14
Tim se despertó sintiendo el familiar calor de las sábanas envolviéndolo, pero algo diferente perturbaba su paz. A su lado, Damián dormía profundamente, su respiración era lenta y regular, pero incluso en ese estado, el alfa no dejaba de emitir ese fuerte olor que siempre hacía que la piel de Tim se erizara. Se giró lentamente, tratando de no hacer ruido, pero Damián, siempre alerta, gruñó suavemente en su sueño y movió un brazo para rodearlo.
-Otra vez... -susurró Tim, tratando de no despertar del todo a su compañero.
Sabía que ese sería un día como cualquier otro desde que Damián había reclamado su parte de la apuesta. Tim estaba atado a esa extraña relación donde el poder del alfa predominaba, pero él, siendo Tim Drake, no era alguien que simplemente se sometiera sin más. Aunque su cuerpo reaccionara a la cercanía de Damián, su mente seguía siendo una tormenta de pensamientos contradictorios.
Logró deshacerse del brazo de Damián con suavidad y se deslizó fuera de la cama. El frío del suelo lo hizo estremecerse, pero necesitaba alejarse. Caminó hacia la cocina, decidido a comenzar su día antes de que Damián lo atrapara de nuevo en esa dinámica tensa de olores y feromonas.
Al llegar a la cocina, se preparó una taza de café. El silencio de la casa se rompió solo por el sonido del agua caliente y el aroma del café llenando el aire. Por un momento, disfrutó de la calma. Estaba solo, al menos por unos minutos.
-Te has escapado otra vez... -la voz de Damián lo sacó de su pensamiento. Estaba apoyado en el marco de la puerta, con esa expresión de suficiencia que tanto le irritaba. Estaba descalzo, solo con unos pantalones de pijama colgando bajos en su cadera.
-No es que me haya escapado-replicó Tim, sin girarse-A veces me gusta estar solo, Damián.
Damián dio un paso hacia adelante, y el olor a menta y chocolate que siempre traía consigo se hizo más fuerte. Ese maldito aroma que hacía que el estómago de Tim se revolviera, y no de disgusto.
-¿Te gusta estar solo?-preguntó Damián con esa voz suave, pero cargada de lo que Tim siempre identificaba como una mezcla de burla y deseo.
-Sí, lo necesito -respondió Tim, girándose para mirarlo a los ojos.
Damián no dijo nada al principio, solo se acercó hasta estar a un par de centímetros de distancia. Sus ojos verdes se fijaron en los de Tim, observando cada movimiento, cada cambio en su respiración.
El omega sintió cómo su corazón se aceleraba inevitablemente, maldiciendo por dentro cómo su cuerpo traicionaba su mente.
-Entonces, ¿por qué nunca te alejas lo suficiente?-susurró Damián, inclinándose lo justo para que sus narices casi se rozaran.
Tim se quedó inmóvil, apretando la taza de café en sus manos como si eso pudiera protegerlo de lo inevitable. Sabía que en momentos como ese, cualquier intento de alejar a Damián solo lo empujaba más cerca. Así que, en lugar de responder, tomó un sorbo de su café, buscando calma.
Damián soltó una pequeña risa. Era una risa baja, pero con ese toque de arrogancia que siempre tenía. Dio otro paso y antes de que Tim pudiera reaccionar, lo agarró por la cintura, levantándolo ligeramente para sentarlo en la encimera.
-Tienes que dejar de ser tan difícil, Tim-dijo mientras sus manos recorrían la cintura del omega, y el café en las manos de Tim temblaba ligeramente.
-No es que sea difícil...- murmuró Tim, tratando de mantener la compostura- Solo me gusta mantener algo de control en mi vida.
-Eso es lo que me gusta de ti. -Damián lo miró con una sonrisa ladina-Sabes pelear. Aunque sabes que al final... siempre gano yo.
Tim frunció el ceño, apartando la mirada. Sabía que Damián no estaba del todo equivocado. En esta dinámica extraña que habían creado, siempre parecía ceder al final, aunque su orgullo lo mantuviera luchando hasta el último segundo.
-No me he rendido aún-dijo Tim con una leve sonrisa sarcástica.
Damián soltó una carcajada baja, apoyando su frente en la de Tim, dejando que sus olores se mezclaran aún más. Tim sintió un calor recorrer su espalda, algo que ya había aprendido a reconocer y a odiar con la misma intensidad.
Ese maldito alfa sabía exactamente cómo hacer que todo en él respondiera.
-Lo sé-murmuró Damián, acercando sus labios hasta que apenas rozaron los de Tim-Nunca te rindes... aunque sepas que voy a ganar.
Tim, incapaz de evitarlo, dejó que sus labios se entreabrieran. Sentía su resistencia derrumbarse lentamente como siempre pasaba con Damián. Solo un día más, se repitió. Solo un día más en esta rutina caótica.
Pero, justo antes de que pudiera sucumbir del todo, se separó bruscamente. Saltó de la encimera, caminando hacia la puerta.
-Tengo que irme-dijo, sin atreverse a mirar atrás-Wally y Conner me esperan.
Damián observó en silencio cómo Tim salía de la cocina. Sabía que regresaría, que ese juego entre ellos no había terminado.
Pero por ahora, lo dejaría ir.
Mientras caminaba por las calles, con las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta, Tim sentía cómo el aire fresco golpeaba su rostro, pero no lograba despejar su mente. El eco de la conversación con Damián, de la proximidad, de esos momentos de tensión en la cocina, seguía golpeando su conciencia.
Se suponía que todo esto era simple, solo el resultado de una maldita apuesta que había perdido.
Nada más.
Pero...
¿Por qué cada vez que Damián estaba cerca, sentía que todo en su interior se desmoronaba y se reordenaba al mismo tiempo?
El olor de Damián, ese maldito aroma a menta y chocolate, era algo que no podía sacarse de la cabeza. Era como una constante, algo que siempre lo rodeaba, lo envolvía, lo hacía sentirse pequeño y vulnerable, pero también... seguro.
No puede ser mi alfa. Se repetía una y otra vez mientras pisaba fuerte sobre el asfalto. No puede ser. La idea era absurda. Damián siempre había sido alguien que lo irritaba, que lo desafiaba, que lo hacía sentir fuera de control, y Tim no era de los que perdían el control. Y aun así... la sensación de esa mañana, con su frente pegada a la de Damián, con sus olores entrelazados en el aire de la cocina, había hecho que algo se moviera dentro de él.
Las calles de Gotham estaban tan llenas de vida como siempre, pero Tim apenas notaba a las personas que pasaban a su lado. Su cabeza era un hervidero de pensamientos, de emociones contradictorias. No puede ser. Solo es una apuesta, solo estamos cumpliendo con las reglas de algo estúpido que acepté. Pero su corazón no dejaba de golpear con fuerza, como si estuviera tratando de decirle algo que él no quería escuchar.
Damián era intenso, arrogante, posesivo. Todo lo que un alfa solía ser, y por mucho que Tim quisiera negarlo, esas características eran las que más lo afectaban. No quería admitirlo, pero cada vez que Damián lo tocaba, su piel reaccionaba antes que su mente. Cada vez que lo miraba con esos ojos verdes, su corazón saltaba un latido.
Se detuvo frente a una cafetería y miró su reflejo en el vidrio. Su rostro estaba más pálido de lo normal, sus ojos con una sombra de cansancio. ¿Qué demonios me está pasando? se preguntó a sí mismo, frustrado. Desde que todo esto comenzó, había sentido que algo en él se estaba rompiendo, algo que siempre había mantenido firmemente controlado. Esa parte de sí mismo que siempre había sido suya, esa independencia, esa determinación de no ceder nunca ante nadie, especialmente ante un alfa.
Pero con Damián... nada parecía sencillo. Todo estaba cambiando. Su relación, su dinámica, incluso la manera en que se miraban. Ya no era solo un tira y afloja entre rivales, era algo más. Algo que le daba miedo explorar porque si lo hacía, temía no poder salir de allí.
-Todo esto no era más que una apuesta-Se repitió, como si decirlo en voz alta fuera a hacer que sonara más verdadero-Yo perdí, él ganó. Eso es todo-Pero mientras las palabras salían de su mente, sonaban vacías.
Sabía que no era solo una apuesta.
Lo había sido al principio, sí, pero todo había cambiado.
El modo en que Damián lo miraba, la manera en que lo sostenía en sus brazos, la seguridad que sentía cuando estaba con él.
Tim siguió caminando, apretando los puños dentro de sus bolsillos, tratando de ignorar el nudo que se formaba en su estómago. Sabía que en el fondo, algo había cambiado. No solo en Damián, sino también en él. Pero no podía permitirse pensar así. No podía ceder, no podía dejar que su mente lo traicionara de esa manera.
Esto no significa nada. se dijo de nuevo. Pero mientras sus pasos lo llevaban más lejos de la mansión Wayne y de Damián, esa parte dentro de él que se resistía a admitirlo seguía gritando lo contrario. Y por más que quisiera, Tim no podía silenciarla.
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