15
Tim
Después de la captura, todo pasó como en una película en cámara rápida.
Metimos a Ryven por la parte trasera del hotel, por el viejo acceso del servicio que ahora solo usábamos para emergencias.
No queríamos testigos.
Ni rumores.
Ni pánico.
La celda estaba lista.
Fría, reforzada, sellada con runas y cerraduras modernas que parecían sacadas de una prisión de alta seguridad.
Lo colocamos allí,
amordazado, esposado, vendado, pero aún con esa sonrisa torcida como si esto también fuera parte de su plan.
No dije nada.
No quería regalarle ni una palabra.
Conner me llevó hasta la habitación en silencio.
Él sabía. No necesitaba preguntarme si me dolía.
Podía olerlo.
Sentirlo.
Me senté en el borde de la cama, el hombro punzando, la adrenalina bajando. La sangre ya seca formaba una línea irregular que cruzaba mi costado, pero lo que más me pesaba era la tensión acumulada en cada músculo,
como si mi cuerpo todavía estuviera esperando el siguiente ataque.
Conner se acercó con el botiquín. Sin decir palabra, se arrodilló frente a mí y me quitó con cuidado la camisa.
Sus manos eran firmes, pero suaves.
Metódicas.
Llenas de esa ternura que siempre llevaba escondida bajo su fachada de fuerza.
-Podrías haber muerto-
murmuró.
-Podríamos todos. Pero hemos vuelto-respondí, sin mirarlo directamente.
Silencio.
El alcohol ardió cuando tocó la herida, pero no tanto como la presión en el pecho cuando lo vi apretar la mandíbula,
como si fuera su culpa.
-No te culpes-le dije al fin.
-No me culpo por ti-dijo, con los ojos clavados en la gasa-
Me culpo porque, por un segundo, cuando lo vi encima de ti...pensé que te perdía.
Y no sabía si podría volver a respirar sin ti.
Me congelé.
El aire en la habitación se volvió más denso.
No por la herida.
No por el dolor.
Sino por lo que él acababa de soltar.
-Conner...
-No hace falta que digas nada ahora. Solo... quédate.
Terminó de vendarme.
Se sentó a mi lado.
Su muslo rozaba el mío, pero ninguno se movió.
La habitación quedó en silencio. Fuera, las voces de los demás se mezclaban con el viento, pero aquí dentro...
solo estábamos nosotros.
Y yo me dejé cuidar.
Porque a veces, eso también es una forma de resistir.
Se acurrucó conmigo bajo las mantas, cuidando de no rozar mis heridas.
Yo lo besé durante un rato, despacio, sin prisa, como si el mundo no pudiera tocarnos ahí dentro. Sus labios eran suaves, cálidos, constantes.
Pero las pastillas que me había tomado para que las heridas dejaran de doler empezaron a hacer efecto más rápido de lo que quería.
Mis párpados se volvían pesados, mi cuerpo se aflojaba entre sus brazos.
Aún así, antes de caer rendido, rocé su mejilla con la mía y murmuré algo que quizá no recordaría al despertar.
Pero él lo oyó.
Damián
Me quité la camiseta con un gruñido contenido, la tela se había pegado a un corte en mi costado y dolió más de lo que quería admitir.
Me senté frente al espejo del baño, las luces frías sobre mi rostro, la gasa en una mano, el antiséptico en la otra.
No era grave. Solo molesto.
Detrás de mí, Jon estaba en silencio. Sentado en el borde de la bañera, con los codos sobre las rodillas y la mirada fija en el suelo.
Casi no parpadeaba.
-No tienes que estar ahí si no vas a decir nada-murmuré sin mirar atrás.
No contestó.
Levanté la mirada un segundo y nuestras miradas se cruzaron en el reflejo.
Culpable. Así era como se veía. Como si cada herida en mi cuerpo lo arañara a él por dentro.
-No es tu culpa-dije.
Mi voz sonó más seca de lo que pretendía.
-No estuve lo bastante cerca-
murmuró Jon.
-Tampoco Ryven. Y aún así me alcanzó.
Guardó silencio.
Tomé aire. La gasa ya se había teñido de rojo en un borde.
Pero dolía menos que el peso que se había instalado en la habitación.
-Tú luchaste contra ese cabrón sin dudar, te llevaste la peor parte del combate. Te tiró al suelo y volviste a levantarte.
¿Y aún así te sientes culpable?
Jon apretó los puños.
-pienso que si me hubiera movido más rápido...-empezó a decir.
-¡Entonces siempre te vas a culpar!-solté, alzando la voz.
El silencio se volvió tenso.
Respiramos despacio.
Y luego añadí, más bajo:
-Me alcanzó, sí. Pero no me mató. Porque tú estabas ahí.
Porque tú lo detuviste.
Me levanté, me acerqué a él.
Me incliné un poco, lo suficiente para que me mirara.
-La próxima vez, si quieres protegerme, hazlo sin arrastrar la culpa. No eres invencible, Jon. Eres suficiente.
Vi cómo se le tensaban los hombros. Vi el nudo en su garganta. Pero no dijo nada.
Solo asintió. Lento. Y me pasó una nueva gasa con la punta de los dedos.
Tim
La mañana siguiente fue peor.
Simplemente... todo me dolía.
Cada músculo, cada costilla, cada centímetro de piel que había tocado el suelo o una garra. Hasta pestañear parecía una mala decisión.
Me desperté con el sol colándose entre las cortinas y una sensación de cuerpo prestado, como si me hubieran armado con piezas oxidadas.
Intenté incorporarme y solté un quejido ahogado.
-¿Ya estás viejo o eso fue un quejido sexy?-preguntó una voz desde el otro lado de la habitación.
Conner.
Estaba de pie, sin camiseta, con una taza de café en la mano y una sonrisa que claramente disfrutaba mi sufrimiento.
-Eres una mala persona-
murmuré, intentando sentarme.
-Soy realista-dijo, acercándose-
Además, tú te lanzaste contra Ryven como si fueras inmortal. ¿Qué esperabas? ¿Un diploma y un masaje?
-Esperaba respeto y compasión.
-Pues no hay de eso en el menú. Pero traje esto-me ofreció un antiinflamatorio y otra taza de café.
Lo tomé sin discutir, porque el dolor me tenía demasiado ocupado como para pelearle con sarcasmos.
-Te ves como si te hubiera atropellado un tren-añadió.
-Gracias, eso me sube la autoestima.
-No te preocupes, sigues siendo sexy en versión destruido.
-Prométeme que, si vuelvo a lanzarme así, me detendrás.
Se encogió de hombros.
-Prometo reírme menos... si lo haces otra vez.
Y lo peor es que sonrió con tanta ternura que me dio más calor que el café. A pesar del dolor, a pesar del cansancio...
era bueno tenerlo ahí.
Incluso si no sabía callarse.
Me recosté de nuevo, cerrando los ojos, y murmuré:
-La próxima vez, me haces el favor de lanzarte tú primero.
Y escuché su risa suave antes de que dijera:
-Trato hecho.
Conner volvió a tumbarse a mi lado. El colchón cedió un poco bajo su peso, cálido y familiar.
Sin decir nada, empezó a pasar la yema de sus dedos por mi piel, esquivando cada herida con una precisión que solo él parecía tener. Como si conociera mi cuerpo mejor que yo mismo.
La punta de su dedo dibujaba líneas invisibles sobre mi cadera, subía por el costado,
rozaba mi clavícula,
todo sin prisa, todo con esa delicadeza que me hacía cerrar los ojos por unos segundos y dejarme ir.
Pero el silencio no duró demasiado.
-¿Cómo va a ser el interrogatorio?-le pregunté, bajito.
Él soltó un suspiro por la nariz.
-Hemos pensado en mil maneras de hacerlo...y en mil maneras en las que puede salir mal-dijo-Ryven no es estúpido. Y lo peor es que sabe que lo necesitamos con vida. Juega con eso.
Yo asentí. Me quedé un momento en silencio, mordiéndome el interior de la mejilla. Y luego lo solté.
Esa verdad chiquita y pesada que llevaba días en el pecho.
-Me da miedo fallar.
Conner giró un poco la cabeza, me miró desde cerca.
Sus ojos serenos.
Fijos en los míos.
No me juzgó.
No se rió.
Solo esperó.
-Hasta hace unos meses-seguí, con la voz más baja-yo trabajaba en un bar.
Recogía a Damián del instituto.
Salía con mis amigos. No sabía nada de trampas, ni de estrategia...Y ahora...Si meto la pata, alguien muere...O todos.
Conner me pasó los dedos por la sien, en un gesto suave.
-¿Vas a entrar conmigo en la celda?-le pregunté, sin disimular el temblor en la garganta.
Él no dudó.
No pestañeó.
-Voy contigo a donde sea.
A la celda, al infierno, o al fin del mundo si hace falta.
Damián
Clark se plantó frente a nosotros con los brazos cruzados, su voz firme pero sin dureza. De esas veces en las que no te grita, pero cada palabra pesa como si lo hiciera.
-Yo daré paso al interrogatorio -dijo-Controlaré la entrada y marcaré los tiempos.
Tim asintió, serio, aunque su mandíbula seguía un poco tensa. Estaba nervioso.
No lo decía, pero lo leía en su respiración, en cómo entrelazaba los dedos sin darse cuenta.
-Tim se encargará de preguntar-añadió Clark-
Y tú, Damián tú escucharás.
Me mantuve en silencio.
Solo asentí. No era una tarea menor. Escuchar no era solo oír palabras. Era detectar las pausas, las contradicciones, los matices. Y si Ryven mentía -que seguramente lo haría-,
yo tenía que ser el primero en notarlo.
Clark continuó:
-Conner estará en la sala, pero no como parte activa.
Será respaldo para Tim.
No lo decía con todas las letras, pero yo lo sabía.
Conner era el equilibrio.
La cuerda que Tim necesitaba para no hundirse en su propio miedo.Y si Ryven se salía del guión, él sería quien le pondría un límite físico. Rápido, efectivo. Letal, si hacía falta.
-Jon estará contigo-añadió Clark, mirándome- Ambos en la sala contigua.Monitoreando.
Listos para intervenir si algo se escapa.
Asentí.
Jon no dijo nada, pero se acercó un paso más hacia mí.
Como si eso confirmara que íbamos juntos a esa parte del campo de batalla. Porque eso era: una guerra silenciosa.
Un interrogatorio no es solo hablar. Es sostener una cuerda con mil hilos sin que se rompa.
Es no parpadear cuando la mentira se disfraza de verdad.
Respiré hondo.
Miré a Tim.
Tenía el rostro serio, enfocado.
Pero sus ojos se desviaron hacia Conner, solo un segundo.
Y con eso le bastaba.
No estaba solo.
Y yo tampoco.
Jon me puso una mano en el hombro cuando nos alejamos.
No dijo nada.
Y no necesitaba hacerlo.
Porque a veces, la parte más importante de una batalla...es aprender a escuchar.
Tim
Entré a la sala sin mirar atrás.
Mis pasos eran firmes, aunque por dentro mi estómago era un nudo mal hecho.
La sala estaba fría, mal iluminada, con ese olor metálico a control y tensión.
Y ahí estaba él. Ryven. Sentado, esposado con cadenas a la silla.
El rostro despejado, el cabello algo revuelto, y una sonrisa en los labios que no tenía nada de arrepentimiento.
Jugueteaba con la cadena como si fuera un adorno.
Me senté frente a él, dejando espacio entre nosotros, lo justo para que no pudiera alcanzarme si se volvía loco.
Conner se sentó detrás de mí, silencioso, como una sombra firme que sabía cuándo moverse.
-Hola-dije.
Ryven ladeó la cabeza, mirándome de arriba abajo.
Sonrió, lento.
-Vaya... qué educado eres.
Y entonces empecé a pensar.
No sé cuanto tiempo estuve hasta que él volvió a hablar.
-¿Vas a decir algo, cielo?-me preguntó, estirando la palabra con una sonrisa cínica.
-¿Por qué has dejado que te atrapemos?-solté, directo.
-¿Qué te hace pensar eso?
-Pareces alguien listo.
-Gracias, tú también, cariño.
-¿Entonces por qué...
-No sé, dímelo tú-me miró como si supiera algo que yo aún no había descubierto.
Y entonces, disparamos:
-Sabías que Alesha te iba a usar de sacrificio para acusar a los Kent. Que lo iba a entregar a los cazadores.
Silencio.
Solo su sonrisa.
Y luego:
-Pero mira qué ratoncito más listo.
-¿Por qué no...
Levantó la mano todo lo que la cadena le permitió.
Me callé.
No sé por qué.
-Porque estoy enamorado como un imbécil. Lo sospeché... pero entonces empezamos a acostarnos... ya sabes, follar por todos lados, vivir en una nube.
-¿Y no te pareció raro que se presentara tan interesada?
-No. Nos conocemos desde hace cuatro años.
Otra pieza encajó.
Otra maldita ficha sobre la mesa.
-Eso es mucho-admití.
-Me decía que cuando todo esto acabara, seríamos felices, que tendríamos cachorros...
puta zorra.
-¿Sabes dónde está Alesha?
-¿Por qué, me la vas a traer?
-Sí.
-No sé dónde está. Esa cabrona sabe cómo desaparecer.
-¿Te dejaste atrapar por venganza?
-¿Tú no lo harías?
-No. Eso es de tontos.
Y tú no eres tonto.
-Entonces dime por qué estoy aquí-me retó.
Y empecé a ver el puzzle en mi cabeza. Las piezas se acomodaban solas, otras se negaban a encajar. Huecos demasiado pequeños.
Versiones que no cuadraban.
Y entonces,
la puerta se abrió.
Damián.
Mi hermano.
Su voz fue una cuchilla.
-Ella te mandó a morir a los túneles de nuestro territorio.
Todos callamos.
-¿Verdad? Y cuando vio que no eras tan idiota como pensaba, cambió el plan.
Y ahí...
otra pieza.
Una que dolía.
-¿Quién hay por encima de vosotros?-pregunté, casi sin respirar.
Ryven me sonrió.
Con ese veneno tranquilo.
-La última vez que me divertí tanto fue con un alquilado parecido a ti...
-¿Quién?-presioné.
-Oh... creo que se llamaba... joder, cómo era...Bruce Jaime... no no... ¡Ah, ya!
Bruce Wayne.
Me congelé.
Mi corazón golpeó tan fuerte que por un segundo no escuché nada más.
-¿Mi padre?-susurré.
-Se acabó el interrogatorio-
interrumpió Clark desde la puerta.
-¿Por qué ha dicho...
-Fuera, Tim.
-¡Ha dicho el nombre de mi padre!-grité, sin poder contener el temblor de mi voz.
Y Ryven, aún encadenado, con la sangre seca en el cuello y los ojos brillantes de odio y placer, susurró con una sonrisa podrida:
-Los secretos más oscuros no viven bajo tierra, cielo...
viven en las casas donde nunca se hacen preguntas.
La puerta se cerró tras nosotros como un disparo seco. Clark nos empujó fuera con más fuerza de la necesaria, pero ni siquiera lo noté. Mi cabeza latía, no por dolor, sino por la presión.
Por el nombre.
-¡¿Por qué ha dicho eso?!-grité, girándome hacia Clark-¡Ha dicho el nombre de mi padre!
Clark se giró con el rostro tenso, pero no me miró.
-Tim, fuera. Esto se acabó.
-¡No! ¡No se acabó nada! ¡No puedes cerrar esto como si nada! ¡¿Qué coño quiso decir con eso?! ¡¿Qué pasa con mi padre?!
Damián estaba a mi lado, sin mover un solo músculo.
Callado, firme, respirando lento como si eso le permitiera mantenerse en control.
Yo no podía.
Yo me estaba rompiendo.
-¡Damián, di algo! ¡Era tu padre también!
-Lo sé-respondió, sin levantar la voz. Y eso me dolió más que cualquier grito.
-Pero yo no voy a perder el juicio por algo que aún no tiene forma.
-¡¿Cómo puedes estar tan tranquilo?!
-Porque alguien tiene que estarlo-me respondió, y caminó sin mirarme.
Clark suspiró, frotándose el rostro.
-Conner. Llévatelo. Asegúrate de que se quede en la habitación hasta que se le pase.
-¿Perdón?-saltó Conner.
-Lo que has oído. No puede estar cerca de Ryven por ahora.
-Papa-empezó Conner, dudando-él tiene derecho a saber. A estar dentro. A escucharlo. No es solo un interrogador, es...
-Llévatelo-y nos dejó solos.
-¡No me encierres como a un loco!-grité, dándome la vuelta hacia Conner- ¡¡No soy el que oculta cosas, pero el sí lo están siendo!!
Conner se quedó mirándome.
Por un segundo pareció que dudaba. Que quería decirme algo. Explicarme.
Pero solo dijo:
-No sé qué significa todo esto, Tim. Pero si mi padre lo ordena...es porque sabe lo que hace.
-¿Y si está equivocado? ¿Y si todos lo están? ¿Y si TODO esto es una mentira?
Mi voz se quebró al final.
Y esa fue la parte más dolorosa.
Conner bajó la cabeza.
-Lo siento.
Me tomó del brazo con cuidado, sin fuerza, pero con determinación. Y me acompañó hasta la habitación.
Me dejó allí.
Me miró una última vez, y cerró la puerta desde fuera.
Pasaron horas.
Horas en las que caminé en círculos. Horas en las que pensé en todas las cosas que nunca me habían dicho.
El pomo giró.
-¿Vas a encerrarme en otro sitio?-dije, sin mirar.
-No. Solo vengo a darte un mensaje-respondió Mike, asomándose con el ceño fruncido. Ryven se niega a hablar. Pero ha dicho que lo hará... si tú vuelves.
Solo tú.
Me giré, el corazón repicando de nuevo. No sabía si era una trampa, una provocación,
o una verdad que me esperaba sentada en esa celda.
Pero algo sí sabía.
Tenía que volver.
Tim
Cuando abrí la puerta y volví a entrar a la sala, lo sentí distinto.
El aire pesaba más.
El silencio no era solo tensión, era pena, como si alguien hubiera enterrado una verdad aquí dentro y yo fuera el idiota que tenía que desenterrarla.
Ryven ya no jugaba con la cadena.
No me sonrió.
No me dijo cielo.
Ni siquiera me miró directamente.
Solo alzó los ojos un momento, como si necesitara asegurarse de que era yo.
-Has vuelto-murmuró.
Me senté frente a él sin decir nada. Clark y Damián observaban desde la sala contigua. Conner estaba del otro lado de la puerta, por si todo se salía de control.
-Tú pediste esto-dije al fin.
-No es que tenga muchas visitas últimamente-respondió con una voz apagada.
Lo observé.
No había dormido.
Tenía ojeras marcadas y los nudillos heridos, aunque no se había resistido.
Parecía... vacío.
-¿Por qué dijiste el nombre de mi padre?
Levanta la cabeza lentamente, sus ojos se clavan en los míos.
-A veces el pasado vuelve con otro nombre y otro rostro.
-No vengas con enigmas. Sé claro.
-¿Para qué? ¿Para que nadie me crea? ¿Para que Clark corte la transmisión otra vez?
Tragué saliva.
-Entonces háblame a mí. No a Clark. No a Damián. A mí.
Hubo una pausa. Larga.
Entonces él ladeó la cabeza, como si me estuviera evaluando.
-¿Tú alguna vez te enamoraste, Tim?
Me tomó por sorpresa, pero no desvié la mirada.
-Sí.
-Entonces entiendes.
Se echó un poco hacia atrás, lo que la cadena le permitía.
-El amor por alguien es tu peor enemigo. Porque te hace blando, vulnerable. Te baja las defensas donde más duele.
Y a veces, te vuelve cómplice sin darte cuenta.
Mi estómago se encogió.
-¿Alesha?
Asintió, casi imperceptible.
-Ella me eligió. Me abrazó. Me besó. Me dijo que todo acabaría y después seríamos felices. Que tendríamos cachorros. Y yo, como un idiota... lo creí. Pero no era yo al que querían destruir.
Fruncí el ceño.
-¿Qué quieres decir?
-Mi hermana. La única familia que me quedaba. Era ella la que debía morir en los túneles.
No yo.
El tiempo se detuvo un segundo.
-¿La mataron?
-Sí. Yo debía llevarla a través del pasaje...protegerla. Se supone que sería rápido...-Llora. está llorando-
Pero todo estaba planeado.
Los túneles no eran un acceso, eran una jaula.
Ella no salió.
Yo sí.
Me quedé en silencio.
-¿Por qué?
-Porque si ella moría, yo... me volvía lo que necesitaban.
Roto. Frágil. Moldeable. Y funcionó. Solo que al final, la herida fue más profunda de lo que podían controlar.
-¿Por qué me lo cuentas?
-Porque tú todavía puedes hacer algo. Yo ya no.
Lo observé. Su rostro no temblaba, pero sus manos, sí.
-Dime dónde está Alesha.
-No lo sé. Ella no se queda en un lugar mucho tiempo.
Sabe esconderse.
Sabe escapar.
-¿Quién la protege? ¿Quién la dirige?
Me miró... y entonces miró hacia arriba, a la cámara.
-No puedo hablar mientras el traidor esté con vosotros.
Mi cuerpo se tensó.
-¿Quién?
Silencio.
-Ryven. Dímelo.
Y entonces lo dijo.
-San.
Sentí como si me vaciaran el pecho de un golpe.
-¿Estás seguro?
-Lo he visto. Lo escuché hablar. Pasar información.
Él trabaja con alguien... alguien más grande que Alesha.
Me levanté con fuerza.
-¿Por qué no lo dijiste antes?
-Porque cuando uno está rodeado de enemigos,
aprende a esconderse incluso dentro de una jaula.
Cuando salí de la sala, mi cabeza aún giraba como si las palabras de Ryven se hubieran quedado atrapadas entre mis huesos.
El pasillo estaba en silencio, pero apenas di dos pasos, escuché la voz firme de Clark al fondo:
-A San, en otra celda. Ahora.
Sin gritos.
Sin discusión.
Solo esa orden que sonaba a sentencia.
No me giré. No pregunté si era cierto. Ya no quería comprobar verdades. Solo... necesitaba silencio.
Vi a Conner acercarse desde el lado opuesto. Sus pasos eran cautelosos, como si no supiera si acercarse o no. Pero lo hizo igual.
-Tim...-dijo, despacio.
Yo ni siquiera lo miré.
Pasé a su lado. Lo suficiente para sentir el calor de su cuerpo, pero sin girar la cabeza.
-No ahora-murmuré.
Mi voz era un susurro afilado.
Él no insistió.
Solo se quedó quieto, ahí en medio del pasillo,
como si supiera que ya no era el momento de hablar.
Y mientras caminaba por el pasillo, sentía que cada paso me alejaba de la persona que era.
Del chico del bar.
Del hermano tranquilo.
Del hijo sin preguntas.
Ahora era otra cosa.
Y lo peor...es que no sabía en quién podía confiar.
Ni siquiera dentro de mi propio equipo.
No cené esa noche.
No quería ver a nadie.
No quería oír otra explicación.
Ni siquiera de él.
Sobre todo de él.
Entré en la habitación que compartíria con Damián a partir de hoy y me dejé caer en la cama. No hice nada más.
Solo cerré los ojos como si con eso pudiera cerrar también el mundo.
Minutos después, él entró.
Ni una palabra al principio.
Solo la puerta cerrándose.
El sonido del cinto deslizándose, los pasos descalzos.
Se acostó a mi lado.
-Sé que es una pregunta tonta pero...¿Estás bien?-preguntó al fin.
-No lo sé-respondí.
Damián no dijo nada por un rato. Solo me miraba desde su almohada.
-No creía que San fuese un traidor-murmuró entonces- Pero también creía que papá jamás ocultaría cosas como las que Ryven dijo.
-Yo... no puedo con esto, Damián-le dije con la voz quebrada-Cada cosa que averiguamos me asusta más.
-Y sin embargo, sigues aquí.
Lo miré.
-No tengo otra elección.
Él se acercó un poco más.
No demasiado.
Lo justo para que nuestros hombros se rozaran.
-Siempre hay más elecciones.
Asentí.
Me giré hacia él.
Sentí cómo su respiración me envolvía.
Y en medio de tanto dolor,
de tanta traición, de tanta incertidumbre, la única verdad que encontré fue el calor de mi hermano a mi lado.
La mañana siguiente fue tan gris como mi humor.
El café sabía a ceniza.
Los huevos revueltos parecían hechos con rabia.
Y Mike masticaba su tostada como si no existiera un traidor bajo el mismo techo.
Yo me senté frente a él, hundido en mi sudadera, el pelo aún mojado por la ducha.
-¿Dormiste?-preguntó Mike.
Asentí. No era mentira, pero tampoco la verdad.
Dormir no era exactamente lo que había hecho.
Fue más como colapsar sin pensar.
Conner entró al comedor poco después. Llevaba el pelo revuelto, una camiseta negra y esa cara que ponía cuando no sabía si debía hablar o no.
No lo miré.
No una sola vez.
Y cada segundo que pasaba sin dirigirle la palabra me dolía más de lo que admitiría.
Mike notó la tensión, pero no dijo nada. Solo tragó más rápido. Como si quisiera terminar su desayuno antes de que alguien explotara.
Conner no dijo ni "buenos días". Y cuando salió por la puerta, su sombra pareció más larga que de costumbre.
A las diez, bajé al nivel subterráneo.
El aire era más frío allí.
Y olía a metal, a electricidad, a encierro.
Damián me esperaba al lado de la puerta.
Entré.
Él levantó la mirada.
No había sonrisa.
Solo cansancio.
Y resignación.
-Voy a contártelo todo-dijo sin rodeos-Desde el principio.
Porque ya no hay marcha atrás. Y porque me niego a que todo este caos se entienda a medias.
Asentí y me senté frente a él.
-Conocí a tu padre en combate -comenzó Ryven-Yo tenía órdenes. Él tenía razones.
Lo que nunca esperé es que esas razones fueran más fuertes que cualquier estrategia.
-¿Cuándo?
-Hace años. En los días más calientes de los enfrentamientos.
Como ya sabes mosotros queremos empujar a las manadas a volver al modelo primitivo. Cerrado. Violento. Jerárquico.
Sin vínculos con humanos.
Sin Omegas con poder.
Sin "mezclas".
-¿Y él?
-Él lo detenía todo. Tus padres lo detenían todo. Desmantelaban nuestras células una a una.
Tu padre era listo, Tim. Frío, analítico. Siempre sabía por dónde íbamos a atacar.
Era como si viera el tablero entero.
-¿Tú hacías los planes?
-Yo y otros. Pero él los rompía todos. Hasta que empezó a doler.
Me quedé callado.
-No era inmortal. Lo sabíamos.
Pero cuando logramos acabar con él...ya era tarde.
Él y tu madre ya habían ganado. Habían destruido nuestras redes principales.
Nos dejaron sin base, sin liderazgo, sin fuerza. Solo quedaban... los más fanáticos.
Los más desesperados.
-¿Y ahora?
-Ahora están intentando reconstruir. Pero peor.
Más radical. Más... violento.
Quieren crear una única manada. Gigantesca.
Pura.
-¿Pura?
-Lobos puros. Sin influencias humanas. Porque creen que los cazadores se infiltraron gracias a eso. Y por eso, cada alianza con humanos o híbridos debe romperse.
Mi corazón golpeó una vez más, y una pieza encajó.
-Esto es por uno de vuestros líderes...Quiere venganza, ¿verdad? Porque perdió a alguien.
-Cielo, todos nuestros líderes han perdido algo. Familias. Hijos. Madres. Todos.
-¿Todos son alfas?
-Sí. Alfas viejos. Rencorosos.
Esos hijos de puta que juegan a la guerra desde despachos ocultos.
-¿Y tú? ¿Estás haciendo esto... por tu hermana?
Ryven bajó la mirada.
Y por primera vez... lo vi llorar.
-Sí. Por mi hermana.
Ella no quería esto.
Ella siempre dudó.
Ella nunca confió en Alesha.
Ella quería escapar.
Y yo...yo le dije que así viviríamos más libres.
Que era la única forma.
Se le quebró la voz.
-Fui un idiota.
Y ya no puedo deshacer nada.
Guardé silencio.
Dejé que llorara.
Porque esa era su verdad, desnuda y rota.
-¿Vas a darnos las ubicaciones?
-Sí. Y un nombre.
-¿Un nombre?
-Jason Todd. Él os ayudará a acabar con todo esto.
Fruncí el ceño.
-¿Quién es?
Ryven me miró con los ojos enrojecidos. Pero por primera vez, vi algo parecido a esperanza.
-Eso solo lo sabrás cuando lo conozcas. Y créeme...
nunca vas a olvidarlo.
Y con esas palabras,
el mundo cambió otra vez.
El sol estaba alto, pero el aire era espeso. Una dirección.
Eso nos había dado Ryven.
Fuera del pueblo, pero no tan lejos. Lo suficiente para que nadie se cruzara por accidente. Lo suficiente para que quien vivía allí no quisiera ser encontrado.
Fuimos en dos vehículos.
Clark al volante. Damián, Conner, Jon, Thomas... y yo.
Ni uno más. Era un grupo pequeño, pero letal si hacía falta.
Llegamos a lo que parecía un taller de coches antiguo,
con una fachada oxidada y paredes tatuadas de grafitis.
Olor a aceite, a motor... y a desconfianza.
Clark fue el primero en bajarse. Lo seguimos, con pasos firmes pero prudentes.
El lugar no tenía vigilancia, pero todo estaba tan perfectamente en desorden que sospechabas que sí.
Entonces salió él.
Tenía unos veinticinco años,
piel morena, mirada aguda como una llave inglesa oxidada, y una mecha blanca que cruzaba su pelo negro y despeinado. Vestía una camiseta sin mangas ajustada,
pantalones de mezclilla llenos de grasa, y una chaqueta colgando de su cintura,
como si pudiera convertir una reparación de coche en una pelea callejera con solo cambiar la postura.
Nos miró como quien ya ha visto todo y no espera nada.
-¿Queréis algo?-preguntó.
Clark dio un paso al frente.
-Venimos de parte de Ryven.
El tipo alzó las cejas, cruzó los brazos y ladeó la cabeza.
-Entonces os habéis equivocado de sitio.
Largaos. No quiero líos con chuchos.
Sentí a Conner tensarse.
Damián ya tenía el ceño fruncido. Thomas estaba por replicar, pero yo di un paso al frente.
-Queremos acabar con sus líderes-dije-Y Ryven dijo que tú podías ayudarnos.
El tipo me miró de arriba abajo, lento, como si leyera mis cicatrices. Luego soltó una risita entre dientes.
-Todos fuera. Menos tú.
-No-saltó Damián, dando un paso hacia mí.
-Solo voy a negociar con él-
respondió el tipo sin mirarlo.
-¿Crees que nos vamos a fiar de ti?-soltó Thomas.
El tipo se encogió de hombros.
-Entonces, ¿para qué habéis venido?-Se hizo un silencio.
Todos se giraron hacia mí.
-Tim-dijo Conner, sin reproche-
Tú decides.
Lo pensé. Sentí las dagas detrás de mi, ligeras, firmes. Podía defenderme. Y si quería que este tipo hablara, necesitaba demostrar que no era un cachorro asustado.
-Salid-No era una petición. Era una orden.
Los vi irse.
Uno por uno.
Solo quedamos él y yo.
Me hizo un gesto con la cabeza y me guió hacia un almacén trasero, con estanterías llenas de piezas, bidones y oscuridad mal iluminada por una bombilla colgante.
Cerró la puerta tras nosotros con un clic que retumbó como una sentencia.
Yo no me moví.
-¿Nos ayudarás?-pregunté, sin rodeos.
Él se acercó.
Yo no me aparté.
-¿Y qué gano yo a cambio?
-¿Qué quieres?
Me rodeó un poco, lento, y apoyó un brazo en la estantería detrás de mí.
Se inclinó. Mi espalda chocó con el metal, pero no parpadeé.
-¿Qué puedes ofrecer tú?-dijo cerca de mi rostro. Su voz era baja, como un rugido contenido.
Tragué saliva.
Sentía el calor de su cuerpo.
La tensión.
Pero no retrocedí ni un paso.
Si íbamos a hacer alianza,
por lo menos que supiera que yo no me rompía fácil.
-No te conozco -dije, firme, sin bajar la mirada-.
Así que no puedo saber qué quieres.
Jason arqueó una ceja y sonrió, esa sonrisa torcida que no sabía si era amenaza o burla.
-¿Y si simplemente quiero follarte contra esta estantería? -dijo, como quien pregunta si quieres azúcar en el café.
Mi cuerpo se tensó. El corazón me dio un vuelco... pero no de miedo.
De rabia.
-Tengo novio -solté sin dudar.
Él no se movió.
No se disculpó.
Solo mantuvo esa sonrisa torcida.
-No he dicho que fuera una propuesta -murmuró-Solo me preguntabas qué quería. Y a veces, lo que uno quiere no tiene nada que ver con lo que está dispuesto a hacer.
-Hizo una pausa, su mirada bajando un segundo a mis labios, como si buscara alguna grieta-Tranquilo, no soy tan cabrón.
Retrocedió medio paso, dejando que el aire volviera a entrar entre nosotros.
-Ryven te manda porque sabe que soy útil-continuó-Y porque sabe que me gusta trabajar con personas que tienen algo de fuego en los ojos. Tú lo tienes, aunque lo escondas tras esas capas de obediencia y moral.
-¿Entonces ayudarás?
Jason giró un poco el cuello, como si estuviera estirándose.
-Eso depende. Necesito saber qué tan jodida está la situación. Y cuánta mierda estás dispuesto a pisar para limpiarla. Porque si vamos a ir contra esos alfas, vas a tener que ensuciarte más de lo que te gustaría.
-Lo sé.
-¿De verdad?
-Sí.
Jason asintió despacio, como si evaluara cada palabra que decía.
-Bien. Entonces sal y dile a tu gente que tendrán mi ayuda.
Pero cuando empiece esto...
no hay vuelta atrás.
Jason no hizo preguntas tontas. Solo escuchó. Durante casi una hora, le explicamos todo: los líderes radicales, las células encubiertas, las masacres, la manipulación de Ryven, la traición de San,
la red en expansión que parecía engullirnos desde dentro.
Le contamos todo lo que sabíamos... y lo poco que realmente comprendíamos.
Él no interrumpía. Solo asentía a veces, con el ceño fruncido y la mandíbula tensa, como si cada dato fuera una pieza que ya había visto antes y le faltara encajar.
Cuando terminamos, Jason se pasó la mano por la cara y dijo:
-Venid conmigo.
Nos guió por un pasillo trasero del taller. Detrás de una puerta con doble cerrojo metálico,
descendimos unas escaleras angostas y oscuras que nos llevaron a un sótano.
Y lo que vi ahí me dejó sin aire.
Armas.
Muchísimas.
No al estilo improvisado.
No eran pistolas oxidadas ni cuchillos viejos.
Era un arsenal.
Rifles de largo alcance.
Escopetas recortadas.
Pistolas automáticas.
Cuchillas, dagas, garfios.
Explosivos menores.
Munición cuidadosamente organizada. Y entre todo eso, mochilas negras alineadas sobre una mesa metálica.
-Empezad a llenar las mochilas
-ordenó Jason-Balas,
cargadores, equipo médico, protección ligera. Nada que os pese, pero que os salve el culo si os metéis en líos.
Nos miramos por un momento, y luego nos pusimos manos a la obra. Mientras rellenábamos las mochilas, Jason habló sin mirarnos:
-El plan lo explicaré cuando estemos todos. Esto no es una misión pequeña, y no vais a entrar solos. Llamaré a algunos de los míos.
Os van a gustar. O no. Pero son eficaces.
Cuando terminamos, cerramos las mochilas, las llevamos a los coches y las dejamos en los maleteros. Jason subió a su moto sin casco, como si las leyes no aplicaran para él,
y nos dijo que nos vería en el hotel.
Ya en el hotel, mientras esperábamos en el aparcamiento, Jason hizo varias llamadas. No hablaba mucho. Solo daba direcciones.
Una hora después, empezaron a llegar.
Diez personas.
Diez humanos.
Todos con mirada entrenada.
Cicatrices visibles. Posturas rectas. Vestidos de negro o gris, como si el color ya no fuera parte de su mundo.
Jason los presentó con la misma informalidad con la que uno menciona a viejos amigos de guerra:
-Benji
-Rhea
-Marcus
-Lys
-Niko
-Artemis
-Joel
-Vanya
-Caleb
-Dom
Cada uno de ellos asintió con la cabeza al vernos.
Ninguno sonrió.
Y en ese momento lo supe.
Esto ya no era un grupo de manada contra manada.
Esto era una guerra.
Y estábamos dejando de ser víctimas para convertirnos en el muro que nadie más quería ser.
Damián.
Desde que Jason entró en nuestro equipo... todo cambió.
Los entrenamientos dejaron de ser una rutina en el gimnasio del hotel para convertirse en sesiones tácticas al aire libre, en una zona del bosque vigilada, lejos del bullicio, más cruda, más real.
Ya no solo corríamos o ensayábamos golpes cuerpo a cuerpo.
Ahora había armas.
Fuego real.
Sonidos que hacían eco en el pecho como si prepararan al corazón para la guerra.
Los amigos de Jason eran eficientes, meticulosos y absolutamente letales.
Benji nos enseñaba a identificar puntos débiles en estructuras, trampas o puertas; Lys no dudaba en derribar a cualquiera en segundos para demostrar errores de posición;
Niko nos enseñaba a movernos en silencio,
Rhea a rastrear huellas frescas y distinguir entre olores de enemigos y aliados.
Dom apenas hablaba, pero su puntería era perfecta incluso en movimiento.
Tim y yo seguíamos durmiendo juntos.
La habitación compartida se había convertido en un lugar seguro. Donde ninguno tenía que fingir estar bien todo el tiempo. Nos apoyábamos sin hablar demasiado. Solo sabiendo que estábamos ahí,
porque lo demás... el mundo, el pasado, los errores... todo era demasiado.
Ideábamos planes,
trazábamos rutas,
ensayábamos emboscadas con ramas secas bajo los pies y barro en las manos.
Pero ninguno de los planes terminaba de convencernos.
Todos tenían puntos ciegos.
Todos olían a sacrificio.
Yo mantenía la calma.
No porque no tuviera preguntas, sino porque me he enseñado a no ser esclavo de ellas. Las ganas de preguntar a Clark sobre mis padres me ardían en el pecho,
pero aún no era el momento.
Y Tim, por suerte, también lo comprendía. Lo notaba en su forma de respirar antes de responder. En cómo miraba a Clark cuando no se daba cuenta.
Conner y Tim estaban completamente separados.
La distancia entre ellos no era solo física. Era emocional, amarga, como si los hubiera separado algo que no tenía solución inmediata.
No se hablaban.
Y cuando lo hacían, dolía.
Jon y yo...seguimos igual.
No ha cambiado. Me respeta, me sigue el ritmo, me sonríe cuando sabe que estoy al borde. Y yo...yo entiendo que él no tiene la culpa de nada.
Jon no es su padre.
Ni es mi enemigo.
Y así avanzábamos.
Entrenando.
Trazando estrategias que podrían costarnos la vida.
Dormidos con las dagas bajo la almohada.
Despiertos con la mirada fija en el horizonte.
Porque sabíamos que tarde o temprano...ese horizonte iba a sangrar.
Son las seis de la mañana.
El gimnasio está en silencio, salvo por el zumbido tenue del sistema de ventilación y el sonido seco de metal contra metal cuando lanzo una daga.
La hoja gira en el aire y se clava con un chasquido certero en la silueta marcada en el maniquí. Tomo otra. La lanzo. Luego otra. Y otra.
Cada una con más fuerza, más precisión. Como si pudieran despejar la maraña de pensamientos que llevo dentro.
Estoy sudando, pero no paro.
Hasta que siento unos brazos rodearme por detrás.
Firmeza. Calor. Su cuerpo, encajando con el mío.
Alto. Fuerte. Haciendo que me sienta pequeño y delgado en comparación.
-¿Vas a dejar de crecer algún día?-pregunto, sin girarme.
-No. Y espero que tú tampoco.
-Su voz me roza el cuello, baja, grave, adormilada. Y luego, más suave aún-Echo de menos dormir contigo.
Mi cuerpo reacciona antes que mi mente. Se tensa, se inclina hacia atrás, buscando más de ese contacto.
-Yo no
Es una mentira.
Una descarada.
-Tu ritmo cardíaco dice lo contrario.
Sonrío, apenas.
Me da rabia lo fácil que me desnuda sin tocarme. Putos sentidos sobre humanos.
Tira de mí hasta una de las máquinas.
Se sienta, las piernas separadas, y yo quedo de pie entre ellas.
Su mirada sube desde mi pecho hasta mis ojos.
No dice nada, pero lo siento.
Me desea.
Y yo... también.
Yo paso mis brazos por sus hombros, despacio, dejando que mi pecho roce el suyo.
Me inclino para besarlo,
despacio al principio,
como si necesitáramos recuperar el ritmo perdido.
Nuestros labios se funden,
lentamente al principio...y luego, con más hambre,
más de lo que quiero admitir.
Cuando tenemos que separarnos para respirar,
sus manos bajan por mi espalda, y aprietan con descaro mi culo.
-¿De verdad no me echaste de menos?-pregunta contra mi boca.
-Solo a veces. En silencio. Cuando nadie podía verme.
-respondo, con voz más ronca de lo que debería.
Él sonríe, esa sonrisa que me desarma.
-Damián, tú tampoco sabes mentir.
-Tampoco quiero-susurro, y lo vuelvo a besar.
Y al final, acabo sentado en sus piernas, con los brazos alrededor de su cuello, perdiendo mis dedos en sus hebras azabaches. Porque sí, yo también lo he echado de menos. Porque siento mi piel arder, un mordisco en la boca del estómago, un deseo que ha estado agazapado demasiado tiempo.
-Vamos a la habitación-
susurra, desesperado, contra mis labios-No aguanto más.
Y yo solo asiento. Porque cuando se trata de él,
a veces, el cuerpo decide por mí.
Tim
Me desperté a las siete y media con la luz filtrándose tenue por la cortina.
Me dolía el cuerpo. No como cuando te pegas una paliza entrenando...sino como cuando el corazón lleva días arrastrando más peso del que puede.
No llevaba ni un minuto sentado en la cama,
con los pies descalzos tocando el suelo frío,
cuando escuché los nudillos golpear mi puerta.
Dos toques suaves.
Cautos.
-¿Tim? Soy yo... tenemos que hablar.
Conner.
Dudé. Mi pecho se tensó como si algo intentara salir, pero no supiera por dónde.
Caminé hasta la puerta.
La abrí sin decir nada.
Él estaba ahí, con esa cara de haber dormido menos que yo.
Le hice un gesto con la cabeza.
-Entra.
Se sentó en el borde de mi cama. Yo, con las piernas cruzadas, lo observaba desde el centro del colchón.
Había tanto entre nosotros que no sabía ni por dónde empezar.
Él fue el primero.
-¿Me odias?
La pregunta me atravesó más de lo que esperaba.
-No...-suspiré-Es solo que... me dolió. Que me encerraras en la habitación como si no importara lo que sentía.
Conner bajó la cabeza.
Sus manos se apretaban una contra la otra, nerviosas.
-Es mi padre, Tim. Es el alfa de la manada...Y juro que intento entenderlo...Intento equilibrar lo que me pide con lo que siento por ti, pero... es complicado.
-¿No pensaste en cómo me sentiría?-mi voz fue más suave de lo que pensaba,
pero cargada de decepción.
-Lo hice...Pero pensé que también era lo mejor para ti.
Estabas... histérico.
Yo... no sabía cómo manejarte.
Y pensé que si te calmabas, verías las cosas más claras.
-Tu padre oculta cosas, Conner. Y tú lo sabes.
Silencio. Un silencio que dolía.
Que se metía bajo las costillas. Él levanta la mirada.
Sus ojos estaban húmedos, pero se mantenía firme.
-Te amo. Y estas dos semanas en las que me has evitado...
Han sido horribles.
Todo me sabía a nada.
Todo me dolía.
Lo miré. Y en lugar de pelear, de gritar, de soltarle lo que aún me arañaba por dentro...
simplemente me dejé caer hacia atrás en la cama.
Estaba cansado.
No quería luchar con él.
Todo lo contrario.
-Ven aquí-dije, con voz baja.
Conner no lo dudó.
Se tumbó a mi lado, y yo lo abracé. Fuerte. Como si eso pudiera arreglar todo de golpe.
No lo haría. Pero al menos, era un principio.
Damián
C
uando llegamos a la habitación, sentí que el mundo se comprimía. Las luces apagadas, la puerta cerrándose tras nosotros,
y el silencio cargado de lo que llevábamos semanas conteniéndonos.
El mordisco en la boca del estómago seguía ahí.
No era hambre, no era ansiedad. Era algo más visceral, más profundo.
Como si una parte de mí supiera exactamente lo que estaba a punto de pasar...
y lo estuviera deseando con un ansia que dolía.
Jon me miró. Sus ojos brillaban con un leve destello rojizo, que parpadeaba como un faro entre la contención y el instinto. Sus pupilas se contraían, y ese leve cambio lo hacía parecer menos chico, menos humano...
más lobo.
Más mío.
No dijimos nada.
No hacía falta.
Caímos sobre la cama.
Yo primero.
Él encima.
Su cuerpo cálido, pesado, cubriéndome.
Sentí su respiración agitada cerca de mi cuello.
Su nariz rozando mi piel.
Mis piernas, como por instinto, se enroscaron alrededor de su cintura, y él gimió, bajo, tembloroso, como si ese simple gesto lo hubiese vencido por completo.
-Damián...-susurró, con los labios apenas tocando mi oído.
Y entonces...ese roce.
Por encima de la ropa.
Entre los pantalones que ya nos apretaban demasiado,
y los cuerpos que ya no querían más barreras.
Un roce delicioso.
Demasiado.
Como si quemara desde dentro, como si nos comiera la piel, el aliento, la cordura.
Lo sentía contra mí, firme, desesperado. Y yo, con la boca entreabierta, solo pude dejar salir un jadeo sordo.
Porque no podía hablar.
Porque hablar sería mentir.
Y lo único cierto ahora era esto:
Éramos deseo contenido.
Fuego mordiéndose los labios.
Dos cuerpos buscando perderse para no estallar.
Las manos de Jon recorrieron mi espalda como si intentaran memorizarla. Mis dedos se enredaban en su camiseta, tiraban de ella, sin palabras, solo con la urgencia de alguien que no quería pensar más.
Nos desvestimos sin prisa, pero tampoco con calma.
Era un equilibrio extraño entre el deseo contenido y el respeto mutuo. Su mirada me seguía, como si en cada centímetro de piel expuesta encontrara algo sagrado.
Cuando ambos estábamos desnudos, no hubo vergüenza.
Solo respiraciones entrecortadas, miradas cargadas de significado,
y esa forma en la que el aire parecía espesar el mundo alrededor.
Jon descendió, bajando besos por mi torso. Cada uno era lento, deliberado, como si intentara decirme algo sin palabras. Y yo me arqueé con un suspiro, sintiendo que todo mi cuerpo era un latido.
Me sujetó con suavidad, una mano en cada muslo,
evitando que me cerrara, que me escondiera, que huyera del placer o del miedo.
-Estoy aquí-susurró contra mi piel-No tienes que hacer nada. Solo... sentir.
Y así lo hice.
El mundo desapareció.
Quedó su calor, su respiración, su entrega. Y yo, temblando sin frío, con el corazón abierto y los labios apretados,
dejándome querer como nunca antes.
Porque a veces el amor no necesita palabras.
Solo espacio para que el alma respire.
Mis dedos rozaron su mejilla, guiándolo con una caricia.
Su mirada se levantó hacia mí, temblando entre deseo y ternura, y fue entonces cuando murmuré, apenas un susurro:
-En la mesita... hay lubricante.
Jon se detuvo.
Sus pupilas se dilataron un poco más, como si mis palabras lo hubieran traído de regreso a tierra firme.
Asintió en silencio, y me dio un último beso en la parte baja del vientre antes de moverse, sin soltarse de mí.
Nos acomodamos mejor.
La cama crujió bajo nuestros cuerpos mientras las sábanas nos envolvían como una promesa. Él abrió el cajón, sacó el pequeño tubo, y me miró de nuevo, buscando esa última confirmación.
Yo asentí.
Despacio.
Sincero.
Abrió el bote, y el suave clic del tapón fue como el punto de partida de algo sagrado.
Sus manos se deslizaron con cuidado, con atención,
como si el respeto fuera parte de cada movimiento.
Lo sentí prepararse.
Lo sentí preparar nosotros.
Y luego, cuando estuvo listo,
cuando yo también lo estuve,
me sostuvo firme pero sin forzar, y lentamente, con una paciencia que casi dolía,
lo sentí entrar.
Mi respiración se cortó.
Mi espalda se arqueó apenas, mis dedos se aferraron a las sábanas. No había dolor, solo una presión nueva, un calor que se expandía y me llenaba por dentro, como si en ese momento...él estuviera encajando en un espacio que ya le pertenecía.
Su frente se apoyó contra la mía. Y entre jadeos suaves,
sentí que no estábamos solos en ese cuarto.
Éramos dos, sí.
Pero también éramos todo lo que habíamos sido para llegar hasta aquí.
Se movió dentro de mí con una mezcla perfecta de cuidado y necesidad.
Era dulce, pero no débil.
Firme, pero no invasivo.
Cada empuje era como una ola que me atravesaba desde el centro, dejando tras de sí una corriente cálida que me estremecía por completo.
Jon me sujetaba con fuerza por las caderas, pero sus labios rozaban mi cuello con una delicadeza que me desarmaba.
Era como si su cuerpo gritara, pero su boca susurrara.
Me sentía dividido entre dos realidades:
una donde nuestros cuerpos se buscaban con urgencia, casi salvajes, y otra donde el ritmo se volvía lento, pausado, como si no quisiéramos que se terminara nunca.
Yo arqueaba la espalda, lo recibía entero, y en algunos momentos, su control se quebraba. Soltaba un gemido ronco, me apretaba más fuerte, y el lobo dentro de él parecía arañar la superficie.
-Damián...-jadeaba contra mi oído-No sabes lo que me haces sentir...
Yo no hablaba.
No podía.
Solo cerraba los ojos y sentía.
El peso de su cuerpo.
El calor de su pecho contra mi espalda. El temblor en mis piernas cuando él rozaba justo donde me hacía temblar.
Entre susurros, gemidos contenidos y caricias temblorosas, nos perdimos el uno en el otro. Entre embestidas que me hacían apretar los dientes, y pausas donde nuestros labios se encontraban en un beso lento y húmedo, como si el tiempo se estirara solo para nosotros.
Y cuando el ritmo se volvió más desordenado, más intenso, cuando sus manos se aferraron a mí como si necesitara anclarse para no caer, yo lo abracé con todo mi cuerpo.
Porque sí, era deseo.
Pero también era amor.
Instinto, pero también fe.
Un equilibrio frágil, perfecto...
entre lo salvaje y lo dulce.
Y entonces lo volví a sentir.
Esa presión diferente, más profunda, más total.
Jon se hundió dentro de mí todo lo posible, con un gemido que me erizó la piel.
Y en ese instante, lo supe.
El nudo.
Mi cuerpo lo reconoció antes que mi mente.
Ese punto donde ya no había marcha atrás, donde estábamos conectados en más de un sentido.
Jon tembló contra mí, jadeando mi nombre como si fuera una plegaria.
Su frente apoyada en mi cuello, sus brazos apretándome con fuerza,
como si le doliera de tan real,
como si el alma se le saliera del pecho por el peso de lo que sentía.
-Lo siento...-susurró, entre agitado y vulnerable-
No quería... no quería hacerlo sin que tú...
-Shh...-le corté, acariciándole el cabello con una mano temblorosa-Está bien.
Lo sabía.
Porque lo sentía.
No solo el nudo.
Sino su amor.
Su entrega.
Su necesidad de no irse nunca más.
Y aunque mi cuerpo ardía,
aunque el latido en mi pecho golpeaba como un tambor de guerra, mi alma estaba tranquila.
Atado a él.
En cuerpo y en instinto.
Pero también... en todo lo demás.
Y si pensaba que Jon se iba a saciar con una sola vez...lo llevaba claro. No habían pasado ni cinco minutos desde que nuestros cuerpos bajaron el ritmo, cuando lo sentí moverse otra vez debajo de mí. Todavía estábamos atados. Todavía temblaba por dentro. Y él... él tenía esa sonrisa torcida de lobo hambriento.
-¿Otra vez?-murmuré, alzando una ceja-¿No se supone que la primera vez uno queda... tranquilo?
Jon soltó una risita ronca.
-¿Tú crees que con una sola vez puedo sacarme todo lo que siento por ti? Voy a necesitar...-hizo una pausa dramática mientras me apretaba más contra él-varias.
-Genial. Mi plan para esta mañana era desayunar y sobrevivir al entrenamiento.
No morir montado sobre ti.
-Eh, si mueres, será feliz.
-No es gracioso, Jon.
-¿Un poquito?-sonrió, y antes de que pudiera protestar, ya me estaba levantando con sus manos sujetándome por las caderas.
Y así empezó la segunda ronda.
Yo encima, jadeando con cada movimiento, aferrándome a sus hombros, sintiendo su fuerza sostenerme mientras me dejaba llevar. Él me miraba como si fuera lo único importante en el mundo,
como si su vida empezara y terminara entre mis caderas.
-Joder...-susurró, la voz rasgada-Eres un milagro.
Y entonces, volvió a hacerlo.
El nudo.
Otra vez.
Más intenso.
Más profundo.
Como si quisiera quedarse conmigo en todos los sentidos posibles.
Me dejé caer contra su pecho, sin fuerzas para fingir que no me gustaba, sintiendo mi cuerpo temblar y mi alma ceder, entre la risa que todavía nos quedaba...y el amor que nos ardía en la piel.
-¿Puedo hacer una pregunta? -dije sin levantarme del todo, con la cara medio enterrada en su cuello.
-Mmm…-ronroneó él, medio dormido, medio satisfecho-
Solo si no es matemática.
-¿Por qué me anudas si no me puedo quedar embarazado?
Jon soltó una carcajada tan fuerte que se me sacudió el pecho contra el suyo.
-¡Es instintivo! ¡No tengo un interruptor de anudar o no anudar!
-Pues deberías-resoplé-Porque llevo media hora atrapado en esta maldita unión carnal..
-Damián…-dijo, todavía riéndose-¿Tú sabes la cantidad de alfas que matarían por estar anudados contigo?
-¿Y sabes la cantidad de omegas que me odiarían por ser un varón inútil que ni siquiera puede gestar?
-No eres inútil. Eres… eficiente.
-Se mordió el labio-Además, no es culpa mía que tu culo sea el responsable de mis decisiones biológicas.
-Eres un animal.
-Y tú eres la criatura más hermosa que ha pisado esta tierra. Así que empate.
-Te voy a dejar. Cada vez eres más insoportable-murmuré contra su clavícula, rodando los ojos.
Jon soltó una risa baja, profunda.
-Adelante…Levántate y vete.
Y movió la cadera.
Solo un poco.
Solo lo justo para hacerme sisear por reflejo y morderme el labio con fuerza.
-¡Jon!-le solté entre dientes.
-¿Qué pasa? ¿Querías drama y no consecuencias?-respondió, alzando una ceja con toda la actitud de un lobo orgulloso y sin vergüenza.
-Eres... un imbécil.
-Y tú estás atrapado en mi nudo, amor. ¿Quién es el verdadero perdedor aquí?
-Tú.
-¿Quieres que deje de moverme… o que siga?-
susurró, pegando su frente a la mía-Prometo portarme mal si eso te ayuda a tomar la decisión.
-Eres un enfermo.
-Y tú estás enamorado del enfermo. Así que... eso te hace peor.
No pude evitar reír, aunque todavía siseaba por ese pequeño movimiento traicionero.
Me rendí.
Hundí la cara en su cuello.
Y murmuré, resignado:
-Dios… ayúdame. Estoy condenado.
Y él, encantado, respondió:
-Al menos por los próximos veinte minutos.
Tim
Bajé las escaleras hacia la celda de Ryven. El suelo de piedra crujía bajo mis pasos, y el aire se volvía más frío con cada escalón. Ese frío que no es solo temperatura, sino algo que se instala en el pecho.
Lo vi tras los barrotes, sentado en el banco de cemento,
los codos sobre las rodillas, la mirada baja. Pero al escuchar mis pasos, levantó la vista.
Y sonrió.
-Vaya…-dijo con voz áspera-
Mira quién viene a visitarme.
Creí que desde que Jason se unió al grupo, ya no te interesaba lo que dijera un traidor como yo.
No le respondí.
Solo lo miré.
Con esa expresión que ni es odio ni compasión.
Solo distancia.
Y algo más turbio que no me gusta admitir.
La verdad es que no me importaba si Ryven estaba en esa celda, si tenía hambre, frío o remordimientos. Porque fue uno de los principales culpables. De su muerte.
Y de tantas otras.
Podía dar mil excusas.
Hablar de manipulación, de redes secretas, de traiciones desde dentro.
Pero él apretó las cuerdas.
Él apretó el gatillo.
-¿Y bien? ¿Vienes a seguir atando cabos? ¿A mirar al lobo herido?-preguntó con esa sonrisa ladeada, como si aún pudiera tener poder.
Yo seguía en silencio.
Y aunque su hermana sí me daba pena—porque ella no quería estar en ese mundo, porque ella merecía otra vida—
una parte de mí, oscura, pequeña, casi infantil…
se alegraba de que él sufriera ese dolor.
Porque yo también sufrí.
Porque yo también perdí.
A mis padres.
A mi mundo.
Y nadie me dio una explicación real a tiempo.
-¿Sabes lo peor?-murmuré, sin mirarlo directamente-Que no importa cuántas veces te encierren, cuántas cosas confieses…nunca va a devolver a nadie.
Ni a ella.
Ni a ellos.
Ni a mí.
Su sonrisa se desdibujó.
Por primera vez, pareció más cansado que desafiante.
Y yo solo pensé…que hay heridas que no sanan,
pero al menos, se aprenden a llevar. Como cicatrices que nos recuerdan quiénes no volveremos a ser.
Lo observé durante unos segundos más. El silencio pesaba. Podía escuchar el zumbido de las luces del pasillo, el leve goteo de una tubería mal cerrada, y el eco de mi propia respiración.
No quería preguntarlo.
No quería regalarle poder, ni poner su nombre cerca del de mi padre.
Pero el nudo en la garganta lo empujó a salir.
-Háblame de mi padre.
Ryven alzó las cejas.
Hubo un brillo distinto en sus ojos.
No burla, no ironía.
Algo parecido a respeto.
O resignación.
-¿Qué quieres saber?
¿Si era bueno?
¿Si fue mejor que tú?
¿Si se arrepintió?
-Quiero saber si fue verdad lo que dijiste.
Ryven se estiró sobre el banco, estirando las piernas, como si necesitara tomarse su tiempo.
-No sólo sabía cosas, Tim.
Él jugaba en un tablero que tú todavía estás empezando a ver. Era brillante.
Aterradoramente brillante.
Por eso… por eso tuvimos que hacer todo con tanto cuidado.
Porque si Bruce Wayne estaba en el juego, nada era simple.
Me crucé de brazos, tensando la mandíbula.
Esperando la mentira.
Esperando el truco.
Pero entonces Ryven me miró directo a los ojos.
Y su voz se volvió grave.
Cansada. Real.
-En el último interrogatorio que le hicimos…Antes de que se escapara, antes de que lo perdieran de vista,
él dijo algo. Se me quedó grabado.
-¿Qué dijo?
Ryven bajó la mirada.
Y al alzarla, ya no era el mismo hombre desafiante de antes.
-Dijo: “Mi hijo acabará aquí.
No porque sea como yo…
sino porque tendrá que arreglar todo lo que yo no terminé.”
Se me heló la espalda.
El aire se volvió denso, como si lo hubiera tragado todo de golpe. Mi corazón dio un salto que dolió.
-¿Estás…estás diciendo que mi padre sabía que esto iba a pasar?
Ryven asintió, lento.
-Él no planeaba salvar este mundo de uñas y colmillos. Planeaba dejar las herramientas para que tú lo hicieras. Y quizás…para que también decidieras si valía la pena seguir luchando por todo esto o dejar que nos matasemos.
Me quedé quieto.
Demasiado.
Porque eso era peor que cualquier otra confesión.
Saber que siempre fui parte del plan de alguien más…
incluso de él.
Me quedé de pie, pero fue como si el suelo bajo mis pies hubiera cambiado de textura.
Ya no estaba en un pasillo con luces parpadeantes ni frente a una celda oxidada.
Estaba en otra parte de mí.
Donde las palabras se quedaban incrustadas como astillas.
-Espera-Mi voz salió más baja, cargada de un temblor que no intenté ocultar-Tú dijiste que mi padre acabó con vosotros.
Que destruyó vuestros pilares, que los dejó al borde.
Ryven asintió. Lento. Sin orgullo.
-Sí. Lo hizo. Uno por uno. Como un cirujano. Sin que nos diéramos cuenta hasta que ya era tarde.
-Pero él sabía…-tragué saliva-
Sabía que no era desde la raíz.
Que volveríais. Que no había cortado todo.
Ryven me sostuvo la mirada.
-Sí…Y también sabía que esa misma noche moriría.
Sabía que lo cazaríamos.
Que íbamos a por él.
El eco de esas palabras rebotó en mis huesos.
-¿Y tú… cómo lo sabes?-
pregunté, casi en un susurro.
Ryven respiró hondo, como si llevara años esperando soltarlo.
-Porque luché años contra sus planes. Años tratando de entender cómo cada vez que creíamos ganar…ya nos había vencido.
Se apoyó hacia delante, más cerca de los barrotes, la sombra de su rostro marcada por la tenue luz.
-Y ahora que te tengo delante, Tim…Ahora que te escucho, que veo cómo piensas, cómo miras…Entiendo tantas cosas.
Entiendo por qué a veces fallábamos sin explicación.
Por qué ciertos grupos nunca eran localizados. Por qué algunos de nuestros aliados se retiraban sin motivo aparente. Él no planeaba ganar. Planeaba sembrarte.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Porque sí, había tenido pesadillas con la muerte de mis padres y un oso. Con la sangre, con la oscuridad, con todo lo que me arrebataron.
Pero ahora…sabía que él se dejó arrebatar. Porque ya había jugado su última carta.
Y esa carta… éramos Damián y yo.
Ryven se quedó en silencio un instante, como si las palabras que estaba por pronunciar tuvieran el peso de una década clavado en la garganta.
-Tu madre…Nunca quiso que ustedes crecieran en este mundo. Lo descubrimos en las primeras semanas.
Después de atraparlos.
Después de tenerlos a los dos, a tus padres, encerrados.
-¿Encerrados?-murmuré, helado.
-Sí…en una celda como esta.
Los escuchábamos discutir todas las noches. Sobre ti.
Sobre tú hermano. Sobre todo lo que vendría después. Tu madre gritaba. Desesperada.
Le decía que te estaba arrastrando con él. Que no eras una pieza en su tablero.
Le dijo: “Bruce, no me importa cuántas veces les ganes, ni cuán listo seas. No puedes cambiar lo que son nuestros hijos. ¡No puedes convertirlos en armas porque tú no supiste dejar ir esta guerra!”
Mi pecho dolió. Como si las palabras todavía rebotaran en las paredes de esa celda donde los tuvieron.
-¿Y mi padre?-pregunté con un hilo de voz.
Ryven alzó la vista.
Y entonces lo dijo, como si aún lo escuchara con claridad:
-Tu padre dijo: “No los estoy convirtiendo en armas…
Les estoy dejando un mapa.
Y una antorcha. Porque cuando el fuego llegue, nadie más sabrá por dónde correr.”
Me quedé en silencio.
El aire me pesaba en los pulmones.
-Ella lloró-añadió Ryven, bajando la voz-Y él… nunca se levantó de la esquina donde estaba sentado. Pero su decisión ya estaba tomada.
Tú y tú hermano ibais a continuar lo que él empezó. Aunque os costara todo. Aunque nunca se lo perdonaras.
Y sí.
Tal vez no se lo perdonaría.
Tal vez nunca.
Pero ahí estaba.
En pie, frente a la jaula.
Con las cenizas de mi padre…
y la antorcha encendida en mis manos.
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