13
Tim
Salimos justo a las dos de la tarde. Como si todos tuviéramos un reloj sincronizado clavado en el pecho.
Íbamos organizados por grupos, cuatro por coche, en cinco vehículos en total. Los cinco repartidos estratégicamente, con comunicadores activados y rutas trazadas para evitar que todos llegáramos por la misma carretera.
En nuestro coche íbamos Conner al volante, yo de copiloto, y en el asiento trasero, Jon y Damián.
El equipo de "confianza y tensión en partes iguales".
El viaje comenzó tranquilo. Pero no tardó en volverse todo lo que esperábamos... y más.
-¿Puedes no conducir como si fueras Vin Diesel?-le solté a Conner mientras tomaba una curva con gusto.
-Es que estoy practicando para cuando tenga que huir contigo en brazos-respondió con una sonrisa ladeada, y puso la mano en mi muslo sin disimular.
Jon resopló.
-Si vas a empezar con las cursilerías de película, avísame para ponerme los cascos.
-¿Tú no eres el que le ronronea a Damián cuando está dormido?-pregunté sin mirar atrás.
Damián golpeó el respaldo de mi asiento con la rodilla.
-Voy a cambiarme de coche si seguís con esta conversación.
Durante un buen rato discutimos sobre qué música poner.
-¿Algo relajado?-propuse.
-¿Algo que no me duerma?-pidió Jon.
-¿Algo que no tenga a nadie gimiendo en el fondo?-agregó Damián, muy serio.
-¿Entonces quitamos tus listas?-le pregunté mirando a Conner.
Silencio.
Terminamos alternando: una canción cada uno. Resultado: de Arctic Monkeys a reggaetón clásico, luego rock alternativo, luego algo instrumental porque Jon dijo que necesitaba "aire mental".
En la tercera hora, Conner dejó caer la cabeza un segundo mientras esperábamos en un semáforo en pueblo perdido.
-¿Te duermes?-le pregunté, apoyando la mano en su hombro.
-Un poco. ¿Quieres tomar el volante?
-No. Quiero darte un café.
-¿Y un beso?
-¿Estás tan poniéndote cariñoso?.
-¿Es un sí?
-Suspiré. Sí.
Le besé la mejilla y él sonrió como si hubiera ganado la lotería.
En un momento del trayecto, Damián terminó con la cabeza apoyada en el hombro de Jon. Dormido. Profundo.
Jon tenía una sonrisa tonta mientras le acariciaba el cabello.
-No le digas que lo vi-le dije por el espejo retrovisor.
-Trato hecho.
Después de varias canciones, propuse: ¿Jugamos al "Yo Nunca"?
Conner me miró.
-¿En serio?
-Yo lo veo bien-dijo Jon.
-Estoy rodeado de críos-murmuró Damián.
Pero jugamos
-Yo nunca he mentido sobre con quién estaba para evitar preguntas.
Todos.
-Yo nunca he robado algo.
Conner y Damián
-Yo nunca he tenido sexo en un sitio público.
Conner, Jon y yo.
Damián gira lentamente a mirarlo con el ceño fruncido y después a mí.
-Paso de vosotros-Dice
-Jon, ha levantado la mano-
dice conner
-Pero nunca he dicho que haya sido con el-Dice Jon.
-Ni pasara-Añade mi hermano.
-Yo nunca he sentido celos sin admitirlo.
Todos.
-Yo nunca he dicho "te quiero" sin estar seguro.
Nadie.
Y se hace un silencio incómodo.
-Yo nunca me he peleado con alguien por la persona que me gusta.
Conner y Jon.
-Yo nunca me he imaginado el futuro con alguien.
Conner y Jon.
Yo siento el calor subirme a la cara. Damián no reacciona.
A la cuarta hora, paramos en un restaurante polvoriento con baños que olían a productos de limpieza demasiado fuertes.
Jon y Damián fueron los primeros en ir al baño. Yo pedí un café. Conner, una hamburguesa que probablemente lo mataría antes que los Silentes.
-¿Por qué huele a pino químico y desesperanza?-preguntó Jon al salir del baño.
-Porque nos hemos detenido en la antesala del infierno-
respondió Damián.
Comimos, bromeamos, nos estiramos un poco en el aparcamiento, y retomamos el viaje.
Llegamos a Elathra con el cielo ya teñido de un naranja apagado, las nubes oscuras como si presintieran lo que venía. Era una ciudad más gris de lo que imaginaba, llena de edificios viejos de dos o tres plantas, calles angostas, y muchas esquinas que parecían haber sido hechas para esconder secretos.
A nuestro paso, los transeúntes nos miraban con ojos desconfiados o nos ignoraban por completo. Una ciudad con historia... y demasiados silencios.
Nos dirigimos directamente al hotel acordado. Uno de confianza, propiedad de Ivy, una mujer alta, de cabello rizado y una mirada como cuchillas. Había sido aliada de Clark desde hacía años.
Decidimos que esta noche solo entraríamos a dos bares.
Nada de sobreexponernos. Era la primera incursión. Un sondeo disfrazado de rutina.
Conner y yo subimos a la habitación. Era sencilla, con dos camas pegadas que claramente íbamos a empujar hasta convertir en una. Apenas cerramos la puerta, Conner dejó la mochila en el suelo y se me acercó.
-No te arriesgues esta noche-
me dijo, con voz baja.
-Vamos en grupo. No estaré solo.
-Igual. Promételo.
-Lo prometo-Y me besa.
A veces no sé si me besa para calmarme o para calmarse él mismo. Pero lo hizo. Me besó suave, con los ojos cerrados y la mano en mi nuca como si al tocarme así pudiera atarme a este mundo.
Media hora después, todos estábamos en la habitación de Clark. Un mapa extendido sobre la cama, nuestros nombres en papeles doblados, estrategias claras.
Nos pusimos los pinganillos.
Armas pequeñas ocultas bajo la ropa. Dagas planas, cerrojos retráctiles, sensores de vibración. Todo silencioso, letal y oculto.
Mi corazón ya había comenzado a latir más fuerte.
Sabía que esta noche no iba a ser solo una patrulla.
Salimos hacia el Bar La Espina Azul.
La fachada era de madera pintada, con un neón que titilaba cada pocos segundos. En apariencia, un local más. Pero los nuestros sabían la contraseña. Entramos sin problema.
Nos separamos. Cada uno con una ruta visual. Sabía por qué mi hermano no iba a entrar, a pesar de que era bueno en sacar información.
Lo necesitábamos allí.
No interrogando.
Escuchando.
Analizando.
Mike caminaba como si conociera el sitio. Y en parte, seguro que sí. Sus ojos se movían con agudeza. Se detuvo frente a un tio en una mesa apartada. Piel curtida, mirada esquiva, tatuaje a medias oculto por el cuello de la camisa.
-¿Cómo sabes que es él?-le pregunté en voz baja.
Mike no dejó de mirar al hombre cuando respondió:
-Por el tatuaje del cuello.
-¿El tatuaje?
-Ningún civil lleva ese símbolo sin permiso. Ese no es cliente. Es uno de ellos.
Y ahí lo entendí. Todo lo que Mike vivió como espía lo había convertido en una especie de radar humano. Sabía a quién mirar. A quién descartar. A quién romper.
Se acercó. Apoyó una mano en la mesa, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
-Busco a Ryven.
El tio tragó saliva.
-No sé de quién me hablas.
Me acerqué, y le hablé con voz baja, pero firme.
-¿Seguro?
-Sí-repitió.
-¿Le tenéis miedo?-añadí.
Ahí sí.
Su mirada vaciló.
Intenté pensar rápido. Muy rápido.
Lo miré bien esta vez, no como a un obstáculo, sino como a una oportunidad.
No tenía pinta de alfa.
Ni de soldado leal.
Era alguien roto por dentro, con los nudillos marcados y el olor a frustración pegado a la piel.
Parecía... más bien alguien atrapado. Quizás por una deuda. O una promesa rota.
O simplemente, por miedo.
Me arriesgué.
-Tú no quieres estar con ellos... ¿verdad?-El tipo levantó la mirada, frunció el ceño.
-¿Y eso qué te importa?
-Porque nosotros vamos a acabar con ellos-dije, firme-Y si nos ayudas, si das un paso, tú también puedes librarte.
Lo pensó. De verdad lo pensó. Su mandíbula temblaba, y sus dedos golpeaban la mesa con un ritmo inquieto. Dio un trago largo al vaso. Tragó saliva.
Y luego habló.
-No sé dónde está ese cabrón de Ryven-escupió, bajando la voz-Hace semanas que no lo veo. Se mueve por su cuenta. Pero... Alesha. Ella sí está en la ciudad.
Contuve el aliento.
-¿Dónde?
-En un sótano que usan como local alternativo. No es un bar. No tiene cartel. Solo se entra por una trampilla en la parte de atrás de una tienda vieja: Los Mástiles.
Mike y yo nos miramos.
Ya era más de lo que teníamos hace una hora. Pero entonces, el tipo hizo una pausa. Su expresión cambió.
-Hay algo más...-murmuró- Algo jodido.
-¿Qué?
-Ryven... no está desaparecido porque se esconda. Él no sabe que lo están usando.
-¿Qué estás diciendo?-
pregunté.
-Alesha no le responde. Está moviendo los hilos por su cuenta. Ryven cree que sigue mandando, pero en realidad, lo están manteniendo lejos...
Porque ella planea entregarlo.
Mike frunció el ceño.
-¿A quién?
-A los humanos. A uno de esos cazadores del este. Quieren que lo atrapen, lo ejecuten... y culpar a la manada de Kent por traicionarlo.
El aire se volvió denso.
Ryven ya no era solo el objetivo...Era también un peón.
Y si caía por culpa de una supuesta traición, las manadas aliadas que aún lo respetaban como líder...irían a por nosotros.
Así que el tiempo se nos acababa. Y Alesha acababa de pasar de segunda en la lista...
a ser la pieza más peligrosa del tablero.
-¿Tu nombre?-le pregunté, aún con la voz baja, pero firme.
El dudó. Me miró como si no supiera si estaba vendiendose a alguien... o salvándose.
-Hector-Lo dijo casi en un susurro-Si esto sale mal, estaré muerto.
Asentí despacio. Metí la mano en el bolsillo, saqué un papel doblado con mi número escrito y se lo deslicé por la mesa.
-Cuando veas algo. Cuando escuches algo. Cuando Alesha se mueva o Ryven aparezca. Me avisas. No lo pienses demasiado. Solo hazlo.
Hector miró el papel como si pesara cien kilos. Lo tomó con dos dedos y lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta.
-¿Me vas a proteger si esto se jode?
Lo miré a los ojos.
-Si colaboras, no estarás solo cuando se caigan. Palabra.
Se quedó quieto unos segundos. Luego, sin decir nada más, se levantó y se perdió entre la gente del bar, sin volverse.
Mike se acercó a mí.
-Crees que lo hará. ¿Verdad?
-No lo sé. Pero si lo hace... puede darnos la pista que necesitamos para adelantarnos a Alesha.
Mike asintió lentamente.
-Entonces, más vale que esa trampilla en Los Mástiles no sea una trampa.
Y mientras nos retirábamos, con los pinganillos transmitiendo en silencio y las sombras de Elathra cada vez más densas, supe que algo se había roto en la red de los Silentes.
La grieta estaba ahí.
Solo faltaba empujar.
Decidimos volver al hotel.
Teníamos suficiente por una noche, y no queríamos levantar sospechas innecesarias. Demasiada presencia llama la atención, y muchos en ese bar nos vieron entrar. A pesar de movernos con cuidado, sabíamos que algunos ojos no eran simples clientes.
Íbamos a esperar a que Héctor hablara.
Si decidía hacerlo.
Mientras me ponía el pijama, el cuarto estaba en silencio. Solo el sonido lejano del agua corriendo en la ducha. Conner tarareaba algo, relajado. Y mientras me desabotonaba la camisa, mi mente se encendió sola.
Héctor nos dio información, sí... pero incompleta.
Y no por falta de voluntad.
Simplemente él no lo sabía todo.
Para él, Ryven y Alesha son los superiores. El dúo que comanda los hilos de la red radical. Pero no... ahora sé que eso no puede ser cierto.
Alesha fue enviada a eliminar a Ryven.
No se eliminan entre líderes. No si son iguales.
Eso deja claro que hay alguien más. O varios. Gente que se mantiene oculta. Que mueve las piezas y deja que otros reciban los golpes.
Ryven y Alesha no son más que escudos. Frentes visibles para desviar la atención de los verdaderos líderes.
Los Silentes verdaderos.
Los que están en la sombra.
Y ahora me pregunto... si están en Elathra, si están en alguno de los puntos que marcamos en el mapa...¿O si ya están más lejos? ¿En otro país? ¿Operando en red internacional?
Porque si están fuera... estamos jodidos. Mi mirada se pierde en el techo mientras me siento en la cama. Ryven es la prioridad ahora.
Hay que protegerlo.
No porque confíe en él, sino porque es un símbolo.
Y es información
Si lo entregan, si muere a manos de los cazadores, se volverá mártir. Y los que lo siguen, las manadas que aún le guardan respeto, cargarán contra Clark. Contra nosotros.
Eso es lo que quieren.
Poner a Ryven en posición vulnerable. Hacerlo parecer una traición. Y encender una guerra entre manadas.
Eso solo se logra si Ryven...
-Tenía lazos. Con muchas manadas del país -susurro, cayendo en cuenta. Por eso lo mandaron como infiltrado.
Amistades, alianzas, lealtades...Y cuando muera, todos van a sacar las garras.
A Clark lo quieren muerto.
Pero no por un ataque directo.
Lo quieren destruido por dentro. Quieren que lo maten sus propios aliados.
-Joder...-susurro, llevándome las manos al rostro.
Y entonces escucho a Conner.
En la ducha. Cantando suavemente una canción mal entonada, una de esas antiguas que siempre pone cuando quiere distraerse.
Su voz me arrastra fuera de mis pensamientos, como una cuerda tibia tirando de mí de regreso al presente.
Lo miro por la puerta entreabierta del baño y sonrío.
Solo por un instante.
Damián
La televisión parpadea con una de esas comedias absurdas que Jon suele ver por las noches. Risas grabadas, colores chillones, diálogos tontos que me parecen insoportables... pero que a él le hacen sonreír.
Yo estoy tumbado a su lado, con la espalda apoyada en la cabecera de la cama, mirando el techo más que la pantalla. Estoy dándole vueltas a todo: Ryven, Alesha, los nombres que no conocemos, la sensación constante de que vamos un paso por detrás.
Pero entonces, Jon se ríe.
Y todo se detiene.
Esa risa baja, sincera, que se le escapa sin querer y que parece encender la habitación entera.
Salgo de mis pensamientos, y me giro un poco para mirarlo.
-¿Puedo preguntarte algo?-digo en voz baja-Jon parpadea, pausa el episodio y se gira hacia mí.
-Claro.
Me acomodo, me siento con las piernas cruzadas frente a él.
-¿Cómo llevas el... "eso"?
-¿El qué?
-Lo de no ser sexualmente activo.
Él se queda quieto un momento, como si no esperara esa pregunta. Baja la mirada y se rasca la nuca.
-Ah...
Silencio. Pero no incómodo. Solo el tipo de silencio que se necesita para responder con honestidad.
Y entonces Jon habla.
-Al principio pensaba en ello más de lo que quería admitir. Sentía que era... lo normal, ¿no? Tenerlo todo el tiempo, desearlo. Pero contigo no es solo eso. Es más importante estar cerca. Dormir contigo, escucharte respirar, que me mires como si valiera la pena. Eso me calma. Me basta. Y si alguna vez quieres más, lo haré porque tú quieres. No porque yo lo necesite todo el tiempo. Porque... tú eres lo que quiero. No lo otro.
Me quedo quieto.
Lo miro.
Y algo en mi pecho se afloja.
-Te quiero-Lo digo sin pensarlo, sin miedo, sin prepararme.
Él parpadea como si le acabaran de lanzar un balde de agua tibia.
-¿En serio?-pregunta, con una sonrisa que ya le brilla en los ojos.
-Sí. Lo he reafirmado cuando te escuchado reír hace un momento. Fue... insoportable de tierno.
Jon se ríe otra vez, esta vez solo para molestarme.
Y lo dejo.
Porque lo amo.
Y ahora lo sabe.
Tim
Damián y yo íbamos juntos.
Nos movíamos por las calles de Elathra como si fuéramos parte del paisaje. Ropa cómoda, neutra, nada que nos hiciera parecer lo que éramos. Solo dos chicos caminando, mirando escaparates, comiendo fritos y fingiendo que el cielo no se estaba oscureciendo cada vez más.
Pasamos una tienda de barrio y Damián, con ese aire serio como si estuviera en misión diplomática, salió con una bolsa llena de fritos, dulces, y una bebida energética que olía a gasolina. Seguimos caminando por calles menos transitadas, observando sin preguntar, reconociendo rostros que se repetían, patrones, tiendas con puertas traseras demasiado vigiladas. Todo con calma.
Y entonces, mientras metía una patata en la boca, Damián me miró de reojo.
-¿Puedo preguntarte algo?
-Dispara.
-¿Cómo... tienes iniciativa sexual?
Casi me atraganto con la patata. Tosí tan fuerte que una señora del otro lado de la calle me miró con lástima.
-¿Qué?
-Iniciativa. Ganas. Deseo. Ya sabes. Eso.
Me lo dijo sin vergüenza, pero con esa rigidez que usa cuando se mete en terrenos incómodos.
Y entonces entendí.
Pensé en él, en Jon, en cómo se miran. Pensé en cuando Pamed explicó lo de los alfas y su forma de sentir el vínculo físico. Y también pensé en que Damián nunca había sido especialmente sexual. Ni curioso, ni desesperado por ese tipo de conexión.
No era su idioma.
Pero ahora quería aprenderlo.
Por Jon.
Por amor.
Suspiré.
-Lo primero es que no tienes que forzarte a ser como nadie más-le dije-No hay una forma "correcta" de tener ganas. Pero sí puedes empezar por
descubrir qué te gusta a ti.
-¿Y si no me gusta nada?
-Entonces tendrás que descubrir qué le gusta a los dos. Porque a veces las ganas no vienen solas. Se construyen. Con confianza. Con curiosidad. Con cariño.
-Eso suena a autoayuda.
-Lo es. Pero también es cierto.
Damián se quedó callado un momento, masticando un caramelo.
-¿Y si no soy suficiente?
-Lo eres. Créeme. Si Jon se ha quedado ahí, es porque ya le das más de lo que podrías imaginar.
Él no respondió. Pero lo vi asentir despacito.
Después de tres horas de caminata, observaciones y callejones con olor a humedad, el cielo empezó a cargar las nubes de una forma amenazante.
-Va a llover-murmura.
-Sí...-dije-Esperame aquí, y me metí en la farmacia más cercana.
Él me esperó fuera, creyendo que iba por algo para mí, que también. Salí con una bolsa pequeña y se la tendí sin decir nada.
Él la miró.
Miró dentro.
Lubricante con olor a cereza. Edición especial "extra dulce".
Me miró.
Yo sonreí.
-Para cuando sí tengas ganas.
-Eres imbécil-dijo, pero no me devolvió la bolsa.
Solo la guardó.
Y seguimos caminando.
Damián
Tim se quedó en la habitación que comparto con Jon porque Conner y él aún no habían vuelto. Nos sentamos juntos sobre la cama con el portátil abierto y el grupo del operativo activo.
Mientras anotábamos lo que habíamos visto, compartíamos detalles mínimos: tiendas que parecían tener movimiento por la noche, una puerta trasera con refuerzos, dos rostros repetidos en calles distintas. Observaciones útiles, sin alardes. Lo esencial.
Y entonces empezó a llover.
No una llovizna, sino ese tipo de lluvia pesada, densa, que cae con intención.
Una hora después, la puerta se abrió. Jon y Conner entraron, secos. Ni una gota.
-Ey-Dijo Tim sonriendo.
Yo agradecí, con todo mi ser, que nadie se fijara en la pequeña bolsa de la mesita.
Conner caminó hasta Tim y prácticamente se le echó encima. Le comió la boca como si llevaran años sin verse. Tim ni se inmutó. Le devolvió el beso con una sonrisa contenida, como si ya lo esperara. Jon, por su parte, se acercó a mí más tranquilo y me dio un piquito.
Nos sentamos un rato todos juntos. El sonido de la lluvia seguía golpeando los cristales,
Charlamos de lo que habían visto, de un tipo que casi tropieza con Conner al salir de una librería, de cómo Jon se pidió unos machos con queso se había quemado la lengua.
Tim se rió. Yo también.
Y luego se despidieron. Una mirada entre hermanos. Un "te escribo" entre sonrisas.
Y se fueron.
La puerta se cerró.
Y el sonido de la lluvia volvió a llenarlo todo.
Tim
La lluvia seguía cayendo, suave ahora, como si se hubiera cansado de hacer drama.
Conner y yo estábamos tirados en la cama de nuestra habitación, viendo una serie cualquiera en la tele del hotel. Una de esas policiales que siempre tienen al detective con barba de tres días y una chaqueta que nunca lava, resolviendo crímenes con una linterna y una corazonada.
Yo tenía una pierna encima de él, medio envuelto en la manta, y él estaba comiéndose las últimas patatas de la bolsa como si fuera un trabajo.
-¿Sabes que este tio ha resuelto tres asesinatos sin pedir una orden judicial ni una vez?-comenté, mirando cómo el protagonista entraba a una casa sin que nadie lo detuviera.
-Es porque tiene "instinto de lobo solitario", Tim. Es parte del lore.
-Lo que tiene es una denuncia esperando en cada capítulo.
Conner sonrió y me ofreció una patata. La tomé.
-¿Tú serías detective?-
preguntó de repente.
-¿Con esta cara? Sería el tipo al que arrestan por "mirada sospechosa"
-Podríamos ser compañeros. Tú el genio estratégico. Yo el músculo irresistible.
-Ya empezamos...
-Y cada capítulo acabaría contigo diciéndome "Conner, no puedes resolver los casos a puñetazos", y yo contestando "pero funcionó, ¿no?".
-Hasta que nos echen. O terminemos besándonos encima de un cadáver.
-¡Eso sería un giro de temporada!-dijo con entusiasmo.
Lo miré.
-Eres taaaan tonto.
-Pero te hago reír.
Lo detesto cuando tiene razón.
Y más cuando pone esa sonrisa de medio lado como si fuera un logro nacional.
Nos acurrucamos mejor, con su brazo alrededor de mi cintura.
-¿Sabes qué harías tú si fueras el asesino de esta serie?-
preguntó Conner, girándose apenas para mirarme con su cara de "te voy a joder pero con amor".
-¿Qué?
-Irías dejando pistas crípticas escritas en latín mal conjugado.
-¿Y por qué estaría mal conjugado?
-Porque lo harías a propósito, para que solo el detective nerd que eres tú lo entienda.
-Tú tienes serios problemas.
-No, tengo una imaginación maravillosa.
-¿Y tú qué harías si fueras el asesino?
-Fácil. Haría parecer que fue un ataque de un animal salvaje. Ya sabes, marcas de colmillos, garras...
-¡Conner!
-¿Qué? ¡No es real! Además, me encubrirías.
-No. Te denunciaría antes de que te comas al fiscal.
-¿Y me visitarías en prisión?-pregunta con falsa tristeza, metiendo otra patata en la boca.
-Solo para decirte "te lo dije" a través del cristal. Con un cartel. En neón.
Se echó a reír, esa risa suya que empieza baja y termina en carcajada contenida, con el pecho sacudiéndose bajo mí.
-Vale, pero escucha esto-
siguió, claramente ya con una historia entera en su cabeza- Somos pareja de detectives, ¿Vale? Tú eres el serio, el brillante. Yo soy el caótico, impulsivo, con un pasado oscuro y una moto.
-¿Tienes moto ahora?
-En mi cabeza, sí. Y gafas de sol. Aunque sea de noche.
-Qué horror.
-Y hay tensión sexual, pero no se resuelve hasta el final de la temporada tres.
-¿Y qué pasa al final de la temporada tres?
-Tú me besas antes de que yo cruce la frontera para entregarme por un crimen que no cometí.
-¿Y luego?
-Me metes en el coche, me esposas y dices: "si vas a huir, al menos llévame contigo".
Lo miré en silencio, tragando una carcajada.
-¿Cuánto azúcar comiste hoy?
-Lo suficiente para que mi cerebro produzca series de calidad.
Apoyé la cabeza en su pecho, sonriendo.
-Nos cancelan en la cuarta temporada, ¿verdad?
-Sí, pero los fans hacen un spin-off con escenas borradas y teorías locas. Y seguimos siendo canon.
Lo odio.
Lo amo.
Lo quiero con guión y sin él.
Damián
He metido el lubricante en el cajón. Al fondo. Debajo de un par de camisetas dobladas, como si esconderlo fuera a posponer la idea que representa. La idea de que en algún momento... tendré que usarlo.
Y no porque no quiera. Sino porque no tengo ni puta idea de cómo empezar.
La televisión suena de fondo, un capítulo cualquiera de una serie cualquiera. Jon está tirado sobre la cama, con el ceño fruncido mientras juega algo en el móvil, probablemente un juego donde puede transformarse en dragón o matar zombis con un plátano explosivo.
Yo, mientras tanto, estoy en el lado opuesto de la cama.
Con el móvil a la mínima luminosidad posible.
Buscando.
A escondidas.
"Cómo saber qué te gusta en la cama si no te interesa el sexo tanto como a los demás."
"Guía para parejas con distintos niveles de deseo."
"Identidades sexuales menos comunes."
Y no sé qué me incomoda más: no saber si algo me gusta... o no sentir nada mientras lo leo.
Pero sigo.
Porque quiero entenderlo.
Porque Jon se merece que al menos lo intente.
Y porque si alguien va a descubrir qué me gusta... quiero que sea con él.
Lo miro de reojo.
Está mordiéndose el labio inferior mientras arrastra el dedo por la pantalla.
-Maldito sea ese jefe final-
gruñe.
-¿Tan difícil?-pregunto, solo para que no note mi silencio incómodo.
-No, solo injusto. Como el sistema impositivo.
Cuanto Jon vuelve a centrarse en su juego, yo seguí deslizando el dedo por la pantalla, con el brillo tan bajo que casi parecía que estaba haciendo algo malo.
Pero no lo era.
Solo... incómodo.
Abrí un artículo con título ridículamente largo:
"Descubrir tu deseo: cómo entender tu relación con el sexo cuando no encajas en lo que todo el mundo asume como normal."
Suspiré y seguí leyendo.
"No todos experimentan deseo sexual de forma constante. Algunas personas solo lo sienten con vínculos emocionales profundos, otras lo descubren a través del juego, la imaginación o la intimidad física sin necesidad de contacto genital inmediato."
Eso... sonaba más familiar.
"Es importante identificar si lo que bloquea el deseo es miedo, presión social, experiencias negativas o simplemente una forma diferente de amar."
Tragué saliva.
Deslicé un poco más abajo.
"Puedes empezar preguntándote cosas como: ¿qué tipo de contacto físico disfrutas más? ¿Hay momentos en los que te sientes más conectado? ¿Tu deseo aumenta cuando no hay expectativas? ¿Cómo te sientes al imaginar intimidad con alguien que amas?"
Me quedé quieto.
Pensé en Jon.
En cómo me abraza por detrás sin decir nada.
En cómo me besa la frente después de discutir.
En cómo sonríe cuando le acerco el plato sin que lo pida.
En cómo se queda callado cuando sabe que necesito silencio.
¿Me gusta imaginar intimidad con él? Sí. No siempre de forma sexual. Pero sí con ternura. Con cercanía.
Con sus dedos rozando mi espalda. Con su respiración en mi cuello. Con la calma de que no tengo que hacer nada más que quedarme ahí.
Y de repente entendí algo.
No me falta deseo.
Solo...No se ve como el de los demás. Y está bien.
Volví a mirar a Jon.
Ahora estaba riéndose solo.
-¿Ganaste ya o estás perdiendo con estilo?-le pregunté.
-Ambas. Como en la vida-respondió con una sonrisa.
Cuando terminé de leer, dejé el móvil a un lado por unos segundos y respiré profundo. No estaba todo resuelto, claro que no. Pero había algo reconfortante en ponerle nombre a lo que sentía. O al menos, en saber que no estaba roto. Solo... funciono distinto.
Me levanté, fui al baño a lavarme la cara y, cuando volví, Jon ya estaba medio dormido, enredado en las sábanas, con el móvil apenas colgando de su mano. Se lo quité con cuidado, lo dejé sobre la mesita, y apagué la luz.
Me metí bajo las sábanas y me acurruqué a su lado, dejando que su calor me rodeara. No me abrazó, pero su cuerpo se inclinó automáticamente hacia el mío, como si su piel supiera encontrarme incluso dormido.
Saqué el móvil otra vez.
Pensé un segundo.
Y luego abrí el chat con Tim.
Yo:
He estado leyendo un poco...
Creo que ya sé qué me gusta en la cama.
Me gusta sentirme seguro.
Me gusta cuando no hay presión. Cuando puedo solo... estar.
Y si hay contacto, que sea lento. Real. Con cariño. No como en las películas. No como lo esperan los demás.
Y me gusta cuando es con él.
Porque solo con él me siento así.
Dejé el móvil a un lado, sin esperar respuesta inmediata.
Jon murmuró algo entre sueños y se acomodó más cerca, su frente tocando mi hombro.
Tim
A la mañana siguiente no hicimos mucho.
La lluvia seguía cayendo con la misma monotonía de la noche anterior, como si el cielo estuviera atrapado en un bucle. El sonido de las gotas golpeando contra las ventanas del hotel era lo único que rompía el silencio entre sorbo y sorbo de café.
Jon y Damián aún estaban encerrados en su habitación. Clark tenía una llamada con Ivy. Y yo... simplemente me quedé en el comedor improvisado del hotel, viendo por la ventana una calle vacía.
Mi móvil vibró.
Mensaje de Héctor.
"Se han estado reuniendo poco. Pero creo que en dos días se mueven. No sé a dónde todavía."
Dos días.
Era tiempo. Y a la vez no lo era.
Apunté la hora, lo reenvié al grupo y me hundí un poco más en la silla. Y entonces, sin previo aviso, Mike se dejó caer a mi lado, soltando un suspiro dramático mientras se deslizaba como si todo su cuerpo pesara el triple.
-Estoy en duelo emocional-dijo, dejándose caer como un trapo.
-¿Murió alguien?-pregunté.
-Sí. Mi alma. Ayer terminé la última temporada de Guerras Galácticas Psíquicas IV y el final fue un crimen contra el desarrollo de personajes. Me lo arruinaron todo. Y necesito un abrazo.
Lo dijo muy serio. Y me miró como si fuera mi
responsabilidad restaurarle la fe en la humanidad.
Antes de que pudiera responder, Conner apareció detrás de él con un cuenco de cereales en la mano.
-Toca a mi novio y vas a necesitar más que un abrazo. Vas a necesitar una reconstrucción facial-Mike giró hacia él con una ceja alzada.
-¿No hay espacio emocional en este equipo para el dolor ajeno?
-Sí. Pero desde dos sillas de distancia. Y sin tanto contacto visual.
-Increíble. Este es el trato que recibo por ser el lobo más útil del grupo.
-Útil, sí. Dramático, también.
-Me estás invalidando, ¿lo sabías?
Conner se encogió de hombros y me dejó un beso en la cabeza antes de irse a por más leche.
Mike me miró de nuevo.
-Voy a abrazarte igual.
-Solo hombro, sin frotar. Que luego lo huele y no quiero cargar con tu muerte sobre mi conciencia.
-Aprecio los términos y condiciones.
Damián
La mañana llegó sin avisar, envuelta en gris. No hubo sol entrando por las cortinas, ni luz que me obligara a girar el rostro. Solo el mismo sonido constante y monótono de la lluvia golpeando el cristal, como si el cielo también estuviera cansado de pensar.
No abrí los ojos de inmediato.
Tenía el cuerpo tibio, cómodo... y atrapado.
Jon estaba completamente pegado a mí, como si se hubiera disuelto durante la noche y decidido que yo era su nuevo colchón.
Una pierna entre las mías.
Un brazo abrazándome por la cintura. Su frente contra la parte trasera de mi cuello.
Y su respiración lenta, profunda, marcando el ritmo de mi calma.
No podía moverme sin despertar a la criatura gigante que me acorralaba. Y si soy honesto, no quería.
Era uno de esos momentos raros donde nada dolía. Donde no había preguntas en mi cabeza ni urgencias mordiendo por dentro. Solo su calor. Solo su peso. Solo... él.
Me quedé ahí, inmóvil, observando cómo la humedad de afuera empañaba los cristales, mientras su pecho subía y bajaba contra mi espalda.
Y entonces, casi en un susurro, me habló con la voz aún rasposa del sueño:
-¿Estás despierto?
-No. Estoy muerto. Es un milagro que no me hayas asfixiado.
Jon rió muy bajo y no se movió ni un centímetro.
-Tienes buen olor para estar muerto.
-Tú tienes comentarios idiotas para estar medio dormido.
-Es uno de mis talentos naturales.
Me giré un poco solo para poder verlo de reojo. Tenía el cabello revuelto, una marca de almohada en la mejilla y la sonrisa esa que usa solo cuando cree que nadie más lo está viendo.
-¿Vamos a levantarnos? -le pregunté.
-Podríamos.
-¿Pero?
-Podríamos no hacerlo también.
Y por un momento pensé que sí. Que podríamos quedarnos ahí. Solo un rato más.
Antes de que el peligro volviera a tocar la puerta.
Antes de tener que volver a recordar por qué duermo con una daga bajo la almohada.
Tim
Después del desayuno -si es que se le puede llamar desayuno a café, cereales y amenazas pasivo-agresivas entre Mike y Conner-volvimos a la habitación sin ningún plan inmediato. Seguía lloviendo, y Clark había dicho que hasta la tarde estaríamos en pausa.
Conner, sin embargo, no sabe qué es una pausa sin convertirla en una batalla campal adorable.
-Te has vuelto lento-me dijo, tirándome una de las almohadas grandes al pecho mientras cerraba la puerta.
-¿Eso crees?-respondí, devolviéndola directo a su cara.
Ahí fue cuando comenzó.
Él se lanzó sobre la cama, me agarró de la cintura y empezó a hacerme cosquillas.
No pelea limpia.
Ataque directo al alma.
-¡Eso es trampa! ¡Tienes ventaja genética!-grité entre risas, intentando empujarlo.
-No hay reglas en la guerra, Timothy-respondió con su sonrisa de niño malcriado y guapo.
Rodamos entre las sábanas, entre empujones, risas y alguna que otra patada accidental. Él trataba de inmovilizarme, y yo... bueno, trataba de no dejarle claro que me encantaba perder.
-Ríndete-dijo, quedándose sobre mí con las manos a ambos lados de mi cabeza.
-Nunca.
-¿Ah no?
Y me besó.
Así. Simple.
Sin preámbulos.
De esos besos que derriten la rabia, el frío, la tensión... y las ganas de seguir peleando.
-Vale, me rindo-murmuré, con la sonrisa tonta que me queda siempre después de uno de esos besos.
-Cobarde-susurró, apoyando la frente contra la mía.
-O estratégico.
-Ambas.
Nos quedamos así, respirando cerca, con el eco de la lluvia en la ventana, su cuerpo tibio sobre el mío y la sensación de que. Aunque no lo diré en voz alta...me encanta cuando él gana.
-¿Sabes?-dije, con Conner todavía sobre mí.
-¿Mmm?-respondió sin moverse.
-Técnicamente, usar cosquillas en una pelea es un crimen de guerra.
-¿Ah, sí? ¿En qué tratado dice eso?
-En el Manual del buen novio, sección "no torturar con ventaja genética".
Conner soltó una risa contra mi cuello.
-Te quejas mucho para alguien que se dejó ganar.
-Me dejé besar. No es lo mismo.
-¿Y si te beso otra vez, me das acceso a tus secretos más oscuros?
-Depende. ¿Eso incluye los de Damián también?
Se rió más fuerte y se dejó caer a mi lado, tirando de mí hasta que terminé encajado contra su pecho.
-Damián es un archivo clasificado. Ni yo tengo acceso.
-Eso es mentira. Tú tienes la versión filtrada por Jon, que es casi igual.
-Con ilustraciones a color.
Rodé los ojos.
-Qué miedo me da esa pareja, te lo juro. El día que se casen, lo harán con armas en lugar de anillos.
-No lo descartes. Yo ya vi a Jon buscando anillos con compartimento secreto.
-¿Qué?
-Sí. Dijo que "sería útil en caso de emergencia".
-Ay dios.
Nos quedamos en silencio unos segundos, escuchando la lluvia y nuestras respiraciones.
-Tim... -dijo Conner, bajando un poco la voz.
-¿Sí?
-¿Te das cuenta de que todo esto... este momento, tú y yo así... es lo que quiero conservar más que cualquier cosa?
Lo miré.
-¿Incluso más que tu chaqueta favorita?
-Timothy Wayne, no bromees con cosas tan serias.
Estallamos en carcajadas otra vez, pero sus brazos no aflojaron ni un segundo.
Y mientras su risa se deslizaba contra mi piel, supe que había encontrado el lugar más seguro. Y estaba justo entre sus brazos.
Me pongo a besarme con Conner. Con los ojos medio cerrados, la respiración agitada y las manos de él aferradas a mi cuerpo.
Y sin embargo, mi mente se estaba yendo a otro lugar.
Al enemigo.
A Alesha.
A la forma en que todo parecía encajar demasiado bien.
Demasiado fácil.
Demasiado... preparado.
¿Qué si Alesha ya sabía que veníamos? Era lo más obvió.
¿Por qué si no no había matado aún a Ryven... porque no podía?
¿Porque eran pareja? ¿Aliados íntimos?
¿O porque necesitaba que fuéramos nosotros quienes lo elimináramos?
Porque Ryven, por lo que sabemos, no es de los que huyen. No se esconde. No pide ayuda. Se queda y lucha.
Y en una batalla... todo puede pasar. Un accidente.
Un golpe mal dado.
Un disparo "inevitable".
Un muerto... con nuestras manos.
Y la guerra estalla por completo.
Conner murmura algo en mi oído. Me llama por mi nombre y sonríe, ajeno a todo lo que acaba de pasarme por la cabeza.
-¿Estás conmigo o planeas conquistar el mundo mientras te beso?-bromea, con la voz ronca.
-Estoy contigo...-le respondo en voz baja. Pero mis pensamientos siguen latiendo al fondo.
Dos días.
Tenemos dos días.
Para descubrir la verdad...
O para caer en la trampa.
Estábamos todos reunidos alrededor de la mesa del hotel a la hora de comer. La lluvia había amainado, pero el ambiente seguía denso, como si el aire supiera que algo se avecinaba.
Que apenas tocó su plato.
Lo miraba como si tuviera algo que decir desde hacía rato. Y cuando al fin dejó el tenedor y se pasó la mano por el rostro, todos lo supimos.
-Creo que ya sé cuál es el plan real de Alesha-dijo.
La mesa quedó en silencio.
Clark se cruzó de brazos. Mike se irguió. Jon me lanzó una mirada rápida, como si esperara que yo dijera algo antes que él.
-Alesha ya sabía que vendríamos-continuó Tim, tranquilo, pero con esa tensión bajo la piel que siempre le sale cuando ha conectado piezas importantes-No ha matado aún a Ryven, no porque no pueda, sino porque no debe hacerlo. Porque quiere que nosotros lo hagamos.
Un silencio más pesado que el anterior cayó.
-¿Nosotros?-preguntó Conner, frunciendo el ceño.
-Sí. Alesha sabe que Ryven no va a huir. Lo conoce. Probablemente fueron pareja o lo siguen siendo. O al menos, lo suficientemente cercanos para prever sus movimientos. Y sabe que si lo enfrentamos en campo abierto, va a pelear. Va a provocar.
-Y si muere en combate...-empezó Clark.
-Exacto-dijo Tim-Su muerte no sería una ejecución. Sería una tragedia. Un mártir. Una excusa perfecta para que otras manadas digan: "lo mataron los de la manada de los Kent".
Me incliné hacia la mesa, entrelazando los dedos.
-¿Enserio crees que todo esto es una trampa para que lo matemos?-Pregunta Thomas
-Sí. Y no solo eso. Es probable que Alesha esté planeando que ocurra dentro de estos dos días. Cuando Héctor dijo que "iban a moverse", puede ser una maniobra para ponernos a su alcance. Lo engañan.
-Entonces, si lo enfrentamos... ¿qué hacemos?-Sol
Tim lo miró. Y por un momento, su rostro fue puro cálculo.
-No matarlo. Capturarlo.
Protegerlo incluso de ella... y de nosotros mismos.
Nadie dijo nada.
Y yo, sentado al lado de Jon, y yo me sentí orgulloso de mí hermano. Porque ve más allá.
Incluso cuando estamos todos pensando en sobrevivir...Él ya está planeando cómo evitar que nos convirtamos en los malos.
Tim
Esa noche le mandé un mensaje a Héctor.
"Desaparece. Por dos días. No vuelvas a ese bar. No a ningún sitio habitual. Estás marcado."
Nunca me respondió con palabras. Solo con un emoji.
Una huella. Pero sabía que me había entendido. Ahora, pensándolo bien...Alesha sabía que estaba desesperado por salir de ese mundo. Lo colocó ahí a propósito.
Por eso tampoco hemos recibido ningún ataque.
Ninguna amenaza directa.
Alesha quiere que lleguemos hasta Ryven. Quiere que pensemos que estamos ganando. Que lo atrapamos por astucia. Quiere que nos confiemos lo suficiente para apretar el gatillo.
Pero no sabe que ya he vistola jugada. Que ya me he adelantado. Y que si quiere convertirnos en sus verdugos, va a tener que buscar otro tablero.
Porque yo ya estoy jugando otra partida.
Y en la mía...
Ryven sobrevive.
Damián
E
l gimnasio del hotel estaba en la última planta, aislado del resto del ruido y las habitaciones. Para entrar había que introducir un código, uno que Ivy me dio en voz baja, como si entregara la llave de una bóveda. "Solo los que no quieren testigos", dijo. Me pareció apropiado.
Ahora mismo estoy solo frente al muro de entrenamiento, con un puñado de dagas en la mano y otras ya clavadas en los círculos rojos del panel metálico. Lanzo una tras otra con precisión, respirando despacio. Control. Técnica. Silencio. Todo lo que necesito para no pensar en lo que sí me pesa.
A mi derecha, Sol corre en la cinta con los auriculares puestos, el ritmo constante como un metrónomo. Y al fondo, Thomas descarga golpes sobre el saco de boxeo como si cada puñetazo pudiera resolverle la vida.
Yo lanzo otra daga.
Da justo en el centro.
Y no me basta.
-Vas a romperlo-dice una voz a mi izquierda.
Me giro y veo a Pamed, vestida con ropa de deporte, recogido alto y esa sonrisa que siempre parece saber más de lo que debería.
-No creo-respondo.
-¿Puedo?-pregunta, señalando el puesto de dagas.
Asiento. Me aparto un poco mientras ella toma una de las hojas, la observa, la lanza.
Impacta casi en el mismo punto que la mía.
-Tienes buena puntería-
comento.
-Tú tienes tensión acumulada. En los hombros. En la mandíbula. En la espalda. ¿Te has mirado al espejo últimamente? Pareces una granada con patas.
-Estoy bien.
-Claro que sí. Por eso estás tratando al panel como si te debiera dinero.
Lanzo otra daga.
-Es útil-Pamed sonríe, traviesa.
-¿Seguro? A veces hay formas mucho más... agradables de liberar tensión.
Ah...
La conozco lo suficiente para saber que está insinuando.
Pero también sé que no lo dice con malicia. Solo le gusta empujar límites.
-Estoy bien con las dagas-
respondo-Ella se encoge de hombros, pero no deja de sonreír.
-Como quieras.
Lanzo otra.
Pamed lanza otra daga.
Da justo en el borde del blanco, pero ni se inmuta. Se inclina un poco hacia atrás, cruzándose de brazos, y me lanza una mirada que ya conozco. La de cuando va a decir algo que incomoda... pero que probablemente necesito oír.
-¿Te asusta el nudo?-pregunta de pronto, sin rodeos.
La daga que iba a lanzar se me queda suspendida en la mano.
-¿Qué?
-Eso. Lo del nudo. ¿Te asusta?
La miro en silencio.
No porque me ofenda... sino porque no sé si tengo una respuesta clara.
Ella se adelanta un paso y baja un poco la voz.
-Mira, te lo digo porque... a mí también me asustó. No el nudo, pero el sexo en general. Con Conrad. Y eso que ni siquiera es un alfa.
-¿En serio?-pregunto, sorprendido.
-Sí. Es que... es grande, ¿sabes?-hace un gesto con las manos que me hace apartar la mirada, con una mezcla de vergüenza y risa contenida-Y no solo físicamente, quiero decir. Me abruma a veces. Su forma de mirarme. De tocarme. De estar tan seguro.
Asiento despacio.
-No es exactamente el nudo lo que me asusta-le digo al fin- Es que... me cuesta quererlo.
-¿Querer el sexo?
-Sí. Es raro. Puedo besar, tocar, estar cerca... pero cuando se trata de eso, es como si algo dentro de mí se apagara. No siento urgencia. Ni necesidad. Solo... me desconecto.
Pamed me mira con una expresión más suave.
No hay juicio en ella. Solo comprensión.
-¿Sabes qué? A mí también me pasó eso. Después de mi primera vez. Durante meses no quise repetir. Pensaba que algo en mí se había ido a la mierda. Que ya no funcionaba.
-¿Y se arregló?
-No exactamente. Cambió. Aprendí que no necesito sentir lo mismo que los demás para que lo que yo sienta sea válido. Y Conrad... bueno, él aprendió a estar conmigo a mi ritmo.
La miro. Me cuesta admitirlo, pero sus palabras... calman algo en mi pecho.
-Jon no me presiona. Nunca lo ha hecho.
-Y eso te dice todo lo que necesitas saber.
-¿Por qué me cuentas esto?-pregunto, girándome un poco hacia ella.
Pamed se encoge de hombros, apoyando el peso en una pierna mientras juega con otra daga entre los dedos.
-Porque me veo reflejada en ti cuando era más joven.
Frunzo el ceño.
-¿Cuántos años tienes? No pareces mayor que yo.
-Veinticuatro-responde sin dudar, y sonríe con ese gesto suyo que siempre parece ocultar una historia entera detrás.
Lanzo otra daga. Impacta cerca del borde.
-¿Puedo preguntar cómo fue conoceros? -digo, con la voz un poco más baja, casi sin mirarla.
-Fue...-empieza ella.
Tu historia importa, aunque aún no la hayas dicho en voz alta.
Además contar tu historia no solo te libera a ti, también puede sanar a otros.
Pamed
Verás... Conrad me gustaba desde el instituto. Era el típico chico golden retriever, ese que sonríe a todo el mundo, que ayuda a los profes a cargar cajas, que defiende al chico callado al que todos molestan en el pasillo. El que aparece de la nada cuando alguien le grita a una chica solo por existir. Ése.
Siempre andaba con una sudadera abierta, la mochila mal colgada y el pelo castaño cayéndole sobre la frente como si el universo hubiera decidido que su objetivo en esta vida era ser adorable sin querer. Y esos ojos... verdes. Verdes de los que si los miras más de dos segundos, tienes que mirar al suelo. Porque dan vértigo.
Conrad, a los 17, ya parecía un adulto funcional. Alto, de espalda ancha pero no exagerado. Con músculos suficientes como para que te fijaras si se subía las mangas.
....El tipo de chico que hace que tus amigas te digan: "no te ilusiones, debe tener novia".
Y claro, yo... digamos que no era precisamente la reina del baile.
Bajita. Fan de los animes de peleas ridículas y romances imposibles. En el instituto me conocían como "la friki de la sudadera roja con orejas", y no lo voy a negar: me la ponía con orgullo.
Era yo.
No pretendía ser otra.
Pasó un año hasta que hablamos. Un año de vernos en los pasillos, de compartir clases, de cruzar alguna que otra mirada sin significado.
Y entonces llegó esa clase de educación física maldita en la que había que hacer equipos de dos.
Nadie se quiso poner conmigo.
Estaban ocupados, o fingían no verme. Lo normal. Que les den. Hasta que él apareció a mi lado, con una pelota en una mano y su sonrisa de siempre.
-¿Te importa si me pongo contigo?
Yo levanté una ceja.
-No hace falta que te pongas conmigo por pena, eh. Puedo hacerlo sola.
-Ya, pero es por parejas. Y yo quiero ponerme contigo. No por pena, sino porque quiero saber cómo, midiendo 1.55, te has enganchado a la canasta en la práctica anterior.
Ah. Bueno. También sé ser divertida.
-Mido 1.62, para tu información -me defendí.
-Woah... qué diferencia-Se llevó la mano al pecho como si le hubiera impresionado.
-Podría ganarte en una pelea.
-¿Me harás llorar?-preguntó con un puchero exagerado.
-No soy tan cruel.
-Entonces no eres tan peligrosa como pareces.
-No me subestimes
La clase consistía en una serie de ejercicios por parejas con balón. Ya sabes, lo típico: pasar la pelota sin que caiga, quitársela en un uno contra uno, jugar a ver quién tenía mejor control.
Yo pensé que iba a ser incómodo. Que él se cansaría pronto. Que todo había sido un gesto amable y ya.
Pero no.
Conrad se lo tomó en serio.
-Vale, vas a tener que estar muy atenta-me dijo, girando el balón en las manos como si fuera un jugador profesional en pleno torneo mundial.
-¿Qué pasa? ¿Tu orgullo dorado no tolera perder contra una chica?
-Exacto. Sería devastador. El fin de mi reputación.
-No te preocupes. Te dejaré marcar un punto. Por compasión.
-Qué generosa. Pero no necesito compasión.
Empezamos con los pases.
Al principio, normal. De bote, con una sola mano, con dos, y luego él, por supuesto, tuvo que ponerse creativo.
-Vale, nuevo reto: pásamela sin usar las manos.
-¿Qué?
-Vamos. Improvisa. Usa la cabeza.
-¿Literal o figuradamente?
-Ambas.
Terminé empujando el balón con la frente y casi me caigo. Él se rio tan fuerte que por poco se le escapa de las manos.
-¡Estás loca!-gritó.
-¡Tú dijiste que no usara las manos!
-Pensé que ibas a usar el pie o algo, no la cabeza.
-Aprende a respetar mi creatividad.
Después vino la parte de quitarse la pelota. Y ahí, bueno, ahí se notó que él tenía el doble de mi envergadura y la velocidad de un vampiro.
-Te la quitaré en tres segundos.
-Te reto a que lo intentes sin derribarme.
-Es imposible. Eres tan liviana que podría levantarte con una ceja.
-¡Inténtalo y te muerdo!
Lo peor es que me quitó el balón. Pero luego, por alguna extraña razón, me lo devolvió como si hubiera ganado yo.
-Fue tu actitud. Me intimida.
-Eso intento.
Mientras jugábamos, podía sentir las miradas. No de los chicos, que estaban más ocupados compitiendo entre ellos o demostrando cuántas flexiones podían hacer.
Sino de las chicas. Esas que antes ni me miraban. Ahora me miraban como si no entendieran qué universo alterno se había abierto para que él, Conrad, estuviera sonriendo mientras jugaba conmigo.
Una incluso murmuró "¿eso es real?" cuando pasé cerca.
Otra me escaneó de pies a cabeza como si esperara encontrarme algún truco oculto.
Pero yo solo sonreí. Porque no, no era un sueño. Era Conrad.
Jugando conmigo. Y riéndose conmigo. Como si no hubiera nadie más.
Y fue así.
Sencillo.
Real.
Sin promesas épicas ni fuegos artificiales.
Solo... Conrad y yo.
Sabía que no tenía que hacerme ilusiones.
3 de octubre-Clase de lengua
La profesora hablaba de estructuras narrativas y yo luchaba por no dormirme cuando sentí un leve golpecito en el codo. Era Conrad, con un papelito doblado entre los dedos.
Papelito 1:
Esa trenza te queda bien. Nivel: podría escribirle un poema.
Rodé los ojos y le devolví otro.
Papelito 2:
¿Así conquistas chicas? ¿Con frases de abuelo poeta?
Papelito 3:
No, normalmente uso mi sonrisa. Pero contigo necesito subir el nivel.
Papelito 4:
Pues baja el nivel, que me sacas los colores.
Papelito 5:
Entonces está funcionando.
Papelito 6:
Te odio.
Papelito 7:
Mentira. Me toleras con afecto y sarcasmo.
Papelito 8:
Qué observador. ¿También le haces un informe a la profesora de lo que piensa cada alumno?
Papelito 9:
No. Pero puedo hacerte uno a ti. Capítulo 1: Las mayas negras que llevas hoy deberían ser ilegales.
Papelito 10:
Cállate o te clavo el bolígrafo en la pierna.
Él se rió sin sonido, y yo miré al frente fingiendo que todo en mí no estaba en caos.
14 de octubre-Clase de gimnasia
Estaba poniéndome la sudadera de Dragon Ball cuando Conrad pasó a mi lado y soltó:
-Esa sudadera... ¿viene con habilidades para hacer kamehameha o tengo que pedir que me entrenes personalmente?
-Con esa excusa vas a querer entrenar todos los días, ¿verdad?
-Solo si me garantizas que gritarás "¡más poder!" cada vez que corras por la pista.
-Voy a lanzarte una zapatilla.
-Perfecto. Así entrenamos reflejos.
6 de noviembre-Pasillo del instituto
Me habían acorralado dos chicos de último año. Uno de ellos empujó mi hombro mientras el otro decía cosas que prefiero olvidar.
Entonces escuché el golpe.
Uno de ellos fue estrellado contra los casilleros.
Conrad. Su mano firme sujetando la camiseta del chaval con rabia contenida en los ojos.
-Si la vuelves a tocar pienso hacer que lo que te queda de curso sea un infierno. ¿Queda claro?
Wo...El chico asintió y huyeron.
Conrad se giró hacia mí, su expresión transformada en suavidad.
-¿Estás bien?-Asentí, aunque la voz no me salía.
-Si tienes problemas... lo que sea. Me lo dices. Siempre. ¿Vale?
-No hace falta que....
-Siempre.
-Gracias...-Y lo abrace.
Y con solo eso, ese día dejó de ser horrible. Porque ahí estaba él. Mi idiota dorado.
Mi lugar seguro.
10 de noviembre-Clase de historia
El profesor hablaba de guerras que nadie escuchaba cuando Conrad me pasó una hoja con un garabato de dos palitos peleando con espadas de fideos.
Nota:
Así imagino nuestras peleas cuando me dices que me odias. Tú eres el fideo más corto.
Le dibujé una pala al lado y le escribí:
Y tú cavando tu tumba.
Me respondió:
La compartiría contigo si eso significa que me hablas.
18 de noviembre - Biología
La clase olía a formol y los microscopios estaban todos empañados. Yo trataba de enfocar una muestra cuando Conrad, que no podía quedarse quieto, dijo en voz baja:
-¿Sabías que las células epiteliales no son tan bonitas como tú?
-¿Acabas de coquetear usando biología?
-¿Funciona?
-No.
-¿Y si te digo que bajo el microscopio tienes ADN de protagonista de anime?
-Cállate y mira el portaobjetos.
-Estoy mirando... pero no al portaobjetos.
22 de noviembre-
Matemáticas
Estaba tratando de entender derivadas cuando Conrad me lanzó un avioncito de papel. Dentro ponía:
¿Qué harías si te digo que sueño con llevarte a Japón?
Le escribí:
¿Con qué dinero, compañero? ¿Con el del almuerzo?
Él contestó:
Invertí en tus ojos. Es una apuesta segura.
27 de noviembre - Arte
Estábamos en una actividad libre, y él pidió sentarse a mi lado. Dibujaba algo, muy concentrado. No lo vi hasta que lo empujó hacia mí. Era un boceto. De mí. Con la sudadera, riéndome.
-No está perfecto... pero quería capturar eso que haces con los ojos cuando te burlas de mí.
-¿El desprecio?
-La magia.
3 de diciembre - Música
Yo no sabía que Conrad sabía tocar guitarra. Ese día, en la última clase antes de Navidad, lo vi subirse al pequeño escenario y tocar algo suave.
Cuando terminó, entre los aplausos, me miró y dijo al micrófono:
-Ese fue para la chica con las orejas en la sudadera. Porque ella sí tiene ritmo. Hasta cuando camina enfadada.
Yo quería morirme ahí.
Pero también quería quedarme para siempre.
Era un día tranquilo de vacaciones de Navidad.
Yo estaba en casa, tirada en la cama con una manta sobre la cabeza, viendo un anime de peleas imposibles por enésima vez. Ya conocía los diálogos de memoria, pero aún así reía en las mismas escenas.
Y entonces... me vibró el móvil.
Un número desconocido.
Mensaje de WhatsApp.
Desconocido:
Hola, soy Conrad. Sonia me pasó tu número. Prometió que no era delito federal. Creo.
Ahora también puedo molestarte por aquí.
Yo. Me. Quedé.
En blanco.
Miré el mensaje.
Lo volví a leer.
Y luego abrí el chat con mis amigas como si me ardieran los dedos.
Yo:
Sonia. ¡¿LE DISTE MI NÚMERO A CONRAD?!
Ella respondió con un sticker de un pato encogiéndose de hombros.
Sonia:
Él me lo pidió amablemente. Y sonrió. SONRIÓ. ¿Qué se supone que debía hacer? ¿Negarme? ¿Ser fuerte? ¿Resistirme al poder de sus ojos verdes?
En cuanto mandé eso, explotó el grupo.
Val:
NOOOOOOOOOOOO ¿CONRAD TE HABLÓ?
Lina:
¿EL CONRAD? ¿EL MISMO QUE TE DIBUJÓ EN CLASE?
Sonia:
Sí, chicas.
Val:
PÁSAME LA CONVERSACIÓN ENTERA YA
Yo me tapé la cara con la almohada, en parte riendo, en parte en pánico.
Volví al chat con él.
Todavía no había respondido.
Pensé un segundo.
Y le escribí:
Yo:
¿Sabes que esto te convierte en oficialmente molesto en todos los formatos posibles?
Conrad:
Sí, pero también en oficialmente imposible de ignorar. Ventajas de tener tu número.
Flipo.
En.
Colores.
Literal.
23 de diciembre.
El primer día fue inocente. Pequeños intercambios.
Mensajes sueltos.
Casi... exploratorios.
Conrad:
¿Te gusta el frío o eres de las que se abrigan como si vivieran en el Polo Norte?
Yo:
Frío. El calor me pone de mal humor. Soy más poderosa cuando tiemblo.
Conrad:
¿Eres Elsa o algo así? ¿Vas a congelarme si me acerco?
Yo:
Depende. ¿Vienes con bufanda adorable?
Conrad:
La más esponjosa. Nivel abrazo obligatorio.
24 de diciembre
Yo:
¿Plan navideño?
Conrad:
Comer demasiado, fingir que sé envolver regalos, y ponerme calcetines ridículos. ¿Y tú?
Yo:
Anime, chocolate y evitar preguntas familiares incómodas.
Conrad:
¿Como "tienes novio"?
Yo:
Exacto. Si preguntan otra vez les paso tu número.
Conrad:
¿Qué harás si lo cojo y me presento?
Yo:
Te doy chocolate.
25 de diciembre
Conrad:
Hoy soñé contigo. Estabas en una batalla de bolas de nieve con una armadura de cartón y gritando "¡por el poder del cosplay!".
Yo:
¿Ganaba?
Conrad:
Obvio. Tenías ataque especial y todo. Lanzabas ramen hirviendo.
Yo:
Ojalá soñaras más seguido. Soy muy talentosa en tus universos.
26 de diciembre
Yo:
¿Sabías que las ranas no pueden vomitar?
Conrad:
Gracias por esa imagen justo cuando estoy desayunando.
Yo:
Es importante compartir conocimientos. Para tu crecimiento emocional.
Conrad:
Te juro que eres la única chica que me manda datos random y me hace querer más.
27 de diciembre
Ese día fue distinto.
Más largo. Mensajes más seguidos.
Silencios menos incómodos.
Conrad:
Oye... ¿y si quedamos un día de estos?
Me quedé mirando el mensaje.
Congelada. Mandé captura al grupo de mis amigas.
Cinco segundos después...
Sonia:
¿¿¿CUÁNDO???
Val:
ESTAMOS EN CAMINO
Lina:
NO TE MUEVAS. CIERRO EL SECADOR Y VOY
Sonia:
VAS A NECESITAR ROPA Y MAQUILLAJE Y APOYO EMOCIONAL
Y yo solo respondí a Conrad:
Yo:
Vale. Pero si me muero de nervios porque me llevas a un sitio terrorífico y con comida poco saludable, vas a tener que pagar el funeral. Y traer flores geek.
Conrad:
Trato hecho. Pero no pienso dejar que te mueras.
Tres minutos después...
el timbre de mi casa sonó.
Las tres estaban ahí.
Entraron a mi habitación como un escuadrón de élite.
Sonia traía una bolsa con ropa, Lina una caja de maquillaje básica y Val... snacks. Porque según ella, "las decisiones importantes no se toman con el estómago vacío."
-Nada exagerado-fue lo primero que dije, levantando las manos en defensa.
-Tranquila, no vamos a convertirte en influencer-dijo Lina.
-A menos que Conrad sea fan de las influencers-añadió Sonia, riendo.
Me dejaron sentada en la cama mientras abrían todo.
Sacaron al menos tres conjuntos, pero finalmente se decidieron por uno:
Un jersey de lana gris claro, suave y cómodo, con cuello redondo.
Unos vaqueros ajustados color negro, que no eran tan apretados como para hacerme sentir incómoda pero sí lo suficiente como para marcar figura.
Botines marrones con suela baja, porque sabían que me negaría a llevar tacones.
Y sobre todo... mi sudadera de orejitas roja. Sí, esa. Porque cuando dudé si ponerla, Sonia fue clara:
-Si a Conrad no le gusta la sudadera, no merece ni un capítulo más en esta historia.
-Amén-dijo Val, mientras me daba una galleta.
Spoilers: se quedaba en casa.
Lina me alisó el flequillo con una plancha de emergencia y me puso un poco de iluminador en los pómulos. Nada exagerado. Solo para que brillara... como si ya no lo hiciera.
-¿Y si me pongo nerviosa?-
pregunté, mientras me miraba al espejo.
-Entonces respiras, piensas en lo mucho que lo has hecho reír con solo existir... y finges que eres un personaje de anime con súper confianza-dijo Sonia.
-Además, si la cita sale mal, nos llamas y fingimos una emergencia. Como que se nos ha quemado la casa o algo-añadió Val.
-¿Y si sale bien?-susurré.
Las tres se miraron.
Y Lina dijo:
-Entonces no vuelvas esta noche sin contarnos todo con emojis.
Sonreí. Con el corazón latiéndome como tambor.
Mi sudadera se quedó en casa.
En el último momento, justo cuando ya estaba lista, Val se cruzó de brazos, me escaneó de arriba abajo y dijo:
-No, no, no. Esa sudadera tiene historia, pero hoy toca conquista de invierno.
Y así fue como terminé con una chaqueta acolchada blanca, suave, con pelito en la capucha que se sentía como llevar abrazos encima. Me la puso ella misma, con ese brillo en los ojos de quien estaba entregando una armadura mágica.
-Eres una bola de nieve adorable. Conrad no va a poder procesar esto-dijo Sonia mientras me daba la vuelta frente al espejo.
Entonces sonó el mensaje.
Vibró tan fuerte en mi mano que pensé que lo había imaginado.
Conrad:
Ya estoy llegando. ¿Puedo pasar a buscarte o salimos desde tu portal?
-AAAAAAAAAH-gritaron las tres al unísono, como si se hubieran conectado por bluetooth.
-¡Está llegando!-chilló Val, pegando saltitos.
-¡Tú respira, que ya está hecho! -gritó Lina, empujándome hacia el espejo.
Yo solo podía reír
nerviosamente mientras me acomodaban la capucha y me limpiaban el brillo de labios invisible que ya me habían puesto dos veces.
Y entonces, Sonia, que había estado más seria, me miró desde la cama.
-¿Alguna chica te ha molestando?
Parpadeé, confundida.
-¿Molestarme? ¿Por?
-Pues... desde que Conrad va por ahí hablando de ti como si fueras su Pokémon legendario, varias chicas han estado... un poco más interesadas en ti.
-Interesadas como en... ¿amistad?
-No, amor, interesadas como en afilar cuchillos con tu nombre.
-¿Qué?-me reí, incrédula.
Val se acercó a atarme mejor los cordones de los botines.
-Pasa siempre. Sales con el chico guapo, y de repente todas se creen con derecho a juzgarte. Como si fueras la que tiene que demostrar por qué le gustas a él.
-Pero si solo... hablamos por papelitos.
-Y te mira como si hubieras salido de un libro de fantasía. Eso es más que suficiente para que salten las alarmas en la selva del instituto-añadió Lina.
Me quedé callada un segundo.
No porque tuviera miedo.
Sino porque... me parecía surrealista.
-¿Y qué hago si alguien me dice algo?-pregunté.
-Nos llamas-dijeron las tres al mismo tiempo.
Y en ese momento supe que, pasara lo que pasara allá afuera...tenía mi escuadrón.
Mi armadura blanca.
Y la sonrisa de Conrad esperando al otro lado de la calle.
Cada persona que ves guarda un capítulo que jamás imaginarías.
El frío me mordía las mejillas en cuanto abrí la puerta de casa. Bajé los escalones respirando hondo, el vaho escapando de mis labios como si fuera parte del paisaje invernal. La chaqueta blanca me protegía, pero mi corazón iba desabrochado.
Y ahí estaba.
El coche de Conrad, aparcado justo frente a casa.
Él bajó la ventanilla apenas me vio.
-¡Hey!-dijo con esa voz que ya me era familiar, pero que igual me descolocaba.
-Hey-respondí, cerrando la puerta tras de mí. El coche estaba cálido. Y olía a él. A menta, algo amaderado... y cómodo.
-Estás preciosa-soltó sin darme tiempo a abrocharme el cinturón.
Me giré, medio riendo, medio roja.
-¿Eso lo dices porque tengo cara de muñeco de nieve?
-No. Lo digo porque te he visto en chándal, en clase, con pintura en la cara, y con la sudadera de orejas. Pero así... -me miró de arriba abajo, con una sonrisa sin malicia, solo admiración-Así estás... no sé...me encanta.
Yo solo atiné a decir:
-Tú también estás bien. Digo... normal. En plan bien. Ya sabes.
Él rió bajito mientras arrancaba el coche.
-¿"Normal en plan bien"? Voy a tatuarme eso.
-No te rías. Estoy improvisando.
-No dejes de hacerlo. Me gusta escucharte cuando improvisas.
Y el coche se puso en marcha.
Conrad me llevó a ver las luces. Era "una tradición secreta de los golden retrievers": mostrarle su rincón favorito a la persona que les gusta. Lo he leído en libros.
-¿Así que me estás paseando como si fuera tu nueva mascota?-le dije mientras aparcábamos.
-Exactamente. Espero que no muerdas a los niños.
-Solo si se me acercan con bastones de caramelo.
El centro de la ciudad estaba precioso. Calles estrechas y abarrotadas de gente con gorros, bufandas y bolsas de compras. Luces por todos lados, colgando entre los edificios como si la ciudad hubiera decidido envolverse en estrellas.
Y ahí estaba: el árbol de Navidad gigante.
Altísimo, adornado con bolas rojas y doradas, luces parpadeantes, y una estrella en la cima que parecía flotar en el cielo. Este año si se lo habían currado.
-Wow-dije, sin disimular el asombro.
-Ese "wow" me acaba de dar diez puntos de satisfacción-
dijo él, con una sonrisa torcida.
Caminamos por la calle principal, rodeados de puestecitos navideños. Vendían desde chocolate caliente hasta gorros con luces LED que Conrad insistió en comprarme.
-Póntelo. Iluminas más que las farolas.
-Eres tan cursi que me duelen los dientes.
-Y sin embargo, sonríes.
Pasamos por un puesto donde un niño gritaba "¡Nubes de azúcar de colores!". Conrad se detuvo.
-¿Quieres una?
-¿Azúcar pura? Claro. Si vamos que también peligre mi salud dental.
Él me compró una nube rosa gigante y empezó a comerse la suya sin dejar de mirarme.
-¿Qué?-pregunté, con un poco de algodón de azúcar en la mejilla.
-Nada. Solo estoy presenciando un milagro.
-¿Yo?
-Tú. Comiendo azúcar como si no fueras un personaje de anime con poderes ocultos.
Le di un empujón suave.
-Me vas a hacer creer que soy más especial de lo que soy.
-No. Solo te recuerdo lo que ya eres. Tú haces que esto-dijo señalando las luces-parezca decoración secundaria.
Y yo, por un momento, no supe qué contestar. Porque nadie me había dicho algo así.
Y porque, maldita sea...
se lo creía de verdad.
Estábamos cerca del árbol, justo cuando la cuenta atrás comenzó. Un murmullo entre la multitud, seguido de un grito colectivo:
-¡Tres... dos... uno...!
Boom.
El cielo explotó en colores.
Rojos intensos, azules eléctricos, verdes que se deslizaban como cometas por encima de nuestras cabezas.
Las luces bailaban sobre los edificios, reflejándose en los cristales, pintando de magia incluso el asfalto mojado.
Conrad me miró mientras otro estallido iluminaba su rostro desde un ángulo perfecto.
Porque claro, hasta la pirotecnia parecía estar de su lado.
-¿Sabes qué es gracioso?-dijo, girándose hacia mí.
-sorprenderme
Él rió bajo.
-Que aún con todo este espectáculo... tú sigues siendo lo más brillante esta noche.
Me atraganté con el último trozo de nube de azúcar.
Literal. Tosí.
-¿¡Qué!?
-Nada, olvídalo. Fue una frase bonita. Estás autorizada a reírte de mí.
-No me río, solo...
-¿Te sonrojas a fuego lento?
-¡No me sonrojo!
-Entonces debe ser el reflejo de los fuegos artificiales.
Y ahí estaba yo. De pie. Frente a un chico que hablaba como si el romance no le diera miedo. Y yo, completamente fuera de práctica, con el corazón sonando como una campanita nerviosa.
-Conrad...-murmuré, sin saber si advertirle o agradecerle.
Pero él ya me estaba mirando con esa mezcla de ternura y confianza que siempre me dejaba desarmada.
-¿Puedo?-preguntó, tocándome apenas la mejilla con la yema de los dedos.
Yo asentí.
No pude hablar.
Y entonces... me besó.
Un beso suave.
Seguro. Que empezó despacio, como si temiera asustarme, pero que pronto me hizo olvidar que había un cielo entero explotando sobre nosotros.
Y ahí, en medio de la gente, los colores y el ruido...
hubo otro tipo de explosión.
Una más íntima.
Más silenciosa.
Un fuego artificial dentro de mi estómago. Una chispa recorriendo mi espalda.
Y esa sensación nueva de que, por primera vez en años...
yo también estaba brillando.
A veces las historias más conmovedoras viven en la gente más callada.
Cuando llegué a casa, cerré la puerta despacito, como si no quisiera romper el hechizo de lo que acababa de vivir. Me apoyé en ella, respiré hondo, y sonreí como idiota en la oscuridad del recibidor.
Mi chaqueta blanca todavía tenía un poco del olor del algodón de azúcar.
Y mis labios...
Bueno, mis labios todavía sabían a Conrad.
Subí a mi cuarto en modo automático, me puse el pijama más cómodo que tenía -una camiseta enorme con Totoro y unos pantalones de cuadros- y me tiré de espaldas en la cama.
Con el corazón todavía dando vueltas.
Y entonces, como era ley universal, abrí WhatsApp.
Grupo: Las Reinas del Drama (y Pamed)
Sonia:
¿?????????
Val:
¡¿HAS VUELTO?!
Lina:
¿RESPIRAS? ¿SIGUES ENTERA? ¿TE CASASTE YA?
Me reí bajito, los dedos temblándome un poco al escribir.
Yo:
Chicas... me besó.
Val:
AaaaaaaaaaAAAAAAAAAA
Sonia:
Sabía que esa chaqueta blanca era mágica.
Lina:
CUÉNTALO TODO. DETALLADO. TIEMPO, LUGAR, EMOCIÓN Y EFECTOS SECUNDARIOS.
Yo:
Fue durante los fuegos artificiales.
Dijo que yo brillaba más que el cielo.
Y luego... boom.
Sonia:
Conrad está sacado de un libro romántico y tú lo sabes.
Val:
Yo estoy llorando como si me hubiera pasado a mí.
Lina:
Exijo una estatua para ese chico. Y otra para ti.
Y mientras los mensajes seguían llegando, uno tras otro, con stickers, corazones y bromas internas...
yo me acomodé bajo las sábanas, abrazando el móvil contra el pecho.
Y lo mejor de todo es que no estaba sola.
Lo estaba compartiendo con ellas.
Y con él.
Y conmigo misma.
Los siguientes días... el mundo se congeló. Literalmente.
Una tormenta de invierno cayó sobre la ciudad como si el cielo se hubiera peleado con el suelo y quisiera castigarnos con todo lo que tenía.
La nieve cubrió aceras, tejados y hasta la bici oxidada del vecino que nadie usa desde 2016, los árboles se doblaron por el peso y mi calefacción empezó a sonar como si estuviera en huelga.
Y yo... atrapada en casa.
Sin poder ver a mis amigas.
Ni a él.
Pero no todo estaba perdido.
Porque si algo nos mantenía con vida... eran los mensajes.
Grupo: Las Reinas del Drama (y Pamed)
Sonia:
Estoy harta del invierno. Me he peleado con mi abuela por usar su manta. Me ha ganado.
Lina:
Yo tengo las uñas pintadas y no tengo a nadie a quien enseñárselas. ¿Es esto la soledad?
Val:
Chicas, soñé que nevaba tanto que abría la nevera y había pingüinos.
Yo:
Extraño veros. Hasta echo de menos el sonido que hace el zapato de Val cuando se suelta en los pasillos.
Y mientras las notificaciones del grupo iban y venían, también estaba él.
Conrad:
Me estoy quedando sin memes. Esta es una emergencia.
Yo:
Estoy aprendiendo a hablar con mi gata. Ella me ignora, pero me responde con la mirada.
Conrad:
Tu nivel de aislamiento es peligroso. ¿Quieres que te mande audios contándote historias ridículas?
Yo:
Solo si haces voces dramáticas.
Conrad:
Por ti, soy capaz de actuar como doblador de anime barato.
Y así pasaban las horas.
Entre risas escritas, fotos borrosas de chocolate caliente, dibujos tontos, y emojis lanzados como besos.
No podíamos tocarnos.
Ni vernos. Pero el cariño...
ese seguía calentando desde el otro lado de la pantalla.
Y eso, en medio de una tormenta...era más poderoso que cualquier calefactor.
El hielo desapareció.
La nieve también.
Y con ella, la excusa perfecta para quedarnos en casa.
Porque claro, no hubo cabalgatas -porque era peligroso, porque el tiempo no acompañaba, porque "la logística no lo permitía"- pero oh sorpresa, las clases sí.
La vida es así: una comedia de mal gusto escrita por alguien con sentido del humor muy retorcido.
Mis amigas y yo íbamos caminando por el pasillo, arrastrando mochilas y frustraciones, hablando entre risas.
-¿Tú sabes lo que es que cancelen las cabalgatas pero no la vuelta al instituto?-dijo Val, dramática.
-Injusticia nivel leyenda-asintió Lina-Quería ver al rey mago guapo de mi barrio, no al profesor de mates.
-Ni que fuéramos niñas pequeñas-añadió Sonia
-Pero venga ya, un poco de confeti en la cara no le hace mal a nadie-Val
-Y los caramelos-dije yo, suspirando- El año pasado casi pierdo un diente, pero fue glorioso.
Estábamos justo girando hacia el patio cubierto cuando lo vi.
Conrad.
Caminaba con su chaqueta azul, con las manos en los bolsillos y esa media sonrisa que ya me provocaba taquicardias leves.
A su lado, Niko (el alto con pinta de que se ríe de todo) y Emet (el que parece que siempre está pensando en teorías de conspiración).
Y yo... me quedé a medio paso.
No sabía cómo saludarlo.
¿Le decía "hola" como si nada?
¿Le daba un beso?
¿Le saludaba con la mano como una señora del mercado?
Mi duda duró tres segundos.
Porque Conrad, al verme, simplemente se acercó, me tomó suavemente del cuello de la chaqueta, se inclinó...
y me dio un piquito.
Rápido.
Natural.
Cálido.
-Nos vemos en clase-dijo, como si me hubiera saludado así toda la vida.
Y siguió caminando con sus amigos como si no acabara de desconfigurarme el alma. Mis amigas me miraron como si hubiera ganado un premio internacional.
-¿Eso fue...?
-Sí.
-¿Un piquito casual?
-Sí.
-¿Y tú sigues caminando como si no te hubieras convertido en protagonista de comedia romántica adolescente?
Yo solo sonreí. Porque no había forma de borrar la sensación tonta y suave que me dejó ese saludo.
Como un pequeño "hola" directo al corazón.
La clase de gimnasia ese día parecía más una tortura organizada que un entrenamiento real.
Frío en el pabellón, suelo que sonaba con cada pisada, y un profesor que amaneció con el humor de un cactus.
-Vamos a empezar con ejercicios de estiramiento-
anunció, como si no supiera que la mitad de nosotros ya estábamos medio dormidos.
Me senté en una colchoneta azul con elásticos medio rotos, tratando de fingir que no me importaba que Conrad estuviera justo al otro lado del gimnasio hablando con Niko.
Hasta que el profesor dijo:
-En parejas.
Y de pronto, Conrad estaba a mi lado.
Como si se hubiera teletransportado.
-¿Te importa si soy tu compañero de estiramiento?-dijo con esa sonrisa suya de "ya sé la respuesta, pero me gusta oírte decirlo".
-Solo si prometes no reírte cuando me caiga intentando tocarme los pies.
-Prometido. Pero no prometo no grabarlo mentalmente para reírme en casa.
Nos sentamos frente a frente, piernas estiradas, pies tocándose, manos agarradas.
Él tiraba un poco hacia atrás mientras yo me inclinaba hacia adelante.
-Vas bien-dijo, mirándome con una ceja alzada-Eres más flexible de lo que pareces.
-Gracias... supongo. No es como si pasara las tardes entrenando para convertirme en ninja.
-¿No? Eso arruina completamente mi teoría.
-¿Qué teoría?
-Que en cualquier momento sacarías una katana de tu mochila.
-Eso lo hago solo los martes.
Nos reímos.
Luego cambiamos de posición. Él se estiró hacia adelante mientras yo le empujaba suavemente la espalda. Y sí... tenía músculos.
No de esos exagerados, pero los justos como para distraerme un poco más de lo necesario.
-¿Te estás concentrando en el ejercicio o en analizar mi anatomía?-dijo sin mirarme, como si me hubiera leído la mente.
-En estirar.
-¿Segura?
-Completamente.
-Porque si toses, creo que se te ha subido el rubor a las orejas.
Lo empujé suavemente un poco más, riendo. Y él, con esa calma que lo caracteriza, solo añadió:
-Esto de estirarse contigo va a convertirse en mi rutina favorita.
Y sí, lo admito.
Mi corazón también se estiró un poco ese día.
Justo hacia él.
Filosofía.
Esa asignatura que podría haber sido interesante si no fuera porque el profesor tenía la capacidad mágica de convertir cualquier tema apasionante en un hechizo de sueño.
El aula siempre estaba en penumbra, como si estuviéramos en un templo antiguo donde los pensamientos iban a morir.
Y ahí estábamos nosotros.
Sentados uno al lado del otro.
Cuadernos abiertos.
Cara de concentración fingida.
Y debajo de la mesa... la auténtica acción.
Las notitas.
(él):
"¿Crees que Descartes tenía insomnio o solo pensaba demasiado?"
(yo):
"Pensaba demasiado. Seguro que era de los que se preguntaban si el gato existe mientras el gato le tiraba la leche."
(él):
"Yo pienso, luego existo. Tú me miras, luego dejo de pensar."
Me tapé la cara con la mano. Literalmente.
(yo):
"¿Siempre eres así de peligroso o solo en filosofía?"
(él):
"Solo cuando estoy sentado al lado de la chica de la letra bonita."
Rodé los ojos. Le devolví otra.
(yo):
"Mi letra solo es bonita cuando no estoy teniendo un colapso existencial por culpa de Sócrates."
(él):
"¿Qué prefieres? ¿Sofía la sabiduría... o Sofía el nombre que le pondremos a nuestro gato imaginario?"
Casi me atraganto.
Le respondí rápido.
(yo):
"Solo si el gato filosofa en latín."
(él):
"Y usa gafas redondas. Con pajarita."
(yo):
"Te das cuenta de que esto es lo más romántico que se puede poner en un examen oral, ¿verdad?"
Conrad me miró de reojo, sonriente.Y mientras el profesor seguía explicando a Kant como si fuera un mueble, nosotros construíamos un idioma propio.
Clase de francés.
La única asignatura que no compartía con Conrad.
Él estaba en la optativa de teatro o algo así donde, según me contó, había hecho de árbol con diálogo en una obra absurda. Y sí, se lo tomó muy en serio.
Así que mientras la profesora nos hacía repetir conjugaciones en pasado compuesto con acento de documental viejo, mi mente se fue a cualquier otro sitio.
Pensé en mis amigas.
En nosotras.
Sonia, que llevaba un año con Julián, ese chico de mirada intensa y cerebro matemático que la entendía incluso cuando ella solo se comunicaba con stickers.
Val, que tenía algo precioso con Irene, una chica de otra clase con risa contagiosa y manos llenas de tinta.
Lina, que salía con Marco, ese compañero de dibujo que parecía sacado de un manga shojo, torpe y dulce, pero que la miraba como si fuera arte.
Todas estaban en relaciones diferentes, únicas.
Pero había algo que compartían: fluidez. Seguridad.
Cierta... naturalidad.
Y yo, con Conrad, sentía mariposas, chispas, sonrisas tontas. Pero también dudas.
Como si cada cosa que hacíamos estuviera sujeta a mi cabeza gritando:
"¿Lo estás haciendo bien? ¿Esto se supone que debería ser así? ¿Eres suficiente como eres?"
Porque somos diferentes.
Yo no soy la chica segura, ni la que domina el coqueteo, ni la que busca estar siempre cerca.
A veces me pierdo en mi mundo. A veces no quiero hablar.
Y otras veces quiero hablar tanto que me da vergüenza.
Y aunque él nunca me ha presionado, ni una sola vez...
yo me presiono sola.
No por él.
Por mí.
Por no saber si esto se me da bien. Si querer a alguien y no saber demostrarlo como los demás lo hacen...es querer mal.
Suspiré. La profesora seguía hablando.
Todos tenemos cicatrices que merecen ser entendidas, no juzgadas.
No fue de golpe.
Fue de esas cosas que empiezas a notar como un pinchazo leve que luego se vuelve rutina.
Miradas. Susurros.
Lo que mis amigas llamaron "cuchillos con tu nombre".
Yo no quería creerlo. Pensaba que era cosa mía. Hasta que empecé a ver esas miradas que no eran exactamente odio...Eran algo más enrevesado.
Celos.
Confusión.
En plan: ¿Por qué tú? ¿Por qué contigo sí y conmigo no?
Y lo peor es que no entendía el porqué. Porque muchas de esas chicas, especialmente las animadoras, podían tener al que quisieran. Las había visto: en los pasillos, en las gradas, en los baños. Más de una vez habían pillado a alguna en situaciones que no eran precisamente inocentes con alguno del equipo de fútbol.
Lo supe del todo cuando Aurora Harrys, con su eterno brillo de gloss y su cara de "soy la reina y lo sé", se rió en voz alta al pasar por mi lado.
-Cuidado, tabla de planchar, no vayas a desinflarte al agacharte.
Me detuve un segundo.
Porque sí...vale que no tengo sus pedazo de tetas ni su culo redondo como balón de yoga.
Pero joder. Algo tengo.
Algo que no se mide con sujetador talla D.
Y por si fuera poco, ese día en gimnasia, Ashley, con su coleta perfecta y su risa ensayada, se me acercó mientras bebía agua.
-Estas navidades parece que has guardado un poquito-dijo señalando mis caderas-Si quieres puedes venir al gym conmigo, igual te dejo una rutina básica.
Le sonreí.
No respondí.
Porque no quería caer en su juego. Esas cosas son de niñas pequeñas. Yo no tenía tiempo para pelearme con egos inflados.
Pero mis amigas...
Ay, mis amigas sí que se calentaron.
Sonia:
¿¡Quién se cree que es esa barbie hinchada!?
Val:
Voy a imprimir una tabla de planchar y pegarle tu cara. A ver si aún así puede competir contigo.
Lina:
La próxima vez que diga algo, me convierto en la tabla. Pero para golpearla.
Y ahí fue cuando entendí algo muy claro:
Puede que no tenga el cuerpo que todas envidian.
Pero tengo amigas que valen más que cualquier push-up.
Y tengo a Conrad...que me mira como si ya fuera perfecta.
Fue en verano.
Para ese entonces, ya éramos oficialmente novios.
Es decir, novios de los que se mandan memes cursis, se roban las camisetas, y compiten por quién pone la mejor playlist en el coche.
Spoiler: yo ganaba. Aunque Conrad dijera lo contrario.
Ese día fuimos al lago Windera, un sitio rodeado de árboles enormes, agua cristalina y muelles de madera que crujían como si contaran secretos antiguos.
Fuimos en su coche, con las ventanas bajadas, la música sonando a medio volumen y la brisa enredándome el pelo.
-¿Te lo estás pasando bien?-preguntó mientras cambiaba de carril.
-Aún no hemos llegado, señor conductor, no hay evaluación anticipada-Él me echó una mirada rápida y luego bajó los ojos a mis piernas.
-Oye... no es por nada, pero esos pantalones cortos...
-¿Qué?
-Crimen federal. ¿Dónde está el control de armas para eso?
Le lancé una servilleta de la bolsa de patatas.
-¡Cállate! Estás conduciendo, concéntrate.
-No puedo. Están ahí. Mostrándose como si fueran mejores que los míos.
-Es porque lo son. Tus pantalones son tristes.
-Mis pantalones tienen historia.
-Sí, historia de derrota.
Llegamos al lago, el aire olía a pino y a libertad.
Extendí las toallas, organicé las mochilas bajo la sombra de un árbol y me quité la camisa suelta que llevaba encima.
Debajo llevaba un bikini azul marino con bordes blancos, de esos de tirantes anchos que dan seguridad pero siguen viéndose bonitos.
Y él, bueno...un bañador rojo oscuro hasta media pierna con pequeñas olas dibujadas en la parte baja. No demasiado ajustado, pero lo justo para que sí, yo también me distrajera.
Nos acercamos al muelle. El sol brillaba en el agua como una postal de catálogo. Me senté al borde, dejando que mis pies chapotearan.
-No sé si meterme-dije.
-¿Por qué?
-Está fría. Y tengo dignidad.
Conrad se acercó, se agachó a mi lado...y antes de que pudiera sospechar algo, me cargó como un saco de patatas sobre el hombro.
-¡No te atrevas!
-Demasiado tarde. Esta es una operación de emergencia. La dama se niega a mojarse.
-¡Conrad, juro que si me tiras...
Y plop.
Al agua.
De cabeza.
Salí sacudiendo el pelo, el bikini en su sitio por milagro divino y gritando:
-¡JODER, QUÉ FRÍA!
Él se lanzó después, salpicándome sin piedad.
-¡Pero refrescante! ¡Lo mejor para apagar esa maldita energía solar que llevas con esos pantalones cortos!
-¡Deja de hablar de mis pantalones! ¡YA NO LOS LLEVO!
-Lo sé. Lo tengo registrado en alta definición.
El sol brillaba sobre el lago, haciendo que las gotas de agua parecieran estrellas líquidas. Estaba flotando cerca del borde cuando Conrad se acercó nadando, con esa expresión en la cara que siempre me decía está a punto de soltar una tontería o algo que me deje en llamas.
-No sé qué clase de bikini creías que estabas comprando -empezó, rodeándome con sus brazos por la cintura-pero este debería venir con advertencia de "peligro visual".
-¿Y tú qué? ¿Crees que puedes nadar con ese bañador como si no fueras a romper corazones?-respondí, mordiéndome la sonrisa.
-Tarde-susurró, más cerca-El mío ya está ocupado.
Sentí su agarre afirmarse en mi cintura mientras yo, casi sin pensarlo, enganchaba las piernas alrededor de la suya.
Una corriente eléctrica me recorrió el estómago.
No es como si no nos hubiéramos tocado antes.
No sexo. Pero sí algo.
En su casa, más que nada. La mía solía parecer una estación de tren en hora pico. Y no voy a decir que el sexo haya sido un objetivo constante para mí.
No soy de las que se obsesionan con eso. Tuve un novio a los 16. Nunca pasó nada. Se fue antes de que algo pudiera pasar. Ciudad nueva, vida nueva.
La primera vez que con Conrad seguimos esa línea de calor fue una tarde helada, con la estufa encendida, escondidos debajo de sus mantas.
Y sí... cuando lo vi, aunque mantuve la compostura, me rayé un poco.
Pero lo llevé como pude.
Manos. Boca. Nervios.
Nada perfecto. Pero él me dijo que le había encantado.
Y le creí. Un punto para mí.
Me sacó de mis pensamientos de golpe, literalmente, cuando me besó de pronto. Sus labios contra los míos, sus manos deslizándose hasta mi trasero, presionando con descaro mientras yo suspiraba contra su boca, rodeando su cuello con los brazos.
Y como si no pudiera aguantarse, se rió con voz baja, intensa... y nos hundió a los dos bajo el agua.
Salí a los pocos segundos, apartando el pelo de la cara y buscando aire con dramatismo.
-¡Te voy a denunciar!-grité, tosiendo entre risas.
-Solo si en el informe pones "sospechoso extremadamente atractivo"-dijo, saliendo tras de mí.
Y juro que, en ese momento, en medio del lago, empapada,?
, sin defensas...me sentí completamente feliz.
Y libre.
Y mía.
Después del chapuzón, Conrad y yo salimos del agua como dos gatos mojados y chillones. El sol ya no quemaba tanto, pero aún dejaba ese calorcito agradable sobre la piel. Extendimos las toallas sobre la hierba y nos tumbamos ahí, con la ropa secándose al lado y las mochilas abiertas como si fuéramos exploradores que se hubieran rendido a media expedición.
-¿Tienes hambre?-preguntó, incorporándose con el pelo hecho un desastre.
-Tengo hambre, sed y un trauma por intento de ahogamiento.
-Podría ofrecerte un bocadillo de queso como compensación legal.
-Depende, ¿lleva pan decente o es el chicle de los sándwiches?
Me lanzó uno de los tuppers.
Era un bocadillo simple, sí... pero con pan crujiente, jamón y queso derretido.
-¿Desde cuándo sabes cocinar?-pregunté mientras le daba el primer mordisco.
-No es cocina si no usas fuego. Solo lo monté. Como los muebles de IKEA. Sin manual.
-¿Eres así de caótico para todo o solo cuando estás medio desnudo?
-Solo cuando me miras como si no supieras si quieres besarme o matarme.
-Ambas cosas son válidas-dije, con la boca llena.
Entre mordiscos y comentarios absurdos, empezamos a jugar a adivinar formas en las nubes.
-Esa parece un dragón.
-No. Es claramente un pato deprimido.
-¿Qué clase de pato tiene alas de murciélago?
-¿Uno gótico?
Luego nos tumbamos boca arriba, compartiendo los auriculares de su móvil mientras sonaba una playlist que habíamos armado juntos: un desastre de rock suave, openings de anime y dos canciones cursis que ninguno admitía haber añadido spoiler: las añadí yo.
-¿Sabes?-dijo de repente-si los aliens nos vieran ahora mismo, probablemente pensarían que somos una especie idiota.
-¿Por qué?
-Porque nos mojamos voluntariamente, comemos pan relleno y nos tumbamos a ver el cielo como si no tuviéramos nada mejor que hacer.
¿Y no es eso un poco maravilloso?
-Sí. Ser idiotas contigo es mi plan favorito del verano.
Pamed - Capítulo (continuación)
Conrad distraído jugando con una ramita como si fuera una espada (sí, a veces tengo dudas si salgo con un chico o con un golden retriever muy bien entrenado), me recosté de lado, saqué el móvil y revisé el grupo de mis amigas.
Grupo: Las Reinas del Drama (y Pamed)
Sonia:
¿SIGUES VIVA O YA TE CASASTE EN EL LAGO?
Val:
Si no mandas foto, voy a asumir que te ha secuestrado un sireno sexy y estás luchando por tu vida.
Lina:
¿Qué tal va el ambiente? ¿Besos, toques, miradas profundas? ¿O solo bocatas y sol?
Sonreí y escribí rápido:
Yo:
Besos: check. Toques: check. Miradas profundas: nivel peli francesa.
Bocatas: buenos. Sol: abrasador.
Y sí, me ha tirado al agua sin aviso.
Sonia:
Es oficial. Te envidio.
Val:
¿Te ahogó por amor?
Yo:
Sí. Dice que es su manera de decir "te quiero" en acuático.
Lina:
Dios, esto es mejor que mi serie turca. Quiero actualizaciones por hora.
Le saqué una foto discreta a Conrad, de espaldas, con el pelo aún mojado y las piernas estiradas bajo el sol.
La mandé al grupo.
Yo:
Vista actual. Y sí, está tan guapo como parece.
Sonia:
AY.
Val:
ME DUELE.
Lina:
Estoy empezando a sospechar que te lo inventaste de lo perfecto que suena. Mándalo a casa y ya veré si lo apruebo.
Dos horas después de una siesta tranquila bajo la sombra, el calor no venía solo del sol. Era ese momento inevitable. El que sabía que, tarde o temprano, llegaría.
Conrad se había despertado primero. Me acariciaba el brazo con esos dedos suyos que siempre parecían tener intención y ternura a la vez.
Y empezó con besos suaves en el hombro, en el cuello...Y yo, aunque no lo había planeado, respondí.
Porque no se trataba de estar lista para todo. Se trataba de confiar. Y yo confiaba en él.
En algún momento, sin pensarlo demasiado, me había sentado sobre él, con las piernas a cada lado, mis manos sobre su pecho, sus manos en mi cintura. Y sí... su erección, contra mí, como una señal clara de lo que ambos estábamos provocando.
No era sexo.
No aún.
Pero era más de lo que habíamos compartido antes.
Y me moví despacio. No por seducción, sino por instinto.
Por curiosidad. Por sentirnos.
Su mirada me encontró.
No había presión, ni prisa.
Solo ese deseo tranquilo, como un río que corre con fuerza pero sin arrasar.
-¿Estás bien?-me susurró, sin dejar de mirarme.
-Sí-respondí bajito, sin apartar los ojos.
Y cuando sonrió, con esa mezcla de cariño y deseo, sentí que mi cuerpo también sonreía.
El calor que nos envolvía ya no venía del sol que descendía lentamente, ni del aire cálido del verano. Venía de nosotros.
De cómo su cuerpo se ajustaba al mío, de cómo mis dedos acariciaban su piel con una mezcla de nervios y confianza.
Me incliné hacia adelante, apoyando las manos en su pecho mientras lo sentía bajo mí, con esa respiración entrecortada que provocaba que mi propio pecho se agitara.
Bajé despacio, quedando arrodillada entre sus piernas, mis manos sobre sus caderas.
No había prisa. Solo miradas, suspiros, caricias que hablaban más que cualquier palabra. Mis dedos se atrevieron a explorar con delicadeza, y sentí cómo él se tensaba ligeramente, su espalda arqueándose apenas, sus labios entreabiertos.
No lo hacía por deber.
No por presión.
Lo hacía porque quería.
Porque quise.
Y él lo supo.
Lo entendió.
Cuando alcanzó el clímax, sus ojos se cerraron con fuerza y su cabeza cayó hacia atrás, mientras una risa nerviosa y dulce escapaba de su pecho.
Una risa que me hizo sonreír también.
Pero no se quedó quieto.
Apenas recuperó el aliento, me tomó suavemente por la cintura y me guió hacia el suelo, sobre la toalla.
Mis piernas se abrieron por instinto, y él se colocó entre ellas, bajando poco a poco, besando mi vientre como si fuese algo sagrado.
Su mirada se alzó una vez, buscando la mía. Y cuando asentí, temblorosa pero segura, sus labios descendieron. Y su lengua me tocó con una delicadeza que me hizo contener el aliento.
Era ternura convertida en deseo.
Y era mío.
Todo suyo.
Y por primera vez...
sentirme así no me daba miedo. Me hacía sentir viva.
Donde termina el mapa, comienzan las verdaderas aventuras.
Mi gato, Doraimon tenía la costumbre de bufarle a gente nueva. Pero con Conrad... era personal. Desde la primera vez que cruzó la puerta de mi habitación, Doraimon se le quedó mirando como si oliera un demonio disfrazado de chico guapo.
-¿Por qué me mira como si le debiera dinero?-preguntó Conrad la primera vez, quedándose quieto en el umbral.
-No sé... normalmente es más simpático. O al menos pasa de la gente.
Pero no. A él no lo pasaba.
Bufaba. Le daba con la pata. Y si Conrad intentaba sentarse en mi cama, Doraimon se subía antes, lo miraba directo y se le acurrucaba encima como diciendo: esta es mi humana, tú no tocas nada.
Intentó echarlo más de una vez. Literal. Lo perseguía fuera de la habitación, le cortaba el paso con movimientos felinos calculados y le bufaba como si Conrad fuese un repartidor de sobres malditos.
Yo, claro, no podía hacer otra cosa más que ver y reír.
-¿Está celoso de mí?-preguntó una vez mientras Doraimon le impedía acercarse al escritorio.
-Celoso o convencido de que soy demasiado joven para tener novio.
-Tiene mirada de padre viudo protector.
-Y patas asesinas. No lo subestimes.
Pero a pesar de todo eso, cada vez que me encontraba abrazando al gato mientras dormía, Conrad no decía nada. Solo me miraba con ternura.
Y una pizca de respeto por su pequeño rival de cuatro patas.
Seguía siendo verano, con sus tardes largas, helados derretidos y chats que ardían más que el asfalto de la calle a las tres de la tarde.
Una de esas tardes, mis amigas me soltaron la bomba.
Estábamos en videollamada.
Yo tirada boca abajo en mi cama, con el ventilador apuntándome directo al alma. Ellas con cara de conspiración, como si planearan robar una joya o asaltar una duda existencial.
Sonia:
A ver... ¿vas a contar cuándo vas a hacerlo o tenemos que adivinarlo por señales cósmicas?
Val:
Literal llevas casi un año con él, y aún nada. Nada, Pamed.
Lina:
Y no es por presionarte, eh. En serio. Cero presión. Solo que... es un pilar en la relación. Como la comunicación, el respeto... y el salseo.
Me mordí el labio, incómoda, arrugando la sábana bajo mí.
-Simplemente... no ha surgido el momento-dije encogiéndome de hombros.
Sonia:
-¿Pero no quieres o es que estás esperando que suene un gong místico del universo?
Yo:
-No sé. No es que no quiera. Es solo que... a veces me rayo. No sé si estoy preparada de verdad o si es solo que tengo miedo de no saber hacerlo bien. O de que cambie algo entre nosotros después.
Val:
-Pamed... no hay un manual para eso. Si hay cariño y respeto, todo lo demás se aprende.
Lina:
-Y tú lo quieres. Y él te quiere. No se trata de presión, ni de cumplir tiempos. Pero sí de pensar si estás conteniéndote por ti... o por miedo a que no salga perfecto.
Guardé silencio unos segundos.
-A veces me siento rara por no tener las mismas ganas que todos. No soy como... súper sexual. Nunca lo he sido.
Sonia:
-Y no tienes por qué serlo. Pero si hay curiosidad, si hay ternura... puede haber algo hermoso ahí. Y si no, también.
Val:
-Solo queríamos hablarlo. No empujarte.
Lina:
-Pero si algún día decides dar ese paso, que sea porque tú lo quieres. No porque el mundo te lo diga. Ni siquiera nosotras.
Sonreí.
Pequeñito.
Pero sincero.
-Gracias. Sois unas pesadas, pero os quiero.
Sonia:
-Y lo sabemos. Ahora mándanos otra foto de Conrad con cara de novio entregado. La última la tengo de fondo de pantalla.
Reí. Y pensé en él.
En sus caricias suaves. En su mirada paciente. Y en que, aunque aún no estuviera lista...
quizá lo estaría pronto.
Y a mi manera.
Después de hablar con mis amigas, y cuando el ventilador ya no podía competir con mis pensamientos, agarré el móvil.
Abrí Google.
Primero tecleé algo neutral:
"Cómo saber si estás preparada para tener sexo por primera vez"
Clic.
Un montón de artículos con títulos tipo "Cinco señales de que estás lista" o "La guía definitiva para tu primera vez".
Algunos decían cosas bonitas sobre la confianza, el respeto mutuo, la comunicación.
Otros parecían más preocupados por si llevabas o no ropa interior sexy.
Me pasé un buen rato leyendo.
Doraimon maulló desde el borde de la cama, mirándome como si supiera que estaba metida en algo.
Lo acaricié distraída.
-Solo quiero estar bien informada-le dije en voz baja, como si él fuera el moderador de esta búsqueda.
Volví al navegador.
"Cómo evitar que duela la primera vez si él la tiene grande"
Ahí sí que Google se volvió... específico.
Artículos con títulos vergonzosos. Foros con confesiones de desconocidas.
Una chica escribió: "Lo importante es ir despacio, usar lubricante y no tensarte"
Otra dijo: "Si te duele, paras. No es normal aguantar por amor"
Esa frase me la guardé como un mantra.
Salté de página en página, aprendiendo más de lo que pensaba que necesitaba saber.
No para hacer una tesis doctoral sobre sexo...
sino para entenderme a mí misma.
A veces creo que Google ha sido mi terapeuta clandestino.
Una mezcla rara de consejero incómodo y amigo silencioso.
Doraimon volvió a maullar y se acurrucó a mi lado.
Apagué el móvil.
Respiré hondo.
No tenía todas las respuestas...pero por lo menos, ya no me sentía tan en blanco.
Y lo intentamos.
Mi verano se convirtió en eso: en intentarlo. No hizo falta que le dijera a Conrad que traje preservativos y lubricante.
Seguramente él ya lo había hecho antes, con otras personas. Seguramente él ya lo tenía controlado.
La primera vez fue una tarde de sábado. Su habitación estaba fresca, gracias al aire acondicionado que sonaba como un susurro constante.
Yo llevaba un vestido suelto. Él, una camiseta vieja y unos pantalones cortos. Nos besamos mucho rato. Mis manos temblaban un poco.
Él me miró a los ojos antes de intentar nada más.
-¿Estás segura?-me preguntó, con esa voz baja que pone cuando se pone serio.
Asentí.
Pero después de unos minutos, tuvimos que parar.
Me dolía un poco, y no lograba relajarme.
Me sentía extraña en mi cuerpo, como si no supiera dónde poner los brazos, las piernas, los miedos.
-No pasa nada-susurró, acariciándome el pelo-No hay prisa.
El segundo intento fue unos días después. Una tarde con tormenta afuera, mientras las gotas golpeaban su ventana.
Habíamos visto una peli, y terminamos besándonos bajo una manta. Esta vez probamos otra postura. Yo arriba.
Pensé que sería más fácil si tenía yo el control.
No lo fue.
Paré otra vez, frustrada.
-Perdón...-murmuré.
Él negó con la cabeza.
-No te disculpes. Esto es cosa de los dos. No es una carrera.
La tercera vez nos reímos más que otra cosa. Intentamos hacerlo en el suelo, con cojines y una playlist de fondo que accidentalmente se saltó a una canción navideña.
Reí tanto que se me pasó el miedo... hasta que volvimos a intentarlo.
Y sí, otra vez... tuvimos que parar.
Me apoyé en su pecho, sudada, con la frente pegada a su piel.
-Soy un fracaso-bromeé, intentando quitarle peso.
Él besó mi hombro.
-Eres humana. Y preciosa. Y esto saldrá cuando tenga que salir.
El verano siguió.
Con helados derretidos.
Con conversaciones nocturnas. Con mis piernas sobre las suyas y nuestras respiraciones entrelazadas.
Cada intento fue un paso.
A veces hacia adelante. A veces de vuelta.
Pero nunca me hizo sentir menos.
Ni me presionó.
Ni se fue.
Y eso, al final, fue más íntimo que cualquier otra cosa.
Estaba llegando al final del verano. El calor empezaba a volverse más soportable, las noches más frescas. Y sin decirlo en voz alta, Conrad y yo habíamos dejado de intentarlo. Ya no hablábamos del tema. Nos besábamos, sí. Nos abrazábamos mucho. Pero no pasaba de ahí. Yo no sabía si él pensaba en eso, si esperaba algo, si lo echaba de menos. Yo solo sabía que necesitaba dejar de pensar por un rato.
Entonces, una noche, me invitó a una hoguera con sus amigos y sus novias. Dijo que era una tradición de final de verano. Ir al claro del bosque, encender una fogata, beber, reírse, asar malvaviscos. Yo no bebía, así que me senté con una fanta entre las piernas y un palo con malvaviscos en la mano, escuchando las risas, el crepitar del fuego, las conversaciones cruzadas.
Y lo pensé. Pensé que esa noche podía intentarlo. Que podía llevarlo aparte, besarlo en la oscuridad y decirle que sí. Que ahora sí. Que estaba lista.
Pero entonces pasó.
Un gruñido desgarró el aire. Y apareció. Un lobo. Enorme. Blanco como la nieve, con los ojos encendidos de rabia. No era un animal cualquiera, no. Era... otra cosa. Algo monstruoso. Nos atacó. Y lo siguiente fue confusión. Caos. Gritos.
Y entonces los vi.
Los chicos, los amigos de Conrad, comenzaron a transformarse. Uno a uno. Rompiéndose, retorciéndose, creciendo. Piel convertida en pelaje. Garras. Fieras. Lobos. Enormes. Todos. Algunos con ojos dorados, otros con hocicos marcados por cicatrices. También algunas de las chicas. Otras, no. Otras sacaron dagas de entre sus mochilas y pelearon como si hubieran estado entrenando toda su vida para esto.
Yo solo pude echar a correr.
Corrí entre los árboles, con el corazón escapando por la garganta, los pulmones ardiendo, las piernas golpeando raíces, ramas, hojas mojadas. Hasta que otro lobo apareció. Marrón oscuro, con las patas largas y los ojos brillantes. Me vio. Me gruñó. Y me lancé otra vez a correr como si la muerte estuviera respirándome en la nuca. Porque lo estaba.
Corrí. Más rápido de lo que jamás creí que podía. Pero tropecé. No sé con qué. El suelo se me vino encima y mi cara dio contra la tierra. Cuando intenté levantarme, ya era tarde. El lobo ya estaba saltando sobre mí.
Y entonces lo vi a él.
Conrad. Pero no como Conrad.
Su lobo.
De pelaje gris acero, con vetas más oscuras que bajaban por su espalda, como una armadura natural. Grande. Fuerte. Silencioso. Se interpuso entre el otro lobo y yo como un escudo viviente, y lo atacó sin dudar. No hubo oportunidad de escapar. Ni gritos. Solo un aullido seco. Y después, silencio.
Yo no escuchaba nada más que mi propio corazón bombeando en mis oídos, como si fuera a explotar.
Y él... él se acercó. Aún en su forma de lobo. Como un perrito preocupado. Las orejas hacia atrás, la cabeza baja, soltando esos pequeños sonidos extraños, como si no supiera cómo consolarme. Se tumbó frente a mí, sus ojos verde intenso brillando bajo la luz temblorosa de la luna. Yo lo miré. Respiré hondo. Sentí cómo me temblaban las manos. Y entonces me puse de pie.
-¿¡Qué coño ha sido eso!?-grité, sin filtro. Caminé hacia el pueblo sin esperar respuesta-
¡Vete! ¡No me sigas!
Pero me siguió. Como una sombra. Como si todavía necesitara asegurarse de que estaba a salvo. Me siguió hasta el borde del bosque. Hasta que mis pies pisaron asfalto. Entonces se detuvo. Me miró una vez más. Y desapareció entre los árboles.
Esa noche, al entrar en casa, solo quería silencio. Pero mis padres estaban en el salón con la tele a todo volumen, chillón y absurdo. Subí las escaleras sin hacer ruido. Mi gato, Doraimon, me siguió hasta mi cuarto como una sombra naranja.
Me metí debajo de las mantas.
Ahí me quedé. Temblando. Llorando sin hacer ruido. Agarrando a mi gato como si fuera lo único que me anclaba al mundo. Ahora entendía por qué no le gustaba Conrad. Él lo había sentido desde el principio. Él lo sabía.
A las cuatro de la mañana, me levanté. Las sábanas estaban empapadas de sudor, caminé hasta el baño, vomité sin poder evitarlo. Mi cuerpo lo expulsaba todo. Miedo. Confusión. Nausea. Doraimon me esperó en el marco de la puerta, sin moverse. Como si también estuviera en guardia.
Yo no sabía qué había sido esa noche.
Los cuentos no mienten, solo esperan a que alguien los crea.
Al día siguiente, Conrad apareció en casa. Mamá le abrió la puerta y lo dejó pasar como si nada. Porque era mi novio. Porque no era la primera vez que entraba. Porque no podía imaginar que estaba dejando entrar a un lobo que se transforma bajo la luna.
Y después ella se fue.
Yo estaba en el sofá, en pijama, el pelo aún enredado de la noche anterior, con la cara marcada por la almohada. En cuanto lo vi, me pegué a la pared, como si fuera parte de ella, con un nudo formándose en la garganta. Él se quedó apoyado en el marco de la puerta, mirándome. Y en esa mirada había algo que dolía. Como si no esperara que yo le tuviera miedo. Como si no supiera cómo arreglarlo.
Doraimon se interpuso entre nosotros, con el lomo erizado y la cola inflada como si pudiera enfrentarse a un lobo real.
-Sé que estás asustada-dijo él, su voz baja, con ese tono que ponía cuando intentaba no romper algo-Y he venido a darte explicaciones.
Me temblaban los dedos. No sabía si quería que hablara o que se callara para siempre.
Pero lo dejé hablar.
Y él lo hizo.
Poco a poco, su tono cambió. Empezó suave, pero con cada palabra, cada revelación, se notaba la urgencia, la desesperación de alguien que necesita ser entendido.
Me explicó su mundo.
Las transformaciones.
Las manadas.
Los cazadores.
Los alfas, los betas, los omegas.
Los vínculos, los lazos.
Cada palabra se sumaba a una montaña de información que me aplastaba.
Yo solo abracé la almohada que tenía entre las piernas. La apreté como si fuera un ancla. Y escuché. Porque eso era lo único que podía hacer.
Cuando terminó, no dije nada durante un rato. El silencio se estiró como una goma a punto de romperse.
-No digas nada-me pidió, con un hilo de voz-Por favor.
Lo miré. Le habría dicho que nadie me creería, pero él se adelantó.
-Quizás algún cazador sí.
Ah.
Claro.
Ese era el nuevo nivel de locura.
-No voy a decir nada-le aseguré.
Y era verdad. ¿A quién le iba a contar esto sin que me ingresaran en psiquiatría?
-¿Puedo pedirte algo más?-preguntó. Asentí, con la cabeza aún perdida.
-Me encantaría que formaras parte de la manada. Como mi compañera.
Mi estómago dio un vuelco extraño. De sorpresa, de vértigo.
No respondí.
Solo pedí unos días.
Y él aceptó.
Ocho días.
Eso duró mi encierro.
Ocho días en los que apenas salí del cuarto, en los que busqué en Google cosas absurdas como "cómo saber si tu novio es un hombre lobo" y "qué significa ser compañera de un lobo".
Ocho días en los que él me escribió todos los días.
Para preguntarme cómo estaba.
Si había comido.
Que si necesitaba algo, solo tenía que llamarlo.
No insistía. No presionaba. Solo estaba ahí. Como siempre había estado.
El octavo día, le escribí.
Yo: Puedes venir a casa si quieres.
No tardó ni diez minutos.
Nos sentamos en el salón, los dos solos, frente a frente. Doraimon nos observaba desde el respaldo del sofá, desconfiado. Yo jugueteaba con el dobladillo de mi sudadera, sin atreverme a levantar la mirada.
-Quiero saber-dije por fin-¿Qué significa eso de ser compañeros?
Él respiró hondo. Su voz fue suave, como si pronunciara algo sagrado.
-Significa que eres todo para mí.
-¿Todo?
-Todo. Mi calma, mi fuerza, mi casa. Mi elección. Mi manada.
Sentí el corazón encogerse.
No dije nada. Pero por primera vez en días...dejé que me tomara la mano.
Nos quedamos así un rato. Silencio entre nosotros, solo el sonido bajito del reloj de la cocina marcando los segundos. Mis dedos jugaban con la costura del cojín que tenía entre las piernas, y él sostenía mi mano, sin apretar, sin empujar. Solo... estaba.
Entonces lo solté.
-No sé si sirvo para ser una compañera-dije, bajito, casi sin aire.
No lo miré, no podía. Me daba miedo ver decepción en sus ojos. O peor, lástima.
Pero él solo respiró hondo.
-¿Y quién sí sabe hacerlo?-
preguntó con una voz suave-
¿Crees que yo sé cómo ser un buen compañero?
Me obligué a mirarlo. Su expresión no era de decepción. Era de ternura. De verdad. Y un poco de tristeza también.
-No estoy pidiéndote que seas perfecta-continuó-Solo quiero que seas tú. Que estés. Que me dejes estar contigo. Aprenderlo juntos.
Me mordí el labio. Doraimon ronroneaba desde el respaldo, como si esa fuera su manera de dar su aprobación.
-¿Y si no lo logro? ¿Si no soy lo que necesitas?
-Ya eres lo que quiero-
respondió sin pensarlo. Y en su tono no había grandilocuencia, ni promesas imposibles.
Solo verdad. Simple y clara.
Me presentó a los de la manada.
Y ellos me aceptaron.
Bueno... no les quedaba de otra. Yo era su compañera, y eso, en su mundo, pesaba.
Algunos me miraban con curiosidad, otros con recelo, como si esperaran que saliera corriendo.
Pero nadie me atacó. Nadie me gritó.
Y eso, para mí, ya era aceptación.
Cuando llegó el invierno, empecé mi entrenamiento.
El primer día las ramas estaban cubiertas de escarcha, el suelo crujía bajo mis pies. Un chico enorme -creo que se llamaba Max- me pasó un arco.
Intenté tensarlo. Me temblaban los brazos. El primer disparo no llegó ni al blanco. El segundo, golpeó un árbol. El tercero... me golpeó a mí.
Literalmente rebotó y me dio en el muslo. Noe hizo nada.
Conrad, en forma de lobo, soltó un bufido que me sonó a risa.
La espada es un no.
Intenté blandir una espada. Era pesada. Me hacía girar los hombros como si fuera una niña intentando levantar una silla con una mano.
Cuando me corrigieron la postura por quinta vez, solté un "esto es ridículo" y la dejé en el suelo.
Algunos de la manada se rieron por lo bajo.
Conrad vino en su forma humana y dijo:
-No todos pelean igual.
Y me guiñó el ojo.
Las dagas eran otra cosa.
Livianas. Rápidas. Podía esconderlas, moverme con ellas, incluso correr.
El primer día que acerté tres lanzamientos seguidos, uno de los más jóvenes aplaudió.
Y Conrad, transformado en lobo, me empujó de espaldas con la cabeza hasta que caí sobre él y me dejó recostada en su pelaje como si fuera una cama.
-Eso fue una felicitación, por si no quedó claro-dijo alguien entre risas.
Un día, mientras practicaba movimientos con una daga en mano, Conrad apareció corriendo en su forma de lobo y me robó una bufanda que llevaba atada a la cintura.
Corrí detrás de él por todo el claro helado.
-¡Conrad, devuélvemela, idiota!
Él solo se tumbó en la nieve con la bufanda en la boca, mirándome con esos ojos verdes brillantes, moviendo la cola como un cachorro travieso.
Tuve que quitarle la bufanda entre risas y manotazos.
Una noche, con la luna alta y la nieve cayendo suave, nos quedamos solos entrenando. Yo lanzaba dagas. Él me observaba en su forma humana, con las manos en los bolsillos. Cuando terminé, se acercó, me quitó una de las dagas y la giró en su mano con una sonrisa.
-¿Sabes qué me encanta?
-¿Qué?
-Que no te rendiste. Aunque podrías haberlo hecho.
Yo bajé la mirada, y luego susurré:
-Es que tenía que intentarlo.
Él no dijo nada. Solo me abrazó por la cintura y apoyó su frente en la mía.
Aunque pasaba parte de mi tiempo entrenando con la manada, no dejé mi vida de siempre. Seguía yendo al instituto, enviando memes tontos en el grupo con Sonia, Val y Lina, comiendo ramen instantáneo cuando no quería cocinar, quejándome del frío, de los exámenes, de la vida.
Ellas no sabían nada. Ni una palabra. Y eso dolía un poco. Pero también me protegía. A mí. A ellas.
Sonia seguía obsesionada con enviar fotos de chicos guapos y decirme que tenía que “aprovechar mi juventud”. Val empezó a salir con una chica llamada Luna, y Lina se había metido a clases de defensa personal, lo cual me daba ganas de reír y a la vez de abrazarla fuerte.
Y yo…yo era mitad cuchillas, mitad malvaviscos.
Por las mañanas hacía exámenes de historia. Por las tardes lanzaba dagas. Y por las noches hablaba con Conrad, que alternaba entre ser un lobo que me empujaba los pies con la nariz y un chico que me mandaba fotos de atardeceres solo para hacerme sonreír.
Dos meses después de haber sido aceptada en la manada, me dijeron que tenía que conocer a alguien.
-¿A quién?-pregunté con la ceja arqueada.
-A Clark-dijo uno de los más viejos-Es…importante.
Conrad no me dijo nada más. Solo que debía estar tranquila. Que no me haría daño.
Y eso me puso más nerviosa todavía.
El día que lo conocí, esperábamos en una cabaña al borde del bosque. Yo estaba sentada con las piernas cruzadas y las manos heladas. Cuando la puerta se abrió, entró un hombre alto, de complexión poderosa pero tranquila. Tenía el porte de alguien que podría romperte el cuello… y luego pedirte disculpas por el daño.
-¿Tú eres Pamed?-preguntó, con una voz calmada, casi amable.
Asentí.
Sus ojos azules me analizaron con cuidado. No como un juez. Más como un médico observando si el corazón late como debe.
-Soy Clark Kent-dijo tendiéndome la mano.
La estreché.
-Eres… ¿el jefe?
Sonrió.
-Solo un alfa. Uno que quiere asegurarse de que todos estén seguros. Incluyéndote a ti.
Y ahí lo entendí.
Tenía que darme el visto bueno.
No para aprobarme como si fuera un examen…Sino para saber si yo era lo bastante fuerte para estar en este mundo.
Yo no me eché para atrás. No temblé.
Y en su sonrisa leve, lo supe.
Aprobada.
Los dos meses siguientes fueron… raros. Pero también los más vivos que he tenido en años. Era como llevar dos vidas cosidas con hilo fino: una con uniforme escolar y deberes de matemáticas, y otra con nieve en los zapatos, sudor en la frente y dagas en las manos.
Por la mañana: clases, dramas adolescentes, mensajes de mis amigas sobre crushes imposibles o conciertos que no podíamos pagar.
Por la tarde: entrenamiento, vigilancia de territorio, y a veces misiones pequeñas con la manada.
Yo. Una humana.
Entre lobos.
Conrad no siempre estaba. A veces salía con otros para reuniones o “asuntos de manada” que nunca me explicaban del todo. Pero siempre volvía. Y cuando lo hacía, era como si el aire se volviera más cálido, aunque estuviéramos a bajo cero.
Semana uno:
Fallé dos veces en una misión de vigilancia. Me distraje escuchando un podcast con un solo auricular. Casi me regañan.
Conrad me defendió.
-Está aprendiendo. Y lo hace rápido.
No sabía si me defendía porque era su compañera o porque creía en mí.
Quise pensar que era lo segundo.
Semana dos:
Me caí en el hielo intentando hacer un giro con las dagas. Me raspé la rodilla. Conrad, en forma de lobo, vino corriendo. Me lamió el rasguño y me tiró al suelo para cubrirme con su pelaje.
-No soy una manta-gruñó su voz en mi cabeza.
-Sí lo eres-le respondí
Después se ofendió y se tumbó a mi lado. Con la cabeza sobre mi muslo.
Me quedé así veinte minutos.
No lo dije, pero era uno de mis lugares favoritos del mundo.
Semana tres:
Me encargaron enseñar a una chica nueva cómo lanzar cuchillos.
Yo. La que hace tres meses no sabía ni sostener uno.
Me sentí torpe al principio. Pero ella me miró con admiración.
-¿Tú también eras humana?-
preguntó.
-Lo soy-respondí.
Y fue la primera vez que me sentí orgullosa de no tener garras.
Semana cuatro:
Volví a ver a Clark. Me saludó como si ya fuera parte del equipo.
Después, en una patrulla, Conrad me dijo:
-Él cree que eres buena para mí.
-¿Y tú qué crees?
Me miró.
-Creo que eres lo mejor que me ha pasado.
La vida seguía.
Con deberes. Con entrenamientos. Con helados derretidos en casa y noches en vela vigilando los límites del bosque. Con besos robados entre árboles.
Con abrazos que duraban más de lo necesario.
Con miedo. Y con fuerza.
Porque aunque aún no supiera todo lo que significaba ser parte de una manada…ya no era la misma chica que temblaba en la esquina de un sofá con una almohada entre las piernas.
Ahora temblaba… pero con una daga en la mano.
La habitación estaba en penumbra. La luz suave de la lámpara se filtraba por la pantalla de tela, tiñendo todo de un color ámbar cálido. Afuera, el invierno se deshacía en gotas heladas contra el cristal. Adentro… todo era calor.
Yo estaba encima de él.
Las manos apoyadas en su pecho, el ritmo lento, marcado. Habíamos empezado con besos, con caricias suaves, como tantas veces antes. Pero esta vez, seguimos.
Esta vez, no me detuve.
Había lubricante de fresa en el aire. Dulce, casi empalagoso. A veces se mezclaba con el olor de su piel, de su aliento, de nosotros.
Mi respiración se entrecortaba, no solo por el esfuerzo, sino por el vértigo.
La sensación era intensa. Era mucho.
Conrad jadeaba cada vez que bajaba un poco más, sus manos en mis caderas, firmes, pero sin apurarme.
Ya había entrado la mitad.
Y cada milímetro era como cruzar una frontera invisible entre miedo y deseo, entre inseguridad y entrega.
-Pamed…-susurró, casi sin voz, como si solo pronunciara mi nombre para no perderse en todo lo que sentía.
La habitación, para mí, era un hervidero. El calor subía por mis muslos, se acumulaba en mi estómago, se enredaba en mi cuello. Me incliné sobre él, buscando su frente con la mía.
Él la sostuvo con cuidado, sus ojos verdes clavados en los míos.
-¿Estás bien?-preguntó, entre jadeos.
Asentí, con una sonrisa temblorosa.
Estaba asustada, sí.
Pero también estaba lista.
Y esta vez, no quería parar.
Inspiré hondo, intentando regular el ritmo de mi cuerpo, que parecía ir por libre. El calor se acumulaba en mi pecho, en mi espalda, en mis mejillas. Sentía el temblor en mis piernas, en mis manos, en mi propia respiración que se volvía irregular.
Bajé un poco más. Conrad soltó un suspiro grave, entrecortado, como si se estuviera conteniendo, como si cada centímetro que yo avanzaba fuera un reto para su autocontrol.
Sus manos acariciaron mis caderas con dulzura, los pulgares dibujando círculos pequeños, constantes, como si me ayudaran a mantenerme anclada.
Yo cerré los ojos. Dejé que el momento me envolviera.
El aire olía a nosotros. A piel caliente, a fresa dulce, a algo nuevo que estábamos creando entre los dos.
-Puedes parar si quieres-
murmuró, la voz baja, ronca.
-No quiero-le respondí, mirándolo a los ojos.
Volví a bajar, despacio. Sentí la tensión, el ardor suave que me hacía apretar los labios, pero también una extraña sensación de plenitud. De estar exactamente donde debía.
Los dedos de Conrad se aferraron a las sábanas por un segundo, como si el momento lo desbordara. Y entonces, cuando ya casi lo había conseguido… nos quedamos quietos.
Nos miramos.
Él tenía la frente perlada de sudor, la respiración agitada.
-Eres increíble-susurró, como si fuera un secreto. Como si no creyera que esto estaba pasando.
Yo solo pude sonreír. Una sonrisa pequeña, honesta, rendida. No dije nada. Solo me incliné para besarlo.
Lento. Profundo.
Cuando estuvo dentro por completo, el mundo pareció detenerse un instante.
Mi respiración se quedó atrapada en el pecho, como si todo el aire se hubiera escondido. Sentía cada centímetro de él, cada pulso, cada latido que no era mío pero que me atravesaba igual.
No dolía como había imaginado.
No del todo.
Era más una presión intensa, un calor nuevo, una sensación desconocida que no sabía si me hacía querer quedarme quieta… o seguir.
Me moví un poco, despacio, buscando amoldarme a él.
Con cuidado. Como si mi cuerpo aún estuviera entendiendo qué estaba ocurriendo. Conrad gimió bajo, casi un susurro, y apretó suavemente mi cintura con las manos, como si temiera romper algo frágil.
-¿Todo bien?-preguntó, su voz temblando de emoción contenida.
-Sí…-respondí, casi en un suspiro-Solo… dame un segundo.
Él asintió, y se quedó quieto, esperándome. Sus ojos no me soltaban. Y esa mirada… no tenía nada de lujuria bruta.
Era devoción. Era orgullo. Era ternura.
Apoyé mis manos en su pecho, sintiendo su corazón acelerado.
El mío iba igual. O peor.
Me moví de nuevo, un poco más fluida esta vez. Probando. Dejando que el cuerpo se acostumbrara a lo que el alma ya había aceptado.
Y él jadeó.
-Joder… Pamed…
Sonreí, nerviosa. Pero también emocionada. Yo, que no creía estar hecha para esto.
Yo, que pensé que nunca me sentiría lista.
Y ahora, ahí, encima de él, respirando el mismo aire, compartiendo el mismo temblor…
En las semanas siguientes, nuestra vida sexual se disparó.
Como si algo dentro de Conrad —algo que había estado contenido durante meses—por fin se hubiera soltado.
Y lo hizo con fuerza.
Ya no era solo en su habitación. Era en el sofá, en el baño, una vez incluso en el bosque, contra un árbol. Yo me reía, le decía que estaba loco, pero él solo me miraba con esos ojos brillantes y me respondía con un gruñido travieso.
Una tarde después del entrenamiento, apenas habíamos entrado por la puerta cuando me empujó suavemente contra la pared.
Sus labios recorrieron mi cuello, mis clavículas, como si me necesitara más que el aire.
Su respiración estaba agitada, su cuerpo caliente incluso con el frío de afuera.
Me quitó el abrigo con manos torpes, ansiosas.
Yo lo dejé hacer.
Me dejé arrastrar por su deseo.
-Te he echado de menos todo el día+susurró entre besos.
-Nos vimos hace cuatro horas -le recordé, con una sonrisa pequeña.
-No es lo mismo. Nunca es lo mismo.
Otras veces era más lento, más tierno. Me acariciaba como si mi piel fuera una plegaria que se aprendía de memoria. Me miraba a los ojos como si quisiera leerme entera. Y ahí sí… ahí me derretía. Ahí sentía que lo amaba con todo, incluso con las partes que aún no entendía de mí.
Pero había momentos —y me costó mucho admitirlo, incluso ante mí misma— en los que simplemente… dejaba que pasara.
No es que no me gustara. No es que no quisiera estar con él.
Era solo que a veces, él estaba tan encendido, tan entregado a esa parte salvaje, que yo me quedaba atrás. Mi cuerpo respondía, sí. Pero mi cabeza vagaba. Me acariciaba, me besaba, me decía cosas al oído… y yo solo pensaba en quizás decir que no tenía ganas.
Y me sentía culpable por eso.
Porque él era dulce, y me cuidaba, y nunca me forzaba.
Pero a veces… yo no estaba tan ahí como él. Y no sabía si era normal. O si eso me hacía una mala pareja.
Una noche, mientras estábamos enredados en su cama, él jadeando contra mi cuello, yo sentí esa desconexión de nuevo.
Y no dije nada.
Lo abracé más fuerte.
Lo dejé terminar.
Y cuando me acurruqué contra su pecho después, él me besó la cabeza y murmuró:
-Gracias por quedarte conmigo.
Y yo, sin saber por qué, sentí un nudo en la garganta.
No sabía cómo decírselo.
Cómo poner en palabras eso que se me quedaba atascado entre el pecho y la garganta cada vez que él me abrazaba después.
Porque, Dios sabe lo que yo amo a este tío.
Lo amo con esa parte suave y terca de mí. Con las risas que solo él me saca. Con el calor que siento cuando me mira como si fuera su lugar favorito del mundo.
Lo amo.
Y por eso me dolía no saber cómo decirle que a veces… no me pasa igual. Que no siempre siento ese fuego que él siente. Que hay noches en las que mi cuerpo responde, pero mi mente está lejos. Y no es por falta de amor.
Es porque yo soy así.
Porque a veces me cuesta. Porque no siempre quiero. Porque hay momentos donde solo quiero abrazarlo, hablar, quedarnos dormidos enredados.
Y me daba miedo.
Miedo a que pensara que no lo deseo.
Que no lo amo.
Que lo estoy rechazando.
Porque no es eso.
Es solo que no siempre quiero de la forma en la que él parece necesitarlo.
Y entonces me callaba.
Le acariciaba el cabello. Le sonreía. Me aferraba a su espalda como si pudiera decirle todo sin palabras.
Pero las palabras…
esas aún no me salían.
Entonces, una noche, me armé de valor. Fue después de un entrenamiento. Estábamos solos. El resto de la manada ya se había ido y el bosque estaba en silencio, cubierto por ese manto suave que deja la nieve recién caída. Solo se oía el crujido de nuestras botas y el vapor de nuestras respiraciones.
Conrad caminaba a mi lado, su chaqueta abierta, el cabello aún húmedo y revuelto por el esfuerzo. Se veía tranquilo, feliz. Me sonrió de lado y estiró una mano para enredar los dedos con los míos. Lo hice también, como siempre, pero esta vez el nudo en el pecho me apretó distinto.
-¿Estás bien?-preguntó, girando un poco el rostro hacia mí. Sus ojos, verdes y atentos, me leían como si supieran que algo se estaba gestando dentro.
-Tengo que decirte algo-dije, más rápido de lo que pensaba. Mi voz sonó un poco más alta de lo que quería.
Me detuve. Él también. Se quedó esperando. No hablaba. Solo… me daba el espacio.
Miré el suelo. El aire blanco salía a golpes de mi boca.
-No es fácil para mí esto-
empecé, apretando la empuñadura de mis guantes con los dedos-Lo de nosotros, sí… lo amo. A ti te amo. Pero a veces, cuando estamos juntos, cuando…hacemos eso, no siempre estoy ahí. No como tú.
Él frunció el ceño, pero no por enfado. Por concentración. Por dolor contenido, tal vez.
-No es que no me guste. A veces me encanta. A veces me muero por ti. Pero otras, simplemente… dejo que pase. Y no sé por qué-Sentía el corazón martilleándome las costillas.
-Y me siento mal por eso, porque tú lo das todo, y yo a veces solo estoy… presente.
Silencio.
Me atreví a levantar la mirada.
Él me miraba. De verdad. Como si le doliera que llevara todo eso sola. Como si quisiera abrazarme sin romper lo que acababa de confesar.
-Entiendo...-dijo, con esa voz suya tan suave que siempre consigue calmarme-No tienes que forzarte nunca. No estás aquí para complacerme. Estás aquí porque eres tú. Y eso ya me lo da todo.
Me temblaron los labios. El frío ya no era lo que me hacía tiritar.
-Solo quiero que lo sepas… para que no pienses que es falta de amor.
Él dio un paso hacia mí. Me tomó el rostro con ambas manos, con tanta delicadeza que se me humedecieron los ojos.
-Sé que me quieres, Pamed.
Y esa noche, no hicimos nada más que abrazarnos.
Entre colmillos y cicatrices, aprendí a amar mi verdadera forma.
Damián
Escuchar la historia de Pamed me dejó pensando más de lo que quiero admitir. La forma en la que se atrevió a decir en voz alta que no siempre lo disfrutaba, que a veces solo estaba presente, que a veces no quería y punto…
No sé. Me removió algo dentro.
Porque es verdad.
No todos somos iguales.
Por mucho que quiera forzarme a hacer algo, a intentar algo, no va a ser bonito si no sale de mí.
Si no nace desde un lugar real.
Y yo siempre he sido de los que cuando es no… es no.
Y a veces ni me da por intentar.
Ni por complacer.
Ni por miedo a perder algo.
Y eso incluye a Jon.
Porque sí, es él.
Es Jon.
Con su luz, su insistencia, su forma de mirarme como si todo fuera fácil. Como si amar fuera solo querer y ya.
Y yo…yo a veces quisiera poder querer igual.
Con el cuerpo. Con el impulso. Con las ganas a flor de piel.
Pero no me sale.
No así.
No cuando siento que algo en mí aún no está listo.
Y fingir que lo está, solo para no decepcionarlo, solo para que no se canse de esperar…
No nos haría bien a ninguno de los dos.
Tal vez amar también sea eso.
Reconocer los ritmos distintos. Aceptar que no siempre va a ser simultáneo.
Y tener el valor de decirlo.
Como hizo Pamed.
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