Problemático [Kakucho x Izana]
Pasado 1/3
Izana aprendió en muchos sentidos que ser omega era una mierda.
Si padre lo odiaba por ello. ¿Su único hijo varón un omega?. Inaceptable.
¿No sé avergoza de ser un maltratador? ¿De levantarle la mano a su mujer?
Cuando suadre lo dejo en aquel centro de menores, a la friolera edad de trece años entendió que lo hizo para salvarlo de su padre.
¿Qué pasaba?
¿Por qué la que debía cuidarlo no estaba a su lado?
Porque ella siempre le dijo que por ser un omega no debía dejar que lo pisotearan, más de una vez vio a su madre devolverle un empujón a su padre o incluso un puñetazo.
-Izana, no somos menos que ellos-Dijo mientras le acariciaba el pelo aquella noche en la cama de sua habitacion-¿Lo entiendes?
Tubo la suerte de que las primeras mujeres de aquél lugar eran buenísimas personas. Nunca le falto de nada, pero con el paso de los años más dudas surgieron en su pequeña cabeza.
No le molestaba jugar con las niñas y niños a juegos. Es más se solía divertir. ¿Por qué cuando jugaban el tenía que ser la mamá o una princesas?. No le molestaba ser lo las primeras veces, pero llego al punto que ya no quiso jugar.
Las niñas tampoco quería jugar si siempre iba a ser lo mismo. Ellas también querían ser las valientes, o las que salvan gente.
Tan poco le gustaba que los alfas que eran un poco mayores le andarán merodeando y soltando comentarios de mierda.
Tú eres un omega, deja de hacerte el fuerte.
Los omegas solo sirven para obedecer.
Simplemente déjate hacer.
Así nadie te va a querer.
Qué omega más raro.
Omega de mierda.
Los omegas no deberían contestar a los alfas.
Da igual lo que quieras.
Cuando crezcas tendrás que hacer caso a un alfa.
¿Te crees especial?
No vales para nada.
No puedes hacer eso.
Deja de jugar a eso, es cosa de alfas.
Qué asco de olor.
No te acerques.
Nadie querrá un omega como tú.
Seguro que acabas solo.
Si fueras mi omega te enseñaría a comportarte.
No hables tan alto, das vergüenza.
Mira cómo tiembla.
Siempre haces todo mal.
No sirves ni para ser omega.
Claramente no dejo pasar esos comentarios. Principalmente les dijo que se cayaran, varias veces. Pero al ver que el diálogo no surgía efecto, decidió empezar a usar la fuerza.
Lo que más le molesto fue que lo regañaron al él.
-Tenias que decírnoslo a nosotras, hubiésemos puesto una solución
Izana-No hubiera servido, ellos siempre se creen más que los demás
-Pero la violencia no es la solución
No dijo nada más, era tontería. Los adultos siempre tenían la razón, además pasaba de discutir. Estaba cansado y quería dormir.
Se hizo otra pregunta más según iba creciendo ¿por qué siempre tenian que ser ellos quienes ayudasen? Con la ropa, hacer comidas, ayudar con los más pequeños.
-Porque somos los que estamos hechos para esto.
Izana-No lo entiendo.
-Somos los que tenemos el instinto.
Y parecía que ese instinto también se transmitia a la inversa. Los más pequeños preferían estar con los omegas que con cualquier beta o alfa. Independiente si eran hombres o mujeres.
-Vamos ven de una vez Karol-Dijo Noah. Que era una de las alfas que parecía no presumir de su casta.
Karol se aferro a su pierna dando a entender que quería que fuese el quien lo bañar.
Ray prefería que Suma que era una homega con aroma a caramelos le leyera cuentos.
Aoi corría hacia Takemichi cada vez que se hacía una herida porque decía que sus tiritas "curaban más rápido".
Emi insistía en que fuera Emma quien le hiciera las coletas todas las mañanas.
A sus 15 años sufrió la paliza que podría considerarse la de su vida. Incluso pensó que moriría, porque lo único que podía ver era su sangre y sentir como incluso respirar lo partía por la mitad. Todo por el simplemente negarse a estar con unos alfas y betas, ellos querían llevarlo a casa de uno de ellos ¿Creían que el era tan tonto? Se negó varias veces, sabiendo sus claras intenciones.
Takemichi-¿Cómo estás?-Escucho aquella voz tan familiar a su lado.
Izana-Bueno, he estado mejor.
Takemichi había sido quien se lo había encontrado. Podía escuchar sus gritos semi inconsciente, y después se quedó llorando todo el día a su lado en cama.
Takemichi-Cuando estés mejor vamos a ir al cine.
Izana-Pero elijo yo. Estoy arto de películas de romance.
Takemichi-Son las mejores.
Izana-Las vives muy intensamente.
Takemichi-Tú también te emocionaste con el diario de Noah.
Izana-Porque esa si era buena.
Aquella paliza que le dieron le hizo entender que tenia que darse a respetar y no igual que los alfa. Tenía que ser peor que ellos y se pensaba esforzar en aquello.
Decierta manera tenía ventaja, el olor no le causaba un gran malestar, y la voz de mando tan poco le hacía mucho efecto.
Asique decidió ir tras ellos uno por uno. Takemichi fue su cebo, los idiotas nunca pensaron que el tomaría replesarias. Haciéndoles incluso más daño del que le habían hecho a él.
Takemichi-¡Para que lo vas a matar!-dijo apartándolo del cuerpo del chico que estaba debajo de él.
Izana-¡Ellos no tuvieron compasión conmigo!
Takemichi-¡Ellos no merecen que te vuelvas un asesino por ellos!
Tuvieron suerte de que Takemichi si se apiadará de su alma.
Este mundo se creía con el derecho de hacer con ellos lo que quisiera.
Tocarlos sin permiso, golpearlos, matarlos, utilizarlos, denigrarlos hasta hacerles creer que no valían nada. Encerrarlos para que no pudieran escapar, mantenerlos solos, aislados de cualquiera que pudiera ayudarlos. Todo porque muchos seguían pensando que los omegas solo habían venido al mundo para obedecer, parir cachorros y pertenecer a alguien.
Nadie parecía preguntarse qué querían ellos.
Nadie parecía recordar que, antes que omegas, eran personas.
Pudo experimentar de primera mano lo que era ir tranquilamente por la calle y que unos idiotas se acercaran a él. Liberaban sus aromas a propósito para intimidarlo mientras soltaban comentarios como: "Sonríe un poco", "Los omegas no deberíais ir solos" o "Seguro que cuando seas mayor encuentras un alfa que te ponga en tu sitio".
Nadie parecía ver nada raro en aquello.
Para ellos solo eran bromas.
Para Izana, era otro recordatorio de que el mundo creía tener derecho sobre los omegas.
Takemichi-¿Así le hablas a tu madre?-Se sorprendió cuando su amigo se giró y les plantó cara dejándolos unos segundos en silencio.
-¿Pero quién te crees?
Takemichi-¿Y tu? ¿Quién te crees?
El grupito de alfas se comenzaron a reír como idiotas. Ellos sabía que eran unos cerdos, pero era mejor reírse del otro para parecer que tenías la razón.
Takemichi-¿¡De qué coño os estáis riendo!? ¿¡a caso te gustaría que a tu madre le gritasen esas cosas!?
El silencio retumbo en toda la calle. El se preparó para una pelea. Pero quellos chavales miraron a Takemichi y después se dieron la vuelta, marchándose de aquel lugar.
Izana-No me esperaba que se fueran.
Takemichi-Yo tampoco.
Su cuerpo también comenzó a experimentar cambios. Llegando asi su primer celo, al principio se agobio de sobremanera ¿Por qué parecía que iba a explotar? ¿Por qué tenía ganas de follarse a cualquiera que entrara en su habitación?.
No dudo en aprender por si mismo. Recorriendo su cuerpo con sus propias manos, buscando lo que le gustaba, descubriendo diferentes sensaciones, que lo hacian llegar al orgasmo.
Después decidió que quería probar a tener sexo con otras personas. Sus diecisiete no solo eran el infierno en el que se había convertido aquella cárcel, también era el poder probar cosas nuevas.
¿Que es lo que más le gusta a la gente? ¡exacto! Sentirse bien y tener poder.
Entonces se dio cuenta de que ser omega tenía muchas ventajas. Los alfas eran idiotas, ya que con cualquier coqueteo o fingir que le interesa lo que le estás diciendo, ponerles ojitos. ¡y ya podía conseguir lo que quería!
Pero primero tenían que salir de aquella cárcel.
Takemichi y Senju fueron los que más dudaron en seguirlos a ellos. Pero se negaba a dejarlos ahí, se los habían llevado un poco a la fuerza.
Senju-¿Vamos a ser ocupas?.
Izana-Es lo más probable.
Cuando escaparon no sabían donde meterse. Fue un error no buscar antes un sitio donde poder dormir, pero no tardaron mucho en enterarse de que había casas abandonadas en varios sitios.
Eran bloques de pisos que no parecían estar en un mal estado. Decidieron preguntar a los vecinos porque aquellos bloques de pisos estaban abandonados.
Por lo visto el empresario que los había mandado a construir ya no los quería en esa localización y los dejo así tal cuál. Y ahora se había llenado de ocupas. Cierto es que se notaba que le faltaban ciertas cosas como a algunas de las más arriba los sextos no tenían prácticamente nada.
Ellos se quedaron en un bajo que estaba bastante bien. Y los ocupas que ya había los ayudaron a engancharse a la luz, el agua y les aconsejaron que varias cosas como por ejemplo que tuvieran cuidado con los de el bloque de al lado que podían meterse les arrobar en casa.
Así fue como en menos de una semana la casa estubo como nueva
Se turnaban para dormir de dos en dos en las habitaciones. Bueno en la de matrimonio cambian tres camas, pero de eso se dieron cuenta después.
Las cosas las iban consiguiendo en bancos de alimentos o encentros de ayuda. Ran y Rindo eran los encargados de es ya que eran los mayores de edad.
Senju-¿Alguien ha visto mi top rosa?
Ran-Esta tendido-Dijo mientras cambiaba de canal estaba arto de las noticias.
¿Como habían conseguido pasar de no tener ni una botella de butano a tener tele?
Robos.
Su primera vez fue con una despampanante mujer. ella sería su primer robo. Sorprendentemente aquella alfa prefirió ser la parte pasiva, pero quería ser quien lo guiase. Izana siguió todas las órdenes de la mujer, consiguiendo así su cometido que hambos llegasen al orgasmo
fue increíble para que negarlo
Incluso se le olvidó de su plan principal. A la mañana siguiente la mujer desapareció dejando pagado sus servicios, dejando también una nota que decía "Me lo he pasado genial. Disfruta del desayuno"
Takemichi-No me puedo creer que...
Izana-Reconocelo mi plan era genial
Takemichi-Bueno, pero era...
Izana-Era perfecto
Takemichi-Ya pero...
Izana-Re-co-no-ce-lo-El de ojos azules suspiro
Takemichi-Era un gran plan
Izana-¡Exactamente!
Sanzu-¡Callaos no me entero de la novela!
Izana-¿Qué haces tú viendo la novela de tú hermana?
Sanzu-No lo se la verdad...Pero esta interesante.
Izana se quedó mirando el televisor unos segundos, para luego girar hacia los otros dos.
Izana-¿Pedimos pizza?
Takemichi-¡Si!
Las siguientes veces fue en el centro entrando a algunos bares y discretamente les preguntaba si querían ir con el a algún hotel. Se sorprendió de lo rápido que acceptaban, en esas ocasiones, el fue quien se mantuvo sumiso, encantador. Lo que todos buscaban. Sin saber que su dinero jollas y demás desaparecerían a la mañana siguiente.
Todos empezaron a hacer lo mismo menos Takemichi y Senju.
Despues Shion y Sanzu se encargaron de buscar otro bloque cercano al de ellos para llenar todas las habitaciones de plantas. Y también sacaron una buena tajada de aquello.
Después decidieron que debía reclutar a más gente. Pero está vez con una ayuda, droga. Para dejar los cao con una copa de vino que tanto les gustaba a aquellos ricachones antes de la acción.
Se metieron en las zonas más bajas de la ciudad, buscando omegas que estuviesen por ahí. No sé fiaban de ellos cosas que es lógica.
Necesitaban primero a alguien que les hiciera de puente. Y Takemichi podía servir para aquello así que mientras ellos vigilaban desde el coche Takemichi se acercaba a uno de ellos que ya habían visto varias veces.
Takemichi-Hola...eh...
-¿Te has perdido?
Takemichi-No...Eh...Verás estamos buscando gente...Con tú trabajo.
-¿Quieres mis servicios? Lo siento no hago orgias.
Takemichi-¡No no es para eso!...Verás nosotros somos un grupo y nos dedicados a robarles a los ricachones. Estamos buscando gente que nos quiera ayudar a...Tener mejor vida.
El otro se le quedó mirando y después extendió una mano hacia el.
-Soy Chifuyu.
Takemichi-¿Me crees?
Chifuyu-Sí. Si fueras peligroso no hubieses venido dialogando.
Takemichi pensó que eso no era del todo así. Podías poner una cara amable y después ser un hijo de puta...o quizás Chifuyu veía más que el.
Después lo llevaron a casay le explicaron cómo eran allí las cosas. Chifuyu los miraba y escuchaba con atención, preguntando varias cosas.
Izana-Pero necesitamos que nos ayudes a buscar un par más de omegas.
Chifuyu-No hasta que vea que vuestro plan es seguro-Dijo levantándose
Cuando dos días después a Chifuyu lo llevaron a una de las zonas le dieron su nombre falso, y a cuantas gotas debía echar en la copa para no cargarse a nadie.
Y cuando vio que funcionaba supo que su vida quizás dejaría de ser tan miserable.
Izana-¿Tú cuáles nos recomiendas?
Chifuyu-Bueno...Los que son más de razonar son Shinichiro es alguien que sabe lo que hace, Kisaki es listo, Inupi es alguien con quien se puede razonar.
Izana-Bien...Presentamelos-El otro simplemente asintió y comenzaron con el reclutamiento.
Gracias a Chifuyu se ganaron poco a poco su confianza, consiguieron poner un puente con Shinichiro y Kisaki. Ninguno estaba dispuesto a seguir a unos completos desconocidos, así que las primeras conversaciones estuvieron llenas de desconfianza, preguntas y silencios incómodos.
No intentaron convencerlos en un solo día. Les explicaron quiénes eran, qué pretendían hacer y, sobre todo, que no buscaban obligar a nadie a unirse a ellos.
Finalmente, ambos aceptaron.
Cuando llegaron a los bloques de pisos, Shinichiro y Kisaki se sorprendieron. Todavía quedaban muchos apartamentos vacíos.
Les enseñaron cuál sería su piso y les explicaron las normas básicas. Nadie entraba en la vivienda de otra persona sin permiso. Todos colaboraban en las tareas comunes. Si alguien necesitaba ayuda, la pedía. Aquel lugar no era una prisión ni un refugio temporal. Querían que acabara convirtiéndose en un hogar.
Inupi fue un caso completamente distinto.
Aunque había aceptado reunirse con ellos, se negó a instalarse allí. Durante casi un mes siguió viviendo por su cuenta, apareciendo únicamente de vez en cuando para escuchar cómo avanzaban las cosas. La idea de volver a confiar en alguien le resultaba insoportable. Había aprendido demasiado pronto que depender de otra persona significaba darle la oportunidad de hacerte daño.
Sin embargo, Koko no se rindió.
Nunca intentó presionarlo. Se limitaba a hablar con él cuando coincidían, le preguntaba cómo estaba y le ofrecía ayuda sin esperar nada a cambio. Algunas veces simplemente se sentaba a su lado durante varios minutos sin decir una sola palabra. Poco a poco, Inupi dejó de verlo como un desconocido y empezó a bajar la guardia.
Al cabo de un mes terminó aceptando la habitación que llevaba semanas esperándolo vacía.
Los siguientes días estuvieron dedicados a preparar a todos para algo mucho más importante.
Les enseñaron a utilizar la sustancia que habían conseguido desarrollar para neutralizar a los alfas. Administrada en la dosis correcta, provocaba un fuerte estado de desorientación que terminaba dejándolos inconscientes durante varios minutos. Al despertar, la mayoría solo conservaba recuerdos confusos y fragmentados de lo sucedido, lo suficiente para no poder identificar con claridad quién los había atacado.
Pero la teoría era mucho más sencilla que la práctica.
No siempre existía la oportunidad de utilizarla antes de que el alfa iniciara el contacto. Muchos desconfiaban por naturaleza. Vigilaban todo lo que comían y bebían, controlaban cada movimiento del omega y reaccionaban con violencia ante cualquier gesto que les pareciera extraño.
En demasiadas ocasiones, la única oportunidad aparecía cuando el abuso ya había comenzado y el agresor bajaba la guardia durante unos segundos. Era una realidad terrible, pero ignorarla solo pondría en peligro a quienes algún día necesitaran utilizar aquella droga para escapar.
Por eso insistieron una y otra vez en que nadie debía jugarse la vida si veía que no tenía una oportunidad real. Sobrevivir siempre era la prioridad.
Koko y los Haitane era, sin duda, unos de los que más respeto mostraban hacia los omegas. Nunca los trataban como personas frágiles ni como alguien inferior. Escuchaba su opinión antes de tomar decisiones, respetaba sus límites y jamás utilizaba su condición de alfa para imponerse.
Quizá por eso Inupi terminó confiando en él antes que en cualquier otro.
El dinero empezó a llegar con una rapidez que ninguno de ellos había imaginado.
No eran millonarios, ni mucho menos. Seguían contando cada gasto y eran conscientes de que un solo error podía echar abajo todo lo que habían construido.
Lo primero fue reformar más pisos. Repararon las habitaciones más deterioradas, reforzaron puertas y ventanas y ampliaron algunas zonas para poder acoger a más omegas cuando llegara el momento.
Después llegó el dinero de las joyas.
Las que les habían robado.
Las vendían poco a poco en el mercado negro, siempre a través de intermediarios distintos y en ciudades diferentes. Ganaban menos de lo que realmente valían, pero evitaban llamar la atención.
Con el tiempo reunieron suficiente dinero para comprar cinco bloques de apartamentos. Para plantar en cada uno de ellos.
Una tarde, Senju levantó la vista del televisor.
Senju-¡Izana! Creo que están hablando de nosotros.
El albino dejó el libro que estaba leyendo y se sentó a su lado. En la pantalla aparecía el rostro de un presentador junto al titular:
"La policía investiga a una banda organizada responsable de numerosos robos a empresarios y altos cargos."
El periodista continuó.
"Según las víctimas, el grupo sigue siempre el mismo patrón. Primero seducen a sus objetivos y consiguen llevarlos hasta una habitación privada. Después utilizan una sustancia que los deja inconscientes. Al despertar, el dinero, las joyas y cualquier objeto de valor han desaparecido."
Senju apretó los labios.
Senju-¿Crees que acabarán encontrándonos?
Izana permaneció unos segundos observando la noticia antes de negar lentamente con la cabeza.
Izana-No.
Senju-¿Cómo puedes estar tan seguro?
Izana-Porque están buscando a delincuentes profesionales. Nunca pensarán que detrás de todo esto hay un grupo de adolescentes.
Senju siguió mirando la televisión sin terminar de quedarse tranquila.
Senju-Ya... pero si empiezan a investigar más a fondo...-Izana le revolvió el pelo con una pequeña sonrisa.
Izana-Por eso no podemos confiarnos. A partir de ahora tendremos que ser todavía más cuidadosos.
Hasta ese momento todo había salido según lo planeado. Y si alguna operación terminaba saliendo mal, ya tenían preparada una versión de los hechos.
Izana sonrió para sí.
Había construido una manada desde cero.
Una capaz de protegerse, de ganar dinero y de cuidar de los suyos. Y no le había hecho falta ningún alfa donde ordenes para conseguirlo.
En ese momento, Shion apareció en la puerta del salón.
Shion-Oye, Izana.
Izana-¿Qué pasa?
Shion hizo un gesto con la cabeza hacia el pasillo.
Shion-Hay alguien que quiere hablar contigo.
Se levantó del sofá con tranquilidad y caminó hasta el recibidor del piso que, con el paso de los meses, había terminado convirtiéndose en el hogar de todos. A esas alturas casi siempre había alguien entrando o saliendo, así que no esperaba encontrarse con nada fuera de lo normal.
Sin embargo, en cuanto abrió la puerta, se encontró frente a un hombre que le sacaba casi dos cabezas. No hizo ningún gesto que delatara su desconfianza. Se limitó a inspirar con discreción.
Alfa.
Izana-¿Quieres algo?
El hombre sonrió. No era una sonrisa amable. Era la clase de sonrisa que dejaba claro que había ido allí con una única intención.
Matarlo.
Ni siquiera se molestó en responder.
Se lanzó sobre Izana de un momento a otro, obligándolo a apartarse justo antes de que el primer golpe impactara contra la pared. El estruendo recorrió toda la casa.
Los pasos no tardaron en escucharse por el pasillo.
Ran fue el primero en aparecer.
Después Rindou.
Koko.
Shion.
Y, apenas unos segundos más tarde, el resto.
El supuesto visitante no había venido solo.
Varios alfas irrumpieron en la vivienda casi al mismo tiempo, convencidos de que la superioridad física sería suficiente para acabar con ellos.
Izana no pudo evitar sonreír.
Qué ingenuos. Habían decidido entrar por voluntad propia en territorio enemigo. Ellos conocían cada rincón de aquella casa. Sabían dónde cubrirse, por dónde atacar y cómo coordinarse sin necesidad de hablar.
Se escucho un silbido.
La pelea apenas duró unos minutos.
Cuando todo terminó, varios de los alfas permanecían tirados en el suelo, incapaces de seguir luchando. Los pocos que todavía podían mantenerse en pie optaron por huir antes de terminar igual que sus compañeros.
Habían perdido.
Era exactamente lo que Izana esperaba.
Respiró hondo mientras observaba a los miembros de su grupo asegurarse de que ninguno de ellos hubiera resultado gravemente herido.
No pudo evitar sentir orgullo.
Quizá el resto del mundo los llamara ladrones.
Quizá algún día también los llamarían asesinos.
A él le daba igual.
Aquellos chicos habían sido abandonados, vendidos, maltratados y tratados como si sus vidas no valieran nada.
Ahora se protegían unos a otros.
Y eso era lo único que le importaba.
Si alguno robaba para que todos pudieran comer, Izana estaría a su lado.
Si alguno tenía que mancharse las manos para salvar al resto, el le ayudaría a esconder un cadáver.
Porque una manada no existía solo para compartir un techo.
Existía para permanecer unida incluso cuando todo el mundo decidía darles la espalda.
Con el paso de los meses comprendimos que el dinero y un lugar donde vivir no eran suficientes.
Tarde o temprano alguien intentaría arrebatárnoslo.
La pelea con aquellos hombres que habían aparecido en la puerta de uno de nuestros edificios había sido la prueba. Habían perdido, sí, pero también nos habían demostrado que ya no éramos un grupo de niños robando para sobrevivir. Estábamos llamando la atención de demasiada gente.
Necesitábamos estar preparados.
Fue entonces cuando Kisaki habló de Hanma.
Lo había conocido meses atrás, cuando todavía frecuentaban fiestas clandestinas. En más de una ocasión habían coincidido vendiéndole los mismos paquetes de alcohol robado que circulaban por los bajos fondos a precios ridículamente bajos. Desde entonces, Hanma no había dejado de buscar cualquier excusa para volver a encontrarse con él.
Decir que sentía interés por Kisaki era quedarse corto.
Estaba completamente obsesionado.
En cuanto me enteré, vi una oportunidad.
No pensaba desaprovecharla.
Le pedí a Kisaki que averiguara si Hanma conocía a alguien capaz de conseguirnos armas de verdad. No navajas. No puños americanos. Armas de fuego.
Al principio Kisaki puso mala cara. Pero entendía tan bien como yo que aquello ya no iba de orgullo. Iba de mantener con vida a nuestra gente.
Aceptó hablar con él.
La respuesta llegó antes de lo esperado.
Hanma no necesitaba buscar ningún contacto.
Él mismo podía conseguirlas.
Pero puso una condición.
Quería formar parte de nuestro clan.
No quería ser un simple proveedor. Quería llevar nuestro símbolo, participar en las reuniones y pelear a nuestro lado.
Aquella propuesta dividió a varios de los nuestros. Había quienes desconfiaban de alguien como Hanma.
Otros pensaban que rechazarlo sería un error. Yo me limité a valorar qué nos aportaba.
Tenía contactos, sabía moverse por el mercado negro. Y, por encima de todo, parecía dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de permanecer cerca de Kisaki.
Al final aceptamos.
Quizá fuera un riesgo.
Pero vivir como nosotros ya era un riesgo de por sí. Ahora mismo seguíamos dependiendo de armas demasiado básicas. Un cuchillo servía para intimidar. Un puño americano podía decidir una pelea.
Pero si un día aparecía un grupo armado dispuesto a acabar con nosotros, ninguna de esas cosas sería suficiente.
Necesitábamos dejar de reaccionar cuando nos atacaban. Necesitábamos estar preparados antes de que ocurriera.
Aquella tarde estaba sentado junto a Kisaki mientras negociaba con Hanma.
No intervenía.
Solo escuchaba.
Observaba cómo Kisaki mantenía la calma mientras Hanma no apartaba los ojos de él ni un solo segundo.
No hacía falta ser un genio para entender que aquella negociación nunca había tratado únicamente sobre armas.
Un mes después, Hanma y Kisaki regresaron trayendo varias cajas de madera. Las dejaron sobre una de las mesas del edificio que había en el hueco de la escalera y, poco a poco, todos fueron reuniéndose alrededor.
Izana observó cómo Hanma levantaba la tapa de la primera caja.
Dentro había varias pistolas perfectamente colocadas, cargadores, cajas de munición y algunas navajas de mejor calidad que las que habían conseguido hasta ese momento.
Por primera vez, tenían armamento de verdad.
Hanma-Están limpias y nadie podrá relacionarlas con vosotros.
Uno por uno comenzaron a repartir las armas. No todos recibieron una.
Izana dejó claro desde el principio que portar un arma no era un privilegio, sino una responsabilidad. Solo la tendrían aquellos que demostraran la sangre fría suficiente para utilizarla cuando fuera necesario.
Mientras algunos examinaban las pistolas con curiosidad, otros parecían incómodos. Hasta ese momento habían peleado con cuchillos, bates o puños americanos.
Aquello era diferente. Un disparo podía acabar con una vida en cuestión de segundos. El silencio se rompió cuando Chifuyu levantó la mano.
Chifuyu-Creo que conozco a alguien que puede ayudarnos-Todos giraron la cabeza hacia él.
Izana-¿Quién?
Chifuyu-Un hombre que tiene una galería de tiro a las afueras de la ciudad. Me debe un par de favores y...bueno, creo que podría dejarnos entrenar allí cuando cierre al público.
Kisaki frunció ligeramente el ceño.
Kisaki-¿Es de fiar?
Chifuyu-Lo suficiente como para no hacer preguntas.
Izana permaneció unos segundos pensándolo. Tener armas sin saber utilizarlas era casi tan peligroso como no tenerlas. Podían terminar disparándose entre ellos, perder los nervios en una pelea o fallar el único tiro que realmente importara.
Izana-Entonces iremos.
Miró una vez más las pistolas repartidas sobre la mesa.
Izana-A partir de hoy todos vais a aprender a disparar. No quiero héroes ni gente presumiendo de puntería. Quiero personas capaces de mantener la cabeza fría cuando llegue el momento.
Nadie protestó.
Todos entendían que la época en la que podían defenderse únicamente con los puños había terminado y también lo hacían los enemigos que algún día tendrían que enfrentar.
Hanma se había convertido en el perro de Kisaki. El propio Kisaki lo había confesado en un raro momento de sinceridad: le resultaba insoportable, una sombra persistente que no sabía cómo quitarse de encima.
Pero los rumores contradecían esa queja. Koko había visto a Hanma saliendo del piso de Kisaki en varias ocasiones, siempre a horas intempestivas.
Esa misma tarde, Izana llegaba con Ran y Rindou tras una entrega de alcohol. Doblaron la esquina y allí estaban. Shinichiro sentado en el capó de su coche, con uno de los hombres de Hanma entre sus piernas, devorándose cosa que dejaba pocas dudas sobre cómo terminaría la noche.
Izana-¿Alguien sabía algo de esto?
Ran encendió un cigarrillo, impasible:
Ran-Rumores.
Rindou-¡Meteos ya en la puta habitación!
Cada uno encontró un lugar en el que podía aportar algo. Izana no elegía las tareas al azar. Observaba durante semanas las habilidades de cada persona o pedía información antes de confiarle una responsabilidad.
Si alguien era bueno negociando, negociaba.
Si destacaba peleando, protegía a los demás.
Si tenía facilidad para pasar desapercibido, se encargaba de las entregas.
Poco a poco, todo empezó a funcionar como una auténtica organización.
Ω
Shion acompañaba con frecuencia a Izana al puerto. Las entregas nunca podían dejarse al azar. Había demasiado dinero en juego.
Alcohol, fertilizantes, herramientas, cajas con mercancía que después terminaría distribuida por distintos puntos de la ciudad...Todo debía revisarse antes de abandonar el muelle.
Mientras los trabajadores descargaban los contenedores, Shion caminaba entre ellos aparentando aburrimiento. Sin embargo, no se le escapaba un solo detalle. Comprobaba precintos, anotaba matrículas y memorizaba las caras de quienes participaban en cada operación.
Izana prefería mantenerse unos metros más atrás.
Desde allí observaba el conjunto.
Había aprendido que el puerto era uno de los lugares más peligrosos de la ciudad. Demasiada gente entraba y salía cada día. Contrabandistas, comerciantes, policías de paisano, bandas rivales...
Un solo error podía costarles meses de trabajo.
Por eso ninguno de los dos bajaba la guardia hasta que el último camión abandonaba el muelle.
Ω
Los hermanos Haitani también encontraron su propio negocio.
Ran fue quien tuvo la idea.
Compraron un pequeño local y comenzaron a gestionar un servicio de acompañamiento social.
No aceptaban a cualquiera.
Antes de contratar a alguien explicaban todas las condiciones con absoluta claridad. Nadie estaba obligado a aceptar un cliente y cualquiera podía marcharse cuando quisiera.
La mayoría de los contratos consistían simplemente en acompañar a empresarios durante una cena, asistir a eventos importantes, viajes de trabajo o pasar un fin de semana aparentando ser la pareja del cliente.
Si alguien sobrepasaba los límites acordados, el contrato terminaba en ese mismo instante.
Después eran Ran y Rindou quienes se encargaban del problema.
Aquella política hizo que muchas personas confiaran en ellos. Para algunos era la primera vez que podían ganar dinero sin sentir que habían perdido el control sobre su propia vida.
Ω
Mientras tanto, Takemichi y Senju asumieron una tarea igual de importante.
Recibir a los nuevos.
Cada pocas semanas aparecía alguien más.
Algunos llegaban huyendo de familias que nunca los habían protegido, otros escapaban de parejas violentas, también había quienes simplemente se habían quedado solos.
Takemichi era el primero en darles la bienvenida.
Les enseñaba los bloques de apartamentos, les explicaba cómo funcionaban los turnos de limpieza, dónde podían conseguir comida y qué normas mantenían la convivencia.
Después aparecía Senju.
Respondía preguntas, escuchaba sus preocupaciones y, sobre todo, les dejaba claro algo desde el primer día.
Allí nadie estaba obligado a quedarse.
Quien quisiera marcharse era libre de hacerlo.
Quien no quisiera participar en los robos podía dedicarse al cultivo de las plantas, al mantenimiento de los edificios, a la contabilidad o a cualquiera de los negocios legales que habían construido.
Izana nunca quiso formar una prisión.
Shinichiro estaba completamente tirado en el sofá, envuelto en una manta y disfrutando de una siesta más que merecida después del resacón histórico de la noche anterior.
El timbre sonó una vez.
Y otra.
Y otra más.
Frunció el ceño, pero no hizo el menor intento por levantarse. Estaba demasiado cómodo.
Escuchó unos pasos por el pasillo claramente desde el cuarto de baño.
Chifuyu-No vayas ha levantarte.
Shinichiro-Shhh...-murmuró mientras se tapaba todavía más con la manta.
Oyó cómo Chifuyu abría la puerta.
Al principio solo distinguía murmullos. Una conversación tranquila con alguien que permanecía al otro lado. Unos segundos después, la puerta volvió a cerrarse y los pasos regresaron hacia el salón.
Chifuyu-Oye.
Shinichiro-¿Quéee?
Chifuyu-El agente Wakasa Imaushi quiere hablar con nosotros.
La somnolencia desapareció de golpe.
Shinichiro abrió los ojos de par en par y se incorporó tan deprisa que la manta terminó cayendo al suelo.
Delante de él había un hombre con el pelo blanco, tenía una expresión tranquila. No llevaba uniforme; vestía ropa de calle, por lo que, de no ser por Chifuyu, jamás habría imaginado que era policía.
Shinichiro-Oh... hola.
Wakasa-Hola.
Chifuyu-Voy a avisar a los demás para que bajen.
Sin esperar respuesta, se fue hacia la cocina y durante unos segundos solo quedó el silencio. Wakasa observó el salón con calma. No parecía estar buscando nada en concreto.
Wakasa-¿Es que os conocéis todos los del bloque?
Shinichiro-Eh... sí.
El albino sacó una pequeña libreta del bolsillo y anotó algo con rapidez.
Shinichiro arqueó una ceja. ¿Qué demonios hacía un poli allí?
Wakasa-¿Cómo te llamas?
-Shinichiro-El agente volvió a escribir-Shinichiro-¿Ya me tienes fichado?
Preguntó con una sonrisa burlona.
Wakasa cerró la libreta.
Wakasa-Algo así-Shinichiro soltó una risa por la nariz.
Shinichiro-Déjame adivinar...¿A ti también te han robado?
Wakasa-No-Hizo una breve pausa antes de añadir con total tranquilidad-No suelo acostarme con prostitutas-Shinichiro resopló divertido.
Shinichiro-Ya... claro.
Wakasa le mantuvo la mirada sin alterarse lo más mínimo.
Wakasa-No todos los alfas somos iguales.
Poco a poco, los miembros fundadores fueron llegando al salón.
No acudió toda la organización. Solo aquellos que habían estado allí desde el principio.
Ran se dejó caer en uno de los sofás con la tranquilidad de siempre. Rindou ocupó el sillón que había junto a la ventana, Sanzu permaneció apoyado contra una pared con los brazos cruzados, Senju se sentó junto a Takemichi, mientras Hanma, Kisaki, Chifuyu y el resto iban ocupando los asientos libres.
Wakasa esperó a que todos estuvieran presentes antes de hablar.
Sacó una pequeña libreta del bolsillo de su chaqueta y la abrió.
Wakasa-Estoy investigando varios incidentes ocurridos durante los últimos meses-Nadie dijo una palabra-Peleas que terminaron con víctimas mortales. También hemos detectado un aumento considerable en la venta de sustancias ilegales a menores en distintos puntos de la ciudad-El silencio continuó-Me gustaría haceros unas preguntas. Será por separado.
Izana-Claro.
Su respuesta fue tan natural que incluso Wakasa tardó un instante en apartar la vista de él.
Wakasa-Bien...¿quién será el primero?
Takemichi-Yo.
Takemichi se levantó inmediatamente y siguió al policía hasta una de las habitaciones.
La puerta se cerró tras ellos.
Uno por uno fueron entrando todos.
Las entrevistas duraban apenas unos veinte minutos. Wakasa preguntaba dónde habían estado determinados días, con quién habían pasado la noche o si conocían a ciertas personas. Preguntas sencillas, pero formuladas siempre de manera diferente.
Kisaki fue el último en salir.
Cerró la puerta tras él y cruzó una breve mirada con Izana.
No hizo falta decir nada.
Izana se levantó del sofá.
Izana-Shinichiro.
El aludido levantó la cabeza.
Shinichiro-¿Qué?
Sin responder, Izana le agarró del brazo y lo llevó hasta la cocina.
La curiosidad pudo con los demás.
Ran fue el primero en seguirlos.
Después Rindou.
Sanzu.
Hanma.
Senju.
En cuestión de segundos casi todos estaban allí.
Izana apoyó la espalda contra la encimera.
Izana-Creo que has llamado su atención.
Shinichiro frunció el ceño.
Shinichiro-¿Pero qué dices?
Izana-En el salón casi no apartaba la vista de ti.
Shinichiro-Nos estaba mirando a todos.
Nadie respondió.
Todos siguieron observándolo.
Shinichiro acabó resoplando.
Shinichiro-Paso...
Se dio media vuelta dispuesto a marcharse, pero Izana le sujetó la muñeca antes de que pudiera dar dos pasos.
Izana-Vale. Pero, al menos, asegúrate.
Shinichiro-¿Asegurarme de qué?
Ran sonrió de medio lado.
Ran-No estaría mal tener a un policía de nuestro lado.
Shinichiro abrió los ojos como platos.
Shinichiro-¿¡Qué!? ¿Queréis que me ligue al policía?
Sanzu chasqueó la lengua.
Sanzu-Está buscando culpables. Y créeme...ese hijo de puta es listo.
Shinichiro-¿Os dais cuenta de lo que me estáis pidiendo?
Izana se encogió de hombros.
Izana-Con hombres bastante mayores te has acostado antes.
Shinichiro-Eso no significa que él quiera acostarse conmigo.
Izana-No te estoy diciendo que te acuestes con él. Solo que intentes acercarte. Que intentes tener información sobre si sospecha más o menos de nosotros-Shinichiro se pasó una mano por la cara.
Ran-Llévalo a tu terreno. Haz que baje la guardia.
Sanzu-Cuanto menos sospeche de nosotros, mejor.
Shinichiro soltó un largo suspiro.
No le hacía ninguna gracia. Con sus clientes sabía perfectamente cómo actuar. Sabía qué decir, cuándo sonreír y cuándo guardar silencio.
Pero aquello era diferente.
Estaban hablando de un policía.
Al cabo de unos minutos, Chifuyu apareció por la puerta.
Chifuyu-Shinichiro. Te toca.
Sintió un nudo en el estómago mientras entraba en la habitación.
Wakasa seguía sentado frente a la mesa con la libreta abierta.
Le indicó la silla de enfrente.
Wakasa-¿Qué estabas haciendo la semana pasada resumidamente?
Shinichiro respondió con calma.
Algunas respuestas eran ciertas.
Otras pertenecían a las coartadas que Kisaki llevaba meses preparando por si alguna vez la policía empezaba a hacer demasiadas preguntas.
La entrevista duró poco más de diez minutos. Finalmente, Wakasa cerró la libreta.
Wakasa-Hemos terminado.
Shinichiro se levantó, pero antes de llegar a la puerta se giró.
Shinichiro-Oye...
Wakasa levantó la vista.
Shinichiro-Siento lo de antes. Mi comentario ha sido bastante desagradable.
El policía permaneció en silencio unos segundos.
Wakasa-No importa.
Shinichiro-A mí sí me importa. He sido bastante borde....No quería decirte putero-Dio un paso hacia él.
Déjame invitarte a comer para disculparme.
Durante un instante incluso él mismo pensó que aquello había sonado demasiado descarado.
Wakasa-Insisto en qué no es necesario.
Shinichiro-Y yo en que sí.
Wakasa-No sería profesional de mi parte.
Shinichiro-¿Eso significa que soy sospechoso? Tranquilo que lo mío no es matar.
Wakasa-Eso es lo que diría un asesino.
Shinichiro-No lo sabrás si no comes conmigo.
Bueno hasta ahí llegaba.
Con la resaca no estaba en todo su esplendor.
Wakasa-Mi turno termina a las nueve.
La sonrisa de Shinichiro se volvió mucho más natural.
Shinichiro-Perfecto. ¿Conoces el bar de Tiki?
Wakasa-Sí.
Shinichiro-Entonces nos vemos allí-Wakasa asintió una sola vez.
Wakasa-De acuerdo.
Cuando el policía abandonó el piso y la puerta se cerró, Shinichiro soltó todo el aire que había estado conteniendo.
Apoyó la espalda contra la madera.
Al levantar la cabeza encontró a todos observándolo desde el salón.
Sanzu fue el primero en hablar.
Shinichiro-¿Estabais poniendo la oreja?
Sanzu-Qué mal-Shinichiro le fulminó con la mirada y le hizo un corte de mangas.
Shinichiro-¡Cállate! He conseguido que acepte quedar conmigo, ¿no? Pues ya está...¿Qué me pongo?
Durante un segundo nadie respondió.
Después, varias carcajadas resonaron por todo el edificio.
Ω
20:45
Izana pensaba en que habían forzado a Shinichiro a hacer algo que no quería. Así que decidió ir a su piso a hablar con él.
Le abrió Chifuyu quiene estaba apunto de entrar a la ducho.
Izana-¿Se puede?
Shinichiro-Sí
Izana-Veo que ya sabes que ponerte...
Shinichiro-Sí-Dijo mientras terminaba de bajarse el jersey que era de color azul claro.
Izana-Oye, sobre lo de antes...Lo siento. No sabía que te molestaría tanto, no quiero que te sientas usado o algo así.
Shinichiro-¿Y que esperabais? Me habéis presionado como si....No hos a importado mi opinión-Suspiro-da igual
Izana-No da igual, escucha....
Shinichiro-Izana...-Le corta-no quiero seguir hablando del tema. Lo hecho hecho esta-Dijo para después coger las llaves y cartera-Nos vemos.
Izana-Si pasa algo...
Shinichiro-Aviso
Shinichiro se despide también de Chifuyu quien no lo escucha por estar metido en la ducha. Mientras bajaba las escaleras, se cruzo con Hanma y Kisaki quiénes estaban con los demas hablando de que mañana tendría que entregar no se que cosa.
Hanma-Pasatelo bien.
Shinichiro-Que te de-Dice sacándole el dedo de enmedio.
Lo primero que hace cuando se monta en el coche es poner la música con el Bluetooth. Donde quedó con el alfa, estába a unos diezminutos en coche. En los que también pensó como hablarle, entabla runa conversación que no fuera incómoda.
Wakasa parece ese tipo de tíos serios que te dejan con más dudas que respuestas. ¿Como se habla con alguien así? ¿De qué hablas? Debía pensar, ser más listo, usar todos sus encantos, pero sin ser muy descarado.
Siempre le ha caído mal la gente así. Es decir ¿por qué iba a ser un borde con los demás por qué sí? El también ha tenido una vida de mierda y con diecisiete años sabe que los demás no tienen la culpa.
Quizás Wakasa simplemente era serio, pero parecía un tío borde.
Le pidió mesa para dos a una de las camareras y después se sentó a esperar a su acompañante que solo tardo cinco minutos en llegar. Eso le dio tiempo a pensar más o menos de que hablar.
Wakasa-Hola-Escucho detrás de el y se giró con una sonrisa
Shinichiro-Hola-Wakasa se sentó enfrente de el-¿Qué tal el resto de día?
Wakasa-Bien.
No me jodas que voy a tener que sacarle las palabras con cuchara.
Shinichiro-¿Solo bien?
Wakasa-Podria haber sido peor.
Shinichiro-Tu trabajo realmente debe ser agotador.
Wakasa-A veces si, otras no tanto.
Shinichiro-Bien....¿que te apetece?
Wakasa-¿Tu que me recomiendas?
Shinichiro-¿Como?
Wakasa-No vengo por aquí, así que me tendré que fiar de lo que tu elijas
Shinichiro-Oh...-Eso no se lo esperaba.
Shinichiro-Bien....Pues una hamburguesa completa, papas foster y Malibu.
La noche fue avanzando y, poco a poco, el bar comenzó a llenarse.
Las conversaciones terminaron mezclándose unas con otras mientras la música sonaba de fondo, lo bastante alta como para crear ambiente, pero sin impedir que la gente hablara. Los camareros iban de una mesa a otra con las bandejas llenas de bebidas, las risas se escuchaban en distintos rincones del local y, de vez en cuando, alguien alzaba la voz para hacerse oír por encima del bullicio.
Shinichiro observó a Wakasa de reojo mientras este daba otro trago a su vaso. Cuanto más tiempo pasaban juntos, más se daba cuenta de que aquel alfa no era exactamente como lo había imaginado.
Era educado.
Escuchaba cuando hablaba.
No presumía de su posición como policía ni intentaba intimidarlo con preguntas fuera de lugar. Incluso sonreía de vez en cuando, aunque fuera de una forma discreta.
Aquello hacía mucho más fácil mantener una conversación.
Los dos siguieron bebiendo mientras hablaban de temas sin demasiada importancia. Shinichiro apenas daba pequeños sorbos a su copa, procurando mantenerse completamente despejado. En cambio, cada vez que el vaso de Wakasa quedaba medio vacío, aprovechaba cualquier pausa para pedir otra ronda con toda naturalidad.
No quería emborracharlo. Solo necesitaba que se relajara un poco más. Que dejara de comportarse como un agente de policía y empezara a hacerlo como un hombre que simplemente estaba disfrutando de una noche agradable.
Y, poco a poco, parecía estar consiguiéndolo.
Wakasa-Por curiosidad ¿cuantos años tienes?
Shinichiro-Diecisiete...Casi dieciocho.
Wakasa-Oh...
Shinichiro-¿Por qué?
Wakasa-Por qué eres un mocoso
Durante la semana siguiente, Wakasa no dejó de aparecer por los bloques de apartamentos.
Hablaba con los vecinos, preguntaba por las tiendas cercanas, tomaba notas y recorría los pasillos con la misma tranquilidad con la que un policía acostumbrado a observarlo todo lo haría.
Shinichiro también aprovechó aquellas visitas.
Unas veces coincidía con él en la entrada. Otras lo acompañaba unos minutos mientras recorría el edificio o le ofrecía un algo de beber antes de que continuara con su trabajo.
Las conversaciones dejaron de ser tan forzadas como la primera noche.
Ya no necesitaban pensar tanto qué decir. Hablaban de cualquier cosa. Y, cuando sintió que existía la suficiente confianza, Shinichiro decidió dar un paso más.
Shinichiro-Oye...ya que vienes por aquí casi todos los días ¿por qué no me das tu número? Así, si pasa algo por el edificio o veo algo raro, te aviso directamente.
Wakasa permaneció unos segundos mirándolo.
Parecía estar valorando si aquella era una buena idea.
Finalmente sacó el móvil del bolsillo.
Wakasa-Está bien.
Intercambiaron los números en apenas unos segundos. Shinichiro sonrió con aparente naturalidad, aunque por dentro no pudo evitar sentirse satisfecho.
Sabía perfectamente que Wakasa no estaba aceptando porque confiara en él. Al contrario. Lo hacía porque esperaba que, tarde o temprano, Shinichiro cometiera un error. Porque pensaba que, manteniéndolo cerca, acabaría descubriendo algo relacionado con la investigación.
Lo que Wakasa no sabía era que esa misma idea había nacido primero en la cabeza de Shinichiro. Los dos estaban intentando acercarse al otro.
Los dos buscaban información.
Y, sin darse cuenta, ambos habían aceptado entrar en el juego del contrario.
Shinichiro-¿Sigues desconfiando de nosotros?
Preguntó mientras se dejaba caer sobre uno de los escalones de la entrada del edificio.
Ya se había convertido en una costumbre.
Cada vez que Wakasa terminaba de hacer preguntas a algún vecino o revisar cualquier detalle relacionado con la investigación, ambos acababan pasando unos minutos allí fuera, hablando de cualquier cosa antes de que el policía se marchara.
Wakasa guardó la libreta en el bolsillo de la chaqueta y se quedó de pie frente a él.
Wakasa-Sí.
No dudó ni un segundo.
Wakasa-Sobre todo por el bar que tenéis-Shinichiro soltó una pequeña risa.
Shinichiro-También has investigado el bar. Y no has encontrado nada raro-Wakasa cruzó los brazos.
Wakasa-No...-Hizo una breve pausa antes de continuar-Pero sigo convencido de que escondéis algo-Shinichiro levantó la vista hacia él.
Shinichiro-Todo el mundo esconde algo-Wakasa sostuvo su mirada.
Wakasa-El problema no es tener secretos-Su voz seguía siendo tranquila.
Wakasa-El problema es el tipo de secretos que se esconden-Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Durante unos segundos ninguno habló.
Desde el interior del edificio llegaban algunas risas y el ruido de una puerta cerrándose. En la calle, un coche pasó lentamente antes de desaparecer al final de la avenida.
Shinichiro terminó rompiendo el silencio.
Shinichiro-¿Cuántos años tienes?-La pregunta pareció coger a Wakasa por sorpresa.
Wakasa-Veinticuatro.
Shinichiro-Eres más joven de lo que pensaba-Wakasa dejó escapar una sonrisa casi imperceptible.
Wakasa-Tú pareces más a dulto de que eres.
Shinichiro-¿Eso es un cumplido?
Wakasa-Sí.
Shinichiro soltó una risa por lo bajo.
Y Wakasa, por un instante, también pareció olvidar que aquel chico al que acababa de hacer sonreír seguía siendo uno de los principales nombres de su lista de sospechosos.
Wakasa se incorporó del escalón y se sacudió el polvo del pantalón.
Wakasa-Será mejor que me vaya. Mañana tengo que volver temprano.
Shinichiro asintió y se levantó también para acompañarlo hasta la acera.
Caminaron unos metros en silencio.
Antes de despedirse, Wakasa volvió la cabeza hacia él.
Wakasa-Puedo hacerte una última pregunta.
Shinichiro-Depende.
Wakasa-¿Cuál es tu mayor vicio?
Shinichiro se quedó en silencio unos segundos.
Shinichiro-No lo sé-Wakasa arqueó una ceja.
Wakasa-¿No lo sabes?-Shinichiro se metió las manos en los bolsillos.
Shinichiro-Nunca he tenido tiempo para descubrirlo.
El policía permaneció en silencio, esperando a que continuara. Shinichiro sonrió, aunque esta vez la sonrisa era mucho más triste.
Las palabras salieron con una naturalidad que casi daba más miedo que si las hubiera dicho llorando.
El bar de Tiki estaba mucho más tranquilo de lo habitual.
La película seguía reproduciéndose en la televisión del fondo, aunque apenas unos pocos clientes le prestaban atención. La mayoría hablaba entre ellos mientras sonaba música suave de fondo.
Shinichiro y Wakasa compartían una mesa junto a la ventana.
Ya no existía aquella tensión incómoda de los primeros encuentros. La conversación fluía con más naturalidad, saltando de un tema a otro sin apenas darse cuenta.
En un momento dado, Wakasa dejó el vaso sobre la mesa.
Wakasa-¿Qué hacías de pequeño?
-Shinichiro levantó la vista.
Shinichiro-¿De pequeño?
Wakasa-Sí....Algún deporte, algún hobby...algo que hacía después de clase.
Shinichiro permaneció unos segundos en silencio.
Shinichiro-No sé responder a esa pregunta-Wakasa lo miró con curiosidad.
Wakasa-¿Nunca tuviste ninguno?
Shinichiro negó despacio.
Shinichiro-Es difícil descubrir qué te gusta cuando en casa las prioridades son otras. No jugué en ningún equipo, no aprendí un instrumento-Wakasa bajó la mirada unos instantes.
Wakasa-Debió de ser duro-Shinichiro se encogió de hombros.
Shinichiro-Supongo que sí-Sonrió con esa facilidad que parecía tener para esconder cualquier herida.
Shinichiro-Lo bueno es que ahora puedo probar todo lo que antes no pude. Nunca es tarde, ¿no?-Wakasa esbozó una leve sonrisa.
Wakasa-No. Nunca lo es.
La película llevaba casi una hora empezada.
Habían escogido los asientos de la última fila, donde apenas había nadie más. La luz de la pantalla iluminaba de vez en cuando sus rostros, mientras el resto de la sala permanecía prácticamente a oscuras.
Ninguno de los dos estaba demasiado pendiente de la película.
Shinichiro llevaba un rato observando a Wakasa de reojo.
Seguía sentado con la espalda recta, los brazos cruzados y la vista fija en la pantalla, como si fuera incapaz de relajarse del todo.
Shinichiro-Eres raro-Wakasa no apartó la mirada de la película.
Wakasa-¿Eso por qué?
Shinichiro-Porque incluso cuando no estás trabajando parece que sigues investigando a todo el mundo.
Wakasa dejó escapar una leve risa.
Wakasa-La costumbre.
Shinichiro sonrió.
Mentiroso. Es porque no confías en mí.
Guardó silencio unos segundos y volvió a mirarlo. Entonces, sin previo aviso, acortó la distancia entre ambos.
Lo hizo despacio, lo suficiente para comprobar si Wakasa reaccionaba. Sus ojos se posaron en los labios del albino, que permanecían entreabiertos, casi pidiendo se besados.
Cuando apenas quedaban unos centímetros entre sus rostros, Wakasa giró la cabeza hacia el lado contrario.
No hubo enfado.
Ni brusquedad.
Simplemente evitó el gesto, aunque su respiración se había acelerado apenas. Durante unos segundos ninguno dijo nada y Shinichiro volvió a acomodarse en su asiento y soltó una risa por lo bajo.
Shinichiro-Tenía curiosidad-Wakasa respiró hondo antes de volver a mirarlo.
Wakasa-¿Curiosidad de qué?
Shinichiro-De si ibas a apartarte
Wakasa-¿Y ya tienes la respuesta?
Shinichiro-Sí.
Wakasa permaneció unos instantes en silencio.
Wakasa-No mezcles las cosas, Shinichiro.
Shinichiro-¿Qué cosas?
Wakasa-Estoy aquí porque acepté venir a ver una película contigo. Pero sigo siendo un agente.
Cuando Shinichiro les contó que había intentado besarlo en el cine y que Wakasa simplemente había apartado la cara, la reacción fue inmediata.
Rindou fue el primero en reírse, asegurando que aquello había sido un golpe directo al ego de Shinichiro.
Ran, sin embargo, no tardó en corregirlo. Explicó que, si Wakasa realmente hubiera querido cortar cualquier relación con él, habría dejado de aceptar sus invitaciones o habría buscado cualquier excusa para mantener las distancias. El hecho de que siguiera quedando con Shinichiro significaba que todavía estaba dispuesto a conocerlo, aunque mantuviera los límites muy claros.
Kisaki estuvo de acuerdo con esa teoría. Según él, el problema era que Shinichiro estaba intentando avanzar demasiado deprisa. Wakasa era policía. Desconfiar de la gente formaba parte de su trabajo, y más aún cuando estaba investigando precisamente a personas relacionadas con ellos.
Sanzu añadió que la próxima vez le abriera la puerta desnudo....Luego hablando enserio le dijo que lo importante era conseguir que dejara de verlos como los principales sospechosos de la investigación.
Izana terminó interviniendo para ordenar un poco la conversación.
Les recordó que Wakasa llevaba años aprendiendo a detectar mentiras, manipulaciones y comportamientos extraños. Si Shinichiro se dedicaba a interpretar un personaje perfecto, tarde o temprano acabaría notándolo.
Lo que necesitaban era algo mucho más sencillo.
Que Wakasa disfrutara de su compañía.
Que empezara a buscarlo por iniciativa propia.
Que las conversaciones dejaran de girar alrededor de la investigación y comenzaran a hacerlo alrededor de ellos mismos.
Ran incluso comentó que, en vez de intentar seducirlo cada vez que se veían, sería mucho más útil que aprendiera a escucharlo.
Al final, incluso Shinichiro tuvo que reconocer que quizá se había precipitado.
Wakasa era inteligente, observador y mucho más difícil de engañar de lo que habían imaginado. Precisamente por eso, cada paso que dieran a partir de ese momento tendría que estar mucho más pensado.
Aquella noche, Shinichiro llevaba casi veinte minutos dando vueltas en la cama. Tenía el móvil apoyado sobre el pecho mientras miraba el techo de su habitación.
Resopló.
Al final desbloqueó la pantalla, abrió el chat de Wakasa y escribió un mensaje.
Shinichiro: Oye...
Lo borró.
Volvió a escribir.
Shinichiro: Quería disculparme otra vez por lo del cine. Fue bastante incómodo.
Lo leyó dos veces antes de enviarlo.
Durante unos minutos no obtuvo respuesta. Justo cuando estaba convencido de que Wakasa ya estaría dormido, el teléfono vibró.
Wakasa: No hace falta que te disculpes tantas veces.
Shinichiro sonrió.
Shinichiro: Me educaron para pedir perdón cuando meto la pata.
La respuesta tardó apenas unos segundos.
Wakasa: Pensaba que me habías dicho que tus padres no eran precisamente un ejemplo.
Shinichiro soltó una risa.
Shinichiro: Nunca he dicho que fueran ellos...me educó la vida.
Esta vez Wakasa tardó un poco más en responder.
Wakasa: Eso me lo creo más.
Shinichiro rodó los ojos antes de volver a escribir.
Shinichiro: Qué borde eres para ser policía.
El móvil volvió a vibrar.
Wakasa: ¿Y cómo se supone que somos los policías?
Shinichiro ni siquiera tuvo que pensarlo.
Shinichiro: Viejos.
Pasaron unos segundos.
Wakasa: Tengo veinticuatro.
Shinichiro: Lo dicho.
La respuesta llegó casi al instante.
Wakasa: ¿Ahora todo será una escusa para llamarme viejo?
Shinichiro: Sí.
Shinichiro dejó escapar una carcajada.
Wakasa: Eso ha sido un ataque personal.
Shinichiro: Ha sido una observación policial.
Wakasa: Entonces has querido besar a un viejo.
Shinichiro: ¿Acabas de hacer una broma?
Wakasa:Sí.
Shinichiro se quedó mirando la pantalla.
Shinichiro: Increíble.
Cuando el móvil volvió a vibrar, solo había una frase.
Wakasa: Buenas noches, Shinichiro.
Shinichiro sonrió para sí.
Shinichiro: Buenas noches, agente.
Dejó el móvil sobre la mesilla y apagó la luz.
Las dos semanas siguientes pasaron sin que Shinichiro volviera a ver a Wakasa. El trabajo del policía parecía haberlo mantenido demasiado ocupado para aceptar cualquier plan, aunque eso no significaba que dejaran de hablar.
Al contrario.
Los mensajes comenzaron a convertirse en una rutina.
No hablaban del caso.
Ni de la investigación.
Ni de los bloques de apartamentos.
Simplemente hablaban. Aquella mañana, mientras Shinichiro desayunaba sentado en la cocina, el móvil vibró sobre la mesa.
Wakasa: Buenos días.
Shinichiro sonrió sin darse cuenta.
Shinichiro: Buenos días, señor agente.
La respuesta llegó apenas unos segundos después.
Wakasa: ¿Siempre te despiertas tan temprano?
Shinichiro: No. Pero hoy tengo que ir a hacer la compra y después hace mucha calor.
Wakasa: Entiendo.
Shinichiro soltó una risa por lo bajo.
Shinichiro: ¿Qué vas a comer hoy?
Wakasa: Ni idea. Lo primero que encuentre cerca de la comisaría.
Shinichiro: Qué triste.
Wakasa: Es lo que hay.
Shinichiro: Apuesto a que otra vez vas a terminar comiendo un sándwich de máquina.
Wakasa: Quizás.
Shinichiro: JA.
Tienes cara de comer sándwiches de máquina.
Wakasa: ¿Existe esa cara?
Shinichiro: Sí.
La tuya.
El móvil permaneció en silencio unos instantes. Después volvió a vibrar.
Wakasa: Pues tú tienes cara de vivir a base de ramen instantáneo.
Shinichiro abrió mucho los ojos.
Shinichiro: Eso ha dolido.
Wakasa: ¿He acertado?
Shinichiro: No...Bueno depende deles.
Wakasa: Lo sabía.
Shinichiro dejó escapar una carcajada. Apoyó el móvil sobre la mesa unos segundos antes de volver a escribir.
Shinichiro: Oye.
Wakasa: ¿Sí?
Shinichiro: Un día podrías venir a comer a casa.
Soy un gran
PERO UN GRAN COCINERO.
El indicador de "escribiendo..." apareció y desapareció varias veces.
Shinichiro: Solo si quieres. No te voy a envenenar
Wakasa respondió con un simple:
Wakasa: Muy tranquilizador.
Shinichiro sonrió.
Shinichiro: Prometo que nadie intentará secuestrarte.
Wakasa: Eso no mejora mucho la invitación.
Shinichiro se llevó una mano a la frente riéndose de sí mismo.
Shinichiro: Lo que intento decir es que estás invitado cuando quieras.
Te prepararé lo que más te guste.
Pasaron unos segundos.
Wakasa: ¿Y cómo sabes qué es lo que más me gusta?
Shinichiro: Vale, retiro la oferta hasta que me lo digas.
Wakasa dejó pasar casi un minuto entero antes de responder.
Wakasa: Curry japonés.
Shinichiro sonrió satisfecho.
Shinichiro: Perfecto.
Shinichiro: Pues ya tienes una comida pendiente.
Esta vez la respuesta de Wakasa fue mucho más corta.
Wakasa: Me lo pensaré.
Shinichiro dejó el móvil sobre la mesa sin borrar la sonrisa de su cara.
No era un sí.
Pero tampoco era un no.
Y, viniendo de Wakasa, aquello ya le parecía una pequeña victoria.
Los cadáveres iban desapareciendo uno tras otro, arrastrados por el suelo embaldosado que crujía bajo el peso de los cuerpos.
Dos hombres cargaban los últimos cuerpos envueltos en lonas negras hacia la furgoneta estacionada en la entrada trasera. El sonido de la tela arrastrándose contra el cemento hacía un ruido húmedo, irregular, que se mezclaba con el chirrido de las ruedas de la carretilla. Otros fregaban el suelo con cepillos de cerdas duras y cubos de agua con lejía, moviéndose con una eficacia casi automática, como si limpiar sangre de las baldosas fuera una rutina más en su jornada laboral.
El olor metálico de la sangre-fresca todavía, pegajosa-empezaba a mezclarse con el olor agrio de los productos de limpieza, creando una atmósfera densa que se pegaba a la garganta.
Kisaki permanecía completamente ajeno a todo aquello.
Estaba sentado en un taburete de metal bajo, frente a Hanma, que ocupaba la única silla decente de la habitación. Entre sus dedos había una aguja curva de cirugía, brillando bajo la luz amarillenta del techo, mientras terminaba de desinfectar la herida que el rubio tenía bajo la costilla derecha.
No era grave. Unos quince centímetros de longitud, limpio, sin signos de infección todavía.
Pero sí lo bastante profunda como para necesitar varios puntos si no quería que se infectara en esa pocilga.
-Quédate quieto-murmuró Kisaki, sin levantar la vista.
Hanma levantó una ceja, los ojos brillando con esa mezcla de diversión y algo más oscuro que siempre llevaban.
-Lo intento-dijo, y su voz sonó más ronca, el dolor contenido filtrándose en las consonantes-Pero tú estás temblando.
Kisaki apretó los labios. Era cierto. Sus manos no eran tan estables como hubiera querido.
En cuanto la aguja atravesó la piel, atravesando la epidermis y entrando en la capa subyacente, Hanma hizo una mueca. Los músculos de su abdomen se tensaron visiblemente, los dedos se cerraron en puños sobre sus propios muslos.
-¿Me estás haciendo daño aposta porque estás enfadado?-preguntó, forzando una sonrisa.
Kisaki ni siquiera levantó la vista. Siguió tirando del hilo, viendo cómo la piel se unía con precisión quirúrgica.
-No.
-Pues tiene toda la pinta.
-Es alcohol y una aguja-respondió Kisaki, la voz plana, controlada-No un masaje en un spa.
Hanma dejó escapar una pequeña risa, que terminó en un jadeo contenido cuando Kisaki tiró del nudo.
-Sigues enfadado-insistió Hanma, observando el perfil concentrado del otro hombre.
-Estoy cosiéndote.
-Las dos cosas pueden ser ciertas.
Kisaki dio otro punto con más fuerza de la necesaria, la aguja entrando profundo, el hilo tensándose con un chirrido casi audible.
Hanma soltó un leve siseo entre dientes, el cuello arqueándose hacia atrás, los tendones visibles bajo la piel pálida.
-Eso ha sido personal, cariño-dijo, jadeando ligeramente.
-Te has movido-mintió Kisaki.
-No me había movido hasta que me has atravesado como si cosieras cuero.
-Ahora tampoco te muevas. Y cierra la boca.
Hanma lo observó unos segundos en silencio, estudiando cada detalle de su rostro.
Conocía esa expresión demasiado bien. La había memorizado durante los años que llevaban en esto juntos.
-¿Es porque casi me matan?-
preguntó Hanma, más suave esta vez.
Kisaki siguió trabajando, la aguja entrando y saliendo con precisión mecánica.
-Sí.
La respuesta fue tan directa, tan inmediata, que incluso Hanma dejó de bromear durante unos segundos. Parpadeó, procesando, y luego su expresión se suavizó en algo que se parecía demasiado a la ternura.
-Estoy bien-dijo, y extendió una mano para tocar brevemente la muñeca de Kisaki, un contacto fugaz que hizo que el movimiento de la aguja se detuviera un instante.
-Podrías no estarlo-respondió Kisaki, y ahora su voz tenía un filo diferente, algo quebrado en las consonantes.
-Pero lo estoy.
-Porque has tenido suerte, Hanma. Porque el tio tenía una puntería de mierda.
Hanma sonrió con calma, aunque el gesto no llegó a sus ojos.
-Siempre tengo suerte-dijo, pero sonaba casi como una disculpa.
Sus ojos encontraron los de Hanma, y lo que había en ellos hizo que el mayor dejara de respirar por un segundo. Era furia, sí, pero también miedo. Miedo crudo, desnudo, el tipo de miedo que Kisaki nunca permitía que nadie viera.
-No confundas suerte con irresponsabilidad-dijo Kisaki-No confundas el hecho de que sigas vivo con que siempre vas a seguir vivo.
Al fondo, uno de los hombres anunció que el último cuerpo ya estaba fuera del edificio. La puerta de metal se cerró de golpe, el sonido resonando en el espacio vacío.
Kisaki continuó dando puntos con la misma concentración, aunque sus manos habían dejado de temblar.
Hanma lo observó de perfil, la línea de su mandíbula, la concentración en sus cejas, la forma en que mordía el interior de su mejilla mientras trabajaba. Y terminó sonriendo, pero no con esa sonrisa burlona que enseñaba al resto del mundo, la que usaba para hacerse el idiota, para que no lo tomaran en serio.
Era mucho más pequeña. Mucho más sincera. Un movimiento apenas perceptible de las comisuras de los labios.
-Tan buen esposo, que se preocupa-dijo, y no era una pregunta.
Kisaki no respondió. Tiró del hilo con más fuerza de la necesaria.
-Mucho-insistió Hanma con dolor en su voz.
Seguía sin responder, pero su garganta se movió al tragar. Hanma soltó una risa suave, casi para sí mismo.
Kisaki suspiró, un sonido largo, derrotado, que se escapó de sus pulmones sin permiso.
-Claro que me preocupo-dijo, y ahora su voz era más baja, más íntima, solo para ellos dos en esa habitación llena de fantasmas-Cuando te vi caer... pensé que la bala te había dado en la cabeza. Pensé que...-Su voz se partio un instante que nadie más habría notado-Durante unos segundos pensé...
No terminó la frase.
No hacía falta.
Hanma bajó la vista hacia las manos de Kisaki, que seguían cosiendo la herida con una precisión impecable, los dedos manchados de sangre seca y antiséptico. Entonces, sin importarle que todavía tuviera media herida abierta, que la aguja estuviera a punto de entrar de nuevo, levantó una mano y le acarició despacio la mejilla.
La piel de Kisaki estaba fría, o tal vez eran los dedos de Hanma los que ardían. Kisaki frunció ligeramente el ceño, deteniéndose a mitad del movimiento.
-No te muevas-dijo, pero sin convicción.
-Primero mírame-respondió Hanma, suave.
Kisaki acabó el punto que estaba haciendo, lo ató con un nudo rápido, y levantó los ojos. Hanma sonreía.
-No pienso morirme tan fácilmente-
dijo-Tengo demasiadas cosas pendientes contigo.
Kisaki resopló, intentando recuperar la compostura, el sarcasmo habitual.
-Más te vale-dijo, y su voz sonó casi normal de nuevo-Porque si vuelves a recibir un disparo haciendo el idiota...te juro que la próxima vez te coses la herida tú solo-Hanma rio, el sonido genuino, cálido.
-No lo harías.
-¿No?
-No-dijo Hanma, y se inclinó apenas, apenas unos centímetros, lo suficiente para dejar un beso corto sobre la frente de Kisaki-Soy tu futuro marido. No puedes deshacerte de mí tan fácilmente.
Kisaki permaneció inmóvil unos segundos, los ojos cerrados, sintiendo el calor residual de los labios de Hanma en su piel.
Después volvió a bajar la vista hacia la herida, intentando ocultar el leve color que había aparecido en sus mejillas, el pulso acelerado que latía en su cuello.
-Eres un pesado con lo de casarnos-murmuró, dando el último punto, cortando el hilo con los dientes porque no encontraba las tijeras.
-Pero soy tu pesado-repitió Hanma, y esta vez dejó que su mano se quedara en la mejilla de Kisaki, el pulgar acariciando en círculos lentos.
Kisaki no respondió.
Simplemente terminó de colocar el vendaje, enrollando la gasa con mucho más cuidado del que estaba dispuesto a admitir delante de cualquiera de sus hombres, asegurándola con esparadrapo con movimientos delicados, casi tiernos.
Cuando terminó, dejó las manos sobre el abdomen de Hanma un segundo más de lo necesario.
Shinichiro
Las dos semanas siguientes pasaron sin que volvieran a verse.
No porque dejaran de hablar. De
hecho, ocurría justo lo contrario.
Cada día aparecía algún mensaje.
A veces empezaba Shinichiro.
Otras veces era Wakasa quien, de forma inesperada, enviaba un simple "Buenos días" o preguntaba qué tal le había ido el trabajo.
Poco a poco las conversaciones dejaron de sentirse forzadas.
Hablaron de comida.
Shinichiro descubrió que Wakasa era incapaz de decirle que no a un buen plato de curry japonés y que tenía una extraña obsesión por acompañarlo siempre con huevo.
Wakasa, por su parte, descubrió que Shinichiro cocinaba sorprendentemente bien. Cuando este le envió una foto de una cena que acababa de preparar, Wakasa tardó varios segundos en responder.
Wakasa: No me esperaba que cocinaras así.
Shinichiro: ¿Qué esperabas?
Wakasa: Ramen instantáneo.
Shinichiro: Qué poca fe tienes en mí.
Wakasa: La justa.
En otra ocasión acabaron discutiendo durante casi media hora porque Shinichiro aseguraba que el flan casero era muy superior al comprado.
Wakasa defendía exactamente lo contrario. Incluso llegaron a enviarse fotos para intentar convencer al otro.
Ninguno cambió de opinión.
También descubrieron que compartían más gustos de los que esperaban. A los dos les gustaban las películas de acción clásicas.
Los dos preferían las cafeterías pequeñas antes que los locales llenos de gente.
Y una noche terminaron recomendándose series. Shinichiro insistió durante varios mensajes en que Wakasa tenía que ver una que acababa de terminar.
Dos días después recibió una fotografía del televisor. Solo aparecía el primer episodio reproduciéndose. Debajo, un único mensaje.
Wakasa: Si es mala, irás al calabozo.
Aquellas conversaciones hacían que olvidara por completo que Wakasa era el policía encargado de investigarlos. Pero había algo que seguía rondándole la cabeza.
Desde lo ocurrido en el cine no habían vuelto a verse.
Ni una sola vez.
Cada vez que Shinichiro proponía quedar, Wakasa respondía que estaba ocupado o que había surgido trabajo en la comisaría.
Nunca sonaba a excusa.
Pero tampoco aceptaba.
Aquella noche, mientras seguían hablando antes de dormir, Shinichiro decidió dejar de darle vueltas.
Shinichiro: ¿Te puedo preguntar una cosa?
Wakasa: Depende de la pregunta.
Shinichiro: ¿Llevas casi un mes sin venir a verme porque intenté besarte?
El mensaje fue leído casi al instante.
Sin embargo, la respuesta tardó bastante más. Shinichiro llegó incluso a pensar que quizá había metido la pata.
Finalmente, el móvil vibró.
Wakasa: No.
Shinichiro volvió a escribir.
Shinichiro: ¿Seguro?
Esta vez la respuesta llegó enseguida.
Wakasa: Sí.
Simplemente he estado hasta arriba de trabajo.
Shinichiro apoyó la cabeza sobre la almohada.
Shinichiro: Pensaba que igual te había hecho sentir incómodo.
Pasaron unos segundos.
Wakasa: Me sorprendió.
Pero eso no significa que no quiera seguir hablando contigo.
Shinichiro: Entonces la invitación a cenar sigue en pie.
Shinichiro dejó el móvil sobre la mesilla con una sonrisa difícil de esconder.
🪻
Shinichiro: Buenos días.
Wakasa: Buenos.
Shinichiro: Qué entusiasmo.
Wakasa: Todavía no me he tomado el café.
Shinichiro: Ah, entonces todavía no eres persona.
Wakasa: Exacto.
Shinichiro: Avísame cuando vuelvas a ser un ser humano funcional.
🪷
Wakasa: ¿Y?
Shinichiro: El protagonista toma decisiones muy cuestionables.
Wakasa: Llevas dos capítulos.
Shinichiro: Precisamente.
Wakasa: Dale tiempo.
Shinichiro: Si al final resulta ser mala, iré a la comisaría a quejarme.
Wakasa: Puedes poner una denuncia.
Shinichiro: ¿Por daños emocionales?
Wakasa: Esa no suele prosperar.
🥀
Shinichiro: ¿Te puedo hacer una pregunta un poco personal?
Wakasa: Depende de cuánto de personal.
Shinichiro: Del uno al diez... un siete.
Wakasa: Adelante.
Shinichiro: ¿Siempre quisiste ser policía?
Wakasa: No.
Shinichiro: ¿Entonces?
Wakasa: De pequeño quería dedicarme a cualquier cosa que me permitiera salir de casa.
Shinichiro:...
Shinichiro: Eso no suena muy bonito.
Wakasa: No lo era.
🍁
Shinichiro: ¿Sabes qué echo de menos de cuando era niño?
W
akasa: ¿Qué?
Shinichiro: Pensar que todos los adultos sabían lo que hacían.
Y luego creces. Y descubres que nadie tiene ni idea.
Wakasa: Ser padre a veces no es fácil.
Y ser hijo tampoco
Shinichiro: ¿Te cuesta confiar en la gente o solo en mí?
Wakasa: En casi todo el mundo.
Shinichiro: Bueno... eso me hace sentir un poco mejor.
Wakasa: No debería.
Shinichiro: ¿Por qué?
Wakasa: Porque no es algo de lo que esté orgulloso.
🪻
Shinichiro: Deberías sonreír más.
Wakasa: ¿Por orden tuya?
Shinichiro: Exacto.
Wakasa: Qué autoridad tienes.
Shinichiro: Ninguna.
Wakasa: Eso pensaba.
🥀
Shinichiro: Si mañana tuvieras el día libre, ¿qué harías?
Wakasa: Dormir.
Shinichiro: Después de dormir.
Wakasa: Seguir durmiendo.
Shinichiro: Eres aburridísimo.
Wakasa: Llevo dos semanas durmiendo cuatro horas.
Shinichiro: ...
Vale, retiro lo de aburrido.
Solo quiero que descanses.
🍁
Shinichiro: Hay veces que me siento culpable cuando alguien hace algo bueno por mí.
Wakasa: ¿Por qué?
Shinichiro: Porque siempre pienso que tarde o temprano tendré que devolverlo.
Wakasa: No todo el mundo espera algo a cambio.
Shinichiro: Ya...
Shinichiro: Todavía me cuesta creerlo.
Shinichiro: Hay días en los que me da miedo parecerme a ellos.
Wakasa: No te pareces.
Shinichiro: ¿Cómo puedes estar tan seguro?
Wakasa: Porque una persona que tiene miedo de hacer daño normalmente hace todo lo posible por no hacerlo.
Shinichiro tardó varios segundos en responder.
Shinichiro: Ojalá tengas razón.
S
hinichiro se despertó sobresaltado por el insistente sonido del móvil sobre la mesilla. Todavía con el pelo revuelto, alargó el brazo para cogerlo y entrecerró los ojos al ver el nombre de Takemichi en la pantalla.
Descolgó sin siquiera mirar la hora.
-¿Qué pasa?
-Shinichiro, ven a comisaría. Han detenido a Ran y a Rindou.
El sueño desapareció al instante.
-¿Qué?
-Date prisa.
La llamada terminó antes de que pudiera preguntar nada más. Menos de media hora después, Shinichiro atravesaba las puertas de la comisaría acompañado por Senju.
Takemichi ya los estaba esperando en la entrada. Tenía los brazos cruzados y una expresión que dejaba claro que aquello iba para largo.
-¿Dónde están?
-Dentro. Todavía les están tomando declaración-Shinichiro suspiró.
-¿Qué han hecho?-Una voz conocida respondió antes que Takemichi.
-Participar en una pelea.
Los tres se giraron.
Wakasa salía de uno de los pasillos con una carpeta bajo el brazo. Llevaba varias horas trabajando y se le notaba en el cansancio de la cara.
Shinichiro caminó hasta él.
-¿Con quién?-Wakasa cerró la carpeta.
-Con miembros de la pandilla Ōkami.
Shinichiro soltó el aire por la nariz.
Claro. Los Lobos. Aquella maldita banda llevaba meses buscándolos, insultos cuando coincidían por la calle, provocaciones, pequeñas peleas, amenazas.
Y, conociendo a Ran y a Rindou...era cuestión de tiempo que alguien terminara lanzando el primer puñetazo.
-¿Hay heridos?-preguntó Shinichiro.
-Nada grave. Algún hueso roto y varios puntos de sutura entre ambos grupos-Shinichiro se llevó una mano a la nuca.
-Era cuestión de tiempo...
-¿Has venido a recogerlos?-Shinichiro dudó apenas un instante antes de asentir.
-Sí.
-Entonces intenta que, cuando salgan de aquí, no vuelvan a cruzarse con esa banda. Porque ellos llevaban puños americanos
-Y menos mal...Porque esos cabrones nunca van solos-Wakasa arqueó ligeramente una ceja.
-Eso no me tranquiliza demasiado.
Shinichiro dejó escapar una pequeña sonrisa.
-A mí sí.
-No debería podrían haber matado a alguien de un mal golpe.
Se apartó unos pasos y sacó el teléfono del bolsillo.
Buscó el contacto de Izana y pulsó llamar. La llamada tardó unos segundos en conectar. Al otro lado se escuchaba mucho ruido.
-¿Ha pasado algo?
-Han detenido a Ran y a Rindou.
Durante unos segundos hubo silencio.
-¿Qué ha ocurrido?
-Pelea con los de Ōkami.
-Joder...-Izana no pareció especialmente sorprendido
-Acabamos de llegar a la reunión para cerrar la negociación de las armas. ¿Puedes encargarte tú o tengo que volver?
Shinichiro miró de reojo hacia el pasillo donde estaban interrogando a los Haitani. Luego miró a Takemichi y a Senju, que esperaban cerca de la recepción.
Respiró hondo.
-Puedo ocuparme.
-¿Seguro?
-Sí.
-Bien-La voz de Izana volvió a sonar firme-Entonces resuélvelo. Nosotros terminaremos aquí y volveremos en cuanto podamos.
-Entendido.
La llamada terminó. Shinichiro guardó el móvil y levantó la vista hacia la puerta de los interrogatorios. Ahora le tocaba sacar a los hermanos Haitani de aquel lío...y, si era posible, evitar que iniciaran una guerra abierta con los Lobos.
Respiró hondo antes de volver a acercarse a Wakasa, que seguía revisando varios documentos apoyado sobre el mostrador.
-Wakasa-El policía levantó la vista.
-¿Sí?
-¿Cómo de complicado es sacarlos de aquí?
-Depende de a qué te refieras con "sacarlos".
-Que puedan irse hoy-Wakasa permaneció unos segundos en silencio.
-Sinceramente...-Negó despacio con la cabeza-Lo veo difícil.
Shinichiro frunció el ceño.
-¿Tan mal está la cosa?
-Bastante-Wakasa abrió la carpeta y pasó varias hojas. Cuando llegaron las patrullas encontraron a miembros de ambas bandas peleándose-Señaló una fotografía.
Pero los problemas empiezan aquí-
Shinichiro observó la imagen. Sobre una mesa de pruebas había varios objetos embolsados.
Dos pistolas.
Varios puños.
Y una navaja.
-Esto es lo que ellos llevaban encima-Shinichiro cerró los ojos un instante.
-Mierda...
-Pero no las utilizaron. Las pistolas...
-Entonces...
-Eso solo evita que los cargos sean todavía peores.
Shinichiro tragó saliva. Wakasa continuó hablando con el mismo tono tranquilo.
-El simple hecho de portar armas ilegales ya supone un problema serio-Hizo una pequeña pausa antes de añadir-Y hay otra cosa-Shinichiro sintió un nudo en el estómago.
-¿Qué?
-Uno de los chicos de los Ōkami está en el hospital.
-¿Cómo de grave?
-No puedo darte demasiados detalles-Bajó la voz-Pero estaba inconsciente y tuvieron que trasladarlo en ambulancia.
Durante unos segundos ninguno dijo nada. Shinichiro se pasó una mano por la cara.
-Joder...-Wakasa observó la preocupación en su rostro.
-Deberian habérselo pensado.
-Ellos...-Shinichiro soltó una risa amarga-Ellos estaba saliendo de trabajar...Y...joder ellos se estaban defendiendo.
-Pero hubo ensañamiento.
No podía discutir eso. Conocía demasiado bien a los Haitani.
Si alguien los provocaba una vez, respondían dos.
Si los golpeaban una vez, devolvían tres.
-¿Que forma ahí de ayudarlos?-Wakasa permaneció pensativo unos segundos.
-Consigue un buen abogado.
-Eso ya lo damos por hecho.
-Y reza para que ese chico no muera-Shinichiro bajó la mirada.
El silencio volvió a instalarse entre los dos. Después Wakasa habló con un tono algo más suave.
-Shinichiro...
-¿Sí?
-Diles una cosa cuando puedas hablar con ellos.
-¿Cuál?
-Que la próxima vez dejen las pistolas en casa.
Dos días después, Ran y Rindou abandonaron la comisaría.
No fue una salida triunfal.
Los dos llevaban varios moratones, una noche sin apenas dormir y una advertencia bastante clara de que, si volvían a verse implicados en una pelea similar, la situación sería muy distinta.
El chico de los Ōkami había sobrevivido.
Seguía ingresado en el hospital, pero los médicos confirmaron que su vida ya no corría peligro. Aquello había evitado que los cargos escalaran todavía más.
Shinichiro fue el primero en recibirlos. Los esperaba fuera con varias bolsas de comida de un restaurante cercano.
-No sabía qué os apetecía, así que he comprado un poco de todo-Ran cogió una de las bolsas y sonrió.
-Te quiero.
-Lo dices por la comida.
-¿Importa?
Rindou abrió otra de las bolsas y silbó al ver la cantidad.
-Llevamos dos días sobreviviendo al menú de comisaría. Esto es prácticamente un banquete.
Shinichiro negó con la cabeza mientras los tres comenzaban a caminar de regreso a los apartamentos.
Durante el trayecto apenas hablaron de la pelea. Era un tema que preferían dejar atrás.
Dos días más tarde, Shinichiro seguía sin entender cómo habían conseguido salir tan rápido.
Esperaba encontrarse con un proceso mucho más largo.
El abogado era bueno pero...
Fue Kisaki quien terminó resolviendo la duda.
-No fue casualidad-Shinichiro frunció el ceño.
-¿Qué quieres decir?
-Que alguien movió hilos-Aquello llamó inmediatamente su atención.
-¿Quién?-Kisaki dejó el bolígrafo sobre la mesa.
-Wakasa.
Shinichiro parpadeó.
-¿Wakasa?
-Sí.
Hubo un breve silencio antes de que Kisaki continuara.
-He preguntado un poco.
Shinichiro cruzó los brazos.
-¿Y?
-Resulta que no es un simple oficial de policía.
Shinichiro lo miró sin entender.
Kisaki apoyó la espalda en la silla.
-Tiene muchísimo peso dentro del cuerpo. Todo el mundo habla bien de él. Dicen que se ganó el puesto muy joven porque es bueno en su trabajo-Hizo una pequeña pausa-
Pero también ayuda quién es su padre.
-¿Quién es?
-El ministro del Interior.
La habitación quedó completamente en silencio. Incluso Sanzu, que estaba sentado al otro lado repasando unas cuentas, levantó la cabeza.
-¿Qué?
Kisaki asintió con tranquilidad.
-Un miembro del Gobierno.
Shinichiro tardó varios segundos en reaccionar.
Nunca se lo habría imaginado.
Wakasa jamás había presumido de ello. Ni una sola vez, ni cuando hablaban durante horas por mensaje, ni cuando se veían, ni siquiera había insinuado que procedía de una familia tan influyente.
-Entonces...¿los sacó él?
Kisaki negó despacio.
-No directamente-Se quedó pensativo unos segundos-Pero seguramente hizo todo lo que estaba en su mano para que el caso se tratara con imparcialidad. Evitó que se exageraran algunos hechos y presionó para que se respetara el procedimiento. Si hubiera querido mirar hacia otro lado o dejar que otros inflaran los cargos, los Haitani probablemente seguirían entre rejas.
Shinichiro permaneció en silencio.
No sabía muy bien qué pensar.
Aquella mañana, Shinichiro se despertó con una idea que llevaba varios días rondándole la cabeza.
Pero Shinichiro quería comprobar una cosa. Quería saber si realmente había conseguido construir un suelo firme entre los dos o si toda aquella confianza solo existía detrás de la pantalla de un teléfono.
Así que decidió presentarse en la comisaría.
No con flores.
No con un regalo.
Con comida.
Entró en la cocina y abrió la nevera.
Mientras el aceite terminaba de calentarse, empanó varias pechugas de pollo con la tranquilidad de quien llevaba años cocinando para sí mismo. Cuando terminaron de dorarse, las dejó reposar unos minutos antes de colocarlas cuidadosamente dentro de un táper junto con arroz y unas verduras salteadas.
Lo cerró, lo guardó dentro de una bolsa de tela y sonrió satisfecho.
-Espero que hoy no hayas comido otro sándwich de máquina...
Cogió las llaves del coche. Después, antes de salir de casa, se colocó una gorra negra.
Media hora después atravesaba las puertas de la comisaría. El edificio estaba bastante más concurrido de lo que imaginaba.
Policías entrando y saliendo.
Teléfonos sonando.
Gente esperando para poner denuncias.
Se acercó al mostrador de recepción, donde una mujer de unos cuarenta años escribía algo en un ordenador.
-Buenos días-Ella levantó la vista y le sonrió con educación.
-Buenos días. ¿En qué puedo ayudarte?
-Busco a Wakasa.
-¿Tiene cita con él?
-No.
-Entonces tendré que avisarlo primero.
Shinichiro levantó la bolsa y sacó el táper.
-Es que quería darle una sorpresa.
La recepcionista sonrió al verlo.
-¿Le trae la comida?
-Sí. Ya sabes que no come muy bien.
-Sí.
La mujer lo observó un instante antes de preguntar con absoluta naturalidad:
-¿Es su pareja?
Shinichiro ni siquiera se lo pensó.
-Sí.
La respuesta salió tan rápida que hasta él mismo se sorprendió. La recepcionista sonrió todavía más.
-Me alegra saber que alguien lo cuida así.
Se levantó de la silla.
-Puede pasar. Su despacho está al fondo del pasillo, última puerta a la derecha.
-Muchas gracias.
Shinichiro inclinó ligeramente la cabeza y comenzó a caminar.
Mientras avanzaba por la comisaría, varios agentes levantaban la vista unos segundos antes de volver a sus papeles.
El sonido de los teclados, las llamadas telefónicas y las conversaciones llenaban el edificio.
Al llegar al final del pasillo llamó suavemente con los nudillos.
-Adelante.
Empujó la puerta.
Wakasa levantó la vista de un montón de documentos. Durante un segundo entero se quedó completamente inmóvil.
-Hola-Shinichiro sonrió.
-Hola.
Wakasa seguía mirándolo como si intentara entender qué hacía allí.
-¿Qué haces tú aquí?
Shinichiro cerró la puerta detrás de él. Levantó el táper.
-Traerte comida decente.
Se acercó hasta el escritorio y lo dejó delante de él antes de sentarse en la silla de enfrente con total naturalidad.
Wakasa seguía procesando la situación.
-Ya...-Se pasó una mano por la nuca.
-Pero...qué raro que Breya no me haya avisado-Shinichiro no pudo evitar reírse.
-Le he dicho que era tu novio y que venía a traerte la comida por sorpresa-Wakasa abrió ligeramente los ojos.
-Ah-Shinichiro apoyó un brazo sobre el escritorio.
-Si llego a saber que me ibas a recibir con tanta emoción, habría traído confeti.
Una pequeña sonrisa apareció en la cara de Wakasa.
-Me has pillado por sorpresa.
-Ya veo.
Hubo un breve silencio.
Wakasa miró el táper.
-Gracias por la comida.
-De nada.
Le habría gustado darle las gracias por haber ayudado a Ran y Rindou.
Decirle que sabía perfectamente que había hecho todo lo posible para que el caso se tratara con justicia.
Pero no podía.
Eso significaría admitir que conocía información que nunca debería haber llegado a sus oídos.
Así que simplemente sonrió.
-¿Qué tal la mañana?
Wakasa señaló la montaña de carpetas que ocupaba medio escritorio.
-Papeleo-Shinichiro hizo una mueca.
-Cada vez estoy más convencido de que ser policía es muchísimo menos emocionante de lo que venden las películas.
-Muchísimo menos.
-¿Y llevas toda la mañana con eso?
-Y probablemente toda la tarde también-Shinichiro observó el escritorio lleno de expedientes.
-Pues entonces he llegado en el momento perfecto-Wakasa arqueó una ceja.
-¿Por qué?
-Porque alguien tiene que rescatarte de tanta carpeta...aunque sea durante la hora de la comida.
Wakasa abrió el táper con cuidado.
El olor a la pechuga empanada recién hecha inundó el despacho.
Miró la comida durante unos segundos antes de coger los palillos.
Shinichiro lo observaba con los brazos cruzados, esperando su veredicto.
Wakasa dio el primer bocado.
Masticó despacio.
Luego otro.
Shinichiro seguía sin decir una palabra. Al final fue Wakasa quien levantó la vista.
-¿Vas a seguir mirándome así mucho rato?
-Estoy esperando la crítica gastronómica.
-Pensaba que ya dabas por hecho que cocinabas bien.
-La doy por hecho.
-Entonces, ¿qué esperas?
-Que me lo confirmes-Wakasa soltó una risa por la nariz.
-Está muy bueno-Shinichiro sonrió satisfecho.
-Lo sabía.
-Qué modesto.
-Es uno de mis muchos talentos.
-¿Cuáles son los otros?
Shinichiro empezó a contar con los dedos.
-Cocinar.
-Ajá.
-Caerle bien a la gente-Wakasa levantó una ceja.
-Discutible.
-Ser muy guapo.
-Muy discutible.
-Contar buenos chistes.
Wakasa soltó una breve carcajada.
-Ese sí parece que se te da bien.
Shinichiro apoyó los codos sobre la mesa.
-¿No te molesta lo que le he dicho Breya?.
-No. Pero no lo vuelvas a hacer.
-Recibido señor-Dice y hace un saludo militar.
Casi dos horas después, Shinichiro salía de la comisaría. Conducía con una mano apoyada sobre el volante mientras la otra descansaba junto a la ventanilla abierta.
La conversación había ido mejor de lo que esperaba. Habían hablado de comida, de series, de lo aburrido que podía llegar a ser el papeleo y de cómo Wakasa había terminado riéndose varias veces de sus tonterías.
Aun así...Había habido momentos en los que Wakasa volvía a levantar un muro. Era algo que Shinichiro empezaba a reconocer, cuando la conversación se acercaba demasiado a él, respondía con frases cortas.
Desviaba el tema o simplemente sonreía sin responder realmente a la pregunta. Como si hubiera aprendido hacía muchos años a no dejar entrar a nadie demasiado dentro.
Y luchar contra eso era muy cansado.
"Me alegra saber que alguien lo cuida así."
La había dicho la recepcionista. No sonaba como un comentario cualquiera. Sonaba...Como si conociera a Wakasa desde hacía mucho tiempo.
Como si supiera algo de él.
Algo que Shinichiro obviamente todavía desconocía.
Recordó entonces otra conversación.
Kisaki le había contado que el padre de Wakasa era el ministro del Interior. Un hombre importante, uno de los miembros más influyentes del Gobierno. Cualquiera habría pensado que crecer en una familia así significaba tener una vida perfecta.
Dinero.
Contactos.
Seguridad.
Una educación privilegiada...Pero Shinichiro sabía mejor que nadie que un apellido no garantizaba una infancia feliz. Él mismo había aprendido que una casa podía estar llena...y sentirse completamente vacía.
"Me alegra saber que alguien lo cuida así."
No había dicho:
"Qué suerte tiene de que le traigas comida."
Había dicho...
"Me alegra."
Como si aquello fuera algo que Wakasa necesitara.
A la mañana siguiente, Shinichiro apenas llevaba diez minutos despierto cuando Izana apareció en la cocina con una taza de café entre las manos.
Chifuyu estaba repasando unos papeles sentado en la mesa.
Sanzu fumaba junto a la ventana.
Shion terminaba de preparar otro café.
Izana dejó la taza sobre la encimera.
-Tenemos un problema-Shinichiro levantó la vista de su desayuno.
-¿Qué pasa?
-No podemos seguir así-El tono de Izana era completamente serio.
-Desde que Wakasa lleva la investigación, hemos retrasado cuatro entregas de armas y tres de droga-Shinichiro dejó los palillos sobre el plato.
-Joder...
-Y eso significa perder dinero.
Kisaki apareció por la puerta con una carpeta bajo el brazo.
-Mucho dinero.
La dejó sobre la mesa y la abrió.
Había varias rutas marcadas con rotulador rojo.
-Cada vez que tenemos una sospecha de que puede haber vigilancia, cancelamos el movimiento. Cambiamos vehículos, almacenes y conductores.
Pasó otra hoja.
-No podemos mantener este ritmo mucho tiempo.
Izana cruzó los brazos.
-Necesitamos saber qué sabe la policía-Shinichiro ya intuía hacia dónde iba la conversación.
-¿Y qué quieres que haga?
Izana lo miró directamente.
-Consígueme información-Shinichiro resopló.
-Joder... hago lo que puedo.
-No digo que sea fácil.
-Es que no me habla de la investigación....Y yo no sé cómo sacarle el tema directamente y tan explícitamente.
-Sí sabes.
-No.
-Shinichiro, sí sabes. Puedes hacerlo, no pienses en su te puedes pillar o no. Se tú al completo.
"Sé tú al completo."
Esas habían sido las últimas palabras de Izana antes de marcharse aquella mañana.
Pero la realidad era mucho más complicada de lo que parecía. Si Wakasa no hubiera sido policía...
Probablemente habría intentado besarlo mucho antes. Simplemente porque le gustaba pasar tiempo con él, porque disfrutaba de sus silencios tanto como de sus bromas, por qué le gusta su olor, su voz. Wakasa es una persona muy atractiva.
Suspiró.
Cogió el móvil.
Abrió el chat de Wakasa.
Escribió una frase.
La borró.
Volvió a escribir otra.
La volvió a borrar.
Terminó enviando algo mucho más sencillo.
Shinichiro: ¿Mañana estás libre un rato?
La respuesta no llegó. Shinichiro dejó el móvil sobre la cama y continuó con su día. Horas después volvió a mirarlo.
A las doce en punto, cuando ya estaba convencido de que Wakasa se habría quedado dormido en la comisaría, el teléfono vibró sobre la mesilla.
Wakasa: Perdón. Ha sido un día largo.
Shinichiro sonrió antes de contestar.
Shinichiro: Ya imaginaba.
¿Te apetece venir o no?
El indicador de "escribiendo..." apareció apenas unos segundos.
Wakasa: ¿Comprar qué?
Shinichiro: Si te lo digo deja de tener gracia.
Hubo un pequeño silencio.
Después...
Wakasa: Sí.
Shinichiro no pudo evitar sonreír.
Shinichiro: Perfecto.
¿Te parece a las once?
Wakasa: Me viene bien.
Shinichiro: Te espero en el principio de Cat Street.
Wakasa: Allí estaré.
Shinichiro tardó casi media hora en decidir qué ponerse.
Al final optó por ropa de entretiempo. Una camiseta blanca de manga corta, una sobrecamisa negra abierta, vaqueros azul oscuro, zapatillas blancas y la misma gorra negra de la última vez.
A las once en punto encontró a Wakasa esperándolo junto a la cafetería de la estación. Llevaba una chaqueta fina gris, una camiseta negra y unos vaqueros oscuros.
-Buenos días.
-Buenos días.
Empezaron a caminar juntos por Cat Street. Como era habitual un fin de semana, la calle estaba llena de gente.
Turistas haciéndose fotos.
Grupos de amigos.
Parejas.
Música saliendo de algunas tiendas.
Shinichiro caminaba con las manos en los bolsillos.
-¿Vienes mucho por aquí?-Le pregunta Wakasa
-Cuando necesito comprar ropa.
-Ah.
Shinichiro soltó una risa.
-¿Tú no vienes por aquí a comprar ropa?
-No mucho.
-Eso explica muchas cosas.
Wakasa lo miró de reojo.
-¿Como cuáles?
-Que vistas siempre como un alma en pena.
-Es práctico.
-Es aburrido.
-Es práctico.
-Aburrido.
-Práctico.
Shinichiro terminó levantando las manos.
-Vale, vale. Empate.
Entraron en la primera tienda.
Shinichiro empezó a sacar varias camisetas de una percha.
Una azul.
Una verde oliva.
Una beige.
Se las fue colocando delante del pecho.
-¿Cuál?-Wakasa las observó unos segundos.
-La azul.
-¿Por?
-Te queda mejor.
Shinichiro sonrió.
-Mira qué elegante.
Entró al probador. Cinco minutos después salió con la camiseta puesta.
-¿Y?
Wakasa levantó la vista del móvil. La observó de arriba abajo.
-Sí.
-¿Sí qué?
-Que te queda bien.
-¿Solo "bien"?
-Muy bien.
Shinichiro sonrió satisfecho.
-Ahora sí.
Volvió al probador para cambiarse.
Cuando salió, llevaba una camisa verde abierta sobre una camiseta blanca.
Giró sobre sí mismo exageradamente.
-¿Modelo profesional o no?
Wakasa soltó una pequeña risa.
-Te queda grande.
Shinichiro se miró las mangas.
-Un poco.
-Bastante.
-La moda ahora es así.
-La moda también se equivoca- Shinichiro abrió mucho los ojos.
-No sabía que tenías opiniones sobre moda.
-No las tengo.
-Pues acabas de criticar una camisa.
-He criticado esa camisa.
Shinichiro dejó escapar una carcajada.
-Vale...descartada.
Siguieron recorriendo la tienda.
Esta vez fue Shinichiro quien cogió una chaqueta y se la puso sobre los hombros de Wakasa.
-Pruébatela.
-No necesito otra.
-Eso no es lo que he dicho.
-Paso.
-Porfa.
-No es mi estilo.
-Porfa.
Wakasa suspiró.
-¿No vas a parar hasta que me la pruebe?.
-No.
-Que pesado.
-Muchísimo.
Acabó poniéndose la chaqueta.
Shinichiro dio un paso atrás para observarlo.
-Wooo
Wakasa arqueó una ceja.
-¿Qué?
-Ahora pareces un policía caro.
-¿Hay policías baratos?
-Sí.
-¿Cuáles?
-Los de las series malas.
Wakasa negó con la cabeza mientras se miraba en el espejo.
-No pienso comprarla.
-Pero te queda bien.
-No es mi estilo.
-Tú estilo es el mismo que el de Batman.
Después de recorrer varias tiendas de Cat Street durante casi toda la mañana, Shinichiro terminó llevando un par de bolsas.
No había comprado demasiado.
Un par de camisetas, una sobrecamisa, ropa interior, calcetines, nunca ahí suficientes calcetines.
Y unas zapatillas que Wakasa había terminado convenciéndolo de llevarse después de escuchar durante diez minutos por qué las otras "eran exactamente iguales".
-No eran iguales.
-Eran blancas.
-Estas tienen una raya azul.
-Exacto.
-Eso las hace diferentes.
Wakasa negó con la cabeza.
-Si tú lo dices...
Shinichiro soltó una carcajada.
-No entiendes de moda.
-Ni quiero.
Poco después se detuvieron frente a un edificio de madera decorado con enormes faroles y una llamativa fachada.
Sobre la entrada podía leerse el nombre del local.
Jambo Tsuribune Tsuri-Kichi.
Wakasa levantó ligeramente la cabeza para observarlo.
-¿Aquí?-Shinichiro asintió con entusiasmo.
-Ya verás.
El interior parecía una enorme taberna construida alrededor de un pequeño lago artificial. Había barcas de madera convertidas en mesas y varias personas pescaban directamente desde sus asientos mientras los empleados recorrían el local.
Wakasa se quedó observándolo todo.
-No esperaba esto.
-¿A que es genial?
-Es...diferente.
-Eso significa que te gusta.
-He dicho que es diferente.
-Lo tomaré como un sí.
Los acomodaron en una de las mesas. Después de mirar la carta unos minutos, pidieron varios platos para compartir.
Mientras esperaban, Shinichiro apoyó un brazo sobre la mesa.
No podía ser demasiado directo.
Tenía que sonar como una conversación cualquiera.
-Oye...-Wakasa levantó la vista.
-¿Qué?
-¿Tus padres a qué se dedican?
Wakasa tardó unos segundos en responder.
-Mi padre trabaja para el Gobierno.
Shinichiro procuró que su expresión no cambiara.
Ya lo sabía. Y que Wakasa se lo contará significaba que o confiaba en el o su padre le daba igual.
-¿En serio?
Wakasa asintió.
-Sí.
-¿Y tu madre?
-Dirige una fundación.
-Vaya...-Shinichiro sonrió ligeramente.
-Parece que lo de estar casi las veinticuatro horas del día ocupado te viene de familia.
-Eso parece.
La respuesta fue tan corta que Shinichiro comprendió enseguida que estaba entrando en terreno delicado.
Decidió rodear un poco más el tema.
-Seguro que ibas a un colegio pijo.
-No son para tanto.
-Dice que por lo menos las puertas tienen pestillos-Wakasa suelta una risita
-Eso es verdad
-Y seguro que cuando llegabas a casa te preparaban una buena comida que compensaba un día de aprender escritura de kanjis...
-No lo se.
-¿Qué?
-Que no se si eran ellos los que me preparaban la comida o los sirvientes
-¿Tus padres no...solían estar en casa?
-Lo justo.
-¿Y quién te cuidaba?
-Normalmente el servicio.
Shinichiro sintió un ligero nudo en el estómago.
-Que suerte a mí no me cuidaba nadie.
Shinichiro no pudo quedaras con el en los siguientes días. Wakasa había tenido que irse a casa de sus padres para no se que reunión familiar, pasar tiempo juntos, ver quién tiene novia y quien sigue solter...
Shinichiro: ¿Sabes una cosa?
Wakasa: ¿Cuál?
Shinichiro: Antes pensaba que eras bastante borde.
Wakasa: ¿Antes?
Shinichiro: Ahora se que te pareces más a mí pero desde otro punto de vista.
Wakasa: ¿Supongo que es una mejora?
Shinichiro: Bastante.
🪷
Shinichiro: Vaya día de mierda estoy teniendo.
Wakasa: coge las llaves del coche, móntate en el y metete en la autovía con la música que más te guste de fondo.
Shinichiro:¿Sin rumbo?
Wakasa: Sí.
🪻
Wakasa:Hola
Shinichiro: Hombreeeeeee.
Pensaba que te habías olvidado de mí.
Wakasa: Eso es imposible.
Shinichiro: ¿Puedo confesarte una cosa?
Wakasa: Adelante.
Shinichiro: Hay días en los que espero tus mensajes.
Pasaron varios minutos. Shinichiro empezó a pensar que quizá había dicho demasiado.
Entonces el móvil vibró.
Wakasa: Yo también espero los tuyos.
Shinichiro: ¿En serio?
Wakasa: Sí.
🥀
Shinichiro: ¿Qué hacéis en esas reuniones?
Wakasa: Comer.
Shinichiro: Normal.
Wakasa: Hablar de trabajo.
Shinichiro: Menos normal.
Wakasa: Hablar de política.
Shinichiro: Ya me he cansado solo de leerlo.
Wakasa: Yo llevo tres horas.
Shinichiro: Mándame una foto.
Wakasa: ¿Para qué?
Shinichiro: Quiero comprobar que no estás secuestrado.
Un minuto después llegó una fotografía. Solo aparecía un plato perfectamente colocado, una copa de agua y el borde de una mesa enorme.
Shinichiro: Eso demuestra que el plato está secuestrado.
Wakasa: Es lo único que puedo fotografiar sin que mi madre me mire.
Shinichiro: ¿Da miedo?
Wakasa: Bastante.
Shinichiro: ¿Y tu padre?
Wakasa: Acaba de preguntar qué planes tengo para los próximos diez años.
Shinichiro: Yo todavía estoy pensando qué voy a cenar mañana.
Wakasa: Ojalá esa fuera la conversación.
Shinichiro: ¿Puedes escaparte?
Wakasa: No.
Shinichiro: ¿Seguro?
Wakasa: Estoy sentado entre mis padres.
Shinichiro: Vale... complicado.
Wakasa: Bastante.
Lunes
Shinichiro: Buenos días.
Cinco minutos después.
Wakasa: Buenos.
Shinichiro: ¿Cómo va el cautiverio?
Wakasa: Mi madre me ha despertado a las siete porque "ya era hora de aprovechar el día".
Shinichiro: ...
Shinichiro: Son vacaciones.
Wakasa: Intenta explicárselo.
🪐
Shinichiro: Hoy me he acordado de ti
Wakasa: ¿Por qué?
Shinichiro: He visto una chaqueta gris.
Wakasa: Tengo más colores.
Shinichiro: Enuméralos.
Wakasa: Gris oscuro.
Gris claro.
Negro.
Shinichiro: Gracias por demostrar mi teoría.
🌼
Shinichiro: ¿Qué haces ahora?
Wakasa: Mi padre quiere jugar al golf.
Shinichiro: ¿Te gusta el golf?
Wakasa: No.
Shinichiro: Entonces, ¿por qué vas?
Wakasa: Porque no era una pregunta.
🪴
Shinichiro: ¿Qué ha sido lo mejor del día?
Wakasa: Que ya casi ha terminado.
Shinichiro: Muy optimista.
Wakasa: También hablar contigo.
Shinichiro: Eso mejora bastante la respuesta.
🌙
Shinichiro: Hoy alguien me ha preguntado si tenía pareja.
Wakasa: ¿Y qué has contestado?
Shinichiro: Que no.
Wakasa: Bien.
Shinichiro: ¿Solo "bien"?
Wakasa: Era la respuesta correcta.
Shinichiro: Pensaba que ibas a preguntar quién.
Wakasa: No me hace falta.
Shinichiro: ¿Cómo que no?
Wakasa: Porque sé que luego me lo habrías contado igualmente.
Shinichiro: Vale, eso también es verdad.
Martes
Shinichiro: Acabo de comer el peor ramen de mi vida.
Wakasa: Exageras.
Shinichiro: No.
Shinichiro: Creo que el caldo me ha pedido perdón.
Wakasa: 😂
Shinichiro se quedó mirando la pantalla.
Shinichiro: ¡HAS USADO UN EMOTICONO!
Wakasa: No te acostumbres.
🍃
Shinichiro: Estoy convencido de que tu padre nunca dice tonterías.
Wakasa: Correcto.
Shinichiro: Qué agotador.
Wakasa: Bastante.
Shinichiro: El mío una vez quiso arreglar una tostadora con un martillo.
Wakasa: No sé cuál de los dos extremos da más miedo.
🪶
Shinichiro: ¿Qué haces?
Wakasa: Tomando té con mi abuela.
Shinichiro: Eso suena mucho mejor que el golf.
Wakasa: Ella sí me deja hablar.
Shinichiro: Me cae bien tu abuela y no la conozco.
❄️
Shinichiro: ¿Has salido de casa hoy?
Wakasa: Al jardín.
Shinichiro: Eso no cuenta.
Wakasa: Técnicamente sí.
Shinichiro: Técnicamente eres muy pesado.
Wakasa: Lo aprenderás a aceptar.
Miércoles
Shinichiro: Hoy he visto una camisa horrible.
Wakasa: ¿La has comprado?
Shinichiro: Sí.
Wakasa: Lo suponía.
Shinichiro: ¿Cómo lo sabes?
Wakasa: Te conozco.
Shinichiro sonrió al leer esas dos palabras.
"Te conozco."
🧩
Shinichiro: Acabo de acordarme de una cosa.
Wakasa: Dime.
Shinichiro: Nunca te he visto enfadarte de verdad.
Wakasa: Mejor.
Shinichiro: ¿Tan malo es?
Wakasa: Pregúntale a mis compañeros.
Shinichiro: Ahora tengo curiosidad.
Wakasa: Quédate con la duda.
🌪️
Shinichiro: ¿Qué haces?
Wakasa: Leyendo.
Shinichiro: Qué raro.
Wakasa: Lo dices como si normalmente estuviera escalando edificios.
Shinichiro: No lo descartaría.
🌷
Shinichiro: Estoy empezando a pensar que comes demasiado sano.
Wakasa: Y tú demasiado mal.
Shinichiro: Un equilibrio perfecto.
Wakasa: No funciona así.
Shinichiro: Déjame vivir en mi ignorancia.
🪶
Shinichiro: Acabo de ver un perro que se parecía a ti.
Wakasa: ¿Eso era un cumplido?
Shinichiro: Sí.
Wakasa: Explícalo.
Shinichiro: Era tranquilo, elegante y miraba a todo el mundo como diciendo "Asco".
Wakasa:Podría ser yo si reencarnará.
🌾
Shinichiro: ¿Te queda mucho ahí?
Wakasa: Un par de días.
Shinichiro: Menos mal.
Wakasa: ¿Se te está haciendo largo?
Shinichiro: Bastante.
Wakasa: A mí también.
Jueves
Shinichiro: ¿Has conseguido descansar algo?
Wakasa: He dormido la siesta.
Shinichiro: ¡Milagro!
Wakasa: Mi madre me encontró dormido en el sofá.
Shinichiro: ¿Y?
Wakasa: Me tapó con una manta.
Shinichiro: Eso es adorable.
Wakasa: No se lo digas a nadie.
Shinichiro: Ya es demasiado tarde.
Wakasa: ¿Qué has hecho?
Shinichiro: Se lo he contado a una paloma.
Wakasa: Entonces aún estamos a tiempo.
Viernes
Shinichiro: Estoy aburrido.
Wakasa: Busca un hobby.
Shinichiro: Ya lo tengo.
Wakasa: ¿Cuál?
Shinichiro: Escribirte.
Wakasa: Que bien.
Shinichiro: Has tardado casi cinco minutos para responde eso.
Wakasa: Me gusta hacerme el interesante.
Shinichiro: Puuufff
odio a los chulos.
Wakasa: Seguro que porque toda tú vida has salido con tíos de mierda
Shinichiro: Quizas.
Wakasa:Eso es un sí
Sábado
Shinichiro: ¿Ya vuelves mañana?
Wakasa: Sí.
Shinichiro: Bien.
Wakasa: ¿"Bien"?
Shinichiro: Se me estaba haciendo raro no poder verte.
Hubo un largo silencio.
Mucho más largo de lo habitual.
Cuando el móvil vibró, Shinichiro abrió el chat casi al instante.
Wakasa: A mí también.
Domingo por la noche
Shinichiro: ¿Maleta hecha?
Wakasa: Sí.
Shinichiro: ¿Con ganas de volver?
Wakasa: Sí.
Shinichiro: ¿Al trabajo?
Wakasa: También.
Shinichiro: ¿Y qué más?
Wakasa tardó casi un minuto en responder.
Wakasa: Echo de menos nuestras salidas.
Shinichiro sonrió tanto que tuvo que apartar el móvil de la cara.
Shinichiro: Pues habrá que ponerle remedio a eso.
Wakasa: Me parece un buen plan.
La noche de su cumpleaños había sido un caos.
Izana había organizado una celebración con toda la organización. Había música, alcohol, comida y demasiadas personas hablando al mismo tiempo.
Wakasa no había podido ir.
Tenía guardia.
Y, aunque Shinichiro había dicho varias veces que no pasaba nada, la verdad era que le habría gustado que estuviera allí. Por eso, al día siguiente, decidió celebrar un segundo cumpleaños.
Muchísimo más pequeño.
Solo para los dos.
Compró una pequeña tarta de vainilla con nata porque recordaba que Wakasa le había dicho una vez que era su sabor favorito. También pasó por una tienda especializada para comprar el vino que, semanas atrás, Wakasa había mencionado durante una conversación.
Y eso era suficiente.
A las ocho en punto sonó el timbre.
Shinichiro abrió la puerta.
-Feliz cumpleaños...con un día de retraso-Wakasa sostenía una pequeña bolsa de regalo.
-Gracias.
-Lo siento por no poder venir ayer.
-Te dije que no pasaba nada.
-Lo sé.
Wakasa entró en el piso mientras se quitaba la chaqueta. No tardó en fijarse en la pequeña tarta colocada sobre la mesa del salón. Después miró la botella de vino.
Y volvió a mirar a Shinichiro.
-¿Es el que me gusta?
Shinichiro sonrió.
-Creo que sí...O eso espero.
Wakasa cogió la botella y leyó la etiqueta. Una sonrisa muy discreta apareció en su rostro.
-Has acertado.
-Menos mal.
-No esperaba que te acordaras.
-Tengo buena memoria para algunas cosas.
-Ya veo.
Encendieron la única vela que llevaba la tarta. Shinichiro sopló entre risas.
-Creo que soy demasiado mayor para esto.
-Cumples dieciocho.
-Precisamente.
-Sigues siendo joven.
-Eso lo dices porque tú eres mayor.
-Dos años no son tantos.
-Cuando tienes dieciocho sí.
Los dos rieron. Después cortaron la tarta, sirvieron un par de copas de vino y terminaron acomodándose en el sofá.
No pusieron ninguna película.
No hacía falta.
El salón estaba iluminado únicamente por una lámpara de pie, creando un ambiente tranquilo
Shinichiro dio un pequeño sorbo a la copa.
-¿Qué tal tu día?
Wakasa apoyó un brazo sobre el respaldo del sofá antes de responder.
-Largo.
-¿Mucho trabajo?
-Bastante papeleo. Un par de declaraciones. Y una reunión que podría haber sido un correo.
Shinichiro soltó una carcajada.
-Que día más intenso.
-Sí...Casi no sobrevivo
-Si me hubieras llamado hubiera ido a tú rescate.
Hubo un pequeño silencio.
Wakasa giró ligeramente la copa entre los dedos.
-¿Y tú qué tal?
-Mucho mejor que ayer.
-¿Ah, sí?
-Sí.
-¿Por qué?
-Porque ayer celebré mi cumpleaños y hoy puedo celebrarlo contigo.
Shinichiro rio, un sonido bajo que reverberó en el pecho. Bueno, era hora de dar otro paso en el plan. Se deslizó más cerca del alfa en el sofá, Wakasa no retrocedió. Al contrario, se le quedó mirando con esos ojos color violeta que a Shinichiro le costaba tanto descifrar. Había algo ahí, siempre había estado: una mezcla peligrosa de advertencia y deseo contenido.
Lo que Wakasa no sabía era lo que había dentro del vino. Shinichiro observó la copa medio llena sobre la mesa de centro, el líquido rojo oscuro reflejando la luz tenue de la habitación. Había bebido porque necesitaba sentirse menos culpable, menos consciente de lo que estaba a punto de hacer, de la línea que estaba a punto de cruzar.
Se estiró, el movimiento lento, deliberado, y besó sus labios.
Fueron segundos eternos. El contacto cálido, el sabor del vino en la boca de Wakasa, la tensión de su mandíbula cediendo por un instante antes de que la razón volviera.
Wakasa se apartó de golpe.
-No, no, no...-soltó la copa, el cristal chocando contra la madera con un ruido sordo. Se pasó las manos por la cara, frotándose los ojos como si pudiera borrar la escena-No.
El alfa y él ya estaban sintiendo los efectos. Era sutil al principio, un calor difuso en las extremidades, una ligereza en la cabeza, los pensamientos volviéndose más lentos, más...maleables.
Shinichiro apartó las manos de la cara de Wakasa con suavidad, obligándolo a mirarlo.
-Wakasa-dijo, y su voz sonó extraña, distante, como si alguien más hablara por él-Sé reconocer el deseo en los ojos de un hombre.
Se volvió a inclinar, invadiendo su espacio, susurrando contra su mandíbula:
-Sé que te gustó.
-Shin...-Wakasa cerró los ojos, respirando hondo, luchando contra la niebla que se apoderaba de su cerebro-No...no podemos.
-¿Pero quieres?
El silencio se extendió, denso, cargado de electricidad y culpa.
Shinichiro sintió la droga hacerle bailar los pensamientos, volviéndolos líquidos, borrosos en los bordes. Pero se mantuvo quieto, esperando, observando la guerra interna que se libraba en el rostro del policía.
Wakasa abrió los ojos. Estaban vidriosos, dilatados, la pupila casi devorando el iris violeta.
-Joder...-suspiró, derrotado-Sí... pero no puedo.
-Eres mi amigo...
-Y también el policía que os está investigando-Wakasa soltó una risa amarga, sin humor+El que debería estar leyéndote tus derechos, no...
-¿Entonces por qué no te vas?-
Shinichiro desafió, sabiendo la respuesta, necesitando oírla en voz alta.
Wakasa lo miró y lo que había en su expresión era deseo crudo, desesperación, la necesidad de rendirse a algo que llevaba meses conteniendo.
-Porque no puedo-dijo, y se inclinó hacia adelante, agarrando la nuca de Shinichiro con una fuerza que rozaba el dolor-Y vuelve a besarme.
Esta vez no hubo retirada.
Sus cuerpos se presionan juntos en una línea continua de calor y tensión. Wakasa hunde su rostro contra el hombro y la garganta del omega, aspirando ese dulce aroma que solo Shinichiro posee, ese perfume embriagador que le nubla el juicio. Sube despacio, dejando un rastro de besos húmedos, hasta que sus labios encuentran los de Shinichiro.
Lo besa de una manera posesiva y lenta, robándole el aliento como quien reclama un tesoro.
Shinichiro se crispa cuando Wakasa recorre su garganta con la lengua, dejando su piel de gallina, un estremecimiento que recorre toda su columna. Gruñe bajo cuando le mordisquea el hombro, pero Wakasa no se detiene ahí. Sigue bajando, trazando la clavícula con la punta de la lengua, mordisqueando cada centímetro de piel expuesta hasta llegar y vuelve a su oreja.
-Mío-ronronea contra su piel.
Envuelve sus brazos alrededor del omega y tira de él más cerca de su pecho. Shinichiro da un sobresalto.
El alfa hunde una mano en su pelo azabache, agarrándolo firmemente por la nuca. Siente cómo tira hacia abajo, obligándolo a mirarlo. Sus miradas se encuentran durante unos segundos eternos, un choque de gris y violeta cargado de electricidad, antes de que Wakasa aplaste sus labios contra los suyos.
El beso envía una punzada de deseo directamente por su espina dorsal. Shinichiro intenta recordar por qué esto es una mala idea, por qué debería detenerse, pero el aroma del alfa le nubla la mente, esos ojos violetas que brillan con lujuria desenfrenada le hacen seguir.
Pero esto es lo que el lleva buscando meses.
Wakasa no sabe qué responder. Es adorable, su alfa, quiere seguir. El omega debajo de él pide atención con gemidos ahogados. Sus labios se vuelven a juntar en un beso lento y encantador.
Oh...
¿Qué era lo que no tenía que hacer?
El beso continúa mientras la ropa sigue esparciéndose por la habitación, prendas abandonadas que caen sin orden ni concierto.
Su propia mente se ha apagado, quedando reemplazada solo por el latido de su propio corazón, por el deseo ciego que no le permite pensar que lo que hace está mal. Quiere más. Así que muerde los labios de Shinichiro bruscamente, haciéndolo abrir la boca a la fuerza, introduciendo su lengua dentro para saborearlo por fin, gimiendo contra su boca cuando consigue lo que anhelaba.
Se arrastra hacia abajo, quedando entre las piernas del omega. Su lengua saborea el interior de uno de sus muslos, subiendo despacio, provocando. Shinichiro emite un gemido bajo que hace que Wakasa se hunda más en su piel pálida. Cierra los ojos y enseña los dientes, mordisqueando la piel del menor con una ferocidad contenida.
Un pensamiento intrusivo llega a su mente: quiere morder con fuerza, dejar una marca que le dure días, una señal visible de que esto ocurrió, de que Shinichiro es suyo. Pero rápidamente lo ignora, demasiado absorto en el momento presente.
El omega delante de él es perfecto. Absolutamente perfecto. Sus piernas tiemblan ligeramente desde donde sujetan sus caderas, instándole a continuar. Wakasa se inclina hacia adelante y cubre el eje endurecido de Shinichiro con su boca, chupándolo con una lentitud que es tortura.
Su boca es ferviente, hambrienta por él. Escucha los gemidos que brotan de la garganta del azabache, sonidos ahogados que lo llenan de satisfacción por estar haciendo un buen trabajo. Gira su lengua alrededor de la punta, saboreando el pre que ya gotea. Shinichiro siente que está empapando las sábanas, que su cuerpo se deshace bajo esas acciones. Aprieta las sábanas a los lados de su cabeza, cerrando los ojos con fuerza, perdido en la sensación.
Wakasa desliza un dedo húmedo dentro de él.
Shinichiro gime, arqueándose. Un segundo dedo se une al primero, estirándolo, tijereando suavemente. Luego un tercero, entrando con la misma facilitad escandalosa. Los dedos giran y se extienden curiosamente, buscando, encontrando...
¡Oh Dios, oh Dios!
Nuevas sensaciones inundan su estómago como un torbellino. Siente que se va a volver loco, sus sentidos se nublan espectacularmente, olvidándose de por qué está ahí, de quién es, de todo. Grita cuando un cuarto dedo entra, llenándolo completamente. Trata de recuperar el aliento, ignorando los labios que han dejado su miembro y ahora están presionando besos contra sus caderas, su vientre, intentando calmarlo mientras lo preparan para algo más grande.
Wakasa devuelve su atención al miembro del contrario, pero solo por un momento. Porque cuando esos dedos amenazantes encuentran su próstata, la espalda de Shinichiro se arquea violentamente y emite un gemido estrangulado ante la descarga de placer que corre por su columna vertebral como electricidad pura.
Su sabor es embriagador y Wakasa está tan absorto, tan perdido en la sensación, el sabor y los sonidos de él, que cuando el omega llega al clímax, cuando su cuerpo se tensa y libera sobre su lengua, solo siente los dedos de Shinichiro en su pelo, tirando de su cabeza hacia atrás, alejándolo de él.
Wakasa levanta la mirada confundido, los labios hinchados, los ojos vidriosos. ¿Quería que se detuviera? ¿Ya era suficiente?
Pero escucha los gemidos que aún escapan de entre los labios de Shinichiro, ve sus ojos deslizarse por su cuerpo, tembloroso por el reciente orgasmo. Los dedos del omega se enroscan en su cabello rubio, y mientras sus uñas arañan su cuero cabelludo, algo parece hacer clic en la mente de Wakasa.
Su pecho vibra contra el del omega cuando un gruñido se le escapa, animal, posesivo. Agarra con fuerza las caderas del menor mientras juega con su húmeda entrada, ahora relajada, abierta para él. El pecho de Shinichiro sube y baja con fuerza, jadeante, expectante. Siente cómo Wakasa coloca su cuerpo en la posición que desea, cómo se alinea contra él, los ojos entrecerrados y brillosos por la lujuria.
Siente cómo se empuja en su calor húmedo, entrando despacio, centímetro a centímetro, haciendo que sus párpados se cierren de pura felicidad. Presionando justo dentro de él, Wakasa mece sus caderas lentamente, enfocándose solo en la sensación del cuerpo contrario tragándolo, rodeándolo con su apretado y húmedo calor.
Se mueve con más constancia, presionando más dentro del azabache. Nada se compara con la visión de Shinichiro arqueándose contra él mientras se desliza dentro de él una y otra vez. Nada suena tan extraordinario como los jadeos suaves y apretados que escapan de sus labios cuando está completamente dentro, llenándolo.
Se queda quieto por un momento, simplemente disfrutando de la forma en que el cuerpo del omega se ajusta a él, con un empuje largo y lento se desliza hacia afuera y hacia adentro nuevamente, observando cómo la boca del menor se abre en un gemido silencioso de placer.
Una y otra vez, se mueve, aumentando el ritmo, hasta que sus embestidas se vuelven más fuertes y rápidas. Shinichiro está gritando, una y otra vez, mientras siente su propio orgasmo enroscarse más fuerte dentro de él. La espalda del omega se arquea, superado por la tensión, su cuerpo se sacude una, dos veces, llegando al clímax de manera gloriosa por segunda vez, mientras Wakasa presiona una última vez tan adentro como puede, encontrando su propia liberación con un gruñido ronco.
Shinichiro trata de regular su respiración mientras el alfa sale de su interior y se deja caer encima de él, pesado, caliente, perfecto. Lleva una de sus manos hacia la nuca del contrario y la acaricia suavemente, sintiendo el ronroneo satisfecho que vibra contra su pecho.
-Mío...-murmura Wakasa de nuevo, esta vez contra su cuello, y cierra los ojos.
A las nueve de la mañana, Shinichiro se despierta completamente solo.
La luz que entra por la rendija de las cortinas es gris, anodina, demasiado cruda para lo que siente en el pecho. Se incorpora despacio, el cuerpo dolorido en lugares que antes eran solo suyos, y mira al lado de la cama.
Vacío.
Las sábanas están frías, arrugadas, con la forma hueca de un cuerpo que ya no está. No hay nota, no hay mensaje. Solo el silencio de una casa que de repente se siente demasiado grande.
Tarda unos segundos en procesarlo. La noche anterior vuelve en fragmentos borrosos: el vino, la droga, los besos, la forma en que Wakasa se rindió finalmente. Y luego nada. ¿Se durmió? ¿Se desmayó? ¿Wakasa se fue en algún momento de la madrugada sin despedirse?
Se sienta en el borde del colchón, desnudo, con la cabeza entre las manos. El teléfono está en la mesita de noche. Lo alcanza con dedos temblorosos y abre el chat del grupo.
Shinichiro: Quedamos en el piso de Izana a las once. Es importante.
Deja el teléfono y se deja caer de nuevo sobre la cama. Los minutos pasan. Tira de las sábanas, las arruga entre sus dedos, las huele. Aún queda el aroma de Wakasa impregnado en la tela, ese olor específico que mezcla colonia y algo más dulce, más íntimo. Lo inhala una vez, dos, antes de darse cuenta de lo patético que es.
¿Cómo se sentirá ahora? La pregunta le golpea el pecho como un puñetazo.
Wakasa despertó sobrio, eso lo sabe. Despertó con la claridad de la luz del día y la memoria intacta de todo lo que ocurrió. Despertó siendo policía, siendo el hombre que los investiga.
Shinichiro cierra los ojos con fuerza, como si pudiera borrar la imagen de Wakasa abriendo los ojos esta mañana y mirándolo con horror. O peor, con indiferencia. Con la certeza de que Shinichiro es exactamente el monstro que él sospechaba.
El teléfono vibra.
Izana: Aquí espero.
Hanma:Estoy cagando.
Senju:Pues cuando acabes.
Hanma:¿Y si muero?
Senju: No puedes morir haciendo caca
Hanma: Si se puede si aprietas mucho.
Senju: Pues así tienes que estar estreñido.
Kisaki:Sois idiotas
Koko:En camino.
Rindou:Que pereza.
Nadie menciona a Wakasa.
Shinichiro deja el teléfono boca abajo sobre la almohada y se queda mirando el techo, preguntándose si alguna vez volverá a verlo. Si Wakasa aparecerá con esposas en lugar de sonrisas. Si anoche fue el final de todo, no solo de una noche.
Se levanta finalmente, obligándose a moverse, a vestirse, a fingir que es un día normal.
Pero en el espejo del baño, mientras se cepilla los dientes, ve las marcas en su cuello. Los moretones en sus caderas. Y sabe, con una certeza que le enferma el estómago, que no hay vuelta atrás.
Izana abre la puerta y examina a Shinichiro de arriba abajo antes de dejarlo pasar.
-Buenos días-dice.
Shinichiro entra hacia el salón, intentando mantener la espalda recta, el paso firme.
Ran está tirado en el sofá, fumando junto a la ventana abierta. Levanta la vista y suelta una carcajada que corta el aire.
-Wooo-exhala el humo-¿Qué te ha picado en el cuello? ¿Un vampiro hambriento?
Shinichiro se lleva la mano instintivamente a la garganta, cubriendo las marcas. Se sienten calientes bajo sus dedos, recientes, vergonzosas.
-Se ha pirado sin decir nada-
murmura, sentándose en el borde del sillón.
Chifuyu, que está en el suelo jugando con la consola, ni siquiera levanta la vista.
-Normal-dice, absorto en la pantalla-Si me drogan y me follan, yo también me largo antes del amanecer.
-El no sabe que estába drogado.
-Pero se habrá despertado desorientado y sin entender una mierda.
Hanma entra desde la cocina con una taza de café humeante. Se apoya en el marco de la puerta, sonriendo con esa expresión burlona que siempre lleva.
-¿Le echaste la dosis que te dijimos?
-Sí.
Izana se sienta frente a él, cruzando las piernas con elegancia. Sus ojos son fríos, analíticos.
-Es lo normal-dice, encendiendo un cigarrillo-Tiene que estar rayadísimo. Despertar sobrio después de todo...debe haberse asustado.
Takemichi, que hasta ahora había estado callado en la esquina, se incorpora.
-Eso es seguro-murmura-Él no quería tocar a Shinichiro. Era obvio que le gustaba, pero se resistía por el trabajo.
Shinichiro levanta la vista, sorprendido.
-Anoche me confesó que le gustaba... -dice-Pero que no podía pasar nada. Que era policía, y que nos investigaba.
Hanma ríe, un sonido seco.
-Y al final acabó pasando.
El silencio se instala, pesado. Shinichiro se levanta de repente, el movimiento brusco.
-¿Dónde están las pastillas anticonceptivas?-Izana deja de fumar.
-En el primer baño-dice, lento-¿Se corrió dentro?
Shinichiro ya está caminando hacia el paso, la espalda rígida.
-¿En serio quieres detalles?
-No-la respuesta de Izana es inmediata, casi violenta-No quiero saber nada.
Shinichiro desaparece por el pasillo. Los demás se miran entre ellos, el humo flotando en el aire estancado, y por primera vez hay algo incómodo en la habitación, algo que no se atreven a nombrar.
Kisaki
La negociación había ido bien. Demasiado bien, sospechaba Kisaki, pero los italianos habían firmado sin poner demasiadas pegas, quizás impresionados por su precario italiano o por la presencia imponente de Hanma sonriendo en silencio junto a la puerta.
-No sabía que se te daba tan bien el italiano.
-Tengo secretos.
-¿Cuantos idiomas sabes?
-Es secreto.
-Ooooh vamos.
-Adivinalo tú.
Ahora, en el trayecto de vuelta, la autopista se extendía vacía bajo un cielo gris. Hanma condujo durante kilómetros sin hablar, los dedos tamborileando distraídamente sobre el volante, hasta que señalizó hacia un área de descanso prácticamente desierta.
-¿Qué haces?-preguntó Kisaki, sin levantar la vista del móvil.
-Necesito estirar las piernas-mintió Hanma, deteniendo el coche en el apartado más alejado del aparcamiento-¿Que vas a querer?
-No se una alitas y patatas
-¿Y de beber?
-Agua.
Cuando Hanma volvió con sus comidas se las paso a Kisaki y se inclinó hacia el salpicadero, ajustando el móvil que Kisaki había colocado sobre el imán de los aires.
Y se empezaron a repartir la comida para d es pues empezar a comer. La serie que seguían-un drama carcelario que ninguno admitía ver en público-comenzaba justo donde la habían dejado.
-El de la celda cuatro-dijo Hanma de repente, recostándose en su asiento-Ese es el mejor personaje-Y le dio un mordisco a su hamburguesa.
Kisaki frunció el ceño, sin apartar los ojos de la pantalla.
-Estás loco. Es un manipulador sin escrúpulos.
-Precisamente-sonrió Hanma, volviéndose hacia él con esa expresión perezosa que siempre precedía a la provocación-Por eso es el mejor. Mientras tu favorito, el abogado idealista...
-Es el único con moral en toda esa mierda de serie.
-La moral es aburrida, Kisaki-Hanma bajó la voz, casi un murmullo-Lo que mola es ver cómo el malo gana, cómo se sale con la suya, cómo hace lo que quiere sin pedir perdón.
Kisaki sintió el peso de la mirada de Hanma más allá del reflejo de la pantalla. El coche era demasiado pequeño de repente, el aire demasiado denso.
-Cierra el pico-dijo, pero sin convicción.
Hanma rio, bajo, y estiró el brazo, dejando la mano sobre el reposacabezas del asiento de Kisaki, los dedos rozando casi imperceptiblemente su cuello.
-Te enfadas cuando digo la verdad-murmuró-Por eso te gusta ese personaje. Porque te recuerda a ti. A cómo te gustaría ser.
-No puedes decirme eso sabiendo lo que hago.
-Pero es lo que te gusria ser.
Kisaki finalmente levantó la vista. Los ojos de Hanma brillaban con algo que no era solo diversión.
-Y tú-dijo Kisaki, lento-eres exactamente como el de la celda cuatro.
-¿Encantador?-Hanma arqueó una ceja, fingiendo sorpresa-Me halagas.
-No era un cumplido.
-Para mí sí.
En la pantalla, los presos discutían en el patio. Fuera, el aparcamiento permanecía vacío, indiferente a la conversación que se desarrollaba en el coche oscuro, a la tensión que crecía entre los asientos delanteros, a la mano de Hanma que seguía allí, quieta, esperando.
Chifuyu
Revisaba el contenido de su pequeña mochila por tercera vez en el vagón del metro.Todo en orden. Ajustó las correas y se puso de pie cuando el altavoz anunció su parada.
El hotel era más pequeño de lo que esperaba, una fachada discreta entre talleres mecánicos y locales cerrados. Consultó el mensaje en su teléfono, confirmando la dirección.
-¿Aquí es?-Penso-Debe ser famoso para quedar en un lugar tan apartado.
En recepción, pidió las llaves de la habitación que el alfa había reservado. El recepcionista ni siquiera levantó la vista de su revista. Tomó el ascensor, el cual tenía un panel de cristal trasero que dejaba ver el mecanismo de cables y poleas. Cuando se detuvo, bajó por un pasillo de moqueta desgastada, observando lo rústico del lugar: vigas de madera expuestas, lámparas de latón oxidadas, una atmósfera de decadencia elegante.
Introdujo la llave en la cerradura de la habitación 304.
El interior contrastaba con el pasillo. Rústico pero con toques lujosos: una cama con dosel de madera oscura, sábanas de alto gramaje, una alfombra persiana sobre el suelo de parquet. Olía a cedro y algo más dulce, vainilla tal vez.
-Oh...hola-dijo una voz desde el rincón.
Chifuyu giró la cabeza. El alfa estaba junto a la ventana, vestido con vaqueros oscuros y una camiseta blanca que marcaba la musculatura de sus hombros. Su cabello azabache caía desordenado sobre la frente, y sus ojos...Chifuyu tuvo que contener el aliento. Eran de un color ámbar intenso, casi dorado bajo la luz tenue.
-Hola-respondió, con una sonrisa
El alfa se acercó, extendiendo la mano.
-Baji. Tú debes de ser...
-Tú acompañante.
-Puedes dejar ahí tus cosas-dijo Baji, señalando una percha de madera tallada junto a la puerta.
Chifuyu colgó la mochila, mentalmente repasando el protocolo. Bien, toca follar y luego robar. Tenía la droga escondida en el bolsillo interior de su chaqueta. Un compuesto rápido, indoloro, que borraría los últimas horas de la memoria del alfa. Lo suficiente para vaciar la caja fuerte que seguramente había en la habitación y desaparecer antes de que despertara.
-Antes de empezar-dijo Baji, interrumpiendo sus cálculos-te diré que yo tengo ciertos...gustos específicos.
Chifuyu se giró, manteniendo la expresión neutra.
-Emm, vale. No hay problema.
-¿No?-Baji pareció genuinamente sorprendido-Es que cuando contrato este tipo de servicios, cuando les digo lo que me gusta, suelen negarse. O se asustan.
-Tranquilo-Chifuyu se quitó la chaqueta, colgándola con cuidado de modo que la droga quedara accesible-No tengo problema.
-Wou, que chico tan valiente.
-En está vida no me ha quedado más remedio.
-¿Y si yo fuera un asesino?
-Hay más probabilidades de que lo sea yo.
Baji estudió su rostro durante unos segundos. Luego sonrió, una expresión que transformó por completo su aspecto, haciéndolo parecer más joven.
-Genial-dijo-Antes de ir a la habitación, te invito a tomar algo. ¿Whisky? ¿Vino?
-No bebo alcohol cuando trabajo.
-Entonces una Coca-Cola-insistió Baji, dirigiéndose hacia la pequeña cocina americana-Tengo las de botella de cristal, las buenas.
Chifuyu aceptó el vaso frío, agradecido. El azúcar le ayudaría a mantenerse alerta.
-Pensaba que eras más alto-comentó Baji, apoyándose en la encimera, observándolo con curiosidad.
-No empiezas bien si te metes con mi altura-replicó Chifuyu, dando un sorbo a la bebida.
-Oh...lo siento-Baji se acercó, invadiendo su espacio personal hasta que sus cuerpos casi se rozaron. Chifuyu quedó atrapado contra la encimera, el mármol frío en su espalda, el calor del alfa en su frente-No era mi intención ofenderte.
-No lo sientas-dijo Chifuyu, y antes de poder contenerse, llevó una mano hacia el pelo azabache del otro, apartándoselo de la frente y colocándolo detrás de la oreja. Acarició la mejilla de Baji con el pulgar, una intimidad que no estaba en el guion-Cosas peores me han dicho.
-Espero que no sea contra tú físico.
-Te sorprenderías.
-Seguro que la mitad simplemente era para hacer daño.
-Desde luego lo consiguieron.
El alfa se inclinó y besó sus labios.
Fue un beso lento, exploratorio, como quien saborea algo preciado. Baji se dejó llevar por el dulce olor del omega, pegando su cuerpo lo más posible al de Chifuyu, una mano en su cintura, la otra en su nuca.
-¿Me vas a dejar acabar la Coca-Cola?-preguntó Chifuyu contra sus labios, intentando mantener el control de la situación.
-No creo-murmuró Baji, volviéndolo a besar con más hambre esta vez.
Chifuyu dejó caer el vaso sobre la encimera, el líquido oscuro derramándose en un charco que nadie limpiaría. Enroscó sus brazos sobre los hombros de Baji y dio un salto, haciendo que el alfa lo cargara por debajo de los muslos. Se besaron mientras atravesaban la habitación, tropezando con la alfombra, riendo contra la boca del otro.
Gustos.
Chifuyu había visto de todo en este trabajo. Clientes que querían que se disfrazara de enfermera, de policía, de colegiala. Otros que solo querían hablar, que lo abrazaran mientras lloraban por sus ex. Algunos que querían que les gritara, que les pegara, que les humillara.
Pero esto...esto era nuevo.
Estaba tumbado sobre la cama, completamente desnudo, las muñecas atadas al cabecero de madera con cuerdas de algodón suave que no lastimaban pero que no cedían ni un milímetro. Tenía los ojos vendados con el pañuelo de seda negra que había traído en su propia mochila, un detalle que le hizo sentirse extrañamente vulnerable.
Las manos de Baji recorrían su cuerpo con una lentitud exasperante, como si quisiera memorizar cada centímetro de piel, cada curva, cada vello.
-¿Sabes algo?-susurró Baji contra el hueco de su cuello, su aliento cálido haciendo que Chifuyu se estremeciera-Eres increíble.
-Ya vas a acostarte conmigo-respondió Chifuyu, intentando sonar desafiante, profesional-No hace falta que seas así.
-¿Tanto te cuesta aceptar unas simples palabras cariñosas?
Se hizo el silencio durante unos segundos.
-Responde.
-Las palabras solo son palabras
-Las palabras están para decirlas.
Chifuyu tragó saliva cuando Baji se deslizó hacia su muslo interno, dejando un rastro de besos húmedos. Luego lo mordisqueó, suave, y su piel se puso de gallina, un jadeo escapándose de sus labios antes de que pudiera contenerlo.
-Las palabras pueden hacer mucha cosas-dijo Baji, y las palabras resonaron en la habitación silenciosa-Por ejemplo, a mí men encantaría hacerte el amor. Es más te haré el amor.
Chifuyu sintió que el pecho se le comprimía. Amor. Nadie había usado esa palabra con él en este contexto. Era siempre "follar", "destrozar", "usar". Nunca esto.
-Wo...-intentó bromear-Eso es nuevo.
-Quiero que disfrutes tanto como yo-
continuó Baji, subiendo de nuevo, encontrando sus pezones, besándolos, lamiéndolos, succionando hasta que la espalda de Chifuyu se arqueó involuntariamente.
El alfa empujó sus caderas contra el culo de Chifuyu, y el contacto de su erección contra la piel desnuda hizo que el omega soltara un gemido.
-Mierda...-tiró de las cuerdas, deseando poder tocar, agarrar, sentir el cabello de Baji entre sus dedos. Pero los nudos resistieron, y el sonido de su frustración provocó una risita baja del alfa.
-Putas cuerdas-Gruño Chifuyu.
-¿Te gusta?-preguntó Baji, y había genuina curiosidad en su voz.
-Sí.
-Espero que tengas paciencia.
-La suficiente.
La vulnerabilidad forzada, la imposibilidad de controlar la situación, le excitaba más de lo que quería admitir. Y tener los ojos vendados...eso hacía que sus otros sentidos estuvieran a flor de piel. Cada roce se sentía diez veces más intenso.
-Sabes...-dijo Baji, y de repente la venda desapareció, la luz tenue del cuarto haciendo que Chifuyu parpadeara-Creo que esto estorba. Tus ojos me gustan. Quiero verlos.
Chifuyu parpadeó, enfocando la vista. Baji estaba arrodillado entre sus piernas, desnudo también ahora, su cuerpo esbelto pero musculoso. Sus ojos ámbar brillaban con algo que hizo que el estómago de Chifuyu se contrajera.
-¿No crees que las cuerdas también estorban?-intentó negociar.
-No-Baji sonrió, perverso y tierno al mismo tiempo-Las cuerdas no.
-Pensaba que te engañaria.
-Casi.
Chifuyu jadeó cuando una de las manos de Baji envolvió su miembro, ya erecto y dolorido. El alfa lo observó masturbarlo con movimientos lentos, calculados, estudiando cada reacción en su rostro.
-Encantador-murmuró, viendo cómo Chifuyu se sonrojaba, cómo mordía su propio labio para contener los gemidos.
Baji no quería perderse nada. Cómo jadeaba, cómo se retorcía contra las cuerdas, cómo su voz llenaba la habitación con sonidos que Chifuyu no recordaba haber hecho nunca. La mano del alfa sobre su erección lo hacía ronronear, un sonido bajo y animal que escapaba de su garganta sin permiso.
Chifuyu sintió que se acercaba al límite, que el orgasmo se construía en su base como una presión insoportable. Pero justo cuando estaba a punto de caer, Baji apretó fuerte la base, deteniéndolo.
-Hijo de puta...-jadeó Chifuyu, la espalda arqueada, el sudor perlándose en su frente.
Baji arrastró su mano libre hasta la entrada de Chifuyu, sintiendo cómo estaba húmedo, preparado, abierto para él. Hundió un dedo, luego dos, escuchando cómo Chifuyu tiraba de las cuerdas de nuevo, cómo su nombre salía entre gemidos.
-Quiero volverte loco-dijo Baji, y no sonaba a amenaza, sino a promesa.
-¿Más? Acabaré internado en el hospital.
Sus dedos encontraron el punto exacto, y Chifuyu gritó, un sonido estrangulado que no reconoció como propio. Su espalda se arqueó violentamente, las piernas intentando cerrarse pero impedidas por el peso de Baji entre ellas.
-Mierda...-repitió, cerrando los ojos, moviendo las caderas contra los dedos del alfa, necesitando más, más profundo, más fuerte.
Baji retiró los dedos de repente, dejándolo vacío, gimiendo por la pérdida. Chifuyu abrió los ojos para ver al alfa posicionándose sobre él, sus manos a ambos lados de su cabeza, su cabello cayendo como una cortina a cada lado, creando un mundo privado de solo ellos dos.
Baji agarró su propio miembro y lo alineó contra la entrada de Chifuyu. Empujó lentamente, centímetro a centímetro, sintiendo cómo esas paredes apretadas lo engullían, lo recibían, lo invitaban a entrar.
Su frente se unió con la de Chifuyu, ambos jadeando, compartiendo el mismo aire.
-Baji...-suspiró el omega, y el nombre sonió como una oración.
El alfa buscó sus labios y Chifuyu correspondió el beso con una entrega que lo sorprendió a sí mismo. Sus caderas se balancearon con suavidad al principio, encontrando un ritmo que hacía que Chifuyu viera estrellas detrás de sus párpados.
Baji aumentó el ritmo gradualmente, embistiendo con más fuerza, observando el rostro absorto por el placer del omega. Un cosquilleo gustoso se instaló en su estómago, arrastrándolo hacia un abismo de sensaciones.
Chifuyu enroscó sus piernas en la cintura de Baji, instándole a ir más profundo, más rápido. El alfa obedeció, cerrando los ojos también, perdiéndose en el calor, la humedad, los gemidos que resonaban entre las paredes de la habitación.
-Abre los ojos-ordenó Baji, su voz ronca, desesperada.
Chifuyu obedeció, encontrándose con esa mirada ámbar brillante, intensa, devorándolo.
-Baji...-gimió, y ese sonido, su apellido en los labios del omega, hizo que el alfa perdiera el control finalmente.
Sus embestidas se volvieron erráticas, profundas, buscando el final. Chifuyu se le adelantó, apretando su miembro con la fuerza de su propio orgasmo, chorreando entre los cuerpos unidos, gritando el nombre del alfa una y otra vez.
Baji lo siguió segundos después, enterrándose hasta la base y soltándose dentro de él con un gemido largo, ronco, animal.
El silencio que siguió fue profundo, solo interrumpido por sus respiraciones agitadas. Baji se retiró con cuidado, besando el hombro de Chifuyu, su cuello, su mandíbula. Se dejó caer sobre la cama junto a él, un brazo pesado sobre el estómago del omega.
Chifuyu cerró los ojos, sintiendo su cuerpo más cansado que en semanas. La mochila estaba ahí, a pocos metros. La droga, en el bolsillo de la chaqueta. El plan.
Pero debía seguir con el plan.
Esperó. Contó los minutos en su cabeza, escuchando cómo la respiración de Baji se volvía lenta, regular, profunda. Cuando estuvo seguro de que el alfa dormía, abrió los ojos.
Baji estaba de lado, su cara daba a entender lo relajado que estaba, casi sonriendo. Inocente. Vulnerable.
Chifuyu se sentó despacio, sin hacer ruido. Se acercó a la chaqueta, sacó el pañuelo impregnado de la droga. Su mano temblaba. Diez segundos con esto cerca de la nariz y Baji no recordaría nada. No recordaría su nombre, su rostro, lo que habían compartido.
Se acercó a la cama, extendiendo la mano temblorosa hacia el rostro dormido del alfa.
Pero cuando estaba a centímetros de su nariz, una mano le agarró la muñeca con una fuerza que hizo crujir sus huesos. Fue tirado bruscamente, reducido contra el colchón, sintiendo el peso de Baji sobre él, la presión de sus rodillas en sus muslos, sus muñecas inmovilizadas sobre su cabeza con una sola mano del alfa.
Los ojos ámbar no estaban dormidos. Brillaban con lucidez, con furia...
-Quién diría-dijo Baji, su voz gélida, irreconocible-que eras uno de esos ladrones.
El pulso de Chifuyu se disparó. No sabía qué hacer, qué decir. Estaba atrapado, desnudo, vulnerable, bajo el cuerpo del hombre al que acababa de traicionar.
-Y-yo...-tartamudeó.
-¿Tú qué?-Baji buscó su móvil con la mirada, sin soltar la presión-¿Ibas a drogarme? ¿Robarme? ¿Desaparecer?
-Suéltame...
-Claro que lo haré-dijo Baji, y por un segundo Chifuyy creyó que tendría una oportunidad-Cuando la policía esté tocando a la puerta.
El alfa desbloqueó el teléfono con el pulgar, buscando el número de emergencia.
-¡No!-gritó Chifuyu, sintiendo cómo los ojos se le humedecían, cómo el pánico cerraba su garganta-N-no lo hagas...
Baji junto las dos muñecas de Chifuyu en una sola mano, liberando la otra para marcar. Chifuyu vio su vida desmoronarse: la cárcel, el juicio, la condena. Tenía antecedentes. No saldría en años.
-Por favor...-susurró, y luego las lágrimas salieron, traicioneras, calientes, recorriendo sus sienes hasta empapar las sábanas-No lo hagas...
Baji detuvo el movimiento. Miró el rostro del omega bajo él: el miedo, la desesperación, las lágrimas silenciosas. Su pecho subía y bajaba con rapidez, jadeando, sofocándose.
El olor agrio del omega, el miedo puro, hizo que el estómago de Baji se revolviera. Su pecho se contrajo, una sensación incómoda, casi dolorosa.
Mierda pensó. Mierda, cállate.
Pero su alfa interno, esa parte instintiva que quería proteger, arañó su interior ante la imagen del omega suplicante, roto, asustado.
-Vístete-dijo Baji de repente, soltando las muñecas y sentándose en el borde de la cama, dándole la espalda-Y lárgate.
Chifuyu no lo creyó al principio. Permaneció inmóvil, temblando, esperando la trampa.
-¿A qué esperas?-gruñó Baji, sin mirarlo-¡Largo!
El omega se movió entonces, rápido, desesperado. Recogió su ropa del suelo, vistiéndose torpemente, los dedos temblorosos incapaces de abrochar los botones correctamente.
Estaba en la puerta cuando se detuvo. Se giró, mirando la espalda rígida de Baji.
-Gracias...-dijo, la voz quebrada.
Se inclinó, besó la mejilla del alfa con una ternza que no entendía, y salió corriendo de la habitación, dejando atrás la mochila, el plan, y algo más que no se atrevía a nombrar.
Koko no recuerda en qué momento aceptar una noche de películas con Inupi había dejado de sonar como una buena idea. Probablemente cuando llevaba quince minutos intentando entender la trama.
O cuando Inupi había pausado la película tres veces para explicar detalles completamente innecesarios.
-Ese actor también sale en otra película.
-Ajá.
-Hace de malo.
-Ajá.
-¿Te acuerdas?.
-Ajá.
Inupi gira la cabeza.
-¿Me estás escuchando?
-Claro.
-¿Qué he dicho?
Koko mantiene la cara completamente seria.
-Que...sale.
-¿Quién?
-El actor.
Inupi suspira.
-No me estabas escuchando.
-No.
-Lo sabía.
Vuelve a darle al play. Cinco minutos después...
-¿Has visto eso?-Pregunta Inupi.
Koko levanta la vista del cuenco de palomitas.
-¿El qué?
-¡Acaban de revelar quién es el asesino!-Koko parpadea.
-¿Había un asesino?-Inupi pausa la película otra vez.
-¿Qué has estado viendo durante media hora?
-A ti.
Inupi se queda callado.
-¿A mí?
-Hablas mucho cuando ves películas.
-Porque me emociono.
-Y haces teorías.
-Es divertido.
Koko niega con la cabeza mientras coge otra palomita.
-Nunca más vuelvo a ver una película contigo.
-Eso dices siempre.
-No volveré a caer
-Si volverás.
-Porque cocinas bien.
-Así que me utilizas por la comida.
-Correcto.
Inupi finge ofenderse.
-Qué cruel.
En ese momento vuelve la película.
Los dos guardan silencio. Exactamente cuarenta segundos.
-Ese no puede ser el asesino-
Murmura Inupi.
Koko cierra los ojos.
-Inupi.
-¿Qué?
-Llevamos cuarenta segundos.
-Ya, pero tengo una teoría.
-No quiero saberla.
-Escúchame.
-No.
-Solo son dos minutos.
-La película dura dos horas-Inupi sonríe.
-Entonces tenemos tiempo-Koko deja caer la cabeza sobre el respaldo del sofá.
-Voy a perder la cordura.
Media hora después llegan a la escena final. El asesino resulta ser exactamente la persona que Inupi había señalado al principio. Inupi levanta los brazos como si acabara de ganar un campeonato.
-¡LO SABÍA!-Koko lo mira completamente inexpresivo.
-Claro que lo sabías...Has acusado absolutamente a todos los personajes durante la película-Inupi se queda pensativo.
-Bueno...
-Era estadísticamente imposible que fallaras.
Inupi rompe a reír. Koko intenta seguir serio unos segundos más.
-La próxima elijo yo la película.
-Vale.
-Y tú no puedes hablar-Inupi asiente con total solemnidad.
-Prometido-Silencio.
Cinco segundos.
-Aunque si veo una pista importante...-Koko coge un cojín del sofá y se lo lanza directamente a la cara.
-¡Cállate de una vez!-La risa de Inupi llena todo el salón mientras el cojín le rebota en la cabeza.
-¡Eso significa que has disfrutado la película!
-¡Significa que voy a ponerte cinta adhesiva en la boca la próxima vez!
-Entonces elegimos otra la semana que viene-Koko suspira derrotado.
-Sí.
-Sabía que dirías que sí.
-No he aprendido absolutamente nada.
Kisaki
Kisaki está de rodillas en el asiento trasero, las manos apoyadas en el reposacabezas delantero, y en el filo de la ventana, los pantalones bajados hasta los tobillos. Hanma está detrás de él, moviéndose con esa constancia desesperante que ya empieza a hacerle ver estrellas en los bordes de sus ojos.
No entiendo. piensa Kisaki, mirando fijamente el logotipo de una hamburguesería que se ve a través del vidrio empañado. cómo he llegado a estar así.
Hanna empuja con más fuerza, y Kisaki muerde el interior de su mejilla para no soltar un gemido que podría ser escuchado fuera. Aunque, pensándolo bien, ¿quién en su sano juicio se acercaría a un coche que se balancea rítmicamente en medio de un aparcamiento de comida rápida a las diez de la noche?
Hace treinta minutos estábamos discutiendo rutas de contrabando. continúa su monólogo interno, mientras Hanma le agarra la cadera con una mano y usa la otra para acariciarle la espalda. treinta minutos. Discutiendo. Números. Logística.
Hanma cambia el ángulo, encontrando ese punto que hace que las piernas de Kisaki tiemblan, y el pensamiento lógico se vuelve momentáneamente imposible.
Gracias a Dios por las ventanas tintadas. piensa cuando recupera el hilo, gracias a Dios por ese detalle. Porque si algún niño con su Happy Meal pudiera ver esto, necesitaría terapia de por vida. Yo necesitaría terapia de por vida. Aunque supongo que ya es demasiado tarde para eso.
Hanma se inclina sobre él, el pecho pegado a su espalda, y susurra algo contra su cuello que Kisaki no entiende porque su cerebro está ocupado procesando otra cosa: la mano de Hanma que ha bajado a envolverlo, moviéndose en contratiempo con las embestidas.
Es culpa suya. decide Kisaki, cerrando los ojos, dejándose llevar un segundo más de lo que debería, todo es culpa suya. Él empezó. Él dijo "estás tenso, deberías relajarte". Él puso la mano en mi muslo. Él sonrió de esa manera. Yo solo...yo solo no lo detuve. Esto es claramente responsabilidad suya.
Un coche se detiene junto a ellos, las luces iluminando por un segundo el interior oscuro de la furgoneta. Kisaki se congela, el corazón martilleando contra las costillas, mientras Hanma ni siquiera reduce el ritmo, el muy hijo de puta.
Si nos descubren. piensa Kisaki, si alguien llama a la policía.
Hanma acelera, y Kisaki olvida por completo el coche lo que estaba pensando...la lógica misma. Solo siente, solo existe en la fricción, en el calor, en la mano que lo lleva inexorablemente hacia el borde.
Hanma se estremece detrás de él, y Kisaki sabe que está cerca. Siente el cambio en su respiración, en la tensión de sus músculos, en la forma en que sus dedos se clavan casi con dolor en sus caderas.
-No lo hagas dentro.
-Jodre...
-Es enserio
-Lo voy ha hacer.
-No lo hagas.
Hanma se corre con un gemido ahogado contra su hombro, y Kisaki lo sigue segundos después, manchando el asiento. El silencio que sigue es denso, incómodo, lleno de realidad.
Kisaki baja despacio, buscando sus pantalones entre los asientos, evitando mirar a Hanma, evitando mirarse a sí mismo.
Esto no vuelve a pasar. Se promete, subiéndose la ropa con dedos temblorosos.
Hanma se recuesta en el asiento, sonriendo como si acabara de ganar la lotería.
-¿enserio te vas a enfadar?-
pregunta, señalando el restaurante iluminado.
Kisaki lo mira con odio puro.
-Eres un imbécil-dice, abriendo la puerta para salir al aire frío de la noche.
-Oooh, vamos ahora te compro las pastillas.
-¡Que no es por eso! ¡es porque no tendrías que haberlo hecho, cabronazo!
Senju.
Estoy de rodillas entre ellos dos, el colchón del hotel es más rígido de lo que pensé cuando me coloque encima, y todo lo que puedo pensar es en lo que dijo mi hermano.
Sanzu me miró con esos ojos suyos, los que parecen ver a través de uno, y soltó que dejara de juntarme con Shion y Mochizuki. Que eran problemas en mayúsculas. Diciendo disimular que una chica buena como yo no debería andar con ellos.
Como si yo fuera de cristal.
Como si fuera a romperme.
Shion está delante de mí, desnudo de cintura para abajo, su mano en mi mandíbula guiándome hacia su erección. Mochizuki está detrás, sus manos sobre mis caderas, levantándome el vestido hasta la cintura. Y yo estoy aquí, entre los dos, porque quiero demostrarle a Sanzu que se equivoca.
Mochizuki desliza un dedo por mi raja, encontrándome húmeda, preparada, y yo gimo contra la piel de Shion.
No soy frágil.
No soy delicada.
Vengo del mismo sitio que ellos.
De la misma calle, de la misma violencia, de la misma mierda.
¿Por qué mi hermano se cree mejor que ellos? ¿Por qué mira por encima del hombro a los que crecieron con nosotros?
Shion empuja hacia adelante, entrando en mi boca, y yo lo recibo, lo saboreo, lo devoro con la misma ferocidad con la que los he vencido antes. Porque los he vencido. Les he partido la nariz en peleas, les he hecho sangrar, les he demostrado una y otra vez que soy más fuerte que cualquiera de los dos. Y ahora estoy aquí, entre ellos, demostrándoles otra cosa.
No soy una omega en apuros.
No soy una princesa que necesita que la protejan de un peligro.
Mochizuki se posiciona detrás de mí, y siento la punta de su erección presionando contra mi entrada. No soy una niña. No necesito que me protejan como si fuera a romperme.
Ellos lo saben.
Me han visto reír con ellos después de peleas que nos dejaron a todos magullados. Me han visto fumar en los tejados, y me han quitado el cigarro diciendo que. O lo volviera ha hacer mientras se lo terminaban ellos. Beber hasta perder el conocimiento, vomitar en los callejones y levantarme al día siguiente para segui de nuevo.
-Joder, cariño-jadea Mochizuki, empujando hacia adentro, llenándome-Estás tan jodidamente apretada.
Shion tira de mi pelo, obligándome a mirarlo, a mantener el contacto visual mientras me folla la boca. Sus ojos están vidriosos, perdidos, y me gusta verlos así. Me gusta saber que soy yo quien los reduce a esto.
Que soy yo quien tiene el control, aunque esté entre dos hombres más grandes que yo.
Ellos me cuidan, sí.
De su manera retorcida.
Shion me dijo una vez que si me ve fumando más de tres al día, me partiría las piernas. Mochizuki me quitó una botella de vino de las manos en una fiesta y se la bebió él entera para que yo no pudiera seguir.
Cosas así.
Gestos violentos, posesivos, que nadie más entendería.
Mochizuki aumenta el ritmo, sus embestidas haciendo que me empuje hacia adelante, hacia Shion, creando un ritmo entre los tres que nos desarma a todos. Siento su mano alcanzar entre mis piernas, buscando mi clítoris, frotándolo con dedos callosos que saben exactamente qué hacer.
¿Que pensara mi hermano si nos pillara o se enterará de que me he acostado con los dos?
La respuesta seguro que es como la de la gran mayoría.
Eres una puta.
Siempre igual.
Una tía tiene que ser de x manera si no es. Los trigulos amorosos existen, y no por eso tiene que dar asco.
Los omegas son...
Tienen que ser...
No somos corderitos inocentes.
No somos influenciables.
Somos del mismo sitio, de la misma mierda, y si quiero follarme a dos hombres en un hotel de mala muerte para demostrarle a mi hermano que puede irse a la mierda con sus consejos protectores, lo haré.
Shion se corre primero, con un gemido estrangulado, llenándome la boca, y yo trago porque sé que le gusta verme hacerlo. Mochizuki me sigue segundos después, enterrándose hasta la base, gruñendo mi nombre contra mi hombro mientras se vacía dentro de mí.
Yo llego al borde cuando Mochizuki sigue moviéndose, más lento ahora, sensibilizado, y su mano no deja de frotarme. El orgasmo me golpea como un puñetazo, haciendo que me contraiga alrededor de él, que grite contra el pecho de Shion, que vea estrellas.
Después, caemos sobre la cama, un montón de brazos y piernas entrelazados, jadeando, sudorosos, satisfechos.
Shion acaricia mi pelo con una ternza que contradice todo lo que somos.
-Tu hermano nos matará si se
entera.
Mochizuki ríe, su mano todavía en mi cadera.
-Que venga-dice-Ya le hemos ganado antes.
Yo cierro los ojos, sintiendo sus cuerpos a ambos lados, su calor, su protección violenta.
Sanzu puede irse a la mierda.
Soy su hermana, soy de donde vienen ellos, y esto-esto que acabamos de hacer-es solo mío. Nuestra decisión. Nuestro secreto.
Y si mañana vuelven a decirme que no fume, que no beba...les escucharé. Pero no porque me lo ordenen.
Porque ellos me lo piden.
Porque me quieren.
El sol cae sobre el muelle mientras descargamos cajas de la barcaza, el sudor pegándose a la espalda, el salitre en la boca. No sé qué hay dentro de las cajas. Armas, probablemente. O droga. O las dos cosas. En este negocio, es mejor no preguntar. Solo mover, apilar, firmar los papeles que Haruchiyo me pasa sin mirarme a los ojos.
Shion está a mi izquierda, sin camiseta, los tatuajes de su espalda brillando con el sudor. Mochizuki a mi derecha, tirando de una caja que pesa más de lo que parece. Los tres trabajamos en silencio, el único sonido el de las gaviotas y el metal de los ganchos.
Y mientras levanto una caja que me pesa en los brazos, pienso en la primera vez que nos besamos.
Fue en el tejado del antiguo almacén, hace seis meses. Habíamos estado bebiendo sake robado de la nevera de Takeomi, riendo de algo estúpido que había dicho Mochizuki sobre el peinado de Haitani. De repente, el silencio. Esa electricidad que siempre había estado ahí, entre nosotros tres, que ninguno quería nombrar. Shion se inclinó primero, lento, dándome tiempo de apartarme. No lo hice. Su boca sabía a alcohol y a tabaco, y cuando se separó, Mochizuki estaba ahí, esperando su turno, como si fuera lo más natural del mundo.
Ellos no habían hecho nada antes de eso. Lo sé. Lo vi en sus ojos, en la forma en que me miraban cuando creían que no me daba cuenta. Sabían que Haruchiyo los mataría. Que si tocaban a su hermana pequeña, si siquiera pensaban en hacerlo, él les haría picadillo y les echaría a los peces.
Así que esperaron.
Se contuvieron.
Me trataron como si fuera de cristal, como si un beso fuera a matarme.
Han dormido conmigo docenas de veces desde entonces. Literalmente dormido. Shion ronca. Mochizuki se mueve mucho, da patadas en sueños. Me he despertado entre ellos, con sus brazos sobre mí, sus cuerpos calientes a ambos lados, y no ha pasado nada.
Aunque seguro que Haruchiyo no lo vería así.
Recuerdo la noche en la discoteca, hace dos meses. Un tipo, borracho, alto, no de nuestro barrio, no sabía quién era yo. Se acercó por detrás, me agarró la cintura, me susurró algo al oído. Yo estaba a punto de partirle la cara por mí misma cuando Shion apareció de la nada. No recuerdo haberle visto nunca tan furioso. Tuvo al tipo contra la pared en dos segundos, los dedos alrededor de su garganta, apretando, apretando, hasta que los ojos del borracho se salieron de las órbitas y Mochizuki tuvo que separarlos, decirle que no valía la pena, que no queríamos problemas con la policía esa noche.
Shion me miró después, temblando, y me dijo que si alguien volvía a tocarme sin permiso, lo mataría.
Sin exagerar.
Lo mataría y quemaría el cuerpo
Y si lo pillaban iría a la cárcel sonriendo.
Ellos me cuidan.
A su manera.
A la nuestra.
Terminamos de descargar sobre las seis y media. Haruchiyo nos paga en efectivo, sin mirarnos, sin preguntar por qué los tres llegamos juntos y nos vamos juntos. A veces pienso que lo sabe. Que lo huele en nosotros, como los perros huelen el miedo.
Pero no dice nada.
Por ahora...
-Gimnasio-dice Mochizuki, secándose el sudor de la frente con una camiseta que se había quitado hace horas-¿Vamos?
-Claro-digo, y mi sonrisa es genuina.
El gimnasio es nuestro lugar. El ring, con sus cuerdas gastadas y su olor a cuero viejo, es donde somos honestos. Donde no hay secretos, porque todo sale a la luz con los puños.
Shion sube primero, estirándose, sus músculos brillando bajo las luces fluorescentes. Luego Mochizuki, siempre serio antes de una pelea, concentrado. Yo voy la última, dejando que me pongan los guantes, que me revisen la vendas.
Pelean entre ellos primero, como siempre. Un intercambio rápido de golpes, de bloqueos, de respeto.
Luego es mi turno.
Subo al ring y los miro a ambos.
Son más grandes que yo.
Más pesados.
Tienen más alcance, más fuerza bruta.
Pero soy más rápida. Más inteligente. He peleado contra ellos cientos de veces, y sé cómo se mueven, cómo respiran, dónde miran antes de lanzar un gancho.
Shion viene primero, confiado, y yo esquivo, giro, le doy en las costillas donde sé que le duele de la pelea de ayer. Gruñe, sorprendido, y yo sonrío.
Mochizuki intenta agarrarme por detrás, su técnica habitual, pero yo me agacho, le doy una patada en la espinilla, y cuando se dobla, le golpeo la mandíbula con un uppercut que lo deja tambaleándose.
No les doy tregua. Nunca se la doy. Porque si lo hiciera, si les mostrara debilidad, ellos me devorarían. Y porque me respetan por eso. Porque no me tratan como a una princesa. Me tratan como a una guerrera.
El combate dura unos veinte minutos. Al final, estoy sudando, jadeando, con el labio partido y una contusión en el costado que me va a doler mañana.
Pero estoy de pie.
Y ellos están en el suelo del ring, rendidos, sonriendo, levantando las manos en señal de derrota.
Mochizuki se une a nosotros, los tres apoyados en las cuerdas, mirando hacia abajo, hacia el vacío del gimnasio.
-Eres una pesada-dice Mochizuki, pero su mano está en mi cadera, acariciando donde sabe que me duele.
-Lo sé-digo, y me inclino para besarle, rápido, sabiendo que Haruchiyo podría entrar en cualquier momento.
Luego beso a Shion, más lento, más profundo, porque él siempre quiere más.
Shinichiro
Izana me había dicho que dejara de intentarlo. Que Wakasa no iba a volver, que estaba siendo demasiado insistente, que estaba poniendo en riesgo a todo el grupo. Pero lo que Izana no entendía-lo que nadie entendía-era que Wakasa me había mirado esa noche como si yo fuera el centro de su universo. Droga o no vino, eso había sido real. Yo lo había sentido en la forma en que temblaba bajo mis manos, en la forma en que gemía mi nombre.
Y ahora, nada.
Ninguna llamada.
Ningún mensaje.
Ninguna señal de vida.
Solo una investigación que se había intensificado de la noche a la mañana. De repente, había agentes haciendo preguntas en los bares que frecuentábamos. De repente, nuestras rutinas de contrabando tenían obstáculos inexplicables. De repente, Wakasa había desaparecido de mi vida como si nunca hubiera existido.
Pero yo sabía. Todos sabíamos. Wakasa había llegado a la conclusión de que fue drogado. Y ahora tenía que fingir. Tenía que mantener la farsa de que solo se habían pasado con el vino, que había sido un error, una noche de excesos.
La comisaría olía a café y a desinfectante. La secretaria en la entrada me reconoció-cómo no, si llevaba semanas apareciendo en los informes de Wakasa-pero en lugar de llamar a seguridad, simplemente sonrió.
-Oficina del fondo-dijo, sin que yo tuviera que preguntar.
Caminé con paso firme, el corazón martilleando contra las costillas. No toqué. Abrí de golpe y entré, cerrando rápidamente detrás de mí.
Wakasa estaba de pie junto a la ventana, con la espalda hacia mí.
-Largo de aquí-dijo, sin girarse.
-No.
Se volvió. Sus ojos violeta-que habían mirado con tal intensidad esa noche, que se habían cerrado de placer mientras estaba dentro de mí-ahora brillaban con una furia fría, distante.
-No me hagas echarte-dijo, y su voz sonó extraña, profesional, la voz de un policía hablando con un delincuente.
-¿Por qué vas a por nosotros?-
pregunté, dando un paso hacia él, encarándome con su mirada-¿Por qué de repente hay agentes en cada esquina? ¿Por qué sigues investigandonos?
Wakasa dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal, usando su altura para intimidarme. Pero yo no retrocedí. No podía. No después de haberlo visto deshecho, vulnerable, suyo.
-Me drogaste-dijo, y la acusación cayó entre nosotros como un metal que hace mucho ruido-¿Crees que no me daría cuenta? Lo supe nada más levantarme por la mañana. El sabor en la boca. La sequedad. Los recuerdos borrosos...Lo supe, Shinichiro. Y ahora tengo que vivir con eso.
-Yo no te drogué-mentí, y la palabra me supo a ceniza-Bebiste. Nos pasamos con el vino. Tú mismo lo dijiste esa noche, que te sentías raro, que el alcohol te había sentado mal...
-¡Mentiras!-gritó, y su mano se cerró en un puño que golpeó el escritorio detrás de mí, haciendo temblar los papeles-¡No me tomes por idiota! Sé lo que es una resaca y sé lo que es una droga. Sé la diferencia entre haber bebido demasiado y haber sido...haber sido...
Se detuvo, la voz quebrándose por primera vez. Vi cómo tragaba saliva, cómo sus ojos se humedecían de rabia contenida.
-Y yo no te drogué-insistí, más suave ahora, acercándome un paso más, hasta que nuestros cuerpos casi se rozaban-Tú bebiste. Y tú me dijiste que te gustaba, que me deseabas y que no podías evitarlo. Simplemente no puedes aceptar que lo hiciste porque querías, Wakasa. Porque te gusto. Porque me deseas. Y eso te aterra más que cualquier droga.
Wakasa cerró los ojos, respirando hondo, intentando recomponerse. Cuando los abrió de nuevo, había algo diferente en ellos. No era solo furia. Era miedo. Miedo crudo, desnudo.
-Es imposible, Shinichiro-dijo, y su voz era apenas un susurro ahora-Yo no podría...no podría ponerte las manos encima. No de esa manera. No...
-¿Por qué no?-desafié, y alcé la mano, acariciando su mejilla, sintiendo cómo se estremecía bajo mi tacto-¿Por qué es imposible? Dímelo. Dime por qué no podemos ser algo, Wakasa. ¿Porque eres policía y yo soy un sospechoso?
Wakasa apartó la mano de un golpe, pero no se alejó. Se quedó ahí, atrapado entre mi cuerpo y el escritorio, jadeando como si hubiera corrido kilómetros.
-Porque tú y yo...-comenzó, y tuve que inclinarme para escuchar, porque su voz se había convertido en un hilo de sonido-Tú y yo no podemos ser nada. Porque si lo somos, si cruzamos esa línea, no habrá vuelta atrás. Y yo...yo no podré hacer mi trabajo. No podré mirarte a los ojos y leerte tus derechos. No podré...no podré protegerte cuando llegue el momento. Porque estaré demasiado ocupado queriendo salvarte, y eso me ciega, Shinichiro. Eso me hace débil. Y no puedo ser débil. No en este trabajo. No contigo.
Se pasó las manos por la cara, frotándose los ojos como si pudiera borrar la imagen de mí.
-Así que sí-continuó, la voz más firme ahora, más fría-Sí, me drogaste. O me dejaste beber demasiado. O lo que fuera que pasó esa noche. Y sí, voy a por vosotros. Porque es mi trabajo. Porque tengo que olvidar lo que sentí, lo que dije, lo que hice. Tengo que borrarlo todo y recordarte que eres un objetivo.
Que no puedo...
-No puedo quererte-dijo finalmente, y la palabra resonó en la habitación silenciosa como una sentencia de muerte-No puedo quererte, Shinichiro. Así que por favor...por favor, largo de aquí. Antes de que olvide por qué debería odiarte.
Me quedé inmóvil, procesando, sintiendo cómo el pecho se me comprimía hasta hacer respirar imposible.
-Wakasa...
-Largo-repitió, y esta vez su voz sonó rota, desesperada-Por favor.
Me detuve en la puerta, la mano aún en el pomo, sintiendo el metal frío contra la palma sudorosa. No podía irme. No así. No con esto entre nosotros, este muro de mentiras y miedo que él había construido para protegerse.
-Me gustas-dije, y la verdad resonó en la habitación silenciosa, más fuerte que cualquier grito-De verdad. Me gusta cómo te ríes de mis bromas de mierda, que me hables por mensajes, que me escuches. Me gusta que seas el único que me mira como si fuera algo más que un omega, más que un nombre en un archivo.
Di un paso hacia él, viendo cómo retrocedía hasta que su espalda chocó contra la ventana.
-Y a mí sí me da igual que mi gente piense que eres un poli que nos odia -continué, acortando la distancia entre nosotros, paso a paso, dándole tiempo de apartarme, de detenerme-Porque sé que solo haces tu trabajo. Sé que no nos odias, que incluso te preocupas por nosotros, por mí, aunque no quieras admitirlo. Sé que dejas pasar cosas, que miras hacia otro lado, que haces equilibrios imposibles para protegerme sin traicionar tu placa.
Estaba frente a él ahora, tan cerca que podía ver cada pestaña, cada pequeña grieta en su armadura de hielo.
-Así que no me digas que no podemos ser nada-susurré-Porque ya somos algo. Desde hace meses. Desde que empezaste a aparecer en los lugares donde yo estaba, desde que empezaste a sonreírme. Somos algo, Wakasa. Solo que tú tienes demasiado miedo para admitirlo.
Wakasa me miró, y por un segundo vi el abismo en sus ojos. Vi todo lo que contenía, todo lo que reprimía, todo el deseo y el terror mezclados en una tormenta que lo consumía por dentro.
-No sabes lo que dices-gruñó, y de repente su mano se cerró alrededor de mi cuello.
Me empujó contra el escritorio, duro, haciendo que los papeles cayeran al suelo en una lluvia de blanco. Su mano no apretaba lo suficiente para hacerme daño, solo para inmovilizarme, para demostrarme que podía, que tenía el control.
-No sabes lo que pides-continuó, su rostro a centímetros del mío, su aliento cálido contra mi piel, su voz temblando de rabia contenida-Si cruzamos esta línea, no hay vuelta atrás. Si te beso ahora, si te toco, si te tengo...no podré dejarte ir después. Te convertiré en mi debilidad, Shinichiro. En mi punto débil. Y cuando alguien quiera hacerme daño, irá a por ti. Cuando mi departamento descubra que estoy contigo, me sacarán del caso. Y entonces no podré protegerte. No podré...-Se detuvo, jadeando, su mano todavía en mi cuello, sus ojos recorriendo mi rostro como si estuviera memorizándolo-No podré salvarte-susurró, y la última palabra se quebró.
Y entonces me besó.
Fue un beso violento, desesperado, el beso de alguien que sabe que está firmando su sentencia de muerte pero no puede evitarlo. Sus labios chocaron contra los míos con fuerza, sus dientes rozando mi piel, su lengua invadiendo mi boca sin pedir permiso. Su mano se deslizó de mi cuello a mi cabello, agarrándolo con fuerza, inclinando mi cabeza para profundizar el ángulo.
Respondí con la misma desesperación, con la misma hambre reprimida durante meses. Mis manos se agarraron a su camisa, arrugándola, tirando de él más cerca, eliminando cualquier espacio entre nuestros cuerpos.
El beso duró eternidades. El mundo se redujo a él, a su sabor, su olor, a su calor, a la forma en que gemía contra mi boca cuando mis manos se deslizaron por su espalda.
Pero entonces, de repente, se apartó.
Me empujó con fuerza, haciendo que perdiera el equilibrio y me apoyara en el escritorio, jadeando, confundido, los labios hinchados y sensibles.
Wakasa se dio la vuelta, respirando agitadamente, los hombros temblando.
-Largo-dijo, y su voz sonó vacía, derrotada-Por favor, Shinichiro. Largo de aquí antes de que no pueda dejarte ir.
Me quedé inmóvil, procesando el beso, su sabor todavía en mi lengua, su calor todavía en mi piel.
Salí.
Pero esta vez, con el sabor de él todavía en los labios, supe que volvería. Que ambos volveríamos a esto, una y otra vez, hasta que él se cansara de intentar separarnos.
Takemichi
El coche avanza por la carretera desierta, el paisaje industrial dando paso a campos abandonados y almacenes oxidados. Izana conduce con los dedos firmes en el volante, la mirada fija en el horizonte. Lleva veinte minutos sin hablar, desde que salimos de la ciudad, desde que me dio las órdenes.
-¿Por qué me has traído aquí?
-Porque se que puedes aguantar.
-¿El qué?
-No quería decirlo así...Pero es decir...Se que puedo confiar en qué no vas a liarla, no vas a saltarles si se ponen idiotas. No hables a menos que te pregunten. No dejes que te provoquen, si lo intentan ignóralos.
-¿Donde nos estás metiendo?
-En un campo de minas.
Las palabras reverberan en mi cabeza, incómodas, pesadas.
El almacén aparece a lo lejos, una mole de cemento gris entre hierbas altas. Hay motos aparcadas fuera, docenas de ellas, todas negras, todas impecables. Mi estómago se contrae al verlas. He oído hablar de la Tokyo Manji. Todo el mundo ha oído hablar de ellos. La pandilla de alfas pura..
Izana apaga el motor y me mira por primera vez desde que salimos.
-Recuerda lo que te he dicho-dice, y hay algo en su tono que no logro descifrar.
Entramos.
El almacén está iluminado por luces industriales que parpadean, creando sombras que se mueven como criaturas vivas. Hay alrededor de veinte personas, todas de pie, todas en silencio. Todos alfas. Lo siento en el aire, en la electricidad que recorre el espacio, en la forma en que me miran cuando paso. Como si fuera la presa. Como si fuera algo que no debería estar aquí.
Y entonces lo veo.
Está sentado en una silla de metal, casual, como si estuviera en un café y no en un almacén lleno de criminales. Manjiro Sano. Mikey. El líder de la Tokyo Manji. Sus ojos-dos pozos negros sin fondo, sin luz, sin nada-encuentran los míos inmediatamente y no se apartan.
No parpadea. No sonríe. Solo me mira, con una intensidad que hace que mi piel se erice, que mi instinto de omega grite que corra, que se esconda, que desaparezca.
Izana habla. Explica el acuerdo propuesto, los beneficios mutuos, la protección a cambio de rutas. Yo debería estar escuchando, memorizando, preparándome para repetirlo todo después.
Pero no puedo.
No puedo apartar la mirada de esos ojos negros que me devoran desde el otro lado del almacén.
No pensaba que Izana quisiera aliarse con alguien así. pienso, y el pensamiento me sabe a miedo. Un alfa que solo tiene alfas. Un monstruo que dicen que ha matado con sus propias manos, que ha destrozado pandillas enteras solo por una pequeña provocacion.
Manjiro no me habla. No me dirige ni una sola palabra durante toda la reunión. Pero sus ojos...sus ojos no me dejan ni un segundo. Siento su mirada como un peso físico, como manos que me tocan aunque esté a diez metros de distancia.
Cuando Izana termina de hablar, hay un silencio largo. Manjiro se lleva una mano a la barbilla, pensativo, esos ojos negros finalmente apartándose de mí para mirar a Izana.
-Lo pensaré-dice, y su voz es suave, casi amable, completamente incongruente con lo que sé de él.
Salimos.
En el coche, el silencio es diferente. Más denso. Izana no enciende la radio, algo que siempre hace. Conduce en silencio durante diez minutos, quince, hasta que no puedo soportarlo más.
-Que tensión...Digo.
Izana no me mira. Sus manos aprietan el volante, luego lo sueltan, luego vuelven a apretar.
-Sí...Takemichi.
-¿Qué?.
-Le interesas.
Se me hiela la sangre. Literalmente. Siento que el frío parte desde el pecho y se expande por mis extremidades, dejándome entumecido, paralizado.
-No-digo, y la palabra sale como un graznido-No quiero...no quiero volver a ponerme delante de él. Izana, dicen que ha matado con sus propias manos. Que ha destrozado a alfas mayores que él, más fuertes. Que disfruta haciéndolo.
-Lo sé.
-Entonces ¿por qué?
-Entiendes el por qué...
Cierro los ojos. Respiro hondo. Pienso en los contactos que tiene la Tokyo Manji en la policía, en cómo pueden hacer que ciertas investigaciones desaparezcan, en cómo pueden abrir puertas que para nosotros están cerradas. Pienso en lo que significaría para la organización tenerlos de aliados, aunque sea temporalmente.
Pienso en lo que significaría para mí tener que acercarme a ese monstruo, ofrecerme como puente, como moneda de cambio.
-Sí-digo finalmente, y la palabra me sabe a derrota.
-Además-añade, casi como una ocurrencia-Si Sano te quiere, es mejor tenerlo de amigo que de enemigo. Aunque sea por un tiempo.
No respondo. Miro por la ventana, viendo pasar el paisaje gris, sintiendo esos ojos negros todavía sobre mí, aunque estén kilómetros de distancia.
Sé que volveré a verlo. Como mensajero, como ofrenda de paz.
Y sé, con una certeza que me hace sentir náuseas, que la próxima vez no será tan fácil salir de ese almacén. Que la próxima vez, esos ojos negros no se conformarán con mirar.
-Takemichi.
-¿Qué?
-Siempre será bajo tus reglas. Es un alfa, recuerdalo. Tú mandas más que el aunque no lo creas
Shinichiro me lo contó anoche. Llegó al piso pasadas las tres. No dijo nada al principio. Solo se sentó en el sofá, miró al vacío, y dejó que las palabras salieran en desorden.
Wakasa lo sabe. Lo sabe todo, o lo suficiente. Sabe que lo drogaron, aunque tenga que fingir que fue el vino. Y eso es lo que Shinichiro mantendrá hasta el final. Y ahora la investigación se ha triplicado. De repente hay agentes haciendo preguntas en los muelles, de repente nuestras rutas habituales tienen controles aleatorios, de repente los contactos que teníamos en aduanas han dejado de responder a los mensajes.
Así que estamos cortados.
Temporalmente, claro.
Rutas alternativas por el norte, contactos en ciudades más pequeñas donde la policía todavía puede sobornarse con cajas de whisky y billetes de cien. Shinichiro quiere que hable con los italianos otra vez, pero no me fío. No después de lo de Wakasa. No después de saber que hay alguien que nos está mirando de cerca, esperando que cometamos un error.
Lo bueno-si es que puede llamarse así a algo en este negocio-es que conseguimos esconder las armas a tiempo.
Cuando llegó la noticia de que había registros programados, cuando uno de nuestros chicos dentro nos avisó con dos horas de antelación, todo el mundo se movió. Koko y Inupi llevaron la mitad del cargamento a la nave abandonada del puerto viejo. Ran y Rindou se ocuparon de las bóvedas del sótano, de esas que construimos hace años y que nadie sabe que existen. Yo mismo supervisé el último camión, el que llevaba los fusiles de asalto, hasta el garaje de mi tío.
Siempre había al menos dos personas haciendo guardia. Esa es la regla desde el principio. Nunca menos. Siempre alguien despierto, siempre alguien armado, siempre alguien mirando por las ventanas mientras el otro cuenta el dinero o limpia las armas. Por eso funcionó. Porque cuando llegaron, con sus papeles y sus amenazas, no encontraron nada. Solo cajas vacías, solo polvo...
Pero Wakasa sabe.
Eso es lo que me preocupa, lo que no le he dicho a Shinichiro porque ya tiene suficiente con su propio peso. Wakasa no es estúpido. Sabe que fue drogado, sabe que Shinichiro estuvo involucrado, y aun así no ha movido ficha. Aún no. Y eso significa que está esperando...O que está protegiéndolo, lo cual es peor, porque un policía que protege a un delincuente es un policía que tarde o temprano se corrompera.
Cosas de amor.
Tengo que reorganizar todo.
Las rutas del norte son más peligrosas, más caras, menos fiables. Pero funcionarán. Temporalmente.
Miro por la ventana. Fuera está lloviendo. Pienso en Shinichiro, en la forma en que habló de Wakasa, en la mezcla de miedo y deseo en su voz.
Siento que estamos perdiendo el control.
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