24
Ningún dios debería decidir quién vive y quién ama.
Tim
Tenemos que ir a Christchurch.
Y estamos en Elathra.
Eso implica, literalmente, cruzar medio continente y parte del océano.
Primero, hay que salir de la zona segura del perímetro, que ya es una locura con la vigilancia que tenemos.
Después, atravesar las montañas de Ruan -lo cual significa dos días enteros caminando o un día en moto, si conseguimos una-. Luego, llegar al puesto fronterizo de Velm, donde tendremos que conseguir documentos falsos o pasar escondidos en un transporte comercial.
Desde ahí, tren hacia la costa de Helmar, y una vez en el puerto, sobornar a un capitán o infiltrarnos en un carguero que nos cruce el estrecho. Eso nos lleva a la isla sur.
Es una locura.
Una tras otra.
Mientras me ato las zapatillas, de verdad me pregunto si merecerá la pena tener a Roy en el equipo.
Está claro que es letal. No solo con el arco, eso se ve en su forma de moverse, de mirar, en la calma peligrosa que tiene.
No lo conozco, pero ya sé que guarda más cosas de las que dice. Y para acabar donde está, para tener esa mirada...no ha caminado precisamente por un camino de rosas.
Mi instinto me dice muchas cosas. Me ha salvado más veces de las que puedo contar.
Y una de esas cosas es que quiero a Roy de nuestro lado.
Quiero que pelee con nosotros, no contra nosotros.
Aunque me miren como un loco. Aunque me lo digan a la cara.
Creo que...vale la pena apostar por él.
Salir de Elathra sin llamar la atención ya era en sí un reto. Tuvimos que esperar a que anocheciera para movernos. El grupo era pequeño: Roy y yo. Jason nos había escoltado hasta la estación norte y, aunque no dijo mucho, su silencio fue una especie de despedida.
Primera etapa: el tranvía subterráneo
El primer transporte fue un viejo tranvía subterráneo que recorría la red oxidada bajo la ciudad hasta las afueras del distrito industrial. Vagones llenos de ruido, polvo y cuerpos cansados. Nadie nos prestó atención. Roy y yo viajamos sentados uno frente al otro. Yo con la capucha puesta, repasando mentalmente las rutas; él, con los brazos cruzados y los ojos cerrados, como si estuviese durmiendo. Pero no dormía. Lo sé por la forma en que se tensaban sus dedos cada vez que alguien se acercaba demasiado.
Lugo se sentó a mi lado, y repitió su postura.
-¿Te sientes cómodo con esto?-le pregunté en voz baja.
-Nunca lo estoy-respondió, sin abrir los ojos-Pero eso no significa que no lo vaya a hacer.
-¿Qué vas ha hacer exactamente?
No hay respuesta.
Segunda etapa: el camión de mercancías
Cuando bajamos en la última estación, un contacto de Jason nos esperaba con un camión de transporte. No hacía preguntas. Roy y yo nos metimos en la parte trasera, entre cajas de herramientas, bidones vacíos y el olor metálico del aceite. El trayecto duró más de seis horas, y el traqueteo del camino hizo que me doliera la espalda. Dormimos por turnos. O lo intentamos. Roy se apoyo contra una pared, el arco cruzado sobre las piernas. Yo me hice un hueco entre unas mantas que alguien había olvidado. La oscuridad era total.
En algún momento, compartimos una lata de guiso frío que Roy sacó de su mochila. Tenía un sabor asqueroso, pero me lo comí sin quejarme.
-Roy...Necesito saber si vas a matar a alguien.
-Ni siquiera yo lo se.
-Ah...
-¿Miedo?
-Sí.
-Woooo, que sincero.
-Es lo único que me queda hoy en día.
Tercera etapa: los caminos del bosque
El camión nos dejó en las afueras de Villark. Desde allí, teníamos que caminar.Y caminar. Más de dos días a pie, cruzando los senderos entre montañas y bosques congelados. Roy se encargaba de buscar los mejores puntos para acampar. En la primera noche, dormimos bajo una roca, con una lona vieja por encima y la mochila como almohada.
La segunda noche fue más complicada. Roy había cazado un par de conejos y yo logré hacer fuego. Comimos...Me supo a gloria.
-Gracias...-Digo disfrutando de la comida.
-No las des.
Durante ese tiempo, hablamos poco. Lo necesario. Él no era alguien que buscara conversación, pero de vez en cuando soltaba frases inesperadas:
-¿Que hubieras hecho si yo hubiese matado a uno de los tuyos?
-No lo se...Eso pregunta levantando a Clalrk. Yo solo hubiese ayudado a cazarte.
-Me cuesta creerlo.
-¿Crees que soy demasiado bueno?
-Sí, mira donde estas. ¿y si vamos a una trampa?
-¿Como sabes que no llevó ingun localizador?
-No lo sé.
-No creas que solo soy lo que aparento.
Última etapa: el tren de carga hasta el puerto
Finalmente, encontramos el tren de carga que nos llevaría hasta el puerto de Derenth. Subimos en marcha, con Roy trepando como si lo hubiera hecho mil veces. A mí me ayudó a subir,sujetándome del brazo sin decir nada. El vagón iba casi vacío. Solo unas cajas de suministros militares cubiertas con lonas.
-Joder...-Digo recogiendo el aire.
-Te pesa el culo ¿eh?
-No estoy...acostumbrado...
-Ya lo veo-Dice mirándome de arriba a abajo.
-Veo que tu lo haces mucho.
-Pues sí.
Dormimos profundamente. Más por agotamiento que por confianza. Amanecimos con el sonido del mar. El tren había llegado. Roy se bajó primero y me dio la mano sin mirar.
-Christchurch está al otro lado del agua. ¿Estás listo?
-Lo estoy-le respondí.
Qunque la verdad era que no.
Lois
El agua caliente me abraza como un recuerdo amable. Mis rodillas asoman tímidas entre la espuma, y mis dedos juegan con las burbujas mientras el silencio se instala, por fin, en esta casa. Estoy sola. Sola con el cuerpo cansado, mi alma en guerra y mi loba dormida, a punto de llorar.
La bañera se ha vuelto mi templo. Un santuario en el que dejo de ser la madre fuerte, la compañera constante, la mujer que lo contiene todo. Aquí, el agua me devuelve algo de lo que el mundo me ha quitado. En cada gota que resbala por mi piel hay una memoria que se disuelve: la de la casa que dejé atrás, las flores del jardín que no pudieron llevárseme, la puerta de entrada donde solíamos contar estrellas con los niños en brazos.
Mi hogar...
Oh, mi hogar.
El pueblo donde los nombres eran conocidos, donde bastaba un saludo para sentirse parte de algo. La cocina donde el pan olía a paz. La ventana donde solía ver a Jon correr, descalzo, bajo el sol detrás de su hermano mayor.
Y ahora...ahora todo eso vive solo en mi recuerdo.
Me fui sin hacer ruido, sin mirar atrás. Lo hice con la convicción de quien elige lo correcto por encima de lo cómodo. Protejo a mi familia como una loba haría con su manada: sin dudar, sin preguntar, sin quejarme. Pero eso no quiere decir que no duela.
Mi loba dentro de mí no aúlla.
No.
Ella gime.
Gime con el pecho abierto al pensar que mis hijos-mis cachorros, mis luces, mis milagros-ya no son niños. Han dejado de construir fuertes con mantas en el salón para aprender a levantar muros de silencio en sus corazones.
Se han vuelto soldados.
Peones.
Carne en primera fila.
La guerra los ha reclamado.
Y yo los veo cambiar.
Los veo endurecerse.
Veo en Conner esa sombra en la mirada que antes solo se despertaba cuando tenía pesadillas.
Veo en Jon un amor tan profundo que lo lleva al borde de la desesperación si algo le arrebata lo que quiere.
Veo en ellos hombres donde aún deberían haber solo muchachos.
Veo en mí una madre que teme más por sus almas que por sus cuerpos.
Los dioses-esos que se creen con derecho a jugar a la creación y la destrucción-han escrito un guión donde mis hijos son protagonistas de su guerra absurda. Y yo me niego. Me niego a entregarles sus corazones.
Cierro los ojos.
Y suspiro.
El agua, tibia, empieza a enfriarse, pero yo no me muevo. Sigo ahí, aferrada a esta tregua breve, a este silencio líquido que me permite llorar sin lágrimas.
Sé que, cuando salga, volveré a ser fuerte.
La Lois que sonríe.
La Lois que cocina para todos, que pregunta con voz dulce, que alivia sin ser vista.
Pero aquí, en esta bañera, soy simplemente una madre rota.
Una loba en luto por una infancia robada.
Una mujer que aún cree que el amor puede salvar, pero que empieza a comprender que a veces el amor duele más que la guerra.
Y aun así, cuando salga...
Volveré a pelear.
Tim
El puerto huele a sal y a motores viejos, a redes húmedas y a promesas oxidadas. Nadie habla. Los dos vamos con las capuchas echadas, las mochilas pegadas al cuerpo, el corazón latiendo demasiado rápido como para parecer turistas. Las luces del muelle tiemblan sobre el agua, y yo camino al frente, sintiendo el peso de cada decisión en los pasos que doy.
No hay vuelta atrás.
La embarcación que hemos elegido no es lujosa. Es un carguero de suministros, viejo y ruidoso, pero con destino a donde queremos llegar: Christchurch. Solo tiene una entrada principal y un pequeño muelle de carga a un lado. Es ahí donde nos detenemos. Donde me agacho primero, rozando la madera astillada del suelo con las yemas de los dedos, como si quisiera leer la historia del barco antes de subir.
-Ahora-susurra, y nos movemos.
Roy es el primero en impulsarse. Con una agilidad felina, se desliza por la rampa lateral que usan para subir las cajas más pesadas.
Saltamos entre sombras. Nadie dice una palabra. El motor no ha arrancado aún, pero los estibadores están terminando de asegurar la carga. Eso nos da una ventana de pocos minutos.
Nos metemos entre los contenedores de metal, buscando el pasillo que lleva al almacén interior. Lo encontramos: una compuerta abierta, mal iluminada. Dentro, la bodega es un laberinto de cajas apiladas, barriles amarrados con cuerdas viejas y estructuras metálicas cubiertas de polvo y óxido. Huele a hierro y humedad.
-Aquí-murmuro, señalando un espacio entre dos filas de cajas de madera que están marcadas con símbolos de comida enlatada. Nos arrastramos hasta allí,
acomodándonos entre los huecos.
Es un espacio reducido. Estamos apretados. Roy se sienta con las rodillas encogidas.
Fuera, se escucha el crujido de las sogas, el sonido metálico de las cadenas, el murmullo de los marineros. Y luego, por fin, el rugido grave del motor que arranca, temblando en el vientre del barco como un latido lento. Nos echamos hacia atrás, sintiendo cómo la bodega tiembla bajo nosotros. Estamos dentro.
Lo hemos logramos.
El viaje será largo. No podemos salir, no podemos hablar, apenas podemos movernos. Y yo, mientras me abrazo las rodillas contra el pecho y dejo que el murmullo del mar se filtre por las rendijas, solo puedo pensar en una cosa:
Sigo vivo.
Después de lo que creo que son dos horas, Roy rompe el silencio.
-¿Y por qué te gusta Conner?
La pregunta suena a curiosidad pura, sin adornos, sin doble filo. Aun así, me toma por sorpresa. Parpadeo, girando la apenas para mirarlo en la penumbra.
-¿Qué?-murmuro.
-¿Por qué él? Me causa curiosidad. Es decir tu eres tu y el....
-¿Es otro nivel?
-Espero que no suene a insulto, es decir me pareces mono pero el...
-Tranqui, lo pillo.
Me acomodo contra el muro metálico, sintiendo el frío en la espalda.
-¿fue un flechazo?
-No-Respondo-Al principio solo... me parecía guapo. Fuera de mi alcance.
Roy se ríe. Una risa suave, ronca.
-¿Así de cursi eres?
-¿Quieres o no quieres que te responda?
-Perdón, continúa. Estoy en modo espectador.
-Supongo que fue algo lento... Como la lluvia que no te das cuenta que te empapa hasta que ya estás calado hasta los huesos.
Roy se queda en silencio unos segundos. Luego suelta un resoplido.
-Guau. Tú sí que estás colado por él.
-Sí.
-Roy.
-¿Sí?
-¿Qué tipo de personas te gustan a ti?
Él parpadea, ladeando apenas la cabeza. Se queda pensativo unos segundos. Casi parece que va a esquivar la pregunta, pero no lo hace.
-Como Jason.
-¿Jason?
Roy asiente lentamente.
-Sí. Él es tan real... que sin conocerlo, lo conozco. ¿Sabes? No necesita decir mucho. Solo...está ahí. Entero. Completo. Con todas sus grietas al aire, y aun así, sólido como una pared. Nadie puede derribarlo.
Me quedo callado, escuchándolo con atención.
-Pero...te ha torturado-le recuerdo, en voz baja.
Roy me mira de reojo, con una media sonrisa torcida. No hay rencor en ella.
-Y yo podría haberlo matado-Su tono es plano, neutro, pero en su interior hay un abismo que no se atreve a nombrar-Es lo que somos. Dos perros de pelea sin correa. Solo que...él sabe por qué muerde. Yo a veces no.
Dejo que sus palabras se asienten en el aire denso de la bodega. El barco cruje levemente con el movimiento del mar, como si también estuviera respirando junto a nosotros.
-¿Y te gusta por eso?
Roy cierra los ojos unos segundos. Asiente.
-Sí. Me gustan los que no se dan por vencidos cuando el mundo los quiere destruir. Los que te miran a los ojos y no apartan la mirada, aunque sepan lo que eres.
Su voz suena más baja al final. Más vulnerable. Como si, por un instante, se permitiera ser menos salvaje. Más humano.
Y entonces entiendo que Roy no está enamorado de Jason.
Está enamorado de la idea de poder ser como él. De pertenecer a un lugar donde no tenga que morder para sobrevivir.
Pamed
Estoy intentando concentrarme. De verdad que sí.
Mis dedos están ajustando el vendaje de mis muñecas, el sudor ya me empapa la nuca, y tengo el pulso acelerado antes siquiera de empezar. Conrad está delante de mí en el círculo de entrenamiento, sin camiseta, por supuesto, porque es un hombre lobo y aparentemente el concepto de pudor no les aplica. Sus músculos se flexionan cada vez que se mueve, cada vez que respira.
Y yo me odio por notarlo.
Él se pone en posición, serio, y me lanza la primera embestida suave. Lo esquivo. Golpeo. Él bloquea. Lo de siempre. Hasta que no.
Porque Conrad empieza a acercarse demasiado.
A rozarse demasiado.
A inclinarse sobre mí cada vez que gira, dejando que su aliento caliente roce mi oreja, su pecho me toque apenas...lo suficiente como para ponerme nerviosa, pero no lo suficiente como para poder golpearlo por ello.
-¿Te pasa algo, Pamed?-pregunta con una sonrisa ladina, sin detener los movimientos, como si no supiera exactamente lo que está haciendo.
Le lanzo una patada giratoria con toda la rabia contenida. Él la esquiva, claro. El muy desgraciado la esquiva riéndose.
-Hueles diferente-dice con burla.
-callate.
-Estás excitada.
-¡¿Sabes lo que es la vergüenza?! -Mi voz se levanta más de lo que pretendía. Me alejo un paso, con la cara ardiendo.
Él levanta las manos, fingiendo inocencia, pero su sonrisa es peligrosa. Sus ojos verdes brillan como si le divirtiera ver cuánto puede hacerme perder el control.
-No lo digo yo, lo dice mi nariz.
-Odio a los hombres lobo-siseo.
-Y yo adoro cuando mientes -responde
Idiota sexy, para colmo.
Y entonces, con la voz más grave y sin vergüenza del mundo, suelta:
-Me pregunto cómo estarán tus bragas ahora mismo.
Le suelto un puñetazo directo al pecho que no logra hacerle retroceder ni medio paso.
-¿Desde cuándo hablas como un camionero?-le escupo, sin mirarlo, porque si lo hago, sé que perderé la concentración.
Pero él se ríe. Claro que se ríe.
-Desde que te has comprado esas mallas nuevas-responde, señalando mis piernas con la mirada. Y luego se inclina un poco-joder Pamed...¿Quieres matarme?
-Queria darte en el ego-respondo, jadeando un poco.
Pero ni siquiera tengo tiempo de terminar de hablar cuando me agarra del muslo, me desequilibra y, en un solo movimiento, me tira al suelo. Quedo de espaldas, con el aire escapando de mis pulmones y el calor subiendo por mis mejillas.
Y él está entre mis piernas. Literalmente. Sujetando mis muñecas contra la colchoneta, su rostro a centímetros del mío, la mirada fija, quemándome. El pecho sube y baja con su respiración agitada, sus labios entreabiertos.
-Ahora sí hueles como quería -murmura.
Y yo me odio por no apartarlo.
-Eres un maldito idiota...-susurro.
-Pero el idiota que te gusta.
Y no lo niego.
No puedo.
Siento cómo su cuerpo se balancea apenas sobre el mío, como si no pesara nada, como si conociera perfectamente cada milímetro de mi piel sin necesidad de tocarla directamente. Pero lo hace. Lo roza. Se desliza sutilmente, y con cada leve movimiento se roza contra mi a través de la ropa, como una amenaza, como una promesa.
Mis muslos se tensan, en parte por instinto de defensa y en parte por algo que no me atrevo a nombrar.
-¿Te atreves a hacer una locura? -murmura Conrad, con la voz rasposa, como si ya supiera la respuesta.
Mis labios se entreabren, y no sé si por la sorpresa o por el fuego que siento extendiéndose en mi vientre. Trago saliva. Me odio por dudar.
-¿Y si entra alguien?-pregunto, buscando aire, buscando excusas, aunque mi cuerpo ya le ha dicho que sí hace rato.
Él baja un poco la cabeza, con esa maldita sonrisa ladeada que me vuelve débil. Sus labios rozan mi oído mientras contesta:
-Tengo un gran oído.
Y lo peor es que sé que es verdad.
Que lo oiría todo.
Su mano desciende desde mi bajo vientre como una sombra con memoria, como si conociera el camino incluso antes de trazarlo.
Sus dedos se deslizan con la misma precisión con la que empuña un arma. Pero ahora no hay acero, ni defensa, solo el calor húmedo que delata todo lo que estoy sintiendo. No necesita confirmación. Lo sabe por la facilidad con la que atraviesa la frontera de la tela, por la forma en que mi cuerpo se abre a su contacto sin pedir permiso.
Me arde el rostro.
Me arden las caderas.
Me arde el alma.
Y sin embargo, no digo que se detenga.
Los siento moverse dentro.
Primero suaves, lentos como si me conocieran mejor que yo misma. Como si mis pensamientos pudieran traducirse en caricias.
Mi espalda se arquea instintivamente, una súplica muda que no necesita voz. Y entonces no puedo evitarlo. Mis labios también se mueven.
No para hablar.
No para pedir.
Sino para soltar ese suspiro que se me escapa como un secreto, como un hechizo, como una rendición inevitable.
Mis caderas se alzan buscando más, y sus dedos responden.
Mi boca entreabierta tiembla, buscando algo que calme el fuego que me nace en el pecho y baja, sin compasión, hasta donde su mano me tiene atrapada.
No hay palabras. Solo jadeos.
No hay tiempo. Solo este instante.
Y él.
Conrad.
Mirándome como si el mundo se redujera a este pequeño rincón del universo donde solo existimos nosotros dos.
Cierro los ojos y disfruto.
No solo del cuerpo que me adora con cada roce, sino del consuelo de saber que, por ahora, aún lo tengo.
A Conrad.
Mi tormenta, mi raíz, mi hogar.
Pero el placer siempre se ve acechado por el pensamiento.
Y mi mente, incluso en medio del deseo, me grita verdades que no quiero oír.
¿Qué haré si lo pierdo?
No soy tan fuerte como aparento.
No cuando se trata de él.
Y aunque mi cuerpo tiembla por su amor, mi alma también tiembla por lo que vendrá.
Por lo que ya está ocurriendo.
Tim...
Ha sido una luz.
Nos ha sacado de sombras, de ruinas, de decisiones que nos habrían costado la vida.
Ha sido la brújula.
El corazón.
Pero ahora...
Ahora siento que esa luz se tambalea.
Que empieza a hacer grietas en vez de caminos.
Primero fue Dick.
Lo secuestró.
¡Casi nos mata!
Y si no fuera por Wally, estaríamos bajo tierra o disueltos entre los huesos de alguna celda abandonada.
Y ahora Roy...
Y sin embargo, Tim confía.
Como si pudiera cambiar a quien le ha apuntado con un arma.
Como si creyera que su palabra y su voluntad bastaran para transformar monstruos en mártires.
¿Y si todo esto no es más que suerte?¿Y si solo ha tenido suerte hasta ahora, y la siguiente moneda que lance salga cruz?
Muerdo mi labio, aún bajo las caricias de Conrad. Siento su calor, su vida, su amor.
Y por dentro, una punzada.
Una inquietud.
¿Y si estamos siguiendo a alguien que no sabe adónde va?
Tim
El puerto de Christchurch no es tan silencioso como debería a esa hora de la noche.
Las luces de los almacenes destellan intermitentes, y el olor a salitre húmedo, gasolina vieja y pescado fermentado lo impregna todo como una manta que se cuela bajo la piel. Hay un murmullo constante, lejano: el arrullo de las olas mezclado con el zumbido eléctrico de las grúas y motores de carga apagados.
Avanzamos pegados a la sombra de las paredes, con Roy un paso por delante, su andar ligero, seguro, como si hubiese nacido para moverse entre esquinas y callejones sin ser visto. Yo le sigo, intentando no dejar huella.
Mis botas pisan en silencio sobre el cemento resbaladizo. Siento que cada paso que doy es una nota de un piano mal afinado en medio de un silencio denso. Y aunque nadie parece vigilarnos me siento observado.
El aire es denso, húmedo, cargado del humo de los motores viejos de los barcos atracados. A lo lejos se escuchan gritos apagados, un idioma que no reconozco, algún borracho cantando y, más cerca, el chasquido de una cuerda de amarre tensándose.
Finalmente giramos una esquina y aparece el pequeño puesto de alquiler. Un contenedor oxidado, con una cortina sucia como puerta. Roy se adelanta y entra sin titubear. Yo contengo la respiración, porque en mi cabeza todo esto suena a trampa...pero cuando entro detrás de él, me encuentro con un anciano durmiendo sobre una silla plegable.
Roy le da un golpecito con el pie y sin mediar palabra, suelta:
-Para Josep Connor. Ya está pagado por internet-Le muestra un móvil con la pantalla encendida.
El viejo ni lo mira bien, solo asiente con un gruñido, masculla algo en maorí y señala una moto negra, polvorienta, con el asiento un poco desgastado.
Roy le lanza un billete más-por si acaso-y luego se gira hacia mí con una sonrisa de medio lado que no me gusta nada.
-Sube.
-¿Sabes conducir?-pregunto con el ceño fruncido, justo antes de que el casco me golpee el pecho.
-¿Importa?
Sí, importa. Pero ya estoy subiendo.
En cuanto me acomodo detrás de él, Roy gira la llave y la moto ruge como un monstruo viejo que no ha comido en días. Me agarro con fuerza a su cintura y no tengo tiempo de pensar más.
Arranca. Como un condenado.
El aire me golpea la cara como un látigo helado, mis ojos lagrimean y todo mi cuerpo se tensa cuando Roy esquiva el primer coche estacionado sin frenar. Acelera con total desprecio por las señales o los semáforos. Aúlla de risa cuando toma una curva demasiado cerrada.
-¡Las leyes son para los aburridos, Tim!-grita, y yo solo alcanzo a gritarle que baje la velocidad.
Pero no lo hace.
Siento la adrenalina correr por mis venas como electricidad pura. Como si me hubiera arrancado el corazón del pecho y lo hubiese lanzado contra la carretera para perseguirlo. Me aferro con más fuerza, no sé si a él o a la sensación de que, por una vez, no estoy controlando nada. Y eso me asusta. Pero también me hace sonreír.
Mike
Estoy sentado en el suelo de mi habitación, piernas cruzadas en posición de loto, espalda recta, manos apoyadas sobre las rodillas con las palmas hacia arriba. Una vela encendida parpadea sobre la mesilla, y una suave música instrumental suena de fondo. Estoy en mi espacio de paz. En mi momento zen.
Inhalo.
Exhalo.
Me siento como un monje tibetano con wifi.
Y entonces...
PUM.
La puerta se abre de golpe.
-¡Miiiiiikeeeee!
Benji.
Respiro.
No me muevo ni un milímetro. Ni giro la cabeza. Ni lo miro.
-Respira, Mike. No lo mates...-me digo mentalmente, como un mantra.
-¿Acabas de forzar mi puerta? -pregunto con toda la calma estoica que me queda.
-Sí-responde sin pizca de remordimiento, como si hubiera pedido sal prestada y no violado la santidad de mi templo interior.
Inhalo profundamente.
-¿Y tocar? ¿No te pareció útil?
-¿Sabes cuántas veces te he tocado la puerta y no respondes?
-Estoy meditando, Benji. Meditar. ¿Te suena? Eso que hace la gente que no irrumpe como un rinoceronte con problemas de límites.
-Ah, perdón, no sabía que eras una lámpara de lava espiritual ahora.
Cierro los ojos.
-No voy a dejar que rompas mi aura. Estoy alineando mis chakras.
-Pues diles que se agarren fuerte porque vengo con caos y drama.
Silencio.
-Además-añade-tu habitación olía a incienso de vainilla desde el pasillo. Literalmente pensé que te habías evaporado y me habías dejado una nota estilo "me he ido cuida las plantas".
-Benji, estoy intentando no cometer un delito en este momento. ¿Podrías por favor cerrar la puerta y entrar con más respeto a mi santuario zen?
-Solo si prometes no hacerme yoga mortal. ¿Te imaginas? "La grulla vengativa". ¡PAH! Y yo al suelo.
-No es yoga mortal. Es paz interior. Lo que tú no tienes.
Benji se deja caer en el suelo frente a mí, imitando torpemente mi postura, pero con una pierna medio colgando y la espalda encorvada.
-¿Y ahora qué? ¿Nos fusionamos con el universo? ¿Me transformo en planta?
-No. Tú respiras y me dejas recuperar mi paz.
-¿Y si me convierto en planta? ¿Puedo ser un ficus sexy?
Inhalo. Profundamente.
Exhalo con resignación.
-Eres imposible.
-Y tú me quieres igual.
-No te lo crees ni tú.
-Reconócelo, te encanto-dice Benji, con una sonrisa tan descarada que dan ganas de envolverla en cinta adhesiva y mandarla por correo a otra dimensión.
Lo miro.
Sigo en mi postura de loto, ojos entrecerrados, el incienso aún flotando en el aire como si intentara purificar su cara dura.
Él está sentado delante de mí, ahora con los brazos apoyados en sus rodillas, inclinándose hacia delante como si estuviéramos en una cita romántica y no en mi clase de autocontrol interior.
-Benji...-suspiro, profundamente-
hay bacterias menos persistentes que tú.
-Ajá, pero más feas. Yo al menos tengo buena cara bien y me ducho.
-¿Sabías que hay monjes que han alcanzado la iluminación solo para poder ignorar a humanos como tú?
-¿Y tú?
-Yo estoy muy cerca...de tirarte por la ventana.
Él ríe.
Y lo peor: lo huelo.
Yo soy un lobo. Puedo oler la feromona del flirteo descarado. Esa mezcla entre "quiero besarte" y "me gusta cuando te cabreas".
Huele a calor. A nervios. A "¿y si me acerco más?".
Yo, por otro lado, decido ignorarlo. Podría haber una tormenta de Benji coqueteándome y yo estaría ahí, en mi nube zen, haciendo "ommm".
-Mike, ¿quieres que te lo diga en sánscrito o en emoji? Te-En-can-to.
-¿Me estás tirando la caña con jeroglíficos ahora?
-Solo si me das un diccionario de tu corazón.
-Voy a vomitar.
Benji se echa hacia atrás dramáticamente, tirándose sobre la alfombra como si el rechazo fuera una daga en su pecho.
-¡Cruel criatura! ¡Solo quería tu amor y tal vez tu número de teléfono escrito con pintalabios en el espejo!
-Yo no uso eso.
-Entonces puedes usar sangre de nuestros enemigos. Es igual de sexy.
Respiro. Profundamente.
-¿Tienes un botón de pagar?
-Sí, pero está justo aqu-Se señala los labios con descaro.
-Perfecto. Lo apunto para mi próxima patada.
Silencio.
Benji me observa desde el suelo, con una ceja alzada.
-Mike... ¿te molesta que sea humano?
-No. Me molesta que seas tú.
-Aww. ¿Eso es un sí, pero con orgullo?
-Eso es un "sal de mi habitación antes de que te convierta en el tapete de meditación".
-¿Y si me convierto en tu tapete emocional?
-Benji.
-Vale, vale, ya me voy. Pero que sepas que si seguimos en este tira y afloja, voy a necesitar yoga tú por mí.
-Eso no tiene sentido.
-Tú tampoco, y aun así me encantas.
Respira, Mike.
Respira.
No lo mates.
Aún.
Tim
Roy disminuye la velocidad cuando entramos entre unos bloques de pisos. No hay tráfico, no hay gente. Solo el eco de la moto resonando entre los edificios grises y desconchados, como un recuerdo que no se ha ido del todo.
Pero no está mirando el camino. No como antes.
Su postura cambia. Ya no conduce con esa arrogancia automática de quien domina el mundo, sino con la rigidez de alguien que está viendo algo que no está ahí.
Mi mente se mueve rápido.
Lo analizo.
Lo comparo.
Roy está recordando.
Y la pregunta aparece sola:
¿Eso es bueno o es una bomba a punto de estallar?
Sé lo que es eso.
Esa mirada fija que atraviesa las cosas como si lo que importara estuviese en otra línea temporal.
El paso de los años.
Una risa en su cabeza.
Un grito.
Un disparo.
Una promesa rota.
Algo.
Algo que no sé.
Y entonces lo veo.
El sutil temblor en su mano derecha. El pequeño desvío que hace la moto al girar en la curva, como si su cuerpo supiera que estamos en peligro pero su mente no estuviera presente para corregirlo.
Me bajo.
No lo discuto.
No le pido permiso.
Simplemente me bajo.
La moto sigue avanzando unos metros antes de que él se dé cuenta.
-¿Tim?-gira el rostro hacia atrás. Sus ojos no están completamente ahí. No del todo. Hay algo en ellos...perdido.
-No puedes conducir así-Le digo firmemente.
-Estoy bien.
-Roy, vas a estrellarte contra un recuerdo.
Y ahí lo veo.
El brillo en sus pupilas.
La mandíbula tensa.
El "estoy bien" que se repite mentalmente como un mantra para no quebrarse.
Pero no está bien.
Ni él, ni este sitio, ni lo que sea que esta calle le está enseñando y que yo no alcanzo a ver.
La pregunta sigue ahí.
¿Es bueno que recuerde?
¿O me va a matar cuando esos recuerdos lo alcancen del todo?
-Quiero ir andando-le digo, firme, con los brazos cruzados.
Roy bufa, como si acabara de ofender su religión, pero termina por aparcar la moto con ese aire de "hago esto por ti y solo por ti". Saca dos candados oxidados y encadena la moto como si estuviéramos en medio de Gotham.
-¿Satisfecho, princesa?
No respondo. Solo empiezo a caminar.
Y él... empieza a hablar.
-Mi madre una vez dijo: "A nadie le importamos, Roy. Puedes fallar una y otra vez y el mundo no va a girar distinto. Así que haz lo que tengas que hacer."
Sus palabras se clavan. El tono en el que lo dice... no es triste. Es una verdad masticada, digerida y repetida tantas veces que ya no escuece. Solo es parte de su ADN.
-¿Qué? -le pregunto, mirándolo de reojo. Sé que va a soltar algo más. Lo noto en su forma de tensar los hombros.
-¿Quieres saber por qué odio a Oliver? ¿Por qué estamos aquí?
-Sí.
Y entonces, por primera vez, Roy Harper me cuenta su historia.
-Yo era un crío. No un niño dulce, de esos de anuncios. Yo era más bien... basura callejera. Como esos perros que ves en los callejones comiéndose cartón mojado. Así me sentía. No tenía nada. Pero un día, en un centro comunitario, vi un cartel: "Clases de tiro con arco. Gratis".
-¿Y fuiste?
-No. Me colé por la ventana del baño para robar. Pero luego vi a los demás. Niños como yo, apuntando con esos arcos de madera baratos. El sonido de la cuerda al soltar la flecha. Me atrapó. Y me apunté. No por deporte, sino porque era lo único que me hacía sentir que servía para algo.
Hace una pausa. Su voz no tiembla, pero su mirada está clavada en el suelo, como si cada piedra del camino estuviera conectada con un recuerdo.
-Oliver Queen era el hombre que daba las clases. No era rico entonces. O al menos, no lo mostraba. Solo era un tipo con barba que sabía demasiado y hablaba poco. Pero me vio. Quiero decir, realmente me vio. No como un niño pobre. Me vio apuntar y dijo "puedes hacerlo mejor". Y yo me esforcé. Dios, cómo me esforcé.
-¿Te entrenó?
-Me entrenó como a un soldado. Me llevó a lugares donde nadie más me había llevado. Me enseñó a sobrevivir. Me enseñó a disparar, a pensar, a esconderme. A... matar, si era necesario. Hicimos trabajos juntos. Encargos. Limpiezas. Fui su sombra. Me hacía sentir como si valiera algo.
Otra pausa. Esta vez más larga. El aire entre nosotros se carga.
-Hasta que un día me enteré de que se estaba follando a mi madre. Meses. Meses sin decirme nada. Yo volviendo de misiones, entrenamientos, exhausto, y él metiéndose en su cama como si nada.
Lo miro. Su mandíbula está tensa. Sus puños cerrados.
-¿Lo enfrentaste?
-Sí. Pensé en matarlo. Tenía una flecha preparada. Él ni se inmutó. Solo dijo: "No era mi intención, Roy." Y eso fue todo. Nada más. Como si haberme traicionado fuera un malentendido menor.
-¿Y tu madre?
-Me dijo que "el corazón no elige". Como si eso fuera excusa suficiente. Yo no dije nada. Solo agarré mis cosas... y me largué. No quería quedarme. No quería matarlo. Y no quería seguir siendo el niño de nadie. Así que me convertí en Roy Harper. El que hace lo que tiene que hacer. Y que, si falla, da igual. Porque el mundo sigue girando.
Nos detenemos un segundo. El silencio entre nosotros ya no es incómodo. Es espeso. Verdadero.
-¿Y por qué has vuelto?-le pregunto, porque tengo que saberlo. Porque si va a luchar a mi lado, necesito entender en qué cree.
-Porque si voy a morir, prefiero hacerlo cambiando el final de la historia-Y entonces me mira. Una mirada que no es suplica ni orgullo-Y tú, Tim...tú pareces alguien que no va a dejarme fallar. Y eso es nuevo para mí.
No sé qué decir.
Solo sigo caminando.
Pero por dentro sé que este hombre, por jodido que esté, es justo el tipo de persona que quiero en mi equipo.
Pienso en lo que Roy me ha dicho y las palabras me revientan en la boca como piedras pequeñas: “A nadie le importamos, Roy. Puedes fallar una y otra vez y el mundo no va a girar distinto. Así que haz lo que tengas que hacer.”
No conozco a esa mujer. No sé en qué agujero estuvo ni qué coño le obligó a decirle eso a su hijo. Pero intuyo la manera en que esas frases se incrustan: no son consigna, son condena; no son guía, son un empujón hacia abajo.
Me pregunto cuánta amargura, cuánta rabia y cuánto miedo guarda Roy en ese cofre que es su pecho.
Me doy cuenta de que la furia no siempre son ruidos: a veces es una calma cortante que te acompaña a cada paso. Y pienso en lo que podría hacer esa calma si la dejas crecer sin que nadie le ponga nombre.
¿Cuánto rencor albergas en tu corazón, Roy? ¿Cuánto te queda por romper antes de entender que alguien puede quedarse contigo sin querer nada mas que tu compañía?
Llegamos a un bloque de pisos viejo, de esos que parecen sostenerse más por un milagro que por estructura. El cemento está cuarteado, las ventanas empañadas, la barandilla oxidada. Roy camina delante, y yo noto cómo su espalda se tensa más con cada escalón que subimos. No dice nada, pero su respiración…cambia. Como si en cada paso se estuviera preparando para un golpe.
Nos paramos delante de una puerta gris. Él toca tres veces.
No pasan ni dos minutos cuando la puerta se abre.
Aparece un hombre que tiene el porte de quien alguna vez tuvo dinero, poder, y la arrogancia de creer que eso nunca se iba a acabar. Cabello rubio ceniza, barba marcada, ojos verdes que parecen afilados hasta que se nublan por sorpresa. Lleva una camiseta simple, pero su postura, sus manos…hay algo de soldado en él.
De cazador.
Como Roy.
Y lo que veo en su expresión no es miedo. Es como si estuviera viendo a un fantasma que él mismo mato.
-Roy…-susurra.
Silencio. Pesado, tenso, casi asfixiante.
Una voz femenina interrumpe desde dentro.
-¿Quién es, cariñ...
Sale una mujer, aún joven, belleza cansada, pelo oscuro recogido. Y cuando ve a Roy, se congela un segundo, como si el aire le arrebatara la voz, y de repente explota en vida.
-¡Roy!-grita antes de lanzarse hacia él, abrazándolo con fuerza, casi desesperación.
Sus manos tiemblan, ella solloza contra su cuello, diciendo palabras atropelladas, mezclando su nombre con “mi niño” y “creí que estabas muerto” y “Dios mío”. No entiendo cada frase, pero no hace falta. Es dolor y alivio puro.
Roy no la abraza. Se queda rígido. Imposible saber si está conteniendo rabia o recuerdos.
Yo me mantengo un paso atrás. Observando. La mujer llora como quien encuentra a alguien que creía perdido para siempre.
Oliver no se mueve.
Ni un paso.
Ni un brazo.
Ni una palabra.
Solo mira a Roy como si alguien acabara de abrir una tumba que él preferiría mantener cerrada. Su mandíbula se tensa. Un músculo en su mejilla salta.
Ese no es miedo. Es culpa. Es reconocimiento. Y quizá, también…temor por lo que va a salir de aquí.
Roy sigue sin devolver el abrazo.
Y yo, al verlo así, siento que estoy caminando sobre dinamita con una cerilla encendida en la mano.
Las palabras vuelven a mí como un golpe seco:
“A nadie le importamos, Roy.”
“Puedes fallar una y otra vez y el mundo no va a girar distinto.”
“Así que haz lo que tengas que hacer.”
Y en ese eco entiendo algo que hasta ahora se me había escapado: Roy no ha venido a matar.
No ha venido a ajustar cuentas con un tiro limpio ni a enterrar a nadie más. Ha venido a hacer lo que siempre le dijeron que debía hacer cuando no importaba nadie.
Roy mira a su madre como si midiera el daño: no hay rencor en él hacia ella, solo algo parecido a lástima. Y entonces, sin levantar la voz, dice el nombre de Oliver como si nombrara al hombre que se creía intocable.
-Oliver.
El nombre cae y el mundo parece tomar una bocanada de aire. Oliver levanta la cabeza. Sus ojos verdes, que antes brillaban con autoridad, ahora buscan una salida. No hay palabras elegantes. No hay excusas bien pulidas. Solo una tensión que cruza el aire como un relámpago.
Roy habla despacio, cada palabra una cuchillada que sabe donde caer:
-Me entrenaste. Me pusiste un arco en las manos y me dijiste que confiara. Me enseñaste a disparar para sobrevivir. Me diste razones para creer en un tio que decía ser diferente. Me dijiste que mirara adelante y mientras, te estabas llevando lo único que aún me pertenecía.
Su madre. Dice mi cabeza.
La madre solloza, toma aire, intenta interponerse, pero Roy la frena con la mirada. No quiere escenas. Quiere que lo vean. Que entiendan. Que, su traición no quede enterrada.
-No era mi intención, Roy.
-No hay intenciones que cambien lo hecho. No hay promesas que devuelvan el tiempo.
Lo peor no es el reproche: lo peor es que Roy no necesita gritar. No necesita clavar su daga en la carne de nadie. Su acto es otro: sacar a la luz aquello que ellos quisieron enterrar. Hacer que la herida se vea, que el pueblo sepa, que la verdad sea un espejo roto al que ya no se permite mirar con indiferencia.
-Estoy haciendo lo que tengo que hacer, mamá.
La madre cae a los pies de Roy, llorando, pidiendo perdón por no haberlo protegido, pidiendo a él lo que nadie le puede dar: que vuelva a ser el hijo que se fue. Roy la mira un segundo, y en sus ojos hay una pena que me parte. La acaricia con la dureza de quien sabe que el consuelo no borra traiciones.
No hay intercambio de balas. No hay sangre fría. Solo un silencio que pesa toneladas y que obliga a cada uno a mirarse por dentro.
A recibir la verdad.
Y después, como si todo hubiera sido una tarea cumplida, Roy se da la vuelta y yo lo sigo. Sus pasos son lentos, decididos. No responde a suplicas ni a ruegos. No necesita hacerlo. Lo suyo no es convencer; es mostrar.
Antes de bajar el primer escalo, se inclina apenas hacia su madre. No dice: “Perdóname”. No promete quedarse. Solo deja flotando algo que suena a verdad última:
-Ahora lo sabéis.
Nos alejamos por las escaleras con la calma con la que alguien que hace lo que debe hace el duelo de su propia manera: abrir la herida para que otros la vean, y marcharse como la primera vez que lo hizo. Sin esperar un abrazo que ya no cura.
Siento en el pecho una mezcla de alivio y desastre: alivio porque no ha habido sangre y desastre.
Roy no ha venido a matar. Ha venido a asegurarse de que nadie pueda seguir fingiendo que no pasaron cosas que duelen.
Y se ha ido.
Con la misma firmeza con la que un hombre que no tiene más hogar que su historia toma la decisión de irse.
Sigo pensando mientras las ruedas de la moto crujen bajo nosotros. Las palabras de su madre vuelven en eco, como un disco rayado. A nadie le importamos… Puedes fallar una y otra vez…y la frase de Roy retumba distinta ahora, como si alguien hubiera encendido una luz tenue en una sala que llevaba tiempo a oscuras: Tú pareces alguien que no va a dejarme fallar.
Me habia dicho.
Quizá esas palabras sean pequeñas ahora. Quizá solo sean pedazos de algo que no arreglan. Pero las guardo igual, las pongo en mi bolsillo del pecho y las apuro como quien bebe agua en el desierto. Pienso. Y vuelvo a pensar. Las ideas dan vueltas como las calles de este barrio hasta que al fin me obligo a hablar.
Paramos en un gasolinera y entonces mientras le llenamos el depósitos hablo.
-Roy-digo, y mi voz suena más firme de lo que me siento-Lo has hecho bien.
Se gira hacia mí, sorprendido; en su rostro hay la confusión de quien no espera consuelo, de quien está más acostumbrado a ser solo el con sus pensamientos. Sus ojos brillan con algo que no sé nombrar—¿incertidumbre? ¿sorpresa?—y por un segundo parece un niño expuesto al calor del sol por primera vez.
-Has hecho lo que tenías que hacer, lo mejor que supiste-
continúo, porque es la verdad que quiero que se quede en él-El mundo es una mierda y seguirá girando aunque hubieras matado a Oliver. Pero no te has fallado a ti mismo. No te has rendido a la estrategia de esconder la verdad. Has abierto la herida para que la vean. Y eso eso cuenta.
Roy baja la mirada. Un gesto mínimo, casi imperceptible: los labios se le aprietan, la mandíbula se relaja. Luego, como si le costara el doble, esboza una especie de media sonrisa. No dice nada. No hace falta. El silencio que sigue es más cercano que cualquier palabra.
Arrancamos de nuevo. La ciudad se nos desliza alrededor en sombras y neones. Llevo sus palabras dentro, y tal vez, en algún lugar del camino, él lleva las mías. No prometo que todo vaya a mejorar, ni que no vayamos a caer.
Solo sé esto: Él no está tan solo como pensaba que siempre estaría.
Conner
Intento no contar los días y las horas...porque cada número que intentaba darle al tiempo solo hacía que el vacío se sintiera más real.
No sé existir tranquilo cuando no estás.
Las mañanas son las peores. Despierto con la sensación de que debería escuchar su corazón cerca, tu forma de moverte medio dormido, ese murmullo que haces cuando todavía estás atrapado entre sueños y realidad. Extiendo la mano, instintivo, buscando tu calor.
Solo encuentro frío.
El entrenamiento ya no sirve para despejarme. Corro hasta sentir los pulmones quemar, rompo maniquíes, lanzo a Nate al suelo más veces de las que él puede contar sin gruñirme…y aun así, tu ausencia persiste como un golpe que no termina de bajar.
Papa intenta hablar conmigo. Damian me observa como si quisiera cortarme en dos por haberte dejado ir. Me lo merezco. No tengo palabras para defenderme. Solo tengo esta furia quieta, esta ansiedad mordiendo bajo mi piel.
A veces Jon intenta bromear, como si un chiste pudiera tranquilizar mis nervios. Otras veces se queda en silencio a mi lado. Es de las pocas cosas que soporto sin sentir que voy a explotar.
Por la noche es peor.
La habitación sigue oliendo a ti. Aunque lo intenté evitar, me acurruco con tus ropas. Y me aferro a eso como un animal desesperado que se niega a olvidar.
Podría atravesar países para encontrarte.
Podría quemar al mundo para traerte de vuelta.
Pero tú confiaste en mí.
Me pediste que creyera en ti.
Así que me quedo.
Entreno.
Respiro.
Me preparo para saltar si tu voz no vuelve.
Aullando.
Porque si tú caes, no hay fuerza en el universo que pueda asegurar que yo no caiga detrás.
Solo estoy aquí...esperando el momento en que escucharte respirar otra vez no sea un recuerdo, sino una realidad.
He empezado a hacer yoga con Mike, y nunca pensé que diría esa frase en mi vida. Pero aquí estoy, respirando lento, tratando de que mi cabeza no explote mientras él me corrige la postura.
-Estírate más-me dice, con esa calma que parece venir de otro universo.
Y yo lo intento. No porque crea que me va a iluminar espiritualmente, sino porque cualquier cosa que evite que me vuelva loco.
-¿Realmente confías en Tim?
La pregunta cae pesada, como si hubiera estado esperando el momento exacto para soltarla.
Me quedo en silencio. Respiro —o trato—Y después de unos segundos digo:
-Sí.
La palabra me sale firme, aunque duela más de lo que debería. Mike asiente, como si esa hubiera sido la respuesta correcta a una pregunta de examen.
-Yo seguiría a Tim al infierno si hiciera falta-dice, sin ninguna duda.
Lo miro. Y me doy cuenta de que lo dice en serio. Para él, Tim no es solo Tim. Es algo más.
Un símbolo.
Una brújula.
Una especie de figura sagrada que, si dice “vamos”, él ni siquiera pregunta dónde.
Y eso me empuja.
Porque confío en Tim… pero yo lo veo humano. Con su risa, sus miedos, sus cicatrices, sus noches sin dormir, sus decisiones desesperadas. Confío en él, pero sé que puede equivocarse, caer, romperse.
Mike no lo ve así.
Para él, Tim es un filo perfecto, una fuerza que no puede fallar.
Como un alfa.
Pero eso es imposible.
Tim es solo Tim…y aun así, carga con todo como si el mundo no pudiera romperlo.
Me enderezo, respiro hondo, y miro al frente.
Confío en él.
Lo seguiré.
Pero no porque sea invencible…
Sino porque es humano.
Y aun así, nunca deja de ponerse en pie.
Tim
Estamos otra vez metidos entre cajas, en la misma bodega mal ventilada donde Roy y yo cruzamos medio país como dos polizones nivel “si nos pillan, nadamos”. La madera cruje con cada oleada, huele a humedad, a sal…y a ropa mojada. La mía. Gracias a la lluvia de antes. Genial.
Saco el móvil, la pantalla ilumina mi cara en la oscuridad, y abro el chat con Conner.
Yo:
Ya estamos volviendo.
No pasan ni tres segundos cuando aparece el “escribiendo…”.
Conner tiene velocidad de lobo hasta texteando.
Conner:
¿Volviendo vivos?
Tim:
Sí, vivos. Enteros. Completo pack.
Conner:
¿Roy no te ha apuñalado?
Miro a Roy, que está a mi lado masticando una barrita como si fuera el momento más normal del mundo.
-Conner pregunta si me has apuñalado-Roy levanta la vista.
-Dile que soy un profesional.
Escribo:
Tim:
Dice que es un profesional.
Tres puntos.
Conner tarda esta vez.
Eso no me gusta.
Conner:
Eso NO ME TRANQUILIZA.
No puedo evitar sonreír.
Tim:
Estoy bien. De verdad.
Conner:
¿Seguro? Porque si ese tío te mira raro cuando vuelvas, le muerdo.
-Conner dice que te muerde-le digo a Roy.
Roy se encoje de hombros, divertido.
-Que se apunte a la cola.
Mi móvil vibra otra vez.
Conner:
¿Dónde estáis EXACTAMENTE?
Miro alrededor…cajas, oscuridad, más cajas.
Perfecto.
Tim:
En la bodega del barco.
Conner, relájate. Ya estamos volviendo.
Conner:
Si no estás conmigo en pocas horas, me hago un sepuco.
Tim:
No lo hagas
Tardo dos segundos en recibir una foto. Conner, claramente en el baño, con el pelo mojado y cara de “estoy muy serio”.
Me rio en silencio para no llamar la atención.
Tim:
Eres ridículo. Te quiero.
La respuesta llega más rápido que mis latidos.
Conner:
Te quiero. Vuelve ya.
Miro a Roy, que me observa de reojo. Me giro hacia él, apoyando la espalda contra una caja húmeda.
-Roy…-digo en voz baja-¿nos serás leal realmente o te da igual todo?
Él deja de masticar. De respirar, casi. Clava sus ojos verdes en los míos, sin una pizca de burla.
-¿Quieres la verdad?-pregunta.
Asiento.
Roy toma aire, como si su respuesta fuera sacada a la fuerza de un sitio al que no quiere mirar demasiado.
-No sé si sé ser leal, Tim.
Mi pecho se encoge.
-Pero tampoco me da igual todo -continúa-Si me diera igual, no estaría aquí contigo. No habríamos venido hasta Christchurch. No habría abierto esa puerta. No habría…-chasquea la lengua-no habría dejado que veas quién soy de verdad.
Silencio.
Solo el mar golpeando el casco.
-¿Y entonces?-susurro.
Roy se pasa una mano por el pelo, bastante nervioso por primera vez desde que lo conozco.
-Entonces lo único que puedo prometer es esto: si tú me dices que vaya a la izquierda, voy a la izquierda. Si dices que dispare, disparo. Si dices que me quede quieto, me quedo quieto.
Tú decides lo que soy aquí.
Me mira, directo, sin máscaras.
-No porque seas mi jefe-añade-sino porque eres el único que me ha preguntado si quiero ser alguien. Y quiero intentarlo.
Trago saliva.
-¿Con nosotros?-pregunto.
Roy sonríe apenas, ladino, medio roto.
-Con contigo, Tim. Y si tú dices “somos un equipo”, pues entonces…-levanta los hombros-me vuelvo un puto soldado fiel.
-NO quiero que seas mi soldado -digo-Quiero que seas tú.
Roy parpadea. Como si mis palabras lo hubieran agarrado de la camiseta y sacudido.
-No quiero que pienses que para mí eres un arma-continúo, firme-
No quiero que te conviertas en algo que alguien más decidió que fueras. Te veo, Roy. Te veo de verdad. Y quiero al verdadero tú a mi lado. No a un soldado. No a un perro fiel. No a una herramienta.
Su boca se abre apenas.
Un segundo.
Dos.
Y ahí aparece: la emoción que siempre esconde detrás de sarcasmo, provocación y ese humor que usa para no derrumbarse.
-¿Al verdadero yo…?-murmura, casi incrédulo-Tim… no tienes idea de quién coño es el “verdadero yo”.
-Lo sé-respondo-Pero quiero que me lo enseñes. Y quiero que esté con nosotros, no porque le ordenemos, sino porque él quiere.
Roy traga saliva despacio.
Se aclara la garganta, incómodo.
Se pasa la mano por la nuca.
-Joder, tío…-susurra, desviando la mirada-No estoy hecho para que me digan cosas tan… así.
-¿Como qué?
-Como que valgo algo...
Y ahí sé que lo tengo.
Que de todas las cosas que podría haber dicho, esa era la que necesitaba escuchar.
-No voy a ser tu soldado-añade, mirando finalmente mis ojos-Pero quizá…-inspira hondo-pueda aprender a ser parte de algo.
-Parte de nosotros-corrijo.
Roy asiente.
Pequeño, leve, pero sincero.
-Sí-dice-Parte de nosotros.
Regresar al hotel después de Christchurch se siente… extraño. Como si hubiera salido del mundo un instante y volviera a entrar por una puerta distinta. Todo está igual, pero nada está igual.
Damian casi ni me mira.
Pasa a mi lado como una sombra afilada, con el ceño duro, los hombros tensos.
No me grita.
No me sermonea.
No me reprocha mi estupidez ni mi imprudencia.
Simplemente…me ignora.
Y eso duele más.
A veces lo veo sentado con Jon, que lo sigue como un satélite: lo abraza, lo calma, le mueve el flequillo para molestarlo, le hace bromas hasta sacarle una sonrisa.
Pero yo la veo.
Yo lo conozco.
Está herido.
Por mí.
Conner, en cambio…Conner es otra cosa.
-¿Sabes que voy a morirme antes que tú por culpa de lo que me haces pasar?-me dice mientras me abraza por la espalda en cuanto puede.
Yo solo sonrío.
Y no digo nada.
Especialmente porque cada dos por tres me está tocando, mirándome o gruñendo si alguien se me acerca demasiado.
Lo cual…no voy a mentir, hace que se me descontrole un poco el corazón y las hormonas.
Las reuniones
Nos encerramos en el salón principal del hotel, con mapas y documentos extendidos sobre las mesas. El Refugio del Mirador, la base marcada en rojo como ELIMINADA, aparece en el centro.
La miramos todos con desconfianza.
-Si está eliminada…-dice Clark, serio-significa que o está abandonada...
-Pero no es segura del todo-Dice Pamed.
-Pero tenemos que movernos-Sentenció.
No les gusta.
Ni a Damian.
Ni a Pamed.
Ni a Lena.
Pero lo aceptan.
Benji sigue molestando a Mike, como si el mundo fuera un recreo.
-¡Buenas taaaaaardeeees!-Dice mientras aparece sin permiso en la habitación de Mike.
-Juro por todos los clanes que un día te voy a morder-responde Mike respirando profundamente.
Y Niko se ríe desde el pasillo cada vez que los oye discutir.
Pamed…me ignora.
No abiertamente, pero sí lo suficiente como para notar la distancia. Sabe que fue mi voto el que hizo que Roy entrara en el equipo. Sabe que, para ella, eso es una locura. Cuando le hablo, responde con monosílabos.
Cuando paso cerca, suele excusarse para irse.
Solo Conrad parece poder calmarla, llevándosela de la mano o abrazándola cuando la frustración la supera.
En los entrenamientos ahí está Roy.
El nuevo.
El peligroso.
El desconocido.
Jason lo vigila como si fuera una bomba andando. Clark lo observa analizándolo todo. Conrad lo mira como si fuera un rival.
Y yo trato de entenderlo.
Porque cuando Roy agarra un arco, el silencio cae.
Su postura cambia.
Su mirada se afila.
Las flechas vuelan como si hubieran nacido para matar.
Tres disparos.
Tres blancos.
Un movimiento.
Una precisión sobrehumana.
Incluso los lobos se quedan quietos, apreciando lo que es un depredador de verdad.
-Mi manzana nunca tuvo salvación-Dice Jason
-Ninguna
-Me debes una puta manzana
Y lo peor es que él ni siquiera presume. Simplemente lo hace.
Como si fuese respirar. A veces me observa mientras entreno con Conner.
No sé qué piensa.
No sé qué ve.
No sé si se arrepiente o si planea su futuro en silencio.
Por las noches...A veces Bajo a las celdas a hablar con Ryven.
Sigue siendo un misterio envuelto en cadenas.
-Vamos al refugio del mirador-le pregunto frente a los barrotes.
-Wooo...-responde.
-¿Quieres advertirme de algo?
-No.
-¿Vas a ayudarnos alguna vez?
-No creo-dice con su voz tranquila, peligrosa y dulce como veneno.
Me levanto frustrado.
Él solo sonríe.
San, en cambio, ni nos dirige la palabra.
Comemos en silencio muchas veces, entrenamos hasta que los músculos queman, algunos días discutimos; otros, reímos porque Benji hace alguna estupidez o porque Dick lanza un comentario inesperadamente sutil.
Wally progresa.
Mike medita.
Damian observa.
Conner vigila.
Jason afila cuchillos.
Clark planea rutas.
Pamed suspira.
Lois parece triste.
Roy afila flechas.
Atenea aparece y desaparece.
Todos funcionamos juntos… pero no encajados. Como piezas de un puzzle que se muestran los dientes antes de intentar unirse.
Y yo, en medio, trato de que todos respiren al mismo tiempo.
Han pasado días.
Días en los que he leído el diario de mi padre tres veces, subrayando mentalmente cada frase que podría convertirme en un monstruo… o evitar que lo sea.
Intento hablar con Damian.
Intento acercarme.
Pero solo recibo su indiferencia soldada con hielo.
Hoy, después del entrenamiento, lo alcanzo en el pasillo del hotel. Todavía lleva puesta la camiseta negra, sudada, cejas fruncidas, esa expresión que dice “no quiero hablar, pero si insistes no voy a huir”.
-Damian ¿podemos hablar dos minutos?-pregunto.
Él ni siquiera me mira; sigue caminando hacia su habitación.
-Estoy ocupado.
-Estás enfadado-insisto.
-No-Su voz es cortante-Estoy pensando.
-Dami…
Él se detiene. Lento. Se gira apenas para mirarme de reojo.
-No es que no quiera perdonarte -dice, y esa frase me apuñala-Es solo que…sigues tomando decisiones sin escucharnos.
-Hice lo que pensé que era mejor.
-Exacto-Me corta-Lo que tú pensaste. No lo que pensamos todos.
Trago saliva.
-Quiero protegeros.
Él suspira, desviando la mirada como si le costara decir la verdad.
-Quiero perdonarte, Tim. Pero no sé si puedo mientras sigas por tu cuenta.
Doy un paso hacia él.
Él retrocede uno.
-Damián…
-Te quiero, eres mi hermano. Pero necesito tiempo para que se me pase.
Y antes de que pueda decir algo más, se aleja hacia su habitación, cerrando la puerta sin un portazo, pero con un final igual de doloroso.
Tim
No sé qué es peor… si fallarles, o que algún día descubran que nunca fui tan fuerte como todos creyeron.
Conner
Si él muere, yo no vuelvo a nacer.
Damian
No estoy enfadado con él… estoy asustado de lo que le está convirtiendo el peso que carga solo.
Jon
La gente piensa que no sé lo que es el miedo pero cada vez que lo miro, temo que un día no vuelva a abrir los ojos.
Wally
A veces creo que Dick me quiere… y otras que solo soy el único lugar donde no siente dolor.
Dick
Yo ya no sé quién sería si no tuviera a alguien que me cuida cuando me hundo.
Jason
No sé diferenciar cuándo protejo a la gente… y cuándo me estoy vengando de mi pasado.
Roy
A nadie le importaba si moria. Y ahora no sé qué hacer con la gente que sí pregunta si estoy bien.
Benji
A veces hago bromas porque si me callo… temo escuchar mis propios pensamientos.
Caleb
He visto demasiadas muertes como para creer que todos vamos a salir de esta.
Vanya
Mi voz siempre suena fuerte, pero por dentro soy un susurro intentando no romperse.
Artemis
Si cierro los ojos todavía veo las veces que no pude proteger a nadie.
Sol
No soy tan valiente como aparento. Solo soy muy bueno fingiendo que no tiemblo.
Ray
Me río para que nadie note que estoy pensando en rendirme.
Rhea
He aprendido a ser fuerte porque nadie me dio permiso para ser frágil.
Para mis hijos
No sé cuánto tiempo me queda.
No sé si mañana podré volver a verlos dormir.
Ser padre debería haber sido sencillo, pero a mí solo me enseñaron a sobrevivir…no a querer. Y sin embargo, cuando los miro, deseo con desesperación ser algo mejor.
Me duele saber que el tiempo es un lujo que ya no poseo.
Que crecerán sin mi voz guiándolos.
Que no estaré el día que necesiten una mano firme o un abrazo.
No temo a la muerte.
Temo a lo que me perderé de vosotros.
Para Tim
Tim, Cuando supe que eras mío, pensé que tendría tiempo para hacer las cosas bien.
Pensé que podría enseñarte a luchar, sí, pero también a vivir.
No pude.
Si lees esto algún día quiero que sepas que tu nombre siempre pesó menos que mi culpa y más que mi orgullo.
Eras la luz que me llenaba el corazón.
Perdóname por no llegar a tiempo.
Por no quedarme lo suficiente.
Por no verte crecer.
Para Damian
Damian, Sé que a veces miro con dureza. Sé que esperas de mí un padre entero y no uno partido por dentro.
Tú merecías paciencia.
Merecías años.
Merecías una vida sin sangre heredada. Y lo único que pude darte fue un legado que pesa más que tú.
Mi miedo más grande no es morir. Mi miedo es que mueras por mi culpa.
Que necesites un abrazo de tu padre y encuentres solo ausencia.
Si algún día tropiezas—y todos lo hacemos—quiero que recuerdes esto: No tienes que ser yo.
Y no necesitas mi sombra para ser grande.
Para Talia
Talia,
Quizás el universo tuvo sentido solo en ese instante.
Sé que moriré antes de que todo termine.
Sé que no veré a nuestros hijos convertirse en los hombres que merecen ser.
Y esa es la carga que más duele.
Ojalá la vida me hubiera dado un poco más de tiempo…unos años para verlos correr por un jardín sin miedo a que algo les ataque,
para escucharlos discutir,
para ver cómo encuentran su camino sin tener que mancharse las manos.
Mi corazón—ese que guardas entre tus dedos—nunca quiso irse de tu lado.
Para quien descubra esto
Si alguien encuentra estas palabras, quiero que haga algo por mí:
Dígales que lo intenté.
Que luché hasta el final.
Que aunque la guerra me convirtió en un arma, el amor por mis hijos me habría convertido en un hombre si hubiera tenido más tiempo.
No lloren por mí.
Lloren por todo lo que ya no podré ver.
“No me hieren tus palabras, me hieren tus silencios.” —dijo un omega.
“No quiero que me sigan; quiero que me entiendan. —dijo un alfa.
“Mi voz no es fuerte, pero siempre dice la verdad.”—dijo un beta.
“Si me eliges por instinto, no me elijas.”—dijo un omega.
“El poder no sirve si no sé a quién proteger.”—dijo un alfa.
“Yo no busco protagonismo, busco paz.”—dijo un beta.
“Mi amor no es sumisión… es fuego suave, pero quema igual.” —dijo un omega.
“No temo caer; temo que nadie me espere abajo.”—dijo un alfa.
“Aprendí a quedarme sin ser cadena para nadie.”—dijo un beta.
“No quiero que me adores… quiero que me mires.”—dijo un omega.
“La fuerza no me define, me define lo que decido no destruir.” ñ—dijo un alfa.
“Soy puente, no muro.”—dijo un beta.
“Amo despacio, pero cuando amo, no me voy.”—dijo un omega.
“Mi rugido es grande, pero mi miedo también.”—dijo un alfa.
“No fui hecho para dominar, sino para sostener.”—dijo un beta.
“Mi ternura no es debilidad, es resistencia.”—dijo un omega.
“Quiero liderar sin aplastar.”—dijo un alfa.
“Quiero acompañar sin perderme.”—dijo un beta.
Carta del Milésimo Invierno
A quien encuentre estas palabras cuando la nieve haya cubierto mis huellas, habla Aruuk, hijo de nadie, último lobo del Milésimo Invierno.
He vivido más años de los que cualquier garganta puede aullar,
y aún así sigo sin entender por qué los bicolor nacen bajo la misma luna que aquellos que odian lo que no comprenden.
Escribo esto porque la memoria de los lobos es corta, y la de los humanos, aún más.
Nacimos primero como sombras entre los árboles, salvajemente libres, sin nombre más allá del que la luna nos daba.
Luego vinieron ellos, los humanos, con su fuego,
sus palabras que separan,
y su necesidad de llamar monstruo a todo aquello que se escapa de sus manos.
Pero lo que más temieron
no fuimos nosotros, sino aquellos que caminaban entre sus dos mundos:
los bicolor.
Mitad piel,
mitad pelaje.
Mitad razón,
mitad instinto.
Mitad hijos de la luna,
mitad hijos del barro del que fueron moldeados los hombres.
Los bicolor fueron puente,
fueron abrazo, fueron promesa de que dos mundos podían mezclarse sin romperse.
Y por eso mismo,
fueron perseguidos.
Los humanos los llamaron aberraciones.
Los lobos los llamaron traidores.
Y ellos solo intentaban sobrevivir.
Yo tuve un bicolor a mi lado.
Su nombre era Eira, y su olor mezclaba la nieve fresca
con la sangre de las cosas que no deberían haber muerto.
Eira soñaba con la paz.
Yo soñaba con ella.
Pero la paz es un lujo que los primeros lobos no conocimos.
Cuando los humanos vieron su forma intermedia, su luz que no pertenecía a un solo mundo, la cazaron como si el sol les hubiera exigido un sacrificio.
Yo llegué tarde.
Siempre llego tarde.
Por eso escribo esto:
para que algún día, algún lobo —o algún humano— recuerde que la guerra empezó por miedo,
y no por un destino.
Que no fueron los colmillos,
sino las manos, las que derramaron la primera sangre.
Que los bicolor no eran maldición, sino milagro.
La prueba de que la luna no distingue entre especies,
sino entre corazones.
Si estas palabras llegan a ti,
cuida de los tuyos.
Cuida de los que nacen diferentes.
Cuida de los que caminan solos.
Porque yo ya no puedo.
La nieve reclama mis pasos.
La luna llama a mi nombre.
Mi historia termina aquí.
—Aruuk,
Lobo del Milésimo Invierno,
último guardián de los bicolor.
—Carta del Primer Alfa —
“Sobre el peso del liderazgo”
A quien lea estas palabras cuando ya no quede rastro de mi manada, habla Kael, el Primer Alfa reconocido por la luna.
Muchos creen que ser alfa es gobernar.
O mandar.
O someter.
El mundo, incluso ahora, repite esas mentiras.
La luna nunca me dio un título.
Me dio un peso.
El peso del hambre de mis lobos.
El peso del frío en sus huesos.
El peso de sus heridas, sus miedos, sus preguntas.
Cuando los humanos quemaron nuestro bosque—dicen que por miedo a lo que no entendían—
fuimos obligados a vivir entre las sombras.
Y entre nosotros estaba un niño bicolor. Se llamaba Ralen.
Su piel se llenaba de marcas lunares cada vez que tenía miedo,
y su corazón latía como si llevara dos vidas dentro.
Los humanos lo perseguían.
Los lobos lo desconfiaban.
Yo solo veía a un hijo.
Pero incluso un alfa no puede cambiar la mirada del mundo.
Mi manada lo aceptó, sí, pero no lo protegieron. Cuando Ralen cayó en un río helado, solo yo salté tras él.
Y mientras lo arrastraba a la orilla, entendí algo que marcó todas mis decisiones:
“El líder no es el que ruge más fuerte. Es el que salta primero,
incluso cuando sabe que no llegará a tiempo.”
Si lees esto, recuerda: no es tu fuerza lo que te hace líder, sino a quién eliges salvar cuando todos miran hacia otro lado.
—Kael
Primer Alfa.
Lobo que cargó con más muertos de los que quiso admitir.
Carta de la Bicolor Llorada — “Sobre ser dos y no pertenecer a ninguno”
Mi nombre fue Sira.
Tal vez ya nadie lo recuerde.
Nací con ojos de dos colores:
uno dorado, uno gris.
Mi piel nunca supo decidirse:
a veces humana, a veces lobo,
a veces ninguna.
Los humanos me llamaban monstruo.
Los lobos, error.
La luna, sin embargo, me llamaba hija.
Ser bicolor es caminar en una cuerda que no elegimos,
siempre a un paso de caer
en el lado que más teme lo que somos.
Los humanos dicen que sentimos demasiado.
Los lobos dicen que pensamos demasiado.
Pero la verdad es esta:
“Somos demasiado para ambos mundos porque pertenecemos a los dos.”
Una vez amé a un humano.
Me prometió que no huiría al ver mi forma intermedia.
Me mintió.
Lo vi correr mientras mis huesos se partían para cambiar
y mi corazón se rompía más que mis costillas.
Y aun así…
lo seguí amando un tiempo.
Los bicolor siempre amamos así:
con la parte humana y la parte lobo, como si no supiéramos hacerlo a medias.
Si lees esto, si eres bicolor o simplemente distinto,
recuerda:
No tienes que elegir un mundo.
Que el mundo aprenda a escogerte a ti.
—Sira
La Bicolor Llorada, cuyo llanto aún dicen que se mezcla con la lluvia.
Carta del Lobo Exiliado
“Sobre la guerra que nadie quiso detener”
Escribo desde el desierto donde los espejismos son mi única compañía. Mi nombre es Rask,
nacido bajo la luna roja, marcado desde antes de abrir los ojos.
Dicen que mi destino fue la guerra.
Que la luna me dio colmillos para usarlos contra los humanos.
Que yo era la furia necesaria.
Pero ninguna luna pide sangre.
Eso lo hacen los lobos y los hombres.
Cuando estalló la guerra entre nuestras especies, yo lideré el primer ataque.
Fui rápido.
Fui letal.
Fui la razón por la que ellos trajeron fuego.
Aún puedo olerlo cuando sueño:
la carne quemada, los árboles llorando savia, los aullidos que se apagaban uno por uno.
No ganamos nada.
Ellos tampoco.
La guerra no la empezamos por necesidad.
La empezamos por orgullo.
Y ahora, cuando pienso en los cadáveres que dejé atrás,
solo puedo escribir lo que nadie quería escuchar:
“No había monstruos en esta guerra.
Solo criaturas asustadas,
intentando no morir.”
Si alguna vez lees esto,
y tienes en tus manos la opción de elegir entre la guerra y la palabra, elige la palabra.
Los muertos no tienen voz,
pero pesan más que los vivos.
—Rask
Lobo Exiliado.
Último guerrero de la Luna Roja.
Carta del Lobo del Río Pálido — “Sobre enamorarme de una humana”
Escribo desde donde el agua corre lenta.
Soy Tareth, hijo de nadie, criado por corrientes y raíces.
Jamás pensé que podría amar a un humano. Creí que nuestra sangre era demasiado distinta,
nuestros mundos demasiado tensos, nuestras heridas demasiado viejas.
Y aun así…
Ella venía cada mañana al río.
Lavaba telas que olían a flores,
y cada vez que su mano rozaba el agua, mi piel cambiaba de forma sin que yo se lo ordenara.
Me escondía, claro.
Los humanos temen a los lobos.
Nosotros también empezamos a temer a ellos.
Pero un día tropezó en las piedras y cayó al agua.
No lo pensé.
Salté.
La sostuve en mis brazos entre formas, ni lobo ni humano.
Mitad y mitad.
Y en ese instante entendí algo que nunca había querido saber:
Los corazones no entienden de especies.
Solo de latidos que quieren unirse.
Ella me tocó la mejilla.
Me llamó “hermoso”.
Y yo, por primera vez, tuve miedo porque su vida era un parpadeo comparada con la mía, pero mi amor por ella ya era eterno.
—Tareth,
Lobo del Río Pálido,
que cambió su libertad por un nombre humano.
Crónica del Errante de la Luna — “El camino del que no pertenece”
Mi nombre ha sido olvidado.
Los hombres me llamaron bestia.
Los lobos, traidor.
Los bicolor, advertencia.
Caminé tantos años solo
que la luna aprendió mis pasos.
Fui demasiado humano para ser lobo.
Demasiado lobo para ser humano.
Así que me convertí en nada
y en todo al mismo tiempo.
En mis viajes vi aldeas caer,
manadas romperse, jóvenes marchar con esperanzas prestadas.
Y yo seguí caminando.
Una vez un niño humano me ofreció pan.
No porque supiera lo que era yo…
sino porque me vio temblar de frío.
Y comprendí:
A veces los humanos ven lo que los lobos no miran.
A veces los lobos huelen lo que los humanos no sienten.
Yo vi bondad.
Ellos vieron peligro.
No era lugar para mí.
No lo será nunca.
Pero sigo caminando,
porque incluso un lobo sin manada
sigue siendo un lobo.
—El Errante de la Luna
Carta del Lobo del Bosque Roto — “Sobre amar lo que no puedo tocar”
A la luna confieso hoy
lo que nunca dije cuando vivía:
La amé.
A la humana de las manos pequeñas.
La que hablaba con los árboles como si tuvieran voz.
La que no huía cuando mis ojos brillaban en la maleza.
Me llamaba "mi sombra blanca"
y yo lo permitía aunque sabía que era un error.
Cuando me sonreía, mi pecho dolía como si algo intentara romperse desde dentro.
Como si la forma humana quisiera salir solo para poder tocarla sin destruirla.
Pero un lobo marcado de guerra
no puede permitirse amar.
Mi instinto era protegerla.
La luna me ordenaba marcharme.
El mundo quería arrancarla de mis fauces.
Y un día lo hizo.
Fueron los humanos quienes la tomaron.
Los mismos que decía que podían cambiar.
Quemaron su casa.
Quemaron su bosque.
Quemaron mi silencio.
Solo quedó un pedazo de tela.
Olía a ella.
Olor a hogar.
Desde entonces entendí:
No todo lo que amamos está destinado a quedarse.
Pero todo lo que amamos nos sigue a donde vayamos.
—Lobo del Bosque Roto
Cantos del Lobo Gris de la Carretera — “El que vio pasar todas las vidas”
Dicen que los lobos viven en bosques.
Yo viví en carreteras.
Mi vida fue perseguir luces humanas desde la distancia.
Coches, camiones, viajeros que nunca mirarían hacia la oscuridad.
Me hablaron de manadas.
Me hablaron de raíces.
Yo solo tuve asfalto.
Una vez una mujer viajera dejó caer comida al borde del camino.
No lo hizo por piedad.
Lo hizo porque me reconoció.
-Tú también eres de los que no se detienen, ¿verdad?-me dijo.
Los lobos no lloran.
Pero los que viajan solos…
los que no conocen hogar…
los que miran la luna desde diferentes horizontes…
Nos quebramos por dentro.
A veces me pregunto si ella vuelve por el mismo camino.
Si recuerda al lobo gris que caminaba a su lado sin que ella lo supiera.
Tal vez los humanos tienen nombres.
Tal vez los lobos tienen caminos.
Y tal vez yo fui ambas cosas,
o ninguna.
—Lobo Gris de la Carretera
Carta del Lobo que Persiguió un Latido Humano — “Y nunca dejó de hacerlo”
He vivido más vidas de las que una tormenta puede contar.
Soy rápido.
Soy feroz.
Soy el primero en correr hacia el peligro.
Pero una vez corrí hacia otra cosa.
Un corazón humano.
Lo escuché entre cientos, entre miles.
Era pequeño,
pero vibraba como si el mundo dependiera de él.
Era el corazón de un niño.
Lo seguí durante años.
Desde que aprendió a caminar
hasta que aprendió a perder.
Y aunque nunca me vio,
estuve allí:
Cuando lloró por primera vez.
Cuando amó por primera vez.
Cuando rompió por primera vez.
Cuando cayó por primera vez.
Nunca fui su sombra.
Nunca fui su guardián.
Nunca fui su dios.
Pero fui su lobo.
Porque a veces elegimos a un humano, incluso si ese humano nunca llega a elegirnos.
Nunca lo toqué.
Nunca hablé.
Nunca revelé mi forma.
Pero si alguna vez siente un escalofrío en la noche, si alguna vez cree escuchar pasos que lo siguen, si alguna vez piensa que nadie lo ha protegido…
Que sepa que no estuvo solo.
—El Lobo que Persiguió un Latido Humano
La Loba del Valle de Jade — “Conocí a una anciana…”
Conocí a una anciana en un mercado, de piel morena y ojos como hojas húmedas.
Vendía piedras que decían curar el alma.
Cuando me miró, supo lo que era.
“Loba”, murmuró...
-pero no de esas que huelen a muerte. Tú hueles a amor perdido-No supe qué responderle.
Ella sonrió-Las de tu especie siempre aman como si el mundo se fuera a acabar.
Le conté sobre ella, la humana que pintaba flores en las paredes y se reía del miedo.
La que me abrazaba sin notar el temblor en mis manos.
-¿Y la perdiste?-me preguntó.
Asentí-Entonces eres como yo.
No supe cómo una humana podía entenderlo tan bien, hasta que me mostró un dibujo:
dos mujeres, tomadas de la mano.
-Yo también fui luna y carne.
El amor no cambia, pequeña.
Solo cambia la forma de los cuerpos.
—Carta de la Loba del Valle de Jade
A veces el amor sobrevive siglos, escondido entre las arrugas.
Códice del Lobo Azteca —“Sobre la flor que desafió al Sol”
Yo fui Tochpilli, lobo guardián de los templos de Xochiquétzal, diosa del amor y la belleza.
Me enamoré de un guerrero.
De su fuerza, sí, pero también de su risa, de su forma de mirar el cielo sin miedo a los dioses.
Cuando los sacerdotes descubrieron lo nuestro,
dijeron que los hombres no debían amarse.
Que los dioses se enfurecerían.
Pero Xochiquétzal bajó una noche, vestida de flores y sangre,
y nos bendijo en secreto.
“Amor que desafía la guerra,
amor que no teme al fuego,
amor que no pide perdón.”
Luchamos juntos en la última batalla.
Él cayó, y yo, en mi forma de lobo, guardé su cuerpo hasta el amanecer.
Dicen que donde murió, floreció una flor roja, la llaman Tlachinolli, mezcla de fuego y agua.
La flor de los que aman sin permiso.
—Códice del Lobo Azteca
El amor no se le ofrece al sol. Se le arranca.
El Lobo Nórdico—De la cazadora y el invierno
En las tierras donde el hielo corta la piel, la conocí.
Se llamaba Freja, una cazadora humana que no creía en los mitos.
Yo era un lobo gris que había visto mil lunas.
Nos encontramos cada noche junto al fuego.
Ella hablaba del viento, yo escuchaba su voz como si fuera canto.
Un día me apuntó con su lanza.
No porque me odiara, sino porque tenía miedo de amarme.
Y yo, cansado de huir,
me transformé ante ella.
Humano.
Desnudo.
Temblando.
No disparó.
Soltó la lanza,
me besó.
-Te juro, lobo mío-dijo-que aunque los dioses me castiguen,
te amaré hasta que el hielo se derrita.
Desde entonces, cuando nieva en el norte, dicen que son las cenizas de su fuego.
—Lobo Nórdico
La Loba del Jardín Silencioso — “Sobre la mujer que no podía amar”
Yo la encontré entre los lirios.
Tenía las manos llenas de cicatrices, y los ojos de quien ha amado demasiadas veces y perdido todas.
Era humana.
Era hermosa.
Y decía no poder amar.
Le enseñé a correr sin mirar atrás.
A escuchar el viento.
A entender el lenguaje del bosque.
Pero nunca pronuncié su nombre.
Cada vez que rozaba mis orejas,
mi corazón se volvía más humano.
Cada vez que me sonreía,
mis colmillos dolían de no morder la tentación de besarla.
Un día, simplemente, se fue.
No dejó nota.
Solo una flor atada a una rama con un hilo dorado.
Y entendí:
Hay amores que no son para quedarse, sino para recordarte que aún puedes sentir.
—La Loba del Jardín Silencioso
Canción del Alfa—Los dos lobos que se prometieron bajo lluvia
Fuimos dos machos.
Dos alfas.
Dos mitades de un mismo rugido.
Nos dijeron que no podíamos ser manada.
Que un alfa no se arrodilla ante otro.
Que la luna no acepta dos voces iguales.
Nos reímos de ellos.
La noche en que llovía, nos quitamos las marcas de poder,
y nos prometimos no reinar,
sino cuidar.
Cuando los humanos invadieron el valle, peleamos juntos.
Codo a codo.
Lobo con lobo.
Él murió primero.
Yo lo enterré bajo el árbol donde nos besamos por primera vez.
Ahora, cada vez que la lluvia cae sobre mi pelaje, cierro los ojos y siento su respiración en mi cuello.
Dos lobos, una luna.
No hay jerarquía en el amor.
—Canción del Alfa
“No le temo a la soledad… le temo a quien me hizo olvidarla.”—dijo un lobo que aprendió a amar tarde.
“No busco una manada; busco a quien me reconozca cuando tiemblo.” —dijo un lobo cansado de fingir fuerza.
“Quien te ama no te domestica… te acompaña.”—dijo un lobo que huyó de muchas manos.
“El corazón del lobo es simple: se queda donde lo miran sin miedo.” —dijo un lobo que encontró hogar en unos ojos.
“No soy feroz. Solo aprendí a defender lo que nadie quiso cuidar.”—dijo un lobo lleno de cicatrices.
“Algunos lobos no aúllan por la luna… aúllan por quien no volvió.” —dijo un lobo bajo una noche sin estrellas.
“La libertad pesa, pero la jaula mata.”—dijo un lobo que rompió cadenas.
“No te quiero perfecto, te quiero verdadero.”—dijo un lobo que vio demasiadas máscaras.
“A veces no es hambre, es vacío.” —dijo un lobo que buscaba más que carne.
“Me enseñaron a morder, pero contigo aprendí a descansar.”—dijo un lobo que nunca había tenido paz.
“No soy fiel por instinto; soy fiel por elección.”—dijo un lobo que eligió amar una sola vez.
“Quien toca mi alma, toca mis colmillos.”—dijo un lobo que amaba sin miedo.
“Los lobos no prometen eternidad… la cumplen.”—dijo un lobo que solo se entregó una vez.
Jon
Estoy en un mundo blanco.
No nieve.
No niebla.
No luz.
Blanco.
Tan absoluto que parece que me tragara.
Aún escucho ecos de lo que acabo de ver:
Lobos corriendo entre sombras.
Omegas llorando silencios.
Betas hablando verdades que nadie escucha.
Alfas rugiendo con miedo, con furia, con orgullo.
Todo mezclado.
Todo confuso.
Todo demasiado real para ser un sueño.
Parpadeo una vez.
Y ya no estoy solo.
Drlante de mí aparece un lobo blanco, enorme, de pelaje brillante y manchas marrones como barro antiguo.
Sus ojos son dorados, casi humanos.
Su presencia pesa más que el aire.
Sé que es un alfa.
Uno de verdad.
De los que parecen nacidos antes que el mundo.
Mi respiración se corta.
No sé si debo mirar al suelo o sostenerle la mirada.
No sé si estoy soñando…
o si esto es algo mucho más grande.
El lobo da un paso hacia mí.
Siento el viento aunque aquí no debería haber viento.
Siento su fuerza aunque no me toque.
Y entonces lo escucho.
Su voz no sale de su boca.
Sale de todas partes.
Del blanco.
De mis huesos.
De mi pecho.
-¿Sabrás ser un buen alfa cuando llegue el momento?
La pregunta me atraviesa más fuerte que un puñetazo.
El lobo inclina la cabeza, esperando. Como si mi respuesta pudiera cambiar algo.
-¿Quién eres?-le pregunto, con la voz más firme de lo que siento por dentro.
Parpadeo.
Y el blanco desaparece.
De golpe estamos en un bosque.
Pinos altos.
Tierra húmeda.
Aire frío que me corta los pulmones como si realmente estuviera ahí.
El lobo blanco con manchas marrones está a un paso de mí, el viento moviendo su pelaje. Su olor llena todo el espacio: fuerte, antiguo, alfa.
Su mirada se clava en la mía.
-Un alfa como tú.
Trago saliva.
Un alfa como…
¿yo?
No sé si eso me asusta o me calma.
Doy un paso hacia atrás sin pensarlo. El suelo cruje bajo mis pies, como si el bosque también me escuchara.
-Vale…-respiro hondo-¿por qué me preguntas eso?
El lobo baja la cabeza apenas. No en sumisión.
En evaluación.
Como si estuviera midiendo cada latido de mi corazón, cada duda que intento esconder.
Su voz vuelve a sonar, grave, profunda, como un trueno contenido entre los árboles:
-Porque pronto tendrás que elegir qué tipo de alfa quieres ser.
La brisa cambia. Las hojas tiemblan.
Mi pecho duele.
-¿Elegir…? ¿Elegir qué?
El lobo avanza un paso. Su sombra me cubre entera.
-Entre el miedo y el instinto.
Entre la fuerza y el control.
Entre proteger…o destruir.
El bosque se silencia.
El aire se espesa.
Y yo siento que esa elección ya está acercándose.
Demasiado rápido.
Demasiado real.
-No estoy entendiendo qué pasa… -digo al fin, mientras miro al lobo avanzar entre los árboles como si el bosque fuera suyo.
Él no responde de inmediato.
Camina.
Y, sin saber por qué, mis pies lo siguen.
El aire es frío.
El suelo húmedo amortigua cada paso.
Los pájaros callan cuando pasamos.
Su voz llega como un crujido profundo, mezclada con el viento:
-No tienes que entenderlo ahora. Solo caminar.
-¿Pero de qué va todo esto? -pregunto, viendo cómo su cola se balancea despacio, casi con paciencia.
-Va de ti.
-¿De mí?
-De lo que serás. De lo que ya eres, aunque aún no lo veas.
Camino a su lado.
Mis manos tiemblan sin que pueda evitarlo.
-¿No estoy preparado?
El lobo ríe. No con burla… sino como si ya hubiera escuchado esa frase mil veces, de muchos otros antes de mí.
-Nadie lo está.
-Pero dices que tendré que… saber ser un alfa. ¿Qué significa eso?
Nos internamos más en el bosque.
El viento mueve las ramas por encima, como si obedecieran a su paso.
-No hablo de mando. Ni de poder.
-Entonces…
-Ser alfa no es gritar más fuerte. Es cuidar incluso cuando tiemblas.
Trago saliva.
Me duele el pecho, como si algo dentro quisiera despertar.
-Duele...no...no puedo...
-Podrás. Pero tendrás que aprender a no correr de ti mismo.
Seguimos caminando.
Él se adelanta un poco, girando levemente la cabeza hacia mí, ojos dorados brillando bajo la luz filtrada.
-Un alfa no se mide por su estatus…sino por lo que decide proteger.
El bosque entero parece escuchar.
Me despierto de golpe.
El aire vuelve a mis pulmones como si hubiera estado conteniéndolo durante horas.
El corazón me late tan fuerte que casi duele.
Miro alrededor.
Mi habitación.
La penumbra.
El silencio real, no ese silencio blanco que me envolvía antes.
Me paso una mano por la frente. Estoy sudando.
¿Qué…acabo de soñar?
Cierro los ojos un instante y las imágenes me golpean otra vez:
El mundo blanco.
El bosque.
Ese lobo enorme, blanco con manchas marrones.
Sus ojos dorados.
Su voz que sonaba como si viniera desde el fondo de la tierra.
“Tendrás que elegir qué tipo de alfa quieres ser.”
Siento un escalofrío que me baja por los hombros hasta la espalda.
¿Qué coño ha sido eso?
No ha sido un sueño normal.
No se sintió como un sueño normal.
Me incorporo en la cama, respirando despacio, intentando convencerme de que fue solo eso: un sueño.
Una mezcla de estrés.
De pensamientos.
De cosas que no quiero enfrentar.
Pero la realidad es que lo escuché demasiado claro.
Demasiado real.
Como si hubiera estado ahí de verdad, caminando entre los árboles con él.
“Ser alfa no es gritar más fuerte.
Es cuidar incluso cuando tiemblas.”
Paso la mano por mi pecho.
Todavía siento el eco de esas palabras.
-Jon… ¿estás bien?
La voz de Damián me corta el aire más que cualquier sueño.
Me giro y lo veo sentado en la cama, con las sábanas a medio caer por su torso, mirándome como si de verdad pudiera leer cada latido que tengo fuera de sitio.
Claro que está preocupado.
Normal: llevo diez minutos caminando de un lado a otro como un animal encerrado.
Intento calmar mi respiración, pero no puedo.
-He tenido…-trago saliva-una pesadilla.
No quiero decirle que algo dentro de mí está movido, inquieto, como si el sueño hubiera despertado algo que yo no sabía que tenía.
Damián no insiste.
Nunca insiste cuando nota que estoy muy jodido...
Solo alza una ceja, se mueve hacia un lado de la cama y me hace un gesto con la mano.
-Ven aquí, idiota.
Y ahí sí que no puedo negarme.
Me tumbo sin fuerzas, cayendo a su lado como si mi cuerpo hubiera estado esperando ese lugar exacto desde hace horas.
Damián se acerca.
Sin decir nada.
Sin pedir explicaciones.
Su mano sube hasta mi cabeza y empieza a acariciar mis rizos rebeldes, con esos dedos que siempre parecen saber exactamente dónde tocar para calmarme.
Mi respiración por fin empieza a normalizarse.
No porque el sueño desaparezca,
sino porque él está ahí.
Su pulgar roza mi sien.
Sus dedos se enredan suavemente en mi pelo.
-No ha sido solo una pesadilla...-
susurra casi sin querer, como si su instinto lo hubiera traicionado.
Cierro los ojos.
No puedo mentirle cuando me toca así, porque siento que me mira por dentro.
Pero tampoco puedo decirle lo que vi.
No todavía.
Me acerco un poco más, pegando mi frente a su clavícula, buscando su calor.
-Estoy bien-miento en un susurro.
Y Damián no me presiona.
Solo sigue acariciándome el pelo.
Damián
Dejé a Jon dormir un rato más en mi habitación. Tenía la respiración pesada, como si ese sueño lo hubiera agotado por dentro, y no quise despertarlo.
Solo le puse una almohada a mi lado, una que ojalá engañe un poco a su instinto y no note que me he ido.
Aunque, sinceramente…soy idiota. Porque en cuanto salí por la puerta, ya estaba arrepintiéndome.
Bajo al comedor y lo primero que veo es el caos habitual:
Dick sentado en la mesa con su café, con la cara de “no he dormido pero no pienso admitirlo”. A su lado, Conner, leyendo el periódico como si fuera un padre de familia de cuarenta.
Benji está molestando a Mikey con una energía que ni el demonio tendría a esta hora.
Y Mikey…bueno, Mikey responde como siempre.
-Lárgate, Benji-gruñe, empujándolo con el hombro.
-Pero si solo te estoy saludando -dice Benji, como si fuera un santo.
-Salúdame cuando estés muerto -responde Mikey.
Me froto el puente de la nariz.
-¿De verdad empezamos así tan temprano?-murmuro, entrando al comedor.
Dick levanta la vista, una ceja arqueada.
-Buenos días enano.
-No parecen buenos-respondo.
-¿Jon sigue dormido?-pregunta conner.
No quiero que nadie sepa lo que vi anoche. Cómo Jon se despertó sudando, con la respiración acelerada, caminando por la habitación como si algo lo persiguiera.
No quiero que lo conviertan en un problema.
No quiero que lo analicen.
No quiero que Conner lo huela y decida sacar sus propias conclusiones.
-Está cansado-respondo simplemente.
Conner asiente, pero su mirada me estudia un segundo más de lo necesario. Me siento a la mesa y le robo la tostada a Mikey.
Él me insulta.
Benji se ríe.
Dick suspira.
Todo normal.
Excepto que en algún lugar de arriba, en mi habitación, Jon duerme con el ceño fruncido, respirando como si todavía estuviera atrapado entre árboles que no existen.
Wally
El entrenamiento empezó hace diez minutos. Pero mi cuerpo jura que llevo aquí desde el paleolítico.
Resistencia contra Marcus.
Marcus.
No es duro.
Es inhumano.
Bloqueo a la izquierda.
Patada a la derecha.
Rodillazo al estómago.
Y yo ahí, intentando no tragarme mi propia lengua.
-Vamos, Wally-gruñe Marcus con esa voz de soldado veterano atrapado en un cuerpo de alma joven-No me hagas bajar el nivel.
¿Bajarlo? Si baja más, tendré que pagarle alquiler por vivir en el suelo.
Retrocedo tambaleándome, los pulmones luchando por no pedir un funeral anticipado. Yo era normal antes de esto...
Completamente normal.
Un niño con estudios, pizzas y videojuegos.
Ahora…Ahora hago flexiones en el barro mientras un chico que parece salido de un anuncio me pisa el orgullo cada mañana. Pienso con dramatismo, porque el dramatismo es lo único que puedo permitirme mientras Marcus me ataca con otra serie de golpes que apenas puedo ver, mucho menos esquivar.
-¿Dónde está tu guardia, Wally? -me grita.
-De vacaciones-respondo jadeando.
Él sonríe. Es la sonrisa más cruel del planeta.
-Pues mándale una postal.
Me barre las piernas.
Caigo. Otra vez.
El suelo y yo ya deberíamos estar saliendo oficialmente.
Pero también hay algo que no puedo negar.
He mejorado.
Y no un poco.
Mucho.
Cuando empecé, no podía aguantar 5 minutos sin morirme. Ahora aguanto a Marcus al menos cinco minutos antes de querer vomitar mis órganos.
Cinco minutos.
Son oro puro.
Me levanto tambaleante.
Marcus me observa.
Ese chico casi nunca muestra emoción, pero juro que veo un destello de aprobación en sus ojos verdosos.
-Otra ronda-dice.
-¿Estás seguro?-pregunto recuperando el aire-No quiero humillarte...
Me pega una patada suave en la espinilla.
Suave para él.
Para mí es como si me hubiese atropellado un tren.
-Relájate-dice-Aún te falta camino.
Y sí.
He mejorado con el paso de los meses.
Mucho.
Más de lo que pensé posible.
Pero para estar a la altura de Marcus…
De Ray…
De Pamed…
Jason...
Dick...
De ellos…
No.
Todavía no estoy ahí.
Pero camino hacia algo.
Hacia un lugar donde no soy solo el “normal”. Y mientras me coloco otra vez en guardia con las manos temblando, pienso en una sola cosa que me mantiene de pie:
No necesito ser el mejor del grupo. Solo necesito no rendirme.
Y eso, Marcus o no Marcus,
estoy lejos, muy lejos de hacerlo.
Jason
Estoy con Roy.
Bastante metidos en el bosque, donde los árboles tapan casi todo el sol y el aire huele a humedad y pólvora vieja.
He colgado objetos con cuerdas:
pequeños discos de metal, campanas sin badajo, dianas improvisadas hechas con tapas oxidadas. Todo colgando de las ramas, moviéndose con el viento.
Un infierno perfecto para un arquero.
-Demuestra de qué eres capaz-le digo, cruzándome de brazos.
-¿No te vale con lo que le hice a tu manzana cuando no nos conocíamos?-comenta, acomodando la cuerda del arco.
-Calla y apunta-respondo, lanzándole una ramita al hombro.
Él sonríe de lado, la clase de sonrisa que promete problemas.
-¿Y si las acierto todas?-pregunta.
-Sabré que mis espaldas están bien cubiertas cuando entremos en guerra-digo, sincero.
Roy ladea la cabeza y suelta una carcajada suave.
-Nha… mejor te arrodillas y reconoces que soy el mejor.
Alzo una ceja.
-Dispara, payaso.
Roy se gira sin más palabras.
Coloca una flecha.
La tensión del arco se siente incluso desde mi posición.
Respira una sola vez.
Ni siquiera apunta demasiado.
Simplemente fluye.
Fiuuu.
La primera diana cae.
Fiuuu.
La segunda.
La tercera.
La cuarta.
La quinta.
Las cuerdas vibran. Los objetos chocan entre sí.
Y Roy no duda.
Ni una vez.
La sexta flecha parte la tapa en dos, haciéndola volar como si fuera de papel.
Yo me quedo en silencio.
Solo un segundo.
Roy baja el arco, gira, y me mira con esa sonrisa suya que ya empiezo a reconocer como “prepárate para mi estupidez”.
-Entonces…¿me pongo la corona ahora o después?
Yo solo resoplo.
-Que te den-Roy sonríe como si le hubiera dicho “te adoro”.
-Ahh, qué dulce-responde con fingida ternura-Voy a enmarcar ese cariño.
-Cállate...-Roy recoge una de las flechas, la gira entre sus dedos.
-¿Sabes? Podrías simplemente admitir que soy bueno-dice, como si habláramos del clima.
-Podría-contesto-Pero prefiero que te ardan los oídos esperando.
Roy lanza una carcajada que retumba entre los árboles.
Camina hacia mí, despreocupado, con las manos en los bolsillos.
-Eres un borde, Jason.
-Y tú eres insoportable.
-Ya, pero me quieres aquí, ¿no?
Para cubrirte las espaldas.
Lo miro.
No digo nada.
Porque lo sabe.
Porque tiene razón.
Roy sonríe más suave.
-Tranquilo, antisocial. No voy a irme a ningún lado.
Y lo odio.
Lo odio un poco.
Lo odio bastante.
-Podrías irte al infierno-
-¿Así me hablas después de dejarte con la boca abierta?-
pregunta, apoyándose en un árbol.
-Fue suerte-respondo seco.
Sé que no lo es.
Él también sabe que no lo es.
Roy inclina la cabeza como un perro curioso.
-Jason… llevamos ¿qué? ¿un par de meses? Y ya me estás mandando al infierno con esa confianza de “te conozco desde la cuna”. Eso es progreso, ¿eh?
-Es irritación-corrijo.
-Es afecto reprimido.
-Es irritación-repito.
Roy sonríe.
Una sonrisa pequeña esta vez.
Nada arrogante.
Nada ruidosa.
Una sonrisa que no debería existir en alguien que apenas me conoce.
-Bueno…si algún día te apetece cambiar el “vete al infierno” por un “quédate”, avísame-dice.
-No esperes sentado-gruño.
-Tranquilo no lo haré-responde, dándose media vuelta para recoger otra flecha.
Y aunque no lo soporto…
aunque solo lo conozco de meses...Por primera vez, en este bosque helado y lleno de peligros,
pienso una verdad que no voy a admitir ni torturado:
No me importaría que Roy siguiera aquí.
Tim
Detrás de mí escucho algo crujir.
No ramas.
No hojas.
Patas.
Me giro con el corazón acelerado y ahí está: un enorme lobo negro, ojos azules.
Conner.
Siempre Conner.
Estoy jadeando, con las manos apoyadas en las rodillas, embarrado hasta las orejas porque llevo media hora corriendo entre árboles, esquivando troncos, piedras, raíces…y cayéndome.
Mucho.
Me he caído tantas veces que ya no sé si sigo entrenando o si la gravedad tiene algo personal conmigo.
Conner inclina la cabeza, como evaluando cuántos huesos me he roto esta vez.
Parece casi divertido.
Los lobos no sonríen, pero él… él hace algo parecido con los ojos.
-No es gracioso-murmuro, aunque sé que no puede responderme así.
O sí puede.
Porque da un paso hacia mí.
Firme.
Seguro.
Y luego otro.
Me examina como si fuera un torpe cachorro.
-Estoy practicando-le explico, como si necesitara justificar el desastre en el que me he convertido.
El lobo resopla.
Me cae tierra en la cara.
Genial.
-Sí, sí, ríete-digo limpiándome la frente con el antebrazo.
Me enderezo, vuelvo a tensar las piernas y me preparo para otro intento.
Moverme más rápido.
Más preciso.
Más…líder, según todos.
Pero las raíces parecen manos queriendo agarrarme y las ramas son látigos.
A veces esquivo bien.
A veces no.
La mayoría de las veces no.
-Voy a hacerlo otra vez-le digo a Conner.
El lobo inclina la cabeza con esa paciencia que no sé si provoca calma o frustración.
-No soy tú-continúo en un suspiro-No soy tan rápido.
No tengo tu fuerza.
Ni tu instinto.
El lobo avanza dos pasos más.
Me toca la mano con el hocico.
Firme.
Calmado.
Como si dijera:
Pero estás aprendiendo.
Trago saliva.
Las piernas me duelen.
El orgullo también.
-Está bien, vamos-susurro-Una vez más.
Porque aunque me caiga diez veces…o veinte…Si Conner está ahí, siguiéndome entre los árboles, me siento un poco mas motivado.
Wally
Por la tarde toca entrenamiento con Dick.
Lo cual siempre significa dos cosas:
1. Voy a correr por mi vida.
2. Él va a pretender que no se está conteniendo aunque se está conteniendo muchísimo.
Estamos en el bosque.
Las hojas crujen bajo mis deportivas, el aire huele a humedad y a que voy a morir de una forma estúpidamente vergonzosa.
-¿Listo, Wally?-Pregunta Dick, estirándose.
-No.
-Perfecto, empecemos.
-Cuando diga tres, corres-me avisa.
-¿Qué pasa si no corro?
-Te levanto y después te inmovilizo contra el suelo.
-Ah, vale, motivación suficiente.
Dick respira hondo.
Yo hago una mini oración mental.
Respira otra vez.
Y...
-Tres.
Sale detrás de mí.
Yo salgo delante de mí.
Creo que hasta mis órganos están corriendo. Voy esquivando árboles, saltando raíces como si fuera un ciervo hiperactivo y rezando para no caerme porque si lo hago Dick me recoge como si fuera un saco de patatas.
-¡No mires atrás, Wally!-me grita.
-¡No iba ha hacerlo!
Lo escucho acercarse.
Los pasos son ligeros, rápidos.
Y de repente...
FRENAZO.
Dick frena tan en seco que escucho cómo derrapa sobre la tierra.
Por detrás de mí.
Y juro que puedo sentir el viento de lo cerca que ha estado de chocarse conmigo.
-¡¡Wally!!
-¿Qué?!
-¡¡UN ÁRBOL!!
-¡YA SÉ QUE HAY ÁRBOLES, ESTAMOS EN UN BOSQUE!
Me tiro hacia un lado para no besar un tronco.
Dick me sigue.
Otro frenazo.
-¿Puedes dejar de frenar así?-le grito sin parar de correr.
-¿Puedes dejar de correr en línea recta hacia la muerte?
-¡Tengo suerte!
Antes de que pueda responder, escucho sus pasos acelerarse detrás.
No está frenando.
Está viniendo directo, sin piedad.
-¡Dick, espera, espera, espera...
-¡Demasiado tarde!-dice.
Y me placaaa.
Literalmente me levanta del suelo. Mis piernas siguen corriendo en el aire como un dibujo animado. Caemos los dos a la hierba y yo suelto un quejido dramático que debería ganarme un premio.
-¿Era necesario?-pregunto aplastado bajo su brazo.
-Sí -dice muy tranquilo.
-¿Por qué?
-Porque soy un cazador.
Nos quedamos tirados en el suelo, respirando el mismo aire, todavía riéndonos por el placaje. Dick tiene tierra en el pelo, yo segiramente hojas en la espalda…y aun así, cuando nuestras miradas se encuentran, todo el ruido del bosque se apaga.
Un segundo.
Dos.
Tres.
No sé quién se acerca primero.
Solo sé que, de pronto, estamos besándonos. Primero suave y luego más firme, más urgente, más, más...Yo aprieto su camiseta.
Y por unos segundos me olvido de que estamos entrenando.
Pero entonces…recuerdo quién soy. Wally. Especialidad: hacer estupideces impulsivas. Y usando toda mi fuerza—que para sorpresa mía, no es poca después de tantos meses—lo giro.
Dick cae de espaldas.
-¡¿Qué...-Ni termina la frase.
Yo ya estoy encima de él un segundo. Para asegurar mi victoria moral. Y en el siguiente segundo, ya estoy de pie, saliendo corriendo entre los árboles.
-¡No deberías bajar la guardia!-le grito mientras corro, riendo.
-¡WALLY!-ruge.
Mierda.
Corre, Wally.
Corre como si te fuera la vida en ello.
Benji
Estoy practicando mi escalada.
Bueno…“practicando” es una forma elegante de decir que llevo media hora hablando solo mientras intento convencerme de no morir aplastado por una roca.
He atravesado medio bosque hasta llegar a una pendiente de montaña que parece más alta cada vez que la miro.
Y cuando por fin me agarro a la primera roca, escucho algo detrás de mí.
Patas.
Me giro.
Y ahí está Mikey.
En su forma de lobo. Dorado por el sol, ojos azules.
Gigante, precioso y completamente inexpresivo, sentado como si yo fuera su entretenimiento de la tarde.
-Eh…hola-digo, levantando la mano como si él fuera un turista perdido.
Mikey solo inclina la cabeza.
-¿Qué? ¿Vienes a ver si me mato para luego contarlo?
El lobo parpadea.
Tranquilo.
Casi divertido.
Una oreja se le mueve hacia un lado.
-Vale, vale… tú no hablas-susurro mientras vuelvo a agarrarme a la roca-Pero que conste que tu presencia aumenta mi presión mental en un 300%. Y sí, lo he calculado.
Mikey se tumba.
De verdad.
SE TUMBA.
Como si fuera un espectador VIP esperando el espectáculo.
-Genial, fantástico. ¿Quieres palomitas también?-murmuro mientras busco el siguiente punto de agarre.
Subo un poco.
Las manos ya llenas de polvo.
Los brazos tiemblan un mínimo.
Pero avanzo.
Y Mikey…no se mueve.
No respira fuerte.
No me distrae.
Solo me mira.
Con concentración absoluta.
Sigo escalando.
Y algo raro pasa.
Cuanto más lo siento ahí…más seguro estoy.
Llego a una repisa, me siento, y Mikey me mira desde abajo.
-Oye… gracias por seguirme.…
Veo su cola se mueve un poquito.
Solo un poco.
Pero suficiente para hacerme sonreír mas ampliamente.
Tim
Clark decidió que hoy quería ver cómo peleamos todos.
“Para formar equipos sólidos cuando investiguemos la base del Mirador”, dijo con esa voz suya que hace que nadie discuta… aunque nos dé miedo lo que viene después.
El campo de entrenamiento está lleno. Hierba pisoteada, polvo levantándose, lobos transformados en un lado, humanos en otro.
Clark observa desde la roca más alta, brazos cruzados, expresión seria.
Empiezan los combates.
Joel vs Jason
Joel entra confiado, con esa sonrisa de “puedo con todo”.
Jason apenas se inmuta.
Los dos se mueven rápido: Joel hace fintas, Jason responde sin esfuerzo, como si ya supiera por dónde vienen los golpes.
Jason gana.
Pero Joel lo obliga a sudar.
Mucho.
Clark asiente, satisfecho.
Sexta ronda: Pamed vs Yo
Mala idea.
Pamed viene sonriendo como si fuera a bailar conmigo, no a matarme.
Yo respiro hondo.
Comenzamos.
Yo esquivo bien.
Me muevo rápido.
Me concentro.
Pero ella…ella se mueve como si supiera los pasos antes de que los piense. Me tiene en el suelo en 5 minutos.
Pamed me ofrece la mano para levantarme.
Pero ella sabe que yo liderare aunque me gane 100 veces.
Y se que ella también sería capaz de liderar.
Wally vs Niko
Wally sorprende a todos.
Es rápido.
Esquiva, se agacha, se desliza… parece hecho de viento. Pero Niko le lleva años de ventaja.
Wally no lo vence.
Niko tampoco logra derribarlo fácil. Aun así, Niko gana por técnica.
-¡Casi!-le grito.
Wally me hace una peineta desde el suelo.
Niko vs Marcus
Marcus no sonríe.
Nunca casi nunca sonríe.
Niko pelea bien, pero Marcus es…
Marcus es Marcus.
Es un muro.
Una máquina.
Y cuando agarra el brazo de Niko, el combate termina.
Rhea vs Marcus
Rhea pelea con fuego, con rabia, con ganas.
Marcus incluso da dos pasos atrás.
Por un momento, todos creemos que lo derriba.
Pero al final…Marcus la atrapa por la muñeca y la deja sin movimiento.
Rhea frunce el ceño.
Marcus le da una palmada en el hombro.
-Casi enana
-Que te den
Lys vs Dick
Lys entra con valentía.
Con energía.
Con ganas reales de vencerlo.
Pero Dick es otra cosa.
Se mueve sin ruido.
Golpea sin esfuerzo.
Esquiva sin siquiera mirar.
No humilla.
No presume.
Solo gana.
Como si estuviera respirando.
Es una máquina de...corto ese pensamiento.
Es un humano.
Niko vs Damián
Damián es hielo.
Niko es tormenta.
Pero mi hermano…mi hermano es demasiado rápido.
Niko intenta acorralarlo, pero Damián lo desmonta una y otra vez, paso por paso.
Clark sonríe muy, muy poco.
Pero sonríe.
Pero gana Niko....
Artemis vs Joel
Estos dos parecen estar divirtiéndose.
Se ríen mientras pelean.
Se empujan, se burlan, vuelven a atacar.
Pero Artemis tiene un toque final más limpio.
Joel cae riendo.
-Me debes una cerveza-dice.
-Cuando vuelvas a levantar la cara del suelo, sí-responde Artemis.
Caleb vs Dom
Caleb tiene corazón.
Tiene empeño.
Se esfuerza tanto que Atenea le grita “¡vamos, coño!” desde el borde.
Pero Dom…Dom es un profesional tumbando gente.
Caleb termina en el suelo.
Dom lo ayuda a ponerse de pie sin decir nada.
Dick vs Pamed
Ni siquiera dura un minuto.
Dick la derriba con una llave limpia y elegante, sin lastimarla.
-Bien hecho-le dice Pamed, riéndose mientras se limpia la tierra-Pero voy a devolvértela.
Dick solo levanta una ceja.
Dom vs Pamed
Pamed entra con decisión.
Dom no le da espacio, ni aire, ni un segundo para pensar.
Pamed cae sin oportunidad de alejarse.
-Cabronazo-murmura ella desde el suelo.
Dom solo levanta una mano en saludo militar.
Joel vs Vanya
Joel entra con energía.
Vanya es más ágil.
Pelean unos largos minutos, casi igualados…pero Vanya se rinde antes de que Joel la tumbe.
-Odio tu resistencia-dice ella.
-Gracias-contesta él con una sonrisa enorme.
Jason vs Roy
Este combate es…diferente.
Roy intenta provocarlo.
Jason intenta no caer en el juego.
Se mueven como dos personas que no rendirse.
Jason tarda.
Más que con cualquier adversario.
Creo que…creo que Jason está feliz de tener alguien que casi lo iguala.
Roy vs Lys
Roy es técnica pura.
Lys lucha con alma.
Pero Roy…
Roy tiene puntería incluso sin arco.
Gana.
Roy vs Niko
Niko se mueve rápido.
Roy lo supera por instinto.
Vuelve a ganar.
Roy vs Benji
Y aquí viene la sorpresa del día:
Benji parece un desastre.
Siempre riendo.
Siempre bromeando.
Siempre distraído.
Hasta que no lo está.
Roy lanza un ataque.
Benji baja el centro de gravedad.
Se mueve rápido.
Muy rápido.
Más rápido de lo que casi nadie espera.
Y en menos de un segundo:
Benji lo inmoviliza con una llave impecable.
Roy golpea el suelo una vez en señal de rendición.
Todos se quedan en silencio.
Benji sonríe como si acabara de ganar una partida de cartas.
-¿Veis?-dice-La comedia es un arma, chicos.
Clark sonríe.
Jon
Abro los ojos y el mundo ya no es el mismo.
Estoy en un maizal infinito: tallos altos como paredes, amarillos como oro viejo, crujientes bajo el viento que no sé de dónde viene.
La luz es extraña, como si el sol estuviera atrapado detrás de una nube que nunca se mueve.
El aire huele a tierra húmeda, a algo antiguo… a algo que me observa.
Sé que estoy soñando.
Pero no es un sueño normal.
No es uno que pueda ignorar.
Doy el primer paso y los tallos se apartan como si retrocedieran ante mí.
Y entonces, las voces llegan.
No como palabras habladas, sino como ecos que vibran entre las hojas, como si la tierra misma intentara hablarme.
Primero, suaves:
“Quien gobierna su miedo gobierna su destino.”
Sigo caminando.
El maizal se mueve conmigo, formando un pasillo que serpentea.
Las sombras se alargan, cambian, respiran.
“Un alfa es el que más escucha.”
El viento se vuelve más frío.
Los tallos comienzan a temblar como si algo grande pasara entre ellos, sin mostrar su forma.
Mi corazón se acelera.
Las voces crecen.
“No temas lo que sientes: ahí nace tu verdadero poder.”
“Tu destino no será fácil… pero será inevitable.”
“Todo alfa carga un peso. No todos sobreviven.”
La tierra bajo mis pies tiembla.
Un latido.
No mío.
Algo bajo el suelo.
Las hojas empiezan a susurrar mi nombre.
Mi espalda se eriza.
-Jon… Jon… Jon…
La luz cambia.
Todo se vuelve dorado, casi cegador.
Y entre ese brillo, una voz sola, distinta de todas, más clara, más humana, como si estuviera justo detrás de mi cuello:
-Cuando llegue tu momento, no dudes. Los que dudan suelen morir.
Me detengo.
Siento una presencia enorme detrás de mí.
Calor.
Respiración.
Como si algo gigantesco inclinara la cabeza sobre mí.
-¿Quién…-empiezo a decir.
Pero no hay tiempo.
La luz me envuelve de golpe, arrancándome del maizal como si me arrancaran del mundo mismo.
Mi visión se ciega en blanco.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, el maizal ha desaparecido.
Estoy dentro de una cabaña vieja, hecha de madera oscura y ventanas pequeñas donde el atardecer se cuela como una herida naranja.
Todo huele a polvo antiguo, a humo apagado, a tiempo detenido.
Me levanto despacio.
El suelo cruje bajo mis pies.
Mi respiración se escucha demasiado fuerte en el silencio.
Y entonces lo noto.
Las paredes.
Al principio parecen solo sombras.
Manchas.
Trazos.
Pero cuando parpadeo, las manchas se mueven, se ordenan, se convierten en palabras.
Como si la cabaña respirara escritura.
Me acerco.
El corazón me late en la garganta.
Las palabras empiezan a formar frases.
Frases que no escriben manos humanas.
Frases que parecen latir con intención.
“La sangre llama a la sangre.”
Las letras tiemblan, cambian, se alargan como raíces trepando por la madera.
“Un alfa nace del dolor que soporta, no del que causa.”
Doy un paso atrás.
La pared frente a mí cobra vida, las palabras se derraman unas sobre otras, formando espirales, círculos, símbolos que reconocería incluso dormido:
marcas antiguas de lobos, de castas, de poder.
El sol que cae por la ventana ilumina una línea en concreto.
Brilla como si la madera estuviera ardiendo solo ahí.
Me acerco.
La frase se escribe lentamente ante mis ojos, letra por letra:
“El alfa que teme su destino es devorado por él.”
Trago saliva.
Mi respiración se hace más rápida.
Las paredes ahora murmuran, como si las frases intentaran salir de los tablones.
Y luego, en la pared más grande, justo frente a mí, las letras se expanden, ocupan todo el espacio, enormes, casi vivas:
“TU MOMENTO SE ACERCA.”
Siento un escalofrío que me atraviesa de arriba abajo.
El viento golpea la ventana.
Algo fuera de la cabaña se mueve.
Doy un paso atrás.
La madera cruje.
Las palabras se oscurecen… se deshacen…y escucho claramente, como si alguien estuviera de pie detrás de mí:
Despierta.
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