1
Damian
El salón del trono estaba en silencio, salvo por el crujir de la madera antigua y el leve chasquido de las antorchas. Mi madre estaba de pie, la espalda recta como una lanza, mientras mi padre —con su usual expresión pétrea— permanecía sentado en el trono elevado, los dedos entrelazados como si sujetaran el mundo entero.
-Será una unión estratégica-
dijo Bruce con voz firme-El Reino de Solarys ha accedido. La boda se celebrará en el equinoccio.
-¿Una unión...?-Repetí, sin entender, hasta que las piezas se acomodaron-¿Estás diciendo que...?
-Te casarás con el príncipe Jon de Solarys-intervino mi madre, su tono neutro, sin asomo de emoción.
Sentí como si el aire se volviera espeso. Me puse de pie bruscamente, la silla arañando el suelo de piedra.
-Ni siquiera lo conozco-dije. Me ardían las palmas de las manos. El nombre de Jon no era desconocido para mí. Hijo de Clark y Lois, el brillante general con habilidades de un dios. Había oído historias. El hijo dorado de Solarys. Arrogante, seguro, casi una leyenda. Exactamente el tipo de alfa que evitaba.
-No necesitas conocerlo para cumplir tu deber-contestó mi padre.
-¿Y qué hay de lo que yo quiero?
-Eso nunca fue parte del trato, Damian-susurró Tim desde un rincón, cruzado de brazos, con esa mirada suya que lo decía todo sin palabras.
Me giré hacia él con rabia contenida.
-¿Tú sabías esto?
-Lo supe ayer. Y si quieres mi consejo... más te vale prepararte. Solarys no hace pactos sin condiciones.
-No soy una ficha en su tablero -espeté. Pero por dentro, sentía cómo las cadenas invisibles empezaban a cerrarse.
Jon
-No.
Mi voz resonó por el techo abovedado del salón de audiencias. Mi madre, sentada junto a mi padre en el trono de Solarys, frunció apenas los labios, como si lo hubiera anticipado.
-Jon-dijo Lois con paciencia-
Esta alianza evitará una guerra. Miles de vidas están en juego.
-¿Y por eso quereis venderme? ¿A un desconocido?-Estaba de pie en medio del salón, la capa aún sobre mis hombros, polvo de entrenamiento en mis botas. No podía creerlo.
Mi padre, Clark, me miraba con esa calma que a veces dolía más que un grito.
-Es Damian de Noctaris-dijo-
Hijo de Bruce y Talia. Heredero directo. Inteligente, peligroso. Necesitamos esa unión.
-Sé quién es. He oído historias -repliqué-Un asesino vestido de príncipe. Un Omega que envenena con palabras y puñales.
Conner, apoyado contra una columna, se echó a reír por lo bajo.
-No suena tan mal. Seguro que al menos te mantendrá alerta.
-No estoy bromeando, Conner -le lancé una mirada fulminante, pero él se encogió de hombros con esa sonrisa suya que siempre ocultaba demasiado.
-Lo sé, hermanito. Solo digo que...si no puedes escapar del trato, tal vez puedas aprender algo.
Volví la mirada hacia mis padres. El calor en mi pecho comenzaba a subir, no por rabia, sino por la idea de estar encadenado a alguien con quien solo compartía rumores.
-No quiero casarme con alguien que no conozco.
-Lo conocerás-dijo mi madre, y se levantó lentamente del trono-Y ojalá antes de que el mundo entero esté mirando.
Me quedé allí, sintiendo que, por primera vez, mi poder no podía salvarme.
Damian
-Veintitrés años-murmuré, dejando caer la cabeza contra el respaldo del diván de mi habitación-Veintitrés malditos años y aún me tratan como un peón.
Tim estaba sentado en la ventana, la pierna apoyada en el alféizar, observando el patio donde los guardias entrenaban en la penumbra.
-Eso es lo que somos, Damián -dijo sin mirarme-Peones con buen linaje.
-No quiero encadenarme a un alfa. Y menos a uno que vuela, brilla y sonríe como si el mundo fuera suyo. ¿Qué voy a hacer con alguien así?
-Tal vez no morir de aburrimiento-ironizó. Se giró hacia mí-Solarys no es tan idiota como para enviarte a su heredero sin entrenamiento. No va a romperse con una mirada tuya.
-No me preocupa si se rompe -dije, incorporándome con lentitud-Me preocupa que lo odie. O que me odie él a mí.
Tim se encogió de hombros, como si fuera inevitable.
-La política no necesita amor. Solo necesita obediencia. Y alianzas duraderas.
Me quedé en silencio un rato, mirando las sombras que las velas lanzaban sobre el techo de piedra.
-¿Y si me niego?-pregunté al fin.
-Entonces empezarás una guerra. Y eso es exactamente lo que nuestros padres están evitando-respondió con la voz baja-Lo sabes, Damián. Esto no se trata de ti. Ni de él.
Fruncí los labios. Me ardía el pecho.
-No me importa. No quiero que nadie me ate. No con votos. No con un lazo que huele a oro y traición.
Tim me miró en silencio, y por un instante, casi pareció entenderme del todo.
-Entonces que sea él quien se rompa, no tú-dijo. Y volvió la mirada hacia la noche.
Jon
-Voy a morir envenenado.
Conner estalló en carcajadas mientras se tiraba de espaldas sobre mi cama.
-No digas tonterías-rió-Nadie muere envenenado en una boda. En la noche de bodas, tal vez, pero no en la ceremonia.
-No es gracioso-gruñí, cruzando los brazos. Caminaba de un lado a otro de mi habitación, todavía con la armadura puesta-Dicen que Damian de Noctaris entrena con hojas ocultas, que sabe mirar a los ojos y matarte sin mover casi ni un músculo.
-Dicen muchas cosas-replicó, encogiéndose de hombros- También decían que tú podías levantar un caballo con una sola mano a los ocho años. Y mira, solo fue una mula vieja y dos manos.
Lo fulminé con la mirada, pero él seguía tan tranquilo como siempre.
-Tengo veintidós años, Conner. No debería estar pensando en alianzas políticas, ni en bodas, ni en omegas asesinos.
-Técnicamente, eso sí es parte de ser príncipe-bostezó-Pero te entiendo.
Me dejé caer en la silla, hundiendo la cara en las manos.
-No sé cómo voy a convivir con alguien que ha vivido toda su vida entre dagas y susurros. No sé si quiero conocerlo. Tal vez prefiera no hacerlo.
-¿Y si no es tan terrible como dicen?
-¿Y si sí?-murmuré-¿Y si abro los ojos una mañana y ya estoy muerto?
Conner sonrió, esta vez más suave.
-Entonces me aseguraré de vengarte. Aunque... algo me dice que ese tal Damian no es el único con filo bajo la sonrisa.
Lo miré.
-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir que tal vez él también esté preguntándose ahora mismo si tú vas a aplastarlo contra una pared en mitad de la noche. Y que si ambos tienen miedo… es que algo interesante está por empezar.
Me quedé en silencio, mirando el fuego arder en la chimenea.
Tal vez sí. Tal vez ambos estábamos condenados a algo más que un tratado.
Jon
El amanecer coloreaba el cielo con tonos suaves cuando salimos de las puertas de Solarys. Mi caballo relinchó con fuerza, impaciente, pero yo tiré suavemente de las riendas. Tenía el corazón agitado, como si el aire supiera lo que nos esperaba al otro lado de las colinas.
-¿Seguro que no quieres volar? -preguntó Conner, cabalgando a mi lado, relajado como si fuéramos a un festival y no al inicio de un compromiso forzado.
-Si vuelo, llego antes. Y si llego antes, lo veo antes. Prefiero retrasarlo-gruñí.
Conner soltó una carcajada, pero no insistió.
A nuestro lado, el estandarte dorado de Solarys ondeaba con la brisa. Íbamos escoltados por un puñado de soldados y el consejero Varnes, un hombre de barba blanca y mirada severa que hablaba poco, pero lo observaba todo.
-El Reino de Kori es neutral-nos había dicho antes de partir-No permitiremos deshonra ni juegos de poder. Se trata de diplomacia.
-¿Y si no quiero diplomacia?-
pregunté.
-Entonces guarda silencio y deja que la practiquemos nosotros-respondió, sin perder el paso de su montura.
Los campos se abrían frente a nosotros, y más allá, entre montañas suaves y cielos despejados, se alzaban las torres blancas del Reino de Kori. Un lugar sin ejércitos. Sin batallas. Solo tratados, libros y paz.
Un terreno extraño para dos príncipes nacidos de guerra.
Damian
El camino hacia Kori era amplio, rodeado de árboles altos y niebla suave que acariciaba el suelo. Montaba un corcel negro, firme y obediente, sin adornos ni cintas. A mi lado, Tim cabalgaba en silencio, más elegante de lo habitual, vestido con ropas formales, aunque sin su sonrisa habitual.
-Podrías hablar-dije tras unos minutos de silencio-No es necesario que me vigiles como si fuera a escapar.
-No estoy vigilando. Estoy apreciando el paisaje-
respondió sin apartar la vista del camino-Aunque si decides huir, tendrías que pasar sobre mí primero.
-Me lo anoto-murmuré.
Detrás de nosotros viajaba Lady Narisa, diplomática de Noctaris desde hacía más de veinte años. Había negociado treguas imposibles, sobrevivido a envenenamientos y firmado tratados que salvaron miles de vidas. Ahora, su objetivo era una boda. Mi boda.
-El Reino de Kori es neutral-nos había advertido al partir-Aquí no se permite confrontación ni doble intención. Lo que se hable, se respeta. Lo que se acuerde, se cumple.
-Y si no se llega a ningún acuerdo-pregunté-¿también se respeta?
-Entonces se pacta la guerra-
dijo sin emoción.
Mi pecho se cerró con lentitud. Las palabras eran suaves, pero el peso que llevaban no.
A lo lejos, entre las nubes y los campos verdes, pude ver los tejados curvos y relucientes de Kori. Blancos, como hueso limpio. Pacíficos.
Ajeno a las dagas.
Ajeno al vuelo.
Y sin embargo, el lugar elegido para un encuentro entre un asesino y un dios.
Sabía que él estaría allí. Que se bajaría del caballo y me miraría como si ya supiera todo sobre mí.
Y yo haría lo mismo.
Porque esta vez, no habría máscaras. Solo terreno neutral. Y ojos puestos sobre nosotros.
Demasiados ojos.
Jon
Los portones del palacio de Kori se abrieron con la calma de un amanecer sin prisa. Las columnas blancas se elevaban como árboles sagrados, y entre ellas, bajo un dosel de seda clara, la figura de la reina Kori nos esperaba con una sonrisa diplomática. Su vestido celeste ondeaba suavemente con la brisa, y su cabello cobrizo estaba recogido en una trenza que caía sobre su hombro como una serpiente pacífica.
-Bienvenidos a mi reinado-dijo con voz firme, pero dulce- Tierra neutral. Aquí solo reina la palabra. Y la voluntad de la paz.
Conner fue el primero en desmontar. Yo lo seguí, bajando de mi caballo con algo de lentitud, intentando no parecer tenso. No lo conseguí. Porque en ese momento lo vi.
Él también acababa de desmontar. Su caballo era negro, como si lo hubieran moldeado con la sombra misma. Y él... bueno. Él era letal.
No porque tuviera armas a la vista. Sino por lo que era en sí mismo.
Era bajo. Tal vez me llegaba al pecho, incluso con sus botas de suela firme. Su piel era de un tono suave, elegante, y su cabello negro caía liso, perfectamente peinado detrás de las orejas. Pero lo más impactante eran sus ojos. Verdes. No como el bosque. Como veneno en calma. Miraban sin pestañear, afilados. Pensativos.
Y olía… a hielo, a tinta antigua, y a una flor que no pude identificar. Casi imperceptible. Un aroma que se quedaba atrapado en la garganta.
Es precioso, pensé. Y me va a matar.
Damian
Kori nos esperaba de pie. A mi lado, Lady Narisa mantuvo la postura impecable mientras Tim desmontaba primero y me tendía la mano para ayudarme a bajar. No la tomé, por supuesto. No soy un niño.
La reina de Kori se inclinó levemente cuando nos acercamos.
-Bienvenidos a mi casa-dijo- Confío en que podamos construir algo estable en estos días. Ninguno de ustedes está aquí por elección, pero eso no significa que no podamos decidir cómo será el camino.
Asentí con la cabeza, sin mostrar emoción. Mis ojos ya estaban en él.
El príncipe de Solarys.
Era alto, claro, con el tipo de porte que se obtiene cuando uno nace con demasiada luz encima. Cabello oscuro, revuelto como si el viento lo tocara incluso sin estar presente. Pómulos marcados. Boca firme. Y ojos azules, pero con algo más. Como si fueran fuego disfrazado de cielo.
Tenía la espalda ancha, la postura de un guerrero, y un leve olor a ozono, hierro y algo cálido, como madera ardiendo lentamente.
Al menos no es un viejo, pensé. Era más joven de lo que imaginaba. Más...vivo. Más real.
Nos miramos por unos segundos. Ambos sin sonreír.
-Príncipe Jon de Solarys-dije con una leve reverencia.
-Príncipe Damian de Noctaris -respondió él con un gesto igual de contenido.
Cordial. Frío. Limpio.
-Seguidme-intervino Kori, girándose suavemente-Os aguardan en la sala de los acuerdos. Habrá té. Y preguntas que nadie querrá responder.
Conner y Tim intercambiaron una mirada breve. Supongo que tampoco se fían el uno del otro.
Entramos al palacio. Piedra clara bajo nuestros pies. Sombras largas a nuestras espaldas. Y entre nosotros, la distancia exacta de dos futuros que aún no sabían si querían encontrarse.
El palacio de Kori era demasiado claro para mi gusto. Mármol pulido, ventanales que dejaban entrar toda la luz del día y techos altos que hacían eco de cada paso. Subimos las escaleras en silencio, guiados por dos sirvientes vestidos con túnicas grises. Kori caminaba al frente con una elegancia natural, como si flotara. Jon y yo íbamos uno junto al otro, pero no cruzamos palabra. Ni siquiera miradas.
No era por orgullo. Era precaución.
La sala donde nos llevaron tenía grandes vitrales de colores suaves y una mesa larga de cristal tallado. Las sillas estaban dispuestas con orden impecable. Nuestros representantes ocuparon sus lugares rápidamente: Lady Narisa a mi lado, Tim a mi derecha. Conner se sentó al otro lado, junto a Jon y el consejero Varnes.
Nos sentamos frente a frente.
La tensión era silenciosa, como una cuerda tensa que nadie se atrevía a tocar.
Jon
El cristal de la mesa reflejaba el cielo. Me concentré en eso, en lugar de mirar a Damian. No porque no quisiera… sino porque no sabía cómo reaccionaría si nuestros ojos se encontraban. Era tan inmóvil, tan perfectamente contenido, que me parecía una escultura a punto de romperse en mil pedazos. O de explotar.
Kori tomó asiento en el centro y colocó las manos juntas sobre el regazo.
-Bien. El objetivo de esta reunión es definir los términos de la unión entre Solarys y Noctaris-dijo con voz serena- Las bases ya han sido aceptadas por ambas coronas. Ahora queda decidir cómo se desarrollarán los eventos... y cómo se protegerá la dignidad de ambos príncipes.
Nadie habló durante unos segundos. Fue Lady Narisa quien rompió el silencio.
-La boda se celebrará en Noctaris, según nuestras tradiciones-declaró-Como anfitriones, garantizaremos la seguridad y honra de todos los asistentes.
-Y una vez casados-añadió Varnes, sin perder su tono monótono-el príncipe Damian se trasladará a Solarys, donde vivirá junto al príncipe heredero.
Ahí fue cuando lo noté.
Damian se tensó. Apenas un segundo. Pero lo suficiente para que yo lo sintiera. No dijo nada, sin embargo. Solo entrelazó los dedos con lentitud sobre la mesa.
-También se ha acordado-
intervino Tim con tono diplomático-que yo acompañaré a mi hermano a Solarys, en calidad de consejero personal. Y... como su mano derecha.
-Eso fue autorizado-asintió Conner-Aunque, claro, dentro del castillo de Solarys, las órdenes seguirán un solo canal: el del heredero.
No había amenazas en su voz. Pero tampoco era suave.
-Sobre el respeto-dijo Kori, antes de que las cosas pudieran endurecerse más-
dejadme ser clara. Esta unión no será solo un símbolo. Será real. Ambos están obligados a proteger la integridad del otro, física, emocional y política. Cualquier acto de humillación, violencia o deslealtad... será considerado una ruptura del tratado.
Mis manos se cerraron ligeramente en puños sobre mis piernas.
Dignidad. Protección. Palabras que parecían huecas cuando te ponían frente a un desconocido.
Finalmente, hablé. Sin mirarlo.
-Entiendo las condiciones.
Y entonces, él habló también. Su voz, baja y precisa.
-También yo.
La reina Kori asintió lentamente. Luego se recostó un poco sobre el respaldo de su silla, observándonos a ambos.
Damian
Kori entrelazó los dedos sobre la mesa de cristal y nos miró con esa calma que parecía tallada en mármol. Su voz fue suave, pero clara:
-¿Algo que queráis añadir?
Por un momento, nadie dijo nada. Tim me miró de reojo, esperando que hablara. Yo mantuve la vista fija en la mesa. El reflejo del vitral se deformaba sobre el cristal como si quisiera ocultar la tensión que flotaba entre nosotros.
Respiré hondo. Y entonces lo dije:
-No quiero que se me marque.
Ni antes, ni durante. La unión puede ser simbólica, puede tener peso político, pero no me voy a dejar marcar como si esto fuera propiedad.
Hubo un breve silencio.
Y luego, para mi sorpresa, escuché su voz.
Jon
-Sí. Yo tampoco-dije, sin mirarlo esta vez-La boda será suficiente.
No necesitaba tener un lazo en la piel para saber que esta unión ya era una atadura. No necesitaba ver su piel marcada para entender que él ya estaba cediendo demasiado. Y yo también.
Varnes levantó una ceja, pero asintió.
-Lo dejaremos por escrito.
Lady Narisa ya estaba escribiendo en su pergamino, su pluma deslizándose con precisión.
-Ambos príncipes acuerdan que no se realizará marca alguna para formalizar la unión. La ceremonia tendrá valor suficiente según ambas coronas.
Kori observó a cada uno con atención. Sus ojos viajaron de mí a Damian, y luego a los hermanos que nos flanqueaban.
Damián
El silencio se había vuelto espeso. Como si incluso el aire supiera que ya todo estaba dicho… pero no todo resuelto.
Kori se levantó con gracia de su asiento, su vestido celeste flotando alrededor de sus pies descalzos. Caminó lentamente hasta quedar entre nosotros dos, las manos cruzadas a la espalda.
-Según las costumbres de Kori -dijo en voz baja-ninguna unión se sella sin al menos un intento de reconocimiento entre las partes. Es decir, debéis hablar. A solas.
Tim se removió en su asiento, alzando una ceja.
-¿Con todo respeto… es obligatorio?
Kori le devolvió una sonrisa serena.
-Tan obligatorio como la paz que buscáis. No se firman tratados entre fantasmas.
Conner soltó un suspiro teatral y se puso de pie con un leve gruñido.
-Bueno, suerte con eso, hermanito.
Ni siquiera lo miré. Solo lo escuché salir, seguido de Tim, Lady Narisa y Varnes. La puerta se cerró suavemente tras ellos.
Y por primera vez desde que llegamos a este lugar, el silencio fue… auténtico.
Estábamos solos.
Jon
La sala parecía más grande sin ellos. Más pesada también.
Me quedé sentado, con las manos entrelazadas sobre la mesa, observando los reflejos del vitral proyectados en el suelo.
No sabía cómo empezar. Y eso no me pasaba nunca.
Él tampoco decía nada. Estaba recto, con la espalda perfecta, los ojos clavados en algún punto más allá del cristal.
Apreté los labios.
-¿Te molesta estar aquí?
Sus ojos se movieron hacia mí. No toda la cabeza. Solo los ojos. Fríos, calculadores.
-¿De verdad quieres que responda a eso?
-No me molestan las respuestas sinceras-dije.
Damián desvió la mirada hacia la ventana. Por un instante, pareció que pensaba si valía la pena decir algo más.
-No me molesta estar aquí-dijo al fin-Me molesta no haber elegido estar.
Y curiosamente… lo entendí.
-Sí. A mí también.
Damian
-¿Cuántos años tienes?-pregunté, cruzando las piernas bajo la mesa. No era una pregunta estratégica. Solo... directa. Alguien tenía que empezar.
Jon me miró con una ceja levantada, como si no esperara algo tan sencillo.
-Veintidós. Cumplo veintitrés en unos meses. ¿Y tú?
-Ya tengo veintitrés-respondí- No me gustan los cumpleaños. Menos desde que empecé a entender lo que venía con ellos.
Asintió, pensativo, y bajó la mirada un segundo. Luego se irguió un poco en la silla. Su voz fue firme, pero sin dureza.
-Antes de que esto avance más… deberíamos poner límites.
Lo miré en silencio, evaluando la seriedad de su rostro. No era un juego. Y no era una trampa.
-¿Límites?
Asentí lentamente.
-No quiero que nadie me toque sin mi permiso. No quiero que me des órdenes en público. Y si tienes algo que decirme, me lo dices. No a tu hermano. No a tus guardias. A mí.
Jon me sostuvo la mirada. La sonrisa que había en él al principio se desvaneció, pero no por enojo. Solo porque había entendido que hablaba en serio.
-Entiendo. Lo mismo para ti-respondió-Si vamos a convivir, quiero respeto. No necesito que me ames, Damian…pero tampoco quiero que me odies.
No dije nada durante unos segundos. Estaba procesando sus palabras.
-Nada de gritos frente a terceros-añadí.
-Nunca haría eso-dijo enseguida, casi ofendido por la sola idea.
-Ni habitaciones separadas.
Vi cómo fruncía el ceño por un instante. Una reacción mínima. Pero no se negó.
-¿No quieres habitaciones separadas?
-No quiero parecer débil-
contesté-Ya habrá ojos suficientes esperando eso. Y, igualmente, mis padres seguramente nos obliguen a dormir juntos para mantener las apariencias.
Jon asintió, pero me observó con cierta tensión contenida. Y yo lo dije antes de que pudiera interpretar mal mis palabras.
-No habrá sexo.
Se quedó en silencio. Luego, con voz baja, preguntó:
-¿Y qué haremos con el celo?
Me tensé, pero no aparté la mirada.
-Está claro que nuestros padres quieren herederos-dijo él-Que nos empujen a eso.
-Me da igual nuestros padres -respondí con frialdad.
Jon me sostuvo la mirada un segundo más.
-Entonces también eso lo decidiremos nosotros-dijo.
Asentí.
No éramos aliados. No aún.
Pero por primera vez, me sentí menos atrapado.
Jon
Las palabras ya estaban escritas, los límites definidos. No había marcas. No hubo promesas vacías. Solo acuerdos. Miradas firmes. Y un silencio que, en lugar de dividirnos, parecía empezar a construir un puente.
El tratado se selló esa misma tarde, bajo la mirada de Kori y el sonido lejano de campanas de viento.
Tim estrechó la mano de Varnes con la cordialidad de un político, mientras Conner daba palmadas en la espalda con una sonrisa demasiado ancha. Kori nos despidió con el mismo tono paciente con el que nos había recibido. Como si siempre supiera que llegaríamos a esto.
Y entonces partimos.
El sol caía sobre las torres blancas de Kori cuando monté a caballo nuevamente. Sentía el peso del tratado bajo la ropa, el papel aún tibio por la tinta fresca.
Miré una última vez por encima del hombro.
Damián ya estaba en su montura. Recto. Frío. Imperturbable. Como si nada de esto lo tocara.
Y aun así, algo había cambiado. Lo supe en la forma en que su mirada no se apartó de la mía hasta que nos giramos cada uno en dirección a su reino.
Damian
Volví a Noctaris sin una palabra de más. El trayecto fue silencioso, solo el golpeteo constante de los cascos sobre la tierra húmeda. Tim cabalgaba a mi lado, pero no habló. No necesitaba hacerlo. Sabía que cualquier intento de alivio sería ignorado.
Y sin embargo… había calma en mi pecho.
No alegría. No alivio. Pero calma.
El tratado se había sellado. Con reglas que eran nuestras. Con límites que protegían lo poco que aún conservábamos como propio.
Damian
Nunca me gustaron los espejos. Pero esa semana estaban por todas partes.
El salón donde me probaban la ropa estaba rodeado de ellos. Altos, de bordes dorados, demasiado sinceros. Me miraban como si supieran todo lo que intentaba ocultar.
Las manos de las modistas trabajaban rápido, tirando de telas, ajustando bordes, susurrando entre ellas con cada movimiento.
-La tela caerá justo aquí, príncipe-dijo una de ellas, tirando suavemente del costado de la túnica-Así realzará su silueta.
Fruncí el ceño.
-No quiero que realce nada.
-El protocolo exige que se destaquen los atributos del omega-respondió la mayor, sin mirarme-Forma parte de la tradición. Especialmente en uniones reales.
Me observé en el espejo. La prenda de tonos oscuros abrazaba mi cintura con un detalle bordado en plata, y caía desde ahí con una caída elegante. El escote no era pronunciado, pero sugería. Las mangas largas se abrían al final, dejando ver la piel apenas.
Mi cuerpo… por mucho que hubiese entrenado para moldearlo, resistía. Siempre fue más suave, más angosto en la cintura, más lleno en las caderas. Curvas discretas pero presentes, visibles ahora bajo la tela que las destacaba como si fueran algo que presumir.
No eran. Eran una debilidad que me recordaba a diario lo que era.
Tim entró sin golpear, como siempre.
-Te queda bien-dijo. Su tono era neutro. Nunca decía algo si no era cierto.
Lo miré a través del espejo.
-¿Y si no quiero que me quede bien?
-Entonces haz que parezca una elección tuya. No una concesión.
Asentí.
Una semana.
Una semana para que el palacio se llenara de flores que no había pedido, invitados que no conocía y una ceremonia que no quería.
Una semana para convertirme en algo más que Damian de Noctaris.
Y aún no sabía si eso era una bendición o una sentencia.
Jon
Mi madre eligió las telas con más entusiasmo del que había mostrado en los últimos dos años.
-Azul noche -decía, señalando los rollos de seda-Resalta tus ojos. Y habla del cielo que compartes con Solarys.
-¿Habla el azul?-pregunté, cruzado de brazos.
Ella solo me lanzó una mirada.
-Lo harán bordadores de la Casa Aeris. Son los mejores. Lo sabrías si escucharas más.
Me dejé vestir sin protestar, aunque me sentía como un jarrón caro al que le pasaban trapos caros encima. La chaqueta era ajustada, marcada en los hombros, decorada con hilos dorados que subían como raíces por el pecho. Debajo, una camisa liviana, abierta en el cuello. Nada de armaduras. Nada de capas pesadas.
Era una boda, no una guerra. Aunque se sintiera igual de peligrosa.
Conner entró justo cuando me estaban ajustando los guantes.
-¿Listo para tu coronación sentimental?-bromeó.
-¿Quieres vestirte tú y casarte en mi lugar?
-No tengo ese valor.
Solté una risa sin humor.
-He pensado en él-dije de pronto.
Conner me miró con sorpresa.
-¿En Damian?
Asentí, mirando mi reflejo. Aún no lograba sacarme de la cabeza la imagen de su cuerpo recortado por aquella túnica oscura. Firme, elegante. Había algo en su presencia que era imposible de ignorar. A veces parecía de mármol. Otras… como si contuviera tormentas.
-Creo que él está más preparado que yo-admití.
-O ha tenido que fingirlo más tiempo-respondió Conner.
Ambos nos miramos un segundo en silencio.
Una semana.
Solo una semana.
Y después… ya no habría “yo” ni “él”.
Solo “nosotros”. Nos gustara o no.
Damian
No hay nada que me calme más que la sensación de mi ropa de entrenamiento.
Pantalones negros, amplios pero ceñidos donde deben. Camiseta oscura, de manga larga, pegada al torso, sin adornos, sin bordados absurdos. Las botas también negras, firmes, pesadas. Cada prenda elegida no por estética, sino por utilidad. Por silencio. Por precisión.
Me miré al espejo. Esta versión de mí era la única que respetaba. La única que reconocía. El que lanza, el que esquiva, el que sobrevive.
Pero mientras me ajustaba los guantes, sentí otra vez esa presión molesta en el pecho. Ese nudo que llevaba días creciendo. Cada flor que llegaba al castillo, cada medida que tomaban los sirvientes, cada ensayo silencioso en el salón de bodas… todo me irritaba. Me cortaba por dentro.
La boda se acercaba.
Y con cada paso hacia ella, algo dentro de mí ardía más.
Saqué una de las dagas del cinturón sin pensarlo demasiado. El peso era familiar, el filo, perfecto. No apunté a nada. Solo al aire. Al silencio.
La lancé.
¡CLACK!
La hoja quedó incrustada en una de las columnas del salón de entrenamiento. No me moví. No me asusté. Solo respiré hondo.
Lo odio.
A Jon.
Lo odio porque es el rostro de todo lo que estoy perdiendo. Porque su sola existencia representa el control que me han arrancado. Porque cuando lo miro, veo la jaula que me espera.
Y sé que no es su culpa. Sé que él tampoco eligió esto. Sé que probablemente también esté intentando mantener la calma, aparentar fortaleza, lidiar con su familia y su rol.
Pero no puedo evitarlo.
Lo odio igual.
Porque a alguien tengo que culpar, y no tengo energía para odiar al mundo entero.
Así que es él.
Jon de Solarys. El alfa brillante. El heredero perfecto.
El símbolo de todo lo que me arrebataron.
Y el nombre que me pesará como un yugo el resto de mi vida.
Recogí la segunda daga del suelo justo cuando escuché la puerta abrirse sin ceremonias. Solo una persona entraría así sin anunciarse. Me giré, con el ceño ya fruncido.
-¿Qué tal lo llevas?-preguntó Tim, cruzando los brazos mientras se apoyaba contra la pared.
-¿Tú qué crees?-dije secamente, girando la muñeca para guardar la daga de nuevo en el cinturón.
Él se encogió de hombros.
-Yo qué sé, podrías estar entusiasmado. Es tu boda, después de todo, las flores son bonitas, el pastel es ridículamente grande. Y vas a casarte con alguien que, admitámoslo… está bastante bien.
Lo miré. Largo.
Tim alzó las cejas, divertido.
-¿Qué? Es mono. Tiene esos ojos azules que brillan como una tormenta, los hombros anchos, y cara de "quiero hacer lo correcto aunque me queme".
-Tim.
-¿Y qué?-sonrió más-Además, su hermano también está muy bien. Conner. Ese sí que tiene pinta de meterse en líos... y hacerte disfrutarlo.
-Tim-repetí, más fuerte, apretando la mandíbula.
-¿Qué? Solo estoy diciendo lo que todos piensan. Al menos no te ha tocado un vejestorio, ni un noble baboso con aliento a vino y dedos sudorosos. Has visto lo que hay ahí fuera. Jon es... soportable. Y atractivo.
Suspiré con fuerza, sentándome en uno de los bancos del salón. Me pasé las manos por la cara, frustrado.
-No necesito que me recuerdes sus cualidades. Ya tengo bastante con que exista.
Tim se sentó a mi lado, más tranquilo esta vez.
-Lo odias porque es fácil odiarlo. Porque no puedes odiar a madre. Ni a padre. Ni al maldito trono que decidió por ti.
No dije nada. Porque sabía que tenía razón.
-Pero no pierdas de vista esto, Damián-añadió-Puedes odiarlo ahora. Pero no te cierres a entenderlo después. No construyas tu jaula más alta de lo que ya es.
Lo miré de reojo. Y luego, sin pensarlo, murmuré:
-A veces me gustaría que fueras tú el heredero.
Tim sonrió, tranquilo.
-Créeme, yo también. Pero entonces… no te habría visto vestido de negro, lanzando dagas como un gato rabioso. Y me perdería este espectáculo diario.
Rodé los ojos. Y, por primera vez en días, solté una exhalación que casi parecía una risa. Casi.
Jon
El sol caía directo sobre el patio de entrenamiento, calentando las piedras hasta hacerlas casi vibrar. Mis botas se deslizaban con firmeza mientras esquivaba el golpe de Conner y contraatacaba con una patada giratoria que él bloqueó con el antebrazo, soltando un gruñido satisfecho.
-Has mejorado-dijo, separándose-O tal vez estoy viejo.
-Tienes veinticinco.
-Exacto, viejo-sonrió.
Seguimos un par de asaltos más, sudorosos, respirando entrecortado. Entonces Conner dejó caer la espada de práctica sobre la arena y se apoyó en la valla de madera, con esa expresión de “voy a decir algo que no deberías ignorar”.
-Tim es guapo.
Me detuve. Parpadeé.
-¿Perdón?
-Tim. El hermano de tu futuro esposo. O de tu actual tortura, como prefieras-dijo casual, recogiendo su cantimplora-Es atractivo. Tiene ese aire reservado, los ojos afilados… y, ¿sabías que me habló?
Fruncí el ceño.
-¿Cuándo?
-En el reino de Kori. Cuando todos salimos de la sala y vosotros os quedásteis hablando solos. Me dijo que eras mono, que parecías alguien bueno. Yo le dije que él merecía el también, pero su hermano te iba a dar problemas
-Conner…
-¿Qué?
-No empieces algo que no estás dispuesto a terminar-le advertí, tomando la toalla que tenía sobre el poste-Si juegas con Tim y después todo esto se vuelve más complicado, tendrás que verlo, todos los días.
Conner se encogió de hombros, con esa media sonrisa que tanto irritaba.
-Tal vez me gustaría verlo todos los días.
Me acerqué, esta vez sin broma en la voz.
-Conner. No intentes jugar con quien es el estratega que venció a dos reinos en menos de un año. No lo subestimes. Ni a él… ni a su lealtad a Damián.
La sonrisa se desdibujó un poco.
-Lo dices como si yo solo quisiera jugar.
-Lo digo porque te conozco más de lo que crees. Y si él te toma en serio... no le rompas el corazón.
Conner bajó la mirada un segundo, pensativo. Luego asintió.
-Está bien. Lo tendré en cuenta.
Nos quedamos en silencio unos minutos. Solo el sonido del metal lejano y las espadas chocando en otros patios.
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