01
Milk Pansa Vosbein tiene veintiséis años, trabaja desde su departamento como analista de datos para una empresa que ni siquiera le importa lo suficiente como para odiarla, y su único compañero de vida es un gato naranja de tres años llamado Tofu que pesa más de lo que debería y la mira como si estuviera constantemente decepcionado de ella.
Hoy, Tofu está en su regazo, ronroneando con los ojos entornados, mientras Milk intenta concentrarse en una hoja de cálculo llena de números que, en este momento, le parecen chino mandarín. Lleva el mismo pijama desde hace dos días —oso de peluche estampado, rosa desgastado, con un agujero en el dobladillo izquierdo—, tiene el cabello recogido en un moño que comenzó ordenado y ahora parece un nido de pájaro, y en la mesa que le sirve de escritorio hay tres tazas de café frío que prometió lavar hace una semana.
Tofu estornuda.
Milk no le presta atención al principio. Los gatos estornudan, es normal. Ella misma ha estornudado al menos cinco veces hoy, y no es que vaya a morirse por eso. Sigue tecleando, los dedos moviéndose con la precisión mecánica de alguien que ha hecho esto miles de veces, los ojos fijos en la pantalla, la mente en algún lugar entre las cifras y el vacío. El cursor parpadea en la celda B47. El número que debe ingresar es 14.672. Lo escribe. Borra. Lo escribe de nuevo. No está segura de que sea correcto, pero tampoco está segura de que importe.
Tofu estornuda por segunda vez.
Milk levanta la vista de la pantalla por un segundo. Lo mira. Tofu la mira de vuelta con esos ojos amarillos que siempre parecen juzgarla.
─ ¿Qué? ─le pregunta Milk, como si el gato pudiera responder.
Tofu parpadea lentamente y luego, sin previo aviso, estornuda por tercera vez. Es un estornudo pequeño, casi delicado, como si el gato estuviera siendo educado incluso al expulsar aire por la nariz. Su bigote se mueve. Sus orejas se aplanan un milímetro. Luego vuelve a mirar a Milk con esa expresión que solo los gatos naranjas pueden tener: una mezcla perfecta de hambre y desprecio.
Eso es suficiente para que el mundo de Milk se detenga por completo.
El corazón le da un vuelco. Un vuelco real, de esos que siente en el pecho como un puñetazo. La sangre se le acelera. Las palmas de las manos, de repente, están húmedas. La pantalla del ordenador se vuelve borrosa porque sus ojos ya no están enfocando los números, sino los titulares imaginarios que su cerebro está construyendo a velocidad de vértigo.
─ Tofu ─dice Milk, con una voz que ya tiembla ligeramente─. ¿Estás bien? Dime que estás bien.
Tofu no dice nada, porque es un gato. Se levanta del regazo de Milk con la parsimonia de alguien que no tiene ninguna prisa en este mundo ni en el otro, da tres pasos hacia su plato de comida, que está completamente vacío, se sienta frente a él, y gira la cabeza para mirar a Milk con una expresión que traduce perfectamente el mensaje: "Ves esto. Vacío. Hambre. Emergencia. Soluciona."
Pero Milk ya no está viendo el plato. Ya no está viendo nada que esté realmente en esta habitación. Su mente ha viajado a un lugar oscuro y húmedo donde los gatos mueren de cosas terribles y las dueñas negligentes lloran en documentales del Discovery Channel. Ya está viendo los titulares imaginarios con una claridad aterradora:
"Gato muere por enfermedad rara que su dueña ignoró durante días"
"Tres estornudos que podrían haber salvado su vida si alguien hubiera prestado atención"
"Milk Pansa, de veintiséis años, enfrenta cargos por negligencia felina; vecinos la describen como 'rara' y 'que siempre está en su casa'"
Milk se levanta de la silla con un movimiento tan brusco que la silla rueda hacia atrás y choca contra la pared. Tofu, inmutable, solo parpadea.
─ Está bien ─se dice a sí misma en voz alta, porque hablar sola es una de las pocas cosas que calman su ansiedad─. Está bien. Solo voy a buscar en Google. Solo para asegurarme. Para descartar. Para quedarme tranquila.
Toma el celular con manos temblorosas. El teléfono tiene la pantalla rota en una esquina —se le cayó hace tres meses cuando Tofu se asustó por un trueno y saltó sobre su regazo— pero aún funciona. Milk abre el navegador. Sus dedos, que hace treinta segundos tecleaban números con la precisión de una máquina, ahora escriben con la torpeza de alguien que está teniendo un pequeño colapso.
El buscador recuerda las búsquedas recientes de Milk. Aparecen en una lista que ella misma encuentra patética, aunque no puede evitarlo:
"cómo saber si mi gato está triste"
"gato duerme 20 horas al día es normal"
"mi gato me odia señales"
"comida para gatos ansiosos"
"por qué mi gato me mira feo"
"gato no me deja dormir porque maúlla a las 3 am"
"gato naranja personalidad"
Ahora añade una nueva, escribiendo cada letra con una concentración casi religiosa:
"gato estornuda tres veces seguidas peligro"
Pulsa "buscar".
Los resultados son inmediatos y catastróficos.
El primer enlace, con letras azules que a Milk le parecen siniestramente alegres: "Estornudos en gatos: ¿cuándo preocuparse?". Lo abre sin dudar. Sus ojos recorren el texto a una velocidad que no es lectura, sino devoración. Normal. Polvo. Alergias estacionales. Infecciones respiratorias superiores. Hongos. Neumonía. Cáncer nasal.
CÁNCER NASAL.
Sus ojos se quedan pegados en esas dos palabras. No puede moverlos. Cáncer. Nasal. En gatos. En Tofu. En su Tofu, que ahora mismo está lamiéndose la pata delantera como si no tuviera un cuidado en el mundo. El texto debajo dice: "Los gatos naranjas tienen una predisposición ligeramente mayor a desarrollar ciertos tipos de neoplasias nasales, aunque la incidencia sigue siendo baja..."
Milk deja de leer después de "neoplasias". No necesita más. Ya tiene suficiente.
El segundo enlace: "Mi gato estornuda mucho: ¿es una emergencia?". Lo abre. "Si tu gato estornuda más de tres veces al día, presenta secreción nasal, estornudos con sangre, pérdida de apetito, letargo, fiebre, dificultad para respirar..." Tofu no tiene secreción nasal. Tofu no tiene sangre. Tofu tiene apetito —de hecho, acaba de reclamar su comida— y nunca está letárgico, solo está gordo y filosófico. Pero Milk ya ha decidido que Tofu TIENE todos esos síntomas, porque su cerebro ansioso es un experto en encontrar evidencia donde no la hay.
─ Tofu ─dice Milk, agachándose frente al gato y tomando su cara entre las manos. Las manos de Milk tiemblan. Tofu deja que lo sostenga, pero con una expresión que claramente dice "esto es humillante"─. ¿Tienes fiebre? ¿Te duele algo? ¿Necesitas que vayamos al veterinario?
Tofu maúlla. Es un maullido corto, seco, que en cualquier contexto normal significaría "dame de comer o te araño los muebles", pero Milk lo interpreta como "ayuda, me estoy muriendo, por favor llévame con un profesional".
─ ¡Eso es! ─Milk se incorpora tan rápido que las rodillas le crujen─. Vamos al veterinario. Ahora. En este instante.
Mira el reloj. Son las 4:47 de la tarde. El día afuera está gris, ese gris plomizo que precede a la lluvia pero nunca termina de decidirse. Hace una semana que Milk no sale de su departamento. La última vez fue para bajar la basura a las 11 de la noche con una sudadera que le quedaba tres tallas más grande y una gorra de béisbol para no tener que saludar al conserje. Ahora va a tener que salir. Va a tener que hablar con personas. Va a tener que explicarle a un veterinario por qué cree que su gato está a punto de morir porque estornudó tres veces.
El pánico sube por su espalda como una corriente de agua helada.
─ Está bien. Está bien, Milk. Puedes hacer esto. Has hecho cosas más difíciles. Como... como aquella vez que pediste una pizza por teléfono en lugar de por la aplicación. Eso fue muy difícil. Y lo lograste.
Tofu la mira desde el suelo con sus ojos amarillos. No está impresionado.
Milk busca en Google "veterinario cerca de mí" y el mapa le muestra una clínica a solo seis minutos caminando. "Patas y Sonrisas". El nombre le parece ridículo, infantil, pero tiene 4.8 estrellas y cuarenta y dos reseñas. La última reseña dice: "La doctora Love es la mejor, muy atenta y cariñosa con los animales. Mi perro la adora."
Love. Qué nombre más extraño para una veterinaria. Milk piensa que probablemente es un apodo, o quizás un nombre artístico, o tal vez sus padres eran hippies. No es relevante. Lo relevante es que Tofu está muriendo (no lo está) y necesita atención médica inmediata (no la necesita) y Milk está a punto de hacer el ridículo delante de una persona desconocida (esto sí es cierto).
El transporte de Tofu está en el armario del pasillo. Es una mochila transportadora de color azul marino con una ventana de malla en la parte delantera y dos agujeros redondos para que el gato saque las patas si quiere. La compró hace dos años en una oferta de internet y desde entonces la ha usado exactamente dos veces: una para llevar a Tofu a su primera vacuna, y otra para llevarlo a casa después de esa vacuna. Tofu odia la mochila con una pasión que Milk encuentra casi poética.
Cuando Milk saca la mochila del armario, Tofu la ve y sus orejas se aplanan inmediatamente. Sabe lo que significa. Se ha convertido en un experto en reconocer esa forma azul. Da un paso atrás. Luego otro.
─ No, no, no ─dice Milk, acercándose a él con la mochila abierta─. Es por tu bien. Estás enfermo. No lo sabes, pero lo estás.
Tofu emite un sonido que está a medio camino entre un maullido y un gruñido. Es el sonido de un gato que ha sido traicionado por quien más confiaba.
─ Por favor, Tofu. Por favor. Te compro atún. El caro. El de lata plateada.
Tofu duda. Sus ojos amarillos examinan la mochila, luego a Milk, luego la mochila otra vez. Es un cálculo complejo: ¿vale la pena someterse a la humillación de la mochila a cambio de atún premium? Tofu, después de tres segundos de intensa reflexión, decide que sí. Pero no sin antes dejar claro su descontento. Maúlla una vez, con un tono grave y ofendido, y luego entra en la mochila con la dignidad ofendida de un rey desterrado.
Milk cierra la cremallera. Su corazón late tan rápido que puede sentir los latidos en las sienes.
─ Vamos ─dice, más para sí misma que para el gato.
Se pone unos jeans negros que estaban en la silla, una camiseta blanca demasiado grande, y unas zapatillas de estar por casa que ni siquiera se ha molestado en atar. El cabello sigue siendo un desastre. No le importa. No hay tiempo para la vanidad cuando tu gato tiene CÁNCER NASAL (no tiene nada).
Antes de salir, Milk se acerca a la puerta y mira por la mirilla. Lo hace siempre. Siempre. Antes de abrir la puerta de su departamento, necesita asegurarse de que no haya nadie en el pasillo. No soporta la idea de tener que saludar a un vecino, de hacer ese contacto visual breve pero eterno, de tener que decir "hola" con una voz que nunca sale con el tono adecuado. Una vez, hace dos meses, el vecino del 4B estaba justo en el pasillo cuando ella salió, y Milk fingió que tenía que volver a entrar porque "se le olvidó algo". Esperó quince minutos dentro, con la oreja pegada a la puerta, hasta que escuchó que el vecino se iba.
Hoy, el pasillo está vacío. Milk exhala un suspiro de alivio tan profundo que sus hombros se relajan un poco. Abre la puerta, sale, la cierra con llave, y camina hacia el ascensor con la mochila de Tofu colgada sobre el pecho, como si fuera una madre primeriza con un bebé extremadamente peludo y de mal humor.
En el ascensor, una señora mayor con un carrito de compras la mira y sonríe.
─ ¿Qué lindo gatito? ─dice la señora, asomándose a la ventana de malla.
Milk siente que su cara se enciende. No sabe cómo responder a los cumplidos, ni siquiera cuando no son para ella.
─ Gracias ─murmura, mirando al suelo.
─ ¿Va al veterinario? ¿Está enfermo?
─ No... sí... quiero decir, no estoy segura, estornudó tres veces...
La señora asiente con gravedad, como si tres estornudos fueran efectivamente un motivo de alarma médica.
─ Ay, pobrecito. Ojalá no sea nada grave.
─ Eso espero. ─La voz de Milk es tan baja que la señora tiene que inclinarse para escucharla.
El ascensor llega al primer piso. Milk sale casi corriendo, con la cabeza gacha, la mochila azul apretada contra su pecho. Atraviesa el lobby del edificio sin mirar al conserje, aunque él le dice "buenas tardes" con una voz que Milk registra pero no puede devolver porque ya ha activado el modo "no me veas, no existo, soy invisible".
Afuera, el aire está pesado y húmedo. Huele a tierra mojada y a asfalto caliente. Milk camina rápido, tan rápido que sus zapatillas hacen un ruido de arrastre contra la acera. El móvil le indica que gire a la izquierda, luego a la derecha, que siga dos cuadras más. Lleva el mapa abierto, pero casi no lo mira; su cuerpo se mueve por inercia, mientras su mente sigue reproduciendo una y otra vez los tres estornudos de Tofu como si fueran una grabación en loop.
Tofu, dentro de la mochila, está completamente callado. Esto debería tranquilizar a Milk, pero en realidad la aterra más. "¿Y si está tan débil que ya ni siquiera puede quejarse?", piensa. "¿Y si está teniendo un paro respiratorio justo ahora, dentro de la mochila, y yo ni siquiera me he dado cuenta?" Se detiene en medio de la acera, abre un poco la cremallera, mete un dedo dentro para tocar la nariz húmeda de Tofu. Siente su respiración. Está bien. Sigue vivo. Sigue respirando. Sigue juzgándola con la mirada.
Milk cierra la mochila y sigue caminando.
La clínica "Patas y Sonrisas" está en una esquina, entre una panadería y una tienda de artículos para mascotas. El local es pequeño, con una fachada pintada de blanco y verde menta, y en el letrero hay dibujados una pata de perro y una sonrisa —literalmente una sonrisa con dientes, que Milk encuentra inquietante—. En el escaparate hay pegatinas de huellas de patitas y un cartel que dice: "ENTRADA CON MASCOTA" en letras redondeadas y amigables.
Milk se queda parada frente a la puerta durante treinta segundos enteros.
Su corazón late con violencia. Las palmas de sus manos están completamente empapadas. Siente un nudo en la garganta, ese nudo familiar que aparece siempre antes de tener que interactuar con un desconocido. "Puedes hacerlo", se dice. "Es solo un veterinario. Hablan con animales todo el día. Están acostumbrados a gente rara. No te van a juzgar. O tal vez sí. Pero no importa. Es por Tofu."
Toma aire. Lo suelta. Toma otro. Lo suelta.
─ Vamos ─le susurra a Tofu.
Empuja la puerta.
Una campanilla suena en algún lugar detrás del mostrador. El sonido es alegre, casi burlón, como si estuviera celebrando que Milk ha tenido el valor de cruzar el umbral. La sala de espera es pequeña y acogedora: cuatro sillas de plástico blanco alrededor de una mesita baja llena de revistas viejas sobre mascotas, un dispensador de agua, y un pizarrón con dibujos de niños colgado en la pared. Los dibujos son malos, como deben ser los dibujos de los niños: perros con tres patas, gatos con orejas asimétricas, un pez que parece un rectángulo con ojos. Milk encuentra esto extrañamente reconfortante.
No hay nadie más esperando. Esto también es reconfortante.
El mostrador está atendido por una chica joven, de unos veintipocos, con el pelo recogido en una coleta alta y una bata blanca con dibujos de huesos y patitas. Tiene una cara amable, de esas que parecen estar sonriendo incluso cuando no sonríen. Levanta la vista de una computadora y la mira.
─ ¡Hola! Bienvenida a Patas y Sonrisas ─dice la chica con una entonación tan alegre que Milk siente que necesita gafas de sol─. ¿Es su primera vez con nosotros?
─ Sí ─responde Milk. Su voz sale más apagada de lo que quisiera, casi un susurro.
─ ¡Perfecto! Necesito que me dé algunos datos. ¿Cuál es el nombre de su mascota?
─ Tofu.
─ ¿Tofu? Qué nombre más lindo. ¿Es un perro o un gato?
─ Gato. Naranja.
─ Me encantan los gatos naranjas. Tengo uno en casa, se llama Mango. Son unos loquillos, ¿verdad?
Milk no sabe cómo responder a esto. No sabe si decir "sí" o "no" o contar una anécdota sobre Tofu. Su cerebro se queda en blanco, como si alguien hubiera pulsado el botón de pausa. Finalmente, después de una pausa que le parece eterna pero que en realidad duró solo dos segundos, asiente con la cabeza.
La chica de la coleta no parece molesta por la falta de conversación. Sigue tecleando en la computadora.
─ ¿Qué le pasa a Tofu? ¿Viene por alguna razón en particular?
Milk siente que el nudo en la garganta se tensa un poco más. Sabe lo que va a decir. Sabe lo estúpido que va a sonar. Pero no puede evitarlo. Tiene que decirlo.
─ Estornudó tres veces.
La chica de la coleta deja de teclear. Levanta la vista. La mira. Por un momento, Milk cree ver una pequeña contracción en la comisura de sus labios, como si estuviera conteniendo una sonrisa.
─ ¿Estornudó? ─repite la chica, con una voz cuidadosamente neutral.
─ Tres veces. Seguidas. ─Milk siente la necesidad de enfatizar esto, como si el número tres fuera mágicamente más grave que dos o cuatro─. Y antes de eso no estornudaba. O sea, estornudaba, pero no así. Así fue... diferente.
─ ¿Diferente?
─ Más... estornudoso.
La palabra sale de su boca antes de que pueda detenerla. Estornudoso. No es una palabra real. Milk acaba de inventar una palabra en una conversación con una desconocida, y ahora quiere desaparecer, fundirse con el suelo, convertirse en una de esas baldosas blancas que nadie mira.
La chica de la coleta mantiene la expresión profesional, pero sus ojos delatan algo parecido a la ternura.
─ Entiendo. ¿Ha notado otros síntomas? ¿Secreción nasal, pérdida de apetito, letargo, dificultad para respirar?
─ No. Bueno, come bien. Come mucho. Demasiado, según algunos estándares. Pero no sé si eso es síntoma de algo. ¿El mucho apetito puede ser síntoma? Google no decía nada de eso.
─ ¿Buscó en Google?
─ Sí. Y dice que podría ser cáncer nasal.
Ahora la chica de la coleta sí sonríe. No puede evitarlo. Es una sonrisa pequeña, rápida, que desaparece casi al instante, pero Milk la ve. Y esa sonrisa le confirma lo que ya sabía: está haciendo el ridículo. Está siendo esa persona. Esa persona que lleva a su gato al veterinario por tres estornudos y usa la palabra "estornudoso" en una conversación seria.
─ La doctora Love lo revisará ─dice la chica, recuperando la compostura─. Es muy buena. Usted tranquila. ¿Puede esperar unos minutos? Está terminando una consulta.
─ Sí. Claro. Gracias.
Milk se sienta en una de las sillas blancas, con la mochila de Tofu en el regazo, las manos sudorosas apretando las asas de la mochila como si fuera un salvavidas en medio del océano. Tofu, desde dentro, maúlla una vez. Es un maúullido bajo, casi un gruñido, que Milk interpreta como "me has traído a este lugar horrible y te voy a hacer pagar".
─ Cállate ─le susurra Milk─. Te estamos salvando la vida.
Tofu maúlla otra vez, más fuerte.
La chica de la coleta, desde el mostrador, la mira de reojo y sonríe.
Milk espera. Los minutos se alargan. Mira el pizarrón con los dibujos de los niños. Un niño ha dibujado un gato que es básicamente un círculo con patas de palo y una frase que dice "MI GATO SE LLAMA NUBE Y ES EL MEJOR". Otro ha dibujado un perro con orejas de mariposa y el sol sonriendo. Milk piensa que los niños tienen una capacidad asombrosa para plasmar la felicidad en el papel, esa felicidad despreocupada que ella perdió hace años, en algún momento entre la universidad y el mundo laboral, entre las exigencias sociales y la ansiedad que la carcome desde adentro.
La puerta del consultorio se abre.
Milk levanta la vista.
Y el mundo, por un segundo, se detiene.
Del consultorio sale una mujer joven, tal vez de veinticinco años, con una bata blanca impecable sobre unos jeans ajustados y zapatillas deportivas de color rosa pastel. Su cabello es largo y oscuro, recogido en una trenza que cae sobre su hombro izquierdo, y tiene unos ojos grandes y brillantes que parecen contener estrellas diminutas. Su sonrisa es amplia, genuina, de esas que arrancan de la nada y se instalan en la cara como si hubieran nacido allí. Tiene hoyuelos. Dos hoyuelos perfectos que se hunden en sus mejillas cuando sonríe.
Detrás de ella, una mujer mayor con un caniche blanco en brazos la despide con una sonrisa igual de amplia.
─ Muchas gracias, doctora Love. Es usted un ángel.
─ ¡Gracias a usted, doña Elena! Que Pocky se mejore pronto. Acuérdese de darle la medicina cada doce horas.
La mujer mayor se va, y la doctora Love —porque esa es ella, la de los hoyuelos, la de la sonrisa infinita— gira y ve a Milk sentada en la sala de espera.
Sus ojos se encuentran.
Y Milk siente algo que no sabe cómo describir. No es solo el corazón acelerado, no es solo las palmas sudorosas, no es solo el nudo en la garganta. Es todo eso junto, pero multiplicado por diez, elevado a la enésima potencia, con un extra de algo que Milk no quiere examinar demasiado de cerca.
Love sonríe. Con los hoyuelos y todo.
─ ¡Hola! ─dice Love, y su voz es tan cálida como su sonrisa, como una manta en invierno o una taza de té en las manos frías─. ¿Eres tú la que tiene una cita para consulta?
Milk intenta hablar. Su boca se abre. Se cierra. Se vuelve a abrir. De su garganta sale un sonido que no es exactamente una palabra, sino más bien un gemido de angustia leve.
─ Sí ─logra decir finalmente. Suena como si hubiera corrido un maratón.
─ ¿Y quién es el paciente? ¿El pequeño de la mochila?
Love se acerca. Da pasos largos pero suaves, como si flotara en lugar de caminar. Se agacha frente a Milk para estar a la altura de la mochila, y sus ojos brillan con una curiosidad genuina cuando mira a Tofu a través de la malla.
─ Hola, guapo ─le dice a Tofu, y lo dice con la misma dulzura con la que una madre le hablaría a su bebé─. ¿Quién es hermoso? ¿Tú eres hermoso?
Tofu, que nunca le ha dado bola a nadie que no fuera Milk, maúlla. No es un maullido de queja, ni de hambre, ni de descontento. Es un maullido suave, casi un ronroneo con vocalización. Es el maullido de un gato que acaba de encontrar a su nueva persona favorita.
Milk siente una punzada de celos. Una punzada pequeña, irracional, que la sorprende a sí misma. Tofu es SU gato. Tofu debería ser leal a ella. Tofu la miró con desprecio durante tres años, y ahora maúlla como un cachorrito solo porque una veterinaria bonita le ha dicho "guapo".
Love abre la cremallera de la mochila con la delicadeza de quien ha abierto miles de transportadoras antes, y mete una mano para acariciar a Tofu detrás de la oreja. Tofu cierra los ojos de placer. Su cabeza se inclina hacia la mano de Love como un girasol hacia el sol.
─ Es un amor ─dice Love, mirando a Milk─. ¿Cómo se llama?
─ Tofu.
─ ¿Como el alimento? Qué original. Me encanta. ¿Puedo sacarlo?
Milk asiente. Love extrae a Tofu de la mochila con una suavidad que Milk encuentra casi hipnótica. Lo sostiene contra su pecho, y Tofu se deja hacer, flojo como un trapo, los ojos entornados de felicidad. Love lo acuna como si fuera un bebé, y su bata blanca se llena de pelos naranjas.
─ Pasa, Tofu ─dice Love, incorporándose y caminando hacia el consultorio─. Tu mamá también puede pasar.
Tu mamá. Milk procesa esas dos palabras mientras se levanta de la silla con las piernas ligeramente temblorosas. La chica de la coleta le guiña un ojo desde el mostrador, y Milk no sabe qué significa ese guiño pero le produce una vergüenza inexplicable.
El consultorio es pequeño pero luminoso. Hay una camilla de acero inoxidable en el centro, una estantería llena de frascos y medicamentos, una computadora en un escritorio desordenado, y en la pared, junto al título universitario de Love, hay una foto de Love abrazando a un perro enorme de raza indefinida y otra foto de Love con un gato tricolor en los hombros. Love deja a Tofu sobre la camilla, y Tofu, en lugar de quejarse como suele hacer cuando Milk lo pone en superficies extrañas, se tumba panza arriba con las patas abiertas.
─ ¿Ves? Ya está cómodo ─dice Love, sonriendo.
─ Es raro ─murmura Milk.─ Normalmente no le gustan los extraños. Tarda días en confiar.
─ Quizá soy especial.
Love dice esto sin un ápice de soberbia, con una naturalidad que haría creer que realmente se considera especial. Y tal vez lo es, piensa Milk. Tal vez es especial. Tal vez tiene un don con los animales, o una energía especial, o simplemente es tan amable que incluso los gatos desconfiados como Tofu se rinden ante ella.
Love comienza la revisión. Le toma la temperatura a Tofu con un termómetro que introduce con la misma tranquilidad con la que otras personas se pondrían los zapatos. Tofu ni se inmuta. Love le mira los ojos con una linterna pequeña, le revisa las orejas con un otoscopio, le palpa el vientre con movimientos circulares y suaves, le ausculta el pecho con un estetoscopio. Cada gesto es preciso, profesional, pero también tierno. Habla mientras trabaja, no tanto con Milk sino con Tofu, como si el gato pudiera entenderla y responderle.
─ Vamos a ver, señor Tofu. Dime qué te duele. ¿Te duele la nariz? ¿Te duele la garganta? ¿Tienes algo que no quieras contarme?
Tofu ronronea. El ronroneo es tan fuerte que se escucha desde el otro lado de la habitación.
─ No parece tener fiebre ─dice Love, retirando el termómetro y anotando algo en una tablet─. Su temperatura está dentro de lo normal. Las encías están rosadas, los ojos están limpios, los oídos están impecables. El corazón suena bien, los pulmones también. Está un poco por encima de su peso ideal —lo dice sonriendo, como si fuera un halago—, pero nada alarmante.
─ ¿Y los estornudos? ─pregunta Milk. Su voz es apenas un hilo de voz.
Love deja la tablet sobre la mesa y se acerca a Milk. Están a menos de un metro de distancia. Milk puede ver las pecas diminutas que salpican el puente de la nariz de Love, puede ver el tono cálido de sus ojos marrones, puede ver la forma en que un mechón de cabello se ha escapado de su trenza y cae sobre su frente.
─ Los estornudos ─repite Love, como si estuviera saboreando la palabra─. A ver, cuéntame exactamente qué pasó.
Milk traga saliva. Sabe que va a sonar ridícula, pero no tiene otra opción.
─ Estábamos en casa. Yo estaba trabajando. Él estaba en mi regazo. Y estornudó. Una vez. Y luego otra. Y luego otra. Tres veces. Seguidas. Y antes no había estornudado en todo el día. O sí, quizás sí, pero no me di cuenta. Pero estos tres fueron... diferentes. Más fuertes. ¿Eso tiene algún significado médico? ¿La fuerza de los estornudos?
Love la escucha con una atención tan concentrada que Milk se siente observada, estudiada, como si Love pudiera leer en su interior a través de sus palabras torpes y su voz temblorosa.
─ Los estornudos en gatos ─dice Love, con la paciencia de quien explica algo por enésima vez pero no le molesta repetirlo─ pueden deberse a muchas cosas. Polvo, pelo, algún aroma fuerte, cambios de temperatura, incluso emociones. Algunos gatos estornudan cuando están emocionados.
─ ¿Emocionados? ¿Los gatos se emocionan?
─ Claro que sí. ¿Tú no te emocionas nunca, Milk?
El uso de su nombre sobresalta a Milk. No recuerda habérselo dicho. Luego recuerda que la chica de la coleta tomó sus datos antes. Love ya sabe cómo se llama. Love ha estado diciendo su nombre desde que entró al consultorio, y Milk apenas se ha dado cuenta.
─ A veces ─responde Milk, con honestidad─. Muy pocas veces. Cuando Tofu duerme en mi cama. O cuando me dan un día libre.
Love sonríe, y esa sonrisa vuelve a iluminar todo su rostro. Sus hoyuelos se hunden un poco más en sus mejillas.
─ Bueno, pues Tofu está perfectamente sano. No tiene ni rastro de infección, ni alergia grave, ni nada remotamente parecido a un cáncer nasal. Siento decírtelo, pero creo que viniste por una falsa alarma.
─ ¿Segura? ─pregunta Milk, todavía no convencida─. ¿No deberíamos hacerle una radiografía o algo? Un análisis de sangre. Una resonancia magnética. Lo que sea. Yo pago.
Love se ríe. Es una risa suave, musical, que llena el consultorio como si hubiera abierto una ventana y hubiera entrado una brisa de primavera.
─ No hace falta. De verdad. Si me equivoco y dentro de una semana Tofu tiene síntomas reales —secreción nasal, pérdida de apetito, fiebre— puedes volver y te haré todas las pruebas que quieras. Pero ahora mismo, te lo juro por mi título, tu gato está más sano que yo.
Milk la mira. Love la mira de vuelta. El silencio entre ellas no es incómodo, sino extrañamente íntimo, como si compartieran un secreto que ningunas dos palabras podría expresar.
─ ¿Cuánto le debo? ─pregunta Milk finalmente.
─ Nada.
─ ¿Cómo que nada?
─ Es una broma. Bueno, no es una broma. Es que fue una consulta muy rápida y además tu gato me hizo reír. Los gatos naranjas siempre me hacen reír. Así que esta vez invito yo.
─ No, no puedo aceptar... ─Milk mete la mano en el bolsillo trasero del pantalón buscando su cartera, pero Love pone una mano sobre la suya y la detiene.
El contacto es breve. Un segundo, tal vez dos. Pero Milk siente el calor de la piel de Love como una quemadura suave, como si esa mano hubiera dejado una marca invisible en la suya.
─ De verdad, Milk. No te preocupes. Considera que fue un servicio de evaluación gratuita de estornudos felinos. Y si te sientes mal, la próxima vez ya pagas. Pero solo si Tofu está realmente enfermo, no si estornuda tres veces seguidas.
─ ¿La próxima vez? ─Milk no sabe por qué repite esas palabras. Tal vez porque Love ya está asumiendo que volverá. Y algo en su interior, algo que no quiere examinar demasiado, se alegra de eso.
Love asiente.
─ Los gatos necesitan chequeos regulares, vacunas, desparasitaciones. Tofu es un gato joven, pero nunca está de más. Además... ─Love se acerca un poco más, baja la voz como si fuera a contar un secreto─ me gustaría volver a verte.
El corazón de Milk da un vuelco tan violento que tiene que apoyarse en la camilla para no tambalearse. Love dice esto con una naturalidad pasmosa, como quien dice "me gusta el helado de chocolate" o "el tráfico está horrible hoy". No parece consciente de la magnitud de sus palabras. O tal vez lo es, y está jugando con Milk de una manera que Milk no sabe descifrar.
─ Yo... bueno... sí... Tofu necesita sus vacunas ─tartamudea Milk.
─ Perfecto. Te mando un mensaje para recordarte la fecha.
─ ¿Un mensaje?
─ Sí, a tu celular. Tengo tu número del formulario que llenaste. Si no te molesta, claro. Solo para recordatorios médicos. Nada raro.
─ No. No me molesta. Está bien.
Love saca su celular del bolsillo de la bata, teclea algo, y luego guarda el teléfono con una sonrisa de satisfacción.
─ Listo. Mensaje enviado. Lo recibirás en unos segundos.
El celular de Milk vibra en su bolsillo. No lo saca. No hace falta. Sabe que ha recibido un mensaje de Love, y esa certeza le produce una mezcla de miedo y emoción que no sabe gestionar.
Ayuda a Love a meter a Tofu de vuelta en la mochila. Sus manos se rozan en el proceso. Otra vez ese calor. Otra vez esa pequeña descarga eléctrica que recorre su brazo hasta llegar a algún lugar profundo de su pecho.
─ Cuídalo mucho ─dice Love mientras las acompaña hasta la puerta de la clínica─. Y tú también cuídate. No solo él.
─ Gracias ─susurra Milk.
─ Nos vemos pronto, Milk. Y Tofu, cuídate, gordo hermoso.
Tofu maúlla desde la mochila. Es un maullido dulce, agradecido, casi amoroso. Milk jura que nunca lo ha escuchado maullar así.
Sale de la clínica. La campanilla suena otra vez. La puerta se cierra detrás de ella. El aire afuera sigue siendo pesado y húmedo, pero Milk respira más hondo que antes, como si el consultorio de Love le hubiera regalado un poco de ese oxígeno puro que no sabía que necesitaba.
Camina de vuelta a su edificio con la mochila apretada contra el pecho y una sonrisa que no puede contener. Es una sonrisa pequeña, tímida, pero está ahí. Milk no sonríe casi nunca. Hoy sonríe.
Una vez en su departamento, cierra la puerta con llave, deja a Tofu en el suelo (el gato sale de la mochila con la dignidad ofendida de un aristócrata que ha sido transportado en un vagón de tercera clase), y se desploma en el sofá. Toma el celular entre las manos y abre el mensaje de Love.
Dice: "Hola Milk, soy Love, la veterinaria de Patas y Sonrisas. Este es mi número por si Tofu tiene algún síntoma extraño (o si estornuda otras tres veces jajaja). Cuídense mucho. Fue un placer conocerte. 🐱"
Milk lee el mensaje una vez. Dos veces. Tres veces.
Luego abre la aplicación de notas, crea un archivo nuevo, y escribe en el título: "Love.docx".
No sabe qué va a escribir ahí. No sabe si escribirá algo alguna vez. Pero le gusta tener el archivo. Le gusta saber que existe un lugar donde puede guardar lo que siente, aunque todavía no sepa cómo llamarlo.
Tofu se acerca a ella, salta al sofá, y se sienta en su regazo. La mira con sus ojos amarillos. Por primera vez en semanas, no parece decepcionado.
Milk lo acaricia detrás de la oreja, tal como hizo Love.
─ Gracias por estornudar ─le dice.
Tofu ronronea.
Fuera, la lluvia que llevaba todo el día amenazando finalmente comienza a caer. Las gotas golpean suavemente contra la ventana del balcón, creando un ritmo constante y relajante. Milk cierra los ojos, apoyando la cabeza en el respaldo del sofá, con Tofu calentándole el regazo y el recuerdo de los hoyuelos de Love flotando detrás de sus párpados.
No sabe que en una semana estará mudándose a un nuevo departamento.
No sabe que Love será su vecina del frente.
No sabe que su mejor amiga Film resulta ser la prima de Love.
No sabe nada de lo que está por venir.
Pero esta noche, mientras la lluvia cae y Tofu ronronea y el mensaje de Love brilla en su pantalla, Milk se siente, por primera vez en mucho tiempo, un poco menos sola.
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