𝗶 𝗹𝗼𝘃𝗲 𝘆𝗼𝘂 𝗮𝗻𝗱 𝗺𝗲 𖹭.ᐟ milklove
parte dos
El top deportivo de Film es de un rojo tan intenso que duele mirarlo. No es un detalle menor, y Love lo registra con la misma precisión con la que registra la luz de la mañana entrando a raudales por los ventanales del gimnasio, el sudor que ya brilla en la frente de los primeros clientes, y la mano de Milk señalando algo en el cronómetro de pared. Todo entra por sus ojos a la vez, un torrente de información que su cerebro procesa con la velocidad de quien lleva semanas entrenándose en el arte de la hipervigilancia.
Se detiene en la recepción. Gap le ofrece una toalla de cortesía, pero ella la rechaza con un gesto ausente. Su atención está dividida entre la figura de su novia y la de la chica del top rojo que estira los brazos sobre la cabeza como un gato al sol. Film no mira a Love. Mira a Milk. Y sonríe.
─Buenos días, señorita Limpatiyakorn ─saluda Gap, ajeno a la batalla silenciosa que se libra a tres metros de su mostrador.
─Buenos días, Gap ─la voz de Love sale más tensa de lo que pretendía. Carraspea y se obliga a añadir─: ¿Hay mucho movimiento hoy?
─Lo habitual para un jueves. La clase funcional de las nueve está llena, y las cintas de correr también. ¿Necesita algo? ¿Un café?
─No, gracias. Voy a la oficina.
Pero no va a la oficina. No de inmediato.
Se queda de pie junto al mostrador de recepción, con el bolso de Hello Kitty colgando de un hombro y la diadema de perlas un poco torcida. Lleva un conjunto color melocotón: falda plisada, blusa de manga abullonada, bailarinas con un lacito en la puntera. Parece un caramelo en medio de una fundición, y es consciente de ello. No le importa. Lo que le importa es lo que está ocurriendo en la zona de pesas libres.
Milk ha terminado de dar instrucciones al grupo de la mañana y se dirige hacia la máquina de remo. No, corrige Love mentalmente, se dirige hacia Film, que casualmente está en la máquina de remo. El encuentro parece casual, pero Love ya no cree en las casualidades cuando se trata de esa chica.
Observa.
Milk se detiene junto a la máquina. Film deja de remar y se incorpora. Intercambian palabras. Milk asiente, señala la pantalla, dice algo que hace reír a Film. Una risa demasiado sonora, demasiado abierta, demasiado cerca del brazo de Milk.
Del antebrazo izquierdo, para ser exactos.
Donde anoche Love colocó a Pompompurin vestido de mago.
No puede verlo desde aquí, pero sabe que sigue ahí. Sabe que resistió la ducha matutina, sabe que Milk se lo mira de reojo cada vez que cree que nadie la observa. Es su marca. Su territorio. Y esa chica lo está tocando sin saberlo, está invadiendo un espacio que no le pertenece, que nunca le pertenecerá.
Film alarga la mano y roza el hombro de Milk.
Love siente un clic en el pecho, como el gatillo de una pistola de juguete. No es un disparo. Todavía no. Pero el mecanismo está armado.
─Señorita Limpatiyakorn, ¿se encuentra bien? ─la voz de Gap la sobresalta. Él la mira con genuina preocupación, la cabeza ladeada como un cachorro.
─Perfectamente ─miente Love─. Voy a la oficina.
Esta vez lo cumple.
Recorre el pasillo con pasos cortos y rápidos, la falda plisada ondeando tras ella como una vela enfurecida. Cierra la puerta de la oficina con más fuerza de la necesaria, se deja caer en el sillón de cuero y apoya la frente sobre el escritorio de madera oscura.
Respira.
Inspira. Espira. Inspira. Espira.
El aroma a lavanda de las flores secas le llega en oleadas tenues. Es su propio olor, el que eligió para esta oficina con la esperanza de suavizar el mundo de Milk. Ahora es a ella a quien necesita suavizar.
─No es para tanto ─susurra contra la madera─. Solo le ha tocado el hombro. Es una clienta. Las clientas tocan a las entrenadoras. Es normal. Es normal. Es normal.
Repetirlo no lo hace más verdadero.
Se incorpora, se alisa la falda y saca la tableta del bolso. Intenta trabajar. Las rutinas de pilates de la semana que viene necesitan ajustes, y tiene tres correos sin responder de clientas que quieren sesiones privadas. Pero cada vez que escribe una palabra, su mente regresa al top rojo de Film. A su risa. A su mano.
Al hombro de Milk.
Abre la bolsita de stickers que siempre lleva consigo. Es un gesto automático, casi un reflejo de autodefensa. Los dedos rebuscan entre los personajes holográficos hasta encontrar lo que busca: Kuromi. La conejita blanca de gorro negro con una calavera diminuta. La que parece mala pero es un amor. La misma que anoche le pegó a Milk en la espalda.
Despega el sticker con cuidado y lo sostiene entre el pulgar y el índice. Lo mira fijamente, como si Kuromi pudiera darle algún consejo.
─Tú entiendes ─le dice en voz baja─. Tú también pareces algo que no eres.
Kuromi no responde, obviamente, pero su sonrisa traviesa le infunde una determinación nueva.
Love guarda el sticker en el bolsillo de su falda y vuelve a la tableta con renovada concentración. Va a esperar. Va a observar. Y cuando sea el momento, va a actuar.
. . .
La mañana se arrastra como melaza fría.
Love permanece enclaustrada en la oficina durante casi dos horas, alternando entre el trabajo real y las visitas furtivas al ventanal de vidrio esmerilado. Desde allí puede ver el gimnasio sin ser vista, un privilegio del que se aprovecha sin pudor. Observa a Milk moverse entre las máquinas con la elegancia de una pantera, corrigiendo posturas, ajustando cargas, asintiendo con esa autoridad silenciosa que tan bien le sienta. Observa a los clientes, a los entrenadores, a Gap en la recepción. Y, sobre todo, observa a Film.
La chica del top rojo no se ha ido. Lleva más de dos horas en el gimnasio, lo cual es excesivo incluso para una entusiasta del fitness. Ha pasado del remo a las poleas, de las poleas al press de banca, del press de banca a la zona de estiramientos. Y cada vez que Milk pasa cerca, Film dice algo. Cada vez, sin excepción. Un comentario, una pregunta, una risa. Pequeñas peticiones de atención que se acumulan como gotas de lluvia en un vaso.
Love siente que el vaso está a punto de rebosar. A las once y veinte, ocurre lo que tanto temía.
Milk está junto a las cintas de correr, revisando el parte de incidencias con una de las entrenadoras. Film se acerca por detrás, con la excusa perfecta de ir hacia los vestuarios, y al pasar le roza la espalda con la mano. Un roce breve, sutil, que podría ser accidental si no fuera porque Film gira la cabeza para mirar a Milk mientras lo hace, esperando una reacción.
Milk no se inmuta. Ni siquiera se gira. Sigue hablando de incidencias y mantenimiento, ajena al contacto, ajena a la intención.
Pero Love no es ajena.
Se aparta del ventanal, agarra su bolso de Hello Kitty y sale de la oficina con la determinación de quien va a librar una batalla silenciosa.
. . .
Encuentra a Milk en la zona de peso libre, cargando discos en una barra de sentadillas. Está de espaldas, los hombros tensos bajo la tela de la camisa blanca, los antebrazos al descubierto con las mangas arremangadas. Los tatuajes serpentean bajo la piel, y entre ellos, casi camuflados, destellan los stickers de anoche: Pompompurin, My Melody, Keroppi.
No han sobrevivido todos. My Melody está un poco arrugada en una esquina, ha perdido parte del brillo holográfico. Pero ahí sigue. Firme.
Love se acerca sin hacer ruido, una habilidad que ha perfeccionado con los años. Cuando está justo detrás, saca el sticker de Kuromi del bolsillo y lo despega con un movimiento rápido. Milk está agachada para ajustar los seguros de la barra, concentrada en la tarea, y no la oye llegar.
El sticker aterriza en la nuca de Milk.
Justo sobre la piel, donde el cabello se recoge en la coleta y deja expuesta una franja vulnerable. Kuromi se instala allí como un centinela, su sonrisa traviesa apuntando hacia el gimnasio, hacia las clientas, hacia Film.
Milk se incorpora de golpe, sorprendida.
─¿Love? ─su mano sube instintivamente hacia la nuca, pero Love la detiene con un toque en la muñeca.
─No te lo quites ─ordena, con una dulzura que no admite réplica. Milk parpadea. Sus dedos se apartan de la nuca, obedientes.
─¿Es un sticker?
─Kuromi.
─Ah. ─Milk se gira por completo, y su expresión es una mezcla de diversión y desconcierto─. ¿Y por qué en la nuca?
─Porque desde ahí vigila.
─¿Qué vigila?
Love no responde. Mira a Milk a los ojos, sostiene su mirada durante tres segundos que se estiran como chicle, y luego se pone de puntillas para besarle la barbilla.
─Vigila lo que tiene que vigilar ─dice por fin─. ¿Vamos a comer algo? Tengo hambre.
Milk entrecierra los ojos, pero no insiste. Conoce a Love lo suficiente para saber que cuando está así -con esa mezcla de fragilidad y terquedad-, es mejor no presionar. Las palabras llegarán, siempre llegan, pero a su ritmo.
─Claro, conejita ─dice, y se limpia las manos en una toalla─. Dame cinco minutos para terminar aquí y vamos a la cafetería.
. . .
Compran sándwiches y batidos en la barra del gimnasio y se sientan en la misma mesa de la mañana anterior. Love ha pedido un batido rosa de fresa y plátano; Milk, uno verde de espinacas y manzana que sabe exactamente igual de mal que todos los batidos verdes del mundo.
─No sé cómo bebes eso ─comenta Love, arrugando la nariz.
─Disciplina.
─Disciplina es hacer algo aunque cueste. Torturarse es otra cosa.
Milk sonríe y da otro sorbo a su mejunje verde sin inmutarse. Luego mira a Love con atención, la barbilla apoyada en la palma de la mano.
─¿Estás bien? ─pregunta, y no es una pregunta casual. Es una pregunta que pesa.
Love remueve su batido con la pajita, dibujando remolinos rosa pálido.
─Sí.
─Conejita.
─¿Qué?
─Que te conozco.
Silencio. La pajita sigue removiendo, removiendo, removiendo. El batido ya está perfectamente mezclado, pero Love no puede parar.
─Esa chica ─dice al fin, y su voz es casi un susurro─. Film. Hoy llevaba un top rojo muy... llamativo. Y te ha tocado el hombro. Y la espalda. Y no sé, es como si estuviera buscando excusas para rozarte todo el tiempo.
Milk no se ríe. No le quita importancia. Simplemente asiente, despacio, como si estuviera procesando la información.
─No me había dado cuenta ─admite─. Pero si es así, no significa nada. Ya te lo dije ayer: es una clienta más.
─Lo sé.
─¿Lo sabes de verdad o solo lo dices?
Love levanta la vista del batido. Los ojos le escuecen, pero no va a llorar. No aquí, no ahora.
─Las dos cosas ─confiesa─. Lo sé de verdad y lo digo. Pero saberlo no hace que me guste verlo.
Milk alarga la mano sobre la mesa y la ofrece, palma hacia arriba. Una invitación. Love la acepta y entrelaza sus dedos con los de Milk, sintiendo el frío de los anillos de plata contra su piel caliente.
─Mi conejita celosa ─murmura Milk, pero no hay burla en sus palabras, solo una ternura infinita─. Mira, voy a hacer algo. A partir de ahora, las sesiones de estiramiento y las consultas personalizadas las va a llevar Namtan, no yo. Si Film necesita algo, que se lo pida a ella. ¿De acuerdo?
─No tienes que hacer eso ─protesta Love, aunque una parte diminuta y egoísta de su corazón está dando saltos de alegría─. No quiero que cambies tu forma de trabajar por mí.
─No lo hago por ti. Lo hago por mí. Quiero que estés tranquila cuando vienes al gimnasio. Este sitio también es tuyo.
Love baja la mirada hacia sus manos entrelazadas. Los anillos de Milk, sus nudillos marcados, las uñas cortas y limpias. Y en la muñeca, asomando bajo el puño de la camisa, el borde amarillo de Pompompurin.
─Vale ─dice, con una sonrisa que le nace desde el pecho─. Gracias.
─No me las des. Ven aquí.
Milk tira de su mano y Love rodea la mesa para sentarse en su regazo, algo que normalmente nunca haría en público porque le da vergüenza, porque las clientas miran, porque la dueña del gimnasio debería mantener las apariencias. Pero hoy no. Hoy necesita ese contacto. Se sienta de lado, apoya la cabeza en el hueco del hombro de Milk y cierra los ojos.
La camisa blanca huele a suavizante y a algo más profundo, a la esencia misma de Milk. Love inspira hondo y por un momento todo está bien. Film no existe. El top rojo no existe. Solo existe este refugio de músculo y tela y stickers ocultos.
─Kuromi en la nuca ─murmura Milk contra su pelo─. ¿Era una advertencia?
─Un recordatorio.
─¿Para quién?
─Para cualquiera que mire.
Milk ríe bajito, una vibración que recorre su pecho y se transmite al cuerpo de Love.
─Eres increíble, conejita.
─Lo sé.
. . .
La comida termina, los batidos se acaban, y la tarde se abre ante ellas como un abanico de horas compartidas. Love no tiene que ir a su estudio de pilates hasta las cuatro, así que decide quedarse en el gimnasio. Pero esta vez no se encierra en la oficina. Saca una esterilla, la extiende en un rincón tranquilo cerca de la zona de yoga, y se dedica a hacer sus propios estiramientos.
Milk la observa desde lejos mientras supervisa una clase de funcional. Ve a Love inclinarse hacia adelante, tocar la punta de sus bailarinas con una flexibilidad de bailarina, y sonríe para sus adentros. Su novia parece frágil, pero es más fuerte de lo que nadie imagina. El pilates no es solo su trabajo; es su disciplina, su forma de esculpir el cuerpo y la mente. Y Milk la admira profundamente por ello.
A las tres y media, Love recoge la esterilla y se acerca a Milk para despedirse.
─Me voy a la academia. ¿Cenas en casa?
─A las ocho, como siempre ─Milk le da un beso breve, esta vez sin importarle las miradas─. ¿Quieres que pida algo de comer? Hoy cocino yo.
─No, cocino yo. Necesito distraerme.
Milk no pregunta de qué. Sabe que Love todavía está procesando los celos de la mañana, y cocinar es su terapia.
─Te amo ─le dice, en voz baja, solo para ella.
─Yo más ─responde Love─. Por cierto, no te quites a Kuromi de la nuca.
─No pienso hacerlo.
Love asiente, satisfecha, y se marcha con su falda plisada ondeando al viento como una promesa.
. . .
La academia de pilates de Love está a diez minutos a pie del gimnasio, en un edificio blanco con grandes ventanales. Se llama "Lavanda Pilates", un nombre que eligió en honor a su abuela, que cultivaba lavanda en el jardín de su casa familiar en Tailandia. El estudio es luminoso, diáfano, con el suelo de madera clara y las paredes decoradas con ilustraciones botánicas. Un altar a la calma.
Sus dos clases de la tarde transcurren sin incidentes. Un grupo de señoras jubiladas, una madre primeriza que quiere recuperar el suelo pélvico, y una adolescente con escoliosis. Love las guía con su voz cantarina, corrige posturas, reparte elogios. Le encanta este trabajo. Le permite ser dulce y firme a la vez.
Pero incluso aquí, entre respiraciones abdominales y estiramientos de columna, su mente regresa al gimnasio. Al top rojo. A la nuca de Milk, donde Kuromi monta guardia.
Cuando termina la última clase y las clientas se han ido, Love se sienta en una colchoneta y saca el teléfono. No tiene mensajes de Milk, lo cual es normal porque sabe que a esa hora está con las reuniones de proveedores.
Pero hay algo en la ausencia de noticias que la inquieta.
Abre la galería de fotos del teléfono y busca una carpeta oculta. Está llena de imágenes de Milk dormida, con los stickers puestos. Las repasa una a una, como quien pasa las cuentas de un rosario. Pompompurin. My Melody. Keroppi. Cinnamoroll. Hello Kitty. Kuromi. Little Twin Stars. Pochacco. Badtz-Maru.
Cada sticker es una fecha, un momento, una declaración de amor silenciosa.
─Soy suya ─susurra Love en la soledad del estudio─. Y ella es mía.
Lo dice en voz alta para convencerse a sí misma. Funciona a medias.
. . .
Cuando llega a casa, son las siete y media. Se cambia de ropa, se pone el delantal de volantes y se sumerge en la terapia culinaria. Hoy prepara un plato tailandes, khanom jeen, porque necesita el picante. Necesita el fuego en la boca para silenciar el fuego en el pecho.
Mientras la salsa de nam phrik pao burbujea en la sartén, Love se permite una fantasía. Se imagina a sí misma entrando al gimnasio mañana, acercándose a Film sin previo aviso, y diciéndole con su voz más dulce: "Hola, soy Love, la novia de Milk. Veo que te gusta mucho entrenar aquí. Qué bien. A mí también me gusta. Sobre todo cuando le pongo stickers en los brazos y en la espalda. ¿Quieres ver uno?"
La fantasía la hace sonreír, pero sabe que nunca la llevaría a cabo. No es su estilo. Prefiere la guerra silenciosa, la batalla de los stickers, la conquista milimétrica del territorio a base de pegatinas y besos.
A las ocho y diez, la puerta se abre.
La misma escena de ayer: Milk en el umbral, el blazer colgando del brazo, la camisa arrugada, el cabello suelto, la sonrisa cansada.
─Huelo a picante ─anuncia, y su voz resuena en el recibidor─. ¿Khanom jeen?
─Khanom jeen ─confirma Love desde la cocina.
─Eres la mujer perfecta.
─Lo sé.
Milk se acerca, la abraza por detrás y apoya la barbilla en su hombro, el mismo gesto que ha hecho mil veces y que nunca, nunca, se vuelve rutinario.
─¿Qué tal las clases? ─pregunta.
─Bien. Las señoras se han pegado por una colchoneta. La madre primeriza ha llorado dos veces. La adolescente me ha dicho que quiere ser instructora como yo.
─Tienes un club de fans.
─Como tú.
Milk se ríe y la estrecha con más fuerza.
─Mi club de fans es de una sola socia. Y está aquí, en mis brazos, oliendo a nam phrik pao.
Love se gira, con la cuchara de madera en una mano y la expresión súbitamente seria.
─Milk.
─Dime, conejita.
─Lo de hoy... lo de Film. ¿De verdad no te gusta que se te acerque así?
Milk suelta el abrazo y la mira directamente a los ojos.
─Love, escúchame bien. Yo solo quiero a una persona en este mundo. Y esa persona me pone stickers de Sanrio en la espalda. No hay competencia. No la hay. ¿Vale?
─Vale.
─¿De verdad lo entiendes?
─Lo entiendo. Pero a veces necesito que me lo recuerdes.
Milk asiente, se inclina y besa su frente. El beso dura más de lo normal, lo justo para que Love cierre los ojos y sienta que el suelo bajo sus pies vuelve a ser sólido.
─Entonces voy a recordártelo todas las veces que haga falta ─dice Milk─. Y ahora, por favor, dame de comer.
. . .
La cena es un éxito, como siempre. El picante les hace lagrimear los ojos y reír al mismo tiempo. Beben cerveza fría directamente de la lata, algo que Milk normalmente no permite porque "hay que usar vaso como personas civilizadas", pero Love ha insistido y Milk nunca sabe decirle que no.
Después de cenar, se instalan en el sofá con los restos del banquete sobre la mesa de centro. La tele está encendida pero en silencio, un programa de reformas que ninguna de las dos está viendo realmente.
─Hora del ritual ─anuncia Love, y Milk se tumba boca abajo sin que haga falta decirlo dos veces.
Pero esta noche es diferente.
Love no saca la bolsita de stickers. En lugar de eso, se sienta a horcajadas sobre la espalda de Milk, con cuidado de no hacerle daño, y empieza a desabrocharle la camisa blanca.
─Conejita... ─la voz de Milk es un murmullo contra el cojín.
─Shh. Hoy quiero revisarlos.
Revisarlos significa deslizar la camisa por los hombros, dejarla caer a los lados, y contemplar la espalda desnuda de Milk. Los tatuajes geométricos cubren los omóplatos y descienden por la columna como una enredadera. Y entre ellos, los stickers. Los de anoche: My Melody en el omóplato, Keroppi en la zona lumbar. El de esta mañana: Kuromi en la nuca.
Están todos.
Love los toca uno por uno con la yema del dedo, trazando su contorno, como si estuviera leyendo braille.
─¿Han aguantado bien? ─pregunta Milk, con la voz amortiguada.
─Sí. Kuromi está un poco arrugada, pero sigue aquí.
─Ha sido un día largo.
─Lo sé.
Love se inclina y besa cada sticker. Primero Kuromi, en la nuca, donde el pulso late contra sus labios. Luego My Melody, en el omóplato, sobre la tinta del fénix que parece cobrar vida. Luego Keroppi, en la zona lumbar, donde la piel es más suave y cálida.
Milk se estremece.
─Conejita ─repite, y esta vez su voz es más grave.
─Dime.
─¿Por qué hoy has estado tan... intensa con los stickers?
Love se incorpora y se queda sentada sobre los muslos de Milk, contemplando su obra. La espalda tatuada y decorada, la camisa blanca arremolinada a los costados, la coleta ahora deshecha.
─Porque hoy he sentido que alguien quería quitarte algo ─responde, y su franqueza la sorprende a ella misma─. Y no me refiero al gimnasio, ni a tu atención. Me refiero a ti. A esto. A nosotras. Y los stickers son... son mi forma de decirle al mundo que tú ya tienes dueña.
Milk se gira bajo su peso, un movimiento fluido que invierte las posiciones. Ahora es Love la que está tumbada en el sofá, y Milk la que se cierne sobre ella, apoyada en los antebrazos. Los stickers de su pecho -Cinnamoroll junto al corazón, Hello Kitty en el hombro- brillan bajo la luz tenue.
─No necesitas stickers para eso ─dice Milk, y su voz es un susurro ronco que solo Love conoce─. Todo el mundo sabe que soy tuya. Lo saben mis clientas, mis empleados, mis proveedores. Lo sabe cualquiera que me mire. Porque cuando estoy contigo, se me nota.
─¿El qué?
─Que soy feliz. Y que no necesito nada más.
Love alza la mano y acaricia el sticker de Cinnamoroll sobre el corazón de Milk.
─Entonces, ¿por qué me dejas ponértelos?
─Porque me encanta. Porque es nuestro secreto. Porque cada vez que pegas uno, siento que me dices "te amo" sin palabras.
─Te amo sin palabras ─repite Love, y sus ojos se humedecen.
─Yo también te amo, conejita. Con palabras, sin palabras, con stickers, sin stickers, con todo.
El beso que sigue es distinto a los anteriores. Es más profundo, más lento, más cargado de promesas. Las manos de Milk encuentran la cintura de Love, los dedos se deslizan bajo la blusa de seda, y Love arquea la espalda instintivamente, buscando más contacto.
Pero Milk se detiene.
─Espera ─dice, separándose apenas─. Antes de seguir, quiero hacer algo.
Se incorpora, busca su blazer en el perchero y saca el teléfono. Teclea algo rápidamente y se lo guarda en el bolsillo del pantalón.
─¿Qué has hecho? ─pregunta Love, incorporándose a medias.
─He enviado un correo a Namtan. A partir de mañana, ella se encarga de las consultas personalizadas de la zona de pesas. Yo me ocupo solo de las clases y la gestión.
─Milk...
─No quiero que haya malentendidos. Ni roces, ni toquecitos, ni nada que te haga sentir incómoda. Si Film o cualquier otra clienta necesita ayuda, Namtan es una entrenadora excelente. Fin del problema.
Love debería protestar. Debería decir que no es necesario, que puede manejarlo, que no quiere que Milk cambie su forma de trabajar. Pero no lo hace. Porque una parte de ella -la parte que esta mañana ha visto el top rojo de Film y ha sentido un nudo en el estómago- está increíblemente aliviada.
─Gracias ─susurra.
─No me las des. Ya te lo he dicho.
Milk vuelve a tumbarse a su lado y la envuelve en sus brazos. Las dos miran el techo en silencio, acurrucadas, sintiendo el calor de la otra.
─Mañana ─dice Love de repente─, voy a llevar mis stickers al gimnasio y voy a pegarte uno delante de todo el mundo.
─Adelante.
─En serio. Delante de Film. Delante de todos.
─Me parece perfecto.
─Y no te lo vas a quitar.
─Nunca me los quito.
Love sonríe en la penumbra y hunde la cara en el cuello de Milk. Inspira su olor -suavizante, sudor, algo verde y profundo- y por primera vez en todo el día, se siente completamente en paz.
Kuromi, en la nuca de Milk, vigila en silencio. Pero Love ya no necesita vigilantes.
Lo que necesita ahora mismo está justo delante de ella, respirando contra su cuello, con los antebrazos apoyados a ambos lados de su cabeza y el peso del cuerpo suspendido con una contención que tiembla ligeramente.
Contención. Esa es la palabra. Milk siempre se contiene, siempre mide su fuerza, siempre trata a Love como si fuera de porcelana. Pero esta noche, Love no quiere porcelana. Esta noche quiere que Milk la sostenga con toda la intensidad que guarda bajo la piel.
─No te contengas ─susurra, y sus dedos encuentran la nuca de Milk, justo donde Kuromi monta guardia. Acaricia el sticker con la yema del pulgar, una caricia mínima que sin embargo provoca un escalofrío en la columna de Milk─. Esta noche no.
Milk se queda muy quieta. Tanto que Love puede oír su propia sangre pulsando en los oídos.
─¿Estás segura? ─la voz de Milk es grave, ronca, una octava por debajo de su tono habitual. La voz que reserva para la intimidad, para la oscuridad, para Love.
─Llevo todo el día viendo cómo otra mujer te tocaba ─Love sostiene su mirada sin pestañear─. Necesito recordar que eres mía. Necesito sentirlo.
Algo se rompe dentro de Milk. No es violento, no es brusco. Es más bien una rendición, una capitulación ante el deseo que ha estado represando desde que Love le pegó a Kuromi en la nuca esa mañana. Sus músculos se relajan y se tensan al mismo tiempo, una paradoja física que solo ocurre cuando el cuerpo obedece al corazón.
─Pues siéntelo ─dice, y ya no hay contención.
El beso que sigue no se parece a los anteriores. No es casto, no es breve, no es un roce dulce con sabor a gloss de fresa. Es un beso de verdad, de esos que ocupan todo el espacio entre dos bocas y lo saturan de hambre. Milk lo da con la mandíbula firme, con los labios entreabiertos, con la lengua encontrando el camino que ya conoce pero que nunca deja de explorar. Love gime contra su boca y el sonido es mínimo, apenas un quejido, pero suficiente para que Milk presione las caderas contra las suyas en un movimiento instintivo.
─Mi conejita ─murmura Milk contra sus labios, y hay una posesividad nueva en esas dos palabras, un registro que Love no había escuchado antes y que le incendia la sangre─. Mi conejita celosa.
─Tuya ─responde Love sin pensar, porque en este momento no existe otra palabra en su vocabulario─. Solo tuya.
Las manos de Milk abandonan su posición de contención y empiezan un recorrido lento por el cuerpo de Love. Primero los hombros, donde la blusa de seda se resbala bajo sus dedos. Luego las clavículas, ese hueco perfecto donde a Milk le gusta apoyar los labios cuando se despierta por las mañanas. Luego, más abajo.
Love arquea la espalda cuando los dedos de Milk encuentran el borde de su blusa y tiran de ella hacia arriba. La tela se desliza por su torso, por sus brazos extendidos, y aterriza en algún lugar del sofá sin que ninguna de las dos se moleste en mirar dónde. Debajo lleva un sujetador de encaje color lavanda, el mismo tono que el vestido de ayer, el mismo tono que las flores secas de la oficina.
─Lavanda ─observa Milk, y sus ojos recorren el cuerpo de Love con una devoción que roza lo religioso─. Siempre lavanda.
─Es mi color favorito.
─Es el mío también. Desde que te conocí.
Love debería responder algo ingenioso, algo dulce, algo a la altura de ese cumplido involuntario. Pero Milk no le da tiempo. Sus labios descienden por el cuello de Love y se detienen en el nacimiento del pecho, justo donde el encaje se encuentra con la piel. Besa. Muerde apenas. Succiona con la presión justa para dejar una marca que mañana será un moretón discreto, un secreto púrpura bajo la ropa.
─Otra marca ─susurra Love, y su voz es un hilo─. Como los stickers.
─Mejor que los stickers. Esto no se despega con el agua.
Las dos ríen, una risa breve que se ahoga en un gemido cuando la mano de Milk se desliza por el vientre de Love y encuentra el borde de su falda plisada. Los dedos juegan con la tela, la arrugan, la apartan. La falda se desliza por las piernas de Love y cae al suelo con un susurro de algodón.
Ahora solo queda el encaje lavanda. Y las medias blancas hasta media pantorrilla. Y los zapatos de bailarina con lacito que Love se ha olvidado de quitarse.
─Quédate las medias ─dice Milk, y no es una petición.
Love asiente, incapaz de hablar, incapaz de hacer otra cosa que no sea entregarse a lo que está por venir.
Milk se incorpora sobre las rodillas. Desde esta posición, su figura recortada contra la luz tenue del salón es imponente: los hombros anchos, los brazos esculpidos donde los tatuajes y los stickers conviven en armonía, el abdomen que se marca bajo el tank top gris. Love la contempla desde abajo y siente una oleada de deseo tan intensa que le duele.
─Eres preciosa ─dice, porque necesita decirlo, porque sus ojos no pueden abarcar tanta belleza sin que su boca lo exprese.
─Tú eres preciosa ─responde Milk─. Y eres mía. Y voy a recordártelo.
Se inclina de nuevo, pero esta vez es diferente. Esta vez sus labios recorren el cuerpo de Love sin prisa, como si tuvieran todo el tiempo del mundo.
Besa sus hombros, sus brazos, la parte interna de sus codos. Besa sus costillas, una a una, contándolas con los labios. Besa su ombligo, el hueso de su cadera, el elástico de su ropa interior de encaje lavanda.
Love se retuerce bajo ella, las manos aferradas a los cojines del sofá, los nudillos blancos. Cada beso es una chispa, cada roce es una promesa. Y cuando los dedos de Milk apartan por fin la última barrera de tela y encuentran su centro, Love suelta un gemido que reverbera en las paredes del salón.
─Mírame ─ordena Milk, y Love obedece.
Los dedos se deslizan con una lentitud exquisita, explorando, acariciando, rodeando. Los ojos de Milk no se apartan de los de Love ni un segundo. La observa mientras sus dedos trabajan, mientras el placer se acumula en el cuerpo de Love como una marea que sube. Observa cada parpadeo, cada mueca, cada respiración entrecortada. Es una rendición de cuentas silenciosa, una declaración sin palabras: esto es lo que soy, esto es lo que te doy, esto es lo que nadie más tendrá jamás.
─Milk ─el nombre sale de los labios de Love como una súplica─. Por favor.
─¿Por favor qué, conejita?
─Más. Dentro. Te necesito dentro.
Milk obedece. Un dedo, luego dos, deslizándose dentro de ella con una facilidad que habla de lo mucho que Love la desea. El ritmo es lento al principio, acompasado con las sacudidas de las caderas de Love. Pero no tarda en acelerarse, en volverse más profundo, más intenso, más posesivo.
─Así ─gime Love─. Así, justo así.
─Te gusta, ¿verdad? ─la voz de Milk es un ronroneo contra su oído─. Te gusta cuando estoy dentro de ti. Cuando te lleno.
─Me encanta. Me encantas tú. Solo tú.
Milk curva los dedos en el ángulo exacto, el que ha aprendido a encontrar después de dos años de explorar este cuerpo, y Love se arquea entera. Su mano vuela hacia la nuca de Milk, buscando un ancla, y sus dedos encuentran a Kuromi. El sticker está arrugado, caliente, medio despegado por el sudor. Love lo alisa con el pulgar en un gesto involuntario, y ese pequeño acto de cuidado en medio de la tormenta hace que Milk emita un sonido gutural.
─Eres increíble ─susurra Milk contra sus labios─. Incluso ahora, cuidas de los stickers.
─Son importantes.
─Tú eres importante.
Los dedos aceleran. La palma de Milk presiona en el punto justo, y Love siente que el mundo se reduce a ese contacto, a ese ritmo, a esa mujer que la está deshaciendo con una precisión milimétrica. Sus caderas se mueven por voluntad propia, persiguiendo el placer, persiguiendo el filo del abismo.
─Voy a... ─intenta avisar, pero las palabras se le atropellan.
─Sí. Déjate llevar. Quiero verte.
Y Love se deja llevar.
El orgasmo la atraviesa como un relámpago rosa, una sacudida que le arranca un grito ahogado contra el hombro de Milk. Su cuerpo se tensa y se libera, una ola tras otra, mientras los dedos de Milk siguen dentro de ella, acompañándola, prolongando cada espasmo. Love cierra los ojos y ve estrellas, ve stickers flotando en un cielo lavanda, ve el rostro de Milk grabado en el reverso de sus párpados.
Cuando por fin vuelve a respirar con normalidad, Milk retira los dedos con suavidad y los lleva a sus propios labios. Los besa. Prueba a Love en ellos y sonríe.
─Sabe a ti ─dice─. A mi conejita.
Love, todavía temblando, alarga la mano y agarra la muñeca de Milk. Le da la vuelta para dejar expuesto el antebrazo, donde Pompompurin sobrevive heroicamente a pesar del roce y el sudor.
─Ahora te toca a ti ─dice, y su voz es ronca pero firme.
─No hace falta.
─Quiero hacerlo.
Milk parpadea, sorprendida por la determinación de Love. Siempre es Love la que recibe, Love la que se entrega, Love la que se deja deshacer. Pero esta noche es diferente. Esta noche Love necesita dar, necesita recuperar el control que ha sentido perder durante todo el día.
Empuja a Milk suavemente contra el respaldo del sofá. Se sienta a horcajadas sobre sus muslos, todavía con las medias blancas y el sujetador lavanda. Milk la mira desde abajo, los ojos muy abiertos, las pupilas dilatadas.
─Mi turno ─anuncia Love.
Y se inclina para desabrochar el tank top gris.
La tela se desliza por los hombros de Milk, revelando el torso desnudo. Los tatuajes geométricos se extienden por su pecho, por sus costillas, por sus abdominales. Y entre ellos, los stickers: Cinnamoroll sobre el corazón, Hello Kitty en el hombro, y el pequeño Pompompurin en la muñeca. Love los contempla con adoración, como una artista que examina su lienzo antes de añadir nuevas pinceladas.
─Voy a poner otro ─decide, y busca su bolso a tientas sin apartar la mirada de Milk.
Encuentra la bolsita de stickers, revuelve en su interior y saca uno nuevo: My Melody abrazando un corazón rosa que pone "Love". Lo despega con cuidado y lo coloca justo debajo del ombligo de Milk, en ese espacio de piel suave entre los abdominales inferiores.
─Aquí ─dice, alisando los bordes─. Donde nadie más va a verlo. Donde solo yo sé que está.
Milk contiene la respiración durante todo el proceso. Cuando Love termina, suelta el aire en un suspiro tembloroso.
─Ahora ─continúa Love, deslizando las manos por el vientre de Milk─, voy a hacerte sentir bien a ti también.
Sus dedos encuentran el cinturón del pantalón de vestir, lo desabrochan con una destreza que contradice su aspecto de muñeca. El pantalón se desliza por las caderas de Milk, seguido de la ropa interior negra, y Love se toma un momento para admirar el cuerpo completo de su novia. Cada músculo, cada tatuaje, cada sticker. Todo es suyo. Todo.
─Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida ─dice, y es una constatación, no un cumplido.
─Love...
─Shh. Ahora me toca a mí hacerte perder las palabras.
Love se inclina y empieza a besar el cuerpo de Milk con la misma devoción que Milk le ha dedicado a ella minutos antes. Besa sus hombros, sus bíceps, la parte interna de sus codos. Besa el sticker de Cinnamoroll sobre su corazón. Besa el sticker de My Melody en su abdomen. Besa el sticker de Hello Kitty en su hombro. Cada beso es un acto de reclamación, una forma de decir "esto es mío y de nadie más".
Cuando sus labios llegan al centro de Milk, ella ya está temblando. Love puede sentirlo en la tensión de sus muslos, en la forma en que sus manos se aferran a los cojines del sofá. Es extraño ver a Milk así: vulnerable, expuesta, al borde de la pérdida de control. La dueña del gimnasio, la mujer de acero, la que levanta el doble del peso de Love sin pestañear, está ahora completamente rendida bajo sus caricias.
─Conejita ─la voz de Milk es un hilo tenso a punto de romperse─. Por favor.
─¿Por favor qué? ─Love repite sus propias palabras con una sonrisa traviesa.
─No me hagas esperar.
Love no la hace esperar.
Su boca encuentra a Milk con la misma precisión con la que coloca los stickers. La explora con lentitud, saboreándola, aprendiendo las reacciones de su cuerpo como si fuera la primera vez aunque ambas saben que no lo es. La lengua traza círculos, dibuja patrones, escribe su nombre sobre la piel más sensible de Milk.
Los gemidos de Milk son graves, casi guturales, vibraciones que Love siente contra sus labios. Una de sus manos sujeta la cadera de Milk, la otra se entrelaza con sus dedos sobre el cojín. Es un gesto tierno en medio de la tormenta, un recordatorio de que esto no es solo deseo, es amor.
─Love, voy a... ─Milk no puede terminar la frase.
Love acelera el ritmo. Su boca y sus dedos trabajan al unísono, llevando a Milk hacia el borde con la misma determinación que Milk le ha dedicado a ella antes. Y cuando Milk finalmente se rompe, lo hace con un grito ahogado y el nombre de Love en los labios.
─Love. Love. Love.
Tres veces. Como los stickers que le puso anoche.
El orgasmo de Milk es intenso y prolongado, un terremoto que sacude su cuerpo grande y fuerte hasta dejarlo sin fuerzas. Cuando termina, Love se incorpora y se acurruca contra su pecho, la cabeza apoyada en el sticker de Cinnamoroll. Las dos respiran agitadas, empapadas de sudor, envueltas en el aroma de su propia intimidad.
─Te amo ─dice Love.
─Te amo ─responde Milk.
─¿Te ha gustado?
─Me ha encantado. Eres... ─Milk busca la palabra, no la encuentra─. No hay palabras.
─Entonces no las busques.
Se quedan así un rato, abrazadas en el sofá, con la tele encendida y muda de fondo. Los stickers han sobrevivido a la tormenta, aunque My Melody en el abdomen de Milk está un poco arrugada. Kuromi, en la nuca, ha desaparecido en algún momento del forcejeo, y Love la encuentra pegada al cojín del sofá. La recupera con cuidado y la guarda en el álbum, con la fecha mental de esta noche.
─Vamos a la cama ─dice Milk por fin, incorporándose con dificultad─. Pero antes, una cosa.
─¿Qué?
─Mañana quiero que me pongas un sticker delante de todo el mundo.
Love parpadea.
─¿En serio?
─En serio. En el gimnasio. Delante de Film, delante de Gap, delante de quien sea. Quiero que todos sepan quién manda aquí.
Love sonríe, una sonrisa ancha que le arruga la nariz y enciende sus ojos.
─Trato hecho.
. . .
La mañana siguiente amanece lavada de tensión. El sol de viernes entra por las rendijas de las persianas, dibujando líneas doradas sobre el edredón revuelto. Love se despierta primero, una rareza que atribuye a la determinación que le hierve en el pecho. Tiene una misión. Tiene un sticker. Y tiene un gimnasio lleno de gente que necesita verlo.
Se levanta sin hacer ruido, pero Milk la atrapa por la muñeca antes de que pueda salir de la cama.
─¿A dónde vas? ─la voz de Milk es pastosa, medio dormida, pero sus ojos ya están alerta.
─A prepararme. Hoy es el día.
Milk sonríe contra la almohada.
─El día del sticker público.
─Exacto. Tú quédate aquí. Voy a elegir el conjunto perfecto.
Love se ducha, se peina con ondas sueltas, se pone un vestido rosa pastel de cuello Peter Pan y se coloca una diadema de moño blanco. Parece un cupcake andante, y lo sabe. Pero hoy no es un cupcake indefenso. Hoy es una cupcake con un plan.
Rebusca en su colección de stickers, que guarda en una caja de lata ilustrada con dibujos de ositos, y selecciona con cuidado la pieza central de la operación: un sticker extragrande de Hello Kitty. No uno cualquiera. Hello Kitty con un vestido de novia, sosteniendo un ramo de flores rosas. Mide casi diez centímetros. Es imposible de ignorar.
─Perfecto ─murmura, guardándolo en su bolso.
Cuando Milk aparece en la cocina, vestida con un traje negro de corte impecable y camisa gris perla, Love ya está sirviendo el café.
─¿Estás nerviosa? ─pregunta Milk, aceptando la taza.
─No. ¿Tú?
─Un poco. Pero de la emoción.
. . .
Llegan al gimnasio a las nueve en punto. Gap está en la recepción, como siempre. Namtan prepara la zona de estiramientos. Los clientes de la primera clase funcional ocupan las colchonetas, entre ellos Film, que hoy lleva un conjunto deportivo azul eléctrico. Parece que ha cambiado de color, pero no de estrategia: en cuanto ve a Milk, se recoloca el cabello tras la oreja y esboza una sonrisa.
Love no le dedica ni una mirada. Su atención está en Milk.
─¿Lista? ─pregunta en voz baja.
─Lista.
El gimnasio está lleno. Las cintas de correr zumban, las pesas tintinean, la música electrónica marca el ritmo de la mañana. Love camina hacia el centro de la sala, hacia la plataforma de peso muerto donde Milk suele hacer sus demostraciones. Milk la sigue, intrigada.
─Atención ─anuncia Love con su vocecita cantarina, y aunque no ha alzado el volumen, algo en su tono hace que varias cabezas se giren. Gap deja de organizar toallas. Namtan se detiene a medio estiramiento. Film enarca una ceja.
─Buenos días a todos ─continúa Love─. Sé que están ocupados entrenando, así que no les robaré mucho tiempo. Solo quiero hacer una cosa rápida.
Saca el sticker de Hello Kitty del bolso. Es enorme. Brilla bajo las luces del gimnasio, el vestido de novia de Hello Kitty destellando con purpurina rosa.
Milk se queda muy quieta, pero una sonrisa le tiembla en la comisura de los labios.
Love se acerca a ella con pasos cortos y decididos. Las bailarinas de lacito resuenan apenas contra el suelo de caucho. Se pone de puntillas, porque incluso así la diferencia de altura es considerable, y Milk -obediente, rendida, enamorada- se inclina ligeramente para facilitarle el gesto.
El sticker de Hello Kitty novia aterriza justo en el pecho de Milk, sobre la solapa del blazer negro, sobre el corazón.
Sobre Cinnamoroll, que ahora mismo está oculto bajo la tela.
Love alisa los bordes con la yema del pulgar. Una, dos, tres pasadas.
─Perfecto ─dice en voz alta, y luego, bajando el tono para que solo Milk la escuche─: Eres mía.
Milk se incorpora. Mira el sticker en su pecho, luego mira a Love, luego mira al gimnasio entero. Los clientes están boquiabiertos. Gap aplaude tímidamente. Namtan sonríe con disimulo.
Film ha dejado de sonreír.
─¿Alguna pregunta? ─pregunta Milk, dirigiéndose al gimnasio con su voz de dueña, la grave, la autoritaria─. No. Perfecto. A entrenar.
Se da la vuelta y se dirige a su oficina, con Hello Kitty novia brillando en el pecho como una condecoración de guerra. Love la sigue, satisfecha, y antes de cerrar la puerta de la oficina tras de sí, dedica una última mirada a Film.
No es una mirada de triunfo. Es una mirada de certeza. Film aparta la vista primero.
. . .
Dentro de la oficina, Love se derrumba contra la puerta cerrada y suelta una carcajada nerviosa.
─¡Lo he hecho! ¡Dios mío, lo he hecho! ¿Has visto su cara?
Milk se está quitando el blazer, pero no para trabajar. Lo cuelga en la silla y se gira hacia Love con una expresión indescifrable.
─Eres increíble ─dice─. Me has puesto un sticker de Hello Kitty novia delante de todo el gimnasio.
─Es el más grande que tenía.
─Es perfecto.
─¿No estás enfadada?
Milk se acerca, la acorrala contra la puerta y apoya las manos a ambos lados de su cabeza.
─Enfadada ─repite, como si la palabra fuera un insulto─. Love, acabas de decirle a todo el mundo que soy tuya. Con un sticker. Delante de mis empleados, mis clientas y Film. ¿Cómo demonios voy a estar enfadada? Estoy... ─busca la palabra─ orgullosa. Estoy locamente orgullosa de ti.
Love siente que el corazón se le hincha como un globo de helio.
─¿De verdad?
─De verdad. Y para demostrártelo, voy a hacer algo que nunca he hecho.
─¿Qué?
Milk se aparta, abre la puerta de la oficina y sale al gimnasio con el blazer en la mano. Love la observa, confundida, desde el umbral.
─¡Gap! ─llama Milk, y su voz retumba en toda la sala. Gap se cuadra. ─A partir de hoy, quiero que este sticker ─señala a Hello Kitty novia en su pecho─ esté en el uniforme oficial del gimnasio. En las camisetas, en las sudaderas, en lo que sea. Habla con el proveedor.
Gap parpadea.
─¿Hello Kitty novia? ¿En las camisetas de Black Velvet?
─¿Algún problema con eso?
─No, no, para nada, jefa. O sea, Milk. Lo gestiono ahora mismo.
Los clientes se han quedado en silencio. Namtan está literalmente con la boca abierta. Y Film, en la máquina de remo, rema más fuerte de lo necesario, con la vista fija en la pantalla.
Milk regresa a la oficina, cierra la puerta y mira a Love.
─¿Mejor?
Love tiene los ojos llenos de lágrimas, pero esta vez son de felicidad pura.
─Mucho mejor.
. . .
Lo demás es rutina. La rutina que han construido, la rutina que aman.
Al mediodía, Milk emite un comunicado interno que confirma lo que ya le había dicho a Love en privado: Namtan se encargará de todas las consultas personalizadas de la zona de pesas. Film recibe la noticia cuando solicita una sesión de estiramiento asistido, y Namtan -con una sonrisa profesional impecable- la acompaña a la colchoneta sin que Milk tenga que intervenir. La chica del top azul eléctrico no protesta, pero sus ojos buscan a Milk durante toda la sesión. Milk no la mira ni una sola vez.
Por la tarde, Love se va a su estudio de pilates, y esta vez no siente el nudo en el estómago. Da sus clases, sonríe a sus alumnas, corrige posturas respiratorias. Cuando una de las señoras le pregunta por qué está tan contenta hoy, ella responde:
─Porque tengo la mejor novia del mundo.
Las señoras ríen, la madre primeriza suspira, la adolescente anota mentalmente el dato para usarlo en el futuro. Love Pattranite Limpatiyakorn, instructora de pilates, es un referente y no lo sabe.
A las ocho, en casa, la cena es pasta al pesto con piñones y una botella de vino blanco. Celebran, aunque ninguna de las dos dice exactamente qué. Quizá celebran el sticker público, quizá el comunicado interno, quizá la derrota silenciosa de Film. O quizá celebran algo más simple y más grande: que se quieren, que están juntas, que han construido un mundo donde los stickers de Sanrio y los trajes negros conviven en armonía.
─Hora del ritual ─anuncia Love cuando los platos están vacíos y las copas a medio llenar.
Milk se tumba boca abajo en el sofá sin rechistar. Hoy ni siquiera se molesta en quitarse la camisa; deja que Love lo haga por ella, con sus dedos de pianista y su paciencia infinita.
Los stickers de anoche han resistido. Cinnamoroll en el corazón, My Melody en el abdomen, Hello Kitty en el hombro. Y sobre todos ellos, el sticker nuevo: Hello Kitty novia, que Love ha transferido del blazer al tank top de Milk antes de que se fueran a casa.
─Hoy has ganado la guerra ─dice Love mientras coloca un sticker nuevo de Pompompurin en la espalda de Milk.
─No había guerra, conejita. Solo había una clienta despistada y una novia que necesitaba recordar lo importante que es.
─¿Y qué es lo importante?
Milk se gira, la atrapa en sus brazos y la besa en la frente.
─Lo importante eres tú. Siempre tú.
Love se acurruca contra su pecho, justo sobre el sticker de Cinnamoroll.
─Te amo ─susurra.
─Te amo ─responde Milk.
Y Hello Kitty novia, en el tank top de Milk, sonríe a la nada.
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