Problemático [Kakucho x Izana]
Pasado 2/3
Shinichiro.
Semanas después, estoy en una discoteca que no había pisado en mi vida. Está en la otra punta de la ciudad, en una zona que ni siquiera conozco bien, lejos de nuestros bares habituales, de los sitios donde nos conocen. Solo dejan entrar a mayores de diecinueve años. Lo he comprobado tres veces antes de colarme con el carnet falso que Koko me consiguió. Aquí no hay menores. Aquí no hay nadie que deba preocuparme, nadie a quien pueda dañar sin querer.
O eso me digo.
La verdad es que no paro de mirar por encima del hombro. Desde lo de Wakasa, desde que sé que nos están siguiendo de cerca, cada sombra parece un policía encubierto, cada mirada prolongada parece una acusación. Así que paso la droga de la manera más disimulada que he hecho en mi vida. Pequeños paquetes que desaparecen entre manos sin que los ojos puedan seguir el movimiento. Sonrisas breves, contacto visual mínimo, desapariciones inmediatas. Soy un fantasma, incluso entre la gente que me rodea.
Cuando no me queda nada, cuando los bolsillos están vacíos y la misión está cumplida, decido que me he ganado un descanso. Empiezo a pedir chupitos de fresa, uno tras otro, hasta que el alcohol empieza a hacer su trabajo y el mundo se vuelve borroso en los bordes. Alguien-no sé quién, una sombra con perfume fuerte-me dice que toca bailar. Me arrastra entre la gente, cuerpos pegándose los unos a los otros, música demasiado alta.
Siento a alguien restregándose contra mí por detrás. No sé quién es. No me importa. Podría ser cualquiera. Podría llevarme al baño, como he hecho otras veces cuando el vacío se volvía insoportable y necesitaba sentirme lleno de algo, de cualquier cosa.
Pero si soy sincero conmigo mismo-y el alcohol me hace honesto, cruelmente honesto-no me apetece. No quiero tocar a nadie que no sea él. No quiero sentir bocas que no sean las suyas, manos que no sean las suyas, calor que no sea el suyo.
Así que salgo.
La noche es fría comparada con el calor de dentro. Humo una canción de Katy Perry mientras camino, tambaleándome un poco, sintiendo el alcohol en las venas como una manta pesada. Miro el móvil. Las tres de la mañana.
Wooo.
Un coche se para a mi lado, ruedas chirriando contra el bordillo. Ventanas bajadas, música saliendo, voces jóvenes riendo.
-Eh, tío-dice el del asiento del copiloto, un chico con barba de tres días y ojos vidriosos-¿Vienes? Vamos a un piso de estudiantes, hay fiesta, hay de todo...
Parlotearon, invitándome, prometiendo droga que ya no necesito y alcohol que ya no quiero. Caminaron a mi lado, lentos, acompañando mi paso, y yo pensé que estaba lo suficientemente lúcido. Que podría darles una paliza si intentaban engañarme, si intentaban meterme en el coche a la fuerza, si intentaban hacerme cosas que no quería.
Pero antes de que pudiera decidir si subía o no, sentí un tirón en la parte trasera de mi camiseta. Brusco, fuerte, que me hizo tambalearme.
-¡Oh!-grité, girándome, el estómago revuelto por el movimiento repentino-¡Wakasa! ¿Qué haces tú aquí?!
Intenté no vomitar. El mundo giraba un poco, y su rostro-serio, frío, perfecto-apareció frente a mí como un espejismo.
Escuché a Wakasa decirles algo a los del coche. No capté las palabras, pero el tono era suficiente. Amenaza contenida, violencia prometida. Los chicos-aparentemente no querían problemas con un alfa que parecía policía incluso de civil-arrancaron rápido, dejándome ahí, a mi suerte, indefenso.
Ja. Qué dramático.
Wakasa se quedó delante de mí, quieto, y me miró de arriba abajo. Sus ojos recorrieron mi cuerpo con una intensidad que hizo que el alcohol se me evaporara parcialmente.
-¿Pasa algo?-pregunté, viendo cómo se acercaba un paso más, invadiendo mi espacio personal.
-Shinichiro ¿De dónde sales?
-¿Me vas a interrogar ahora?-intenté hacerme el ofendido, pero salió torcido.
-Responde.
Suspiré, derrotado, sintiendo el frío de la noche penetrar a través de la camiseta.
-De estar de fiesta-dije, encogiéndome de hombros-De intentar olvidar que existes.
La verdad salió antes de que pudiera contenerla, el alcohol desinhibiendo su lengua, haciendo que las palabras sonaran más crudas, más honestas de lo que habría permitido estando sobrio.
-No funciona-continuó Shinichiro, dando un paso tambaleante hacia él.
Sin esperar permiso, sin pedirlo, Shinichiro enganchó sus brazos alrededor del cuello de Wakasa. Se aferró a él como quien se aferra a un salvavidas en medio de una tormenta, enterrando su rostro en el hueco del cuello del alfa, inhalando ese olor que le resultaba tan familiar, tan necesario.
Wakasa se quedó rígido por un segundo, los brazos colgando a ambos de su cuerpo, indeciso. Luego, lentamente, como si se rindiera a una batalla que había estado perdiendo desde el principio, levantó las manos y las posó en la cintura de Shinichiro, sujetandolo para que no se cayera.
-Estás borracho-dijo Wakasa, aunque no sonaba como una acusación. Sonaba como una constatación triste, como una excusa que se daba a sí mismo.
-Lo estoy-admitió Shinichiro, levantando la cabeza para mirarlo, sus ojos grises y vidriosos-Pero sigo siendo lo suficientemente consciente para saber que te deseo. Que te necesito. Que estoy harto de fingir que no pasa nada.
Apretó los brazos alrededor del cuello de Wakasa, acercándose más, hasta que sus cuerpos se rozaron, hasta que pudo sentir el calor del alfa filtrándose a través de la ropa.
-Llévame a casa-susurró, su aliento cálido contra la mandíbula de Wakasa-O llévame a la comisaría o déjame aquí en la acera.
Wakasa cerró los ojos, la mandíbula tensa, luchando contra sí mismo.
-Shinichiro...
-Dime que no sientes nada-lo desafió, y su voz sonió casi furiosa, desesperada-Dime que no te importo. Dime que no me quieres, y me iré.
-Estas siendo un dramatico.
-Dilo.
El silencio se extendió entre ellos, largo, doloroso, cargado de todo lo que no habían dicho.
Wakasa no habló. Pero sus manos se apretaron en la cintura de Shinichiro, sus dedos clavándose con una fuerza que rozaba el dolor, una respuesta muda, desesperada.
-Exacto-suspiró Shinichiro, y una sonrisa triste apareció en sus labios-No puedes.
Y entonces, en medio de la acera fría, a las tres de la mañana, con el olor a alcohol y a calle, Wakasa lo besó.
Fue un beso diferente al de la comisaría. No había rabia esta vez, solo resignación, solo aceptación de una derrota que ambos sabían inevitable. Sus labios se encontraron con suavidad, con ternza, como si finalmente se permitieran algo que habían estado negándose durante demasiado tiempo.
Cuando se separaron, Shinichiro seguía aferrado a su cuello, las piernas tambaleantes, los ojos brillantes.
-Llévame a casa-repitió, y esta vez sonó como una súplica, como una promesa-Por favor.
Wakasa respiró hondo, mirando a su alrededor, la calle vacía, el mundo dormido.
-Tu casa o la mía-dijo finalmente, y su voz sonió derrotada, liberada, peligrosamente feliz.
-La tuya-respondió Shinichiro, sonriendo contra su cuello.
Y Wakasa lo llevó.
El coche de Wakasa es un sedan discreto, del color de la noche, con el asiento de cuero. Shinichiro se deja caer en el asiento del copiloto, la cabeza reclinada contra el reposacabezas, los ojos medio cerrados pero alertas, observando el perfil del alfa mientras conduce.
El silencio entre ellos es diferente ahora. No es la tensión de antes, ni la rabia. Es algo nuevo, algo que se asemeja a la paz.
-¿De qué color es tu casa?-pregunta Shinichiro de repente, su voz sonando demasiado alta en el espacio cerrado.
Wakasa le echa un vistazo rápido, una ceja arqueada.
-¿Qué?
-Tu casa-repite Shinichiro, girándose hacia él, apoyando la mejilla en el respaldo del asiento-¿De qué color es? ¿Blanca? ¿Gris? ¿Rosa chicle con lunares amarillos?
-Blanca-responde Wakasa, conteniendo una sonrisa.
-Aburrida.
-Si tú lo dices.
-Completamente aburrida.
-Un bloque de apartamentos de los setenta, pintura descascarada en los balcones, vecinos que se quejan si pones la música después de las diez.
-Suena horrible-dice Shinichiro, pero suena encantado.
-No tanto.
-Pensaba que los polos teníais dinero.
-Lo tengo. Pero me gusta ese piso.
-¿Y tu cocina?-continúa Shinichiro, y sus manos empiezan a jugar con los botones de la radio, cambiando de emisora sin parar-¿Tienes una sartén buena o una de mierda?
-¿Una sartén?-Wakasa resopla, con una risa.
-Sí. Para hacer tortitas. O huevos. O lo que sea que comas.
Wakasa niega con la cabeza, los ojos puestos en la carretera pero la sonrisa persistente en sus labios.
-Tengo varia sartenes.
-Aaaah....¿Tienes gato?
-No.
Gesticula vagamente hacia la ventana, hacia la ciudad que pasa, hacia sus vidas.
Wakasa entiende. Asiente lentamente, y cuando habla, su voz es más suave.
-¿Y como es tu cama?
-Grande.
Shinichiro deja de jugar con la radio. El silencio que sigue está cargado, prometedor.
-¿Suficientemente grande para dos? -pregunta, y su voz ha bajado, se ha vuelto ronca, intima.
-Yo voy a dormir en el sofá.
-Yo también.
-No tú irás a la cama.
-Entonces tú también.
-¿Me quieres volver loco?
-Ya lo estás.
-Más.
-Sí
Chifuyu
El corazón me palpitaba tan fuerte que juraría que estaba a punto de despegar. Modo avión, como decía mi hermana cuando se emocionaba. Modo puto avión a punto de estrellarse contra una montaña.
Estaba en una de las fiestas de la Tokyo Manji, metido en un rincón oscuro del local, con una copa de algo azul que no me atrevía a beber porque no sabía qué era.
Takemichi mi pobre y querido Takemichi había sido arrinconado Por Mikey
Izana había desaparecido hacía veinte minutos, llevado por un tipo de pelo largo y sonrisa peligrosa hacia una sala privada donde supuestamente se cerrarían los detalles.
Y yo estaba intentando volverme invisible.
Porque él estaba ahí.
Baji.
El tio al que había intentado drogar. Al que había intentado robar. Al que me había pillado con el pañuelo impregnado a centímetros de su nariz, me había reducido contra la cama, y luego...luego me había dejado ir.
Llevaba toda la noche rehuyéndolo. Desde que entré y vi su cabello azabache al otro lado de la sala, riendo de algo que le decía un tio rubi con una trenza. Desde que sus ojos ámbar se encontraron con los míos por un segundo, y sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
Me había movido por el perímetro del local como un fantasma, siempre de espaldas a él, siempre con alguien entre nosotros.
Pero podía sentirlo. Podía sentir su mirada en mi nuca, como un peso físico, como una marca.
-¿Te encuentras bien?-me preguntó Takemichi, volviéndose hacia mí con el ceño fruncido-Estás pálido.
-Bien-mentí, forzando una sonrisa-
Solo...solo es el calor.
Takemichi me miró con esos ojos que parecían ver demasiado, pero asintió sin insistir. Se volvió hacia la barra, y yo aproveché para escabullirme hacia el pasillo, buscando un baño, cualquier sitio donde esconderme hasta que Izana decidiera que ya era hora de irnos.
Giré una esquina demasiado rápido, distraído, y choqué contra alguien.
Unas manos fuertes me agarraron por los hombros para evitar que cayera. Levanté la vista, disculpas ya formándose en los labios, y me congelé.
Ámbar. Ojos de color ámbar, brillantes, curiosos, demasiado cerca.
Me cago en mi desgracia.
-Hola, ladrón-dijo Baji, y sonrió.
-Yo...yo no...-tartamudeé, intentando apartarme, pero sus manos se apretaron ligeramente en mis hombros, sin lastimar, solo... reteniendo.
-Llevas toda la noche evitándome Pensé que tendrías más agallas.
Tragué saliva. El pasillo era estrecho, mal iluminado, y estábamos solos. Podía olerlo algo amaderado y cálido, diferente a la mezcla del buen alcohol y sudor que impregnaba el resto del local.
-No te tengo miedo-mentí, y mi voz salió más aguda de lo que me hubiera gustado.
Baji sonrió de nuevo, más amplia esta vez, y una de sus manos se deslizó de mi hombro a mi mandíbula, acariciándola con un dedo.
-Mentiroso-susurró-Te tiembla todo.
Lo empujé, más fuerte de lo necesario, cruzando los brazos sobre el pecho como si pudiera protegerme de él con esa simple barrera. El corazón me seguía martilleando, pero forcé mi rostro en una mueca de desprecio, encontrando sus ojos con toda la desafiante que pude reunir.
-No me asustas-dije, la voz áspera, intentando sonar aburrido.
Baji no retrocedió. Al contrario, dio un paso más cerca, invadiendo mi espacio hasta que mi espalda chocó contra la pared del pasillo. Él Alfa apoyó las manos a ambos lados de mi cabeza, encerrándome sin tocarme. Su sonrisa se afiló, depredadora
-¿No?-preguntó suavemente, inclinándose hasta que su aliento rozó casi mi mandíbula-¿Crees que puedes engañar a esto?-Dijo señalándose la nariz.
Intenté escabullirme bajo su brazo, pero se movió con una rapidez que me sorprendió, bloqueando mi escape con su cuerpo. No me estaba tocando, no realmente, solo me rodeaba con su presencia, su calor, ese estúpido aroma...
-Déjame pasar-exigí
-No.
-Eres un gilipollas-dije, pero algo de la tensión abandonó mis hombros.
Lo entendía ahora.
Esto era una venganza.
Por el intento de robo, por las drogas, por huir. Me estaba provocando, presionando mis botones a ver cuál me hacía saltar, observándome retorcerme porque podía.
Baji rio, un sonido bajo que vibró en su pecho. Finalmente bajó los brazos, retrocediendo lo justo para darme espacio, pero no lo suficiente para dejarme escapar completamente.
-Quizás...
Le aparté la mano de un manotazo, pero sin fuerza real. El pánico se desvanecía, reemplazado por algo más, algo cálido y confuso que no quería nombrar.
-¿Qué quieres, Baji?-pregunté, enderezando los hombros, intentando recuperar alguna dignidad-¿Venganza? ¿Humillarme? ¿Entregarme a tu jefe?
Su expresión cambió entonces, la máscara burlona resbalando para revelar algo más serio debajo. Estudió mi rostro un largo momento, como sopesando su respuesta.
-Quiero saber por qué lo haceis-dijo finalmente, en voz baja-Por qué haces esto. Las drogas, el robo, huir. No eres...Si dijeras que no negocias con italianos, y lo demás....
-Tenemosnuestras razones-
murmuré.
-Compártelas-insistió, y esta vez su voz era gentil, casi persuasiva-En una cena. Mañana. Sin drogas, sin robos, solo...hablando.
Mi cabeza se giró bruscamente. Estaba hablando en serio.
-¿Estás loco?
-Quizás-se encogió de hombros-O quizás solo eres un tipo que fue pillado y necesita una segunda oportunidad. Cena. A las ocho. Te enviaré la dirección.
Metió la mano en el bolsillo, sacando mi teléfono-mi teléfono, que ni siquiera me había dado cuenta de que me había quitado del bolsillo trasero-y tecleó algo rápidamente antes de devolvérmelo.
-¿Cómo has?-empecé, indignado.
-Vieja costumbre. Contraseña.
-No quiero quedar quedar contigo.
-¿Crees que te conviene ponerte encontra a uno de los subjefes de la Tokyo manji?
Bufo y pienso en todo lo que estamos pasando con la policía. Y es verdad que ya solo pocos robamos si queremos sacarnos unos billetes de más...
-No voy a darte mi contraseña-Y levanto el dedo pulgar para poñerlo sobre las huella de la pantalla.
Bajo se anota su número y me lo devuelve.
-Hasta mañana, ladrón. Intenta no drogar a nadie más antes de entonces.
Se alejó entonces, dejándome apoyado contra la pared, el corazón todavía acelerado, aferrando mi teléfono como un salvavidas. Miré la pantalla. Un nuevo contacto.
-¡Vete a la mierda!
Takemichi
El agua está fría ya. Llevo... ¿cuánto? ¿Veinte minutos? ¿Treinta? El tiempo se pierde cuando estás sumergido hasta el cuello, mirando el techo manchado de humedad, intentando procesar lo que no quieres procesar.
La noche fue larga.
Demasiado larga.
Y ahora, en la quietud de mi bañera, con solo el sonido de la gotera del grifo rompiendo el silencio, no puedo dejar de verlo.
Manjiro Sano.
Mikey.
Estaba en la fiesta como si fuera su reino, como si todos los demás-Izana, los míos, los suyos, todos- fueran simples súbditos a los que permitía respirar el mismo aire que él. Tenía esa sonrisa, esa maldita sonrisa que solo ponen los que se sienten invencibles. La sonrisa de alguien que sabe que es el más fuerte de la habitación, el más peligroso, el que puede romperte el cuello antes de que pestañees y aún así parecer un ángel haciéndolo.
Me habló de cosas normales, al principio. Del clima, de la música, de si me gustaba el whisky que servían. Pero sus ojos nunca dejaban de mirarme.
Y luego pasó.
Estábamos sentados en ese sofá, el que está en el rincón donde se sientan los que tienen dinero. Él se inclinó para alcanzar su vaso, o eso pensé, y cuando volvió a sentarse, su mano no aterrizó en mi muslo.
Ni siquiera se movió después.
No la retiró.
No fingió que había sido un accidente.
Solo la dejó ahí, pesada, caliente, su pulgar acariciando despacio, casi imperceptiblemente. Intenté apartarme, pero su mano se apretó, no con fuerza, solo lo suficiente para recordarme quién mandaba.
-No te asustes.
-No me asusto.
Sonrió entonces, esa sonrisa de depredador, y finalmente retiró la mano. Pero se inclinó hacia mí, hasta que su aliento rozó mi oreja, hasta que pude oler su colonia, algo dulce y peligroso.
-Mientes fatal, Takemichi-susurro-
Pero está bien. Me gusta que te hagas el duro. Significa que intentas protegerte. Y me gusta pensar en cómo voy a hacer que dejes de hacerlo.
-Soy duro. La vida me ha obligado a defenderme de gente como tú.
-¿Como yo?
-Sí.
-¿Y como soy?
-Alguien que se cree más que nadie.
-A mí también la vida me ha obligado a ser así.
Se apartó entonces, se levantó, y se fue a hablar con otra persona como si nada hubiera pasado.
Cierro los ojos y hundo la cabeza, dejando que el agua cubra mis oídos, que el sonido se vuelva sordo y distante. Pero aún así lo veo. Aún así siento su mano. Aún así escucho su voz.
Me gusta pensar en cómo voy a hacer que dejes de hacerlo.
Que te den.
Shinichiro
Al final, Shinichiro consiguió que los dos durmieran. No porque Wakasa quisiera. Sino porque llevaba casi media hora persiguiéndolo por todo el piso. Todo había empezado cuando Shinichiro apareció en el salón con una manta sobre los hombros.
-Hace frío.
-No hace frío.
-Sí hace.
-Hay veintitrés grados.
-Tengo frío emocional-Wakasa levantó la vista del libro.
-Eso no existe.
-Ya...Me lo he inventado.
Cinco minutos después, Shinichiro ya estaba sentado a su lado. Otros cinco después, apoyando la cabeza en su hombro. Y otros cinco más tarde...
-No.
-¿Qué?
-Me voy al sofá.
-Pues yo también.
-Shinichiro...
-¿Qué?
-Te conozco-Shinichiro sonrió con inocencia.
-Qué poca confianza.
-La justa.
En cuanto Wakasa se levantó para ir a la cocina por un vaso de agua, Shinichiro aprovechó.
Cuando volvió...Encontró a Shinichiro completamente tumbado ocupando todo el sofá.
Con la manta hasta la nariz.
-Ya está ocupado.
Wakasa suspiró.
-Levántate.
-No puedo.
-¿Por qué?
-Estoy muy cómodo.
-Shin...
-¿Sí?
-Levántate.
-No.
-Pues me voy a dormir.
-Vale.
Y fue hacia el cuarto. Sabía perfectamente que...
-¡Eh!
Sonrió para sí. Los pasos apresurados detrás de él confirmaron su teoría. Al entrar en la habitación, Wakasa apenas había llegado a la cama cuando Shinichiro apareció en la puerta.
-Qué rápido corres.
-No corro.
-Ya claro.
-Coincidencia-Wakasa levantó una ceja.
-Claro.
Se metió en la cama y apagó la lámpara de la mesilla.
Silencio.
Cinco segundos.
Diez.
Quince.
Entonces...
-Wakasa.
-...
-¿Estás dormido?
-No.
-Ah.
Otros diez segundos.
-Ahora sí.
-Mentira.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque me has contestado.
Shinichiro dejó escapar una risa.
Wakasa se giró hacia el otro lado intentando dormir. No duró mucho.
Notó cómo el colchón se hundía ligeramente.
Después la almohada se movió.
Y, finalmente, una voz muy cerca de él.
-¿Sabes?
-...
-Al final he conseguido que durmamos juntos.
Dijo Shinichiro con orgullo
-No me has dejado de otra
-Estrategia.
-Acoso.
-Planificación.
-Pesadez.
Shinichiro soltó una carcajada.
-Pero ha funcionado.
Wakasa negó despacio con la cabeza.
-No sé cómo lo haces.
-¿El qué?
-Siempre consigues salirte con la tuya.
Shinichiro sonrió de lado.
-Porque eres demasiado bueno para echarme.
Wakasa lo miró unos segundos.
Después suspiró con resignación.
-Buenas noches, pesado.
Shinichiro apagó la última lámpara.
-Buenas noches.
Izana
Izana convocó a los informantes.
Extendió un mapa desgastado sobre la mesa de madera podrida, los bordes arrugados por la humedad. Con tiza roja trazó líneas gruesas, firmes, dividiendo la ciudad en sectores. Señaló el norte con un círculo: aduanas bajo control, paso libre para cargamentos medianos. El sur quedó marcado con ondas: río, solo nocturno, solo embarcaciones de la Tokyo Manji. El este recibió una cruz: demasiada policía, demasiados ojos, territorio vedado hasta nuevo aviso. El oeste quedó en suspenso, una interrogación que significaba vigilancia constante, decisión caso por caso.
Los informantes estudiaron el mapa, memorizaron los trazos. Algunos asintieron, otros anotaron en papelitos que luego quemarian.
Recogieron las copias que Izana había preparado, doblaron los papeles con precisión, se los guardaron en los bolsillos interiores de sus chaquetas.
Se dispersaron en silencio, desapareciendo entre las sombras de los contenedores, cada uno rumbo a su sector. La alianza con la Tokyo Manji quedaba sellada en esas líneas rojas, en esos gestos de asentimiento. Las rutas quedaban establecidas, el flujo restringido pero garantizado, el negocio protegido bajo el paraguas muy amplio.
Haitiani
Dos semanas después, el sol apenas se filtraba entre los edificios cuando los Haitani llegaron al bar.
Rindo Haitani apoyó la furgoneta en la entrada trasera, el motor tosiendo antes de apagarse. Su hermano bajó primero, escaneando la calle con esa mirada que tenía de reconocer peligro en cada sombra. Dentro del local, dos figuras ocupaban la barra de forma casual, como si llevaran horas esperando.
Los Kawata.
Ran tenía una pierna colgando del taburete, girando un vaso de café entre los dedos con una elegancia que contradecía el ambiente cutre del lugar. Rindou, idéntico pero distinto en la forma de moverse, estaba de pie junto a la ventana, la mirada perdida en la calle pero atenta a cada sonido.
-Sois puntuales-dijo Ran sin girarse, tomando un sorbo de café.
-Nos enseñaron que el respeto se demuestra con hechos, no con palabras-respondió el hermano mayor de los Haitani, acercándose a la barra.
Rindou se volvió finalmente, los ojos evaluando la furgoneta aparcada fuera, el peso que probablemente transportaba, la cantidad de problemas que podrían surgir si algo fallaba.
-¿Traéis la mercancía?-preguntó, directo al grano.
Rindo asintió, señalando hacia la parte trasera del vehículo.
-Veinte unidades. Como acordaron. Enfundadas, listas para usar.
Ran bajó del taburete con una fluidez felina, acercándose a la ventana para comprobar por sí mismo.
-La ruta es sencilla-comenzó Nahoya, sacando un mapa doblado del bolsillo interior de su chaqueta-
De aquí, tomáis la carretera vieja del norte. Evitad la autopista, hay cámaras nuevas que aún no controlamos. Cuarenta minutos hasta el desvío del km 23. Con un dedo señaló una curva en la carretera, un punto específico entre dos árboles marcados-Allí dejáis el cargamento. No hay que entregarlo a nadie, no hay que esperar. Solo dejarlo, encender las lueras de emergencia durante treinta segundos, y marcharos. Alguien recogerá la mercancía antes de que lleguéis a la ciudad.
-¿Y el pago?-preguntó el hermano de Ran.
Souta se acercó, sacando un sobre grueso del otro bolsillo. Lo dejó caer sobre el mapa con un sonido sordo, el de billetes contados y vuelto a contar.
-Mitad adelantada-dijo-La otra mitad cuando confirmemos que todo está en orden.
Los Haitani intercambiaron una mirada. Lo sabían. En este negocio, la confianza era un lujo que nadie se podía permitir.
-Entendido-dijo Rindo, recogiendo el sobre sin contarlo, guardándolo en el pecho de su chaqueta-Cuarenta minutos, km 23, luces de emergencia, nos vamos.
-Suerte-dijo Souta.
Senju.
La discusión estalló en la cocina, donde siempre estallan las peores cosas.
Sanzu estaba apoyado en la puerta, con esa postura suya de siempre como si ella fuera menos. Llevaba la camisa de ayer, arrugada, y los ojos vidriosos de quien no ha dormido. Los míos debían de lucir igual, pero por razones diferentes.
-No pasas por casa-dijo, y no era una pregunta. Era una acusación envuelta en voz plana.
-Tengo cosas que hacer-respondí, secándome las manos en el pantalón, aunque no había tocado agua.
-Cosas.-Rió, un sonido sin humor-¿O personas?
No me hizo falta preguntar a quién se refería. Shion y Mochizuki.
-Son mi gente-dije, enderezando los hombros-Del mismo sitio que nosotros. De la misma calle, del mismo barro, de la misma mierda. ¿Por qué tú te crees mejor que ellos?
Sanzu se apartó de la puerta, dando un paso hacia mí. No retrocedí. Nunca lo hago.
-No me creo mejor+dijo, y por primera vez en años, vi algo que se parecía a preocupación real en su rostro-Me preocupo. Porque tú eres mi hermana, y ellos son...son problemas, Senju. Siempre lo han sido.
-Para ti todo es problema-espeté, sintiendo el calor subir a mis mejillas.
-No es así...
-No te gusta no poder controlarme.
-Te cuido es diferente.
-¡Shion y Mochizuki me cuidan!
-Ellos...Senju, escúchame. Desde que nos abandonaron...Lo he intentado hacer lo mejor posible.
-Pero ya no somos niños, Haruchiyo.
-Senju...
-Merezco algo mejor que vivir en tu recuerdo de lo que debería ser-
continué, más suave ahora, pero firme-Merezco gente que me vea y no vea tu hermana pequeña. Que me vea y vea a mí. Que no me diga con quién puedo estar ni a quién debo evitar.
Sanzu cerró los ojos, respirando hondo. Cuando los abrió, había algo diferente. No era aceptación, pero era el principio de ella.
-Te van a hacer daño-dijo, y sonó casi como una súplica.
-Quizás-admití-Pero será mi daño. Mi elección. Mi vida.
-Y si me hacen daño-añadí, mirándolo a los ojos-Seré yo quien les parta las piernas. No tú. Yo.
Sanzu me miró largamente, el silencio estirándose entre nosotros como un chicle a punto de romperse.
Y después se fue.
Sanzu
Senju nunca lo entenderá.
No es que odie a Shion y Mochizuki. No es que crea ser mejor que ellos. Es que sé exactamente lo que somos. Lo que los demás llaman escoria cuando creen que no escuchamos. Los hijos de la violencia, de los callejones, de las decisiones equivocadas.
Nuestra madre se enamoró del chico malo. Del que fuma en la esquina, del que golpea primero y pregunta después, del que te trata como una princesa durante tres meses y como basura el resto de tu vida.
Ella tenía dieciséis años cuando me tuvo a mí. Y veintitrés cuando quedó embarazada de Senju. Treinta y uno cuando ya no podía ocultar tanto dolor.
Senju no recuerda las noches en que despertaba con el sonido de algo rompiéndose. Yo sí. Yo recuerdo cada vaso, cada plato, cada hueso que crujía. Yo recuerdo verla en el suelo del baño, la sangre en el inodoro, sus ojos vacíos mirando al techo como si ya no estuviera dentro de su cuerpo.
Tenía nueve años cuando vi a mi padre empujarla contra la pared. Once cuando la vi caer por las escaleras y quedarse quieta, tan quieta, durante minutos que parecieron horas. Trece cuando escuché gemidos desde su habitación que no eran de placer, sino de dolor, de resistencia, de derrota.
Aprendí a no preguntar. Aprendí a traerle hielo envuelto en toallas, a limpiar la sangre del suelo antes de que Senju despertara, a ser el niño bueno, el callado, el invisible. Aprendí a curarla con vendas, con mentiras a los profesores cuando preguntaba.
-Entonces....-Empezo la psicóloga-
¿No pasa nada en casa?
-No.
-Sabes que puedes confiar en nosotros ¿verdad?
¿Y que iban a hacer ellas?
Ellas sabían que algo pasaba.
Que hicieran algo si querían
-Sí.
Nunca hicieron nada.
Mamá nos dejó cuando yo tenía dieciséis y Senju siete. No porque no nos quisiera. Al contrario. Nos dejó porque nos quería lo suficiente para protegernos de lo que vendría. De la noche en que él finalmente cruzaría la línea y la mataría delante de nosotros. O peor, nos mataría a nosotros delante de ella.
Nunca la volvimos a ver.
Y ahora Senju quiere entregarse a Shion y Mochizuki como si fueran diferentes. Como si el chico malo no termine siempre siendo el mismo. Como si la violencia no sea un círculo del que nunca se escapa.
Ella no entiende que cuando la miro con ellos, veo a mamá. Veo a una chica de dieciséis años creyendo que el amor puede cambiar a alguien que solo sabe destruir. Veo a alguien que confunde la posesión con el cuidado, el control con la protección.
Pero ya la he perdido, ¿verdad? Ya ha elegido. Sigo siendo el hijo que no supo proteger a su madre y ahora el hermano que tampoco sabe proteger a su hermana.
Chifuyu
El restaurante era de esos que no anuncian en grandes carteles ni aparecen en guías turísticas, pero que al cruzar la puerta sabes que has encontrado algo especial.
Pequeño, sí, con solo ocho mesas y una barra de madera oscura donde un anciano cortaba sashimi con movimientos de relojero.
Pero los detalles...los detalles eran maravillosos. Los platos de cerámica hechos a mano, cada uno diferente, con grietas doradas reparadas siguiendo la tradición del kintsugi. Las servilletas de lino, no de papel. Un jarrón con una sola rama de cerezo en el centro, perfectamente equilibrada.
-Keisuke-dijo, extendiendo la mano sobre la mesa como si me ofreciera un secreto-Baji Keisuke. Ahora ya puedes buscarme en los registros policiales con nombre completo...o redes sociales.
-No pienso buscarte-respondí, pero tomé su mano, y nuestros dedos se entrelazaron un segundo más de lo necesario para un simple apretón.
La comida llegó en oleadas, platos pequeños que compartíamos. Él me quitaba el último pedazo de tempura de langostino justo cuando mis palillos iban a alcanzarlo. Yo le escondía el salero para que su sopa de miso quedara insípida. Él me contaba historias absurdas sobre su pandillq.
-Eso es imposible-dije, conteniendo una risa.
-Lo imposible es que tú no te quedes atascado en un tobogán con ese culo gordo que se te va a poner-replicó, y me pinchó la mejilla con los palillos.
-¡Oye! ¿Eso a qué viene?
-Son graciosas las caras que pones cuando digo algo que no te esperas.
-Normal, dices cada cosa.
-Soy sincero.
-Eres un capullo.
Alrededor de nosotros, el mundo continuaba su ritmo ajeno. Una pareja de ancianos reía a carcajadas en la mesa del rincón, ella golpeándole el hombro. Un grupo de oficinistas-corbatas aflojadas, mangas remangadas-celebraba algo con cervezas que no dejaban de pedir. Una madre joven hacía aviones con los palillos para que su hijo comiera, y el niño reía cada vez que el "avión" aterrizaba en su boca.
La vida normal.
Y luego nosotros dos.
-Chifuyu-dijo Baji de repente, y su voz había cambiado, perdido el tono burlón.
-¿Qué?
-Quiero que me llames Keisuke-Dice mirándome a los ojos.
-¿Por qué?
-¿Y por qué no?
-Si me acuerdo te llamaré por tu nombre.
Shinichiro
Estábamos en el tejado del antiguo almacén, el lugar donde solíamos escondernos de pequeños cuando el mundo se volvía demasiado ruidoso. Senju tenía las piernas colgando por el borde, balanceándolas con despreocupación que no sentía, mientras yo fumaba.
-¿Cómo estas?-preguntó.
Dejé escapar el humo, observando cómo se disipaba contra el cielo gris de Tokio.
-Como un idiota-admití-Como el mayor idiota del mundo...Me he enamorado del tio que podría mandarme a prisión con una sola llamada.
-Shin, también le gusta.
-Eso no cambia nada-suspiré, apagando el cigarro apenas encendido-Sigue siendo un policía. Sigo siendo un delincuente. Seguimos estando en lados opuestos de una línea que no deberíamos cruzar.
-Ya es tarde para pensar en las consecuencias.
-Ya...Me arrepiento de la noche que nos droge. Wakasa es alguien que merece la pena-continuó-Joder...-
Dijo frotándose un segundo la cara.
-A ver, mucho no te puedo odiar. Porque te ha dejado dormir en su casa. Quizás has conseguido engañarlo piensa que fue culpa del alcohol.
-Quizas...
Izana
La presión es constante ahora. Los coches patrulla que pasan con demasiada frecuencia por nuestros territorios. Los agentes de paisano que aparecen en los bares donde antes éramos invisibles. Wakasa no ha dado tregua, aunque sé-sé con absoluta claridad que me duele admitir-que está conteniendo el golpe. Que podría habernos destrozado ya y no lo ha hecho.
Pero a pesar de eso, a pesar de los ojos de la ley clavados en nuestra espalda, las rutas siguen funcionando.
La Tokyo Manji tiene contactos donde nosotros no llegamos. Jueces con hijos adictos, comisarios con cuentas en paraísos fiscales, políticos que necesitan problemas que desaparecer. Sano no me dio nombres, no necesitaba hacerlo. Solo me dio una lista de códigos postales donde la policía no entraría sin aviso previo, y una fecha: el primero de cada mes, cuando los sobornos se renuevan.
Las entregas continúan. Discretas, más pequeñas, más frecuentes. En lugar de camiones enteros, ahora son maletines. En lugar de muelles, ahora son paradas de autobús a las tres de la mañana. En lugar de contactos fijos, ahora son números de teléfono que cambian semanalmente.
Es agotador.
Es peligroso.
Es necesario.
Shinichiro me pregunta cada noche si debemos parar, si el riesgo es demasiado alto, si Wakasa finalmente cruzará la línea que ambos sabemos que está dibujando en agua. Yo le digo que no, que sigamos, que la Tokyo Manji nos protege aunque no nos quieran cerca de sus reuniones sociales.
Porque eso es lo que somos ahora: aliados de conveniencia. Útiles, pagados, pero nunca del todo aceptados. La clase de gente con la que se hace negocio en habitaciones de hotel, nunca en casas particulares.
Y sin embargo, funciona.
El dinero sigue entrando.
Las armas siguen saliendo.
Las drogas siguen llegando a quienes las necesitan.
Esa noche íbamos a hacer una fiesta en la que nuestros grupos se juntarían para conocerse mejor. Pero las condiciones eran claras: sería en el bar de los Haitani. Y no podían ponerle las manos encima a sus omegas sin su consentimiento.
Era nuestro territorio, nuestro espacio, y esa era la condición que Izana había impuesto para que la Tokyo Manji pisara suelo que considerábamos seguro.
La Tokyo Manji llegó en grupo, como esperábamos. Sano al frente, sonriendo con esa sonrisa que no alcanzaba sus ojos. Draken a su lado, imponente, evaluando cada rincón del bar como si estuviera viendo si ahí armas o algo. Y detrás de ellos, los demás.
Vi a Chifuyu en el rincón de la barra, fingiendo interés en su bebida mientras Baji intentaba acercarse sin parecer que lo hacía. Vi a Takemichi, pálido, esquivando la mirada de Sano con una habilidad que solo los nervios enseñan. Vi a Inupi y Koko, pegados el uno al otro, marcando territorio con la proximidad de sus cuerpos.
La noche avanzó.
Las copas bajaron.
Las risas surgieron, forzadas al principio, luego casi genuinas.
No era perfecto.
No era amistad.
Pero era respeto, forzado si era necesario, y en nuestro mundo, eso era más valioso que el oro.
La noche avanzaba cuando Ran se deslizó hasta la barra, ocupando el espacio a mi lado con esa elegancia suya que siempre parecía calculada hasta el último milímetro. Llevaba una copa de vino que apenas había tocado, girándola entre los dedos con movimientos perezosos.
-Oye-dijo, sin mirarme directamente, la voz baja para que solo yo pudiera escucharlo-¿Podrías mandarnos más trabajo con los Kawata?
Me atraganté con mi propia bebida. Tosí, golpeándome el pecho, girándome para mirarlo con los ojos desorbitados.
-¿Disculpa?
-Más trabajo-repitió, como si estuviera pidiendo más hielo en su vaso-Entregas, intercambios, lo que sea. Queremos estar en las operaciones que involucren a los gemelos. Específicamente.
-¿Queréis?
-Sí.
-¿Por qué?-logré articular, aún incredulo.
-Porque Nahoya-dijo, y la palabra salió torcida, como si le costara pronunciarla-Nahoya me...llama la atención.
El silencio que siguió fue tan profundo que juraría que escuché el hielo derretirse en mívaso.
-¿Nahoya?-repetí, estúpidamente-¿El gemelo sonriente que parece que va a matarte mientras te hace un cumplido?
-Ese-confirmó Ran, y por un segundo, un solo segundo, su expresión se suavizó en algo que se parecía a la ternura-Tiene una risa... no importa. Solo dime si puede.
Y se fue a seguir con su trabajo.
-Esto es...-empecé, buscando las palabras-Esto es increíble.
La imagen fue demasiado para mí. Apoyé la frente en la barra, riendo en silencio, sacudiendo la cabeza.
Takemichi
Dejé de huir de Mikey después de la tercera semana. Era agotador, para empezar. Cada vez que lo veía en algún evento, en alguna reunión, en alguna esquina del barrio por las mercancías donde ambos parecíamos coincidir sin querer, mi corazón se aceleraba y mis pies preparaban el escape automático. Pero él siempre me encontraba. Siempre.
Así que cambié de táctica. Si huir no funcionaba, intentaría pasar desapercibido. Invisible. El tipo de persona a la que ni siquiera un monstruo querría prestar atención.
Me puse ropa de colores apagados, grises y marrones, de esos tonos de entretiempo que no llaman la atención. Una chaqueta fina de primavera, suficiente para el aire fresco de la noche pero que no destacaba entre la multitud. Hablé en voz baja, monótona. Conté chistes malos que no hacían gracia a nadie. Hice comentarios sobre el clima con una frecuencia que hasta mí mismo me resultaba irritante. Hace bueno hoy. Sí, bastante agradable. La primavera, ya sabes.
Pensé que funcionaba. Durante dos días, Mikey pasó de largo sin mirarme, ocupado con sus propios asuntos, con los suyos, con su mundo de violencia y sonrisas. Me sentí victorioso.
Estúpidamente victorioso.
Hasta que ese sábado me encontró en el bar de los Haitani, solo en la esquina de la barra.
-Aburrido-dije yo mismo, en voz alta, casi como una confirmación. Miré mi ropa apagada, mi expresión vacía en el reflejo del cristal de la barra-Soy aburrido. Nadie me presta atención así.
¿Por qué estoy hablando solo?
-¿Tú crees?-dijo una voz desde mi izquierda.
Me congelé. El vaso tembló en mi mano. Giré la cabeza y allí estaba, iluminado por la luz de la sala que casualmente eran rojas y moradas.
-¿Qué?
-Que eres aburrido-repitió Mikey, acercándose con esa fluidez suya, como si el suelo fuera agua-Lo has intentado, ¿verdad? La ropa, los comentarios, la voz. Pensaste que si eras aburrido, yo dejaría de mirarte.
No respondí.
No podía.
Mi estrategia, descubierta, expuesta, ridiculizada.
Pero entonces hizo algo peor. Se acercó hasta estar a centímetros, invadiendo mi espacio personal, y me miró que parecían ver hasta el fondo de mi alma.
-¿Pero por qué yo?-pregunté, y mi voz salió más pequeña de lo que me hubiera gustado-De todos los que hay, ¿por qué me eliges?
Sonrió. Una sonrisa diferente, casi infantil, genuina.
-Porque eres gracioso-dijo, simplemente.
-¿En serio?
-Sí. Cuando te vi la cara-señaló mi nariz, mi frente, como si estuviera memorizando cada rasgo-pensé: quiero molestarlo.
Extendió la mano y me pinchó la mejilla, un gesto casual, íntimo, que me hizo sentir el calor subir a mi rostro en tiempo real.
-Y funciona-dijo, satisfecho-Eres muy predecible, Michi.
Me aparté, o intenté, pero mi espalda chocó contra la barra. Atrapado de nuevo.
-Eres un monstruo-dije, sin convicción.
-Lo sé-aceptó, encogiéndose de hombros-Pero soy tu monstruo. Eso es lo que no entiendes. Te elegí. Y ahora no puedes escapar, ni siquiera siendo aburrido. Porque yo sé que no lo eres.
Ran
La noche era larga y el aire salado se pegaba a la piel. Estábamos en los acantilados, ocultos entre las rocas que daban al puerto abandonado, vigilando una lancha costera que no se movía desde hacía tres horas. Una operación aburrida, de esas que consisten en esperar y esperar hasta que algo ocurra o no ocurra.
Mi hermano sabía. Lo sabía desde que se lo confesé en la barra. Así que esa noche, mientras los cuatro compartíamos la vigilancia, Rindo se había encargado de Souta.
-Es el mejor juego de peleas que ha salido-decía mi hermano, con una pasión que solo mostraba cuando hablaba de videojuegos-El sistema de combos es brutal. ¿Lo has probado?
Souta negó con la cabeza, pero sus ojos brillaban con interés genuino.
-Tengo el primero, pero no el segundo-dijo.
-Tienes que probarlo. Te paso mi usuario. Hay un modo cooperativo que es una locura.
Y así se quedaron, los dos sentados en la roca más alejada, hablando de personajes y movimientos especiales, dejando que el tiempo pasara con la velocidad de quien está entretenido. Rindo me lanzó una mirada fugaz, casi imperceptible, que decía te dejo el campo libre, no la cagues.
Yo estaba con Nahoya.
Estaba sentado en una roca más cercana al borde, las piernas colgando sobre el vacío, fumando un cigarro que iluminaba su rostro de vez en cuando. No me había dirigido la palabra en veinte minutos, concentrado en la lancha que no se movía.
Me acerqué. Lentamente, como quien no quiere la cosa, hasta sentarme a su lado, dejando que mis hombros casi rozaran los suyos.
-¿Crees que se mueve antes de las cinco?-pregunté, rompiendo el silencio.
-Creo que se mueve a las cuatro-
respondió, sin mirarme-Si es que se mueve.
-Apuesto a que no.
-Apuesta lo que quieras.
Sonreí, y era mi sonrisa peligrosa, la que solía usar antes de hacer daño.
-¿Todo?
Finalmente giró la cabeza, esos ojos que parecían guardar siempre una risa a punto de estallar me encontraron. Nahoya. Smiley. El que sonreía mientras destrozaba.
-¿Qué quieres, Ran?-preguntó, directo, sin rodeos.
-Nada.
-Ya, claro.
-Soy inofensivo.
-Y un mentiroso.
-Eso quizás.
-Lo tengo confirmado-Nahoya miro de reojo a su hermano.
Se hizo el silencio.
Las horas seguían pasando.
Rindou y Souta seguían enfrascados en su conversación sobre videojuegos, discutiendo ahora sobre qué personaje estaba roto y cuál necesitaba un nerfeo urgente.
Yo, en cambio...
Tenía otro entretenimiento.
-Nahoya.
-¿Qué?
-¿Sabías que cuando frunces el ceño te sale una arruguita aquí?
Le señalé entre las cejas.
Él me apartó la mano de un manotazo.
-¿Quieres perder un dedo?
-No.
-Pues deja de señalarme.
-Solo observaba.
-Observa el puerto.
-El puerto no es tan guapo.
Nahoya giró lentamente la cabeza.
-¿Acabas de decir que soy guapo?
Sonreí.
-¿He dicho eso?
-Sí.
-Qué raro.
-Ran...
-Bueno, tampoco voy a mentir.
Nahoya soltó un bufido y volvió la vista hacia el mar.
-O tienes algo aquí-Cuando miró hacia abajo donde señalababa en su pecho. Lo único que pudo ver y sentir que era el dedo del otro dándole la nariz.
-Has picado.
-Te voy a tirar por el acantilado.
-No lo harás.
-¿Tan seguro estás?
-Sí.
-¿Por qué?
-Porque luego tendrías que explicar porque has matado a uno de los miembros más importantes de tu aliados-Nahoya rodó los ojos.
-Eres un desgraciado.
-Pero uno rentable.
Diez minutos después.
-Naho
Silencio.
-Nahoya.
Más silencio.
-Nahoyaaa.
-¿Qué?
-Nada.
Nahoya respiró hondo.
Muy hondo.
-Voy a matarte.
-No puedes.
-Hay maneras de que parezca un accidente.
-No eres tan listo.
-Pregúntale a los muertos.
-Qué agresivo.
-Tú lo buscas.
-Y lo encuentro.
Otro rato más.
Ran empezó a balancear ligeramente las piernas sobre el borde del acantilado.
-Estoy aburrido.
-Me sorprende que hayas tardado tanto en decirlo.
-Hazme caso.
-No.
-Solo cinco minutos.
-No.
-Tres.
-No.
-Uno.
Nahoya suspiró.
-¿Qué quieres?-Ran sonrió de oreja a oreja.
-Eso.
-¿Eso qué?
-Que me hables.
Nahoya se quedó mirándolo unos segundos. Después negó con la cabeza.
-Tienes un problema serio.
-Concretamente uno pelirrojo.
Media hora después.
Ran encontró una pequeña piedra.
La lanzó al mar.
"Plof."
Cogió otra.
"Plof."
Cogió una tercera.
Nahoya lo miró de reojo.
-¿Cuántas piensas tirar?
-Hasta que una rebote.
-No sabes hacerlas rebotar.
-Eso es una acusación muy grave.
Lanzó otra.
Cayó de punta.
"Plof."
Nahoya soltó una risa.
-Eres malísimo-Ran le tendió una piedra.
-Hazlo tú.
Nahoya la cogió.
La lanzó.
La piedra rebotó cinco veces antes de desaparecer.
Ran abrió mucho los ojos.
-Vale...
-¿Qué?
-Eso ha sido atractivo.
Nahoya casi se atraganta con su propia saliva.
-¿Cómo?
-Cinco rebotes.
-Ran...
-No sabía que tenías ese talento.
-Solo he tirado una piedra.
-Con elegancia.
Nahoya negó lentamente con la cabeza.
-No sé cómo soporta tu hermano vivir contigo.
-Porque me quiere.
-Porque no le queda otra.
Al cabo de otro buen rato, el silencio volvió a instalarse. Ran permaneció quieto.
Demasiado quieto.
Nahoya terminó mirándolo.
-¿Qué pasa ahora?
-Nada.
-¿Seguro?
-Sí.
-Entonces ¿por qué estás tan callado?-Ran sonrió de lado.
-Quería comprobar cuánto tardabas en preguntarme qué me pasaba.
Nahoya cerró los ojos.
Respiró hondo.
Muy hondo.
Y, sin poder evitarlo, terminó riéndose.
-De verdad...
-¿Qué?
-Eres el tío más pesado que he conocido en mi vida-Ran apoyó el hombro contra el suyo con una sonrisa satisfecha.
-Sí.
-Y aun así...-Nahoya negó con la cabeza-se me han pasado tres horas sin darme cuenta.
Ran no respondió.
Solo sonrió un poco más mientras ambos volvían a mirar el puerto, esperando que, de una vez por todas, aquella maldita lancha decidiera moverse.
Rindou
Mientras Ran se dedicaba a molestar a Nahoya, Rindō había encontrado la forma perfecta de matar el tiempo.
Hablar y Souta resultó ser mucho más fácil de llevar de lo que esperaba.
-Entonces...¿tú juegas mucho?-
preguntó Souta mientras observaba el puerto con los prismáticos.
-Cuando puedo.
-¿Competitivo?
-Depende del día.
-Eso significa que sí.
Rindō sonrió.
-Eso significa que me pico cuando pierdo.
-Ah.
-Mucho.
Souta soltó una pequeña risa.
-Pensaba que serías de los tranquilos.
-¿Yo?
-Sí.
-Te has equivocado de Haitani.
-¿Cuál es el tranquilo?-Rindou señaló con el pulgar hacia Ran.
-Ese.
Souta abrió mucho los ojos.
-¿Ran?
-Exacto.
Los dos giraron la cabeza. Ran acababa de darle otro pequeño golpe con el hombro a Nahoya.
-¿Y si nos acercamos un poquito más?
-No.
-¿Un centímetro?
-No.
-Medio.
-No-Souta volvió a mirar a Rindō.
-Creo que me has mentido.
-Un poco.
Pasó otra hora.
Souta seguía con los prismáticos.
-No entiendo cómo podéis estar tantas horas haciendo esto.
-Te acostumbras.
-Yo me dormiría.
-Ran también.
-Pero sigue hablando.
-Porque es incapaz de estar callado más de dos minutos.
Como si lo hubiera invocado...
-¡Nahoya!
Los dos levantaron la vista.
-¿Qué?-respondió Nahoya desde la otra roca.
-Nada.
-¡Te juro que...!
Souta negó despacio.
-Es peor de lo que imaginaba.
-Y eso que hoy está relajado.
Más tarde.
-Oye.
-¿Sí?
-¿Siempre llevas esa coleta?
Rindō se tocó distraídamente el pelo.
-Desde hace años....Bueno en verano suelo cortarmelo
-Te queda bien.
-Gracias...Ran quiere hacérsela ajuego conmigo.
Un rato después.
Souta sacó una bolsa de patatas fritas.
-¿Quieres?
-Sí.
-¿A tú hermano le gusta el mío?
-No sé...
Souta guardó silencio unos segundos.
-Lo parece.
El viento empezó a soplar con más fuerza. Souta se subió un poco la cremallera de la chaqueta.
-Hace frío.
-Dentro de una hora hará más-Y mordio la patata
-Qué ánimos.
Rindō rebuscó en su mochila.
Sacó un termo.
-Toma.
-¿Café?
-No.
-¿Té?
-Chocolate caliente.
-¿Traes chocolate caliente a una vigilancia?
-Siempre.
-Pensaba que solo Ran era raro.
-Ran es raro.
-¿Y tú?
-Yo soy previsor.
Souta dio un sorbo.
-Está buenísimo.
-Lo hace Chifuyu.
-Pues dile que para la próxima me haga uno a mí.
-Lo pensaré.
Otra media hora.
-¿Puedo hacerte una pregunta?
-Dispara.
-¿Me estás distrayendo?
-Un poco.
Souta giró la cabeza hacia la otra roca. Ran seguía molestando a Nahoya.
No había dejado de sonreír ni una sola vez.
-Entonces...
-Sí...Ahora mismo está pasándoselo como un niño pequeño.
Souta terminó riéndose.
-Pobre Nahoya.
-No te preocupes.
-¿Por qué?
Rindou señaló discretamente a los dos. Nahoya acababa de darle un pequeño empujón con el hombro a Ran.
No para apartarlo.
Solo como respuesta a una de sus bromas. Rindō sonrió satisfecho.
-Créeme.
-Los dos se están entendiendo.
La madrugada seguía avanzando sin que la lancha se moviera un solo metro. Rindō dejó los prismáticos sobre la roca y estiró los brazos.
-Estoy aburrido-Souta asintió.
-Yo también-Rindō sonrió de lado.
-Vale, juguemos a algo.
-¿A qué?
-Solo puedes responder "sí" o "no".
Souta arqueó una ceja.
-Fácil.
Rindō se acomodó mejor.
-¿Te gusta el picante?
-Sí.
-¿Los gatos?
-Sí.
-¿Los perros?
-También.
-Eso no vale.
-¿Por qué?
-¿cuál te gusta más?.
-Los perros.
-¿Sabes cocinar?
-No.
-¿Ni un huevo?
-Lo quemo.
Rindō soltó una risa.
-Increíble.
-Es coña ¿Y tú?
-Sí.
-¿Mucho?
-Lo suficiente para no morirme de hambre.
Rindō volvió a pensar.
-¿Has besado a alguien?
Souta respondió casi al instante.
-Evidentemente.
-¿Más de cinco?
-Sí.
-Me lo esperaba.
-¿Y tú?
-Sí.
-¿Más de veinte?
Rindō se quedó pensativo.
-Sí.
-¿Treinta?
-Sí.
Souta abrió mucho los ojos.
-Joder.
-No juzgues.
-No lo hago.
-Sí lo haces.
Los dos terminaron riéndose.
-¿Alguna vez has roto un hueso?
-Sí.
-¿Cuál?
-Eh...eso ya no era de sí o no.
Rindō chasqueó la lengua.
-Tienes razón.
-Te toca.
-Vale.
Souta sonrió.
-¿Te has enamorado alguna vez?
-Sí.
Pasaron unos segundos.
-¿Te gusta conducir?
-Sí.
-¿Cantar?
-No.
-¿Ni en la ducha?
-Ahí sí.
-¿Bailar?
-No.
-¿Leer?
-Sí.
Rindō levantó una ceja.
-No te pega.
-Pues me gusta.
-¿Novelas?
-Manga.
-Ah...
-Eso sí te lo esperabas.
-Mucho más.
-¿Duermes con calcetines?
Souta lo miró como si estuviera loco.
-No.
-Bien.
-¿Y tú?
-Tampoco.
-Menos mal.
-Eso sería de psicópata.
-Totalmente.
Desde la otra roca se escuchó la voz de Ran.
-¡Yo sí!
Los dos giraron la cabeza.
Nahoya le dio un codazo.
-Cállate.
Rindō negó despacio.
-Retiro lo dicho.
Souta soltó una carcajada.
-El psicópata esta allí.
Cuando volvieron a quedarse solos, Souta sonrió.
-Mi turno.
-Venga.
-¿Te caería bien alguien como tú?
Rindō tardó unos segundos.
Luego sonrió.
-No.
-¿Tan pesado eres?
-Muchísimo.
-Se nota.
-Gracias.
-No era un cumplido.
-Me vale igual.
-¿Confías rápido en la gente?
Souta negó.
-No.
-Yo tampoco.
-Creo que es evidentemente por el trabajo.
-Sí...
-¿Tú?-preguntó Souta-¿Alguna vez has deseado que tu hermano no dependiera tanto de ti?
Rindō no dudó.
-Sí...
-¿Te da miedo perderlo?
-Sí.
-¿Te da miedo que algún día elija a alguien que no seas tú?
Rindō cerró los ojos. La pregunta era demasiado honesta, demasiado cercana.
-Sí.
Kisaki
Las ocho y media de la mañana. La luz entraba por las rendijas de las cortinas, insistente, implacable. Kisaki estaba sentado en el borde de la cama, la espalda recta, intentando peinarse frente al espejo de mano que había dejado sobre la mesita de noche. Su reflejo mostraba a un hombre con los ojos aún hinchados por el sueño, el cabello revuelto, la mandíbula marcada por moretones que no recordaba haber recibido.
Hanma estaba detrás de él.
Como una sombra persistente, como un gato que no acepta que la madrugada ha terminado.
-Hanma-dijo Kisaki, la voz seca, profesional-Para. Tenemos una reunión importante.
-Mmm-respondió Hanma, y sus labios encontraron el cuello de Kisaki, besando la curva donde el hombro se unía con la base del cráneo.
Kisaki intentó apartarse, pero el alfa se pegó más, su pecho desnudo presionando contra la espalda de Kisaki, su erección evidente contra la curva de sus caderas.
-Hanma-repitió Kisaki, más firme esta vez, aunque su mano temblaba ligeramente al intentar pasarse el peine-Lo digo en serio. A las diez tenemos que estar en el muelle. Los italianos no esperan.
-Que esperen-murmuró Hanma contra su piel, y sus manos se deslizaron por los costados de Kisaki, encontrando la cintura, tirando de él hacia atrás, restregándose con una lentitud deliberada.
Kisaki dejó escapar un suspiro que sonó más a rendición de lo que hubiera querido admitir. Pero se obligó a ponerse de pie, alejándose de la cama, dejando el peine sobre la mesita.
-Vístete-ordenó, caminando hacia el armario, sacando una camisa limpia de entre las perchas-Ahora.
Hanma se quedó en la cama, recostado sobre un codo, observándolo con esa sonrisa perezosa que Kisaki odiaba y necesitaba con la misma intensidad.
-Vístete tú-dijo Hanma-Yo prefiero...
-Yo ya estoy listo.
-Kisaki.
-Tenemos una reunión-insistió, abotonándose la camisa con movimientos rápidos, precisos, intentando ignorar la forma en que Hanma lo miraba, como si fuera un festín y no un hombre apresurado.
-Los italianos pueden esperar-dijo Hanma, y se levantó finalmente, caminando hacia él con esa fluidez felina que tenía, desnudo, sin vergüenza, sin prisa.
Se detuvo detrás de Kisaki, sus manos encontrando los botones que él acababa de abrochar, deshaciéndolos lentamente mientras besaba su hombro, su cuello, la curva de su mandíbula.
-Hanma-suspiró Kisaki, y esta vez sonó a súplica, a derrota-Por favor.
-Dime que no quieres-desafió Hanma, sus labios contra su oreja, su cuerpo presionando de nuevo, insistente-Dime que no sientes nada cuando me restrego contra ti. Dímelo mirándome a los ojos y me vestiré. Te lo prometo.
-No puedo.
Hanma sonrió contra su piel, y sus manos terminaron de desabrochar la camisa, dejándola caer al suelo junto con los planes de la mañana.
-Lo sé-dijo, y giró a Kisaki para besarlo de verdad, profundo, como si el tiempo no existiera, como si las diez nunca fueran a llegar.
La reunión tendría que esperar.
Izana
Izana nunca esperó que Manjiro Sano le pidiera que se encargara de los muertos que iba dejando.
Y menos a las doce de la mañana.
Había llamado a las once y media. Una voz tranquila, casi amable, diciendo que tenía un "problema de limpieza". Le dio una dirección y una matrícula. La furgoneta estaba prácticamente en una zona donde había varias naves industriales abandonadas, entre la basura y el olvido.
Siete muertos dentro.
Siete.
Llamé a varios de los míos. Los Haitani, Koko, Inupi. Gente que no hace preguntas, que sabe que el silencio se paga mejor que la curiosidad. Llegamos con guantes, con lonas, con el tipo de herramientas que no se compran en ferreterías normales.
Nos encargamos de llevarlos a las afueras de la ciudad. Una zona boscosa, alejada de todo, donde la tierra es blanda y las luces de la ciudad no llegan. Empezamos a cavar cuando ya no había luna, solo el resplandor de las linternas y el sonido de las palas contra la tierra húmeda.
El olor era...
-Joder, entre el olor y el sueño que tengo estoy a punto de potar-Dijo Rindou.
-Concuerdo-Dijo Ran.
No hay palabras para el olor de siete cuerpos apilados en el calor de una furgoneta. No hay forma de describirlo sin vomitar. Es dulce y agrio al mismo tiempo, metálico y putrefacto, algo que se pega a la ropa, a la piel, a los pulmones. Algo que no se lava con jabón.
Koko vomitó detrás de un árbol. Lo escuché, pero no dije nada. Los Haitani trabajaban en silencio, mecánicos, precisos. Inupi tenía los ojos vidriosos, mirando al vacío, pero sus manos no dejaban de moverse.
Una fosa. Profunda. Tan profunda como tres cuartos hacia abajo. Siete cuerpos envueltos en lonas negras que no cubrían del todo el olor. Siete desconocidos que probablemente habían mirado a Sano a los ojos antes de morir.
-Creo que no se lo piensan mucho-Dijo Inupi.
-Sí...-Ran-Me alegro de ser sus aliados.
Cuando terminamos, eran las Dos de la tarde. Nos quedamos ahí, sucios, cansados, en medio del bosque que ahora guardaba secretos nuestros.
Pensé en llamar a Sano.
En decirle que estaba hecho.
No lo hice.
Solo envié un mensaje breve: Listo.
La respuesta llegó inmediatamente: Gracias. Habrá más.
Guardé el teléfono. Miré a los míos, a mis hombres, a mis herramientas.
Querían nuestros silencios. Nuestras manos para lo sucio. Nuestra complicidad en la oscuridad.
Entonces empezó una dinámica durante los siguientes meses. Ellos mataban, nosotros limpiábamos. Nosotros teníamos problemas y ellos se encargaban. Un equilibrio retorcido, una simbiosis de sangre y favores.
Mikey está cada vez más encima de Takemichi. Lo sé porque lo veo en cada reunión, en cada "encuentro casual" que no es casual. Lo sé porque Takemichi llega a casa con las orejas rojas y la mirada perdida, y cuando pregunto solo niega con la cabeza.
Como si yo no pudiera verlo.
Como si yo no supiera exactamente qué se siente cuando un monstruo te elige.
Ran y Nahoya están en una especie de relación...¿con derechos? Ran había dicho algo así, una noche, con el alcohol hablando por él. "No somos nada, pero tengo derecho a llamarlo si quiero. Y él tiene derecho a ignorarme. Pero no lo hace." Eso es lo más cercano a una declaración de amor que he escuchado de mi hermano. Y me aterra más que cualquier amenaza.
Souta y Rindou se han hecho muy amigos. Más de una vez he escuchado por las llamadas de Ran que están jugando a videojuegos en cooperativo, riendo como adolescentes normales, como si no pertenecieran a mundos que deberían estar en guerra.
Hakkai también ha hecho amistades con un tal Mitsuya. Según Yuzuha es buena gente. En plan educado. Me dijo ella, como si eso excusara todo lo demás. Como si un asesino no pudiera ser educado, no pudiera cuidar de ancianas, no pudiera ser bueno y malo al mismo tiempo.
Y sé que más de los míos se están liando con más de los suyos. Lo sé por las miradas prolongadas, por las ausencias inexplicadas. Chifuyu y Baji. Por ejemplo.
Esas cosas nunca traen nada bueno.
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen3h.Co