Truyen3h.Co

Monster [ConnerxTim]

21

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-La lógica es mi mejor arma. Pero a veces, el corazón tiene mejores respuestas-

Tim

Lo tengo entre las manos, el diario de mi padre. Las hojas ya no crujen, están tan acostumbradas a mis dedos como yo a sus palabras. Estoy por pasar la siguiente página. Respiro. Siento esa punzada familiar en el estómago...esa mezcla entre miedo y necesidad de saber más. De acercarme un poco más a él.
A lo que fue.
A lo que quizás soy.

Pero entonces, como una ráfaga cálida que rompe mi concentración, una mano aparece y me arrebata el diario.
Parpadeo.

-¿Qué...?-empiezo a decir, pero Conner ya está sentándose frente a mí, en la cama, con ese brillo en los ojos que me desarma.

-Estoy empezando a ponerme celoso-dice. Su tono es juguetón, pero sus ojos... no. Sus ojos están fijos en mí, como si quisieran atravesar cada una de mis capas.

-¿Celoso? ¿De qué?-murmuro, aunque ya lo sé.

-Del diario-responde sin pestañear, levantando una ceja mientras deja el diario a un lado. Luego se me mete entre las piernas sin pedir permiso, como si el lugar le perteneciera desde siempre, como si nunca tuviera que dudar de si puede quedarse ahí.

Me paralizo por una milésima de segundo. Después... no.

No.

No me paralizo. Le dejo.

Sus manos se apoyan a los lados de mis caderas, y su rostro se acerca al mío con una lentitud deliberada. Puedo oír su respiración, puedo oler su piel. Tiene un leve aroma a jabón, a tela limpia, a él.

-Conner...

-Shh-me corta con un susurro, y entonces me besa.

Lentamente.

No hay prisa. No hay hambre. Solo esa ternura devastadora que hace que todo mi cuerpo se relaje y tiemble al mismo tiempo. Mis manos se aferran a su camiseta, como si me fuera a caer en él.
Porque lo estoy haciendo.

Me estoy cayendo en él.

El beso se extiende, suave, sin una meta definida, como si fuera una caricia hecha de labios y silencio.
Y cuando se separa, apenas unos milímetros, susurra:

-Ya has pasado demasiado tiempo en la cabeza de tu padre. Ahora quiero que vuelvas a estar aquí. Conmigo.

Apoyo mi frente contra la suya.
Mis dedos dibujan distraídos una línea sobre su espalda.
Y no digo nada. Porque por una vez... no necesito palabras.

Estoy aquí.
Y él también.

Damián

Llegar al coche fue como alcanzar la orilla después de estar a punto de ahogarte.

No sé si fue la adrenalina, el frío, o simplemente la fuerza de voluntad, pero mis piernas siguieron moviéndose incluso cuando cada músculo gritaba que me detuviera. Sentía los gemelos endurecidos, los muslos como bloques de hormigón, y los hombros cargados como si llevara el peso de todo lo que habíamos visto en una mochila invisible.

La última parte del camino fue cuesta abajo, pero eso no lo hacía más fácil. Cada paso se sentía como una amenaza de calambre. El suelo era irregular, y más de una vez tropecé con una raíz. Jon iba detrás de mí, en completo silencio, como si supiera que si decía una palabra ahora mismo me iba a derrumbar.

Vi los coches como si fueran un espejismo. Pensé: si me suelto ahora, no vuelvo a levantarme.

Pamed se apoyaba completamente en Conrad, parecía una marioneta deshilachada, y aún así tenía la fuerza de murmurar un "joder, gracias a los dioses", cuando vio los coches. Caleb abrió el maletero sin decir nada, Dom tiró su mochila al suelo y se dejó caer de espaldas en la tierra como si fuera una cama de lujo.

Yo me apoyé en la puerta con una mano.

Y entonces, el temblor me recorrió entero.

No de miedo. De agotamiento. Del tipo que no puedes quitarte ni con una ducha caliente ni con horas de sueño.

Me deslicé hasta sentarme en el suelo, con la espalda contra la puerta del coche, y cerré los ojos un segundo.

Cada músculo de mi cuerpo ardía.
Los tobillos.
Las rodillas.
Las lumbares.
Incluso las comisuras de los labios por apretar la mandíbula todo el camino.

-¿Estás bien?-escuché la voz de Jon, suave, cerca.

-Estoy...-Tragué saliva. No quise mentir, pero tampoco dramatizar-Vivo.

Él se sentó a mi lado sin pedir permiso, su hombro rozando el mío.

No hablamos más.

Las hojas crujían bajo nuestros cuerpos, el aire era frío pero ya no dolía.

Habíamos llegado.
Por fin.

Conner

El cuarto está en silencio, solo el crujido leve de las sábanas y nuestras respiraciones entrecortadas llenan el aire. El cuerpo de Tim bajo el mío es cálido, tenso, vibrante. Su piel tiene ese aroma que podría reconocer en la oscuridad, y su mirada, incluso cuando intenta parecer serena, lo delata por completo.

Lo beso con calma, como si el tiempo no fuera un enemigo. Su boca responde a la mía con una mezcla de necesidad contenida y dulzura. Mis dedos bajan por su torso, siguiendo la línea de su esternón, y tiemblan un poco al rozar el borde de su pantalón. Él no dice nada, pero alza apenas las caderas, como un permiso silencioso.

Lo despojo de la ropa con una reverencia muda. Y cuando queda desnudo frente a mí, lo observo. Sus costillas se elevan despacio. Su pecho sube y baja, contenido. No se tapa, no huye. Solo me mira, con esa forma tan suya de mirar como si estuviera guardando un secreto.

Me deshago de lo mío con la misma calma, y cuando nuestras pieles se encuentran sin telas de por medio, ambos suspiramos. Me acomodo entre sus piernas, y él me rodea con ellas sin pensarlo demasiado. Apoyo la frente contra la suya y lo miro de cerca. Las pupilas dilatadas, la boca apenas entreabierta.

-Quiero que estés bien-le digo, como si esas palabras pudieran protegerlo.

-Lo estoy-responde, y su voz es un susurro rasgado.

Agarro su mano y entrelazo nuestros dedos. Y cuando entro en él, lo hago con cuidado. Como quien entra en un templo. Su cuerpo me recibe poco a poco, apretado, cálido. Tim cierra los ojos un instante y suelta un suspiro que se escapa entre sus labios como si no pudiera contenerlo.

Nos quedamos así, quietos, respirando juntos.

Luego empiezo a moverme. Suave. Ritmado. Lo suficiente para que tiemble debajo de mí. Lo suficiente para que sus uñas se claven sin querer en mi espalda. Mis labios recorren su cuello, su clavícula, la curva de su hombro. Le beso las marcas de otros días, le dejo nuevas.

-Conner...-susurra mi nombre como si fuera una plegaria.

Y yo solo sé que no quiero estar en ningún otro sitio.

Busco su boca otra vez.
La encuentro.
Nos besamos mientras nuestros cuerpos se enlazan y se deshacen. Los gemidos son suaves, húmedos, casi tristes. Como si supiéramos que esto es demasiado bueno para durar.

El mundo es un lugar cruel.

Pero esta cama, esta noche, este instante... es todo lo que necesitamos.

Y no quiero que termine.

Damián

El cansancio pesa más que el frío. Más que el dolor en los tobillos, las agujetas en los muslos, el ardor de mis hombros. Caled propuso que descansemos unas horas en los coches antes de emprender el camino final de regreso, y nadie lo discutió. Ni siquiera Dom, que normalmente discutiría hasta con una roca si le llevara la contraria.

Nos repartimos. Pamed cayó rendida en el asiento trasero del coche de Conrad sin quitarse siquiera las botas. Nate y Sol se acomodaron como pudieron en otro coche. Caleb bajó el respaldo del asiento delantero y se tapó con una manta térmica, ya roncando antes de cerrar los ojos.

Yo me quedé unos segundos fuera, apoyado contra la puerta del coche, mirando hacia el cielo que se colaba entre las ramas. El aire está helado, y aun así siento el calor que mi cuerpo emana después del esfuerzo. Jon se me acercó en silencio, con ese paso suyo tan felino incluso cuando va en forma humana.

-¿Todo bien?-pregunta, en voz baja.

-No. Pero tampoco mal. Solo... agotado.

Me señala con la cabeza el asiento trasero, y asentí.

Subimos. Cerramos las puertas. Él se quita la chaqueta y la pone sobre nosotros, extendida como una manta improvisada. Me giro un poco para que pueda rodearme con el brazo, y Jon lo hace sin pedir permiso. Solo me sostiene. Su calor es inmediato.

-¿Quieres hablar?-murmura.

-No ahora. Solo...quédate. Y no me sueltes.

-Jamás-responde.

Y no dice más.

El coche está en silencio.
Y yo, Damián Wayne, me permito cerrar los ojos. Solo un rato. Solo un par de horas. Solo lo justo para seguir.

-No elegí ser un héroe. Elegí no quedarme quieto mientras otros sufrían-

Wally

La habitación está en silencio, con excepción del leve tic-tac del reloj y el sonido de las piezas de ajedrez al moverse sobre el tablero. Dick y yo llevamos casi veinte minutos en esta partida que empezó como un simple "¿quieres jugar?" y terminó con una regla improvisada: cada vez que uno pierda una pieza, el otro puede hacer una pregunta. Y no se vale esquivar la respuesta.

-Te acabo de comer un alfil-
dice Dick, con esa sonrisa medio torcida que usa cuando sabe que todo le va bien.

-Lo sé, lo he visto morir con honor-respondo mientras me recuesto un poco hacia atrás-Venga, pregunta.

-¿Te asustaste la primera vez que te enteraste de lo que soy?

Miro el tablero unos segundos, luego a él. Tiene los codos sobre las rodillas, el mentón apoyado en una mano, los ojos puestos en mí como si de verdad quisiera saber la respuesta.

-Sí-respondo con sinceridad-
Pero también me dio más miedo no entenderte. Porque... pensé que te conocía. Y de repente...has sido otra persona.

Dick asiente. Toca una de sus piezas pero no la mueve.

-Tu turno-digo, adelantando mi caballo y comiéndome su torre
-Vaya, vaya...-Él resopla.

-Te estás luciendo.

-Reglas son reglas...¿Por qué decidiste confiar en Tim?

Dick no responde al instante. Juega con una peonza que encontró en la mesa, dándole vueltas entre los dedos. Al final dice:

-Porque estoy cansado de correr. Y saber que podía verte...supe que no quería huir de ti.

Lo miro un segundo, sin decir nada. Esa fue una de esas respuestas que pesan. Se me aprieta algo en el pecho. No contesto. Solo muevo una pieza para seguir.

Y continuamos con el juego.

-Y esa reina...-anuncio mientras la arrastro por el tablero y la dejo caer con suavidad frente a su rey-Se va al cementerio.

-Genial-dice Dick, frunciendo apenas el ceño-Vale. Pregunta.

Me tomo un momento. No quiero preguntar nada profundo aún. Estoy disfrutando este...esto.

-¿Cuántos idiomas sabes?

-¿Incluyendo lenguajes de signos y dialectos de campo de entrenamiento?

-Todos los que puedas usar para ligar.

Él se ríe.

-Entonces... cinco. Inglés, francés, ruso, algo de italiano y lenguaje de signos. El de los lobos, si eso cuenta.

-Claro que cuenta-Asiento impresionado-¿Y cuál usabas más?

-El del sarcasmo-dice, alzando una ceja. Yo ruedo los ojos y hago mi siguiente movimiento.

Él responde rápido. Su alfil se lleva a mi caballo.

-Ups-dice, triunfante-Mi turno.

-Dispara.

-¿Tú...has tenido más novios?

Miro el tablero, el peón que estoy por mover. Lo dejo en el aire unos segundos.

-Sí-Vuelvo a dejar la pieza en su sitio sin moverla-Pero nada...
serio.

Dick asiente lentamente. Como si intentara que no se le note el gesto. Pero lo veo.

-¿Te arrepientes de algo?pregunto. Mi turno otra vez, y esta vez me llevo uno de sus peones con una jugada rápida.

Él no responde de inmediato.

-Sí-dice al fin, bajando la mirada-De haberme ido como lo hice. De no saber...cuidarte mejor.

Su voz baja un poco en esa última parte. Me remuevo en mi asiento.

-Yo también me equivoqué-
murmuro.

La partida sigue. Una torre por un alfil. Una pregunta por una verdad.

-¿Alguna vez me odiaste?-me pregunta.

-No mucho-respondo, seguro. Porque no lo hice. Nunca lo odié. Solo me dolía. Y el dolor no siempre es odio.

-¿Y tú?-le devuelvo mientras le como su otro alfil-¿Alguna vez pensaste en...volver?

Dick levanta la vista. Me observa como si la pregunta fuera más una invitación que una jugada.

-Casi todos los días de mi vida-dice en voz baja.

Y por un momento, el tablero se queda entre nosotros como algo simbólico.
Una batalla sin sangre, pero con historia.
Con piezas caídas.
Con reyes sin coronas.

-No confío en la mayoría. Por eso valoro tanto a los pocos que se ganan mi confianza-

Damián

Desperté sintiendo algo cálido y suave rozándome los labios.

Un piquito.

Y luego otro.

Fruncí el ceño apenas, sin abrir los ojos. No sabía si estaba soñando o si Jon había decidido volverse insoportablemente tierno.

Un tercer piquito me rozó la comisura.

Abrí los ojos.

Jon estaba ahí. Cara a cara. Los ojos entrecerrados, una sonrisa boba en los labios. Claramente llevaba despierto un rato. Lo supe por la luz que entraba por la ventana: intensa, cálida, implacable. Mediodía. O cerca.

-¿Buenos días?-murmuró él.

-¿Llevas mucho haciendo esto?-pregunté con voz ronca, sintiendo los labios resecos y la garganta pastosa.

-Unos diez minutos. Te veías muy...mordible.

Rodé los ojos. Intenté incorporarme.

Error.

Me quejé entre dientes, los músculos de mis piernas, mi espalda y hasta mis brazos me gritaron al unísono que no. Que ni se me ocurriera levantarme.

-Ay...la madre que me parió-bufé, volviendo a dejarme caer contra él.

Jon soltó una risa suave.

-¿Mucho dolor?

-Me quema hasta el aire. Tengo agujetas hasta en lugares que no deberían tener músculos.

Él se acercó más, apoyando su frente contra la mía.

-Estás muy guapo así de reventado-susurró.

-Eres un sádico.

-Y tú un masoquista adorable.

-Dios...No me llames así-dije sin convicción, con los párpados aún pesados.

Sus dedos se deslizaron hasta acariciar mi cuello, bajando por mi hombro adolorido.

-Hoy no vamos a movernos mucho. Caleb ha dicho que al menos hasta la tarde no salimos. Así que puedes quedarte aquí...conmigo.

Suspiré, dejando que mis manos buscaran su espalda, sintiendo el calor de su piel bajo la camiseta.

-Solo si prometes que no me vas a despertar. Y si me besas al menos dame uno más largo la próxima vez-murmuré.

-Hecho-respondió con una sonrisa antes de besarme de verdad.

Después de un largo rato salimos de la parte trasera del coche, arrugados, despeinados y con el cuerpo todavía quejándose por cada movimiento. Aunque, claro, a Jon no parecía afectarle en absoluto. Su energía era sospechosamente intacta. Y su necesidad de besarme también. Putos hombres lobos.

Treinta besos. Treinta. Los conté. En la mejilla, en la frente, en los labios, en el cuello. Como si quisiera dejar constancia de cada uno antes de que el día empezara de verdad.

-Cuando lleguemos a casa-dijo, entre el beso número veintisiete y veintiocho-nos vamos a dar un baño. Uno largo. Con espuma. Y sales. Y tú sin quejarte de que te marean los olores dulces.

-Depende de cuántas veces me obligues a moverme hoy-le respondí entre dientes, empujándolo suavemente cuando intentó besarme por vez treinta y uno.

Salimos a la luz del día. El aire fresco me golpeó la cara con suavidad. Era mediodía aún, pero se notaba el cambio de temperatura. No tan frío como los días anteriores, pero todavía con ese sabor a invierno colgando de los árboles.

Dom y Caled estaban de pie frente al mapa extendido sobre el capó del coche. Dom señalaba con un dedo una línea que parecía una carretera secundaria, mientras Caled fruncía el ceño como si intentara resolver un acertijo milenario.

-¿Noticias?-pregunté, acercándome mientras Jon se quedaba estirando los brazos detrás de mí.

-Estamos viendo si esta ruta de aquí-dijo Caled, apuntando con un bolígrafo-es más rápida que volver por donde vinimos. Hay un atajo, pero es más empinado.

-Morire si veo otra cuesta-dije sin tapujos.

Dom rió por lo bajo.

-Lo tendremos en cuenta, su majestad.

Jon apareció a mi lado, apoyando su barbilla en mi hombro.

-¿Ya les has dicho lo del baño?

Lo mato.

-No les interesa, Jon.

Lo mato.

-¿Qué baño?-preguntó Dom, curioso.

-Uno con Damián, espuma, y sales-contestó Jon con total descaro.

Caled negó con la cabeza, aunque una sonrisa le curvó los labios.

-Que alguien le ponga un bozal a este.

Yo solo suspiré.

-Le pondré un puño en la boca

-Que violento-soltó Jon-Me encantas.

Pamed

Escucho las voces de los demás desde donde estoy tumbada, en el asiento trasero del coche. No me he movido mucho desde que desperté, más allá de bufar al notar cómo la espalda me cruje por tercera vez. Conrad se ha levantado hace unos cinco minutos, y por el sonido de sus botas contra la tierra, juraría que está estirando las piernas.

A mí, en cambio, me duele todo. La espalda me mata desde que ese cabrón se me tiró encima durante la pelea. El impacto fue directo y seco, y en ese momento ni lo sentí del todo por la adrenalina. Pero ahora...ahora me arden los músculos como si hubiera dormido encima de una estufa y el mundo entero estuviese girando con más ganas de lo habitual.

Cierro los ojos unos segundos, intentando no vomitar del mareo.

-Estás muy callada-dice una voz conocida, y cuando abro un poco un ojo, veo a Conrad asomado por la puerta abierta del coche.

-Porque si abro la boca me mareo más-respondo arrastrando las palabras-
¿Cuántos órganos necesito para seguir viva? Porque creo que alguno se me ha reventado.

Conrad se ríe por lo bajo y se acerca con una botella de agua. Me la pasa y me ayuda a incorporarme un poco, aunque gruño como un jabalí herido.

-A ti te lanzaron un tío de metro noventa encima. Estás viva de milagro.

-Estoy viva porque puede evitar que me llegase al cuello y Damián tiene buena puntería-Digo con orgullosa.

-Eres dura y Damián tiene una gran puntería-dice él, sonriendo, y me da un beso en la frente antes de volver a caminar hacia los demás.

Lo veo alejarse y me quedo ahí, medio incorporada, medio humana, medio cadáver, escuchando cómo los demás bromean con los mapas y el baño de espuma de Damián.

Yo, por mi parte, me echo hacia atrás otra vez, cerrando los ojos.Solo necesito veinte minutos más.
Y un masaje masaje.
O que me recauchuten entera.

-La justicia duele más cuando llega tarde. Por eso yo no espero-

Jason

Metí al pelirrojo en el maletero sin ningún tipo de ceremonia. Ya lo había atado bien, pero no me fiaba de que su boca no soltara alguna estupidez por el camino, así que lo amordacé también. Gruñía. No gritaba, pero dejaba escapar esos sonidos incómodos, como si supiera que se estaba metiendo en algo demasiado grande para su cuerpo pequeño y su cara de ratón salvaje.

Di la vuelta por la parte de atrás del hotel. No quería hacer desfile con la nueva adquisición por la entrada principal. Bastante tenemos con la reputación que arrastramos. Al abrir el maletero, el cabrón empezó otra vez a revolverse, con movimientos erráticos como un pez fuera del agua. Me agaché, lo sujeté fuerte y le dije al oído:

-Haz que me arrepienta de haberte traído vivo y te juro que vas de cabeza al río con un bloque de hormigón en los tobillos.

Por el tono creo que sabe que voy enserio.

Lo saqué y me lo eche al hombro como si fuera un saco de harina con pulso. En la entrada trasera me crucé con Ivy. Estaba regando unas plantas en su balcón improvisado.

-¿Otro más?-preguntó sin inmutarse.

-Uno más-Asentí.

-Tenéis descuento en celdas a este ritmo.

-Lo meteré en la suite especial -gruñí mientras seguía mi camino.

Pasé por delante de Ryven, que estaba sentado con una carpeta en la mano, medio dormido. Abrió los ojos y nos miró.

-¡¿Uno más?!-gritó con gracia-¿Qué es esto, un albergue para sabandijas?

-Cállate, Ryven-Ni me molesté en mirarlo. Escuché cómo soltaba una carcajada y seguí recto hasta la celda más alejada.

Metí al chaval dentro y lo senté en la silla reforzada del fondo. Intentó escapar del agarre, y tuve que empujarlo con fuerza. Se revolvía como una comadreja en celo. No me dejó otra opción: le metí un puñetazo directo en el estómago. Se dobló como si le hubiesen quitado el alma, y por un segundo pensé que iba a vomitarme encima. Pero no. Solo se quedó ahí, inmóvil, tragando aire como podía.

Aproveché para atarlo.

Manos a los brazos de la silla, tobillos a las patas. Doble nudo. Las cuerdas tensas. Mordaza lista. Se quedó paralizado, mirándome con esos ojos verdes desafiantes y a la vez, reconozcámoslo, aterrados.

Me puse en cuclillas frente a él.

-A partir de ahora, vas a quedarte aquí y portarte bien. A soltar la lengua solo cuando te lo pidan. Vas a ser muy educado, muy claro y muy colaborador. Porque si no lo eres...

Le di dos toquecitos en la rodilla.

-Si no lo eres, amigo, no te preocupes. Tenemos formas de hacerte cantar. Algunas duelen. Otras solo...marcan. Pero todas terminan igual.

El chaval no dijo nada.
No se movió.

Tim

Conner duerme profundamente, envuelto entre las sábanas, con una mano sobre mi cintura, como si incluso en sueños necesitara asegurarse de que sigo aquí. Su respiración es lenta, acompasada, y sus mechones oscuros le caen por la frente. Me quedo mirándolo un instante, sintiendo cómo algo en mí se suaviza. Luego, con cuidado, me deslizo fuera de su abrazo sin despertarlo.

Cojo el diario de mi padre del escritorio.

Me siento en la alfombra, con la espalda apoyada en la cama y el libro sobre las rodillas. Paso las páginas despacio, buscando el lugar donde me quedé.

"Hace dos semanas tuvimos que movernos. Una emboscada. Perdimos tres."

Sigo leyendo, y las palabras se clavan más hondo esta vez. No porque sean más duras, sino porque empiezo a entenderlas.

"Hay días en los que solo sobrevivo por rutina. Matar, trazar rutas, adiestrar... Pero cuando estoy con ella, mi mente se aquieta. Talía es... lo que me ancla. No sé si puedo permitir que lo sea, pero lo es."

Respiro hondo.

"Hoy entrenamos juntos. Me derribó tres veces. Creo que eso me gusta. No solo su fuerza, sino que no me vea como algo más que un igual. Me besó después, y por un segundo, fui un chico normal. Solo un chico normal que está enamorado de su compañera."

Paso la página, sintiendo que mi pecho se cierra un poco.

"No hay tiempo para eso, lo sé. Pero ella me mira como si pudiera haberlo. Como si el mundo no fuera tan oscuro."

Cierro los ojos.

Porque esa sensación-esa luz en medio del caos-yo también la tengo. Se llama Conner. Y no puedo evitar preguntarme si él también pensaría así de mí, si este mundo no fuera tan jodido.

Abro los ojos, paso otra página, y sigo leyendo. Porque aunque duela, aunque me tambalee...
Necesito saberlo todo.
Necesito entender a ese chico que algún día fue mi padre.

Damián

El coche se desliza por la carretera con el murmullo constante de los neumáticos sobre el asfalto húmedo. La nieve se ha retirado, pero quedan restos helados en los bordes del camino. Tengo la ventanilla medio abierta y mi mano extendida hacia afuera, sintiendo el viento frío rozarme los dedos. Me gusta esa sensación: áspera, helada, pero real. Me mantiene despierto.

En la guantera, cerrada pero muy presente, está el expediente de Dick Grayson. Puedo sentir su peso como si estuviera en mi regazo. Sé que cuando lo abramos, no solo serán papeles. Serán recuerdos. Mentiras. Verdades que tal vez nadie quería ver. Y todo lo que eso arrastre con ellas.

Jon conduce en silencio. Tiene el ceño relajado, los ojos fijos en la carretera. Se nota que está cansado, como todos, pero su pulso es firme, sus movimientos precisos. A veces me pregunto si tiene miedo. Si alguna vez lo tiene. Y si lo tiene, si lo esconde solo para que yo no lo note.

Mi mano, apoyada en mi muslo, siente de pronto la calidez de la suya. Su tacto es suave, lento. No busca distraerme, ni calmarme. Solo recordarme que está ahí. Que no estoy solo.

Miro hacia el cielo, esa franja gris y azul entre las copas de los árboles. Pienso en mi padre. En lo que Tim está leyendo ahora. En lo que puede encontrarse. En los rincones oscuros de la mente de Bruce Wayne que quizá nadie debería iluminar.

Y entonces me asusta un pensamiento:

¿Y si hay algo que ni siquiera mi padre pudo soportar?

Cierro la ventanilla poco a poco. Me recuesto contra el asiento y dejo que Jon siga acariciando mi muslo con los dedos mientras el mundo avanza por fuera. Me quedan demasiadas preguntas. Pero por hoy... por hoy, tengo a Jon, el expediente, y el aire frío en los dedos.

Y eso es suficiente.

Conrad

Los árboles pasan lentos por la ventana. La playlist que sale de mi móvil es la suya. "Colors" de Halsey suena bajito, y me hace sonreír sin darme cuenta. Ella no dice nada, pero sé que le duele la espalda. La forma en que se acomoda en el asiento, cómo suspira de vez en cuando, cómo ha dejado de moverse tanto como siempre. Pero si se lo digo, si le pregunto si le duele, se va a rayar. Va a hacer ese gesto de levantar la ceja como diciendo "no soy de cristal" y luego se quedará callada, pensando demasiado.

Desde que la conocí...la no sé. Es decir, yo ya sabía que yo le gustaba. Su olor conmigo cambiaba, su pulso también. Y ella a mí... bueno, me llamaba la atención. Siempre tan segura, tan lanzada, con esa risa que parece que se le escapa del pecho sin filtro. Me reía con ella, aunque no siempre entendía sus bromas. Y con el tiempo, no sé cómo pasó...simplemente, dejó de ser solo "la chica que me gustaba" y empezó a ser mi chica.

La miro de reojo. Tiene la cabeza apoyada contra el cristal y canta en susurros la canción, como si solo quisiera cantarla para ella. O para mí. No lo sé.

Y entonces, sin decir nada, le paso la mano por la suya, despacio. No dice nada. Pero aprieta mis dedos. Suavemente.

No hace falta que hablemos.
Hoy solo estamos aquí, jodidos, cansados, con la música sonando, y sabiendo que aunque nos duela todo el cuerpo, todavía nos tenemos.

Y eso, para mí, ya es suficiente.

Tim

Me apoyo en la almohada, la luz tenue apenas ilumina el diario. Conner sigue dormido, su respiración tranquila roza mi cuello, pero yo necesito seguir. Paso la página, casi con cuidado reverencial. Y ahí está. La fecha escrita con pulso más firme.

"Hoy me he casado con Talía."

Mi pecho se oprime un poco. Continúo leyendo.

"No ha sido gran cosa. No hubo vestidos blancos, ni música sonando de fondo, ni siquiera flores. No hubo invitados. Pero sí hubo anillos. Y eso fue suficiente."

"Papá estuvo presente, nos miraba con esa expresión suya que mezcla el juicio y la aceptación. Como si aún midiera si esto era correcto dentro del tablero que él ha construido. Pero no dijo nada. Solo asintió cuando Talía le extendió la mano para mostrarle su anillo."

"Fue en una sala del templo, de esas que usan para reuniones estratégicas. Pero por esa tarde, fue nuestro espacio. Talía iba con su uniforme, y yo también. Qué romántico, ¿eh? Negro sobre negro. Ella no es de palabras dulces, pero cuando me miró a los ojos y dijo que quería estar conmigo en esta vida...supe que ya no necesitaba nada más. Nadie más."

"El anillo era simple, una banda de metal bruñido con una inscripción por dentro: 'Aliados en todo'. Lo mandé hacer en secreto. Ella se rió cuando lo leyó, pero no lo ha sacado desde entonces."

"No sé cuánto durara esto. No sé si alguno de los dos va a sobrevivir a esta guerra constante. Pero me gusta dormir sabiendo que alguien como ella está en mi equipo. En mi escuadrón. En mi vida."

Cierro el diario un momento y me quedo mirando el techo.

Ella no se lo quitó.

Me pregunto cómo habría sido ver eso. Me pregunto si...si alguna vez soñaron con otra vida. Con salir de ese ciclo.

Conner se mueve a mi lado, todavía dormido. Lo miro. No tengo el anillo, ni la sala de guerra. Pero yo también ya he elegido a alguien con quien enfrentar el mundo.

Y eso...me aterra y me alienta a la vez.

Damián

Algo cálido me roza la mejilla. Al principio pienso que es una de esas corrientes de aire que se cuelan por las ventanillas mal cerradas, pero luego noto una mano.

-Damián-susurra una voz que ya conozco de memoria, grave pero suave. Mis párpados pesan una tonelada. Me doy la vuelta como un gato molesto.

-Mm...

-Ey... vamos, dormilón. Vamos a comer algo. Caled dice que parecemos zombis si no reponemos fuerzas.

Abro los ojos con esfuerzo. La luz de la tarde me quema un poco. Me froto la cara y me quedo mirando a Jon, que se ha inclinado sobre mí desde fuera del coche, medio apoyado en la puerta abierta, con ese gesto de ternura que pone cuando cree que no lo estoy mirando.

-¿Cuánto tiempo llevo durmiendo?

-Tres horas-responde con una sonrisa torcida, y me pasa un abrigo por encima-Y roncabas como si hubieras peleado con un oso.

-Lo he hecho. Solo que el oso tenía armas automáticas.

Jon suelta una risa baja y me besa fugazmente en la frente.

-Vamos. Hay comida. Pamed amenaza con comerse hasta el parabrisas si tardamos más.

-Dios mío...-susurro, obligándome a incorporarme. Me crujen todos los huesos, siento los músculos como cables tensos. Las agujetas me atacan en grupo.

Pero la mirada de Jon es suficiente motivación para salir del coche. Y el olor a algo caliente también.

Tim

Paso la página del diario. La letra de mi padre sigue recta, firme. Puedo oírlo en cada palabra, como si estuviera sentado frente a mí.

"Los días con Talía pasaban entre misiones, silencios compartidos y estrategias trazadas en noches eternas. La vida era una hoja llena de nombres que debía tachar, pero tenerla a ella a mi lado hacía que la tinta doliera menos."

Trago saliva. Me acomodo mejor, los dedos aún mojados por el sudor de la taza de café que tengo al lado.

"Cuando me mandaron a ese pueblo, pensé que era una broma. ¿En serio? ¿Ese sitio? El aire olía a pino, a humedad, a invierno atrapado entre montañas. La nieve se acumulaba en las ramas como si la gravedad no aplicara allí. Todo parecía tranquilo, como si alguien se hubiera olvidado de ese rincón del mundo."

"El pueblo se llamaba Darskhell. Estaba en una parte de Canadá que apenas salía en los mapas. Rodeado de bosques interminables, con carreteras que serpenteaban entre colinas y casas de madera que crujían hasta cuando nadie se movía. Parecía salido de un cuento. De esos que terminan mal."

"La manada de los Kent nos pidió ayuda. Decían que los estaban cazando. Que cazadores habían empezado a cercar sus tierras. El Consejo envió a Talía y a mí. Una pareja mortal, según decían. Yo no me sentía así."

"Cuando conocí a Martha y Jonathan Kent, pensé que eran demasiado blandos. Ella enseñaba en la escuela local. Él arreglaba todo lo que tuviera motor. Me ofrecieron té. Yo llevaba armas."

"Y luego estaba él. Clark."

"Tenía esa forma de mirar que incomodaba. No por amenazante, sino porque parecía que siempre veía más allá. No sabía todavía lo que era, pero se movía como si el mundo tuviera diciendo que es su amigo"

"Al principio solo era alguien más a quien proteger. Me preguntaba cosas. Me ofrecía ayuda, aunque no supiera cómo ayudar. No hablaba mucho, pero escuchaba todo."

"Una noche, después de que maté a uno de los cazadores que los acechaban, me trajo una manta y no dijo nada. Se sentó conmigo. Y me ofreció silencio. Fue el silencio más amable que había tenido en meses."

"Con el tiempo, se volvió mi mejor amigo. No por lo que decía, sino por lo que estaba dispuesto a hacer sin que se lo pidiera. Tenía ese código interno... como si, a pesar de no ser uno de nosotros, entendiera mejor que muchos el peso de proteger."

"Cada vez escribo menos"

Paso la siguiente página y el cambio se nota enseguida.
La letra sigue siendo la misma... pero más breve. Más cortante.
Como si cada palabra costara más.

"Cada vez escribo menos."

"No porque no tenga tiempo. Sino porque todo lo que pasa se repite. Entrenamiento. Misión. Sangre. Vuelta. Otra misión. Otra mancha más en la memoria."

"Nos hemos quedado con la manada. Talía y yo. Ayudamos a establecer un perímetro, a organizar turnos de patrullas, a enseñar a los más jóvenes cómo defenderse. Algunos días vienen niños. Otros... solo sus nombres en boca de sus padres."

"Las lunas llenas ya no me asustan. Ahora sé cuándo vienen. Sé qué significan. Sé cómo dirigir una caza, cómo romper un cuello sin hacer ruido. Cómo enterrar un cuerpo sin que el bosque lo devuelva."

"Los entrenamientos siguen. Ahora soy yo uno de quien los lidera. Me escuchan. Me siguen. No sé si porque me respetan... o porque les doy miedo."

"Y cada luna llena es lo mismo. Más ojos de colores Alfas, betas y omegas. Más garras. Más rugidos. Y yo, en medio, sin saber si los guío... o si simplemente no tengo adónde más ir."

"Talía duerme poco. Yo menos. A veces hablamos. A veces solo respiramos."

Paso la página. El papel está amarillento en los bordes, pero las letras siguen nítidas. La letra de Bruce, siempre tan sobria, ocupa el centro del diario con precisión casi militar. No hay tachaduras, no hay vacilaciones. Escribir, para él, también era un acto de control.

"La alianza se selló con un matrimonio. Clark aceptó sin discutir, aunque todos supimos que no lo hacía por voluntad, sino por deber. Lois Lane, omega de otra manada de manada. Política pura. Unificación de territorios, protección cruzada. Una estrategia que huele a desesperación cuando los cazadores empiezan a organizarse."

"Se conocieron en la puerta de la vieja cabaña del consejo. Él esperándola con Carter, Owen y yo. Ella llegó con la cabeza en alto, sonrisa educada, pero los ojos fríos como el norte. No era sumisa. No era frágil. Lois parecía una estatua tallada con intención de resistir un mundo que quería devorarla."

Sigo leyendo. Me cuesta no imaginar la escena. Clark, tan grande, tan torpe con las emociones. Lois, afilada como una flecha. Me pregunto si fue odio a primera vista o miedo disfrazado.

"Se mudaron a la Cabaña Azul. Lejos del pueblo. Lejos de todos. No era un gesto romántico. Era una forma de mantenerlos vigilados, de asegurar que cumplirían con su parte. El primer informe que recibimos hablaba de silencio. Muchos silencios. Lois se negó a tocarlo. Se lo dijo en la cara. Y él, como siempre, lo aceptó. Intentó convivir sin provocar. Era su forma de luchar."

"Pero algo cambió. Semanas después, nos llegó un vídeo. Lois había empezado a grabar cosas. Risas cortas. Paseos por la playa. Una película que compartieron en el salón. Detalles pequeños, pero suficientes. Clark parecía...feliz."

"Según nos contó el primer beso fue torpe. En la orilla. Clark lo dijo sin pensar: 'A veces me gustaría besarte.' Y Lois respondió: 'Por algo soy tu esposa'. No fue romántico. Fue una rendición. Una tregua. Pero después de eso, la tensión cedió."

La página cruje cuando la paso. Hay algo íntimo, demasiado íntimo en lo que leo. Como si estuviera espiando una vida que nunca se me permitió conocer.

El día siguiente fue peor: no podían despegarse. Cocina, sofá, ducha. Se rieron. Se conectaron. Por fin."

Siento que estoy invadiendo algo sagrado. Pero no paro.

"Volvieron al pueblo tiempo después. Juntos. La cabaña fue reformada. Carter y Owen ayudaron. Yo también. Todos ayudaban. Empezaron a comportarse como una pareja de verdad. Lo eran."

"Después vino Conner. Luego la guerra. Los cazadores no perdonaron. Otras manadas se aprovechaban. Lois y Clark desaparecieron del mapa. Sobrevivieron solos. Criaron a su hijo entre ruinas y señales de alerta. Cinco años de silencio. Luego, otro embarazo. Jonathan."

"Los niños crecieron sin saber todo. Sin entender los porqués. Nadie habló del pacto. De las muertes. De lo que costó mantener esa alianza. Solo fingimos normalidad. Por ellos. Por todos."

Sigo leyendo.

La letra cambia un poco. Más apretada. Como si Bruce hubiera escrito de noche, con el pulso cansado, pero negándose a detenerse.

"Talía quería protegerlos del mundo. Decía que nuestros hijos eran un regalo, no soldados. Que merecían correr libres, sin miedo, sin mapas de guerra ni rutinas de entrenamiento. Tenía razón. Pero también se equivocaba."

"Tim era curioso desde pequeño. Silencioso. Observaba más de lo que hablaba. Y cuando hablaba, lo hacía con una lógica que dolía. Damián, en cambio, era fuego. No por ser alfa. Mis hijos no eran lobos. Sino por ser hijo de ella. Tenía el mismo brillo en los ojos cuando se enfadaba"

"A veces me pregunto qué haré si no los vuelvo a ver. Si caigo en una emboscada. Si una de estas noches, los cazadores deciden avanzar con fuego y plata en las venas. Lo más difícil no es morir. Es no saber si crecerán sin mí. Si sabrán todo lo que no tuve tiempo de enseñarles."

"Pasaron más tiempo con Alfred y los Kent que con nosotros. En parte fue estrategia. En parte fue supervivencia. Lois decía que el corazón se endurece con la distancia, pero yo creo que se fragmenta. Nos convencimos de que era lo mejor. Que los protegeríamos mejor así: lejos del frente, fuera del radar."

"Las guerras no cesaban. Manadas del norte se aliaban con los cazadores, vendiendo información a cambio de seguridad temporal. Traidores. Llamaban a eso diplomacia. Nosotros lo llamábamos por su nombre. Sangre vendida. Muchos de nuestros amigos murieron por esas alianzas."

"Probamos de todo: rutas nuevas, divisiones pequeñas, dispersión estratégica. Pero ellos siempre volvían. Con trampas. Con drones. Con la mirada de los que creen tener la razón moral de su lado. A veces eran humanos. A veces, no tanto. En una ocasión atrapamos a un lobo, pero su mirada era de cazador. No entendí. Talía sí. Me dijo que ya no hay pureza en ninguna parte."

Me quedo mirando esa frase. La repito en voz baja.

"Ya no hay pureza en ninguna parte."

"Quisiera hablar con Tim cuando sea mayor. Decirle por qué tomé tantas decisiones. Contarle que no siempre supe qué hacer, que muchas veces solo actué por miedo. Me gustaría que me preguntara por su madre, por qué nunca hablamos de ciertas cosas. Pero no sé si llegaré a verlo crecer."

La página termina. No puedo moverme.

Cuento hasta 10.


Una página nueva. Más personal. La tinta parece escrita con más prisa. Sin tanto control. Como si papa ya no escribiera para dejar constancia, sino porque no podía evitarlo.

"No sé si algún día alguno de vosotros llegue a leer esto. Pero yo creo que acabaréis en este mundo sí o sí."

"Tim. Damián. No lo digo con resignación, sino con certeza. Como cuando ves venir la tormenta desde el horizonte y sabes que no sirve de nada cerrar las ventanas. Estoy escribiendo esto porque, aunque no lo admito en voz alta, creo que inconscientemente os estoy trazando un camino."

"Y me duele. Me duele saber que, de alguna forma, os estoy colocando en el tablero. Que estoy enseñándoos a mover las piezas antes de que sepáis siquiera por qué luchan los reyes."

"Quizás os enamoréis. Quizás no. Quizás tengáis que matar. Quizás tengáis que huir. Quizás mueran personas a las que amáis. O quizás logréis protegerlas. No hay garantías en esto."

"Quiero creer que tendré tiempo de advertiros. De deciros: 'No cometáis mis errores'. Pero no puedo prometerlo. Lo único que puedo dejaros es esto. Mis palabras. Mis errores escritos con tinta vieja y noches en vela."

"Tim, tú siempre tuviste ese brillo en los ojos. La mirada de quien entiende demasiado y pregunta poco. Ojalá preguntaras más. Ojalá confiaras más. Y tú, Damián... tú ya pareces saber que quieres incluso cuando pintas."

"No sois mis soldados. Sois mis hijos. Pero a veces el mundo no distingue. A veces os tratará como piezas, como amenazas, como herencias que hay que destruir antes de que florezcan."

"Si algún día llegáis a leer esto...sabed que todo lo hice con amor. Incluso lo que no supe cómo hacer bien. Y si algún día el tablero se rompe, espero que tengáis el valor de no solo seguir jugando... sino de inventar uno nuevo."

Me tapo la boca. Estoy temblando.

No sé si por lo que leo.

O por lo que empieza a doler al entenderlo.

Paso a la siguiente hoja. Y ya no son párrafos. Son listas.

Listas de nombres, de coordenadas, de símbolos marcados con tinta roja, azul, negra. El estilo cambia. Ahora es puro Bruce: táctico, metódico, sin adornos. Como si quisiera dejarlo todo preparado por si un día no está.

"Si estás leyendo esto, significa que decidiste mirar más allá del muro. Bien. Pero si vas a moverte, muévete con cabeza."

"He dejado nombres. Lugares. Algunos ya están muertos, otros solo duermen. Y hay sitios que ni yo tuve tiempo de confirmar. Todos creen que los hice. A todos cenizas, pero no."

Leo una tabla rápida:

Base Fénix (sector norte) - azul.

Refugio del Mirador - rojo.

Caverna Daga - negro.

Operativo "Boca de Lobo" - rojo tachado.

Zona Frontera Este / Pueblo Holloway - azul intermitente.

Y un montón de zonas boscosas que pone verificar si vuelve o no a ser activas.

"El código de color es simple:"

Rojo: cenizas. Verificado. No queda nada.

Azul: en duda. Inactiva... o al acecho.

Negro: nunca entré. No fui capaz. Si decides ir, no vayas solo.

"No confíes en lo que veas desde fuera. Muchas de estas estructuras están diseñadas para parecer ruinas. Pero debajo, bajo capas de tierra, hay vida. O muerte."

"No esperes reconocimiento oficial."

"Los mapas están en el archivo de la torre subterránea. Contraseña: la fecha en la que me volví padre por primera vez. La respuesta está en vosotros."

Mis ojos se detienen ahí.

"No puedo decirte qué hacer con esta información. Solo te pido que, si la usas, no lo hagas por venganza. Usa esto para sobrevivir. Para proteger. Para ser mejor que nosotros."

"Y recuerda: si una puerta parece abierta...probablemente lo esté porque alguien te está esperando."

Siento el peso del papel. Como si cada nombre, cada coordenada, fuera una deuda que Bruce no pudo saldar.

Y que ahora... nos deja a nosotros.

Roy

Estoy encerrado en esta celda.

No esperaba que me pillasen. De verdad, no lo vi venir.

He hecho este tipo de trabajos antes. Vigilar. Enviar un mensaje con una flecha clavada en el sitio correcto. A veces con una carta atada, a veces sin nada. Solo para que sepan que alguien los observa.

Sí, alguna vez he matado. No voy a mentirme a mí mismo. El dinero a veces viene fácil si estás dispuesto a ensuciarte las manos. Y yo... bueno. Me las ensucié. Alesha no me pidió que matara esta vez. Solo que los vigilara. Que si podía, les diera un susto. Pensé que era como siempre. Fácil. Controlado.

Pero entonces... lobos.

Lobos enormes. Rápidos. Coordinados. Hombres lobo, para ser exactos. No sería la primera vez que mato a uno Se movían con estrategia.

Soy bueno. Sé que lo soy. Estuve días escondido. Aguantando el frío, el hambre, la espera. Observando, midiendo, aguantando la respiración cuando pasaban cerca.

Y sin embargo, aquí estoy.

Me duele la cara del puñetazo de...Creo que Jason. Sí, Jason. El del chaleco negro y esa expresión de te voy a romper los huesos aunque me caigas bien. Me pegó sin mirarme. Como quien arregla una silla rota de un golpe. Sin rabia. Solo con práctica.

También me duele el cuerpo. Todos estos días durmiendo mal, esperando el momento...Y al final me han pillado.

Me pregunto qué será de mí ahora.

¿Me matarán?
¿Me interrogarán? ¿O simplemente me dejarán aquí hasta que olvide mi nombre?

Alesha no me dijo mucho.
Y yo no pregunté mucho.
No sé qué pasará.
Solo sé que esta vez...estoy muy jodido.

Damián

Cuando entramos por las puertas traseras del hotel, el primero que me abraza es mi hermano.

Es rápido, fuerte, casi torpe, como si no supiera regular la intensidad con la que me aprieta. Me congelo por un segundo. Luego le devuelvo el gesto, corto, directo, y bajo los brazos enseguida. Pero en mi cabeza hay una sola frase que se repite: lo hemos conseguido.

No me lo creo del todo. No después de todo lo que hemos visto. De lo que hicimos.

Escucho los recibimientos. Voces cruzadas. Preguntas, algunas que no alcanzo a entender del todo. Pamed apenas puede moverse; la llevan directa a urgencias y Conrad no deja de repetir que puede ser la espalda, que tal vez se la ha jodido de verdad.

Yo solo quiero bañarme. Tumbarme. Dormir veinticuatro horas sin que nadie me hable.
Pero sé que no va a pasar.

Tenemos que hablar.

Wally llega en cuanto lo llamamos. No hace falta explicarle mucho se trae a Dick que entra con los puños cerrados y una expresión demasiado seria. Casi vacía.

Empezamos.

Sacamos la carpeta. Se la damos con cuidado, como si ardiera. Y luego hablamos. Uno por uno. Detalles.

El rostro de Dick cambia poco a poco.
No dice nada.
No parpadea.
No llora.

Pero algo en él se dobla.

Cuando terminamos, se pone de pie. Sin una palabra, se va. Cruza la habitación como si no hubiera nadie.

Tim mira a Wally. Y Wally, sin que se lo pidan, sale detras de él.

Yo me quedo ahí.
Con la imagen de esa carpeta, de todas que pesan como un cadáver, en mi cabeza.

Entonces nos cuentan que Jason ha traído a un tio que, según parece, nos ha estado espiando.

Perfecto.
Justo lo que nos faltaba.

Dick

Subo a la habitación. Las escaleras de dos en dos.

No pienso.
No siento.
No quiero.

Solo quiero llegar a un lugar donde el suelo deje de temblar.

Abro la puerta y me encierro. La espalda contra la pared. Me deslizo hasta el suelo, como si mis piernas dejaran de reconocerme.

Miro al frente, sin ver nada.

Acer.

Acer me salvó. Me sacó de ese agujero. Me quitó las pastillas de las manos, me limpio el vómito, me sujeto la cabeza cuando no podía ni con mi sombra. Dormí en su sofá. Me cocinó sopa. Me enseñó a respirar otra vez cuando todo lo que quería era desaparecer.

¿Solo me vio como un arma?

¿Fue todo una mentira?

¿Cada abrazo, cada consejo, cada maldito entrenamiento... fue para esto?

¿Para hacerme eficiente? ¿Manejable?
¿Letal?

No puedo respirar.
No puedo.

Siento que todo el aire de la habitación se ha vuelto plomo.

Acer fue culpable de la muerte de mis padres.
De mis padres.

Yo que pasé años buscándole sentido...Que creí que fue un accidente, porque la vida es una perra que ni siquiera pude ver sus cuerpos. Que les llore hasta que me dolia la cabeza...mientras él me enseñaba a disparar.

El mismo hombre que me dijo "te estás convirtiendo en alguien fuerte".

Claro.
Alguien fuerte.
Alguien útil.

Oigo pasos.

No me muevo.

Wally.

Está delante de mí, arrodillado. Sus ojos verdes están igual que los míos. Llenos de lagrimas
Me mira como si supiera exactamente lo que estoy sintiendo.

-Dime que tú sí eres real-le suplico. Con la voz rota. Apenas un susurro.

Wally no responde con palabras. Solo me abraza.

Fuerte.

Me envuelve con todo su calor, todo su temblor.

Y yo me rompo.

Como una fina capa de hielo que no soporta más peso.

Los sollozos me sacuden el pecho como un huracán.
No puedo detenerlos.
No quiero.

Por primera vez en años, no soy el fuerte. No soy el que sonríe, ni el que hace chistes, ni el que finge que todo está bajo control.

Soy solo un chico.
Un chico roto en el suelo.
En los brazos de alguien que todavía está aquí.

Y eso, por ahora...es lo único que me mantiene vivo.

Pamed

Hemos estado en urgencias.

Me han puesto morfina. Creo. O algo peor. Porque ahora mismo siento que floto. Me han mandado relajantes musculares y me han dicho que sería mejor si me quedaba esa noche para observación. Claro. Claro que sí. Como si fuéramos a confiar en alguien. En algún médico. En alguna cama que no hayamos revisado dos veces.

Nada roto, dicen. Solo magullada. Casi paralizada del susto y el dolor. Dicen que podría haber sido peor. Podría.

Les hemos dicho que me he caido por las escaleras. Qué original. No han preguntado demasiado. Solo ha firmado los papeles y nos largamos.

Ahora estamos en el coche.
Conrad conduce.

Y yo... estoy en el asiento del copiloto, mirando por la ventanilla como si fuera la cosa más interesante del mundo. Pero en realidad, lo estoy mirando a él. De reojo. Cada cinco segundos.

-Oye, ¿puedo decirte algo?-
murmuro, intentando mantener el tono serio. Spoiler: no lo consigo.

Conrad no quita los ojos de la carretera.

-Depende-dice, medio sonriendo.

-Creo que eres mi droga favorita -le susurro, muy segura de mí misma, muy convencida de que eso suena poético y no como si estuviera en una nube.

-¿Sí?

-Sí

-Yo creo que es la morfina-Pero le tiembla la comisura de los labios. Está sonriendo. Lo sé.

Me inclino hacia él. O lo intento, porque entre el cinturón de seguridad y los músculos agarrotados, parezco una tortuga deslizándose hacia el vacío.

-Tienes las manos bonitas. Deberías usarlas más. Para cosas útiles. Como acariciarme el pelo. O sujetarme mientras me caigo por las escaleras... otra vez.

Él niega con la cabeza, pero puedo ver cómo le cambia la expresión. Cómo me mira de reojo, y me duele lo bonito que es.

Me duele. Pero no como antes.

Me duele bien.

-Quiero besarte-le digo, sin pensar demasiado. O tal vez sí. Tal vez lo he estado pensando desde hace rato, desde que lo vi discutir con el médico porque no quería dejarme sola ni un segundo. Desde que me puso la chaqueta sobre las piernas y me ató el cinturón con la misma delicadeza con la que otros desenfundan un arma.

Él tarda un poco en responder. Me mira rápido, una de esas miradas que parece contener muchas más palabras de las que deja salir.

-Yo también quiero besarte-me dice al fin.

Y por un segundo, me siento flotar de verdad. Ya no por la morfina. Por él.

Pero entonces añade:

-Pero no es el momento, cariño.

Su voz es suave. Casi un suspiro. No es un "no". No es distancia. Es cuidado. Es Conrad.

Me recuesto contra la ventana, sintiendo el frescor del cristal en la mejilla. No protesto. Solo cierro los ojos.

-Vale-...-murmuro, con una sonrisa desdibujada-Pero lo vas a tener que compensar con algo. Algo muy bueno. Como... no sé. Chuches o tus manos en mi pelo durante horas.

-Te debo los dos-dice él, y yo me lo creo.

Porque cuando Conrad promete algo, lo cumple.
Aunque tarde.
Aunque duela.

Y yo... yo puedo esperar.
Un poco más.


No necesito una respuesta ahora. Solo quiero la verdad, aunque duela-Tim

No soy una herida que puedas curar. Soy la hoja que la causa-Niko

La lealtad no se pregunta. Se demuestra- Jason

Si crees que necesito protección, es porque no me conoces-Damian

¿Qué se supone que hago con este corazón si cada latido me aleja de ti?-Bruce

No sé quién soy sin esta rabia. Y eso me asusta más que todo lo demás-Dick

No quiero que seas fuerte. Quiero que seas feliz-Wally

Me duele la espalda, me duele el alma... pero todavía puedo hacerte reír, ¿no?-Pamed

No necesito una flor. Necesito que no me dejes solo-Niko

No voy a dejar que el mundo te arrastre. No mientras yo tenga los pies firmes-Artemis

Te miro y todo lo demás pierde volumen-Conrad

Si me pides que me quede, no pienso moverme jamás-Jon

Te prometo que lo que siento no tiene que ver con tu casta. Tiene que ver con tu nombre en mi boca-Lois

Tim -La verdad no me asusta. Me asusta que todos prefieran mentir.

Mike - No tengo todas las respuestas, pero tengo una linterna y una mala idea. ¿Sirve?

Sol - Puedo iluminar a otros, pero no me pidas que no queme lo que me duele.

Caleb - No soy el héroe. Soy la opción desesperada cuando el héroe no llega.

Pamed -Estoy bien... si por 'bien' entiendes que quiero llorar y reír mismo tiempo.

Conner - No sé si soy el chico correcto para ti, pero sé que tú eres el lugar donde respiro.

Damian - No necesito permiso para pelear. Solo un motivo. Y tú ya me diste uno.

Jon - Si duele, me quedo. Si sangra, lo curo. Si eres tú, no me voy.

Clark - Hice lo que creí correcto. No porque fuera fácil... sino porque alguien tenía que hacerlo.

Lois - He sobrevivido a más de lo que puedes imaginar. Así que mírame a los ojos cuando me hables.

Bruce - No dejé de amar. Solo aprendí que el amor no gana guerras.

Talia - Me enseñaron a matar sin pestañear. Pero a ti... a ti nunca supe cómo dejar de mirar.

Benji - ¿Plan B? No tengo ni plan A. Pero tengo actitud. Y eso a veces funciona.

Rhea - "Nadie me enseño a ser buena, solo a ser eficaz. Y lo soy."

Marcus - Prefiero ser una herida abierta que una mentira elegante.

Lys - No puedes romper lo que ya se ha roto y volvió a nacer solo.

Niko - Estoy aquí para ser tu sombra o tu escudo. Tú decides.

Artemis -Callar no es rendirse. A veces es observar al idiota que cree que ganará.

Joel -Tengo un corazón. Solo está en cuarentena.

Vanya - Me importa una mierda tu autoridad.

Caleb -No necesito un arma cuando tengo a quien proteger.

Conrad - No soy bueno con las palabras, pero si me necesitas, me planto delante del mundo por ti.

Roy -No soy un héroe, ni lo pretendo. Solo apunto bien y corro rápido cuando todo se va a la mierda.

A veces uno no sobrevive... solo cambia de nombre y aprende a fingir que lo hizo-Jason

Crecer con heridas no te hace fuerte. Te hace elegir mejor dónde esconderte.-Roy

No todo lo que sangra se puede salvar. Pero a veces, igual vale la pena intentarlo.-Wally

Me enseñaron a no temer. Pero nadie me enseñó qué hacer cuando por fin quiero algo que puedo perder.-Dick

La disciplina forja el cuerpo. El dolor, el carácter. El amor... eso lo complica todo-Bruce

Creí que entenderlo todo me salvaría. Solo me hizo más consciente de lo que no puedo cambiar-Clark

El silencio también tiene memoria. Y a veces pesa más que cualquier grito-Tim

He vivido como un arma. El problema es que las armas no eligen a quién apuntan... solo obedecen.-Roy/Dick

He fingido tantas veces estar bien que ya no sé si me dolía en serio o si me lo inventé para que alguien se quedara-Pamed

La libertad sabe amarga cuando no tienes a quién llamar después de medianoche.-Roy

A veces no hay redención. Solo la posibilidad de hacer algo menos jodido que ayer-Jason

Dick -No sé en qué momento empecé a fingir tan bien que olvidé cómo se sentía estar de verdad.

Roy -No todos los errores se corrigen. Algunos solo se aceptan y se llevan como un tatuaje mal hecho.

Conner -A veces lo más difícil no es ser fuerte. Es seguir siéndolo cuando nadie lo nota.

Clark - La fuerza sin amor es solo una forma más lenta de destrucción.

Bruce -El miedo no se supera. Se entrena. Se domestica. Y aún así, a veces, te muerde.

Lois - Crecí creyendo que proteger era suficiente. Pero hay cosas que no puedes salvar ni con todos los huesos intactos.

Wally - Me rio porque si no lo hiciera, lloraría por todo lo que no pude evitar.

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