05
El café de Milk sabe diferente hoy. Tal vez porque lo bebe con más calma, saboreando no solo la mezcla de leche y espresso, sino también la victoria de haber mantenido una conversación casi normal con Love. Da un sorbo final y mira el vaso de cartón vacío, donde su nombre —escrito con letra redonda y un pequeño corazón dibujado por Love— le hace sonreír sin querer.
─¿Ya te vas?
La voz de Love la hace girar sobre sus talones. La pastelera está en la puerta de la pastelería, con un delantal manchado de harina y las mejillas sonrosadas por el calor de los hornos. Milk siente que el vaso se le resbala de las manos, pero lo atrapa en el aire con un movimiento torpe.
─¡Sí! Digo, no. Bueno, iba a… caminar un poco. ─Mentira. Su plan era irse directamente a casa y analizar cada segundo de su interacción como si fuera un código secreto.
Love se acerca, balanceándose ligeramente sobre las puntas de los pies. Hay algo en su mirada que Milk no logra descifrar: ¿timidez? ¿Diversión?
─Es que…─Love juega con el borde de su delantal─. Horneé de más unos croissants de almendra y no quiero que se echen a perder. ¿Te gustaría llevarte uno?
Milk parpadea. ¿Es esto una invitación? ¿Una trampa para que siga haciendo el ridículo?
─Claro ─responde, demasiado rápido.
Love sonríe y desaparece dentro de la pastelería, dejando a Milk con un latido acelerado y la certeza de que, en cualquier momento, Ciize aparecerá para burlarse de ella. Pero cuando Love regresa, no trae un croissant en una bolsa… sino dos, junto con dos tazas de chocolate caliente.
─En realidad ─dice Love, mirándola con complicidad─, pensé que podríamos compartirlos. Si no tienes prisa.
Milk abre la boca, pero las palabras se le atoran. ¿Acaba de ser invitada a una cita informal por la chica más dulce del universo?
─No tengo prisa ─logra decir, aunque su voz suena como si la hubieran estrangulado.
Love señala una pequeña mesa en la esquina, lejos del mostrador (y de Ciize, que observa la escena con una ceja levantada). Milk la sigue, sintiendo que cada paso es un acto de fe. Cuando se sientan, Love parte el croissant por la mitad y le ofrece un pedazo.
─Prueba ─dice, inclinándose hacia adelante como si compartieran un secreto─. Es mi receta secreta.
Milk muerde el croissant y, por primera vez desde que llegó a la ciudad, no hace algo embarazoso. El sabor es perfecto: crujiente, dulce, con un toque de almendra que le hace cerrar los ojos un segundo.
─Está increíble ─admite, sinceramente.
Love sonríe, satisfecha, y toma un sorbo de su chocolate.
─Sabía que te gustaría ─dice─. Eres muy expresiva cuando comes.
Milk se sonroja. ─¿Eh?
─La otra vez, con el cupcake. Parecías a punto de llorar de felicidad ─Love ríe, y el sonido es tan cálido como la bebida entre sus manos─. Es lindo.
Milk está segura de que su cara ahora coincide con el tono de las fresas que decoran los pasteles. ─Ah… gracias, supongo.
El silencio que sigue no es incómodo, pero Milk lo rompe de todas formas, impulsada por un repentino ataque de valentía:
─Oye, Love… ¿Por qué me invitaste a esto?
Love la mira, jugueteando con su taza. ─Porque… ─Hace una pausa dramática─. Necesitaba ver si eras igual de torpe con los croissants que con las galletas.
Milk abre la boca, indignada, pero Love estalla en risas y, sin pensarlo, Milk se une a ella.
Y en ese momento, entre migajas de croissant y risas ahogadas, algo cambia.
O tal vez, solo tal vez, siempre estuvo ahí.
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