10
Tim
Hoy es uno de esos días de mierda.
La fiebre ha vuelto a subir, como si mi cuerpo hubiera decidido sabotearme. Estoy tirado en el sofá, con una manta sobre los hombros, mientras intento responder mensajes con los ojos medio cerrados.
Mike sigue insistiendo en quedar.
Le he dicho que estoy enfermo, pensando que esa era la excusa perfecta, pero el cabrón no cede.
"Te llevo algo para que te mejores."
"¿Seguro que no quieres compañía?"
"Podría hacerte un masaje."
Suspiro y dejo el móvil en la mesa. Siento que tengo que respetar a Conner. Pero antes de que pueda decidir qué hacer, tocan a la puerta.
Y cuando abro, ahí está Mike.
-Joder, sí que tienes mala cara.
-Gracias, qué cumplido.
Mike se ríe y entra como si esta fuera su casa. Se deja caer en el sofá y yo, demasiado agotado para discutir, hago lo mismo.
Charlamos un rato. Nada importante. Él habla de su trabajo, de lo aburrido que ha sido su día, de lo mucho que le apetece hacer algo interesante.
Y luego toca la puerta otra vez.
Sé quién es antes de abrir.
Y, efectivamente, Conner entra como siempre, sin preguntar, sin esperar invitación.
Pero esta vez se encuentra con Mike en el sofá.
Los dos se miran.
El aire se tensa.
Mike se levanta despacio, como si hubiera leído la situación.
-Bueno, creo que ya es hora de irme-dice, metiendo las manos en los bolsillos. Me lanza una media sonrisa-
Cuídate, Tim.
-Sí… gracias por venir-
Cuando la puerta se cierra, me giro para mirar a Conner.
Y lo veo con el ceño fruncido, la mandíbula tensa.
-Es un lobo-Tardo un segundo en procesar lo que ha dicho.
-¿Qué?
-Mike-Su voz es firme, molesta-Es un puto lobo.
-¿Cómo lo sabes?
Conner me mira como si acabara de preguntarle si el cielo es azul.
-Lo he olido.
Suelto un resoplido y me dejo caer en el sofá.
-Ah...
Pero Conner no se sienta.
Me sigue mirando.
Y entonces frunce aún más el ceño.
-¿Qué?-pregunto, cansado.
-Ha dejado su olor por todo el salón.
-Ah...
-No, Tim-Se acerca un poco, como si pudiera oler cada rincón de la casa-Lo has dejado sentarse a tu lado, has hablado con él, y ahora hueles a él.
Levanto una ceja.
-¿Me estás diciendo que me ha marcado con su olor por el simple hecho de estar aquí?
-Sí.
-Joder, qué drama-Pero Conner no lo toma a broma.
-¿Te acostaste con él?-Abro la boca, pero me toma un segundo responder.
-¡No!.
-Menos mal-Conner resopla, visiblemente molesto.
-¿Tanto te cabrea?
-Sí, joder.
-¿Por qué?-Conner me observa con intensidad.
-Porque no quiero que nadie más deje su jodido olor en ti.
Siento una punzada en el pecho.
No estoy seguro de si es la fiebre o otra cosa completamente diferente.
Conner parece debatirse internamente por un segundo, pero después toma una decisión definitiva.
Y es ser un maldito tóxico.
Se deja caer en el sofá a mi lado, pero no de manera casual.
Se pega.
Literalmente.
Pone un brazo alrededor de mis hombros, acerca su cara a mi cuello y respira profundamente.
-Esto es ridículo-digo, pero no me muevo.
-No, esto es necesario-
responde, frotando su nariz contra mi piel.
-Eres un jodido perro celoso.
-Soy un lobo territorial, hay una diferencia.
No lo hay.
Pero no voy a discutirlo.
Porque, para ser honesto, tampoco me quejo. Conner es calor. Un jodido calentador viviente. Y yo tengo frío. Así que, sin pelear demasiado, me acurruco contra su pecho.
Siento su sonrisa contra mi piel.
-Sabía que te gustaba esto-
murmura.
-No te emociones.
-Claro, claro.
Conner sigue pegado a mí, como si pudiera borrar el olor de Mike con pura presencia física. Acaricia mi pelo, desliza los dedos por mi brazo, y poco a poco, mi cuerpo empieza a relajarse.
Demonios.
Quizás ser tóxico no es tan malo después de todo.
Damián
Estoy en clase, intentando prestar atención a la maldita ecuación en la pizarra, cuando mi móvil vibra por décima vez en los últimos cinco minutos.
No necesito mirarlo para saber quién es.
Jon.
Con disimulo, desbloqueo la pantalla y leo el mensaje.
Jon: Damián, ven a casa.
Ignoro el mensaje y trato de enfocarme en la clase.
Dos segundos después, otro mensaje.
Jon: Por favor.
Respiro hondo, pero no respondo.
Jon: Me han vuelto a encerrar.
Levanto una ceja.
Jon: Dijeron que un lobo cruzó la frontera y que hay que reforzar la seguridad. Así que aquí estoy, encerrado otra vez.
Me muerdo el labio.
Jon: Me aburro.
Jon: Ven.
Jon: Damián.
Jon: Damián.
Jon: Damián.
Ruedo los ojos.
Jon: Voy a seguir escribiéndote hasta que vengas.
Suelto un suspiro.
Agarro mi bolígrafo y finjo tomar apuntes.
-¿Qué tanto miras tu móvil, Wayne?-pregunta el profesor, sin levantar la vista de su libro.
-Nada, profesor.
Guardo el móvil con un resoplido.
Jon sigue bombardeándome.
Voy a matarlo.
Pero primero, tendré que ir a verlo.
En cuanto suena el timbre del recreo, salgo del aula con mi móvil en la mano, listo para enfrentarme al bombardeo de mensajes de Jon.
Jon: Damián.
Jon: Damián.
Jon: Damián.
Jon: Damián, ¿sigues vivo?
Jon: Si te han secuestrado, parpadea dos veces.
Jon: Ah, espera, no puedo verte.
Jon: Escribe dos veces la palabra “pollo” si necesitas ayuda.
Suelto un resoplido y finalmente le respondo.
Yo: Estoy en clases, idiota.
Jon: ¡POR FIN!
Jon: Estaba a punto de organizar una misión de rescate.
Jon: ¿Vas a venir?
Yo: No lo sé.
Jon: Damián, me estoy pudriendo aquí.
Jon: Esto es como la cárcel, pero sin el tráfico de cigarrillos.
Jon: No puedo salir, no puedo hacer nada, solo dar vueltas en mi habitación como un maldito perro esperando a su dueño.
Yo: Tienes experiencia en eso.
Jon: Oye.
Sonrío con satisfacción.
Jon: Si vienes, te prometo que no me quejaré si me abrazas.
Jon: O me das comida.
Jon: O ambas.
Yo: No estoy seguro de querer alimentar a un animal en cautiverio.
Jon: ¡Soy un alfa, Damián!
Yo: Eres un alfa ENJAULADO.
Me río mientras veo los puntitos de escritura aparecer y desaparecer varias veces.
Finalmente, Jon responde:
Jon: ¿Entonces vendrás?
Yo: lo pensaré.
Tim
Hombre lobo.
Mike.
Es un maldito hombre lobo.
Estoy en el sofá, parpadeando lentamente mientras intento procesarlo.
Porque no es como si me hubiera imaginado esto.
¿Mike? ¿Un lobo?
Joder.
Y de repente, una idea estúpida y peligrosa cruza mi mente. Para molestar a Conner. Así que, sin pensar demasiado en las consecuencias, abro la boca y suelto la bomba.
-Con razón Mike follaba tan bien.
La reacción es instantánea.
Conner gruñe.
Sí, gruñe.
Y se levanta del sofá de golpe, con cara de pocos amigos.
-Me largo.
Pero antes de que pueda moverse demasiado, le agarro la muñeca rápidamente y tiro de él con suavidad.
-Es broma, no te vayas-Me río un poco, pero no suelto su mano.
Conner sigue tenso, pero no se va. Aprovecho el momento y tiro de él para que vuelva a sentarse a mi lado. Pero cuando me inclino para darle un beso, él gira la cara con infantilidad absoluta.
Oh. ¿En serio?
Sonrío con diversión y no pierdo el tiempo. Empiezo a darle pequeños besos por donde pillo.
Su mejilla.
Su mandíbula.
Su cuello.
-No te enfades-murmuro entre besos-Era broma.
Sigo dándole besitos, suavizando el mal humor que le ha entrado de repente.
-No me enfado-miente descaradamente, porque sigue con los brazos cruzados como un niño molesto.
Pero ya no está tan tenso.
Está cediendo.
-No me importa, en serio-
dice, pero con un tono que claramente dice que sí le importa.
Sonrío contra su piel.
-Claro que no te importa-
respondo con burla.
Conner se acomoda mejor en el sofá, pero sigue con la cara girada, sin mirarme.
Así que decido inflarle el ego. Porque, bueno, se lo merece.
-Además, me gustas más tú.
-Conner alza una ceja.
-¿Ah, sí?
-Sí.
-Demuéstralo.
Y bueno…Pues vale.
Sin dejar de sonreír, me deslizo sobre sus piernas, acomodándome a horcajadas sobre él. Conner me observa en silencio, con los brazos aún cruzados y esa expresión de falso desinterés.
Oh, vamos.
No puede ocultarlo.
Le encanta esto.
Y yo también.
Esta vez, no dejo que me esquive. Llevo una mano a su mandíbula y giro su rostro con suavidad. Y cuando finalmente encuentro sus labios, presiono un beso lento y deliberado.
No me apresuro.
No necesito hacerlo.
Sus labios son cálidos y firmes, y cuando profundizo el beso, siento cómo su cuerpo finalmente se relaja bajo el mío. Muevo los labios contra los suyos, despacio, saboreando cada segundo.
-Eres divertido-Conner parpadea, sorprendido.
Claramente no esperaba eso.
-¿Qué?-pregunta con una ceja alzada. Sonrío más.
-Eres divertido-Paso los dedos por la línea de su mandíbula-Me haces reír...Y eso es algo que me encanta.
-Él frunce el ceño un poco, como si no supiera si sentirse halagado o burlado.
Pero no le doy tiempo a pensarlo. Deslizo los dedos por su cuello, sintiendo el calor de su piel.
-Y eres jodidamente guapo.
-Su ceja se arquea más.
-Bueno, eso ya lo sabía-
Ruedo los ojos, pero sonrío contra su mandíbula antes de dejar un beso ahí.
-Te odió por eso, y eres molesto, pero de una manera que disfruto-Conner suelta un resoplido, divertido.
-¿Molesto?
-Sí-murmuro contra su piel, dejando otro beso-Pero lo suficiente como para mantenerme entretenido.
Sus manos finalmente suben a mi cintura, deslizándose con una facilidad que me hace estremecer.
-Sigue-Su voz es grave y ronca, como si realmente quisiera escuchar más.
Acaricio su pelo con lentitud, tirando de él con suavidad, sintiendo cómo su respiración se acelera apenas un poco.
-Eres intenso, y eso me gusta.
-Sus dedos aprietan un poco más mi cintura. Sonrío.
-Eres fuerte, y joder, me encanta sentirte así.
Conner me mira a los ojos, su expresión cargada de algo que me hace estremecer.
-¿Sí?
-Sí.
Su agarre se vuelve más firme, como si quisiera probarme lo fuerte que es.
Y Dios, funciona.
-Eres el mejor en esto-
murmuro con una sonrisa provocativa-Y lo sabes.
-Conner suelta una risa baja.
-¿En qué exactamente?-
Muerdo mi labio, inclinándome para susurrarle justo en el oído.
-En todo.
Él gruñe y en un movimiento rápido, me hace girar, tumbándome contra el sofá con él encima. Sus labios vuelven a encontrar los míos, esta vez con más hambre.
-Dilo otra vez.
Sonrío contra su boca.
-Eres el mejor.
Él gruñe otra vez, y bueno…
Quizás inflar su ego fue la mejor idea del día.
Damián
Al salir de clases, lo primero que noto es uno de los coches de los Kent estacionado frente a la acera.
No sería raro.
Los Kent tienen varios coches, y en este pueblo, todo el mundo se conoce.
Pero algo en la forma en que está aparcado, justo en mi camino, hace que frunza el ceño.
Los cristales son completamente negros, imposibles de ver desde fuera. Camino con paso firme, ignorando la pequeña punzada de curiosidad.
Pero justo cuando estoy por pasarlo de largo, el cristal del conductor empieza a bajar lentamente.
Me detengo.
Y ahí está.
Jon, conduciendo.
Me quedo boquiabierto.
-¿Desde cuándo conduces? -suelto sin pensar. Jon sonríe de lado, apoyando un brazo en la ventanilla.
-Desde que mi padre dejó de decirme que no lo hiciera.
-Ruedo los ojos.
-Eso no es una respuesta real.
-Tampoco preguntaste algo real-se burla. Suspiro, cruzándome de brazos.
-¿Qué haces aquí?
-Esperándote.
-¿Para qué?
Jon da un golpecito en el volante con los dedos, su sonrisa ahora un poco más traviesa.
-Para llevarte a casa+Frunzo más el ceño.
-¿Y quién te dijo que yo quería que me llevaras?
-Él se encoge de hombros, despreocupado.
-Nadie. Pero sé que te gusta más ir en coche que caminar.
Tuerzo los labios.
Maldito sea.
Porque tiene razón.
Jon sonríe al ver que no respondo de inmediato.
-Anda, sube.
Sigo sin moverme.
No porque no quiera.
Solo porque no quiero dárselo tan fácil.
-Si me subo, no me secuestres-Jon se echa a reír.
-Prometo que si lo hago, al menos te alimentaré bien.
-Pongo los ojos en blanco, pero abro la puerta del copiloto y me meto.
Cuando cierro la puerta, Jon me mira con diversión.
-Sabía que lo harías.
-Cállate y conduce.
Jon solo sonríe antes de encender el coche y ponerlo en marcha. Mientras Jon conduce, mantiene una mano relajada en el volante, la otra apoyada en su pierna.
-¿Qué tal el día?-pregunta sin despegar los ojos del camino.
-Normal-respondo, sacando el móvil para escribirle a Tim-Voy a decirle a Tim que voy a estar en tú casa. No quiero que le dé un infarto.
Mando el mensaje y espero una respuesta. Nada. Jon me lanza una mirada rápida de reojo.
-No creo que te responda pronto-Levanto la vista del móvil.
-¿Por qué?
-Porque Conner no está en casa.
-¿Y?
Jon se ríe por lo bajo.
-Y seguramente se encargue de estar con tu hermano toda la tarde.
-¿Encargarse de qué?
Jon levanta una ceja con obviedad.
Ah.
Bufó, dejando el móvil en mi bolsillo.
-Asqueroso.
Jon se ríe más.
-Oh, venga. Como si no supieras que esos dos están en momento más sexual.
-No necesito que me lo recuerden.
Jon solo sonríe con diversión y sigue conduciendo.
Al llegar a casa de los Kent, me doy cuenta de inmediato de que está demasiado silenciosa. No hay ruidos en el piso de arriba, ni el sonido de la televisión encendida, ni siquiera las voces de sus padres conversando.
-¿Dónde están tus padres?
-Jon cierra la puerta detrás de mí y deja las llaves en la mesa de la entrada.
-Patrullando.
-¿Toda la zona?
-No, la parte más alejada.
-¿Y te dejan solo así como así?-Jon sonríe como si supiera algo que yo no.
-No estoy solo.
-¿Eh?
Jon señala la ventana más cercana con un leve movimiento de cabeza.
Me acerco. Al principio no veo nada. Solo árboles y
Sombras.
Pero luego, entre las ramas, veo movimiento. Una figura enorme, con un pelaje espeso y oscuro, se mueve entre los árboles. Sus ojos brillan un segundo antes de que desaparezca entre la maleza.
Trago saliva.
-Ese lobo era enorme.
-Jon se apoya en la mesa, cruzándose de brazos.
-Y no es el único-Desvío la mirada de la ventana y me giro hacia él.
-¿Hay más escondidos?-Jon asiente, como si fuera lo más normal del mundo.
-Siempre hay alguien patrullando cerca.
Me quedo en silencio un momento. Jon no está desprotegido. Para nada.
-Bien-digo finalmente-Así no tendré que defenderte si nos atacan-Jon suelta una carcajada.
-¿Defenderme tú a mí?-Lo ignoro y camino hacia la cocina.
-¿Qué vamos a comer?-Jon me sigue, aún riendo.
-Podríamos hacer hamburguesas.
-¿Tienes los ingredientes?
-Eh…-Jon abre el refrigerador y se queda mirando su interior como si esperara que los ingredientes aparecieran por arte de magia-Más o menos-Ruedo los ojos.
-Si dices "más o menos", es porque no tienes nada.
-Bueno… tengo pan.
-¿Y la carne?
-Eso no.
-Entonces no tienes los ingredientes-Jon cierra el refrigerador con un golpe suave.
-Vale, listo, tú elige qué cocinar.
-Yo no voy a cocinar solo.
-Jon levanta las manos en señal de rendición.
-Lo que tú digas, jefe.
Y así, empezamos a revisar la despensa para ver qué podemos cocinar juntos.
Mientras las patatas se fríen en la sartén y los huevos están casi listos, Jon decide hacer de las suyas.
Siento su presencia antes de que siquiera me toque. Ese maldito lobo se mueve demasiado silencioso.
De repente, sus brazos rodean mi cintura por la espalda, apoyando su mentón en mi hombro.
-Adoro tú olor-Me tenso automáticamente.
-Es el olor de la comida, idiota.
-No, no, no-Jon niega con la cabeza, su voz baja y con un tono casi… ¿seductor?-
Hueles a algo mejor que cualquier comida
-Déjate de mierdas y aparta.
-¿Por qué?-pregunta, sin soltarme-¿Acaso no te gusta mi afecto?
-No cuando estás siendo un pesado.
-Pero soy tu pesado favorito.
-Eres el único pesado que conozco-Jon ríe suavemente contra mi cuello.
-Entonces gano por predeterminado.
-Si no me sueltas, te voy a volcar la sartén de aceite encima-Jon suelta un dramático suspiro y afloja el abrazo… pero no se aleja.
-¿Sabes? A veces me pregunto si me quieres tanto como yo te quiero a ti.
-Jon, si no te tuviera un mínimo de cariño, te habría dado un puñetazo hace rato.
-Eso me gusta.
-¿El qué? ¿Que te quiera o que quiera golpearte?
-Ambas.
-Puto loco.
Jon se ríe y, antes de apartarse completamente, me planta un beso en la mejilla.
-Eres el mejor cocinero que conozco.
-Solo estamos haciendo huevos y patatas fritas.
-Y aún así, es la mejor comida del mundo si la hago contigo.
-Eres un cursi de mierda.
-Y aún así, sigues aquí.
No respondo. Solo me concentro en darle la vuelta a las patatas mientras siento la sonrisa de Jon detrás de mí.
Tim
Estoy recostado en el sofá, tratando de concentrarme en la película que está en la pantalla, pero Conner tiene otros planes.
-Te vendría bien sudar un poco me dice con una sonrisita burlona.
-¿Por qué hablas como si fueras entrenador personal?
-Porque es bueno para ti.
-¿El ejercicio o lo que sea que estés insinuando?
-Ambos.
Ruedo los ojos, pero no tengo tiempo de responder antes de que Conner se incline sobre mí, sus labios atrapando los míos en un beso profundo, lento, cargado de intención.
El tipo no tiene vergüenza.
Sus manos se deslizan por mi torso hasta llegar a mi cintura, y antes de darme cuenta, me tiene completamente recostado, su cuerpo entre mis piernas, su boca descendiendo sin prisa.
-Conner-mi voz apenas es un murmullo cuando siento sus labios presionando contra mi vientre.
-Shh-me susurra sin detenerse, sus dedos jugueteando con la pretina de mis pantalones.
Entonces lo hace. Se mete entre mis piernas y lo que hace con su boca me deja completamente fuera de combate. Mierda. Intento aferrarme a algo—su pelo, el sofá, mi propia cordura—pero nada sirve.
Siento un calor sofocante subiéndome por la espalda, mis músculos tensándose con cada movimiento suyo.
No solo estoy sudando.
Estoy derritiéndome.
-Joder-gimo, incapaz de contenerme, y Conner solo se ríe contra mi piel, lo que me hace estremecerme aún más.
Cada maldito movimiento suyo es preciso, tortuosamente bueno, como si supiera exactamente cómo hacer que me deshaga en sus manos.
No es justo.
Este cabrón sabe demasiado bien lo que está haciendo.
Estoy revolviendo la sartén, tratando de concentrarme en que los huevos no se quemen, pero Conner tiene otra agenda.
Sus manos se deslizan bajo la camiseta que llevo puesta, su camiseta, y sus labios encuentran la parte trasera de mi cuello, mordisqueando suavemente.
-No te cansas, ¿verdad?-
pregunto, con una sonrisa ladeada.
-¿De ti? Jamás.
Intento ignorarlo, pero su cuerpo se presiona contra el mío, su dureza evidente contra mi trasero.
-Cabrón, voy a quemar los huevos.
-Yo tengo huevos más interesantes para que quemes-murmura contra mi piel-Dejo escapar una risa.
-Ese ha sido el peor chiste que te he escuchado.
No hay más conversación cuando su mano se desliza entre mis muslo. Su otra mano me obliga a inclinarme contra la encimera.
-Prometo que esto será rápido.
Y lo es. Rápido, intenso, con mis uñas aferrándose a la madera y Conner empujando fuerte, con el sonido de los huevos chisporroteando en la sartén como banda sonora de fondo.
Mis jadeos se entrecortan cuando siento su calor llenándome, su respiración pesada contra mi espalda.
Su ritmo es implacable, y mi cuerpo responde con cada embestida, cada maldito golpe que me hace temblar y arquear la espalda.
Mi teléfono vibra en la mesa.
Es un mensaje de Damián.
Lo ignoro hasta que terminamos.
Después necesito. Pero por supuesto que Conner no me deja escapar.
El agua caliente resbala por nuestros cuerpos, la humedad en el aire hace que todo se sienta aún más intenso. Mis piernas están alrededor de su cintura, mi espalda pegada contra las losetas frías de la pared, un contraste brutal con el calor de su cuerpo.
-¿No te cansas?-jadeo, aferrándome a sus hombros.
-No cuando eres tú quien está así de entregado-
murmura, hundiendo su rostro en mi cuello.
Su ritmo es más pausado esta vez, deslizándose dentro de mí con movimientos largos y profundos que me arrancan pequeños jadeos.
-Mierda-susurra contra mi piel, sus dientes mordiendo mi clavícula mientras su ritmo se vuelve más frenético.
El agua golpea contra nuestras pieles y el sonido de nuestros cuerpos encontrándose resuena por el baño.
Mis piernas se tensan alrededor de su cintura, y cuando finalmente nos derrumbamos el uno contra el otro, jadeando, Conner apoya su frente contra la mía, una sonrisa satisfecha en su rostro.
-Definitivamente, eres mi actividad física favorita.
Y que yo quiera echarme la siesta no era una opción.
Estoy encima de él, moviéndome a mi propio ritmo, sus manos en mis caderas guiando cada vaivén. El salón está iluminado solo por la tenue luz de la televisión, el sonido de alguna película ignorada de fondo.
Mis uñas se clavan en su pecho cuando Conner se inclina hacia adelante, atrapando uno de mis pezones entre sus labios, arrancándome un gemido entrecortado.
-Me encanta cómo suenas-
murmura, su lengua trazando círculos lentos.
Mis movimientos se aceleran, la necesidad de sentir más, de estar más cerca de él, creciendo con cada segundo.
-Joder, Conner...
Su agarre en mis caderas se aprieta, y de repente cambia las tornas, tumbándome en el sofá y elevando mis piernas sobre sus hombros.
-Vamos a ver cuánto más puedes aguantar.
No tengo fuerzas para responder.
Solo me aferro a él, dejándome llevar por el ritmo embriagador que marca con su cuerpo.
Damián
Las películas del Corredor del Laberinto no son precisamente mi primera opción, pero Jon se ha empeñado en verlas todas. Así que aquí estoy, acurrucado contra el cabecero de su cama, con un bol de palomitas ya casi vacío y mi móvil en vibración silenciosa sobre la mesita de noche.
A medida que avanza la segunda película, noto cómo Jon, lentamente, pasa un brazo sobre mis hombros, con la excusa de acomodarse mejor. No hago ningún comentario.
Sus dedos empiezan a deslizarse distraídamente por mi brazo, apenas un roce con la yema, un gesto casi imperceptible que no sé si es intencional o simplemente algo que hace inconscientemente.
-¿Sabes que esto es una mierda, verdad?-comento sin apartar la vista de la pantalla.
-¿Qué?-pregunta Jon, bajando la mirada hacia mí.
-La trama. Los experimentos, los zombies, la conspiración mundial…
-No es una mierda-dice, fingiendo indignación-Es una obra de arte incomprendida.
-Es una distopía con demasiadas casualidades convenientes.
-Y sin embargo, sigues viéndola.
No tengo respuesta para eso. Solo chasqueo la lengua y le robo un puñado de palomitas de su lado del bol.
La tercera película empieza y Jon, en algún momento, se atreve a apoyar su cabeza sobre la mía.
-Estás demasiado cómodo.
-Tú también.
Resoplo, pero no me muevo.
Preparar tortitas no debería ser un desafío. Pero de alguna manera, con Jon, siempre lo es. El desastre empieza cuando decide que echar más sirope de arce en mi tortita es una buena idea.
-No quiero más, imbécil-Le aparto la botella de sirope, pero él se ríe y la inclina más.
-Pero sí quieres.
El primer error es intentar quitársela de las manos. El segundo error es que Jon no juega limpio.
En cuestión de segundos, el chocolate fundido, la harina y el sirope de arce están volando por la cocina. Mi sudadera ahora es un mapa de manchas pegajosas y pegotes de harina.
-¡Jon, joder!-Intento empujar su cara lejos cuando me salpica con una cucharada de chocolate derretido.
Él se ríe como si fuera el momento más divertido de su vida. Yo, sin embargo, empiezo a cuestionarme mis decisiones.
Pero entonces me doy cuenta de lo cerca que estamos.
Mi espalda está contra la encimera, el sol que entra por la ventana nos baña con una luz cálida y Jon tiene los ojos clavados en los míos.
El desastre de la cocina desaparece.
Sólo estamos él y yo.
Jon se inclina hacia mí, lentamente, midiendo mis reacciones. Agarro con fuerza los bordes de la encimera. Y cuando sus labios finalmente tocan los míos, no sé qué hacer. Mi cuerpo se tensa, mi corazón late en mi garganta, y Jon parece notar mi torpeza porque de repente sonríe contra mi boca.
Y entonces, sus manos se deslizan hasta mis muslos y me sube a la encimera sin esfuerzo. Mi primera reacción es engancharme a su cuello.
-Damián Wayne, no sabes besar-Levanto la cabeza de golpe, mirándolo con indignación.
-Vete a la mierda.
-No pasa nada-Jon se ríe, con esa sonrisa descarada y confiada que me saca de quicio-Estaré encantado de enseñarte.
Voy a soltarle otra maldición, pero sus labios encuentran los míos de nuevo, esta vez con más hambre, más intensidad.
Y esta vez, no me quedo quieto. Me dejo llevar.
Y en algún momento entre los besos y el latido ensordecedor de mi corazón, Jon murmura contra mis labios:
-Este es el mejor regalo que me podría haber dado la vida para mi cumpleaños.
-Me aparto ligeramente, sorprendido.
-¿Cumples años hoy?
-Sí.
-¿Y no pensaste en mencionarlo antes, idiota?
-Él se encoge de hombros, riendo.
-Porque esto lo hace mejor.
Resoplo.
Y me besa otra vez.
Y otra y otra
Suelto un pequeño grito cuando Jon me vuelve a sujetar por los muslos, levantándome como si mi peso no fuera nada.
-¡Bájame, joder!
Pero él se ríe, sujetándome con facilidad, como si yo fuera un monito enganchado a su madre.
-Ni lo sueñes.
Me aferro a su cuello mientras empieza a subir las escaleras, con una seguridad que me cabrea tanto como me sorprende.
-Si me caigo, te juro que me voy y no vuelvo.
-Nunca te dejaría caer.
-Es una amenaza, por si pasa.
Entonces, se detiene en mitad de las escaleras.
-Mierda.
-¿Qué?
-Se me acabó la energía.
Lo miro, esperando una explicación, porque claramente es un idiota.
-Necesito más besos para seguir.
No puede ser real.
-¿Tienes algún problema mental diagnosticado?-Él se encoge de hombros, sonriendo descaradamente.
-Solo problemas si no me besas.
Es tonto. Lo tengo claro.
Pero lo beso.
Esta vez no hay prisas, y si las tiene que se joda. Yo tengo mi ritmo. Jon se queda quieto, como si saboreara cada segundo, como si este beso fuera algo más que solo un beso.
Y cuando finalmente se mueve, lo hace con desgana, como si preferiría quedarse ahí, en medio de las escaleras, eternamente atrapado en este momento.
Llegamos a su habitación, y con un movimiento fluido, cierra la puerta con el pie antes de caer conmigo en la cama. Me suelta, pero no se aleja. Me mira como si no pudiera creer que esto estuviera pasando.
-Dime que no estoy soñando.
No respondo, pero mis dedos se deslizan por su mandíbula, mi pulgar trazando el contorno de su boca antes de besarlo de nuevo.
Y esta vez, Jon me devora.
Su boca se vuelve una promesa, sus labios se mueven como si cada beso fuera su motivo para respirar. El mundo desaparece. No hay más aire que el que compartimos, no hay más pensamientos que el calor de su cuerpo sobre el mío.
Y entonces, siento su mano deslizarse más abajo, buscando más contacto, buscando más de mí.
Y lo siento.
Duro. Caliente.
Contra mi muslo.
Mi respiración se entrecorta y mi cuerpo se tensa.
Jon se detiene solo un segundo, el suficiente para notar mi nerviosismo, para mirarme con esa sonrisa arrogante que me pone de los nervios.
-¿Te estás poniendo nervioso, Damián?
Cabrón.
Tim
El calor del cuerpo de Conner contra el mío es reconfortante. Sus dedos recorren mi espalda en caricias lentas y distraídas, casi como si estuviera memorizando cada centímetro de mi piel.
No sé en qué momento mis ojos comienzan a cerrarse, pero el agotamiento me arrastra. Mi cuerpo está al límite, mis músculos relajados, el sueño envolviéndome como una manta pesada.
Mañana sé que voy a estar hecho polvo. Cada fibra de mi ser va a recordarme lo que hemos hecho hoy, desde la cocina hasta el sofá. Pero eso será un problema del futuro Tim.
El Tim de ahora simplemente se deja llevar por la sensación de seguridad. Conner murmura algo contra mi pelo, algo que no alcanzo a captar, pero su tono es cálido, casi cariñoso.
Me recuesto un poco más contra su pecho.
Me siento bien.
Pero ahora mismo, estoy en una puta nube.
Damián.
-Dilo una vez más y me largo.
Jon parpadea, aún con la sonrisa en los labios, pero suelta un pequeño suspiro antes de acomodarse mejor sobre mí.
-Vale, vale, no me río de ti, lo juro-Lo miro con recelo. Porque sí, se está riendo, aunque sea por dentro.
-No pareces muy convencido.
-Es que eres adorable.
-Cállate-Intento empujarlo, pero Jon no se mueve ni un centímetro.
-No me digas adorable.
-Pero lo eres.
Resoplo, intentando moverme, pero Jon me atrapa con facilidad, sujetándome por la cintura con una mano mientras baja la cabeza hasta mi cuello.
-Déjame en paz.
-Ni en un millón de años.
Su voz es baja, ronca, y me deja un escalofrío en la piel.
-No tienes idea de lo que significas para mí, ¿verdad?
Mi corazón late más rápido.
-Significo alguien que va a golpearte si sigues encima de mí-Jon suelta una risa, pero no se aparta.
-No me asustas.
-Debería.
-No. Porque sé que no quieres que me aparte.
Hijo de…
No digo nada, pero tampoco me muevo.
Y Jon lo sabe.
Se inclina de nuevo, pero esta vez su beso es más lento, más pausado.
Casi como si me diera la oportunidad de detenerlo.
Pero no lo hago.
Me besa con una paciencia infinita, como si supiera que estoy tenso, como si entendiera que no tengo ni puta idea de lo que estoy haciendo. Sus labios se deslizan sobre los míos con lentitud, dándome espacio para respirar, para acostumbrarme, para relajarme.
Me acaricia el rostro, el cuello, los brazos… su toque es suave, casi reverente. No me presiona, pero tampoco me deja escapar.
Lo ayudo a quitarse la camiseta, deslizando la tela sobre su torso y revelando lo que ya sabía que había ahí: músculos, piel caliente bajo mis dedos. No voy a decírselo en voz alta, pero maldita sea, está demasiado bien.
Mis nervios se disparan cuando su piel desnuda roza la mía. Jon me sonríe, como si pudiera sentir mis nervios, y me besa de nuevo, esta vez con más intensidad, más hambre.
Se acomoda sobre mí, apoyando su peso en un brazo para no aplastarme, pero aún así su cuerpo me cubre por completo. Sus piernas se entrelazan con las mías, su mano grande se desliza por mi cintura, por mis costados.
Y entonces me toca.
El primer contacto me pone rígido, pero él no se detiene, no se apresura. Me acaricia con ternura, dándome tiempo para adaptarme, y yo hago todo mi esfuerzo para no bloquearme por los nervios.
Respiro hondo.
Esto no es tan difícil, ¿no?
Desciendo mi mano hacia su miembro, tocándolo con la yema de los dedos. Jon suspira contra mi boca, su cuerpo tiembla apenas.
Cuando lo envuelvo con mi mano, lo siento palpitar, caliente, pesado.
Joder.
Esto es real.
Él es real.
Seguimos tocándonos, explorando con caricias torpes pero llenas de electricidad. Jon se hunde en mi cuello, dejando besos húmedos y pausados mientras sus manos recorren mi cuerpo, grabando mi piel con su calor.
Mis dedos siguen rodeando su erección, deslizándose lentamente de arriba abajo.
Jon gime bajo, con un sonido grave y ronco que me provoca un escalofrío.
-Joder, Damián…-murmura contra mi piel, su aliento ardiendo en mi clavícula.
Lo siento moverse, estirándose hacia la mesita de noche. Aprovecho para recuperar el aliento y, cuando lo veo coger un pequeño frasco de lubricante, mi mente se adelanta a lo que va a pasar.
Trago saliva. Y entonces, antes de que pueda arrepentirme de preguntar, las palabras salen de mi boca.
-Jon… ¿tú has hecho esto antes?-detiene su movimiento por un segundo.
Luego, me mira con una pequeña sonrisa.
-Sí-Responde sin dudar. Mi estómago se revuelve con algo que no sé identificar.
-¿Cuántas veces?
-Varias
-Ah...-Jon se ríe por lo bajo. Acaricia mi mejilla con el pulgar.
-Desde que cumplí los diecisiete… he estado con algunos omegas.
-¿Algunos?
-Cuatro.
Cuatro.
Mierda.
-Oh-murmuro.
No sé por qué siento esto en el pecho, pero mi orgullo se revuelve un poco.
Él ha estado con omegas.
Omegas.
Lo lógico para su casta. Para su manada. Para su futuro.
Me apoyo en los codos y lo miro fijamente.
-Podrías estar con un omega ahora-Jon parpadea, sorprendido.
-¿Qué?-Me encojo de hombros.
-Tienes opciones, ¿no? En tu manada. Podrías estar con un omega, alguien con quien tengas más compatibilidad. Quizás es lo mejor para tu estirpe-Jon frunce el ceño.
-Damián…-se inclina sobre mí, dejando el frasco de lubricante a un lado-¿Me estás diciendo que debería buscar a otro?-Cruzo los brazos.
-Estoy diciendo que…quizás es lo más lógico-Jon me mira como si estuviera diciendo la mayor estupidez del mundo.
Y, con un suspiro, toma mi rostro entre sus manos y me besa. Es un beso lento, profundo, cargado de algo más fuerte que deseo. Cuando nos separamos, sus ojos brillan en la oscuridad.
-No quiero a un omega-
susurra contra mis labios-Te quiero a ti.
Siento mi corazón latir con fuerza en mis oídos. Me toma la muñeca y la lleva hasta su pecho, donde su corazón también golpea con fuerza.
-Esto no tiene nada que ver con estirpes, ni con manadas, ni con compatibilidad-su tono es firme-Esto es porque eres tú.
No sé qué responder.
Así que lo beso de vuelta.
Escucho el sonido del frasco abrirse. El chasquido del tapón me parece más fuerte de lo normal, quizás porque mi mente ahora mismo está procesando cada pequeño detalle con intensidad.
Jon sigue besándome.
Sus labios son suaves y cálidos, moviéndose con calma sobre los míos, como si quisiera distraerme de lo que está a punto de pasar.
Pero no lo consigue. Siento sus dedos húmedos y fríos cuando rozan la curva de mi trasero, y mi cuerpo se tensa de inmediato. Mi instinto es apartarme, pero Jon me sostiene firme, aunque sin apretar.
-Tranquilo…-murmura contra mis labios-Voy despacio-Respiro por la nariz. El lubricante se siente demasiado frío en contraste con el calor de su cuerpo y el mío.
-Relájate-vuelve a susurrar-
No voy a hacerte daño.
Mi mandíbula se aprieta. No es miedo, es… nervios. Siento su dedo moverse lento y cuidadoso. Mi piel se estremece con el contacto.
Me muerde el labio inferior, como una distracción mientras uno de sus dedos empieza a presionar lentamente contra mí.
Joder. Aprieto los puños contra las sábanas.
-Damián…-dice mi nombre con suavidad, con adoración. Sus labios vuelven a mi cuello, dejando besos cálidos y húmedos.
-Eres increíble…-susurra contra mi piel-Déjame hacerte sentir bien.
Su voz es grave y seductora, y me sorprende lo mucho que me afecta. El primer dedo entra lento, y siento una extraña mezcla de incomodidad y expectación.
Mi cuerpo se tensa automáticamente, pero Jon empieza a besar mi mandíbula, mordiendo suavemente.
-Respira, Damián…
Lo hago.
Jon mueve su dedo dentro de mí, con paciencia, con delicadeza.
-Mierda…-exhalo. Jon ríe suavemente contra mi cuello.
-Eso es…-dice, besando mi clavícula-Vas bien.
Y cuando agrega un segundo dedo, mi respiración se entrecorta, siento el segundo dedo deslizarse dentro de mí, lento y cuidadoso, pero eso no hace que la sensación sea menos intensa.
Aprieto los labios, tratando de no tensarme demasiado, pero mi cuerpo todavía no está acostumbrado a esto.
Jon parece notarlo, porque su otra mano sube a mi abdomen, acariciándome con lentitud mientras sigue besándome.
-Damián... mírame.
No lo hago.
-Vamos, cariño, mírame-
Abro los ojos y me encuentro con su mirada cargada de deseo, pero también con paciencia-¿Se siente bien?
No sé cómo responder. No es que se sienta mal, pero tampoco puedo decir que sea cómodo todavía. Jon se inclina para besarme, moviendo los dedos con más suavidad, como si tratara de hacerme olvidar la incomodidad inicial.
-Tu cuerpo va a acostumbrarse, solo relájate.
-No es tan fácil, idiota.
Jon suelta una risa baja y grave contra mis labios, y ese sonido me pone la piel de gallina. Su mano en mi abdomen se mueve hacia mi miembro, envolviéndolo con firmeza, y eso me hace arquear la espalda de inmediato.
-Oh, ¿ves?-dice, con tono burlón-Te está gustando.
-Cállate.
Pero no puedo negar que mi cuerpo responde a él sin que yo lo controle. Jon mueve sus dedos dentro de mí, curvándolos en un punto que me hace gemir sin querer. Él gruñe satisfecho.
-Joder, vas a matarme, Damián.
Retira sus dedos lentamente, y no me da tiempo a reaccionar antes de sentir el sonido del frasco de lubricante otra vez.
Mi corazón se acelera.
Esto está pasando.
Jon se acomoda entre mis piernas, sosteniéndolas con firmeza mientras presiona la punta de su erección contra mi entrada. Siento su aliento agitado rozando mi cuello.
-Damián… dime que quieres esto.
Trago saliva, mi pecho sube y baja rápidamente.
Jon espera.
Mierda.
Miro al techo, como si la respuesta estuviera ahí.
Pero entonces siento sus labios en mi mandíbula, su mano acariciando mi muslo, su cuerpo caliente sobre el mío, y todo lo que puedo pensar es en que lo quiero más cerca.
-Sí…-susurro-Lo quiero.
Jon se queda inmóvil unos segundos, como si quisiera grabar ese momento en su cabeza. Luego me besa con hambre, con necesidad, y entra en mí lentamente.
El aire se me escapa de los pulmones. Me tenso de inmediato cuando lo siento abrirse paso dentro de mí, y la incomodidad es más intensa de lo que imaginé.
-Joder…-susurro, mi voz suena entrecortada. Jon se detiene al instante, dejando su frente apoyada en la mía.
-Respira, Damián… déjame entrar.
Como si fuera tan fácil.
Agarro las sábanas con fuerza, intentando relajarme, pero la sensación es abrumadora. Jon es grande, caliente, y la forma en que su cuerpo se adapta al mío es demasiado para procesar.
-Mierda, no quiero hacerte daño.
Sus palabras están cargadas de control. Está temblando, aguantándose, y eso hace que mi piel se estremezca.
Él acaricia mi abdomen, deslizando sus dedos en círculos lentos.
-Eres tan jodidamente hermoso así, pero no quiero apresurar esto-Suelto un suspiro tembloroso.
-Sigue…-murmuro, entre dientes-Solo sigue.
Jon gruñe bajito, su aliento se mezcla con el mío, y cuando se hunde un poco más, siento que me parte en dos.
-Tranquilo… déjame cuidarte.
Mi cabeza cae hacia atrás contra la almohada, y trato de relajar los músculos mientras él me llena poco a poco, su cuerpo acomodándose al mío de una forma que me hace sentir totalmente invadido.
El ardor es real, pero la calidez de su cuerpo, la manera en que me besa y la paciencia en cada movimiento hacen que mi respiración se vuelva más estable.
-Damián, joder… eres tan estrecho-Su voz está cargada de placer, y eso hace que un escalofrío me recorra la columna-¿Estás bien?
No sé si "bien" es la palabra correcta, pero asiento. Jon se queda inmóvil por un momento, dándome tiempo para acostumbrarme, pero el simple hecho de sentirlo dentro es un recordatorio constante de lo grande que es.
-Voy a moverme… muy lento, ¿vale?-Respiro profundo, aferrándome a él, y entonces, lo siento moverse, provocando que todo mi cuerpo se tense de nuevo.
-Dios…Damián.
Él entierra su rostro en mi cuello, dejando besos cálidos contra mi piel.
Jon se mueve con una lentitud desesperante, como si estuviera memorizando cada una de mis reacciones, cada latido acelerado de mi corazón, cada respiración entrecortada. Su cuerpo encaja contra el mío como si estuviera hecho para ello, y la sensación de estar completamente lleno es una mezcla entre placer y ardor.
Aprieto los ojos, tratando de controlar mi respiración, pero Jon no me deja hundirme en mi propia cabeza. Me besa, me acaricia, sujeta mis caderas con un agarre firme, como si temiera que fuera a escapar.
-Damián…-gruñe contra mis labios, su voz grave y temblorosa-Mírame.
Abro los ojos, me encuentro con los suyos, y el brillo que tienen me deja sin palabras. Parece fascinado. No… parece completamente perdido en mí. Y eso me asusta y me emociona al mismo tiempo.
-No tienes idea de lo jodidamente perfecto que te sientes-susurra, inclinándose para besarme.
El beso es húmedo, profundo, su lengua rozando la mía mientras su ritmo se vuelve más fluido, más natural. Y entonces, me toca justo ahí, provocando que todo mi cuerpo se arquee involuntariamente contra él.
-Joder… Jon…-Él lo siente. Lo sabe.
-Ahí, ¿verdad?-jadea, su respiración acelerándose-
Mierda, te gusta, lo siento.
No puedo ni responderle. Todo se siente demasiado bien, cada roce, cada empuje, cada maldito beso. Jon me devora, me adora, y yo, por primera vez en mi vida, me dejo adorar.
Mis uñas se clavan en su espalda, mi cabeza cae hacia atrás y un gemido escapa de mis labios cuando él vuelve a empujar dentro de mí justo en el ángulo perfecto.
-Joder… Damián…-gime contra mi cuello-No sé cuánto más podré aguantar.
Yo tampoco.
Siento que mi cuerpo está a punto de romperse en mil pedazos, que la presión en mi abdomen es demasiado intensa, que cada célula de mi ser grita su nombre.
-No pares…-jadeo, con los ojos nublados de placer.
Jon gruñe con fuerza, me sujeta, me abraza, con más intensidad, y su ritmo se vuelve más urgente, más profundo.
El clímax me golpea tan fuerte que pierdo la noción del tiempo y el espacio. Todo mi cuerpo se estremece con una intensidad que roza lo insoportable, mi espalda se arquea contra Jon, mis uñas arañan su piel, y un gemido rasgado se me escapa de los labios mientras mi mente se nubla de puro placer.
Jon jadea contra mi cuello, su agarre en mis caderas se vuelve más fuerte, y entonces, cuando creo que todo ha terminado, algo cambia.
Siento cómo su cuerpo se tensa, cómo se hunde aún más en mí con una profundidad que me hace soltar un grito ahogado. Algo se expande dentro de mí, una presión intensa, un dolor punzante y lacerante.
Mi instinto es apartarme, pero Jon me sujeta con más fuerza.
-Tranquilo, tranquilo…-
murmura, besándome la mejilla mientras mi cuerpo se retuerce bajo él-Ya pasó, ya pasó...
No, no ha pasado.
Siento una presión horrible, un ardor que quema, un dolor tan repentino y profundo que mis ojos se llenan de lágrimas sin que pueda evitarlo.
-duele…jadeo con dificultad, mi respiración entrecortada.
Jon me mira con una mezcla de deseo y preocupación, sus dedos acarician mi rostro con suavidad, intentando calmarme.
-Lo sé, lo sé…-dice en un susurro-Lo siento, Damián.
Intento relajarme, pero es imposible. Cada segundo que pasa, siento ese maldito nudo pulsando dentro de mí, como si me quemara desde adentro.
Jon me besa la frente, sus labios se deslizan por mis mejillas, mis párpados, mis labios. Está tratando de distraerme, de hacerme olvidar el dolor.
Pero es imposible.
-Dios… ¿cuánto va a durar esto?-murmuro con la voz temblorosa, intentando mantener la compostura.
Jon sonríe débilmente, pero en sus ojos hay un brillo de culpa.
-Unos minutos… tal vez más… depende…
-¿DEPENDE?-le fulmino con la mirada, aunque las lágrimas siguen cayendo por mis mejillas. Él suelta una risa baja, una risa nerviosa, y me besa suavemente en los labios.
-Eres increíblemente hermoso cuando estás molesto, lo sabías, ¿verdad?
-Cállate, cabrón
-Voy a ayudarte a relajarte… solo confía en mí.
No tengo otra opción.
Así que respiro hondo, cierro los ojos, y dejo que Jon me calme.
Tim
Estoy en la cocina, terminando de montar la lasaña. Conner se ha ido hace un rato para seguir patrullando, y la casa se siente extrañamente tranquila sin su presencia. Damián aún no ha llegado, pero cuando le escribí para preguntarle si vendría a cenar, me respondió un simple “sí”.
Eso es suficiente para mí.
El horno ya está precalentado, así que meto la lasaña con cuidado y me lavo las manos, frotándome la cara después. Estoy algo cansado, pero la rutina de cocinar me ayuda a distraerme.
Entonces, escucho el primer aullido.
Me congelo.
No es uno cualquiera. Es profundo, vibrante, y resuena en el aire como un eco salvaje.
Y luego, otro aullido le responde.
Diferente.
Más agudo.
Me seco las manos en un paño y camino hasta la ventana, apartando un poco la cortina para asomarme. Obviamente no voy a ver nada desde aquí, pero mi corazón se acelera un poco.
¿Se están comunicando?
¿Habrá problemas?
No lo sé. No entiendo bien cómo funcionan estas cosas.
Muerdo mi labio inferior, entrecerrando los ojos hacia la oscuridad del bosque. No puedo evitar preguntarme si Conner está ahí afuera ahora mismo, respondiendo a esos aullidos, intercambiando mensajes en una lengua que no puedo comprender.
¿Será un aviso?
¿O simplemente están… hablando?
Suspiro y sacudo la cabeza. Voy a volverme paranoico.
Me aparto de la ventana y saco el teléfono del bolsillo, abriendo mi chat con Conner.
“¿Todo bien?”
Mando el mensaje y dejo el móvil sobre la mesa, volviendo a la cocina. No voy a preocuparme hasta que me den motivos para hacerlo.
Miro el reloj. Damián no debería tardar.
Espero que no haya problemas.
Damián
Jon no ha dejado de mimarme y hacerme cariños desde que el nudo se deshizo.
Lo odio.
Bueno, no lo odio de verdad, pero me dan ganas de arrancarle la lengua cada vez que me suelta un “cariño” o un “eres increíble”.
-No vuelvas a ponerme una mano encima-Digo, con la cabeza apoyada en la ventanilla del coche. Me duele todo.
Jon se ríe.
-Claro que no.
-Lo digo en serio, Jon.
-Lo sé, cariño.
-¡No me llames cariño, pedazo de idiota!
-Vale, vida mía.
Cierro los ojos y respiro profundamente para no darle un puñetazo. Jon sigue conduciendo con una mano en el volante y la otra en mi pierna.
No es que me moleste mucho. Bueno, sí, me molesta, pero no lo suficiente para apartarla.
Los minutos transcurren en silencio, con la música sonando bajito en la radio, hasta que escuchamos los aullidos.
Uno.
Luego otro.
Más graves.
Diferentes.
Me enderezo un poco en el asiento, mirando por la ventana hacia el bosque.
-¿Qué significa eso?-Jon tarda unos segundos en responder.
-Están cazando a alguien.
-Me giro para mirarlo.
-¿Otro lobo?-Jon aprieta un poco el volante, como si estuviera calculando sus palabras.
-Aún no lo sé-Me lanza una mirada de reojo y luego vuelve la vista a la carretera. -Pero si es un traidor… no va a salir vivo del bosque.
Me recuesto otra vez en el asiento, sin saber cómo sentirme al respecto.
No digo nada más.
Los aullidos continúan en la distancia, mezclándose con el ruido del motor.
Tim
Cuando Damián entra por la puerta, lo primero que hace es soltar un suspiro cansado.
-Estoy en casa.
Lo miro desde la cocina, donde estoy terminando de sacar la lasaña del horno.
-Tienes pinta de haber pasado el peor día de tu vida.
Damián levanta una ceja, suelta su mochila en la silla que queda libre y se acerca a la mesa para ayudarme a colocar los platos.
-No tienes ni idea.
-Oh, por favor. Seguro que solo te fastidió Jon con su pegajosidad y por eso estás de malas-Damián hace una mueca.
-Eso y otras cosas.
-¿Otras cosas como qué?
Mi hermano se apoya en la mesa y mueve los cubiertos con los dedos, distraído.
-Han salido a cazar a alguien-Mi cuerpo se tensa.
-¿A quién?-Damián se encoge de hombros.
-No sé, Jon tampoco lo sabe. Solo dijo que estaban cazando a alguien.
Mierda.
Conner está patrullando.
Intento mantenerme tranquilo, no quiero que Damián note mi preocupación. No hay razón para alarmarme, ¿no? Pero las imágenes de lo que puede estar pasando fuera comienzan a llenar mi cabeza.
¿Qué tan peligrosa puede ser esa caza?
¿Podría Conner resultar herido?
Me obligo a seguir colocando la mesa sin decir nada, pero mis pensamientos están en otra parte.
En el bosque.
En Conner.
En lo que puede estar pasando ahora mismo.
A la mañana siguiente, aunque no estoy completamente recuperado, decido que es mejor ir a trabajar. No puedo darme el lujo de faltar más días, y además, quedarme en casa sin hacer nada solo me dejaría más espacio para pensar demasiado.
A lo largo del día, trato de concentrarme en mi turno, en atender a los clientes, en servir cafés y limpiar mesas. Pero no puedo evitar mirar el móvil cada tanto.
Nada de Conner.
Nada en absoluto.
Y aunque no quiero admitirlo, eso me tiene de los nervios.
Damián tampoco ha recibido noticias de Jon, pero él no parece tan preocupado como yo. Tal vez porque sabe que Jon está a salvo o porque simplemente confía en que volverá bien.
Yo, por otro lado, no dejo de pensar en lo peor.
No sé qué tan peligrosa haya sido esa cacería, si han peleado, si alguien salió herido, si Conner...
Mierda.
Cuando finalmente salgo del trabajo y empiezo a caminar de regreso a casa, mi móvil vibra en el bolsillo. Saco el teléfono de inmediato y veo un mensaje de Conner.
Conner: Sí.
Frunzo el ceño.
Yo: ¿Sí qué?
Tarda un minuto en responder.
Conner: Sí, estoy vivo. Sí, sigo entero. Sí, sigo guapísimo.
Suelto un suspiro de alivio y ruedo los ojos.
Yo: Dios, eres un imbécil. ¿Por qué no dijiste nada antes?
Conner: Porque estaba cansado. Nos pasamos la noche persiguiendo al intruso hasta el límite, pero se nos escapó.
Me detengo por un segundo en medio de la calle, sintiendo cómo mi corazón late más rápido.
Yo: ¿Cómo que se escapó?
Conner: No dejó rastro. Se movía como si conociera el bosque. Fue raro.
Yo: ¿Crees que sea otro lobo?
Conner: Es lo más probable. Alguien que conoce bien los alrededores, pero no pertenece a nuestra manada.
Mierda.
Esto se está complicando más de lo que pensaba.
Los días pasan lentamente, y la comunicación con Conner y Jon se vuelve cada vez más escasa. Al principio, todavía nos mandaban mensajes cortos, una que otra actualización de que seguían patrullando, de que no habían encontrado nada. Pero poco a poco, las respuestas se vuelven más espaciadas, más frías.
Jon apenas le responde a Damián, y Conner… bueno, creo que si no le escribo yo primero, ni siquiera se molestaría en saludarme.
Me gustaría decir que no me importa, pero la verdad es que me jode.
Y lo peor es que Damián está igual.
A veces lo encuentro mirando su móvil con el ceño fruncido, como si esperara un mensaje que nunca llega. No le pregunto nada porque sé que no le gusta hablar de esas cosas, pero… bueno, lo conozco. Está molesto.
Y yo también.
Porque nos dejaron fuera.
Porque nos tratan como si no pudiéramos ayudar en nada.
Y al parecer, Damián ha llegado a la misma conclusión que yo, porque en mi día libre, me despierta a las seis malditas de la mañana tirándome una almohada a la cara.
-Levántate.
-Vete a la mierda-gruño, cubriéndome la cabeza con las mantas-Pero él no se da por vencido.
-Vamos a ayuda-Eso hace que me destape de inmediato y lo mire con el ceño fruncido.
-¿Ayudar con qué?
Damián cruza los brazos, con esa expresión que siempre pone cuando se cree más listo que los demás.
-Porque quizás no somos chuchos con super sentidos, pero tenemos sangre de detectives.
Y mierda.
Tiene razón.
Me froto los ojos y me siento en la cama, ya completamente despierto.
-Dame diez minutos.
-Tienes cinco.
-Damián, joder.
Pero él solo se encoge de hombros y sale de la habitación. Suspiro.
Parece que vamos a jugar a ser Sherlock y Watson.
Y, sinceramente… ya era hora.
Nos vestimos con ropa deportiva, porque si vamos a caminar por el bosque, más nos vale estar cómodos.
Yo me pongo unos pantalones de chándal negros con una camiseta blanca de manga larga y una chaqueta ligera azul oscuro. Damián, por otro lado, lleva unos pantalones deportivos grises y una sudadera negra con capucha.
Pero lo más importante: ambos llevamos las Converse a juego que yo mismo compré para los dos.
Siempre dije que tener un hermano tenía que servir para algo, y si no podemos compartir ropa porque a Damián todavía le falta un poco para alcanzarme en altura, al menos tenemos las mismas zapatillas.
Mientras caminamos por el bosque, Damián va con las manos en los bolsillos, la mirada fija en el suelo. Sé que está pensando en algo, porque siempre tiene esa expresión seria cuando su cabeza está a mil por hora.
Hasta que finalmente habla.
-He llegado a una conclusión.
-¿Sí?
-Sí-Levanta la cabeza y me mira de reojo-Conner y Jon no se acercan a nosotros porque si hay un traidor, puede haber más.
Lo dice con una seriedad que me sorprende. Lo pienso por unos segundos, y… bueno, tiene sentido.
-Vale, te lo compro-digo, asintiendo. Damián sigue caminando a mi lado, pero su expresión se endurece.
-Pero eso no explica por qué de repente Jon ya no me contesta los mensajes igual que antes.
Hago una mueca.
Sí, eso también me jode.
-Quizás quieren alejarse por esa gilipollez de protegernos.
-Damián suelta un resoplido.
-Si ese es el caso, son más idiotas de lo que pensaba.
-No puedo evitar reírme un poco.
-¿Desde cuándo necesitas que te contesten los mensajes?-Me lanza una mirada de advertencia.
-Cállate-Sonrío, pero no digo nada más.
Seguimos caminando hasta que llegamos a un pequeño claro. Damián saca el móvil y abre un mapa del pueblo.
-Vamos a empezar por las casas más alejadas.
-¿Y eso por qué?-Damián me mira como si la respuesta fuera obvia.
-Porque aunque los rastreadores hayan buscado y no hayan encontrado olores, estoy seguro de que no lo han hecho del todo bien.
No lo dice con arrogancia, lo dice con seguridad.
Y aunque los lobos tengan sus sentidos sobrehumanos, mi hermano tiene cerebro.
Así que asiento.
-Pues vamos a demostrarlo.
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