-9-
Las náuseas llegan de golpe. Como una ola negra que sube desde el estómago y lo inunda todo.
No tengo tiempo de pensar, de llamar a nadie. Apenas logro inclinarme hacia el costado de la cama antes de que el vómito me suba por la garganta, caliente y ácido, quemándome todo el camino. Me tiemblan los brazos mientras intento sostenerme, pero todo da vueltas. Todo.
Escucho voces. Pasos apresurados. Pero mi cabeza late tan fuerte que apenas las distingo. El estómago se vacía una vez más, convulsivo, como si mi cuerpo quisiera deshacerse de sí mismo. Me arde la garganta. Me tiembla el pecho.
-¡Ey, ey, tranquilo!-dice una voz familiar. Es la enfermera. Me sujeta con firmeza por los hombros mientras con la otra mano mueve una palangana de metal justo a tiempo para evitar el desastre. Me está hablando, creo, pero no entiendo del todo lo que dice. Todo me suena lejano.
El mareo me sacude como si me hubieran soltado en medio del mar.
-Voy a ayudarte a recostarte, ¿sí? Venga... uno, dos... eso es. Muy bien.
Su brazo rodea mi espalda y me ayuda a volver a la cama. Siento que peso el doble. Mis piernas están heladas, pero me arde la piel. Me hunde las almohadas y acomoda el suero. Dice algo sobre avisar al médico. Yo solo asiento, aunque ni sé si me vio.
Cuando se va, lo primero que hago es llevarme la mano a la mesita.
Mi móvil.
Lo saco con dedos torpes, tiritando, y lo desbloqueo. La pantalla me ciega un segundo, pero aun así, escribo:
"He vomitado. Me siento como el culo. Solo quería decirte eso. No vengas si estás ocupado."
Dudo. Luego agrego:
"Bueno. Si quieres venir... no me quejaría."
Y lo envío.
Cierro los ojos con el móvil todavía en la mano.
Esperando.
No una respuesta. No una solución.
Solo a él.
Me quedo mirando la pantalla, el mensaje enviado, brillando como una confesión a medio digerir.
Y de pronto, me siento un idiota.
Avergonzado.
¿Qué necesidad había de escribirle eso? ¿Por qué no puedo simplemente aguantarme, como siempre? Tal vez está dormido. Tal vez está ocupado. Tal vez está con alguien.
Alguien que no está hecho pedazos.
Alguien que no se derrumba por un poco de fiebre y un vómito.
El estómago me da otra vuelta. No sé si es por la enfermedad o por la idea de él... con otra persona. Sonriendo. Tocando. Siendo él con alguien que no soy yo.
Siento la acidez subir otra vez, pero no vomito. Solo cierro los ojos y aprieto el teléfono contra el pecho.
-Mierda...-murmuro, llevándome el dedo al mensaje. Estoy a punto de borrarlo. De hacer como si nunca lo hubiera enviado. Como si pudiera esconder otra parte de mí.
Pero justo entonces...
[Damián - 00:41]
Estoy en camino.
Mi pecho se aprieta. No por dolor. No por fiebre.
Es otra cosa.
Y cuando leo el siguiente mensaje, mis ojos arden.
Damián:
No estás solo. Ni lo vas a estar.
No respondo. No puedo.
Solo dejo que el móvil caiga suavemente a un lado de la almohada, y por primera vez en horas, me permito cerrar los ojos... sin miedo. Porque ya viene.
Porque viene él.
Me estiro con lentitud hacia el vaso de agua en la mesita, y mis huesos se quejan en un coro silencioso. Como si cada articulación gritara con cuidado, por favor. La fiebre, la medicación, el vómito...todo me ha dejado más frágil de lo que quiero admitir.
Tomo un sorbo pequeño. El líquido frío me baja por la garganta como un alivio inmediato, pero no es suficiente. Necesito sentirme limpio, aunque sea un poco. Aunque sea solo por unos minutos.
Me obligo a levantarme.
El suelo está frío bajo mis pies descalzos. Camino tambaleante hasta el baño, cada paso una negociación con el cuerpo.
Una vez allí, me planto frente al espejo, bajo la luz tenue que no perdona nada.
Me levanto la camiseta del pijama.
Dios...
Las costillas marcadas. La piel pálida. Moretones viejos y nuevos en los brazos por tantas agujas. Las ojeras se dibujan bajo mis ojos, y mi vientre está más plano de lo normal. No porque me haya puesto en forma, sino porque me estoy deshaciendo, poco a poco.
No me reconozco.
Ni en el cuerpo.
Ni en la mirada.
Y me da miedo.
Abro el grifo.
El sonido del agua llenando el lavabo es como un murmullo suave, casi tranquilizador. Me inclino despacio, con las manos temblorosas, y recojo un poco. El primer contacto con la piel es un sacudón. Fría, directa. Pero necesaria.
Me echo agua en la cara. Una vez. Dos. Tres.
Como si pudiera borrar lo que siento. Como si pudiera lavarme la vergüenza, la culpa, la tristeza que se me ha quedado pegada a la piel.
Respiro hondo. Me miro otra vez en el espejo, con las gotas deslizándose por mis mejillas.
-Basta-murmuro.
Cierro los ojos.
No soy solo esta versión rota.
No soy la enfermedad.
No soy la debilidad.
Él está viniendo porque quiere, no porque tiene que hacerlo.
No me está salvando. Solo está... quedándose.
Y eso también es amor.
Intento aferrarme a esos pensamientos. A esa versión más luminosa de la historia que me cuento.
Porque aunque el cuerpo duela, aunque la mente se enrede, hay algo-alguien- que sigue aquí.
Y eso, por ahora, me basta para seguir de pie.
Después de un rato he vuelto a la cama. El cuerpo me duele, pero al menos la cabeza ya no parece girar tanto. He puesto una película de Blade, porque hay algo tranquilizador en ver a alguien repartir estacazos a vampiros como si no tuviera más preocupaciones en la vida que encontrar una espada afilada.
La habitación está en penumbra, solo iluminada por la luz azulada de la pantalla. Estoy medio recostado, intentando que el zumbido en mis sienes no me distraiga demasiado, cuando escucho la puerta abrirse.
Levanto la vista.
Ahí está.
Damián.
Nos miramos unos segundos. Él está de pie en la entrada como si lo hubieran invocado. Va vestido como una persona normal, con una chaqueta oscura, vaqueros, y esa expresión suya que parece neutra... pero no lo es. Lo conozco ya. Está escaneando todo. Midiendo mi palidez, el sudor en la frente, el temblor en mis dedos.
-Siéntate-dice sin perder tiempo.
-¿Ni un hola?-bromeo con una sonrisa forzada.
Él no contesta, solo me lanza una mirada. Sé que esa mirada significa "no empieces".
Suspiro y me siento en la cama a regañadientes. Damián se acerca y comienza un chequeo rápido: temperatura con la mano en mi frente, el pulso en mi muñeca, el color en mis labios. Le pregunta a la enfermera:
-¿Le han dado algo?
Ella niega con la cabeza.
-Todavía no. Iba a hacerlo ahora.
-Hazlo-dice él sin mirarla.
Luego se gira hacia mí.
-Levanta los brazos. Ahora, estira las piernas. Dime si te duele aquí-presiona con cuidado en mi costado y suelto un pequeño quejido.
-Ajá. Eso fue un "sí" disfrazado de masculinidad-comento, intentando restarle gravedad.
Él no sonríe, pero una ceja se le levanta medio milímetro. Para mí, eso ya cuenta como reacción.
La enfermera deja preparada la aguja.
-Es un analgésico-dice, acercándose.
Damián se encarga de pincharme él mismo, y mientras lo hace, su voz suena más baja, más cercana.
-¿Te vas a quedar?-pregunto, sintiendo cómo el líquido entra en mi brazo.
Él no levanta la vista.
-Sí.
-Siento haberte molestado-
murmuro, bajando un poco la mirada.
Entonces él alza los ojos hacia mí. Firmes. Claros.
-No me has molestado. Me habría molestado que no me dijeras nada.
Y así, con la película sonando de fondo, la aguja ya fuera y un calor suave expandiéndose por mis venas, me doy cuenta de algo: hay formas de cuidar que no hacen ruido. Que no necesitan promesas ni abrazos.
Solo el hecho de quedarse.
Y Damián se está quedando.
La enfermera, tras asegurarse de que todo esté en orden, se detiene en la puerta.
-¿Necesitan algo más?
Damián niega con la cabeza, cortante pero educado.
-No. Gracias.
Ella asiente y sale. Él cierra la puerta tras ella, con ese gesto firme y medido que siempre tiene, y la habitación queda en silencio. Solo la luz del cabecero queda encendida, cálida, suave, como un faro que apenas toca la oscuridad.
Lo veo caminar hacia el sillón junto a la cama. Se va a sentar. Pero yo no quiero que esté ahí. No tan lejos. No hoy.
-Ven. Túmbate conmigo-le digo, con voz rasposa.
Se detiene.
No pregunta. Solo asiente con un gesto breve, se quita las zapatillas y sube con cuidado. Se mete bajo la sábana sin hacer ruido, como si temiera romper algo en mí. Su cuerpo se acomoda a mi lado. No dice nada. Solo está ahí. Y eso me hace temblar más que la fiebre.
Me acurruco contra él, buscando su calor, su peso, su calma.
Y después de unos minutos, susurro.
-Me he mirado en el espejo.
Lo digo como si fuera un crimen. Como si no fuera lo más normal. Pero no lo ha sido. No para mí.
Sorbeteo por la nariz, sintiendo que algo se deshace en mi pecho.
-Estoy hecho una mierda.
Silencio.
Y entonces siento su mano. Deslizarse con suavidad por mis costillas, acariciándome con una ternura que me mata más que cualquier golpe. No intenta corregirme. No intenta negarlo. Solo me toca como si ese gesto fuera una respuesta.
-Estás aquí-murmura-Y estás resistiendo. Eso ya te hace más fuerte que cualquiera.
Su voz es baja, grave, íntima.
-No eres menos por estar débil. Ni por asustarte. Ni por no reconocerte en el espejo. Eres humano. Y sigues siendo tú.
Sus dedos siguen su camino lento, dibujando líneas invisibles sobre mi piel, justo donde más duele, justo donde más lo necesito.
-Y si tú no puedes ver lo que vales ahora... me quedaré aquí hasta que lo veas. Aunque sea solo un poquito. Aunque sea a través de mis ojos.
Yo cierro los míos. El pecho me duele, pero esta vez es diferente.
Entonces lo hago.
Me inclino, despacio, buscando su rostro. No pienso demasiado, solo... lo siento. Porque está aquí, porque sus palabras me han sostenido más que cualquier medicina. Porque necesito tocarlo, aunque sea un segundo, aunque sea con los labios.
Pero justo cuando estoy a punto de alcanzarlo, él se aparta. No de forma brusca, no como rechazo... sino con esa suavidad que desarma. Se inclina hacia mí, pero no para besarme como yo quiero. Lo hace un poco más arriba. Justo en la frente.
Sus labios se quedan ahí, cálidos, presentes. Yo cierro los ojos.
Y no sé cómo sentirme.
El corazón me late fuerte, no por la fiebre, sino por la incertidumbre. Me pregunto si la he cagado, si he ido demasiado lejos, si no era el momento. Me siento torpe. Vulnerable.
Pero entonces su voz llega, como siempre, para apagar el ruido de mi cabeza.
-No es que no quiera besarte-dice, apenas un susurro contra mi piel- Créeme... lo deseo. Pero no así. No cuando estás hecho polvo. No cuando llevas medicación encima y te sientes como una sombra.
Se aparta solo lo justo para mirarme a los ojos, y su mano sigue en mi costado, firme y real.
-Quiero que cuando pase... lo recuerdes. Que estés presente. Que te sientas bien, completo, tú. No una versión herida, o medio dormida por los calmantes.
Trago saliva. La garganta me arde un poco. Pero hay algo en su mirada que me envuelve, que me sostiene. No me está rechazando.
Me está esperando.
Y eso, en medio de todo esto... se siente como amor del bueno. Del que se queda.
Así que solo asiento. Apoyo la cabeza en su pecho. Y dejo que su respiración me arrulle, mientras mi cuerpo, por fin, empieza a descansar.
A la mañana siguiente, amanezco solo.
El otro lado de la cama está frío, como si Damián se hubiera ido hace horas. Me cuesta un momento abrir del todo los ojos, pero lo primero que veo es a la enfermera entrando con una bandeja.
-Buenos días-dice con esa voz amable y práctica que usan los que están acostumbrados a ver gente rota-Vamos a intentar que desayunes algo, ¿Vale?
Asiento despacio, mientras me incorpora. La cabeza me duele un poco, como si el sueño hubiera sido más una batalla que un descanso.
Entonces veo el móvil, justo donde lo dejé anoche.
Un mensaje.
Damián — 07:13
Tuve una urgencia. Volveré en cuanto pueda. Desayuna. Descansa. Te escribo.
No me duele. No mucho. Él lo dijo: no se va, solo se ausenta. Pero aun así, el hueco que dejó es real.
Sobre las diez llega Conner.
-Ey, dormilón-dice, dejándose caer en la silla como si fuera su casa. Trae una bebida energética y me la ofrece- Te ves menos muerto hoy. Bien por ti.
Sonrío apenas. Le agradezco el gesto, y después de unos minutos hablando de cosas sin importancia, acabo soltándolo.
Le cuento cómo están las cosas con Damián. Lo de anoche..La azotea, lo que sentí, lo que no supe cómo interpretar. Conner escucha en silencio, sin interrumpirme. Luego se pasa una mano por el pelo y dice:
-A ver…verte todos los días aquí, enfermo, encerrado, con tus emociones en una montaña rusa… claro que te va a rayar. Es normal. Pero, tío, Damián sí ha cambiado bastante. Al menos según Tim.
Hace una pausa. Me estudia con la mirada.
-Estar enamorado de tu pasado es fácil. Te da seguridad. Pero también es una trampa. Este lugar… lo limita todo. Te quita perspectiva. Es como intentar leer un libro con solo una página delante.
Asiento. Lo entiendo. Pero lo que dice después es lo que me deja en silencio.
-Pero por ejemplo de Ricky… bueno, también era alguien con quien podrías haber sentido algo, ¿no? Y no fue así. Eso también dice algo. Tal vez lo que sientes por Damián sí es real. Pero piénsalo bien. Estás vivo. Eres joven. Puedes experimentar, equivocarte, volver a empezar. No te encierres en una sola idea de lo que crees que es amor.
Después de que se va, me quedo dándole vueltas a todo.
Así que abro las notas del móvil y hago una lista.
PROS Y CONTRAS.
DAMIÁN.
Los “pros” tardan en salir. Pero llegan.
Su constancia.
Su cuidado.
La forma en que me ve.
Cómo me hace sentir visto incluso cuando no quiero que nadie me mire.
Y luego los “contras”.
Son más largos.
No por lo que es ahora, sino por todo lo que fue. Las veces que desapareció sin explicación, la forma en que no sabía tratarme cuando estaba mal, las palabras que dolieron, los silencios que pesaban más que los gritos, lo controlador, amenazas...
Y me doy cuenta: muchas de esas cosas siguen ahí. No activas. No presentes. Pero latentes.
Como cicatrices mal cerradas.
Sigo mirando la lista.
No sé qué hacer con ella.
Pero al menos, estoy empezando a ser honesto conmigo mismo.
Y eso ya es algo.
Llamo a Conner a la hora de comer. Su voz suena animada al contestar, como si estuviera en medio de algo pero igual se tomara el tiempo.
-Ey, ¿todo bien? ¿Cómo va el hospital?
-Normal-respondo, apoyando la cabeza contra la almohad- Solo quería preguntarte algo, si tienes un momento.
-Claro, dime.
-¿Cómo… se siente?-hago una pausa-Estar otra vez con Tim. Después de todo lo que pasastes. ¿No te da miedo?
Hay un silencio breve al otro lado. Casi puedo imaginarlo rascándose la nuca, buscando las palabras.
-Sí. Me dio miedo al principio. Mucho-Su voz suena sincera, sin rodeos-Porque pensé que volver era rendirme. Como si toda la mierda que viví se invalidara por solo considerarlo otra vez.
-¿Y no fue así?
-No. Porque… no somos los mismos. Ni él ni yo. Antes, yo lo amaba desde el vacío, ¿sabes? Como si necesitara que él me dijera quién era. Ahora lo elijo. Cada día. Porque sé quién soy sin él.
Conner hace una pausa. Luego agrega:
-El pasado sigue ahí, claro. No lo olvido. Pero lo usamos para construir algo distinto. Si solo me hubiera quedado con el daño, me habría perdido lo bueno que tenemos ahora.
Me quedo callado un momento, procesando.
-Entonces… ¿no fue un error volver?
-No. Fue un riesgo. Pero a veces los riesgos valen la pena.
Sus palabras se me quedan en la cabeza mientras el estómago me da un vuelco. No sé si por la comida… o por todo lo que estoy sintiendo últimamente.
-Gracias, Conner.
-Cuando quieras. Y oye, si necesitas ayuda con tu lista de pros y contras, avísame. Soy buenísimo para hacer de abogado del diablo-dice, riendo.
Sonrío, aunque él no me vea.
Quizás hablar con él no me dio respuestas definitivas, pero sí me dejó algo más valioso: la idea de que no todo lo que se rompe tiene que desecharse.
A veces… se reconstruye.
Termino de comer lento, sin muchas ganas, pero al menos algo entra. Me recuesto otra vez, esta vez con un poco más de fuerza, y pongo Los Simpson. Un capítulo viejo, de esos que ya me sé de memoria, pero que siempre consiguen arrancarme una media sonrisa.
Entonces la puerta se abre con ese sonido familiar y ahí está él. Damián.
Lleva el abrigo en una mano y el gesto concentrado. Entra como si el lugar le perteneciera. Como si fuera una extensión de su rutina diaria.
Se acerca directamente a la mesita donde las enfermeras suelen apuntar los signos vitales y observaciones del turno de la mañana. Mira el papel y suelta un breve:
-¿Cómo estás?
-Vivo-respondo, encogiéndome de hombros. Después bromeo-Y viendo a Homer destruir su vida de nuevo. Lo de siempre.
Él alza una ceja, mira la tele un segundo y luego me lanza esa mirada que ya conozco, la que significa que lo que viene no me va a gustar mucho.
-Levántate-dice.
-¿Qué?
-Vamos a pesarte.
-¿Y si me niego?
-Entonces lo hago yo mismo. Pero no te va a gustar la forma -responde sin perder la compostura.
Gimo como un mártir y pauso la serie.
-¿Sabes que hay formas más románticas de cuidar a alguien?-digo mientras me incorporo, con lentitud.
Él niega con la cabeza, pero sus labios se curvan apenas en una sonrisa muy, muy pequeña.
-Esto es amor práctico. Levanta, Jon. Vamos.
Y aunque protesto… lo hago.
Nos ponemos en marcha por el pasillo. Yo camino lento, todavía medio lleno por el almuerzo, con el cuerpo que no acaba de obedecer del todo. Damián va a mi lado, con una carpeta en la mano, mirando hacia delante como si ya estuviera diez pasos más allá.
Aprovecho el silencio para lanzarle la pregunta.
-¿Qué pasó esta mañana? Dijiste que fue una urgencia.
Él no me mira de inmediato. Apenas asiente con la cabeza, como si ya esperara que preguntara eso.
-Nada grave-responde, seco.
Lo miro de reojo.
-Eso suena a “no quiero contarte”.
-Porque no quiero-responde, sin cambiar el tono-Pero estoy aquí ahora, ¿no?
-Sí, pero sigo teniendo curiosidad.
Suspira, y después de unos segundos, agrega:
-Un paciente tuvo una recaída fea. Estaba solo y nadie lo notó a tiempo. Cuando llegué al despacho, el informe ya estaba mal redactado, mal registrado y había un lío con la medicación-Se pasa la mano por el cabello, frustrado-No me gusta cuando las cosas se hacen a medias. Así que tuve que encargarme de todo.
-Eso suena a una mañana de mierda-comento, genuino.
-Lo fue-responde sin drama-
Pero ahora estás tú. Y tú también eres una especie de urgencia.
-Gracias, supongo. ¿Ese fue un cumplido?
-Interpretalo como quieras-
responde con una leve sonrisa.
Llegamos a su despacho. Todo tiene su lugar, y huele ligeramente a menta y papel nuevo. Me señala la báscula con un gesto y yo ruedo los ojos antes de subir.
-No te rías si he perdido peso.
-No me río de eso. Solo de tus bromas malas-responde mientras anota el número en la carpeta.
Luego me pide que me siente en la camilla. Lo hago, aunque me quejo como un abuelo.
-Ahora levanta los brazos. Así… perfecto. Ahora bájalos lento. Y vamos con las piernas.
Cumplo con todos los movimientos que me pide, aunque me muevo con torpeza, como si mi cuerpo se negara a cooperar del todo.
-Ahora gira un poco el torso. A la derecha…-dice, señalando.
Miro la dirección, luego lo miro a él.
-Ni de coña-digo.
-¿Te duele?
-Sé que me va a doler. No necesito comprobarlo.
Damián asiente. Se acerca y me toca el costado con cuidado.
-Está inflamado. No insistas. Haré que te den algo para el dolor antes de dormir.
Me relajo un poco y suspiro, mientras él anota cosas en su carpeta. Lo observo en silencio. Su concentración, su manera de anotar sin dudar. No es solo que sepa lo que hace. Es que lo hace por mí.
-Gracias-digo, bajito.
Él levanta la mirada.
-¿Por qué?
-Por estar aquí. Incluso después de una mañana de mierda.
Damián se sienta en su silla, al otro lado del escritorio, cruzando las piernas con ese aire serio que se le da tan bien. Empieza a revisar las anotaciones, el informe, todo con su cara de concentración quirúrgica.
Yo, mientras tanto, aprovecho que está distraído y alargo la mano hacia la mesita. Ahí está: un pequeño cuenco de cristal con caramelos. Cojo uno de fresa, lo más silenciosamente que puedo. Lo desenrollo con cuidado y me lo meto en la boca como si nada.
El sabor dulce explota en mi lengua y no puedo evitar sonreír un poco. Es una tontería, pero después de días de hospital, un caramelo puede sentirse como un premio mayor.
-¿Qué tal el diagnóstico, doc? -pregunto, mirándolo con los ojos entrecerrados, como si pudiera leerle la mente.
Damián levanta la vista desde sus papeles. Me mira desde arriba de sus gafas—si es que las lleva—o simplemente con esa expresión suya que mezcla desaprobación y resignación.
-¿Me has robado un caramelo?
-No. Se ha ofrecido a mí voluntariamente-respondo, dándole una vuelta en la boca con teatralidad.
Él no dice nada por un segundo. Solo me observa, como si se debatiera entre reírse o echarme la bronca.
-El diagnóstico es que sigues delgado, cabezón y desobediente-dice finalmente.
-Vamos, dilo bien. Soy una criatura etérea y dramática en proceso de recuperación-
contesto, dándole un tono exagerado mientras hago un gesto con las manos.
Damián rueda los ojos y deja la carpeta sobre el escritorio.
-Lo que eres es un paciente difícil. Pero vas mejorando. Lento, pero seguro. Si te mantienes así, en unas semanas podrías volver a casa.
-¿Y tú seguirías visitándome? ¿O solo vienes por los informes médicos?
Él me mira. Directo. Sin sonrisa.
-Sigo viniendo porque me importas. Incluso cuando te comes mis caramelos de fresa sin pedir permiso.
Me quedo callado un momento. El dulce en mi boca ya no sabe solo a azúcar.
-Podrías haber dicho que sí, ¿sabes? Me habría sentido menos culpable.
-No quiero que te sientas menos culpable. Quiero que aprendas a pedir.
El espejo del baño devuelve una versión distinta de mí. Estoy más delgado, sí, pero la ropa nueva me da otra sensación. La sudadera amarilla pastel es suave, casi cálida solo con verla, y los vaqueros blancos se me ajustan sueltos, pero cómodos. Hemos tenido que abrir otro agujero al cinturón porque, sinceramente, podría darle dos vueltas. Las Converse, mis Converse, completan el conjunto. No me reconozco del todo, pero… al menos no parezco un enfermo.
-¿Dónde vamos?-le pregunto mientras ajusto el cinturón.
-Al cine&responde Damián desde la puerta, como si fuera lo más lógico del mundo.
-¿A esta hora?
Él me mira, ladeando la cabeza, con una ceja levantada.
-¿No decías que te costaba dormir estos últimos dos días? ¿Y que te aburrías como una ostra?
Me quedo quieto un segundo. Es cierto. Lo dije. Lo pensé. Pero nunca imaginé que él me sacaría a pasear sabiendo que voy al ritmo de un caracol herido. Lo miro de reojo mientras me termina de arreglar.
Está guapo. Mucho. Lleva un jersey de cuello de tortuga azul claro, una chaqueta vaquera negra, vaqueros ajustados del mismo tono y deportivas oscuras. Todo encaja, como siempre. Hasta su forma de mirarme, tranquila pero atenta.
Y aquí estamos.
El cine no está muy lejos. Es uno pequeño, independiente, de esos que sobreviven entre tanto multiplex gracias a la gente que ama de verdad las películas. Tiene una marquesina con letras cambiadas a mano, luces cálidas y un mostrador de madera antigua. Huele a palomitas recién hechas y a nostalgia.
Hay poca gente. Perfecto para alguien como yo, que camina lento y no quiere demasiadas miradas.
-Escoge la peli-dice Damián, acercándose conmigo a la taquilla.
Miro las opciones en cartelera. Hay acción, una comedia francesa, una de terror… y una animación de esas que parecen para niños, pero son para todos los públicos. “No hables con extraños”, se llama.
-¿Seguro?
-Seguro.
No dice nada más. Solo compra las entradas.
En la dulcería, me adelanto a pedir un cubo de palomitas grande, pero él me lo quita de las manos y le pide a la dependienta:
-Unas pequeñas. Y un zumo de manzana.
-¿Palomitas pequeñas? ¿Estamos en una cita o en el colegio?-protesto con una sonrisa.
-Te llenas rápido y después te quejas. Y la cafeína no es una buena opción-responde, mientras paga.
-Qué romántico.
-Estoy cuidando lo que me gusta-dice, con una naturalidad que me deja sin bromas en la boca.
Dentro de la sala, está casi vacía. Asientos de terciopelo granate, un poco gastados, y una pantalla de tamaño mediano. Pero se siente acogedor. Familiar. Me dejo caer con cuidado en la butaca, la sudadera me abriga bien. Damián se sienta a mi lado, pone las palomitas entre nosotros, y me pasa el zumo como si fuera un tesoro.
Las luces se apagan.
Y por primera vez en días, me olvido del hospital, de las pastillas, de la báscula y del espejo.
En cuanto empieza la película y aparece el primer personaje con esa sonrisa sospechosa, me inclino ligeramente hacia Damián.
-Ese tipo claramente es el asesino. Mira esa cara. Tiene cara de “guardo secretos en el sótano”-susurro.
Damián no me mira. Solo asiente muy, muy levemente.
-¿Tú crees que la chica nueva es cómplice o víctima?-susurro minutos después, mientras la pantalla muestra a la protagonista acercándose demasiado a alguien con mirada de tiburón.
-Víctima-dice él, apenas moviendo los labios.
-Yo creo que va a apuñalar a alguien en los últimos cinco minutos. Tiene esa energía pasivo-agresiva de persona que explota en silencio.
Me pasa una palomita. No dice nada, pero su gesto es claro: sigue hablando y te la meto por la nariz.
Pero no puedo evitarlo.
Me gusta hacerle hablar.
Me gusta que esté aquí.
-Vale…ese personaje claramente no va a durar hasta el final-Señalo con la barbilla a un tipo que parece demasiado simpático para sobrevivir-¿Tú también lo ves?
Damián gira apenas el rostro hacia mí. Sus ojos brillan con la luz de la pantalla.
-Minuto cuarenta y cinco. Muere-susurra.
-Apostamos. Si muere en el minuto cuarenta y cinco, tú eliges la película la próxima vez.
-Y si no, tú.
Le tiendo la mano para sellar el trato. Me la estrecha. Firme. Cálida.
A medida que la película avanza, nuestros hombros empiezan a rozarse. Es sutil. Casi sin darnos cuenta, estamos más cerca. Yo susurro algo, él responde con un asentimiento o una palabra. A veces, solo se queda callado y me deja seguir, con esa media sonrisa que apenas se nota.
Por un ratito me quedo callado.
Damián cree que estoy concentrado en la película, pero mi mente ya ha ido a otro sitio. A esas conversaciones sueltas que he tenido con Malla, Jay, Katy… sobre citas, sobre el cine, sobre lo que hace la gente normal a mi edad.
Malla fue clara: "¿Ir al cine? Si te gusta, te lo comes a besos en la fila de atrás. Si no, te centras en la peli y luego le dices que no fue tu estilo."
Jay se rió diciendo que él nunca terminó una película en una primera cita.
Y Katy… Katy dijo algo distinto. "Si la película es buena, me centro. Si la persona también lo es… bueno, me distraigo con gusto."
Pienso en eso. En lo diferente que es esto con Damián. En lo tranquilo. En lo real.
Él no me está empujando a nada. No está invadiendo mi espacio ni esperando movimientos. Solo está ahí. Con las manos sobre las piernas, los ojos en la pantalla, y su respiración acompasada a la mía.
Y por un momento me pregunto si estaría mal dar un paso. Si eso no es justo lo que haría cualquier otro chico en este tipo de cita.
Pero luego me corrijo.
Esto no es cualquier cita.
Es nuestra manera de estar. Y ahora mismo, con la película avanzando, con los hombros tocándose apenas y el eco de sus respuestas en mi oído… tal vez, solo tal vez, no necesito correr.
Aunque sí.
Sería una buena idea.
Muy buena.
Quizá no hoy.
Pero algún día.
Al salir del cine, me estiro un poco, alzando los brazos hacia el cielo oscuro de la noche. Mis huesos crujen en protesta, como si se quejaran de haber estado tanto tiempo en una butaca. Suspiro con discreción. Me duelen un poco las piernas, la espalda… el cuerpo entero, en realidad. Pero no digo nada.
No quiero que Damián lo note.
No quiero que piense que ha sido un error.
Porque si cree que esto me ha hecho daño, probablemente no quiera volver a sacarme hasta que esté completamente recuperado. Y no quiero esperar tanto para sentirme vivo otra vez.
Caminamos hacia el coche. Él abre la puerta del copiloto para mí, como si fuera algo automático. Me meto dentro con cuidado, apoyando la espalda contra el asiento, mientras él rodea el vehículo y se sienta al volante.
-¿Dónde vives?-pregunto, mientras se abrocha el cinturón.
-Tengo un piso en el centro. Pequeño, pero suficiente-dice, encendiendo el motor-Aunque a veces me quedo en casa de mi padre.
-Vaya, piso propio…-murmuro con una sonrisa-Algún día podrías enseñármelo.
Lo digo sin pensarlo mucho. Con el tono de quien comenta el clima o hace una observación inofensiva. Pero apenas termino la frase, me doy cuenta del posible doble sentido.
-¡O sea! No lo digo con ninguna segunda intención-me apresuro a añadir, levantando las manos-Solo… no sé. Me lo imagino minimalista. Ordenado. Un poco como tú.
Damián no dice nada durante unos segundos. Luego me lanza una mirada fugaz, con una ceja ligeramente arqueada, como si estuviera decidiendo si hacer un comentario o no.
-Te lo enseñaré. Un día-dice al final, sin apartar la vista de la carretera-Cuando puedas subir escaleras sin parecer que vas a caerte en cada paso.
-Seguro que tiene ascensor-respondo.
-Sí. Pero hay que subir las escaleras que dan a la entrada
-¿Cuantas son?
-Unas 20
-Puedo subirlas
-No creo.
Entonces, mientras el coche sigue avanzando por las calles medio vacías, Damián rompe el silencio con esa voz suya que no parece pedir, sino exigir con calma.
-¿Cómo te sientes?
-Estoy bien-respondo automáticamente, mirando por la ventana.
Pero él no traga con eso. Jamás lo hace.
-Jonathan.
Suspiro.
-No me llames así.
-Responde-insiste, sin cambiar el tono.
-Ya he respondido.
-Mintiendo-dice sin perder un segundo. Sin rabia. Solo con certeza.
Me muerdo el labio inferior. Miro mis Converse. Me doy cuenta de que estoy jugueteando con los cordones de mi sudadera como si fuera un niño esperando una regañina.
-Vale…-digo al fin, bajando la voz-Quizás estoy cansado. Me duelen los huesos. Me cuesta respirar profundo a veces. Y aún así, cuando estoy contigo, intento parecer que estoy mejor. Porque si tú crees que estoy bien… entonces yo me lo creo también. Aunque no lo esté del todo-Me avergüenzo de mis palabras. Pero bueno de perdidos al río-No quiero que pares de venir. No quiero que te arrepientas de que salgamos. Y tampoco quiero que pienses que me estoy muriendo… aunque sí. Un poco, a ratos, me estoy muriendo.
Silencio.
Luego siento su mano, cálida, posarse sobre mi muslo. No aprieta. Solo está ahí.
Y ese gesto, tan sencillo, me hace sentir menos culpable de no estar bien.
Y yo no la aparto. Ni quiero.
-No me voy a arrepentir de sacarte-dice al fin, con ese tono grave, firme, que a veces suena más a promesa que a palabras-Me arrepentiría si no lo hiciera. Si te dejara encerrado pensando que solo vales cuando estás al cien por ciento.
Trago saliva. Me obligo a mirarlo. Él sigue con la vista en la carretera, pero sé que siente cada palabra que dice.
-No estoy contigo solo porque estés enfermo. Estoy porque quiero estar, Jon. Aunque estés así, aunque camines lento, aunque a veces no hables y otras no te calles.
Una pequeña sonrisa se me escapa por la nariz.
-¿Y si me pongo insoportable?
-¿A que no lo eres ya?
-Pregunta, pero gira la cabeza un segundo para mirarme, y en sus ojos hay algo cálido. Algo real.
-No quiero necesitarte tanto-
susurro, más para mí que para él-A nadie realmente.
-No es necesidad-responde-Es compañía. Es tener a alguien con quien compartir lo que duele y lo que no. Eso no es debilidad, Jon. Es vida.
Nos detenemos en un semáforo. La ciudad está tranquila, como si nos regalara este instante a solas.
-Y si un día no quieres que venga, si un día solo quieres estar contigo mismo…Puedes decirlo. Pero no sigas pretendiendo que estás bien si no lo estás. No conmigo.
Lo miro. Me remuevo un poco en el asiento.
-Me cuesta. Mostrarlo.
-Lo sé. Por eso estoy aquí. No para exigírtelo. Para acompañarte cuando te atrevas.
Me quedo callado. Pero mi mano se mueve y, sin pensarlo mucho, se apoya sobre la suya.
Bajamos del coche y el aire fresco de la noche me acaricia la cara como una advertencia: ya estás cansado, no disimules más.
Damián lo nota. Claro que lo nota. En cuanto cierro la puerta del coche, ya tiene una mano en mi espalda y otra en mi brazo, guiándome con suavidad pero sin dar opción a discusión.
-Yo puedo-murmuro, más por costumbre que por convicción.
-No tienes que-responde sin mirarme.
Caminamos en silencio hasta la entrada del hospital. Pasamos por recepción, donde la mujer de guardia nos saluda con un gesto aburrido, y luego él pulsa el botón del ascensor. Cuando se abren las puertas, entramos y me apoyo en la pared mientras el ascensor sube lentamente.
-¿Dónde vas a dormir esta noche?-pregunto, sin mirarlo directamente.
Él gira apenas la cabeza hacia mí.
-Contigo.
Lo dice como si fuera lo más normal del mundo. Como si no acabara de soltar una bomba.
Yo lo miro unos segundos.
Sus ojos están tranquilos. Seguros.
Y entonces solo pienso: bueno, pues a la mierda.
No lo pienso más.
Me inclino hacia él y lo abrazo. Sin permiso, sin aviso.
Apoyo la frente contra su pecho y dejo que mis brazos lo rodeen, torpemente, con esa necesidad que ya no quiero esconder. Siento su respiración en mi pelo, y su brazo que me envuelve sin dudar.
-Gracias-susurro, apenas audible.
Y él no responde con palabras.
Solo aprieta un poco más. Y eso basta.
Llegamos a la habitación en silencio, pero de ese tipo de silencio que ya no pesa. Cierro la puerta tras de mí mientras Damián deja la chaqueta sobre la silla de siempre, como si este fuera su sitio desde hace semanas.
Me siento en el borde de la cama y suspiro, dejando caer los brazos a los lados mientras observo mis Converse, como si fueran montañas imposibles de escalar.
-¿Me las quitas?-digo con un suspiro dramático-Creo que si me doblo me parto como un viejo jarrón.
Damián me lanza una mirada que dice "¿en serio?", pero ya está arrodillándose frente a mí. Siento su mano rodear mi tobillo con cuidado, y el estómago se me revuelve como un avispero en plena acción.
Me está quitando las zapatillas. Él. Damián. Arrodillado. Como si no fuera la cosa más uuuuf del mundo ahora mismo.
-Era broma-murmuro, sintiendome culpable, justo cuando me saca la primera.
-Yo creo que no tanto-
responde sin levantar la vista.
Y tiene razón.
Quizás no era tanta broma.
Me echo un poco hacia atrás y cojo el pijama que mi madre dejó ayer: cuadros azules y blancos, de manga corta, muy "niño bueno en recuperación". Suspiro teatralmente.
-Ay, la Virgen…
-¿Qué?
-Nada. Solo mentalizándome.
Damián levanta una ceja.
-¿Quieres que me dé la vuelta?
Lo pienso un segundo. Pero luego niego con la cabeza.
-No. Me da igual.
Y es cierto. Me levanto con lentitud, y aunque mi cuerpo se ve más hueso que otra cosa, no siento esa urgencia de esconderme. No con él. Me quito la sudadera y los vaqueros, y me pongo el pijama con movimientos lentos, pero seguros.
Cuando termino, me siento otra vez en el borde de la cama y lo miro.
-¿Qué opinas? ¿Estoy guapo o parezco un mantel de picnic con complejos?
-Pareces alguien a quien voy a abrazar toda la noche-
responde, directo, sin pensarlo.
Y ya está.
A la mierda el orgullo.
Ya no me importa que vea mi cuerpo.
Solo me importa que se quede.
La luz queda en penumbra, apenas la lámpara del cabecero encendida. Me meto bajo las sábanas con cuidado, sintiendo el frescor de las sábanas contra la piel, ese momento exacto en que todo se calma… menos el corazón.
El se mete en la cama conmigo, con ese movimiento limpio y medido, como si incluso eso lo hiciera con precisión quirúrgica.
Nos acomodamos de lado, espalda con pecho, y yo me acurruco sin pensarlo demasiado, dejando que su brazo me rodee por la cintura.
-¿Así está bien?-pregunta, con la voz un poco más suave.
-Ujummm-respondo, cerrando los ojos por un momento.
Hay un silencio cómodo. Su respiración en mi cuello. Su mano descansando sobre mi abdomen, tranquila. Y entonces, no sé por qué, pero se me escapa:
-Espero que no te muevas tanto está noche.
-No me muevo tanto.
-Sí.
-No.
-Sí.
-Ricky no se queja tanto cuando me muevo.
-Ricky es tú fisioterapeuta
-Ricky es el único que me quiere de verdad-Se que su ceja se a subido sin necesidad de verlo.
-¿Perdón?
-Digo, que si tanta queja tienes llamó a Ricky que no se queja.
-Mañana está despedido.
No puedo evitar reírme, y mi risa hace que me tiemble un poco el cuerpo, contagiándolo a él.
-¿Despedido de qué, exactamente?
-De todo-responde con una seriedad tan fingida que me hace reír más-Del hospital, de cualquier pensamiento involuntario que tenga lugar en tu cabeza. Adiós, Ricky.
-Pobre Ricky-bromeo, girando apenas el rostro para mirarlo de reojo.
-Yo llegué primero-responde bajito, casi contra mi oído, antes de besarme suavemente el hombro.
Me quedo quieto un segundo. Sonriendo. Sintiendo.
Y luego cierro los ojos, apretando su mano sobre mi abdomen, sabiendo que esta noche voy a dormir bien.
Muy bien.
Por la mañana, me despierta el sonido suave de unos cordones deslizándose y el leve crujido del suelo bajo unas suelas de goma.
Parpadeo, medio enterrado en las sábanas, con el pijama arrugado y el pelo apuntando en todas direcciones. Me reincorporo un poco y lo veo. Damián, ya casi vestido, se está poniendo sus deportivas. El jersey claro le cae justo por la cintura y su expresión es la de alguien que ya ha tenido tres cafés… y yo no he abierto ni los dos ojos.
-¿Qué hora es?-murmuro, con la voz de ultratumba.
-Las ocho. Quédate en la cama -responde sin girarse.
-¿Las ocho? ¿No es ilegal estar despierto a esa hora sin motivo?
-Es ilegal si te levantas con ese nido en la cabeza-responde, lanzándome una mirada rápida-¿Dormiste bien?
Me estiro, y mi cuerpo me responde con pequeñas punzadas en la espalda, en las piernas… incluso en lugares que no recordaba tener.
-Me siento como si me hubiera atropellado un camión.
-Por lo menos no estas doblado por la mitad-responde con una sonrisa leve.
-Falta que me sellen la tarjeta de “paciente emocionalmente comprometido”.
Él termina de ponerse la chaqueta, se levanta y se acerca a la cama. Me mira con esa expresión de entre ternura y “te dejo pero no por mucho”.
-Después del desayuno vendré a verte-dice, como quien promete algo que no va a fallar.
-¿Y si no desayuno?
-Te arrastro a la cafetería y hago que te den avena sin azúcar-responde, con total seriedad.
-Vale, desayuno. Qué miedo.
Él se inclina entonces, y me da un beso en la frente. Cálido. Silencioso. Casi sagrado.
-Descansa un poco más, Jon.
-No prometo nada-susurro.
-Lo sé-dice, dándose la vuelta hacia la puerta.
Estoy a medio desayuno —pan tostado un poco seco, zumo de naranja algo tibio, y un yogur que me mira con sospecha desde su envase— cuando la puerta se abre sin mucho aviso y Jay entra con esa energía suya que parece no conocer la vergüenza ni el cansancio.
-¡Buenos días, princesa!-dice teatral, dejando su mochila en la silla-¿Te cuento algo o mejor me lo guardo?
-Dilo ya, que si me dejas imaginando seguro es peor-respondo.
Jay se sienta frente a mí, se sirve un poco del zumo sin pedir permiso, y suelta:
-Anoche me acosté con Steven. El de historia contemporánea. En un parking. Y te juro, uno de los mejores polvos de mi vida.
Casi me atraganto con el pan.
-¿Un parking?
-Con el asiento trasero bajado. Ventanillas empañadas. Toda la fantasía-Sonríe como quien ha ganado una medalla.
Lo miro, todavía masticando lento, mientras esa frase me da vueltas en la cabeza.
Uno de los mejores polvos de su vida.
Y yo...
Yo llevo más de seis semanas en este hospital. Sin sentir una piel contra la mía que no sea para una inyección o una revisión médica.
Y hace mucho—mucho—que no me tocan de verdad.
Que alguien me toca con deseo.
Con hambre.
Con amor o sin él… pero con intención.
Sigo comiendo en silencio. Jay me mira de reojo.
-¿Te he dejado traumado?
-No. Solo… un poco celoso.
Jay me sonríe con complicidad.
-Pues ya sabes. Cuando salgas de aquí, recuperamos el tiempo perdido. O hablas con tu médico sexy. Yo no juzgo.
No le contesto.
Solo pienso en la noche del cine. En Damián quitándome las Converse. En su beso en la frente.
Y ahora, el cuerpo empieza a recordármelo.
-¿Me estás diciendo que te gusta Damián?-le suelto con una risita, dejando el yogur a un lado y alzando una ceja.
Jay se encoge de hombros con una sonrisa ladina, como si ya lo estuviera esperando.
-Tú me lo estás pintando como un príncipe azul en WhatsApp -responde, imitando mi tono mientras bebe un sorbo del zumo como si fuera champán-
Que si “me trajo ropa nueva y me llevo no sé dónde”, que si “me quitó las deportivas como en las películas”
que si “me besó la frente y me dijo que iba a volver”. Por favor, Jon. Eso no lo hace un médico. Lo hace un novio en modo romántico nivel enfermería dramática.
Intento mantener la cara seria, pero no puedo evitar reírme por lo bajo.
-Es que…-empiezo, encogiéndome un poco en la silla-No sé....
Jay me mira sin burlarse esta vez. Solo en silencio, con esa mirada suya más afilada de lo que aparenta.
-Estoy seguro de que le molas.
Me quedo callado.
Porque, honestamente, no sé qué responder.
Jay se queda mirándome unos segundos más, como si estuviera pensando algo muy profundo.
-Una duda-dice al fin, apoyando los codos en la mesa con aire serio.
-¿Qué?-respondo, desconfiando de inmediato.
Me lanza esa sonrisa suya de “te voy a decir algo que no quieres oír pero vas a agradecérmelo después”.
-¿Cómo crees que folla ahora?
Casi escupo el zumo.
-¡Jay!-protesto, medio riendo, medio escandalizado.
-¿Qué?-se defiende, alzando las manos-Es una pregunta válida. Llevas semanas aquí fantaseando con el hombre, y yo soy tu amigo, necesito saber si estamos hablando de alguien que besa el cuello y pregunta “¿estás bien?”, o alguien que te agarra del muslo y te deja viendo estrellas.
Me tapo la cara con las manos, completamente rojo.
-Eres lo peor.
-Soy tu conciencia sexual externa-responde, muy serio-Y quiero saber: ¿te lo imaginas más paciente y meticuloso… o más al grano y sin rodeos?
Y lo peor es que… me lo he imaginado. Más de una vez.
Y no tengo ni idea de cuál versión de Damián sería.
Pero ahora mi estómago se revuelve por razones que nada tienen que ver con la comida del hospital.
-No lo sé, Jay-respondo al fin, soltando un suspiro y apoyando los codos sobre la bandeja-No tengo ni idea de cómo sería ahora. No sé si ha cambiado. No sé si sigue siendo…
-¿Como era antes?-me interrumpe, arqueando ambas cejas con una sonrisa de tiburón.
Yo ruedo los ojos, pero sé que no me voy a librar. Jay me conoce demasiado bien.
-Vale-digo, bajando la voz y mirando alrededor como si alguien pudiera estar espiando-Era muy físico. Preciso. Como si llevara un mapa mental de mi cuerpo. Sabía cuándo ir suave, cuándo rápido, y nunca perdía el ritmo.
Jay asiente con aire de experto.
-Eso suena a una puntuación. A ver. Puntúa. Venga. Por posturas. Así, fríamente. Didáctico. Quiero datos, estadísticas, emociones reprimidas.
-¿En serio?
-Jon, cuando estábamos en clases, ese hombre ya tenía cara de “hola, soy un rico que sabe de todo y que folla como Dios”. Tú lo tuviste. Yo tengo curiosidad. Coche.
Me llevo la mano a la cara, negando con la cabeza, pero no puedo evitar soltar una risa.
-Un 7-respondo, mirando el techo como si buscara apoyo celestial-No me gustaba mucho el espacio. Pero él… él sabía hacerlo increíble.
Jay aplaude muy bajito, encantado.
-Muy bien. ¡Coche, siete! Vamos bien. Siguiente categoría: ducha.
-No, no, para ya…
-¡DUCHA!
-…un 9. ¿Feliz?
Jay se lleva la mano al corazón.
-Feliz es poco. Estoy viviendo por esto. Sigue.
Jay se inclina hacia delante con los ojos brillándole como si estuviera entrevistando a una estrella porno y no a su amigo post-hospital.
-Vale, Jon, seguimos. Esto se pone bueno. Quiero sitios y posturas. Vamos por orden y con honestidad brutal.
-¿Puedo decir que esto es profundamente invasivo?-digo, fingiendo indignación mientras tomo un sorbo de zumo.
-Sí, y aún así vas a responder. Siguiente: escritorio.
Suspiro.
- 8.5. No me preguntes por qué.
-Porque las superficies frías inspiran disciplina. Lo entiendo -responde muy serio-Contra la pared.
-9. Y medio. Literalmente me dejaba sin aliento.
Jay silba bajito.
-Vale, ¡excelente puntuación! A ver… en la ducha ya tenemos 9. ¿En el suelo?
-Uh… no tan fan. 6.5. Muy duro. Se te duermen cosas-Jay ríe a carcajadas.
-Vale, esto es oro puro. Siguiente: pierna al hombro.
-¿Qué clase de encuesta es esta?
-La mejor. Pierna. Al. Hombro.
-…10-respondo sin mirar, mientras me sonrojo visiblemente.
Jay se lleva ambas manos a la cara, eufórico.
-¡Sabía que iba a ser un 10! ¡Tiene toda la pinta de ser de los que sujetan fuerte y no te sueltan hasta que tiemblas!
-JAY.
-¡Perdón, perdón! Vale, ya. Última ronda-dice Jay, frotándose las manos como si fuera a sacar una tabla de puntuaciones-Esto se pone serio.
-Jay…-murmuro con una mezcla de risa y vergüenza- Estoy desayunando, ¿puede que haya un poco de respeto?
-Cero respeto. Empezamos. ¿Atado?
-¿Qué?-me atraganto un poco con el yogur.
-Sí, hombre. ¿Alguna vez te ató? Muñecas, cinturón, lo que sea.
-…una vez. Con corbata-Me llevo la cuchara a la boca-Fue raro al principio, pero… 8.
-Con corbata. ¡Ese hombre es de manual de “dominante elegante”! Vale, siguiente: sobre sus rodillas.
-¿Qué clase de perversión tienes tú en la cabeza?
-¡Contesta!
-…10-digo bajito.
Jay golpea la mesa con la palma, como si acabara de ganar el bingo.
-LO SABÍA. ¡Tiene toda la energía de “te pongo ahí y no te mueves hasta que yo diga”!
-¿Quieres que me atragante? Porque lo estás logrando.
-No me interrumpas. Encima de él, montado, mirando a los ojos.
-9. Me sentía poderoso.
-Encima de él, montado, de espaldas.
-7. No podía verle la cara. Me gusta verlo.
Jay se queda un momento en silencio, luego asiente lentamente.
-Poético. Apunta: espejo.
-9.5. Me distraía, pero él lo usaba a su favor.
-Claro que sí. Ese hombre seguro decía cosas tipo “mírate”. Última: manos en la boca para no gritar.
Me quedo quieto. Jay arquea las cejas, esperando.
-10-respondo, sin mirarlo.
Jay suelta un silbido largo, casi reverente.
-¿Sabes qué? Me retiro. Ya está. Este hombre no follaba, coreografiaba.
-¿Puedo volver a desayunar en paz?
-Después de este recital… te lo has ganado.
Pero cuando vuelvo a darle un bocado al pan, tengo las mejillas ardiendo.
Y la cabeza llena de recuerdos.
Más vívidos de lo que esperaba.
Jay se queda unos segundos en silencio, con una sonrisa lenta formándose mientras me observa masticar en paz, creyendo —ilusamente— que la conversación había terminado.
-Podrías ampliar la lista… cama de hospital-dice al fin, bajando la voz con tono conspirativo, como si estuviera urdiendo un plan.
Yo lo miro con cara de ¿en serio?, un trozo de pan a medio camino de la boca.
-No-digo, tajante.
-Vamos, Jon-insiste, apoyando los codos en la mesa, con ese brillo de puro caos en los ojos-Tienes al médico guapo, de confianza, que te ha visto en bata, te ha desnudado sin juicio clínico, te ha quitado las zapatillas… Solo falta el sello de “actividad extracurricular”.
-Jay…-suelto, bajando la voz-Que es un hospital
-¡Ja! Lo dices como si no quisieras. Si Damián se pone serio y te dice “muévete un poco que te voy a tomar la temperatura con otra cosa”, tú te entregas con certificado médico incluido.
-¡JAY!-digo, con los ojos abiertos como platos y luchando por no reírme mientras escupo un poco de zumo de la risa contenida.
-Vamos, imagina: él acercándose, los dos solos, luces bajas, y tú ahí con el pijamita. ¡Estética retro erótica nivel uno!
-¿Estás bien? ¿De verdad?-
pregunto, limpiándome con la servilleta mientras niego con la cabeza.
-Estoy perfecto. Pero tú estás a una semana de que se te olvide el dolor y termines con las piernas alrededor del cuello de tu médico personal.
-Voy a denunciarte-murmuro entre risas.
-Hazlo. Pero antes actualiza tu lista. Y avísame si necesitas puntuación externa.
Y aunque niego con la cabeza, el calor en mis mejillas y ese nudo bajo el ombligo me dicen algo que no puedo ignorar.
Jay tiene razón.
Y la cama de hospital… empieza a no parecer tan neutral.
Después de que Jay se va
—dejándome con la cabeza hecha un campo de batalla hormonal y la bandeja medio vacía—decido que necesito moverme. La verdad es que hoy me encuentro bastante bien. Las punzadas son mínimas, el cuerpo responde mejor, y las pastillas hacen su parte.
Salgo a dar un paseo por los pasillos. Con mi pijama de anciano según Jay. El hospital tiene ese silencio de media mañana, casi reconfortante.
Termino en la sala común, donde hay un par de sillones, una tele encendida en bajo volumen y varias personas leyendo o charlando. Camino lento hasta uno de los sofás y me siento con un suspiro.
Yo me hundo en el sofá cuando veo que han empezado a hablar por el grupo. Por favor no estén hablando de lo que creo que están hablando.
Jay:
Actualización del caso: Jon confesó que pierna al hombro con Damián es un 10. Repito: ¡UN 10! ¡Y solo falta la cama del hospital para completar el tour erótico!
Un segundo después, llegan las respuestas:
Malla:
¿Perdón? ¿Cómo que pierna al hombro? ¿Desde cuándo estamos saltando etapas como si esto fuera un speedrun de “Sexo con mi médico”?!
Kay:
Literalmente llorando. Qué envidia.
PERO también: Jon, cuida tu espalda antes de entregarte como una ofrenda divina, ¿vale?
Malla:
Y si lo haces, avisa. Quiero ver cómo cambia el brillo de tu cara en las videollamadas.
Jay:
Estoy orgulloso. Está a punto de hacerse un TAC del alma.
Miro la pantalla con los ojos en blanco, aunque una sonrisa traicionera me nace. Me llevo la mano a la cara, y escribo:
Jon:
¿Pueden no comentar mi vida sexual como si fuera un episodio especial de Netflix?
Jay:
Demasiado tarde. Ya estamos en la segunda temporada. Y está buenísima.
Y aunque me haga el indignado, no puedo negar que me siento un poco más…
vivo.
Incluso con toda la vergüenza.
Me quedo en el sofá un rato más, dejando que la televisión me haga de ruido de fondo. Es un programa cualquiera, algo de reformas de casas o concursos de cocina, ni siquiera presto atención. Me hundo un poco más en el cojín y saco el móvil.
Revisar redes sociales ya es parte del protocolo: ver qué hace el mundo mientras yo me tomo el tiempo para seguir curándome.
Historias, memes, vídeos tontos… gente saliendo, riendo, bailando.
Y yo aquí, con mis vaqueros flojos y el pijama de cuadritos aún en la mochila.
Entonces, vibra la pantalla.
Conner.
[13:47]
Ey, hermano. ¿Cómo vas hoy? ¿Todo bien?
Sonrío un poco.
Me apoyo mejor en el respaldo del sofá antes de contestar, los dedos ya escribiendo con más fluidez de lo que pensaba.
Jon:
Hoy bastante bien. Me duele poco, las pastillas ayudan y salí a dar un paseo. Incluso sobreviví a Jay, que ya es decir mucho.
Unos segundos y llega la respuesta.
Conner:
¿Sobreviviste a Jay? Héroe nacional.
Me alegro mucho, de verdad.
¿Has hecho algo divertido o solo estás dejando que la vida te abrace despacito?
Miro alrededor. La gente, la luz tenue del hospital, el zumbido suave de la tele.
Jon:
Ambas cosas. Estoy dejando que me abracen… pero con algunas risas extra que no estaban en el guion.
Conner:
Eso suena a progreso emocional y a que me debes detalles cuando nos veamos.
Y sí, probablemente sí.
Pero por ahora, me basta con este momento.
Con sentir que el día, por una vez, no me pesa.
Sigo con mi paseo, aún con el móvil en la mano, respondiendo a Conner con algún emoji perezoso y una broma más. El cuerpo me responde con lentitud, pero algo en mí pide movimiento. Como si estar quieto ahora empezara a pesar más que el dolor.
Doy la vuelta por uno de los pasillos menos transitados y hago una parada en los baños. Entro directo al cubículo, más por rutina que por urgencia. El sonido de la puerta cerrándose me aísla un poco del resto del hospital. Estoy terminando de arreglarme la ropa cuando escucho la puerta abrirse.
Dos voces.
Las reconozco. No recuerdo los nombres, pero sé que son enfermos.
-Que te digo que sí, tío. Belén lo dijo tal cual.
-¿Pero qué dices? ¿Damián, el de planta 2?
-Sí, ese. Que follaron en su despacho. Lo dijo ella misma. Que fue increíble.
Me quedo inmóvil.
Un zumbido me recorre los oídos.
Belén.
La imagen se forma en mi cabeza. La rubia de ojos verdes que me sacó sangre hace unos días. Sonriente, profesional, con uñas perfectamente pintadas y un perfume dulce.
Ella lo dijo.
Una punzada me atraviesa el pecho. No es física. Es ese tipo de dolor que te agarra desde dentro, como si alguien presionara justo donde estás intentando sanar.
Me quedo quieto, en silencio, hasta que los dos se van riendo, soltando alguna broma más entre ellos.
Cuando salgo del cubículo, me lavo las manos sin mirarme al espejo. No quiero ver mi cara ahora mismo. Me duele el pecho. La cabeza da vueltas.
¿Y de verdad si Damián solo está conmigo por pena?
Porque quizás también se siente mal por lo que me hizo.
Pero…
También puede ser un bulo.
Una exageración. Una conversación sacada de contexto.
Belén podría estar mintiendo. O hablando de algo viejo.
O inventando para llamar la atención.
Damián no es perfecto, pero… ¿haría eso?
No lo sé.
Y esa duda —esa sombra pequeña— se instala justo donde antes había algo parecido a confianza.
Salgo del baño con el nudo aún en el pecho, la cabeza algo baja y las manos hundidas en los bolsillos de mi pijama. Me siento más frágil que hace una hora. Más liviano, pero no de forma buena. Como si algo se hubiera soltado dentro.
Doblo la esquina hacia mi habitación, y justo entonces se abren las puertas del ascensor.
Y ahí está él.
Damián.
Sale con paso firme, su bata blanca de médico abierta sobre el uniforme azul, el fonendoscopio colgando del cuello, una carpeta bajo el brazo y el móvil entre los dedos…hasta que me ve.
Entonces su rostro se suaviza.
Sonríe.
-Ey-dice, acercándose-Justo iba a verte. ¿Cómo te sientes?
Lo miro.
En pijama, en pantuflas y con vete a saber que cara .
Y sin embargo, él me mira como si siguiera siendo interesante. Como si no notara todo lo que me falta por dentro.
-Estoy…caminando. Dándome vueltas por ahí-respondo, fingiendo que no me tiembla un poco la voz.
-¿Te duele algo?-pregunta al instante, con ese tono entre preocupado y profesional.
-Solo un poco la cabeza-
miento. Porque decirle la verdad me dolería más.
Él asiente, con esa mirada rápida que evalúa todo con un segundo. Y entonces me dice:
-Vamos.
Mientras caminamos juntos por el pasillo, uno al lado del otro, con sus pasos seguros y los míos algo más lentos, la pelea empieza.
Pero no con él. Conmigo.
No le digas nada. No es asunto tuyo. No tienes derecho a preguntar. Ni siquiera sois nada. ¿O sí?
Pero la punzada sigue ahí. Justo en el centro del pecho. Como una astilla que no deja de rozar.
¿Y si es verdad? ¿Y si Belén no mintió? ¿Y si esto que tienes con él no es más que un consuelo temporal?
Lo miro de reojo.
Está tan tranquilo. Profesional. Seguro.
Aprieto los labios.
Me sudan las manos dentro de los bolsillos del pijama.
Podrías preguntarle. Con vergüenza, con cuidado. Podrías soltarlo como quien tira una piedra al agua y espera que el reflejo diga algo. O podrías tragarlo. Olvidarlo. Fingir que no te importa lo que hizo antes de ti. Que no te afecta. Que no te atraviesa.
Pero claro que me atraviesa.
Y no sé qué da más miedo:
preguntar y que sea verdad…
o callar y quedarme con la duda.
Mis pasos se detienen apenas medio segundo. Damián gira la cabeza hacia mí, extrañado.
-¿Todo bien?
Asiento rápido. Camino de nuevo.
Al llegar a la habitación, entro primero y me siento en el borde de la cama. Respiro hondo, como si necesitara estabilizarme antes de seguir. Después me deslizo hacia el centro del colchón, cruzo las piernas sobre el pijama de cuadritos, y observo cómo Damián se acerca a la mesita donde las enfermeras han dejado sus anotaciones.
Él hojea la carpeta con atención, haciendo pequeños gestos con la ceja cada vez que ve algo que no le convence.
Entonces habla, sin apartar la vista.
-Veo que has desayunado bien.
-Sí. Y no lo he vomitado. Punto extra.
Él suelta una especie de media risa, como si quisiera esconderla, y anota algo en silencio. Yo lo observo. Lo escucho respirar. Lo veo mover el bolígrafo con precisión. Y vuelvo a pensar.
Él me dice cosas bonitas.
Me toca con cuidado.
Me cuida como si importara…
Pero ya sabemos que de eso no siempre se puede fiar uno.
La gente también es amable mientras miente. O mientras se siente culpable. O mientras le aburre la soledad.
A la mierda.
-Damián-digo de golpe, antes de darme tiempo a arrepentirme.
Él levanta la mirada al instante, atento.
-¿Sí?
Trago saliva. No sé cómo decirlo sin que suene a celos, o a inseguridad, o a locura.
Pero igual lo digo.
-¿Te acostaste con Belén?
Damián se queda quieto.
No baja la mirada. No parpadea. Solo me observa, como si midiera con precisión cada palabra antes de soltarla. Como si entendiera exactamente el peso que tiene esa pregunta en mi voz.
-Sí-dice al fin, despacio, sin rodeos.
Mi estómago se encoge. Aunque lo había imaginado, aunque había preparado el cuerpo para ese golpe… duele.
Pero él no se detiene ahí. Da un paso hacia la cama, deja la carpeta sobre la mesita y se cruza de brazos, como si necesitara anclarse para decir lo que viene.
-Fue hace meses. Antes de que tú estuvieras aquí. Fue algo puntual. No una historia. No un “algo más”. Fue sexo entre dos adultos que no estaban buscando nada. Ella lo ha contado, supongo-añade, con un gesto cansado-Porque le gusta sentirse especial por tener algo mío.
Lo miro. No sé qué cara estoy poniendo. Pero no debe ser una buena, porque Damián se acerca un poco más.
-No me escondo, Jon. No te voy a mentir. Pero también quiero que entiendas algo. Lo que tuve con ella no tiene nada que ver con lo que tengo contigo. Nada. Ni en fondo, ni en forma.
Mi garganta está seca. Bajo la mirada a mis piernas cruzadas.
-Y entonces… ¿esto qué es?
Él se agacha un poco, apoyando una mano en la cama. Su voz es firme, pero baja, como si me hablara solo a mí. Como si el mundo desapareciera un segundo.
-Esto es alguien que te quiere Que se queda cuando podrías pedirle que se vaya. Que se mete en tu cama no para follarte, sino para abrazarte. Que te ve frágil y piensa que eres fuerte.
Silencio.
Un suspiro en mi pecho.
-Y si algún día quieres que sea más que eso-añade, mirándome a los ojos-Solo tienes que decírmelo tú.
-¿Sabes lo que quiero hacerte ahora mismo?-me dice Damián, con la voz más baja que nunca, tan cerca que casi puedo sentir el calor de sus palabras en mi cuello.
Siento vértigo en el estómago. Un salto, como si mi cuerpo respondiera antes que mi cabeza.
Sus ojos no se apartan de los míos. Y entonces su mano —esa mano suya, firme, segura, que tantas veces me ha tocado con cuidado clínico— sube desde mi rodilla, lenta, como si me diera tiempo a detenerla si quisiera.
No lo hago.
Ni siquiera parpadeo.
Su palma se desliza por mi muslo, acariciando sobre la tela fina del pijama, y se detiene justo al filo.
No sube más.
Solo se queda ahí.
Marcando el límite.
Y encendiendo todo.
Mi garganta está seca. Y sé que mi respiración ya no es tan controlada.
Mi voz sale más baja de lo que quería:
-¿Y… qué quieres hacerme?
Damián inclina apenas la cabeza, como si se divirtiera viendo cómo tiembla el borde entre el deseo y el autocontrol.
-Todo-responde-
Con las manos. Con la boca. Con tiempo. Sin prisa.
Y con la certeza de que vas a recordarlo durante días.
Mi cuerpo se tensa, mi piel se eriza, y mis dedos se aferran a las sábanas.
-Entonces hazlo-murmuro, apenas audible.
Pero él niega. Lento. Deliberado.
Sus dedos aprietan un poco más el muslo, pero no cruzan el borde.
-No.
-¿Por qué?
Él se acerca lo suficiente como para que su frente casi toque la mía.
-Porque quiero hacerlo cuando estés bien. Cuando no tengas dolor. Cuando me mires sin dudas ni sombra.
Y ahora, Jon…-susurra contra mis labios, sin llegar a tocarlos-no pienso hacerlo.
Siento mi pecho subir y bajar. El corazón latiendo contra mi costado como si intentara escapar.
Y él ahí. Quieto. Firme.
El hombre que podría tenerlo todo… y decide esperar.
Y eso, de alguna manera, me incendia más.
Lo que sí hace, después de todo ese fuego contenido, es inclinarse de golpe y darme un piquito rápido en los labios.
Un roce fugaz. Casi burlón.
Como si dijera: te prometo el banquete… pero por ahora, solo una probada.
Yo me quedo quieto.
Congelado.
Y él ya se está alejando, como si nada hubiera pasado, volviendo a la mesita y tomando la carpeta con la misma naturalidad de quien revisa la tensión arterial. Como si no acabara de tocarme el alma y luego se hubiera ido a leer estadísticas.
-Tu presión está bastante estable-murmura, sin mirarme, pasando página.
Y yo solo pienso: esto es culpa de Jay.
Ese maldito.
Me revolvió las hormonas, me hizo recordar cosas que tenía enterradas y encima me metió ideas en la cabeza.
Y ahora, mi cabeza va a mil.
Mi cuerpo también.
Y yo aquí, sentado en pijama, con las piernas cruzadas…y un beso tan corto que me dio más hambre que alivio.
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