice, sin exagerar-Más tú.

Asiento. Cierro el libro despacio y lo dejo a un lado.

-Supongo que... estoy volviendo. A lo que era antes. O a algo parecido. Ya no me siento taaaan en pausa. Aunque todavía no sé si es gracias a los medicamentos… o por ti.

Vergüenza al 100
¿¡Por qué he dicho eso!?

Damián baja la mirada un momento. Se le marca apenas una sonrisa ladeada. Y entonces, como si necesitara volver a equilibrar la atmósfera, responde:

-Seguro que es por el libro. Tim tiene buen gusto. Yo solo soy un añadido decorativo.

-Bueno, al menos eres guapo-respondo con fingida resignación, volviendo a recostarme-Un adorno útil.

-Imbécil-dice, pero su tono es cálido. Se estira un poco para alcanzar el libro que he dejado- Cuando termines este, tengo otro que te va a encantar. Trata de un médico que soporta a un paciente insoportable.

-¿Se muere al final?

-No. Pero considera internarlo.

Y ambos soltamos una risa suave, de esas que no se hacen fuertes, pero que se quedan flotando en el aire como una promesa de que estamos bien. Al menos por ahora.

Volver a ponerme al volante me da una mezcla rara de nervios y orgullo. Estoy sentado, las manos al volante, las piernas un poco tensas, y Damián a mi lado con esa calma irritante como si no estuviera a punto de arruinarle el coche.

-Vale… si me estrello contra algo esta vez, quiero que pongas en mi lápida que morí como viví: dudando de todo-
murmuro sin apartar la vista del tablero.

Damián se ríe por lo bajo, ese tipo de risa que me dan ganas de pegarle con una almohada.

-Si te estrellas yo me muero contigo.

Lo miro de reojo. ¡Encima que vengo a practicar por ti, y me metes presión!

Arranco, y el coche da un saltito extraño. Siento el sudor en la nuca.

-¿¡Qué ha sido eso!?

-Solo arrancaste en segunda. Pero oye, mejor que la vez que confundiste el freno con el acelerador.

-¡Tenía fiebre ese día!

-No tenias. Y yo si tengo un tengo trauma.

Resoplo, pero se me escapa una sonrisa. Siempre consigue hacerme reír incluso cuando quiero golpear el volante.

Voy despacio, avanzando como si el coche fuera una extensión torpe de mis propias extremidades. Lo veo mirarme de lado, sin decir nada, con ese brillo en los ojos.

-¿Por qué me miras así? Parezco un gatito, ¿verdad?

-Porque eres un desastre adorable.

Me echo a reír, aunque intento disimularlo con tos. El coche da un pequeño tirón al cambiar de marcha y me muerdo el labio para no maldecir.

-¿Adorable desastre te parece sexy?

-Más que tus intentos de aparcar en línea recta.

-Te odio.

-Mentira. Me adoras.

No digo nada. Pero sí, tiene razón.

Estamos tirados en la cama del hospital, con las luces bajas, compartiendo una manta y un bol de palomitas saladas que ya están medio frías. Yo estoy con la cabeza en su hombro y él sigue con esa espalda recta que ni el colchón logra relajar. En la pantalla, Man of Steel.

Y sí. Me cuesta no mirar a Henry Cavill como si me debiera dinero y besos.

-¿Sabes qué es curioso?-le digo, con voz tranquila.

-¿Qué?

-Que Superman es como… moralmente perfecto. Y aún así todo el mundo prefiere a Batman.

-Porque Batman tiene trauma. La gente ama el trauma.

No puedo evitar reír.

-Ya. Pero ¿has visto los abdominales de Superman?

Lo noto girarse un poco. Su voz suena cargada de esa falsa arrogancia adorable que me hace querer empujarlo por el borde de la cama.

-Sí. Y los míos en el espejo también, gracias.

-Eres insufrible-murmuro entre risas.

-Y tú pusiste Suicide Squad la otra noche.

-¡Lo hice por Harley Quinn!

-Eso es aceptable.

Pasan unos segundos. Me acomodo un poco más en su hombro. Huele bien. Siempre huele bien.

-La próxima toca The Batman, ¿no?

-Solo si no me repites por quinta vez que Pattinson te pone nervioso.

-Es que tiene esa cara… como de querer darte una bofetada y luego un beso. No sé, ¿no te da curiosidad?

Damián suspira como si cargara el peso del mundo. O sea, de mí.

-Voy a traer más palomitas antes de que empieces a hablar de tus crushes animados también.

-¡A Robin de los Titanes lo respetas!

Se detiene en seco y me mira. Tiene esa mirada de “no puedo creer que te guste lo que te gusta.”

-Lo respeto. Pero si un día aparezco en tu cuarto con una capa amarilla y pantalones verdes, prométeme que me darás una paliza.

Me ahogo de risa. Literalmente tengo que taparme la boca con la almohada para no escupir las palomitas.

-Prometido, Boy Wonder.

La habitación está en silencio, apenas con el sonido del oxígeno lejano de otra sala y el pitido de alguna máquina alejada. Yo estoy tumbado con el libro aún abierto sobre mi pecho, y Damián, que había venido “solo por unos minutos”, está encorvado en la silla a mi lado, con la cabeza apoyada en el colchón y los dedos enredados con los míos.

Lo miro de reojo. Tiene la boca apenas entreabierta. El pelo despeinado le cae sobre la frente, y se ve más joven. Más vulnerable.

-Podrías echarte conmigo, sabes…-susurro, sabiendo que no me escucha.

Le acaricio los dedos con los míos, lentamente, solo para asegurarme de que sigue ahí. Y sin pensarlo mucho, levanto la manta y tiro suavemente de su brazo.

Él gruñe, medio dormido.

-¿Qué haces?-murmura con voz ronca.

-Ven. Si vas a quedarte dormido, al menos hazlo sin romperte la espalda.

Se deja caer a mi lado, sin pelear. Su brazo me rodea sin pensarlo, como si su cuerpo ya supiera dónde encajar. Y así, sin decir mucho más, nos dormimos. Con nuestras respiraciones sincronizadas. Con el corazón un poco más tranquilo.

-Estate quieto.

-Me estás pintando con un bolígrafo barato en medio de una revisión médica, Jon.

-Exacto. Y el arte no espera.

Damián está sentado a los pies de mi cama, leyendo algo en su tablet, y yo tengo un bolígrafo azul con el que le estoy dibujando una constelación en el antebrazo. No sé bien cuál, pero se ve bonita.

-Eso parece un gato con bigote -dice, sin apartar la vista de la pantalla.

-Es Orión, ignorante.

-¿Orión tenía orejas puntiagudas?

-Ahora sí.

Él suelta una risa nasal que me da más satisfacción que cualquier medicamento. Termino con una pequeña luna sobre su muñeca, y paso el pulgar por encima para suavizar la tinta.

-¿Puedo tatuarte esto un día?

-Si sobrevives a esta estancia en el hospital sin robar más bolígrafos, me lo pienso.

Cuando el clima mejora, a veces salimos al pequeño jardín del hospital. Damián me ayuda a bajar despacio por la rampa, y siempre se asegura de que no me canse demasiado. Hoy el cielo está cubierto, pero no hace frío.

Nos sentamos bajo un árbol. Hay mariposas, y un par de niños corren entre las flores.

-¿Sabes qué me parece esto? -le digo, recostado contra su hombro.

-¿Qué?

-Como cuando estás en una peli triste y justo viene la parte feliz. La parte que sabes que no durará mucho, pero que vale la pena solo por existir.

Él no dice nada. Solo aprieta mi mano.

-Tú eres esa parte, ¿sabes?

Y por primera vez en mucho tiempo, siento que no necesito más palabras.

Tenía los auriculares cuando el entró.

-Solo escucha-le dije, sin explicación.

Era una canción tranquila, de esas que hablan de amar a alguien sin saber cómo.

Él frunció el ceño al principio, como si esperara algo más fuerte. Pero después cerró los ojos. Y cuando terminó, no dijo nada. Solo se acercó, me quitó un auricular, y con los ojos aún cerrados, me dio un beso en la sien.

Y ese silencio fue suficiente.

Acabamos de terminar la película tumbados en la cama. Las luces están apagadas, solo el brillo de la televisión parpadea en la habitación. Damián tiene el brazo estirado debajo de mi cuello, y yo estoy recostado contra su costado, escuchando cómo su corazón va más rápido de lo normal.

-Esa escena final era innecesaria-murmura, refiriéndose a la muerte del personaje favorito de ambos.

-Es una tragedia, Damián. No una comedia romántica.

-Aún así, se han pasado.

Le doy un pequeño codazo.

-¿Sabes qué es innecesario?

-¿Qué?

-Que todavía no me hayas besado esta noche.

Él gira el rostro hacia mí. Sus ojos oscuros brillan en la penumbra. Luego se inclina con calma, como si estuviéramos dentro de una pausa que no quiere romper. Me besa despacio. El tipo de beso que empieza suave y se queda un momento más. Que deja un calor constante ardiéndome en el pecho incluso cuando sus labios ya no están sobre los míos.

-Contento ahora, quejica-susurra, con la frente apoyada en la mía.

-No. Pero casi.

Es raro tener la cocina del hospital vacía, pero aquí estamos. Él está preparando café porque yo me quejé de que los zumos saben a agua con química. Yo estoy sentado sobre la encimera, con las piernas colgando, medio dormido.

-Ese pijama parece sacado de un catálogo de abuelas-dice él, sin mirarme.

-Y aún así lo miras mucho.

-No he dicho que no te quede bien.

Me río, apoyando el mentón en la palma de la mano. Cuando él se da la vuelta con la taza en mano, me mira como si hubiera olvidado por completo qué iba a decir. Se acerca. Me da la taza.

-Gracias, doctor.

-No me provoques.

-¿Y si lo hago?

No dice nada. Solo se inclina, deja la taza a un lado y se planta entre mis piernas. Y me besa. Me besa como si no importara que estemos en una cocina del hospital a las tres de la tarde. Como si no importara el café ni el cansancio.

-No deberías jugar con fuego -murmura contra mis labios.

-¿Y si quiero quemarme?

Encontramos un rincón apartado en la pequeña biblioteca del hospital. Estoy mirando un libro y él está sentado al lado, leyendo informes en su tablet.

-¿Sabes que cuando frunces el ceño pareces de dibujos animados?

-¿Qué tipo de insulto es ese?

-Un halago.

Me inclino un poco y le quito la tablet. Él gruñe, pero no me la arrebata.

-Descansa un poco. Llevas horas trabajando. Vamos, doctor Wayne, ¿tiene miedo de quedarse solo conmigo?

-No me das miedo. Me das ganas.

Y con eso, vuelve a inclinarse y me besa. Es corto, pero intenso. Lo suficiente para robarme el aire y hacer que se me olvide qué página estaba leyendo.

-Yo también tengo ganas-
susurro.

-Uno de los dos tiene que ser responsable.

-Entonces estamos jodidos

Ambos reímos.

Volvemos a la terraza una noche más. El cielo está despejado, salpicado de estrellas, y nos tumbamos sobre una manta que él trajo esta vez.

Estoy boca arriba, mirando el cielo. Siento su mano moverse hasta tomar la mía. Y por unos segundos no hay necesidad de hablar.

-¿Te acuerdas del primer beso que nos dimos aquí?-pregunto, rompiendo el silencio.

-Sí. Te temblaban los labios.

-Mentira.

-Verdad. Y aún así fue perfecto.

Me giro hacia él, y lo encuentro más cerca de lo que esperaba. Sus labios a pocos centímetros. Ya no me tiemblan. Y cuando lo beso, lo hago con calma. Con intención. Con todo el peso de lo que he vuelto a sentir en estos días.

Esta vez no necesitamos promesas. Ni palabras.

Solo esto. Nosotros.

Llevo unos días mejor. Bastante mejor. Aún me duelen las piernas a ratos, la espalda y todo en general pero al menos ya no siento que me parta al doblarme.

Hoy decidí levantarme temprano y, después de desayunar, me puse los auriculares y me fui a caminar por el pasillo largo del ala este. Ahí hay un espejo grande que siempre me ha devuelto una imagen que no me gustaba.

Hoy… no me veo tan mal.

Me detengo. Miro mi reflejo. Me coloco bien la camiseta, subo un poco los hombros y me río de mí mismo.

-Pareces un pavo real.

Pero entonces, hago algo estúpido: intento una sentadilla frente al espejo.

Una.

Dos.

A la tercera, mi rodilla cruje como una puerta vieja.

-Y eso es todo por hoy-
murmuro, medio doblado mientras me río.

Una enfermera pasa por detrás y me mira raro. Yo solo hago una reverencia.

-Entrenamiento personalizado -le digo.

Por las tardes, a veces la sala común está vacía. Ahí aprovecho y pongo un video de yoga para principiantes que me recomendó Conner, diciendo que “Tim lo usa para concentrarse y no matar a nadie”.

Pongo la colchoneta.

Respiro.

Intento estirar.

Me caigo.

¿Cómo coño Damian puede hacer esto sin parecer ridículo?

Lo intento de nuevo. El gato. El perro boca abajo. La cobra. Y luego una extraña mezcla que ni siquiera sé si es legal.

Pero cuando termino, aunque tengo los músculos temblando, me siento bien. No perfecto. Pero bien. Como si poco a poco todo dentro de mí volviera a su sitio.

Me río solo.

Porque he cogido una silla del comedor y estoy usándola como si fuera parte de una clase de rehabilitación que vi en TikTok.

-Subes una pierna… te mantienes firme…

Me caigo hacia un lado. Por poco no tumbo una bandeja de papeles.

-Perfecto, Jon-me digo mientras me froto la cadera.

Pero luego lo intento otra vez.

Y otra.

Y en la cuarta, aguanto. Cinco segundos. Luego diez.

Sonrío.

-Toma esa, rodilla traicionera.

Cierro la puerta de la habitación y saco las botellas de agua. Las grandes, de litro y medio.

Las uso como pesas. No sé si estoy haciendo algo bien, pero me gusta sentirme activo. Me gusta verme en el reflejo del cristal con los brazos estirados, las mejillas un poco rojas, el cabello alborotado.

-Estás más fuerte-dice Damián desde la puerta, con la ceja levantada.

Yo casi suelto una botella del susto.

-¿Tú sabes lo difícil que es poner este cuerpo otra vez como antes estoy post-apocalíptico?

-Sí. Pero lo estás logrando.

Ya no me rindo con las escaleras. Las odio, sí. Pero me niego a que me ganen.

Hoy subí hasta la cuarta planta.

Descansé cada tramo. Me sujeté de la barandilla como si fuera oro puro. Pero llegué.

En la cima, jadeando como si hubiera escalado el Everest, sonreí.

-Un día, escaleras. Un día correré...

Y entonces mi rodilla crujió.

-…aunque no será hoy.

Estamos tumbados en la cama. Bueno, yo estoy tumbado. Damián está medio recostado, con su bata médica ya desabrochada, revisando unos mensajes en el móvil como si no existiera el resto del mundo. Tiene una mancha de tinta en el cuello del uniforme y una arruga en el ceño.

Yo lo observo. Lo evalúo. Y entonces sonrío.

-Oye.

-Mmm.

-¿Echamos una foto?

Él ni siquiera levanta la vista.

-¿Para qué?

-Para subirla a Instagram-
respondo, como si fuera la petición más lógica del universo.

Ahora sí me mira. Lentamente.

-¿A Instagram?

-Sí. La gente debe saber que tengo un novio que se ríe a veces, que incluso me aguanta cuando tengo mal humor o morfina.

-No necesito validación pública -dice él, ya medio sonriendo, pero se está rindiendo. Lo sé. Le conozco.

-Yo sí-le contesto con todo el descaro-Además, la gente está preguntando si he vuelto con mi ex. Quiero darles drama. ¡Un post de “enemigos a amantes”!

Él suspira. Largamente.

-Eres insoportable.

-Pero adorable. Y hoy tengo buen color. Aprovecha.

-¿Vamos a posar así, en bata de hospital?

-Obvio. Que sea auténtico. Real. Crudo.

Y, sin pedir más permiso, acerco mi móvil y me apoyo contra él, forzándolo a que me rodee con el brazo. Su mejilla roza la mía y, aunque intenta verse serio, al final se le escapa una sonrisa.

-Una sola-advierte.

-Voy a hacer diez.

-Jon…

-¡Silencio!.

Clic.

Clic.

Clic.

En una se le ve sonriendo como idiota. En otra me está mirando de reojo. En otra casi se nos cae el teléfono.

-Esta es perfecta-digo, señalando una en la que me está besando la frente.

-No subas esa-responde enseguida.

-Ya la subí.

-¿Jon?

-Demasiado tarde, Damián. El mundo necesita esperanza.

Me da un leve empujón, pero está riéndose. En voz baja, con los ojos brillándole.

Y yo me siento feliz.

Porque, por primera vez en mucho tiempo, me gusto en una foto.

Y también me gusta con quién salgo en ella.

He perdido la cuenta de los días, pero el calendario que me regaló Conner tiene ya más de veinte marquitas hechas con rotulador rojo. Me gusta hacer una cruz cuando acaba el día, como si tachar las horas me diera algún tipo de poder sobre ellas. A veces no, pero la rutina ayuda.

Esta mañana vinieron mis padres. Mi madre llegó con fruta cortada en tuppers y una bufanda nueva que ha tejido a mano. Azul celeste, con un hilo más claro entrelazado. Dice que me queda bien con el tono de piel, que “me ilumina la cara”. Me la deja en el regazo y acaricia mi pelo como cuando era niño. Mi padre está más callado, hojea una revista que trajo del quiosco. En un momento dado, se levanta para mirar por la ventana.

-¿Y Damián?-pregunta mi madre con tono casual, pero el ojo clínico.

-Trabajando-respondo, sin levantar la vista del zumo-Lo han movido a otra planta unos días, pero baja a verme cuando puede.

-¿Y tú cómo estás?-pregunta, bajando la voz. Sabe lo que hace.

-Mejor. Me duelen menos los huesos. Camino más. Y... me río más.

Asiente, pero se le humedecen los ojos. Finge que se le ha metido una pestaña.

A media tarde aparece Conner con su eterna sudadera roja y una bolsa llena de snacks poco saludables. Me abraza sin decir nada, dejando caer la cabeza en mi hombro.

-Tim dice que deberías leer “El océano al final del camino”. Te lo trae mañana.

-Tim siempre trae libros donde alguien muere.

-Porque es realista. Aunque si quieres algo donde todos vivan felices, puedo buscarte un cuento infantil.

-Prefiero verlos morir que leer sobre unicornios felices.

Nos reímos. Le quita la tapa a un bote de galletas y las comparte conmigo. Hablamos de todo y de nada.

-La he subido a mi historia. Ya tienes club de fans.

-Dios.

-Se llama “Team DamiJon”. Solo digo.

Por la noche, cuando la habitación queda en silencio, me quedo mirando el techo. A veces Damián llega. Otras no. Hoy no vino. Me dijo que tenía una guardia larga. Me dejó un audio diciéndome que me abrace a la bufanda nueva si lo echo de menos. Lo odié por eso. Luego me reí. Luego la abracé.

Hay días buenos. Días normales. Y otros en los que me descubro pensando en cómo será todo fuera. Pero hoy... hoy no ha estado mal.

Hoy ha sido uno de los días que sí taché con una sonrisa.

Hoy fue uno de esos días en los que me sentí casi normal. El portátil en mis piernas, el cuaderno lleno de apuntes ilegibles, pero míos, y Jay apoyado en la esquina de la cama, comiéndose las uñas como si el examen de historia dependiera de su ADN. Kay y Malla habían traído chocolate y estaban tiradas en el suelo con los libros abiertos solo para fingir que estudiaban.

-Tu primo-dice Jay de repente, con esa voz que pone cuando quiere soltar una bomba&Es mi crush.

Levanto la vista del portátil.

-¿Conner?

Jay asiente con una sonrisa tonta, estirando las piernas.

-Sí. Tu primo está…-hace un gesto dramático con las manos- perfecto. Además, el otro día que vino, llevaba esa camiseta gris ajustada…

-Sí, bueno..-le interrumpo, ya sabiendo por dónde va esto- Tiene novio, por si no te acuerdas.

Jay se encoge de hombros, como si eso solo lo hiciera más interesante.

-Justamente por eso es mi crush, Jon. Amor imposible, ¿entiendes? Eso le da nivel.

Kay levanta una ceja sin levantar la cabeza del libro.

-¿Y quién es el afortunado?

-Tim Wayne-respondo, volviendo al documento en la pantalla-El Wayne mayor. El de los ojos bonitos y cara de “te leo el alma mientras me tomo un café negro”.

Jay suspira como si hubiera escuchado la mejor canción del mundo.

-Yo solo quiero una ventura, y que se enamore de mí.

Malla se ríe.

-Estás enfermo.

-No, estoy culto, cariño.

Mientras todos vuelven a estudiar a su manera es decir, ignorando los apuntes, me dejo caer un poco más sobre la almohada. Ver a Jay tan entusiasmado me da risa, pero también me recuerda lo bonito que fue tener a Conner y Tim aquí la semana pasada, haciendo el idiota, trayéndome cosas, hablando de películas malas y comiendo papas en silencio.

A veces, solo a veces, todo esto se siente soportable.

Incluso con Jay fantaseando con mi primo como si estuviéramos en una novela dramática.

Llevo una semana sin ver a Damián. Una semana. Siete días. Ciento sesenta y ocho horas. No es que esté contando… pero sí, lo estoy contando.
Está trabajando en otro hospital por algo “necesario”, según sus palabras, aunque no me explicó mucho más. Yo asentí como si entendiera, pero lo cierto es que estoy harto. Harto de deberes, harto de estudiar y harto de que las únicas caras que veo sean las de mis profesores por videollamada.

Así que decidí hacer lo más lógico:
Dejar los apuntes a un lado, meterme bajo las sábanas como un burrito y empezar Black Mirror.

La serie es buena, pero también es como recibir un puñetazo emocional cada 45 minutos. En el segundo capítulo ya estaba paranoico con mi móvil. En el cuarto, no quería ni mirar por la ventana. Y en el sexto… bueno, digamos que ya dudaba hasta de la enfermera que me cambia las sábanas.

Cuando Malla entró, me encontró así: Con los ojos fijos en la pantalla, envuelto en la manta, con el mando en la mano.

-¿Estás bien o ya perdiste la fe en la humanidad?

-Ambas.

Se echó a reír, tiró una manzana sobre mi cama y se fue diciendo que me bajara a merendar si no quería convertirme en parte del colchón.

Y por un segundo, mientras miraba la manzana y pensaba si valía la pena levantarme, me di cuenta de que sí… echo de menos a Damián.
No solo para besarlo o pelearme con él por la película que elige… sino para esas pequeñas cosas. Como cuando se queda dormido a mi lado viendo Bridgerton o cuando me obliga a comerme la fruta con cara de villano preocupado.

Espero que vuelva pronto. Porque si no, me voy a terminar viendo toda la serie y perdiendo lo poco de cordura que me queda.

Lunes

08:14
Damián: ¿Desayunaste bien?

Yo: ¿Tú también sueñas con mis hábitos alimenticios o solo es en horario de oficina?

Damián: Sueño contigo y con que comas proteína. ¿Has vomitado?

Yo: No. Hoy gano yo.

Damián: Te quiero. Mucho.

Yo:Yo también

Martes

14:46
Yo: Hoy me peleé con Black Mirror. Estoy emocionalmente herido.

Damián: ¿Cuál viste?

Yo: Ese donde todo sale mal. Ya sabes. Como todos.

Damián: Te dije que no vieras eso solo. Eres inestable.

Yo: ¿Y tú? ¿Qué haces?

Damián: Queriendo aparecerme en tu cama. Pero tengo reunión.

Yo: Te espero con mantas y trauma.

Miércoles

19:12
Damián: ¿Quieres que te mande una foto mía con la bata abierta para que mejores?

Yo: Por favor. Necesito contenido.

Me mandó una foto. Solo su cuello y parte del uniforme. Nada sexual. Pero juro que el corazón me dio un vuelco.

Yo: Estás guapo, idiota.

Damián: Lo sé. Agradece que soy tuyo.

Jueves

09:31
Yo: He soñado contigo. Estabas en el hospital conmigo. Sin camiseta. Y con fruta.

Damián: ¿Fruta?

Yo: Sí. Me dabas uvas. Muy bíblico todo.

Damián: Te debo una bandeja entera. Mañana es viernes. Aguanta, ¿sí?

Yo: Te extraño.

Damián: Y yo a ti. A cada segundo.

Viernes

16:02
Damián: Mañana me paso un rato. No me ignores si toco la puerta.

Yo: ¿Vas a traer fruta o solo tu cara?

Damián: Mi cara. Pero si me lo pides con esa boca, te traigo lo que quieras.

Yo: Qué romántico. Así se conquista.

Damián: ¿Lo estoy logrando?

Yo: Cállate y ven.

Sábado

11:17
Yo: Me he levantado tarde. He soñado contigo otra vez.

Damián: ¿Qué hacía esta vez?

Yo: Me besabas. Nada raro. Pero era lento. Y largo. Como si no tuvieras prisa.

Damián: Es que no tengo. Cuando vuelva, te beso así.

Yo: Te espero. Sin prisa tampoco.

Cuando el domingo llega, estoy terminando de secarme el pelo. La toalla cuelga floja en mi mano mientras en la tele suena de fondo la cuarta temporada de Black Mirror, pero mi cabeza ya está en otro lugar.

Entonces, la puerta se abre.
Y lo primero que veo son sus ojos verdes.

No me lo pienso.
La toalla cae al suelo y mi cuerpo se lanza sin permiso. Me engancho a él como un koala, como si no hubiera gravedad ni dignidad. Rodeo su cuello con los brazos, mis piernas se enroscan a su cintura y nuestras bocas se funden antes de que pueda articular siquiera una palabra.

Siento sus manos fuertes sosteniéndome, el calor de su pecho contra el mío, su aliento cortándome el pensamiento.

El beso no es corto. No es casual.
Es como si me estuviera ahogando y él fuera el aire. Como si el mundo entero se cerrara en ese instante y no existiera más allá de sus labios, su olor, su piel.

Cuando por fin me separo apenas un centímetro, respiro con dificultad y le murmuro entre sonrisas, con la voz ronca por la emoción:

-Hola.

Él sonríe, su frente apoyada en la mía, todavía sosteniéndome en el aire.

-Hola-responde.

Y no necesito nada más.
Ya estoy en casa.

Damián cierra la puerta con una mano, sin apartar la mirada de mí. La cerradura suena, y es como si el mundo entero quedara fuera.

Nos volvemos a besar. Esta vez más lento, más profundo, como si estuviéramos recuperando cada uno de los días perdidos. Tropiezo hacia atrás sin soltarlo, hasta que caemos sobre la cama con un suave rebote. Él encima de mí, sujetándose con los codos a cada lado de mi cabeza, su respiración caliente contra mi boca.

-¿Cómo estás?-pregunta en voz baja, con una sonrisa ladeada.

Le devuelvo la sonrisa, con algo de orgullo en el pecho.

-De 10… un 8-respondo con media risa, mis dedos deslizándose sin pudor bajo la tela de su sudadera, buscando el calor de su piel.

Sus abdominales se tensan bajo mis manos, como si se hubiera olvidado de lo que era que alguien lo tocara así. Yo no. Yo lo recordaba con tanta claridad que cada roce me enciende como chispas sobre papel seco.

-¿Solo un 8?-dice con fingido reproche, arqueando una ceja mientras sus dedos acarician mi cintura por debajo de la camiseta del pijama.

-Bueno, si te quedas esta noche, puedo subirlo al 9-Mi sonrisa se vuelve más descarada, mis piernas se enredan con las suyas.

Él baja la cabeza, la punta de su nariz rozando la mía, sus labios tentándome con otra sonrisa.

-Solo al 9… qué exigente te has vuelto.

-Me enseñaste tú-susurro.
Y vuelvo a besarlo, como si pudiera compensar todos los días que no estuvo.

Nos besamos como si el tiempo se hubiera detenido. Las manos de Damián acarician mi espalda desnuda con una suavidad que me eriza la piel. Yo sigo con mis dedos explorando su cintura, aferrándome a él, como si necesitara confirmar que está aquí de verdad, que ha vuelto.

Sé que en cualquier momento podría frenar esto. Lo ha hecho antes. Pero esta vez no lo hace.

Caemos sobre la cama entre risas suaves, con los cuerpos entrelazados, buscando el calor del otro. Damián apoya su frente en la mía. Sus ojos verdes brillan con algo entre ternura y deseo contenido.

-Te he echado tanto de menos -susurra.

Le acaricio la mejilla con los nudillos, bajando después la mano a su cuello.

-No vuelvas a dejarme solo tanto tiempo-le digo, medio en broma, medio en serio.

Él asiente, rozando su nariz con la mía.

-No depende de mí. Pero cada día que no estuve contigo, pensé en esto-y me besa otra vez, profundo, con calma, como si el mundo entero se redujera a la presión de nuestros labios.

Las caricias se vuelven más lentas. Nuestros cuerpos se van entendiendo como si hablaran el mismo idioma. Damián no dice nada cuando se queda solo con mi piel. No pregunta si puede —me conoce lo suficiente como para leerme sin palabras.

Yo le dejo hacer. Y me dejo sentir.

Porque, por una vez, no duele.

Y porque, por primera vez en mucho tiempo, no tengo miedo.

Al principio, solo siento su respiración, su peso sobre mí, la forma en que sus manos me sostienen como si pudiera romperme… o como si no quisiera que nada más me tocara.

Y luego, lo siento entrar.

No hay prisa. No hay torpeza. Solo ese primer instante en el que el mundo se reduce a una sola cosa: él, dentro de mí.

El aire me abandona en un suspiro bajo, tembloroso. Es como si mi cuerpo recordara todo: su ritmo, su calor, la manera en que encaja en mí como si siempre hubiera sido suyo.

Me aferro a sus brazos, a sus hombros, con los dedos marcando territorios antiguos. Y aunque había creído que este momento me asustaría, no lo hace. Me inunda. Me llena. Me devuelve algo que pensé haber perdido para siempre.

Mi corazón late tan fuerte que siento que él lo puede oír.

-Estoy aquí-murmura Damián, como si pudiera leerme incluso ahora.

Y yo solo asiento, porque las palabras se han vuelto inútiles. Porque en este instante, con él dentro de mí, no necesito hablar para decirle todo lo que siento.

Solo necesito sentirlo.

Nos movemos juntos, despacio, como si estuviéramos bailando en una canción que solo nosotros escuchamos. No hay urgencia. Solo sus manos, mi piel, el vaivén de nuestros cuerpos con cada respiración compartida.

Mis piernas siguen envueltas en su cintura, como si tuviera miedo de que se aparte. Pero no lo hace. Se queda. En cada movimiento, en cada beso que deja en mi cuello, en mi hombro, en la comisura de mis labios.

Y cuando todo alcanza su punto más alto —cuando jadeo su nombre en el borde de la cordura y él me aprieta contra su pecho como si yo fuera su ancla—siento que mi mundo se ordena otra vez. Como si todos los meses de dolor, de vacío, de miedo, hubieran sido solo una pausa antes de esto.

Después, el silencio.

Damián se deja caer a mi lado, con el pecho agitado y la frente perlada. Me busca con la mirada. Yo ya lo estoy mirando.

-No me mires así-murmura, medio riendo, medio derrotado.

-¿Así cómo?

-Como si acabara de salvarte la vida.

Me acerco, beso su mejilla.

-Tal vez lo has hecho.

Él traga saliva y me acaricia el rostro con el dorso de los dedos, lento, como si todavía no pudiera creer que estoy aquí. Que seguimos aquí.

Nos acurrucamos en las sábanas revueltas, pegados, piel con piel. Me acurruco en su pecho, con la cabeza bajo su barbilla y su brazo sobre mis costillas. El calor de su cuerpo, su respiración calmada, el olor de su cuello… todo eso me hace sentir seguro.

Cuando abro los ojos, la luz entra a medias por la persiana mal cerrada. El reloj de la pared marca las 09:12, y por un segundo me confundo. No siento el pitido de los carros, ni pasos fuera de la habitación, ni el golpeteo de Jay en la puerta con alguna historia absurda. Lo único que escucho es su respiración, profunda y tranquila.

Damián duerme todavía. De lado, con una mano bajo la almohada y el pelo hecho un desastre.

Me giro con cuidado. Su pecho sube y baja lentamente. Tiene la boca entreabierta, la expresión más serena del mundo. Y está aquí. Después de semanas, días, horas de mensajes y llamadas, de preguntarme si aún nos pertenecíamos… está aquí, en mi cama. Conmigo...bueno la del hospital.

Mis piernas están enredadas con las suyas, como si nuestro cuerpo no quisiera soltarlo ni dormido. Me acerco un poco más y rozo su nariz con la mía, sin despertarlo. Huele a su colonia, esa que siempre me da ganas de pegarle la cara al cuello y no moverme nunca.

Y entonces sus pestañas se agitan. Se despereza un poco y entreabre los ojos, adormilado.

-Mmm…-murmura-¿Ya es de día?

-Desde hace un rato-respondo bajito-Pero puedes seguir fingiendo que no si me abrazas un poco más.

Él sonríe sin abrir del todo los ojos. Alarga un brazo y me atrae hacia su pecho, aplastándome de forma cariñosa.

-Quédate así…-murmura contra mi frente-Al menos hasta que mi cerebro vuelva a funcionar.

-Tú cerebro nunca ha funcionado del todo-bromeo.

-cien veces mejor que el tuyo

-Me siento insultado.

-Tu has empezado

-Pero sabemos que yo soy más tonto realmente. Me voy.

Damián gruñe como si eso fuera una tortura y me aprieta más fuerte.

-Ni lo sueñes. Vas a tener que quedarte aquí hasta que yo diga lo contrario.

-¿Y si me haces cosquillas en la espalda mientras tanto?

-Eres un desgraciado, ¿lo sabías?

-Y tú te has vuelto un blando-le digo, sintiendo su risa vibrar en su pecho.

Nos quedamos así un rato más. Abrazados. Desnudos bajo la sábana, con mi pierna sobre su cadera y sabiendo que quizás se un buen día.

Cuando finalmente nos levantamos para ir al baño, el sol ya se ha instalado del todo en la habitación. La sábana cae de nuestras cinturas y siento ese típico escalofrío de pasar del calor de la cama al aire fresco. Camino con Damián hasta la ducha, medio tambaleándome por el agarre flojo de mis músculos. La cadera y las corvas de las rodillas se quejan a coro, como un grupo de viejas quejumbrosas, pero lo disimulo de puta madre. Estoy demasiado feliz para darles protagonismo.

Damián lo nota, claro. Ese pequeño gesto en su ceja, ese "sé que te duele" que no dice en voz alta. Pero tampoco me trata como si me fuera a romper. Solo me ayuda a entrar, me pasa la toalla como si fuera cualquier otro día, y entra conmigo bajo el agua caliente. No dice nada más que:

-No finjas conmigo, Jon.

Y yo le sonrío.

-No finjo. Solo soy muy bueno disimulando.

El agua cae, los cuerpos se deslizan con esa confianza nueva, como si algo hubiera cambiado desde anoche. No lo digo, pero lo siento. Ya no estamos solo probando a ver si esto funciona. Estamos dentro. Hasta el fondo. Con todo lo bueno, lo malo, y lo que aún no entendemos.

Después, cuando volvemos a la habitación, el desayuno ya está esperándonos sobre la mesita. Tostadas, zumo, algo de fruta. Y lo más gracioso de todo: la enfermera ya ha pasado. La bandeja apareció como por arte de magia, sin una palabra, sin una ceja levantada, sin un comentario.

Damián mira la comida, luego a mí, y suelta:

-Creo que ya no les sorprende nada.

-Quizás es eso, o que saben que después de anoche necesitaría calorías para sobrevivir-bromeo, mordiéndome la tostada.

Él se ríe bajito, sentándose a mi lado.

Comemos juntos, sin prisas. Nuestros pies se rozan bajo la mesa, nuestros ojos se cruzan de vez en cuando como si compartiéramos un secreto.

Mi cuerpo aún me recuerda lo de anoche en cada pequeño gesto, pero no me importa.

Hoy, más que nunca, me siento vivo.

Estoy en el baño terminando de escupir el agua con la que me enjuago la boca. Dejo el cepillo en su sitio, limpio y mojado, y al girarme lo veo ya con la mochila al hombro, el estetoscopio colgando y esa expresión de me tengo que ir, pero no quiero. Se acerca, con esa forma suya de moverse que parece medida al milímetro, y me da un beso rápido, suave, sin presión.

-Tengo que volver-dice, en voz baja, mientras yo me limpio una gota de agua de la barbilla con el dorso de la mano.

-Ya…-respondo, resignado.

En ese mismo instante, la puerta de la habitación se abre con un chirrido suave y entra la enfermera. En los brazos lleva sábanas limpias y una sonrisa neutral de las que no hacen preguntas. Me echo a un lado y le cedo el paso mientras Damián y yo nos miramos con complicidad, como si estuviéramos ocultando una travesura que en realidad todo el mundo conoce.

Salgo al pasillo con él, caminando a su lado con las manos aún medio húmedas. Vamos despacio, como si al estirar el tiempo pudiera quedárselo un poco más. Paramos frente al ascensor y me apoya una mano en la nuca, tan familiar que me dan ganas de echarme por completo contra él.

-Si sigues así de bien…-empieza, con esa voz suya que suena a noticia importante-lo más probable es que te den el alta en unos días.

Lo miro, sorprendido.

-¿En serio?

-En serio. Los análisis están bien, tus defensas están subiendo, y aunque tus huesos siguen resentidos, estás mucho mejor-Me aprieta suavemente el cuello antes de añadir con una sonrisa-Y ya caminas por los pasillos como si fueran tuyos.

Le devuelvo una sonrisa cansada pero sincera. Mis piernas siguen protestando, pero esta vez no me importa. Saber que puedo salir de aquí pronto me llena el pecho de una energía nueva. Algo parecido a esperanza… pero más tangible.

Las puertas del ascensor se abren. Él se mete dentro, pero no deja de mirarme hasta el último segundo.

-Luego nos vemos-me dice.

-Lo sé.

Y cuando las puertas se cierran, me quedo ahí unos segundos más, como si aún pudiera sentir el calor de su mano en mi nuca.

No vuelvo directamente a la habitación. Me quedo con las manos en los bolsillos del pantalón del pijama, sintiendo el tacto áspero de la tela mientras camino despacio por el pasillo. El aire huele a desinfectante y café recalentado, como siempre. A ratos me cruzo con alguna enfermera o paciente, pero no presto demasiada atención. Sigo caminando con el cuerpo algo resentido, las corvas de las rodillas quejándose por lo de esta mañana, pero disimulo. He aprendido a hacerlo muy bien.

Llego a la sala común y me dejo caer en uno de los sofás. Está medio vacía. Una señora duerme sentada frente al televisor encendido en modo silencio, donde dan un programa de reformas. A un lado, dos chavales juegan al ajedrez sin hablar.

Saco el móvil y abro las redes sociales.

Empiezo a hacer scroll. Historias, publicaciones, memes. Fotos de gente en la playa, desayunos bonitos, frases motivacionales. Es curioso cómo el mundo sigue girando a su ritmo, mientras tú estás aquí, en pausa, con la vida metida en un hospital.

Veo un reel de un chico bailando en su cocina con una taza de café en la mano, y sonrío apenas. Algo en mi estómago se retuerce de nostalgia, pero también de ganas. De ganas de estar fuera. De volver a hacer tonterías como esa. De bailar, aunque sea solo.

Sigo viendo más historias. Algunas de Conner. Una foto con Tim en una cafetería. Otra de la abuela de Kay cocinando. Jay ha subido una encuesta preguntando si debería teñirse el pelo de azul o verde. Voto azul.

Y me quedo ahí, un rato más. Respirando hondo. De repente siento que todo va a ir bien. No perfecto, pero bien. Lo suficiente.

Cuando vuelvo a ver a Damián es a la hora de comer. Estoy en la habitación, sentado en la cama con las piernas cruzadas, hojeando el mismo libro que llevo días tratando de terminar. El sol entra a ráfagas por la ventana, y el aire huele a comida recién servida; hoy han traído arroz con verduras, una crema que no pienso probar, y fruta.

Escucho la puerta abrirse y alzo la mirada.

Ahí está él.

Damián entra con su chaqueta medio desabrochada, el pelo algo alborotado y ese andar rápido que tiene cuando viene directo de otra planta. Lleva el móvil en la mano y una carpeta con papeles bajo el brazo.

-¿Ya has comido?-pregunta al verme con la bandeja frente a mí.

-Estoy en ello-le sonrío, empujando un poco el arroz con el tenedor-El arroz tiene potencial, la crema huele a castigo y la manzana me está juzgando.

Él suelta una risa suave mientras deja los papeles en la mesa.

-¿Estás de mejor humor o solo estás fingiendo para que te suba la nota?

-Ambas cosas-respondo, dándole otro bocado al arroz.

Damián se acerca y, sin pensarlo demasiado, se sienta en el borde de la cama, mirando de reojo mi bandeja.

-¿Seguro que estás bien?

-Sí. Esta mañana no me rompí al agacharme a recoger el mando, y no me he quejado en toda la mañana. Eso ya es progreso, ¿no?

Me lanza una mirada divertida.

-Vas a volver a casa en modo gato viejo: flexible pero con actitud.

-No me odies porque ahora puedo moverme mejor que tú en yoga.

Damián se inclina un poco, con ese brillo en los ojos que me conoce demasiado.

-¿Tú crees?

-Totalmente-Le doy un golpecito con el tenedor en la pierna-El trono del guerrero es mío.

Nos quedamos unos segundos en silencio, cómodos, mientras él observa cómo me termino el arroz. Luego se acomoda un poco más, relajando los hombros.

-¿Te queda mucho de ese libro?-me pregunta, señalando el tomo a mi lado.

-Unos cuantos capítulos. Conner me dijo que el final es “emocionalmente devastador”, lo cual suena muy a su estilo.

-Genial. Justo lo que necesitas en tu etapa de recuperación emocional.

-Lo sé, ¿verdad?-digo con una risa-Después de la comida, llanto existencial. El plan perfecto.

Damián me mira. Y empiezan a pasar los segundos.

-Me alegra que estés así.

-¿Así cómo?

-Así… tú. Bromista, cabezón, medio insoportable, pero tú.

Me quedo mirándolo. Sonrío. No digo nada, pero por dentro algo se acomoda. Porque yo también lo siento.

Estoy volviendo.

La habitación está en silencio, iluminada solo por el suave resplandor azul del monitor al otro lado de la cama. Damián se ha quitado la chaqueta y se ha acomodado detrás de mí, como cada noche esta semana. Huele a ropa limpia, a café suave y a él. A mi lugar seguro.

Me recuesto contra su pecho, y sus brazos me rodean sin decir nada. Mis dedos juegan con la tela de su camiseta mientras siento cómo su respiración acompasa la mía. Es casi como si ambos estuviéramos afinando una melodía, sin necesidad de hablar.

-¿Estás cómodo?-murmura cerca de mi oído.

-Lo estoy-respondo, acariciando con la yema de mis dedos la línea de su brazo-
Más que en todo el día.

Damián sonríe contra mi nuca y deja un beso breve ahí, como si quisiera asegurarse de que lo siento. Me giro un poco, buscando su mirada, y cuando nuestros ojos se encuentran, hay algo que me remueve por dentro. Una ternura antigua. Como si ya hubiéramos vivido mil vidas así, juntos, tranquilos, entre sábanas blancas y noches que se estiran.

-Me haces bien-le susurro-
Aunque no lo diga mucho.

Él se inclina y apoya su frente contra la mía.

-Tú también me haces bien, Jon. Hasta cuando hablas dormido.

-¿Hablar dormido?-frunzo el ceño-¿Y qué digo?

-“No me quites las patatas”, anoche.-Su voz es seria, pero su sonrisa lo delata.

Suelto una carcajada baja.

-Las patatas son importantes, Damián. Es una amenaza real.

Nos reímos, suaves, como si el resto del hospital no existiera. Me acurruco más contra él, dejando que mis piernas se enreden con las suyas. Él no se queja. Solo me estrecha más contra su cuerpo, como si entendiera que así me siento más vivo. Más yo.

No necesitamos más que eso. Ni besos desesperados, ni palabras grandilocuentes. Solo nosotros, en la oscuridad, respirando juntos.

Y por un momento, creo que tal vez, solo tal vez… todo va a ir bien.

Cuando Damián entra en la habitación, lo primero que noto es que lleva una bolsa bastante grande en una mano y una expresión sospechosamente satisfecha en la cara.

-¿Qué traes ahí?-pregunto, cerrando el portátil que tenía sobre las piernas.

-Justicia-Responde, como si estuviera en una película de acción. Luego deja la bolsa sobre la cama y saca dos cajas idénticas. Consolas portátiles. Nuevas. Con mandos brillantes y todo.

-¿Qué…? ¿Me estás diciendo que has comprado dos Switch?-Lo miro como si se hubiera vuelto loco.

-Una para ti. Otra para mí. Así no puedes excusarte cuando te gane en Mario Kart-dice mientras se sienta en la cama, sacando uno de los juegos de la bolsa como si fuera una carta trampa.

-¿Estás insinuando que puedes ganarme?-Le arrebato la consola de las manos y ya estoy abriendo la caja.

-No lo insinúo, lo afirmo-
replica, conectando los mandos como si se preparara para una cirugía menor-
Además, necesito entrenarme para cuando tengas el alta. No voy a dejar que un tio medio roto me humille delante de los demás.

-Medio roto los cojones.

-Eso espero. Que solo estén medio rotos.

Suelto una carcajada, y él me lanza una mirada cómplice. En minutos, ya estamos instalados uno al lado del otro, nuestras consolas sincronizadas, las carreras empezando, y el sonido del motor rugiendo en el altavoz.

-¿Qué personaje cogiste?-le pregunto.

-Link. Siempre Link-Me mira de reojo-¿Y tú?

-Toad. Pequeño, rápido y con cara de que va a destruirte sin pestañear.

-Perfecto-dice con una sonrisa torcida-Que empiece la guerra.

Y sí, perder contra él en la primera carrera me escuece. Pero no me importa. Porque ver a Damián reírse, concentrado, con esa mirada de "esto es lo más divertido que he hecho hoy", es suficiente recompensa.

Además… todavía queda el Rainbow Road. Y ahí pienso hacerle morder el polvo.


Cuando me dan el alta, no es Damián quien viene a buscarme. Ni siquiera aparece. Ni una llamada. Ni un mensaje. Me limito a avisarle por WhatsApp mientras espero en la sala, con mi maleta al lado y el alta en la mano:

"Me dieron el alta. Ya no soy tu paciente."

Nada.

Me traga el silencio.

El día pasa, y no hay respuesta. Ni el siguiente. Ni el otro.

Y yo… no puedo quedarme quieto.

En cuanto llego a casa, me encierro en mi cuarto y me lanzo de lleno a ponerme al día con la universidad. Entrego trabajos, respondo foros, leo capítulos enteros de textos que me había prometido no tocar hasta la semana siguiente. Me pongo alarmas. Me organizo horarios.

No paro.

Solo levanto la cabeza para comer algo rápido, para ducharme, para tomar una pausa de cinco minutos y mirar por la ventana. Pero ni las redes sociales me retienen. Me distraigo viendo algún capítulo de algo antes de dormir, pero la sensación en el pecho es como tener una cuerda atada a la costilla, tirante, molesta. Un nudo.

Y cada vez que suena una notificación en el móvil, mi corazón hace ese salto estúpido y molesto. Pero nunca es él. Ni un mísero emoji.

Y me odio por seguir esperando.

Así que sigo. Me sumerjo en cálculos, en historia, en presentaciones. Estoy tan agotado por las noches que ni pienso, solo caigo rendido.

Tal vez así, con suficiente cansancio y silencio, todo lo que siento se me pase.

Aunque una parte de mí sabe que no es tan fácil.

Estoy terminando de ponerle título a un ensayo cuando el móvil vibra con un mensaje de un número desconocido.

Desconocido: "Hola, soy Damián. No es que haya muerto ni me haya tragado la Tierra."

Parpadeo. Mi corazón da ese salto involuntario.

Desconocido: "Bueno, casi. Un paciente me rompió el móvil. Crisis nerviosa. Mucho grito. Mucho drama. Mi pantalla murió como un héroe."

Me quedo mirando el mensaje unos segundos, procesando. Y luego sonrío, porque claro, solo Damián respondería tres días tarde con una tragedia clínica y sarcasmo.

Yo: "¿Y tú no tienes otros dedos para escribir desde otro móvil o un cuervo mensajero?"

Damián: "Me dejé el cuervo en la lavandería. El nuevo móvil llegó ayer. Hoy por fin tengo cabeza para algo que no sea evitar que la gente muerda los bolígrafos."

Yo: "Estaba por asumir que te habías fugado a otro hospital a rehacer tu vida con alguien que no se robe tus sudaderas."

Damián: "Eso jamás. Mis sudaderas son sagradas. Si alguien más duerme con una, me da urticaria."

Ruedo los ojos, pero no puedo evitar reírme. Es tan estúpido… tan él.

Yo: "Te informo que tu sudadera azul se ha adaptado bien a su nuevo dueño. Le gusta la estanteria y ve Black Mirror conmigo."

Damián: "Traición con mi propia ropa."

Yo: "Ya era hora de que te sintieras en mis zapatos."

Damián: "Tus zapatos son muy pequeños para mí."

Yo: "Literalmente, sí."

Damián: "Pero tus pantalones de pijama de ositos me quedan increíble."

Yo: "Vaya grandes declaraciones."

Damián: "No me arrepiento."

A estas alturas estoy riendo solo frente a la pantalla. La rabia, la incertidumbre… todo empieza a disiparse. No desaparece del todo, pero hay una parte de mí que, solo con leerlo, se relaja.

Yo: "¿Me ibas a invitar a tomar algo para compensar tu desaparición? ¿O sigo esperando que me mandes flores digitales?"

Damián: "¿Flores digitales? Yo estaba pensando más en ramen y una película mala de superhéroes."

Yo: "Acepto. Pero yo elijo la película. No más detectives que no entiendo cuando hablan."

Damián: "Blasfemia. Pero acepto."

Y sin quererlo, sonrío otra vez.

Porque incluso cuando desaparece y me deja mordiéndome las uñas, Damián tiene esa maldita forma de volver y hacerme sentir que todo vuelve a encajar.

Un mes entero sin vernos.

Un mes lleno de audios donde su voz suena ronca a las tres de la madrugada. De videollamadas en las que le digo que se ve cansado y él responde que igual sigo siendo más guapo. De mensajes con memes, de conversaciones sobre tonterías como “¿qué prefieres, vivir sin música o sin internet?”, y debates eternos sobre si Drácula era una obra maestra o una tragedia visual.

El 31 de mayo llega como un suspiro de alivio.

Damián: “Tengo el día libre. ¿Quieres verme o prefieres seguir escuchando mi dulce voz desde un altavoz?”

Casi dejo caer el móvil.

Yo: “¿Estás diciendo que te vas a materializar como un pokémon legendario después de un mes?”

Damián: “Exacto. Y solo con una Master Ball podrías atraparme.”

Yo: “Ya te atrapé hace rato. Pero acepto el reto de verte. ¿A qué hora paso a buscarte?”

Damián: “¿Tú conduciendo? Eso sí es Black Mirror.”

Yo: “Idiota.”

Damián: “A las 11 paso a por ti.”

Y aunque aún quedan horas para vernos, ya estoy nervioso. De los buenos nervios. De esos que se sienten como un vuelco cálido en el pecho, como cuando vuelves a escuchar en vivo tu canción favorita. Es raro, pero me hace bien.

A las diez ya estoy duchado, el pelo seco, la piel oliendo a crema con olor a vainilla barata, pero funcional. Los vaqueros negros rotos a la altura de las rodillas no solo me hacen justicia: me hacen un favor. Me miro al espejo y sí, el culo aprueba. Camiseta blanca básica, metida por dentro con intención. Las Converse blancas, tan limpias que podrían reflejar la luz del sol si tuvieran ánimo.

No le he contado a Damián que esta mañana me costó levantarme. Que hubo un momento en el que me quedé en el borde de la cama, mirando al suelo como si mis huesos estuvieran hechos de cristales finos. Me tomé las pastillas. Y como siempre, todo pasó. O casi todo.

Le digo a mis padres que me voy sin dar muchas vueltas. “Con Damián”, agrego por si preguntan. No lo hacen. Solo me dicen que no vuelva tarde.

Y ahí está él. Con su cochazo. El capó brilla como si lo hubiera lustrado con lágrimas de ángeles y cera premium. Cuando me acerco, hago el recorrido completo por el frente, claro que sí, para que vea. Me monto al coche y cierro la puerta con el mismo cuidado con el que uno cierra una caja de secretos.

-Hola-me dice, con esa media sonrisa suya.

Y me da un piquito rápido. Como si no hubiera pasado un mes. Como si nos viéramos todos los días.

-¿Qué tal?-pregunta, girando un poco la cara para mirarme mientras pone una mano en la palanca de cambios.

Le devuelvo la mirada, la sonrisa y todo el cansancio que no le dije.

-Estoy bien. Un 9 de 10… porque falta el desayuno-Y le guiño un ojo.

Damián se ríe por lo bajo y asiente, mientras arranca.

-Perfecto, porque hoy vas a cenar como dios manda. Bueno, si te portas bien.

-¿Y si no?

-Ya veremos si te castigo… o te premio.

Miro por la ventanilla para disimular lo idiota que me siento por la sonrisita estúpida que me está saliendo.

Lo echo de menos, pienso. Pero hoy no quiero decírselo. Quiero que lo note. En cómo lo miro, en cómo me río, en cómo dejo que su mano encuentre la mía en medio del camino.

Lo supe en cuanto pasamos frente al letrero iluminado con letras doradas. No era un sitio cualquiera. El portero llevaba guantes. Guantes, Damián. Esto no es un bar de hamburguesas grasientas ni un italiano con manteles de cuadros. Es un jodido restaurante de cinco estrellas.

-¿Me vas a dar de comer o vas a sacarme en "Masterchef edición trauma"?-le susurro mientras bajamos del coche.

Damián sonríe de medio lado, orgulloso de su elección.

-Confía en mí. Aquí no hacen esas mierdas minimalistas de ‘reducción de aire en cama de espuma de mentira’.

Y menos mal.

El sitio huele a vino caro y a ego refinado. Pero cuando nos traen la carta, me quedo boquiabierto: platos reales. Carnes que no parecen sacadas de un laboratorio de degustación, porciones que cabrían en una boca humana —no en una cucharilla de espresso— y, lo más importante, una hamburguesa en la lista.

-¿Estás viendo esto?-le digo, señalando con el dedo el menú-Esto no es comida elegante. ¡Esto es comida real con pretensiones!

-Por eso te he traido. Para que comas algo decente y dejes de desayunar café con rabia.

-Café con rabia es una elección de estilo de vida.

Cuando llega la comida, me lo pienso: esto está de puta madre. Reímos entre bocado y bocado, hablamos de estupideces, del paciente que le rompió el móvil, de cómo se resbaló en el hospital nuevo porque sí, lo hizo, y de cómo yo me pasé casi dos semanas terminando trabajos universitarios como si fueran una droga.

-Me siento como si estuviéramos saliendo de verdad-Se lo digo sin pensarlo, entre bocado y bocado.

Damián me mira con esa expresión suya que mezcla sorpresa, afecto… y ganas.

-¿Y no lo estamos?

Y no respondo con palabras. Le robo una patata de su plato.

-Ahora sí. Oficialmente novios. Porque ya compartimos comida.

Nos reímos. Mucho. A carcajadas. Tan fuerte que una señora de un par de mesas más allá nos mira como si le estuviéramos estropeando la ópera mental en la que vive.

Pero me da igual.

Estoy con él.

Y por primera vez en mucho tiempo, me siento completo.

Nos reímos al entrar, intentando no hacer ruido, aunque estamos tan fuera de lugar como siempre que estamos juntos. El mármol pulido y los espejos amplios reflejan las luces tenues, pero ni siquiera nos detenemos a vernos. Cerramos la puerta detrás con un clic suave y apenas da tiempo a respirar.

Damián me besa, sus manos en mi cintura, pegándome a su cuerpo con firmeza, y yo me aferro a los pliegues de su chaqueta. Hay algo desesperado en el contacto, algo que no es solo deseo: es todo lo que no pudimos tener durante semanas.

-¿Sabes lo mucho que te he echado de menos?-murmura contra mi cuello.

Siento su aliento cálido recorrerme, mientras mis dedos se cuelan bajo la tela de su camisa, buscando piel. Me dejo guiar hasta apoyarme en el lavamanos, su frente apoyada contra la mía. Me mira como si pudiera leerme por dentro.

-Ni se te ocurra arrodillarte aquí-dice en voz baja, pero cargada de intención.

-¿Y si ya lo estaba pensando? -le contesto, con media sonrisa y una ceja alzada.

Él resopla, divertida exasperación en sus ojos verdes.

-Sabes que te adoro, pero no pienso dejar que te jodas las rodillas por esto… otra vez.

Me echo a reír, y lo beso antes de que pueda seguir hablando. Mis manos se deslizan por su espalda, y lo que sigue no es más que una danza conocida: mis dedos explorando, su cuerpo reaccionando, el lenguaje silencioso que solo nosotros compartimos.

Nos quedamos así unos minutos más, en ese rincón que parece hecho solo para nosotros, hasta que el ruido lejano de una puerta nos recuerda dónde estamos. Damián aprieta mi mejilla con los dedos y me roba otro beso rápido antes de acomodarse la ropa.

-Cuando lleguemos a casa, te pienso devolver cada segundo que me hiciste esperar-me dice, con voz baja, mientras salimos como si no hubiésemos estado a punto de comernos vivos.


Las semanas pasan como en una especie de equilibrio extraño pero bonito. Damián y yo seguimos con nuestras vidas por separado, pero siempre terminamos encontrándonos, como si el resto del mundo fuera solo un ruido de fondo cuando estamos juntos.

A veces, es él quien me arrastra a cenar a sitios donde todo cuesta como si fuera de oro. Otras veces, soy yo el que le convence de pedir hamburguesas y ver películas malas en casa, tapados con una manta en el sofá, mientras yo me río de cómo se duerme a los veinte minutos.

Hay días en los que simplemente no se puede. Él tiene turnos eternos, urgencias, guardias que lo hacen desaparecer por horas o días. Yo tengo entregas, exámenes, trabajos en grupo, clases... Y aunque le echo de menos, también me concentro. Me he vuelto bueno en eso: en ocupar la cabeza.

Pero cuando nos vemos, es como si no hubieran pasado esos días. A veces lo espero en la entrada del hospital, él sale con los hombros cargados y la espalda recta, cansado pero con los ojos buscándome. Otras me recoge en la universidad, y yo ya voy con mis apuntes en el regazo, despotricando de los profesores o de algún compañero idiota. Él escucha, sonríe, y me da esa sensación de estabilidad que tanto había perdido.

Hay citas de helado en el parque. De caminatas sin rumbo por el centro. De tardes en casa leyendo o estudiando juntos, aunque yo me pase más tiempo observando cómo se concentra que leyendo mi propio material.

No siempre nos tocamos, no siempre dormimos juntos, pero hay algo en nosotros que no necesita explicarse demasiado. Damián a veces me besa como si tuviera prisa, otras como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yo lo miro cuando no se da cuenta, y pienso que, a pesar de todo, no me arrepiento de haberle dado una segunda oportunidad.

Tim y Conner han vuelto a salir en nuestras conversaciones, y Jay sigue preguntándome cuándo va a dejar que se logre. Aminprimo. A veces les mando fotos mías y de Damián en nuestras citas. Otras veces solo se las guardo para mí, como un pequeño secreto. Como algo que no hace falta que todos vean para saber que es real.

Y así, entre el ruido de la vida, las responsabilidades y las pequeñas pausas, seguimos

escribiendo esto que somos. Lo nuestro.

Con menos caos, con más calma.

Con espacio para seguir creciendo.

Juntos.

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