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Sonata nocturna | GonKilluGon

Tres

YamilethWithY

Ese día Retz lució realmente resplandeciente ostentando su pomposo vestido de colores pálidos, el corset acentuando su figura y sus ojos verdes centellando con las grandes expectativas que allanaban sus pensamientos.

Tía Mito la había regañado varias veces durante el camino dentro del landó, protestando por su incapacidad para mantenerse quieta y dejar a relucir mucho su nivel de emoción, pues sería indecoroso. Ging se mantuvo callado la mayor parte del viaje, haciendo comentarios ocasionales sobre algunos rumores que circularon a última hora sobre la familia Zoldyck, la cual últimamente había estado en boca de todos.

—Espero verte bailando con alguna señorita, Gon —mencionó Mito, mirándolo fijamente y con una sutil suplica percibiéndose en su tono de voz.

Una respuesta negativa era un detonante definitivo para una discusión indeseada, así que agradeció con la mirada a su hermana cuando le quitó la atención de la mujer por un falso pedido de ayuda con su cabello.

No se volvió a topar el tema.

Illumi había anunciado esa mañana por medio de una carta que le sería imposible asistir al baile por negocios que atender con la familia de su esposa. Kikyo añadió una tristeza exagerada a la situación y empeoró cuando Milluki alegó que tampoco podía asistir, aunque este no explicó sus razones.

Killua actuó con indiferencia ante estas noticias, sin embargo, por dentro estallaba de alegría ante la posibilidad de pasar una velada tranquila sin hostigamientos innecesarios.

El ambiente era animado y con varias risitas distantes flotando por el aire. Aplausos y zapateos aplacaban con potencia cualquier otro sonido. Él se había conformado con no ser más que un espectador, atestiguando como sus hermanas eran muy cotizadas y solicitadas para bailar. Estaba orgulloso de que ninguna se haya quedado sentada en ningún baile. Había atrapado a varias muchachas mirándolo sin discreción y susurrando con poca sutilidad entre risas divertidas.

El tipo de actitud que no estaba dispuesto a soportar todos los días.

Durante uno de los intermedios la atención fue dirigida hacia la entrada. Arrugo el entrecejo por la confusión sobre lo que podría estar originando tanto revuelo y cuando estaba por levantarse para averiguarlo, Alluka se acercó a zancadas, alzando con sus manos la falda de su vestido lo suficiente para que no se arrastrara por el suelo.

—¡Llegaron los Freecs! —anunció encapsulando su emoción en un susurró sutil.

—¿Quiénes? —Alzó una ceja.

—Los Freecs. Tienen un hijo y una hija, ambos solteros. Dicen que la hija es bellísima y posiblemente vino a buscar prometido al baile.

—Gracias por el dato hermana —respondió con tono neutro, reconociendo la oferta tácita en el comentario. Decidió en silencio que ni siquiera haría el intento de conocer a la chica y Alluka fue capaz de dilucidar eso, exhalando con poco decoro y retirándose.

No se movió del lugar, pero tampoco apartó la mirada de la entrada donde poco a poco empezó a ver a los nuevos invitados. El hombre mayor caminaba con la frente en alto ostentando con orgullo un porte aristocrático, ni siquiera volteando a ver a su alrededor. A Killua le recordó a su madre en las reuniones con sus amigas, siempre luciendo tan presuntuosa y soberbia. A su lado una mujer pelirroja caminaba con ritmo grácil sonriendo a los rostros conocidos que la rodeaban. No iban de la mano y mantenían una mínima distancia prudente. Ciertos rasgos idénticos entre ellos le permitieron discernir que eran parientes, no esposos.

Detras de ellos caminaba la famosa hija de la que Alluka le habló. Era muy bonita debía aceptar. Contraria a la actitud de su padre, ella caminaba desbordando alegría, sin deshacer ese toque elegante que tantas miradas atraía. Volteaba de vez en cuando a sus lados para dar saludos furtivos y su manera de apretar los labios para disimular una sonrisa no pasaba desapercibida.

Demasiado alegre y muy poco discreta para su gusto, decretó.

A su derecha caminaba un chico. Supuso que las malas miradas que atraía era por su distraída actitud, su porte relajado y la manera en como inspeccionaba en lugar con curiosidad y sin disimulo alguno. Killua se preguntó en qué momento se detendría para saludar ruidosamente a alguien. En algún momento el mayor detuvo su andar y el muchacho, distraído con quién sabe qué, chocó contra su espalda. Killua tuvo que morderse los labios y mirar hacia otra parte para contener la risa que le provocó la sonrisa nerviosa que el muchacho brindó a su padre cuando éste se volteó.

El salón era realmente grande y cada adorno era como un imán para sus ojos. Supo reconocer la expectativa en la mirada de algunas jóvenes con las que cruzó una o dos palabras en algún momento y algunas expresiones amargas de parte de señoras. Sin embargo, las reacciones que incitaba era lo que menos le importaba. Todos los rostros que sus ojos captaban eran vagamente conocidos, excepto el de un par de señoritas que lo miraban con notoria emoción centellando en sus orbes; un par violeta y un par azul. Eran muy bonitas, lo suficiente para hacer emerger su ansiedad ante la espera de alguna propuesta de su parte... Propuesta que jamás le haría ni a ellas ni a ninguna otra chica.

Chocar contra la espalda de Ging por caminar distraído era lo menos que quería que sucediera, pero lastimosamente lo que era más propenso a suceder. Solo supo sonreír nervioso ante la mirada de protesta de su padre. La risita sutil de Retz lo ayudó a liberarse de la tensión y le permitió volver a avanzar normalmente. Sus ojos captaron otro rostro desconocido: un muchacho parado al final de todo el tumulto de personas, apartaba la mirada de ellos con temple solemne.

A Gon realmente le costó trabajo dejar de mirarlo.

La fiesta siguió con normalidad y Killua se había mantenido sentado durante todos los bailes. Una vergüenza para otros, un orgullo para él. Creyó vivamente que podría pasar una velada tranquila, sin altercados ni molestias innecesarias.

Hasta que su madre lo arrastró para presentarlo a otras familias.

Su padre mantenía una conversación amena con una pareja de esposos de edad avanzada. Alluka y Kalluto estaban paradas a cada lado, rectas, calladas y atentas. Cuando Kikyo llegó con él, lo presentó con mucho orgullo como el heredero principal de la familia, recalcando innecesariamente sus buenos dotes y talentos. Killua se forzó a extender su mano como saludo.

—¡Qué joven más encantador! Es imposible de creer que aún sigas soltero.

—No tengo intereses en el matrimonio —respondió en un tono lo suficientemente irritado para hacer notar su disgusto. Sin embargo, la mujer mantuvo su sonrisa cínica.

—No digas eso. Un muchacho como tú a esta edad debería estar buscando esposa por mar y tierra. ¿Ya conocen a la hija de los Freecs? ¡Cuánta belleza tan digna! Esperen un momento, se las presentaré.

Antes de que Killua pudiera responder algo, ya se habían marchado en busca de la susodicha. La presencia de sus padres y sus hermanas lo tenían atrapado sin posibilidad de escape.

—¿No estás emocionado? —Alluka le susurró sin poder contener su alegría.

Killua la miro con incredulidad, sin molestarse en ocultar su mueca de disgusto.

—Veremos qué tan buena resulta ser la famosa hija. —Kalluto se cruzó de brazos, alzando la cabeza con soberbia.

No tuvieron que esperar mucho para que la mujer volviera, abriéndose paso entre la multitud de gente que se esparcía por el salón. Miró detrás de ella a la chica que había visto antes, arrastrando de la mano al chico distraído.

—Ella es Retz Freecs —señaló a la rubia, quien hizo una reverencia solemne. Killua la miro un par de segundos para luego pasar su enfoque al muchacho de atrás. La manera en la que era ignorado ciertamente le llamó la atención.

—¡Eres preciosa! —Alluka se acercó sin contener su emoción. De sus padres solo recibió reverencias distantes y expresiones analíticas.

Retz agradeció en voz baja con una sonrisa azorada. Ambas se presentaron debidamente, incluyendo a Kalluto. Kikyo actuó ante el desinterés de su hijo, proporcionando un codazo discreto; señal a la que Killua no brindó mucho interés.

—Esperamos que pasen una velada agradable. Mis hijas y mi hijo están a su disposición —decretó Silva con el tono suficientemente severo como para advertir que el comentario fue únicamente por una cortesía obligatoria. Se retiró junto a su esposa que refunfuñaba en susurros.

Killua maldijo mentalmente por haberlo dejado atrapado en esa situación. Que la mujer de antes aún continuara presente sonriendo con cinismo lo hacía más incómodo. El hermano de Retz tampoco parecía estar pasándola bien siendo excluido de esa forma.

—¡Eres encantadora! —comentó Alluka—. Si mi hermano no te pide matrimonio, yo lo haré.

Las tres chicas estallaron en carcajadas sutiles. Sin embargo, la expresión de la mujer se deformó en una mueca de disgusto total.

—¡No, señoritas, no! —exclamó con el terror desfigurando su rostro—. No lo digan ni en broma. Un matrimonio así sería indecente y enfermizo.

Killua sintió un tic en el ojo izquierdo ante el discurso de falsa moralidad que auguraba. Miró al muchacho, quien había puesto sus ojos en blanco con fastidio sin ningún reparo.

—La biblia dice que...

—La biblia dice muchas cosas, señora —interrumpió sin molestarse en reprimir su tono disgustado—, al igual que usted.

Killua alzó las cejas con asombro ante la reacción inesperada. Un resoplido indecoroso escapó de sus labios ante el vano intento de reprimir una risa. De inmediato mantuvo la compostura ante la mirada iracunda de la mujer.

—Eres una vergüenza para tu honorable familia ¡Pobre de ellos por tener la desgracia de tener un hijo tan mal educado como tú! —decretó antes de marcharse dando pasos fuertes.

El aludido ni siquiera se inmutó ante el insulto. Su expresión no vaciló ni un segundo y su postura se mantuvo firme.

—Al fin se fue —dijo Killua cuando la mujer se hubo alejado lo suficiente.

—La mal educada es ella —Retz defendió, agarrando un brazo de su hermano con protección. Él respondió sonriendo cálidamente.

Después de tal acontecimiento se dispersaron por el salón nuevamente. Retz no parecía estar decepcionada por la falta de atención de Killua, ya que en su lugar se ganó el cariño legítimo de una de sus hermanas. Quizá vio que no tenía ni un ápice de oportunidad o pensó que ganaba puntos agradándole a su familia; quién sabe.

Hastiado de el fulgor de la fiesta se asomó por el solitario balcón. El aire helado azotaba con vehemencia sus mejillas, unas pocas estrellas titilaban en la oscuridad de la noche y la luna se alzaba majestuosa frente a él. La música de oía distante y las risas antes intensas ahora eran un susurro en el vacío.

De pronto otra presencia se asomó a su lado. El chico de antes se apoyaba contra el barandal, expresión sosegada y postura desinteresada. Importándole muy poco no haber pedido permiso o al menos manifestarse con un saludo. Esto hizo sonreír a Killua con curiosidad.

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