12
Damián
Me despierto con algo húmedo y cálido contra mi mejilla.
Frunzo el ceño, aún en ese estado entre el sueño y la vigilia, hasta que siento otro beso, esta vez en mi mandíbula.
Gruño.
-Para.
Jon, que claramente no tiene intención de detenerse, presiona un tercer beso en la comisura de mis labios, con una sonrisa descarada que puedo sentir incluso con los ojos cerrados.
-No.
Abro los ojos con una mirada de advertencia, pero Jon solo me observa con diversión, su rostro demasiado cerca del mío, con el cabello desordenado y la expresión satisfecha de alguien que está disfrutando demasiado de fastidiarme.
Intento apartarme, pero su brazo alrededor de mi cintura lo impide.
-Jon.
-Damián.
Suspira mi nombre como si fuera una súplica, pero sé que no lo es. Está jugando. Y lo peor es que sabe que es efectivo, porque su boca roza mi cuello en un intento descarado de hacerme estremecer.
Me revuelvo un poco más, tratando de zafarme.
-Para, en serio.
Jon suelta una risa baja.
-No.
Su terquedad me exaspera. Siento su aliento contra mi piel, y su cuerpo caliente pegado al mío. Está disfrutando demasiado de esto. Finalmente, decido que lo mejor es ignorarlo. Giro la cabeza para mirar la hora en el móvil.
Siete de la mañana.
Suspiro.
-Ya debería estar preparándome para clases -murmuro, aunque sé que no voy a ir. No después de lo de anoche.
Jon, sin dejar de acariciar mi costado con la mano, murmura contra mi piel:
-Pero no vas a ir.
No lo digo en voz alta, pero él ya lo sabe. Me quedo en silencio unos segundos, sintiendo cómo sigue con sus cariñitos, hasta que finalmente decido que, si él y su hermano se van a quedar aquí los próximos días, hay algo que debemos hacer.
-Si Tim y yo vamos a quedarnos aquí, deberíamos ir a buscar cosas nuestras
Jon se detiene por un momento, como si procesara la idea, y luego se separa ligeramente para mirarme.
-Vale-Me sorprende lo rápido que acepta, pero no lo cuestiono. Mejor para mí.
Nos levantamos y bajamos a desayunar. Mientras comemos, escucho al padre de Jon hablando por teléfono en el salón, su voz baja pero seria. No me molesto en prestarle atención. Seguro es sobre lo de anoche.
Jon y yo terminamos de comer, y cuando salimos de la casa, decidimos tomar el coche de su padre. No creo que le importe en este momento.
Jon conduce, y mientras avanzamos por la carretera, me lanza una mirada de reojo.
-¿Qué vas a coger?
Saco mi móvil y abro la lista que hice.
-Cepillo de dientes, ropa, zapatillas de andar por casa, cargador del móvil…+Jon asiente.
-Nada de pijamas sexys, qué decepción-Le lanzo una mirada plana.
-Nunca he usado pijamas sexys.
-Exacto, por eso es una decepción.
Ruedo los ojos y vuelvo a concentrarme en la lista, mientras él suelta una risa y sigue conduciendo.
Entramos en la casa en silencio, el eco de nuestras pisadas resonando en el espacio vacío. Todo está igual. Me acerco a la entrada del armario donde guardamos las maletas. Saco una y se la paso a Jon.
-Busca una bolsa de basura y mete zapatillas mías y de Tim.
-¿Para qué una bolsa de basura?
-Porque no voy a meter zapatillas dentro de mi maleta.
Jon rueda los ojos, pero no discute. Mientras él se encarga de eso, yo comienzo a hacer mi maleta. No me tomo demasiado tiempo; solo lo esencial. Un par de vaqueros, pantalones deportivos, sudaderas, camisetas, ropa interior, productos de higiene. Meto mis zapatillas extra en la bolsa de basura que Jon trajo y las dejo aparte.
Cuando termino, agarro otra maleta, esta vez la más pequeña de Tim, y repito el mismo procedimiento. No me molesto en revisar demasiado sus cosas; solo tomo lo básico para que tenga lo necesario.
Pero entonces, cuando me giro para cerrar la maleta, algo me llama la atención.
La ventana.
Está medio abierta.
Me quedo inmóvil.
Oh…
Mi mente trabaja rápidamente, repasando la última vez que estuvimos aquí.nTim nunca se dejaría una ventana abierta. Y yo tampoco. Suelto la maleta y me enderezo, tensándome al instante.
-Jon.
Él, que estaba guardando las bolsas de basura con las zapatillas junto a la puerta, levanta la vista.
-¿Qué pasa?
Señalo la ventana con la barbilla.
-Creo que alguien ha estado en la casa.
Jon frunce el ceño y camina hasta donde estoy, observando la ventana con atención. Inhala profundamente y sacude la cabeza.
-No capto ningún olor diferente al de ustedes dos y la humedad de la lluvia.
Si alguien entró, se aseguró de no dejar rastro. Jon me observa con atención mientras proceso la situación.
-¿Qué piensas?-pregunta.
Me quedo en silencio unos segundos antes de responder.
-Si alguien estuvo aquí, seguramente dejó las ventanas abiertas para que el olor de la calle entrara y tapara los olores-Jon me mira con un destello de preocupación en los ojos-Es lógico que los nuestros sigan aquí, después de todo es nuestra casa.
-Entonces, quien sea, sabía lo que hacía.
No necesito decirlo en voz alta. Ambos llegamos a la misma conclusión al mismo tiempo. Esto no fue un descuido. Alguien estuvo en nuestra casa.
Tim
Estoy sentado en la mesa del comedor, con una taza de café caliente entre las manos. No he dormido bien. Mis pensamientos siguen atrapados en un bucle constante que empieza con Mike y termina con ¿cómo demonios no lo vi venir?
Del otro lado de la cocina, Lois cocina algo rápido mientras Clark habla en voz baja por teléfono, y yo intento convencerme de que este desayuno va a ser tranquilo.
Qué idiota.
La puerta principal se abre y escucho el golpeteo rápido de pasos. Apenas me da tiempo a girarme cuando Damian entra primero, Jon va detrás, con el ceño fruncido y la chaqueta aún medio abierta.
-Tenemos que contar algo-dice Damian sin preámbulos.
Lois se gira de inmediato, y Clark levanta la vista de su móvil.
-¿Qué ha pasado?-pregunto, poniéndome recto en la silla.
-Fuimos a casa a buscar ropa, y mientras hacíamos las maletas... vimos una ventana abierta. La de tu cuarto.
Mi ceja se arquea.
-¿Y?-Dice Conner
-Nosotrosm no dejamos ventanas abiertas.
-Ah...
Mi estómago da un pequeño vuelco.
-Alguien ha entrado-Sentencio
-Pero no hay olor a nadie más. Solo a vosotros dos y la lluvia.
Damian asiente.
-Muy raro. El que lo haya hecho, abrió la ventana para que el olor de fuera cubriera cualquier rastro.
El comedor queda en silencio.
Yo apoyo la taza sobre la mesa, despacio. No tengo que decirlo. Todos entendemos lo que significa.
-Y probablemente también sabe que ahora estamos aquí.
Mis dedos se tensan contra la cerámica caliente de la taza.
Por si no fuera suficiente con Mike… ahora esto.
Genial.
El resto de la mañana avanza como si estuviéramos todos dentro de un engranaje invisible que no para de girar. Nadie se queda quieto. Nadie parece respirar con normalidad.
Le di mis llaves a Clark hace un rato. Irá con algunos rastreadores a revisar la casa. Si hay algo que se nos escapó, ellos lo encontrarán. Su mano fue firme al recibirlas, pero sus ojos… esos ojos lo dijeron todo: está tan alerta como nosotros.
Mientras tanto, terminé de meter mis cosas en el armario de Conner, quien también se fue con ellos. Me dejó bastante espacio, incluso 2 cajones para ropa interior y calcetines.
Lois se despidió hace unos minutos. Charlamos brevemente en la cocina. Hablamos de cosas simples: seguridad, protocolos, cosas que ya sabíamos pero que necesitábamos repetir para sentir que teníamos el control.
Jon se negó a quedarse. Decía que estar encerrado lo hacía sentirse inútil. No pude discutirle. Así que ahora también está fuera, patrullando con su madre.
Y yo estoy aquí.
Frente a Mike.
La habitación está en silencio salvo por la respiración del lobo frente a mí, aún atrapado detrás de la línea de plata. Tiene el rostro tenso, el cabello algo desordenado, y los ojos fijos en el suelo como si quisiera fundirse con él.
Detrás de mí, sentado en las escaleras, Damián no dice nada. Está ahí por si algo ocurre, su sombra tranquila pero firme.
Yo doy un paso más cerca.
-¿Desde el principio yo era un objetivo?-pregunto-¿O era mi hermano?
Mike levanta la vista lentamente, sus ojos se encuentran con los míos. No responde.
-¿Fue todo para acercarte a los Kent? ¿Para sacarles información?-doy otro paso-¿O pensabas usarnos como rehenes? ¿Como cebo?
La palabra “cebo” me sabe amarga en la boca.
-¿Te acostaste conmigo solo para tener acceso? ¿O fue un accidente conveniente?
Sigo lanzando las preguntas como piedras. Si él tiene alguna pizca de humanidad, que duela. Si no… entonces lo confirmaremos.
Damián, desde las escaleras, no interviene. Está dejando que lo maneje a mi manera. Lo agradezco.
Mike traga saliva, pero aún no dice nada.
Yo cruzo los brazos y lo observo en silencio. Si piensa que va a salir de aquí con más secretos... se equivoca.
Finalmente, con voz áspera por el encierro y la plata, rompe el silencio:
-Tú no eras el objetivo.
Sus palabras me golpean con fuerza.
Parpadeo.
-¿Entonces quién? ¿Mi hermano? ¿Conner?
Mike niega lentamente con la cabeza.
-Ninguno de ustedes.
Frunzo el ceño, avanzando otro paso.
-¿Entonces qué demonios hacías en nuestra casa? ¿Por qué acercarte a mí?
Él alza la mirada, y por primera vez, veo algo real en sus ojos: culpa.
-Mi misión era vigilar a los Kent. Pero no para hacerles daño... ni para traicionar a la manada.
Me quedo quieto. Mis dedos se tensan, siento que el aire se me escapa del cuerpo.
-¿Qué?
-Hace meses-explica-Alguien de dentro... de los nuestros... recibió información de que un grupo externo, un grupo de traidores, estaba buscando la manera de entrar en la casa de los Kent. Querían aprovecharse del aislamiento, del cambio de territorio. Pero no podían actuar sin levantar sospechas.
-¿Y tú…?-mi voz tiembla un poco.
-Me ofrecí para acercarme. Fingí estar fuera del sistema. Fingí ser una sombra. Me mandaron a observar. Informar. Neutralizar si era necesario-Me quedo en silencio, procesando.
-¿Y por qué no dijiste nada?
-Porque si alguien sabía que yo estaba protegiendo a los Kent, ese grupo se habría movido más rápido. No podíamos levantar ninguna alarma.
Mis pensamientos chocan entre sí-Mike me sostiene la mirada-Tu no estabas en los planes...No realmente. Lo juro. Pero no me arrepiento.
Damián se levanta de las escaleras lentamente, sin decir nada. Y yo… yo solo miro a Mike, sintiendo que el suelo bajo mis pies vuelve a moverse.
Damián
Clark escuchó con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, como si estuviera sosteniéndose para no sacar conclusiones precipitadas. Lois no dijo una palabra al principio, solo lo observaba todo con ojos de halcón, midiendo cada gesto, cada pausa.
Jon se mantuvo cerca de Tim, y Conner caminaba de un lado a otro del salón como un lobo enjaulado.
Conner se detuvo en seco.
-¿Y tú le crees?
Tim dudó. Un segundo, apenas una respiración.
-No lo sé. Pero no tiene sentido que arriesgara tanto si fuera uno de ellos-Clark giró lentamente la cabeza hacia mí.
-¿Tú qué opinas?
-Puede ser verdad. Y puede ser mentira-respondí sin rodeos- Hasta que no tengamos más información, no se puede confiar en él.
Pero eso no significaba que debíamos ignorarlo. Sabía lo que tenía que hacer.
-Quiero estar presente en todos los interrogatorios-
anuncié.
Las cejas de Clark se arquearon, pero no dijo nada.
Fue Jon quien, tras un breve silencio, asintió.
-Déjalo. Él sabe lo que hace
-Le lancé una mirada rápida, sin disimular mi satisfacción.
Cuando bajamos al sótano, los dos interrogadores ya estaban allí. Lobos de mirada fría y experiencia tatuada en sus cicatrices. Mike seguía tras la línea de plata, sentado contra la pared, pero su postura había cambiado. Ya no era solo un prisionero. Era alguien esperando hablar.
Tim se sentó a mi lado en las escaleras. No dijo nada. Solo observaba. Igual que yo.
Uno de los interrogadores se cruzó de brazos.
-Habla. Desde el principio.
Mike alzó la vista. Su voz era grave, pero clara.
-Vengo de la región de Wenshala.
Clark frunció el ceño desde arriba.
-Eso está a unas seis horas de aquí.
-Exactamente. Pero yo ahora estoy aquí-asintió Mike-Una comunidad pequeña, apartada, pero bien organizada. Hace unos meses, tres miembros de nuestra manada fueron encontrados muertos.
-¿Cómo?
-Asesinados. Y no por humanos+Hizo una pausa, sus ojos oscureciéndose al recordar-Fueron marcados. Con símbolos que reconocimos.
Uno de los interrogadores se inclinó hacia adelante.
-¿Qué clase de símbolos?
-Pertenecen a un grupo disidente. Viejos y jóvenes lobos que creen que la era de la integración ha terminado. Que debemos ocultarnos, fortalecernos y dominar territorios en secreto. Se hacen llamar los Silentes.
-¿Qué tienen que ver con los Kent?-pregunté.
-Todo-Mike me miró directamente-Los Kent son visibles. Están en una zona clave. Cualquier ataque hacia ellos no solo causaría caos... enviaría un mensaje.
-¿Y tú?-interrogó el otro lobo-
¿Qué tienes que ver con esto?
-Mike sostuvo la mirada sin dudar.
-Fui entrenado como espía desde que era adolescente. Infiltración. Observación. Neutralización. Cuando los Silentes atacaron, nuestro alfa me envió a rastrear sus movimientos. Me costó, pero descubrí que alguien dentro de una manada aliada había pasado información.
-¿Quién?-preguntó Jon.
-Aún no lo sé. Pero me enviaron aquí cuando descubrimos que los Kent estaban en su lista.
Me quedé en silencio, observándolo. Nada de lo que decía sonaba imposible. Y sin embargo...
-¿Por qué no avisaste desde el principio?-pregunté.
-Porque sabía que nadie me creería. Porque para atrapar una rata, tienes que parecer otra.
Tim
La siguiente decisión fue lógica, aunque nadie lo dijo en voz alta de inmediato. Todos lo pensábamos, solo necesitábamos que alguien se atreviera a dar el paso.
Clark fue quien marcó el número. El mismo que Mike nos había proporcionado, el que él juraba que pertenecía a su manada de origen, el que podía confirmar si decía la verdad… o si todo era un montaje cuidadosamente elaborado.
La llamada no duró más de diez minutos.
Y cambió todo.
Mike decía la verdad.
Clark colgó con el rostro serio, pero en cuanto nos miró, asintió con lentitud.
-Tenemos una alianza. A partir de ahora… es uno de los nuestros.
Y así, de forma tan rápida como impensable, Mike pasó de estar encerrado tras una línea de plata… a ser parte del equipo.
La primera vez que vi a su lobo fue durante un entrenamiento con Conner y Jon en los límites del bosque. Lo vi aparecer, grande y silencioso, con ese pelaje blanco grisáceo salpicado de manchas marrones y negras que parecían mapas. Era casi tan alto como Conner, y su presencia era fuerte pero tranquila, sin imponerse… a menos que estuviera cerca de mí.
Porque cada vez que me veía, movía la cola como si no pudiera evitarlo, y se acercaba con esa expresión boba de “¿me acaricias?”, como si no recordara que una semana atrás lo tenía acorralado contra una pared.
Y si Conner estaba cerca, le gruñía con descaro. Celoso. Como un maldito husky territorial. No me molestaba. Me hacía sonreír.
Pero la calma fue breve.
Cuanto más avanzaban los días, más lejos parecía estar el enemigo. Sabían que los buscábamos. Lo sentíamos en cada patrulla sin rastro, en cada huella de lobo interrumpida, en cada silencio prolongado en los bosques.
Pasaron dos semanas. Y en ese tiempo, hicimos lo que pudimos para mantenernos activos.
Algunos días, nos dejábamos ver por el pueblo. Caminábamos por las calles como si no estuviéramos en medio de una caza silenciosa. Nos turnábamos para visitar los mercados, comprar cosas básicas, o simplemente pasear por la plaza como si nada ocurriera. Mostrar normalidad… para cazar desde las sombras.
Mike entrenaba con Jon en el claro más alejado, mientras Conner y yo revisábamos túneles.
Damián se mantenía cerca de su padre durante los análisis de informes, pero siempre me encontraba en la cocina o en el sofá por las noches, y me decía que durmiera, que el insomnio no me hacía más útil.
Jon dormía poco. Rondaba las ventanas más de lo normal. Se estaba volviendo tan inquieto como yo.
Y Mike… Mike nunca preguntó si podía quedarse. Solo lo hizo.
Nos quedábamos así. Flotando en ese extraño equilibrio de espera y tensión, de manada y guerra.
Tuve que dejar el trabajo momentáneamente. Era evidente. No podía seguir poniéndome en público como si nada, no con todo lo que estaba pasando, no cuando había amenazas latentes y enemigos que podían estar observando desde cualquier sombra.
Y, sinceramente, si no lo hacía, a Conner le iba a dar algo.
No lo decía abiertamente, pero su forma de caminar detrás de mí como si fuera una escolta personal, sus miradas cargadas de tensión cada vez que mencionaba “salir”, y ese tic en la mandíbula cuando revisaba las ventanas por tercera vez en una hora… hablaban por él.
Mi jefa se tragó mi excusa. Una historia simple: problemas familiares, una situación urgente que requería mi presencia en casa durante unas semanas.
A veces, para no volvernos locos, íbamos a ver a los lobos entrenar.
Era… impresionante.
Lobos de todos los colores, tamaños y formas. Desde los negros como la noche hasta los casi plateados, como hechos de luz de luna. Algunos con manchas, otros con ojos tan humanos que daba escalofríos.
Las hembras eran las más engañosas. De aspecto más delgado, a veces hasta elegante… pero no por eso menos letales. Las veías moverse y podías jurar que danzaban, hasta que en un instante, estaban sobre su oponente con una fuerza brutal.
Los entrenamientos eran un espectáculo de poder y control. A veces parecía una coreografía. A veces, una guerra a medio contener.
Dormíamos juntos a veces... Todo dependía del día, de la tensión acumulada, del humor de cada uno. Pero cuando Damián y yo nos quedábamos solos en casa dormíamos juntos.
No lo hablábamos. No hacíamos ritual de ello. Solo pasaba. Yo leía hasta tarde. Él decía que iba a dormir en su habitación, pero al final aparecía, se metía en la cama sin decir palabra, y se acomodaba como si el hueco hubiera estado esperándolo.
No había preguntas. No había promesas. Solo silencio. Cuerpos compartiendo el mismo espacio.
Damián
El sonido de los pasos de Jon por el pasillo ya me tenía los nervios de punta. Era la tercera vez que lo escuchaba levantarse en plena noche, caminar, revisar ventanas, o salir al porche en silencio como si pudiera cazar al enemigo con solo mirar la niebla.
Cerré el libro que tenía sobre las piernas con más fuerza de la necesaria.
Cuando Jon volvió a entrar en la cocina, le hablé sin mirarlo.
-¿Piensas dormir alguna vez esta semana o solo vas a seguir arrastrándote como un alma en pena?
Lo escuché suspirar, cansado, y dejar el vaso que había estado llenando de agua.
-No estoy arrastrándome. Solo estoy haciendo lo que tengo que hacer.
Levanté la vista. Estábamos solos en la casa, y ese tono defensivo solo me enfureció más.
-No. Estás haciendo más de lo que te toca, Jon. No puedes proteger a todo el maldito mundo sin dormir. No eres invencible.
-Y tú no eres mi padre.
-No-respondí, con la mandíbula apretada-Soy tu pareja. Y me importa si te destruyes por dentro creyendo que eso te hace útil.
Me miró, y por un segundo, vi algo quebrarse en su expresión. Pero fue fugaz.
-Estoy bien.
-No lo estás-repliqué, levantándome de la silla. Me acerqué, sin intención de suavizar el tono-Te duermes de pie, y sigues patrullando como si eso fuera a solucionarlo todo.
-¿Y si no lo hago yo, quién lo hará?-espetó, más alto esta vez.
-¡Todo un maldito equipo, Jon! No estás solo.
Nos quedamos en silencio. Dos respiraciones furiosas chocando en medio del salón.
-Me cuesta dormir, ¿vale?-
admitió al fin, bajando la mirada.
-¿Por qué no me lo dijiste antes?-pregunté, más suave.
Él se encogió de hombros.
-Porque si lo decía, me ibas a mirar así. Como si necesitara que alguien me salvara.
Me acerqué, le puse una mano en la nuca, obligándolo a alzar la vista.
-No necesitas que te salven, idiota. Solo que alguien te diga cuándo parar antes de que te jodas solo.
Él no respondió. Solo cerró los ojos un segundo, respirando hondo, y luego apoyó su frente en mi hombro.
Tim
La noche es fría, pero no lo suficiente como para espantar el olor a tierra húmeda, a madera mojada y… a algo más.
Conner camina delante de mí en su forma de lobo, enorme y poderoso, su pelaje negro brillando bajo la luna. Sus patas pisan con firmeza, sin ruido, como si el bosque mismo lo conociera y lo dejara pasar sin quejarse.
Yo voy detrás, atento.
Llevo una chaqueta gruesa con capucha, pero debajo, ceñido al cuerpo, llevo un cinturón especial. Un par de dagas de plata cuelgan de él, ocultas bajo la tela pero fáciles de alcanzar. Las dagas están firmemente sujetas a la parte trasera del cinturón, dispuestas en cruz. Me las ajusté yo mismo antes de salir. Si algo llega por la espalda, no me va a tomar por sorpresa.
Conner gira la cabeza por encima del hombro. Su mirada ámbar brilla entre los árboles. Está pendiente de mí, como siempre.
-Estoy bien-murmuro, aunque sé que no puede hablar. Aun así, su oreja se mueve en mi dirección, como si hubiera escuchado cada palabra.
Llevamos más de una hora recorriendo el perímetro. A ratos nos movemos en silencio, otras veces él se adelanta, olisquea, se tensa. Yo observo, marco en mi móvil mental las zonas por donde ya pasamos, y me mantengo cerca.
Hay algo íntimo en patrullar así. Como si él fuera una bestia salvaje… y yo su sombra humana, siguiendo cada huella. Una parte de mí sabe que si algo salta desde la oscuridad, Conner será el primero en interponerse.
La otra parte… sabe que no dejaré que lo haga solo.
Nos cruzamos con Nate y Sol, dos de los miembros más antiguos de la manada. Nate, un lobo gris oscuro con una cicatriz sobre el ojo, asiente al pasar. Sol, más joven, rubia y con una mirada aguda, le lanza a Conner una sonrisa ladina antes de volver la vista al camino. Ambos van en forma humana esta noche, armados y atentos.
Nos saludamos con un gesto breve. Nadie pierde tiempo en conversaciones largas cuando patrullamos.
Dos horas después entre los árboles, aparece Mike caminando tranquilo con Lena, una loba menuda de pelaje rojizo que se mueve en círculos a su alrededor como si fuera su sombra.
Mike se acerca a nosotros al pasar. Conner, en forma de lobo, lo observa con ojos entrecerrados, como quien no olvida. Mike, como siempre que me ve, mueve la cabeza en señal de saludo… y sin pedir permiso, roza su hocico contra mi brazo.
Yo río suavemente y paso los dedos por su lomo, dándole una caricia.
Conner suspira. Audiblemente.
Sé por qué.
El otro día, cuando Mike se puso juguetón y me empezó a chupar la cara como un maldito perro emocionado, Conner se le lanzó y le dio un mordisco en el cuello. No fue grave, pero lo dejó claro: El cariño en mi cara tiene límites.
A veces siento que si fuera por él, dormiríamos abrazados hasta en forma de lobo.
Y sí… sé que quiere un poco de intimidad. No lo dice, pero se le nota. Sus miradas duran más de lo necesario, su cuerpo se inclina hacia el mío cuando estamos en el sofá, y su mano se queda pegada a mi pierna un poco más de lo que lo haría un amigo.
Pero yo me niego.
No mientras estemos en la casa con su familia. No con toda la maldita manada afuera, dando vueltas, y con ese oído sobrenatural que tienen.
El otro día, Jon se me acercó y me confesó algo en voz baja, mientras revisábamos unas notas en la cocina.
-Si estamos desesperados, no es vuestra culpa-me dijo, refiriéndose a él y Damián- Pero entiéndelo, Tim… es imposible no fijarse.
-¿Fijarse en qué?-pregunté.
-Tu olor. Tu risa. Tu pulso. Tu voz cuando dices su nombre. Todo eso se nos queda…-se llevó dos dedos al cuello, como si pudiera detenerlo- aquí.
No supe qué responder.
Porque entiendo a Conner.
Y, si soy honesto, también lo siento yo. Pero por ahora, seguimos patrullando. En silencio. Juntos. Aunque cada vez cueste más no romperlo todo.
Damián
Odio estos túneles.
La humedad se pega a la piel como un aliento espeso. El aire es denso, cargado de olor a tierra y moho, y el silencio solo se rompe por el goteo constante del agua o el crujido de nuestras pisadas sobre el suelo irregular.
Llevo dos dagas de plata enfundadas en la parte trasera del cinturón. Me dan algo de seguridad, pero seamos sinceros: preferiría una escopeta.
Sol va delante, olfateando con atención, su forma humana cubierta con una chaqueta ajustada y el cabello recogido con fuerza. Thomas y Ray avanzan en paralelo, atentos. San, en forma de lobo, es el que más se adelanta, con las orejas tiesas y el cuerpo tenso, como si la misma tierra le hablara.
Yo cierro la formación. Mis ojos se mueven constantemente, y mi mano roza de vez en cuando el mango de una de las dagas, como un gesto automático para recordarme que no estoy desarmado.
De pronto, San se detiene.
Los demás nos congelamos.
Sol se agacha, toca el suelo, y Thomas ladea la cabeza como si pudiera escuchar algo bajo la tierra. Ray cambia de forma rápidamente, su cuerpo creciendo y transformándose en un lobo marrón oscuro con un par de cicatrices viejas en el costado.
-Hay rastro-susurra Sol.
Lo seguimos en silencio.
El túnel se estrecha y termina en una abertura que da hacia el bosque. Apenas salimos, sentimos el cambio de energía. El olor. Algo turbio. Peligroso.
La vegetación aquí está más cerrada, y el sendero nos guía hacia una casa. O lo que queda de una. Vieja, podrida, con ventanas rotas y madera negra por la humedad.
-Esto huele a emboscada-
murmuro.
Y no me equivoco.
Cinco lobos salen de detrás de la casa como sombras furiosas. Grandes. Rápidos. Ojos brillantes.
Thomas aúlla: Traidores aquí
Todo explota.
No pienso. Solo actúo.
Una de las bestias salta directo hacia Sol, y yo lanzo una de mis dagas sin dudarlo. La hoja silba en el aire y se clava en el costado del lobo, justo antes de que impacte. Sol rueda por el suelo y logra levantarse, jadeando, mientras Ray se lanza con furia sobre otro enemigo.
Corro, esquivo y me defiendo como puedo.
Otro lobo intenta alcanzarme, pero San se lanza contra él, y yo aprovecho para sacar otra daga. Me muevo entre el caos. Pero ya solo me queda una.
Un instante después, Ray, en forma de lobo, me empuja con el hocico con violencia.
-¡¿Qué…?!-empiezo a decir, pero entonces lo entiendo-
¡Mierda!-Echo a correr.
Las ramas me rasgan los brazos y la cara mientras salto entre arbustos, troncos caídos y maleza espesa. La adrenalina me sacude el cuerpo, y mi respiración es un rugido entre los dientes.
Un lobo me sigue de cerca. Lo oigo. Siento su respiración. El crujido de la tierra a sus patas.
Me llevo la mano a la última daga. Estoy listo para girarme. Lanzarla. Lo que sea.
Pero justo entonces, escucho otro sonido. Un choque de cuerpos. Un gruñido familiar.
Giro la cabeza mientras corro y lo veo.
Jon.
Está sobre el lobo, con las patas delanteras clavadas en su lomo y los dientes brillando. Lucha con fiereza, sin dejar que se le escape.
Y entonces aparece Mike.
Se transforma a medio camino, salta por encima de un tronco y aterriza junto a mí. Me toma de los hombros, revisándome con la mirada como si esperara encontrarme sangrando.
-¿Estás bien?-pregunta con la voz ronca.
Asiento, sin aliento.
Mike no espera respuesta completa. Se gira y se une a Jon para impedir que el lobo escape. Me quedo quieto, jadeando, con el corazón desbocado. La daga aún en la mano. La sangre latiéndome en los oídos.
Dos de los traidores eran nuestros.
Mónica y Axel.
Los conocía. No bien, no íntimamente… pero lo suficiente como para que el golpe doliera más. Habían estado en cenas, entrenamientos, misiones menores. Habían dormido bajo el mismo techo que nosotros. Y ahora estaban detrás de la línea de plata, con los ojos bajos y el olor agrio de la traición impregnándoles la piel.
Los otros dos no los habíamos visto nunca. Lobos de otra región, probablemente parte de esa célula que Mike mencionó. Uno logró escapar entre el caos. El más rápido, el que olía distinto.
Todos los demás fueron arrastrados al sótano. Las cadenas, las voces alzadas, el olor a sudor, miedo y furia flotando en el aire como una niebla espesa.
La casa era un nido de caos. Gente entrando y saliendo, gritos mezclados con órdenes, algunos heridos recibiendo atención en el salón.
Y en medio de todo eso, Jon.
Me arrastró—literalmente—por el pasillo hasta su cuarto. Sus dedos eran duros como garras en mi muñeca. Su respiración, desbocada.
Cerró la puerta con un golpe seco, y en cuanto lo hizo, explotó.
-¡SE ACABÓ! ¡No vuelves a patrullar!
Sus ojos brillaban, encendidos por el miedo. El filo de sus colmillos se asomaba por su labio inferior, y su cuerpo temblaba, no de rabia… sino de puro pánico.
-Jon…-intenté hablar, pero no me dejó.
-No me importa lo que digas, Damián. ¡No me importa si llevas dagas o si sabes pelear! ¡Eras el más joven del grupo! ¡Te empujaron para sacarte! ¿Y si ese lobo te hubiese atrapado? ¿Y si nadie te hubiera alcanzado a tiempo? ¡Tú podrías estar... tú...!
Se le quebró la voz.
Vi la espiral.
Sus palabras se ahogaban en imágenes que seguramente no quería ni permitirse tener.
Así que lo hice callar.
No con gritos. No con explicaciones.
Lo abracé.
Fuerte.
Su cuerpo estaba tenso como una cuerda al borde de romperse. Me tomó dos segundos sentir cómo empezaba a temblar. No por debilidad, sino porque por fin bajaba la guardia. Porque ya no estaba delante de todos.
Estaba solo conmigo.
Y yo entendía ese miedo.
Porque si hubiera sido él en mi lugar…
Yo también estaría gritando.
Lo sentí romperse justo en mis brazos. Ese temblor apenas perceptible, esa forma en la que sus hombros bajaron, como si el peso de todo por fin se le cayera encima.
Y entonces simplemente… caímos. Nos dejamos caer en la cama, envueltos aún en ese abrazo desesperado. Lo besé.
Como no lo había besado en semanas.
No con hambre. No con deseo. Solo con necesidad. La de calmarlo. De recordarle que estoy aquí. Vivo. Entero. Nuestros labios se encontraron como si se reconocieran después de mucho tiempo, como si por fin recordaran lo que era respirar en medio de la tormenta.
Afuera, todavía se escucha el jaleo del sótano: pasos rápidos, órdenes secas, algún grito. La casa entera en movimiento. Pero ahora mismo, no me importa.
Las manos de Jon suben lentamente por mi espalda hasta asentarse en mi cintura, sosteniéndome, anclándose. No con urgencia, sino con esa delicadeza que solo tiene cuando cree que puede perderme.
-Estás bien-susurra entre beso y beso, como si decirlo lo hiciera más real.
Yo solo asiento, bajando la frente a la suya, respirando con él.
Porque a veces, eso es lo único que podemos hacer.
Respirar juntos.
Tim
Sé que Conner quiere decir algo. Lo noto por la forma en que se queda callado justo antes de cambiar de pasillo, por cómo sus dedos aprietan ligeramente el mango de la cesta cuando agarramos las manzanas, y sobre todo, por cómo me mira de reojo cada vez que no estoy mirándolo directamente.
Estamos haciendo la compra como si la casa no estuviera llena de traidores encadenados y lobos nerviosos. Como si no lleváramos más de dos semanas caminando sobre cristales.
Pero lo conozco. Sé cuándo está masticando algo por dentro.
-¿Lo vas a soltar ya o te vas a quedar en silencio hasta que paguemos?-le digo mientras empujo el carrito. Conner se aclara la garganta.
-No quiero que patrulles esta noche.
Lo dice sin adornos. Directo.
Miro el estante de cereales, como si necesitara más tiempo para procesarlo.
-Por lo de Damián-añado, sin que lo diga él.
-Sí-responde, bajando la voz. Se detiene junto a mí-Fue suerte que saliera ileso. No quiero que seas el siguiente en necesitar suerte.
-Tú no descansas-
respondo, mirándolo de frente-Y sin embargo, ahí estás. Todas las noches.
-Yo…-titubea-Yo puedo con eso.
-Yo también.
No le grito. No le lanzo un discurso. Solo lo digo. Con calma, pero firmeza.
No es que sea un gran experto con las dagas, pero gracias a Pamed, Damián y yo hemos mejorado mucho. Ella también es humana, y sin embargo, entrena como si hubiera nacido con colmillos. Está con Conrad, uno de los lobos de la manada, y si alguien ha sabido adaptarse a este mundo desde fuera, es ella.
Ella fue quien me enseñó a lanzar una daga sin dudar, a confiar en mis instintos, a no temblar cuando el enemigo se pone a un metro.
-No voy a quedarme encerrado -añado, tomando una caja de cereales como si no acabara de lanzar una sentencia.
Conner suspira, pesado. Pero no discute. Porque sabe que tengo razón.
Y también porque, por mucho que quiera protegerme, no puede retenerme.
No sin romper algo más en el intento.
El coche avanza por la carretera, tranquilo, con la música bajita y las bolsas de la compra tintineando en la parte de atrás. No hace falta que lo mire para saber que Conner está tramando algo. Tiene ese aire. Esa sonrisa apenas contenida que le nace en la comisura de los labios cuando va a soltar una de las suyas.
-Creo que esta noche dormiré en casa-dice al fin, con tono casual. Demasiado casual.
Lo miro de reojo.
-¿Ah, sí? ¿Desde cuándo decides eso sin pelear con tu madre primero?
Se encoge de hombros, sonriente.
-No lo hago por ella. Lo hago por ti.
-Ajá.
-Para que tú también te quedes-añade, con esa voz dulce que solo usa cuando quiere salirse con la suya.
-Claro… qué considerado.
Hace una pausa y luego suelta:
-O quizás solo quiero mimos.
Lo miro sin girar la cabeza.
-Conner.
-¿Qué? Mimos. Unos cuantos besos, caricias, ese masaje que prometiste y nunca cumpliste…
-Hay gente en casa.
-Shhh, detalles.
-Conner-repito, un poco más serio.
-Solo digo que podemos ser silenciosos…o practicar hasta lograrlo.
Cierro los ojos un segundo, respirando hondo.
-Me arrepiento de haber hablado la primera vez.
Él se ríe, satisfecho.
-Mentiroso
-Sabes que si hay gente, no harás nada-digo, con tono plano.
-Eso no impide que lo intente.
-Conner-repito por tercera vez, como si con invocarlo pudiera hacerlo madurar.
-Tim-responde, imitando mi tono a la perfección.
Yo solo suspiro, mirando al frente, mientras él sonríe como si ya hubiera ganado algo.
Y aunque no lo admita en voz alta… a veces, solo a veces, dejarlo ganar no suena tan mal.
Damián
Pasó una semana.
Una maldita semana sin obtener absolutamente nada de los traidores. Mónica y Axel se aferran a su silencio como si sus lenguas les costaran la vida. Los otros dos, desconocidos, ni siquiera parecen asustados. Están quietos. Fríos. Como si supieran que aguantar el tiempo suficiente fuera su única victoria.
Y mientras tanto, Jon… Jon está al borde.
Si está en su forma de lobo, se ha vuelto insoportable. Gruñe a todos. A Mike. A San. Incluso a su padre. Le saltó con los colmillos a Nate solo porque le rozó el lomo por accidente.
A mí no me gruñe.
A mí me esquiva.
Y eso me duele más.
Discutimos varias veces. Una por intentar salir a revisar un perímetro de día. Otra porque no quería cenar. Otra porque le dije que si seguía durmiendo con un oído alerta no iba a servir de nada ni siquiera como vigía.
Está nervioso. Histérico, incluso. No lo admite, pero lo veo en cómo tiembla su hocico cuando algo lo sobresalta, en cómo se me queda mirando como si esperara que me rompa en cualquier momento.
Y yo, honestamente, estoy empezando a pensar en apuntarme a clases de yoga.
Conner y Tim también están tensos. Se notan en la forma en que caminan juntos, hombro con hombro, como si el contacto físico fuera su forma de recordarse que siguen ahí. Pero ellos lo disimulan mejor.
Lo mío es más obvio.
Así que tomé una decisión.
Empecé a quedarme más en casa. Si salgo, es solo de día, y siempre aviso. Paso más tiempo en la cocina, leyendo, entrenando en el patio bajo la luz solar, incluso ayudando a Lois a clasificar informes aunque no sea mi trabajo.
Y sí, eso parece ayudar a la angustia de Jon.
Ya no me esquiva. Me huele. Me sigue con la mirada. A veces apoya el hocico en mi pierna y se queda así. Respirando.
Pero a mí no me ayuda.
No realmente.
Porque sé que estoy recortando mi mundo para que el suyo no se desmorone. Y lo hago sin arrepentimiento.
Pero también sin paz.
Lanzo la daga con más fuerza de la necesaria.
El sonido metálico cuando se clava en el tronco me reconforta por un segundo, como si ese impacto pudiera arrancarme la frustración del pecho.
Respiro hondo, sintiendo el sudor resbalar por mi nuca. Otra vez. Apunto. Lanzo. Otra daga al centro.
Y mientras el metal silba en el aire, mi mente sigue girando en bucle.
¿Cómo los hacemos hablar?
Una semana. Una puta semana sin una palabra útil. Mónica nos mira como si fuéramos insectos. Axel finge que no nos conoce. Los otros dos apenas parpadean.
Con violencia no funciona. Con presión tampoco. Están entrenados para resistir. Lo que me hace pensar…
¿Y si no son soldados?
¿Qué si son algo más?
Me congelo con la siguiente daga a medio camino del lanzamiento.
Algo se enciende en mi cabeza.
¿Y si no están esperando órdenes… sino entregando tiempo?
Tiempo para algo. Tiempo para que ocurra algo más grande.
Camino hacia el tronco y arranco las dagas, una a una.
Y entonces se me cruza un pensamiento aún peor. Uno que se instala como hielo en el estómago.
¿Y si no están aquí para resistir… sino para distraer?
¿Y si esto no era una emboscada fallida… sino una distracción bien calculada?
¿Qué si atraparlos fue exactamente lo que querían?
El corazón me da un vuelco.
Porque si eso es cierto, estamos mirando al enemigo mientras le damos la espalda a la verdadera amenaza.
Y el tiempo…
El tiempo se está acabando.
Las piezas no encajaban. Y eso, más que frustrarme, me encendía. Porque si hay algo que no tolero, es no ver el mapa completo.
Así que decidí crear uno yo.
Antes de bajar al sótano, metí el móvil en el interior de mi chaqueta, con la grabadora activa. Lo aseguré bien, al nivel del pecho, justo bajo el forro, donde no pudiera verse pero sí captar cada palabra.
No porque creyera que soltarían un secreto así como así. Sino porque, a veces, las respuestas no vienen en confesiones. Vienen en lo que no dicen. En los nombres que ignoran. En cómo se tensan con ciertas palabras.
Entré al sótano con paso firme.
Mónica y Axel estaban sentados al fondo, cada uno en una esquina. Los otros dos —los que aún no tenían nombre, ni pasado, ni historia conocida— seguían igual de fríos. Pero algo me decía que todos sabían más de lo que aparentaban.
-Malas noticias-empecé, apoyándome contra la pared con los brazos cruzados-
Hemos atrapado a otro.
Silencio.
-Uno de los vuestros está en casa de Sol. Ahora mismo lo están interrogando.
Mentira. Pero bien servida.
-Y si canta antes que ustedes… todos van a caer.
Los miré, uno por uno. Nada. Ni un parpadeo. Pero Axel bajó apenas la vista.
Punto débil.
Seguí.
-Ya mencionó nombres. Uno de ellos fue Rulo. Otro, Zane. El último… Leigh.
Los tres nombres que Mike mencionó. Los lobos asesinados en Wenshala. Los mártires que desataron esta mierda.
Mónica apretó los puños.
Entonces supe que lo había clavado. Mi mente empezó a reconstruir las piezas con velocidad. Me basé en lo poco que sabíamos, en el patrón de los túneles, en las fechas que se alineaban, en el caos sincronizado del intento de emboscada.
Y solté otra mentira. Pero esta vez… una con venas demasiado reales.
-Sé que el plan original no era atacar aquí. Iban a empezar por el norte. Atacar al líder de la otra manada aliada. Hacerlo parecer un ajuste de cuentas nuestro.
Mónica alzó la vista tan rápido que pude ver el reflejo del miedo en sus ojos.
Ahí estaba.
Una verdad enterrada bajo la ficción.
Esa fue la grieta.
La confirmación.
La grieta fue suficiente.
No dije nada más. No los presioné. Solo me quedé en silencio, observándolos con la paciencia de un cazador que ya ha clavado el dardo. Sabía que la presión no tenía que venir de mí ahora, sino del propio miedo que les acababa de plantar en el pecho.
Y funcionó.
Uno de los desconocidos, el más joven de los dos, fue el primero en romper el silencio.
-No sabíamos a quién se iba a atacar exactamente… sólo que era en el norte. En la región de Elathra.
Me mantuve impasible, pero en mi mente esa palabra brilló como un faro. Elathra era territorio aliado. Lejano, tranquilo… hasta ahora.
-¿Quién les dio la orden?-
pregunté, sin perder la calma.
El chico tragó saliva.
-Respondíamos ante Ryven… y Alesha.
Axel y Mónica no lo detuvieron. No lo negaron. Sólo bajaron la vista. Confirmación silenciosa.
Dos nombres. No me sonaban. Ni a mí ni a los informes que habíamos visto en las últimas semanas.
Pero no necesitaba que me sonaran a mí. Miré al suelo un instante, dejando que la información se asentara, y luego me giré sin decir una palabra más. Mientras subía las escaleras, con el móvil aún grabando en mi chaqueta, sabía exactamente a quién se lo llevaría.
Clark.
Puede que esos nombres no significaran nada para mí… pero para él, para alguien que ha vivido el mapa político de las manadas desde antes de que yo naciera…
Estoy seguro de que significan algo.
Y ese algo puede ser justo lo que necesitamos para terminar lo que empezó en Wenshala.
Tim
Mi hermano es un puto genio.
Así, sin adornos.
Porque mientras todos dábamos vueltas en círculos, gastando energía en amenazas y estrategias que no funcionaban, él bajó al sótano con su chaquet ay el móvil grabando y esa mente suya que nunca deja de hilar.
No necesitó gritar. Ni golpear la mesa. Solo jugó con las piezas como si ya supiera el final del tablero.
Y funcionó.
Consiguió lo que nadie más había conseguido: que hablaran. Que se traicionaran entre ellos con solo una palabra mal contenida.
Ahora tenemos nombres. Ryven. Alesha.
Una ubicación: Elathra.
Y un nuevo objetivo en el mapa.
¿El mejor momento? Cuando subió las escaleras como si nada, me miró y dijo:
-Graba esto: van a caer.
Sí. Mi hermano es un genio.
Un genio peligroso, calculador y un poco insoportable.
Pero joder, cómo lo admiro.
Tim
Estábamos todos reunidos alrededor del mapa. Uno enorme, extendido sobre la mesa del salón, cubierto de marcas, notas a mano y círculos rojos recién dibujados.
Elathra.
El supuesto territorio pacífico, neutral. Ya no.
Marcábamos los sitios apartados de las calles, callejones que no daban a ninguna parte, entradas traseras de edificios viejos… lugares donde nadie se metería sin una razón. Y sin embargo, ahí es donde teníamos que buscar.
Nos centramos en lo que Mike y otros sabían: bares clandestinos, sótanos con puertas ocultas, algunos locales que por fuera parecían abandonados, pero que por dentro tenían olor a lobo.
Bares donde solo los nuestros sabrían entrar. Donde la entrada requería una contraseña. O una marca. O un gesto.
Esos serían los primeros sitios donde cazaríamos a Ryven y Alesha.
Y si los encontrábamos…
Ellos nos llevarían a los líderes.
-Quince-Dijo Clark-divididos en tres células. Sombra, contención, ataque. Cada célula con humanos y lobos.
Y ahí estábamos. Preparando una caza.
No improvisada.
No emocional.
La mañana estaba cubierta por un cielo gris y pesado, como si incluso el clima supiera lo que se avecinaba. En la sala principal de la casa de los Kent, Clark reunió a todos los miembros de confianza. No había sitio para dudas ni para medias palabras. Aquellos presentes eran los que irían a Elathra. Los que pondrían el cuerpo y los sentidos en juego.
-Son cinco horas y media hasta Elathra-dijo Clark con voz firme, señalando el punto en el mapa-Saldremos esta tarde y llegaremos con la noche encima. Vamos a ir divididos en tres células. Esto no es una ofensiva. Al menos, no de entrada. El objetivo es infiltrar los bares marcados y conseguir información. Nada de provocar conflictos. Si hay movimiento sospechoso, se reporta. Si hay oportunidad de interrogar sin llamar la atención, se actúa. Si no, se espera. ¿Está claro?
Todos asintieron. Nadie hablaba. Las órdenes eran precisas, limpias. Casi quirúrgicas.
Clark comenzó a señalar los grupos:
Célula Sombra – Infiltración silenciosa y observación directa:
Tim
Mike
Sol
Ray
Pamed
Célula Contención – Listos para extraer a los infiltrados o cerrar rutas de escape:
Conner
Thomas
Nate
Lena
San
Célula de Apoyo – Ataque o defensa solo si se activa señal de conflicto:
Damián
Jon
Lois
Conrad
Clark
Clark se apartó del mapa y cruzó los brazos.
-Cada célula tendrá comunicación interna cifrada. Mike se encargará de proporcionar las contraseñas conocidas para los accesos. Nos moveremos discretamente. Y repito: no es un ataque. No buscamos derramar sangre. Buscamos información. Una vez tengamos ubicación real de Ryven o Alesha, reorganizaremos. ¿Preguntas?
Hubo silencio. Solo miradas decididas.
Clark asintió, satisfecho.
-Preparen lo necesario. Comemos a mediodía y salimos a las dos.
Esta noche… vamos a cazar respuestas.
Estoy metiendo mis cosas en la pequeña mochila como si el orden de los objetos fuera a darme alguna sensación de control. No la hay. Solo hay incertidumbre.
No sabemos cuánto tiempo vamos a estar fuera. Una noche, tal vez dos. O más, si las cosas se complican. Así que meto lo esencial: cargador, cuchillo pequeño, la libreta donde anoto cosas que prefiero no escribir en el móvil, dos mudas de ropa, el kit de primeros auxilios que me dio Pamela.
Conner está en el otro lado de la habitación, haciendo lo mismo. Pero con menos paciencia. Tira la ropa dentro de la mochila como si pudiera descargar parte de su frustración en cada prenda.
Sé que no le hace gracia.
Estar en grupos separados, digo.
-Podríamos haber ido juntos-
murmura, sin mirarme.
-Clark necesitaba que estuviéramos donde somos más útiles. Tú sabes que la contención necesita fuerza.
-Y tú sabes que me da igual la estrategia cuando se trata de ti -responde al instante.
Levanto la vista. Él sigue con la cabeza agachada, cerrando la cremallera con un tirón seco. Camino hasta él y le toco el brazo con suavidad.
-No tengo intenciones de morir, Conner.
Él finalmente me mira, los ojos cargados de esa mezcla entre enfado y miedo que no sabe disimular.
-Lo sé. Pero los que nos quieren matar, sí saben cómo hacerlo.
Le sonrío, leve.
-Por eso llevo la mochila bien armada. Y por eso tú vas a estar cerca… aunque sea desde otra calle.
Él aprieta los labios, asiente despacio, y sin más, me hala hacia su pecho y me abraza.
Así, en silencio.
Porque a veces, eso dice más que cualquier otra cosa.
Cuando me mira, lo hace con esa intensidad que siempre logra atravesarme. No dice nada, no necesita hacerlo. Solo se inclina, y cuando sus labios rozan los míos, no lo detengo.
Lo dejo.
Dejo que el beso se vuelva más profundo. Dejo que sus manos me rodeen con firmeza. Dejo que me empuje suavemente hacia la cama y caigamos sobre ella como si el mundo se hubiera detenido solo para esto.
Porque sé que lo necesita.
Y si soy sincero… yo también.
Dejo que me empiece a desnudar, con dedos ansiosos pero cuidadosos, como si todavía no creyera que puede tenerme así de cerca. El calor entre nosotros sube rápido, como un incendio contenido por días.
Él saca el lubricante del cajón y no dice una palabra mientras se acomoda entre mis piernas.
Sus dedos me tocan, me preparan. Siento cómo me abre con paciencia, con esa forma suya de hacer todo como si supiera exactamente lo que necesito.
-Joder…-susurro, con la frente apoyada contra la suya. Cuánto tiempo había pasado. Cuánto lo habíamos contenido.
No quiero hacer mucho ruido. No con gente en casa, no con las horas contadas. Pero cuando me abre por completo, cuando entra en mí con ese ritmo que se siente como volver a casa, no puedo evitar gemir.
Así que lo beso.
Gimo contra su boca, buscando su lengua, buscando su respiración, y envuelvo mis piernas en su cintura, atrayéndolo más, como si pudiera fundirme con él.
Porque en ese instante… no hay mapas, ni nombres, ni enemigos.
Solo él.
Solo nosotros.
Sus labios siguen en los míos, profundos, hambrientos, como si quisiera robarme el aliento. Y yo se lo dejo. Se lo doy todo.
Cada embestida es firme, medida, pero desesperada. Como si supiera que el tiempo se nos escapa, que lo que estamos robando ahora no es solo placer, sino paz.
Mis manos se aferran a su espalda, mis dedos arañan ligeramente su piel. No quiero soltarlo. No ahora. Mis piernas lo envuelven con más fuerza.
-Más cerca…-le susurro, apenas un jadeo entre beso y beso.
Él baja el rostro a mi cuello, lo besa, lo lame, lo muerde sin apretar. Lo siento temblar, como si estuviera conteniéndose, como si una parte de él solo quisiera dejarse ir, pero otra supiera que debe cuidarme.
-Tim…-murmura contra mi piel, como una súplica, como un juramento.
Y yo lo beso otra vez.
Porque también me duele haber esperado tanto para esto. Porque también necesitaba sentirme así, con él, envuelto en su cuerpo, su calor, su deseo.
Cuando su ritmo se vuelve errático, cuando jadea contra mi cuello, yo lo acerco aún más con las piernas.
-Estoy aquí-le digo.
-Yo también-responde él.
Damián
Estoy guardando mis cuchillas plegables en el bolsillo lateral de la mochila cuando Jon, de repente, suelta:
-Nuestros hermanos están follando.
Cierro la cremallera con más fuerza de la necesaria.
-¿Perdón?
-Ahora mismo-Él sigue doblando su ropa como si acabara de comentar que va a llover.
Me quedo mirándolo.
-Jon, por favor, dime que eso fue un chiste raro. Uno muy mal ejecutado.
Él niega con la cabeza, completamente serio.
-No. Los escucho.
-¿Qué?
-Sus corazones. El ritmo. Los movimientos. Las respiraciones-Hace una pausa y luego se encoge de hombros-Están siendo bastante considerados, para estar tan desesperados.
Me congelo.
-¡Jon!
-¿Qué? No lo hago a propósito -responde, alzando las manos-Mi oído no se apaga por decoro.
Lo fulmino con la mirada.
Nos quedamos en silencio. Muy en silencio. Y entonces, inevitablemente… intento escuchar algo.
Nada.
Absolutamente nada.
Frunzo el ceño.
-Yo no oigo nada.
Jon asiente con la cabeza, orgulloso.
-Exacto. Eso significa que lo están haciendo bien.
Me tapo la cara con las manos.
-Necesito empezar yoga ya.
Y por supuesto, porque no podía dejarlo ahí, Jon se queda mirándome con esa expresión que usa cuando se le ocurre una idea estúpida que, en su cabeza, suena perfectamente lógica.
-Quizás nosotros también podríamos hacerlo-dice, con toda la naturalidad del mundo, como si estuviera sugiriendo salir a tomar algo.
Me quedo quieto. Muy quieto.
-¿Qué?
-No digo ahora, ni aquí, ni en plan “venganza sincronizada por hermanos folladores”-
añade rápidamente, levantando las manos-Pero… ya sabes, considerando la tensión, el estrés, la necesidad de liberar endorfinas...
Lo miro. Largo. Con los brazos cruzados y todo el juicio del mundo en mis cejas.
-No.
-Vamos, Damián…
-No.
Jon abre la boca para insistir, pero lo corto con una mano en alto.
-No voy a hacerlo por imitación hormonal, ni por estrés, ni porque tus superoídos detectan gemidos ajenos.
-Es solo una sugerencia científica… -murmura, dándose la vuelta para seguir con su mochila.
-La próxima vez que tengas una idea científica, escríbela y quémala.
Jon no dice nada más, pero puedo ver cómo se muerde el labio para no reírse. Este chico va a matarme un día. Literal o figuradamente. Aún no decido cuál será primero.
Agradezco que Jon no sea como los otros.
Pamed me lo explicó una vez, con esa calma suya que todo lo vuelve más fácil de digerir. Me dijo que los alfas suelen ser más insistentes. Que no siempre se trata solo de deseo físico, sino de una necesidad más profunda. Instintiva.
-Es su forma de mantenerse cerca-me dijo-De recordarte que están ahí. Que perteneces a ellos y ellos a ti.
Recordar esas palabras me hace mirarlo.
Jon sigue de espaldas, frente al armario, comparando dos pantalones como si estuviera eligiendo entre el fin del mundo.
Nosotros solo lo hemos hecho una vez.
Una.
Y no he preguntado cómo lo está llevando él. No sé si esa espera le pesa, si lo contiene por mí o si realmente está bien con este ritmo que llevamos. Nunca me ha presionado. Nunca me ha exigido nada.
Y eso… lo valoro más de lo que sé expresar.
Cierro la mochila y camino hacia la puerta sin hacer ruido. Paso junto a él, y justo cuando parece inclinarse hacia el pantalón negro, me estiro y le doy un beso rápido en la mejilla.
Él se congela por un segundo.
-¿Qué fue eso?-pregunta, mirándome con media sonrisa.
-Nada. Sigue con tu crisis existencial de pantalones.
Salgo de la habitación sin esperar respuesta. Pero justo cuando cruzo el marco de la puerta, lo escucho murmurar detrás de mí:
-Ese “nada” me va a durar todo el día.
Y por alguna razón… me alegra que así sea.
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