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Monster [ConnerxTim]

22

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Nací en una guerra que no elegí, y aún así esperan que la gane.

Tim

Estoy delante del tio que trajo Jason.

Sentado frente a mí, con las muñecas esposadas y la barbilla alta, como si no estuviera en desventaja. Como si no le importara nada.

Le hago preguntas. Directas. Concisas. Las básicas para empezar:
Quién lo envió.
Cuánto tiempo llevaba espiándonos.
Qué sabe exactamente.

Nada. No dice nada. Solo me mira como si yo fuera el que está perdiendo el tiempo.

No soy muy fan de la tortura.
No porque crea que es inmoral -eso depende del contexto-sino porque ensucia todo. Ralentiza. Rompe cosas que luego no se pueden reconstruir.
Pero si este idiota no abre la boca pronto, se lo voy a tener que dejar a Jason.
Y Jason no es tan paciente como yo.

Por la información que hemos conseguido, el tio se lama Roy tiene 19. Casi 20. No tiene un buen expediente académico. Problemas de disciplina, expulsiones, nada grave, pero sí constante. Su madre fue abandonada por su padre cuando él tenía apenas cuatro años. Se criaron solos. Estuvo cuatro años en una escuela de tiro con arco. Una de las buenas. Las que no enseñan solo a competir.

Lo miro.
El cuerpo delgado, los ojos atentos, esa forma de respirar lento como si contara los segundos.

No es amateur.

Y, sin embargo, aquí está.

Preso.

Me cruzo de brazos, dejo que el silencio se instale entre nosotros, como una cuerda tensa.

-Sabes que esto no va a mejorar-le digo finalmente-Cuanto más te calles, más probable es que el que venga después de mí no tenga el mismo autocontrol.

Nada. Ni un parpadeo.

-¿Quieres que Jason se encargue? Porque te aseguro que él no va a traer café a la mesa.

Lo pienso un momento.

Después me acerco un poco. Bajo la voz.

-Tienes una sola oportunidad. Úsala.

Sigo sin respuesta.

Me giro. Camino hacia la puerta. Pero no salgo. Solo me detengo ahí. Doy un último vistazo por encima del hombro.

Quiero saber qué tipo de persona eres.

Y quiero saber si te queda algo que valga la pena salvar.

Damián

Tengo agujetas por todos lados. Cada músculo me duele como si me hubiera atropellado una manada entera de bisontes. Me siento -porque tengo que hacerlo, porque si no me obligo no lo haré nunca- y pongo el diario frente a mí.

El diario de mi padre.

Las tapas están desgastadas, el lomo tiene grietas como si hubiera sido abierto mil veces y aun así se negara a romperse. Como él.

Respiro hondo.
Abro la primera página.

Los nervios que tenía en el estómago se retuercen. Y cuanto más leo, más se afilan. Como mordiscos de pirañas. No me dan tregua. Ni tiempo para digerir.

Mi padre no escribe como alguien que quiere que lo entiendan. Escribe como quien necesita desahogarse sin dar explicaciones. Todo es directo. Crudo. A veces ni siquiera termina las frases. Solo deja espacio. Como si no pudiera seguir.

Habla de entrenamientos a los catorce.
De sangre en los nudillos.
De enemigos que no tenían rostro.
De Talía.

De mi madre.

Y no como la guerrera elegante y letal que yo conozco, sino como una sombra. Una novia y esposa. Un desafío que terminó por convertirse en algo más. En algo que ni él parecía comprender del todo.

Paso las páginas despacio. Aunque quiero devorarlas, no puedo. Me detengo en cada línea, tratando de encontrarme en él. En alguna parte. En algún gesto. En alguna palabra.

Pero lo que encuentro es dolor. Frío. Decisiones que pesan como cadenas.

Y esa verdad de que este camino ya estaba trazado mucho antes de que yo aprendiera a caminar.

Tim

Estoy corriendo en la cinta.

Rápido.
Más rápido.
Mis piernas arden, el sudor me cae por la nuca, pero sigo.

Necesito cansarme. Necesito que el cuerpo pese tanto que no me quede energía para pensar. Porque si me detengo, si freno un segundo... la cabeza me va a devorar.

No quiero saber qué le está haciendo Jason a ese chaval.

No quiero imaginar sus gritos, o su silencio, o la manera en que Jason mira cuando algo dentro de él se rompe un poco más.

La música de mis auriculares está a todo volumen. El bajo golpea como un latido falso. Las voces son distorsión pura. Pero no callan mis pensamientos.

Alesha.

Sigue apareciendo en mi cabeza como una sombra detrás del espejo. ¿Realmente puedo ganarle?

No lo sé.

Y ese "no lo sé" me perfora el pecho.

Quiero creer que sí. Que puedo superarla. Que puedo protegerlos a todos. Que puedo con esta responsabilidad que se me ha incrustado en la piel como una segunda casta.

Pero...no quiero pensar en qué pasa si fallo.

Porque si fallo...Muere gente.
Y no me importa si alguien dice que eso no es culpa mía.
Yo lo sabré.
Yo lo cargaré.

Así que corro.
Como si pudiera llegar antes.
Como si pudiera ser más rápido que el miedo.

Damián

Cierro el diario.

La tapa suena hueca cuando la dejo caer sobre mis piernas. Me quedo ahí, con la vista clavada en la nada, mientras mi mente no para.

Pienso en todo lo que vi en aquel sótano.
El olor a humedad y metal.
Las paredes llenas de archivos que parecían latir.
Los nombres. Las fechas. Las marcas en los cuerpos de los niños.
Dick.

Todo estaba escrito, documentado, frío.

Pienso en las desgracias que pueden volver a pasar.
Porque esto no ha terminado.
Porque siempre hay alguien esperando retomar lo que otros empezaron.

Porque la historia no se detiene, solo cambia de máscara.

Y sé que si no hacemos algo...
los monstruos no volverán del pasado.

Nunca se han ido.

Tim

Quieren crear la manada perfecta.

Quieren dominar.
No convivir. No sobrevivir. Dominar. Desde las sombras, desde los laboratorios, desde los huesos rotos de los que no se someten.

Asustar.
Convertir el miedo en obediencia. Hacer que sus nombres se susurren como advertencias. Que nadie se atreva a levantar la voz. Que nadie escape del molde.

Un río de sangre.
Eso es lo que viene si no los detenemos. No una guerra limpia. No una batalla justa.
Un desgarro constante. Una carnicería que no distingue edad, casta ni lealtad.

Y entonces me lo pregunto, sin filtro:

Si podemos con Alesha...
¿podemos con los que están detrás de ella?

Porque ella es la cara. El nombre fácil.
Pero hay más.

Me muerdo el labio.
No lo digo en voz alta.
Pero arde en mí como una sentencia.

Damián

Me levanto.
No puedo quedarme quieto.

Empiezo a dar vueltas por la habitación, en círculos cada vez más pequeños, como si pudiera encerrar mis pensamientos en un perímetro.

Pero no paran.

Se acumulan. Se empujan. Teorías. Suposiciones. Estrategias que mi padre usó, decisiones que tomó... y cómo podría mejorarlas.

Cómo debió moverse en aquella operación en Japón.
Cómo debía haber dejado marcas falsas en Canadá.
Cómo debió ocultar mejor su presencia en Holloway.
Dónde falló. Por qué. Qué haría yo distinto.

Y no porque crea que soy mejor.
Sino porque tengo que serlo.

No hay margen para errores ahora.
No con lo que se avecina.
No con lo que está detrás de Alesha.

Mi padre trazó caminos.
Yo tengo que rehacerlos.

Más seguros.
Más letales.
Más nuestros.

Tim

No soy mi padre.

Lo repito en mi cabeza mientras camino por el pasillo. No porque quiera distanciarme de él... sino porque necesito recordarlo. Necesito saber dónde termina su sombra y dónde empiezo yo.

Mi padre era metódico. Silencioso. Una máquina de estrategia y contención emocional.
Yo siento demasiado.
Me desbordo cuando nadie me ve. Me despierto en mitad de la noche repasando planes por si algo falla. Por si yo fallo.

Él no se permitía dudar.
Yo dudo cada maldito día.

Y sin embargo, aquí estoy.
Llevando el peso que él dejó atrás. Con la misma precisión, con la misma presión... pero a mi manera.

No soy Bruce Wayne.
soy su legado.
Soy Tim Wayne.

Y si tengo que salvarnos,
será con todo lo que él ha dejado...y con todo lo que él nunca se permitió sentir.

No sé si lucho para vengarme o para que alguien, algún día, no tenga que hacerlo

Jon

Mis patas se hunden en el barro, pesadas y frías. Las de mi padre también. Y las de Conner. Y las de Conrad. Los cuatro patrullamos en silencio, en formación, rodeando la zona de entrenamiento donde Jason encontró a Roy.

Pero no hay nada.
Ni olor fresco.
Ni huellas nuevas.
Solo tierra húmeda, ramas rotas y el eco de algo que ya pasó.

El aire pesa como si estuviera a punto de llover, y la tensión se siente en cada paso. Ninguno habla. No hace falta. Cada uno sabe lo que está buscando, aunque no lo diga:
Una pista.
Un error.
Un enemigo invisible que haya dejado algo atrás.

Pero no hay nada.

Y mientras camino, mientras mi lomo se moja con las gotas que caen de los árboles, pienso en si esto algún día acabará.

Porque quiero que acabe.

Quiero dejar de correr esperando balas.
Quiero dormir sin pensar si todos siguen vivos.
Quiero besar a Damián sin mirar por encima del hombro.

Pero no sé si eso existe para nosotros.
No sé si la paz es una posibilidad real... o solo un descanso entre batallas.

La guerra no termina cuando guardas el arma. Termina cuando puedes dormir sin escuchar gritos.

Mike

Creo que siempre seré un soldado.

No importa si me quito el uniforme, si dejo las armas, si duermo en una cama caliente durante una semana seguida.
Está en mí.
En la forma en que evalúo cada sala.
En cómo escucho más de lo que hablo.
En cómo reacciono cuando alguien se acerca demasiado rápido.

Se suponía que solo tenía que proteger a los Kent.
Hacer mi trabajo.
Mantenerme al margen.

Pero con el tiempo, entendí algo que nadie me explicó: Aunque sea un soldado, un espía, un lobo...también soy muy humano.

Soy un lobo que mata.
Sí.
Y también soy una persona que llora.
Cuando nadie mira.
Cuando el peso de todo esto se me clava en la espalda como cuchillas viejas.

Desde que Tim me dejó entrar en su vida, supe que tenía un amigo.
Uno que me miraba como si no le importara todo lo que había hecho. Como si supiera que podía morir en cualquier momento... y aún así elegía quedarse cerca.

Puede que también me guste un poco. Tal vez más que un poco.

Porque él es...
paz en mitad del caos.
Es inteligencia sin arrogancia.
Es ternura en una guerra que no perdona.

Y si algún día muero, espero que sea haciendo algo que lo mantenga a salvo.
Porque no hay muchas cosas que me importen en este mundo.
Pero él...
Él sí.

No estoy bien, pero estoy lista.

Pamed

Me siento como si mi cuerpo fuera un caparazón vacío.
Cada músculo duele, como si me hubieran arrancado el alma a tirones y la hubieran intentado volver a meter a la fuerza.

Conrad ha salido...
Y en cuanto cerró la puerta, lo he sabido: ahora podía permitírmelo.

Llorar.

Me echo hacia un lado, con cuidado. Me abrazo las piernas como puedo y dejo que el temblor me sacuda sin resistirme.

Lloro sin sonido. Sin gritos.
Solo lágrimas tibias que caen sobre las sábanas.

No porque me sienta débil.
No porque haya perdido.

Lloro porque aún estoy viva.
Porque sigo sintiendo.
Porque estuve cerca... tan cerca...
y ahora tengo que aprender a vivir con lo que vi, con lo que hice, con lo que dolió.

Y sé que de aquí a un rato volveré a sonreír. A hacer bromas. A fingir que estoy entera.

Pero ahora me permito llorar.

Wally

Duermo con la cabeza de Dick contra mi pecho.
O al menos, intento dormir.

Su respiración aún es temblorosa, como si su cuerpo no hubiera terminado de entender que ya no está en peligro. Que puede bajar la guardia. Que ya no tiene que luchar por mantener una expresión que lo proteja de todo.

Su brazo está enredado en mi cintura como una cadena. No me suelta ni dormido. Como si tuviera miedo de que desapareciera si afloja un poco.
Y no me molesta.
No me importa.
Me quedaría así toda la noche, toda la vida, si eso lo mantiene en pie.

Que cursi. Escucho en mi cabeza.

Le acaricio el pelo despacio, empezando en la nuca y bajando por su espalda hasta los omóplatos.
Subo otra vez.
Y repito.

No hablo.
No necesito hacerlo.
Mi voz no arreglaría lo que hoy se rompió dentro de él.

Solo lo dejo llorar.

Llora contra mi pecho. Con silencios interrumpidos por palabras sueltas, a veces apenas un susurro. A veces un sollozo contenido. A veces una maldición.
"Mentiroso."
"Bastardo."
"Me usó."

Acer.
Una palabra, un nombre, que Dick escupe con veneno.
Y yo lo dejo.

Lo dejo insultar.
Lo dejo maldecir.
Lo dejo ser humano.

Porque durante años se tragó cada emoción, cada golpe emocional, con una sonrisa forzada y una carcajada sarcástica.

No voy a decirle que todo estará bien.
No voy a decirle que Acer no lo quería.
No voy a ofrecerle explicaciones dulces para algo que fue una traición profunda, sucia, imperdonable.

Le acaricio el pelo.
Y cuando siento que vuelve a tensarse, que va a llorar otra vez, apoyo mis labios en su frente, como si pudiera transferirle un poco de estabilidad.

No le pido que se calme.
No le digo que pare.
Porque no basta.
No aún.

Él lo dio todo por alguien que lo veía como un perri obediente.
Alguien que le quitó a sus padres.
Alguien que después lo rescató... para convertirlo en algo útil.

Así que me quedo.
Quieto.
Presente.
Lento, constante.

De vez en cuando le susurro:
"No estás solo."
"Estoy aquí."

Y no porque crea que eso va a borrarlo todo. Sino porque él necesita saberlo.
Y yo necesito que lo sepa.

Él no es un arma.
No es una pieza en un tablero.
No es lo que Acer quiso que fuera.

Es Dick.

Y voy a quedarme aquí.
Con él.
Hasta que vuelva a respirar sin miedo.

Mike

El sol pega fuerte.

Lo siento en el lomo, en la lengua fuera, en cada bocanada de aire caliente que me llena el pecho. El campo de entrenamiento está lleno de polvo levantado y olor a sudor, a tierra, a piel.

Joel es un entrenador duro.
Quiere precisión. Ritmo. Coordinación perfecta.
No hay margen para improvisar. Si uno falla, todos fallamos.
Y eso lo repite una y otra vez, hasta que se te graba en los huesos.

A mi lado, Nate -también en forma de lobo- bosteza con descaro. Su pelaje claro se eriza cuando se estira perezosamente, aunque sé que está tan atento como yo.

Estamos trabajando tácticas de ataque en grupo, entrenamiento conjunto con humanos y lobos. Mientras ellos recuperan el aliento, nosotros aprovechamos para relajarnos.
Ellos sudan. Nosotros jadeamos.
Diferentes ritmos. Mismo propósito.

Wally se ha tropezado unas tres veces. Nadie dice nada.
Pero Joel sí lo corrige, como siempre: breve, directo, sin crueldad. Wally asiente, nervioso. Su corazón late rápido. Lo escucho desde aquí.

Dick quiso venir también, claro. Pero Dom lo detuvo en seco.
"Grupo C, Dick. Con Jason, Niko, Vanya, Tim, Pamed, Artemis y Marcus." Y se lo dijo con ese tono que no acepta réplicas.
Dick solo rodó los ojos... pero obedeció.

Una ramita cae justo en mi hocico. Gruño por reflejo, con el ceño fruncido -si los lobos fruncimos el ceño- y giro la cabeza en la dirección obvia.

Ya sé quien a sido.

Me está mirando con esos ojos marrones, que brillan de pura diversión. Benji. El pelo lo tiene hecho un desastre por el entrenamiento, negro, húmedo por el sudor, pegado a la frente. Lleva una camiseta gris sin mangas, completamente empapada, los pantalones deportivos llenos de barro por los arrastres y caídas.

Pero no le importa.
Nunca le importa.

Se pasa una mano por la nuca y me lanza otra ramita, esta vez más pequeña, apuntando entre mis orejas.

Gruño otra vez, pero él solo se ríe. Esa risa suya que siempre suena como si acabara de cometer una travesura y se sintiera orgulloso.

Sus ojos brillan.
Y yo, aunque debería seguir concentrado, me permito agitar la cola una vez. Solo una.

Tim tenía razón.
Lo pienso mientras me levanto, sacudo el polvo de mi pelaje y sigo las instrucciones que nos ha dado Joel con ese tono afilado que no deja espacio para la pereza.

Le gusto a Benji.
Lo noto.
No solo por cómo me molesta.
Lo noto en el cambio de su olor cuando estoy cerca.Imperceptible
para un humano. Pero no para mí. Para mí es evidente.bSu olor cambia. Se vuelve más cálido, más dulce, como tierra húmeda después de lluvia.

Soy consciente de cómo me veo, incluso así, con cuatro patas y orejas en alto. Soy rubio -bueno, lo era antes de transformarme-, ojos azules, espalda ancha, músculos por años de entrenamiento. No me creo el centro del mundo, pero sé que algunos me miran dos veces.
Benji también.
A su manera. Con esa media sonrisa torcida y esos ojos que se le iluminan como si estuviera siempre tramando algo.

Y aunque él se ríe y hace como que no pasa nada, sus latidos me lo dicen todo cuando estoy cerca.
No me hace falta más.

Obedezco la orden. Me coloco junto a Nate, en posición de flanqueo. Joel nos da la señal.
Corremos.

Pero mientras lo hago, lo siento.

El olor de Benji me sigue.
Su risa desde la línea de observación.
Ese pequeño giro de su cabeza cuando me ve moverse, como si no pudiera evitarlo.

Tim tenía razón.
Y yo no estoy tan acostumbrado a que alguien me mire como él lo hace. Tampoco es que me quede mucho tiempo en el mismo sitio o con las mismas personas

Pero empiezo a pensar que me gusta.
Más de lo que esperaba.

Tim

Estoy en el Grupo C.

Con Dick, Jason, Niko, Vanya, Pamed, Artemis y Marcus. Todos de pie en medio del círculo de tierra endurecida, rodeados por árboles altos que nos cortan el viento y por la voz seca de Dom, que no se calla ni medio segundo.

-Pamed, esa guardia esta de adorno. Te la quitaran en medio segundo-suelta, sin levantar la voz, pero con una firmeza que atraviesa más que un grito.

Ella resopla, se recoloca, y asiente sin discutir.

El entrenamiento es cuerpo a cuerpo. Sin transformación. Solo piel, sudor y huesos. Algunos ya tenemos marcas rojas por impactos, rodillas llenas de tierra, y dedos agarrotados por las repeticiones.

Dom camina entre nosotros como si fuera un general antiguo. Su mirada va de uno a otro, y apenas alguien baja la guardia, él lo ve.

-Niko, tu centro de gravedad está mal. Estás confiando en la fuerza, pero si te fallan las piernas, te van a desarmar antes de que puedas reaccionar.

Niko murmura algo por lo bajo. Jason se ríe, y Dom le lanza una daga de madera que le pasa rozando el hombro.

-¿Te hace gracia, Todd? Quiero ver si te ríes cuando alguien te la clave en las costillas.

Jason solo sonríe más. A su manera, disfruta de esto.
Yo... lo tolero.

Vanya y Artemis están peleando entre sí, las dagas de práctica chocando con fuerza y elegancia. Dom se detiene entre ellas.

-Muy bien. Pero usen el entorno. El terreno también es un arma.
Y luego, señalando a Artemis:
-Tú eres más rápido, pero si no bloqueas bien, Vanya te va a abrir en canal en un combate real.

Me toca con Dick. Porque claro que sí. No sé si Dom lo hace a propósito o si el universo simplemente quiere verme perder el equilibrio emocional a cada cinco segundos.

-Vosotros dos-nos dice-Quiero que lo hagais en silencio. Sin avisos, sin palabras. Solo reacción y lectura corporal. El que hable, repite veinte vueltas al perímetro.

Dick me mira y arquea una ceja. Sé que está conteniendo un comentario.
Yo respiro hondo.
Y ataco.

El cuerpo a cuerpo con Dick es como bailar con una sombra que te conoce demasiado bien.
Y eso lo hace peor.
Porque él disfruta ver cómo intento adivinarlo. Cómo intento no dejar que se me note el cansancio. Cómo lucho contra el impulso de decirle que baje la guardia y me deje pensar.

No hay respiro.

Dom no interrumpe. Solo observa. Como si estuviera leyendo un libro antiguo y buscara errores en las líneas.

Sé que Dick no me está atacando con ganas. Sé que está jugando.
Y eso me quema. Cada paso que da es medido. Cada movimiento suyo tiene el peso de años de entrenamiento, de misiones en ciudades que no salen en los mapas, de enemigos que no dejaron segundos intentos.
Yo tengo... meses. Meses de entrenamientos, de simulacros, de esfuerzo desmedido por no quedar atras.
Pero no es lo mismo.

Lo veo en cómo se mueve.
En cómo esquiva con facilidad. En cómo amaga un golpe solo para ver si yo lo leo bien. Y cuando no lo hago, no me castiga. Solo me corrige con los ojos.

Y eso es peor.

Porque quiero que pelee en serio.
Quiero que me tome en serio.
Y no sé si lo hace. No del todo.

Siento cómo me late la sangre en las sienes. Giro, intento un barrido, pero él lo esquiva con un giro casi elegante, como si fuera parte de una coreografía vieja que conoce mejor que yo.

Dom nos mira de lejos. No dice nada. Está esperando algo. No sé si es técnica, si es rabia, si es yo dejando de contenerme.

Dick lanza un golpe al hombro, suave, casi un toque, y me lo trago como si fuera un puñetazo real.

Aprieto la mandíbula.
No por el dolor.
Por el orgullo.

Él sonríe un poco.
Como si esto fuera divertido. Como si estuviera jugando a enseñarme.

Y yo no quiero juegos.

Quiero estar a su altura.
Quiero que me mire como un igual.

Conrad

No me hace gracia que Pamed esté entrenando.
Nada de esto me hace gracia.

La miro desde lejos, cómo se mueve, cómo fuerza el cuerpo aunque sé -sé- que todavía no está del todo recuperada.
Pero, según ella, "las pastillas hacen que no le duela nada."
Claro. Porque el dolor no existe cuando lo empujas con químicos y obstinación.

Discutimos antes de venir.
Otra vez. Ella dijo que si descansaba un par de días más se iba a quedar atrás. Que los demás seguirían avanzando y ella no. Que tenía que seguir el ritmo.
Y yo...
yo no le grité.
No le rogué.
Solo me tragué las ganas de decirle que eso es una estupidez.

Porque ella no sabe. No lo ve.
No entiende que por el simple hecho de estar aquí, de seguir respirando en esta ciudad, ya es suficiente.
Ya es valiente.
Ya es fuerte.

Pero no.
Pamed quiere demostrar algo. A los demás. A sí misma. A ese maldito fantasma que lleva a la espalda desde que todo esto empezó.

Y yo... yo estoy harto de verla forzarse para sentirse útil.
Porque lo es.
Lo ha sido siempre.

No necesita saltar al fuego para que lo entendamos.

Y, aun así, ahí está.
Con la mirada fija, la mandíbula apretada, y los movimientos algo torpes por el vendaje escondido bajo la camiseta.
Pensando que está ganando tiempo.
Cuando en realidad, lo único que gana es otra cicatriz más.

Y yo la amo.
Pero a veces no sé cómo protegerla...cuando ella misma no se quiere cuidar.

Wally

Esto es completamente nuevo para mí. Nunca he hecho esto.
Moverme en grupo para atacar una base enemiga.
No en serio. No como ahora.

Joel está al frente, como una sombra con voz de acero.
Su forma de caminar entre nosotros hace que nadie se atreva a distraerse.
Él no grita.
No lo necesita.
Basta con que te mire.

Nos está enseñando a movernos en formación, en sincronía, como un solo organismo con múltiples patas, ojos, garras.
El objetivo: asaltar una base sin dejar rastro. Rápido. Coordinado. Preciso.

Y yo...yo me estoy ahogando en nervios.

El cinturón de dagas que llevo está casi vacío. No porque las haya usado con éxito.
Sino porque casi todas han terminado clavadas en el barro, rebotando contra la corteza de los árboles, o peor... perdiéndose entre los arbustos.

Las dianas colgantes giran con el viento, burlándose de mí.
Las que están clavadas en los troncos parecen tan lejanas que a veces me convenzo de que Joel las ha puesto así solo para joderme.

Mi pulso no ayuda.
Cada vez que lanzo, mi respiración está mal.
Mi muñeca, tensa.
Mi foco, partido en diez pensamientos distintos.

¿Y si fallo? ¿Y si por mi culpa el grupo cae? ¿Y si... muere alguien?

Joel se detiene detrás de mí en mitad de una ronda.
No dice nada al principio.
Solo espera a que falle otra vez.

La daga vuela.
Cae.

Sus palabras llegan como un martillazo en la nuca.

-La próxima vez, no fallas la en la diana. Fallas a alguien del equipo.

Me paralizo.
Trago saliva.
El grupo no dice nada, pero lo siento.
El silencio pesa.

-Otra ronda-ordena.

Y volvemos a empezar.

Esta vez, intento borrar todo de mi mente.
Solo respiro.
Solo lanzo.

La daga se clava. No en el centro, pero en la madera. Y aunque no es perfecto, por primera vez siento algo parecido a alivio.

No soy el mejor.
Pero estoy aquí.
Intentándolo.

Tim

Estamos en el descanso.
Por fin.

El suelo me parece más cómodo de lo que debería, y tengo los brazos apoyados sobre las rodillas mientras intento regular la respiración. Me duele todo: los músculos, los nudillos, hasta el orgullo. Pero al menos no sangro.

Jason está a unos metros, bebiendo agua como si se la fueran a racionar. Se sienta con ese aire despreocupado que sólo él puede mantener después de casi matarse entrenando.

Me acerco y me dejo caer a su lado con un suspiro.

-¿Te ha dicho algo?-pregunto, mirando hacia adelante

Jason se toma su tiempo antes de responder. Se seca la boca con el dorso de la mano, se encoge de hombros y finalmente dice:

-No. Pero tampoco he sido muy duro...todavía.

Su tono no es amenazante. Es plano, como si estuviera diciendo que aún no ha sacado el abrigo del armario porque el frío no ha sido suficiente.

-¿Y vas a serlo?

-Depende de él-responde.

Asiento. No digo nada más.
No hay necesidad.

Nos quedamos en silencio, compartiendo esa pausa tensa entre lo que pasó y lo que está por venir. El entrenamiento puede que haya terminado por ahora, pero lo que importa... aún está sin resolverse.

Jason

Bajo al sótano esa misma noche.

El aire aquí siempre es más denso. Huele a metal, a humedad vieja y a cosas que nadie quiere admitir. Las luces parpadean lo justo para recordarte que estás bajo tierra, donde la moral no siempre tiene cabida.

Les dije a Thomas y a Rhea que empezaran primero.
No con golpes. No todavía.
Tomas de presión. Estrés prolongado. El tipo de cosas que te agotan sin dejar moretones.

Les dije, antes de irme al entrenamiento, que no lo dejaran dormir. Ni cerrar los ojos más de cinco minutos. Y que prepararan la pileta de agua en la celda contigua.
La que nadie usa.
La que yo uso.

Mi tortura para Roy, hasta ahora, ha sido sutil. Un par de golpes. Duros, pero medidos. Pero después de horas... ni una palabra. Ni una confesión.
Ni una grieta en su maldita actitud de "no me importa nada".

Y ya está.
No voy a perder más tiempo.

Camino por el pasillo.
Oigo los pasos de Rhea detrás de mí, en silencio.
Thomas ya está esperando junto a la puerta de la celda. Tiene cara de no haber dormido, pero no se queja. Nadie aquí lo hace.

Cuando abro la puerta, Roy está sentado en el suelo, la espalda apoyada en la pared, las manos esposadas y la mirada clavada en el suelo. No levanta la cabeza al verme. Pero sé que me ha oído.

-¿Te has divertido?-le digo, entrando. Mi voz suena más calmada de lo que me esperaba. Eso es lo peligroso.

No responde.
Sorpresa.

Me agacho frente a él. Lo miro a los ojos.

-¿Quieres hacerlo fácil o difícil?

Sigue en silencio. Solo el leve endurecimiento de su mandíbula me dice que ha oído la pregunta.

-Perfecto-murmuro.

Le hago una seña a Thomas.
Él abre la otra puerta.
La pileta está llena.
Agua helada.
Profunda.
Oscura.
No es para ahogar.

Me levanto.
Estiro los hombros.
Y lo agarro por el cuello de la camiseta, arrastrándolo sin miramientos.

-Vamos a ver cuánto más puedes callar cuando no sientes los huesos.

Y mientras lo arrastro, no siento remordimiento.
Porque él nos ha espiado.
Porque él ha elegido el bando de los que juegan con nuestras vidas.

Jason

Lo tiro contra al suelo junto a la pileta. La caída no es dura, pero sí suficiente para hacerle entender que ya no estamos jugando.

Roy escupe a un lado. Tiene los labios secos y los ojos irritados. Lleva casi veinticuatro horas sin dormir. Ni una queja. Ni un grito. Solo ese maldito silencio.

-Última oportunidad-le digo, bajando la vista hacia él mientras me quito la chaqueta y me remango las mangas-¿Qué sabes de Alesha?

Silencio.

Sonríe. Pero no es desafío. Es resistencia.
Una resistencia vacía.

-Bien.

Asiento. No con rabia. Con decisión. Le hago una seña a Thomas. Él activa el sistema hidráulico. La pileta se llena hasta arriba.

Me acerco. Lo tomo por el cabello mojado y la base del cuello.

-Escucha-le susurro al oído-No te voy a matar. Pero voy a hacer que desees que lo haga.

Y lo hundo.

Primero solo cinco segundos.
Un aviso.
Un anticipo.

Lo saco. Jadea. Pero no habla.

Lo vuelvo a hundir.
Diez segundos.
Lentos.
Lo saco.
Escupe agua.
Tose.

Sigue sin hablar.

Lo hundo una tercera vez.
Quince segundos.
Esta vez no espera. Patalea. Lucha. Lo saco otra vez.

-¿Vas ha hablar?-le exijo.

Nada. Solo sangre en la comisura del labio. Le doy un puñetazo en las costillas. Seca, dura, calculada.
No para romper. Solo para doler.
Luego otro.
Y otro.

Lo sujeto por la nuca y le susurro:

-Esto es paciencia, Roy. Estoy siendo amable.

Rhea se mueve a un lado. Tiene vendas, gasas, sueros.
No está aquí para sanarlo. Está para mantenerlo consciente.

Lo hundo de nuevo.
Ahora veinte segundos.
Cuando lo saco, está pálido.
Empieza a temblar.
No por el frío. Por el miedo.
Y yo solo me agacho delante de el.

-Eres muy joven para ser tan cabezon-Le sujeto la mandíbula.
-Pero todos se rompen. Todos.

Y esta noche, Roy Harper va a aprender eso.
Con cada golpe.
Con cada gota.
Con cada segundo bajo el agua que no va a olvidar.

Roy

Duele.

Todo duele. Las costillas. La cara. El agua dentro de mis pulmones.
El ardor en los ojos. El peso del cuerpo mojado.

Me ahogo y sangro.
Sangro por la boca. Por la nariz. Por dentro.
Cada vez que salgo del agua, respiro como si fuera la última vez.
Y aun así... no hablo.

No por orgullo.
No por fuerza.
Por costumbre.

Pero entonces, mientras me dejan ahí, con la cabeza gacha y el pecho ardiendo, me vienen las palabras de mi madre.
Viejas. Secas. Resignadas.

"A nadie le importamos, Roy."
"Puedes fallar una y otra vez y el mundo no va a girar distinto."
"Así que haz lo que tengas que hacer."

Ellos solo me usan como todos los demás.

Y entonces decido hablar.
No por miedo.
No por debilidad.
Porque nadie vendrá a salvarme.

Levanto la cabeza.
La sangre me gotea del mentón.

-Está bien-digo, con la voz rota-Hablemos

Me vuelven a sentar en la silla. Las muñecas me arden por las ataduras, pero lo que más duele es la espalda. El cuerpo entero. Como si mis huesos protestaran con cada mínimo movimiento.

Sentarme hace que todo empeore. Me quema la piel mojada. Me tiemblan las piernas. Pero no digo nada. No me quejo. No espero ni que pregunten. Jason está ahí, firme, implacable. Esperando. Como si supiera que ahora sí voy a romperme del todo.

-Alesha me mandó-escupo, apenas audible-Me mandó para que os vigilara. Para que mandase información sobre lo que hacíais, dónde ibais, cómo os movíais.

Respiro hondo. Me duele. Pero continúo.

-No era nuevo para mí. Ya había hecho esto antes... intimidar, soltar flechas con advertencias. Marcar territorio. Algunas veces... sí-Bajo la vista-Algunas veces también maté.

Siento las miradas clavadas en mí como cuchillas.

-Pero esta vez me dijo que solo tenía que asustaros. Vigilaros. Pero...-Mi voz se rompe un momento-Nadie dijo nada de los lobos.

Levanto la vista. La cara de Jason sigue sin moverse. Es una muralla.

-Yo solo era una herramienta. Ni siquiera sabía a quién le importaba lo que yo mandaba. Solo que era para ella. Para Alesha.

Trago saliva. Sabe a sangre.

-Mandaba ubicación. Rutinas. Quién entrenaba, cuándo. Qué parecía importante. Lo que decíais... si hablábais de tácticas. Hasta...-dudo, pero ya no sirve de nada callar

-¿Sabes lo que ella está planeando junto con otros?-me pregunta Jason, su voz tan fría que parece romper el aire.

No tardo en responder.

-No me importa. Yo solo hago lo que me piden y me pagan.

Silencio.

Su mirada pesa más que sus golpes. Me retuerzo un poco, pero no bajo la vista. No porque no tenga miedo... sino porque ya estoy demasiado roto para disimularlo.

-¿Por qué te la has seguido jugando?-me lanza la pregunta.

-Porque no tengo nada que perder-respondo. Y esa es la verdad. No hay teatro en mis palabras, ni dramatismo. Solo vacío-No soy nadie.

Lo digo como quien acepta la lluvia.

-No tengo casa, ni familia. Nunca conocí a mi padre. Fui un error con piernas. Lo único que he sabido hacer bien en mi vida es apuntar y desaparecer.

Me río, un sonido seco que me sabe a hierro.

-¿Tú crees que me importa si ella o cualquier otro quiere usarme? Al menos con ellos tenía una función. Algo que hacer. Un sitio donde dormir.

Vuelvo a mirar a Jason, los labios partidos, la voz temblando pero firme.

-¿Por qué me la he jugado? Porque si moría, daba igual. Y si sobrevivía...al menos tenía algo en el estómago.

Bajo la cabeza. Por primera vez, dejo que el silencio caiga sin intentar llenarlo. Porque ya está todo dicho.

Me he pasado la vida entera buscando un lugar, y todavía no sé si existe.

Roy

Desde que tengo memoria, mi vida era una mierda.

Vivía en un barrio donde cada día podías ver a alguien drogado, borracho...o muerto. En las aceras, entre los coches, en los parques. Algunos con una jeringa aún en el brazo. Otros, simplemente, no volvían.

Mi madre me decía: "No mires."
Me lo decía bajito, apretándome la mano.b"Nunca seas así, Roy."

Y yo asentía. Porque mamá solo quería que yo fuese feliz.
Aunque fuera difícil.
Aunque estuviera cansada.

Trabajaba en un restaurante de comida rápida. Turnos largos, horarios de mierda, y un sueldo que no daba papra mucho. Pero siempre llegaba a casa con una sonrisa para mí. Con la espalda doblada y las manos oliendo a grasa y detergente.

Yo no pedía mucho.
Colores. Folios. Cosas para dibujar. Y ella me los compraba cuando podía, aunque eso significara que comiéramos arroz con ketchup dos días seguidos.

Ella era todo.
Mi madre.
Mi mundo.
Nunca quise conocer a mi padre. Y no por odio, sino porque nunca lo sentí necesario. Además, en mi barrio y en mi escuela, muchos no tenían padre.
Era algo normal.

Y aun así, entre esa normalidad descompuesta, mi madre me enseñó a tener sueños.
A mirar más allá de los callejones y pensar que quizás algún día... podría salir de allí.

Pero el problema de soñar es que, cuando el mundo te lo arrebata, duele más caer.
Y yo... no estaba preparado para la caída.

Nunca esperé que me salvaran... solo quería que alguien se quedara


La vida se me pasaba rápido.
Los días eran iguales, pero no por eso menos importantes. Hice amigos, buenos amigos. Salía a jugar con ellos, aunque nunca muy lejos de casa. Todos éramos de la misma urbanización, y en cierto modo, era como tener una pequeña familia fuera de casa.

Éramos Baco, Marlén, Neferet, Zale... y yo. Cinco mocosos con más ganas de correr que de pensar en el futuro.
Rebeldes por naturaleza.
A los catorce ya nos colábamos en sitios abandonados: fábricas, edificios en ruinas, alguna vieja nave industrial que parecía haber sobrevivido a una guerra.

Sabíamos que si nuestras madres se enteraban nos caerían los castigos del siglo, pero no nos importaba.
Nos sentíamos invencibles.

Jugábamos al fútbol con otros chicos del barrio.bY cuando terminábamos, comprábamos chuches con lo poco que tuviéramos

No sentabamos en los bordes de las aceras, riendo, discutiendo sobre quién era el mejor en lo que fuera - siempre cambiaba.
Y hablábamos.
De todo y de nada. De nuestros sueños, de los profes que odiábamos, de lo que haríamos cuando escapáramos de ese agujero.

En ese momento, sentados al sol con las manos pegajosas de azúcar y tierra, no nos faltaba nada.

A los 15, todo cambió.
No fue una caída repentina, sino más bien una grieta. Pequeña al principio. Invisible si no mirabas con atención.

Pero ese día...

Después de tender la ropa, entré a casa silbando, con los dedos algo fríos y las pinzas en el bolsillo. Mi madre me había pedido que la ayudara porque iba a ducharse, pero cuando abrí la puerta y entré directo a la cocina para dejar la cesta, la vi.

Estaba ahí, inclinada sobre la encimera.
No cocinaba.
No limpiaba.
Estaba metiéndose una raya.
Una puta raya.

Mi mundo se detuvo un segundo.
Y el suelo bajo mis pies se abrió.

Ella giro la cabeza como si me hubiera olido, no como si me hubiera oído.
Nuestros ojos se cruzaron.
Y por un momento, no vi a mi madre.
Vi a una mujer desesperada.
Vi vergüenza, rabia, cansancio.

-No digas nada-me susurró, como si su voz pesara toneladas.

Y no dije nada.
Me fui al baño, me lavé las manos, y luego subí a mi cuarto.
Me senté en la cama, miré mis manos temblar...y no lloré.
Solo sentí algo romperse, despacio, muy despacio, como una bisagra oxidada que nadie se atrevió a aceitar.

Ese fue el principio.
De su caída.
Y de la mía.

Mis 15 se pasaban lentos.
El tiempo se estiraba como si supiera que dolía.
Mi madre se drogaba.
Y yo...yo me hacía el ciego. Lavaba los platos, colgaba la ropa, barría el suelo, me iba a clase. Como si no la escuchara llorar en el baño, como si no viera sus ojos vidriosos en la cocina.

Zale, una tarde en las escaleras de nuestro bloque, me lo soltó como si hablara del clima:

-Mi vieja es alcohólica. Vomita en el lavabo y luego finge que todo va bien.

Yo no dije nada. Solo asentí.
Y esa noche sí lloré.
En silencio. Bajo las sábanas, mordiendo la almohada. Porque no sabía qué hacer. Porque sabía que no podía hacer nada. Porque tenía quince años y el mundo ya me aplastaba el pecho.

En el instituto las cosas tampoco eran mejores. La gente hablaba por hablar. Y cuando dijeron que la madre de Neferet era una puta -con esas palabras exactas, sucias y frías- todo explotó.
Que lo era, sí. Lo era. Todos lo sabíamos. Pero eso no impidió que Neferet se enganchara del pelo de la chica que lo había dicho. Le pego con rabia.
Rabia de años, de miserias, de noches enteras esperando que su madre volviera.

Nadie la separó.
Ni las amigas de ela otra chica.
Ni nosotros.

No sé cuándo empezó exactamente. Un día volví del parque y había un hombre en el sofá. Uno que no conocía.
Mi madre se reía más de lo normal, con esa risa que parecía forzada, que no llegaba a los ojos.
Me miró rápido y dijo:

-Saluda, Roy. Él es un amigo.

Y así comenzó. Primero eran "amigos". Luego "compañeros de trabajo". Después, ni se molestaba en presentarlos.

A veces eran jóvenes. A veces no.
Yo aprendí a esquivarlos. A encerrarme en mi cuarto. A poner los auriculares aunque no hubiera música.

Me volví invisible en mi propia casa.

Las paredes se hicieron delgadas.
Escuchaba risas, gemidos, discusiones. Y en las mañanas, los hombres ya no estaban.
Pero el olor seguía allí.
Tabaco, perfume barato, sudor.

Mi madre se ponía más maquillaje, usaba vestidos que antes no tenía, fumaba más.
Yo solo observaba.
A veces ella venía a abrazarme después, como si pudiera borrar con eso lo que había hecho.

-Lo hago por ti-me decía una vez, ebria, con la cara hundida en mi cuello-Para que no te falte nada.

Pero ya faltaba.
Faltaba ella.
Faltaba la dignidad que se le escapaba por las rendijas.
Faltaba una casa que fuera hogar y no parada de paso de desconocidos.

Y yo me callaba.
Porque tenía miedo.
Porque no sabía a quién acudir.
Porque no quería que nadie se burlara de mí si lo contaba.

Y porque, en el fondo, una parte de mí todavía la quería.

La quería.
Aunque a veces me ignorara.
Aunque no me escuchara, ni cuando hablaba con la voz temblando, ni cuando alzaba la voz intentando que me viera.

La quería aunque algunas noches no me diera las buenas noches.
Aunque me dejara la cena fría en la mesa sin una palabra.
Aunque se encerrara en el baño durante horas y saliera con los ojos vidriosos, como si ya no estuviera allí.

La quería incluso cuando sus "amigos" se quedaban más tiempo de lo debido, mirándome de una forma que me revolvía el estómago. Incluso cuando prefería creer que todo estaba bien en vez de mirarme a los ojos y ver que me estaba cayendo a pedazos.

Porque era mi madre.
Porque era lo único que tenía.
Porque aún recordaba cómo me leía cuentos cuando era pequeño, cómo me compraba los colores aunque no tuviéramos para lujos.
Porque, incluso rota, aún era mi casa.

Pero también aprendí a dejar de hablarle.
A fingir que yo tampoco la veía.
A desaparecer detrás de mis paseos, de mi musica y mi silencio.

Y con el tiempo, dejé de esperar que cambiara. Solo contaba los días en los que no lloraba.
Los días en los que no venía ningún hombre.
Los días en los que ella me decía:
Buenos días, Roy. y parecía de verdad.

Porque eso era lo más parecido al amor que me quedaba.
Y con eso me aferraba.

Mis 16 no mejoraron.
De hecho, creo que fue el año en que todo se rompió del todo.

Una tarde, mientras ella dormía en el sofá, me metí en la cocina y tiré la bolsita que tenía sobre la encimera al retrete. Estaba harto. De verla con los ojos perdidos, de oírla reírse sola, de que no me mirara. Creí que, tal vez, si la ayudaba a detenerse... volvería.

Cuando se dio cuenta, me gritó. Me agarró del brazo con fuerza.

-¿¡Qué has hecho!?-me escupió con una furia que no le conocía.
Y yo le respondí, firme:
Podemos vivir de las ayudas. Podemos pedir más. Solo tienes que parar, mamá. Solo tienes que escucharme.

Y entonces ella se rió. Una risa amarga, como si estuviera escuchando un chiste cruel.
Y me dijo:

-A nadie le importamos, Roy. Puedes fallar una y otra vez y el mundo no va a girar distinto. Así que haz lo que tengas que hacer.

Me quedé en silencio.
Algo dentro de mí se apagó.

Fue ese día que entendí que mi madre... ya no quería salir del pozo. Que se había rendido. Que se abrazaba a su miseria como si fuera una manta.

Que el dolor se había vuelto su hogar.

Y esos tíos que traía... algunos eran del barrio.
Los conocía. Había jugado con sus primos, los había visto en la cancha o en las esquinas fumando. Ahora entraban en mi casa, saludándome como si nada, como si no supieran lo que eran.
Y ella los dejaba estar ahí. Como si yo no importara. Como si ella misma no importara.

Dormía con la puerta cerrada.
Ponía muebles detrás.
Y aprendí a hacer silencio.
Porque, aunque fuera su hijo, en esa casa ya no era un niño.

Marlén me dijo una tarde, mientras nos sentábamos en el bordillo de la acera con una bolsa de chuches en la mano:

-La vida es una perra. Y encima muerde.

Yo le lancé una piedra a la carretera vacía, sin mucha fuerza, viendo cómo rebotaba y se quedaba a medio camino.

-Lo es-le respondí, sin ganas de pelearle la verdad. Porque tenía razón. Porque ya no tenía sentido hacer como que no lo era.

Nos quedamos en silencio un rato. Zale estaba jugando con su mechero, haciéndolo encender una y otra vez. Neferet no había venido, estaba castigada por otra pelea en clase. Baco... hacía días que no lo veíamos. Alguien dijo que se había metido en un lío por robar algo en una tienda, y que su madre lo había mandado a vivir con un tío lejano.

Éramos menos.

Éramos los mismos, pero con huecos.

Y yo sentía que cada uno de nosotros llevaba una bomba a punto de explotar, y solo estábamos esperando el turno.

Marlén me pasa una chuche de mis favoritas.

-A veces pienso que deberíamos largarnoszdijo sin mirarme-Irnos de aquí. De este barrio. De toda esta mierda.

Yo asentí, sin mirarla tampoco.

-Sí... pero no tenemos a dónde ir.

Y entonces ella dijo lo que nunca había dicho en voz alta:

-Pues habrá que inventárselo. Porque si no... vamos a acabar como ellos. Como todos los demás.

Y por primera vez en mucho tiempo, me pregunté si tenía derecho a soñar con algo más.

Con el tiempo, mi barrio empezó a parecer una cicatriz mal cerrada. Te acostumbras al olor a fritanga vieja, a las bolsas de basura abiertas por los perros callejeros, al tio que grita solo desde el balcón del bloque 5. Pero una cosa es acostumbrarse, y otra es no ver. Yo veía.

Veía a los niños más pequeños jugando con jeringuillas vacías porque pensaban que eran pistolas. Veía a una chica que iba a mi instituto vendiendo pastillas en el parque porque su madre estaba enferma y el dinero no alcanzaba. Veía a un tipo dormido en el suelo con la cara rota, y a nadie detenerse.

Veía a la policía pasar, mirar... y seguir. Como si ese trozo del mapa ya estuviera perdido.

En el instituto todo era ruido. No el de las clases, sino el de las risas forzadas, los golpes en los pasillos, los rumores. Algunos profesores intentaban, pero la mayoría venía a hacer lo mínimo. Y lo entendía. Nosotros también íbamos a hacer lo mínimo. Aprender no servía de mucho si te iban a pegar por sacar buena nota.

Yo iba porque Marlén decía que, aunque sea por estar juntos, merecía la pena. Zale dormía en clase. Neferet se pintaba las uñas negras con tipex. Yo dibujaba. Si no tenía lápices, hacía bocetos con el bolígrafo mordido que llevaba desde segundo. Dibujaba cosas que no existían: edificios altos, ciudades limpias, caras con sonrisas sinceras.

Y en casa...Mi madre y yo cada vez hablábamos menos.
Ella entraba, se encerraba, se iba.
A veces me dejaba algo de comida. A veces no.
A veces me decía que me quería. A veces ni me miraba.

Yo aprendí a hacer la compra
A no molestar.
Ella traía tios nuevos cada semana. Yo evitaba estar en casa esas noches. Si me encontraba con alguno en el pasillo, ni siquiera lo miraba. Ya ni me cabreaba. Me vacié poco a poco. Como si todo lo que me hacía daño se hubiera asentado, como polvo en los pulmones.

Una noche, volviendo del parque, la vi vomitando en la puerta. Le sujeté el pelo y le lavé la cara.
No dijo nada.
Y yo tampoco.
Porque decir algo era admitir que aquello era real. Y no sabía si tenía fuerzas para eso.

Así pasaban mis días: instituto, calle, casa.
Cada uno con su mierda.
Cada uno resistiendo como podía.

Y yo, dibujando caras que no existían.

Ya no tengo fe, pero tengo puntería.

Volvía del instituto una tarde cualquiera, con los cordones medio desatados y la mochila colgando de un solo hombro. El sol caía entre los edificios como si se arrepintiera de estar ahí, y el viento olía a gasolina. Tenía auriculares puestos, pero sin música, solo para que nadie me hablara.

Caminaba por la acera agrietada de siempre, dando pataditas piedritas por costumbre, cuando me detuve frente al viejo centro comunitario. Antes era una especie de almacén o eso creía, siempre lleno de grafitis medio borrados y puertas oxidadas. Pero esa tarde algo era diferente.

Un cartel nuevo colgaba torcido en la pared.

CLASES DE TIRO CON ARCO - PRUEBA GRATIS - SIN REQUISITOS

Parpadeé.

Tiro con arco.
¿Eso existía de verdad?

Me imaginé con uno de esos arcos grandes de las películas, estilo Robin Hood o Legolas, lanzando flechas con una precisión imposible. Me dio risa... pero no lo descarté.
T

al vez era una estafa.
Tal vez era un tio loco con una cuerda y una rama.
Pero seguí leyendo.

Lunes, miércoles y viernes. 16:00 a 18:00. Sala 2, Centro Cívico. Imparte: Instructor acreditado.

Mi mochila ya no pesaba tanto.
No tenía planes.
Y lo más cercano a una diana que había visto era la cara de uno de mis profesores garabateada en la libreta de Zale.
Pero algo me picó por dentro.
Una curiosidad.

Quizá por probar no perdía nada.

O quizá sí.
Pero en ese punto de mi vida, ya estaba acostumbrado a perder.

Así que, esa tarde, doblé la esquina, entré al centro, y sin saberlo, le di un giro a todo.

Los primeros días no sabía qué estaba haciendo.

El centro comunitario olía a madera vieja y desinfectante barato. La sala 2 tenía las ventanas cubiertas por cortinas descoloridas, y el suelo estaba lleno de marcas de viejas sillas arrastradas. Pero allí estaban las dianas, alineadas al fondo, algunas más hechas polvo que otras, con círculos rojos desteñidos y flechas incrustadas de anteriores sesiones.

Y él.
Oliver Queen.

No parecía un instructor. Ni un tipo que diera clases por dinero. Llevaba el pelo algo largo, recogido a veces en una coleta, barba de días y ropa que parecía sacada de una tienda militar abandonada. Había algo en su forma de mirar, como si ya lo hubiera visto todo... y no le sorprendiera nada.

-¿Tú eres Roy?-me preguntó sin preámbulos.

Asentí con la cabeza, apretando los labios.

-No tienes pinta de parecer arquero.

-Tampoco tú de profe-le solté, sin pensarlo.

Se rio. No una risa educada. Una de esas reales, como si no esperara que alguien le respondiera así.

-Me vas a gustar, chico.

Las primeras semanas fueron un infierno para mis brazos.

Tenía que aprender desde lanposicion, hasta cómo sujetar el arco, cómo tensar sin romperme los dedos. Me gritaba si inclinaba la cabeza, me corregía el ángulo del codo como si fuera la cosa más importante del mundo.

-Tensar mal es como escribir con un lápiz roto-me dijo una vez, guiándome el brazo-Puedes intentarlo todo el día, pero solo vas a hacer mierda.

Yo a veces estaba muy cansadonparair. Pero no dejé de ir. Después del instituto, caminaba directo al centro, a veces sin pasar por casa. Mi madre ya ni preguntaba dónde estaba.

A veces no estaba ella.
O estaba...con alguien.

Disparar flechas se volvió mi forma de no pensar. Cada vez que una tocaba el borde rojo de la diana, algo se alineaba dentro de mí.

-No se trata solo de puntería, Roy -me dijo un día, mientras clavaba una flecha perfecta justo en el centro-Se trata de control. ¿Sabes lo difícil que es eso en este mundo?

Sí. Lo sabía.
Tenía dieciseis y el mundo era una grieta abierta bajo mis pies.
Pero cuando tenía un arco en las manos, podía apuntar. Y en una vida donde todo era caos, por fin algo respondía a mis esfuerzos.

Oliver nunca me trató como a un crío. Me empujó como si supiera que no podía darme el lujo de ser débil. Y tal vez...fue el primero que vio algo en mí. No solo un chico del barrio jodido.
Sino alguien que podría dar en el blanco.

Mi cumpleaños número 17 no tuvo tarta, ni velas. Solo Marlén, con una botella de algo barato que se había "encontrado" en casa de su primo. Nos sentamos en la azotea del bloque, como hacíamos cuando queríamos escapar del mundo de abajo. Las luces de la ciudad titilaban como si intentaran hacernos creer que algo allí seguía vivo.

-Feliz cumple, idiota-me dijo, pasando su botella de plástico.

-Gracias, ladrona-le respondí con una sonrisa torcida.

La charla fue tranquila. Había sido así desde siempre con ella, desde niños. Pero esa noche, entre risas medio ebrias y confesiones de cosas que ya no le contaba a nadie más, se acercó. Me miró con los ojos brillantes y me besó. Un beso torpe, un poco triste, como si necesitara aferrarse a algo que ya sabía que estaba a punto de irse.

Yo me separé despacio.

-Lo siento, Marlén. A mí me gustan los chicos.

Ella me miró, en silencio. No parecía enfadada. Solo... un poco cansada.

-Ya lo sabía, Roy. Solo...necesitaba intentarlo. Para estar segura.

-Lo estás ahora.

-Sí-dijo, sonriendo sin humor-Sí, lo estoy.

No volvimos a hablar de eso. Al mes, Marlén empezó a salir con un tio que tenía moto, tatuajes y cero futuro. Yo sabía que no era amor, era escape. Pero no era quien para juzgar.

Neferet estaba más centrada en los estudios que en nosotros. Había conseguido una beca para clases de literatura y soñaba con salir del barrio. Ella sí parecía tener un plan.

Zale, por su parte, se había robado una moto y ahora se pasaba los fines de semana en un circuito clandestino, probando hasta dónde podía llegar sin matarse. Nos cruzábamos a veces, pero solo para saludarnos de lejos. Cada uno a lo suyo. La pandilla de la infancia se estaba desmoronando, y yo lo sentía en el pecho como un dolor mudo, inevitable.

Tres meses después, yo también había besado a un par de chicos en el instituto. Nada serio. Alguno era dulce, otro idiota. No había conexión real, solo deseo acumulado y ganas de sentir que estaba avanzando en algo, lo que fuera.

Mi primera vez fue en una fiesta, en una habitación donde olía a cerveza y sudor. Él era mayor. Más experimentado. Me habló bonito, me tocó como si supiera lo que hacía. Pero todo fue torpe, rápido y sin alma. No dolió físicamente. Pero sí en el orgullo. En la idea que tenía en la cabeza de cómo debía ser.

Fue una mierda.
Y lo peor de todo: ni siquiera me sorprendió.
En mi mundo, pocas cosas salían bien a la primera.

Luego empecé a parecerme a mi madre. No de golpe, pero sí como una sombra que se iba arrastrando por debajo de mi piel. Un chico diferente cada semana. A veces más. Sexo rápido, sin emoción. Si me ofrecían alguna pastilla, a veces decía que sí. A veces no. Ya no por escapar, sino por no sentir tanto.

No estaba orgulloso.
Pero tampoco me sentía mal.
Simplemente... me dejaba llevar.

Marlén y yo... no sé cómo acabamos acostándonos. Fue después de una fiesta, cuando Eliot nos pasó unas pastillas. No sé qué eran exactamente, pero nos dejaron la risa fácil y la vergüenza lejos. Terminamos en su cuarto, tirados entre cojines y ropa sucia, riéndonos por cualquier estupidez. Ella me decía que su nuevo novio era un imbécil y yo le hablaba de un chico del insti que me había dejado en visto.

-¿Y si lo hacemos?-dijo de repente, con esa media sonrisa desafiante que siempre tenía cuando estaba nerviosa.

-¿Qué?

-Tú y yo. Ya lo hicimos una vez... más o menos.

-Estábamos medio borrachos, Marlén.

-Y ahora estamos drogados-se rió-Así que estamos parejos.

Se quitó la camiseta sin esperar mi respuesta. Yo me quedé quieto por un momento, pensando en si debía o no. Pero su risa me desarmó. Y pensé da igual, somos nosotros. No iba a arruinar nada entre los dos.
Era solo otro error más.

-Podemos hacerlo sin condón -susurró, y sus ojos brillaban de forma rara.

-No.

Me lo puse igual.
No sé por qué, pero lo hice.
Tal vez porque, en medio de todo, aún me quedaba algo de cordura. Tal vez porque no quería que la vida de Marlén se complicara más. Tal vez porque, por un segundo, sentí que protegerla era lo único decente que podía hacer esa noche.

Y después, cuando el efecto de las pastillas bajó y el silencio llenó la habitación, ella solo se giró y apoyó su cabeza contra mi pecho.

No dijimos nada.
No hacía falta.
Estábamos rotos.
Y esa noche solo intentamos juntar nuestras grietas con calor.

Oliver seguía enseñándome como ser mejor arquero. No solo a apuntar. No solo a disparar. Me enseñaba a moverme mientras lo hacía, a respirar con el cuerpo entero, a no pensar tanto y dejar que la puntería naciera de la intuición.

Yo asentía, aunque lo que más me gustaba no era acertar, sino lo que sentía cuando lo hacía. Ese momento exacto donde todo se callaba, el aire se detenía, y la flecha silbaba limpia hasta clavar justo donde debía.
Era como si el mundo se organizara, aunque solo fuera un segundo. Y en mi vida de mierda eso lo era todo.

Oliver no hablaba mucho de sí mismo. Pero cuando lo hacía, me miraba como si supiera exactamente lo que callaba.
Sabía que venía de un barrio de mierda. Sabía que no tenía a nadie en casa que me esperara con una sonrisa. Sabía que, a veces, me drogaba.
Y aún así, nunca me juzgó.
Solo me exigía más.

-Tienes talento, Roy-me dijo una vez, entregándome un carcaj nuevo-Pero no te va a salvar. Solo tú puedes hacerlo.

Esas palabras se me quedaron clavadas como una flecha en el pecho. Porque por un momento pensé que tal vez sí había una salida. Tal vez el arco no era solo un arma.
Tal vez podía ser una puerta.

Salía tarde del entrenamiento esa noche, con el arco colgado al hombro y los músculos aún vibrando de la tensión. Las calles ya estaban medio vacías, las farolas parpadeaban y el aire tenía ese olor a gasolina y panadería cerrando que solo existe en los barrios como el mío.

Fue entonces cuando escuché el rugido familiar de una moto vieja y reconocí la silueta antes de ver el rostro.

-¡Zale!-le grité, alzando la mano.

Frenó de golpe, dio una vuelta algo torpe y se quitó el casco con una sonrisa que hacía meses no veía de cerca.

-Roy. Joder, cuánto tiempo-dijo, bajando de la moto para darme un golpe suave en el hombro- Pensé que te habías mudado o te habían metido en algún internado de ricos.

-Ya quisieras. Estoy entrenando con arco-le respondí, sonriendo de verdad por primera vez en mucho tiempo.

Nos apoyamos contra una verja y hablamos un rato, como si el tiempo no se hubiera estirado entre nosotros. Me contó que había conseguido el número de Baco, que por lo visto trabajaba en el taller de su tío, arreglando motos y coches viejos. Le pregunté si lo había visto.

-Aún no. Pero dijo que si pasaba por allí, podía enseñarme algo. Supongo que ya no somos críos corriendo por los callejones-dijo, con una media risa melancólica.

Le conté que mi madre seguía igual, que Oliver me estaba entrenando, que a veces pensaba que era lo único que me mantenía cuerdo.

Después, sin decir mucho más, me ofreció el casco.

-Sube. Te llevo.

Me monté detrás de él, y mientras la moto rugía por las calles de vuelta a mi casa, sentí algo extraño. Como si por unos minutos, todo estuviera en pausa.
Como si aún quedara algo de lo que fuimos.
Como si no estuviera tan solo.

La noche olía a humo y a humedad, como si el aire arrastrara todos los restos del día. Bajaba la capucha de la sudadera cuando la vi.
Sentada en las escaleras del bloque, temblando, los ojos hinchados y los brazos alrededor de las piernas. Marlén.
Mi primer impulso fue correr hacia ella, agacharme a su lado y preguntarle qué había pasado. Pero no hizo falta.

-Lo...Lo habintantado-susurró, sin mirarme-Jony...el del insti. Ese gilipollas.

Mi estómago se encogió. Tragué saliva con rabia contenida.

-¿Qué?

-Intentó forzarme....me acorraló en una calle...y...y...Dijo que...que yo...

Me quedé en silencio, mirándola mientras intentaba contener el nudo que me subía por el pecho. Entonces dijo lo que me rompió del todo.

-Es culpa mía. Soy una puta, Roy... me lo he buscado.

-No. No, Marlén. Ni se te ocurra decir eso-le dije, tomando su rostro entre mis manos-No es tu culpa. Nunca lo sera.

No discutí más. Le ofrecí mi mano y la ayudé a levantarse.

Esa noche se quedó en mi casa.
Sabía que mi madre no aparecería. Estaría en casa de algún tio o tirada en algún sofá que no era el nuestro.

Hicimos paninis con lo que había: pan, chope, queso y algo de tomate. Cocinar con Marlén siempre era como volver a ser niños: nos reíamos sin ganas, pero nos reíamos. Y por un rato, solo éramos dos chavales huyendo del mundo.

Después subimos a mi habitación.

Ella se metió en mi cama sin decir nada, y yo me tumbé a su lado, con la espalda pegada al borde, dándole espacio. No necesitaba que dijera nada más. Sólo que supiera que estaba a salvo.

Y esa noche, mientras las luces de los coches se colaban por la ventana y pintaban sombras en el techo, me prometí que si alguna vez tenía el poder de hacer algo, lo haría.
Aunque tuviera que convertirme en un monstruo para proteger a los pocos que aún me importaban.

Cada vez que alguien se acerca, pienso en cuántas formas puede hacerme daño.

A mis 18, Oliver me lo preguntó como si habláramos del tiempo.

-¿Quieres empezar a hacer algunos trabajos por dinero?

No le vi problema. No tenía otra cosa. La vida me había enseñado a decir que sí a lo que se ponía delante, y esto no sonaba mal. Nada que no hubiera visto en mi barrio.

Pero antes, Oliver se encargó de endurecerme. Entrenamiento de combate cuerpo a cuerpo. Lo básico, lo sucio, lo que servía en callejones sin luz. Me enseñó a noquear rápido, a controlar el ritmo de una pelea, a usar el entorno como arma. A no temblar si tenía que partirle la cara a alguien.

-No se trata de matar-me dijo una vez, mientras me limpiaba la sangre del labio con una toalla áspera- Se trata de dar miedo. Intimidar. Como la mafia, pero más elegante y con arcos.

Y así empezó todo.

Pequeños encargos al principio. Visitas a gente que debía dinero, o que necesitaba recordar quién mandaba. Entrábamos en silencio, con capuchas y flechas en la espalda. Nadie salía herido de gravedad, pero todos entendían el mensaje.

Por fuera parecía que mi vida tenía dirección: trabajo, entrenamiento, una habilidad.
Pero por dentro... seguía igual de vacío.

Me acostaba con quien fuera, sin preguntas ni promesas. Era fácil. Rápido. Una forma de olvidar.
Entrenaba hasta que me dolían los huesos, hasta que mi cuerpo era lo único que podía escuchar.

Volvía a casa, cruzando un barrio que parecía dormido, pero que nunca descansaba. A veces quedaba con Marlén, y veíamos pelis viejas en su sofá con la manta hasta la nariz y un bol de palomitas casi quemadas entre los dos.

No hablábamos mucho de nuestras mierdas. Había una especie de pacto silencioso entre nosotros. Nos bastaba con estar ahí, sin juicio, sin preguntas.
Y aunque mi vida seguía llena de grietas, al menos ya no me drogaba.

Eso ya era algo.

También salí con algún idiota.

Uno de esos que se creen intensos por decirte "te quiero" a la semana y luego desaparecen cuando les pides que te escuchen. Me dejé llevar porque era guapo, porque me gustaba cómo me miraba. Pero a las dos semanas ya estaba mandando mensajes raros, exigiendo saber dónde estaba, con quién, por qué no le respondía. Me duró lo justo hasta que me gritó delante de Oliver durante un descanso del entrenamiento. Me miró como si fuera suyo. Y Oliver, sin decir nada, lo agarró del cuello del abrigo y lo empujó contra la verja.

-A los mios no lo trates como basura-dijo. Fue la primera vez que lo escuché decir algo así, y aunque no éramos familia, por un momento me sentí como si alguien sí me estuviera cuidando.

Luego estaba Marlén.

Casi se queda embarazada.

Me lo contó un día mientras íbamos a por un helado barato. Bajó la voz cuando lo dijo, como si temiera que alguien más lo oyera:

-Creo que la he cagado...

Nos sentamos en un bordillo, compartiendo un bote de medio litro de chocolate.

-¿Y el tio?-le pregunté.

-Un imbécil. Me dijo que seguro era psicológico. Que me estaba obsesionando.

La vi reírse sin alegría, con los ojos brillando.

-¿Y qué vas a hacer?

-Esperar. Rezar. No sé.

No fue. Por suerte no lo fue. Pero eso la cambió. Desde entonces empezó a decir que prefería estar sola, que nadie valía la pena. Y se encerró más en sí misma. Yo intenté estar ahí, pero también tenía mis líos, mis encargos, mis idiotas.

Y así íbamos... dos críos intentando no hundirse del todo. Sin brújula, sin nadie que realmente nos dijera cómo se hacía eso de "vivir bien".

Cuando mamá me hablaba, yo respondía secamente.

No siempre fue así. De niño, colgaba de cada palabra suya, como si me diera la respuesta al mundo. Pero ahora... ya no podía fingir que no veía las pupilas dilatadas, los movimientos erráticos, el cambio de humor.

Respondía con monosílabos. Con gestos. Con silencios que lo decían todo.

Porque en cierta medida... quise entenderla.

Quise pensar que estaba cansada. Que la vida la había roto más de una vez. Que en algún rincón de ella todavía existía esa mujer que me hacía tortitas los domingos y me compraba folios y colores aunque tuviéramos que comer arroz con sal tres días después.

Pero entender no es justificar.

Y cuando llegaba con la camiseta mal puesta, el maquillaje corrido, o traía a casa a uno de esos tipos que no sabía si mirar con desconfianza o con miedo, algo dentro de mí se tensaba. Me sentaba en el sofá, con los puños apretados, conteniendo el vómito de rabia.

Ella me decía:

-¿Qué? ¿Vas a juzgarme ahora? ¿Crees que esto es lo que quería?

Y yo no sabía qué responderle. Porque no. No creía que eso fuera lo que quería. Pero tampoco era justo que yo, con dieciocho años, tuviera que cargar con la tristeza que ella nunca supo soltar.

Así que le contestaba con frialdad. Con la voz baja. Con esa distancia de quien ha querido entender... pero ya no puede hacerlo más sin romperse también.

A veces, Marlen y yo nos acostábamos.

No era algo planeado, ni romántico. Sucedía. Después de una noche de películas, o de una conversación en la azotea, cuando el silencio se alargaba más de lo normal y el mundo parecía tan jodido que el único consuelo posible era el calor del otro.

Ella era la única chica con la que había tenido sexo.

Con los chicos era distinto: a veces divertido, otras veces hueco. Pero con Marlen había un tipo de confianza diferente. No necesitábamos fingir. No había presión. Nos conocíamos demasiado como para tener que jugar a seducirnos. Simplemente... nos teníamos.

Después del sexo, hablábamos. A veces de tonterías, a veces de lo jodido que era todo. Ella solía encenderse un cigarro, yo abría la ventana, y nos quedábamos ahí, sin decir mucho. Nunca hubo promesas entre nosotros. Ninguna mentira.

No la amaba. Pero la quería. A mi manera.

Y quizás, en el fondo, ella también sabía que yo no era suyo. Nunca lo fui. Ni de nadie.

Viven rápido porque creen que no van a llegar lejos.

Oliver me dijo que aquella noche tendríamos un trabajo peculiar. Algo que requería más que entrar, intimidar y salir. Algo más peligroso.

El sitio era un club. No de esos con luces de neón y música electrónica, sino uno de esos tugurios en los que el humo, las apuestas ilegales y los tipos con miradas vacías llenaban cada rincón. Oliver me explicó rápido, sin mucho adorno, que el dueño del lugar le debía dinero a uno de nuestros contratistas. Y que el tipo era paranoico, estaba armado y no dudaba en disparar.

Me ajusté el carcaj al hombro, sentí el peso de las flechas como si cada una fuera una decisión que aún no había tomado. Oliver iba delante, como siempre, seguro, con esa mezcla de veteranía y arrogancia que lo hacía parecer invencible.

Entramos.

Dos guardias en la puerta. Un gesto, una amenaza velada, y nos dejaron pasar. El ambiente estaba cargado de sudor, tabaco y miedo. Todo olía a mierda a punto de estallar.

El tipo estaba en la oficina del fondo, rodeado de dos gorilas más grandes que un camión. Apenas cruzamos el umbral, todo se torció. Gritos, empujones, y en menos de lo que tardé en pensar, uno de ellos tenía una pistola apuntando directamente a la cabeza de Oliver.

El tiempo se detuvo. Todo el ruido del club desapareció. Solo podía escuchar mi respiración y las palabras de mi madre, flotando como un eco:

"A nadie le importamos, Roy. Puedes fallar una y otra vez y el mundo no va a girar distinto. Así que haz lo que tengas que hacer."

Y eso hice.

Apunté. Rápido. Preciso. Dejé que mis manos hicieran lo que Oliver me había enseñado. Dejé que el mundo se congelara y que mi dedo se soltara.

La flecha cruzó la habitación y se clavó en la frente del hombre con el arma. Fue limpio. Silencioso. Letal.

Cayó hacia atrás, muerto antes de tocar el suelo.

El resto del caos fue un borrón. Gritos, huidas, amenazas que ya no importaban. Oliver me miró. No me dio las gracias. No me felicitó. Solo asintió, con esa expresión que decía: "Ya estás en esto. Ahora es real."

Y yo... no sentí nada. No al principio.

Solo cuando salimos del club, caminando entre las sombras, me di cuenta de que mis manos temblaban. Que había sangre en mis uñas y que no era mía. Que había cruzado una línea de la que no se vuelve.

Pero también entendí algo:

Había salvado a alguien.

Había hecho lo que tenía que hacer.

Esa noche no regresé a mi casa.

Oliver me llevó a la suya, un piso alto con vistas a una ciudad que parecía dormida, ajena a lo que habíamos hecho. Apenas abrió la puerta, me lanzó una toalla para que me limpiara la cara. Yo aún tenía sangre en la mejilla, y mis manos seguían temblando aunque intentara disimularlo.

No dijo nada al principio. Dejó que me sentara en el sofá mientras él preparaba dos vasos con whisky. Se sentó frente a mí, su mirada no era dura... era pesada, como si llevara muchos años cargando con lo que yo acababa de sentir por primera vez.

-No vas a poder olvidarlo-me dijo, sin rodeos-No esta semana, ni el mes que viene. Tal vez nunca.

Yo no contesté. Solo bebí.

Después, se apoyó en el respaldo del sillón y suspiró.

-Tenía diecisiete-empezó- El primer tio al que maté era uno de los hombres que había secuestrado a una niña. Me mandaron con el arco porque era rápido, silencioso. El jefe pensó que sería una advertencia perfecta. No era más que un mensaje con piernas... pero entonces se giró y me vio. Y disparó. Yo ya había tensado la cuerda.

Se quedó callado un momento, como si aún pudiera oír el zumbido de esa flecha.

-Le atravesé el pecho. Cayó de rodillas... y me miró. Como si no entendiera qué acababa de pasarle. Como si aún pensara que tenía tiempo de levantarse y seguir corriendo.

Lo miré, esperando que dijera que se arrepintió. Que lloró. Que le temblaron las piernas igual que a mí.

-¿Y qué hiciste?-le pregunté al fin.

Oliver se encogió de hombros.

-Vomité en un callejón. Luego me duché. Y al día siguiente, volví a entrenar.

Guardamos silencio. Solo el sonido lejano de una sirena llenaba el hueco.

-No es algo que te haga menos humano, Roy-añadió después, con voz grave-Lo que hagas con esto, lo que elijas sentir después, es lo que importa. No somos asesinos porque matamos. Lo somos cuando dejamos de importar.

Esa noche dormí en su sofá, sin sueño, mirando el techo.

Un mes después de aquel trabajo, de aquella noche en la que maté por primera vez, volví a ver a Neferet. Fue casualidad, o eso quiero pensar. Yo iba a comprar pan y tabaco para Oliver -porque decía que necesitaba "el vicio para no matar idiotas"- y ella salía de una tienda de cosméticos con una bolsa en cada mano.

Me costó reconocerla al principio.

Se había echado mechas rubias, unas finas que caían entre su pelo negro, y llevaba un delineado en los ojos que resaltaba sus pupilas almendradas. Se veía distinta... no mala, solo distinta. Más mayor, más "mujer", como diría mi madre.

-Neferet-la saludé, sonriendo un poco.

-¡Roy!-me respondió, con esa voz que aún conservaba algo de la niña que se reía de los insultos en primaria.

Charlamos un rato en la acera. Me preguntó qué tal estaba todo y le mentí sin querer, como uno miente cuando no sabe cómo explicar en qué agujero se ha metido.

-Bien, entrenando, currando... sobreviviendo-le dije.

Ella rió. Me dijo que estaba agobiada con bachillerato, que las matemáticas le sacaban canas, pero que no quería dejarlo. Que pensaba en ser auxiliar de enfermería o algo con niños.

Después me invitó a comer a su casa. Acepté.

La paella no estaba tan mal como dijo ella, aunque parecía que se le había ido la mano con el ajo. Comimos frente al televisor con dibujos animados de fondo, como si nada hubiera cambiado... aunque ambos sabíamos que sí.

-Estoy saliendo con alguien-me dijo de pronto, mientras se limpiaba las manos con una servilleta-Se llama Edric.

Me congelé un segundo.

Edric Miller. Lo conocía. Había escuchado de él por los pasillos del instituto, por otros chicos del barrio. Tenía fama de pegarle a sus novias, de ser el tio que sonreía en público y rompía cosas a puerta cerrada.

No le pregunté. No le dije nada.

No quise ser ese amigo entrometido. Neferet era lista. Había crecido en la misma mierda que yo, y si algo iba mal, pensaba que lo diría.

Pero ahora, desde el presente, a veces me despierto con esa conversación en la cabeza.

Quizá sí debí haberle preguntado.
Quizá debí haber hecho algo más que confiar.
Quizá, por una vez, no debí haberme quedado callado.

Esa noche quedé con Blake en el bar de siempre. Un tugurio que olía a cerveza seca y humo viejo, con luces tenues y música que nadie escuchaba de verdad. Nos sentamos en la mesa del fondo, donde los asientos estaban rotos por los bordes y las paredes tenían grafitis de promesas rotas.

Blake era mayor que yo. Un par de años, quizá tres. Tenía los labios finos, una sonrisa canalla y los ojos grises como tormenta. Me gustaba cómo me miraba, como si realmente me viera. Como si no fuera solo otro crío del barrio con problemas y cicatrices mal tapadas.

Nos besamos encuanto terminamos la segunda bebida. Fue directo, con deseo contenido, como si llevara todo el día esperándolo. Su boca sabía a tabaco mentolado y algo dulce, y me dejó sin aire.

No tardamos en irnos a su casa.

Su cuarto era pequeño, con un colchón en el suelo y paredes cubiertas de pósters de bandas que no conocía. Apenas cerró la puerta, me empujó contra ella, y sentí cómo mi espalda la golpeaba con fuerza. Me reí.

Y entonces pasó. Lo hicimos. Rápido, intenso, con manos firmes y bocas impacientes.

Joder, lo disfruté.

Disfruté de cómo me tocaba, de cómo sus dedos se clavaban en mi espalda como si quisiera memorizarme. De cómo jadeaba mi nombre como si yo importara. Disfruté del calor, del sudor, de sentirme deseado sin tener que pedirlo. De no pensar. De olvidarme por un rato de todo lo demás.

Fue como apagar el mundo. Como si cada caricia dijera: "estás aquí, estás vivo".

Cuando terminé, me quedé tumbado con los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando, el corazón desbocado. Sentí algo en el estómago, como electricidad, una euforia suave que no me daban las pastillas ni el alcohol.

No fue amor. Ni siquiera cercanía.

Pero sí fue un momento en el que me sentí... bien.

Y eso, para mí, ya era mucho.

Me lo pregunté mientras caminaba solo a casa, con las manos en los bolsillos de la sudadera y el aire frío pegándose a mis mejillas: ¿Alguna vez alguien se enamoraría de mí... como yo me he enamorado de algunos?

No hablo de amor de película, de flores ni promesas eternas. Hablo de ese amor que duele un poco en el pecho, ese que hace que quieras quedarte aunque el otro te empuje, ese que te hace pensar en alguien incluso cuando sabes que ya no te piensan a ti.

Yo me enamoré. No muchas veces, pero sí lo suficiente como para dejarme algo roto por dentro. Alguno de ellos me duró semanas, otros un par de meses. Me prometieron cosas -sin decirlas, a veces solo con gestos o silencios que quise creer- y luego, sin más, se alejaron. Como si yo fuera fácil de soltar. Como si no doliera.

Y me rompieron el corazón.

No a gritos, ni con traiciones. Lo rompieron con indiferencia. Con el típico "no estoy preparado" o el "mejor quedamos como amigos", que siempre suena a "nunca fuiste suficiente".

La verdad es que a veces me sentía como un lugar de paso. Alguien con quien pasar el rato, entretenerse un tiempo, pero no quedarse. Nunca quedarse.

Esa noche, mientras las farolas parpadeaban y mi sombra se alargaba por las aceras desiertas, me hice una promesa silenciosa:

No voy a mendigar cariño.
No otra vez.

Y aunque la hice, no supe si podría cumplirla. Porque en el fondo, yo solo quería que alguien me eligiera. De verdad. Con todo. Sin miedo.

Cuando llegué a casa, la puerta del edificio se cerró tras de mí con ese chirrido metálico de siempre. Subí las escaleras como cualquier otra noche, con la cabeza llena de pensamientos que no quería tener.
Pero no estaba preparado para lo que vi al abrir la puerta de mi piso.

Mi madre.
Y Oliver.
En el salón.
Besándose.

No era un beso casual, no era un error de segundos. Era íntimo. Cálido. Viejo. Como si lo llevaran haciendo desde hacía mucho.

Me congelé un segundo. Después, estallé.

-¡¿Qué coño estás haciendo aquí?! -grité con una rabia que me nacía desde el estómago. Las llaves cayeron al suelo. Di dos zancadas y lo empujé. Fuerte. Oliver trastabilló y casi cae contra la mesa.

-¡Sal de mi casa! ¡Fuera! ¡Eres un puto traidor! ¡Un cabrón! ¡Lo sabías todo! ¡Todo de mí! ¡Y aún así...!

Oliver intentó hablar, pero no le di espacio. Mi madre se puso en medio, la voz trémula:

-Roy, basta. Escúchame...

-¡Tú cállate!-le grité también, con los ojos ardiendo, girándome hacia ella- ¿Sabes lo jodido que estoy? ¿Sabes lo que significa él para mí? ¡Es lo único que tenía como referente! ¡Como apoyo! ¡Y tú... tú te lo follas!

Ella intentó alcanzarme, pero la empujé dentro del piso y cerré la puerta tras ella. Metí la llave en la cerradura. La giré.

La dejé fuera.

Mi pecho subía y bajaba con violencia. Mis manos temblaban. Mis ojos ardían.

Oliver golpeó la puerta suavemente desde el otro lado.

-Roy, escucha...

-¡Eres un traidor!-le grité desde dentro-¡Un puto traidor!

Silencio.

Hasta que su voz llegó, serena, bajita.

-Nos queremos.

Sentí un escalofrío. Como si todo el suelo bajo mis pies se resquebrajara.

-¿¡Cuánto!?-le grité.

-Tres meses-contestó él, casi como si fuera un susurro.

Y me derrumbé.

-Joder...-murmuré, hundiéndome de espaldas contra la pared- Joder...

Tres meses. Tres jodidos meses.
Y nunca lo noté.
Y nadie me lo dijo.
Y ahora todo mi mundo volvía a romperse.
Otra vez.

No pensé que la puñalada vendría de la única persona que me enseñó a defenderme.

Subí a mi habitación sin mirar atrás, sin una sola palabra para mi madre que aún golpeaba la puerta desde fuera, llorando. Que se joda. Que se jodan todos.

Fui directo al armario. Saqué una mochila y luego una maleta pequeña. Empecé a meter cosas sin orden: camisetas, pantalones, el neceser con lo justo, un par de libros... ¿Qué más da si iba todo revuelto? No planeaba volver.

Que les den a todos.

Escuché pasos abajo. Voces. Oliver. Mi madre. Me daban igual sus palabras, sus promesas o explicaciones. Que hicieran lo que quisieran, que tuvieran otro hijo y una puta boda con arroz. Que construyeran su vida perfecta con las ruinas de la mía.

Metí el carcaj.
El arco.
El cuchillo de entrenamiento.
Las botas.
Todo.

Mi madre subió. Oliver detrás. Me encontraron cerrando la cremallera de la mochila, las manos temblando pero decididas.

-Roy...-empezó Oliver.

-¡No me toques!-grité, apartándome bruscamente.

Él se detuvo en seco.

-Solo quiero hablar-dijo con la voz baja, como si eso fuera a arreglarlo todo.

-¿Hablar? ¿Ahora quieres hablar? ¡Te follas a mi madre, Oliver!

Mi madre sollozaba en el marco de la puerta. Se tapó la boca con la mano.

-¿Dónde vas a ir?-preguntó con un hilo de voz, entre lágrimas.

No respondí.

¿Qué más da?

Tenía dinero. Lo que había ahorrado, lo que me pagaron por los trabajos. Podría buscar un sitio, vivir lejos, desaparecer. Nadie me seguiría. Nadie tendría derecho.

Bajé las escaleras sin mirarlos, mochila al hombro, maleta en mano. Oliver intentó tocar mi brazo. Lo mire con todo el asco que sentia y el se detuvo.

Abrí la puerta. Sentí el aire frío en la cara.
Y la cerré tras de mí.
Sin mirar atrás.

Yo también quería una historia donde alguien luchara por mí.
.

Caminé hasta la estación de autobuses, con el carcaj colgando como un recordatorio silencioso de que no estaba del todo solo. El frío de la noche mordía, pero yo apenas lo sentía. Subí al primer bus que salía de Christchurch y me senté al fondo, con la mochila en el regazo y los ojos fijos en la ventana. No lloré. No sentía que pudiera.

El bus avanzó entre calles vacías y estaciones apagadas. Había algo reconfortante en el traqueteo constante del motor, en el silencio del viaje. Me bajé en Ashburton, una ciudad más al sur, a apenas hora y media en bus, y caminé hasta un motel de carretera. Uno de esos que huelen a tabaco viejo y humedad, donde las sábanas pican y las paredes parecen hechas de papel.

Pagaba en efectivo. Dormía con la chaqueta puesta. Me despertaba con dolor de cuello y sin ganas de hacer nada más que seguir huyendo.

A la noche siguiente tomé otro autobús. Esta vez hasta Timaru, un viaje de otra hora y media, siguiendo la costa. El océano siempre me había dado miedo, pero ahora era solo parte del fondo. La ciudad era más pequeña, menos ruidosa, con calles que olían a sal marina y pescaderías cerradas. Me quedé en un hostal barato, donde compartías baño con gente que ni saludaba. Dije que me llamaba Sam.

No tenía un plan.
No tenía un hogar.
Solo sabía que no podía volver.
Que cada kilómetro me alejaba un poco más de todo lo que había jodido.

Y eso, por ahora, me bastaba.

No fue muy difícil.

Mientras me movía de un lugar a otro, sin rumbo, sin raíces, la gente empezaba a hacer preguntas. Al principio eran cosas pequeñas. Un tipo en un hostal me ofreció dinero si lo ayudaba a "asustar" a alguien que le debía. Otro me preguntó si sabía usar un cuchillo. Algunos notaban el arco, y eso bastaba para que empezaran a imaginar cosas. Supusieran cosas.

Y yo no los corregía.

Iba en piloto automático.

Dormía donde podía, comía lo justo, y si alguien me ofrecía dinero por hacer algo que no implicara delatarme o arrodillarme, aceptaba. Más de una vez también me acosté con alguien a cambio de algo. Comida, una ducha, un billete de bus, un techo por una noche. Y ni siquiera me dolía. No me daba asco. Solo...pasaba. Como si mi cuerpo fuera un saco vacío que prestaba para sobrevivir.

Sabía que no era amor.
Ni siquiera cariño.

Era transacción.
Era silencio.
Era olvidar que tenía nombre.

La gente me conocía como Jace. O como Leon. Nunca Roy. Roy era el que se fue de casa. El que se traicionó a sí mismo. El que dejó atrás todo lo que amaba, incluso a Marlén. Roy era el chico que lloró cuando su madre se metió la primera raya. El que se sintió orgulloso la primera vez que clavó una flecha en el centro.

Yo ya no era ese.

Era una sombra con manos firmes y mirada vacía.

Y nadie echaba de menos a una sombra.

A veces no sabía cómo sentirme.
Despertaba en camas que no eran mías, con sábanas que olían a tabaco o perfume barato, y me miraba las manos como si no fueran parte de mí. Me duchaba, si podía, mirando la pared. Me vestía sin pensar, sin recordar si el pantalón era del día anterior o de dos días atrás.

No era tristeza exactamente.
Era una niebla espesa en el pecho.
Un silencio ruidoso.

A veces pensaba que debía sentir culpa. O asco. O enojo, por lo que había hecho, por lo que había dejado atrás. Pero no sentía nada con suficiente claridad.

Había momentos en que recordaba el sabor de la paella de Neferet, o las carcajadas con Zale, y me dolía el estómago como si tuviera hambre de algo que ya no existía.
Y otras veces simplemente caminaba, sin mirar a nadie, como si fuera invisible.

Me dolía la mandíbula de callar.
El corazón de no pertenecer.

Y aún así... sobrevivía.

Eso era lo único que sabía hacer.
Sobrevivir.

Cuando llegué a Elathra acababa de cumplir los 19. Llevaba apenas dos semanas, dormía en una pensión de mierda donde los colchones olían a humedad, y comía cualquier cosa que costara menos de cinco monedas. No pensaba en el futuro. Solo sobrevivía. Seguía en piloto automático, el corazón apagado, y la mochila cargada de cosas que no necesitaba... salvo el arco.

Fue entonces cuando Alesha me contactó por primera vez.

No preguntó mi nombre. Solo me dijo lo que quería. Una caza rápida. Dos tios. Un ajuste de cuentas. Me dijo la cantidad que ofrecía, y se me congeló la cara.
Era más de lo que había ganado en todo un mes.
Acepté sin pensarlo. Mis flechas apuntaron con ganas, porque esa noche no disparaba por rabia o por venganza. Lo hacía por dinero. Por algo tangible.

Y funcionó.

Dos meses después, me volvió a llamar.

-Esta vez... es más complicado -dijo con esa voz suave y seca, como si estuviera masticando hielo-Son lobos.

Creí que hablaba en clave. Que serían tipos peligrosos, no literalmente... lobos.
Pero entonces los vi. Hombres que cambiaban de forma.
Los vi correr, oler el aire, transformarse. Y casi se me cayó el arco de las manos.
Mi respiración se volvió superficial. Las manos me sudaban.
¿Qué mierda era eso?

Entonces escuché una vocecita en mi cabeza. ¡Apunta de una puta vez!. bramó, como si algo primitivo dentro de mí despertara.

Y lo hice.
Apunté.

No sé si fue miedo o adrenalina pero disparé. Las flechas cortaron el aire como un grito.
Y cuando una dio en el blanco, me aplaudieron. Literalmente.

Ese día... me convertí en una herramienta más afilada.
Aunque no tenía idea de en qué mundo me estaba metiendo.

Y así he vivido hasta mis 23.

No he tenido un hogar desde hace años. No como el que otros describen con nostalgia. Para mí, el hogar es cualquier sitio donde no haga frío, donde nadie me busque por la cabeza de otro, donde las paredes no se escuchen llorar.

A veces soy Roy.

Roy, el que se ríe con una película vieja mientras se come unas palomitas. Roy, el que se sienta en un rincón del arcade y olvida que ha disparado flechas para silenciar a hombres. Roy, el que juega hasta perder la noción del tiempo, leyendo novelas baratas que compra de alguna pequeña libreria.

A veces soy un intimidador.

El que entra en un bar, se sienta con los codos abiertos y mira en silencio hasta que nadie quiere cruzarse con su sombra. El que golpea cuando se lo ordenan, el que hace que las ratas salgan de sus escondites.

A veces soy un asesino.

No me tiembla la mano. No después de ver cómo vuela la sangre. No después de ver hombres caer sin siquiera saber de dónde vino la flecha. Lo hago porque me pagan, porque es lo que sé hacer, porque la vida me entrenó para ello. Porque no importa cuántas veces falles... el mundo no va a dejar de girar.

Y a veces...
A veces soy una puta.

No me avergüenzo. Me he acostado con desconocidos por dinero, por necesidad o por anestesia emocional. A veces no se trataba de sexo, sino de silencio. De que alguien tocara mi cuerpo sin preguntar por mis cicatrices. De no estar solo, aunque fuese por unas horas.

Soy muchas cosas, pero no soy un héroe.

Y, sin embargo...A veces, cuando el sol entra por una ventana y me quedo dormido con un cómic viejo entre los brazos, creo que aún hay algo dentro de mí que no está roto del todo. Algo que se parece -aunque sea de lejos- a tener esperanza.

Tim

El despertador me sonó a las cinco y media de la mañana.
Dolía. No el cuerpo, que ya estaba acostumbrado. Dolía el saber que el descanso se había acabado.
Hora de los gritos, de correr, esquivar, sobrevivir.

Hoy era uno de esos días especiales. Entrenamiento mixto. Humanos contra lobos.

Casi parecía un videojuego si lo decías en voz alta:
Benji, Rhea, Lys, Niko, Artemis, Pamed, Joel, Vanya, Caleb, Dom, Dick, Wally y yo
vs
Mike, Sol, Ray, Conner, Thomas, Nate, Jon, Lois, Conrad y Clark.

Marcus y Lena se habían quedado vigilando las celdas. Roy, tras soltar todo lo que sabía de Alesha, estaba bajo supervisión directa. Pero eso era tema para después.

Por ahora, estábamos en el bosque.

Nos dejaron salir con 20 minutos de ventaja. Veinte minutos antes de que los lobos salieran a cazarnos.

Avanzamos en grupos pequeños.
Yo iba con Artemis, Caleb, y Niko.
Rhea y Joel se adelantaron con Vanya.
Benji, Lys y Pamed cubrían retaguardia.
Dick y Wally estaban juntos. Dick no se le separa. Y no lo culpo. Es quien mejor puede protegerlo.

Nos movemos rápido. No podemos correr a lo loco, eso nos delataría. En su lugar, nos deslizamos entre árboles, saltando raíces, esquivando ramas. No hay luz artificial, solo la bruma gris azulada del amanecer, y el crujir de la hojarasca bajo nuestras botas.

Todos sabemos el plan: resistir, esconderse, pensar como si fuésemos presas. Aunque seamos humanos, ninguno de nosotros está indefenso. No después de todo lo que hemos vivido.

Desde el este del bosque se oye un eco. Un aullido.

-Ya vienen-murmura Caleb, y todos nos tensamos.

Y mientras los minutos pasan, avanzamos más profundo en la espesura. A cada paso, la tensión aumenta. A cada rama crujida, un salto en el corazón.
Y yo no dejo de mirar el reloj.
Faltan cuatro horas y veintitrés minutos.

Damián

Dom iba liderando, como casi siempre. Tiene buena visión, buenos reflejos... y a diferencia de muchos, sabe cuándo hablar y cuándo quedarse callado. Eso, en este tipo de entrenamientos, es clave.

Pamed iba a mi lado, bostezando como si estuviéramos de paseo.

-¿Has dormido algo?- le murmuré.

-Unas tres horas. Lo de siempre -respondió sin mucha emoción.

Sabíamos que los lobos no iban a hacernos daño real, que todo esto era parte del entrenamiento. Pero Jason nos dijo que lo tomáramos en serio. Que si bajábamos la guardia, perderíamos. Que los lobos tampoco se iban a contener.

Jason no estaba hoy. Se había ido con una lista de compradores para buscar más balas. La última tanda de entrenamientos había acabado con casi la mitad de nuestras reservas.
Así que estábamos por nuestra cuenta.

Salté tras Dom un pequeño saliente rocoso. Pies firmes, y sin hacer ruido. Todo era bosque.
Verde, húmedo, denso.
Y silencio. El tipo de silencio que grita que algo está por pasar.

Dom nos levantó la mano, indicándonos que nos detuviéramos.
Casi al instante, todos nos quedamos quietos. Solo los sonidos del bosque.
Un par de pájaros. El crujido de alguna rama lejana.
Y entonces-

¡RAAH!
El lobo de Sol irrumpió de entre los arbustos como una flecha, lanzándose sobre Vanya.
Ella reaccionó rápido, tirándose hacia un lado y rodando como si le fuera la vida en ello. La tierra levantó una nube de hojas y polvo. Desde detrás, otro lobo. Conrad. Más grande. Más directo. Sus patas golpeaban el suelo con un ritmo grave.

Pues a correr.

El bosque se volvió una trampa.
Saltábamos raíces, esquivábamos ramas, girábamos al azar entre árboles enormes y piedras resbaladizas.
Pamed se reía.
Dom rugía órdenes.
Yo solo pensaba en no caer. En no dejar que ningún lobo me tocara.

Wally

Caleb me pone nervioso. No porque grite o sea cruel. No.
Es su forma de mirarte cuando fallas. Ese silencio cortante. Esa presión invisible que te hace pensar que si vuelves a equivocarte, vas a decepcionar a todo el puto mundo.
Y yo…yo soy torpe con las armas.

Las dagas me resbalan.
El rifle me pesa mal.
Y el cargador parece tener una maldita voluntad propia.

-Otra vez-dice Caleb, cruzado de brazos, sin necesidad de levantar la voz.

Y lo intento. Montar, recargar, respirar. Pero mis dedos se cruzan, el sudor me traiciona.

Por suerte tengo a Dick a mi lado.
Se mueve como si el tiempo fuera suyo. Como si cada movimiento estuviera coreografiado desde que nació. Lo veo hacerlo en silencio, montando el arma con fluidez, girándola en sus manos, colocándola a su espalda. Y luego me mira. Sin burlarse. Sin juzgarme.

Solo… me enseña.
A cámara lenta.
Como si lo hiciera solo para mí.

-Así-susurra, inclinándose un poco para que vea mejor.

Lo observo. Copio. Respiro más hondo.

Él lo vuelve a hacer, y esta vez, logro seguirle el ritmo.
No perfecto. Pero decente.
Y él me lanza una sonrisa pequeña, como si supiera que para mí eso es una victoria enorme.

Caleb asiente desde su sitio.

-Mejor. Otra vez.

Y lo hago. Con los dedos más firmes. Con menos miedo.
Porque aunque el entrenamiento sea una mierda, tengo a Dick a mi lado.

Y con eso…ya no me siento tan torpe.

Jason

No sé qué hacer con Roy.

Lo tengo encerrado desde hace días. Encadenado, vigilado.
Habló, sí. Contó lo que sabía. Dio nombres, fechas, lugares.

Una parte de mí quiere matarlo.
Rápido, sin mirarlo a los ojos. Un disparo. Un corte limpio.
Porque sería fácil. Sería justo.
Sería lo que se espera de mí.

Pero la otra parte… esa parte que todavía escucha a Tim decir “espera”, que lo vio a través del cristal cuando soltó su confesión sin esconder el asco por sí mismo…Esa parte me dice que no es tan simple.

No lo vi reír.
No lo vi rogar.
No lo vi pedir perdón.

Pero vi a un crío roto.
A uno que, si yo hubiera nacido dos calles más abajo, podría haber sido yo.

Y ahora lo tengo en una celda.
Duerme poco, come poco. A veces lo escucho hablar solo en voz baja, como si repasara su historia para convencerse de que aún es real.

Podría matarlo.
Tal vez debería.

Pero…¿Qué se supone que gano con eso? ¿Otra muerte para mi cuenta? ¿Otro cuerpo más que enterrar en silencio?

Lo miro desde la oscuridad del pasillo. Respira. Está vivo.
Y por ahora, lo va a seguir estando.

Aunque no sepa por cuánto tiempo.

Tim

Salto un tronco que cruza el camino como una trampa natural, y apenas toco el suelo, esquivo otro que casi me hace tropezar. La adrenalina me zumba en los oídos. Mi respiración es rápida, pero controlada...o eso creo.

Faltan minutos. Tal vez segundos.
Y entonces lo escucho.

Un crujido. Una ráfaga de viento. Y antes de que pueda reaccionar del todo, me tumba.
Un lobo. Grande. Pesado. Cálido.
Conner. Por supuesto que es Conner.

Me cae encima con fuerza medida, como si supiera exactamente cuánta presión aplicar para no lastimarme… pero sí dejarme claro que he perdido.

Yo intento moverme, protestar, girar. Pero él solo se acomoda mejor, su enorme cuerpo cubriendo el mío con descaro, y me mira desde arriba, con esos ojos brillando de satisfacción.
Y suelta un gruñidito suave, que en su idioma viene a significar:

“Ganó yo”

-Qué pesado eres, joder-
murmuro, con la cara medio hundida en la tierra y las hojas-Literal y figuradamente.

Conner no se mueve. Si acaso, parece más cómodo.

Y mientras intento decidir si fingir un desmayo o morderle una oreja, solo puedo pensar:

No voy a escuchar el final de esto en todo el mes.

Damián

Persigo a Jon entre los árboles, maldiciendo en voz baja mientras esquivo ramas que me arañan la cara y la paciencia.
Va en su forma de lobo, moviéndose como si tuviera alas en las patas, con esa velocidad burlona que usa solo para molestarme.
Y claro, lleva mi daga.

-¡Jon, dame la puta daga!-grito, sin detenerme.

Él no contesta. Solo lanza un aullido corto, que si pudiera traducir sonaría a una risa de crío travieso. Sus patas levantan tierra, hojas, barro, y yo sigo corriendo detrás como un idiota con la adrenalina subiéndome al pecho y la ira bailándome en la garganta.

No es una daga cualquiera. Es mi daga. Equilibrada, afilada, con el mango gastado justo donde debe estar. Me la ha quitado cuando estábamos intercambiando posiciones de combate y, como si nada, la pillo entre los colmillos y echó a correr.

Cada vez que me acerco, acelera. Cada vez que salto un tronco, él gira. Cada vez que lo tengo a tiro… se me escapa.

-¡Juro que si no me la das de una puta vez, no vuelves a dormir en mi cama en dos semanas!-ladro con rabia.

Y ahí está.

Se detiene. Gira la cabeza con ese brillo idiota en los ojos y deja caer la daga con un sonido metálico suave, como si fuera un hueso más.

Me acerco rápido, recogiendo el arma del suelo con los dientes apretados.

-Estás muerto-le digo.

Jon ladra. Una vez. Corta.
Después gira y sale corriendo otra vez.

Y yo…

Yo corro detrás.
Porque no hay forma de que este lobo cabrón gane dos veces el mismo juego.

Pamed

Estoy jadeando, con el sudor pegándome la camiseta al cuerpo y los antebrazos ya con marcas rojas de los bloqueos.
Frente a mí, Vanya.
Ágil, técnica, rápida como una serpiente. Sus movimientos son tan limpios que parecen coreografiados, pero cada golpe va directo, y no duda en buscar puntos débiles.

Nos movemos en círculo sobre la tierra removida, y doy un paso atrás justo a tiempo para esquivar un rodillazo a las costillas. Levanto los brazos, bloqueo, me agacho, giro… y sigo.
No puedo parar.

Conrad nos observa desde un par de metros, en su forma de lobo.
Grande. Gris. Ojos atentos.
No se mueve, pero lo siento.
Siento su juicio. Su silencio. Su forma de estar ahí como un puto centinela con colmillos.

Sé que si me caigo, él no va a intervenir. Ni para frenarla ni para ayudarme.

Otro golpe de Vanya. Esta vez directo al hombro. Lo absorbo y contraataco con una patada baja que logra desestabilizarla por un segundo. Pero solo por uno.

-Bien-murmura una voz desde algún lado. No sé si es Dom, Joel o solo mi cabeza intentando animarme.

El corazón me late en la garganta.
Mis brazos ya tiemblan un poco.
Pero sigo.

Porque esto no es solo un entrenamiento.
Es demostrar que a pesar de todo lo que llevo encima, sigo de pie.
Y no me voy a romper tan fácil.

Tim

Después de la ducha caigo en la cama como un cadáver con dignidad. El agua caliente me dejó medio derretido, y el entrenamiento me exprimió hasta el último músculo. Siento el cuerpo pesado, los párpados bajando por su cuenta, y el único sonido en la habitación es el zumbido bajo del ventilador.

No pasa mucho tiempo antes de que Conner entre. Se tira a mi lado con ese peso suyo de oso entrenado, y la cama cruje como si se quejara. Ni dice nada. Solo extiende el brazo y me tira de la cintura hasta pegarme contra su pecho, como si yo fuera su maldita almohada personal.

Yo resoplo, sin abrir los ojos.

-Suéltame-murmuro, empujando flojo con el codo-Estás caliente.

-Mmm, lo sé-responde con la voz grave, medio dormido, y me abraza más fuerte.

-No, en serio… suéltame-insisto, casi rindiendome.

Él gruñe bajito, como un lobo cómodo. No tiene ninguna intención de soltarme.

-Tim.

-Conner.

-Eres más cómodo que la almohada-susurra, hundiendo la cara en mi cuello.

Intento mantenerme firme, pero ya estoy sonriendo. Lo odio un poco por eso. Por derretirme tan fácilmente.

-Pesado-susurro al final, mientras me pongo comodo sin querer en su abrazo.

Y así, entre protestas suaves, calor compartido y un día agotador…Me dejo dormir, sintiendo su respiración tranquila contra mi espalda.

Damián

Estar con Jon es...distinto.

No es solo el deseo, aunque eso está ahí, claro. Feroz, impaciente, como una corriente eléctrica que recorre mi columna cuando me toca, cuando sus manos se deslizan por mi piel como si me conocieran desde siempre.
Es algo más.

Con él no me siento observado, ni juzgado, ni siquiera vulnerable.
Con él soy yo. Solo yo.

Cuando estamos a solas y el silencio nos envuelve, cuando la ropa cae y solo queda la piel y los latidos, todo se ralentiza.
Jon es paciente, casi reverente. Como si cada parte de mí fuera algo que mereciera atención. Como si besarme el cuello fuera igual de importante que tocarme entre gemidos.

Y yo… me dejo.
Me dejo besar.
Me dejo abrir.
Me dejo arder.

Hay algo brutal en cómo me quiere. No porque me tome con fuerza, sino porque me sostiene con ternura. Porque en medio del sexo, cuando todo se vuelve fuego y aliento, aún me susurra cosas suaves, pequeñas promesas que no se rompen.

A veces, cuando él está dentro de mí, me aferro a sus hombros como si fueran anclas. Y él gime mi nombre como si fuera una plegaria. Y yo cierro los ojos, respirando el aroma de su piel, sintiéndolo llenarme no solo el cuerpo, sino algo más profundo.

Con Jon, el sexo no es solo sexo.
Es una manera de decir que está.
Que me quiere. Que aunque el mundo se hunda, al menos en ese momento, yo no estoy solo.

Y eso, para alguien como yo…
Eso lo significa todo.

Wally

Suelto un suspiro largo cuando Dick me tira una vez más sobre la mullida plataforma del gimnasio.
Caigo de espaldas, el aire saliendo de mis pulmones en un quejido frustrado, y me quedo mirando el techo como si fuera a darme respuestas. Son las dos de la madrugada, y yo… yo sigo sin avanzar una mierda en combate cuerpo a cuerpo.

-Otra vez-dice Dick, y su voz suena demasiado despierta para la hora que es.

-¿De verdad? ¿No quieres dormir un poco y soñar con tirarme contra el suelo mañana?-respondo, medio riendo, medio agotado.

Dick no se ríe.
Pero tampoco se aleja. Se agacha junto a mí, con ese brillo azul claro en los ojos que dice te estoy mirando, y extiende una mano para ayudarme a levantarme.

La tomo. Otra vez.

Estoy sudado, con los brazos adoloridos y los nudillos rojos. Me tiemblan las piernas y cada músculo de mi cuerpo está diciendo basta, pero no puedo. No quiero rendirme.
Quiero ser útil. Quiero estar a la altura.

-Estás pensando mucho-me dice mientras me coloco otra vez en posición-No es un libro que estudiar, Wally. Es sentir el momento. Leer al otro. Y confiar en ti.

-No es tan fácil confiar en mí mismo cuando me como el suelo cinco veces seguidas-respondo, más bajito esta vez.

Dick se queda en silencio un segundo. Y luego me dice:

-Yo sí confío en ti.

Eso me deja quieto. Solo un instante. Y entonces él se lanza de nuevo, rápido, limpio, técnico.

Y aunque vuelvo a terminar en el suelo, esta vez… no me siento tan derrotado. Porque mientras me quedo tirado, respirando agitado, Dick se sienta a mi lado.

No como un maestro.
Sino como alguien que cree en mí, aunque yo todavía no lo haga.

Tim

Paso los dedos por los rizos de Conner, suaves y desordenados, mientras su cabeza reposa en mi pecho, respirando tranquilo.
Estamos tirados en el colchón sin sábanas, aún con el eco del cansancio colgando en el aire.
La habitación está en penumbra. Afuera no se oye nada. Ni pasos. Ni alarmas. Ni gritos. Solo… silencio.

Un silencio que es como un préstamo.

Mis dedos siguen su camino, enredándose en su pelo como si esa repetición pudiera detener el mundo. Como si tocarlo me anclara a algo más grande que yo. Más estable. Más real.

Y me pregunto, sin decirlo:

¿Cuánto tiempo durará esta paz?

Porque lo conozco.
Conozco este mundo.
Conozco las sombras que nos siguen.

Sé que todo esto —él, su cuerpo contra el mío, su aliento tranquilo, esta cama medio deshecha—puede romperse en cualquier momento.
Como un cristal que aguanta solo hasta el siguiente temblor.

Pero ahora mismo, lo tengo.
Ahora mismo, me tiene.

Y mientras siga respirando así de cerca, aunque la paz no dure,
aunque el mundo arda otra vez…

yo no voy a soltarlo.

Salgo de mis pensamientos cuando escucho su voz, ronca, suave, como si estuviera flotando entre el sueño y la vigilia:

-Ojalá te hubiese conocido cuando éramos niños.

Parpadeo, bajando la vista hacia él. Conner no abre los ojos, pero tiene una sonrisa que le curva los labios. Esa sonrisa que se le escapa cuando está siendo más honesto de lo que planeaba.

-¿Sí?-le susurro, todavía con los dedos jugando entre sus rizos.

-Sí…-responde, con voz más baja- Seguro que me hubiese enamorado igual. O antes.
Te habría perseguido en el recreo…te habría invitado a ver pelis en mi casa y te habría compartido mis galletas favoritas. Habría encontrado una excusa para sentarme a tu lado cada día.
Y te habría escrito cartas.
De esas ridículas, con dibujos mal hechos y cosas como “me gustas aunque me muero de vergüenza”.

Me río, bajito.

-¿Y te hubieses puesto rojo si te miraba mientras leías en clase?

-Rojo como un tomate. Y tú me habrías ignorado…como si yo no existiera.

-Claro-contesto con una sonrisita- Porque los niños listos siempre ignoran a los niños que se enamoran fácil.

Conner levanta la cabeza un poco, apenas lo suficiente para mirarme con esos ojos llenos de un cariño que no se gasta.

-Pero habría insistido. Mucho. Habría sido el pesado de turno.
El que te espera fuera con su bici.
El que se lleva un libro solo para que tú lo comentes.

Le acaricio la mejilla con la yema de los dedos.

-Y yo habría fingido que me molestabas…Pero nunca te mandaba a la mierda-Él suspira, hundiendo el rostro de nuevo en mi pecho.

-Habría sido bonito, ¿no?

-Sí. Seguro que lo hubiese sido.

Y por un momento, el pasado no importa. Porque nos tenemos ahora. Y eso, para mí, ya lo compensa todo.


Mike:
Si algún día salgo de esta… me gustaría volver al mar.
Verlo amanecer en silencio.
Y que nadie me pida ser más que eso: un lobo que respira tranquilo.
Tal vez abrir un taller. O una librería pequeña donde nadie me conozca.
Y quizás, si Tim sigue vivo… seguir siéndole útil.
O invitarlo a café sin miedo.

Conner:
Me gustaría haber conocido antes a Tim.
Tal vez habría sido menos idiota con mis sentimientos.
Habría sido bonito crecer con él a mi lado, saber que siempre había alguien que entendía mis silencios.
Lo habría protegido antes, lo juro.

Wally:
Me gustaría saber qué habría pasado si Dick no hubiese conocido a Ace.
Seríamos…¿Felices? ¿Normales?
Quizás solo amigos que juegan videojuegos y van a la piscina en verano.
O quizás algo más.
Pero sin esa sombra.
Sin ese dolor.
Sin esa parte de él que a veces no sé si puedo alcanzar.
Quiero creer que aún podemos ser eso. Lo que habríamos sido… pero en otra vida o universo.

Dick:
Si pudiera rebobinar… no aceptaría ese primer cigarro.
Ni la promesa de ser “más fuerte”. Quizás ahora sabría quién soy, sin que nadie me hubiese moldeado a golpes.

Damian:
Me gustaría saber qué habría pasado si no fuera un Wayne.

Tim:
Si salgo vivo de esto, me gustaría poder ser solo Tim.
Sin el peso del apellido. Sin el miedo constante. Quizás con una casa pequeña. Y Conner haciendo el desayuno.
Y paz. Aunque sea un poco.

Jason:
Me gustaría no tener que llevarme siempre la culpa, incluso cuando no es mía.
A veces solo quiero dejar de luchar contra mí mismo.
Y dormir. Sin pesadillas.

Roy:
Me gustaría saber si alguien podría amarme sin querer salvarme. Solo… mirarme y decir “estás bien así”.

Lois:
Me gustaría que mis hijos crecieran sin esta guerra.
Que Jon ría sin miedo.
Y que Clark…deje de culparse por todo lo que no pudo evitar.

Clark:
Me gustaría que nadie volviera a usar la palabra “arma” al hablar de mis hijos.
Ni de ningún niño más.
Ojalá mi fuerza sirviera para detenerlo todo. Pero sé que no basta.

Pamed:
Me gustaría volver a bailar sin que me duela el cuerpo.
Y reírme con Conrad hasta que se me salten las lágrimas.
Y que mi historia no termine entre fuego y balas.

Conrad:
Me gustaría que Pamed viviera muchos años.
Aunque yo no esté para verlo.

Joel:
Me gustaría volver a la época en que entrenar era un juego.
Antes de que cada herida doliera de verdad. Y cada nombre se convirtiera en una lápida.

Benji:
Me gustaría que Mike supiera que me gusta. Pero me gustaría más que no se sienta solo nunca más.

Vanya:
Me gustaría que alguien me viera por lo que soy. No por lo que puedo hacer con un arma.

Artemis:
Me gustaría tener una vida donde no tenga que elegir entre sobrevivir o sentir. Donde pueda querer… y quedarme.

Niko:
Me gustaría no tener miedo a bajar la guardia. Solo una vez. Para llorar sin que nadie me mire como si fuera débil.

Thomas:
Me gustaría que los demás dejaran de verme como “el que no habla”. Hablaré.
Cuando haya algo que valga la pena decir.

Rhea:
Me gustaría que mi rabia no fuera lo único que me mantiene de pie.

Ray:
Me gustaría volver a ver el mar con mis hermanos.
Y pensar que no todo se ha perdido.

Caleb:
Me gustaría dejar de entrenar gente para que muera en campos de batalla.
Y empezar a enseñarles cómo vivir después de ellos.

Sol:
Me gustaría tener un día. Solo uno. Donde no sienta que estoy a punto de perderlo todo.

Nate:
Me gustaría besar a alguien sin pensar en quién me está viendo.

Marcus:
Me gustaría dejar de vigilar celdas y empezar a cuidar personas.

Lena:
Me gustaría dejar de esconderme detrás del deber.
Y decirle a Artemis lo que siento.
De una puta vez.

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