Truyen3h.Co

𝗶 𝗹𝗼𝘃𝗲 𝘆𝗼𝘂 𝗮𝗻𝗱 𝗺𝗲 𖹭.ᐟ milklove

parte uno

bbyblu

El olor a metal pulido y goma nueva flota en el aire como una segunda piel. Las luces empotradas en el techo industrial derraman un resplandor blanco y frío sobre las máquinas alineadas con precisión milimétrica, y el suelo de caucho negro absorbe el impacto de las pesas que caen con un golpe seco y controlado. Son las siete de la mañana y Black Velvet ya respira.

Milk está de pie frente al espejo principal del área de pesas libres, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada fija en el reflejo de un cliente que ejecuta mal una sentadilla. No necesita hablar. Su presencia lo dice todo: hombros anchos que estiran la tela de un blazer negro entallado, camisa de seda oscura con los primeros botones abiertos, pantalones de vestir que caen impecables sobre unos botines de suela gruesa. El cabello oscuro está recogido en una coleta alta y tirante, y los anillos de plata en sus dedos capturan la luz cada vez que alza una mano para señalar una corrección silenciosa.

─La cadera más abajo ─dice por fin, y su voz es grave, serena, sin asomo de impaciencia─. Si no llegas a la profundidad, no activas el glúteo.

El cliente asiente con la nuca sudada y obedece. Milk asiente una sola vez y sigue su recorrido.

El gimnasio es su territorio. Lo construyó desde los cimientos tres años atrás, cuando dejó el mundo de las competencias de powerlifting con una lesión en la rodilla y una determinación inquebrantable: crear un espacio donde la disciplina no estuviera reñida con la estética. Black Velvet es eso: un santuario de entrenamiento funcional envuelto en elegancia oscura. Las paredes de ladrillo visto están salpicadas de neones en tonos violeta, las máquinas son de acero negro mate, y en la recepción, en lugar de los típicos afiches de cuerpos imposibles, cuelga una fotografía en gran formato de una bailarina con un tutú rosa que contrasta con el entorno como un susurro en una tormenta.

Esa fotografía la eligió Love.

Milk lo piensa justo cuando su mano derecha roza el borde del mostrador de recepción. Son las 7:23 y sabe, con la certeza de quien lleva un reloj interno afinado por el amor, que faltan aproximadamente siete minutos para que su teléfono vibre con el saludo matutino de su novia. Love Pattranite Limpatiyakorn no es madrugadora. Love Pattranite Limpatiyakorn odia el sonido del despertador con la misma intensidad con la que ama los moños de raso, los batidos de fresa y los stickers de Sanrio. Pero cada mañana, sin falta, se arrastra fuera de las sábanas lo justo para enviarle un mensaje antes de que Milk empiece su primera clase.

El teléfono vibra.

Milk lo saca del bolsillo interior de su blazer con un gesto fluido, casi automático, y la pantalla se ilumina con un mensaje que le suaviza las facciones al instante.

Mi conejita 🩷: Buenos días, mi amor. Hoy soñé con nosotras y un campo de lavanda. Quiero desayunar contigo. ¿Puedo ir al gimnasio más tarde? Te llevo café y te doy un beso. Y también te llevo una sorpresa.

Milk sonríe. Es una sonrisa pequeña, apenas una curva en la comisura de los labios, pero suficiente para que Gap, el recepcionista, arquee una ceja desde su puesto.

─¿Buenas noticias? ─pregunta Gap mientras organiza las toallas limpias.

─La misma de siempre ─responde Milk sin borrar la sonrisa, y sus pulgares ya teclean la respuesta.

Milk: Siempre puedes venir, conejita. El gimnasio es tan tuyo como mío. Te espero con el café. Y quiero ver esa sorpresa.

Guarda el teléfono y se ajusta los puños de la camisa con un tirón seco. El gesto es inconsciente, una manía que adquirió en sus años de competencia, cuando se preparaba para el levantamiento. Pero ahora no hay barra que cargar, solo la expectativa dulce de ver a Love aparecer por la puerta con su andar ligero y su aroma a vainilla.

─Gap ─llama, y el recepcionista se cuadra como un soldado─. Avisa a los entrenadores que a las diez quiero revisar las rutinas personalizadas de la semana. Y que la zona de estiramientos necesita más bandas elásticas. Las que hay están gastadas.

─Entendido, jefa.

Milk enarca una ceja.

─Milk ─corrige ella, sin aspereza pero con firmeza─. Ya te lo he dicho.

─Milk ─repite Gap, y hay un deje de disculpa en su tono.

Ella asiente y reanuda su inspección matutina. Pasa entre las hileras de cintas de correr con las manos en los bolsillos, saluda con un leve gesto de mentón a los clientes que ya ocupan las máquinas. Algunas chicas la miran de reojo, otras directamente no disimulan. Milk está acostumbrada. Sabe que su aspecto genera una fascinación particular: la mezcla de fuerza y elegancia, la mandíbula afilada, los tatuajes que asoman apenas por el cuello de la camisa y desaparecen bajo la seda como un secreto. Pero nunca ha explotado esa atención. Nunca le ha interesado.

Porque su atención ya tiene dueña.

Llega a la oficina del fondo, un cubículo con paredes de vidrio esmerilado que le permite vigilar el gimnasio sin estar expuesta. El escritorio es de madera oscura, minimalista, con un portátil abierto y una agenda de piel. En una esquina, un pequeño jarrón con flores secas de color lavanda. Las cambia Love cada dos semanas. Dice que la oficina necesita un toque suave, algo que le recuerde a Milk que el mundo no es solo acero y números.

Milk se sienta en el sillón de cuero, se quita el blazer y lo cuelga en el respaldo. La camisa negra se tensa sobre sus hombros y bíceps cuando se inclina para revisar los correos. Hay una cancelación de un proveedor de suplementos, una solicitud de entrevista para una revista de fitness local, y un recordatorio de la reunión de copropietarios del edificio. Nada que no pueda manejar.

Pero hay algo más. Algo que solo ella sabe.

Se desabrocha el puño izquierdo con parsimonia y se sube la manga hasta el antebrazo. La piel, suave pero firme, revela un mapa de tinta negra: líneas geométricas, flores estilizadas, un fénix que remonta el vuelo desde la muñeca. Pero entre el tatuaje y el pliegue del codo, hay algo que desentona. Algo que ningún cliente ha visto jamás.

Tres stickers de Sanrio.

Un Pompompurin con su boina marrón sonríe junto a un Keroppi de ojos saltones, y un poco más arriba, My Melody se tapa el hocico con sus patitas rosas como si guardara un secreto. Están ligeramente arrugados, han sobrevivido a una ducha nocturna y al roce de la camisa, pero siguen ahí.

Firmes. Queridos.

Milk pasa la yema del pulgar sobre My Melody con una ternura que transforma por completo su rostro, y por un instante no es la dueña imponente de Black Velvet, sino la mujer que anoche se quedó dormida mientras su novia le decoraba el brazo con la concentración de una artista.

─Tres no son suficientes ─había murmurado Love justo antes de apagar la lámpara, con la voz pastosa por el sueño─. Mañana te pongo más.

Y Milk, que podría levantar el doble del peso de Love sin pestañear, se había derretido contra la almohada como si no tuviera huesos.

El recuerdo le arranca una sonrisa más amplia ahora. Se baja la manga con cuidado, se abrocha el puño y vuelve a ser la dueña del gimnasio. Pero el cosquilleo en el pecho no desaparece.

Afuera, el sonido de las pesas y la música electrónica de fondo marcan el ritmo de la mañana. Milk sale de la oficina justo cuando un grupo nuevo entra para la clase funcional. Supervisa la sesión desde un costado, apoyada contra la pared con los brazos cruzados, y nadie diría que bajo esa postura hay un arsenal de personajes adorables pegados a su piel.

Pasan las horas. Milk corrige posturas, ajusta cargas, revisa la lista de espera para el turno de la tarde. A las diez en punto reúne a los entrenadores en la sala de juntas y repasa las rutinas personalizadas con el rigor de una cirujana. Les exige precisión, adaptabilidad, escucha activa. Sus empleados la respetan y la temen en partes iguales, pero todos coinciden en que desde que Love aparece por el gimnasio, la jefa sonríe más. Es un hecho observable, como la ley de gravedad o el aumento de membresías en enero.

A las diez y cuarenta y tres, la puerta principal se abre. Y entra Love.

El contraste es tan abrupto que casi se puede oír el chirrido conceptual entre su figura y el entorno. Mientras el gimnasio es negro, acero y neón violeta, Love Pattranite Limpatiyakorn es un suspiro de color pastel. Lleva un vestido corto color lavanda con cuello de encaje, medias blancas hasta media pantorrilla, mocasines de charol con hebilla dorada, y un bolso con la cara de Hello Kitty bordada en lentejuelas. Su melena rubia cae en ondas suaves sobre los hombros, y una diadema de perlas diminutas le recoge el flequillo.

Huele a vainilla y a algo dulce que Milk nunca ha sabido identificar pero que asocia irremediablemente con el hogar.

─Buenos días ─saluda Love con una vocecita cantarina que rebota en las paredes industriales como un carillón en una cueva.

Varias cabezas se giran. Algunos clientes nuevos la miran con curiosidad mal disimulada, preguntándose qué hace esa criatura de cuento de hadas en un templo de sudor y músculos. Los habituales ya lo saben y sonríen con complicidad. Gap le dedica un saludo efusivo desde la recepción, y una de las entrenadoras, Namtan, levanta la mano con alegría genuina.

Milk ya está caminando hacia ella.

No se precipita, no hay urgencia torpe en sus pasos, pero cualquiera que preste atención nota el cambio: los hombros se le relajan, la mandíbula se le desbloquea, las manos abandonan la rigidez de los bolsillos para colgar libres a los costados. Cuando llega frente a Love, la diferencia de altura es evidente: Milk la supera por casi una cabeza, y sin embargo se inclina sutilmente, como un árbol que dobla su copa hacia el sol.

─Llegaste ─dice, y su voz ya no es la de la dueña del gimnasio.

─Te prometí café ─Love alza una bandeja de cartón con dos vasos─. Y un beso.

El beso es breve, casto, un roce de labios que sabe a gloss de fresa. Pero Milk cierra los ojos un segundo de más, y cuando los abre, tiene el gris del iris un tono más cálido.

─La sorpresa ─recuerda, y hay una chispa casi infantil en su tono─. Dijiste que traías una sorpresa.

Love niega con la cabeza, divertida, y se pone de puntillas para susurrarle al oído:

─Después. Cuando estemos solas en tu oficina.

Milk siente un escalofrío que no tiene nada que ver con el aire acondicionado.

─Entonces será mejor que termines tu café rápido ─responde en el mismo tono bajo, y el rubor que tiñe las mejillas de Love es su recompensa favorita.

Se instalan en un rincón de la cafetería del gimnasio, una barra minimalista con taburetes de hierro y una máquina de espresso tan cara que Milk se negó a revelar el precio. Love se sienta con las rodillas juntas y los tobillos cruzados, la postura de una niña educada en un internado suizo, mientras abre la tapa de su café y sopla suavemente. Milk la observa por encima de su propio vaso, bebe sin apartar la mirada, y se pregunta por enésima vez cómo demonios merece a esta mujer.

─Hoy soñé con la lavanda ─repite Love, y su voz se vuelve melancólica─. Era un campo enorme, morado hasta donde alcanzaba la vista. Tú estabas en el centro, con un traje blanco. Algo raro.

─Odio el blanco ─comenta Milk, y Love ríe.

─Lo sé. Por eso era raro. Pero estabas guapísima. Como siempre.

Milk desvía la mirada hacia su vaso. Los cumplidos de Love le causan una reacción física, un calor que asciende por el cuello y se instala detrás de las orejas. No sabe gestionarlos. Puede negociar con proveedores, liderar un equipo de quince personas y levantar el peso de un hombre adulto sobre su cabeza, pero cuando Love le dice "guapísima" con esa sonrisa, se convierte en un desastre silencioso.

─¿A qué hora empieza tu turno hoy? ─pregunta para cambiar de tema, aunque ya sabe la respuesta.

─A las dos. Tengo solo dos clases de pilates por la tarde. Así que puedo quedarme aquí hasta la una, si no molesto.

─Nunca molestas.

─Tus clientas me miran raro.

Milk arquea una ceja y sigue la dirección de la mirada de Love. En una máquina de remo, dos chicas jóvenes cuchichean entre sí mientras fingen ajustar la resistencia. Una de ellas, menuda y con el cabello castaño, desvía la vista justo a tiempo. Milk las identifica: Film y su amiga, nuevas en el gimnasio. Se apuntaron hace dos semanas y desde entonces han faltado a cero días.

─No te miran raro ─responde Milk, aunque sabe que es mentira a medias─. Te miran porque eres preciosa. Como yo.

Love se sonroja y esconde la nariz en el borde del vaso.

─No estoy acostumbrada a este sitio ─admite en voz baja─. A veces siento que no encajo. Tú eres tan... ─hace un gesto vago hacia Milk, abarcando los hombros, la elegancia afilada, la presencia─, y yo parezco sacada de una merienda de muñecas.

─Exactamente ─Milk se inclina hacia adelante, apoya el antebrazo en la mesa y la mira con intensidad─. Por eso funcionamos.

Love parpadea. Luego sonríe, esa sonrisa ancha que le arruga la nariz, y Milk sabe que ha dicho lo correcto.

El resto de la mañana transcurre con la calma de una rutina que ambas han aprendido a amar. Love se instala en un rincón de la zona de descanso con su tableta, donde diseña rutinas de pilates y responde correos de sus propias clientas, porque aunque parezca una muñeca de porcelana, Love Pattranite Limpatiyakorn es instructora certificada y tiene una lista de espera de tres meses. De vez en cuando levanta la vista para buscar a Milk entre las máquinas, y siempre la encuentra. Y siempre, sin excepción, Milk ya la está mirando.

A las once y media, Milk anuncia que tiene que revisar unos papeles en la oficina.

─¿Vienes? ─pregunta, ofreciéndole la mano.

Love asiente, recoge su bolso de Hello Kitty y la sigue por el pasillo que conduce al cubículo de vidrio esmerilado.

La puerta se cierra con un clic suave.

Y entonces, por fin, Love abre su bolso y saca la sorpresa.

Es una bolsita transparente con cierre hermético, llena de stickers de Sanrio. Pero no son los mismos de siempre. Estos tienen un brillo especial, un acabado holográfico que lanza destellos rosas y plateados cuando la luz los toca. Hay Pompompurin disfrazado de mago, Hello Kitty con un lazo gigante, Keroppi sobre una hoja de nenúfar, y un Cinnamoroll que sostiene un corazón entre las orejas.

─Son edición limitada ─anuncia Love con los ojos brillantes─. Las compré en una tienda online japonesa. Llegaron ayer.

Milk toma la bolsita con reverencia, como si sostuviera un tesoro.

─¿Quieres ponerme uno ahora?

La pregunta es innecesaria. Love ya está eligiendo el sticker con la concentración de un cirujano. Finalmente se decide por Cinnamoroll con el corazón.

─El brazo ─ordena suavemente, y Milk obedece sin dudar.

Se quita el blazer, se desabrocha el puño izquierdo y se sube la manga hasta revelar los tres stickers de anoche. Love los mira, sonríe al ver que han sobrevivido, y coloca el nuevo junto a My Melody con un cuidado exquisito. Alisa los bordes con la yema del pulgar, repasa el contorno de Cinnamoroll, y cuando termina, besa la piel decorada.

─Perfecto ─susurra contra el antebrazo de Milk.

Milk no dice nada. No puede. Hay un nudo en su garganta que se llama Love, que se llama amor incondicional, que se llama haría cualquier cosa por ti.

En lugar de hablar, toma el rostro de Love entre sus manos, le aparta un mechón de la mejilla con el pulgar, y la besa. Esta vez no es casto. Es lento, profundo, un ancla que se hunde en aguas tranquilas. Love emite un pequeño sonido contra sus labios y se aferra a la camisa negra como si temiera caerse.

Cuando se separan, las dos respiran un poco más rápido.

─Gracias por los stickers ─dice Milk, y su voz es ronca y dulce al mismo tiempo.

─Gracias por dejarme ponértelos ─responde Love.

Afuera, en el gimnasio, Film busca con la mirada a la dueña y no la encuentra.

El beso se desvanece despacio, como la espuma de una ola que se retira de la orilla. Love mantiene los ojos cerrados un instante más del necesario, los párpados temblorosos, y cuando por fin los abre, encuentra el rostro de Milk a escasos centímetros. La dueña del gimnasio la observa con una intensidad que no tiene nada que ver con el acero ni los números. Es una mirada blanda, casi vulnerable, la clase de mirada que solo existe dentro de estas cuatro paredes de vidrio esmerilado.

─Tengo que terminar unas cosas ─murmura Milk, y su pulgar traza un arco lento sobre el pómulo de Love─. Pero no tardo. ¿Me esperas aquí?

─Siempre te espero ─responde Love, y no es una frase hecha. Es una verdad tan sólida como las pesas que descansan en el exterior.

Milk le roba un último beso en la frente, se coloca el blazer y sale de la oficina con la compostura restaurada. La transformación es inmediata: los hombros vuelven a ensancharse, la mandíbula se eleva, las manos encuentran el refugio de los bolsillos. Es la Milk que el gimnasio conoce. La que no se dobla.

Love se queda sentada en el sillón de cuero, con las piernas recogidas bajo el cuerpo y la bolsita de stickers holográficos sobre el regazo. Desde el ventanal de la oficina puede ver el gimnasio en plena actividad: cuerpos en movimiento, sudor, música electrónica palpitando como un corazón artificial. Y en el centro de todo, a Milk, que se detiene junto a la máquina de remo donde Film y su amiga siguen entrenando.

Love entrecierra los ojos.

No es celosa. Se lo repite a sí misma a menudo, como un mantra. No es celosa, solo es atenta. Solo es consciente de que su novia es espectacular y de que media humanidad parece estar de acuerdo. Pero hay algo en la manera en que Film se recoge el cabello tras la oreja cuando Milk se acerca, algo en la sonrisa que le dedica, que le revuelve el estómago.

Observa.

Milk habla con Film durante exactamente cuarenta y tres segundos. Love lo sabe porque los cuenta. Le señala la pantalla de la máquina, probablemente corrigiendo la resistencia, y Film asiente con una expresión de atención embelesada que a Love le resulta irritantemente familiar. Luego, Film apoya la mano en el antebrazo de Milk.

Justo donde está el sticker de Cinnamoroll.

Love siente una punzada minúscula, un alfilerazo en el pecho. Sabe que Film no puede ver el sticker. Sabe que Milk no le ha dado ningún motivo para preocuparse. Pero la imagen se le graba en la retina como una mancha de tinta sobre un vestido nuevo.

Desvía la mirada hacia su bolso de Hello Kitty y saca la tableta. Intenta concentrarse en las rutinas de pilates que tiene que revisar para la tarde, pero las palabras bailan frente a sus ojos sin que pueda retener su significado. Al final, suspira y guarda la tableta.

En lugar de trabajar, abre la bolsita de stickers y elige uno nuevo: Kuromi, la conejita blanca con el gorro negro y la sonrisa traviesa. La mira durante unos segundos, acaricia el borde holográfico con la yema del dedo, y luego la guarda en el bolsillo de su vestido.

Para más tarde.

La mañana se consume con la lentitud de una vela. A la una en punto, Love recoge sus cosas y se asoma al gimnasio para despedirse. Milk está en la recepción, revisando algo con Gap, pero levanta la vista en cuanto siente su presencia.

─¿Ya te vas, conejita?

─Tengo que preparar la clase de las dos ─Love se acerca y le tiende el vaso de café vacío como si fuera un presente─. ¿Cenas en casa?

─A las ocho estoy.

─Perfecto. Voy a hacer tu plato favorito.

Milk arquea una ceja.

─Mi plato favorito es cualquier cosa que cocines tú.

─Eso es trampa.

─Es la verdad.

Love se ríe, se pone de puntillas para besarle la comisura de los labios, y se marcha con su vestido lavanda ondeando tras ella como una bandera de paz. Antes de cruzar la puerta, echa un último vistazo al gimnasio. Film sigue en la máquina de remo. Ya no está sonriendo, pero observa la escena con una expresión calculadora que a Love no le gusta nada.

Se guarda ese detalle para sí misma y sale a la calle.

. . .

La casa que comparten está a veinte minutos del gimnasio, en un barrio tranquilo donde los árboles dejan caer pétalos sobre las aceras. Es un dúplex de dos plantas, ladrillo visto al exterior y un interior que refleja la personalidad de ambas: muebles minimalistas de líneas oscuras, pero salpicados de cojines rosas, mantas de felpa, figuritas de Sanrio en las estanterías. La cocina es el territorio indiscutible de Love, con sus utensilios de silicona pastel y sus tarros de especias etiquetados con caligrafía redonda. El salón pertenece a ambas, pero la esquina donde está el soporte para pesas y la barra de dominadas es, evidentemente, de Milk.

Love entra en casa, se quita los mocasines y se pone sus zapatillas de conejo con orejas caídas. Suspira aliviada al sentir la felpa bajo los pies. Luego se dirige a la cocina, se ata el delantal de volantes y empieza a preparar la cena.

Mientras corta verduras y marina el salmón, su mente regresa una y otra vez a la escena del gimnasio. La mano de Film sobre el antebrazo de Milk. El contacto fugaz, probablemente inocente, pero que a ella le había ardido como una ofensa.

─No soy celosa ─se dice en voz alta, y el sonido de su propia voz la sobresalta.

El cuchillo se detiene a medio camino del puerro. Vale. Quizá sí es celosa.

Pero, ¿acaso no tiene derecho? Milk es suya. Llevan dos años juntas, han construido una vida, una casa, una rutina que les calza como un guante.

Love conoce cada tatuaje, cada cicatriz, cada lunar del cuerpo de Milk. Sabe que le gusta el café sin azúcar pero el batido de fresa con extra de nata. Sabe que ronca ligeramente cuando duerme boca arriba y que siempre, siempre, busca su mano en mitad de la noche. Sabe que debajo de toda esa armadura de cuero y músculo, Milk es un animal de afecto que se derrite con un sticker de Pompompurin en el hombro.

Nadie más lo sabe. Nadie más debería saberlo.

Love termina de cocinar con una determinación renovada. El salmón al horno con costra de hierbas, el puré de boniato, la ensalada templada. Todo queda perfecto, dispuesto en la mesa con velas y servilletas de tela. Una botella de vino blanco reposa en la cubitera, y de postre, dos porciones de tarta de queso que compró esa mañana en la pastelería francesa.

A las ocho y diez, la puerta se abre.

─¡Huelo a paraíso! ─la voz de Milk retumba en el recibidor, y Love sale de la cocina secándose las manos en el delantal.

Milk está en el umbral, todavía con el traje impecable, pero con la camisa un poco arrugada y el cabello suelto sobre los hombros. El blazer cuelga de su antebrazo, y su expresión es la de alguien que ha pasado doce horas de pie y todavía tiene energía para sonreír.

─Bienvenida a casa ─Love se acerca y la abraza, aplastando la mejilla contra su pecho─. Llegas tarde.

─Diez minutos. Me ha entretenido una clienta nueva.

Love tensa los dedos sobre la espalda de Milk.

─¿Film?

─No ─Milk se separa un poco, sorprendida─. Una señora mayor que quería información sobre las clases de yoga. ¿Por qué Film?

─Por nada ─Love se pone de puntillas para besarle la barbilla y disimular su propio rubor─. Anda, ve a ducharte mientras termino de emplatar.

Milk asiente, confiada, y sube las escaleras de dos en dos. Love se queda unos segundos en el pasillo, mordiéndose el labio. Luego respira hondo y vuelve a la cocina.

. . .

La cena transcurre con la calidez de una rutina que nunca cansa. Hablan de sus días, Love cuenta una anécdota sobre una alumna de pilates que se ha quedado atrapada en una postura de puente, Milk narra las desventuras de un proveedor de proteínas que ha confundido los pedidos. Ríen, chocan las copas de vino, comparten el postre con dos cucharas.

Pero Love tiene algo guardado en el bolsillo del delantal.

Cuando Milk se levanta para recoger los platos, Love la detiene con un gesto.

─Espera. No te muevas.

Milk se congela, obediente, con una pila de platos en la mano izquierda y una expresión de desconcierto en el rostro. Love rodea la mesa, se coloca tras ella y, con la precisión de quien ha hecho esto cientos de veces, despega el sticker de Kuromi y lo presiona suavemente sobre la espalda de Milk, justo entre los omóplatos, sobre la seda negra de la camisa.

─Ya puedes seguir ─anuncia, satisfecha.

Milk gira la cabeza intentando mirar, pero es imposible.

─¿Qué me has puesto?

─A Kuromi. Te la mereces.

─¿Por qué?

─Porque Kuromi parece mala pero es un amor. Como tú.

Milk deja los platos en la encimera y se gira. Su expresión ha cambiado: ya no es la dueña cansada que volvió del trabajo, sino la mujer que conoce cada matiz de la voz de Love y sabe leer entre líneas.

─¿Pasa algo, conejita?

Love titubea. No quiere parecer infantil, no quiere empañar una cena perfecta con sus inseguridades. Pero Milk la conoce demasiado bien, y la mano que se posa en su cintura es cálida y firme y le transmite una seguridad que rompe todas sus defensas.

─Hoy, en el gimnasio ─empieza Love, mirando el tercer botón de la camisa de Milk─, vi a Film tocándote el brazo. El brazo donde yo te había puesto el sticker de Cinnamoroll.

Milk parpadea. Luego suelta una carcajada suave, no de burla, sino de ternura absoluta.

─¿Eso es lo que te preocupa?

─No me estoy riendo ─protesta Love─. Sé que es una tontería, pero...

─No es una tontería ─Milk le levanta el mentón con dos dedos, obligándola a mirarla─. Si algo te molesta, no es una tontería. Pero te prometo que no tienes nada de qué preocuparte. Film es una clienta más. Tú eres mi novia. La que me pone stickers en la espalda. La que cocina mi plato favorito aunque ni siquiera sabe cuál es. La que me hace reír y me hace fuerte y me hace... blanda.

─Tú no eres blanda.

─Contigo sí. ─Milk le besa la frente, prolongando el contacto─. Contigo soy de plastilina.

Love cierra los ojos y se deja envolver por esas palabras. Cuando los abre, el nudo en el pecho se ha aflojado un poco. No del todo, pero sí lo suficiente.

─Voy a lavar los platos ─anuncia Milk, y su tono vuelve a ser desenfadado─. Tú ve al salón y elige una película. Pero nada triste, que hoy quiero verte sonreír.

Love obedece de buena gana. Se instala en el sofá, envuelta en una manta de borreguito rosa, y selecciona una comedia romántica francesa que ya han visto tres veces. Milk llega diez minutos después, sin la camisa negra. Solo lleva un tank top gris que deja al descubierto sus brazos esculpidos y el principio de los tatuajes. Sobre el hombro izquierdo, un sticker de Hello Kitty con bigote de gato pintado con rotulador. Una de las primeras modificaciones que Love hizo sobre la marcha.

─Ese es nuevo de hoy ─observa Love, señalándolo.

─No. Este es de ayer. Ha sobrevivido a dos duchas y una clase de funcional. Tus stickers son indestructibles, conejita.

─O es que te niegas a quitártelos.

─También.

Se acomodan en el sofá, Love recostada contra el pecho de Milk, Milk con un brazo alrededor de sus hombros y la otra mano jugando distraídamente con los dedos de Love. La película empieza, los diálogos en francés llenan la habitación, pero ninguna de las dos presta demasiada atención. Están inmersas en la burbuja cálida del roce de las pieles y el silencio cómplice.

A mitad de la película, Love se incorpora y busca su bolso. Saca la bolsita de stickers y la agita en el aire.

─Hora del ritual ─anuncia, y Milk sonríe con anticipación.

El ritual es siempre igual y nunca se repite. Milk se tumba boca abajo en el sofá, con la cabeza apoyada sobre sus brazos cruzados, y Love se arrodilla a su lado. Lo primero es retirar los stickers viejos, los que han sobrevivido al día, con la delicadeza de quien retira vendas de una herida sagrada.

Kuromi de la espalda, Cinnamoroll del antebrazo, Hello Kitty con bigote del hombro. Los va guardando en un álbum pequeño que guarda en el cajón de la mesa del salón, porque para Love cada sticker es un testigo, una prueba de que ese día ha existido.

Luego vienen los nuevos.

Esta noche Love se toma su tiempo. Extiende los stickers sobre la mesa de centro como una baraja de naipes, compara colores y formas, sopesa las opciones. Finalmente, elige:

Pompompurin vestido de mago, para la parte interna de la muñeca derecha, donde el pulso late pausado y fuerte.

My Melody con un ramo de flores, para el bíceps izquierdo, sobre el tatuaje del fénix que ahora parece ofrecerle una rosa a la conejita.

Keroppi sobre una hoja, para el omóplato derecho, donde la piel es suave y el músculo se relaja bajo sus dedos.

Lo hace todo con una concentración casi ceremonial. Despega, coloca, alisa. Sus dedos son ligeros como plumas, pero Milk siente cada uno de sus roces como una corriente eléctrica. A veces cierra los ojos, a veces contiene la respiración. Es un momento íntimo que trasciende las palabras, una liturgia privada que las conecta más que cualquier otra cosa.

Cuando Love termina, besa cada sticker recién colocado. Uno, dos, tres besos que Milk recibe con la piel erizada.

─Perfecta ─susurra Love, y hay una posesividad dulce en su voz─. Eres mía.

─Siempre ─responde Milk contra el cojín, y no hace falta más.

La película termina, los créditos suben por la pantalla ignorados por ambas. Love se ha quedado dormida sobre el pecho de Milk, con la mejilla aplastada sobre el tank top y un hilo de baba que le cae por la comisura de los labios. Milk la observa desde arriba, inmóvil, sin atreverse a respirar demasiado fuerte por miedo a despertarla.

En esos momentos, cuando Love duerme y el mundo se reduce a su respiración acompasada, Milk se permite pensar en lo afortunada que es. Piensa en la primera vez que la vio, en una cafetería con libros de segunda mano, con un vestido amarillo y un coletero de cerezas. Piensa en la primera cita, en el primer beso, en la primera noche. Piensa en todas las veces que Love ha llenado sus cicatrices con stickers, sin juzgarlas, sin pedir explicaciones.

Y piensa que haría cualquier cosa por ella. Literalmente, cualquier cosa.

La carga en brazos con ese cuidado exquisito que solo Milk puede conjugar con su fuerza, sube las escaleras sin hacer ruido y la deposita sobre la cama. Le quita el vestido con suavidad, le pone el pijama de seda rosa, le retira la diadema de perlas y la deja sobre la mesita. Love murmura algo ininteligible en sueños y se acurruca contra la almohada.

Milk se desviste en silencio, se pone un pantalón de algodón y se mete en la cama a su lado. Antes de apagar la lámpara, se mira el antebrazo izquierdo.

Los stickers brillan bajo la luz tenue. Pompompurin, My Melody, Keroppi, y el nuevo Cinnamoroll holográfico que captura destellos plateados.

Sonríe.

─Buenas noches, conejita ─susurra en la oscuridad.

Y Love, dormida, se gira y busca su cuerpo con la precisión de un imán. Una mano pequeña se posa sobre el pecho de Milk, justo encima del sticker de Cinnamoroll que había vuelto a colocar allí antes de acostarse, sobre el corazón.

Duermen.

Afuera, la ciudad ruge bajito. En el gimnasio Black Velvet, las máquinas descansan bajo fundas negras, y en la recepción, la bailarina del tutú rosa se refleja en el suelo recién encerado.

Mañana será otro día.

. . .

La mañana siguiente empieza con un sabor agridulce.

Love se despierta antes que el despertador, algo completamente inusual. La luz todavía es gris y tamizada, y Milk duerme a su lado con el brazo estirado hacia ella, los stickers todavía visibles entre los tatuajes. Love sonríe, se acerca y besa el sticker de Pompompurin en la muñeca. Pero su mente ya está en otro sitio.

No ha olvidado lo de ayer. La mano de Film sobre Milk. La sonrisa calculadora.

Se levanta sin hacer ruido, se pone la bata y baja a la cocina a preparar el desayuno. Mientras la cafetera gorgotea, agarra la tableta y busca en internet: "cómo manejar los celos en una relación sana". Lee cuatro artículos, ninguno le dice nada que no sepa ya. Confianza, comunicación, autoestima. Todo muy lógico, muy razonable. Pero la imagen de esa mano sigue ahí, clavada como una astilla.

Cuando Milk aparece en la cocina, recién duchada y vistiendo un traje gris carbón con camisa blanca, encuentra a Love con el ceño fruncido frente a la cafetera.

─¿Todo bien, conejita?

─Sí, sí ─Love se gira con una sonrisa forzada─. Solo pensaba en las clases de hoy.

Milk no se lo cree. Pero no presiona. En lugar de eso, la abraza por detrás y apoya la barbilla en su hombro.

─Hoy también vas a venir al gimnasio, ¿no?

─Sí. Tengo libre hasta las cuatro.

─Perfecto. Podemos comer juntas.

─Perfecto ─repite Love, y se promete a sí misma que hoy no va a dejar que los celos le arruinen el día.

Pero cuando llegan al gimnasio, Film ya está allí. Siempre está allí.

Y esta mañana lleva un top deportivo más escotado de lo habitual.

Love aprieta los dedos alrededor del asa de su bolso de Hello Kitty y se dirige a la oficina sin mirar atrás.

El sticker de Kuromi arde en su bolsillo.

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