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𝗼𝘁𝗮𝗸𝘂 𝗵𝗼𝘁 𝗴𝗶𝗿𝗹 𖹭.ᐟ milklove

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bbyblu

El corazón de Milk latía tan fuerte que temía que se le saliera por la boca. Caminaba de un lado a otro en su habitación, pasándose los dedos por el cabello, mordiéndose el labio, murmurando frases que no terminaba de ensayar del todo.

La guitarra estaba allí, recostada en la silla. La hoja con los acordes doblada encima de la cama. Su plan no tenía estructura, no había guión, no tenía garantías. Solo sentimientos, puros y desordenados.
Y una canción.

Cuando el timbre sonó, Milk se congeló. Tragó saliva. Respiró profundo. Fue a abrir.

Love estaba ahí, en la puerta, con su mochila pequeña y esa sonrisa que parecía hacerle olvidar todo lo demás.

─Hola ─dijo, bajito.

─Hola... pasa.

Love entró, mirando alrededor. Ya había estado antes, pero hoy se sentía diferente. Como si el aire llevara electricidad, como si todo estuviera esperando.
Se sentaron en la alfombra, como siempre hacían, con un par de latas de soda y las piernas cruzadas. Pero ninguna de las dos abría la boca. El silencio era una broma tensa y tímida.

Hasta que Milk rompió la barrera.

─Love... hay algo que quiero decirte. No... no sé cómo va a salir. Así que perdón si lo digo raro.

Love la miró, los ojos abiertos, atentos.

─No me gustas desde hace mucho tiempo ─dijo Milk, de golpe. Luego frunció la cara─. Espera, eso sonó mal. Me gustas. Desde hace un montón. Solo que no supe cuándo empezó. Y no es como que me di cuenta un día de golpe. Es que, de repente, todo lo que hacías se volvió mi parte favorita del día.

Love abrió los ojos un poco más, con las mejillas ya ardiendo.

─Y te he estado ayudando con... esa chica, porque pensé que si yo no era tu tipo, al menos podía ser tu amiga. Podía ayudarte a ser feliz. Aunque me partiera un poquito por dentro.
Y soy rara, lo sé. Me emociono con cosas que a nadie le importan. Me obsesiono con tonterías. Y tengo miedo de que me digas que no. Pero...

Se puso de pie de un salto, fue por su guitarra y regresó con la respiración agitada.

─Soy una perdedora, ya lo sé. Pero aprendí esto para ti.

Love la miró con el alma en los ojos, sin moverse.

Milk rasgó las cuerdas con manos temblorosas. La voz le salió baja, temblorosa. Pero dulce. Tan dulce como solo ella podía serlo.

"I don't wanna be your friend... I wanna kiss your lips."
"I wanna hold your hand, I wanna make you laugh."

Solo tocó un pedazo, suficiente para que las palabras flotaran entre ellas.

Cuando dejó de tocar, levantó los ojos.

Love no decía nada. Solo la miraba con la boca entreabierta, roja como una amapola, los ojos vidriosos. Y entonces, sin decir nada todavía, fue hasta ella, se arrodilló frente a Milk y le sostuvo la cara con ambas manos.

─Milk...

─¿Sí?

─Yo también te quiero. Así, como eres. No hace falta que seas otra persona para que te elija.

Milk la miraba sin entender del todo, como si sus palabras fueran magia que aún no sabía cómo procesar.

─No necesito que seas una chica popular, ni una chica fiestera, ni nada de eso. A mí me gustas tú. Tú, con tus animes, con tus historias, con tus ojos tristes a veces, con tus sonrisas torpes. Y nunca, nunca voy a decirte que te calles cuando hables de lo que te gusta.

Entonces, fue Love quien la besó primero. Un beso suave, tierno. Con sabor a alivio, a fin de los miedos.

Y Milk la abrazó con fuerza, las guitarras olvidadas en el suelo, y le devolvió el beso con desesperación dulce. Uno largo. Luego otro, y otro. Se separaban apenas para respirar, para reírse bajito, para mirarse con adoración. Y luego volvían a besarse. Lentas, torpes, pero felices.

Las manos de Milk acariciaban las mejillas de Love como si fueran frágiles.

Las de Love estaban en su cintura, sosteniéndola con un cariño que no necesitaba palabras.

─¿Ahora sí puedo decirle al mundo que eres mi novia? ─susurró Milk, con la frente pegada a la suya.

─Claro que sí. Pero primero bésame otra vez.

Y Milk lo hizo. Una, dos, diez veces. Hasta que el sol comenzó a bajar por la ventana, y el mundo dejó de existir para ellas. Solo quedaban dos chicas, con las mejillas rojas, los corazones desbordados, y una certeza brillante en el pecho:

Habían elegido amarse así, sin cambiar nada.

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