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Se mi Omega

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Falco

-¡Falco!

Escucho la voz de Gabi detrás de mí y detengo mi andar por las tierras que acabamos de conquistar mientras me giro. Veo manchas en el suelo por todas partes, seguramente de compañeros que ya no volveré a ver. ¿En la guerra gana algún bando realmente? Dejo de mirar la sangre para mirarla a ella.

-¿Dónde vas?-La tengo a tres pasos de distancia, lo que me deja percibir su olor a menta a la perfección.

-Iba a dar un paseo antes de entrar al tren-Veo en su cara cómo no le gusta esa idea.

-Sabes que...

Sé lo que va a decir. Yo soy un omega rodeado de alfas.

-Lo sé, tranquila. Puedes dejar tu olor sobre mí, si así te quedas más tranquila-digo mientras abro mis brazos como una invitación.

Ella la acepta con mucho gusto. Siento su calidez juntarse con la mía, su olor mezclarse con el mío. Supongo que hemos normalizado este comportamiento. A mí me gusta y a ella también.

-Quiero que vuelvas antes de que anochezca.

-Deja de ser una mandona-digo mientras retomo mi camino y la dejo atrás.

Me cruzo con otros de mis compañeros. Al verlos, siento que se me retuerce el estómago. A algunos les faltan dedos, a uno le falta un ojo o quizás ya no ve por él. Otro camina con una muleta. Dejo de mirar porque no quiero que piensen que siento lástima por ellos. Son guerreros, igual que yo.

Me siento cerca de la ladera de una montaña, contemplando el atardecer. Veo cuerpos a lo lejos, y partes que solo son cuerpos a medias. Siento cómo me escuecen los ojos en cuestión de segundos. ¿Tendrían familia? ¿Hijos? Decido parar de pensar porque ya no se puede hacer nada por ellos.

Yo estoy aquí por Gabi, porque ella me lo pidió varias veces. Creo que soy de los pocos omegas que se atreven a ir contra todo lo que nos enseñan desde pequeños en la escuela.Los omegas tenemos que esperar a que llegue un alfa y nos corteje, ser delicados, saber cuándo callar, hacer todo lo que implica cuidar una casa y criar hijos. Los betas...bueno, ellos tienen mucha más libertad. Pueden decidir si estar con otro beta, con un omega o con un alfa. No tienen esa sensación horrible de sentir que te arde cada articulación, sentir que cada roce te da ganas de arrancarte la ropa. Yo odio mi celo cuando me pilla desprevenido.

Por supuesto, los alfas son los listos, los que siempre tienen la razón, los fuertes, los que llevan el mando. También parece que su casta les da permiso para hacer cosas horribles que implican a otras personas que quizás no quieren.

Yo, con mis veinte años, debería estar ya con pareja, planeando una boda y pensando en tener hijos. Udo dice que por eso Gabi me pidió que me uniese al ejército, para que nadie se me acercara en su ausencia. Y es cierto. Quizás si no estuviera aquí, en los cinco largos años que han pasado, ya estaría en esa situación y con una marca en el cuello.

¿Quizás así sería más feliz?

No me atrevería a decir al cien por cien que sí, porque desde los quince llevo entrenando para ser soldado. He hecho amigos, he visto ciudades preciosas, mi hermano está a mi lado cuidándome y diciéndome que soy más listo que muchos alfas que hay aquí. Podría decir muchas de las cosas que he aprendido, pero no todas nacen desde algo positivo.

Porque, a pesar de que he entrenado, mi cuerpo no ha cambiado mucho. Podría decir que en vez de tener una morfología de reloj de arena, me he quedado más en una rectangular. No tengo unas curvas muy pronunciadas, pero supongo que también es porque tengo una complexión delgada y esbelta. Tengo las piernas largas y he de decir que ahora las veo mucho más delgadas que cuando empezamos esta guerra. Pienso hartarme de mi comida favorita en cuanto lleguemos.

Decido que es hora de volver cuando una corriente de aire frío me da las buenas noches. Camino en silencio, escuchando cómo el tren ya está en marcha. Entro en el vagón, donde algunos ya están dando vueltas sobre sí mismos y celebrando que Gabi los ha llevado a la victoria derribando el tren blindado. Yo, por mi lado, prefiero quedarme apartado mirando. Veintiún años y ella ya es considerada la mejor del escuadrón, más que muchos veteranos que llevan años. Pero es lo que tiene cuando unos se relajan y otros se esfuerzan día tras día.

-Debes estar orgulloso, ¿eh? -me dice mi superior, Galliard.

-¿Qué?

-De Gabi. Sigue acumulando puntos para ser la próxima acorazada.

-Ah...sí.

-¿No deberías ir a celebrarlo con ella?

-Aquí estoy bien.

-¿Te han molestado?

-No, no-digo rápidamente-Es que estoy cansado.

Me da un salto el corazón cuando veo que se sienta delante de mí, dándome la espalda, y se echa hacia atrás para dejar caer su cabeza sobre mis piernas.

-Pues ya somos dos.

Yo me quedo completamente quieto mientras lo escucho.

-Espero que no se líe mucho esta noche. No me apetece separar borrachos.

-¿Es por miedo a que le venza un borracho?-me atrevo a bromear.

-Un borracho podría darse un golpe en su propia cara. ¿Cuántas veces voy a decirte que me tutees?

-Lo intento, pero la última vez el comandante Magath me echó una buena regañina sobre cómo hablarle a mis superiores-Lo veo resoplar.

-Entonces será cuando él no esté delante.

-Sí, porque si no acabaré en el calabozo.

-Entonces Gabi irá a hacerte compañía. ¿Te acuerdas de lo que pasó en Mandra?

-Oh, por Dios, no me lo recuerdes...

-Tenías que haberla visto. La paliza que le dio a ese idiota-dice completamente orgulloso de lo que Gabi hizo y de que casi empezara una guerra-Con diecisiete años ya era una kamikaze.

Tres años atrás

Gabi

Venimos a Mandra con la mejor de las intenciones: cerrar un trato. Ellos viven en un territorio árido, casi desértico, lleno de llanuras abrasadas por el sol y vientos secos. No tienen tierras fértiles, pero bajo su suelo guardan enormes reservas de petróleo. Marley les ha ofrecido alimentos, tecnología y unas pocas armas a cambio.

Es nuestra primera misión fuera de Marley después de un año de entrenamiento. Tenemos que vigilar el lugar donde nos alojamos mientras los líderes acercan posturas, aunque ya llevamos una semana y parece que no terminan de convencerse.

Hoy me toca patrullar el patio interior. Estoy plantada en mi sitio, mirando de un lado a otro, balanceándome sutilmente sobre mis pies y conteniendo algún bostezo de vez en cuando. Siento la camiseta interior pegándose a mi espalda por culpa del sudor, y el compañero que está conmigo es tan callado como un torturado siendo interrogado. Hasta que...

-¡Gabi!

Escucho la voz de Zofia con un grito que desgarra el silencio. Saco el arma y apunto hacia ella, igual que mi compañero.

-¿¡Qué pasa!? ¿Nos atacan?

-¡No, es Falco!

Un clic suena dentro de mi cabeza, como si alguien le hubiese quitado el seguro a un arma.

-¿Qué le pasa?

-Habíamos ido a comprar comida, tal y como habían ordenado. Ida y vuelta. Pero Falco empezó a marearse y, como yo tampoco me encontraba bien, decidimos parar unos minutos a la sombra para refrescarnos. Entonces aparecieron unos soldados de aquí e intentaron propasarse con nosotros. Más con Falco. Él se defendió dándole un puñetazo a uno de ellos.

No puedo evitar sentir una punzada de orgullo al imaginarlo.

-Y yo te juro que intenté detenerlos, pero...

-Tranquila-digo, a pesar de sentir cómo el veneno corre por mis venas-¿Sabes dónde se lo han llevado?

-Gabi, creo que deberíamos decírselo a los superiores.

-¿Por qué?

-Porque es el hijo del general Kael Velnar.

Mierda.

Cuando encontramos a Ren Velnar, está en uno de los bares por donde Zofia dice que los abordaron. Siento un calor llegarme hasta la punta de los dedos cuando lo veo tan contento, pavoneándose con una mujer. Galliard es el superior que hemos conseguido encontrar primero. Zofia le explica la situación y él decide que es mejor intentar no levantar demasiado polvo y hablar primero en privado con Ren.

-Hola-le dice Galliard, sentándose a su lado.

Nosotras permanecemos unos pasos atrás. Ren lo mira alzando una ceja, como si no entendiera por qué alguien está interrumpiendo su cortejo.

-¿Nos conocemos?

Respiro hondo por la nariz y suelto el aire lentamente.

-Quizás tú a mí no, pero yo a ti sí. Soy Porco Galliard.

-Oh, de Marley.

-He escuchado que has tenido un problema con uno de mis soldados.

Disimuladamente nos señala con la cabeza. Al girarse y ver a Zofia, parece recordar todo lo ocurrido hace menos de dos horas.

-Sí. Me ha dado un puñetazo.

-Sí. Pero, según mi cadete, fue porque intentaste propasarte con ellos.

Esta vez, cuando hago que el aire llegue a mis pulmones, lo mantengo allí. Soy una soldado entrenada. No puedo dejar que ese picor en mi puño me guíe hacia un gran altercado.

-Pues miente. Nosotros solo queríamos charlar con ellos.

-¡Mientes!-dice Zofia rápidamente.

-Mira, no creo que os venga bien que mi padre se entere de que uno de los vuestros me ha agredido. Quizás pase esta semana en prisión. Lo que no entiendo es por qué tenéis un omega en vuestras filas. Es...

Siento ese clic otra vez saltar en mi cabeza, más rápido que una bala. Cuando quiero darme cuenta, mi mano ya está en su nuca y, con fuerza, hago que su cara se estrelle contra la barra.

-Yo te voy a enseñar qué es una agresión.

Después tiro de él hacia atrás, haciendo que caiga con el taburete y todo. No le doy tiempo a reaccionar cuando ya estoy encima de él y mi puño derecho recae sobre su cara una y otra vez, hasta que Galliard mete sus brazos por debajo de los míos, me levanta con fuerza y después me retiene contra el suelo.

-¡Contrólate, soldado!

-¡Pero...

-¡No lo repetiré, Braun!.

Cierro los ojos, sintiendo mis colmillos picar. Todo ese cosquilleo, como lava burbujeante, pasa por mis venas hasta erosionarme la cabeza. Es Falco del que estamos hablando. Este idiota no solo intenta propasarse con él, se aprovecha de su posición e insinúa que él no merece estar donde está.

-¿Gabi?

Es lo primero que dice Falco cuando me ve entrar en la celda.

Presente

Falco

-No sé cómo no entramos en guerra -digo, recordando cómo esa noche la vi entrar y cómo, cuando me contó lo que había pasado, entré en pánico. Pensé que la ejecutarían o la torturarían.

-¿Crees que el comandante Velnar no sabía cómo era su hijo?

Me quedo en silencio. Probablemente sintiera vergüenza por el comportamiento de Ren, porque según lo que escuché del comandante, era alguien magnífico, alguien que respetaba las castas como si fuesen una ley inquebrantable.

-Por cierto, ¿es cierto que te han pedido cortejo?

-Sí. Pero los he rechazado.

-Sí, digamos que no te ha pillado en un buen momento -bromea.

-Y siento decir que no son para nada mi tipo.

-¿Y yo soy tu tipo?-dice en un tono pícaro que interpreto como falso tonteo.

-Eres muy mayor para mí.

-¡Oye! Seguro que ni te acuerdas de cuántos años tengo-dice, cruzándose de brazos.

-Veintinueve. Me sacas nueve años, pero si te sirve de consuelo, aparentas menos.

-Qué manera tan sutil de rechazarme.

-De nada.

-Bueno, voy a ver si puedo dormir un rato-dice mientras se pone más cómodo sobre mis piernas.

Yo no digo nada más y miro hacia donde todos están celebrando. Veo a mi hermano, quien me ayudó mucho a aclarar mis dudas sobre mi casta. No tengo que decir que sí a cualquiera que quiera cortejarme, porque mamá y papá no pueden decidir mi futuro. Ellos ya tienen su vida montada. No tiene nada de malo ser un omega sin pareja. Ese pensamiento es muy antiguo y yo no pertenezco a esa época.

Sé que a mi madre la haría feliz que dejase un arma y agarrase una escoba. No solo por miedo a perder a su hijo, sino por lo que los demás dicen. En cambio, mi padre se siente orgullosísimo de que yo apunte a personas y después apriete el gatillo.

-Luego nos vemos-me dice Gabi, a quien hace un rato he tenido que despertar porque el tren ya ha llegado a casa.

-Despediros con un besito-dice Udo, bajándose del tren y caminando hacia sus padres.

-¿Y tú a Zofia ya se los has dado?-le grita casi Gabi.

-CALLATE-Él se gira, nervioso, sacándole el dedo de en medio.

Nos damos un abrazo que dura unos segundos de más y después voy hacia mis padres, quienes sujetan a mi hermano, que tiene una resaca de mil vueltas. Mi madre me abraza, dejando que mi padre se encargue de Colt. Aspiro su dulce aroma y permito que se mantenga en mis pulmones, su calidez que reconozco desde que soy pequeño. Papá siempre bromea con que era un pequeño koala, pero no es mi culpa que mamá y yo nos entendamos tan bien a pesar de nuestros diferentes pensamientos.

-Falco, te odio...-dice mi hermano, como si le acabara de pasar un tanque por encima.

-No es mi culpa que no sepas beber.

-Si me quieres como hermano, ve a por menta y manzanilla.

-Antes de meterme en la tienda, ¿no hay en casa?

-Lo siento, Falco, te toca dar un paseo-dice mi madre-Yo ayudaré a tu padre a llevar a tu hermano a casa.

No me molesta dar un paseo por las calles en las que me he criado. He pasado mucho tiempo fuera de casa y esto es como una corriente de aire fresco que limpia mi cerebro, que solo tiene bombas, compañeros sufriendo, yo aferrándome a Gabi para saber que, si nos atacan, estamos uno al lado del otro, mi hermano con un río rojo bajándole por toda la pierna, Udo haciéndole RCP a otro de nuestros compañeros...

Respira.
Estás en casa.
No hay peligro.

La mujer de la tienda, cuando me ve entrar, sale desde detrás del mostrador para abrazarme con fuerza, diciendo que se alegra mucho de que haya vuelto. Yo era amigo de su hijo, que murió hace un par de años en el campo de batalla. Por aquel entonces yo ni siquiera me había apuntado a las pruebas de acceso. Me hace preguntas y yo las respondo. Después de un rato recuerdo por qué estoy aquí. Ella se ríe de mi hermano mientras me prepara lo pedido. Cuando me lo da, dejo unas monedas encima del mostrador y, al salir, escucho un "pásate cuando quieras".

Mientras vuelvo a casa, veo de lejos a unos soldados que no parecen estar muy bien, mientras otros, que parecen estar riéndose por algo, los guían en fila hacia unas furgonetas blancas. Cuando me acerco, veo a Koslo-san riéndose con algunos soldados cerca de las vías. Es un hombre robusto, ya algo mayor, de rostro ancho y expresión dura, aunque cuando se ríe parece menos intimidante. Lleva el uniforme militar impecable y suele moverse como alguien acostumbrado a mandar, o al menos a que lo escuchen. Casi siempre está cerca de los altos mandos, así que supongo que tiene bastante importancia aquí.

-Koslo-san-digo, acercándome-
¿Dónde se llevan a estos soldados?

-Oh, hola, Falco-dice dedicándome una pequeña sonrisa-Ah, ellos... -mira a los soldados-Tienen estrés postraumático. Los estamos llevando a una clínica psiquiátrica y a otros, los que están peor, a un hospital militar especializado.

-¡BUUM!

La voz de uno de los soldados rompe con fuerza en el aire y hace que pegue un pequeño salto. Creo que incluso Koslo-san da un pequeño respingo. Pero los soldados con estrés postraumático se asustan como si acabara de caer una bomba de verdad al lado de nosotros. Algunos se tiran al suelo tapándose la cabeza, empujando a otros sin querer en el proceso. También gritan.

-¡Oye, eso no ha tenido gracia!-le digo a un soldado que, si no recuerdo mal, se llama Daniel.

Me encaro con él porque veo que ni siquiera Koslo-san parece que vaya a decirle nada.

-Si no te gusta lo que ves, lárgate.

-¿Tanta gracia te hace que tus propios compañeros estén sufriendo?

Él me da un empujón.

-Lárgate antes de que te mande en una de estas furgonetas con ellos.

-¿Qué está pasando aquí?-La voz de Galliard nos hace girar.

-Este chaval no nos deja trabajar -dice Daniel más rápido que yo.

Koslo-san no dice nada. Supongo que se está divirtiendo con la escenita que se está montando.

-¡Mentira!-me defiendo-Se está burlando de estos soldados-digo, señalando a los que todavía están en el suelo-Están haciendo ruidos de bombas para asustarlos.

-¿Os estáis burlando de soldados con estrés postraumático?-Nadie dice nada-¿Nadie va a decir nada?

Después se coloca entre Daniel y yo.

-¿Te hace gracia que tus compañeros estén viviendo un infierno en su propia cabeza sin poder salir de él?

-No, señor.

-Entonces, ¿por qué lo haces?

-Lamento mi comportamiento, señor.

-Pues mueve tu inútil culo y empieza a levantar a estos soldados.

Después se gira hacia Koslo-san, que se pone rígido.

-Y tú controla a tus hombres.

-No ocurrirá de nuevo, señor.

Decido que, mientras Galliard supervisa que los soldados entren en las furgonetas, voy a ayudar a algún hombre al que le cueste más moverse. Muchos apenas pueden mantenerse en pie. Otros tienen la mirada perdida, tal y como ha dicho Galliard, como si una parte de ellos todavía siguiera atrapada en el campo de batalla.

El olor de sangre seca, barro y sudor sigue pegado a ellos. Nunca me acostumbraré.

Me acerco a un hombre tirado en el suelo y me doy cuenta del nudo extraño que hay en el pantalón por debajo de su rodilla. Me quedo quieto unos segundos antes de entenderlo.

Le falta una pierna.

No puedo evitar sentir un pequeño nudo en el pecho. No me imagino lo que tiene que ser perder una extremidad. También lleva una venda oscura cubriéndole uno de los ojos, atada alrededor de la cabeza. El pelo largo y castaño le cae algo desordenado sobre los hombros y, aunque parece más mayor que yo, también parece... cansado. Muy cansado.

Y triste.

No sé por qué pienso eso.

Quizás es la forma en la que está sentado en el suelo, como si simplemente hubiese dejado de tener fuerzas.

Sin pensarlo demasiado, me acerco.

-Tranquilo, ya no te pasará nada. Estás a salvo-digo, regalándole una pequeña sonrisa mientras me acunclillo frente a él.

El hombre alza la cabeza lentamente.

Lo primero que noto es su olor.

Café.

Uno fuerte, algo amargo, pero extrañamente cálido. No pega mucho con este lugar.

-¿Puedes levantarte?-pregunto, estirando la mano.

Por unos segundos me observa en silencio. Al final toma mi mano. Sus dedos son grandes, algo ásperos, y cuando consigue ponerse en pie, tambalea ligeramente.

-Despacio...-murmuro, agarrándolo un poco del brazo.

Pero lo que no me espero es que, de repente, me abrace. Me quedo rígido. Su cuerpo es más cálido de lo que esperaba, el olor a café me rodea por completo. Siento su respiración sobre mi cuello.

-Gracias...-murmura con una voz grave y cansada.

No sé por qué, pero algo dentro de mí se aprieta. Así que termino devolviéndole el abrazo con cuidado.

-Estás a salvo-susurro, dándole unas pequeñas palmadas en la espalda.

-¡Oye, chico, ten cuidado!...-Una voz brusca nos separa de golpe, haciendo que el alfa de pelo largo suelte un pequeño gruñido grave que me sorprende.

Parpadeo confundido.

-¿¡Oye, qué te pasa!?-protesto, frunciendo un poco el ceño.

-¿Es que no te das cuenta de que él es un alfa y tú un omega? ¿Y si le da un brote de locura y decide marcarte? Te estaba olisqueando el cuello.

Parpadeo un par de veces.

Después suelto un suspiro.

-No todos los alfas son malos... -murmuro, más para mí mismo que para él.

El hombre de la venda no dice nada.

Solo me mira.

Hay algo extraño en esa mirada.

Algo triste y algo ansioso.

Me despido de todos los soldados antes de volver a casa. Estoy cansado. Mucho.

Solo quiero meterme en mi cama, taparme con una manta calentita y dormir hasta mañana.

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