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Se mi Omega

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Falco


Aprieto con más fuerza el palo de madera que hace de rifle mientras Gabi vuelve a empujar contra mí. Siento cómo las suelas de mis botas resbalan unos centímetros sobre la tierra del cuadrilátero y tengo que echar todo el peso de mi cuerpo hacia delante para no terminar en el suelo.

Está usando demasiada fuerza.

Más de la habitual.

Sus ojos están completamente concentrados en mí y apenas pestañea. Ni siquiera parece respirar con normalidad. Simplemente ataca. Una y otra vez.

El golpe seco de nuestros rifles de madera resuena por todo el patio de entrenamiento.

Intento aguantar otra embestida, pero mis brazos empiezan a temblar.

¿Qué demonios le pasa hoy?

No es que Gabi sea suave entrenando. Nunca lo ha sido y menos contra mí. Pero hoy hay algo distinto. Está entrenando como si quisiera sacar algo de dentro de ella.

Como si estuviera enfadada con el mundo. Al ver que seguir forcejeando solo va a hacer que termine estampado contra el suelo, o haciéndome daño en las muñecas cambio de estrategia.

En el momento en el que vuelve a lanzarse hacia mí, doy un paso hacia un lado y la esquivo. Aprovecho la abertura que deja para intentar golpearle el costado con el palo.

Pero falla.

O mejor dicho soy yo quien falla.

Gabi gira sobre sí misma con una rapidez que casi me hace perderla de vista y bloquea el ataque antes siquiera de que pueda terminar el movimiento.

Claro...Ya lo ha entendido. No puedo evitar sonreír un poco.

Eso hace que el entrenamiento sea más divertido.

Empiezo a moverme alrededor de ella buscando otro hueco. Si no puedo vencerla por fuerza, tendré que hacerlo pensando un poco más. Finjo atacar por arriba y cambio la dirección en el último segundo, intentando alcanzar sus piernas.

Otra vez.

Nada.

Ella ya estaba esperándolo.

Los palos chocan una vez más con un golpe seco.

Retrocedo un paso.

Respiro.

Vuelvo a entrar.

Mis brazos ya empiezan a pesarme.

El sudor me cae por la frente y noto la camiseta pegándose poco a poco a mi espalda.

Sigo intentando encontrar un fallo.

Uno solo.

Pero Gabi hoy no deja ninguno.

Cada ataque que hago es respondido con otro más fuerte, cada vez que consigo obligarla a retroceder un paso, ella me obliga a dar dos.

Y poco a poco voy perdiendo fuerzas.

Llevo demasiado rato deteniendo sus arremetidas. Los antebrazos me arden por los impactos y las piernas empiezan a quejarse de tanto moverse y agunatar.

Aun así no pienso rendirme.

Lanzo un último ataque aprovechando que parece haber levantado un poco el brazo derecho.

Error.

Es justo lo que estaba esperando.

Con un giro rápido aparta mi rifle de un golpe y, antes de que pueda recuperar el equilibrio, siento cómo una de sus piernas barre las mías.

El mundo da una vuelta.

Y al segundo siguiente estoy sentado de culo sobre la tierra.

Levanto la vista.

La punta del rifle de madera apunta directamente a mi cara.

Escucho algunos silbidos y pequeñas risas alrededor del cuadrilátero.

-¡Victoria para Gabi Braun!-anuncia el instructor.

Suelto el aire por la nariz.

Bueno...Al menos he durado más que la última vez.

Le ofrezco una pequeña sonrisa esperando recibir otra de vuelta. Pero ella simplemente baja el arma, da media vuelta y se aleja unos pasos sin decir absolutamente nada.

El instructor pronuncia otro nombre.

-¡Udo! ¡Al cuadrilátero!

Mi amigo se levanta resoplando mientras yo me siento junto a Zofia para recuperar el aliento. Ella tampoco aparta la vista del combate.

-¿Qué le pasa a Gabi?-pregunta finalmente.

Niego despacio con la cabeza.

-No lo sé.

-Pues deberías hablar con ella antes de que alguien acabe como Harakawa.

Hago una pequeña mueca.

Pobre Hara.

Hace apenas media hora había sido víctima del mal humor de Gabi. Intentó inmovilizarla por detrás y ella respondió con tanta fuerza que terminó doblándole la muñeca contra el suelo.

Todavía recuerdo el grito y la cara del enfermero cuando tuvo que vendarle la articulación.

-Creo que hoy no quiere hablar con nadie...-murmuro.

Zofia me mira de reojo.

-Contigo seguramente sí.

No puedo evitar soltar una risa cansada.

-Sí...Me ha quedado bastante claro por la manera en la que me ha tirado al suelo-Ella pone los ojos en blanco.

-Eso no cuenta. A ti siempre te gana.

-Pero nunca así....Me hace retroceder hasta que consigue sacarme del cuadrilatero....Y gracias por los ánimos.

Udo consigue aguantar bastante más que yo, incluso llega a obligarla a retroceder un par de veces. Pero termina exactamente igual. Con la espalda contra el suelo y el palo de madera apuntándole al pecho.

-Victoria para Gabi.

Cinco victorias seguidas.

Empiezo a preguntarme si realmente está entrenando o simplemente descargando toda la rabia que lleva encima. Finalmente el instructor levanta una mano.

-Braun, descansa.

Ella asiente sin protestar, deja el rifle de entrenamiento en el soporte y comienza a caminar hacia la fuente.

Yo tomo una bocanada de aire.

Así que me limpio el sudor de la frente con la manga de la camiseta y empiezo a caminar detrás de ella.

-Ey...-digo cuando por fin la alcanzo.

Ella tiene las manos apoyadas sobre el borde de piedra de la fuente mientras bebe agua. Algunas gotas resbalan por su barbilla y caen sobre la camiseta empapada de sudor. Espero unos segundos.

-¿Te...pasa algo?

-No.

La respuesta sale demasiado rápida y demasiado seca.

-Gabi...

-Joder, te he dicho que no.

-Es que se nota que te pasa algo.

No llego a decir nada más. En un parpadeo siento su mano agarra mi camiseta a la altura del cuello y me empuja contra la pared que hay junto a la fuente.

-¡Oye!

Su olor me golpea de lleno. Menta. Pero no la menta fresca que siempre me ha transmitido tranquilidad, esta es una menta amarga, ácida, intensa. Como una advertencia, como si su propio aroma estuviera diciendo "deja de acercarte".Veo el borde de sus ojos que parece teñirse de un ligero tono carmesí y el estómago se me encoge.

-Gabi... -murmuro entre dientes-Suéltame.

Ella ni siquiera pestañea.

Sus pupilas permanecen fijas en mí.

-¿De quién es el olor que llevas encima estos días?

-¿Qué?

-Llevas días oliendo a otro alfa-Sus dedos aprietan un poco más mi ropa.

-¿Quién es?

-Suéltame.

-Falco.

Su voz sale mucho más grave.

-Me estás haciendo daño.

Durante unos segundos ninguno de los dos habla. Sé perfectamente a qué olor se refiere. Al de Kruger. Debe de haberse quedado impregnado en mi ropa de las veces que nos hemos visto. Pero mientras siga así...No pienso darle ninguna explicación. Veo cómo aprieta la mandíbula, despues respira hondo una vez.

Poco a poco el rojo de sus ojos desaparece, sus dedos aflojan la tela de mi camiseta hasta terminar soltándome por completo, da dos pasos hacia atrás y termina sentándose en el borde de hormigón de la fuente. Evita mirarme durante unos segundos, mientras yo me acomodo la ropa con un suspiro.

-¿Contento?

-No.

-Porque si simplemente me hubieras preguntado, te habría contestado. Ese olor es de un hombre al que estoy ayudando, es uno de los soldados con estrés postraumático que trajeron hace unos días.

-¿En qué lo ayudas?

-Voy a verlo de vez en cuando. Damos paseos, hablamos...Intento que no se sienta solo.

Gabi baja la mirada hacia el suelo.

-Pensé que...-Pero se calla.

-¿Qué pensabas?-Tarda unos segundos en responder.

-Que había aparecido otro alfa-Su voz apenas es un susurro-Y que te estaba cortejando.

-Gabi...-Me siento a su lado-Si algún día alguien intenta cortejarme, serás la primera en enterarte-Ella resopla.

-No tiene gracia.

-No estaba bromeando-Ella termina apoyando despacio la cabeza sobre mi hombro.

-Lo siento...Es que...cada vez hueles menos a ti y más a el.


Mientras me ducho escucho a los demás hablar de lo duro que ha sido el entrenamiento de hoy. Y no me extraña. Después de los combates nos han hecho dar veintitrés vueltas al campo de entrenamiento, cien abdominales, cien flexiones y, para rematar, otras cincuenta vueltas más.

Ahora entiendo por qué siento hasta los músculos que no sabía que tenía.

El agua caliente cae sobre mi cabeza y cierro los ojos unos segundos. Siento cómo el sudor y el polvo desaparecen poco a poco por el desagüe. Ojalá el cansancio pudiera irse igual de fácil.

-Oye, Falco.

-¿Qué?-respondo sin demasiadas ganas.

-Gracias por aplacar a Gabi.

No puedo evitar soltar una pequeña risa por la nariz.

-De nada.

-¿Qué le pasaba?¿Se ha enterado de que Kailed te está buscando?

Abro los ojos de golpe.

-No...-digo rápidamente mientras dejo que el agua me caiga por la nuca-Y espero que siga sin enterarse.

Escucho varios murmullos.

-¿Entonces?

Me encojo de hombros aunque nadie pueda verme.

-Ha tenido una mala mañana.

Eso es algo entre ella y yo.

-Joder...espero que aprenda a controlarse cuando herede el Acorazado.

-Yo preferiría que lo tuviera Falco-dice otro de los chicos mientras se aclara el jabón del pelo. No puedo evitar sonreír.

-Pues yo no. Prefiero vivir más de trece años.

Algunos se ríen, otros simplemente asienten. Todos sabemos lo que significa heredar un titán. No es un premio, es una cuenta atrás. Y una responsabilidad que yo no quiero.

Salgo de la ducha después de secarme bien el pelo y vestirme con ropa limpia. Todavía siento las piernas pesadas por el entrenamiento, pero al menos ya no llevo el cuerpo cubierto de tierra y sudor.

Cuando cruzo la puerta del vestuario veo a Gabi esperándome apoyada contra la pared.

-Has tardado.

-Tú has salido muy rápido.

-Porque hoy no tenía ganas de hablar con nadie.

Me acerco hasta ella y empezamos a caminar juntos hacia la salida del cuartel. El ambiente entre nosotros vuelve a ser el de siempre.

-¿Dónde vamos?-pregunto

-A cenar.

-Eso ya lo suponía.

Ella pone los ojos en blanco.

-A un restaurante de pescado.

No puedo evitar sonreír.

Después del día que hemos tenido...Suena a gloria. Durante todo el camino caminamos uno al lado del otro, sin necesidad de hablar demasiado.



Los días siguientes tampoco voy a ver a Kruger. Más que nada porque los entrenamientos me dejan completamente molido. Parece que los instructores quieren recuperar en una semana todo el tiempo que hemos pasado en el frente. Da igual si toca combate cuerpo a cuerpo, resistencia o disparo. Al final del día siento que hasta respirar me cuesta.

Incluso los entrenamientos de tiro terminan agotándome. Después de pasar horas sujetando el rifle, los brazos me pesan tanto que apenas tengo fuerzas para quitármelo de encima. Cuando por fin nos dan permiso para volver a casa, lo único que quiero es darme una ducha, cenar algo y dejarme caer sobre la cama.

Así, un día acaba convirtiéndose en dos.

Y dos, en tres.

Cada noche pienso que mañana pasaré a verlo.

Pero cuando llega el momento, el cansancio siempre termina pudiendo conmigo.


El atardecer empieza a teñir el cielo de tonos anaranjados cuando por fin salimos del campo de entrenamiento. Siento la camiseta pegada a la espalda por el sudor y las piernas pesadas, como si en lugar de músculos tuviera piedras. Me paso una mano por la nuca intentando aliviar un poco la tensión y camino hacia la salida del cuartel con la única intención de llegar a casa, darme una ducha y tumbarme un rato.

Pero entonces lo veo. Apoyado tranquilamente contra una farola, con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo, está Kailed. En cuanto nuestras miradas se cruzan, sonríe se que me esta esperándome a mí.

No puedo evitar sonreír un poco también.

Desde hace unas semanas hemos empezado a hablar bastante más. A veces me envía cartas cuando está trabajando en alguna noticia fuera de la ciudad. Otras veces soy yo quien se pasa un rato por la redacción del periódico antes de entrar al cuartel. Incluso algún domingo ha insistido en invitarme a desayunar en su casa para enseñarme cómo funciona todo aquello de escribir artículos.

Nunca pensé que un periodista pudiera tener tantas historias que contar.

-Buenas tardes, soldado -dice en cuanto llego hasta él.

-Buenas...-respondo con una risa cansada-¿Llevas mucho esperando?

-Lo suficiente para confirmar que los entrenamientos siguen siendo una tortura-

-Se nota mucho, ¿verdad?

-Bastante-Suelta una pequeña risa y termina dándome un ligero golpecito en el hombro.

-¿Tienes planes para esta noche?

Lo pienso unos segundos.

La verdad es que sí.

Dormir.

Muchísimo.

Pero tampoco quiero ser descortés.

-No especialmente.

-Entonces...¿te apetecería ir a cenar conmigo?

Lo miro unos segundos. No parece haber ninguna segunda intención en la pregunta. Simplemente sonríe con esa tranquilidad que siempre transmite cuando habla

-Vale. Me apunto.

-Perfecto.

Empezamos a caminar juntos por las calles mientras el sol termina de esconderse detrás de los edificios. A estas horas la ciudad parece mucho más tranquila que durante el día. Algunas familias vuelven a casa, los niños juegan en las plazas y las luces de los escaparates empiezan a encenderse poco a poco.

-¿Cómo ha ido el entrenamiento?-pregunta.

-Como si hubieran intentado matarnos sin usar balas-Él se ríe.

-Eso suena bastante duro.

-Lo ha sido.

Le cuento por encima las vueltas corriendo, las flexiones, los combates y cómo prácticamente todos hemos terminado tirados por el suelo al acabar. Él escucha con atención, haciendo alguna pregunta de vez en cuando. Eso es algo que me gusta de Kailed. Sabe escuchar, no intenta interrumpirte ni terminar tus frases. Simplemente deja que hables.

Cuando nos damos cuenta ya hemos llegado al restaurante, es uno bastante conocido por la carne que sirven. Nada más abrir la puerta, un olor intenso a carne a la brasa, especias y pan recién horneado me hace rugir el estómago.

-Después del entrenamiento de hoy me comería una vaca entera.

Nos acomodamos en una mesa junto a la ventana y un camarero nos trae las cartas. La verdad...A estas horas creo que todo me parecería exquisito. Mientras esperamos la comida, empezamos a hablar de cualquier cosa.

De cómo va el periódico.

De las noticias más absurdas que ha tenido que escribir.

De libros.

De la ciudad.

De los sitios que me recomienda visitar cuando tenga algún día libre.

Con Kailed las conversaciones siempre salen solas.

No hace falta pensar demasiado qué decir.

Simplemente hablo.

Y él responde.

Es una sensación agradable.

Y, sinceramente después de las últimas semanas, se agradece muchísimo.



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