16
Tim
Dos días después...la nieve empezó a caer.
Y entrenar con frío, como descubrí demasiado rápido,
es una condena. Cada bocanada de aire me dolía en la garganta, las manos se me entumecían aunque llevara guantes, y mis piernas parecían pesar el doble con cada paso sobre la nieve fresca.
Nunca pensé que algo tan simple como correr me costaría tanto.Pero ahí estaba.
Intentando seguir el ritmo.
Y casi odiando a todos los que me convencieron de esto.
Excepto tal vez a ese enorme lobo negro que no se separaba de mí. Su pelaje grueso estaba cubierto de copos, y aun así, cada vez que me detenía a jadear, él se acercaba y me empujaba el costado con su cuerpo caliente, como diciendo: "Vamos, sigue, no te mueras ahora."
A veces tropezaba y él se ponía delante para evitar que cayera de golpe. A veces simplemente se pegaba a mi lado, caminando junto a mí como si su calor fuera más efectivo que cualquier abrigo.
Y lo era.
-¡Tim! ¡Corre! ¡Vamos, estás arrastrando el ritmo!-gritó Vanya desde delante, sin misericordia.
Resoplé con frustración.
-¡Lo intento!
Pero antes de que pudiera dar tres pasos más, el lobo negro se interpuso entre nosotros.
Gruñó.
No fue un gruñido agresivo, pero sí claro, protector, posesivo. Y Vanya se detuvo en seco con una ceja arqueada.
-¿En serio, Conner? ¿Ahora vas a hacer de sombra personal?
El lobo bufó.
Sí, bufó.
Giró apenas la cabeza y me miró de reojo, como diciendo: "Te dije que esto era una mala idea."
-Está bien-dije entre respiros entrecortados, con las piernas temblando-Solo... dame dos minutos. O cinco. O una semana.
Conner se acercó, me empujó el pecho con la cabeza y se dejó caer en la nieve a mi lado, como si él también necesitara descanso. O solo una excusa para hacerme compañía.
Y ahí estábamos, yo temblando, él cubierto de copos, la nieve cayendo alrededor como si todo fuera una postal...excepto por mis pulmones que gritaban socorro.
Nunca pensé que el entrenamiento sería tan brutal.
Ni que un lobo tan grande pudiera hacerme sentir tan seguro, tan querido...tan en casa.
Damián
El claro estaba cubierto de una quietud casi mágica. La nieve no había llegado a cubrir esa parte de la hierba, como si el sol hubiera decidido protegerla, como si ese rincón existiera solo para nosotros.
Jon dormía profundamente en su forma de lobo, su pelaje espeso, castaño claro con reflejos dorados, se movía al ritmo lento de su respiración.
Yo estaba tumbado sobre su estómago, usando su calor como almohada.
Tenía una libreta entre las manos, las hojas algo dobladas por el uso, y el lápiz temblaba levemente cada vez que él exhalaba más fuerte.
Yo no iba a correr con nieve.
No.
No después de haber visto cómo volvió Tim hace un rato, con los muslos temblando y la cara más roja que un tomate maduro.
Ni loco.
Así que mientras el resto entrenaba o chillaba por el frío, yo trazaba planes.
Pensando.
Escribiendo.
Proyectando.
Jon gruñó en sueños.
Un sonido bajo, largo, como si estuviera soñando que perseguía a alguien o... que alguien le quitaba mi atención.
Sí, eso ha salido de su boca cuando le pregunto porque gruñe.
Le acaricié el costado distraídamente y lo miré.
Su lobo seguía creciendo.
Cada vez más grande.
Cada vez más parecido a su padre. Pronto iba a tener el tamaño de un maldito caballo.
Y aún así, seguía siendo el idiota que se tumbaba para que yo durmiera encima suyo como si nada.
Un movimiento llamó mi atención. Entre los árboles cercanos, Nate y Lena jugaban. Ambos en su forma de lobo. Se gruñían, se perseguían, se daban mordisquitos juguetones.
Hacía un rato estaban dormidos aquí cerca, a nuestro lado, pero Lena había empezado a empujar a Nate con el hocico, a molestarle las patas, y él, fastidiado, había comenzado una persecución ridícula que ahora los tenía dando vueltas como si fueran cachorros. Parecían felices.
Volví la vista a mi cuaderno.
Había trazado ya varios planes. El primer objetivo, según Ryven, estaba claro: una base secundaria. Pequeña, pero clave. Ubicada en las montañas de Mont Galián, al este del río Boreal.
A tres horas en coche si el clima se mantenía estable.
Una antigua estación de vigilancia reconvertida en puesto de operaciones.
Según la información que Ryven proporcionó-y que Jason había cruzado con los suyos-la base servía de punto de enlace para comunicaciones internas y transporte de suministros entre dos regiones más grandes.
Esquema de ataque 1:
Equipo Águila: Clark, Conner, Sol y Lena.
Se desplegarán desde el flanco sur. Ataque silencioso.
Inhibición de comunicaciones.
Equipo Sombra: Jason, Mike, Nate y Ray.
Flanco oeste. Falsa distracción, entrada ruidosa.
Forzar al enemigo a moverse.
Equipo Eco: Tim, Jon, Pamed y yo. Flanco norte, acceso por el nivel inferior. Infiltración directa para localizar el núcleo.
Desactivar el sistema interno y extraer cualquier posible rehén.
Plan de retirada: Dos furgonetas ocultas en puntos de escape, coordinadas por Lois desde el punto de control remoto, con San vigilando desde el dron central.
He anotado todo.
Desde rutas de escape, señales lumínicas, turnos de guardia estimados y posiciones de las cámaras.
También tengo un plan B y un plan C. Y si por algún milagro Jon no sigue creciendo y decide quedarse al tamaño de un coche pequeño...quizá no aplaste a nadie cuando entre.
Resoplé por lo bajo y seguí escribiendo. Y aunque no lo dijéramos en voz alta, todos lo sentíamos ya bajo la piel.
El agua caliente caía sobre mí, deslizándose por mi cuello, por mi espalda tensa, por los músculos doloridos que no dejaban de gritarme todo lo que había pasado en los últimos días. Entrenamiento, decisiones, sangre seca bajo las uñas. Y ahora, por fin, un momento de tregua.
Me apoyé contra la pared de la ducha, cerré los ojos y dejé que el vapor llenara el baño como si pudiera borrar el cansancio con cada gota.
Pero entonces llegó.
Ese pensamiento.
Silencioso.
Implacable.
¿Voy a acabar como él?
Como Bruce.
Mi padre.
Con su voz firme.
Con sus planes que no le dejaban espacio a la vida.
Con sus secretos que mataban más que las balas.
-No-murmuré para mí, con el agua corriendo por mis labios.
No puedo.
No quiero.
Porque sé lo que se siente vivir con una herencia sobre los hombros.
Porque sé lo que se pierde cuando te conviertes solo en función.
¿Y si no soy yo?
¿Y si es Damián?
Me dolió solo imaginarlo.
Mi hermano, mi espejo en lo imposible, mi ancla cuando todo lo demás falla.
¿Y si le toca a él?
No lo permitiré.
No lo permitiré.
Me aferré a esa idea mientras el agua seguía cayendo.
Como si el mundo me estuviera limpiando solo para ensuciarme otra vez mañana.
No quiero que ninguno de los dos sea la sombra de nuestro padre.
Quiero que podamos elegir.
Quiero que vivamos.
Y si alguien tiene que arder...
Que sea yo.
Pero no él.
Damián
Camino sin rumbo claro, pero con la sensación de que mis pies me llevan justo donde necesito estar. La nieve cruje bajo mis botas, el cielo está cubierto, aunque no parece que vaya a nevar más por ahora.
Jon va conmigo, en su forma de lobo. Gigante, imponente,
y aún así...dulce.
Se mueve a mi alrededor como un satélite, dando vueltas suaves, sin alejarse nunca más de unos pocos metros.
No me pierde de vista ni un segundo.
Y para ser sincero, eso me parece jodidamente adorable.
Suspiro y paro unos segundos.
Mis manos están metidas en los bolsillos de la chaqueta,
y aunque el frío me muerde la nariz, mi mente no deja de funcionar.
Si la nieve sigue así...no quiero pensar en una batalla.
No quiero pensar en movimientos torpes, en huellas marcadas, en armas resbalando.
Sigo subiendo, una cuesta blanca que seguramente me costaría la mitad de esfuerzo si fuera de tierra.
Pero es lo que hay.
Me apoyo en Jon.
Literalmente. Pongo una mano sobre su costado y uso su fuerza como impulso.
Él ni se inmuta.
Solo ladea las orejas y sigue a mi ritmo.
Al llegar arriba, se me adelanta un poco y luego se gira.
Me mira. Con esa expresión que es puro Jon. Esa mezcla entre: "¿Dónde vamos?"
y "¿Me vas a decir algo o lo adivino?"
-Solo quiero despejar la mente -le digo, encogiéndome de hombros-Ver si se me ocurren más ideas.
Me siento en una roca medio cubierta por la nieve y él se tumba cerca, sus patas estiradas, la cabeza sobre ellas. El viento sopla suave.
La vista es buena.
Desde aquí, el bosque se extiende como un tapiz blanco con pinceladas verdes.
Y yo...pienso.
Porque uno piensa mejor cuando conoce el terreno.
Cuando sabe qué obstáculos tiene por delante.
Cuando sabe que la nieve no se va pronto...y que los enemigos tampoco.
Me levanto, estirándome un poco, y le doy una palmada suave en el costado a Jon.
-Vamos a bajar hasta el río.
Él se incorpora de inmediato, sacudiéndose la nieve de encima, y yo comienzo a descender con cuidado, apoyándome en los troncos húmedos y resbaladizos.
Mis botas hacen presión contra la nieve endurecida,
el aire está más frío ahí abajo,
y yo solo quiero moverme lo suficiente para volver a pensar con claridad.
Entonces lo escucho.
El crujido de huesos.
El inconfundible sonido de una transformación.
Me giro de inmediato.
Y ahí está.
Desnudo.
Una punzada me atraviesa el pecho.
El estómago.
El alma.
Desvío la mirada tan rápido que creo que casi me tuerzo el cuello. Pero ya es tarde.
Mi corazón ha pegado un salto tan claro que seguro lo ha escuchado.
-¿Qué está pensando tu mente?-pregunta con esa voz suya, tan cargada de risa contenida, tan jodidamente Jon.
Yo intento fingir calma,
aunque probablemente me delate hasta el color de las orejas.
-Nada. Solo se está... formando una idea.
Él ríe bajo. Y antes de que pueda dar un paso más, me envuelve. Sus brazos rodean mi cintura con esa facilidad tan suya, como si yo le perteneciera. Como si ya lo supiera desde siempre.
Y su cuerpo está cálido.
Muy cálido.
Mientras el mío todavía guarda rastros del viento helado.
Su nariz roza la mía.
Calentita.
Y la mia fría.
Y él suspira como si esa cercanía fuera necesaria,
como si calentarme fuera una misión. O una excusa.
-¿Esto es parte del plan también?-pregunto.
-Depende...-dice, en voz baja-
¿Te está funcionando?
Y sí.
Maldita sea, sí.
Pero no se lo digo.
Solo me quedo quieto.
Sintiéndolo.
Dejando que mi idea, la que se estaba formando...crezca un poco más.
Tim
Salgo de la ducha envuelto en vapor, con el cuerpo más relajado y la mente un poco menos saturada.
La habitación está vacía.
Conner no ha vuelto.
Desde que terminó de correr entre la nieve, se largó a patrullar. O a hacer lo que sea que hacen los alfas cuando necesitan moverse más que pensar.
Me seco rápido y rebusco en la ropa. Sin pensarlo mucho, le robo una sudadera. Una gris, un poco grande, que huele a él.
Y no voy a mentir: me gusta cómo me queda.
Me hace sentir menos...desordenado por dentro.
Estoy atándome los cordones cuando tocan la puerta.
-Está abierta-digo, y justo entra Mike.
Con cara de guerra y un bufido que parece venir desde el fondo del alma.
-Odio a Benji.
-Buenas a ti también-respondo, arqueando una ceja.
Mike no responde. Tira su chaqueta sobre mi cama y se deja caer en la silla como si fuera suya.
-Es que no lo aguanto.
Ese humano se cree que por liderar los entrenamientos entiende cómo nos movemos.
¡Pero no tiene ni idea!
-¿Qué ha pasado?
-Me ha dicho: "Mike, tienes que dejar de moverte así, descompensas al resto."
¡Como si estuviera bailando zumba! ¡Pero él es humano, Tim! ¡Humano! ¿Tú has visto cómo se mueve? Parece que corre por libre, como si no tuviera instinto de grupo.
Y después se atreve a decirme a mí cómo debo canalizar a mi lobo.
-¿Tal vez solo intenta ayudar a su manera?-ofrezco.
-¿Ayudar? ¿Con esos aires de entrenador personal de gimnasio barato? Por favor.
Ni siquiera puede olernos.
¡Y se pone a dar órdenes como si entendiera lo que sentimos al transformarnos!
Lo miro, conteniendo la risa.
-¿Te has parado a pensar que, precisamente, eso es quizás le molesta? Que tú sí puedes sentir lo que él nunca entenderá.
Mike me mira con cara de haber tenido una epifanía... o de querer seguir enfadado.
-Igual lo quiero morder.
Solo una vez. Pequeñito.
Que entienda.
-Hazlo cuando no haya cámaras-respondo, dejando caer mi cuerpo en la cama.
-O quizás le gustes-le digo, girando un poco la cabeza hacia Mike, que frunce el ceño como si le acabara de insultar.
-¿Perdón?
-Quizás estáis en pleno enemies to lovers y no te has dado cuenta.
Mike parpadea.
-Ni de coña.
-Sí, claro, porque nunca hemos visto esa historia antes: "Odio cómo caminas", "eres tan torpe", y de pronto están besándose bajo la lluvia o algo así.
-Si llego a besar a Benji bajo la lluvia, por favor, dispárame-
responde él con los ojos entrecerrados, pero la sonrisa ya le está ganando la batalla.
-Solo digo que se nota demasiado cuando alguien te pone nervioso. Y tú hoy has entrado al cuarto como si fueras a arrancarte la camiseta y declarar venganza.
Mike me lanza una almohada.
Yo no esquivo. Me cae en toda la cara.
-Te lo merecías-murmura él.
Me encojo de hombros mientras la dejo caer al suelo.
-Tal vez no sea tan malo. Tal vez solo esté intentando encajar. O tal vez... realmente no le gustas y eso te molesta más de lo que quieres admitir.
Mike me señala con un dedo, entre amenazante y resignado.
-Si un día me ves mirando a Benji con otra cara que no sea la de "te quiero lanzar por una ventana" tienes permiso para encerrarme en una celda.
-Anotado.
Se hace el silencio unos segundos, solo se escucha el viento rozando las ventanas, la calefacción murmurando en la pared.
-Aunque ahora que lo pienso... sí tiene buen pelo.
Lo suelta, bajito.
Casi para sí mismo.
Levanto una ceja, sonriendo.
-Empieza el arco lento del enemies to lovers.
Tim
La mañana siguiente salgo del hotel con las manos en los bolsillos y la cara aún medio dormida. Damián me robó mis chuches anoche. Después de su paseo místico por el bosque con Jon, entró en la habitación como un ninja y me dejó sin ni una maldita gominola.
El cielo está gris, más de lo normal. Va a nevar seguro.
Se nota en el aire, en ese frío seco que se cuela en los huesos.
Doy una vuelta por la tienda del pueblo, mirando sin prisa, viendo si quiero chocolate, fritos o alguna bebida.
Al final salgo con unos dulces, bolsas de fritos y una sensación de victoria.
Hasta que mi mundo se vuelve negro.
Estoy pasando junto a un callejón, con los auriculares puestos y la vista baja, cuando algo me cubre la nariz.
Un olor químico, denso.
Trato de soltar la bolsa, de gritar, de hacer algo.
Pero no puedo.
Caigo.
Cuando abro los ojos, no sé cuánto tiempo ha pasado.
Estoy en un piso. Pero no es un sótano oscuro, ni una guarida de cazadores.
Parece...un apartamento normal. Demasiado normal.
La luz entra por una ventana.
Huele a café reciente.
Una planta reposa en la esquina.
Y yo estoy atado a una silla.
-¡Eh!-grito, la garganta seca.
-¡EH! ¡AYUDA!
Mis muñecas duelen al intentar zafarme. Chillo con más fuerza, pero solo logro que algo se revuelva en mi pecho.
Pasos.
Se acercan.
Y entonces lo veo.
Un hombre. Alto, espalda ancha, unos 26 años, quizás.
Pelo negro, algo revuelto, ojos tan azules que parecen invadir la habitación. Viste con una camiseta negra, pantalones cómodos, y una expresión serena. Como si esto fuera lo más normal del mundo.
-No chilles. Nadie te va a escuchar-dice con voz baja, como si estuviera hablando de qué desayunó.
-¿¡Quién coño eres!?-respondo con rabia, con miedo contenido.
Se sienta frente a mí, girando la silla al revés para apoyar los brazos en el respaldo.
Cruza las piernas, relajado.
Demasiado relajado.
-Tu secuestrador-Me mira a los ojos, con una sonrisa tan ligera que da escalofríos-Dick Grayson.
-¿Qué coño quieres?-escupo, la voz aún temblando por la rabia y el miedo.
Dick no se inmuta. Solo se estira un poco en la silla, como si acabara de despertarse de una siesta.
-Tranquilo. No es nada personal. Es por trabajo. Verás...soy una especie de cazarrecompensas.
Mierda. El miedo se me pega a la piel como sudor frío. Mis manos se tensan en las ataduras. Esto no está bien. Esto no es un error.
-No me digas que te manda Alesha...
Dick sonríe.
-Pero mira qué listo eres.
Joder.
Mi estómago se encoge.
La cabeza me zumba.
-¿Qué... vas a matarme?
-No. Eres el cebo.
El corazón se me va al suelo.
Siento que podría vomitar.
Quiero morirme.
Pero no lo digo.
Solo lo pienso.
Muy fuerte.
-Escucha-intento hablar rápido, desesperado-No sé qué te habrán dicho, pero ellos... luego van a matarte a ti también, tú no...
-Shhh-me interrumpe.
Se levanta, camina hacia mí.
Saca una daga de su cinturón.
Fina. Letal. Y la pone contra mi cuello.
-Esas historias-dice con tono suave-mejor que me las cuentes en el coche. Y ni se te ocurra hacer ninguna tontería, porque...-Presiona un poco la punta-Tu novio se queda solito.
Asiento.
Lentamente.
Tragando el nudo en la garganta.
Sin decir más.
Porque ahora mismo, cada palabra que diga...puede ser la última.
Damián
Mi hermano ha desaparecido.
Desaparecido.
Son las ocho de la noche y llevamos horas dando vueltas como animales enjaulados, buscando, preguntando, analizando cada maldito segundo desde que salió del hotel.
No dejó mensajes.
No avisó.
No está.
Por suerte, Dom sabe hackear cámaras. Tiene tres pantallas abiertas, los dedos volando sobre el teclado mientras el sudor le cae por la sien y no deja de murmurar cosas como "vamos, vamos, vamos".
Yo estoy detrás de él, intentando no gritarle que acelere, que lo saque ya.
Estoy al borde.
Estoy al puto borde.
Jon ha decidido darme espacio.
No lo culpo.
Sabe que si se me acerca ahora, exploto.
Y no quiero explotarle a él.
Pero...¿Dónde coño está mi hermano?
¿Dónde?
He preguntado a todos los que estaban cerca. He revisado su cuarto tres veces.
Y nada.
A las doce de la noche, por fin, Dom dice:
-Lo tengo.
Corro hacia la pantalla.
Y lo veo.
Tim.
Saliendo de la tienda.
Con su bolsa.
Normal. Tranquilo.
Pasa frente a un callejón.
Y entonces.
Una figura.
Un brazo.
Un trapo contra su cara.
Y en segundos, se lo llevan.
El que lo hace no se esconde.
No lleva capucha.
No tapa su rostro.
Nada.
Mira directo a la cámara.
Como si quisiera que lo viéramos.
-Joder-susurro-
Es una trampa.
Está claro.
Quería que lo viéramos.
Quería que lo siguiéramos.
Pamed
Nos estamos preparando.
En la sala hay silencio, de ese que pesa. La luz es tenue, las armas están listas.
Damián, Benji, Rhea, Marcus, Lys, Niko, Artemis, Joel, Vanya, Caleb, Dom y yo.
El equipo de recuperación.
O el equipo de "que no se muera nadie esta vez", como dijo Dom en tono seco mientras revisaba los sensores.
Revisamos cada arma, cada daga de plata.
Los cinturones bien ajustados.
Los chalecos livianos, pero reforzados.
No sabemos qué nos espera.
¿Son humanos?
¿Lobos?
¿Una manada mixta?
Nadie lo tiene claro.
Y eso es lo que jode.
El no saber.
El tener que ir a ciegas, con la piel tensa y el corazón bombeando más rápido de lo necesario.
No creemos que ese tío trabaje solo.
Aunque en los videos aparezca caminando como un fantasma sin manada.
Si lo hiciera...Sería o un experto, o un suicida.
Me miro al espejo mientras me trenzo el pelo.
Con manos firmes.
Con la mente lo más clara que puedo.
Y entonces lo veo reflejado detrás de mí.
Conrad.
Apoyado contra la pared.
Mirándome como si esa fuera la última vez.
-Ten cuidado-me dice.
Yo le sonrío.
La clase de sonrisa que duele un poco en las comisuras cuando sabes que puede que no haya otra después.
-Tú también.
Él asiente.
Camina hasta mí y apoya su frente contra la mía, solo un segundo.
Solo lo justo.
-Yo me curaré-murmura.
-Yo también-respondo.
-Más lento, pero me curaré.
Y eso basta.
Por ahora.
Tim
Llevamos más de una hora de viaje.
Callados.
O al menos yo.
Porque él, de vez en cuando, canta. No lo hace mal.
Incluso tararea con ritmo.
Como si no llevara a alguien secuestrado en el asiento del copiloto. Como si todo esto fuera solo un encargo más, algo sin peso, sin fondo, sin consecuencias.
Yo... no sé ni por dónde empezar. No sé cómo explicarle que esto es más grande de lo que cree.
Que lo están usando.
Que cuando ya no les sirva, lo van a desechar.
Como basura.
Pero tengo que sonar convincente. No desesperado.
No como alguien que solo quiere salvar el cuello.
Y él...no parece una mala persona. Esa es la parte más jodida. Canta, se ríe solo con los chistes de la radio.
Me mira a veces por el retrovisor como si fuéramos dos tipos en un road trip.
Pero lo es.
Es malo.
O ha hecho cosas malas.
Y sabe Dios cuántas.
Y sé que si digo algo que no debo, si suena a mentira, si parece que intento manipularlo...Estoy muerto.
Así que sigo callado.
Pensando.
Reformulando.
Contando mis propias respiraciones.
Veinte minutos después, giramos por un camino estrecho cubierto de nieve.
No hay faroles.
Ni casas.
Solo blanco.
Cuando el coche se detiene, él baja primero. Da una vuelta y me abre la puerta.
-Baja.
Lo hago.
Camino con él.
No me venda los ojos.
No intenta ocultar las huellas.
Esto es una trampa.
Una con letras gigantes.
Para que los míos caigan.
Después de quince minutos de caminar entre ramas congeladas y nieve hasta las rodillas, llegamos a una cabaña.
Mal aspecto.
Cristales rotos, pero reparados con cinta.
Madera vieja.
Puerta oxidada.
Pero cuando entramos...
Enciende todas las luces.
Todo está listo.
Todo.
Me sienta en una silla de metal.
Anclada al suelo.
En mitad del salón.
Cierra las cortinas.
Me ata.
Fuerte.
Muñecas, tobillos, incluso el torso al respaldo.
Baja al sótano.
Yo escucho el chirrido de los escalones. Luego, el sonido de cosas metálicas chocando.
Sube con cepos.
Cepos.
Y dagas.
Y otras armas que, por el brillo, por el color, sé que son de plata.
Mi corazón late como una alarma enloquecida.
Lo veo salir.
Empieza a colocar las trampas.
Con precisión.
Con práctica.
Como quien ha hecho esto muchas veces.
Pasa una eternidad.
Cuando vuelve, se limpia las manos, se sacude la nieve de los hombros, y...enciende la televisión. Pone una película.
Abre mi bolsa de dulces.
Mis dulces.
Y empieza a comerlos.
Tranquilamente.
Como si todo esto fuera una acampada de sábado por la noche.
Y yo...no sé cómo parar esto.
No sé qué movimiento hacer.
No sé si me queda tiempo.
O si los que vienen ya están perdidos también.
Entonces, sin pensarlo demasiado,
sin planearlo,
solo lo suelto.
-¿Entonces... cuál es tu historia?
Dick gira la cabeza lentamente desde el sofá, con la bolsa de dulces en el regazo y una expresión que, por un segundo, parece realmente sorprendida.
Como si esa no fuera la pregunta que esperaba de un chico atado a una silla.
Parpadea.
Me observa.
Y durante unos segundos no dice nada.
-¿Estás seguro de que quieres saberla?
Cae el silencio.
Denso.
Frío.
Pesado como la nieve en el tejado.
Y no respondo.
Porque sí. Quiero saberlo.
Porque quizás...si dice algo de su pasado, pueda saber cómo ponerlo de nuestro lado.
Quizás hay una grieta.
Una fisura que no se ve a simple vista, pero que está ahí.
Y si puedo encontrarla,
si puedo meterme en ella,
quizás haya una posibilidad.
No solo de sobrevivir.
Sino de hacerlo dudar.
De que no nos entregue o mate. De que elija algo más.
Así que lo miro.
Fijo.
Sin parpadear.
Y aunque no respondo con palabras, él parece entenderlo.
Porque deja la bolsa de dulces a un lado,apaga la televisión
y se queda en silencio.
Y entonces, empieza a hablar.
Dick
Tenía 16 años cuando pasó.
Mi madre trabajaba poniendo uñas, a veces en una floristería cuando necesitaban ayuda.
Mi padre era obrero.
Vivíamos en una caravana de dos plantas. La tele no era muy grande, pero tampoco hacía falta.nNunca me faltó comida, ni ropa, ni cariño.
Dormía arriba. Ellos, abajo.
Y aunque el suelo crujía y las paredes eran finas, aquella casa rodante era más hogar que cualquier mansión con cimientos.
Mis amigos vivían como yo.
Nada de lujos. Solo lo necesario. Jaime, Arthur y Philip. Los cuatro inseparables.
Y en clase, los más pijos nos miraban como si fuéramos una especie en extinción.
Aunque creo que lo que más les jodía era que, a veces, sus novias-esas chicas de sonrisas blancas y zapatos caros- preferían a los chicos sencillos.
A los que sabían cómo arreglar una bici, escalar una verja, o reír sin filtros.
Yo ya había tenido alguna novia, sí.
Pero nada serio.
Iba más a mi rollo.
Mis tardes eran de fútbol, de baloncesto, de subirnos a los tejados o colarnos en sitios abandonados solo para ver si alguien tenía agallas de llegar hasta el final.
Y teníamos un grupo de chat, claro.
Se llamaba:
ESCUADRON 104.
Nadie sabía por qué 104.
Simplemente sonaba bien.
Y ahí hablábamos de todo.
De nuestras hazañas, de los partidos, de quién se peleó con quién...
Philip: Tíos, me la tiré. A Steisy.
Sí.
Steisy.
Una de las porristas del instituto. Una de esas que parecía salida de una película.
Rubia, con sonrisa ensayada y una voz que sonaba como si siempre estuviera a punto de cantar.
El grupo estalló.
Arthur: NOOOOOOOOOO
Jaime: Tú mientes, cabrón. Quiero detalles.
Yo: Hermano. Estás en el Olimpo.
Philip: No me creen... Steisy tiene un lunar dentro del mismo pegado al tema.
Arthur: Este hombre ha visto el infinito y ha vuelto.
Nos reímos durante horas.
Con emojis, con audios, con teorías conspiranoicas sobre cómo demonios lo había logrado.
Pero claro...
el novio de Steisy se enteró.
Y no era precisamente alguien tranquilo. Era el típico capitán del equipo, mandíbula cuadrada, sonrisa falsa, y cerebro de piedra.
Y como no podía ir solo, se trajo a su séquito: tres idiotas que lo seguían a todas partes como si fueran satélites orbitando alrededor de su ego.
Nos pillaron en el pasillo C, justo a la salida de Historia.
Philip iba solo al principio.
Ellos se le acercaron como lobos. Y aunque él intentó hacerse el tranquilo, ya tenía un puño volando a su cara antes de que pudiera soltar palabra.
Pero lo que no esperaban era que nosotros estábamos cerca.
Jaime fue el primero en tirarse sobre uno de ellos. Arthur embistió a otro como si estuviera en un partido de rugby. Y yo... bueno, yo fui directo a por el cabecilla.
Le pegué un empujón tan fuerte que acabó contra las taquillas, y el ruido fue tan grande que todos los profesores deben haberlo escuchado.
Puños, gritos, mochilas volando. Los demás estudiantes formaron un círculo como si estuviéramos en una escena de película.
Uno de los profesores intentó meterse, pero terminó esquivando un bolazo de papel y retirándose.
Nos separaron a la fuerza.
Yo con un labio roto, Arthur con la camiseta hecha trizas, Philip sangrando por la ceja...
y todos arrastrados al despacho del director como una pandilla de delincuentes juveniles.
-¿Queréis explicarme qué ha pasado?-gritó el director, rojo como un tomate, golpeando la mesa.
Nadie dijo nada.
Philip tenía una bolsa de hielo en la cara. Jaime seguía respirando como un toro.
Y yo solo me encogí de hombros.
-Autodefensa-dije.
-¡Autodefensa es otra cosa! ¡Esto ha sido una pelea en mitad del pasillo!
Arthur resopló.
-Bueno, sí, pero técnicamente empezaron ellos. Y técnicamente... tampoco lo hicimos tan mal.
El director se frotó la cara, como si de pronto tuviera cien años más.
-Suspendidos. Todos. Tres días.
Nos miramos.
Sonreímos.
Valió la pena.
Porque si algo tenía el ESCUADRON 104,
era que nos cubríamos las espaldas.
Siempre.
Cuando mis padres se enteraron de la suspensión, no me soltaron la bronca que esperaba. Mi madre solo suspiró mientras limaba las uñas de una clienta en casa y dijo:
-Por lo menos dime que tú ganaste.
Y mi padre, con una cerveza en mano, murmuró desde el sofá:
-Que no te vuelvan a agarrar.
Eso fue todo.
Ni castigo, ni gritos.
Cosa que agradecí más de lo que debería.
Fueron tres días de lluvia.
De esa que no para ni un segundo. El sonido golpeando el techo de la caravana era como un reloj sin agujas.
Y yo...yo me dediqué a lo mío.
Estuve tirado en la cama.
Con el móvil en una mano viendo YouTube, mensajes con los chicos, algo de música, y sí...bastante tiempo conmigo mismo. Porque a los dieciséis, con la hormona bailando samba en la sangre, una tarde sin nada que hacer se convertía en una maratón de pensamientos sucios.
ESCUADRÓN 104
Philip:
Me duele la ceja, pero sigo siendo leyenda.
Jaime:
¿Steisy te ha escrito o te ha bloqueado?
Philip:
Bloqueado en todos lados. Pero no me arrepiento.
Arthur:
Yo sí me arrepiento... de no haber grabado la pelea. Tendríamos millones de visitas, loco.
Yo:
¿Y mi puñetazo? Eso fue cine.
Philip:
Premio al mejor actor secundario para el director, que casi le da un infarto.
Jaime:
¿Sabéis que nos miraron como si fuéramos héroes cuando salimos de su despacho?
Yo:
No somos héroes. Somos mitos.
Arthur:
¿Mañana FIFA?
Philip:
Traed snacks, y si alguien tiene Monster, mejor.
Jaime:
Confirmo. Dick, tú traes las galletas.
Yo:
Voy a tener que vender un riñón a este paso.
Las conversaciones se repetían, caóticas y absurdas, pero reales. Éramos unos idiotas.
Felices.
Invencibles.
Cuando llegó el fin de semana, mis padres me dijeron que me quedaría en casa de Jaime.
Ellos se iban con la caravana a un concierto de no-sé-quién, uno de esos grupos que según mi padre "hicieron historia" pero que a mí no me interesaban ni un poquito.
Así que, libertad.
Y lo sabíamos.Ese finde los del ESCUADRON 104 teníamos un plan: colarnos en la fiesta de Jordi. Una de esas fiestas donde no sabes si conoces a la gente, o si ellos son del pueblo de al lado y simplemente se han colado igual que tú.
Caos. Alcohol. Música estridente.
Perfecto.
No fue difícil entrar.
Solo hizo falta meternos entre la gente, acercarnos a la mesa, hacernos los naturales... y beber.
Yo solo había bebido dos veces en mi vida. Y esas dos veces acabé hablando con una farola.
Pero esta tercera...acabé hecho una mierda. Las luces eran demasiado. La música una locura. Y mis oídos necesitaban respirar.
Así que salí un momento, a tomar aire, a volver a poner los pies en el suelo.
Y entonces pasó ella.
Violet.
Pelo negro como tinta recién vertida, cuerpo de escándalo,
ojos que no miraban:
devoraban. Dos años mayor que yo. Y se notaba.
Todo en ella era otra liga.
Pero claro.
Yo ya había bebido.
Y bastante.
Así que me acerqué, con ese tipo de valentía estúpida que solo da el alcohol.
Intentando ligar como si supiera qué coño estaba haciendo. Solté alguna frase, algo que debía sonar interesante en mi cabeza, y ella...ella sonrió.
Después de un rato de charla y de desplegar mis encantos con la misma torpeza que un cachorro, se inclinó y me susurró algo al oído.
No recuerdo qué fue.
Solo sé que me agarró la mano y subimos.
Recuerdo besos.
Suspiros. La habitación dando vueltas. Su mirada. Esa mirada que no era dulce, ni romántica,
era como si estuviera en control de todo. Y yo... yo no sabía nada. Pero no me importaba.
Recuerdo cómo me tocó.
Cómo le dije, medio riendo y medio temblando,
que era mi primera vez.
Y cómo le dio igual.
Como si ya lo hubiese adivinado.
Como si eso le hiciera gracia.
Fue ella quien desabrochó mis pantalones.
Fue ella quien se montó.
Fue ella quien marcó el ritmo.
Yo gemía.
Ella también.
Y yo no sabía si me estaba rompiendo por dentro
o si eso era simplemente el vértigo.
Llegué.
Poco después, ella también.
Todo fue rápido.
Brutal.
Como una tormenta que arrasa sin mirar.
Después se levantó, se limpió sin decir nada,
y me dejó ahí.
Solo.
Oh...y esa fue una sensación desagradable.
Más que física.
Más que cualquier otra cosa.
Fue como si me hubieran arrancado algo sin pedir permiso.
Y yo ni siquiera sabía qué era.
Cuando pude, me recompuse.
Vaya mierda de primera vez.
Todo lo que en las películas parecía mágico y perfecto...
yo lo había vivido como algo torcido, vacío, casi como una transacción sin alma.
Volví a la fiesta con la cara lavada y el estómago revuelto.
Cuando encontré a mis amigos, no conté nada.
Solo dije que había estado vomitando.
Ellos lo creyeron.
Ni se lo cuestionaron.
La noche siguió su curso.
Música alta, vasos a medias, gritos. Y cuando volvimos a casa de Jaime, los dos vomitamos en dos arbustos distintos. Elegancia total.
Entramos sin despertar a sus padres. Caímos sobre el sofá cama como dos sacos de huesos. Dormimos hasta las dos de la tarde.
Me desperté con la boca seca y el cuerpo pesado. Lo primero que hice fue revisar el móvil. Ni un solo mensaje de mis padres.
Y eso era raro.
Rarísimo.
Mi madre escribía hasta para preguntar si había comido.
Mi padre siempre mandaba algún meme cutre.
Las horas pasaban.
Las notificaciones no llegaban.
Empecé a llamar.
Una. Dos. Cinco.
Treinta veces.
Los padres de Jaime también llamaron.
Veinte más.
Nada.
Cuando llegó el lunes,
antes siquiera de entrar al instituto, fuimos a la comisaría. Jaime conmigo, porque mi voz temblaba demasiado.
Y yo no podía entender qué estaba pasando.
Solo sabía que algo iba mal.
Muy mal.
Encontraron la caravana.
Volcada en una carretera secundaria, con las luces aún parpadeando. Pero dentro no había ni rastro de mis padres.
Nada.
Ni sangre.
Ni señales claras de pelea.
Solo una chaqueta de mi madre en el asiento trasero.
El café de mi padre todavía tibio en el soporte.
La policía no supo qué decirnos.
"Estamos investigando."
"Tal vez se fueron por voluntad propia."
"¿Tenían problemas con alguien?"
¿Con quién, joder? Éramos normales, no interesantes.
Y lo peor fue que ellos no fueron las únicas víctimas de ese concierto. Otros también desaparecieron. Dos, luego cuatro. Y días después encontraron un cadáver.
No era nadie que yo conociera realmente. Un tío mayor, que vendía cerveza cerca del estacionamiento.
Pero para entonces...yo ya no reaccionaba. Estaba demasiado anestesiado.
Vomitando por las pastillas que me daban para tranquilizarme.
Durmiendo horas sin sentido.
Como si mi cuerpo quisiera apagarse para no sentir.
Un mes después
llegaron mis 17 años.
Y de regalo...me fui a un orfanato.
En un pueblo llamado Whitestone Creek.
Ni siquiera tenía nombre de lugar real. Parecía sacado de un cuento de hadas triste.
Y ahí, ahí es cuando empecé a joderme la vida.
Me metía en peleas.
Peleas que no empezaba yo,
pero sí terminaba.
Siempre.
Porque algo dentro de mí necesitaba soltar la rabia.
El vacío.
La culpa.
Me escapaba de noche.
Con el dinero que me daban por la orfandad-una miseria, pero suficiente-me metía en bares. Nunca me negaban nada. Tenía cara de mayor,
y nadie quiere ser el adulto que le pregunta a un chico con los ojos rotos por qué está bebiendo solo.
Solo hablaba con mis amigos por mensajes. Ellos me decían que ojalá volver a vernos.
Y no es que no lo pensara.
No es que no soñara con escaparme y mandarlo todo a la mierda. Pero estaba a cuatro horas de distancia.
Y cada día se sentía como si estuviera más lejos.
Y entonces...una noche, en una pelea callejera mal cerrada,
perdí mi móvil.
Y con él,
perdí mi hilo con el pasado.
Ya no era el del ESCUADRON 104.
Ya no era hijo de nadie.
Solo era Dick.
El chico que pelea.
El que bebe.
El que ya no espera llamadas.
Mis 18 no mejoraron.
Ni un poco. Ni siquiera el día de mi cumpleaños. Me fui del orfanato apenas cumplí la edad legal, con una mochila,
unos ahorros y cero ganas de seguir bajo techo ajeno.
Me metí con la gente que no debía.
Pero era listo.
Observador.
Callado.
Sabía cómo moverme, cómo vender lo que me pedían sin levantar sospechas, cómo irme antes de que todo oliera a mierda.
Y ganaba buena pasta.
Nunca supe qué pasó con mis padres.
Nunca apareció un cadáver.
Ni una pista.
Ni siquiera un jodido zapato.
Y había días-cuando me metía sustancias que no debía -en que me olvidaba de todo.
Me olvidaba del hueco en el pecho, del apellido que ya no usaba, de los recuerdos que me mordían en sueños.
Acababa en la cama con cualquiera.
Chicas, chicos, me daba igual.
Un cuerpo. Una voz. Una distracción.
Y después el silencio.
Me pillé un piso de mala muerte en un barrio donde la policía no pasaba ni por error.
Pero no estaba mal.
Tenía paredes.
Tenía agua caliente a ratos.
Y nadie me decía qué hacer.
Hacía lo que quería.
Cuando quería.
Sin dar explicaciones a nadie.
Porque eso es lo que pasa cuando el mundo te arranca todo. Te conviertes en un tipo sin brújula, pero con mucho camino. Y aunque todo estuviera roto, yo seguía andando.
La habitación estaba en penumbra. La luz de la calle se colaba a través de las rendijas de la persiana, dibujando sombras largas en la pared agrietada. El colchón crujía debajo de nosotros, y mi respiración iba a destiempo.
No recordaba su nombre.
Solo que era rubia.
Su pelo se balanceaba como si flotara en otro ritmo que no era el mío. Y aunque su cuerpo se movía encima del mío,
yo apenas lo sentía.
Todo era borroso.
Lejano.
Las drogas hacían lo suyo.
Me costaba incluso mantener los ojos abiertos. Veía luces que no existían, sentía calor y frío al mismo tiempo.
En un momento, ella se inclinó.
Vi sus ojos.
Azules.
Brillaban como si estuviera viendo el fondo del mar, pero yo ya no sabía si era ella o solo mi cabeza jugándome trucos.
Todo estaba a flor de piel.
Pero yo no estaba allí.
Mi cuerpo se movía.
Mi corazón latía.
Mis manos respondían.
Pero mi alma...mi alma estaba escondida en algún rincón oscuro, esperando que pasara.
Era placer, sí.
Pero sin sentido.
Como una canción sin letra.
Como una película en mute.
Y cuando ella terminó y se dejó caer a mi lado, yo seguí mirando al techo, sin decir nada. Sin pensar nada.
Solo esperando
que el mundo se calmara
y que, por un rato,
dejara de doler.
A la mañana siguiente me desperté solo. Como otras tantas veces. Las sábanas aún olían a perfume barato, y había una colilla de cigarro en el borde del cenicero, pero ella ya no estaba. Solo el hueco en la cama. Ese que ya ni siquiera me sorprendía.
Me levanté. Me bañé con agua templada y silencios largos.
Me vestí sin pensar mucho:
camiseta oscura, pantalones raídos, chaqueta con bolsillos de sobra. Desayuné cualquier cosa que encontré, aunque no tenía hambre.
Solo costumbre.
Y salí.
El barrio estaba en su rutina de siempre: motores viejos, gritos desde alguna ventana,
una radio sonando bachata en algún piso.
Fui directo a casa de Andrew.
Mi contacto.
Mi jefe.
El tipo que me daba los encargos diarios desde hacía casi un año.
No era familia.
Pero a veces parecía que sabía más de mí que yo mismo.
Toqué la puerta como siempre.
Dos golpes secos.
Él sabía que era yo.
Pero esa mañana...algo estaba mal. La puerta no se abrió.
Toqué otra vez.
Esperé.
Entonces me di cuenta.
El silencio.
No se oía nada dentro.
Ni la cafetera.
Ni la tele.
Ni su tos crónica.
Empujé la puerta.
Estaba entornada.
-Andrew...-llamé en voz baja.
Y lo que vi al cruzar el umbral
me hizo entender que ese día no iba a ser uno más.
La habitación estaba helada.
No por la temperatura, sino por la forma en la que el silencio pesaba sobre cada mueble,
cada sombra.
Y entonces lo vi.
Andrew estaba en una silla.
Muerto. Sus manos atadas con cinta, la cabeza caída hacia un lado, la camisa empapada en sangre.
Tenía marcas en el rostro,
como si lo hubieran golpeado con algo metálico una y otra vez.
Los dedos...
faltaban dos.
Tortura.
Clara.
Lenta.
Precisa.
Y frente a él,
un hombre.
Enorme. De esos que parecen haber sido tallados de piedra.
Cara de ruso. Mandíbula cuadrada. Pómulos marcados.
Una cicatriz cruzándole la ceja izquierda. Ropa de abrigo oscuro, botas pesadas.
Y ojos grises. Como acero viejo.
Cuando giró hacia mí,
sentí cómo el mundo se me comprimía en el pecho.
Retrocedí.
Instinto.
Puro instinto.
-¿Quién coño eres?-logré decir con voz rota.
No contestó.
Solo avanzó.
Y entonces, sin pensarlo más, le lancé el primer puñetazo.
Fue como golpear cemento.
El tipo ni se inmutó.
Me agarró del brazo y me empujó contra la pared.
Pero yo no iba a dejarme matar ahí.
Reaccioné.
Le metí un rodillazo en el costado, un codazo a la mandíbula. Él gruñó, y por un segundo pensé que podría con él.
Me equivoqué.
Me lanzó al suelo con una fuerza brutal. Rodé y traté de levantarme, pero su bota cayó justo al lado de mi cabeza,
levantando astillas del suelo.
Cuando logré ponerme de pie,
le lancé una silla.
Él la esquivó.
Me embistió.
Y en un segundo,
su mano gigante estaba cerrada alrededor de mi cuello.
-Dime tu nombre-dijo en voz baja, como si no tuviera prisa.
Me revolví, pataleando,
rasguñando su brazo.
Nada funcionaba.
-¡Dick!-grité con lo poco de aire que me quedaba-¡Dick Grayson!
Y entonces...me soltó.
No suavemente.
Me dejó caer como un saco.
Me llevé las manos al cuello, tosiendo. Y mientras me recuperaba, él se agachó, me miró a los ojos con esa mirada de depredador antiguo, y dijo con una media sonrisa:
-Te he estado buscando mucho tiempo.
No me dio opción.
Me obligó a salir a la calle a punta de pistola,
y aunque mi orgullo gritaba que me defendiera,
la lógica susurró que no valía la pena morir en la acera.
-Dame la dirección de tu casa -ordenó.
No dudé.
Se la dije sin rodeos.
No era estúpido.
Tenía una pistola.
Y acababa de asesinar a Andrew como quien se quita una chaqueta.
Nos subimos a un coche oscuro, sin placas, con olor a aceite y metal. Durante el trayecto, él no habló. Solo conducía, con los nudillos marcados por mil batallas.
Cuando llegamos, subimos las escaleras. El pasillo olía a humedad. Mi piso estaba igual que siempre: vacío, gris, ajeno.
Abrí la puerta.
Fui directo a por mi maleta.
Una pequeña. No tenía tantas cosas como la gente pensaba.
Un par de camisetas.
Pantalones.
Mi chaqueta vieja.
Un mechero.
Un cuaderno.
No pregunté.
No hacía falta.
Mientras doblaba una sudadera, él comenzó a hablar.
-Soy Ace Petrov.
No respondí.
Solo seguí recogiendo.
-Era amigo de tus padres.
Le lancé una mirada de reojo.
-No pareces uno.
-Lo sé-Se cruzó de brazos junto a la puerta-Les prometí que me encargaría de ti.
Me detuve. El nombre de mis padres, la mención de promesas, me revolvió algo en el pecho.
-¿Puedes ser más claro?
Silencio.
Él bajó la mirada.
Respiró hondo.
-Yo estuve en ese concierto.
Todo había ido bien hasta que estábamos volviendo.
Nos atacaron. Fue un caos.
Gritos, sangre, coches volcados. Y entonces... una bestia. Una enorme bestia.
Me reí sin humor.
-¿Qué coño estás diciendo?
-Lobos-Me miró a los ojos-Eran enormes. Hombre lobos.
-¿Qué clase de droga te has metido?
Él negó con la cabeza, suspirando, como si ya hubiese pasado por esto antes.
-Yo también pensé que estaba loco.
Cerré la maleta.
Fui a la cocina.
Saqué una bolsa de basura para meter mis zapatillas y los pocos productos que aún me quedaban.
Y entonces lo dijo, con una calma que me desarmó.
-Pero deja que te lo enseñe.
Y lo hizo.
Condujo sin decir palabra,
con el bosque denso filtrando la luz entre las copas.
Su casa estaba en las afueras.
Cuando me bajé del coche,
tomé mi maleta y la bolsa.
El aire olía a madera húmeda y pino. Y aunque sentí una paz extraña, no me relajé ni un segundo.
La fachada era verde,
de esas casas que parecen haber salido de un cuento viejo. Tenía detalles blancos y ventanas cálidas que brillaban suavemente, como si la vida dentro fuera de otra época.
El techo de láminas oscuras contrastaba con los pilares blancos del porche, sostenidos sobre bases de piedra firme.
Subí los escalones.
La grava crujía.
Las sillas de mimbre del porche estaban vacías,
esperando una conversación que no se iba a dar.
Me detuve frente a la puerta.
La madera tenía vetas profundas, y el vidrio tallado reflejaba mi cara...cansada. Desgastada. Jodida.
-¿Es tu casa?
-Una de ellas.
-Ah...
Me enseñó la habitación.
Era más de lo que esperaba.
Paredes claras, una cama amplia con manta gruesa,
una estantería llena de libros que olían a viejo, y una ventana amplia con vista al bosque.
Sobre una cómoda había una lámpara encendida y un reloj antiguo que hacía un tic tac leve, constante. Era acogedor. Y eso me jodía más que cualquier otra cosa.
Dejé mis cosas, doblé la ropa,
puse el mechero en el cajón.
El peso en el pecho no se iba.
Solo se acomodaba.
Cuando bajé, él estaba en el salón. Hablaba por el móvil,
la tele murmuraba de fondo alguna película vieja.
Al verme, se giró.
-¿Ya?
Asentí.
Me hizo una seña.
Bajamos.
Un sótano.
Y, sinceramente, a esas alturas ya pensaba que iba a morir.
Pero no.
No había jaulas.
No había sangre.
Había ordenadores.
Pantallas.
Cables por todos lados.
Se sentó frente a uno de los monitores y buscó entre archivos hasta que dio con uno.
Me lo enseñó.
Videos.
Cámaras de pecho.
Como las que usan los policías.
Y los vi.
Los cuerpos.
Transformarse.
Retorcerse.
Huesos crujir.
Uñas volverse garras.
Mandíbulas abrirse como bestias sacadas de una pesadilla.
Hombres.
Mujeres.
Todos ellos cambiando.
Atacando.
Matando.
Siendo cazados.
-Esas...-mi voz se quebró-
esas cosas mataron a mis padres.
-Y a más personas-respondió con una calma cruel.
Sentí que el suelo se abría.
Retrocedí.
Subí corriendo. Me encerré en la habitación. Busqué en los bolsillos de mi chaqueta, con las manos temblando.
Y las encontré.
Esas malditas pastillas.
Mi escape.
Mi silencio químico.
Pero Ace entró. Antes de que pudiera siquiera abrir la tira, me las arrancó de las manos.
-Esta mierda se acabó.
-Su voz fue un disparo en la habitación tranquila-A partir de ahora estás bajo mi custodia.
Me quedé congelado,
respirando como si me hubieran hundido en agua helada. Y por primera vez en mucho, sentí que no tenía a dónde correr.
Quitarme de las drogas fue como destruirme desde adentro.
Meses.
Meses en los que gritaba, temblaba, tenía alucinaciones, me sentía como un animal salvaje dentro de una jaula.
Ace no tuvo compasión.
No me abrazó.
No me dijo "va a estar bien".
Me encerró.
Me vigiló.
Y me rompió.
Pero cuando salí de eso...fue como si me hubieran reiniciado. El entrenamiento empezó justo después.
A machete.
Lloviera, nevara, o hiciera un calor que te arrancara la piel,
Ace me sacaba al bosque,
me lanzaba contra el suelo,
me ponía armas en las manos y me gritaba que me levantara cada vez que fallaba.
"No es por odio, es por respeto" decía. "Porque si no te convierto en alguien letal, te van a matar como a un niño perdido."
Y joder...lo logré.
Mi cuerpo cambió.
Mis brazos ganaron fuerza.
Mis piernas velocidad.
Los reflejos, agudos.
La puntería, precisa.
Mi mente se volvió otra cosa.
Aprendía mapas como si fueran canciones.
Memorizaba rutas.
Sabía improvisar.
Sabía sobrevivir.
Una noche, mientras repasábamos tácticas de ataque, le pregunté.
-¿Cómo conociste a mis padres?
Ace bajó la vista.
Jugó con el borde de un cuchillo.
-Desde niños. Tu padre y yo crecimos en el mismo barrio.
Nos metíamos en líos juntos.
Era mi hermano, incluso sin sangre.
-Entonces... ¿qué pasó?
-Se casó.
-Ellos nunca me hablaron de ti.
Ace soltó una risa sin humor.
Se notaba el dolor guardado.
-Hay tantas cosas que no sabes de ellos, Dick-Se quedó en silencio un momento-
Y muchas que aún no estás preparado para saber.
Lo miré, intentando leer más en su mirada, pero no vi nada.
A mis 19, ya tenía en la cabeza los planos de media ciudad y los sistemas de seguridad de otras tantas. Sabía desactivar una alarma en menos de 1 minutos, entrar y salir de una red sin dejar rastro, y poner a dormir a un tipo dos veces mi tamaño con una llave al cuello bien colocada.
Ace me compró una tarta ese día. De chocolate. Casera, jodidamente buena.
Me abrazó con torpeza, como si aún le costara el afecto,
y dijo:
-Puedes salir de fiesta...pero no hagas gilipolleces.
Me dio las llaves del coche blanco. Uno de los que tenía.
Y yo me largué. Conduje hasta el bar más cercano.
Era sábado.
Estaba petado.
Gente sudando, bailando, riendo, cayéndose.
Pero entre todo ese caos... me choqué con él.
Bueno, él conmigo.
No era mucho más bajo que yo.
Pelirrojo.
El pelo desordenado, como si lo hubiera peleado con el viento y el viento hubiera ganado. Ojos verdes claros,
brillantes, como si fueran las hojas de un árbol iluminadas por un rayo de sol que se cuela entre las ramas.
Él también me miró así.
Y dijo, gritando sobre la música:
-Lo siento, aquí apenas hay espacio para un alfiler.
-Sí... ya veo...
Se rió, como si estuviéramos compartiendo un chiste privado.
-Soy Wally.
-Dick.
Y como si el ruido, el sudor y las luces no existieran,
nos pusimos a charlar.
Me dijo que quería ser científico. Que siempre le había fascinado entender el "por qué" de las cosas.
Yo mentí y dije que estaba en la academia de policía.
No quería soltarle que vivía con un tipo que podía desmontar armas con los ojos cerrados.
Sobre las cuatro de la mañana ya estábamos fuera, riéndonos de cosas estúpidas, y nos besábamos en el coche.
No fue uno de esos besos que se dan por impulso. Fue de esos que nacen despacio y terminan dejándote sin aire.
-Estoy quedándome en un apartamento no muy lejos de aquí-me dijo, sonriendo.
Asentí. Metí la dirección en el GPS. Y conduje con las manos aún temblando un poco...no por miedo, sino porque por primera vez en años, algo me emocionaba.
El coche olía a calor y colonia. Wally iba en el asiento del copiloto, con el cinturón mal puesto, una sonrisa tonta en la cara y las mejillas rojas.
Quizá del alcohol.
Quizá de lo otro.
No sé.
Yo tenía las manos en el volante, pero los ojos se me iban a su perfil, al mechón rebelde que le caía entre las cejas.
-¿Estás seguro de que no te estoy secuestrando?-pregunté, con una ceja levantada.
Wally soltó una risa nasal.
-Tú no pareces secuestrador. Demasiado guapo para eso. Los secuestradores tienen cara de no haber dormido en cinco años.
-¿Y si eso es parte de mi disfraz?-respondí, serio-¿Y si soy como esos psicópatas que engañan con una sonrisa?
-¿Eres uno de esos que tienen cámaras ocultas en las gafas de sol?
-No uso gafas.
-Ajá. Sospechoso. Primera red flag.
-¿Y tú?-pregunté mientras frenaba en un semáforo-¿No me vas a drogar y vender mis órganos?
-¿Para qué iba a hacer eso si ya te tengo aquí, con los órganos puestos y funcionando?-Me miró y le guiñó un ojo.
-Eres un loco.
-Y tú un mentiroso.
-¿Cómo que mentiroso?
-Nadie que sepa poner las manos en un volante como tú es un simple cadete de policía.
Me reí bajito.
-¿Y qué más sabes, detective?
-Sé que si no me besas otra vez en cuanto aparques... me bajo y le pido un Uber al siguiente coche que pase.
-Vale-dije-Pero aviso, cobro caro.
Wally se encogió de hombros, desenfadado.
-Tengo dulces en casa. Y un sofá cómodo. ¿Qué tal eso como pago?
-Depende-contesté mientras giraba por su calle-¿Hay chuches ácidas?
-De las verdes. Las mejores.
-Trato hecho.
El edificio era de esos que ves y sabes que el que vive ahí no va a quedarse mucho tiempo.
Todo en él gritaba "provisional".
Ni lujoso, ni cutre.
Simple.
Correcto.
Funcional.
Las paredes del pasillo tenían un tono amarillo pastel que intentaba dar calidez, pero fallaba como un chiste mal contado. El suelo crujía un poco. Las puertas eran todas iguales. Anónimas.
El ascensor...bueno, era normalito. De esos que chirrían cuando cierran, con espejo empañado y luz intermitente.
Y ahí dentro, mientras subíamos, yo no podía dejar de pensar en lo único que me importaba:
él.
Wally me empujó contra la pared antes de que la puerta se cerrara del todo.
Sus manos buscaron mi cuello, mi mandíbula, mis labios.
Nos besamos como si nos conociéramos desde siempre.
Como si todo ese calor tuviera fecha de caducidad y quisiéramos gastarlo antes de que se apagara.
-No me fío de este ascensor-
dije contra su boca, sin dejar de besarlo.
-Ni yo-respondió con una sonrisa entre jadeos-Pero si se cae, al menos nos encuentran abrazados.
-Romántico.
-Trágico.
-Casi poético.
El ascensor llegó a su piso con un ding que nos devolvió a la realidad. Nos separamos como dos niños pillados a media travesura.
-Corre, antes de que me vuelva a lanzar-dije, medio en broma, medio en serio.
-Es esta-dijo Wally en el descansillo, señalando una de las cinco puertas idénticas-La del medio. Como en las películas.
-¿Y las otras? ¿Universos alternos?
-Nah, vecinos raros. Uno canta ópera a las tres de la mañana, otro colecciona figuras de Star Wars, y la señora del fondo me mira como si fuera satán cada vez que salgo con el pelo mojado.
Solté una risa y él abrió la puerta. El piso era como todos los de alquiler. Blanco.
Minimalista sin querer serlo.
Muebles funcionales, sofá gris, cocina americana, olor a ambientador barato y pizza de anoche.
Pero no me importaba una mierda. Porque lo tenía a él.
Volvimos a besarnos apenas cerró la puerta. Las manos se perdían, se deslizaban.
La ropa... bueno, voló.
Una camiseta se quedó colgando en una lámpara, otra cayó sobre la tostadora.
Wally tropezó con una zapatilla, se rió y me empujó contra la pared del pasillo con ese descaro tan suyo.
-¿Siempre seduces así a los chicos que acabas de conocer?
-Solo si tienen cara de que necesitan que les rompan la rutina-contestó, besándome el cuello.
-¿Y tú eres el huracán?
-No-susurró, mordiendo mi labio inferior-Soy la tormenta perfecta.
Llegamos a su habitación casi desnudos, a medio tambalearnos entre besos y risas ahogadas. La cama crujió apenas nos dejamos caer.
-¿Seguro que no tienes cámaras ocultas?-pregunté mientras me quitaba los pantalones.
-No...pero si las tuviera, este sería el mejor capítulo de la temporada.
-Estás fatal-le dije, sonriendo.
-Y tú estás demasiado vestido para estar en mi cama.
Los condones y el lubricante aparecieron como por arte de magia. No pregunté de dónde los sacó, pero los tenía listos en la mesita de noche como si esto fuera algo habitual. Spoiler: probablemente lo era.
Estaba apoyado contra el cabecero, los músculos relajados y el corazón latiendo como si hubiera corrido media ciudad. Wally, en cambio, parecía estar en su elemento. Sentado sobre mis caderas y muslos, abrió el lubricante y lo vertió con una sonrisita que no presagiaba nada inocente.
-¿Siempre eres tan preparado?-
pregunté mientras él extendía el gel con calma por su palma.
-Sí-me guiñó un ojo-¿Creías que esto era improvisado?
-Me convenciste con lo del vecino de la ópera. Pensé que el caos era tu estilo.
-El caos bien lubricado es mucho mejor.
Se rió de su propio chiste mientras lo esparcía por nuestros cuerpos. El gel frío al principio, pero pronto el calor lo reemplazó todo. Me besó, y yo lo besé, mientras sentía su mano deslizándose por mi miembro, palpitante, firme, deseoso. Me tenía entre sus dedos y en la puta palma de la mano, literalmente.
Tan seguro de sí mismo. Tan descarado. Tan Wally.
-¿Quieres que cante también ópera para ti o ya estás lo suficientemente impresionado?
-Si empiezas a cantar, me bajo -le advertí.
-Uy, promesas, promesas-
susurró con picardía.
Y entonces, cuando menos lo esperé, se colocó, y poco a poco, me dejó deslizarme dentro de él. La sensación fue tan abrumadora, tan intensa, que me faltó el aire. Fue como si la gloria me golpeara en el pecho como un saco de boxeo. Lo vi tensarse, mordiéndose el labio, pero no se detuvo. Se quedó quieto por un momento, moviéndose lentamente para adaptarse.
-¿Estás bien?-pregunté, pasándole una mano por la cintura.
-Sí...
Y entonces empezó a moverse. Despacio. Arriba y abajo, con una cadencia que me arrancó un gemido bajo, uno que se le escapó a él también.
-No te enamores, ¿eh?-dijo entre suspiros.
-Tarde.
-Pff, dramático.
-¿Eso cuenta como un 'sí' para el desayuno?
-Solo si me haces tostadas y café.
Me reí, aferrándome a su cintura mientras él continuaba, subiendo y bajando.
El sube y baja se volvió hipnótico. Wally movía las caderas con una lentitud maldita, como si supiera exactamente qué hacer para volverme loco y decidiera alargarlo a propósito.
-¿Vas... más lento... a propósito?-logré preguntar entre jadeos.
Wally soltó una risa suave, sus dedos apretándose en mi pecho.
-Obvio. ¿Te crees que me voy a perder esta cara?
-¿Qué cara?
-Esa. La de "oh-dios-mío-este-chico-me-va-a-matar".
-No estaba pensando eso.
-¿Ah, no?
-Estaba pensando que si no te das prisa, voy a darte la vuelta y hacerlo yo.
Wally arqueó una ceja, divertido.
-¿Amenazas?
-Advertencias. Soy todo un caballero.
-Pues tu caballero está...muy dentro-dijo con descaro, echando la cabeza hacia atrás y gimiendo bajito cuando bajó hasta el fondo.
Mi cabeza golpeó suavemente el cabecero mientras soltaba una maldición. No podía con él. No podía con lo que me hacía sentir. Como si fuera suyo, aunque acabábamos de conocernos.
-¿Sabes qué es lo peor?-dijo, jadeando un poco, sin dejar de moverse.
-¿Qué?
-Que no quiero parar. Nunca. Y eso da un poco de miedo.
Le acaricié la cintura, sintiendo cómo sus músculos temblaban con cada movimiento.
-Entonces no pares-susurré- Mátame así, está bien.
Él rió, y sus caderas hicieron un giro inesperado que me hizo ver las estrellas.
-Considera esto...el tráiler de lo que te espera si me visitas otra vez.
-¿Esto es un tráiler? ¡Dame la serie completa!
-Ah, no, guapo. Esto se emite por capítulos... y hay que pagar suscripción.
-¿Cuánto?
-Besos, caricias, y que me dejes elegir la pizza la próxima vez.
-Hecho.
Wally sonrió, bajó una vez más, lento, profundo, y murmuró contra mis labios:
-Entonces agárrate, Grayson, que este episodio apenas empieza.
A la mañana siguiente me desperté como en una nube.
No... como en una cama deshecha, con las sábanas pegadas al cuerpo y la sensación de haber sido atropellado por un tren rojo con pecas.
Me estiré con pereza. Si le dijera a alguien que anoche eché cinco polvos, no me creería. Ni yo me lo creía. Incluso uno de los orgasmos fue seco. Como si mi cuerpo hubiera dicho "ya está bien, Grayson, estás en números rojos".
Wally, en cambio, parecía tener energía infinita. No estaba por ninguna parte. Solo yo, la cama desordenada, y el olor a él en la almohada. Miré el reloj: las once. Tres llamadas perdidas de Ace. Le mandé un "sigo vivo" y esperé la inevitable respuesta pasivo-agresiva.
Nada. Silencio.
Y eso ya era su forma sutil de decir: "cuando vuelvas, no te quiero aquí."
Me bañé rápido, me vestí con lo que encontré por el suelo y me dirigí a la puerta. Iba a salir discretamente, sin dejar rastro, como un caballero moderno después de una noche indecente. Pero justo cuando abrí la puerta...
La puerta se abrió desde fuera.
Y ahí estaba él.
Wally. Con ropa de verano. Como si el sol le perteneciera. Camiseta sin mangas, bermudas, gafas colgadas del cuello y una bolsita de papel en la mano.
-¿Ya te ibas?-preguntó, con una sonrisa.
-Eh... yo... sí. No quería molestarte.
-¿Molestarme? ¿Después de lo de anoche?-me guiñó un ojo y levantó la bolsa-He ido a por churros. Y chocolate. ¿No vas a quedarte a desayunar?
Sentí que se me derretía el corazón. O el estómago. O ambos.
-Churros, dices...
-Recién hechos. Crujientes. Y tú pareces alguien que necesita reponer azúcar-dijo entrando y dejándome la puerta abierta como si ya supiera que iba a seguirlo.
No tuve elección. Y tampoco quería tenerla.
Nos sentamos en el salón. Él puso una serie cualquiera
-una de esas de animación vieja con colores saturados y diálogos absurdos-y se dejó caer en el sofá como si fuera su trono.
-¿Qué planes tienes esta mañana?-preguntó, metiéndose un churro en la boca.
Tragué antes de responder. Mentí, porque la verdad era: nada. Absolutamente nada.
-Tengo que hacer la compra. Y luego...volver con mi padre. Arreglar unas cosas de casa.
Wally me miró con una ceja alzada, como si sospechara pero no fuera a juzgarme por ahora.
-Podemos vernos después, si quieres-dijo, sacando el móvil-
Dame tu número.
Eso me pilló desprevenido. Esperaba un "bueno, que vaya bien" y ya. Pero no eso. No el querer volver a verme.
-¿Mi número?
-Sí, ¿qué pasa? ¿Te crees que soy de esos que desaparecen después del sexo?
-Pues... un poco.
Se rió.
-Qué falta de fe. Yo soy raro, no cruel.
Y mientras anotaba mi contacto en su móvil, con mi nombre mal escrito y un churro entre los dientes, supe que Wally era muchas cosas.
Divertido.
Sexy.
Intenso.
Agotador.
Y definitivamente, extraño.
Pero quizás, solo quizás...
Era exactamente el tipo de extraño que necesitaba.
Conduciendo a casa pensé que no quería que Ace me hiciera preguntas. Y no porque fuera mal mentiroso, sino porque él siempre decía lo mismo: no formes vínculos con gente que no pertenece a este mundo.
Así lo llamaba. Este mundo. Como si hubiera una barrera invisible que dividiera lo que éramos de lo que fingíamos ser allá afuera.
Por suerte, cuando llegué, no estaba. La casa en silencio. Las luces apagadas. Ninguna mirada inquisitiva esperándome en la penumbra del salón.
Me cambié, me até los cordones con fuerza, y me fui directo a la sala de tiro.
Entrenar siempre había sido la única forma real de poner las cosas en orden. El ruido del disparo. La vibración del cuerpo. La puntería afinada por mucho tiempo de práctica. Cargar, apuntar, disparar, repetir. Casi automático. Como respirar.
Pero a mitad del segundo cartucho, el móvil vibró sobre la mesa.
Wally: ¿Has visto esa peli vieja donde los aliens son como calamares? Pero calamares con sentimientos, ¿sabes?
Fruncí el ceño. Dejé el arma en la mesa, me quité los guantes con los dientes y cogí el teléfono.
Yo: ¿Arrival?
Wally: ¡Esa! ¿Cómo no te traumatizó de pequeño? Yo lloré como una magdalena y ni siquiera entendí por qué.
No contesté enseguida. Me quedé mirando el mensaje unos segundos.
Sonreí.
Y volví a cargar.
Wally se iba a quedar todo el verano.
Lo dijo así, como quien informa que ha decidido que el cielo será azul todos los días hasta septiembre. Sin consultarme, sin rodeos, con la misma facilidad con la que se cuelga de una rama solo para saltar al agua helada. Y eso, claro, implicaba que quería hacer planes. Muchos. Caminatas, noches de peli, desayunos sin ropa, explorar sitios raros del mapa. Y eventualmente... que Ace se enterara.
Wally no sabía nada de mí. Nada real, al menos. Solo algunas verdades pequeñas por allá y las mentiras enteras sobre quién no soy.
Pero Ace no me prohibió nada.
Y eso ya era decir mucho.
Esa tarde, justo antes del atardecer, subimos una pequeña colina detrás de la casa. El bosque ahí era más tranquilo, casi mágico. Wally encontró dos árboles fuertes y colgó su hamaca como si llevara años haciéndolo.
-Ven-dijo, dando palmaditas en la tela tensa-Te prometo que no se rompe. Bueno...no siempre.
Me tumbé con él, con cierto recelo al principio. Pero cuando su brazo se enroscó alrededor de mi cintura, todo encajó. El bosque cantaba bajito a nuestro alrededor.
El sol filtrándose entre las hojas. Sus piernas entrelazadas con las mías.
-Dime la verdad-murmuró contra mi cuello-¿Quién es el mejor personaje de Dragon Ball?
Me reí.
-¿Otra vez con eso?
-Es importante. Define tu alma.
-Depende. ¿Z o Super?
-¡Z, por supuesto! Super no cuenta. A menos que me digas que amas a Jiren, en cuyo caso voy a tirarte de la hamaca.
Pensé un segundo, solo para fastidiarlo.
-Mr. Satán.
Se quedó en silencio. Me miró horrorizado.
-¡No puedes decir eso en voz alta en un bosque! ¡Los árboles tienen oídos!
-Es un gran personaje. Representa a la humanidad.
-¡Representa a los farsantes!
-Bueno, algo de mí se ve reflejado-dije, y él me dio un leve codazo-Está bien... si tengo que elegir en serio, Piccolo.
Wally asintió con solemnidad.
-Aceptable. Buen gusto. Digno de alguien que me besa bien.
-¿Eso es un criterio de calidad?
-Es el criterio.
Nos quedamos así. Tumbados, besándonos entre conversación y conversación, entre risas suaves, sintiendo el vaivén de la hamaca meciéndonos como un secreto compartido con el mundo.
El cielo empezó a apagarse poco a poco, y él apoyó su frente contra la mía.
Wally pensaba que Ace era mi padre. Nunca le dije lo contrario. Así era más fácil mantener mi vida falsa, con sus bordes redondeados y sus puertas cerradas con llave.
No había razón para abrir esa puerta todavía.
No si todo estaba funcionando así de bien.
Hoy, por ejemplo, era uno de esos días en los que el calor pegajoso hacía que hasta las paredes parecieran sudar. Nos tumbamos en mi cama con el aire acondicionado a tope, medio congelados pero agradecidos, envueltos en mantas solo por costumbre. En la tele, una de esas adaptaciones de Stephen King sonaba de fondo, con monstruos en la niebla y personajes que gritaban demasiado.
Habíamos echado el pestillo. No porque planeáramos nada.
Al principio solo queríamos ver la serie tranquilos, comiendo chuches, con los pies rozándose de vez en cuando. Pero ya sabes cómo va eso.
Primero se recuesta en mi pecho Después empezamos con las tonterías.
Y otra.
Y cuando me doy cuenta, estoy entre sus piernas, con una mano a cada lado, su cuerpo abierto debajo del mío como si estuviera hecho para recibirme.
Sus piernas rodeaban mi cintura, las rodillas flexionadas, los talones rozando mi espalda. Y yo arremetía contra su interior, con ritmo lento pero firme, sintiendo cada temblor, cada respiración contenida, cada suspiro escapando de su boca.
Wally intentaba no gemir muy alto.
Pero susurraba.
Así, Dick... justo ahí...
No pares, no pares...
Eres tan jodidamente bueno en esto...
Cada palabra me atravesaba como electricidad. El ventilador del techo giraba sin cesar, ajeno a todo, mientras el sudor se mezclaba con el frescor artificial del aire. Su piel estaba caliente. Sus mejillas, rojas. Su mirada... jodidamente intensa.
Me incliné más, mis labios sobre su oído, murmurando su nombre, besando su cuello, sintiendo cómo se arqueaba cada vez que empujaba más profundo.
La serie seguía sonando en la tele. Pero ya no existía.
Solo existía él.
Y esa forma en que decía mi nombre como si fuera suyo.
Las semanas pasaban con el calor pegado a las paredes y a nosotros. Cada día parecía derretirse con el siguiente, pero de algún modo, Wally seguía ahí. En mi cama. En mi salón. En mi mundo.
Y con él, llegaron esas conversaciones. Fragmentos. Momentos.
Pequeños incendios.
Estábamos en su piso.
-¿Te imaginas vivir juntos?-Dije.
-¿Estás proponiéndome matrimonio mientras revuelvo espaguetis?
-No, tonto. Solo digo... sería fácil. Tú cocinas, yo pongo la mesa, y luego follamos encima de ella.
-A ver, ¿la mesa es antes o después de cenar?
-Depende de cuánta hambre tengas.
-🐺-
E
stábamos en el porche de casa, viendo la lluvia caer.
-¿Tú crees que si desapareciera mañana, alguien me buscaría?
Lo pregunte.
Sí.
Porque yo realmente estaba solo.
-Sí.
-¿Quién?
-Yo. Y me cabrearía mucho, por cierto. Así que ni lo intentes.
-Uf, vale... ahora tengo que quedarme por miedo.
-Exacto.
-Dick...
-Mmm.
-¿Tú... estás huyendo de algo?
-¿Por qué lo dices?
-No lo sé. A veces pareces... no sé. Como si tu cuerpo estuviera aquí, pero el resto estuviera atrapado en otra parte.
-Quizás lo esté.
-¿Y puedo hacer algo para que vuelva?
-Seguir besándome así no está mal.
-🐺-
Estábamos en la amaca después de varios días de lluvia.
-¿Y si tuvieras que elegir entre salvar el mundo o quedarte conmigo?
-¿El mundo incluye a Ace?
-Sí.
-Entonces te quedas tú. Ace sabría entenderlo.
-¡No puedes sacrificar a toda la humanidad por un polvo!
-No es solo un polvo, Wally.
-...
-Y no digas nada cursi, que me conoces.
-Vale. Entonces solo voy a besarte.
-🐺-
En mi cuarto, mientras doblábamos ropa
-¿Nunca piensas en irte? ¿Dejar todo atrás?
-Todo el rato.
-¿Y qué te lo impide?
-Tú. Y también que no sé doblar camisetas sin hacer un lío.
-Eso puedo enseñártelo.
-¿Y si me enseñas a quedarme?
-Eso es más difícil.
Pero podría intentarlo.
Y así, día tras día,conversación tras conversación, Wally fue invadiéndolo todo. Como si el verano fuera una excusa para quedarse. Como si yo fuera el sitio al que él había estado llegando desde siempre.
Volví de dejar a Wally en su casa cerca de la medianoche. Le di un beso en la frente antes de que bajara del coche, y él me sonrió con esa mezcla entre ternura y deseo que aún no sabía cómo manejar. Me pidió que le avisara cuando llegara. Yo solo asentí.
El camino de regreso fue silencioso, con la ventanilla bajada y el aire templado chocando contra mi cara. Como si necesitara enfriarme por dentro.
Al llegar, la casa estaba en penumbra. Pero Ace seguía despierto. Lo vi en el salón, sentado en el sofá con una cerveza a medio terminar. La tele apagada. Solo él.
Esperándome.
-Siéntate-dijo sin mirarme, con esa voz suya que no se discute.
Obedecí. Me dejé caer en el sofá, manteniendo una distancia prudente, como si pudiera evitar lo que se venía con solo unos centímetros de espacio.
-Te estás desconcentrando-
dijo, directo. Como siempre.
-Estoy bien-respondí, sin ganas de entrar en debate.
-No. Estás distraído. Llevas semanas sin estar completamente aquí. Ni en los entrenamientos. Ni en las misiones.
Me quedé callado unos segundos. Luego hablé. Despacio.
-También tengo derecho a tener mi vida.
-¿Y esto es tu vida?-dijo, girando al fin la cabeza para mirarme-¿Un chico que no sabe casi nada real de ti?
-Tampoco necesito que lo sepa todo.
-¿Y cuando vuelva a su pueblo?-preguntó, sin levantar la voz-¿Cuando se acabe el verano y él se vaya con su mochila, su caos, sus malditos churros y su sonrisa? ¿Qué vas a hacer entonces?
No respondí.
Porque no lo sabía.
Ace me miró, directo. Como si pudiera verme por dentro.
-Te vas a quedar hecho una mierda, Dick.
Supe que tenía razón.
Pero no quería admitirlo.
-Deberías cortar con eso. Ya. Antes de que duela más.
Corta antes de que te enraíces en algo que no tiene futuro.
Me levanté. No porque tuviera algo que decir, sino porque si me quedaba un segundo más, podía romperme.
Y yo ya no me rompo delante de Ace.
Nunca.
-Lo pensaré-mentí.
Y subí a mi habitación con el eco de sus palabras pegado a la espalda.
"Te quedarás hecho una mierda."
Esa noche no dormí.
Miré el techo durante horas, sintiendo el aire frío del ventilador girar en círculos, sin llegar a tocar el calor que me quemaba por dentro. Wally me había escrito dos veces. Un meme estúpido y un "¿ya llegaste?". No respondí a ninguno.
Y mientras el cielo pasaba de azul oscuro a un gris pálido y sucio, tomé la decisión más cobarde que he tomado en mucho tiempo.
La más cruel.
La más necesaria, según Ace.
Esa noche, tomé la decisión de romperle el corazón a quien me lo había arreglado.
Wally, con su risa tonta, sus churros de domingo, su forma de besarme como si siempre supiera lo que estaba haciendo.
Y aún así, decidí que debía desaparecer de su verano.
Como si nunca hubiera estado.
Como si lo nuestro hubiera sido solo otra historia de calor, sudor y ficción.
Porque si algo aprendí en este mundo...es que cuando algo se siente demasiado real, probablemente ya es demasiado tarde.
Esa mañana, antes de que el sol terminara de levantarse, fui a su departamento.
No le avisé. No escribí. Solo fui. Porque si iba a hacerlo, no quería darle tiempo a imaginar nada bonito. Quería ser rápido. Preciso. Cruel, tal vez. Como me enseñaron.
Toqué la puerta. Escuché pasos arrastrándose desde el otro lado. Luego el clic del pestillo y su voz adormilada:
-¿Quién es?
-Soy yo.
La puerta se abrió, y ahí estaba. Con el pelo desordenado, una camiseta vieja que le colgaba de un hombro y los ojos hinchados de sueño.
-Dick-sonrió, y su voz se iluminó un poco más-Qué... qué sorpresa. Son las...-miró el reloj-¿seis de la mañana? ¿Te pasó algo?
-Necesitaba verte.
-¿Y no podías esperar a que amaneciera del todo?-bromeó, abriendo la puerta del todo para dejarme pasar.
Entré. El lugar olía a su colonia y a café del día anterior. Todo seguía igual. La manta arrugada en el sofá, su mochila medio abierta, un vaso con restos de jugo.
Demasiado real.
Demasiado cómodo.
Wally me miró, con ese brillo tierno en los ojos. Todavía medio dormido, pero feliz.
-Ey...-dijo, acercándose para abrazarme-¿Qué pasa?
Y justo en ese segundo, sentí cómo todo dentro de mí crujía.
Porque no había nada más difícil que romperle el corazón a quien te recibía con los brazos abiertos.
Me alejé un paso desaciendome del abrazo.
Lo suficiente para que no sintiera el temblor en mis manos.
-Wally, tenemos que hablar.
Su sonrisa se apagó un poco, pero no del todo.
-Vale... ¿qué pasa?
Me pasé una mano por la nuca. No sabía cómo decirlo sin decirlo. Sin hablar de armas, ni de dobles vidas, ni del tipo de noches que no terminan con churros sino con sangre.
Así que mentí.
Otra vez.
-Esto... lo nuestro... no va a funcionar.
-¿Qué? -la palabra le salió como si no la entendiera-¿Por qué?
-Porque no tiene sentido. No estamos hechos para esto. No vamos a durar.
Wally frunció el ceño, dio un paso más cerca, como si se negara a aceptar lo que estaba oyendo.
-Dick, si nos esforzamos... si seguimos como hasta ahora... podemos ser felices. Podemos hacerlo funcionar. Hasta podríamos pensar en vivir juntos algún día. Ya lo dijiste tú una vez.
-Eso fue una broma.
-No lo parecía.
Me callé.
Porque tenía razón.
-Yo sí te veo en mi vida-dijo él, con voz baja-¿Tú no me ves en la tuya?
Lo miré.
Y entonces decidí que tenía que ser cruel. No quedaban salidas suaves.
-No vamos a durar tanto tiempo, Wally.
Y ahí. Justo ahí.
Vi cómo se le rompía algo en los ojos.
Lento. Silencioso. Irreparable.
Wally se quedó en silencio. No bajó la mirada. No hizo una escena. Solo respiró hondo, como si intentara tragarse todas las palabras que querían salir disparadas al mismo tiempo.
Cuando habló, lo hizo con la voz baja, controlada. Pero había algo distinto. Algo nuevo. Una madurez herida.
-Vale... así que eso es todo, ¿no?
No respondí.
-Ni una explicación. Solo... "no vamos a durar". Como si todo esto no hubiera significado nada para ti. Como si yo fuera una historia de verano que se acabó antes de septiembre.
Tragué saliva, sin atreverme a mirarlo a los ojos.
-Sabes, pensé que eras distinto. Que eras jodidamente complicado, sí, pero no... cobarde.
Eso me hizo mirarlo. Sus ojos estaban brillando.
Pero no iba a llorar.
No delante de mí.
No le iba a dar ese poder.
-Si no puedes estar conmigo porque no quieres, dilo. Pero no me vendas que esto no tiene futuro como si fuera la única verdad. Porque la verdad, Dick...es que tú también estabas feliz. Tú también buscabas excusas para quedarte. Y yo lo vi.
-Wally...
-No-me cortó, con una firmeza que dolía-No me digas que lo sientes. Porque si lo sintieras de verdad, no estarías huyendo.
Dio un paso atrás.
Como si al hacerlo, pudiera llevarse consigo todo lo que habíamos construido sin que me tocara.
-Gracias por enseñarme cómo se siente tener algo bonito-dijo, tragando su orgullo como si fuera veneno-Y por recordarme que a veces, incluso lo bonito duele de la peor manera.
Y sin decir nada más, me cerró la puerta en la cara.
Sin portazos.
Sin gritos.
Solo silencio.
El tipo de silencio que se queda pegado al pecho y no se va.
Y ahí terminó mi historia de amor. Duró un mes y tres días.
Treinta y cuatro amaneceres compartidos, veintinueve besos robados, y un millón de palabras que nunca llegué a decirle.
No hubo grandes peleas.
Ni lluvia dramática.
Solo la mentira dicha con la voz justa, en el momento exacto, para romper algo que se había construido con ternura y manos temblorosas.
Después de eso, volví a lo que conocía.
Al filo del acero.
Al eco de los disparos.
A esa rutina vacía que me mantenía vivo sin dejarme vivir.
Volví a buscar la droga.
Porque sí, amar a Wally fue una droga.
Y dejarlo fue el síndrome de abstinencia.
A veces, cuando el mundo se apaga un poco, lo recuerdo.
Sus ojos verdes brillando en el lago aquella tarde en la que el sol nos rodeaba como una promesa silenciosa.
El agua le llegaba hasta las rodillas, y él me miraba por encima del hombro, sonriendo con la boca llena de cerezas robadas del mercado.
-Hazlo, cobarde-me gritó, salpicándome-Métete o te juro que voy por ti.
Y yo, con la ropa aún puesta, me metí. Porque esa era la clase de locura que él provocaba.
Lo recuerdo riendo con la cabeza echada hacia atrás, sus mejillas enrojecidas por el sol y el viento, la forma en la que me acariciaba el cuello con la yema de los dedos cuando creía que dormía.
Recuerdo su risa por las mañanas, siempre antes del café.
Su obsesión con las palomitas dulces.
Cómo se inventaba nombres falsos para la gente que pasaba por la calle.
La vez que me dijo que pensaba que los perros eran personas reencarnadas con buen karma.
O cuando afirmó muy serio que su superpoder era "hacerme sonreír aunque no quiera".
Lo logró.
Una y otra vez.
También recuerdo cómo se acurrucaba contra mí después del sexo, con las piernas enredadas y los pies fríos buscándome por debajo de las mantas.
Y esa maldita forma suya de decir mi nombre como si lo supiera todo, aunque no supiera nada.
Wally West.
El huracán.
El desastre con pecas.
El chico que se atrevió a quererme sin saber en qué estaba metiéndose.
Y yo lo dejé ir.
Como si fuera humo.
Como si fuera un sueño que debía olvidarse al despertar.
Pero nunca lo olvidé.
Ni lo haré.
Porque algunos amores no se apagan. Solo se esconden.
En los silencios.
En las balas.
En las noches largas donde la cama es demasiado grande.
Duró un mes y tres días.
Pero me marcó como si hubiera vivido mil vidas con él.
Y aún me duele...
como si fuera la primera.
La pastilla se disolvió en mi lengua como si supiera a olvido.
Calor.
Calma.
Mentira.
Me tumbé en la cama con las luces apagadas, la ventana entreabierta y el mundo girando un poco más lento.
Todo en mi cuerpo parecía flotar.
Menos el pecho.
Ese aún pesaba.
El éxtasis subió como una marea tranquila, arrastrando el ruido de mi cabeza hasta convertirlo en un susurro.
Y entonces lo escuché.
Wally.
Su voz.
Al principio creí que era una alucinación.
Y quizás lo era.
Pero no me importó.
“Eres como un misterio bonito… como esos libros que no quieres acabar nunca.”
“Me gusta cómo te ríes cuando crees que nadie te está mirando.”
“A veces me das miedo, ¿sabes? No porque seas peligroso… sino porque siento que si te pierdo, no voy a encontrar a nadie más como tú.”
Cada palabra era un hilo invisible que tiraba de mi alma.
Que me deshacía.
Que me armaba otra vez.
Lo sentí tan cerca que giré la cabeza buscando su aliento en mi cuello.
No había nadie.
Pero su voz estaba ahí.
“No tienes idea de lo mucho que me gustas, incluso cuando intentas esconderlo todo. Incluso cuando no dices nada.”
Y lo vi.
En mi mente.
En mi memoria.
Tan claro como el primer día en el lago, con las gotas de agua deslizándose por su cuello, el sol reflejado en sus ojos verdes y esa expresión como si me estuviera viendo de verdad.
Como si siempre lo hubiera hecho.
-“Dick…”-susurraba-“...estás hecho para más que la oscuridad. Solo que no lo sabes todavía.”
Me quise romper.
Pero el éxtasis no te deja llorar.
Solo sentir.
Y sentir con él cerca era menos doloroso.
Era como una tregua.
Recordé sus ojos mientras me decía eso. Ese brillo honesto que nadie más me dio jamás.
Esa mirada que me abrazaba incluso cuando yo no quería ser abrazado.
Y por unas horas, por un instante flotando entre luces inexistentes, pude fingir que Wally nunca se había ido.
Pude mentirme.
Pude amarlo.
Sin miedo.
Sin culpa.
Sin final.
Cuando Ace volvió a pillarme drogándome fue a finales del verano. El mismo verano en que perdí a Wally, en que me perdí a mí.
Me encontró con la mandíbula tensa, las pupilas dilatadas y la espalda sudada, tumbado en el suelo de mi habitación, escuchando voces que ya no existían.
No dijo nada.
No me gritó.
Solo me miró.
Y luego me arrastró hasta la habitación acolchada. Otra vez.
Como cuando era más joven.
Como cuando aún me ilusionaba con la idea de que podía salir de esto entero.
Yo lo insultaba.
Lo maldecía.
Le escupía palabras como cuchillos y le rogaba al mismo tiempo.
-¡Una más, Ace! Solo una.
Solo una pastilla más.
La necesito. La necesito para no sentir. Para dormir. Para dejar de oír…
Pero él no cedió.
Ace nunca cede.
Estuve un mes ahí dentro.
Treinta días sin sol.
Sin tacto.
Sin sabor.
Solo paredes suaves, techo blanco y el eco de mi cabeza peleando contra sí misma.
Un mes tarde.
Un mes roto.
Cuando salí, volví a los entrenamientos como si nada hubiera pasado. Como si el dolor se hubiera quedado allí dentro, pegado al acolchado, mudo.
Corrí.
Salté.
Disparé.
Lancé dagas.
Preparé trampas.
Volví a ser útil.
A mis 21 ya cazaba.
Ya era uno de los nombres que se susurraban en los pasillos oscuros de las redes que nadie quiere nombrar.
Me metieron en interrogatorios.
Aprendí a leer a la gente, a romperla sin tocarla, a encontrar la verdad debajo del miedo.
Conocí a muchos.
A demasiados.
Y a ninguno.
Sabía cómo matar a un hombre lobo con tres movimientos. Sabía cómo detectar un cambiaformas, cómo preparar una jaula para que ni los brujos más antiguos pudieran escapar.
Sabía todo eso.
Y sin embargo, no sabía cómo olvidar sus ojos verdes.
Ni su voz.
Ni cómo se sentía mi nombre cuando él lo decía como si importara.
Pero eso ya no tenía cabida.
En mi mundo no había lugar para eso.
Solo para balas, cuchillas y obediencia.
Porque mientras más aprendía a cazar, más entendía que en esta vida hay dos tipos de personas:
Los que te salvan.
Y los que no tienen derecho a ser salvados.
Yo ya sabía en qué lado estaba
A los 21 empecé a cazar.
Pero fue a los 22 cuando lo perdí. Cuando lo perdimos.
Antes de eso, recorrí el mundo como un arma silenciosa.
Estuve en Rumanía, persiguiendo a un clan que se ocultaba entre ruinas viejas, usando la niebla como escudo.
En Turquía, todavía intercambian palabras por sangre y donde los callejones parecen respirar.
En Bolivia, cazando cambiaformas en la selva, sintiendo cómo la humedad se metía entre los huesos y la conciencia.
Y luego, Alaska.
El hielo.
El silencio blanco.
La misión que nos cambió.
Estábamos allí por una manada.
Todos lobos.
Puros.
No vivían entre humanos. No fingían. No negociaban.
Nosotros les seguíamos el rastro desde hacía semanas.
Pero ellos ya sabían.
Ya nos esperaban.
Fue una emboscada.
Ace, yo, y cuatro más.
Nos internamos en un bosque donde los árboles eran como agujas y el suelo crujía con cada paso.
Pensamos que los teníamos acorralados.
Pensamos mal.
El primero cayó con un aullido ahogado, arrastrado por una sombra gris desde las alturas. El segundo apenas tuvo tiempo de gritar antes de que sus costillas se partieran bajo unas fauces enormes.
Ace dio la orden: dispersarnos.
Formación de ataque.
Sin miedo.
Sin titubeos.
Yo clavé dos dagas en el pecho de un lobo que me saltó encima, sintiendo cómo la sangre caliente me manchaba la cara. Otro me embistió por el costado y salimos rodando entre ramas secas y hielo. Le disparé a quemarropa en el cuello antes de que cerrara la mandíbula sobre mi garganta.
Gritos.
Disparos.
Humo.
Garras contra metal.
Ace gritaba coordenadas. Alguien gritó su nombre.
Pero fue su voz la que me hizo girar.
Lo vi.
A él.
A Jace.
Era el más joven del equipo. Apenas un año menor que yo.
Terco. Valiente.
Demasiado impulsivo.
Tenía un lobo enorme encima, y aunque luchaba con todo, no era suficiente.
Corrí hacia él.
Lo vi mirarme.
Y supe.
Lo supe antes de llegar.
Grité su nombre.
Grité como no gritaba desde que era niño.
Pero cuando aparté al lobo, cuando le clavé la daga entre las costillas y vi cómo se desplomaba…
Ya era tarde.
Jace no se movía.
Tenía los ojos abiertos.
La boca entreabierta como si aún me fuera a decir una de sus bromas de mierda.
Pero no dijo nada.
Y ahí, en medio del bosque, con la nieve empapada de rojo y mi respiración descompasada, lo perdí.
Lo perdimos.
A los 22.
Al filo del invierno.
Entre aullidos que aún me persiguen en los sueños.
El precio de la caza.
El precio de vivir sin corazón.
Ace, guiado por la rabia, no los quiso dejar escapar.
No quiso esperar.
No quiso planear.
Solo actuar.
Como si matar pudiera arreglar lo que nos habían quitado.
Esa misma noche, con el viento aullando entre los árboles, los seguimos.
Ace al frente.
Yo detrás.
Y uno a uno, los demás.
Pero no volvimos todos.
Los lobos nos estaban esperando. Ace fue el primero en lanzarse al corazón del nido, sin pensarlo.
Luchó como un animal.
Como un hombre con todo por perder.
Yo disparé hasta vaciar los cargadores.
Usé cada trampa, cada truco, cada golpe aprendido.
Pero al final, todos cayeron.
Todos.
Menos yo.
Vi el cuerpo de Ace destrozado entre la nieve, los ojos fijos en un cielo sin estrellas.
El hombre que me había salvado, el que me sacó de la habitación acolchada,
el que me enseñó a sostener un arma, a no temblar cuando la sangre salpicaba la cara,
a no dudar.
El hombre que fue mi todo…
había muerto por una venganza estúpida.
Y yo me quedé solo.
Solo con los cuerpos.
Con la sangre.
Y con un silencio que dolía más que el frío.
Los miré.
Y los mutilé.
Tal y como ellos habían hecho con los nuestros.
Uno por uno.
Sin gritar.
Sin temblar.
Como me enseñó Ace.
Después, no supe qué hacer.
Tenía mucho dinero.
Cuentas falsas.
Contactos.
Recursos.
Pero ningún plan.
Y decidí seguir.
Por mi cuenta.
Porque detenerme… significaba recordar.
Y recordar, dolía más que cualquier cuchilla.
Mis años hasta los 26 fueron un borrón de noches sin nombre y días sin voz.
Aprendí a moverme por países como si fueran pasillos de una misma casa: Irlanda, Egipto, Noruega, Argentina, Marruecos.
Dormí en moteles, en coches, en tejados, en brazos desconocidos.
Conocí a muchas personas.
Pocas me dejaron algo.
Menos aún se quedaron.
Me acosté con desconocidos y aprendí a no sentirme mal cuando despertaba solo.
A veces lloraba en baños públicos, con la música retumbando al otro lado de la puerta. A veces reía por cosas absurdas y no sabía si era felicidad o desesperación mal disfrazada.
Una noche vomité tras una dosis.
Y ahí lo entendí.
La droga no era solución.
Era una venda sucia sobre una herida abierta.
La dejé.
Poco a poco.
Con recaídas.
Con gritos internos.
Con temblores y sudor.
Pero la dejé.
Aprendí a vivir con los fantasmas. A mirarles a los ojos y decirles: hoy no me jodeis.
Aprendí que el dolor no se va.
Solo se acomoda. Y entendí que no estaba hecho para el amor sencillo. Que lo mío era quemar y reconstruirme.
Que tal vez, si un día alguien me abrazaba sin huir…entonces, podría quedarme.
Pero hasta entonces, seguí caminando.
Con cuchillas ocultas y el alma rota.
A los 26.
Todavía buscando algo que no sabía nombrar.
Tim
Dick caminaba a mi alrededor como un depredador con paciencia. Cada paso medido.
Cada mirada clavándose como aguja. Y yo tenía toda esa información bailando en mi cabeza, girando como un vendaval sin centro.
Había huecos.
Demasiados.
Lagunas entre hechos y recuerdos que no encajaban.
Quizás porque Dick no los recordaba del todo.
Quizás porque no quería.
O porque las drogas le habían robado más que el tiempo.
Pero había un nombre que ardía en mi mente, como una vela a punto de consumirse: Wally West.
Uno de mis amigos.
De los pocos reales que tenía en el pueblo.
-Entonces aparecieron en mi camino Alesha y Ryven-dije, saliendo de mis pensamientos. Lo vi detenerse, girar la cabeza hacia mí con algo que parecía curiosidad-
Me contaron muchas cosas. Por ejemplo… que mis padres murieron por culpa de la manada de los Kent.
-Eso no puede ser-negó, frunciendo el ceño-Tú vivías a días de donde ellos…
-¿Es que no existen los coches? ¿No podían viajar?
-¿¡Y por qué matarían ellos a tus padres!?
Tragué saliva.
-Alesha…-sentí el filo de la daga en mi cuello, y cerré los ojos. Como si eso pudiera protegerme. Como si las costillas pudieran cerrarse sobre el corazón como un cepo y no dejarlo salir-Dijo que mis padres fueron un daño colateral. Que estaban en el lugar equivocado, en el momento equivocado. Y que no podían volver a sus vidas. No después de todo lo que sabían.
-No…-susurró, como si la negación pudiera construir una pared entre él y esa idea-No puede ser.
-¿Y entonces?-pregunté.
-No lo sé…
Otra alarma sonó.
Un pitido agudo, cortante, de esos que se te clavan detrás de los ojos.
-Están cerca-dijo Dick, su voz volviendo a ser la de un soldado-Se te acaba el tiempo de negociación.
Entonces pensé.
Doble de rápido.
Triple.
El dolor en el cuello me mantenía despierto, cada pieza intentando encontrar su lugar en ese maldito rompecabezas.
-Seguramente te mintieron.
Él se sentó delante de mí, con una calma irritante.
Una sonrisa torcida.
Diversión en los ojos.
No estaba loco.
Lo sabía.
Solo era inteligente.
Peligrosamente inteligente.
No tenía miedo.
Y lo peor: no le temía a matar.
-¿Cómo lo sabes?-preguntó.
-Porque a mí también me mintieron sobre la muerte de los míos. Y si todo esto fue una mentira más… entonces esto-dije señalando la situación, la sangre, el filo, el miedo-no es justicia. Es solo otra manera de intentar matarnos.
Otras dos alarmas.
Más cerca.
Más rápido.
-Confía en mí-dije-Y te traeré la verdad.
-¿Esa es tu mejor oferta?
Tres alarmas al mismo tiempo.
Y él sacó su arma.
-No-susurró, cargando el arma sin apartar los ojos de los míos-También te traeré a Wally West.
Desde fuera, entre el crujido de las ramas y el murmullo del viento, se escuchó un grito entrecortado:
-¡Cuidado, cepos!
El eco golpeó las paredes del silencio como una campana de advertencia.
Y todo mi cuerpo se tensó.
-Dick… por favor-susurré, jadeando-Para esto. Es verdad.
Te lo juro.
Él seguía con el arma en la mano, pero no la apuntaba. Aún. Esperaba. Pero su paciencia era delgada, y se estaba acabando.
-Déjame enseñarte-dije, con la voz temblando pero firme-Mira mi móvil. Wally vive en mi pueblo. Es… es mi mejor amigo desde hace años. Si quieres, te lo traeré. Aquí. Frente a ti.
Lo vi dudar. Apenas una grieta en su mirada.Pero suficiente para que el aire entrara otra vez en mis pulmones.
Dick odiaba a los lobos.
Se lo habían enseñado.
Porque le habían dicho que los lobos mataron a sus padres. Que los destrozaron. Que no dejaron nada.
Pero yo lo sabía.
Estaba casi seguro.
Todo había sido una mentira.
Una historia inventada para encender una venganza.
Y él, queriendo justicia, se había entregado a la causa… incluso hasta el punto de aliarse con otros lobos para cazar a los que supuestamente lo habían dañado.
Y ahora estaba aquí.
Frente a mí.
Pidiéndome sangre.
Y yo, ofreciéndole la verdad.
Se pasó la lengua por los labios, pensativo, el arma bajando lentamente.
-Bien-dijo por fin, con voz seca, sin emoción-Tienes una oportunidad.
Sus ojos se clavaron en los míos como un contrato silencioso.
-Demuestra que los Kent son inocentes. Tráeme a Wally West. Y entonces…estaré completamente de vuestro lado.
Lo dijo así.
Como si fuera una promesa.
Como si ese nombre tuviera el poder de cambiar todo lo que había creído.
O de destruirlo por completo.
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